Tres muertos y 49 heridos en el atentado de «Clangor»

Estado en el que quedó la famosa discoteca compostelana «Clangor»

A pesar de lo pacífico que es el pueblo gallego, Galicia no pudo librarse de la maraña terrorista, siendo escenario de distintos atentados que le costaron la vida a algunos agentes de las fuerzas de seguridad del estado, algún empresario y también perecieron algunos inocentes ciudadanos que lo único que hacían era disfrutar de sus ratos de ocio y tiempo libre.

Uno de los lugares en los que pretendieron hacerse notar algunos grupos terroristas a finales de la década de los ochenta y primeros años noventa del pasado siglo fue la capital gallega, quizás por la presencia en la ciudad de millares de jóvenes que cursaban sus estudios universitarios en la única minerva que existía en Galicia en aquel entonces. Así, surgiría un grupúsculo que llevaría a cabo algunas actividades de carácter violento contra unos objetivos muy concretos, a quienes ellos consideraban que estaban relacionados con el narcotráfico.

El atentado más significativo, tanto por el número de víctimas como por la destrucción que ocasionaría así como por la repercusión que tuvo, fue el que llevó a cabo el grupo autodenominado Exército Guerrilheiro do Pobo Galego Ceibe(EGPCG), en la noche del 11 de octubre de 1990 en la discoteca compostelana «Clangor» en el que perderían la vida tres personas, dos terroristas y una joven estudiante, además de resultar heridas cerca de medio centenar. El Exército Guerrilheiro, como era conocido, era una banda terrorista que se daría a conocer al hacer saltar por los aires el chalet que poseía en Perbes Manuel Fraga Iribarne, quien apenas unos años más tarde de la destrucción de su residencia estival se acabaría convirtiendo en Presidente de la Xunta de Galicia.

El ataque contra sus objetivos parecían estar muy bien definidos de antemano, pues se enmarcó dentro de una oleada terrorista que, según sus autores, se dirigía específicamente contra bienes de personas que presuntamente estaban relacionados con el narcotráfico, aunque en el caso de la discoteca compostelana jamás se pudiese demostrar relación alguna de sus propietarios con la distribución de droga.

«Noche de marcha»

La noche elegida para atentar contra la discoteca «Clangor» era la típica madrugada de marcha en la que la mayoría de los estudiantes salen de juerga, pues al día siguiente se terminan las clases y hay que disfrutar del último día de la semana. Además, en esta ocasión se había adelantado un día, ya que el viernes era festivo y llegaba un largo puente por lo que, en vez del jueves, la noche de marcha se adelantó a la jornada del miércoles.

No se podían imaginar los miles de estudiantes que se daban cita en el ensanche compostelano que aquella noche festiva, la primera del curso académico, terminaría en tragedia. Ni mucho menos podían ser conscientes las alrededor de 200 personas que en torno a las tres y cuarto de la madrugada se encontraban en las instalaciones de una discoteca de moda de la época, la famosa «Clangor». A esa hora los presentes en la conocida sala santiaguesa fueron testigos de una potente detonación que provocaría el pánico y el desconcierto entre los congregados en el recinto festivo.

El potente sonido del rock and roll fue silenciado por la explosión de un potente artefacto que destruiría el local de ocio nocturno. El son de la música daría paso a los gritos de auxilio y socorro, mientras el pavor y el miedo generalizados se apoderaban de los dos centenares de jóvenes que allí se congregaban, ante un hecho que para nada era habitual en tierras gallegas y que trastocaba cualquier plan ante lo que debía ser una madrugada de diversión, que ahora, de forma repentina, se tornaba en una brutal tragedia.

Tras producirse el potente estruendo que movilizaría a muchos compostelanos, de inmediato se acercaron hasta el lugar del trágico suceso las asistencias, así como los equipos de bomberos que se encontraron a la que había sido una discoteca muy frecuentada por los universitarios reconvertida en un impresionante amasijo de hierros que dejaba paso a la destrucción, la desolación y la desesperanza.

Un total de 46 personas debieron de ser atendidas en el antiguo Hospital Xeral de Galicia a consecuencia de heridas de diversa consideración. Muchas de ellas presentaban perforaciones y lesiones en el pabellón auditivo a consecuencia de la potente deflagración que habían tenido que soportar. Lo peor de todo es que, además de los heridos, otras tres habían perdido la vida. Inmediatamente se reconoció a una joven estudiante viguesa María Mercedes Domínguez, la única víctima mortal que no guardaba relación alguna con el grupo terrorista que, horas más tarde, revindicaría el mortal atentado que consternaría a toda Galicia.

Otra de las víctimas mortales que fue reconocida en las primeras horas fue José Ignacio Villar, quien era un conocido integrante del Exército Guerrilheiro, natural del municipio coruñés de Culleredo, muy próximo a la ciudad herculina. De la misma forma, también había perecido en este brutal atentado su acompañante, María Dolores Castro, otra conocida miembro del grupo terrorista radical gallego. Si bien es cierto que esta última tardaría algunas horas más que su compañero en ser reconocida.

Bafle

Al parecer los terroristas transportaban un artefacto compuesto por gelamonita, un potente explosivo similar a la dinamita que, supuestamente, habían adquirido en tierras portuguesas. Además, a los investigadores les hacía pensar que los autores del atentado no eran expertos en explosivos, pues habían colocado el mismo junto a un bafle de un altavoz, con lo que las fuertes vibraciones emitidas por este habrían contribuido a que estallase antes de lo que estaba previsto.

En torno al atentado se facilitaron muchas versiones y se dieron las más controvertidas hipótesis. Había quien aseguraba que la bomba no estaba pensada para hacerla explosionar en la discoteca «Clangor» y que su objetivo era otro centro de diversión de similares características emplazado en la villa costera de Noia, cuyo dueño había sido relacionado con el mundo del narcotráfico por quien entonces era su alcalde, el nacionalista Pastor Alonso.

Aquella madrugada sería dramática para muchas familias gallegas, muchos de cuyos hijos se encontraban estudiando en la Universidad de Santiago. Se sucedían las llamadas a las residencias, colegios mayores, pensiones, así como a los pisos en los que residían muchos de los universitarios que se habían trasladado a tierras compostelanas a proseguir sus estudios. El nerviosismo se apoderaría de una tierra que siempre se había destacado por ser un lugar eminentemente pacífico, muy reacio a cualquier brote violento. Prueba de ello serían las más de 30.000 personas, estudiantes en su mayoría, que en jornadas posteriores se manifestarían por las calles compostelanas contra la violencia terrorista.

Oleada terrorista

El atentado contra la discoteca «Clangor» se enmarcaba dentro de una serie de actuaciones que estaba llevando a cabo el Exército Guerrilheiro contra objetivos que ellos consideraban que eran bienes de personas o empresas relacionadas con el narcotráfico. En esa misma noche harían explosión otros cuatro artefactos en distintas localidades gallegas, principalmente enclavadas en las Rías Baixas. En Vilagarcía de Arousa un artefacto ocasionaría desperfectos de diversa consideración en una zapatería que era propiedad de Esther Lago, la fallecida esposa del conocido narcotraficante gallego Laureano Oubiña. Tampoco se libraría de la ira terrorista una sucursal bancaria de Vigo.

Con el atentado contra la discoteca «Clangor» se pondría fin al periplo de una de las organizaciones terroristas gallegas de las últimas décadas, ya que muy pronto serían detenidos todos sus miembros, dándose por desarticulado el Exército Guerrilheiro do Pobo Galego Ceibe(EGPGC), cuya corta existencia se saldó con la muerte de cuatro de personas, dos de ellos terroristas, y la mediática voladura del chalet de Manuel Fraga Iribarne.

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Cinco niños muertos y 27 heridos en una excursión escolar

Las excursiones escolares han sido siempre un motivo de ilusión y fascinación para los más pequeños. Casi siempre se celebraban en final de curso o en algunos casos en fechas festivas, tales como Semana Santa. No escatimaban, en la mayoría de los casos, esfuerzos ni tampoco ilusión con la venta de distintos productos entre ellos loterías, rifas, pegatinas u otros accesorios con la finalidad de recaudar el tan necesario dinero para poder llevar a efecto las tan esperadas e ilusionantes excursiones escolares, algunas de las cuales terminaron en tragedia, tal y como fue el caso de los alumnos del colegio Vista Alegre, de Vigo, o el de los alumnos de la escuela de Artes Aplicadas Ramón Falcón, de Lugo.

Además de esas dos tragedias hubo otras que tuvieron una especial significación tanto por el numero de víctimas como por la aparatosidad del siniestro, entre las que sobresale la ocurrida en la jornada del 25 de junio de 1992 en la localidad pontevedresa de Silleda, al precipitarse un autocar que transportaba a 40 personas por un desnivel de 30 metros en el lugar de A Rocha, falleciendo cinco niños, con edades comprendidas entre los 13 y 14 años, y resultando heridos de diversa consideración otros 27 compañeros suyos.

El autocar siniestrado había partido de Monforte de Lemos, con alumnos del colegio Divina Pastora, a primeras horas de la mañana de aquellos primeros días de estío con destino ao Grove, dónde los jóvenes iban a disfrutar de unos días de sol y playa. Sin embargo, sus ilusiones se verían bruscamente frustradas cuando apenas pasaban cinco minutos de las diez de la mañana cuando el autocar enfiló el alto de A Rocha de San Sebastián, en el término municipal de Silleda, tomando una curva a la izquierda que, aunque no era demasiado pronunciada, el conductor del ómnibus se aproximó demasiado al borde de la carretera, precipitándose por un barranco. El autobús caminaría a lo largo de 53 metros por la orilla de la calzada antes de producirse el dramático suceso. Además, el autocar llevaba una velocidad prudencial en el momento de producirse el siniestro, pues iba a tan solo 50 kilómetros por hora.

Aplastados

Como consecuencia del desgraciado accidente, cinco de los muchachos que viajaban con destino a las Rías Baixas gallegas fallecerían aplastados por la carrocería del autocar en el momento en que se precipitaba por el barranco abajo. Otros 27 resultarían heridos de diversa consideración, siendo trasladados todos ellos a distintos centros sanitarios gallegos, entre ellos en antiguo Hospital Xeral de Galicia de Santiago de Compostela.

Sobre el asfalto, podían contemplarse algunos de los enseres que habían pertenecido a los muchachos accidentados, entre ellos algunas prendas y calzados deportivos, así como una trágica y dramática pancarta que sería reproducida durante bastantes jornadas en los distintos medios informativos de la época.

En el socorro de los heridos desempeñaría una función transcendental una Brigada Contraincendios de la Xunta de Galicia, que en esos momentos se encontraba levantando una torre de vigilancia en el monte. Un miembro de esta cuadrilla haría un relato desgarrador de los hechos, al comentar que una joven le había fallecido en los brazos después de haberla rescatado malherida del amasijo de hierros a que había quedado reducido el autobús siniestrado.

De igual forma, también se trasladarían al lugar del suceso dos helicópteros del Servizo de Salvamento e Socorrismo de la Xunta de Galicia, que tardarían 45 minutos en personarse en el lugar donde se había producido la tragedia, así como numerosas ambulancias de distintos centros sanitarios de municipios próximos al lugar del accidente.

Incertidumbre y tensión

Durante bastantes horas, debido en parte a la laboriosidad de los trabajos que suponía la excarcelación de algunos de los cuerpos que habían quedado aprisionados en el interior del autocar, entre los progenitores y familiares de las víctimas se generaría una gran incertidumbre y tensión, que no podría ser resuelta hasta las primeras horas de la tarde del día en que se produjo el fatal accidente cuando se facilitó la identidad de las víctimas mortales. El techo y la parte derecha del autocar, las más afectadas, quedarían completamente aplastadas, dificultando enormemente el rescate de los cuerpos de los jóvenes fallecidos.

En los centros sanitarios a los que fueron trasladados los heridos, algunos muchachos narrarían las escenas vividas en el interior del autocar en el momento de producirse el siniestro. Una de las heridas decía que en un principio aquello parecía un bache enorme, ya que pudo contemplar como un gran número de compañeros suyos caían sobre su cuerpo sin que pudiese hacer nada, para finalmente desmayarse y, al despertar, ver el autocar tumbado.

Mención aparte merece la reacción del autocar, un joven de 30 años, que, como consecuencia del accidente, que sería achacado a un fallo humano, sería presa de una profunda crisis nerviosa. Durante su estado de schock, del que tuvo que ser atendido en una clínica, el hombre se autoinculpaba de haber cometido un acto criminal.

Con la muerte de estas cinco criaturas se elevaba a un total de 125 la cifra de niños muertos en los distintos accidentes de autobús que, hasta aquel entonces, se habían registrado en España.

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Un atracador muerto por un guarda jurado en Vigo

El año 1994 fue un ejercicio verdaderamente sangriento en Vigo y sus alrededores. En los primeros meses del año dos sucesos, uno ocurrido en Nigrán, se llevaron la vida de seis personas de forma violenta. Primero fueron sus carnavales que se saldaron con dos asesinatos, para luego seguir con la ya mítica matanza del pueblo costero en la que dos agentes de la policía le daban muerte a un empresario de la comarca y a su familia con la finalidad de hacerse con dinero para saldar sus múltiples deudas.

Sin embargo, la cosa no terminaría ahí. Por desgracia la sangre seguiría corriendo algunos meses más tarde por la ciudad olívica. Así sucedería en la mañana del 19 de septiembre de 1994. En aquella jornada dos delincuentes, que ya estaban siendo buscados por otro asalto, se dirigieron a la sucursal que el Banco Central Hispanoaméricano disponía en el barrio de A Doblada, concretamente en la calle Gregorio Espino con la finalidad de hacerse con algún botín considerable.

En la puerta de entrada se encontraron con el guardia jurado encargado de custodiar la sucursal, un joven de 33 años que respondía al nombre de Juan Manuel. Intentaron salvar este primer escollo asestándole varias cuchilladas, algunas de ellas en el abdomen, lo que provocaría la caída, prácticamente seminconsciente, al suelo del responsable de seguridad de la oficina bancaria en medio de un gran charco de sangre.

50.000 pesetas

El botín alcanzado por los ladrones era de apenas 50.000 pesetas (300 euros actuales), cantidad con la que se hicieron después de dirigirse al búnker en que se encontraba la caja de seguridad. Previamente habían amenazado al cajero y al resto de los empleados de la oficina con un cuchillo de grandes dimensiones, el mismo que les había servido para herir de cierta gravedad al guardia jurado que se encontraba en la puerta.

Con lo que no contaban los asaltantes fue con la reacción espontánea del responsable de seguridad de la oficina bancaria, quien, pese a encontrarse malherido, logró reaccionar antes de que sus agresores abandonasen el lugar del suceso. A la desesperada, logró sacar su arma reglamentaria con la que heriría de extrema gravedad a uno de los delincuentes, José Antonio Rodrigo, un hombre natural de Ourense de 30 años y que en ese momento carecía de cualquier antecedente policial, aunque ya estaba siendo buscado por un asalto cometido en los últimos días de aquel entonces.

De la misma forma, los proyectiles de su pistola alcanzarían también al delincuente que le acompañaba, un joven de 25 años y natural de Vigo, quien si contaba con numerosos antecedentes policiales y recientemente había abandonado la prisión tras haber cumplido una sentencia de cárcel. A consecuencia de las heridas de bala tendría que ingresar en el Hospital Islas Cíes de la ciudad olívica, al que llegaría ya cadáver su compañero de andanzas. Después de producirse el grave altercado, también tendría que ser ingresado en un centro sanitario el guardia jurado a causa de las heridas en el abdomen que le habían provocado sus agresores.

Cuando concluyó la patética escena, el estado que presentaba la oficina bancaria era dantesco, al contemplarse como sus paredes e instalaciones habían quedado teñidas de sangre, al igual que en su interior se podían observar también impresionantes charcos de sangre procedentes de los asaltantes a la sucursal bancaria, que permanecieron tendidos en el suelo hasta que llegaron al lugar las asistencias sanitarias.

La oficina acabó, finalmente, asemejándose más a cualquier escenario más propio de las películas policíacas norteamericanas que al de una entidad bancaria. Sin embargo, por desgracia, la realidad puede llegar a superar a la ficción. Y esta fue una de ellas.

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Cuatro trabajadores sepultados en un pozo en O Incio

En la década de los años ochenta del pasado siglo todavía resistía -con una cierta fuerza que cada vez se iba debilitando más- la Galicia eterna, o lo que es lo mismo el ancestral y apacible mundo rural. Todavía eran muchos los gallegos que poblaban aquellos lares que parecían estar condenados a una desaparición que ni siquiera habían podido lograr las emigraciones americana y europea. Sin embargo, la baja tasa de fecundidad y el masivo envejecimiento de la población se están convirtiendo en los letales enemigos de esa apacible Galicia para cuyos moradores el tiempo todavía sigue marcado por la puesta de sol y las estaciones del año.

En ese territorio, otrora denostado por muchos que querían demostrar un cierto rango de superioridad y una indisimulada hostilidad, se hacían innumerables trabajos que, en algunas ocasiones, estaban al margen de la ley o, cuando menos, no se requería una capacitación especial como se precisa en la actualidad. Eran muy frecuentes las ayudas vecinales y familiares para la realización de obras o trabajos de adaptación de los más variados servicios a los domicilios particulares. Muchas veces se elegía el fin de semana. Otras se hacía después de la puesta de sol.

En uno de esos labores, a media tarde del 19 de septiembre de 1986, cuatro hombres perderían la vida mientras hacían un pozo en el lugar de Barbaín, perteneciente a la parroquia de Noceda, en el municipio lucense de O Incio. Los cuatro quedarían sepultados en un impresionante alud de tierra que se derrumbó sobre ellos como consecuencia de un inesperado corrimiento del terreno en el que estaban perforando un pozo.

Mejora del abastecimiento

La finalidad de los trabajadores que se encontraban realizando el pozo que les costó la vida era mejorar el suministro y abastecimiento de aguas de uno los lugares de la parroquia de Noceda, una entidad poblacional que ya entonces tenía poco más de un centenar de habitantes y que se ha visto reducida en los últimos tiempos a poco más de 75 debido al creciente despoblamiento que está afectando seriamente al rural gallego.

Al parecer, el corrimiento y derrumbamiento de las paredes laterales del pozo se pudo deber al propio estado del terreno, por tratarse de una zona húmeda y montañosa, unido a que a la hora de efectuar este tipo de obras no solían tomarse muchas precauciones, no siendo esta la primera vez que acontecía un desgraciado suceso de las mismas características.

Alrededor de las cuatro de la tarde, cuando aquellos trabajadores se habían introducido en el interior de la superficie perforada, se produjo el inesperado derrumbamiento atrapándolos a todos ellos a la vez, sin que ninguno de ellos pudiese hacer nada por salvar la vida. Además, resultaba un poco extraño que el corrimiento de las tierras atrapase a los cuatro a la vez en una superficie de poco más de cuatro metros de profundidad, pues era habitual que, cuando se hace este tipo de obras, alguno de ellos se encontrase en el exterior para recibir la tierra que se extraía desde la hondura en que se realizaban las obras.

Excavadoras

Al percatarse los vecinos de la contorna del suceso acaecido, inmediatamente se pusieron manos a la obra para intentar rescatar a los trabajadores atrapados en el pozo. Sin embargo, sus resultados fueron vanos. Para extraerlos del lugar en el que habían quedado sepultados fue precisa la intervención con palas excavadoras. Debido a la orografía del terreno, muy abrupta, tardarían más de cinco horas en rescatar los dos primeros cuerpos, siendo encontrados en torno a las nueve y cuarto de la noche. Los otros dos cadáveres fueron hallados una hora más tarde.

Los fallecidos en este trágico siniestro fueron Manuel Luizán Díaz, de 29 años; Arturo Gay Casas, de 18; Emilio Rodríguez González, de 63 y Manuel Casas González, de 49. Todos ellos eran vecinos de la localidad en la que tuvo lugar el siniestro lo que provocaría la lógica consternación en toda la comarca de Sarria, a la que pertenece el municipio de O Incio.

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El asesinato del periodista Gerino Núñez

Gerino Núñez, periodista de El Progreso asesinado en el año 1991

Reconozco, y no me importa decirlo, que hay artículos en los que se me pone la piel de gallina al escribirlos. Este es uno de ellos. No es común que utilice la primera persona en la redacción de mis textos. Hoy será una excepción. El motivo no es otro que el conocimiento personal de la víctima, quien, por encima de todo, además de ser un profesional como la copa de un pino, tal y como estamos acostumbrados a decir en el argot periodístico, era todo un caballero. Una persona noble y cabal de las que nunca ha habido muchas.

Conocí a Gerino Núñez en el verano del año 1987. En aquel entonces contaba yo con apenas 19 años y cursaba estudios de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. El verano era época obligada para hacer prácticas con la finalidad de ir entrando en contacto con los diferentes medios de comunicación. Y que mejor que en el periódico de tu tierra, El Progreso. El periodista viveirense era de esas personas que no pasan desapercibidas, pese a su discreción. Hacía gala de una filosofía y una sana retranca llena de buen humor que ayudaban a sobrellevar cada jornada de la mejor manera posible. Años más tarde también seríamos compañeros en la redacción del mismo diario. Me refería antes a su retranca y transcribo aquí una anécdota, ocurrida en septiembre del año 1990. Un sábado a la noche le comunicaba, por teléfono, el fallecimiento en un accidente laboral de un joven vilalbés mientras hacía un pozo en su casa. Le dije que el infortunado era hijo único y que no tenía más hermanos. Antonio -contestó un siempre risueño Gerino- los hijos únicos acostumbran a no tener hermanos.

En la mañana de aquel 16 de julio de 1991, mientras gozaba de mis vacaciones estivales ya que desde hacía unos meses desarrollaba mi labor profesional en la Agencia EFE en su redacción central de Madrid, me sorprendió una noticia a través de Radio 4, emisora desaparecida perteneciente a Radio Nacional de España, en la que se informaba de que en la tarde noche del día anterior había sido localizado el cuerpo sin vida de Gerino Núñez, en su vivienda de la luguesa rúa Ourense. Se afirmaba ya, con total rotundidad, que el periodista había sido asesinado y que las fuerzas de seguridad estrechaban el cerco al presunto criminal. Esto último, por desgracia, distaba mucho de ser cierto.

Quienes tuvimos la suerte de tratarlo personalmente, sabíamos que Gerino Núñez era un hombre noble y cumplidor. Además era madrugador, siendo siempre el primer profesional que llegaba todas las mañanas a la redacción del rotativo lucense. Sin embargo, la mañana del 15 de julio de 1991, fecha en que fue asesinado, el periodista viveirense se demoraba demasiado. De hecho, el resto de compañeros se alarmó al percatarse de su inusual ausencia, sospechando que quizás algún contratiempo de última hora le impidiese acercarse a la redacción del diario en el que trabajaba.

En una bañera

El cuerpo de Gerino Núñez, de 59 años de edad, fue hallado por sus familiares, en torno a las ocho de la tarde de aquel trágico 15 de julio, en una bañera del piso de su propiedad con evidentes signos de violencia. Se suponía que el agresor debía ser una persona con una envergadura muy superior a la del infortunado periodista, quien no era un hombre de gran corpulencia. Al parecer, su muerte había sido por estrangulamiento. Su agresor le había taponado la boca, nariz y oídos, además de dejar el cuerpo semidesnudo y con las manos atadas a la espalda. Se encontraron algunas gotas de sangre en el suelo del piso, probablemente debidas al forcejeo que ambos mantuvieron en el instante en el que se produjo la mortal agresión.

Tras encontrar el cadáver del periodista, el horror y la estupefacción se apoderó tanto de sus compañeros de su trabajo como de una ciudad, Lugo, que siempre ha tenido fama de ser un lugar tranquilo y apacible, de los que nunca pasa nada, y en el que sus ciudadanos gozan de una más que razonable calidad de vida. Al día siguiente, una imagen de Gerino Núñez, ilustraría la primera página del rotativo en que prestaba sus servicios, bajo el sencillo titular de «Gerino Núñez, asesinado». No se necesitaba mucho más.

Antes de que llegase la policía al lugar de autos, hubo un hecho que llamó especialmente la atención de los investigadores. Este no fue otro que su familia, convivía con una sobrina y sus dos hijos, había adecentado la casa y retirado el cuerpo de Gerino Núñez de la bañera. Se le realizarían dos autopsias. La primera no arrojó datos concretos, en tanto que de la segunda se había extraído la firme conclusión de que había fallecido por estrangulamiento.

En cuanto a su presunto asesino se señalaba en aquel entonces que era alguien que lo conocía, además de haber efectuado un ritual en torno al crimen, pues los cajones de las diferentes estancias aparecieron revueltos y algunos objetos colocados sobre la cama con de forma geométrica con la que el autor de la muerte del periodista pretendía indicar algo a los investigadores. A ello se sumaba el hecho que había aparecido una de sus fotos tachada con una cruz en la otra casa que el periodista asesinado tenía en Lugo. Además, en esta última se percibió olor a gas y se encontró un pequeño artefacto explosivo que el mismo autor del asesinato había fabricado, aunque no llegaría a estallar.

Hipótesis sobre el asesinato

En un principio se barajaron varias hipótesis en torno al móvil del crimen que le había costado la vida al redactor de sucesos de El Progreso. En un principio, y como no podía ser de otra manera, se sospechó que su muerte podría estar directamente relacionada con el ejercicio de su tarea profesional. Sin embargo, muy pronto se desecharía esta posibilidad, ya que el periodista en ese momento no se encontraba realizando ninguna tarea en torno a la cual pudiese sentirse amenazado. O, al menos, eso se creía.

Se llevaron a cabo diversas detenciones de algunos individuos que pudiesen guardar alguna relación con el crimen que le había costado la vida al redactor de sucesos del diario lucense. Sin embargo, ninguna de ellas ofrecía resultados. Comenzó a especularse mucho acerca de quien o quienes podrían estar relacionados con la muerte de Gerino Núñez, llegando a elaborarse casi una teoría de la conspiración sobre su asesinato, aunque no dejaban de ser infundadas suposiciones fruto de muchas elucubraciones que poco o nada tenían que ver con los hechos.

Había un aspecto que llamaba profundamente la atención de los investigadores en torno al caso. Este no era otro que el comentario que había realizado el periodista los días anteriores a su óbito a una monja del convento de Valdeflores, en su Viveiro natal, en la que le decía a una monja que rezase por él, pues estaba metido en problemas muy gordos. Nunca se supo a que obedecía este comentario del desaparecido informador.

A lo largo de aquellos primeros tiempos, concretamente ocho meses después de su muerte, hubo otro hecho que no pasaría desapercibido y es que su familia cambiaría el cuerpo de Gerino Núñez de nicho, que había sido enterrado en el cementerio viveirense. Al tener conocimiento del hecho, las autoridades judiciales abrieron una investigación. Sin embargo, creyeron en la buena fe de su familia quien declararía que era voluntad del periodista desaparecido descansar en la misma sepultura que sus padres.

Pasaron bastantes años y nada se sabía quien podría haber sido el autor de la muerte del periodista mariñano. Hasta el punto que unos años mas tarde, en mayo del año 1994, el juez encargado del caso José Antonio Varela Agrelo decretaba el archivo provisional de la causa. Ello no implicaba obligatoriamente dar carpetazo al asunto, aunque si que entraba en punto puerto. El magistrado tendría que salir al paso de los rumores populares que llegaban a indicar que si se sabía quien estaba detrás del asesinato de Gerino Núñez, probablemente se montaría un gran escándalo en una ciudad tan tradicional como Lugo. De hecho, incluso se llegó a mencionar el nombre de una destacada personalidad de la época ya fallecida.

Detención de Vilarchao

Cuando casi todo el mundo había perdido las esperanzas de que se esclareciese el asesinato del periodista de Viveiro, en noviembre de 1995 era detenido en Gijón Emilio Pérez Vilarchao, un conocido delincuente al que la policía calificaba como un peligroso psicópata y depredador. Su detención se produjo a raíz del triple crimen que había perpetrado en la ciudad asturiana en el que había asesinado a otras tres personas en un ajuste de cuentas por tráfico de estupefacientes. En su poder fueron hallados dos relojes que habían pertenecido al informador muerto, que luego el declararía que se los había adquirido a un perista. A sus tres últimas víctimas las había torturado antes de darles muerte. Las mismas serían encontradas por terceras personas a raíz del hedor que desprendían en septiembre del año en que fue detenido, pues se encontraban ya en un avanzado estado de descomposición.

En su declaración ante la policía, Vilarchao, que era un viejo conocido de la policía, testificaría que había dado muerte a Gerino Núñez por encargo de un preso a quien conoció en el penal lucense de Bonxe. Sin embargo, el asesino desmentiría en distintas ocasiones su versión, llegando incluso a negarla una vez que hubo abandonado definitivamente la cárcel. Al igual que hasta llegó al extremo de negar que había dado muerte al periodista viveirense.

Emilio Pérez Vilarchao, que pasó más de la mitad de su vida entre rejas, sería condenado por la Audiencia Provincial de Lugo a 20 años de prisión por el asesinato de Gerino Núñez. A ello se sumaba los 85 que le había impuesto la Audiencia asturiana por el triple crimen de Gijón. Sin embargo, conseguiría que se le refundiesen ambas condenas, obteniendo la libertad provisional en el año 2012, al beneficiarse de la anulación de la «Doctrina Parot».

El asesino confeso de Gerino Núñez volvería a caer de nuevo en las redes de la delincuencia en los años 2014 y 2016, acusado en ambas ocasiones de robo. En la primera se había apropiado del perro de un conocido, en tanto que en la segunda regresaría a la cárcel tras robar herramientas en una empresa de construcción. Su historial delictivo no ha cesado nunca de crecer.

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Cinco niños muertos por un brote de sarampión en Lugo

En los últimos años del franquismo algunas zonas de la provincia de Lugo, principalmente sus extensas áreas rurales que se encontraban en los lugares más remotos, continuaban siendo lugares pintorescos y hasta bucólicos que eran retratados muchas veces por la prensa más costumbrista y tradicional de la época como sitios poco menos que carentes de cualquier atisbo de civilización. Sin embargo, tal visión distaba mucho de ser genuinamente real y no dejaba de ser una falsa imagen trazada a través de viejos e infaustos prejuicios que nada tenían que ver con la realidad.

Era cierto que en aquellos últimos años del anterior régimen el territorio del nordeste gallego todavía disponía de unos elevados índices de subdesarrollo que se traducían en una agricultura de autoconsumo que se había anquilosado en una sociedad que, en parte, todavía respondía a planteamientos pretéritos. En aquel entonces, el sector primario era el grupo económico que ocupaba al ochenta por ciento de la población lucense, encontrándose ya en franca regresión debido a la elevada edad media de sus trabajadores.

En ese contexto y en esa situación histórica, la provincia de Lugo saltará a las primeras páginas de los principales diarios estatales al detectarse en los primeros días de junio de 1974 una epidemia de sarampión que afectaba, principalmente, a la zona oriental de la montaña luguesa por un brote que no dejaba de ser circunstancial, aunque la prensa de Madrid se empeñaba en calificarlo como «localizado y propio de zonas subdesarrolladas», basando sus lúgubres argumentos en que el territorio afectado era una zona aislada y con abundancia de micronúcleos poblacionales muy diseminados en pequeñas aldeas. Como si en el resto de Galicia no se diesen las mismas condiciones.

En una misma familia

El brote se localizaba principalmente en A Fonsagrada dónde morirían hasta cuatro niños a consecuencia de la enfermedad, dándose la trágica circunstancia que tres de los fallecidos eran hermanos. Otros seis niños del mismo municipio lucense serían ingresados en la antigua Residencia Sanitaria Hermanos Pedrosa Posada de Lugo, algunos de ellos en estado muy grave, aunque, finalmente y por suerte, no hubiese que lamentar más fallecimientos.

Un quinto caso de sarampión mortal se dio en la localidad de Ferreira do Valadouro, en el noroeste lucense, dónde moriría un niño de nueve años en su escuela hogar que, curiosamente, era de Cervantes, en Os Ancares, un área geográfica próxima a la que habían producido los otros cuatro óbitos. Por aquel entonces informaba la prensa que el denominado «sarampión de la muerte», tal y como había sido bautizado, estaba afectando a más de 300 escolares fonsagradinos y a otro centenar en el resto de la provincia, siendo un total de 200 aldeas de montaña en las que se registraba una mayor incidencia, según una nota de prensa emitida por la Dirección General de Sanidad.

La noticia no dejaría indiferentes a las apáticas autoridades del régimen franquista que trataban por todos los medios de silenciar en la medida de lo posible la repercusión de la información en el resto de Galicia y consiguientemente en el resto del Estado. Por aquellos días, en torno al 9 de junio de 1974, el entonces ministro de Educación y Ciencia, Cruz Martínez Esteruelas, uno de los «Siete Magníficos» de Manuel Fraga Iribarne, se desplazaría hasta la población de la montaña lucense para tratar de apaciguar los ánimos de un territorio que no solo estaba olvidado, sino que se tenía la impresión de que ni siquiera existía para los gobernantes de aquel entonces, aunque en ese aspecto no han cambiado prácticamente nada las cosas.

De la misma forma, el Centro Nacional de Microbiología y Virología, con el doctor Florencio Sánchez Gallardo al frente, desplazaría un equipo de profesionales hasta A Fonsagrada para la realización de un estudio de la enfermedad que había matado a cinco escolares. Las primeras medidas tomadas fueron de profilaxis y vacunación masiva de niños, a quienes se les inoculaba la vacuna gamma globulina si no habían padecido la variedad de sarampión que había costado ya cinco vidas.

Calmar a la población

La Dirección General de Salud emitiría un comunicado, que hoy en día nos parece grotesco e irrisorio cuando no hasta de mal gusto y cercano al más bochornoso y patético humor negro, en el que, además de negar la incidencia que estaba cobrando la epidemia de sarampión, se instaba a la población a que se mantuviese en calma, añadiendo que no había motivos para alarmarse. Claro que no había motivos para la preocupación. ¿Y no era alarmante de por si el hecho de que hubiesen fallecido cinco criaturas? Suena a tomadura de pelo.

Por si los dislates no fuesen suficientes, en su comunicado hecho público en la jornada del 6 de junio de 1974, achacaba la morbilidad del brote de sarampión a un grupo social determinado que disponía de defensas bajas. Esta circunstancia era achacada, según el mismo comunicado, a la gran diseminación de la población que estaba sufriendo la epidemia, como era el caso de la montaña lucense. Añadía que una infección generalizada de esas características era mucho más improbable en cualquier núcleo urbano. Ahora bien, no aporta ningún dato riguroso en el que se base semejante aberración, que parece más propia de las leyes raciales nazis que de un estudio avalado por el principal organismo que se encargaba de velar por la salud de todos los ciudadanos. Como para huir de Galicia. La explicación dada, extraordinariamente grotesca y carente de cualquier rigor científico, no tiene pérdida.

Una vez más, como muchas otras y estaba muy reciente la masiva intoxicación por consumo de alcohol metílico en los años sesenta, las autoridades de la vetusta dictadura se dedicaron a escurrir el bulto y eludir cualquier responsabilidad, además de recurrir a los ancestrales prejuicios y tópicos contra una sociedad a la que, no solo ignoraban, sino que actuaban de la misma forma que si no existiese, cuando no se le achacaba la responsabilidad de sus propios males. Inaudito.

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Muerto por un cazador en Compostela

Retrotraerse a la Galicia de la década de los años cincuenta del pasado siglo es inmiscuirse en otro país radicalmente distinto al actual, que, en apariencia, apenas guarda relación con el actual. Además de ser una tierra muy atrasada y pobre, todavía pervivían viejas prejuicios a lo largo de su más que basto rural en el que era muy común la posesión de armas de fuego, principalmente las viejas escopetas de caza, que muchas veces las cargaba el diablo.

Así ocurrió en el atardecer del 27 de noviembre de 1955 en el que un grupo de hombres, mayoritariamente jóvenes, se encontraban en el interior de una vieja y desvencijada taberna situada en Os Vilares, el área rural compostelana. En un principio los mozos allí congregados charlaban animadamente sobre distintas cosas, entre ellas se supone que la dura y prolonga Posguerra que parecía no querer terminar nunca. Los rapaces allí congregados eran Ramón Rosende Mata, de 23 años de edad, y Luis Fernández Botana, de 21, además del padre del primero. A ellos se uniría Jaime Rosende Miguez, un hombre ya maduro de 40 años.

Quizás con el calor que siempre representa la ingesta de bebidas alcohólicas, unido a las viejas rencilla que solían ser muy comunes en los ancestrales entornos rurales gallegos, Jaime Rosende reclamó una deuda de 450 pesetas al padre de Ramón Rosende en concepto de los salarios que se suponía le adeudaba. Tal reclamación no sentó nada bien a su hijo, quien en ese instante increpó al reclamante, iniciándose una ácida discusión entre ambos que proseguiría en el exterior del establecimiento.

A pedradas

Fuera del local, los protagonistas de la trifulca iniciaron la retirada a sus respectivas viviendas, no sin dejar de insultarse e increparse mutuamente hasta el extremo que Ramón Rosende y Luis Fernández Botana llegaron a hacer uso de piedras que encontraron en el camino con las que atacaron a Jaime Rosende. Este último era cazador y en esa jornada dominical de caza regresaba con su escopeta al hombro, la cual utilizaría para defenderse de sus agresores.

La mala fortuna hizo que los disparos del arma que portaba el cazador alcanzasen de lleno a uno de los jóvenes, concretamente, a Luis Fernández Botana, quien moriría instantes después a consecuencia de los mismos. Tras haber dado muerte a este y herido de consideración a su acompañante, Jaime Rosende se encaminó a casa de un vecino con sus ropas visiblemente manchadas de sangre para que le acompañase a un centro sanitario. Mientras se dirigía al mismo sería sorprendido por la policía que le detuvo en el mismo instante.

Aún así ingresaría en el hospital presentando heridas en la cabeza de carácter grave, ya que las piedras arrojadas por sus agresores le provocaron la fractura de la región frontal. En el mismo centro ingresaría Ramón Rosende Mata, uno de los jóvenes que le había lanzado las piedras, pues presentaba heridas graves en el vientre producidas a raíz de los disparos efectuados por el cazador.

La causa que se siguió contra Jaime Rosende fue por homicidio y no por asesinato, al entender el juez que no había tenido intención de dar muerte a su víctima. Sería condenado a la pena de ocho años de cárcel, así como pagar una indemnización de 50.000 pesetas a los familiares de la víctima.

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Tres mujeres aplastadas en un lavadero público en A Coruña

A finales de la década de los años sesenta del pasado siglo la ciudad de A Coruña había iniciado ya su explosión demográfica, aunque todavía no había alcanzado la mágica cifra que por entonces representaban los 200.000 habitantes. Pero andaba cerca. Eran muchos los habitantes de distintos pueblos de Lugo y otras localidades próximas los que se desplazaban a la ciudad herculina en busca de un trabajo que les permitiese escapar de un mundo rural que todavía no había empezado a sucumbir, pese a que su final estaba próximo ya que seguía sin ofrecer los atractivos necesarios a nuevas generaciones que se resistían a vivir como habían hecho sus antepasados detrás de una yunta de vacas que tiraba de un tradicional carro del país que ofrecía su clásica sintonía con su eje mal engrasado por los muchos caminos empedrados y corredoiras que todavía quedaban en una tierra que parecía estar condenándose a si misma a lo largo de los últimos mil años.

Con el traslado de muchas gentes procedentes del mundo rural a la gran urbe en la que se estaba convirtiendo A Coruña, se llevaron consigo muchos usos y costumbres propios de pueblos y aldeas. A todo ello contribuía la propia ciudad en un tiempo en el que las innovaciones tecnológicas no estaban al alcance de todos los bolsillos. Así era frecuente la existencia de lavaderos públicos a los que acudían centenares de mujeres con cestas de ropa en la cabeza para hacer la colada. Uno de esos lavaderos, que desempeñaron una gran función de sociabilidad en otros tiempos, estaba situado en el popular barrio herculino de A Grela, uno de los que estaba experimentando un notorio auge demográfica con la llegada de residentes procedentes de prácticamente todo el norte gallego.

Un muro de contención

Debido al gran auge que estaba experimentando aquel área geográfica de la ciudad, las obras, con nuevas edificaciones, estaban siendo muy frecuentes. Algunas de ellas estaban delimitadas con muros de contención a fin de separarlas de otras fincas u otros lugares públicos. Precisamente una obra de estas características delimitaba un viejo lavadero público en el que se daban cita muchas mujeres, a quienes todavía no habían llegado los adelantos de las modernas lavadoras, de un sitio en el que se estaban levantando nuevas edificaciones. Nadie había previsto la peligrosidad que pudiese entrañar un armazón de esas características y de las nefastas consecuencias que de ello se pudiese derivar en una zona en la que se congregaba mucho público, prácticamente todo femenino, en un tiempo en que muchas de esas mujeres eran casi todas ellas madres de numerosas proles familiares.

Así sucedió en el atardecer del 18 de enero de 1969 cuando el muro de contención que delimitaba el lavadero público de A Grela registró un brusco corrimiento, atrapando entre sus restos de tierra y cemento a un grupo de mujeres que se habían dado cita en una tarde de sábado para lavar las numerosas prendas de ropa sucia que habían ido acumulando a lo largo de una semana. El desprendimiento y posterior corrimiento de tierras se llevaría consigo la vida de tres mujeres que morirían prácticamente en el acto, después de que fuesen aplastadas por el maremágnum de tierra y cemento. Las tres víctimas mortales fueron María Folgueira Seoane, Amparo Varela y Manuela Moreno. Una cuarta mujer, Herminia Martínez, resultaría herida de gravedad, aunque logró salir con vida del cruel envite.

El corrimiento de tierras fue achacado a las lluvias caídas a lo largo de los últimos días de aquel primer mes del año, aunque era un factor previsible, dado que en Galicia suele llover en el transcurso del invierno y máxime en una época en la que todavía no se hablaba de cambio climático. Otra de las causas que se aducía fueron las explosiones producidas por barrenos en un área próxima en la que se estaban levantando nuevas edificaciones en un tiempo en el que apenas se exigían requisitos para la utilización de dinamita. Sin embargo, como era muy común entonces y lo sigue siendo ahora, quien gobierna procuraba escurrir el bulto, evitando asumir cualquier responsabilidad que pudiese derivarse de su gestión.

Inmediatamente, y tras producirse el trágico suceso, los escasos equipos de emergencia con los que contaban en aquel entonces, entre ellos los bomberos de la ciudad herculina y los sanitarios, fueron movilizados para socorrer a las víctimas. Sin embargo, solo se consiguió salvar la vida de una de las mujeres que había quedado atrapada en aquel lodazal. El suceso, que ilustra algunas páginas de la prensa de la época, causaría una gran consternación en A Coruña y en el resto de Galicia. Y como suele pasar la mayoría de las veces, los más desfavorecidos siempre se llevan la peor parte, como era en este caso.

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Dos guardias civiles asesinados en Vilanova de Lourenzá

Los años ochenta eran tiempos difíciles para ser guardia civil en España, principalmente en el País Vasco donde se vivía la época conocida como Años de plomo por el gran número de agentes de instituto armado que habían caído como víctimas del terrorismo. En Galicia, afortunadamente, la situación era radicalmente distinta. Es más, los miembros de la Benemérita gozaban del aprecio y afecto de las distintas localidades en las que había el respectivo puesto de las fuerzas de seguridad. Aún así, hubo que lamentar varias muertes por distintos actos terroristas de un buen número de agentes, mayoritariamente ocasionadas por los GRAPO y una por miembros del desarticulado Exército Guerrilleiro do Pobo Ceibe Galego.

De todos es sabido lo siempre que están expuestos los miembros de las fuerzas del orden a exponer su vida, debido a que en ocasiones tienen que enfrentarse a energúmenos con amplios historiales delictivos y que, poco o nada, tienen que perder. Así ocurrió en la tarde del domingo, 10 de febrero de 1980, cuando los miembros de la Guardia Civil del destacamento de Vilanova de Lourenzá recibieron la llamada de alerta de sus compañeros de Ribadeo, dándoles los datos de un individuo que había sustraído un coche en la villa costera. Los agentes de Lourenzá esperarían al ratero alrededor de las cuatro de la tarde vestidos con uniforme de paisano a fin de evitarle sospechas. Sin embargo, el sexto sentido que suelen tener los delincuentes le funcionaría a la perfección, ya que se percataría inmediatamente que se trataba de dos agentes armados.

Abandono del vehículo

El hombre que había sustraído el vehículo en Ribadeo, Cipriano Lampón Gerpe, al sentirse acorralado por los dos agentes, así como un guarda forestal que se prestó a colaborar con miembros del instituto armado, iniciaría una huida por el área boscosa próxima a la villa de Lourenzá. En ella demostraría ser un consumado experto en la lucha armada y la supervivencia, ya que desde unos matorrales dispararía con la escopeta de cañones recortados que portaba contra el sargento Manuel Lamela Montouto, de 50 años de edad, alcanzándole en el externón y abdomen, resultando herido de extrema gravedad. El agente, a quien se le extrajo abundante cantidad de metralla en el antiguo Hospital Xeral de Lugo, fallecería doce días más tarde a consecuencia de las graves heridas que sufría, ocasionadas por los disparos que le había efectuado su asesino.

La lucha por la captura del joven delincuente la proseguiría su compañero, el cabo Angel Broz Novo, con quien realizaría un constante intercambio de disparos, dándose la mala suerte de que el miembro de la Benemérita acabó su munición cuando perseguía a Lampón Gerpe. Este último, consciente de su superioridad, le obligó colocar los brazos en alto y, colocándole la escopeta que portaba en la cabeza, ejecutaría al infortunado agente, un hombre de 34 años y nacido en la parroquia chairega de Valdomar, perteneciente al municipio lucense de Begonte.

Cipriano Lampón, que ya había pasado por la cárcel por distintos hechos delictivos, demostraría ser muy escurridizo, fugándose después de trepar por un muro, logrando sobrevivir al acecho de las fuerzas del orden durante dos días. Sin embargo, le traicionaría su ansia de satisfacer el hambre que le había generado su supervivencia en el monte. Sería detenido en el momento en que se encontraba robando una tarta en una confitería de la localidad de Mondoñedo por agentes que inmediatamente procedieron a su detención e identificación en la mañana del 12 de febrero, siendo trasladado a las dependencias de la comandancia de la vieja urbe medieval del nordeste gallego.

La escopeta de cartuchos con la que había cometido ambos asesinatos sería encontrada aquellos mismo días por un grupo de escolares del colegio de enseñanza primaria de Mondoñedo, abandonada en sus inmediaciones.

Condenado a 47 años de cárcel

Cipriano Lampón Gerpe sería juzgado en la Audiencia Provincial de Lugo en julio del año 1980. En total sería condenado a dos penas de prisión que sumaban un total de 47 años de cárcel, además de tener que indemnizar a los herederos de cada una de las víctimas con más de tres millones de pesetas (18.000 euros actuales). Al ser insolvente, y estar los agentes en acto de servicio, se haría cargo el Estado como responsable civil subsidiario.

Además de los dos asesinatos, que su defensa calificó de homicidio, se le condenaba también por delitos contra la seguridad en el tráfico, puesto que carecía de permiso de conducir, así como también por su reiterada actividad delictiva, ya que formaba de una banda de cinco delincuentes, cuatro de los cuales habían sido detenidos en las mismas fechas. El forense que lo examinó lo había calificado como un «psicópata desalmado». En su veredicto, el juez tuvo en cuenta la eximente de enajenación mental transitoria. De hecho, la sentencia sería apelada ante el Tribunal Supremo, quien ratificaría la emitida por la Audiencia Provincial de Lugo.

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Dos trabajadores asesinados en una cantera de Cervo

Cantera en la que fueron asesinados dos trabajadores

A finales de los años setenta del pasado siglo el norte de Lugo se estaba convirtiendo en el principal motor industrial de la provincia. A la llegada de una importante empresa dedicada a la producción de aluminio, se sumaba además la expansión de sus áreas portuarias emplazadas en Burela y Celeiro respectivamente. A todo ello habría que añadir otras industrias ya existentes, entre ellas las dedicadas al sector naval y a las explotaciones mineras de caolín. Los municipios costeros comenzaban a gozar de una importante pujanza económica que se traduciría, con el paso de los años, en una intensa expansión demográfica de la que carecía el resto de una provincia que parecía haber sucumbido a un atraso finisecular.

Uno de los municipios que más estaba experimentando el notorio auge provocado por la instalación de grandes industrias era el de Cervo, previamente a la segregación de Burela, que en aquel entonces era ya el cuarto en lo que a población censada se refiere de la provincia de Lugo. Sus muchos asentamientos empresariales lo habían convertido en un atractivo especial para una gran parte de los muchos jóvenes, y otros que no lo eran tanto, que tanto abundaban en un territorio incapaz de ofrecerle una salida digna a una mano de obra que empezaba a estar muy cualificada y que ya no quería emigrar como habían hecho sus ancestros.

En todos los lugares dónde se radican importantes empresas, como era el caso de la Costa lucense y más concretamente en el triángulo formado por Burela-San Cibrao-Xove, es muy común que aniden todo tipo de personas, independientemente de su carácter, condición social o personal o cualquier otra. Así sucedía en la villa costera de Burela en la época previa a convertirse en municipio autónomo y que comenzaba a acoger a un gran número de forasteros. En Cervo se localizaba una importante empresa germana dedicada a la explotación de caolín y eran muchos a los hombres que les daba trabajo. Buenos y malos.

Como si de un extraño y macabro arte de magia se tratase, un camionero se vería truculentamente sorprendido en torno a las dos de la tarde del primer lunes del mes de diciembre de 1979, concretamente el día 3. Ante un estado de estupor que le conminó desde el primer instante, en uno de los barracones a los que habitualmente se dirigían los trabajadores para comer, contemplaría atónito como dos de los cuerpos de los hombres que trabajaban en la explotación de caolín yacían tirados sobre sendos charcos de sangre. Se trataba de Emilio García Díaz, de 52 años, que era natural de Alfoz, y José López Balseiro, oriundo del vecino municipio de O Valadouro. Alguien les había dado muerte de una forma horrenda. Inmediatamente, llamó a sus superiores y se puso el caso en conocimiento de las autoridades para investigar lo que allí había ocurrido.

Fallo en la inspección ocular

En un primer instante se pensó que la muerte de ambos trabajadores, en tanto no se les practicó la autopsia y no se detuvo al autor confeso del doble crimen, había sido provocada por arma blanca o con alguna herramienta de trabajo, pues presentaban heridas superficiales muy profundas. Además, así lo relataba la prensa de la época. Poco a poco, los investigadores irían atando cabos hasta que sus sospechas se empezaron a cernir sobre un individuo joven, de unos 25 años, a quienes sus antiguos compañeros le calificaban de «raro» y que hacía escasos días que había abandonado la localidad portuaria de Burela. Se constaba asimismo que el asesino se había apoderado del sueldo mensual que habían cobrado ambos trabajadores y cuyo importe total ascendía a 60.000 pesetas (360 euros actuales).

A primera hora de la tarde de la jornada siguiente, martes, sería detenido en la capital de Lugo el autor de los dos asesinatos, José Pardiño Expósito, cuando se dirigía a la estación de autobuses lucense tras haber descendido de un turismo. Fue identificado por sorpresa por miembros del Servicio de Información de la Guardia Civil, cuyo cuartel se encuentra a poco más de 200 metros del lugar dónde se produjo la detención, siendo inmediatamente trasladado a sus dependencias. El autor del doble crimen no opuso resistencia alguna, además de confesarse autor de la muerte de ambos trabajadores desde el primer momento.

En su primera declaración en las dependencias de la Benemérita de Lugo, responsabilizaría a las dos víctimas de su expulsión de la empresa en la que trabajaba, motivo este que le llevó a cometer el brutal crimen que conmocionaría profundamente a la provincia de Lugo y especialmente a su zona litoral en aquellos últimos días de la década de los años setenta del anterior siglo. Si bien es cierto, que los investigadores no hicieron mucho caso de este primer testimonio. De la misma forma, se le intervinieron 40.000 pesetas, de la cantidad total que había sustraído a sus víctimas. Las otras 20.000 las había gastado en el transcurso de la noche anterior en el barrio chino de la capital lucense.

Tras su detención, y tras la realización de las autopsias a los cadáveres de los trabajadores asesinados, se constató que el doble crimen lo había perpetrado con una escopeta a la que le había recortado los cañones. Al parecer, el arma homicida se la había sustraído a un hermano suyo, quien días antes había denunciado su desaparición ante el Cuartel de la Guardia Civil de Abadín, localidad de la que era natural. Declararía también que había efectuado los disparos a muy corta distancia, sin que las víctimas tuviesen tiempo alguno a reaccionar, de ahí que hubiese fallado la primera inspección ocular.

Condena

En junio de 1980 se desarrollaría en la Audiencia Provincial de Lugo el juicio contra José Pardiño Expósito, en una jornada que estaría cargada de una gran tensión, pues en el mismo se dieron cita las viudas e hijos de las dos víctimas del doble crimen de Cervo, además de numerosos compañeros, algunos de los cuales prestarían declaración en calidad de testigos.

De la pena a la que fue condenado el autor de ambos asesinatos, se desprende que llevaba el rostro cubierto con algún antifaz, ya que fue una de las circunstancias que agravaron su condena, así como la de reincidencia. El juez estimaría, a su vez, la eximente incompleta de enajenación mental transitoria. En total sería condenado a un total de 40 años de cárcel y al pago de una indemnización de 1.800.000 pesetas(10.800 euros) a los familiares de las víctimas.

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