Asesina al amante de su esposa en Santiago de Compostela

La Transición democrática, con sus idas y venidas, fue sin lugar a dudas muy pacífica y ejemplar, principalmente en Galicia. En aquel año 1977, el primero de la democracia, se sucedían las manifestaciones a lo largo y ancho del país gallegos reclamando un estatuto de autonomía, que había sido abruptamente interrumpido a consecuencia de la Guerra Civil. Pese a que todavía era un territorio eminentemente rural, había una juventud que tomaba a tomar conciencia de país y que ya no quería tener un pasado tan turbio como el que habían sufrido sus ancestros, emigrando en un primer momento a América y, muy recientemente en aquel entonces, a los países de la pujante Europa.

Pese a existir un cierto grado de desarrollo humano del que se había carecido en el pasado, Galicia sigue siendo una tierra infelizmente atrasada. Se transitaba por los mismos caminos y corredoiras que había un siglo. Solamente existía un tramo de autovía, que era la conocido como «Autopista del Atlántico», que se localizaba en las Rías Baixas. El resto del territorio seguía transitando por aquellos interminables y pedregosos caminos que parecían condenar eternamente sobre su peregrinar al tradicional carro del país tirado por una yunta de vacas que, junto a aquellas entrañables mujeres que ataban un pano a su cabeza, continuaba siendo el icono de un país que se resistía a progresar.

Aunque era un territorio eminentemente conservador tanto en el fondo como en las formas, a veces sucedían algunos episodios que en nada se correspondían con esa forma de ser. O, mejor dicho, si se correspondían eran duramente censuradas cuando no reprimidas. Así le sucedería a un taxista compostelano, Manuel Galán Durán, de 50 años, que sería víctima de lo que entonces se denominaba «crimen pasional» al ser asesinado por Justo López Méndez, un antiguo miembro de la Legión, en la tarde del 24 de octubre de 1977, cuando se encontraba haciendo labores de carpintería en los bajos de una vivienda de su propiedad en el área rural compostelano, momento en el que fue sorprendido por su agresor.

Con una garlopa

Entre el vecindario y amigos de Justo López era casi un clamor que su esposa, Rosa Prado, mantenía relaciones con un conocido taxista compostelano. La mujer, de 36 años, era 30 años más joven que su marido, quien ya contaba con 66 en el momento de producirse el trágico suceso. Se habían casado hacía unos 20 años por aquel entonces, cuando la mujer era todavía una adolescente, en tanto que su marido era ya un hombre de una cierta edad. El matrimonio tenía dos hijos. La paternidad de uno de sus vástagos era atribuida a Manuel Galán, el taxista con quien supuestamente mantenía unas indiscretas relaciones Rosa Prado.

El agresor, que era de suponer que fuese un hombre fornido por su pasado en el temeroso cuerpo de la Legión, conocía de forma pormenorizada todos los detalles de la vida de su víctima. Un buen día, por la tarde, se dirigió al lugar en el que se encontraba trabajando el taxista, sorprendiéndolo de forma traicionera sin que su víctima pudiese defenderse del inesperado ataque utilizando para ello una garlopa que el taxista tenía en su bajo, con la cual golpearía a Manuel en la cabeza, dejándole momentáneamente sin sentido. Además, Justo López se había provisto a su vez de un cuchillo de monte de grandes dimensiones, con el que le asestaría tres certeras puñaladas que serían suficientes para terminar con la vida del presunto amante de su esposa.

Ante el barullo que se había montado y que alertó al vecindario, los residentes en las viviendas próximas se presentaron en el local que disponía el taxista para hacer algunos trabajos manuales. Al percatarse del trágico suceso que había acontecido, llamaron a las asistencias sanitarias para que socorriesen a ambos hombres, pues el antiguo legionario también presentaba algunas heridas. Sin embargo, nada pudieron hacer los sanitarios por salvar la vida de Manuel Galán, quien ingresaría ya cadáver en el antiguo Hospital Xeral de Galicia, mientras que su agresor, que presentaba algunas heridas, fue atendido en el aludido centro hospitalario.

Condena

Unos meses más tarde se celebró el juicio por un crimen que había conmovido circunstancialmente a todo el área de Compostela. Al autor confeso del crimen, Justo López se le tuvieron en cuenta las atenuantes de enajenación mental transitoria incompleta, motivada por los celos que experimentaba hacia su víctima. Justo López sería condenado por homicidio a diez años de cárcel, así como a satisfacer una cuantiosa indemnización de algo más de un millón de pesetas a la esposa e hijos de Manuel Galán, quien, en el momento de producirse el trágico suceso que le costó la vida, se encontraba casado y mantenía una relación paralela a la que mantenía con la mujer del antiguo legionario.

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El asesinato del periodista Gerino Núñez

Gerino Núñez, periodista de El Progreso asesinado en el año 1991

Reconozco, y no me importa decirlo, que hay artículos en los que se me pone la piel de gallina al escribirlos. Este es uno de ellos. No es común que utilice la primera persona en la redacción de mis textos. Hoy será una excepción. El motivo no es otro que el conocimiento personal de la víctima, quien, por encima de todo, además de ser un profesional como la copa de un pino, tal y como estamos acostumbrados a decir en el argot periodístico, era todo un caballero. Una persona noble y cabal de las que nunca ha habido muchas.

Conocí a Gerino Núñez en el verano del año 1987. En aquel entonces contaba yo con apenas 19 años y cursaba estudios de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. El verano era época obligada para hacer prácticas con la finalidad de ir entrando en contacto con los diferentes medios de comunicación. Y que mejor que en el periódico de tu tierra, El Progreso. El periodista viveirense era de esas personas que no pasan desapercibidas, pese a su discreción. Hacía gala de una filosofía y una sana retranca llena de buen humor que ayudaban a sobrellevar cada jornada de la mejor manera posible. Años más tarde también seríamos compañeros en la redacción del mismo diario. Me refería antes a su retranca y transcribo aquí una anécdota, ocurrida en septiembre del año 1990. Un sábado a la noche le comunicaba, por teléfono, el fallecimiento en un accidente laboral de un joven vilalbés mientras hacía un pozo en su casa. Le dije que el infortunado era hijo único y que no tenía más hermanos. Antonio -contestó un siempre risueño Gerino- los hijos únicos acostumbran a no tener hermanos.

En la mañana de aquel 16 de julio de 1991, mientras gozaba de mis vacaciones estivales ya que desde hacía unos meses desarrollaba mi labor profesional en la Agencia EFE en su redacción central de Madrid, me sorprendió una noticia a través de Radio 4, emisora desaparecida perteneciente a Radio Nacional de España, en la que se informaba de que en la tarde noche del día anterior había sido localizado el cuerpo sin vida de Gerino Núñez, en su vivienda de la luguesa rúa Ourense. Se afirmaba ya, con total rotundidad, que el periodista había sido asesinado y que las fuerzas de seguridad estrechaban el cerco al presunto criminal. Esto último, por desgracia, distaba mucho de ser cierto.

Quienes tuvimos la suerte de tratarlo personalmente, sabíamos que Gerino Núñez era un hombre noble y cumplidor. Además era madrugador, siendo siempre el primer profesional que llegaba todas las mañanas a la redacción del rotativo lucense. Sin embargo, la mañana del 15 de julio de 1991, fecha en que fue asesinado, el periodista viveirense se demoraba demasiado. De hecho, el resto de compañeros se alarmó al percatarse de su inusual ausencia, sospechando que quizás algún contratiempo de última hora le impidiese acercarse a la redacción del diario en el que trabajaba.

En una bañera

El cuerpo de Gerino Núñez, de 59 años de edad, fue hallado por sus familiares, en torno a las ocho de la tarde de aquel trágico 15 de julio, en una bañera del piso de su propiedad con evidentes signos de violencia. Se suponía que el agresor debía ser una persona con una envergadura muy superior a la del infortunado periodista, quien no era un hombre de gran corpulencia. Al parecer, su muerte había sido por estrangulamiento. Su agresor le había taponado la boca, nariz y oídos, además de dejar el cuerpo semidesnudo y con las manos atadas a la espalda. Se encontraron algunas gotas de sangre en el suelo del piso, probablemente debidas al forcejeo que ambos mantuvieron en el instante en el que se produjo la mortal agresión.

Tras encontrar el cadáver del periodista, el horror y la estupefacción se apoderó tanto de sus compañeros de su trabajo como de una ciudad, Lugo, que siempre ha tenido fama de ser un lugar tranquilo y apacible, de los que nunca pasa nada, y en el que sus ciudadanos gozan de una más que razonable calidad de vida. Al día siguiente, una imagen de Gerino Núñez, ilustraría la primera página del rotativo en que prestaba sus servicios, bajo el sencillo titular de «Gerino Núñez, asesinado». No se necesitaba mucho más.

Antes de que llegase la policía al lugar de autos, hubo un hecho que llamó especialmente la atención de los investigadores. Este no fue otro que su familia, convivía con una sobrina y sus dos hijos, había adecentado la casa y retirado el cuerpo de Gerino Núñez de la bañera. Se le realizarían dos autopsias. La primera no arrojó datos concretos, en tanto que de la segunda se había extraído la firme conclusión de que había fallecido por estrangulamiento.

En cuanto a su presunto asesino se señalaba en aquel entonces que era alguien que lo conocía, además de haber efectuado un ritual en torno al crimen, pues los cajones de las diferentes estancias aparecieron revueltos y algunos objetos colocados sobre la cama con de forma geométrica con la que el autor de la muerte del periodista pretendía indicar algo a los investigadores. A ello se sumaba el hecho que había aparecido una de sus fotos tachada con una cruz en la otra casa que el periodista asesinado tenía en Lugo. Además, en esta última se percibió olor a gas y se encontró un pequeño artefacto explosivo que el mismo autor del asesinato había fabricado, aunque no llegaría a estallar.

Hipótesis sobre el asesinato

En un principio se barajaron varias hipótesis en torno al móvil del crimen que le había costado la vida al redactor de sucesos de El Progreso. En un principio, y como no podía ser de otra manera, se sospechó que su muerte podría estar directamente relacionada con el ejercicio de su tarea profesional. Sin embargo, muy pronto se desecharía esta posibilidad, ya que el periodista en ese momento no se encontraba realizando ninguna tarea en torno a la cual pudiese sentirse amenazado. O, al menos, eso se creía.

Se llevaron a cabo diversas detenciones de algunos individuos que pudiesen guardar alguna relación con el crimen que le había costado la vida al redactor de sucesos del diario lucense. Sin embargo, ninguna de ellas ofrecía resultados. Comenzó a especularse mucho acerca de quien o quienes podrían estar relacionados con la muerte de Gerino Núñez, llegando a elaborarse casi una teoría de la conspiración sobre su asesinato, aunque no dejaban de ser infundadas suposiciones fruto de muchas elucubraciones que poco o nada tenían que ver con los hechos.

Había un aspecto que llamaba profundamente la atención de los investigadores en torno al caso. Este no era otro que el comentario que había realizado el periodista los días anteriores a su óbito a una monja del convento de Valdeflores, en su Viveiro natal, en la que le decía a una monja que rezase por él, pues estaba metido en problemas muy gordos. Nunca se supo a que obedecía este comentario del desaparecido informador.

A lo largo de aquellos primeros tiempos, concretamente ocho meses después de su muerte, hubo otro hecho que no pasaría desapercibido y es que su familia cambiaría el cuerpo de Gerino Núñez de nicho, que había sido enterrado en el cementerio viveirense. Al tener conocimiento del hecho, las autoridades judiciales abrieron una investigación. Sin embargo, creyeron en la buena fe de su familia quien declararía que era voluntad del periodista desaparecido descansar en la misma sepultura que sus padres.

Pasaron bastantes años y nada se sabía quien podría haber sido el autor de la muerte del periodista mariñano. Hasta el punto que unos años mas tarde, en mayo del año 1994, el juez encargado del caso José Antonio Varela Agrelo decretaba el archivo provisional de la causa. Ello no implicaba obligatoriamente dar carpetazo al asunto, aunque si que entraba en punto puerto. El magistrado tendría que salir al paso de los rumores populares que llegaban a indicar que si se sabía quien estaba detrás del asesinato de Gerino Núñez, probablemente se montaría un gran escándalo en una ciudad tan tradicional como Lugo. De hecho, incluso se llegó a mencionar el nombre de una destacada personalidad de la época ya fallecida.

Detención de Vilarchao

Cuando casi todo el mundo había perdido las esperanzas de que se esclareciese el asesinato del periodista de Viveiro, en noviembre de 1995 era detenido en Gijón Emilio Pérez Vilarchao, un conocido delincuente al que la policía calificaba como un peligroso psicópata y depredador. Su detención se produjo a raíz del triple crimen que había perpetrado en la ciudad asturiana en el que había asesinado a otras tres personas en un ajuste de cuentas por tráfico de estupefacientes. En su poder fueron hallados dos relojes que habían pertenecido al informador muerto, que luego el declararía que se los había adquirido a un perista. A sus tres últimas víctimas las había torturado antes de darles muerte. Las mismas serían encontradas por terceras personas a raíz del hedor que desprendían en septiembre del año en que fue detenido, pues se encontraban ya en un avanzado estado de descomposición.

En su declaración ante la policía, Vilarchao, que era un viejo conocido de la policía, testificaría que había dado muerte a Gerino Núñez por encargo de un preso a quien conoció en el penal lucense de Bonxe. Sin embargo, el asesino desmentiría en distintas ocasiones su versión, llegando incluso a negarla una vez que hubo abandonado definitivamente la cárcel. Al igual que hasta llegó al extremo de negar que había dado muerte al periodista viveirense.

Emilio Pérez Vilarchao, que pasó más de la mitad de su vida entre rejas, sería condenado por la Audiencia Provincial de Lugo a 20 años de prisión por el asesinato de Gerino Núñez. A ello se sumaba los 85 que le había impuesto la Audiencia asturiana por el triple crimen de Gijón. Sin embargo, conseguiría que se le refundiesen ambas condenas, obteniendo la libertad provisional en el año 2012, al beneficiarse de la anulación de la «Doctrina Parot».

El asesino confeso de Gerino Núñez volvería a caer de nuevo en las redes de la delincuencia en los años 2014 y 2016, acusado en ambas ocasiones de robo. En la primera se había apropiado del perro de un conocido, en tanto que en la segunda regresaría a la cárcel tras robar herramientas en una empresa de construcción. Su historial delictivo no ha cesado nunca de crecer.

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Violación y asesinato de una menor en Ourense

Río Barbaña, dónde apareció asesinada Sonia Abellas

En los últimos años de la década de los ochenta del pasado siglo Ourense era una capital de provincia que se había consolidado como la tercera ciudad gallega de la época, merced a que muchos habitantes de la provincia elegían a la vieja Auria para residir en vez de desplazarse a miles de kilómetros como lo habían hecho sus ancestros que formarían grandes colonias en distintos países americanos desde comienzos del siglo XX hasta mediada esa centuria. Más recientemente, sus destinos predilectos habían sido Venezuela, en América, y los siempre pujantes y florecientes países europeos en los que se gozaba de un extraordinario bienestar.

La ciudad, siempre muy acogedora y muy cuidada, se vería repentinamente sorprendida por un fatal suceso en la tarde noche del domingo, 7 de febrero de 1988, al aparecer brutalmente asesinada Sonia Abellas, una adolescente de 16 años en la desembocadura del río Barbaña, un afluente del Miño. La joven presentaba evidentes signos de haber sufrido una agresión sexual, que posteriormente serían corroborados por los exámenes realizados por los forenses. Su muerte había sido también muy cruel, ya que la muchacha fue estrangulada por una cadena que llevaba al cuello.

El hallazgo del cuerpo sin vida de Sonia Abellas consternaría a la vieja urbe que tan bien retrató en sus novelas el gran escritor gallego Eduardo Blanco Amor. Una ola de dolor, consternación y rabia se apoderó de una ciudad que repentinamente veía alterada su tradicional tranquilidad por un hecho violento que para nada respondía al siempre pacífico y dócil carácter de su vecindario.

Detención

Cuatro días más tarde del crimen era detenido un joven de 23 años, Luciano Expósito Borrajo, como presunto autor del asesinato de la joven estudiante. El asesino, que estaba separado de su mujer y era padre de un niño, ya había sido condenado tres años antes como autor de una agresión sexual. En un primer momento, negará cualquier relación con el crimen, pero hay varios testigos que habían visto al supuesto criminal merodeando por el lugar dónde se produjo el crimen. Mientras, los vecinos de su municipio natal, Coles, no acaban de creerse que Luciano Expósito haya dado muerte a Sonia Abellas. Los comentarios que más se oyen esos días es que tal vez sea drogadicto e incluso ladrón, pero jamás asesino. A todo ello se suma el hecho que en la misma tarde de autos, se había visto involucrado en un accidente de tráfico en A Lobeira. A partir de ahí, los investigadores comenzarían a atar todos los cabos que condujeron a su definitiva detención.

El sepelio de la joven orensana congregaría a una gran multitud de personas en la parroquia de O Couto, que querían tributar una digna despedida a una joven que había sufrido una muerte terrible. Días más tarde, la ciudad sería escenario de una magnánima manifestación contra la violencia y en apoyo de la familia de la víctima en la que se exigía la máxima condena posible para el autor de su muerte.

Condena

Luciano Expósito Borrajo sería condenado a un total de 41 años de cárcel, 27 de los cuales habían sido impuestos por el crimen que había cometido, mientras que la restante condena obedecía al haber consumado un delito de violación. De la misma forma, se le obligaba a indemnizar con ocho millones de pesetas (48.000 euros actuales) a la familia de Sonia Abellas.

En su auto el juez consideraba probado que el autor de la muerte de la joven, a quien no conocía previamente Luciano Expósito pese a que le acompañó voluntariamente hasta las inmediaciones del Barbaña, que al negarse ella a mantener relaciones sexuales este procedió violentamente contra Sonia Abellas para estrangularla con una cuerda o similar.

En 2003 Luciano Expósito quedaría en libertad tras cumplir poco más de 15 años por el crimen que consternaría a Ourense. En su estancia en la prisión de Pereiro de Aguiar, de la que se convirtió en su recluso más veterano, se negó siempre a someterse a cualquier programa de rehabilitación o recuperación. Es más, jamás mostraría arrepentimiento alguno por el crimen que le costó la vida a Sonia Abellas.

El asesino de la joven orensana volvería a las instalaciones carcelarias en el año 2009 tras ser detenido conduciendo un vehículo bajo los efectos del alcohol. Años antes había quedado cojo a consecuencia de un accidente de tráfico. Un año mas tarde intentaría rehacer su vida en la localidad de Muntián, en el municipio orensano de Cartelle, trabajando en un aserradero. Sin embargo, sería encontrado muerto en la casa en la que residía en la jornada del 24 de marzo de 2010, tan solo seis después de haber recobrado la libertad.

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Vampirismo criminal en A Golada

En la década de los años veinte del pasado siglo todavía seguían gozando de una gran popularidad algunas viejas creencias, divulgadas por curanderos y otros especímenes de igual catadura, en las que se aseguraba que beber sangre humana curaba de enfermedades y epidemias que estaban muy extendidas, entre ellas la tisis. Sin embargo, esas ancestrales y macabras creencias tan solo servirían para provocar más de una tragedia, siendo casi siempre las víctimas pequeños de muy corta edad a quienes asediaban durante bastantes días hasta que por fin conseguían arrinconarlos y hacerse con esa preciada víctima, aunque de nada servirían el supuesto remedio que se pretendía aportar.

Hay muchos casos, algunos de ellos muy conocidos, como el caso del crimen de Gador, uno de los que alcanzaría más celebridad en su tiempo. Otro similar sería el del vampiro de Avilés. Todos ellos con consecuencias fatales. Después de haberse divulgado los nefastos resultados en que terminaban sucumbiendo, muchas gentes dominadas por viejas y ancestrales supersticiones acabarían por convencerse que el consumo de sangre de los más pequeños no acarreaba ningún beneficio. Más bien todo lo contrario. Muchos acabarían con sus huesos en las manos de un verdugo quien ágilmente daba dos vueltas al garrote vil, sumándose así una víctima mas a la que los criminales habían dejado por el camino.

En Galicia, una tierra donde ahuecaron a fondo viejas supersticiones y otras creencias importadas por los emigrantes que se encontraban allende los mares, también ocurrieron algunos de los desagradables y cruentos sucesos en los que los más pequeños fueron la injustas y crueles víctimas de unos desaprensivos que, quizás llevados por una terrible exasperación, llevaron la tragedia a otra casa, además de consumarse también en la propia.

Uno de esos sucesos ocurrió en la localidad de A Golada, un territorio limítrofe y de transición entre las tierras de las Rías Baixas y la comarca de A Ribeira Sacra. A mediados de septiembre de 1925 desaparecía de su casa el niño Álvaro Salvareses, de tan solo dos años de edad. Sus padres lo llamaron en reiteradas ocasiones, requiriéndolo para que se presentase a la hora del almuerzo. Sin embargo, la criatura no daba señales de vida. A raíz de su desaparición, familiares y vecinos se pusieron manos a la obra en una afanosa búsqueda que no dio ningún resultado.

En un estercolero

Entre los familiares y personas más próximas al pequeño se sabía que el muchacho había sufrido el acoso y acechanza de algunos vecinos, aunque jamás supusieron que le esperaba un final trágico y macabro. Tras días de ardua búsqueda, el cuerpo del pequeño aparecería enterrado en una cuadra, en la que se guardaban cerdos y vacas, en medio de un impresionante estercolero. El crío tenía una cuerda atada al cuello y presentaba una gran herida en la cabeza, la que se suponía, como así se demostraría posteriormente, que le había ocasionado de forma poco menos que fulminante.

La Guardia Civil pronto empezó a atar los pocos cabos que había sueltos. Se sabía que en la casa de unos vecinos, conocidos como los Mejuto, había un muchacho joven que todavía no llegaba a los veinte años, enfermo de tuberculosis, entrando la dolencia en sus últimas fases. Eran conocedores también que habían buscado remedios en curanderos y sanadores de la zona, aunque ninguno les había ofrecido una mágica receta que pudiese librar a su vástago de tan devastadora enfermedad que estaba golpeando con saña a una gran parte de la juventud de la época.

La familia que había dado muerte al pequeño era conocedora a través de la prensa de diversos casos, como el de Gador o el Vampiro de Áviles, de los supuestos remedios macabros que se estilaban en aquella época para tratar de salvar inútilmente al enfermo terminal que tenían en casa. Uno de los hermanos de este último, un niño de 14 años, Eulogio Mejuto, fue el encargado de engañar con diversos ardides a su ingenua víctima, atrayéndola hasta el erial que había en la zona aledaña a su casa. El mismo declararía que fue quien dio muerte al pequeño de una pedrada en la cabeza. Asimismo, también manifestaría que se encargó de extraerle sangre a través de la herida por la que manaba a borbotones. En su declaración ante los agentes, además de responsabilizarse de la muerte del pequeño, indicaría, a su vez, que en el hecho criminal estaban involucrados los restantes miembros de su familia, a instancias de los cuales provocó la tragedia que causaría una gran repercusión en el municipio de A Golada y otros limítrofes.

Condena

A raíz del espantoso crimen, fueron también imputados el hermano enfermo del asesino y su padre, Jesús Mejuto. Sin embargo, el primero de ellos no llegaría a ser condenado ya que tan solo tres semanas antes del juicio se produjo su óbito.

El muchacho, al ser menor de edad, sería condenado al ingreso durante el tiempo que la autoridad lo estimase oportuno, al ingreso en un centro de corrección, popularmente conocidos como reformatorios. Para su padre el fiscal llegó a solicitar la pena capital, considerándolo inductor de un hecho criminal. Finalmente, sería condenado a 20 años de cárcel en calidad de cómplice.

 

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Estrangula a una anciana en Vilagarcía de Arousa

En plena década de los años veinte del pasado siglo Galicia era el caldo de cultivo ideal para la emigración masiva a tierras americanas. Eran muchos los jóvenes que, sin más provisión que una vieja maleta, se trasladaban al otro lado del Océano Atlántico en busca de una prosperidad que se les resistía en el noroeste peninsular. Las tasas de analfabetismo y pobreza eran exageradas, a lo que se sumaban el ancestral atraso en el que se encontraban sumidos sus muchos núcleos rurales que aglutinaban a una extensa población muy dispersa en micronúcleos poblacionales, algunos de los cuales solo eran habitados por una sola familia, aunque muy numerosa.

Para subsistir, en aquel entonces, muchas gentes se las veían y se las deseaban. Las fuentes de ingresos eran muy contadas. Además de la emigración, cada vez más masiva, se unían los trabajos en tiempo estival en Castilla, tierra a la que se dirigían muchos jóvenes en busca de un jornal que no encontraban en Galicia. Además de ser un territorio pobre y deprimido, estaba también muy atrasado. Quizás demasiado. Todavía eran contadas las viviendas, principalmente de su extensísimo rural, que disponían de luz eléctrica. La única iluminación artificial de la que se disponía era la de un viejo y artesanal candil de carburo, a la luz del que, en los fríos y largos atardeceres del invierno se reunían la familia y también algún amigo a calentarse al calor de una vieja lareira para escuchar los relatos de algún anciano o el pater familias de turno contando alguna historia real o legendaria o, como no, de la ya tan manida emigración. De la misma forma, quien sabía leer, que no eran muchos, se encargaba de recitar en voz alta alguna de las muchas misivas que procedían allende los mares enviada por alguno de los millares de emigrantes que se habían trasladado al nuevo mundo. Escuchaban atónitos como el progreso y el bienestar se habían apoderado de aquellos países a los que ellos habían emigrado y en los que se suponía que estaban haciendo impresionantes fortunas, aunque no dejase de ser más que un relato fantástico, que no hacía más que poner los dientes largos a quienes se habían quedado pegados a su tierra. La dura realidad tal vez fuese completamente distinta y el paso de los años no haría más que corroborarlo.

En ese clima, en el que tampoco faltaban las viejas alcahuetas gallegas, a las que popularmente se les llamaba meigas, se producirá un luctuoso suceso que, dadas las circunstancias y en el lugar en el que se llevó a cabo, no faltarán tampoco los ancestrales prejuicios muy presentes en una sociedad demasiado ancorada a sus valores más vetustos y tradicionales que servirían de subterfugio a un más que execrable crimen.

Al atardecer del 10 de agosto de 1925 un guardia civil, llamado Manuel Campos Ares, se introdujo en lo que comúnmente se llamaba «casa de mala vida» preguntando por una señorita con la que supuestamente había mantenido alguna relación en fechas pasadas. La dueña de la vivienda, una mujer ya anciana según relata la prensa de la época, le manifestó en reiteradas ocasiones que la joven por la que se interesaba no se encontraba en aquel momento en la casa, rogándole de forma reiterada que se marchase. Sin embargo, el agente ignoró los comentarios de la mujer, de nombre Esperanza Pérez, conminándola una y otra vez con malos modos a que le informase donde se hallaba la joven por la que él preguntaba.

Gritos de auxilio

La propietaria de la casa inició una acalorada discusión con el miembro de la Benemérita que se tradujo en un monumental escándalo, lo cual no lo disuadió para nada de su actitud. Ante su negativa, amparándose bruscamente en su condición de autoridad, registró todos los recovecos de aquella vivienda pese a la manifiesta negativa de Esperanza Pérez. Nuevamente y presa de la tensión que se había generado entre ambos, la mujer invitó a Manuel Campos a abandonar la casa, haciendo caso omiso de lo que la dueña de la vivienda le requería. A raíz de ello se recrudecería la discusión que estaban manteniendo hasta extremos poco menos que insospechados.

En un momento dado, la mujer, ante las agresiones que al parecer le había propinado el agente, profirió gritos de auxilio por si la escuchaba algún vecino o transeúnte con la finalidad de que la socorriera. Sin embargo, nadie acudiría en su ayuda. Por su parte, el agente, presa de la excitación en que se encontraba según se recoge en el auto judicial, agarró a la mujer con las dos manos por el cuello, después de haberla derribado al suelo en una de las habitaciones de la casa, hasta estrangularla.

El suceso causaría una gran consternación en la preciosa localidad gallega de las Rías Baixas. Sin embargo, todavía muchos medios de comunicación de la época reprochaban que el trágico hecho se hubiese producido en una «casa de lenocinio», tal y como se la denominaba en aquel entonces, a lo que se sumaba el extracto social de la mujer asesinada, así como su vituperada profesión, muy duramente fustigada por la rígida y estricta moral de un tiempo en el que primaban en demasía las apariencias externas y, como no, el rancio rango social al que se pertenecía.

Manuel Campos Ares sería condenado a una pena que se puede considerar benévola para la época, ya que se estimó que en su actitud no había habido ánimo de matar a Esperanza Pérez, por lo que fue considerado homicidio y no asesinato. Además de ser expulsado del cuerpo en el que prestaba sus servicios, sería condenado a la pena de diez años de cárcel. Finalmente, solo cumpliría la mitad de su condena al verse beneficiado por un indulto en el año 1930.

 

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El asesinato de José Viador Traseira

Imagen de la finca de José Viador Traseira, en A Fraga Vella

Viajar a la Galicia de la primera Posguerra supone inmiscuirse en un mundo que había experimentado un espectacular retroceso en relación a la década que le precedía. Sus gentes estaban sumidas en la más absoluta de las miserias en un tiempo que tan solo se aspiraba a sobrevivir, sin importar como. Todo el Estado español se hallaba en una situación que superaba lo deprimente. En el caso gallego se agudizaba por la imposibilidad de poder salir al exterior debido al gran conflicto que estaba asolando a prácticamente todo el planeta y cuyas consecuencias se estaban dejando notar a las claras en países que, como era el caso de España, habían declarado su no beligerancia, lo cual no implicaba automáticamente su neutralidad.

Pero si a raíz de las consecuencias de un conflicto armado que había asolado a España y no había dejado indiferente a nadie, la población se las veía y deseaba para poder subsistir, ni que decir tiene que esas dificultades eran todavía mucho mayores a causa de la profunda injusticia social y las medidas sumamente arbitrarias que había tomado el nuevo régimen. El estado nacido del golpe contra la República repartió privilegios y prebendas entre sus adeptos, especialmente entre aquellos que más se habían destacado en su auxilio desde tiempos incluso muy anteriores a la guerra. Los falangistas, en un primer momento, recibieron no solo parte del organigrama político de Franco, sino que incluso serían compensados con edificios, periódicos e incluso terrenos, muchos de ellos que eran propiedad comunal desde tiempos inmemoriales que, repentinamente, pasaron a manos privadas por una decisión del poder central.

Uno de los beneficiarios de ese reparto arbitrario sería uno de los fundadores de los grupos falangistas lucenses José Viador Traseira, quien se vería beneficiado con una finca, hoy un auténtico paraje natural, situada en el norte de la provincia de Lugo, conocida como A Fraga Vella, que se emplaza en la parroquia de Romariz, en el término municipal de Abadín. Además, el terreno que le había sido otorgado era más propio de un señorito andaluz que de un propietario gallego, pues tenía una superficie aproximada de unas 700 hectáreas, algo completamente inusual en la gran patria del minifundio. A todo ello se añadía que esa gran extensión de terreno, que superaba con creces a la de muchos municipios, había sido usurpada por el régimen franquista a los vecinos que hacían aprovechamiento de su usufructo para intentar subsistir a muy duras penas.

Por deformación de su primer apellido, el líder provincial de los camisas azules era conocido como «O Aviador». Le gustaba hacer gala de su prepotencia y matonismo hasta extremos que se pueden considerar poco menos que viscerales. De hecho, en tiempos previos al conflicto armado se había destacado por tratar de impedir manifestaciones autorizadas de diversos grupos u organizaciones sindicales de signo contrario al suyo, empleando para ello la violencia cuantas veces fuese necesario, siendo detenido por orden judicial y sancionado por ello, lo cual le haría sumar méritos una vez concluida la guerra. Sin embargo, la cosa no terminaba ahí. Al poco tiempo de iniciado el conflicto bélico, se presentó en el Ayuntamiento de Vilalba preguntando el motivo por el que se encontraban recluidos algunos presos en su cárcel. Al comprobar que algunos de ellos habían sido detenidos por enfrentamientos e incluso agresiones a agentes del orden, que supuestamente eran simpatizantes de grupos y organizaciones afines a la República, los ordenó poner en libertad.

Gardarríos

Su impopularidad fue en ascenso, principalmente a medida que avanzaba el tiempo e iba afianzándose cada vez más su desmesurado poder, tanto económico como político y también social, que le llevaba a abusar drásticamente de los más humildes a quienes encomendaba tareas de cuidado y adecentamiento de su finca por el mero hecho de seguir gozando de un aprovechamiento del que ya habían disfrutado sus ancestros desde hacía siglos. Esos trabajos los debían hacer de forma totalmente gratuita. Ese despotismo del que hacía gala montando a caballo, del que rara vez se bajaba, le llevó a generarse, no centenares, sino millares de enemigos a quienes había perjudicado tanto por su talante como por la extrema violencia de la que alardeaba en todas y cada una de sus acciones.

En aquel entonces, abril del año 1940, una numerosa partida de miembros del maquis pululaba por los montes y montañas de Galicia, siendo una de las más destacadas la que operaba en el municipio de Abadín. Muchos de ellos buscaban realizar acciones contra objetivos que les granjease, no solo la legitimidad entre los suyos, sino también la simpatía de los habitantes de las áreas rurales. Uno de estos jefes guerrilleros era Luis Trigo Chao, popularmente conocido como «Gardarríos» en alusión a su antigua profesión de agente forestal en tiempos de la IIª República. Este hombre, no solo conocía bien la zona, de la que era oriundo, sino también el grado, ya no solo de desafección, de odio que existía entre el vecindario contra José Viador, a quien no solo consideraban un intruso, sino un usurpador que se había apoderado de forma ilegítima y torticera de una propiedad que había sido siempre explotada por ellos en régimen comunitario.

Como buen conocedor, no solo de la montaña, sino también de técnicas guerrilleras estudió durante algún tiempo las costumbres de José Viador, quien andaba generalmente a caballo sobre su finca, de la que había desahuciado a una familia que tenía en su cercado su centenaria vivienda, examinando todos sus rincones. Esas rutas solía realizarlas al atardecer, cuando caía el sol. Iba casi siempre armado, pues, pese a todo no ignoraba la gran impopularidad que suscitaba entre la mayoría de los habitantes de la zona y sabía que, en cualquier momento, podía aguadarle una inesperada y desagradable sorpresa.

Así sucedió al atardecer de un día de primavera, concretamente el 9 de abril de 1940, cuando sus enemigos le sorprendieron en el lugar conocido como o Pico da Lebre, un terreno de su finca escarpado y montañoso donde su verdugo le esperó escondido entre unas matas, disparándole a quemarropa, sin que tuviese la mínima oportunidad de reaccionar, siendo derribado de su caballo. Los autores de su muerte cogerían su cadáver y lo colocarían de cubito supino, además de esparcir el dinero que llevaba encima y colocar el reloj en un lugar visible, al igual que hicieron con una segunda pistola que el conocido falangista llevaba escondida.

Con este ritual, sus verdugos pretendieron demostrar que no se había tratado de un atraco que había salido mal, sino que se trataba de un asesinato premeditado y buscado en el que se reflejaba el ansia de ajustar cuentas y vengarse de quien siempre había demostrado ser un tirano con quienes le rodeaban. Los motivos del asesinato estaban muy claros y en este sentido coincidían tanto la versión oficial como la popular. La primera achacaba el mismo que obedecía a la adquisición de la finca por el «camarada Viador» en contra de los muchos abusos que habían ejercitado vecinos de comarcas próximas sobre la misma, aprovechándose de pastos y madera de la misma.

Este crimen fue visto por la práctica totalidad de los vecinos como un elemento liberador, en tanto que a «Gardarríos» le serviría para legitimarse tanto a nivel social como en la guerrilla de la que formaba parte. Además, en torno a este último se generaría un mito del guerrillero del pueblo, de hombre que lucha por el bien común. A todo ello se añadía el hecho que entre los habitantes de la zona afectada por la enajenación de la propiedad por parte de Viador, comenzó a reinar el clima de que se había hecho justicia con un asunto muy turbio en el que habían intervenido directamente las nuevas autoridades de un régimen inhumano y totalitario, como son todas las dictaduras.

 

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La ejecución de la maestra de Miño María Vázquez

Los primeros tiempos de la Guerra Civil llevaron a Galicia a su desgobierno más absoluto. Solamente se sabía que el territorio estaba bajo el mandato de los sublevados, aunque se desconociese prácticamente quienes eran las nuevas autoridades. La resistencia no duró más allá de la última semana de aquel trágico y sanguinario mes de julio en el que comenzó la gran tragedia. Las personas que habían formado parte de partidos u organizaciones afines a la República parecían tener la suerte ya echada de antemano. Al terror que habían impuesto distintos grupos paramilitares, principalmente los pistoleros azules, se sumaba la dejadez de la que estaban haciendo gala las nuevas autoridades. Una desidia total que, en muchos casos, se cebaría con personas de escasa relevancia política que habían quedado atrapadas en la mortal ratonera que suponía el hecho de no haber huido a tiempo para un lugar seguro.

Una persona que fue una presa fácil para aquellas bandas ansiosas de terror y sangre fue la maestra titular de Miño, María Vázquez Suárez, quien había nacido en el año 1895 en la localidad lucense de Sober. Esta mujer hacía su vida tranquilamente, pensando que nadie le haría daño alguno, cuando en los primeros días de aquel conflicto, y en los que en Galicia la situación estaba plenamente dominada, sería detenida por alguna milicia y la guardia civil, siendo acusada de promover la escuela laica y el amor libre. Una acusación, por otra parte, que no deja de ser baldía y paradójica.

A consecuencia de la denuncia y posterior acusación, la maestra daría con sus huesos en la cárcel de Pontedeume, a la que sería trasladada tras ser detenida en A Coruña. Allí, en las lúgubres instalaciones carcelarias a las que eran destinados los presos políticos, viviría sus últimos días en medio de vejaciones, humillaciones e insultos por su condición de mujer y maestra defensora de la igualdad.

Fusilada en la playa de Miño

Como solía ser habitual con muchos presos, ni siquiera eran llevados delante de un juez ante el que poder defenderse de los cargos que presuntamente le acusaban. Un buen día, en la madrugada de un suponemos caluroso 19 de agosto de 1936, fue conducida hasta el arenal de Miño, en el mismo pueblo en el que había instruido a nuevas generaciones de mujeres, donde unos pistoleros enfundados en sus respectivas casacas azules le darían muerte de varios disparos, dejando para siempre regada de sangre la esplendorosa playa de la Costa Nácar de Galicia. Con ella nos dejaba algo más que una simple maestra de escuela. Se iba para siempre una luchadora e innovadora educativa de hace ya casi un siglo, en 1921, cuando inició su andadura profesional en unas viejas y reducidas aulas en las que impartió sus primeras clases.

La figura de María Vázquez Suárez es recordada, además de su afiliación política al PSOE, por ser la primera mujer que habló en público en la villa costera coruñesa de Miño. Además de su actividad política, destacó también por su carácter emprendedor y asociativo, ya que sería un miembro destacado de FETE-UGT durante la IIª República española, de la que llegaría a ser vicetesorera.

La maestra, que impartía sus clases en una reducida estancia de la vieja casa consistorial de Miño, pasaría a la historia por ser una firme defensora de la escuela laica, además de los derechos de la mujer propiamente dichos, además de innovadores métodos educativos en los que sus alumnos desempeñaban una primordial función. En años posteriores a su muerte regresaría la vieja escuela, harto llena de viejos maestros incapaces, muchos de ellos carentes de una titulación y cualificación homologada, perpetuándose un ancestral sistema de obediencia ciega al profesor, a lo que se unían las rígidas directrices de una educación firmemente condicionada por la anquilosada moral católica.

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El asesinato del naviero Joaquín Menéndez Ponte

El naviero asesinado era presidente de la Compañía Ponte-Naya

A nadie se le escapa que la droga ha causado muchos estragos en nuestra sociedad. Es algo más que obvio. En la década de los años ochenta fueron muchos los jóvenes atrapados por la heroína, que hizo un daño más que espantoso, además de ser una fuente inagotable del contagio de enfermedades, entre ellas el SIDA, que también dejaría su apestosa pisada en muchos de aquellos mozos que fueron sus víctimas. El narcotráfico movía una ingente cantidad de dinero que procedía casi todo de la delincuencia. A aquellos que caían en las redes de la droga no les quedaba otro remedio que sumergirse en el inframundo de los bajos fondos y la delincuencia para poder costearse un hábito que de otra forma les hubiese resultado imposible hacerle frente.

Al estar muy estrechamente relacionado con el mundo del delito, el mundo de las drogas sería también la causa de un gran número de crímenes y robos en todo el país. Además, los actos delictivos cometidos por aquellos muchachos cuando se encontraban con el «mono» podían ser verdaderamente crueles y execrables hasta el extremo. De hecho, en Madrid se viviría la famosa matanza de la calle Sáinz de Baranda, en la que dos jóvenes, en pleno estado de ansiedad, acabarían con la vida de un matrimonio estadounidense y su criada de una forma verdaderamente truculenta y que consternaría a la capital de España en los últimos de un gélido mes de enero del año 1988.

Una de las víctimas de ese estado de desesperación de unos drogodependientes lo sería, de forma colateral y hasta se puede decir que un tanto casual, el conocido naviero gallego Joaquín Menéndez Ponte, de 59 años, quien sería asesinado de dos certeras puñaladas en la madrileña calle de Balbina Valverde, en la colonia de El Viso, considerada como la zona más rica de España, en la jornada del primero de junio de 1988.

En defensa de su cuñado

El conocido empresario gallego, que se encontraba en Madrid de forma ocasional, había salido en defensa de su cuñado Álvaro Cruzat en torno a la una y veinte de la madrugada, al ser abordado por dos jóvenes que pretendían robarle el coche, además de apoderarse de diversos objetos de valor, entre ellos algunas joyas, que portaba la esposa de su hermano político, Virginia Zubiría. En la refriega, después de haber logrado su objetivo, los ladrones no dudaron en emplear un arma blanca con la que darían muerte al presidente de la conocida naviera gallega Ponte Naya. El coche lo sustrajeron con la esposa de Álvaro en su interior, aunque la arrojarían del mismo un centenar de metros más adelante. La mujer solo sufriría algunas contusiones leves. Los dos cuñados habían ido a cenar juntos esa noche y regresaban al domicilio de Álvaro Cruzat.

Una vecina se sintió alarmada por los gritos que profería la mujer que había sido víctima del asalto, así como por el impacto que les había ocasionado el charco de sangre en el que había quedado el naviero gallego. Inmediatamente, puso el caso en conocimiento de la policía, así como de los servicios asistenciales con el fin de socorrer al empresario herido de gravedad. Fue trasladado al centro hospitalario madrileño Gregorio Marañón en el que ingresaría ya cadáver.

Según declaraciones de los testigos, el suceso se produjo de una forma muy rápida, sin que les diese tiempo a reaccionar, ya que dos hombres jóvenes se abalanzaron sobre ellos sin que pudiesen hacer nada. Joaquín Menéndez ya se encontraba a la altura del portal para dirigirse a la casa de su hija, en la que se encontraba hospedado durante su estancia en Madrid.

Su cuerpo sería trasladado hasta el Insituto Anatómico Forense de la capital de España donde se le practicaría la autopsia. Posteriormente, recibiría sepultura en la ciudad herculina en los primeros días del mes de junio de 1988. Su fallecimiento provocaría la lógica consternación en la Galicia de la época, al ser muy conocido el empresario en diferentes ámbitos gallegos, de forma especial en el marítimo y el naviero.

Joaquín Menéndez Ponte, que estaba casado y tenía cuatro hijos, era el padre de la conocida escritora gallega en lengua castellana María Menéndez-Ponte Cruzat. Además era cuñado del duque de Feria. Economista de profesión, había sido consejero del Banco del Noroeste, entidad que había pertenecido al grupo RUMASA; presidente de la Compañía Marítima Ponte Naya, consejero de la Naviera Astur-Galaica, S.A.; presidente de Promociones Pecuarias, S.A. y consejero de Air Spain.

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Dos muertos por bombas en chalets de Pontevedra

Imagen de los fallecidos en su chalet de Pontevedra

A comienzos del nuevo milenio Galicia había dejado de ser el territorio atávico que falsamente habían dibujado algunas crónicas de medios foráneos. Nada recordaba al viejo territorio del que antaño huían sus hijos encaminados hacia supuestos paraísos en los que supuestamente les aguardaba una vida feliz y próspera, aunque finalmente una gran parte de ellos solamente lograban sobrevivir. Y muchas veces, ni eso. Tal y como les había ocurrido a una buena parte de los que se dejaron su piel y también su vida en los derrotados países del nuevo mundo.

En el país gallego de comienzos del siglo XXI se vivía francamente bien. O al menos eso pensaban muchos de sus habitantes, con Manuel Fraga Iribarne al frente, convertido en un casi eterno patrón paternal para muchos gallegos de la época. Sin embargo, en aquella tierra pasaban cosas. Algunas buenas y otras malas. Uno de esos años en el que se sucedieron distintos acontecimientos de triste rememoranza para muchos gallegos fue el año 2002, el del famoso y desgraciado «Prestige», aquel petrolero de bandera de conveniencia que soltó su carga al embarracar frente a las costas gallegas ocasionando una terrible catástrofe de dimensiones desconocidas, siendo los principales damnificados los muchos hombres y mujeres que vivían exclusivamente del mar.

Precisamente, en la misma época en la que el famoso buque provocó la triste marea negra que traería una consecuencias fatales para los gallegos se producirían dos atentados o explosiones que jamás se supo quien había sido su autor real, pese a que se detuvo a tres personas una semana después de las explosiones que dieron como resultado la muerte de un matrimonio y heridas a otras dos personas en el extrarradio de la ciudad de Vigo. Las explosiones tuvieron lugar a primeras horas de la mañana del día 5 de noviembre de 2002.

Matrimonio asesinado

En el barrio vigués de Cabral el matrimonio formado por Vicente Lemos Haya, de 51 años y su esposa, Rosa Gil se vio sorprendido al encontrar una bolsa negra en la verja de entrada de su chalet en torno a las nueve y cuarto de la mañana. El envoltorio también sorprendió a una vecina que pasaba por el lugar, aunque sin darle mayor importancia. La pareja, que se dirigía a la casa de los padres de la mujer, decidió examinar lo que había en la colgadura que, al descolgarla, provocaría una potente deflagración que terminaría con la vida de ambos. El era uno de los jefes de producción de la factoría de Pescanova en la ciudad de Vigo, en tanto que ella era ama de casa.

Al escuchar la potente detonación, los vecinos de viviendas contiguas salieron a la calle alarmados, pensando que se trataría de una explosión de gas. Desgraciadamente, era mucho más que el simple estallido de una bombona, ya que se encontraron de súbito con los dos cadáveres de la pareja formada por Vicente y Rosa en el suelo. Su automóvil, un SEAT 600, todavía se encontraba encendido.

Los vecinos de las víctimas se sintieron muy desconcertados por esta gran tragedia que nadie sabía a que podía deberse, pues se trataba de una pareja prácticamente anónima, que tenía un único hijo de 21 años, que estaba cursando sus estudios universitarios en la ciudad de Santiago de Compostela.

Padre e hijo heridos

En el mismo barrio donde se registró la anterior explosión, algo más de una hora antes, a las ocho de la mañana se produjo otra detonación que provocaría heridas de cierta consideración a Luis Ferreira Pérez, de 43 años de edad, apoderado de una sucursal bancaria en la ciudad de Vigo y a su hijo Óscar, de doce. La detonación le provocaría un traumatismo en el abdomen con estallido intestinal y una herida en la córnea del ojo izquierdo. A su padre las heridas le afectarían a las piernas, fracturándole la tibia izquierda. Ambos serían ingresados en el hospital Meixoeiro de la ciudad olivíca.

Como consecuencia del resultado de la explosión, la esposa y madre de los heridos sufrió un ataque de nervios, del que tendría que se atendida en el mismo centro sanitario en que fueron ingresados su marido e hijo.

Las familias que sufrieron ambos atentados residían en la periferia de la ciudad olívica, sin tener ninguna relación aparente entre ellos, pese a que las bombas explotaron en la misma jornada y estaban compuestas de un material similar. Las mismas estaban compuestas de pólvora prensada, hechas de una forma muy rudimentarias, pero preparadas para hacer el mayor daño posible. En el interior de cada una de las dos bolsas, envuelto en papeles de periódico, había un tubo de unos 30 centímetros de longitud relleno con trozos de hormigón y piezas de hierro para que actuasen como metralla con la finalidad de hacer el mayor daño posible. Los tubos se accionaban con un sistema de detonación, listo para el primer movimiento. Se supone que ambos explosivos fueron colocados en la noche anterior a hacer su detonación.

Impunidad

Apenas dos semanas más tardes fueron detenidos tres jóvenes como presuntos autores de las explosiones que habían provocado la muerte de un matrimonio y heridas graves a otras dos personas, entre ellas un niño. Sin embargo, dos de ellos serían puestos en libertad tras prestar declaración ante la jueza titular del juzgado de instrucción número dos de Redondela Carmen Novoa Santos.

Solamente uno de los detenidos F.R,G., permanecería en prisión durante algún tiempo, concretamente entre el 13 de noviembre de 2002 y el 21 de noviembre de 2003. Sería puesto en libertad tras abonar una fianza de 3.000 euros. Esta misma persona solicitaría de la Justicia una indemnización de 58.100 euros por el tiempo en que estuvo en prisión en concepto de daños morales y perjuicios ocasionados por el tiempo que permaneció privado de libertad. Sin embargo, su reclamación no fue atendida por los tribunales, al estimar que no se trataba de un sobreseimiento libre.

Pese a que han transcurrido casi 17 años desde que se cometieron estos horrendos atentados, jamás se ha vuelto a detener a ninguna persona que se sospechase alguna relación con este suceso que costó la vida a dos personas. La policía siempre sostuvo que ambas explosiones habían sido obra de la misma persona, pese a que ambas familias no guardaban ninguna relación aparente entre si. De la misma forma, siempre se ha descartado la hipótesis de que se tratase de un atentado terrorista por la escasa relevancia social que gozaban las víctimas.

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El asesinato de Antonio Alfageme

En el año 1974 todavía eran muchos los gallegos que probaban fortuna lejos de su tierra, ya que esta seguía siendo un territorio esquivo a la suerte y al emprendimiento de algunas iniciativas que les permitiesen prosperar. Se esperaba con espasmódica y tensa calma el fin de un régimen que parecía inminente, aunque se demoraría casi dos años, los mismos que le quedaban del vida al viejo dictador. El sistema político estaba ya muy corrompido y su descomposición parecía ser inminente, principalmente desde que fuera liquidado en un atentado terrorista que se atribuyó a ETA el almirante Luis Carrero Blanco, que había sido asesinado cuando estaba a punto de concluir el año 1973.

Galicia continuaba siendo esa tierra atávica y ancestral que todavía seguía siendo retratada como un territorio peculiar y desconocido, en el que aún se escuchaban, aunque cada vez menos, los eternos cuentos de meigas, trasnos y tangaraños. De la misma forma, muchos gallegos de la época, principalmente en la provincia de Lugo, seguían trabajando de una manera tradicional en la que no daban por desaparecido a los viejos arado romano y el carro del país que, a lo largo de caminos y corredoiras, seguían entonando su no menos ancestral sintonía en la que su eje, escasamente engrasado, seguía siendo el gran protagonista.

Pero pese a que seguía siendo un territorio inmóvil y a veces podría decirse que aletargado, por su negativa a renovarse, era una tierra en la que sucedían cosas. Algunas eran buenas, y otras no tanto. Tampoco era el inquilino de El Pardo el único protagonista de aquella eterna Galicia, que tan solo un lustro antes había gozado de la gesta del Pontevedra CF en la máxima categoría del fútbol estatal al ya clásico grito de Hai que roelo!

Aquella primavera del año 1974 estaba siendo convulsa. Los motivos de esa convulsión los podemos encontrar en la ejecución de Salvador Puig Antich, quien había padecido una verdadera degolladura a consecuencia de la impericia del verdugo que le tocó en desgracia. Pero en Galicia se produciría un hecho singular que alteraría la tranquila convivencia de sus habitantes. En Vigo aparecía asesinado en la tarde-noche del 20 de abril de 1974 en el despacho de su oficina el empresario conservero, Antonio Alfageme del Busto, de 57 años de edad, y que, además de dirigir su puntera sociedad, era presidente de la Unión de Fabricantes de Conservas de Galicia, siendo toda una autoridad en su tierra en aquella época.

Un familiar de la víctima, Fernando García del Valle, ingeniero naval de profesión y yerno de Antonio Alfageme, daría la voz de alarma en torno a su desaparición, ya que su suegro se estaba demorando en regresar a su domicilio para cenar. Esta misma persona de su círculo más íntimo lo encontraría tendido en el suelo de la oficina en medio de un gran charco de sangre. Su asesino se había ensañado con su víctima, pues presentaba un gran número de cortes y puñadas hechas con algún objeto punzante que bien pudiera ser una navaja o un arma semejante.

Confusión

La muerte de Antonio Alfageme del Busto provocó la lógica consternación en su ciudad, Vigo, donde, además de ser un personaje muy popular y conocido, gozaba del aprecio de gran parte de sus paisanos. Cuando los investigadores hicieron sus primeras pesquisas se centraron en diversas pistas, algunas de las cuales podían apuntar a algunos empresarios de su mismo sector o por algún ajuste de cuentas. Sin embargo, había un hecho que parecía dar algo de luz en el asunto, el ensañamiento que había provocado en su víctima revelaba que se escondía alguna otra cuestión de tipo personal en la que estuviese involucrado el conocido empresario gallego.

Durante varias jornadas se sucedieron los interrogatorios a distintas personas de la ciudad, entre ellos al también empresario Francisco Rodríguez Rodríguez, propietario de la empresa de la distribución del butano de la ciudad de Vigo. Aunque resultó detenido en un primer momento, posteriormente sería puesto en libertad, al no encajar algunas de las piezas del impresionante rompecabezas ante el que se hallaban los investigadores policiales.

La principal clave del crimen que conmocionó a la sociedad gallega de entonces, la daría un cuaderno privado de notas de la víctima en el que se anotaban muchos teléfonos, entre ellos hasta los de siete señoritas, aunque para desvelar a quien correspondían debieron hacer encajes de bolillos, pues sus nombres estaban escritos en clave. Finalmente, la nómina de las investigadas se redujo a cuatro.

Entre esas investigadas se encontraba la esposa del propietario de la empresa dedicada a la distribución del butano en la ciudad olívica, María Cristina Pérez de Diego, una bella y distinguida dama de la alta sociedad de la ciudad del sur de Galicia de 42 años de edad, quien había sido condenada por adulterio. Esta fue la pista principal que siguió la policía, que le llevaría hasta su viejo conocido Francisco Rodríguez, quien sería detenido casi tres semanas después de haberse cometido el crimen. Para ser más exactos, su detención se produjo el 10 de mayo de 1974. La contemplación de una silueta con una chaqueta de color rojo en las inmediaciones de la oficina de Alfageme el día de autos fue clave también en su detención, pues esa prenda era la que habitualmente empleaba el industrial conservero en su despacho. El empresario del butano de la ciudad olívica confesaría ante los agentes de la comisaría viguesa el asesinato. Se comentaba entre personas de su círculo más próximo el hecho de que, pese a haber cometido un crimen y a estar en la lista de los sospechosos, hacía una vida completamente normal como si nada hubiese ocurrido y el asunto no fuese con él.

Estilete abrecartas

Tras confesarse autor del crimen, Francisco Rodríguez relataría ante las autoridades que detrás del sangriento suceso se hallaba una cuestión de carácter sentimental, pues su esposa se había convertido en la amante de Alfageme. Además, confesaría también que recibía cartas anónimas, escritas a máquina, en las que se le indicaba que su mujer se traía un lío de faldas con el conocido conservero. Estas mismas misivas resultaron también una clave para resolver el asunto, pues la letra de las mismas se correspondía con las de una máquina de escribir que Antonio Alfageme poseía en su propio despacho.

Previamente, Francisco Rodríguez había encargado a un detective privado el seguimiento de su esposa. Así era conocedor de prácticamente todos los detalles sobre su vida. Entre estos figuraba una cita en una pensión de Vigo, situada en la calle Alfonso XIII el 20 de abril de 1974. De la misma vio salir al presidente de los conserveros gallegos, mientras que tan solo unos momentos después saldría su esposa. Posteriormente, Francisco se dirigiría al garaje de su casa de donde tomó un desmontable, que guardó en el bolsillo del pantalón. Este era un aparato para sacar y poner las arandelas de los vehículos.

Provisto de lo que supuestamente precisaba, se dirigió a la calle Felipe Sánchez, donde se emplazaba el despacho de su víctima, a quien la abordó en el momento en que esta la abandonaba. En un principio le propinó un empujón así como una patada en el bajo vientre, lo que provocaría que Alfageme cayese de rodillas al suelo, donde continuaría golpeándole de forma insistente con el desmontable, provocándole una primera conmoción.

Tras la primera agresión, Francisco Rodríguez se dirigió a los lavabos con la intención de asearse, pero vio como la víctima trataba de alcanzar la puerta arrastrándose por el suelo, por lo que proseguiría agrendiéndole con mucha mas saña. Ahora utilizaría un estilete de abrir cartas o posiblemente una navaja, con la que le propinaría hasta un total de 13 puñaladas en el cuello que acabarían con la vida de Antonio Alfageme. Tras cometer el crimen, el propietario de la empresa de combustibles se dirigió al muelle de Vigo, donde arrojaría al mar el arma utilizada en la comisión del asesinato. Esa misma noche, cuando regresó a su domicilio, después de cenar se iría al cine con su esposa.

Condena

E 10 de junio de 1975 se celebraría el juicio por el crimen que costó la vida a Antonio Alfageme en la Audiencia Provincial de Pontevedra, presidiendo el tribunal el magistrado Mariano Rajoy Sobredo. En un principio se pedían 15 años de cárcel para Francisco Rodríguez, así como una indemnización de un millón de pesetas para los herederos de la víctima. Los encargados de juzgar este controvertido y rocambolesco caso tuvieron en cuenta distintas atenuantes que se derivaban de los informes elaborados por los peritos y psiquiatras que se encargaron de juzgar ese suceso. Así, según los forenses, el acusado presentaba una «personalidad inmadura», a lo que se añadía un «bajísimo nivel de angustia», además de calificarlo como un «psiconeurótico de carácter patológico» lo que significaba un «defecto en la formación de la personalidad», siendo inconsciente de sus actos en el momento de cometer la agresión mortal sobre Alfageme. A ello se añadía la negativa de la víctima a hablar con el agresor en el momento previo a cometer el crimen, lo que desencadenó su furibunda reacción, sufriendo en ese momento un trastorno mental de carácter transitorio.

Francisco Rodríguez Rodríguez sería condenado en sentencia firme a la pena de ocho años de prisión mayor, así como al pago de una indemnización cifrada en 900.000 pesetas a los herederos del empresario conservero vigués. Se tuvieron en cuenta las atenuantes presentadas por su abogado defensor, indicando que el agresor había actuado de «forma obcecada» en el momento de asesinar a Antonio Alfageme. A todo ello se añadía los antecedentes que presentaba su esposa, quien, como ya se ha indicado, había sido condenada por adulterio.

En aquel tiempo, hace ya 45 años, se pretendió relacionar este crimen con el famoso «caso Reace», un escándalo motivado por la desaparición de más de cuatro millones de kilos de aceite en el año 1972 de su factoría, ubicada en el municipio de Redondela, muy próximo a Vigo. El aceite desaparecido pertenecía a la Comisaría General de Abastecimientos y estaba valorado en casi 170 millones de pesetas (más de un millón de euros actuales). En torno a este escándalo se producirían distintas muertes en muy poco tiempo, relacionándose el deceso de Alfageme con otros similares acontecidos en aquella época. De la empresa Reace, propietaria de la factoría de la que había desaparecido el aceite, formaba parte de su consejo de administración Nicolás Franco Bahamonde, hermano del entonces Jefe del Estado, Francisco Franco, aspecto este que aumentaba el interés público por tan dramático asunto.

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