Diez niños muertos por meningitis en Lugo

El año 1979 era o tenía que ser especial para muchos niños. La ONU lo había declarado oficialmente como el «Año Internacional del niño y el joven». En casi todas las actividades que se desarrollaban, incluso las que les podían resultar más ajenas, los críos eran los protagonistas, con constantes alusiones a quienes eran el futuro de un mundo en el que, como se encargaba de recordar UNICEF, cada tres segundos moría de hambre un pequeño. Y la mayoría, en África. Hasta un jovencísimo grupo de muchachos, conocidos como «Caramelos» se encargaron de hacerle los coros a Betty Misiego en el festival de la canción de Eurovisión, que se celebró en la oficiosa capital de Israel, Tel-Aviv.

Pese a todo, la realidad era muy tozuda. No todos los niños de la época, ni desgraciadamente tampoco ahora, tenían satisfechas sus necesidades más básicas en todo el planeta, si bien es cierto que en España ya gozaban todos de escolaridad plena. Aún así, en la Galicia de hace cuatro décadas eran muchos los pequeños que contribuían con su esfuerzo al trabajo doméstico de las familias, principalmente en los entornos rurales, donde era muy frecuente que llevasen a pastar las vacas o hacer cualquier otra actividad que hoy en día no dejaría de resultarnos extraña, tal como cargar con haces de hierba, nabos o cubos de agua en aquellos lugares que todavía carecían de acometida, cuando no inaudita para unas criaturas que todavía no habían alcanzado su primer decenio de existencia. La vida era así y era muy comúnmente aceptado.

En aquel entonces todavía se producían algunos brotes de enfermedades, algunas de ellas infecto-contagiosas, siendo la mayoría de sus víctimas críos de edades muy tempranas. En mayo de 1979, un año que no fue muy agraciado para los jóvenes gallegos por los trágicos y desgraciados sucesos del Órbigo y el río Ulla, se desataba el pánico en la provincia de Lugo a consecuencia del incesante goteo de casos de niños fallecidos a consecuencia de infecciones por meningitis hasta el extremo de que en uno de sus municipios, Baralla, las mujeres embarazadas e incluso familias con hijos en edad escolar abandonaban la localidad a causa del abundante número de casos que allí se registraban. En tan solo una semana habían fallecido dos niños de esta villa en el Hospital Xeral de Lugo, María Jesús Rodríguez, y un primo suyo, Miguel Ángel. También contraería la misma dolencia María del Mar, hermana de la niña fallecida, pero afortunadamente y por suerte pudo superar con éxito la enfermedad.

«Mal de Nápoles»

Unos rumores, totalmente infundados y carentes de todo tipo de rigor, se divulgaron de forma viral por la villa de Baralla señalando que las dos muertes y la infección de un tercero eran a consecuencia del conocido como «Mal de Nápoles», una enfermedad de tipo venéreo, pese a que las autoridades se encargarían de desmentirlo en reiteradas ocasiones, ya que esa patología no guardaba relación alguna con la inflamación de las membranas que rodean el cerebro. No dejaba de ser más que un mito, cuando no un ancestral prejuicio de antaño que todavía estaban muy presentes en la sociedad gallega de entonces, que hoy denominaríamos como fake news. El otro caso mortal de meningitis ocurrido en la provincia en mayo de aquel año se registró en la localidad de Outeiro de Rei, situada a diez kilómetros al norte de la capital lucense.

Las autoridades de la época, entre ellos el delegado provincial del Ministerio de Sanidad, Cándido Sánchez Castiñeiras, pretendían quitar hierro al asunto y negaban la existencia de una plaga, pese a que en los tres primeros meses de 1979 habían muerto cinco niños como consecuencia del virus B de la meningitis cerebro-espinal. En sus distintas comparecencias ante los medios de comunicación, apuntaba a que los casos registrados en Lugo no guardaban relación entre sí y por ello debía reinar la calma en la población.

En tan solo medio año, en esta provincia gallega se habían registrado ya 140 casos falleciendo un total de ocho niños. La mayoría de los mismos se habían producido en el área de la costa lucense, la más desarrollada de toda la demarcación. Además de Baralla y Outeiro de Rei, también se habían registrado casos mortales en Lugo capital, Ribadeo, Vilalba, Viveiro y Foz.

Las lluvias y la meningitis

En los últimos meses de aquel trágico 1979 se comenzó a realizar un balance de la evolución de la enfermedad en la provincia, que resultaba mucho más positivo en la segunda mitad del año que en el primer semestre, disminuyendo notoriamente la cifra de víctimas mortales. Aún así, hubo que lamentar la muerte de dos nuevas criaturas que volverían a hacer saltar las alarmas entre una población que no acababa de creerse las llamadas a la calma que le hacía su clase dirigente.

El mismo director provincial de Sanidad, Sánchez Castiñeiras, apelaba a la benevolencia del clima para evitar que se siguiesen produciendo nuevas muertes a causa de la meningitis. En una rueda de prensa señalaba, sin rubor, que la llegada de la época pluviométrica contribuiría a reducir notablemente la cifra de casos, que al final del año se situaría en 158, señalando que en otoño se habían registrado muchos menos casos que en primavera, pese a que indicaba a su vez que habría que estar alerta en previsión de que hubiese un rebrote de la patología.

En aquel 1979 la provincia de Lugo solamente fue superada por la de Barcelona a nivel estatal en cuanto a la cifra de casos detectados y también de defunciones. Se situaba en tercera posición una demarcación provincial andaluza. Por desgracia, en los dos años siguientes seguirían registrándose nuevos casos de meningitis en Lugo, sin que descendiese la cifra anual de decesos hasta 1983.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Anuncios

Asesina a su madre y a su casera 17 años después

download

Hay individuos que jamás se escarmientan. Son incapaces de aprender en cabeza propia. Ni que decir tiene que les sería mucho más complicado hacerlo en la ajena. Tal es el caso de un individuo conocido como «El capitán», Constantino Varela Lires, quizás por haber prestado sus servicios en los primeros años de la década de los setenta en la Marina mercante. En 1978 la prensa gallega hablaba mucho de la Autonomía para el territorio, pero también prestaba atención a los sucesos. Y un grave acontecimiento consternaría de sobremanera a aquella Galicia, todavía muy rural, que seguía viviendo muy pacífica y tranquilamente en el Finis Terrae del occidente conocido.

En la jornada del 9 de noviembre de 1978 aparecía en su domicilio de la localidad de Esteiro -en el término municipal de Muros- el cadáver de una anciana, cuando todavía se les daba esa categoría a las personas que superaban los 70 años, María Lires Varela, que contaba en el momento de su óbito con 74 años de edad. Serían los vecinos quienes descubrirían el cuerpo sin vida de la mujer al percatarse de que a mediodía todavía no la habían visto, hecho este que les resultó muy raro.

Los residentes más próximos a María la encontraron en el lecho en el que dormía en medio de un gran charco de sangre. Inmediatamente dieron aviso a las fuerzas de seguridad y comunicaron el hecho al juzgado que inmediatamente se pusieron a realizar las oportunas pesquisas. Su hijo, y presunto asesino en aquel entonces, Constantino Varela Lires, efectuó una llamada a una hermana suya, que vivía en la capital del municipio de Muros, dándole cuenta de que su madre sufría una gran hemorragia.

Detención

El principal sospechoso de la autoría de aquel crimen que conmocionaría a la localidad de Muros y a gran parte de Galicia era su hijo, ya que parte del vecindario escuchó un gran griterío, acompañado a su vez de un gran escándalo, pero que en ningún momento se pudieron suponer que se llegase a esos extremos. El móvil del asesinato obedeció a circunstancias de tipo económico, pues Constantino Varela había reclamado en reiteradas ocasiones la parte proporcional de la herencia que le correspondía, negándose a ello su progenitora. Incluso le había enviado algunas cartas en las que le formulaba esta exigencia.

En esta ocasión, en vista de que María Lires no accedía a las pretensiones de su hijo, se pasó de las palabras a los hechos. Para ello, el vástago se sirvió de una banqueta con la que propinaría reiterados golpes a su madre tanto en la cabeza como en otras partes del cuerpo, con los que acabaría con su vida, tal como relató a los agentes de la Guardia Civil que procedieron a su detención al día siguiente. Como nota curiosa, en el momento de ser detenido Constantino vestía un uniforme de primer oficial de la marina mercante, aunque el jamás alcanzó ese rango.

En septiembre de 1981 Constantino Varela sería condenado a la pena de doce años de prisión por un delito consumado de parricidio. Según la sentencia emitida por la Audiencia Provincial de A Coruña, el asesino presentaba una personalidad psicopática compleja de tipo paranoico, con tendencia al fabulismo y una cierta manía persecutoria. Las andanzas penales del parricida de Muros no habían hecho más que comenzar.

Segundo crimen

El 31 de octubre de 1995 Constantino Varela reincidiría en su conducta criminal. En esta ocasión la víctima sería otra vez una septuagenaria, Aurora Vila, de 75 años, quien lo acogió en su vivienda por cierta compasión humana. Aunque pernoctaba en la vivienda de su víctima, solía ir a comer a la Residencia de los Hermanos Misioneros de Teis, también en la ciudad olívica.

Esa noche llegó a la vivienda en que residía con cierto apetito por lo que decidió ir a la cocina y abrió una lata de conservas para comer. La mujer que le daba acogida tenía algunos gatos, uno de los cuales fisgó en la bolsa de Constantino, lo que lo puso de puso de muy mal humor. Posteriormente, le propinó un zapatazo al animal en el pasillo, hecho por el que fue recriminado por Aurora Vila, quien le zarandeó y al parecer -según declaró en el juicio que se celebró en su contra en junio de 1996- también le dio un golpe y le partió las gafas. Acto seguido, el asesino contratacó propinándole una brutal paliza que dejaría malherida a su casera, quien, según reveló la autopsia, presentaba múltiples traumatismos cranoencefálicos y en el tórax. Consciente de la gravedad en que se encontraba se desentendería de su suerte, huyendo de la casa no sin antes llevarse consigo 7.000 pesetas (42 euros actuales).

En el transcurso de la vista que se celebró por este segundo crimen, sorprendió ante todo por la frialdad con la que relataba los hechos, así como por su nula empatía hacia sus víctimas, señalando en reiteradas ocasiones que no sentía remordimiento alguno y que para nada se sentía arrepentido de sus actos. «Le di dos patadones y la maté», manifestaría ante la Audiencia Provincial de Pontevedra, que le condenaría a 20 años de prisión.

Apuñalamiento

Sin embargo, las andanzas delictivas no terminarían con el asesinato de Aurora Vila. Constantino Varela Lires volvería a la prisión en octubre del año 2010 cuando ya contaba con 67 años de edad. En aquella ocasión por el apuñalamiento de un hombre de 45 años, Alejandro Montero Galán, en su vivienda del barrio de Camiño de Toural, en Vigo, a quien le dio dos puñaladas en el abdomen que lo dejarían herido de gravedad. Al parecer, el móvil de este suceso obedecía a viejas rencillas que se traían entre ambos, debido a que habían convivido juntos durante algún tiempo.

La víctima saldría de la vivienda de Constantino Varela recorriendo más de 300 metros desde el lugar donde había sufrido la agresión hasta que por fin fue socorrido por los empleados de una farmacia de la viguesa calle de Sanjurjo Badía. Inmediatamente sería trasladado a la clínica Meixoeiro de la ciudad olívica donde sería intervenido quirúrgicamente de urgencia.

En el tercer juicio que se celebró en su contra por homicidio mostró la misma frialdad que había demostrado en las anteriores ocasiones, recordando sus anteriores crímenes en los que había dado muerte a dos mujeres. En esta ocasión no se encontraba la víctima, pues había fallecido a consecuencia de un cáncer antes de celebrarse el juicio, que tuvo lugar en la febrero de 2012 en la sección quinta de la Audiencia Provincial de Vigo. En esta ocasión sería condenado a ocho años de prisión por homicidio frustrado en grado de tentativa.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Cinco mujeres muertas y 35 heridas en un accidente de autocar en Meira (Lugo)

vegadeo (2)
Carretera Vegadeo-Pontevedra, dónde se produjo el trágico siniestro

1965 era Año Santo Compostelano y era todavía muy distinto a los ya tradicionales Xacobeos, que se encargaría de popularizar Manuel Fraga Iribarne junto a los distintos gobiernos autonómicos que presidió. En aquel entonces las celebraciones y la escasa parafernalia que existía se circunscribían tan solo al ámbito religioso. El Camino de Santiago, principalmente el francés, solamente lo hacían unos pocos a quienes muchos no dudaban en tildar de locos. Era otra historia. Las peregrinaciones solían ser en grupos, pero solían hacerse en autocar. Además de contemplar una ciudad con tanto encanto como como la vieja Compostela, a lo que realmente acudían los romeros que se dirigían a la ciudad del Apóstol era a solicitar la intercesión de Santiago en algunos aspectos de su vida o a expiar sus culpas en un tiempo en el que la religión ocupaba un lugar predominante en la vida de muchas personas.

Una de esas manifestaciones grupales con destino a uno de los grandes centros de la cristiandad la protagonizarían un grupo de alumnas de la Escuela Hogar de Hullera del Turón, perteneciente al concejo asturiano de Mieres el 18 de mayo de 1965. La peregrinación a tierras gallegas obedecía a una iniciativa de una excursión fin de curso. Un total de 40 mujeres, entre estudiantes y una asistente social. Todo parecía indicar que aquello no dejaba de ser una extraordinaria manifestación festiva, sin embargo las cosas se torcerían al adentrarse en tierras gallegas, concretamente en el municipio de Meira, uno de los próximos en el nordeste gallego a la demarcación territorial asturiana.

El autobús en el que viajaban, que estaba recientemente estrenado y era de la conocida marca Barreiros, se precipitaría por un barranco de unos 200 metros de profundidad, pereciendo cinco mujeres, todas ellas muy jóvenes, y resultando heridas de diversa consideración las otras 35 restantes que viajaban en el autocar. El conductor saldría milagrosamente ileso al agarrarse con fuerza al volante del vehículo que, junto con una parte de su carrocería, se precipitaría al fondo de un barranco. Dos de las mujeres heridas en este siniestro resultaron heridas de gravedad, aunque por fortuna sobrevivieron a tan fatal percance. Como curiosa anécdota cabe señalar que la prensa de la época definía su estado como «desesperado».

Adelantamiento

El siniestro se produjo, al parecer, en el momento en el que el autocar, perteneciente a una conocida empresa de transportes asturiana, intentó adelantar a un camión cisterna de gran tonelaje que transportaba leche. En ese momento, y debido al deficiente estado de algunas partes de la calzada, el autobús -que subía una pronunciada pendiente- orilló demasiado hacia la margen izquierda de la carretera, inmiscuyéndose en el arcén. A consecuencia de esto último, las ruedas de la parte izquierda del vehículo se fueron hundiendo paulatinamente en la tierra hasta que después de correr unos 30 metros el vehículo terminaría volcando hasta caer por un terraplén de unos 200 metros de profundidad, en el que solamente caería el conductor. Las viajeras fueron saliendo despedidas a medida que el coche daba vueltas de campana. En su caída arrastraría una gran cantidad de tierra, así como algunos pinos que habían crecido en el pronunciado desnivel.

Una de las causas a las que se achacó la muerte de las cinco viajeras fueron unas impresionantes piedras de granito que formaban una muralla que separaba dos fincas de cultivo. Al parecer, el que no hubiese habido más víctimas mortales obedeció al hecho de que se desprendió el techo del autocar tras el primer impacto, provocando que muchas de las jóvenes que lo ocupaban saliesen despedidas de su interior, evitando que falleciesen en el acto, teniendo mucha más suerte las que iban sentadas en la parte derecha que la izquierda.

Auxilio vecinal

En el momento en que se produjo el fatal siniestro pasaba por el lugar un coche patrulla de la Guardia Civil que inmediatamente se puso a disposición de las víctimas. Del mismo modo, y como ha ocurrido en muchas otras ocasiones en Galicia, la ayuda prestada por los vecinos de Meira fue fundamental, ya que se encargaron de socorrer a las heridas de la mejor forma que pudieron. De la misma manera, un autocar de peregrinos, también con personas de Asturias, se detendría en el lugar del accidente para colaborar en las labores de socorro. En él viajaban algunos religiosos, entre ellos un sacerdote, que se encargaría de prestar los auxilios espirituales a aquellas que se encontraban en peor estado.

Debido a la confusión que se vivió en un primer momento, solamente se reconocieron los cadáveres de dos de las mujeres fallecidas. Tendrían que pasar varias horas hasta que se pudo identificar a las otras tres muertas. Las heridas serían trasladadas a distintos centros sanitarios, principalmente de la ciudad de Lugo y a distintas clínicas de Ribadeo. Con el paso de los días, se iría conociendo que evolucionaban de una forma favorable de sus lesiones.

El fatal siniestro provocaría la lógica consternación en todo el área de los Valles mineros asturianos, dónde aquellas mujeres eran muy conocidas, al igual que en la provincia de Lugo y en la comarca de Meira en particular, lugar dónde se produjo el siniestro. Los vecinos encargados de auxiliar a las víctimas destacarían a la prensa la entereza que manifestaban aquellas mujeres que tan solo pretendían disfrutar de unas jornadas muy especiales en tierras compostelanas, aunque por desgracia la ilusión con la que viajaban se tornaría en una inolvidable y triste tragedia.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Dos menores asesinan al conserje de un hotel en Pontedeume (A Coruña)

 

 

download
Hotel Eumesa, al fondo, lugar dónde se produjo el crimen que le costó la vida a su conserje

En 1999 Galicia se encontraba en plena efervescencia en torno a las muchas celebraciones que tenían lugar en la comunidad alrededor de un evento que alcanzaba dimensiones internacionales, el último Año Santo compostelano del segundo milenio. Millares de turistas se desplazaban al noroeste peninsular para gozar de una celebración que había sido ampliamente promocionada por el gobierno autonómico que en aquel entonces presidía Manuel Fraga Iribarne. La comunidad había prosperado mucho en relación a otras décadas y se había liquidado prácticamente la agricultura de autoconsumo, pero ahora debía enfrentarse al reto de la bajísima natalidad. Precisamente este último problema era el que estaba a punto de terminar con poblaciones rurales, algo que antaño no habían logrado las emigraciones a tierras americanas y posteriormente a las europeas.

En el país gallego, como en todas partes, sucedían muchas cosas. Algunas no eran tan positivas como otros, pero pese a todo el territorio continuaba su deambular con sus pros y sus contras. Si hubo una época que no fue precisamente tranquila en Galicia en aquel entonces fue el período primaveral, ya que en el se sucederían un trágico accidente en el que perderían la vida cinco personas en el municipio lucense de Guitiriz. Pero la cosa no terminaría ahí. En aquel breve lapso de tiempo se producirían tres crímenes que les costarían la vida a cuatro personas. Tan solo uno fue esclarecido, el de Cospeito, en el que murieron asesinadas dos personas. Los otros dos se produjeron en el litoral norte, siendo asesinados un empleado de una gasolinera y un conserje de un hotel. Ambos sucesos nunca han sido aclarados de todo y tampoco se ha detenido a sus presuntos autores.

En la madrugada del 19 de abril de 1999 era asesinado el conserje del hotel Eumesa, José Manuel Camino Huertas, de 63 años de edad, a consecuencia de un certero disparo en el pecho que contra él efectuaron dos jóvenes, todavía menores de edad, presumiblemente de nacionalidad colombiana. El suceso se produjo cuando ambos muchachos entraron a robar en el establecimiento, haciéndose con un botín de 100.000 pesetas(600 euros actuales) que correspondían a la recaudación de la cafetería. El cuerpo sin vida del conserje sería hallado por un cliente en medio de un impresionante charco de sangre en torno a las seis de la mañana del día de autos.

Detención en Roma

Apenas un mes después del asesinato del vigilante del hotel, era detenido en la capital italiana un joven de 17 años, Alfredo Zamorano, por agentes de los Carabinieri. Aunque no había testigos en el momento en que se produjo el crimen, sus datos se correspondían con la persona de la que se sospechaba como presunta autora del homicidio. Posteriormente se procedería a su extradición a España para ser juzgado, sin embargo el juez encargado del caso estimó que no había indicios suficientes para incriminar al muchacho. Finalmente, cumpliría una mínima condena en un centro de menores.

El joven, pese a su edad, ya acumulaba un importante historial delictivo a sus espaldas y tan solo dos semanas antes de este suceso había protagonizado una gran trifulca en Ferrol, localidad en la que se había asentado. Posteriormente, en abril del año 2008, sería nuevamente detenido en esta ocasión por asaltar a un conocido empresario en el municipio coruñés de As Somozas, a quien -bajo amenazas- le obligó a que le facilitase la combinación de su caja fuerte, delante de su esposa y sus dos hijas. El otro compinche, que supuestamente le acompañaba la noche en la que se cometió el asesinato del conserje, era conocido como «César», de su misma nacionalidad.

En aquel entonces, abril de 1999, la localidad de Pontedeume y la comarca de Ferrolterra todavía se encontraba consternada por un crimen que se había cometido en la localidad de Laraxe, perteneciente al vecino municipio de Cabanas, en el que hacía menos de un mes había sido asesinado un joven de 27 años, Miguel Ángel Sánchez López, que era empleado de una gasolinera. El móvil del crimen que le costaría la vida fue el robo al establecimiento en que se encontraba de guardia. Sin embargo, los investigadores descartaron que ambos sucesos guardasen relación alguna entre si. Este último suceso todavía sigue sin esclarecer.

Indemnización a la familia

La familia del conserje asesinado sería indemnizada con 90.000 euros, tras una sentencia dictada por el juzgado de Betanzos en abril del año 2010, tras un pleito planteado por la viuda de José Manuel Camino, quien en su escrito de alegaciones apuntaba que el inmueble carecía de medidas de seguridad para un edificio de sus características. El establecimiento había concertado dos pólizas con la aseguradora Cahispa S.A., una de responsabilidad civil general y otro multirriesgo de protección industrial.

La demandante solicitó entonces una indemnización de más de 590.000 euros, a lo que la aseguradora respondió que no procedía lugar a compensación económica alguna porque no había existido actuación negligente o culpable por parte de la empresa hotelera. Sin embargo, el juzgado admitiría en parte la demanda de la viuda al entender que el edificio carecía de los mecanismos de control de acceso al hotel.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Ocho jóvenes ahogados al precipitarse el coche en el que viajaban al río Ulla

tg_carrusel_cabecera_grande
Puente románica de Pontevea, donde se produjo el grave accidente

Aquel año 1979, al igual que los de la Transición política en España, estaba siendo un tanto sui generis. Se celebraban las primeras elecciones generales con la Constitución de 1978 ya en vigor, al igual que las primeras municipales desde la Segunda República. Era un año que prometía y mucho, aunque luego muchas de aquellas promesas quedasen más tarde en agua de borrajas. Galicia, pese a que había registrado un importante avance a lo largo del último lustro, continuaba anclada en un pasado que parecía no querer soltar el pesado lastre que todavía arrastraba. Apenas disponía de infraestructuras. Todavía persistía una ancestral agricultura de autoconsumo que tan solo daba para ir tirando a muy duras penas, aunque las nuevas generaciones de gallegos comenzaban a abandonar masivamente el campo. Ahora su nuevo destino estaba en A Coruña o Vigo o cualquier capital de provincia, ya que se había cerrado de forma muy brusca la emigración en 1973 y el resto de España no respiraba un mejor ambiente que Galicia. Comenzaba el éxodo a grandes urbes gallegas y se iniciaba un lento pero imparable declinar del mundo rural que aún concentraba a más del 65 por ciento de la población gallega.

Además de las profundas transformaciones sociales a las que se estaba asistiendo en aquella época, lo cierto es que 1979 sería un año negro para Galicia en lo que a acontecimientos trágicos se refiere. Además de verse revestida por el luto que supuso la muerte de 49 personas, en su mayoría niños, al precipitarse el autobús en el que viajaban a las aguas del río Órbigo en la provincia de Zamora, la encantadora y apacible esquina verde peninsular se vería afectada por otros acontecimientos que le llevarían a los titulares de las principales páginas de sucesos. Uno de esos lamentables episodios, que sería el prefacio de la tragedia ocurrida en tierras leonesas, ocurrió en la madrugada de la jornada de reflexión de las elecciones generales de 1979, miércoles de ceniza, ya que el día anterior había sido el martes de Entroido, celebrado por todo lo alto en las principales villas y ciudades gallegas, sin faltar los clásicos cocidos ni mucho menos las filloas y otros deliciosos postres que se preparan en esa época del año.

Una fecha tan señalada como esa no pasaba desapercibida para la juventud gallega de la época y eran muchos los que acudían a distintas celebraciones festivas, bien fuese a participar en desfiles de comparsas o a las salas de fiestas más cercanas, muy en boga en aquel entonces, contándose por decenas cuando no por centenas a lo largo y ancho de toda la geografía gallega. Así lo hicieron un grupo de muchachos jóvenes, adolescentes en su mayoría, un total de nueve, que se subieron a un clásico SEAT-124 para celebrar la fiesta en A Estrada, que disponía de importantes centros de diversión, amén de ser una localidad en la que el Entroido adquiría un carácter muy peculiar en el que no faltaba la farra y un extraodinario buen ambiente, agradable y divertido.

Es cierto que el número de rapaces que viajaba en el vehículo era excesivo, pero el hecho de ser adolescentes les permitía ir encaramados unos sobre otros y por una fiesta, una vez al año, bien que valía la pena. Tres viajaban en los asientos delanteros, en tanto que media docena se aposentaban sobre los traseros, unos arriba de otros o en el regazo de sus compañeros con sus púberes cuerpos en formación, que, por regla general y salvo excepciones, no ocupaban tanto espacio como los de personas adultas. Sin embargo, para ocho de los nueve que iban a bordo del coche, con matrícula de A Coruña, sería esta su última fiesta.  El automóvil en el que regresaban a sus casas se precipitaría a la altura del puente romano de Pontevea a las aguas del río Ulla, en el límite entre las provincias de A Coruña y A Estrada, consiguiendo salvarse solamente uno de sus ocupantes, Antonio Claro Piñeiro, un adolescente de 14 años, quien tal vez contase los años de su vida a partir de la fatídica y trágica fecha del 28 de febrero de 1979. Incluso, este buen hombre tuvo la desgracia de dejarnos a la temprana edad de 54 años en diciembre del año 2019, como si su destino quedase trágicamente sellado en aquella madrugada del Entroido gallego.

Por el aire

El único superviviente del desgraciado accidente del año 1979 declaraba al diario LA VOZ DE GALICIA, en su edición del 22 de febrero de 2009 rememorando el trigésimo aniversario de esta tragedia, que en el momento en que se produjo el fatal accidente -alrededor de las dos y media de la madrugada- quienes iban despiertos se quedaron en silencio hasta que el vehículo se estampó contra las claras aguas del río Ulla. Una de las causas a las que achacaba el siniestro quizás hubiese que buscarla en que días antes un camión había destrozado una parte del pretil del puente de Pontevea y se colocó un improvisado vallado en el tramo destrozado por el vehículo pesado. Al parecer, el SEAT-124 en el que viajaban chocó contra ese provisorio apaño, que se convirtió para en ellos en una mortal trampa, y se fueron directamente a las aguas del río Ulla, que en ese momento llevaba una importante crecida, ya que a lo largo de  jornadas precedentes habían caído copiosas y abundantes lluvias sobre Galicia. A todo ello se sumaba una deficiente señalización y muy escasa visibilidad en la zona.

Antonio Claro manifestaba al diario gallego que no recordaba exactamente como había conseguido salir del vehículo, ya que no sabía si había sido por una puerta o por un cristal, puesto que el batiente del coche aparecería con el seguro colocado. Tanto él como sus compañeros venían disfrazados de la fiesta y recordaba haber tragado mucha agua. Además, pudo contemplar como el coche en el que viajaban se dio la vuelta y quedó con las ruedas hacia arriba, lo que contribuyó de forma negativa para que ninguno del resto de los ocupantes del vehículo pudiese escapar de su interior, pereciendo ahogados o desnucados a consecuencia del impacto.

El único superviviente recordaba también que el caudal del efluvio le impedía nadar en condiciones, por lo que le era preciso asirse a la vegetación de las orillas para que no le arrastrase la gran corriente que transportaba el río. Finalmente, tras hacer una travesía de 500 metros, consiguió trepar por un muro lleno de zarzas y llegar hasta un chalé que se encuentra en la pequeña localidad de Garea, siendo un vecino de la zona el primero que le prestó su desinteresada ayuda. De la misma forma, otro vehículo, que les seguía, se percató inmediatamente de que el coche que le precedía había sufrido un accidente, aunque quizás no sospechasen, como tampoco lo pensaba en aquel momento Antonio Claro, que lo que realmente había ocurrido era una enorme tragedia en toda regla.

Rescate complicado

Inmediatamente después del accidente se avisó a las fuerzas de seguridad, entre ellas la Guardia Civil, que pusieron en marcha un urgente dispositivo para poder socorrer a las  víctimas, aunque su actitud resultaría en vano, pues solamente uno de los ocupantes del coche siniestrado había sobrevivido a la tragedia. La madrugada que se vivió en la la localidad de Pontevea sería angustiosa y dramática.  Para extraer el vehículo de entre las caudalosas aguas del río Ulla fue precisa la ayuda de una grúa, que, en torno a las seis de la mañana, conseguía rescatar del fondo el coche en el que se encontraban los cuerpos de cinco de las ocho víctimas. En ese instante apareció el cuerpo del conductor, Ángel de la Cruz Castillo, de 27 años, conocido como «el Andaluz» por ser oriundo de la localidad malagueña de Ronda, aunque era vecino del término municipal de Padrón. Junto con él, serían rescatados Antonio Pérez Dios, de quince años; Tito Iglesias Amo, de 14. Los dos eran vecinos del mismo municipio que el conductor. También se recuperarían los cadáveres de José Manuel Gestal Vento, de 18 años y Manuel López Carreira, un año mayor que el anterior. Ambos vivían en el municipio de Teo, próximo a Santiago de Compostela.

Debido a la magnitud del siniestro y a las crecidas aguas que transportaba el río Ulla, fue precisa la intervención de hombres-rana, así como buzos de la Escuela Naval Militar de Marín, ya que todavía faltaban tres cuerpos por rescatar en la mañana del día 28 de febrero de 1979. En el transcurso de esta jornada aparecería el cuerpo José Devesa García, un adolescente de 15 años, que residía en Coira-Rois, en el término municipal de Teo.

La fuerte crecida que llevaba el río Ulla en aquellas fechas dificultó mucho las labores del rescate de los dos cuerpos que todavía no habían sido recuperados. De hecho, 48 horas después del siniestro todavía no habían sido rescatados, aunque en días posteriores aparecerían los dos cuerpos que todavía no habían sido extraídos de las aguas. Se trataba de José Manuel Varela García, de 19 años y el adolescente de 14 Manuel Iglesias Vilariño, cuya vecindad se radicaba en el municipio de Padrón, al igual que otros tres fallecidos.

Esta tragedia amargaría la primavera a muchos gallegos, que dejaban de estar pendientes de los resultados electorales para centrarse en el apoyo de ocho familias. Sin embargo, cuando Galicia todavía no se había repuesto de este luctuoso suceso y coleaban con fuerza sus terribles consecuencias, poco más de un mes más tarde, tenía lugar otra terrible desgracia en la que la mayoría de las víctimas, tal como sucedió en Pontevea, eran muchachos que tenían toda la vida por delante. Sería el trágico accidente del río Órbigo en el que perecerían 45 niños y cuatro adultos. Queda claro que 1979 fue un año negro para Galicia y muchos gallegos, pese a las muchas promesas electorales que les hicieron en la campaña previa a la primera legislatura constitucional.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Dos asesinatos en Galicia en el «domingo sangriento» de 1994

asesinatodenoche

No cabe ninguna duda que el año 1994 fue especialmente sangriento en Galicia. En muy poco tiempo se sucedieron bastantes crímenes, algunos de ellos especialmente crudos como el de Nigrán en el que fueron asesinadas cuatro personas o el ocurrido en el polígono industrial lucense de O Ceao que todavía no ha sido resuelto. En aquel entonces Manuel Fraga Iribarne era el presidente de la Xunta, quien gobernaba la institución con mano firme merced a las constantes mayorías absolutas que le otorgaban los gallegos. Estaba muy reciente la de 1993 en la que el todopoderoso político gallego barrió literalmente del escenario al PSOE y se encumbraba como fuerza significativa el BNG de Xosé Manuel Beiras Torrado, que años más tarde se acabaría convirtiendo en la segunda fuerza política de la sede del Hórreo.

En aquellos años se estaban sufriendo los efectos de una dura crisis económica, resaca del festín, que no fue tal, del año 1992. Había que comenzar a hacer números para llegar a fin de mes. Atrás quedaban los años de bonanza económica en los que el entonces ministro de Economía, Carlos Solchaga, proclamaba a diestro y siniestro que España era un lugar ideal para enriquecerse rápidamente. La intervención de Banesto por parte de las autoridades monetarias era un claro síntoma de que la «cultura del pelotazo» había llegado a su fin.

En ese panorama y en ese maremágnum continuaban ocurriendo cosas. Algunas agradables, pero otras no tanto. Si se apuntaba antes que fue un año negro en Galicia en lo que concierne al apartado de sucesos, que comenzaba con un asesinato en la localidad pontevedresa de A Estrada, esa tónica se mantendría a lo largo de los meses restantes. Cuando comenzaba a declinar el año, en noviembre de 1994, su primer domingo, que coincidía con el día 6, se recuerda siempre en Galicia por lo trágico que fue. En apenas unas horas se produjeron dos asesinatos que conmocionaron a una sociedad que todavía seguía consternada por los crímenes de Nigrán y Lugo respectivamente.

Crimen machista en Lousame

Aunque en aquel entonces no existía la tipificación de crimen machista ni se activaban tampoco los protocolos de violencia de género, si se cometían actos de tan reprobable envergadura que conmovían al común de los mortales. Un suceso de estas características ocurriría en la localidad coruñesa de Lousame, en la comarca de Noia. En aquella triste jornada un joven de 33 años, José Manuel Mariño Blanco, daba muerte a la que fuera su esposa, Pilar Siso Esperante, de la misma edad que su antigua pareja. Para ello, utilizó un cuchillo de grandes dimensiones con el que le asestaría dos puñaladas, una en el cuello y otra en el pecho, que terminarían prácticamente de forma instantánea con la vida de su ex-cónyuge. La pareja tenía en común dos hijas de diez y siete años respectivamente.

Al parecer, desde hacía ya algún tiempo, José Manuel Mariño, que era un consumidor habitual de estupefacientes, llevaba profiriendo amenazas de muerte contra su ex-mujer, aunque nunca las había pasado hasta aquel momento de las palabras a los hechos. De nada sirvió la actitud de su antigua suegra, que trató de impedir el acceso del criminal hasta el dormitorio donde se encontraba la víctima, que fue el lugar en el que perdería la vida. Posteriormente, seguiría el ritual que llevan a efecto muchos homicidas similares, que fue el hecho de recurrir a la autolesión.

Mariño Blanco iniciaría entonces una huida en el coche de su víctima, quizás perdido y confundido por el desgraciado suceso que acababa de protagonizar. Sin embargo, el autor del crimen de Lousame no fue quien de controlar el vehículo que conducía en un tramo de la carretera, acabando por empotrarse contra un árbol, circunstancia esta que sería aprovechada por los agentes de la Guardia Civil para proceder a su detención. Como consecuencia de ello, sería ingresado en el Hospital Xeral de Galicia de Santiago de Compostela.

El homicida de Lousame sería condenado a quince años de prisión en el juicio que se siguió contra él en la Audiencia Provincial de A Coruña. En este caso, se computó como atenuante su dependencia y habitual consumo de sustancias estupefacientes, bajo cuyo se encontraba, al parecer, en el momento de cometer tan repugnante y atroz crimen.

Crimen en Ortigueira

El otro suceso luctuoso de aquella triste jornada dominical de otoño nos lleva hasta la localidad costera de Ortigueira, un municipio en el que relucen como pocos sus preciosas edificaciones de estilo colonial. En esa misma jornada, las desavenencias entre dos hombres que se dedicaban a la compraventa de madera terminaba de manera sangrienta en lo que se suponía que era un crimen motivado por deudas económicas y el uso por parte de uno de ellos de las herramientas que se utilizan para talar árboles.

En plena calle, y a la vista de muchos viandantes que se quedaron estupefactos, un joven de 27 años Antonio Foján Cebral, no tuvo rubor en efectuar varios disparos de escopeta contra Carlos Otero Ramil, tres años mayor que el homicida, con los que acabaría con su vida de manera prácticamente instantánea. Después de haber cometido el crimen, el homicida sería detenido por agentes de la Benemérita y posteriormente pasaría a disposición judicial.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Un crimen resuelto mediante una sesión de espiritismo

esp

El año 1994 fue un ejercicio de mucho trabajo tanto para las fuerzas de seguridad radicadas en Galicia como para los redactores de sucesos, principalmente en sus primeros meses. Se sucedieron distintos acontecimientos violentos que descorazonaron a la siempre pacífica sociedad gallega. Además del tristemente célebre crimen de Nigrán, en el que fueron asesinadas cuatro personas, se sucedieron los trágicos carnavales de Vigo, en los que morirían de forma violenta otras dos personas, así como otros hechos sangrientos que dejaron un mal recuerdo entre los gallegos.

Por un sangriento suceso ocurrido en los primeros días de aquel 1994, se podría decir a posteriori que el año en sí prometía en el ámbito de los sucesos. Así, en la mañana del 6 de enero de 1994 un grupo de cazadores encontró el cuerpo sin vida de una mujer en el monte Avenceñas, en A Estrada, que por el aspecto que presentaba daba la sensación de que había sido asesinada de forma violenta y que el suceso que le costó la vida bien pudiese obedecer a algún ritual satánico, ya que en sus inmediaciones se encontraron unos cirios así como algunos objetos empleados en ceremoniales de magia negra. La mujer habría muerto de sendos disparos en el cuello y otro en la sien, según el resultado que depararía la autopsia.

La víctima de este crimen, así como el suceso en sí, era toda una incógnita, ya que nadie la conocía por lo que las fuerzas de seguridad decidieron publicar en los medios de comunicación sus fotografías. Sin embargo, estos no dieron resultado, ya que nadie reclamaba su cadáver, aunque las investigaciones seguían su curso. Del resultado de la autopsia se dedujo que la mujer podría tener alguna descendencia puesto que presentaba una cicatriz en el abdomen que se correspondía con una cesárea.

Sesión de ouija

Por los detalles del suceso, así como por el interés y el misterio que suscitaba el mismo, hubo alguien entre los investigadores a quien se le ocurrió acudir a la consulta de una médium con la finalidad de recabar algunos datos que pudiesen revelar lo ocurrido, aunque en estos casos el escepticismo es un factor fundamental a tener en cuenta. Así, en aquellos días acordaron recurrir a la consulta de la pontevedresa Mercedes López Martínez, quien se decidió a realizar una sesión de ouija en compañía de otras tres personas.

Para llevar a cabo el ritual dispusieron un tablero con el abecedario en forma de círculo y colocaron a continuación el dedo sobre el vaso. Aparentemente la invocación espiritual surtiría efecto y el recipiente se fue trasladando a lo largo del tablero por lo que fue posible deducir el nombre de la víctima, quien al parecer se llamaba Rosalía, pero de la que salieron las cuatro primeras letras de su nombre. Sin embargo, el detalle más sorprendente fue que facilitó un número de teléfono, cuyas cifras se correspondían con las de un club de alterne en el que supuestamente habría trabajado la mujer encontrada muerta en el monte Avenceñas.

Una de las personas que participaron en la sesión de espiritismo informaría a los agentes de la Guardia Civil de los detalles obtenidos en la misma. Sin embargo, la Benemérita, que carecía de cualquier información relativa al suceso, no pudo confirmarlos. Además, según el testimonio de los presentes, en el ritual se descubrirían otros detalles, tales como que al parecer la muerte de la víctima no habría obedecido a ninguna ceremonia de carácter satánico y que todas las velas que aparecían a su alrededor no habría sido más que una estratagema urdida con la intención de despistar a los investigadores. Se señalaba también que entre la información obtenida a través de la médium se indicaba a su vez que la mujer no había muerto en el lugar en que fue encontrada por los cazadores, sino que su muerte habría ocurrido en otro sitio, siendo trasladada hasta aquel punto en un caballo. Además, según esta información, uno de los supuestos autores del crimen de la ciudadana lusa, sería un vecino de la comarca y que conocía la zona a la perfección

Detención de los culpables

Unos días después de la sesión de espiritismo eran detenidas en Navarra dos personas, una de nacionalidad portuguesa y otra española. Ambos pretendían huir del país para instalarse en Andorra. Con su detención pudo averiguarse la identidad de la mujer hallada muerta en A Estrada, así como algunos detalles, que, sorprendemente, fueron supuestamente revelados en la sesión de espiritismo llevada a cabo por la médium de Pontevedra. Entre estos se supo que la persona asesinada era una ciudadana lusa, natural de localidad portuguesa de Braga, y que respondía al nombre de Rosalía Gonçalves da María, que había trabajado en un club de alterne de Valença do Minho utilizando el seudónimo de Paula, a cuyas cifras correspondían el número de teléfono revelado en la sesión de Ouija.

Sin embargo, las coincidencias con los detalles no terminaban ahí, ya que el ciudadano español detenido era originario del municipio pontevedrés de Campo Lameiro y se dedicaba a la cría de caballos. En el acto llevado a cabo por la médium se había dicho en la invocación de la mujer muerta que esta había sido trasladada hasta el lugar supuestamente a lomos de un equino. También, se pudo deducir que el ciudadano luso detenido en relación con este crimen había conocido a la víctima en el club de alterne de la ciudad fronteriza en el que ejercía la prostitución.

Una vez detenidos ambos asesinos desvelaron otros detalles que no dejaron de ser sorprendentes y que guardaban cierta relación con las supuestas revelaciones que se habían obtenido a través de la médium. Así, en cuanto a la posición del cadáver con cirios en sus inmediaciones manifestaron que lo habían hecho tan solo por «respeto» a la víctima. En cuanto al móvil del crimen, declararon que este se había producido por miedo a que la mujer los delatase, pues ella formaba parte con ambos  individuos de una banda de delincuentes que había protagonizado diferentes actos delictivos en la provincia de Pontevedra, tales como asaltos a gasolineras o entidades bancarias. De hecho, la causa por la que decidieron acabar con su vida fue una conversación telefónica que mantenía la víctima con un desconocido en la que le estaba relatando las correrías de la banda que formaba parte. Con su detención se pudieron esclarecer tres hechos delictivos ocurridos en aquel entonces en las localidades pontevedresas de Barro, Poio y Tui.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Cinco muertos y 40 heridos al descarrilar el rápido Vigo-Coruña en Pontevedra

alba
Así quedó el tren siniestrado en la parroquia de Alba, cerca de Pontevedra

Aquel año 1969 iba a ser bastante convulso en una España que avanzaba de forma renqueante y en la que muy pocas cosas cambiaban, por no decir que casi ninguna. Sin embargo, se producirían una serie de acontecimientos que marcarían el devenir del país. En julio se aprobaría la Ley de Sucesión por la que se nombraba heredero de la jefatura del Estado a Juan Carlos de Borbón. Unos meses más tarde se produciría el famoso «caso Matesa», en una especia de lucha de miembros del Opus Dei contra otro bando de ministros liderado por Manuel Fraga Iribarne, a quien le costaría su puesto en el banco azul de las Cortes franquistas.

Galicia solo era noticia en los diarios de difusión estatal para decir que era un territorio verde y que llovía. A veces, hasta demasiado. Las restantes ocasiones en las que salía en informativos que se contemplaban allende Pedrafita era para hablar de algún suceso o hecho luctuoso en los que siempre salían a relucir falsos tópicos que en nada favorecían a una tierra que transitaba por enlodazadas corredoiras y ahora estaba pendiente de las cartas que llegaban de Europa, en tanto que en el pasado se aguardaban las que procedían del otro lado del Océano. Alguna seguía llegando de La Habana, Montevideo o Buenos Aires, pero eran de aquellos gallegos que habían sucumbido a la aventura americana y habían quedado atrapados bajo aquella terrible tormenta económica que los había arruinado a todos, ya bien fuese por la dictadura comunista castrista o por los sistemas corruptos que imperaban en Sudamérica.

El año comenzaría de forma trágica para Galicia, por no decir que lo hizo de manera fatal. En dos accidentes derivados del corrimiento de tierras perderían la vida un total de ocho personas. Tres mujeres fallecían el A Coruña mientras se encontraban haciendo la colada, en tanto que en la parroquia de Alba, en el término municipal de Pontevedra, se produciría un grave accidente ferroviario que se saldaría con la muerte de cinco personas y otras 40 resultarían heridas de diversa consideración, al descarrilar el tren rápido 702 que cubría el trayecto entre A Coruña y Vigo.

Corrimiento de tierras

El siniestro se produjo alrededor de las ocho menos cuarto de la tarde del 18 de enero de 1969, al parecer, provocado por un corrimiento de tierras debido al reblandecimiento de las mismas por las intensas lluvias torrenciales caídas en Galicia a lo largo de aquellos días. La misma causa estuvo detrás del derrumbe de un muro de contención en A Coruña, acaecido en las mismas fechas, y que costaría la vida a tres mujeres que se encontraban haciendo la colada en un lavadero público. A consecuencia del alud de tierra, la locomotora, un pesado vehículo Alco-Diesel, se precipitase sobre un foso de 38 metros de longitud, yendo detrás de ella un furgón y cuatro vagones, uno de los cuales se estrello con el furgón, quedando literalmente destrozado.

En el convoy viajaban alrededor de un centenar de personas, de las cuales fallecerían cinco, dos de ellas empleadas de RENFE, y tres viajeros. Otras 40 resultarían heridas, la mayoría de las mismas de carácter leve, en tanto que las diez restantes presentaban lesiones graves, aunque -por suerte- ninguna de ellas fallecería. El impacto, como es natural, causaría una gran confusión en los viajeros, muchos de los cuales habían quedado atrapados en aquel impresionante amasijo de hierros en que se había convertido la caravana ferroviaria. A todo ello contribuía la torrencial lluvia que en aquel momento estaba cayendo sobre el lugar donde se produjo el trágico accidente.

Este desgraciado accidente no se saldaría sin una incidencia que no tuvo graves consecuencias pero que no dejaba de ser paradójica. Para prestar auxilio a los heridos saldría de Vigo un tren de socorro que descarrilaría en la localidad de Arcade, perteneciente al municipio pontevedrés de Soutomaior. Por fortuna, no hubo que lamentar víctimas de ningún tipo.

Una vez más, como ya había sido la tónica predominante en otros siniestros y lo sería también en el futuro como el caso de ocurrido en Angrois, fue muy decisiva la ayuda que prestaron los vecinos de las parroquias limítrofes al lugar de la tragedia, conocido como A Gándara. Hasta allí no dudaron en desplazarse personas de las parroquias de Alba, Campañó y Lérez para socorrer a las víctimas del siniestro. De la misma forma, también fue muy importante el apoyo prestado por equipos de sanitarios procedentes de Vigo y Pontevedra. En este sentido, hay un hecho que llama poderosamente la atención, ya que no dudaron en cruzar grandes fincas de cultivo a pie con los heridos en las camillas para trasportarlos hasta la carretera que unía A Coruña y Pontevedra, desde donde eran trasladados a los centros sanitarios más próximos.

Excarcelación de las víctimas

Pese al apoyo prestado por los vecinos, en aquel tiempo todavía no existían servicios de protección civil y solamente se contaba con la ayuda de los equipos de bomberos de Pontevedra y Vigo, que se presentaron inmediatamente en el lugar del suceso. Debido a que el accidente se produjo ya de noche y en pleno invierno, a lo que se sumaba una torrencial lluvia, las labores de excarcelación y rescate de las víctimas mortales se prolongaría hasta las tres de madrugada del día siguiente, que era sábado. La falta de luz y de equipos electrógenos, unida a las inclemencias climáticas, hizo que estas labores se abandonasen hasta la jornada siguiente.

A primeras horas de la mañana del 19 de enero, en torno a las nueve y media, aparecían los cuerpos sin vida del jefe del convoy, Manuel Hortas, de 41 años de edad, y el mozo de furgón, Urbano López Rebollo, de 67. Ambos eran naturales de la ciudad herculina hasta donde serían trasladados sus restos mortales.

Los trabajos de retirada de escombros, así como de los restos del tren siniestrado se prolongarían en fechas sucesivas a la que había tenido lugar el suceso. Para ello, fue preciso trasladar hasta el lugar del accidente varias toneladas de carbonilla para ir afirmando el terreno sobre el que trabajarían las grúas. Como consecuencia del fatal accidente, el tráfico ferroviario en este tramo estuvo cortando durante una semana, siendo este el principal ramal ferroviario de Galicia, ya no de aquella época sino también en la actualidad.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Muere atropellada por un coche en Lugo al ser empujada por su hijo a la calzada

download

 

A comienzos de la década de los ochenta del pasado siglo la ciudad de Lugo seguía conservando el clásico atractivo de la familiaridad, una urbe que comenzaba a despegar, pero en la que se seguían conociendo casi todos sus habitantes. El medio rural y el urbano propiamente dichos se seguían entremezclando en una pacífica y tranquila sociedad que no acostumbraba a sobresaltarse por acontecimientos especiales. Solamente sus ancestrales y tradicionales fiestas en honor a San Froilán eran capaces de interrumpir su hermosa rutina. Cualquier suceso o hecho que allí aconteciese enseguida era portada de los medios de comunicación. Afortunadamente, los lucenses siempre se han caracterizado por ser, además de excelentes personas, muy pacíficos y tranquilos, aunque alguna que otra vez ocurrían cosas que les descorazonaban un poco.

Así sucedería a primeras horas de la mañana del 26 de noviembre de 1981, cuando ocurrió un extraño suceso al que muy pocos daban crédito, aunque su principal protagonista ya había estado internado en un centro psiquiátrico y había sido tratado de su adicción al alcohol. Faltaban pocos minutos para las nueve cuando un conocido empresario lucense, que en aquel entonces contaba con 47 años, se vio sorprendido por una mujer que, involutariamente, invadía la calzada sin que pudiese hacer nada por esquivarla, provocándole la muerte de forma prácticamente instantánea con el vehículo que conducía, un clásico Renault-12.

El trágico suceso se produjo en la vía comarcal que une la capital lucense y la localidad de Portomarín a la altura del kilómetro 2,200. La mujer en cuestión, Victorina Rey Busto, de 60 años de edad, había sido empujada a la carretera por su propio hijo, Germán Carballido Rey, quien entonces tenía 38 años, y que había protagonizado un gran número de altercados en la capital lucense. El último era reciente, ya que hacía escasas fechas por aquel entonces, había propinado un fuerte golpe en la cabeza con un sifón a otro conocido personaje de la bohemia lucense, Alfredo Varela Bello, popularmente conocido como «Currinche», al parecer porque este último estaba fumando un porro y eso no era del agrado de Carballido Rey.

Se entrega en comisaría

Posteriormente, una vez hubo cometido el presunto delito de homicidio, Germán Carballido no tuvo inconveniente ninguno en entregarse a la policía en la Comisaría de la capital lucense. En su primera declaración ante los agentes reconocería los hechos de los que se acusaba, además de manifestar que sentía mucho lo ocurrido. Igualmente, reconoció que el empujón que le costaría la vida a su madre había sido dado de forma consciente y espontánea. Su progenitora lo acompañaba en esa jornada hasta la consulta de un conocido psiquiatra de la capital lucense. Además, al parecer, habría pedido al involutario autor del atropello que no contase como sucedieron los hechos.

En la siguiente declaración, esta vez en compañía de un abogado, contradiría su primera versión de los hechos. En ella manifestaría que había sentido un efecto reflejo, como si alguien le hubiese empujado por detrás, lo que provocó que hubiese abierto los brazos, a consecuencia de lo cual habría empujado a su madre contra la calzada, lo que provocaría su muerte tras el súbito impacto contra el vehículo en marcha. Tras pasar a disposición judicial, se ordenaría su ingreso en prisión.

Unos meses más tarde de este desgraciado suceso que conmovió a la ciudad de Lugo se celebraría el juicio contra Germán Carballido Rey, quien, según los distintos exámenes médicos a los que fue sometido, sufría graves problemas de tipo psíquico que se veían agravados por su desmedida afición al alcohol de la que había sido tratado en Valencia sin mucho éxito. Con todas estas atenuantes, en los que además de sufrir trastornos y delirios, padecía también alcoholismo crónico, el autor del empujón mortal a su progenitora sería enviado a un centro psiquiátrico penitenciario donde cumpliría la condena.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Tres miembros de una misma familia asesinados en O Corgo (Lugo)

fervenza
A Fervenza de o Corgo, lugar en el que se sucedieron los tres crímenes

En el año 1935 los españoles andaban preocupados por el famoso escándalo «Estraperlo», un asunto de tamañas dimensiones políticas y sociales que daría al traste con los gobiernos de centroderecha que habían gobernado el país desde las elecciones de 1933, amén de liquidar la carrera política de Alejandro Lerroux y propiciar la práctica desaparición de su formación, el Partido Republicano Radical(PRR) del escenario político de un tiempo que transcurría con grandes sobresaltos para la sociedad española, que tendrían su punto culminante apenas un año después con el estallido de la Guerra Civil española y el posterior enfrentamiento entre hermanos que se prolongaría durante casi tres años.

La sociedad gallega de la época era eminentemente rural. Era un territorio pobre y desfavorecido que -desde hacía muy poco tiempo- había interrumpido su constante emigración a la isla caribeña de Cuba, tanto por la crisis económica que azotaba a la que un día fue denominada «la Perla del Caribe», como por la nueva legislación que primaba la contratación de trabajadores originarios de aquel país americano. Ahora eran muchos los gallegos que buscaban poner fin a sus penurias en Buenos Aires, conocida como «a cunca do ouro»(la taza del oro). No importaba el destino, lo cierto y lo triste es que eran muchos los jóvenes que se veían obligados a abandonar la tierra que los había visto nacer por falta de perspectivas tanto a corto como a largo plazo.

Aquel inhóspito mundo rural tan solo ofrecía la posibilidad de malvivir a costa de una raquítica economía de subsistencia, que no siempre cubría dignamente las necesidades de aquellas pausadas y tranquilas gentes, de las que se tenía el falso tópico que eran muy cerradas además de vivir de una forma bastante primitiva, aunque ese aspecto era general al resto de la Península. Les valía cualquier oficio o profesión con el ánimo de salir adelante. No importaba el cómo. Lo verdaderamente importante era ir sorteando el devenir diario y para ello se dedicaban a los más diversos oficios, algunos de los cuales entrañaba ciertos riesgos. Una de esas profesiones, hoy en día desaparecida, era la de barquero, que eran los que se dedicaban a ayudar a atravesar algunos cauces fluviales a viajeros o transeúntes que pretendían desplazarse a un determinado punto que se encontraba más allá de aquellas aguas. La peligrosidad obedecía tanto a la profesión en si misma como a la supuesta reputación que pudiesen atesorar algunos de los que pretendían surcar el río. Estos profesionales casi siempre solían ser familiares, ya que iba pasando de unas generaciones a otras. Así le sucedía a una familia que se encontraba instalada en A Fervenza de O Corgo, en la provincia de Lugo, un cauce que lleva sus aguas hasta el Miño. En poco menos de una década morirían de forma violenta tres miembros de una misma estirpe, un padre y dos hijos, aunque algunos de estos crímenes estuviesen estrechamente vinculados a desavenencias familiares.

Parricidio

En el año 1925 aparecería asesinado Miguel Expósito, un hombre que rondaba ya los 60 años. La responsabilidad de su asesinato recaería sobre su hijo José Expósito Vázquez, si bien es cierto que nunca se lograría determinar con exactitud su grado de criminalidad, pese a que sería sentenciado a una condena de 20 años de prisión. El vástago siempre negó que fuese el autor de la muerte de su progenitor. La atribuía a alguno de los muchos viajeros a los que su padre ayudaba a cruzar el río.

Al poco tiempo de salir de prisión, con motivo de un indulto por la proclamación de la IIª República española, aparecería muerto, con claras señales de violencia, José Expósito, en el mismo lugar en el que había aparecido su padre. Su muerte fue atribuida por voxpopuli a su hermano Miguel, si bien es cierto que en este caso la justicia no hallaría pruebas suficientes para incriminarle ni tampoco sería condenado. El vecindario comentaba que este segundo asesinato había sido a consecuencia de las rencillas y rencores entre los hermanos como consecuencia del primer homicidio que le había costado la vida al padre. Lo cierto es que este caso quedó impune al no poder demostrarse jamás que un hermano había dado muerte a otro.

Tercer crimen

El rompecabezas generado por los dos anteriores crímenes, nunca suficientemente esclarecidos, se volvió mucho más enrevesado cuando en la jornada del sábado, 12 de octubre de 1935, aparecería el cuerpo de Miguel Expósito Bermúdez, de 37 años e hijo y hermano de los anteriores, en medio de un impresionante charco de sangre, con una pronunciada herida en la cabeza. Su asesinato removió los cimientos y las conciencias de las gentes del municipio de O Corgo y venía a poner de manifiesto que supuestamente había una mano negra en torno a las múltiples desgracias que había venido sufriendo aquella familia a lo largo de las últimas décadas previas a la Guerra Civil española.

El descubrimiento de su cuerpo tuvo lugar cuando un grupo de vecinos se dirigía hacia aquel sitio, en torno a las seis de la tarde, y contemplaron un tanto estupefactos, a través de una de las ventanas de la choza de madera en la que vivía, la luz encendida, pero sin escuchar absolutamente nada. Ante esta situación, uno de los vecinos dio aviso al resto del vecindario y llamaron a la puerta. Sin embargo, nadie abría. En vista de esto último, se temieron que al inquilino de aquella vivienda le hubiese ocurrido algún imprevisto. Al derribar la puerta, encontraron el cadáver de Miguel Expósito tendido sobre la lareira (cocina) con evidentes signos de violencia en su cuerpo, principalmente en la cabeza. Además, se percataron también que una cuba de vino que había en la casa estaba visiblemente manchada de sangre, lo que hizo sospechar que el autor o autores del crimen hubiesen aprovechado la circunstancia de que el hombre se dirigiese a la cuba para matarle, pues se dedicaba también a la comercialización de bebidas alcohólicas, principalmente vino.

Este tercer asesinato vino a poner en tela de juicio la autoría de los dos anteriores. Pues, aunque uno de los hermanos asesinados cumplió condena por parricidio, ahora todo el mundo se preguntaba si realmente había sido José Expósito el autor de la muerte de su padre, al tiempo que exculpaba a su hermano del delito de fratricidio. Algún tiempo más tarde sería detenido un individuo, Alfredo Vázquez, que se dedicaba a la mendicidad, pero tan solo se pudo determinar que este último tenía cierta amistad con la última de las víctimas, al tiempo que pasaba muchas horas en el lugar donde se encontraba los barqueros. Se decía que cualquiera podía estar implicado en el crimen que le había costado a los barqueros y a partir de ahora las incógnitas de la culpabilidad recaían sobre un gran número de personas, al tiempo que se constataba una vez más la peligrosidad de su profesión, tanto por el riesgo que entrañaba cruzar el río, como la dudosa reputación de los muchos que diariamente requerían del servicio de los barqueros para llegar a buen puerto, aunque muchos de ellos tuviesen un fatal destino. A todo ello se sumaba la circunstancia de la soledad en la que se encontraban, ya que solían residir en parajes aislados y en los que era difícil percatarse de la presencia de extraños. Además, el hecho de que fuesen personas foráneas quienes requerían mayoritariamente estos servicios dificultaba aún más las investigaciones.

Este crimen, como muchos otros, quedaría impune, a lo que contribuyó en buena media el posterior estallido de la Guerra Civil española y en la que muchos presidiarios fueron utilizados como mercenarios en un conflicto que perderían todos. Este último hecho luctuoso no hizo sino aumentar las incógnitas existentes en torno a los dos anteriores, que nunca se sabría a ciencia cierta quien los habría podido cometer, pese a las sentencias judiciales y al señalamiento vecinal. Lo cierto es que la tragedia se cebó especialmente con una familia de extracción humilde.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias