Matan a una mujer para evitar su boda con un deficiente psíquico

A lo largo de la historia siempre ha habido determinados aspectos que han sido considerados tabús por distintas circunstancias o hechos que se encontraban plagados de ancestrales prejuicios históricos. Una de las formas más antiguas de evitar algunas relaciones no deseadas por las familias ha sido el crimen. Muchas personas han sido víctimas de desgraciados hechos delictivos por no agradar a determinadas familias o se ha recurrido a la sangre para dar muerte a determinadas personas por su pertenencia a un determinado grupo social que no gozaba de una buena reputación.

Mediada ya la década de los años sesenta del pasado siglo, cuando comenzaba a declinar el franquismo -cuando menos físicamente-, se produciría un hecho sangriento que además de conmover a la sociedad de la época, causaría el lógico estupor e indignación y también una no menos indisimulada sorpresa entre muchos gallegos de interior de la provincia de Pontevedra al enterarse de que una joven había aparecido muerta en un camino que une Torreboredo y Nigoi, parroquias pertenecientes al municipio pontevedrés de A Estrada el 11 de diciembre de 1966.

En la referida fecha fallecía una mujer, presumiblemente de forma accidental, achacándose su deceso a una coz de un burro. Incluso, un forense certificaría así su fallecimiento, lo cual no deja de ser sorprendente, procediéndose posteriormente a darle sepultura sin más dilación. La fallecida era Albina Mera Mariña, una mujer de 35 años de edad, que trabajaba como empleada doméstica en casa de María Purificación Terceiro García desde hacía algún tiempo. Al parecer, la finada se había desplazado a por leche a un lugar próximo por encargo de su ama.

Investigación

Tras procederse a su sepelio, la familia de Albina Mera, que se encontraba en la emigración, sospechó que había alguna pieza que no encajaba en torno al hecho y gracias a la declaración de un testigo que resultó ser clave, comenzaron a descubrirse algunos detalles que darían al traste con la primera versión ofrecida entorno al deceso de la joven criada. De incógnito, se desplazaría hasta el lugar de los hechos un equipo especializado de investigación procedente de Madrid, quien -con orden judicial- procedería a la exhumación del cuerpo de la mujer asesinada, descubriéndose así lo que realmente había acontecido.

Hechas las oportunas indagaciones, los investigadores pudieron descubrir que la víctima presentaba dos disparos en la cabeza efectuados con una escopeta de caza. El calibre empleado para darle muerte era de 16 milímetros. Lo que parecía un accidente fortuito se descubrió que detrás de el se escondía un asesinato, que obedecía a oscuras razones, planificado por la familia del hombre con el que pensaba casarse Albina Mera.

Enamoramiento

Al parecer, según se deduce de la documentación consultada, la joven había iniciado una relación amorosa con el hijo de Purificación Terceiro, Antonio Pena Terceiro, aspecto este que era de dominio público entre los vecinos de la zona. Sin embargo, este noviazgo no gozaba del agrado de la madre del muchacho, pues padecía algún tipo de retraso psíquico y su madre no lo consideraba apto para formar una familia. Pese a todo, la relación entre ambos jóvenes prosiguió, concertando incluso la fecha de la boda, pero la progenitora del rapaz quería evitarla a toda costa, sin importarle escatimar recursos para impedirlo.

En vista de que no fue capaz de convencer a su hijo y a la muchacha para que desistiesen de su actitud, Purificación Terceiro contrató los servicios de un sicario que le diese muerte a la joven para así evitar una boda y un matrimonio que, según ella, estaba condenado al más mísero de los fracasos. Buscó entre los fornidos hombres del contorno alguno que estuviese dispuesto a realizar su macabro encargo y encontró a uno de ellos que gozaba de una cierta fama de poseer una indudable bravura. Se trataba de José Orrea Ferreiro.

En la jornada del 9 de diciembre de 1966, Purificación y José concertaron una entrevista en casa de la primera. En el transcurso de la misma la mujer le pagó la nada desdeñable cantidad de 100.000 pesetas de la época(600 euros al cambio actual), aunque en aquel entonces con ese dinero se podía adquirir uno de los mejores vehículos del mercado y no eran pocos los salarios que no superaban las mil pesetas mensuales. Con esa más que considerable suma de dinero, José Orrea llevo a efecto su macabro plan, pero algo fallaría, ya que los investigadores tirarían de este hilo para resolver el crimen.

Detención

Pasaría algún tiempo hasta que fue detenido de José Orrea Ferreiro. El clamor popular, que demandaba justicia por un horrendo crimen, señalaba a la familia en la que prestaba sus servicios Albina Mera como inductora del asesinato de su criada, aunque por diversas razones, en un principio, no se atrevieron a detener a la auténtica autora intelectual del crimen. Quizás pesase el hecho de que se tratase de una conocida familia del término municipal de A Estrada, en un tiempo en el que todavía existían las clases.

Al poco tiempo de ser detenido José Orrea Ferreiro, tras las presiones ejercidas por los agentes del Guardia Civil, acabaría por desplomarse y relatar lo que realmente había sucedido en aquellos días previos al invierno de 1966. La posterior detención de Purificación Terceiro causaría una cierta conmoción en el entorno, aunque nadie dudaba ya que ella había inducido a aquel hombre a acabar con la vida de su criada para así poder evitar un matrimonio que para nada era de su agrado.

Al igual que el autor material del crimen, Purificación confesaría los hechos ante los agentes de la Guardia Civil que le interrogaron, señalando el dato que había efectuado los disparos a tan solo tres metros de su víctima. Si bien es cierto, que haría hincapié en que ella pretendía evitar la boda de su hijo con Albina Mera Fariña, porque su vástago sufría un cierto retraso psíquico que, en su opinión, le inhabilitaban para llevar una vida de hombre casado. Añadiría que ella no le mandó a Orrea asesinar a su criada, sino sencillamente darle un buen susto a la criada. Lo que se dice siempre en estos trágicos casos.

Pena de muerte

El juicio por el crimen que le había costado la vida a Albina Mera Fariña se celebró en los primeros días del mes de marzo del año 1968 en medio de una gran expectación, ya que se encontraba abarrotada la sala de vistas de la Audiencia Provincial de Pontevedra. En un principio tanto Purificación como José se responsabilizaron mutuamente del asesinato de la joven, aunque quedaba claro que quien disponía de licencia de armas era el hombre. Por su parte, la inductora del asesinato continuaba alegando que ella jamás le había hablado de darle muerte a su criada, insistiendo en que solo le había comentado el hecho de darle un susto. Además, también negaría que hubiese recompensado con una elevada cantidad de dinero al autor material del crimen, aunque había algunos hechos que así lo atestiguaban, tales como el hecho de que José Orrea cambiase radicalmente de forma de vida en el poco tiempo en el que le duró su exigua fortuna.

Algunos vecinos de la zona también fueron llamados a declarar. Prácticamente todos ellos corroborarían la versión ofrecida por el criminal, que no era otra que Purificación no veía con buenos ojos la relación que mantenía su hijo con Albina y estaba dispuesta a cualquier cosa para evitar la boda, que ya estaba programada.

El crimen que lleva aparejada la recompensa del asesino siempre han estado mucho más castigados que cuando este se hace de forma espontánea o no media el hecho económico de por medio. El autor material de la muerte de Albina Mera sería condenado a la pena capital, además de indemnizar de forma solidaria junto con Purificación Terceiro García con la cantidad de 300.000 pesetas (1.800 euros actuales) a la familia de la víctima. Además, se condenaba a la inductora a la pena de 30 años de reclusión mayor, por entender el tribunal que se trataba de un asesinato con alevosía y premeditación.

Indulto

Durante más de un año la vida de José Orrea Ferreiro pendió de un hilo y los distintos recursos efectuados por su abogado defensor contribuyeron a dilatar el proceso. El Tribunal Supremo confirmó la sentencia dictada por la Audiencia Provincial de Pontevedra con fecha de 22 de noviembre de 1968, tanto para el autor material del crimen como para Purificación Terceiro. Al condenado a la pena capital solamente le quedaba el recurso de gracia del Consejo de ministros.

Por un decreto de 10 de abril de 1969, publicado en Boletín Oficial del Estado del 29 de abril del mismo año, el órgano de Gobierno estatal, en su reunión de 29 de marzo del citado año, decidía conceder la gracia del indulto al asesino de Albina Mera Fariña. La pena conmutada era suplida por otra accesoria de 30 años de prisión mayor.

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Una joven le rebana el pescuezo a su novio en A Estrada (Pontevedra)

Torre de Guimarei. A Estrada

En 1935, cuando estaba en plenitud la II República Española y ya se vislumbraban nuevos tambores de guerra en el viejo continente, el interior de Galicia era un territorio pobre y deprimido. En él residía una ingente masa de agricultores y campesinos que malvivían de una maltrecha economía de subsistencia. La mejor salida a corto plazo para los más jóvenes era abandonar la esquina verde de la Península Ibérica y buscar un prometedor futuro allende los mares.

El mundo rural gallego, con sobreabundancia demográfica, apenas había progresado nada en los últimos 200 años. Ni siquiera las reformas puestas en marcha por los distintos gobiernos republicanos contribuyeron a paliar la enorme pobreza que afectaba a la Galicia de la época. A todo ello se añadían otras carencias como la educativa. Más de la mitad de la población gallega de la época era completamente analfabeta y el 49 por ciento restante eran analfabetos funcionales, limitándose a saber firmar o leer con cierta dificultad y poco más. Los grandes centros culturales gallegos de aquel tiempo se encontraban a miles de millas de la metrópoli. Habían surgido en lugares tan lejanos como La Habana, Buenos Aires o Montevideo, dónde la ingente cantidad de gallegos desplazados habían dejado impresa una huella que llega hasta nuestros días.

A Estrada, municipio al que ahora nos dirigimos, reunía las clásicas peculiaridades de las zonas de interior. Elevada tasa demográfica rural, altos índices de emigración a tierras americanas y bajísimos indicadores de desarrollo humano. En ese contexto se promueve un cierto clasismo rural que viene avalado por la superficie de terreno de la que cada familia sea propietaria, unido también a ancestrales prejuicios y estereotipos que todavía estaban muy aferrados a los habitantes de la Galicia de la época.

De una de esas pudientes familias rurales, las que precisamente podían huir de ese ambiente cruzando el Océano Atlántico, es la principal protagonista de la siguiente historia, Elena Ramos Barros, una joven de 23 años. La prensa de la época la resalta como una fémina que destacaba por su espectacular belleza y su inigualable porte personal. A ello, añade también que la moza pertenecía a una acaudalada familia de Guimarei, una parroquia perteneciente al municipio estradense, en el que destacan distintas edificaciones históricas pertenecientes a las distintas familias de hidalgos que otrora habían sido dueños y señores de tan bella parroquia.

Sin embargo, a pesar de su belleza o tal vez abrumada por el peso de la misma, Elena Ramos sufría alguna patología mental, muy mal consideradas y estigmatizadas en aquel entonces, que le impedía percibir la realidad tal como se le mostraba. Fruto de ello, provocaría un horroroso crimen que conmovió a toda la zona el 23 de julio de 1935. Como todos los criminales noveles, nadie se podía esperar que la joven belleza estradense fuese a perpetrar un acto tan vil y execrable.

Ojos vendados

No se sabe si fruto de algún delirio o con algún afán morboso, Elena, cierto día que se hallaba con su novio, le rogó a este que hiciesen algún jueguecito que parecía ciertamente infantil. El mismo consistía en que el rapaz Jesús Filloy Godoy se dejase atar a un árbol y, a su vez, vendarle los ojos. La joven quería que así su prometido rompiese las ligaduras, a la vez que tenía los ojos vendados, pero no era este el auténtico motivo del macabro plan ideado por Elena Barros. Tras acceder a las macabras e inhóspitas pretensiones de su novia, esta le rebanó el cuello con un cuchillo de grandes dimensiones que, al parecer, había ocultado en una manga de su blusa. Tras cometer la barbaridad, la joven se escapó hacia su casa, dejando al pobre muchacho desengrándose atado al árbol.

El muchacho, después de sufrir la mortal herida que le acabaría con su vida, aún pudo desasirse de las cuerdas que lo mantenían atado al árbol, además de retirarse también la venda de los ojos. A pesar de hallarse malherido, consiguió llegar hasta su domicilio familiar en el que fallecería nada más atravesar la puerta de la casa.

Quienes conocían a Elena decían que había jurado en alguna ocasión su intención de matar a su novio, al parecer motivado por algún ataque de celos o por ciertos despechos personales. Una persona que la conocía manifestó que la joven criminal había hecho este juramento por considerase «una mujer honrada y como tal quería vivir y morir», aunque nadie conocía el verdadero significado de esta expresión.

Epilepsia

En noviembre de 1935 se celebró el juicio en la Audiencia Provincial de Pontevedra, cuando Elena Ramos llevaba ya unos meses detenida. En el período de tiempo que llevaba entre rejas, la degolladora había sufrido algunos ataques epilépticos, aunque estos podrían ser brotes psicóticos. Alguno de los médicos y peritos que testificaron en la causa indicaron que la joven no percibía la realidad tal cual era. Además, en la época las enfermedades de carácter mental gozaban de un enorme estigma social, achacándose las mismas a estereotipos basados en falsos y ancestrales prejuicios que para nada respondían al mínimo rigor científico.

Sin embargo, el fiscal que instruyó la causa contra Elena Ramos despreció las apreciaciones de los especialistas que la examinaron, solicitando para ella la pena de 21 años de reclusión. Consideraba que la mujer había actuado en plenitud de facultades, cometiendo un delito de carácter alevoso. Por contra, su defensa solicitó el ingreso de la joven en un manicomio.

Finalmente, Elena Ramos sería condenada a trece años de cárcel, enterándose en la misma del estallido de la Guerra Civil española. Previamente, su defensa había recurrido la pena que le había sido impuesta ante el Tribunal Supremo, quien terminaría por confirmar la sentencia dictada por la Audiencia Provincial de Pontevedra.

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