Descuartiza a su esposa y la entierra en el jardín en Vigo

Parroquia de Beade, en Vigo, lugar donde ocurrió la tragedia

A mediados de la década de los noventa en Galicia se vivía un progresivo proceso de urbanización constante que estaba dejando atrás el viejo concepto de los micronúcleos rurales que habían sido a lo largo de varios siglos el común denominador de su población. A la cabeza de aquella Galicia se encontraba un ya veterano político, Manuel Fraga Iribarne, quien ya celebraba sus bodas de oro a bordo de un coche oficial, quien muy recientemente había traído al dictador cubano Fidel Castro a conocer la tierra de sus ancestros, aunque jamás consiguiese convencerle de las ventajas que supone una democracia plural.

La crónica negra gallega había dejado en aquellos años algunos trágicos episodios de los que les llevaría algún tiempo reponerse a los gallegos de la época. En 1994 se habían producido diversos acontecimientos sangrientos, algunos de gran calibre como fue el caso de la matanza de Nigrán, perpetrada por dos policías o el doble crimen de un polígono industrial lucense que sigue todavía sin resolverse. Desgraciadamente, algunos hechos trágicos se repetirían al año siguiente en diferentes puntos de Galicia, siendo el sur uno de los lugares afectados por un truculento acontecimiento que conmocionaría profundamente a todo el entorno de las Rías Baixas galegas.

El día 11 de marzo de 1995 un amigo se dirigió a la casa de Antonio Rodríguez Martínez, un joven de 26 años, que vivía con su esposa Ana Isabel Rivas, de 25 en la parroquia viguesa de Beade. Mantuvieron una breve conversación en el transcurso de la cual el primero le preguntó a su anfitrión dónde se encontraba su mujer, a lo que este último contestó que le había dado muerte. Extrañado por esta respuesta y la frialdad con la que la pronunciaba, optó por no creer su contestación, aunque pasado algún tiempo y al no ver a la joven en la vivienda comenzó a dar credibilidad a sus palabras, que -en un principio- las había tomado a broma, de muy mal gusto por cierto.

Denuncia

El amigo de Antonio Rodríguez al sentirse extrañado por la ausencia de Ana Isabel Rivas decidió acudir a la Comisaría de Policía de la ciudad olívica para denunciar el presunto asesinato. En un principio, al igual que le había sucedido a él, los agentes tampoco dieron mucho crédito a su relato. A pesar de todo, decidieron investigarlo trasladándose a la parroquia de Beade, donde supuestamente se había cometido un crimen.

Encontraron al joven en su casa y le preguntaron de forma reiterada por su esposa, dónde se encontraba. En un principio, como suele suceder en estos casos, Antonio respondió con muchas evasivas y con un relato incoherente y hasta un poco irracional, pero los agentes enseguida se dieron cuenta de que allí había sucedido algo raro. Sin embargo, ante la insistencia de los policías el joven terminaría derrumbándose y confesando la verdad de los hechos. Finalmente llevaría a los policías hasta el lugar donde había sepultado a su esposa en una maleta.

Los miembros del cuerpo nacional de Policía se verían horrorizados al contemplar con estupefacción el deplorable estado en que se hallaban los restos de Ana Isabel Rivas, quien había sido asesinada el día anterior, 10 de marzo de 1995. Además de confesar el crimen que le había costado su vida a su mujer, había profanado su cadáver, el cual presentaba una desfiguración prácticamente total de su rostro al ser rociado con algún ácido muy abrasivo. Posteriormente, su cuerpo sería trasladado a un tanatorio donde se le practicó la correspondiente autopsia, mientras que Antonio Rodríguez ingresaría en prisión provisional sin fianza.

La idea de descuartizar su cuerpo le sobrevino en el momento de darle muerte para así poder enterrar mejor el cadáver. En cuanto al hecho de que la hubiese rociado de ácido podría estar motivado por la circunstancia de intentar dificultar la labor de los investigadores en el hipotético caso de ser descubierto, aunque también podría estar motivado por el odio que sentía hacia su compañera y que incapaz de disimular.

Malos tratos

Al parecer, según comentarios de los vecinos de la parroquia de Beade, el joven criminal era muy habitual que le dispensase malos tratos a su esposa, pues se escuchaban constantemente disputas entre la pareja, aunque nadie podía imaginar un final tan trágico ni mucho menos tan macabro.

Ana Isabel Rivas era conocida en los medios policiales por las numerosas denuncias que había presentado contra su marido en la comisaría viguesa. Además, la pareja había pasado algún tiempo separada, pero después habían reiniciado una relación que terminaría volviéndose trágica.

Antonio Rodríguez Martínez sería condenado por la Audiencia Provincial de Pontevedra a 25 años de prisión por el asesinato de su esposa, además de satisfacer con diez millones de pesetas(60.000 euros actuales) a los herederos de la víctima.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Anuncios

Dos gemelas entierran viva a su hija recién nacida en Lugo

Parroquia de San Xurxo de Augas Santas, lugar dónde ocurrió el macabro suceso.

El año 1992 pasaría a la historia, no solo por las Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla, sino también por diversos sucesos truculentos. Muchos de estos desgraciados acontecimientos ocurrieron en Galicia, siendo sus tristes protagonistas hasta un total de cuatro niños, quienes perderían la vida a manos de personas desalmadas y crueles.

En dos de estos hechos de triste recuerdo, los criminales utilizaron el mismo sistema, que no fue otro que enterrar vivos a sus criaturas, como si de un macabro ritual se tratase. Uno de ellos ocurrió en Vigo en el mes de febrero. Apenas cuatro meses más tarde, cuando los gallegos todavía no se habían repuesto del trágico «Crimen de la maleta» -en el que había sido asesinado un niño por una socia de su madre-, dos hermanas gemelas, que se encontraban embarazadas al mismo tiempo, decidían terminar con la vida de uno de los bebés recién nacidos el día 18 de mayo de 1992 y darle sepultura inmediata en el terreno anexo a su vivienda en la parroquia de Augas Santas, en el municipio de Palas de Rei.

El hecho criminal sería descubierto unos días más tarde. La madre de ambas hermanas gemelas, Concepción y Ana María Vázquez, decidió llamar a un médico de la localidad de Palas de Rei en vista que el estado físico de la primera, que presentaba una hemorragia perineal, para que tratase a su hija, quien no estaba dispuesta a recibirlo. Para poder intervenir el galeno debió de acudir acompañado del juez de paz y dos agentes de la Guardia Civil, quienes muy pronto esclarecerían las circunstancias de aquel trágico acontecimiento.

Encerradas en la habitación

Según se dedujo de las investigaciones realizadas, el día en que Concepción rompió aguas se encerró en la habitación con su hermana, quien la asistió en el parto, aunque sin ninguna experiencia ni tampoco conocimiento de la situación que vivía su gemela. Una vez que la criatura nació, ambas hermanas la introdujeron en una bolsa de plástico y le dieron sepultura, cuando se supone que aún estaba viva, en el terreno próximo a la vivienda. Poco después, amenzarían duramente a su madre con matarla si contaba algo de lo que había sucedido.

En vista que la situación de su hija no mejoraba, la madre de la parturienta se dirigió a un teléfono público para dar aviso a un médico y también a los agentes de la Benemérita, quienes encontrarían el cuerpo de la pequeña en el lugar donde les había indicado Concepción, la joven que había dado a luz. Su madre declararía a las cámaras del centro de TVE en Galicia que el bebé había sido asesinado por sus hijas.

Al descubrir el crimen, los agentes procedieron a la detención de la joven, quien sería detenida en el acto, aunque ingresaría en un principio en el Hospital Xeral de Lugo para poderse recuperar de la hemorragia que había sufrido como consecuencia del parto. De igual modo, también sería detenida su hermana, Ana María, quién también se encontraba embarazada, por su complicidad en el crimen. Ambas ingresarían en el penal de Bonxe.

Al parecer la familia de las jóvenes que mataron a la criatura estaba pasando por diversas adversidades de carácter patológico, ya que el padre de las gemelas que dieron muerte a la criatura comenzaba a presentar algunas señales de un cuadro de esquizofrenia.

Las dos autoras del crimen que dejaría estupefacta a Galicia -y muy especialmente a la provincia de Lugo- serían condenadas por la Audiencia Provincial de Lugo a sendas penas de 20 años de prisión cada una de ellas.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Un marinero asesina a un taxista en A Coruña arrojándolo al mar

Los profesionales del taxi se juegan la vida cada día. A diario son muchas las noticias que podemos leer en la prensa en las que estos conductores son objetivo de rateros y delincuentes habituales, que tan solo aspiran a hacerse con unas nimias cantidades de de dinero con las que dan el cambio a sus muchos clientes. Lo peor de todo, y no son poca veces, es cuando los taxistas son víctimas de un asesinato. Por desgracia, esto último no es nuevo.

Ya en la década de los sesenta del pasado siglo, en pleno franquismo, eran víctimas de robos e incluso de asesinatos, pese a la supuesta mano dura que ejercía el régimen con los delincuentes. Incluso, este tipo de actos delictivos llegaba a una Galicia escasamente desarrollada y masivamente rural en la que la práctica totalidad de sus muchos vecinos del mundo rural se conocían y se vivía, aparentemente, en un ambiente de común armonía.

Esa buena sintonía entre los gallegos de aquella se época se vio bruscamente alterada una noche de un ya lejano 16 de marzo del año 1963 cuando aparecía un taxista brutalmente asesinado en el muelle del este de la ciudad de La Coruña, una urbe muy tranquila y en constante expansión, que en esos momentos se estaba jugando el liderazgo de primera ciudad gallega con el rival de sur, Vigo.

Alrededor de las diez de la noche, en la parada de taxis del barrio herculino de Cuatro Caminos, un joven marinero de tan solo 19 años, José Ramón Santiago Fernández, natural del municipio coruñés de Muros, le requirió los servicios a un joven taxista de 32 años, Antonio Verdura López, originario de la provincia de León pero que ya llevaba algún tiempo afincado en A Coruña. Le solicitó que lo llevase hasta el muelle del Este. Una vez allí, el infortunado profesional le requirió que le abonase las 32 pesetas (0,22 euros actuales) que costaba su servicio. José Ramón Santiago había abandonado el barco en el que trabajaba, pues debía incorporarse al servicio militar, por lo que había cobrado la suculenta cantidad de 3.200 pesetas (19,23 euros actuales), una buena cifra para la época, teniendo en cuenta que muchos salarios no alcanzaban las mil pesetas mensuales.

Arrojado al mar

Una vez llegaron al punto de destino, el joven marinero sorprendió al taxista lanzándole una pequeña cuerda al cuello, que pillaría desprevenido al conductor, quien mantuvo un forcejeo con el muchacho. Finalmente debido, quizás a la mayor envergadura de este último, el taxista sucumbiría ante Santiago Fernández, quien lo arrastraría desde el interior del vehículo durante varios metros. Antonio Verdura llevaría un golpe en la cabeza al golpearse contra el suelo en el momento en que era arrastrado por su verdugo que le hizo perder el conocimiento, aunque todavía se encontraba con vida, según detallaban los informes forenses que le fueron practicados.

Una vez inmovilizada su víctima, procedió a registrarle sus pertenencias, tanto el vehículo como sus ropas, hallando 810 de pesetas (4,87 euros) de las que se apoderaría de inmediato. Para evitar en lo posible ser descubierto, José Ramón Santiago arrojaría su cuerpo al mar, cuando todavía se encontraba con vida, pero con un traumatismo en la cabeza a consecuencia del golpe recibido al impactar su cabeza en el cemento. Su cuerpo aparecería boyando al día siguiente en las aguas del puerto coruñés.

El joven asesino del taxista también intentaría conducir el vehículo de Antonio Verdura, pero su impericia sería un factor determinante en su delación. El joven fue visto en la avenida Primo de Rivera de A Coruña tratando de hacer arrancar el coche, solicitando para ello la ayuda de un conocido industrial coruñés, quien le reconocería como el hombre que pretendía conducir el coche del taxista asesinado, pero se daba la paradoja de que, además de carecer del pertinente permiso, tampoco sabía manejar vehículos a motor. El taxi se le había calado y no era capaz de arrancarlo por lo que solicitaba ayuda para que se lo empujasen.

Detención

Después de realizar las pertinentes investigaciones, contando ya con un buen número de datos, en la jornada del 29 de marzo, casi dos semanas después del crimen, la Brigada de Investigación Criminal herculina se trasladaba a Muros, el municipio natal del asesino, para proceder a su detención. José Ramón Santiago se encontraba en la casa de sus padres y al día siguiente debía personarse en la Ayudantía de Marina de aquella localidad para incorporarse a filas al servicio militar.

En su declaración ante el juez, el joven alegó en su descargo que el día de autos no llegó a tiempo para tomar el último autobús de línea regular que cubría el trayecto entre la capital de la provincia y la localidad costera de la que era originario, por lo que requirió los servicios de un taxista. Negó que tuviese intención de asesinarlo y que su caída al mar había sido totalmente fortuita, fruto del forcejeo que mantuvieron. Además, señalaría que se había apoderado del vehículo del taxista para desplazarse hasta Muros. Sin embargo, los informes forenses jugaron en su contra, pues se constataba que el golpe en la cabeza recibido por la víctima se había producido con anterioridad a su caída al agua.

Seis meses más tarde se celebraría el juicio contra el autor del asesinato del taxista coruñés, un suceso que conmovió de sobremanera a la ciudad de A Coruña, que siempre se ha caracterizado por su gran tranquilidad. José Ramón Santiago sería condenado a 20 años de cárcel, acusado de un delito de asesinato con robo. Además, debía indemnizar a los familiares de la víctima con la cantidad de 75.000 pesetas(450 euros actuales).

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Asesinado a tiros el propietario de una Gasolinera en O Pino (A Coruña)

Gasolinera

Quizás el hecho de trabajar en una gasolinera, ya sea como empleado o propietario, es una de las profesiones más arriesgadas que existen, principalmente cuando hay que hacerlo en horario nocturno. No han sido pocas las personas que han perdido la vida a causa de sucesos sangrientos, al creer los asaltantes que en ellas había una ingente cantidad de dinero que ha servido la mayoría de las veces para pagar deudas contraídas con el siempre tan traído y llevado tráfico de drogas, que tuvo su especial cénit en Galicia a mediados de la última década del siglo XX.

Uno de esos trágicos acontecimientos, que haría correr ríos de tinta en la prensa, fue el asesinato de un empresario gallego, Luciano Barral Moledo, de 47 años de edad, quien perecería el 17 de octubre de 1995 en la parroquia de Arca, en el municipio de O Pino -muy próximo a Santiago de Compostela-, cuando los asaltantes de la gasolinera de su propiedad lo descerrajarían de dos disparos efectuados a muy corta distancia para llevarse la recaudación de esa fatídica jornada.

Alrededor de las nueve de la noche de ese día, cuatro hombres que actuaron con el rostro cubierto por pasamontañas se acercaron hasta la gasolinera de Lucindo Barral exigiéndole que entregase la recaudación que había en la caja, circunstancia a la que el empresario no opuso resistencia alguna. Sin embargo, los asaltantes no se conformaron con el dinero y uno de ellos, que jamás fue descubierto, le disparo a quemarropa dos disparos con una escopeta de cañones recortados.

En brazos de su hijo

Malherido y prácticamente sin fuerzas, dejando un impresionante reguero de sangre, el hombre intentó alcanzar la oficina para llamar por teléfono, pero desgraciadamente acabaría desplomándose y terminaría falleciendo prácticamente en el acto en los brazos de su hijo de tan solo seis años de edad, que acudió a auxiliar a su padre. A pesar del estado de extrema gravedad que presentaba, Luciano sería trasladado al Hospital Xeral de Galicia, en Santiago de Compostela, en el que no pudieron hacer otra cosa que certificar su muerte. La víctima dejaba viuda y tres hijos muy jóvenes.

A partir de ese momento se sucedieron las incógnitas en torno a quien podría haber cometido tan repugnante y terrible crimen que consternaría a toda la comarca compostelana y al resto de Galicia. Al día siguiente comenzaban las pesquisas y se encontraba el coche, marca Ford, modelo Escort, que los atracadores habían utilizado para perpetrar el robo y el crimen que le había costado la vida al empresario gallego. En su interior se recogió una muestra de sangre, así como otros restos biológicos que se encontraban en una bolsa, lo que representaba un importante avance en las investigaciones. Posteriormente, se produjo otro robo en otra gasolinera del vecino municipio de Dodro, que la Guardia Civil atribuyó a la misma banda.

Durante muchos años los investigadores no cejaron en el empeño de detener a los autores del crimen. Casi nueve años más tarde, en abril de 2004, eran detenidas cuatro personas en relación con el asalto y posterior asesinato del empresario gallego. El principal encausado era un hombre joven, de 34 años de edad, en el momento de ser detenido, quien tenía decenas de antecedentes policiales por hechos similares y otras tres personas que le acompañaban, también viejos conocidos de las fuerzas de seguridad. Todos ellos, vecinos de la localidad de Carballo, ingresarían en la prisión coruñesa de Teixeiro, tras prestar declaración ante el juez titular de Arzúa.

Absuelto

En su declaración, el principal encausado -que respondía a las iniciales de J.C.B.- negó en todo momento, así como el resto de detenidos, haber participado en ningún robo a gasolineras, ni tampoco en el de ningún coche. Contaba en contra con la declaración de un confidente de la investigación que había facilitado importantes datos para proceder a la detención de esta persona. Según se desprende de la documentación examinada, los detenidos no cometieron ninguna torpeza ni tampoco ninguna contradicción.

En junio del año 2005 se celebró el juicio contra el acusado de haber dado muerte a Luciano Barral en la Audiencia Provincial de A Coruña. El fiscal encargado del caso solicitaba una pena de 26 años de cárcel para J.C.B., sin embargo resultaría absuelto al constarse que no respondía a las características físicas descritas por el asalto cometido en la gasolinera de Dodro. Al parecer, según un testigo, el asaltante era un hombre bajo y fuerta, que no correspondía en modo alguno contra el principal acusado.

De la misma manera, los restos biológicos hallados en el interior del vehículo no resultaron ser prueba suficiente contra el encausado, ya que no se pudo constatar que perteneciesen al mismo. Los investigadores también habían recogido en el lugar de los hechos algunos cristales y los cartuchos empleados en el asesinato de Luciano Barral, que tampoco servirían de mucho, ya que el Tribunal encargado de dirimir el caso entendió que no guardaban relación alguna con el detenido.

Este desgraciado crimen, al igual que muchos otros, ha pasado a engrosar la larga nómina de casos sin resolver que se amontonan en las comisarías y cuarteles de la Guardia Civil de Galicia.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Estrangula a sus dos gemelas recién nacidas en A Cañiza (Pontevedra)

Puente romano en Valeixe (A Cañiza)

Ya se ha recordado en alguna ocasión que el año 1987 fue más movido de lo que cabría esperar en Galicia. Una moción de censura, a la que siguió unas denuncias por corrupción y -posteriormente- el naufragio de un barco en la Costa da Morte que supuestamente transportaba alguna materia muy peligrosa, seguido de una nefasta gestión de la crisis por parte de las autoridades gallegas de la época, provocarían un alza de la temperatura política y social en la comunidad gallega de la que no estaría exenta el año siguiente que vendría cargado de numerosos acontecimientos.

En medio de ese por si ya tenso clima social se producirían algunos sucesos que se vieron relegados a un segundo plano por la cantidad de asuntos que debían tratar los medios informativos de la época. Uno de esos hechos tendría un gran impacto por lo macabro que resultó en su día, siendo más propio de una película del mejor Hitchcock que de una sociedad que estaba haciendo su transición del mundo rural hacia el urbano.

En los últimos días de diciembre de 1987 en el puesto de la Guardia Civil de A Cañiza, una localidad que aparece en los informativos por sus gélidas temperaturas, se recibía una llamada anónima en la que se les daba cuenta de que una mujer de la parroquia de Valeixe que respondía al nombre de Rita P., que contaba con 26 años de edad, habría podido deshacerse del hijo o hijos que esperaba de su embarazo. En este sentido, también habría sido informado el sacerdote de la misma localidad a través de una carta anónima que le habría dirigido un feligrés.

Sepultadas en una huerta

Según todos los indicios de los que disponían las fuerzas de seguridad, la mujer, que ya era madre de dos niños de diez y doce años respectivamente, habría alumbrado a las niñas sin ayuda ninguna. Posteriormente, habría procedido a estrangularlas con la cinta de un mandil que usaba para tareas caseras. Sin embargo, el misterio no terminaba ahí, ya que una vez muertas, las criaturas habrían recibido sepultura en una huerta anexa a la casa en la que vivía, popularmente conocida en Galicia como cortiña.

La mujer, que en el momento de producirse los hechos se encontraba separada de su marido, habría ocultado su embarazo a los vecinos durante mucho tiempo alegando que sufría un tumor y que se encontraba en lista de espera para ser sometida a una intervención quirúrgica. En un principio nadie sospechaba que se pudiese haber cometido un crimen, pero las indagaciones de la Guardia Civil les hicieron sospechar la existencia de un posible infanticidio, tal y como así era.

Dadas las sospechas existentes, se procedió al interrogatorio de la mujer, quien pronto se desmoronaría ante las preguntas de los agentes y terminaría por confesar que había enterrado a sus hijas en la huerta que se encontraba en las inmediaciones de su casa. Los miembros de la Benemérita, provistos de las pertinentes herramientas, iniciaron una excavación que confirmaría sus peores sospechas. En aquel terreno se encontraron los cuerpos de las pequeñas que, debido a las bajas temperaturas que se registraban en aquellos últimos días de noviembre de 1987, habrían sido preservadas de la descomposición.

Encubridor

La autora material del crimen no sería la única encausada, sino que los agentes del instituto armado procederían también a la detención de un hermano de la asesina por considerar que había participado como encubridor al no delatar a Rita P. En días posteriores, esta última ingresaría en un centro sanitario de Pontevedra para reconocer su estado de salud y comprobar también en que momento habría dado luz a las dos pequeñas que terminaría asesinando.

El suceso produciría una gran consternación en la localidad de A Cañiza, ya que la autora de los infanticidios era una mujer muy conocida en la zona. Ella convivía junto a sus padres en el mismo inmueble, quienes se encontraban con problemas de salud. La madre sufría graves problemas de visión, en tanto que su progenitor sufría una importante lesión auditiva.

Rita P. sería condenada por la Audiencia de Pontevedra a 40 años de prisión en el juicio celebrado en mayo del año 1989, en tanto que su hermano recibiría una condena de seis años de cárcel, en calidad de encubridor.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Un taxista de Santiago asesinado a puñaladas en Ordes (A Coruña)

Parada de taxis

A nadie se les escapa que la profesión de taxista es una de las más arriesgadas que han existido y existen. Los profesionales del volante se encuentran en muchas ocasiones con todo tipo de personas, algunas de las cuales dejan mucho que desear en cuanto a comportamiento personal. Galicia siempre ha sido uno de los lugares más tranquilos para ejercer tan digna profesión, aunque en más de una ocasión hubo que lamentar víctimas mortales. En casi todas ellas el consumo de estupefacientes estaba detrás de esos trágicos acontecimientos que consternaron de sobremanera a una sociedad, como la gallega, en la que muy rara vez suceden hechos sangrientos.

Una de esas ocasiones en las que se sobresaltó la esquina verde del noroeste peninsular por la fatal suerte de un taxista fue en la jornada del sábado, 20 de febrero de 1999, en la que José María García Corral, un profesional del taxi compostelano, de 55 años de edad, era literalmente cosido a puñaladas por uno de sus clientes, Manuel Antonio Prado Riveiro, un joven toxicómano de 25 años nacido en la localidad costera de Carnota, en el municipio de Ordes, que dista poco más de 25 kilómetros de la capital gallega.

Los hechos se iniciaron a medianoche del día de autos en la parada de taxis de la Praza Roxa compostelna, cuando el taxista fue requerido por un joven para que le llevase a Ordes, una localidad que es conocida por su marcha, aunque al parecer Prado Riveiro se dirigía a la misma con la finalidad de adquirir droga, porque se encontraba bajo los efectos del síndrome de abstinencia. El muchacho le ordenó a García Corral que tomase la calle de A Igrexa, muy mal iluminada y escasamente transitada. Era el lugar que había elegido el cliente para asaltar al taxista, libre de miradas indiscritas.

Doce puñaladas

El callejón, en el que prácticamente no había ninguna persona a esa hora de la noche, Manuel Antonio solicitó al conductor, un hombre de constitución fuerte, que le diese la recaudación que llevaba encima, después de amenazarle con un cuchillo de 20 centímetros que le había colocado a la altura del cuello. La negativa del taxista a las pretensiones del joven provocaron su enfurecida reacción propinándole al menos doce puñaladas que serían mortales de necesidad.

El agresor le asestó las asesinas cuchilladas en el vientre, tórax y cráneo, consiguiendo hacerse con un botín de unas 20.000 pesetas(120 euros actuales). En un principio llegó a ponerse en tela de juicio que el móvil del crimen fuese el robo, pues se encontraron algunas cantidades de dinero en los bolsillos de la víctima por parte del personal sanitario del Hospital Xeral de Galicia, a donde sería trasladado en estado muy grave. Llama poderosamente la atención que el taxista, que se encontraba herido de muerte, fuese capaz de salir del vehículo y dirigirse sangrando abundantemente hasta un bar localizado en las inmediaciones de la agresión alrededor de la una de la madrugada, donde ya cuando no podía más, terminaría por desplomarse. Desde allí, llamaron inmediatamente a las asistencias sanitarias para que fuese desplazado hasta el centro sanitario compostelano, donde fallecería al día siguiente como consecuencia de las heridas recibidas.

El agresor del taxista se entregaría voluntariamente a las autoridades en los días inmediatos al producirse el crimen, circunstancia esta que serviría de atenuante. En el transcurso del juicio celebrado en octubre del año 2001, Manuel Antonio Prado alegó en su descargo el hecho de que se encontrase bajo los efectos de las drogas en el momento de producirse el crimen, además de aducir que no conocía la localidad de Ordes, aunque en ella vivía una amiga suya. De la misma forma, el tribunal tuvo en cuenta la atenuante de arrepentimiento espontáneo, que sería una baza importante a la hora de imponerle una exigua pena.

El autor del asesinato sería condenado a una pena de tan solo siete años y seis meses de cárcel por el apuñalamiento del taxista y de un año y nueve meses por robo con violencia, saliendo definitivamente de prisión en mayo de 2008. Además, debería indemnizar a los familiares del conductor asesinado con 140.000 euros, aunque esta cantidad nunca la llegaría a satisfacer al ser declarado insolvente.

Embargo de bienes de los familiares del taxista

Los familiares de José María García Corral recurrieron la sentencia ante el Tribunal Superior de Xustiza de Galicia, quien ratificó la sentencia a que había sido condenado el autor material del asesinato del taxista. No contentos con esta decisión, apelaron ante el Tribunal Supremo en un recurso de casación, que no sería admitida a trámite por el alto organismo judicial en el año 2005. Además, se les condenaba a las costas de este proceso, lo que debido a su alto coste provocaría el embargo de algunos bienes de los familiares del taxista asesinado tras llegar a un acuerdo entre las partes, si bien es cierto que esta decisión quedaría aplazada ya que a dos de las personas a las que se les reclamaba el pago, la madre y una hermana del taxista, habían fallecido en el transcurso de este último trámite.

Apenas unos meses después de abandonar la prisión, Manuel Antonio Prado Riveiro volvería a delinquir de forma muy grave. En esta ocasión, en compañía de una mujer asesinaría a una pareja en la localidad coruñesa de Betanzos, descuartizando incluso los cuerpos de sus víctimas. Posteriormente, sería condenado a la pena de 51 años de cárcel. Este nuevo crimen indignaría de sobremanera a la familia del taxista asesinado, debido al trato que ellos recibieron de las distintas instancias judiciales que, según ellos estimaban dejó bastante que desear. La matanza en la ciudad brigantina les vendría a dar moralmente la razón sobre la el asesinato de su familiar, aunque ya de poco servía y era demasiado tarde.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Matan a una mujer para evitar su boda con un deficiente psíquico

A lo largo de la historia siempre ha habido determinados aspectos que han sido considerados tabús por distintas circunstancias o hechos que se encontraban plagados de ancestrales prejuicios históricos. Una de las formas más antiguas de evitar algunas relaciones no deseadas por las familias ha sido el crimen. Muchas personas han sido víctimas de desgraciados hechos delictivos por no agradar a determinadas familias o se ha recurrido a la sangre para dar muerte a determinadas personas por su pertenencia a un determinado grupo social que no gozaba de una buena reputación.

Mediada ya la década de los años sesenta del pasado siglo, cuando comenzaba a declinar el franquismo -cuando menos físicamente-, se produciría un hecho sangriento que además de conmover a la sociedad de la época, causaría el lógico estupor e indignación y también una no menos indisimulada sorpresa entre muchos gallegos de interior de la provincia de Pontevedra al enterarse de que una joven había aparecido asesinada en un camino que une Torreboredo y Nigoi, parroquias pertenecientes al municipio pontevedrés de A Estrada el 11 de diciembre de 1966. La víctima presentaba dos disparos en la cabeza efectuados con una escopeta de caza. El calibre empleado para darle muerte era de 16 milímetros y, a su lado, había un pequeño cántaro utilizado para transportar pequeñas cantidades de leche.

El vecindario de la zona inmediatamente reconoció el cadáver allí hallado, que pertenecía a Albina Mera Fariña, una mujer de 35 años de edad que trabajaba como empleada doméstica en casa de María Purificación Terceiro García desde hacía algún tiempo. La mujer había ido a por leche a un lugar próximo por encargo de su ama.

Enamoramiento

Al parecer, según se deduce de la documentación consultada, la joven había iniciado una relación amorosa con el hijo de Purificación Terceiro, Antonio Pena Terceiro, aspecto este que era de dominio público entre los vecinos de la zona. Sin embargo, este noviazgo no gozaba del agrado de la madre del muchacho, pues padecía algún tipo de retraso psíquico y su madre no lo consideraba apto para formar una familia. Pese a todo, la relación entre ambos jóvenes prosiguió, concertando incluso la fecha de la boda, pero la progenitora del rapaz quería evitarla a toda costa, sin importarle escatimar recursos para impedirlo.

En vista de que no fue capaz de convencer a su hijo y a la muchacha para que desistiesen de su actitud, Purificación Terceiro contrató los servicios de un sicario que le diese muerte a la joven para así evitar una boda y un matrimonio que, según ella, estaba condenado al más mísero de los fracasos. Buscó entre los fornidos hombres del contorno alguno que estuviese dispuesto a realizar su macabro encargo y encontró a uno de ellos que gozaba de una cierta fama de poseer una indudable bravura. Se trataba de José Orrea Ferreiro.

En la jornada del 9 de diciembre de 1966, Purificación y José concertaron una entrevista en casa de la primera. En el transcurso de la misma la mujer le pagó la nada desdeñable cantidad de 100.000 pesetas de la época(600 euros al cambio actual), aunque en aquel entonces con ese dinero se podía adquirir uno de los mejores vehículos del mercado y no eran pocos los salarios que no superaban las mil pesetas mensuales. Con esa más que considerable suma de dinero, José Orrea llevo a efecto su macabro plan, pero algo fallaría, ya que los investigadores tirarían de este hilo para resolver el crimen.

Detención

Pasaría algún tiempo hasta que fue detenido de José Orrea Ferreiro. El clamor popular, que demandaba justicia por un horrendo crimen, señalaba a la familia en la que prestaba sus servicios Albina Mera como inductora del asesinato de su criada, aunque por diversas razones, en un principio, no se atrevieron a detener a la auténtica autora intelectual del crimen. Quizás pesase el hecho de que se tratase de una conocida familia del término municipal de A Estrada, en un tiempo en el que todavía existían las clases.

Al poco tiempo de ser detenido José Orrea Ferreiro, tras las presiones ejercidas por los agentes del Guardia Civil, acabaría por desplomarse y relatar lo que realmente había sucedido en aquellos días previos al invierno de 1966. La posterior detención de Purificación Terceiro causaría una cierta conmoción en el entorno, aunque nadie dudaba ya que ella había inducido a aquel hombre a acabar con la vida de su criada para así poder evitar un matrimonio que para nada era de su agrado.

Al igual que el autor material del crimen, Purificación confesaría los hechos ante los agentes de la Guardia Civil que le interrogaron, señalando el dato que había efectuado los disparos a tan solo tres metros de su víctima. Si bien es cierto, que haría hincapié en que ella pretendía evitar la boda de su hijo con Albina Mera Fariña, porque su vástago sufría un cierto retraso psíquico que, en su opinión, le inhabilitaban para llevar una vida de hombre casado. Añadiría que ella no le mandó a Orrea asesinar a su criada, sino sencillamente darle un buen susto a la criada. Lo que se dice siempre en estos trágicos casos.

Pena de muerte

El juicio por el crimen que le había costado la vida a Albina Mera Fariña se celebró en los primeros días del mes de marzo del año 1968 en medio de una gran expectación, ya que se encontraba abarrotada la sala de vistas de la Audiencia Provincial de Pontevedra. En un principio tanto Purificación como José se responsabilizaron mutuamente del asesinato de la joven, aunque quedaba claro que quien disponía de licencia de armas era el hombre. Por su parte, la inductora del asesinato continuaba alegando que ella jamás le había hablado de darle muerte a su criada, insistiendo en que solo le había comentado el hecho de darle un susto. Además, también negaría que hubiese recompensado con una elevada cantidad de dinero al autor material del crimen, aunque había algunos hechos que así lo atestiguaban, tales como el hecho de que José Orrea cambiase radicalmente de forma de vida en el poco tiempo en el que le duró su exigua fortuna.

Algunos vecinos de la zona también fueron llamados a declarar. Prácticamente todos ellos corroborarían la versión ofrecida por el criminal, que no era otra que Purificación no veía con buenos ojos la relación que mantenía su hijo con Albina y estaba dispuesta a cualquier cosa para evitar la boda, que ya estaba programada.

El crimen que lleva aparejada la recompensa del asesino siempre han estado mucho más castigados que cuando este se hace de forma espontánea o no media el hecho económico de por medio. El autor material de la muerte de Albina Mera sería condenado a la pena capital, además de indemnizar de forma solidaria junto con Purificación Terceiro García con la cantidad de 300.000 pesetas (1.800 euros actuales) a la familia de la víctima. Además, se condenaba a la inductora a la pena de 30 años de reclusión mayor, por entender el tribunal que se trataba de un asesinato con alevosía y premeditación.

Indulto

Durante más de un año la vida de José Orrea Ferreiro pendió de un hilo y los distintos recursos efectuados por su abogado defensor contribuyeron a dilatar el proceso. El Tribunal Supremo confirmó la sentencia dictada por la Audiencia Provincial de Pontevedra con fecha de 22 de noviembre de 1968, tanto para el autor material del crimen como para Purificación Terceiro. Al condenado a la pena capital solamente le quedaba el recurso de gracia del Consejo de ministros.

Por un decreto de 10 de abril de 1969, publicado en Boletín Oficial del Estado del 29 de abril del mismo año, el órgano de Gobierno estatal, en su reunión de 29 de marzo del citado año, decidía conceder la gracia del indulto al asesino de Albina Mera Fariña. La pena conmutada era suplida por otra accesoria de 30 años de prisión mayor.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Encapuchados asesinan a un sargento en Xinzo de Limia

Corría la primavera de 1988 y los asaltos por parte de encapuchados a viviendas y propiedades del área rural gallega estaba siendo muy frecuente, cobrándose incluso algunas víctimas mortales. Los asaltantes buscaban casas aisladas y, preferiblemente, habitadas por personas mayores, a fin de no hallar resistencia. En aquel entonces se hizo tristemente célebre una banda conocida como la de los encapuchados, que operaba principalmente por el sur de Lugo y las extensas áreas rurales de Ourense. Era muy frecuente que cada semana los distintos medios de comunicación de la época se hiciesen eco de distintos asaltos a domicilios, llegando incluso a generarse una ola de temor entre los residentes del amplio mundo rural gallego, que había comenzado ya su lento, pero imparable declive.

Uno de los sucesos que más profundamente consternaría a la sociedad gallega de entonces fue el atraco a un bar en la localidad de Xinzo de Limia, que se saldaría con el asesinato del sargento de la Guardia Civil, José Rodríguez Álvarez, cuando intentaba detener a los ladrones, después de que un vecino de la zona, la calle Francisco Macías, diese aviso a la Benemérita de la presencia en un local de hostelería de tres hombres encapuchados que habían llegado a bordo de un vehículo matrícula de Ourense, modelo Talbot Solara.

El trágico acontecimiento ocurrió a medianoche del 10 de marzo de 1988. Un vecino de la referida vía avisó a los agentes del puesto de la Guardia Civil que había visto descender de un vehículo a tres hombres que se colocaban unas capuchas para asaltar el bar «Seyma». Inmediatamente se presentó en el lugar de los hechos el sargento José Rodríguez, armado pero con ropa de paisano. Quizás no reparase en que los asaltantes del local también iban armados con sendas pistolas y solamente se percató de la presencia de dos de los tres delincuentes. Además, no dudaron en ningún momento en enfrentarse al agente realizando un intercambio de disparos, mientras registraban las diversas dependencias del establecimiento en busca de dinero y objetos de valor.

A sangre fría

Un tercer asaltante, que estaba fuera del campo de visión del sargento, fue escabulléndose hasta la puerta trasera del local, hasta poder salir a la calle. Una vez fuera del establecimiento, no dudó en acercarse por la espalda del agente de la guardia civil y descerrajarle de un tiro en la nuca, cayendo mortalmente herido. De inmediato, se acercaron hasta el lugar de los hechos una patrulla de la Benemérita con la intención de apresar al asesino del sargento. Sin embargo, los ladrones huyeron con un botín de 45.000 pesetas(270 euros actuales) y un equipo de música y sonido valorado en 40.000 pesetas(240 euros actuales). Se dieron a la fuga en el vehículo que habían empleado para perpetrar el asalto, que previamente lo habían sustraído en la capital de la provincia.

El sargento, que estaba casado y era padre de dos hijos de 21 y once años respectivamente, sería inmediatamente evacuado a un centro hospitalario donde ya ingresaría cadáver, debido a la gravedad de las heridas que presentaba. A la banda que había asaltado este local de hostelería se le relacionaba con otro suceso similar ocurrido en la localidad lucense de Chantada, donde habían sustraído la cantidad de 68.000 pesetas(408 euros actuales).

Días después eran detenidos los tres autores del trágico asalto al bar de A Limia. El cabecilla de la banda y presunto autor del disparo que acabó con la vida del sargento, José Antonio G.N. era ya un viejo conocido de las fuerzas de seguridad del estado pues, con tan solo 23 años que contaba en aquel entonces, acumulaba un amplio historial delictivo que se remontaba al año 1986. Desde esa época hasta su detención había participado en numerosos asaltos a diversos establecimientos de toda la provincia de Ourense. Sería condenado a la pena de 20 años de cárcel por un delito de asesinato, robo con muerte dolosa, según recoge la sentencia de la Audiencia Provincial de Ourense, de diciembre de 1988.

Obtendría el tercer grado penitenciario en el año 2000 y a finales del 2001 saldaría definitivamente sus cuentas con la justicia, todo ello gracias a una controvertida decisión judicial que contradecía así los consejos de la junta de tratamiento de la prisión provincial ourensana, quienes consideraban al asesino del sargento de Xinzo como una «persona conflictiva».

A diferencia de lo que aconteció con sus dos compañeros de correrías, su nombre seguiría siendo muy familiar en los juzgados, viéndose involucrado en distintos sucesos, tales como nuevos delitos contra la propiedad, tráfico de estupefacientes y nuevas amenazas a los agentes de la Guardia Civil, con quienes protagonizaría un altercado en el año 2002, advirtiéndoles que «ya maté a uno. Si hace falta mato a otro». Esta expresión, atribuida al asesino del mando de la Benemérita en Xinzo de Limia, define a la perfección ante que personaje se encontraban.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Asesina al amante de su esposa en Santiago de Compostela

La Transición democrática, con sus idas y venidas, fue sin lugar a dudas muy pacífica y ejemplar, principalmente en Galicia. En aquel año 1977, el primero de la democracia, se sucedían las manifestaciones a lo largo y ancho del país gallegos reclamando un estatuto de autonomía, que había sido abruptamente interrumpido a consecuencia de la Guerra Civil. Pese a que todavía era un territorio eminentemente rural, había una juventud que tomaba a tomar conciencia de país y que ya no quería tener un pasado tan turbio como el que habían sufrido sus ancestros, emigrando en un primer momento a América y, muy recientemente en aquel entonces, a los países de la pujante Europa.

Pese a existir un cierto grado de desarrollo humano del que se había carecido en el pasado, Galicia sigue siendo una tierra infelizmente atrasada. Se transitaba por los mismos caminos y corredoiras que había un siglo. Solamente existía un tramo de autovía, que era la conocido como «Autopista del Atlántico», que se localizaba en las Rías Baixas. El resto del territorio seguía transitando por aquellos interminables y pedregosos caminos que parecían condenar eternamente sobre su peregrinar al tradicional carro del país tirado por una yunta de vacas que, junto a aquellas entrañables mujeres que ataban un pano a su cabeza, continuaba siendo el icono de un país que se resistía a progresar.

Aunque era un territorio eminentemente conservador tanto en el fondo como en las formas, a veces sucedían algunos episodios que en nada se correspondían con esa forma de ser. O, mejor dicho, si se correspondían eran duramente censuradas cuando no reprimidas. Así le sucedería a un taxista compostelano, Manuel Galán Durán, de 50 años, que sería víctima de lo que entonces se denominaba «crimen pasional» al ser asesinado por Justo López Méndez, un antiguo miembro de la Legión, en la tarde del 24 de octubre de 1977, cuando se encontraba haciendo labores de carpintería en los bajos de una vivienda de su propiedad en el área rural compostelano, momento en el que fue sorprendido por su agresor.

Con una garlopa

Entre el vecindario y amigos de Justo López era casi un clamor que su esposa, Rosa Prado, mantenía relaciones con un conocido taxista compostelano. La mujer, de 36 años, era 30 años más joven que su marido, quien ya contaba con 66 en el momento de producirse el trágico suceso. Se habían casado hacía unos 20 años por aquel entonces, cuando la mujer era todavía una adolescente, en tanto que su marido era ya un hombre de una cierta edad. El matrimonio tenía dos hijos. La paternidad de uno de sus vástagos era atribuida a Manuel Galán, el taxista con quien supuestamente mantenía unas indiscretas relaciones Rosa Prado.

El agresor, que era de suponer que fuese un hombre fornido por su pasado en el temeroso cuerpo de la Legión, conocía de forma pormenorizada todos los detalles de la vida de su víctima. Un buen día, por la tarde, se dirigió al lugar en el que se encontraba trabajando el taxista, sorprendiéndolo de forma traicionera sin que su víctima pudiese defenderse del inesperado ataque utilizando para ello una garlopa que el taxista tenía en su bajo, con la cual golpearía a Manuel en la cabeza, dejándole momentáneamente sin sentido. Además, Justo López se había provisto a su vez de un cuchillo de monte de grandes dimensiones, con el que le asestaría tres certeras puñaladas que serían suficientes para terminar con la vida del presunto amante de su esposa.

Ante el barullo que se había montado y que alertó al vecindario, los residentes en las viviendas próximas se presentaron en el local que disponía el taxista para hacer algunos trabajos manuales. Al percatarse del trágico suceso que había acontecido, llamaron a las asistencias sanitarias para que socorriesen a ambos hombres, pues el antiguo legionario también presentaba algunas heridas. Sin embargo, nada pudieron hacer los sanitarios por salvar la vida de Manuel Galán, quien ingresaría ya cadáver en el antiguo Hospital Xeral de Galicia, mientras que su agresor, que presentaba algunas heridas, fue atendido en el aludido centro hospitalario.

Condena

Unos meses más tarde se celebró el juicio por un crimen que había conmovido circunstancialmente a todo el área de Compostela. Al autor confeso del crimen, Justo López se le tuvieron en cuenta las atenuantes de enajenación mental transitoria incompleta, motivada por los celos que experimentaba hacia su víctima. Justo López sería condenado por homicidio a diez años de cárcel, así como a satisfacer una cuantiosa indemnización de algo más de un millón de pesetas a la esposa e hijos de Manuel Galán, quien, en el momento de producirse el trágico suceso que le costó la vida, se encontraba casado y mantenía una relación paralela a la que mantenía con la mujer del antiguo legionario.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

El asesinato del periodista Gerino Núñez

Gerino Núñez, periodista de El Progreso asesinado en el año 1991

Reconozco, y no me importa decirlo, que hay artículos en los que se me pone la piel de gallina al escribirlos. Este es uno de ellos. No es común que utilice la primera persona en la redacción de mis textos. Hoy será una excepción. El motivo no es otro que el conocimiento personal de la víctima, quien, por encima de todo, además de ser un profesional como la copa de un pino, tal y como estamos acostumbrados a decir en el argot periodístico, era todo un caballero. Una persona noble y cabal de las que nunca ha habido muchas.

Conocí a Gerino Núñez en el verano del año 1987. En aquel entonces contaba yo con apenas 19 años y cursaba estudios de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. El verano era época obligada para hacer prácticas con la finalidad de ir entrando en contacto con los diferentes medios de comunicación. Y que mejor que en el periódico de tu tierra, El Progreso. El periodista viveirense era de esas personas que no pasan desapercibidas, pese a su discreción. Hacía gala de una filosofía y una sana retranca llena de buen humor que ayudaban a sobrellevar cada jornada de la mejor manera posible. Años más tarde también seríamos compañeros en la redacción del mismo diario. Me refería antes a su retranca y transcribo aquí una anécdota, ocurrida en septiembre del año 1990. Un sábado a la noche le comunicaba, por teléfono, el fallecimiento en un accidente laboral de un joven vilalbés mientras hacía un pozo en su casa. Le dije que el infortunado era hijo único y que no tenía más hermanos. Antonio -contestó un siempre risueño Gerino- los hijos únicos acostumbran a no tener hermanos.

En la mañana de aquel 16 de julio de 1991, mientras gozaba de mis vacaciones estivales ya que desde hacía unos meses desarrollaba mi labor profesional en la Agencia EFE en su redacción central de Madrid, me sorprendió una noticia a través de Radio 4, emisora desaparecida perteneciente a Radio Nacional de España, en la que se informaba de que en la tarde noche del día anterior había sido localizado el cuerpo sin vida de Gerino Núñez, en su vivienda de la luguesa rúa Ourense. Se afirmaba ya, con total rotundidad, que el periodista había sido asesinado y que las fuerzas de seguridad estrechaban el cerco al presunto criminal. Esto último, por desgracia, distaba mucho de ser cierto.

Quienes tuvimos la suerte de tratarlo personalmente, sabíamos que Gerino Núñez era un hombre noble y cumplidor. Además era madrugador, siendo siempre el primer profesional que llegaba todas las mañanas a la redacción del rotativo lucense. Sin embargo, la mañana del 15 de julio de 1991, fecha en que fue asesinado, el periodista viveirense se demoraba demasiado. De hecho, el resto de compañeros se alarmó al percatarse de su inusual ausencia, sospechando que quizás algún contratiempo de última hora le impidiese acercarse a la redacción del diario en el que trabajaba.

En una bañera

El cuerpo de Gerino Núñez, de 59 años de edad, fue hallado por sus familiares, en torno a las ocho de la tarde de aquel trágico 15 de julio, en una bañera del piso de su propiedad con evidentes signos de violencia. Se suponía que el agresor debía ser una persona con una envergadura muy superior a la del infortunado periodista, quien no era un hombre de gran corpulencia. Al parecer, su muerte había sido por estrangulamiento. Su agresor le había taponado la boca, nariz y oídos, además de dejar el cuerpo semidesnudo y con las manos atadas a la espalda. Se encontraron algunas gotas de sangre en el suelo del piso, probablemente debidas al forcejeo que ambos mantuvieron en el instante en el que se produjo la mortal agresión.

Tras encontrar el cadáver del periodista, el horror y la estupefacción se apoderó tanto de sus compañeros de su trabajo como de una ciudad, Lugo, que siempre ha tenido fama de ser un lugar tranquilo y apacible, de los que nunca pasa nada, y en el que sus ciudadanos gozan de una más que razonable calidad de vida. Al día siguiente, una imagen de Gerino Núñez, ilustraría la primera página del rotativo en que prestaba sus servicios, bajo el sencillo titular de «Gerino Núñez, asesinado». No se necesitaba mucho más.

Antes de que llegase la policía al lugar de autos, hubo un hecho que llamó especialmente la atención de los investigadores. Este no fue otro que su familia, convivía con una sobrina y sus dos hijos, había adecentado la casa y retirado el cuerpo de Gerino Núñez de la bañera. Se le realizarían dos autopsias. La primera no arrojó datos concretos, en tanto que de la segunda se había extraído la firme conclusión de que había fallecido por estrangulamiento.

En cuanto a su presunto asesino se señalaba en aquel entonces que era alguien que lo conocía, además de haber efectuado un ritual en torno al crimen, pues los cajones de las diferentes estancias aparecieron revueltos y algunos objetos colocados sobre la cama con de forma geométrica con la que el autor de la muerte del periodista pretendía indicar algo a los investigadores. A ello se sumaba el hecho que había aparecido una de sus fotos tachada con una cruz en la otra casa que el periodista asesinado tenía en Lugo. Además, en esta última se percibió olor a gas y se encontró un pequeño artefacto explosivo que el mismo autor del asesinato había fabricado, aunque no llegaría a estallar.

Hipótesis sobre el asesinato

En un principio se barajaron varias hipótesis en torno al móvil del crimen que le había costado la vida al redactor de sucesos de El Progreso. En un principio, y como no podía ser de otra manera, se sospechó que su muerte podría estar directamente relacionada con el ejercicio de su tarea profesional. Sin embargo, muy pronto se desecharía esta posibilidad, ya que el periodista en ese momento no se encontraba realizando ninguna tarea en torno a la cual pudiese sentirse amenazado. O, al menos, eso se creía.

Se llevaron a cabo diversas detenciones de algunos individuos que pudiesen guardar alguna relación con el crimen que le había costado la vida al redactor de sucesos del diario lucense. Sin embargo, ninguna de ellas ofrecía resultados. Comenzó a especularse mucho acerca de quien o quienes podrían estar relacionados con la muerte de Gerino Núñez, llegando a elaborarse casi una teoría de la conspiración sobre su asesinato, aunque no dejaban de ser infundadas suposiciones fruto de muchas elucubraciones que poco o nada tenían que ver con los hechos.

Había un aspecto que llamaba profundamente la atención de los investigadores en torno al caso. Este no era otro que el comentario que había realizado el periodista los días anteriores a su óbito a una monja del convento de Valdeflores, en su Viveiro natal, en la que le decía a una monja que rezase por él, pues estaba metido en problemas muy gordos. Nunca se supo a que obedecía este comentario del desaparecido informador.

A lo largo de aquellos primeros tiempos, concretamente ocho meses después de su muerte, hubo otro hecho que no pasaría desapercibido y es que su familia cambiaría el cuerpo de Gerino Núñez de nicho, que había sido enterrado en el cementerio viveirense. Al tener conocimiento del hecho, las autoridades judiciales abrieron una investigación. Sin embargo, creyeron en la buena fe de su familia quien declararía que era voluntad del periodista desaparecido descansar en la misma sepultura que sus padres.

Pasaron bastantes años y nada se sabía quien podría haber sido el autor de la muerte del periodista mariñano. Hasta el punto que unos años mas tarde, en mayo del año 1994, el juez encargado del caso José Antonio Varela Agrelo decretaba el archivo provisional de la causa. Ello no implicaba obligatoriamente dar carpetazo al asunto, aunque si que entraba en punto puerto. El magistrado tendría que salir al paso de los rumores populares que llegaban a indicar que si se sabía quien estaba detrás del asesinato de Gerino Núñez, probablemente se montaría un gran escándalo en una ciudad tan tradicional como Lugo. De hecho, incluso se llegó a mencionar el nombre de una destacada personalidad de la época ya fallecida.

Detención de Vilarchao

Cuando casi todo el mundo había perdido las esperanzas de que se esclareciese el asesinato del periodista de Viveiro, en noviembre de 1995 era detenido en Gijón Emilio Pérez Vilarchao, un conocido delincuente al que la policía calificaba como un peligroso psicópata y depredador. Su detención se produjo a raíz del triple crimen que había perpetrado en la ciudad asturiana en el que había asesinado a otras tres personas en un ajuste de cuentas por tráfico de estupefacientes. En su poder fueron hallados dos relojes que habían pertenecido al informador muerto, que luego el declararía que se los había adquirido a un perista. A sus tres últimas víctimas las había torturado antes de darles muerte. Las mismas serían encontradas por terceras personas a raíz del hedor que desprendían en septiembre del año en que fue detenido, pues se encontraban ya en un avanzado estado de descomposición.

En su declaración ante la policía, Vilarchao, que era un viejo conocido de la policía, testificaría que había dado muerte a Gerino Núñez por encargo de un preso a quien conoció en el penal lucense de Bonxe. Sin embargo, el asesino desmentiría en distintas ocasiones su versión, llegando incluso a negarla una vez que hubo abandonado definitivamente la cárcel. Al igual que hasta llegó al extremo de negar que había dado muerte al periodista viveirense.

Emilio Pérez Vilarchao, que pasó más de la mitad de su vida entre rejas, sería condenado por la Audiencia Provincial de Lugo a 20 años de prisión por el asesinato de Gerino Núñez. A ello se sumaba los 85 que le había impuesto la Audiencia asturiana por el triple crimen de Gijón. Sin embargo, conseguiría que se le refundiesen ambas condenas, obteniendo la libertad provisional en el año 2012, al beneficiarse de la anulación de la «Doctrina Parot».

El asesino confeso de Gerino Núñez volvería a caer de nuevo en las redes de la delincuencia en los años 2014 y 2016, acusado en ambas ocasiones de robo. En la primera se había apropiado del perro de un conocido, en tanto que en la segunda regresaría a la cárcel tras robar herramientas en una empresa de construcción. Su historial delictivo no ha cesado nunca de crecer.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias