Dos guardias civiles asesinados en Vilanova de Lourenzá

Los años ochenta eran tiempos difíciles para ser guardia civil en España, principalmente en el País Vasco donde se vivía la época conocida como Años de plomo por el gran número de agentes de instituto armado que habían caído como víctimas del terrorismo. En Galicia, afortunadamente, la situación era radicalmente distinta. Es más, los miembros de la Benemérita gozaban del aprecio y afecto de las distintas localidades en las que había el respectivo puesto de las fuerzas de seguridad. Aún así, hubo que lamentar varias muertes por distintos actos terroristas de un buen número de agentes, mayoritariamente ocasionadas por los GRAPO y una por miembros del desarticulado Exército Guerrilleiro do Pobo Ceibe Galego.

De todos es sabido lo siempre que están expuestos los miembros de las fuerzas del orden a exponer su vida, debido a que en ocasiones tienen que enfrentarse a energúmenos con amplios historiales delictivos y que, poco o nada, tienen que perder. Así ocurrió en la tarde del domingo, 10 de febrero de 1980, cuando los miembros de la Guardia Civil del destacamento de Vilanova de Lourenzá recibieron la llamada de alerta de sus compañeros de Ribadeo, dándoles los datos de un individuo que había sustraído un coche en la villa costera. Los agentes de Lourenzá esperarían al ratero alrededor de las cuatro de la tarde vestidos con uniforme de paisano a fin de evitarle sospechas. Sin embargo, el sexto sentido que suelen tener los delincuentes le funcionaría a la perfección, ya que se percataría inmediatamente que se trataba de dos agentes armados.

Abandono del vehículo

El hombre que había sustraído el vehículo en Ribadeo, Cipriano Lampón Gerpe, al sentirse acorralado por los dos agentes, así como un guarda forestal que se prestó a colaborar con miembros del instituto armado, iniciaría una huida por el área boscosa próxima a la villa de Lourenzá. En ella demostraría ser un consumado experto en la lucha armada y la supervivencia, ya que desde unos matorrales dispararía con la escopeta de cañones recortados que portaba contra el sargento Manuel Lamela Montouto, de 50 años de edad, alcanzándole en el externón y abdomen, resultando herido de extrema gravedad. El agente, a quien se le extrajo abundante cantidad de metralla en el antiguo Hospital Xeral de Lugo, fallecería doce días más tarde a consecuencia de las graves heridas que sufría, ocasionadas por los disparos que le había efectuado su asesino.

La lucha por la captura del joven delincuente la proseguiría su compañero, el cabo Angel Broz Novo, con quien realizaría un constante intercambio de disparos, dándose la mala suerte de que el miembro de la Benemérita acabó su munición cuando perseguía a Lampón Gerpe. Este último, consciente de su superioridad, le obligó colocar los brazos en alto y, colocándole la escopeta que portaba en la cabeza, ejecutaría al infortunado agente, un hombre de 34 años y nacido en la parroquia chairega de Valdomar, perteneciente al municipio lucense de Begonte.

Cipriano Lampón, que ya había pasado por la cárcel por distintos hechos delictivos, demostraría ser muy escurridizo, fugándose después de trepar por un muro, logrando sobrevivir al acecho de las fuerzas del orden durante dos días. Sin embargo, le traicionaría su ansia de satisfacer el hambre que le había generado su supervivencia en el monte. Sería detenido en el momento en que se encontraba robando una tarta en una confitería de la localidad de Mondoñedo por agentes que inmediatamente procedieron a su detención e identificación en la mañana del 12 de febrero, siendo trasladado a las dependencias de la comandancia de la vieja urbe medieval del nordeste gallego.

La escopeta de cartuchos con la que había cometido ambos asesinatos sería encontrada aquellos mismo días por un grupo de escolares del colegio de enseñanza primaria de Mondoñedo, abandonada en sus inmediaciones.

Condenado a 47 años de cárcel

Cipriano Lampón Gerpe sería juzgado en la Audiencia Provincial de Lugo en julio del año 1980. En total sería condenado a dos penas de prisión que sumaban un total de 47 años de cárcel, además de tener que indemnizar a los herederos de cada una de las víctimas con más de tres millones de pesetas (18.000 euros actuales). Al ser insolvente, y estar los agentes en acto de servicio, se haría cargo el Estado como responsable civil subsidiario.

Además de los dos asesinatos, que su defensa calificó de homicidio, se le condenaba también por delitos contra la seguridad en el tráfico, puesto que carecía de permiso de conducir, así como también por su reiterada actividad delictiva, ya que formaba de una banda de cinco delincuentes, cuatro de los cuales habían sido detenidos en las mismas fechas. El forense que lo examinó lo había calificado como un «psicópata desalmado». En su veredicto, el juez tuvo en cuenta la eximente de enajenación mental transitoria. De hecho, la sentencia sería apelada ante el Tribunal Supremo, quien ratificaría la emitida por la Audiencia Provincial de Lugo.

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Dos trabajadores asesinados en una cantera de Cervo (Lugo)

Cantera en la que fueron asesinados dos trabajadores

A finales de los años setenta del pasado siglo el norte de Lugo se estaba convirtiendo en el principal motor industrial de la provincia. A la llegada de una importante empresa dedicada a la producción de aluminio, se sumaba además la expansión de sus áreas portuarias emplazadas en Burela y Celeiro respectivamente. A todo ello habría que añadir otras industrias ya existentes, entre ellas las dedicadas al sector naval y a las explotaciones mineras de caolín. Los municipios costeros comenzaban a gozar de una importante pujanza económica que se traduciría, con el paso de los años, en una intensa expansión demográfica de la que carecía el resto de una provincia que parecía haber sucumbido a un atraso finisecular.

Uno de los municipios que más estaba experimentando el notorio auge provocado por la instalación de grandes industrias era el de Cervo, previamente a la segregación de Burela, que en aquel entonces era ya el cuarto en lo que a población censada se refiere de la provincia de Lugo. Sus muchos asentamientos empresariales lo habían convertido en un atractivo especial para una gran parte de los muchos jóvenes, y otros que no lo eran tanto, que tanto abundaban en un territorio incapaz de ofrecerle una salida digna a una mano de obra que empezaba a estar muy cualificada y que ya no quería emigrar como habían hecho sus ancestros.

En todos los lugares dónde se radican importantes empresas, como era el caso de la Costa lucense y más concretamente en el triángulo formado por Burela-San Cibrao-Xove, es muy común que aniden todo tipo de personas, independientemente de su carácter, condición social o personal o cualquier otra. Así sucedía en la villa costera de Burela en la época previa a convertirse en municipio autónomo y que comenzaba a acoger a un gran número de forasteros. En Cervo se localizaba una importante empresa germana dedicada a la explotación de caolín y eran muchos a los hombres que les daba trabajo. Buenos y malos.

Como si de un extraño y macabro arte de magia se tratase, un camionero se vería truculentamente sorprendido en torno a las dos de la tarde del primer lunes del mes de diciembre de 1979, concretamente el día 3. Ante un estado de estupor que le conminó desde el primer instante, en uno de los barracones a los que habitualmente se dirigían los trabajadores para comer, contemplaría atónito como dos de los cuerpos de los hombres que trabajaban en la explotación de caolín yacían tirados sobre sendos charcos de sangre. Se trataba de Emilio García Díaz, de 52 años, que era natural de Alfoz, y José López Balseiro, oriundo del vecino municipio de O Valadouro. Alguien les había dado muerte de una forma horrenda. Inmediatamente, llamó a sus superiores y se puso el caso en conocimiento de las autoridades para investigar lo que allí había ocurrido.

Fallo en la inspección ocular

En un primer instante se pensó que la muerte de ambos trabajadores, en tanto no se les practicó la autopsia y no se detuvo al autor confeso del doble crimen, había sido provocada por arma blanca o con alguna herramienta de trabajo, pues presentaban heridas superficiales muy profundas. Además, así lo relataba la prensa de la época. Poco a poco, los investigadores irían atando cabos hasta que sus sospechas se empezaron a cernir sobre un individuo joven, de unos 25 años, a quienes sus antiguos compañeros le calificaban de «raro» y que hacía escasos días que había abandonado la localidad portuaria de Burela. Se constaba asimismo que el asesino se había apoderado del sueldo mensual que habían cobrado ambos trabajadores y cuyo importe total ascendía a 60.000 pesetas (360 euros actuales).

A primera hora de la tarde de la jornada siguiente, martes, sería detenido en la capital de Lugo el autor de los dos asesinatos, José Pardiño Expósito, cuando se dirigía a la estación de autobuses lucense tras haber descendido de un turismo. Fue identificado por sorpresa por miembros del Servicio de Información de la Guardia Civil, cuyo cuartel se encuentra a poco más de 200 metros del lugar dónde se produjo la detención, siendo inmediatamente trasladado a sus dependencias. El autor del doble crimen no opuso resistencia alguna, además de confesarse autor de la muerte de ambos trabajadores desde el primer momento.

En su primera declaración en las dependencias de la Benemérita de Lugo, responsabilizaría a las dos víctimas de su expulsión de la empresa en la que trabajaba, motivo este que le llevó a cometer el brutal crimen que conmocionaría profundamente a la provincia de Lugo y especialmente a su zona litoral en aquellos últimos días de la década de los años setenta del anterior siglo. Si bien es cierto, que los investigadores no hicieron mucho caso de este primer testimonio. De la misma forma, se le intervinieron 40.000 pesetas, de la cantidad total que había sustraído a sus víctimas. Las otras 20.000 las había gastado en el transcurso de la noche anterior en el barrio chino de la capital lucense.

Tras su detención, y tras la realización de las autopsias a los cadáveres de los trabajadores asesinados, se constató que el doble crimen lo había perpetrado con una escopeta a la que le había recortado los cañones. Al parecer, el arma homicida se la había sustraído a un hermano suyo, quien días antes había denunciado su desaparición ante el Cuartel de la Guardia Civil de Abadín, localidad de la que era natural. Declararía también que había efectuado los disparos a muy corta distancia, sin que las víctimas tuviesen tiempo alguno a reaccionar, de ahí que hubiese fallado la primera inspección ocular.

Condena

En junio de 1980 se desarrollaría en la Audiencia Provincial de Lugo el juicio contra José Pardiño Expósito, en una jornada que estaría cargada de una gran tensión, pues en el mismo se dieron cita las viudas e hijos de las dos víctimas del doble crimen de Cervo, además de numerosos compañeros, algunos de los cuales prestarían declaración en calidad de testigos.

De la pena a la que fue condenado el autor de ambos asesinatos, se desprende que llevaba el rostro cubierto con algún antifaz, ya que fue una de las circunstancias que agravaron su condena, así como la de reincidencia. El juez estimaría, a su vez, la eximente incompleta de enajenación mental transitoria. En total sería condenado a un total de 40 años de cárcel y al pago de una indemnización de 1.800.000 pesetas(10.800 euros) a los familiares de las víctimas.

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Tres emigrantes gallegos asesinados en Junín (Argentina)

Villa Talleres, lugar donde fueron asesinados tres hermanos emigrantes gallegos

La emigración gallega, como suele decirse, tuvo un poco de todo. Muchos de los que se marcharon en la primera mitad del siglo XX quedaron atrapados en la tormenta americana, sufriendo las calamidades derivadas de distintos regímenes tiránicos que llevaron a sus respectivos países a la bancarrota en la que quedaron sumidos quienes en otro tiempo habían ido en busca de una fortuna que en su tierra natal les daba la espalda.

Aquellos hombres y mujeres que se desplazaron al nuevo mundo no cabe la menor duda que con ellos llevaron también una parte importante de la tierra que los vio nacer. Gracias a ellos surgirían innumerables centros culturales y educativos que tenían una doble finalidad. Por un lado, no olvidar la profunda raigambre que los unía a su tierra, mientras que por el otro reunir los fondos necesarios para dotar de centros educativos, principalmente, a esa misma tierra que habían abandonado para ver si así, con la educación, se terminaba con la endémica emigración y las nuevas generaciones podrían disfrutar el dorado que ellos buscaban allende los mares. Su misión se cumplió a medias, aunque jamás habrá que achacarles a quienes cruzaron el océano culpa alguna, ya que ellos cumplieron sobradamente con la parte que les correspondía. Quien no cumplió fueron los gobiernos españoles de turno que durante décadas se olvidaron de Galicia, para quienes no dejaba de ser un bucólico territorio en el que se escuchaba de fondo el repicar de un gaita en el resplandor de una alborada en la que caían incesantes gotas de lluvia, conocidas como calabobos. Quizás pretendían acallar a los gallegos, pero que no les tomasen por bobos. ¿Se entiende la ironía, no?

Entre los muchos gallegos que se desplazaron a aquel prometedor continente, muchos de ellos consiguieron hacer una cierta fortuna, a pesar de las adversidades derivadas de las dictaduras que asolaron a Hispanoamérica, logrando algo más que sobrevivir porque si de algo tienen fama quienes se desplazaron a ese territorio es de ser trabajadores de sol a sol. Tal era el caso de tres hermanos originarios de la localidad lucense de Mondoñedo, en la zona interior norte de la provincia de Lugo, que llegaron a la capital argentina, Buenos Aires, en un ya lejano año de 1940, siendo todavía muy jóvenes, cuando en España se estaba sufriendo una más que feroz posguerra. Tras muchos años de esfuerzo lograron levantar su pequeño emporio que les ayudaría a vivir desahogadamente los últimos años de sus vidas, ya que disponían de nada más y nada menos que de 53 viviendas en la provincia de Buenos Aires y otras propiedades en España, dónde también residía un hermano suyo.

Muertos a golpes

Sin embargo, tras haber trabajado como hacían los gallegos regentando una panadería, a quienes algunos cubanos les denominaban en tono despectivo comemierdas, su suerte se vio truncada en su atardecer vital, cuando quizás aún sus oídos recordasen los inigualables acordes de la vieja Alborada compuesta por el también mindoniense Pascual Veiga. Los tres serían brutalmente asesinados el 13 de junio de 2005 por unos individuos que, además, les robaron, siendo conocedores sus asesinos de la buena situación financiera de la que gozaban los tres ancianos fallecidos. El medio argentino Infobae informba que los ancianos habían sido asesinados a «palazos y a fierrazos». El crimen se produjo en la calle Primera Junta, de la ciudad de Junin, en el distrito de Villa Talleres. Esta ciudad se encuentra situada en la provincia bonaerense a 260 kilómetros de la ciudad autónoma de Buenas Aires. Se llamaban Agustín, Josefa y José Villalba, contando en el momento de su óbito con 78, 82 y 84 años respectivamente. Los dos varones estaban solteros, mientras que la mujer estaba viuda y no tenía hijos.

La muerte que sufrieron fue de lo más espantoso, ya que la policía sospechó incluso si les habrían torturado para obligarles a decir donde guardaban el dinero. La cantidad robada era relativamente elevada si se tiene en cuenta el nivel adquisitivo de Argentina, ya que ascendía a 7.000 pesos, al cambio unos 1.800 euros. La policía argentina barajó otras hipótesis que podrían esconderse detrás de aquel brutal crimen, tal como alguna venganza, debido a la saña que emplearon los criminales contra tres pobres desvalidos ancianos. Esta tesis venía avalada por el hecho que los investigadores todavía encontraron 7.000 pesos que no fueron robados en la vivienda y que «estaban a la vista de cualquiera», según declaraciones efectuadas por un alto mando policial argentino.

Al llegar los cuerpos policiales se encontraron al más joven de los tres, Agustín, todavía con vida, siendo trasladado inmediatamente al un centro sanitario en el que fallecería horas más tarde. En las escasas palabras que pudo dar ante los investigadores declararía que los asaltantes se habían apoderado de «mucha plata», además de facilitar el dato que habían sido tres delincuentes los que los habían asaltado y dado muerte.

El crimen fue descubierto por un vecino de la localidad al observar que la vivienda de la familia Villalba se encontraba abierta para saber que ocurría. Nada más entrar escuchó los gemidos de dolor que daba Agustín, el único hermano que había sobrevivido a la matanza. Penetraría posteriormente en el interior de la vivienda encontrándose con el dantesco panorama de que dos de los hermanos ya se encontraban muertos, en tanto que el tercero estaba gravemente herido, además de hallar la casa completamente revuelta.

Detenciones

La policía argentina detendría a varios individuos que podrían estar relacionados con el crimen que les había costado la vida a estas tres personas oriundas de Mondoñedo. En un principio se detuvo a tres personas, de las que dos serían puestas en libertad una vez que les tomaron declaración al demostrarse que no guardaban relación alguna con el trágico suceso. El tercero en discordia sería procesado y condenado junto con otros dos individuos a quienes delató este último. Al detenido se le hallaron en su poder diferentes ropas ensangrentadas así como una gran cantidad de dinero en efectivo que supuestamente procedía del robo.

En relación con este desgraciado suceso también fue detenido un conocido curandero de la zona, ya que a él se le atribuía el hecho, de como así parece ser que fue, de haber facilitado datos e información acerca de la situación económica de los ancianos asesinados. El curandero sería condenado a ocho años de prisión por la complicidad con los asesinos.

En las jornadas en las que tuvo lugar este luctuoso suceso en Argentina, concretamente en la provincia de Buenos Aires, se había puesto en marcha la conocida como policía distrital, que tenía la finalidad de reforzar los servicios de vigilancia en muchos barrios de las grandes ciudades del país andino, dónde la delincuencia, el pillaje y el crimen campa tranquilamente a sus anchas, muchas veces escondido y amparado por los ultras del mundo del fútbol, los mundialmente conocidos Barras Bravas.

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La matanza de la calle Sáinz de Baranda, en Madrid

Algunos jóvenes españoles de la década de los ochenta fueron víctimas de la heroína, esa substancia adictiva que con tanta facilidad y a elevadas sumas de dinero les proporcionaban unos traficantes que carecían de cualquier escrúpulo. Una pareja de drogadictos son los grandes protagonistas de la siguiente historia que tiene como escenario un acomodado barrio de la capital de España, en la segunda mitad de la década de los años ochenta del siglo pasado.

Cuando la mañana de aquel martes, 28 de enero, día de Santo Tomás de Aquino para más señas, fueron encontrados los cadáveres de tres personas sexagenarias en el número 50 de la madrileña calle Sáinz de Baranda a muchos madrileños, principalmente los que ya superaban los 50 años en aquel entonces, se le vino a la imaginación la figura de un célebre psicópata que había perpetrado otro crimen múltiple hacía ya 30 años. Para quienes conozcan mínimamente la historia de Madrid sabrán que nos estamos refiriendo a Jose María Jarabo Pérez-Morris. El acontecimiento tiene unos tintes que lo asemejan, aunque sus circunstancias son extraordinariamente diferentes.

La preocupación se había apoderado de los porteros de la finca en la que residían el matrimonio de nacionalidad estadounidense formado por William Galdner y la española nacionalizada norteamericana, Amelia López del Moral, con quienes convive su criada, Benita Carretero Martínez, española natural de la localidad de Socuéllamos, en la provincia de Ciudad Real. Al percatarse María, la portera, de que la luz está casi siempre encendida, desde el pasado domingo, decide poner los hechos en conocimiento de Mateo, un colega suyo que es hermano de la criada del matrimonio Galdner.

Desmayo

Mateo Carretero, el hermano de Benita, posee un juego de llaves que emplea habitualmente para acudir de cuando en vez hasta el piso del matrimonio, cuando este viaja al país de origen del hombre, a realizar alguna ronda de vigilancia, ya que los viajes a EE.UU. son muy habituales por parte de la pareja. Ante las señales de que ha podido ocurrirles algo, tanto María, la portera del número 50, como Mateo, llaman reiteradamente al timbre de la puerta de la familia, pero nadie contesta. Tampoco se oye ruido alguno, por lo que se encienden todas las alarmas.

Deciden abrir la puerta con las llaves que posee Mateo y se encuentran con el macabro y truculento hallazgo del cuerpo ensangrentado de Benita Carretero. La portera no da crédito a lo que ven sus ojos. Se encuentra fuera de si como anonadada. No encuentra explicación a todo cuanto ve. Solamente se divisa sangre por todas partes. Posteriormente, es encontrado el cadáver de la señora de la casa, Amelia del Moral, lo que empieza a provocarle grandes sofocos y está a punto de desmayarse. Por lo que ella, ya no decide examinar más. Finalmente es encontrado el cuerpo, también completamente ensangrentado del ciudadano norteamericano, un conocido ingeniero. En los lavabos se encuentran también dos cuchillos que han sido cuidadosamente lavados, con los que supuestamente se perpetraron las tres muertes.

A la Brigada de Homicidios de la capital de España le espera un más que arduo trabajo para resolver una matanza que atemoriza a los madrileños, después del noviembre sangriento que ha vivido la calle Orense. Solamente cuentan con un dato de cierto interés. La última vez que se ha visto a William Galdner ha sido en la mañana del domingo, 26 de enero, cuando bajó a comprar la prensa a un quiosco que se hallaba muy cerca de su domicilio. En un principio se descarta el móvil del robo, pese a que la casa se encuentra completamente revuelta. Además, se cuenta con el dato de que la posición acomodada del matrimonio les hace ser muy desconfiados y no abren la puerta a desconocidos.

Sobrina de Benita

Tras efectuar las oportunas pesquisas e indagaciones, apenas una semana después de encontrar los tres cadáveres de los sexagenarios asesinados, son detenidos Francisco Sánchez Medina, de 28 años, un individuo que cuenta con numerosos antecedentes policiales y su novia, María de los Ángeles Carretero López-Soro, de 25, una sobrina de la criada, Benita Carretero. Ambos son pareja sentimental, a quienes une también su habitual consumo de estupefacientes.

La detención se llevó a cabo después de hacer varios descartes, entre ellos a otra sobrina de la criada que nada tenía que ver con el asunto. Gracias a la familiaridad y amistad de la que gozaba con Benita, fue ello suficiente para que les franquease la puerta del domicilio del matrimonio Galdner. Al parecer, la pareja acudió junto a su familiar para que les facilitase dinero con el que adquirir heroína.

Al percatarse de sus pretensiones, la criada de la casa reiteró en sucesivas ocasiones su negativa a darles dinero para la adquisición de estupefacientes. Aquí es donde comienza la tragedia. Se pasa a una acalorada y brutal discusión, en la que se suceden los primeros golpes y empujones, además de mostrarles la joven pareja un cuchillo de monte. Al oír los gritos, se personan en el lugar el matrimonio propietario de la vivienda, quienes intentan expulsar de la misma a aquellos intrusos. Es entonces, cuando la pareja de drogodependientes inicia su orgía sanguinaria, una lucha que es visible merced a como encontrarían posteriormente los investigadores los distintos muebles de la casa, entre ellos algunos armarios, que están movidos o desencajados de su sitio.

En el transcurso del grave incidente, William Galdner intenta alcanzar el teléfono para llamar a la policía, pero lo hace en vano, ya que los intrusos le propinan cuchilladas, ya no solo con su propia arma, sino de otras de las que se han apoderado en la cocina. El cadáver de este último presentará una terrible herida de arma blanca en el pecho, que muy probablemente le hubiese ocasionado la muerte. Su asesinato es contemplado por su mujer y la criada, quienes son apuñaladas con un machete y el cuchillo de 15 centímetros que habían encontrado en la cocina. También es asesinada su esposa, que ha intervenido en defensa de la criada, en un horrible espectáculo sanguinario, provocado, tal vez, por el síndrome de abstinencia que les ocasionaba el consumo de drogas. Por si fuera poco, se cercioran de la muerte de sus víctimas rematándolos con varias cuchilladas cuando ya están tendidos en el suelo en estado moribundo.

Una vez que han dado muerte a todos los moradores de la vivienda, inician un recorrido por las estancias de la casa, revolviendo en todos los cajones en busca de objetos de valor. Se estima que el valor de los sustraído alcanzaba los cinco millones de pesetas (30.000 euros al cambio actuales), aunque habían podido dejar otro tanto esparcido por todos los rincones de la vivienda. Salen al exterior, dándole la vuelta a sus ropas con la finalidad de que no se les vean las manchas de sangre que les ha dejado la matanza.

Detención

La detención de los asesinos tiene lugar en la calle Humanes de Madrid, sita en el Puente de Vallecas, una zona muy afectada por los problemas derivados del tráfico de estupefacientes. La policía los detiene en la tarde del martes, 4 de febrero de 1988. En el domicilio en que conviven les hallan también algunas joyas que han substraído de la casa de los Galdner. Otras alhajas han sido ya vendidas a un negocio de compraventa. La venta de las mismas pone en guardia a los Brigada de Homicidios de Madrid, quien muy pronto se pondrá en la pista adecuada.

Hasta la fecha de su detención, la pareja hace una vida completamente normal por la ciudad de Madrid. María de los Ángeles, incluso, acompaña a su padre, hermano de Benita, en el funeral por esta y en el Instituto Anatómico Forense, lugar al que había sido trasladado su cadáver. Además, muestra en todo momento un gran abatimiento y dolor por la muerte de su tía, aunque la policía ya la tenía en su punto de mira.

El juicio contra los autores de un crimen que aterra a la ciudad de Madrid se celebraría en junio de 1989. Francisco Sánchez Medina, conocido como «el Orejas» sería condenado a 44 años de cárcel, mientras que María de los Ángeles Carretero López-Soro sería condenado a 51 años de prisión, por no estimarse en ella la eximente de trastorno mental transitorio.

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Una matanza sin esclarecerse 25 años después

El 30 de abril de 2019 se cumplió un cuarto de siglo de uno de los sucesos más truculentos de la historia reciente de Lugo y su provincia. En la noche de esa jornada del año 1994, sábado para más señas, una mujer Isabel López Rodríguez, en compañía de su marido y otros familiares hallaron el cuerpo sin vida de su hermana Elena, de 32 años, que presentaba sendos balazos en la cabeza y del reponedor Esteban Carballedo, de 25 años, quien también yacía muerto sobre un gran charco de sangre, asesinado también de dos disparos en la misma parte del cuerpo en la nave que la empresa Cash Récord dispone en el Polígono Industrial de O Ceao, en la entrada a la vieja urbe romana por su área norte. El cadáver de la mujer estaba en su despacho, mientras que el del hombre se encontraba en la planta baja, con la televisión encendida. Tal y como se habían producido los hechos todo indicaba a que el móvil del crimen, que conmocionó a toda la provincia de Lugo y el resto de Galicia, había sido el robo.

Los asaltantes, que nunca fueron detenidos, se llevaron un botín de cinco millones de pesetas (30.000 euros actuales). El gerente de la firma en la capital lucense declaraba horas después que no descartaba que los autores del brutal crimen fuesen clientes suyos. Su tesis la corroboraba el hecho de que los empleados asesinados estuviesen en sus puestos de trabajo. Tampoco se conocía el modus operandi de los asaltantes. El suceso ocurrió en torno a las ocho de la tarde de aquel trágico sábado, ya que, unos diez minutos antes, Elena López había llamado a su familia para interesarse por el estado de salud de su suegro.

Vehículo sospechoso

Al coincidir en fin de semana, había una escasísima actividad en el polígono industrial lucense. Prácticamente nadie vio absolutamente nada. Solamente el propietario de unos talleres se percató de la presencia de un automóvil marca Volkswagen Passat que pasaba a una velocidad muy reducida y a bordo del cual iban tres personas. Este testigo declaró también que tuvo la impresión de que aquellos hombres miraban furtivamente hacia todos los lados como intentando asegurarse de que no había presencia de autoridades o terceras personas que los pudiesen avistar. A ello se añade que el coche presentaba unas manchas rojizas, que bien pudiesen ser sangre. Sin embargo, desconociéndose por que causa, la instrucción judicial nunca ordenó la investigación de este vehículo.

El rosario de despropósitos en la investigación se hizo patente desde el primer momento, tal y como declararía un alto responsable policial para quien las pesquisas nacieron viciadas, ya que, en su opinión, falló la investigación ocular. A ello se añade el hecho de que se hubiese perdido documentación. La hermana de Elena, Isabel, empeñada en que se esclareciese el suceso, manifestó que los agentes encargados de recoger todos los datos habían olvidado, en un primer momento, el carrete de la cámara de fotos y, posteriormente, trajeron otro carrete con 24 diapositivas.

Único imputado

En este cuarto de siglo solamente se ha investigado a una persona, un conocido empresario de hostelería lucense, a quien vinculaban con el trapicheo de droga en la zona de vinos de la ciudad de las Murallas. La familia de las víctimas, especialmente Isabel López, está convencida de que ese empresario es el responsable de la muerte de su hermana y del reponedor Esteban Carballedo. Ella misma se quejó muchas veces amargamente de la dejadez judicial que, en su opinión, afectaba a este suceso.

Uno de los testigos, que declaró ante la comisaría de policía, manifestó que ese empresario lugués le había dicho durante su estancia en la prisión de Bonxe que el había sido el autor material del crimen de O Ceao. Además, parece ser que le había propuesto dar un golpe en la nave en la que fueron encontrados muertos los dos empleados y que lo había rechazado. Pero para complicar todavía más las cosas, este testigo falleció a lo largo de estos últimos 25 años. Además, al parecer, el empresario lucense había recibido en reiteradas ocasiones la visita de un inspector de policía durante su estancia en la prisión.

A lo largo del último cuarto de siglo, el suceso que ha mantenido en vilo a la capital lucense no ha hecho más que dar bandazos. En este período de tiempo se cerró tres veces la instrucción judicial y se ha vuelto a abrir. La reapertura del caso se debió a la tenacidad y el coraje de Isabel López, quien se manifestó en huelga de hambre delante de la Audiencia Provincial en el año 2011. Mientras, el abogado de las familias de las víctimas, Gerardo Pardo de Vera no entiende como no se ha tomado declaración a dos guardias civiles, así como al testigo ocular que vio pasar lentamente el coche blanco el día en que ocurrió el suceso.

El último bandazo de este turbio y tenebroso asunto lo ha dado recientemente el juzgado encargado de estudiar el caso. Este último lo ha remitido a la Audiencia Provincial de Lugo para que decida si se prosigue con las investigaciones o se le da carpetazo definitivo. Pese a que ya han transcurrido más de 20 años, Isabel López, a quien se le tomó declaración 18 años después, alberga una tibia esperanza de que el más trágico acontecimiento que se ha vivido en la capital luguesa en el último cuarto de siglo no se cierre en falso.

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Asesina a dos mujeres en Taboada (Lugo) y se suicida

Taboada en la década de los sesenta.

El suroeste de Lugo, en plena comarca de Chantada, se vio afectado por un tétrico caso sangriento a finales de los años sesenta que llevó a la localidad de Taboada a la primera plana de la crónica negra gallega y española de la época. Nadie en este pequeño y apacible municipio se podía imaginar que su monótona vida rústica se viese sacudida de una forma tan abrupta en aquellos tiempos en los que tan solo rompían ese tedio diario las cartas que todavía llegaban de Ultramar y las cada vez más numerosas que procedían de las principales ciudades europeas. Mientras, el sencillo pueblo de la Ribeira Sacra proseguía con su deambular diario alcanzando las más altas cotas demográficas de su historia, superando la cifra de siete mil habitantes censados en su municipio que se irían reduciendo progresivamente a partir de la década de los setenta, hasta quedar en la mitad de los que tenía entonces en la segunda década del actual milenio. Los vehículos a motor eran todavía muy escasos.

Por las prolongadas avenidas surgidas en el margen de las carreteras a las que se había ido adosando la villa y que todavía no habían sido asfaltadas, solamente discurrían con cierta frecuencia los camiones destinados al transporte de bidones de leche, teniendo todavía preferencia los artesanales y tradicionales carros del país, quienes con el no menos tradicional y ancestral canto de su eje lo convertían en la más habitual y melódica de sus sinfonías que podía escuchar cualquier viajero.

Ese casi celestial ambiente de cotidianeidad y familiaridad en el que se desenvolvía la vida de un municipio gallego de interior eminentemente rural se quebró de forma muy brusca el 2 de junio de 1969. En esa fecha María Fontao Porte y Clementina Rodríguez encontraron en el camino que comunica la villa de Taboada con el lugar de A Puricela los cuerpos de tres personas que, a tenor de lo que podían contemplar, habían muerto de forma violenta. Dos de los cadáveres correspondían a dos mujeres, una joven y otra septuagenaria, mientras que el tercero pertenecía a un mozo veinteañero. Al lado del cuerpo de este último se halló una escopeta de caza por lo que todo hacía suponer, como así fue, que el joven había acabado con la vida de las dos mujeres y posteriormente se había suicidado. Las fallecidas eran Carmen Prado Paredes, de 71 años, y su nieta Pilar Fontao Rodríguez, de 18. Mientras que el joven muerto era Ramon Portomeñe Montenegro, de 23 años.

Hermana e hija

Nadie se imagina el tremendo schock y el subsiguiente impacto emocional que pudieron sufrir las mujeres al encontrarse aquellos tres cuerpos sin vida. María Fontao, que era la mayor mayor de las dos, era hija de la septuagenaria, en tanto que la joven fallecida era, a su vez, una hija suya. Por su parte, Clementina era hermana y nieta de las mujeres asesinadas.

Después de sobreponerse al terrible impacto emocional se fueron atando algunos de los muchos cabos que dejaba suelto este aterrador y dantesco suceso para explicarse las circunstancias y el móvil de tan brutal y horroroso crimen que conmovió a la tranquila comarca de la Ribeira Sacra y por ende a la rural y pacífica Galicia de los sesenta.

El asesino -según todos los indicios hallados a posteriori- pretendía cortejar a Pilar Fontao, con la que supuestamente había mantenido una relación que nunca había llegado a fructificar. Ramón Portomeñe, que en el momento de producirse el trágico suceso era estudiante de quinto de bachillerato en el Instituto Masculino de Lugo, había escrito continuas cartas a la joven en las que le imploraba el establecimiento de una relación formal. Sin embargo, ella había rechazado de forma firme y tajante las proposiciones que le hacía quien, a la postre, se terminaría convirtiendo en su dramático verdugo. Además del incesante y abrumador acoso al que sometía a Pilar Fontao, esta pobre infortunada era objeto también de un constante chantaje emocional. El autor del crimen que acabaría con su vida le amenazaba reiteradamente a través de las frecuentes misivas que le enviaba con suicidarse en caso de que ella continuase obviando sus más que obsesivas peticiones.

Rechazo

La gota que colmó el vaso se produjo el domingo anterior al sangriento suceso. En el transcurso de una verbena celebrada en una parroquia próxima a la villa de Taboada, a la que asistieron ambos jóvenes, la chica se negó a bailar con Ramón Portomeñe, lo cual debió haberle herido y hasta traumatizado de sobremanera en su honor y orgullo personal, o tal vez sentirse rechazado en una magnitud que consideraba extrema para que se decidiera a dar tan cruel y despiadado paso. Tal vez interpretó el gesto de la muchacha como un imperdonable despecho que no estaba dispuesto a reconsiderar.

Aunque se desconoce a ciencia cierta como sucedieron los hechos, se supone que el mozo se dirigió a casa de la joven y continuó acechándola y amenazándola. Lo peor de todo es que en esta ocasión iba armado con una escopeta de caza. En su enfermiza y perenne obsesión, Ramón no estaba dispuesto por nada del mundo a perder a la joven que constantemente embargaba sus lúgubres pensamientos. Ante el acoso patológico al que era sometida por parte de Portomeñe, su abuela materna Carmen Prado tomó cartas en el asunto, defendiendo a su nieta, circunstancia esta que le acabaría costando la vida de manera trágica. Tal vez sintiéndose acorralado y desangelado tras haber perpetrado un más que horroroso y escabroso crimen, como el que ya no tiene nada que perder o por las funestas consecuencias de su arrogante y sanguinario despecho, el obcecado mozo decidió poner fin a su vida con el mismo arma con la que había ejecutado a su pretendida y a la abuela de esta.

El hecho causaría una profunda conmoción en toda la comarca. Prueba de ello, fue la ingente cantidad de personas que se desplazaron al sepelio de las dos mujeres muertas. El hombre fue enterrado previamente para evitar darle un mayor dramatismo al suceso y de paso ahorrarse también algún doloroso y desagradable incidente. La consternación por este dramático hecho adquirió una dimensión mucho mayor que en otros acontecimientos de tipo sangriento al conocerse que las familias de los fallecidos mantenían unas relaciones muy estrechas y se profesaban mutuamente una más que notable amistad. Además, ambos clanes familiares, que eran muy conocidos en toda la comarca, gozaban de una extraordinaria reputación en toda la Ribeira Sacra.

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Tres personas asesinadas a hachazos en Mañufe (Pontevedra)

 

El año 1927 quedaría siempre grabado con sangre y saña en la memoria de muchos de los vecinos de la parroquia de Mañufe, en el municipio de Gondomar, muy cercano a la ciudad de Vigo. Dos horrorosos y sanguinarios crímenes en un intervalo de siete meses provocaron el temor y el pavor de muchos de los habitantes de esta pequeña localidad que sufrieron con gran ansiedad estos terribles sucesos, generándose un clima extremo de enrarecida desconfianza entre los parroquianos de Mañufe. Además, la forma de actuar de los criminales se distinguía por su extrema brutalidad. Ambos sucesos tuvieron como móvil de sus actos el robo.

El 5 febrero de ese año, 1927, asaltaron la propiedad de un rico propietario, al que asesinaron de un hachazo en la cabeza. En septiembre, cuando todavía no se había repuesto la población del salvaje asesinato de su convecino, dos ladrones de nacionalidad portuguesa volvieron a actuar con una saña que supera cualquier límite contra un médico y su familia, asesinando a hachazos al galeno y a una cuñada suya, además de dejar malherida a la criada de la casa y a la esposa del doctor Gestal.

Nada le podía hacer suponer al médico municipal de Gondomar, Andrés Gestal que acabaría sus días tan tristemente. El prestigioso galeno llevaba una vida acomodada y vivía plácidamente en esta parroquia gondomarina con su esposa y sus dos hijos pequeños, además de una cuñada suya en su vivienda, una magnífica edificación de principios del siglo XX, que disponía de un amplio jardín, así como también de pequeños cobertizos en los que guardaban algunos animales, entre los que había cerdos y otros animales de corral, que les servían para proveerse de sus necesidades más básicas.

Sin embargo, la tradicional paz y tranquilidad de la que gozaba aquella familia se vio bruscamente alterada al anochecer del sábado, 3 de septiembre de 1927. Cuando todavía no habían cerrado las principales puertas de su propiedad, en ella se colaron dos individuos de nacionalidad portuguesa en torno a las diez de la noche para introducirse en la cuadra de los animales. Además, el perro guardián de la finca no arremetió contra los intrusos al conocer a uno de ellos, que solía trabajar haciendo distintas tareas a quien se lo demandase.

Asesinato de Josefa Alonso

Desde la cuadra en la que se escondieron, Antonio Manuel González y Antonio Amadeo divisaron todos y cada uno de los movimientos que hacía la familia del doctor Gestal. Cuando ya se había acostado el matrimonio compuesto por Andrés Gestal y Felisa Alonso quedaron en la cocina su cuñada Josefa y su criada María Ferreiro, de nacionalidad portuguesa. Fue entonces cuando se inició la sanguinaria orgía que terminaría con la trágica muerte de dos personas.

Josefa Alonso, hermana de Felisa, fue a dar de comer a los animales. Ese momento, en el que salió al exterior, fue aprovechado por Antonio Amadeo para propinarle un brutal hachazo en la cabeza, falleciendo prácticamente en el acto. Posteriormente, se enseñaría con la criada, a la que le propinó otro brutal corte con el arma homicida en un hombro, si bien esta última pudo recuperarse.

Posteriormente, siendo conocedor de los pormenores de aquella vivienda, se dirigió a la habitación en la que descansaba el galeno en compañía de su esposa. Allí, siguió con su tétrico ritual, dándole sucesivos hachazos a Andrés Gestal, un hombre de 60 años, al que dejó inconsciente y en grave estado. Del mismo modo, quedó malherida su esposa Felisa Alonso. A partir de ahí se sucede un rosario de acontecimientos que no dejan de ser paradójicos. El asesino Antonio Amadeo ayudó a la esposa del doctor Gestal a colocar a este sobre la cama después de haberle propinado los hachazos mortales. Asimismo, llevó a los hijos pequeños del matrimonio a casa de un familiar. Fuera del domicilio, le esperaba su cómplice, Antonio Manuel González quien amenazó de nuevo a la esposa del médico, cuando esta gritaba, solicitando el auxilio de sus vecinos. Del mismo modo, se escucharon unos disparos, que, al parecer, no guardaban relación con el sangriento suceso de Mañufe.

Ante los gritos de auxilio proferidos por los familiares del médico, se acercaron a ella un gran número de vecinos que encontraron a Felisa, terriblemente excitada, oculta bajo una sábana, en tanto que el doctor Gestal estaba agonizando en un gran charco de sangre. Su cuñada fue hallada muerta de un profundo corte en la cabeza, propinado por el hacha que portaba Antonio Amadeo. La conmoción y consternación se apropió del pueblo en muy poco tiempo, creándose un terrible clima de pánico y terror, que conmovía cada vez más a su vecindario al ser este el segundo crimen que se cometía en tan breve lapso de tiempo. Además, por sus características, todo inducía a pensar que los autores podían ser los mismos que habían matado en febrero a otro de sus habitantes.

Las fuerzas del orden se pusieron a practicar diligencias que no tardarían tiempo en dar sus primeros frutos en pocos días. Se detiene a un total de cuatro personas. Además de los dos autores de la masacre, la guardia civil detiene a Modesto González, un ciudadano español y a su amante Carmen Bas.

En un principio, los autores del hecho se inculpan unos a otros, pero finalmente el portugués Antonio Manuel González «canta» y confiesa la verdad. Así, gracias a su testimonio, se exculpa a la pareja detenida, que sería puesta en libertad. Al parecer, esta había sido acusada por este debido a viejos rencores. También confiesa que su compañero se había apoderado del arma homicida en una finca de Jesús Alonso, propietario para el que trabajaba. En su relato, da cuenta de la supuesta blasfemia que echó su compañero, Antonio Amadeo, en el momento en que vio herido al médico. Asimismo, relata también que este último se dirigió desde el escenario del crimen al domicilio en el que pernoctaba para cambiarse de ropa. Allí, se proveyó de un nuevo calzado, sustituyendo las alpargatas que portaba en el momento de cometer los asesinatos por otras, ya que aquellas estaban completamente inundadas de sangre. Además, los investigadores pudieron comprobar que la sangre hallada en la camisa de Antonio Amadeo reunía las mismas características que las de sus víctimas. También hallaron restos de sangre en sus uñas, lo que fue casi una prueba definitiva para acusarle del brutal crimen.

El juicio se celebra en la Audiencia Provincial de Pontevedra en la segunda quincena del mes de abril de 1928, levantando, como era de prever, una gran expectación. El principal acusado Antonio Amadeo González sería condenado a prisión perpetua, mientras que su cómplice, Antonio Manuel González cumpliría diez años de cárcel.

Labrador asesinado

Justo siete meses antes de la masacre perpetrada en el domicilio del doctor Gestal, a escasos metros de su vivienda se había producido otro crimen que tardó algún tiempo en esclarecerse, aunque sus autores también serían conducidos ante los tribunales de justicia. El 5 de febrero de 1927 fue asesinado, también a hachazos, el labrador Sebastián Vázquez Alonso, un hombre de avanzada edad que vivía en compañía de su hijo Francisco, quien meses después saldría a auxiliar a la familia del médico al sufrir un percance similar al de su padre. La víctima había aparecido tirado en el corralón de su vivienda en medio de un impresionante charco de sangre, con varios hachazos en el cráneo que le produjeron la muerte instantánea.

Al igual que en el caso de los asesinatos de Andrés Gestal y su cuñada, el móvil de su asesinato fue el robo, pues Sebastián Vázquez estaba considerado como un rico propietario de la comarca. Por este brutal hecho, que después se supo que no guardaba relación alguna con el anterior, fueron detenidos los ciudadanos portugueses Juan Díaz Pereira, Juan Arango Pereira y su esposa, Matilde Villamina. De la misma forma, también pasarían a disposición judicial los ciudadanos españoles Eleuterio Romero Bouzas y Benito Quintre Amorín.

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Cuatro personas asesinadas en Santa Cruz do Valadouro (Lugo)

Imagen de los condenados por el cuadrúple crimen de O Valadouro. Todos ellos llevan impresa la sentencia a muerte en un recuadro blanco que se puede apreciar en la solapa. Cinco de los condenados serían indultados.

No hay lugar a dudas que algunos hechos violentos pasan a la historia de los pueblos como una inmensa y lúgubre mancha que marca, incluso, a generaciones venideras. Estas ven en el hecho sangriento una infame causa que continuarán retransmitiendo a sus descendientes, creándose mitos y leyendas, muy frecuentes en Galicia a la luz de un candil de gas, amparados por el calor del fuego procedente de una lareira.

La Galicia de finales del siglo XIX era un territorio pobre, eminentemente rural, con elevadas tasas de analfabetismo que vivía básicamente de una agricultura de subsistencia. Habían comenzado ya las grandes oleadas de emigrantes hacia Sudamérica y el Caribe en busca de una prosperidad que se les negaba en la tierra que los había visto nacer. Si el tiempo no acompañaba, se producían todavía grandes hambrunas, a las que solían añadirse epidemias y enfermedades, entre ellas la tuberculosis y el tifus. Era, sin lugar a dudas, un país pobre y depauperado que parecía estar condenándose a si mismo a lo largo de sus últimos mil años. A las desgracias naturales se les unía también el carácter pesimista y difuso de los gallegos de interior.

A pesar de ser un pueblo eminentemente pacífico y trabajador, también acontecían hechos funestos que marcarían su devenir. Decíamos antes que la Galicia rural era abrumadora en relación a los escasos núcleos urbanos, el mayor de los cuales no superaba los 70.000 habitantes. En esa Galicia eterna, que ahora parece tener los días contados, es a la que nos dirigimos para inmiscuirnos en un brutal y terrible episodio del que aún se habla en nuestros días en lugares que sirvieron como triste escenario para uno de los peores crímenes del siglo XIX gallego.

Al anochecer del 22 de noviembre de 1888 un grupo de hombres, armados con palos y otros utensilios de labranza, se dirigen montados en caballos hacía la casa rectoral del párroco de Santa Cruz do Valadouro. Encabeza la macabra cuadrilla Manuel Loxilde Castrillón, concejal del Ayuntamiento de A Pastoriza, municipio de la Terra Chá lucense. Cometen el error de no reparar en ser avistados por vecinos y conocidos, quienes posteriormente testificarían en el juicio que se siguió en su contra. Incluso, se dice que un hombre, de apellido Braña, les advirtió de las consecuencias que podrían acarrearles su funesto plan. Sin embargo, el proyecto se había iniciado tres meses antes y no era cuestión ahora de detenerlo. El inductor Manuel Loxilde, que era padre de siete hijos muy jóvenes, se encontraba en una muy delicada situación económica y no quería -o no podía- dar marcha atrás. En breve se iniciaría un proceso de embargo de sus bienes a causa de las deudas fiduciarias contraídas con distintos prestamistas. También era conocedor de la buena situación económica de la que gozaba el párroco de Santa Cruz, don Manuel Neira, quien -además de rogar a Dios por sus feligreses- se supone que se dedicaba a negocios de préstamo a quién recurría a sus servicios. Al parecer, Loxilde podía tener alguna deuda contraída con el párroco, que era oriundo del mismo municipio que el autor intelectual de la matanza que tendría lugar en su casa.

En torno a las ocho de la noche llegan al lugar elegido para perpetrar la masacre. Debido a la desconfianza y al temor que causaban las personas desconocidas en aquel entonces, es Manuel Loxilde quien llama a la puerta de la casa rectoral. Al parecer, abre la puerta el religioso, quien la franquea sin ningún problema al conocer personalmente al visitante. Los criminales aprovechan esta circunstancia para abalanzarse sobre el cura y entrar de lleno en la vivienda en la que se encuentran otras personas, dos mujeres y un hombre, todos ellos al servicio del párroco. Suponen una inmensa mayoría en relación a los moradores de la casa, quienes además cuentan con la desventaja de ser bastante mayores que sus atacantes. Ante todo, se preocupan de que sus víctimas no griten. Para ello, les introducen trapos en la boca con el objetivo de que su muerte se produzca por asfixia.

Se sabe, según el sumario, que uno de los participantes de este crimen se encargó de asfixiar con sus manos al sacerdote, pues declararía en el transcurso del juicio que pataleaba mucho. Además del párroco, son asesinados también sus tres criados: Luisa García, de 66 años; su hermano, Jesús García y una sobrina de ambos, Josefa Gasalla García, una joven de tan solo 22 años. Convertida la rectoral en panteón, buscan por todos los rincones la supuesta fortuna que le atribuían al religioso. En cuanto a este último aspecto, hay divergencias entre las distintas fuentes sobre el botín que alcanzaron en el brutal atraco. Hay quienes lo elevan hasta las 70.000 pesetas de la época, en tanto que otros lo reducen hasta tan solo 970 pesetas, que era una cantidad muy considerable en aquel entonces. Al marcharse del macabro escenario, los autores de la matanza cometen muchos errores que luego servirán a los investigadores como prueba de cargo. Así, se apoderaron de algunos candelabros y objetos religiosos que posteriormente abandonarían, así como de una escopeta de caza con la que harían lo mismo.

A la mañana siguiente del crimen, el 23 de noviembre de 1888, un mozalbete que ayudaba al sacerdote a oficiar misa descubre el tétrico escenario en el momento en que se dirige a la casa rectoral. Se encontró con las puertas abiertas, con la casa completamente revuelta. Al tiempo que se van divulgando los hechos, el vecindario de las comarcas de A Mariña y Terra Chá, las más próximas al escenario del horrendo crimen, se alarman, produciéndose una sensación generalizada de temor y consternación.

Mientras el pavor generalizado se apodera de las gentes de bien del inmenso rural lucense, en el atrio de la iglesia el médico forense de Mondoñedo, el prestigioso y célebre escritor gallego Manuel Leiras Pulpeiro -que era masón y anticlerical- se encarga de hacer las autopsias a los cuatro cadáveres de las personas asesinadas. En sus indagaciones, el galeno llega a la conclusión de que la matanza se produjo antes de que las víctimas hubiesen cenado, pues no encuentra rastro alguno de comida en sus bolsas estomacales. Mientras esto ocurre, los criminales hacen una vida completamente normal, abusando incluso de su propia arrogancia que finalmente terminará redundando en contra suya. Loxilde Castrillón paga las deudas antes de que llegue la ejecución de las mismas. Otro tanto hace un sujeto conocido como «O Roxo», que ayudó a Loxilde a efectuar su macabro plan. Incluso se cuenta que el concejal de A Pastoriza esperó en una cuadra de uno de sus acreedores hasta el día siguiente, porque en el momento en el que le iba a pagar no se encontraba en casa.

Detenciones

Las pesquisas de la Guardia Civil avanzan de forma lenta, pero enseguida comienzan a encajar las piezas de aquel enrevesado rompecabezas ante el que se hallaban. Se practican hasta diez detenciones, aunque varios de los detenidos son puestos en libertad al comprobarse su inocencia. En este contexto resulta clave la declaración de un detenido apellidado Braña, a quien en un principio se relacionó con el suceso. Este individuo declara que la noche de autos se encontró con los criminales y que les advirtió acerca de las consecuencias que podría acarrearles sus pretensiones. La actitud de aquellos hombres le resultó muy sospechosa. Finalmente, son detenidos seis individuos, todos cómplices o convictos de asesinato. Se da la circunstancia de que el promotor de la matanza no perpetró materialmente ninguno de los crímenes.

En el transcurso del juicio, que se inició el 1 de abril de 1889 y que se celebró en la Audiencia de Mondoñedo, los acusados incurren en múltiples contradicciones. Como estrategia de defensa no se les ocurre peor cosa que acusarse mutuamente entre ellos, lo que les ocasiona un resultado catastrófico. El fiscal que lleva el caso, en sus conclusiones definitivas, eleva la petición de seis penas de muerte para los acusados. En su alegato hace una rogativa pidiendo que sea esta la primera y última vez que se vea obligado a pedir semejante medida judicial.

El día 25 del mismo mes de abril se conocen las sentencias definitivas. Los procesados son inculpados de delito completo de robo con homicidio por lo que son sentenciados a la máxima pena. Además de Manuel Loxilde Castrillón, resultan condenados también, Ramón Seivane García, a quien se atribuía el asesinato del sacerdote; José García Seco, Ramón García, que era primo de una de las víctimas a la que el asesinó personalmente; Antonio Fernández y José Lindín. Este último, adujo -en su defensa- que había participado en el crimen porque carecía de cualquier sustento que llevarse a la boca la mayor parte de sus días. Ahora solo les quedaba la apelación al Tribunal Supremo, quien se encargaría de ratificar las sentencias impuestas por la Audiencia de Mondoñedo.

Ejecución e indulto

La ejecución de los criminales despertó una gran expectación, dado que las ejecuciones en aquel entonces solían ser públicas. Las mismas se desarrollaban en la parte posterior del Santuario de Os Remedios, enfrente de donde se celebran las concentraciones de ganado con motivo de las fiestas patronales de San Lucas o las Quendas. Se calcula que hasta el lugar se desplazaron en torno a unas 12.000 personas, procedentes de los municipios de Ferreira do Valadouro, Alfoz do Valadouro, A Pastoriza y Abadín.

A lo largo del día 25 de abril de 1890, fecha designada para la ejecución, los operarios que trabajaban en la elaboración de los seis cadalsos, preparados para otras tantas ejecuciones a garrote vil, fueron duramente increpados por parte de los familiares de los condenados, a quienes solamente les quedaba la esperanza del indulto por parte de la reina regente María Cristina de Habsburgo. Interceden por el perdón de los condenados el general José Sánchez Bregua y el entonces obispo de Mondoñedo, Manuel Fernández de Castro y Menéndez Hevia.

Finalmente, la reina concede la gracia del indulto a cinco de los sentenciados a muerte. El único que morirá en el patíbulo será Manuel Loxilde Castrillón, autor de la planificación del asalto y muerte del sacerdote y sus criados. Asimismo, había previsto asaltar también la casa del párroco de Santa María de Riotorto. Los cinco indultados serían condenados a prisión perpetua, siendo destinados al penal de Ceuta. Cuentan algunas crónicas que estos dejaron impresos sus nombres en las paredes de la prisión. Unos treinta años más tarde serían puestos en libertad.

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