Asesina a una joven pareja y se suicida en O Bolo (Ourense)

Panorámica del territorio donde se produjo la gran tragedia

Viajar a la Galicia de hace más de un siglo supone inmiscuirse en un mundo que sino era tenebroso al menos representaba un cierto oscurantismo. Era aquella tierra un territorio eminentemente rural, escasamente conocido, con sobreabundancia de población en las vastas parroquias y aldeas, que comenzaban a ver en la emigración a tierras americanas una salida a las muchas carencias que padecían en aquel incomunicado y lúgubre mundo en el que les había tocado nacer y que parecía renegar de sus propios hijos a los que condenaba con una forzada marcha de la miseria en la que se sumía.

Abundaban los mitos y las leyendas en un país muy atrasado en el que sobrevivir era poco menos que un reto cotidiano. Sin embargo, no eran solo las historias de meigas y trasnos algunas de las muchas fábulas que se narraban y transmitían oralmente de unas generaciones a otras, con la correspondiente deformación que de ello se derivaba, dando lugar a historias que poco o nada tenían que ver con la original, si es que esta se había producido. Se legaban también viejas rencillas, rencores jamás superados y hasta unas cierta rivalidades entre distintos clanes, ya fuesen familiares o de pertenencia a un determinado grupo geográfico, que provocarían alguna que otra tragedia, que todavía se recuerda -como si de una leyenda se tratase- en el lugar en el que acontecieron.

Uno de esos trágicos y terribles episodios que contribuyeron a crear una falsa leyenda negra de la Galicia de la época sucedió en la parroquia orensana de Xava, perteneciente al municipio de O Bolo, cuando se produjo un desgraciado suceso que acabaría costando la vida a tres personas de forma muy dramática y, si se quiere, hasta dantesca y espeluznante, que conmovería especialmente a la comarca de Valdeorras, en la que sucedieron los hechos. En la jornada del 10 de agosto de 1913 algunos vecinos de los muchos que todavía poblaban la zona cuando vivía en un esplendor demográfico que nada tiene que ver con la actualidad, se vieron funestamente asombrados al contemplar los cadáveres de tres personas, dos hombres y una mujer muy jóvenes, que yacían en un pequeño descampado con claras señales de haber sufrido una muerte violenta, en medio de impresiones charcos de sangre. Es más, diríase que muy violenta, como se demostraría más tarde.

En un principio el suceso fue seguido de cierto misterio y hermetismo por la gran estupefacción que causó en aquel pacífico y hasta agradable contorno en el que todos o casi todos se conocían, pues se desconocía como realmente habían acontecido los sangrientos acontecimientos y se barajó incluso la posibilidad de que una cuarta persona pudiese haber intervenido en los mismos. En aquellas fechas se había celebrado una concurrida romería en la parroquia de Xava, que actualmente cuenta con apenas 40 habitantes, en la que se habían dado cita jóvenes y no tan jóvenes de todo el entorno, por lo que en un primer momento se barajó la hipótesis de que aquellas horribles muertes fuesen provocadas a consecuencia de alguna reyerta y que los autores se hubiesen dado a la fuga. Sin embargo, pronto comenzarían a atarse cabos y desenredar aquella enmarañada madeja.

Celos y rivalidades

En la concurrida fiesta celebrada en la referida localidad de Xava se presentó una apuesta joven de una acreditada familia de la vecina parroquia de Valdanta, distante apenas un kilómetro, que respondía al nombre de Dolores García en compañía de un muchacho, convecino suyo, cuyo nombre era el de Andrés Pérez, con quien al parecer había iniciado una relación recientemente tras romper con su antiguo novio, un individuo llamado Tiberio Carracedo, de edad similar a la pareja y que nunca fue capaz de superar el drama que para el representó la pérdida de la mujer con la que se había obsesionado hasta extremos enfermizos.

En el transcurso de la romería, además de gozar de la fiesta en si, los jóvenes bebieron alcohol a lo largo de todo el día e hicieron algunos desafíos unos a otros, en un tiempo en el que era muy habitual que la mayoría de ellos portasen sus respectivas navajas, que representaba falsamente para muchos una señal de autoridad y respeto. De la misma forma, también era muy habitual que las exhibiesen en público retándose unos a otros aunque nunca o prácticamente nunca llegaba la sangre al río. En la fiesta comenzaron ya los enfrentamientos entre Tiberio, que se sentía despechado, y su rival, Andrés, que era quien cortejaba a la apuesta moza que le había dado calabazas. Pese a todo, nada hacía suponer que se iba a producir una gran tragedia como ocurriría horas más tarde.

Tiberio Carracedo jamás fue capaz de asimilar la pérdida de su antigua amada, Dolores García, por lo que decidió acudir a la fiesta bien pertrechado, armado hasta los dientes, ya que además de la habitual navaja portaba también una pistola, un hecho que no era tan habitual, pues las armas de fuego no abundaban en el mundo rural gallego. Concluida la romería, y quizás presa del excesivo consumo de alcohol, acosó a la joven pareja hasta extremos casi inauditos, llegando incluso a intercambiarse repetidos golpes entre los dos contendientes, Tiberio y Andrés. puesto que sus cuerpos presentaban también varios hematomas, según se desprendería de las respectivas autopsias. Desgraciadamente, lo peor todavía estaba por venir.

A lo largo de un camino que separaba el lugar de la romería y en el que fueron encontrados los cadáveres prosiguió el enfrentamiento entre los dos mozos, que tendría su punto culminante en un lugar apartado de las casas en el que, al parecer, tras un pequeño descuido de Andrés Pérez, Tiberio Carracedo lo acometió propinándole una primera puñalada en el abdomen, que le ocasionaría una gran hemorragia. Al ver a su rival ya en el suelo, prosiguió con una sarta de puñaladas en su indefenso enemigo, algunas de los cuales le atravesarían diversos órganos vitales que terminarían por ocasionarle la muerte.

Posteriormente, una vez que se quedó desvalida su antigua novia, al carecer de quien la defendiese, Tiberio Carracedo no dudó en hacer lo mismo con ella, dándoles hasta cinco puñaladas mortales de necesidad, alguna de ellas le atravesaría el corazón y también los pulmones, siendo encontrada la joven pareja en un impresionante charco de sangre y presentando a su vez un aspecto mucho más que aterrador.

Suicidio

Una vez concluido con su macabro plan, consciente tal vez de que una vez descubierto le aguardase la muerte en garrote vil o ya sintiendo que no tenía nada que perder -además del gran estigma social que le acarrearía tan terrible y abominable crimen- Tiberio Carracedo empuñó su arma de fuego y se disparó directamente en una sien, haciendo estallar sus vísceras cerebrales y convirtiéndose así en la tercera víctima de una tragedia que había comenzado con lo que prometía ser un divertido y agradable día de fiesta y que marcaría durante mucho tiempo a toda la comarca de Valdeorras.

Cuentan algunas crónicas de la época que en el entierro de la joven pareja se dieron cita varios centenares de personas de las muchas que en aquel entonces poblaban la localidad de O Bolo, que se aproximaba a las 7.000 almas en aquel entonces, mientras que ahora no alcanza el millar de habitantes y gran parte de sus parroquias y aldeas apenas supera el medio centenar de censados, tal es el caso de Valdanta y Xava, lugares en los que se produjo este trágico suceso.

Tampoco ahorran los medios de comunicación sus reproches contra el asesino, quien, al haberse suicidado, no tenía en aquel entonces derecho a ser enterrado en terreno sagrado en el cementerio, por lo que sus restos mortales fueron a reposar con los desposeídos del paraíso terrenal en un lugar que se reservaba a suicidas, ateos, masones y otras personas que no eran gratas a la moral cristiana, tal y como rezaba la férrea doctrina de la Iglesia Católica. Por contra, en su despedida tan solo se dieron cita sus familiares y algunas personas allegadas, lo que constituía la más clara señal de repulsa y desprecio en un tiempo y una época en la que el honor venía determinado por una hipócrita moral, que rara vez atendía a explicaciones racionales y que era, sin lugar a dudas, la principal base de reputación y decoro.

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