Asesina a una amiga para robarle su hijo en Monfero (A Coruña)

El año 2002 pasaría a la historia como el del «Prestige», el famoso carguero de bandera de conveniencia que zozobraría frente a las costas gallegas provocando una colosal marea negra que hizo saltar a Galicia a las primeras páginas de la prensa, no solo estatal, sino también mundial. Las imágenes de aquellos aguerridos hombres del mar luchando contra el fuel que asolaba las costas gallegas se convertirían en épicas, dando la vuelta al mundo. Sin embargo, no fue solo la terrible marea que tiñó de negro los arenales gallegos el único suceso trágico ocurrido en el año capicúa del nuevo siglo en el verde noroeste peninsular. Hubo otros hechos que marcarían la crónica negra gallega de aquel entonces, algunos de los cuales traumatizarían profundamente -como es natural- los lugares dónde ocurrieron, llegando a convertirse en los típicos acontecimientos mediáticos de los cuales se hablaría durante mucho tiempo.

Uno de esos trágicos episodios ocurriría en una pequeña localidad del interior gallego, pero muy próxima a la costa, Monfero, quien destaca -además de por su abandonado monasterio cisterciense- por la rica fauna y flora en la que se encuentra enclavado, en las siempre frondosas Fragas do Eume, un maravilloso y extraordinario parque natural de varios millares de hectáreas que se distribuyen entre cinco municipios, no menos vistosos y agradables que el pequeño núcleo de Monfero, quien -hoy en día- ya no supera los 2.000 habitantes, dispersos en decenas de micronúcleos de población, como la práctica totalidad del rural gallego.

La historia de este suceso puede parecer muy rocambolesca y en parte lo es. Digna de ser llevada a la pequeña pantalla, ya que una vez más la realidad vuelve a superar a la ficción. Su principal protagonista es una joven que en aquel entonces tenía menos de 25 años de edad y se llama Isabel Marcos Maceiras, quien se encontraba obsesionada con ser madre y no había conseguido su objetivo, pese a que nunca tiró la toalla. Sin embargo, trataría de hacerlo de forma dramática y trágica, ideando para ello un macabro y truculento plan de funestas consecuencias.

Desaparición

El plan ideado por Isa, tal como era conocida por sus allegados y conocidos, consistía en raptar el hijo de una amiga o conocida, Vanessa Lorente Jiménez, una joven de 22 años natural de la región de Murcia que llevaba una penosa y abigarrada vida, no exenta de los malos tratos que le había proporcionado su antiguo compañero sentimental, a quien había denunciado en múltiples ocasiones. De hecho, había recibido el apoyo humano y emocional de los servicios sociales del Ayuntamiento de Fene, localidad próxima a Ferrol en la que residía habitualmente.

En la tarde del 13 de agosto de 2002, que se convertiría en el trágico día de autos, Isabel Marcos contacta telefónicamente con su amiga Vanessa Lorente, invitándola a que la acompañe hasta un supermercado y a realizar algunas compras. Conciertan su primera entrevista en una cafetería de Pontedeume, localidad muy próxima a Fene, antes de ir de compras. La muchacha murciana va acompañada de su hijo, un bebé de apenas cuatro meses de edad, a quien Isabel le regalará un muñeco que le compra en uno de los establecimientos a los que acuden en aquella fatídica tarde, convirtiéndose en un ingrediente más de morbo para que no falte de nada.

A partir de ese instante, o de esos días centrales de agosto, se pierde toda pista de Vanessa. Solamente existen rumores, algunos de los cuales hablan de su azarosa vida e incluso se llega a decir, tal vez de forma interesada, de que hubiese regresado a su tierra natal. Con el transcurso de los días, las personas más próximas a la chica pimentonera comienzan a impacientarse, pues no aparece por ninguna parte. A la par, a todo el mundo sorprende, principalmente a sus vecinos más próximos, que Isabel Marcos salga a pasear con un niño en un carrito. La joven había premeditado un plan en el que había manifestado a sus familiares y amigos de que se encontraba en cinta, simulando un embarazo para lo cual utilizaba ropas flojas. A todo ello se unían sus constantes embustes e idas y venidas que hacían sospechar a más de uno, con no pocas contradicciones en todo el tiempo en el que estuvo a cargo del pequeño Daniel, hijo de Vanessa Jiménez.

Llamada anónima a la Guardia Civil

La cínica función teatral montada por Isabel Marcos llegaría a su fin a mediados del mes de septiembre del año 2002, poco más de 30 días de haber secuestrado el niño. El punto de partida comienza con una llamada anónima a la Guardia Civil en la que se indica que la joven monferina no ha sido madre y que el niño que ella porta en su carrito no es hijo suyo sino de una tercera persona. Puestos en alerta, los agentes se dirigen a la localidad de Miño, dónde habitualmente residía Isabel en compañía de su pareja con quien se había reconciliado recientemente, un joven de edad similar llamado Ángel Cernadas, quien también sería procesado por este hecho y a la postre condenado. Su primera respuesta ante la llegada de los agentes es que el niño al que está cuidando es de una amiga que ha ido a un entierro, siendo esta la primera de mentira del largo cúmulo de patrañas que iría ofreciendo a lo largo de todo el proceso. A pesar de las disculpas presentadas por Isabel, es inmediatamente conducida al cuartel de la Guardia Civil de Fene para que preste la oportuna declaración en relación con la desaparición de la joven murciana.

Hasta un total de 72 horas tardaría la entonces presunta asesina en declararse culpable del crimen que le había costado la vida a su amiga, Vanessa Lorente. En el transcurso de todo este tiempo hizo distintos relatos, todos ellos escasamente coherentes y de difícil credibilidad. Sin embargo, finalmente terminaría derrumbándose y contando la verdad acerca de un suceso que trajo en vilo a los gallegos en los días finales de aquel caluroso verano de 2002.

La versión más creíble sobre los hechos es la que indica que la joven gallega, después de haber ido de compras, invitó a su amiga murciana a acudir a la casa de sus padres, situada en la parroquia de San Xurxo de Queixeiro, en el municipio coruñés de Monfero. Una vez allí, prosiguió con su más que macabro plan para darle muerte. En un principio, Isabel ofreció a Vanessa un zumo en el cual previamente le introdujo algún medicamento somnífero, con la clara intención de anular su voluntad. Posteriormente, le propinaría un contundente golpe en la cabeza, destrozándole el cráneo, con lo que acabaría con su vida de forma prácticamente instantánea. El arma homicida jamás aparecería.

Para concluir la truculenta y terrible faena, decidió dar sepultura a Vanessa en un galpón que tenía el suelo de tierra, propiedad de su familia, que se encontraba situado en la zona aledaña a su vivienda. Allí, aparte del cadáver de Isabel, se sepultarían también los restos de un perro, que fueron encontrados sobre el cuerpo sin vida de la joven asesinada. Posteriormente, solicitaría de los servicios de su padre -albañil de profesión- para echar una capa de cemento sobre el improvisado panteón. Al parecer, el animal fue enterrado en el mismo lugar con la intención de distraer la atención vecinal ante el posible mal olor que pudiese desprender la imprevista morgue. Según relataría ante las autoridades, su progenitor estaba convencido de que lo que allí se enterraba era un viejo ciclomotor, marca Vespino. Además, el hoyo en el que fue sepultada Vanessa Llorente había sido cavado unos días antes por quien se acabaría convirtiendo en su brutal verduga, tal y como contaría en una de sus declaraciones ante los agentes que investigaron el caso.

30 años de prisión

El juicio, que se celebraría en medio de una gran tensión en mayo del año 2006, se volvieron a repetir las escenas de dolor, así como también se sucederían de nuevo las constantes contradicciones por parte de la principal acusada, quien alegó el consumo de estupefacientes para justificar de ese modo sus distintos y contradictorios relatos. Después de ser observada por distintos profesionales de la salud mental, todos ellos descartaron que Isabel Marcos Maceiras padeciese algún tipo de trastorno que le impidiese discernir entre el bien y el mal. El fiscal encargado del caso manifestaría con dureza que se trataba de una persona «manipuladora y fabuladora».

Tras unas largas sesiones y después de casi un mes, se hacía público el veredicto del jurado encargado de juzgar el caso. Isabel Maceiras Marcos sería condenada a la pena de 30 años de prisión, acusada de un delito de asesinato y otro de detención ilegal. Además, debería satisfacer a los herederos de la víctima, en este caso el pequeño Daniel, la cantidad de 240.000 euros en concepto de indemnización. Pero además de la joven monferina, también sería condenada su madre, en calidad de cómplice a la pena de 25 años de cárcel. Tanto su progenitora como su hija verían reducida su pena un año después, tras haber recurrido ambas al Tribunal Supremo. En el caso de Isabel, la condena se reduciría en dos años, al eliminar la alta institución judicial el agravante de abuso de confianza, quedando fijada su condena en 28 años de prisión. Por su parte, María Maceiras vería reducida su condena en quince años, al estimar el alto tribunal que no se había podido demostrar la complicidad plena en el asesinato de Vanessa Lorente, tal y como la había acusado su hija en el transcurso de la vista oral, debiendo cumplir una pena de diez años de cárcel.

Finalmente, tanto su padre José Carlos Marcos, como su cónyuge, Ángel Cernadas también serían condenados a la pena de diez años de cárcel cada uno por su colaboración en la ficción del embarazo de la hija y compañera con la finalidad de engañar a terceras personas. En esta condena también se incluía el agravante de detención ilegal practicado con el bebé, así como el hecho de que custodiasen al bebé, simulando un falso parentesco.

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Once muertos en el hundimiento del pesquero «Cubiche»

Pecio de un pesquero hundido

A lo largo de la historia quizás haya sido el mundo marino donde mayor número de personas han perecido en Galicia de forma trágica. A todo ello se suma el hecho de que en las costas gallegas han sido muchos los hombres de distintas nacionalidades, principalmente británicos, que han perdido la vida en aguas gallegas. De hecho, la costa noroccidental gallega se ha ido ganando en nombre de «Costa da Morte», principalmente a raíz del naufragio del mítico crucero torpedero británico «Serpent», del que perecería prácticamente toda su tripulación. Solamente tres de los 175 hombres que llevaba a bordo consiguieron salvar sus vidas frente a la localidad gallega de Camariñas, siendo enterrados en un campo santo que en la actualidad es conocido como Cementerio de los ingleses.

Los que peor suerte han corrido en este tipo de desgracias siempre han sido los más desfavorecidos, como todo en la vida. La vida de los pescadores en altamar no es para nada envidiable. Además de pasar largas temporadas fuera de sus casas -en algunos casos varios meses-, tampoco tienen descanso cuando hay pesca, sea de día o de noche. El mar no conoce de horarios. A ello se suma el hecho de que muchos marineros sufren enfermedades de tipo piscosomático a consecuencia del constante estrés al que se encuentran sometidos, ya sea por las mala condiciones climáticas o por las propias que presenta la navegación.

Una de las muchas tragedias que se han sufrido en las costas gallegas se produjo en marzo del año 1963, a muy escasas millas de tierra. Por aquellas fechas desaparecía el pesquero «Cubiche, que tenía su base en el puerto de A Coruña. Durante unos días se mantuvo la incertidumbre acerca de la suerte que pudieran correr los once tripulantes que iban a bordo, pues no daba señales de vida, circunstancia esta que hizo ya pensar en lo peor, como finalmente terminaría ocurriendo.

Un gran misterio

El naufragio se produjo a unas tres millas del cabo Prioriño, situado en Ferrol, dando cuenta del mismo otro pesquero gallego, el «Flor de la Marola», que estaba faenando a la misma altura que el «Cubiche». Los tripulantes del barco que dieron la noticia se sorprendieron al observar a su paso grandes manchas de aceite, presumiblemente procedentes del pecio siniestrado, así como algunos objetos personales, entre ellos varios salvavidas que llevaban impreso el nombre del pesquero al que pertenecían.

En cuanto a las causas del siniestro, que costaría la vida a once marineros, han pasado a la historia de la navegación como un gran misterio que jamás ha podido ser descifrado. Solamente quedaron para la posteridad varias conjeturas, todas ellas propias de los hombres del mar. Al parecer, aquellos días el estado de la mar era bueno, por lo que se desechó la posibilidad de un accidente provocado por el oleaje o un temporal. Una de la hipótesis que se barajó en un primer momento fue la posibilidad de que al barco le hubiese estallado la caldera, hundiéndose como consecuencia de una potente deflagración.

Sin embargo, no fue únicamente la teoría de la explosión de la caldera la única aducida por los especialistas en la materia, sino que también se barajó la posibilidad de que el «Cubiche» fuera abordado por algún buque de la marina mercante y su tripulación no advirtiera el abordaje, por lo que el pesquero se iría a pique hundiéndose en las aguas del Océano Atlántico.

Cuerpos en las playas

En días posteriores al naufragio, irían apareciendo los cuerpos de los marineros fallecidos en distintas playas gallegas. El primero en aparecer lo haría en la playa ferrolana de Suevos. En día sucesivos sería recuperado otro cadáver en el arenal de Doniños, mientras que otros cuatro aparecerían en el de Entre Castillos. Los cuerpos de los otros marineros fallecidos serían recuperados en semanas sucesivas, aunque hubo dos que jamás aparecerían.

Una vez más la mar se convertía en la «mala mujer», que tan bien retrató en una de sus obras el escritor madrileño Raúl Guerra Garrido. Aún así, pese a las muchas tragedias que a lo largo del siglo XX costaron la vida a centenares de marineros gallegos, la convivencia entre el bravo Océano y una buena parte de la Galicia litoral sigue siendo muy íntima y muy estrecha, sin que nada ni nadie haya impedido jamás que miles de hombres se hagan a la mar todos los días en busca de una difícil supervivencia.

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Un marinero asesina a un taxista en A Coruña arrojándolo al mar

Los profesionales del taxi se juegan la vida cada día. A diario son muchas las noticias que podemos leer en la prensa en las que estos conductores son objetivo de rateros y delincuentes habituales, que tan solo aspiran a hacerse con unas nimias cantidades de de dinero con las que dan el cambio a sus muchos clientes. Lo peor de todo, y no son poca veces, es cuando los taxistas son víctimas de un asesinato. Por desgracia, esto último no es nuevo.

Ya en la década de los sesenta del pasado siglo, en pleno franquismo, eran víctimas de robos e incluso de asesinatos, pese a la supuesta mano dura que ejercía el régimen con los delincuentes. Incluso, este tipo de actos delictivos llegaba a una Galicia escasamente desarrollada y masivamente rural en la que la práctica totalidad de sus muchos vecinos del mundo rural se conocían y se vivía, aparentemente, en un ambiente de común armonía.

Esa buena sintonía entre los gallegos de aquella se época se vio bruscamente alterada una noche de un ya lejano 16 de marzo del año 1963 cuando aparecía un taxista brutalmente asesinado en el muelle del este de la ciudad de La Coruña, una urbe muy tranquila y en constante expansión, que en esos momentos se estaba jugando el liderazgo de primera ciudad gallega con el rival de sur, Vigo.

Alrededor de las diez de la noche, en la parada de taxis del barrio herculino de Cuatro Caminos, un joven marinero de tan solo 19 años, José Ramón Santiago Fernández, natural del municipio coruñés de Muros, le requirió los servicios a un joven taxista de 32 años, Antonio Verdura López, originario de la provincia de León pero que ya llevaba algún tiempo afincado en A Coruña. Le solicitó que lo llevase hasta el muelle del Este. Una vez allí, el infortunado profesional le requirió que le abonase las 32 pesetas (0,22 euros actuales) que costaba su servicio. José Ramón Santiago había abandonado el barco en el que trabajaba, pues debía incorporarse al servicio militar, por lo que había cobrado la suculenta cantidad de 3.200 pesetas (19,23 euros actuales), una buena cifra para la época, teniendo en cuenta que muchos salarios no alcanzaban las mil pesetas mensuales.

Arrojado al mar

Una vez llegaron al punto de destino, el joven marinero sorprendió al taxista lanzándole una pequeña cuerda al cuello, que pillaría desprevenido al conductor, quien mantuvo un forcejeo con el muchacho. Finalmente debido, quizás a la mayor envergadura de este último, el taxista sucumbiría ante Santiago Fernández, quien lo arrastraría desde el interior del vehículo durante varios metros. Antonio Verdura llevaría un golpe en la cabeza al golpearse contra el suelo en el momento en que era arrastrado por su verdugo que le hizo perder el conocimiento, aunque todavía se encontraba con vida, según detallaban los informes forenses que le fueron practicados.

Una vez inmovilizada su víctima, procedió a registrarle sus pertenencias, tanto el vehículo como sus ropas, hallando 810 de pesetas (4,87 euros) de las que se apoderaría de inmediato. Para evitar en lo posible ser descubierto, José Ramón Santiago arrojaría su cuerpo al mar, cuando todavía se encontraba con vida, pero con un traumatismo en la cabeza a consecuencia del golpe recibido al impactar su cabeza en el cemento. Su cuerpo aparecería boyando al día siguiente en las aguas del puerto coruñés.

El joven asesino del taxista también intentaría conducir el vehículo de Antonio Verdura, pero su impericia sería un factor determinante en su delación. El joven fue visto en la avenida Primo de Rivera de A Coruña tratando de hacer arrancar el coche, solicitando para ello la ayuda de un conocido industrial coruñés, quien le reconocería como el hombre que pretendía conducir el coche del taxista asesinado, pero se daba la paradoja de que, además de carecer del pertinente permiso, tampoco sabía manejar vehículos a motor. El taxi se le había calado y no era capaz de arrancarlo por lo que solicitaba ayuda para que se lo empujasen.

Detención

Después de realizar las pertinentes investigaciones, contando ya con un buen número de datos, en la jornada del 29 de marzo, casi dos semanas después del crimen, la Brigada de Investigación Criminal herculina se trasladaba a Muros, el municipio natal del asesino, para proceder a su detención. José Ramón Santiago se encontraba en la casa de sus padres y al día siguiente debía personarse en la Ayudantía de Marina de aquella localidad para incorporarse a filas al servicio militar.

En su declaración ante el juez, el joven alegó en su descargo que el día de autos no llegó a tiempo para tomar el último autobús de línea regular que cubría el trayecto entre la capital de la provincia y la localidad costera de la que era originario, por lo que requirió los servicios de un taxista. Negó que tuviese intención de asesinarlo y que su caída al mar había sido totalmente fortuita, fruto del forcejeo que mantuvieron. Además, señalaría que se había apoderado del vehículo del taxista para desplazarse hasta Muros. Sin embargo, los informes forenses jugaron en su contra, pues se constataba que el golpe en la cabeza recibido por la víctima se había producido con anterioridad a su caída al agua.

Seis meses más tarde se celebraría el juicio contra el autor del asesinato del taxista coruñés, un suceso que conmovió de sobremanera a la ciudad de A Coruña, que siempre se ha caracterizado por su gran tranquilidad. José Ramón Santiago sería condenado a 20 años de cárcel, acusado de un delito de asesinato con robo. Además, debía indemnizar a los familiares de la víctima con la cantidad de 75.000 pesetas(450 euros actuales).

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Cinco muertos en el incendio de un pesquero francés en A Coruña

Puerto de A Coruña

En los años ochenta del pasado siglo Galicia había comenzado a engancharse al tren del progreso económico y social. La emigración era ya cosa del pasado. Incluso, según algunas estadísticas de la época, la tierra gallega se había convertido en un receptor de personas procedentes de otros lares, mayoritariamente de la Península Ibérica. La ganadería había comenzado su modernización, en tanto que la pesca estaba ya siendo explotada de forma industrial. A todo ello se sumaba que comenzaba a madurar su autogobierno y ahora la referencia empezaba a estar en Santiago de Compostela.

Si antes se aludía a la importancia de la pesca en la economía gallega, de esa significación eran conscientes grandes corporaciones extranjeras, cuyos buques era frecuente que atracasen en las instalaciones portuarias gallegas, bien fuese porque hacían escala o directamente venían a descargar grandes cantidades de pescado que se cotizaba en las lonjas gallegas. Una de esas embarcaciones, de trágico recuerdo, fue el bacaladero francés Valois quien al atardecer del 29 de octubre de 1988 atracaría en el puerto herculino, para pernoctar en uno de sus muelles después de hacer una larga travesía desde Terranova hasta Galicia.

Todo el mundo considera que los barcos amarrados a puerto no corren peligro. Y es cierto, pero no siempre sucede así. El buque, de bandera gala, pernoctaría en el muelle de Calvo-Sotelo. Llevaba a bordo diez tripulantes, ocho de ellos franceses y uno español. Este último, junto con otros tres de la decena de miembros que componían de la tripulación, salvarían sus vidas al no encontrarse en el momento del incendio en el interior del bacaladero, pues tenían permiso de sus superiores para ausentarse durante aquella trágica noche.

De madrugada

El incendio en el que perecerían cinco de los nueve tripulantes del buque francés se inició en torno a las cinco y media de la madrugada del día 30 de octubre de 1988. Apenas quince minutos más tarde, se recibía una llamada en el Cuartel de bomberos de la ciudad herculina, que inmediatamente envió varias patrullas y vehículos contra-incendios para sofocar el fuego que alcanzaría grandes dimensiones al encontrarse descansando los miembros de la tripulación, circunstancia esta que jugaría en su contra pues los cinco que se encontraban en el barco terminarían pereciendo a consecuencia de las llamas que arrasaron el Valois.

Según los resultados de las pesquisas de las investigaciones llevadas a cabo, el fuego se inició en la cocina del barco e inmediatamente se extendió por el resto de los departamentos, siendo los camarotes en los que se encontraban durmiendo cinco de los tripulantes la zona más afectada por las llamas. Durante cuatro largas horas lucharon los bomberos coruñesas en sus tareas de extinción de incendios, quienes pese a su extraordinario esfuerzo no consiguieron sofocar el fuego, siendo precisa la ayuda del remolcador de la Armada Española, Mahón, quien se desplazó desde la base naval hasta el lugar del siniestro.

Ante el temor de que el fuego alcanzase los depósitos de combustible del Valois, alrededor de las diez de la mañana del 30 de octubre se procedió a su vaciado con la finalidad de que las llamas no se extendiesen a otros barcos que se encontraban en las inmediaciones del bacaladero. En un principio solamente su capitán había conseguido huir del fuego, aunque también perecería a consecuencia del mismo, siendo su cadáver el primero en ser rescatado. Con una fuerte escora, provocada -al parecer- por el agua lanzada por los bomberos, el bacaladero sería trasladado por el remolcador Sestosa-25 hasta el dique de abrigo, en las inmediaciones del castillo de San Antón.

El fuego que arrasó el buque francés se consideró extinguido en torno a la una y cuarto del día del trágico siniestro, siendo conducido hasta el muelle de Méndez- Núñez. Allí fueron rescatados los cuatro cadáveres de los otros cuatro tripulantes que aún permanecían en su interior para ser conducidos hasta el depósito del Hospital Juan Canalejo de A Coruña, a donde previamente había sido evacuado el cuerpo del capitán, fallecido también en el mismo incendio.

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Tres mujeres aplastadas en un lavadero público en A Coruña

A finales de la década de los años sesenta del pasado siglo la ciudad de A Coruña había iniciado ya su explosión demográfica, aunque todavía no había alcanzado la mágica cifra que por entonces representaban los 200.000 habitantes. Pero andaba cerca. Eran muchos los habitantes de distintos pueblos de Lugo y otras localidades próximas los que se desplazaban a la ciudad herculina en busca de un trabajo que les permitiese escapar de un mundo rural que todavía no había empezado a sucumbir, pese a que su final estaba próximo, ya que seguía sin ofrecer los atractivos necesarios a nuevas generaciones que se resistían a vivir como habían hecho sus antepasados detrás de una yunta de vacas que tiraba de un tradicional carro del país que ofrecía su clásica sintonía, con su eje mal engrasado, por los muchos caminos empedrados y corredoiras que todavía quedaban en una tierra que parecía estar condenándose a si misma a lo largo de los últimos mil años.

Con el traslado de muchas gentes procedentes del mundo rural a la gran urbe en la que se estaba convirtiendo A Coruña, se llevaron consigo muchos usos y costumbres propios de pueblos y aldeas. A todo ello contribuía la propia ciudad en un tiempo en el que las innovaciones tecnológicas no estaban al alcance de todos los bolsillos. Así era frecuente la existencia de lavaderos públicos a los que acudían centenares de mujeres con cestas de ropa en la cabeza para hacer la colada. Uno de esos lavaderos, que desempeñaron una gran función de sociabilidad en otros tiempos, estaba situado en el popular barrio herculino de A Grela, uno de los que estaba experimentando un notorio auge demográfico con la llegada de residentes procedentes de prácticamente todo el norte gallego.

Un muro de contención

Debido al gran auge que estaba experimentando aquel área geográfica de la ciudad, las obras, con nuevas edificaciones, estaban siendo muy frecuentes. Algunas de ellas estaban delimitadas con muros de contención a fin de separarlas de otras fincas u otros lugares públicos. Precisamente una obra de estas características delimitaba un viejo lavadero público en el que se daban cita muchas mujeres, a quienes todavía no habían llegado los adelantos de las modernas lavadoras, de un sitio en el que se estaban levantando nuevas edificaciones. Nadie había previsto la peligrosidad que pudiese entrañar un armazón de esas características y de las nefastas consecuencias que de ello se pudiese derivar en una zona en la que se congregaba mucho público, prácticamente todo femenino, en un tiempo en que muchas de esas mujeres eran casi todas ellas madres de numerosas proles familiares.

Así sucedió en el atardecer del 18 de enero de 1969 cuando el muro de contención que delimitaba el lavadero público de A Grela registró un brusco corrimiento, atrapando entre sus restos de tierra y cemento a un grupo de mujeres que se habían dado cita en una tarde de sábado para lavar las numerosas prendas de ropa sucia que habían ido acumulando a lo largo de una semana. El desprendimiento y posterior corrimiento de tierras se llevaría consigo la vida de tres mujeres que morirían prácticamente en el acto, después de que fuesen aplastadas por el maremágnum de tierra y cemento. Las tres víctimas mortales fueron María Folgueira Seoane, Amparo Varela y Manuela Moreno. Una cuarta mujer, Herminia Martínez, resultaría herida de gravedad, aunque logró salir con vida del cruel envite.

El corrimiento de tierras fue achacado a las lluvias caídas a lo largo de los últimos días de aquel primer mes del año, aunque era un factor previsible, dado que en Galicia suele llover en el transcurso del invierno y máxime en una época en la que todavía no se hablaba de cambio climático. Otra de las causas que se aducía fueron las explosiones producidas por barrenos en un área próxima en la que se estaban levantando nuevas edificaciones en un tiempo en el que apenas se exigían requisitos para la utilización de dinamita. Sin embargo, como era muy común entonces y lo sigue siendo ahora, quien gobierna procuraba escurrir el bulto, evitando asumir cualquier responsabilidad que pudiese derivarse de su gestión.

Inmediatamente, y tras producirse el trágico suceso, los escasos equipos de emergencia con los que contaban en aquel entonces, entre ellos los bomberos de la ciudad herculina y los sanitarios, fueron movilizados para socorrer a las víctimas. Sin embargo, solo se consiguió salvar la vida de una de las mujeres que había quedado atrapada en aquel lodazal. El suceso, que ilustra algunas páginas de la prensa de la época, causaría una gran consternación en A Coruña y en el resto de Galicia. Y como suele pasar la mayoría de las veces, los más desfavorecidos siempre se llevan la peor parte, como era en este caso.

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Mata a su hija de cinco años y se suicida en A Coruña

Desgraciadamente, los casos en los que los niños se convierten en las víctimas colaterales de las disputas de las parejas se cuentan por decenas, cuando no son el principal objeto de litigio entre ambos cónyuges. Todos los años son asesinados miles de criaturas en todo el planeta debido a las diatribas existentes entre sus progenitores, incapaces de saldar de forma civilizada sus diferencias. La prensa es testigo de múltiples casos en los que impacta de sobremanera el crimen cometido sobre un inocente menor que sufre así directamente las consecuencias de un suceso que debería afectarles en un grado mínimo.

Un hecho de estas características acontecía en A Coruña el día 30 de mayo de 1993 en el que un padre José Regueiro Ortigueira daba muerte a su hija de cinco años, María Regueiro Parafita, para después suicidarse. El triste y desgraciado acontecimiento sobrecogería a una ciudad que todavía sentía muy de cerca otro crimen en el que poco más de un año antes había tenido como protagonista a otro menor, a quien había dado muerte una vecina suya, pasando a conocerse popularmente como «el crimen de la maleta», ya que había sido en un equipaje de estas características en el que la asesina había introducido el cuerpo de la víctima.

El autor del crimen y suicida regentaba un conocido negocio de hostelería, conocido como «Bar Kesington» en la calle Marqués de Figueroa de la ciudad herculina, muy cerca de su estación de ferrocarril. Prácticamente, desde que la criatura había venido al mundo, se había ocupado siempre de ella, pues se encontraba separado de su esposa. Sin embargo, se dice que como consecuencia de una sentencia judicial desfavorable acabaría provocando una trágica y cruel venganza en la persona de su hija de tan solo cinco años de edad.

«Cerrado por defunción»

Una empleada del local de hostelería que regentaba José Regueiro se vio profundamente sorprendida a primeras horas de la mañana del lunes, 31 de mayo de 1993, al encontrarse con un cartel en la puerta de entrada en el que podía leerse de forma sobreimpresionada «cerrado por defunción», lo que generaría la sorpresa y posterior preocupación de la mujer, que hasta ese momento desconocía lo que había sucedido. Enseguida avisaría a un hermano del propietario del bar, quien también ignoraba a lo que podría aludir el cartel en cuestión.

Ante las sospechas de que pudiese haber ocurrido alguna desgracia, el hermano de Regueiro Ortigueira abrió el local con las llaves que disponía del mismo para encontrarse con la trágica y dantesca escena del crimen. El dueño del local aparecería ahorcado con un cinturón de una bata que había anudado a una barandilla, en tanto que el pequeño cuerpo de su hija, que estaba recostado sobre una silla, presentaba síntomas de haber sido estrangulada con una cuerda.

Inmediatamente después de haber descubierto aquella brutal y desagradable escena se comenzaron a suceder distintas hipótesis y versiones sobre las causas que habrían llevado a José Regueiro a tomar tan dramática y cruel decisión. En un principio se hablaba de que este hombre se encontraría en una más que problemática situación económica que le habría empujado a matar a su hija para después suicidarse.

Pasadas las horas, comenzó a tomar cuerpo la tesis de que recientemente el asesino y suicida se habría visto privado de la patria potestad que ejercía sobre la pequeña, tras una denuncia presentada por su progenitora. Los tribunales habrían tomado la decisión de retirarle la custodia de la niña, de la que él se había encargado desde que era un bebé, con apenas tres meses de vida.

Independientemente de cuáles hubiesen sido los motivos que pesaron en la conciencia de José Regueiro Ortigueira, lo cierto es que nos encontramos una vez más con un ejercicio siniestro de la sinrazón realizado sobre víctimas inocentes que no entienden sobre decisiones judiciales ni tampoco de esas otras que muchas veces se ceban con sus vidas, tomadas por unos progenitores que no son capaces de razonar y comprender que los pequeños son seres de lo más absolutamente inocentes que se puedan imaginar.

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Asesinado por celebrar un gol del Atlético de Madrid

En el mundo del fútbol siempre han existido fanáticos que han interpuesto los colores de su equipo a cualquier otra circunstancia, incluso a su propia existencia y a la de sus adversarios. Ignoran que se trata de un precioso y noble deporte en el que las diferencias se deben sustanciar dentro del terreno de juego y los aficionados son simples espectadores que se deben limitar a presenciar un gran espectáculo en el que no se puede ganar siempre. Por culpa de sus nefastas actitudes se ha originado una leyenda negra en torno al deporte del balón que le ha llevado a ser denigrado, aunque la mayoría de los aficionados al fútbol son personas comedidas y sensatas a las que, además de ver ganar a su equipo, les gusta presenciar un buen partido y disfrutar de las mejores jugadas en compañía de amigos, familiares y otros aficionados.

Cada vez que se produce un hecho luctuoso en el mundo del fútbol que, todo hay que decirlo, son más bien escasos, enseguida aparecen reflejadas estadísticas en algunos medios de comunicación cuyo único interés consiste en criminalizar a un deporte que nada tiene que ver con la violencia, sino más bien todo lo contrario. En España son muy pocos los hechos sangrientos relacionados con el fútbol los que hay que lamentar, aunque alguno, por desgracia, siempre se produce. Tal vez es así porque hay muchos aficionados que siguen con pasión este deporte. La mayoría de las veces estos sucesos están relacionados con grupos ultras, quienes cada vez tienen menos seguidores después de que los distintos estamentos deportivos y de orden público hayan hecho todo lo posible por erradicarlos hasta situarlos en la marginalidad más absoluta, que es donde deben estar.

En la década de los años noventa, concretamente en el año 1994, el fútbol gallego vivía uno de los momentos más brillantes de su historia, llegando a contar con tres equipos en la máxima categoría del fútbol estatal. Pero no solo eso, incluso dos de esos clubes, Deportivo y Celta, quienes, además de estar encuadrados en la primera división, alcanzarían sus mejores metas en ese año. El primero de ellos se proclamaría subcampeón de liga en una dura disputa con el Barcelona, que acabaría por llevarse el título en el último segundo, gracias a la parada del portero del Valencia al lanzamiento de penalti realizado por Djukic. Y en eso prácticamente corrió de la mano de su rival del sur, el Celta de Vigo, que perdería el título de Copa, merced también al error en la transformación de un lanzamiento desde el punto de penalti, en la tanda final, contra el Real Zaragoza.

Pese a esa buena racha, que se complementaría con el ascenso del Compostela de José María Caneda a la máxima categoría, el fútbol gallego contaría con un nubarrón negro que empañaría un precioso ejercicio. Este no fue otro que el asesinato de un aficionado en un bar de la coruñesa calle de la Estella el sábado, 12 de marzo de 1994, cuando se encontraba presenciando el encuentro que enfrentaba al Atlético de Madrid y al Barcelona en partido correspondiente a la jornada de liga en cuestión.

Dos puñaladas

El suceso se produjo cuando un joven de 19 años de edad, Emiliano López Prada, celebró el tercer tanto del Atlético de Madrid, que le ponía en ventaja frente al FC Barcelona. En ese momento, otro joven, que estaba presenciando el encuentro en el mismo establecimiento hostelero, sacó una navaja de grandes dimensiones y le proporcionó dos certeras puñaladas que acabarían con su vida prácticamente en el mismo instante. Una de ellas fue directamente al corazón, mientras que otra le perforó el costado. El joven estuvo tendido en el suelo hasta que llegaron los equipos sanitarios de emergencia, que le trasladarían a la Residencia Sanitaria Juan Canalejo, en dónde ingresaría ya cadáver.

Previamente, según informaciones periodísticas de la época, el agresor le había pedido dinero a Emiliano López, quien entonces cursaba segundo de derecho en la Universidad de A Coruña, negándose a darle cantidad alguna. Una vez cometido el acto delictivo, el agresor y el grupo que le acompañaba abandonaron el lugar de autos con destino a otro establecimiento para huir de la acción de la policía. Días más tarde los cuerpos de seguridad del Estado detendrían a ocho jóvenes, quienes estaban presuntamente relacionados con el suceso sangriento. El autor del crimen sería detenido y pasaría a disposición judicial, además de ser condenado a una dura y larga pena de cárcel.

El hecho causó una profunda conmoción en la ciudad herculina y en el mundo del fútbol en general. El joven fallecido era un conocido seguidor del Deportivo, además de ser ya, a su edad, donante de órganos, que le serían extraídos en el momento de su óbito. Con esta eran ya cinco las víctimas mortales de aficionados al deporte del balón que se habían producido en España entre 1982 y 1994. Pueden parecer muchas, pero afortunadamente, no son tantas como había habido en países de nuestro entorno, entre ellos el Reino Unido o incluso Grecia o Alemania, aunque nada puede justificar la muerte de un ser humano por culpa del fútbol y mucho menos de forma violenta.

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Un asesino en serie en la Galicia de Posguerra

Primera página de Faro de Vigo, 2 de abril de 1939

El primer año posterior a la Guerra Civil fue conocido en gran parte de España como «el año de la paz», mientras en su conjunto los tiempos posteriores al conflicto serían conocidos como «os anos da fame»(los años del hambre). La gente se las veía y se las deseaba en su día a día para conseguir superar las durísimas y crueles circunstancias de su existencia. Nadie se preguntaba qué iba a comer, sino si iba a comer, algo muy distinto. En Galicia, pese a no desarrollarse ningún episodio del conflicto armado, sufrió muy directamente las consecuencias de aquellos tres años de guerra, que habían asolado a España. Después llegaría una dictadura en la que abundaba todo tipo de privaciones. A las ya mencionadas carencias a la que hacía frente una población pobre y hambrienta, se sumaba una no menos cruda represión que invadía todas las esferas de la vida, muy especialmente en el terreno de las libertades, siendo la de expresión la más perjudicada.

Decía el Régimen que en España no pasaba nada. O al menos nada grave, aunque a veces sucedían cosas y de un calibre extremo. A los pocos meses de concluido el conflicto armado, se sucedieron una serie de crímenes en Galicia entre las comarcas de Betanzos y las más próximas a Santiago de Compostela que las autoridades de entonces atribuyeron a la desesperada guerrilla que actuaba por montes y montañas gallegas en aquella época. Apenas se proporcionaba información sobre los mismos. Únicamente aparecían reflejados en los clandestinos periódicos del maquis, algunos de los cuales no eran más que unos murales. En ellos, los miembros que formaban parte del mismo negaban cualquier implicación en unos hechos criminales que para nada respondían a sus objetivos ni mucho menos a su forma de actuar, pero las autoridades del nuevo régimen insistían en atribuírselos a ellos, además de no informar cumplidamente de todos.

En septiembre de 1940 aparecería una mujer de algo más de 50 años con el cuello roto en el municipio de Aranga, en la provincia de A Coruña, muy próximo a la de Lugo en su demarcación interior nordeste. Según un informe de la guardia civil, la mujer que se llamaba Milagros Aneiros, y que vivía sola, había sido golpeada con bastante saña por su agresor en la finca colindante con su vivienda, popularmente conocida en Galicia como cortiña. Sin embargo, no se da cuenta en ningún momento de que de su domicilio desapareciese objeto de valor alguno, circunstancia esta que echa por tierra cualquier intervención de los guerrilleros. Además, estos solían disparar sobre sus víctimas, nunca ensañarse con ellas. La noticia aparece, de forma muy escueta, publicada en el diario El Ideal Gallego, sin abundar en muchos detalles en torno a como sucedieron los hechos.

Mujer muerta en O Marquiño

Cuando entre el vecindario de la comarca no se habían apagado los ecos del primer crimen, apenas un mes más tarde aparecería muerta, en unas circunstancias prácticamente idénticas, otra mujer de las mismas características en la parroquia de O Marquiño, en el municipio coruñés de O Pino, uno de los más próximos a Compostela. La fallecida, al igual que la anterior, presentaba también el cuello roto, reflejándose la violencia extrema con la que había actuado su agresor. La víctima Edesia Pedreira, según un informe judicial, había presentado una cierta resistencia ante su asesino, pues era una mujer corpulenta acostumbrada a trabajar en el campo. En este caso tampoco existe mucha más información. A diferencia del anterior, no aparece reflejado en ningún medio impreso de la época. La única que existe se reduce a los archivos consultados.

La mujer hallada muerta en O Marquiño no sería la última de la que se tiene constancia en este breve lapso de tiempo. Muy cerca de la capital gallega, en Lavacolla, aparecería apenas un mes más tarde del anterior suceso el cuerpo, con el rostro completamente ensagrentado, de Inés López Morado. Esta última, con una edad similar a las dos anteriores, tenía como diferencia que era una mujer casada y madre de dos hijos. El modus operandi de su asesino había sido totalmente similar a los dos casos anteriores. Este hecho aparecería reflejado en el semanario falangista Azul, que se editó en Santiago entre 1936 y 1941. La publicación abunda en el hecho de que esta mujer era la esposa de un conocido miembro de Falange Española de la zona, aunque no revela de quien se trata. Vuelve a incidir en que los autores son «bandidos que anidan en los montes y montañas gallegas» para los que clama una indisimulada venganza, comentando que «pagarán muy cara su patraña».

En relación con este último crimen, que un prestigioso psiquiatra gallego vincula directamente con los dos anteriores, se detuvo a un individuo que se dedicaba a la mendicidad, Salvador Gerpe, conocido como «O Retortas», que además tenía un familiar entre los forajidos del sector noroeste. Sin embargo, no se encontró ninguna evidencia que este hombre guardase relación alguna con este crimen. A todo ello se sumaba que era conocido e incluso apreciado por los vecinos de la zona, quienes en todo momento restaron credibilidad al hecho de que pudiera relacionarlo con el asesinato de esta última mujer. Además, uno de los vecinos manifestaría que el día de autos, en el que estaba cayendo una gran tromba de agua, se encontraba calentándose al calor del fuego de la lareira en su casa. Este hombre quedaría en libertad, no habiendo constancia de que se detuviese a nadie más.

Por indagaciones que hemos hecho, los tres crímenes quedaron impunes. Todos ellos, según la tesis sostenida por un profesional gallego de la salud mental, fueron obra de un mismo autor, quien supuestamente conocería todos los hábitos de las personas asesinadas. Como se decía anteriormente, estos hechos serían falsamente atribuidos al maquis. Además, la diferencia de los dos primeros asesinatos con el tercero, es que ninguna de las mujeres era familiar de ningún miembro de Falange Española, por lo que carece de fundamento atribuírselo a venganzas de índole política, tal y como querían hacer ver las autoridades de los primeros años de la Posguerra.

Todo indica que los tres, tanto por el modus operandi, como otras características que presentaban sus víctimas (sexo, edad e incluso complexión) pudieron haber sido obra de una misma persona, un asesino en serie, aspecto este que distaba mucho de las autoridades de la época, porque «en España no había personas así». Esas cosas solo pasaban en el extranjero. Y en nuestro país, alguna vez también.

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Los crímenes de «El Jalisco»

María Docampo, con Castelao, una de las víctimas de «El Jalisco»

Ni que decir tiene que hay criminales que dejan una profunda huella allí donde cometen sus barbaridades. Pasan los años y todavía se continúan recordando sus funestos hechos y las trágicas consecuencias que ocasionaron. Los escenarios de los crímenes se vuelven lugares malditos, siendo muchas las personas que rechazan una vivienda o piso al tener conocimiento que en ella se ha perpetrado un suceso sangriento. Parece como si un haz de luz oscura se apoderase sobre ese maldito sitio que sirvió de marco para una escena en la que corrió la sangre.

Este es el caso del ciudadano mexicano José García Peña, conocido como «El Jalisco», por ser oriundo de aquel estado charro. A nadie se le escapa que era un verdadero psicópata por no decir que era un auténtico «Apóstol del mal», que jamás consiguió reinsertarse en la sociedad y que mató en reiteradas ocasiones sin que le quedase remordimiento alguno, pese a que en 1950, tres años después de su primer crimen múltiple, declarase que se sentía «arrepentido y avergonzado».

«El Jalisco» llegó a la diezmada Galicia de la década de los años cuarenta del siglo pasado después de haber contraído matrimonio con la ciudadana norteamericana de origen gallego María Docampo Ramos, que a la postre se acabaría convirtiendo en una de las tres primeras víctimas de aquel sádico asesino. La tierra gallega de la época era un territorio muy pobre, que seguía sufriendo las terribles consecuencias de una posguerra que se alargaba en exceso. Los gallegos, como era habitual, seguían emigrando, aunque ahora las cosas se ponían muy difíciles para salir de su tierra. Europa había sido literalmente aniquilada en la Segunda Guerra Mundial. Mientras, los países americanos comenzaban un lento pero progresivo declive que les acabaría sucumbiendo en una pobreza generalizada de la que jamás se recuperarían. Pocas eran las esperanzas que tenían los gallegos de entonces. Solamente podían presumir de tener un Jefe del Estado que había nacido en su tierra, pero que jamás se preocupó lo más mínimo de sus depauperados paisanos.

El crimen de Arillo

No tardaría mucho desde su llegada a tierras gallegas en demostrar su saña criminal José García Peña. El 23 de septiembre de 1948 cometería uno de los más horribles crímenes que se recuerdan en Galicia, más propio de otras latitudes del planeta que en la patria de Castelao. Precisamente, su esposa, María Docampo Ramos, era una joven mujer que había sido secretaria del polifacético intelectual rianxeiro. En la fecha antes citada, ella junto a su madre, María Ramos Díaz, y su hermana Encarnación serían las tres primeras víctimas del mexicano.

Dos de las principales características de su proceder criminal, son la saña y la violencia empleadas contra sus víctimas, propias de alguien que carece del mínimo de empatía y compasión hacia sus semejantes. En la finca conocida como «La Brava», en la parroquia de Arillo, en el municipio metropolitano de Oleiros, perpetraría su primera y desaforada matanza. Su orgía de sangre la inició con el brutal apuñalamiento de su suegra, María Ramos, quien nada pudo hacer para defenderse de su cruel asesino. Prosiguió con su cuñada, Encarnación Docampo, a quien le quitaría la vida de varias puñaladas. Lo mismo hizo con su esposa, que pereció víctima de los impulsos sádicos de una bestia que jamás debía haber existido.

Su macabro ritual proseguiría prendiendo fuego a la estancia en la que habían quedado sus víctimas, el cual sería sofocado por los vecinos. Como consecuencia del incendio, sus cuerpos presentarían algunas quemaduras.El asesino se autolesionaría, siendo atendido en un puesto de socorro de la ciudad herculina. De la misma forma, ardieron también algunos documentos de los que María Docampo era portadora y que habían pertenecido al ilustre dibujante y político gallego, Alfonso Daniel Rodríguez Castelao. Algunas fuentes apuntan también que la CIA le había encargado a la esposa de García Peña el espionaje del antiguo líder galleguista, quien había visitado la URSS en su etapa como exiliado.

Conocedores de la relación de María Docampo con el que fuera dirigente del Partido Galeguista, esas mismas fuentes apuntan a que ello provocaría que la pena a la que fue condenado «El Jalisco» fuese relativamente leve para la época, máxime en un tiempo en el que estaba vigente la pena de muerte. Muchos otros, con posterioridad, serían condenados a la pena capital habiendo cometido delitos mucho menores, tal es el caso del ourensán José Cadaviz Pazos, quien, por las mismas fechas, fue condenado a morir en el garrote vil por haber dado muerte a su hermana. José García Peña sería condenado a tan solo 36 años de cárcel por los tres asesinatos, de los que solamente cumpliría 15, la mayor parte de los cuales estuvo en la antigua prisión provincial coruñesa.

«El Jalisco» vuelve a matar

El célebre psicópata, cuyos crímenes no habían tenido mucha trascendencia en la Galicia de la época a causa de la censura, volvería a matar más de 30 años más tarde cuando se encaminaba a su ancianidad. José García Peña abandonaría las tierras gallegas al obtener la libertad definitiva para rehacer su vida muy lejos, donde no lo conociese nadie. Se afincaría en las Islas Canarias, concretamente en Las Palmas, donde se desconocía por completo su anterior periplo vital. Allí contraería matrimonio con una mujer de la que se desconoce su identidad, aunque fruto de su relación nacería su hija Yolanda Peña Domínguez, que a la postre se convertiría en una de sus víctimas.

El 6 de junio de 1976, cuando ya contaba 58 años, el célebre psicópata mexicano asesinaría a su hija Yolanda, de tan solo diez años de edad, y a la mujer con la que convivía Irene Quevedo. Al igual que había hecho con sus crímenes en Oleiros, se ensañaría de nuevo con sus víctimas a las que les propinaría grandes golpes en la cabeza con algún objeto contundente, dejándolas inconscientes. No contento con eso, García Peña se cercioraría de la muerte de sus víctimas introduciéndoles un estilete en el corazón. La noche posterior al crimen pernoctaría en la misma vivienda en la que había perpetrado su segunda matanza. Al día siguiente tomaría un vuelo con destino a Barcelona, que haría escala técnica en Madrid.

Una vez más, y como había hecho en el área metropolitana coruñesa, «El Jalisco» trataría de provocar un incendio para entorpecer la labor de los investigadores. Sus cálculos le salieron mal, ya que había dispuesto que el fuego comenzase en el momento en que estuviese ya en la Ciudad Condal, pero sus errores de cálculo provocaron que el incendio se iniciase previamente cuando se encontraba volando hacia Madrid. Conocedor de esta circunstancia y sabedor que en la escala técnica, como así fue, la policía le pudiese echar el guante, provocaría un incidente en pleno vuelo, originando un pequeño fuego a bordo del avión en el que viajaba, que a punto estuvo de causar una gran tragedia. Sin embargo, de poco le serviría, ya que a pesar del susto y las molestias ocasionadas al pasaje sería detenido cuando la aeronave tomó tierra en el aeropuerto de la capital de España.

Detención y suicidio

Con su detención en Barajas, se ponía fin a la carrera criminal de José García Peña. Es ahora, casi 30 años después de su primera matanza, cuando los principales medios de comunicación españoles de la época se empiezan a hacer eco de sus anterior crímenes en Galicia. Algunos periodistas de la Transición no salen de su asombro al conocer la exigua pena a la que había sido condenado en un tiempo en el que estaba vigente la pena de muerte y muchos delincuentes habían pagado con sus respectivas vidas por delitos mucho menores.

Los psiquiatras que atendieron a José García Peña detectaron la grave dolencia psíquica que afectaba al célebre psicópata mexicano, incapaz de sentir remordimientos ni tampoco un mínimo de compasión por sus víctimas, tal y como había demostrado en las dos ocasiones en las que había salido su múltiple saña criminal. Sea como fuere, lo cierto es que el mismo, no se sabe si presa de su pasado o su dificultad para adaptarse al centro de internamiento psiquiátrico en el que estaba recluido, pondría fin a su vida en el año 1979.

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Un crimen en la emigración gallega juzgado en A Coruña

Centro Gallego de Montevideo

De todos es sabido que la emigración gallega realizó una muy fecunda labor en tierras americanas en la primera mitad del siglo XX. La huella de la diáspora gallega no dejó indiferente a nadie. «Gallego» es un apelativo, y también un calificativo, muy común en nuestros días para referirse principalmente a los españoles, así como a la forma de expresarse de quienes proceden de la Península Ibérica, independientemente de cual sea su origen.

Hoy en día la estancia gallega en las tierras que se sitúan allende el Océano Atlántico sigue estando muy viva entre sus gentes, conservando los ancestrales centros culturales que fundaran hace ya más de un siglo la ingente cifra de emigrantes galaicos que se trasladaron a diferentes países del nuevo mundo en busca de una prosperidad que se les negaba en la tierra de sus padres. Sin embargo, también en esa gran colonia surgieron algunos problemas con consecuencias demasiado trágicas que para nada empañarían la extraordinaria labor llevada a cabo por quien huía de una miseria que, en su tierra, estaba más que asegurada.

Un dramático suceso de las características antes aludidas tendría lugar el 30 de julio de 1955 protagonizado por dos personas que se habían trasladado a Uruguay, otrora denominada la Suiza americana que, sin embargo, en la década de los cincuenta ya se encontraba en una muy franca decadencia. El caso acontecido en pleno centro de la capital uruguaya, Montevideo, estaría hoy en día encuadrado dentro de lo que se denomina violencia de género o machista.

Un botellazo

Dos gallegos que habían salido hacía ya años rumbo a América, Roberto Díaz Vilar y María del Pilar Cancelo Pérez se conocieron en el país del Plata en torno a la segunda mitad de los años cuarenta del pasado siglo. Ambos se habían separado de sus antiguas parejas y habían iniciado una convivencia, calificada de «ilegal» por la prensa española de la época, haciendo referencia con toda seguridad a que en aquel entonces se consideraba un delito el amancebamiento estaba tipificado como delito en el código penal española y así seguiría hasta mayo del año 1978.

Desde hacía ya algo más de un año las relaciones entre Roberto y Pilar se habían ido deteriorando, desconociéndose las causas, aunque quizás la difícil situación que comenzaba a atravesar el país sudamericano tuviese mucho que ver. Sea como fuere, se cuenta que las peleas y enfrentamientos en la pareja estaban a la orden del día. El estado de su relación llegaría a un punto extremo en el verano de 1955, llegando hasta tal punto que el hombre sacudiría un botellazo a su compañera que la dejaría inconsciente. Roberto Díaz aprovecharía la situación para asfixiar a Pilar Cancelo con un cinturón de los que empleaba para ajustarse los pantalones. Posteriormente, recogería el cuerpo de la víctima y lo depositaría en una cantera, dónde sería hallado por la policía uruguaya.

Consciente de que la justicia se le echaba encima, el emigrante gallego trató de poner tierra de por medio, o mejor dicho agua en este caso, para huir del país americano, trasladándose en los primeros meses del año siguiente, 1956, a su tierra de origen. Además, aprovecharía para cobrar los salarios devengados a su compañera. Su destino sería la localidad coruñesa de Valdoviño, muy cerca de Ferrol.

Interpol

En vista de que Roberto Díaz había desaparecido sin dejar rastro alguno, la policía uruguaya alertaría a la Interpol para que se procediese a la detención del ciudadano hispano-uruguayo, pues el criminal poseía ambas nacionalidades. Una vez localizado, las autoridades sudamericanos solicitaron de las españolas su extradición, ya que estaba acusado de un delito de asesinato. Debido a un convenio de reciprocidad en la justicia que afectaba a los emigrantes vigente entre España y Uruguay, este último estado aceptó que a Roberto Díaz Vilar fuese juzgado por tribunales españoles con la condición de que no le fuese aplicada la pena de muerte, vigente en el Estado español para determinado tipo de delitos, pero que no la contemplaba la legislación del país charrúa, lugar en el que se había cometido la infracción penal.

El acusado de la muerte de María del Pilar Cancelo Pérez, una emigrante gallega de 49 años, sería condenado en noviembre de 1958 a una pena de 16 años de cárcel por un delito de homicidio, además de verse obligado a reintegrar el importe de algo más de 3.000 pesetas que había defraudado a la Hacienda uruguaya, en concepto de los salarios devengados obtenidos ilegalmente de su compañera. De la misma forma, también se le condenaba a pagar las costas judiciales y a indemnizar con 102.000 pesetas a los familiares de la víctima.

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