Tragedia de un autocar lucense en el este de Francia

En el año 1991 todavía vivía cierto sector de la sociedad gallega con la resaca de la llegada a la presidencia de la Xunta de Galicia de Manuel Fraga Iribarne, quien, con el paso de los años se terminaría convirtiendo en el gran icono del país gallego de final del milenio. Aquel territorio, que el presidente gallego había abandonado cuando era apenas un chaval, ya no guardaba similitud alguna con el que él mismo había conocido en su más tierna juventud, pese a que todavía quedaban algunas reminiscencias históricas.

Los gallegos habían jubilado, prácticamente de forma definitiva, al tradicional carro del país, que ahora servía como elemento decorativo a la puerta de viviendas, chalés y algunos parques públicos como una añorada pieza de museo de un tiempo que, sino fue mejor, cuando menos parecía más humano y mucho más divertido. En aquellos primeros noventa Fraga Iribarne hubo de hacer frente a algunas contrariedades derivadas de la situación en la que se vivía en el territorio que presidía, haciendo, a veces, casi la función de un virrey.

El primer año de su mandato se encontró con la fiereza de los incendios forestales, cuya lucha casi había convertido en el estandarte principal de su credo político, pese a lo cual aquel año ardieron varios millares de hectáreas devoradas por un fuego destructor y arrasador que parecía no tener fin. Hubo de enfrentarse también a la amenaza terrorista, que tomaba forma en un grupo que se autodenominaba Exército Guerrilheiro do Pobo Galego Ceibe, quien, en 1988, había volado la residencia estival del mismísimo Fraga Iribarne.

No hubo tiempo de tregua. A la contrariedad que suponía el fuego forestal, se sumaba en el verano de 1991, concretamente en la madrugada del 4 de julio de ese mismo año, un terrible accidente de tráfico, ocurrido lejos de tierras gallegas, pero en el que se había visto involucrado un autocar que había partido de Galicia con una excursión de un grupo de alumnos pertenecientes a la Escuela de Artes Aplicadas Ramón Falcón de la ciudad de Lugo. Y es que cuando los siniestros se producen fuera parece que pillan a la gente un tanto desangelada y se genera una preocupación, no exenta de esa tensión y culpabilidad que, en otras circunstancias, suele atenuarse con la ayuda de quienes están más próximos.

Autocar arrollado

En aquella fatídica madrugada un numeroso grupo de estudiantes del centro de artesanía lucense regresaba de una excursión que habían organizado a tierras alemanas con motivo del fin de curso. Muchos de los que viajaban, al encontrarse ya en plena madrugada, iban durmiendo, lo que unido a la oscuridad de la noche impidió la inmediata reacción.

Las causas del siniestro, que se produjo en la localidad francesa de Beçanson, en el este del país galo, nunca estuvieron del todo claras, aunque se supone que el vehículo sufrió un reventón en una de sus ruedas lo que le provocaría que se quedase atravesado en la carretera. Un camión que venía en la misma dirección no tuvo tiempo a esquivarlo y arrollaría al autobús, perteneciente a la empresa Monforte, provocando la muerte de tres de sus ocupantes, entre ellos su conductor Alberto Balboa Díaz.

Inmediatamente las asistencias del país vecino se desplazaron al lugar del suceso con la finalidad de socorrer a todas las víctimas, siendo inmediatamente trasladadas a distintos centros sanitarios de las proximidades. Además del conductor, perecerían en el autocar siniestrado dos alumnas del centro que se encargaba de organizar la excursión. Se trataba de Luisa Fernández y María Dolores Martínez Fuster.

15 heridos

Como consecuencia del trágico accidente, resultarían heridas otras quince personas, todos ellos jóvenes con edades comprendidas entre los 18 y los 28 años. Para poder conocer la evolución de los heridos se organizarían vuelos entre Santiago de Compostela y la localidad suiza de Zürich, que era la más próxima al lugar del siniestro que poseía aeropuerto. Hasta Beçanson se desplazarían, además de los familiares de las víctimas, algunas autoridades del Gobierno gallego y representantes del Gobierno Civil de la provincia de Lugo.

Algunos de los heridos, debido a que presentaban una evolución favorable, fueron trasladados a centros sanitarios gallegos para proseguir con su recuperación. Además, como en otras ocasiones, el accidente trastocaría muchos planes familiares y crearía la lógica preocupación, alarma y confusión de los familiares y amigos de los afectados, y más en estas circunstancias en las que el siniestro se había producido muy lejos de la tierra gallega.

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Cinco niños muertos y 27 heridos en una excursión escolar

Las excursiones escolares han sido siempre un motivo de ilusión y fascinación para los más pequeños. Casi siempre se celebraban en final de curso o en algunos casos en fechas festivas, tales como Semana Santa. No escatimaban, en la mayoría de los casos, esfuerzos ni tampoco ilusión con la venta de distintos productos entre ellos loterías, rifas, pegatinas u otros accesorios con la finalidad de recaudar el tan necesario dinero para poder llevar a efecto las tan esperadas e ilusionantes excursiones escolares, algunas de las cuales terminaron en tragedia, tal y como fue el caso de los alumnos del colegio Vista Alegre, de Vigo, o el de los alumnos de la escuela de Artes Aplicadas Ramón Falcón, de Lugo.

Además de esas dos tragedias hubo otras que tuvieron una especial significación tanto por el numero de víctimas como por la aparatosidad del siniestro, entre las que sobresale la ocurrida en la jornada del 25 de junio de 1992 en la localidad pontevedresa de Silleda, al precipitarse un autocar que transportaba a 40 personas por un desnivel de 30 metros en el lugar de A Rocha, falleciendo cinco niños, con edades comprendidas entre los 13 y 14 años, y resultando heridos de diversa consideración otros 27 compañeros suyos.

El autocar siniestrado había partido de Monforte de Lemos, con alumnos del colegio Divina Pastora, a primeras horas de la mañana de aquellos primeros días de estío con destino ao Grove, dónde los jóvenes iban a disfrutar de unos días de sol y playa. Sin embargo, sus ilusiones se verían bruscamente frustradas cuando apenas pasaban cinco minutos de las diez de la mañana cuando el autocar enfiló el alto de A Rocha de San Sebastián, en el término municipal de Silleda, tomando una curva a la izquierda que, aunque no era demasiado pronunciada, el conductor del ómnibus se aproximó demasiado al borde de la carretera, precipitándose por un barranco. El autobús caminaría a lo largo de 53 metros por la orilla de la calzada antes de producirse el dramático suceso. Además, el autocar llevaba una velocidad prudencial en el momento de producirse el siniestro, pues iba a tan solo 50 kilómetros por hora.

Aplastados

Como consecuencia del desgraciado accidente, cinco de los muchachos que viajaban con destino a las Rías Baixas gallegas fallecerían aplastados por la carrocería del autocar en el momento en que se precipitaba por el barranco abajo. Otros 27 resultarían heridos de diversa consideración, siendo trasladados todos ellos a distintos centros sanitarios gallegos, entre ellos en antiguo Hospital Xeral de Galicia de Santiago de Compostela.

Sobre el asfalto, podían contemplarse algunos de los enseres que habían pertenecido a los muchachos accidentados, entre ellos algunas prendas y calzados deportivos, así como una trágica y dramática pancarta que sería reproducida durante bastantes jornadas en los distintos medios informativos de la época.

En el socorro de los heridos desempeñaría una función transcendental una Brigada Contraincendios de la Xunta de Galicia, que en esos momentos se encontraba levantando una torre de vigilancia en el monte. Un miembro de esta cuadrilla haría un relato desgarrador de los hechos, al comentar que una joven le había fallecido en los brazos después de haberla rescatado malherida del amasijo de hierros a que había quedado reducido el autobús siniestrado.

De igual forma, también se trasladarían al lugar del suceso dos helicópteros del Servizo de Salvamento e Socorrismo de la Xunta de Galicia, que tardarían 45 minutos en personarse en el lugar donde se había producido la tragedia, así como numerosas ambulancias de distintos centros sanitarios de municipios próximos al lugar del accidente.

Incertidumbre y tensión

Durante bastantes horas, debido en parte a la laboriosidad de los trabajos que suponía la excarcelación de algunos de los cuerpos que habían quedado aprisionados en el interior del autocar, entre los progenitores y familiares de las víctimas se generaría una gran incertidumbre y tensión, que no podría ser resuelta hasta las primeras horas de la tarde del día en que se produjo el fatal accidente cuando se facilitó la identidad de las víctimas mortales. El techo y la parte derecha del autocar, las más afectadas, quedarían completamente aplastadas, dificultando enormemente el rescate de los cuerpos de los jóvenes fallecidos.

En los centros sanitarios a los que fueron trasladados los heridos, algunos muchachos narrarían las escenas vividas en el interior del autocar en el momento de producirse el siniestro. Una de las heridas decía que en un principio aquello parecía un bache enorme, ya que pudo contemplar como un gran número de compañeros suyos caían sobre su cuerpo sin que pudiese hacer nada, para finalmente desmayarse y, al despertar, ver el autocar tumbado.

Mención aparte merece la reacción del autocar, un joven de 30 años, que, como consecuencia del accidente, que sería achacado a un fallo humano, sería presa de una profunda crisis nerviosa. Durante su estado de schock, del que tuvo que ser atendido en una clínica, el hombre se autoinculpaba de haber cometido un acto criminal.

Con la muerte de estas cinco criaturas se elevaba a un total de 125 la cifra de niños muertos en los distintos accidentes de autobús que, hasta aquel entonces, se habían registrado en España.

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45 niños y cuatro adultos muertos en el río Órbigo

Rescate del autobús siniestrado en el río Órbigo

La España de hace 40 años estrenaba consistorios democráticos, tras pasar más de 40 años sin procederse a la renovación de unas viejas instituciones descuidadas y caducas a las que por fin llegaba un más que necesario soplo de aire fresco. También en Galicia había nuevos alcaldes y concejales elegidos a través de las urnas, aunque seguía planeando todavía la sombra de aquellos viejos caciques que ahora se disfrazaban de demócratas de última hora para poder seguir detentando un poder que pretendían patrimonializar. Sin embargo, la irrupción de los vientos de libertad estaba siendo más que imparable y parecía aventurarse un prometedor tiempo de ilusión y esperanza en el que los gallegos iban a finiquitar la sempiterna imagen de andar detrás de un arado romano o tras una yunta de bueyes o vacas. Aún así, quien podía seguía buscando fortuna allende los límites que marcaban las cordilleras gallegas, ya que en el noroeste peninsular seguía siendo muy complicado prosperar.

Cuando se había cumplido justo una semana de la elección de las corporaciones democráticas, el 10 de abril de 1979, martes de Semana Santa para más señas en una época en la que las sotanas iniciaban su vertiginosa decadencia, los gallegos y también el resto de los españoles se sobresaltaron a media tarde con una desgraciada y trágica noticia. Unos muchachos y sus maestros, todos ellos pertenecientes al colegio Vista Alegre de Vigo, perecían en las aguas del río Órbigo a consecuencia de un trágico accidente de tráfico que sufría el autobús en el que viajaban de regreso a la ciudad olívica. Habían aprovechado el paréntesis vacacional para efectuar una excursión a Madrid. Sin embargo, y por desgracia, jamás regresarían junto a los suyos debido a una de las muchas fatalidades que ocurren en las carreteras.

Demasiadas adversidades

Cuando en cualquier siniestro se producen muchas víctimas, ya sea de carretera, ferrocarril o aéreo, suelen juntarse un cúmulo de circunstancias que contribuyen de forma decisiva a magnificar la tragedia. Este desgraciado suceso no fue ajeno a esa suma de infortunios. Cuarenta años dan para hablar largo y tendido sobre que pasó o dejó de pasar, dando lugar a un sinfín de teorías y conspiraciones que jamás podrán poner de acuerdo al común de los mortales. Lógico, por otra parte. Este caso no iba a ser menos.

En un principio se apuntó al exceso de velocidad como el causante del siniestro. Se habló de que el conductor había enfilado con demasiada rapidez la curva en la que se alza el puente que se sostiene sobre el río Órbigo, en el término municipal de Santa Cristina de la Polvorosa, en la provincia de Zamora. El autocar solo había recorrido cuatro kilómetros sobre una carretera ancha y en buen estado, la Comarcal-650, que une las localidades de Ourense y Benavente, cuando derrapó sobre la sinuosidad que tomaba. Su parte trasera tocaría con el pretil del puente a consecuencia de lo cual el vehículo patinaría hasta el otro lado de la carretera precipitándose al río Órbigo.

Además de producirse el siniestro en el sitio menos indicado, hay que añadir que el caudal del efluvio era muy superior, hasta seis veces más, al que acostumbraba a llevar normalmente, debido a las lluvias caídas en aquella pluviosa primavera. El lugar al que fue a caer el autobús era uno de los puntos más profundos del cauce fluvial, con una hondura que podía llegar a los ocho metros, lo que contribuiría de forma decisiva a agrandar la de por si ya enorme magnitud de una tragedia que teñiría de luto la Semana Santa de los españoles.

Otra de las causas a las que se atribuyó el accidente fue al hecho de que el conductor del autocar llevase los ojos llorosos e irritados como consecuencia de que alguno de los jóvenes viajeros le hubiese echado polvos de pica-pica, circunstancia esta que le habría dificultado la visión o la atención al volante, provocando una aterradora catástrofe en la que perderían la vida hasta un total de 45 niños y 4 adultos, tres maestros y el conductor del autocar.

Solamente once personas se salvarían de perecer en aguas del río Órbigo, entre ellos un soldado que cumplía en ese momento el servicio militar, quien había sido recogido en una localidad en la que el autobús hizo una parada técnica. Al parecer, el mozo era amigo de uno de los profesores que viajaban al frente de la expedición y le conminó a que viajase con ellos.

Los vecinos y la desorganización

Una vez más, como ha sido muy habitual en todas las catástrofes y tragedias que han tenido lugar a lo largo de toda la geografía española, es de reseñar la función que desempeñaron los vecinos de la localidad para socorrer a las víctimas de este siniestro. Incluso algunos jóvenes de Santa Cristina de la Polvorosa se arrojaron a las frías y turbulentas aguas del Órbigo, que en ese momento llevaba un enorme crecida, contribuyendo a salvar algunas vidas, además de rescatar a algunos cuerpos inertes que flotaban sobre el cauce del efluvio zamorano. En este sentido es muy de destacar el arrojo demostrado por José Castro Fernández, un padre de siete hijos, que mostraría un extraordinario valor auxiliando a los damnificados. Además, sería gracias a dos piragüistas voluntarios como se rescataron los cuerpos de dos de las víctimas, los primeros en ser recuperados del agua, que fueron encontrados a casi tres kilómetros del lugar de donde se había producido el suceso.

Pese a que desde el primer instante se movilizaron a cuerpos y fuerzas de seguridad del Ejército, así como buzos y equipos de hombres-rana, al día siguiente al suceso se vivirían dramáticas escenas de tensión entre los padres de las víctimas y las autoridades allí congregadas. Los familiares de quienes habían perecido en las aguas del Órbigo se quejaban amargamente de que en lugar del siniestro se estaban congregando muchos uniformes y coches oficiales, pero no se hacía absolutamente nada para rescatar a sus vástagos que todavía permanecían hundidos en aquel lúgubre charco de tragedia y desolación. Incluso, elevarían sus protestas ante la Reina de España, Doña Sofía, hoy en día Reina emérita, quejándose de la actitud de las autoridades a la hora de rescatar a sus hijos. De la misma forma, un coronel del Ejército sería el blanco de las críticas y la ira de alguno de aquellos progenitores en un tiempo en el que la institución militar seguía manteniendo un carácter poco menos que sagrado.

Los primeros féretros con los cuerpos de los fallecidos en tan fatal accidente llegarían a Vigo en un tren especial, siendo recibidos en la estación de la ciudad olívica por más de 3.000 personas que de esta forma pretendían mostrar su apoyo a las familias de las víctimas. Transcurrida una semana del desgraciado suceso, todavía quedaban por recuperar cinco cadáveres. Esa inusual tardanza, unida a la resquebrajada organización, era aducida en base a que muchos de los equipos de rescate se encontraban disfrutando de las vacaciones de Semana Santa. Increíble, pero cierto.

En la localidad en la que se produjo el accidente, Santa Cristina de la Polvorosa, se erigiría un monolito en honor de las personas allí fallecidas. Aunque este monumento fue prometido por el alcalde a las escasas semanas de haberse producido el siniestro, no sería hasta el vigésimoquinto aniversario del mismo cuando se inauguró oficialmente. El recuerdo a las víctimas se perpetuaría con la dedicatoria de una plaza a la ciudad de Vigo en el mismo municipio.

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32 personas carbonizadas en el accidente de Cans

Viajar a la Galicia de la década de los cincuenta es como viajar a otro país completamente distinto que, poco o nada, guarda relación con el actual territorio gallego. Era una región muy deprimida, con escasas comunicaciones, donde la única salida que les esperaba a los más jóvenes era una eterna e injusta emigración. Estaban cambiando sustancialmente los lugares de destino de los gallegos, pero no el sino con el que habían nacido. Además, era un territorio inmensamente rural muy poco evolucionado, con ancestrales técnicas de cultivo carentes de cualquier moderna.

Los índices de desarrollo humano seguían siendo bajísimos, similares a tiempos anteriores a la Guerra Civil. A todo ello se unía una contumaz dictadura que impedía una mínima evolución humana y profesional que repercutía muy directamente en una sociedad que apenas progresaba. Para subsistir había que trabajar mucho y muy duro alcanzando muy bajos rendimientos. Solo aquellos que se servían de la picaresca, entre ellas el contrabando, conseguían burlar un destino que parecía darles la espalda a aquellos paisanos de la esquina verde peninsular que se conformaban con poco, o por decirlo claramente, muy poco.

El tradicional lugar de negocios, que hoy está muy devaluado, solían ser las ferias y mercados a donde se desplazaban ingentes cantidades de personas a efectuar transacciones con sus productos, mayoritariamente agrícolas y ganaderos, siendo los eventos comerciales por excelencia de una época bastante infame en la que solo vivían dignamente unos pocos. A uno de esos eventos se dirigía un autocar que, habiendo salido de la localidad de Ponteareas, se dirigía hacia Porriño en la mañana de un sábado, 26 de febrero de 1955, pereciendo un total de 31 personas por carbonización al incendiarse el autobús en que viajaban.

Choque

Nunca se aclararon realmente las circunstancias de aquel trágico suceso o, tal vez, no interesó aclararlas, aunque según informaciones recogidas de la prensa de la época el autocar, al llegar a una fatídica curva, impactó contra una piedra de enormes dimensiones en la zona aledaña a la escuela de la parroquia de Cans, en O Porriño, volcando sobre la única puerta de la que entonces disponía el autocar, que todavía carecía de salida de emergencia. Inmediatamente se produjo una especie de explosión que provocaría el incendio del vehículo pereciendo abrasados una gran parte de sus ocupantes. Al producirse el siniestro en las inmediaciones de un centro escolar, los niños fueron testigos presenciales de como el fuego acaba con la vida de las personas que iban a bordo del autobús.

Al igual que en todas las tragedias, y mucho más en aquella época, la actitud de los vecinos fue fundamental para socorrer a las víctimas, destacando en este caso el maestro de Cans, Carlos Díaz Álvarez, quien fue el primero en personarse en el lugar del accidente. El docente rompería el parabrisas del autocar y así permitió la salida del conductor, Antonio González Caballero, quien sería detenido e incomunicado. Además de esta persona, salvaron la vida otras 16 más, aunque ocho resultarían gravemente heridas. Una mujer gravemente herida, a la que se añadían múltiples quemaduras, fallecería días más tarde en un centro sanitario.

Los cadáveres de los fallecidos fueron expuestos en una finca próxima al lugar de los hechos para que sus familiares pasasen a identificarlos para posteriormente darles sepultura. En este sentido destaca el hecho que de la parroquia de Budiño, perteneciente al municipio pontevedrés de Porriño, fallecieron un total de doce personas en este siniestro. El resto de personas que habían perdido la vida eran de Redondela, Ponteareas y Pontevedra.

Las indemnizaciones por cada fallecido en este siniestro serían muy exiguas, incluso para la época, pues solamente alcanzaban las 60.000 pesetas(360 euros). En este sentido cabe destacar que también recibieron una cantidad de 250 pesetas (1,5 euros), las personas que ayudaron en la excarcelación de heridos y fallecidos. Como homenaje póstumo a quienes perdieron la vida en este trágico accidente se levantaría años más tarde una pequeña lápida en recuerdo y honor de quienes perdieron la vida en un siniestro que marcaría para siempre a la parroquia de Cans, mucho más que su ya tradicional festival de cine. No es para menos.

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