Los GRAPO asesinan a un trabajador de Vulcano en Vigo

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Olegario Collazo fue asesinado en la Travesía de Vigo

La Transición democrática transcurría en Galicia con la más absoluta normalidad, incluso con una cierta alegría por los tranquilos aires de cambio que se estaban viviendo, que llegaban con la promesa de un futuro que, aunque incierto, todo hacía presagiar que era evidente una mejora en las condiciones de vida de los algo más de 2,7 millones de habitantes con los que contaba la tierra de Rosalía en aquel entonces. Solamente se sobresaltaban en época electoral, cuando algunos coches recorrían ciudades y villas gallegas con unos potentes y molestos altavoces solicitando el apoyo popular para una candidatura u otra. Era una de las grandes novedades del nuevo tiempo que se avecinaba, pese a que había muchas otras.

Galicia siempre ha tenido la sana fama de ser un lugar pacífico -cuando no idílico- en el que apenas suceden cosas graves, aunque, por desgracia, tampoco se libra de estar presente en las páginas de sucesos, como casi todos los lugares. El terrorismo tuvo una contada escalada en esta tierra, con algunos brotes, pero que por fortuna nunca llegaron a enraizar lo suficiente como para que se alterase la normal placidez y convivencia de los gallegos. En los años ochenta surgió un minúsculo grupo, el denominado Exército Guerrilheiro, cuya efímera existencia se saldaría con cuatro víctimas mortales y un indeterminado número de heridos. El lugar de Galicia donde más engarzaría el terrorismo fue la ciudad de Vigo, en la que -debido en parte a su actividad industrial- surgieron los autodenominados Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre(GRAPO), que llevarían a cabo algunas actividades violentas en el sur gallego y en Santiago de Compostela, principalmente, llegando a disponer en la urbe olívica de una sólida y constante infraestructura.

La primera víctima de los GRAPO en Galicia sería un humilde trabajador, Olegario Collazo Melón, empleado de la factoría Vulcano, quien moriría acribillado a balazos cuando se disponía a entrar en su utilitario a primera hora de la tarde del 9 de abril de 1979, lunes santo para más señas, jornada previa a la gran tragedia que viviría la ciudad tan solo 24 horas más tarde con el trágico y dramático accidente de Santa Cristina de la Polvorosa cuando un autocar en el que viajaban 45 niños, acompañados de sus profesores, se precipitaría a las aguas del río Órbigo a su paso por la provincia de Zamora. Y es que las desgracias nunca llegan solas.

Confusión

Si cualquier muerte violenta carece de cualquier explicación racional, en este caso adquiere dimensiones mayúsculas. Al parecer, según diversos comunicados emitidos por los terroristas posteriormente remitidos a distintos medios de información, el asesinato del trabajador de Vulcano obedeció a una dramática y macabra confusión. El objetivo de sus asesinos no era el empleado de los conocidos astilleros vigueses sino un inspector de la policía, a quien habían estado haciendo un seguimiento en fechas previas, tal y como quedaría acreditado en el juicio que se celebraría dos años más tarde en la Audiencia Nacional en Madrid.

Olegario Collazo había adquirido un coche de segunda mano que con anterioridad había sido propiedad de un funcionario del Cuerpo Superior de Policía. Los terroristas, confundidos por este impreciso dato, habían estado siguiendo al trabajador, quien se vio sorprendido a las cuatro de la tarde de aquel lunes santo cuando se dirigía desde su domicilio, sito en la Travesía de Vigo, hasta la factoría en la que prestaba sus servicios como administrativo por dos jóvenes, uno de los cuales vestía un anorak  y una gabardina clara disparándole, hasta en siete ocasiones, con una pistola del calibre nueve corto, una vez que había bajado la ventanilla de su vehículo. La víctima había sido alcanzada por la metralla en los pulmones y el corazón. Inmediatamente fue trasladado por los servicios sanitarios hasta el Hospital Xeral de la ciudad olívica en el que ingresaría cadáver, no pudiendo hacer otra cosa los médicos que confirmar su muerte.

El atentado provocaría una lógica ola de estupor e indignación en una localidad que para nada estaba habituada a este tipo de sucesos. Los trabajadores de Vulcano pararían en la jornada en la que tuvo lugar su sepelio, que constituyó una gran manifestación de duelo, en solidaridad con su compañero asesinado. La condena sería unánime desde todos los sectores de la sociedad gallega de la época, que se preparaba para vivir pacíficamente en democracia y libertad, aunque muchos pretendiesen con sus provocaciones alterar el tranquilo devenir al que siempre han aspirado y contribuido la totalidad de los gallegos.

55 años de prisión

Apenas medio año después de este asesinato, el cerebro de los GRAPO y principal inductor de este crimen, José María Sánchez Casas, sería detenido en Valencia, junto a otros miembros de la misma banda terrorista, entre los que se encontraba Isabel Aparicio, quien también había estado presente en la organización del atentado que le había costado la vida al trabajador gallego. El juicio contra estos dos terroristas, así como contra el autor material de la acción, Alfonso Rodríguez García y la también miembro del grupo violento, Carmen López Anguita se celebraría en abril de 1981 en la Audiencia Nacional en Madrid.

Los magistrados, en sus conclusiones definitivas, consideraron probado que Sánchez Casas había recibido información de otros miembros de su misma formación terrorista acerca del supuesto inspector de policía, que posteriormente no resultaría ser tal. De la misma manera también era condenado, en calidad de máximo responsable de los GRAPO, y de ordenar la muerte de Olegario Collazo a Rodríguez García, quien en aquel momento era el responsable de los comandos del grupo terrorista.

Por este crimen, José María Sánchez Casas sería condenado a 22 años de prisión, mientras que el ejecutor material del atentado, Alfonso Rodríguez debía cumplir una pena de 25 años de cárcel. Las dos mujeres detenidas serían condenas a cuatro años de prisión cada una de ellas por este mismo atentado. En total, las penas de cárcel por este suceso se elevaban a un total de 55 años de prisión, aunque Sánchez Casas acumulaba un total de 270 años de prisión por distintos hechos delictivos. Este terrorista fallecería en 1999, tras haber quedado en libertad dos años antes debido a la grave dolencia cardíaca que padecía. De la misma forma, también fallecería en la cárcel zaragozana de Zuera Isabel López Aparicio en los primeros días del mes de marzo del año 2014.

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Carnavales sangrientos en Vigo

El año 1994 quizás haya pasado a la historia por ser el más sangriento de la historia reciente de la ciudad de Vigo, convertida ya por aquel entonces en la urbe más grande de Galicia y en la que residían alrededor de 300.000 almas. A todo ello se unía la explosión demográfica de la Península del Morrazo, muy próxima a la ciudad olívica, que ya superaba los 100.000 habitantes y otros que se encontraban en zonas aledañas, tal como es el caso de Ponteareas, Mos, O Porriño y Redondela que estaban experimentando un más que notable crecimiento en plena década de los noventa.

Todo ello fue el caldo de cultivo perfecto para que en sus largas noches de marcha, en la que se reunían millares de jóvenes de todo la contorna de las Rías Bajas, se diesen cita todo tipo de personas, muy especialmente en fechas que están señaladas en el calendario como muy festivas, tal es el caso de las Navidades y los Carnavales. Fue precisamente en el transcurso de esta celebración cuando se produjeron dos horribles crímenes que consternarían de sobremanera a toda Galicia, quien todavía no se había recuperado de la fatal matanza de Nigrán, acontecida apenas quince días antes.

En la madrugada del martes de Entroido, 15 de febrero de 1994, morirían dos jóvenes en circunstancias muy confusas y que le llevaría su tiempo aclarar a los investigadores. En un callejón próximo al número 21 de la calle San Francisco fue hallado el cadáver del mozo Ramón Villar Gabín, de 33 años de edad, que presentaba varias heridas de bala en la cabeza. El fallecido era un viejo conocido de la policía pues había sido detenido en diversas ocasiones por atraco y se le relacionaba con el tráfico de drogas.

Discusión

Al parecer, según el relato del último testigo que lo vio con vida, Ramón Villar y este último habían mantenido una acalorada discusión alrededor de las diez de la noche del lunes, circunstancia esta que molestaría de sobremanera a los inquilinos de uno de los edificios próximos al lugar donde estaban manteniendo en enfrentamiento. Uno de los vecinos de un inmueble probablemente habría bajado con un arma en la mano y, sin mediar palabra, habría disparado contra su víctima, huyendo posteriormente del lugar de autos. De la misma forma, este testigo también abandonaría el sitio en el que estaba la víctima tendida para buscar a un amigo de ambos que se encontraba en un bar de copas de la zona. Sorprendentemente, cuando se dirigían al lugar en el que supuestamente se encontraba el cadáver de Villar Gabín, su cuerpo ya no estaba allí, por lo que decidieron poner el hecho en conocimiento de la Policía.

Más tarde, los agentes en compañía de los dos jóvenes encontrarían el cuerpo de Ramón Villar en las inmediaciones del callejón de San Francisco. Sin embargo, según la versión de los miembros del cuerpo policial y también de algunos vecinos de la zona, los disparos se habrían producido en torno a las cuatro y media de la madrugada del martes, tras haber tenido lugar un altercado proseguido de una reyerta. La policía practicaría diversas detenciones en jornadas sucesivas de personas que se encontraban relacionadas a los bajos fondos y al trapicheo de drogas de la ciudad olívica.

Seis puñaladas

Pero no sería Ramón Villar la única víctima mortal en aquella madrugada de martes de carnaval en Vigo. Otro joven de 21 años, Victor Manuel Visval Bugarín perecería tras recibir seis puñaladas en un barrio de la zona vieja. Al parecer, este último había salido disfrazado a disfrutar de la noche viguesa, cuando cayó mortalmente herido en las inmediaciones de la Cruz Roja. Allí, una enfermera salió del dispensario con la intención de atender al herido, pero ante la gravedad que presentaban las múltiples heridas fue trasladado inmediatamente al Hospital Xeral Illas Cíes de la ciudad olívica en el que fallecería.

La sangre no cejaría de correr en aquella trágica madrugada viguesa, ya que en la calle Eduardo Chao, un joven conocido como «O fillo do cego» agrediría con un arma blanca a otro hombre de 37 años, propinándole un total de siete puñaladas e ingresando en estado muy grave en la residencia sanitaria de la ciudad.

El capítulo de sucesos de aquella desgraciada noche lo cerraría otro muchacho que también fue acuchillado en la misma madrugada, recibiendo un total de cuatro puñaladas de las que fue atendido en el mismo centro sanitario que los anteriores, si bien es cierto que este último sería dado de alta pocas horas después de su ingreso hospitalario.

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Dos guardias civiles asesinados en Vilanova de Lourenzá

Los años ochenta eran tiempos difíciles para ser guardia civil en España, principalmente en el País Vasco donde se vivía la época conocida como Años de plomo por el gran número de agentes de instituto armado que habían caído como víctimas del terrorismo. En Galicia, afortunadamente, la situación era radicalmente distinta. Es más, los miembros de la Benemérita gozaban del aprecio y afecto de las distintas localidades en las que había el respectivo puesto de las fuerzas de seguridad. Aún así, hubo que lamentar varias muertes por distintos actos terroristas de un buen número de agentes, mayoritariamente ocasionadas por los GRAPO y una por miembros del desarticulado Exército Guerrilleiro do Pobo Ceibe Galego.

De todos es sabido lo siempre que están expuestos los miembros de las fuerzas del orden a exponer su vida, debido a que en ocasiones tienen que enfrentarse a energúmenos con amplios historiales delictivos y que, poco o nada, tienen que perder. Así ocurrió en la tarde del domingo, 10 de febrero de 1980, cuando los miembros de la Guardia Civil del destacamento de Vilanova de Lourenzá recibieron la llamada de alerta de sus compañeros de Ribadeo, dándoles los datos de un individuo que había sustraído un coche en la villa costera. Los agentes de Lourenzá esperarían al ratero alrededor de las cuatro de la tarde vestidos con uniforme de paisano a fin de evitarle sospechas. Sin embargo, el sexto sentido que suelen tener los delincuentes le funcionaría a la perfección, ya que se percataría inmediatamente que se trataba de dos agentes armados.

Abandono del vehículo

El hombre que había sustraído el vehículo en Ribadeo, Cipriano Lampón Gerpe, al sentirse acorralado por los dos agentes, así como un guarda forestal que se prestó a colaborar con miembros del instituto armado, iniciaría una huida por el área boscosa próxima a la villa de Lourenzá. En ella demostraría ser un consumado experto en la lucha armada y la supervivencia, ya que desde unos matorrales dispararía con la escopeta de cañones recortados que portaba contra el sargento Manuel Lamela Montouto, de 50 años de edad, alcanzándole en el externón y abdomen, resultando herido de extrema gravedad. El agente, a quien se le extrajo abundante cantidad de metralla en el antiguo Hospital Xeral de Lugo, fallecería doce días más tarde a consecuencia de las graves heridas que sufría, ocasionadas por los disparos que le había efectuado su asesino.

La lucha por la captura del joven delincuente la proseguiría su compañero, el cabo Angel Broz Novo, con quien realizaría un constante intercambio de disparos, dándose la mala suerte de que el miembro de la Benemérita acabó su munición cuando perseguía a Lampón Gerpe. Este último, consciente de su superioridad, le obligó colocar los brazos en alto y, colocándole la escopeta que portaba en la cabeza, ejecutaría al infortunado agente, un hombre de 34 años y nacido en la parroquia chairega de Valdomar, perteneciente al municipio lucense de Begonte.

Cipriano Lampón, que ya había pasado por la cárcel por distintos hechos delictivos, demostraría ser muy escurridizo, fugándose después de trepar por un muro, logrando sobrevivir al acecho de las fuerzas del orden durante dos días. Sin embargo, le traicionaría su ansia de satisfacer el hambre que le había generado su supervivencia en el monte. Sería detenido en el momento en que se encontraba robando una tarta en una confitería de la localidad de Mondoñedo por agentes que inmediatamente procedieron a su detención e identificación en la mañana del 12 de febrero, siendo trasladado a las dependencias de la comandancia de la vieja urbe medieval del nordeste gallego.

La escopeta de cartuchos con la que había cometido ambos asesinatos sería encontrada aquellos mismo días por un grupo de escolares del colegio de enseñanza primaria de Mondoñedo, abandonada en sus inmediaciones.

Condenado a 47 años de cárcel

Cipriano Lampón Gerpe sería juzgado en la Audiencia Provincial de Lugo en julio del año 1980. En total sería condenado a dos penas de prisión que sumaban un total de 47 años de cárcel, además de tener que indemnizar a los herederos de cada una de las víctimas con más de tres millones de pesetas (18.000 euros actuales). Al ser insolvente, y estar los agentes en acto de servicio, se haría cargo el Estado como responsable civil subsidiario.

Además de los dos asesinatos, que su defensa calificó de homicidio, se le condenaba también por delitos contra la seguridad en el tráfico, puesto que carecía de permiso de conducir, así como también por su reiterada actividad delictiva, ya que formaba de una banda de cinco delincuentes, cuatro de los cuales habían sido detenidos en las mismas fechas. El forense que lo examinó lo había calificado como un «psicópata desalmado». En su veredicto, el juez tuvo en cuenta la eximente de enajenación mental transitoria. De hecho, la sentencia sería apelada ante el Tribunal Supremo, quien ratificaría la emitida por la Audiencia Provincial de Lugo.

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Cuatro mujeres asesinadas por la Guardia Civil en Sofán (Carballo)

Inauguración del monumento a las Mártires de Sofán

Hace ya un siglo el mundo disfrutaba del que sería conocido como «Año de la Paz» en la mayor parte de Europa, ya que en el viejo continente habían cesado las hostilidades que a lo largo de cuatro años lo habían aterrorizado con la peor guerra de la historia hasta ese momento. De la misma forma, se luchaba con denuedo contra una terrible y temible epidemia de gripe, conocida mundialmente como «gripe española», aunque de española tuviese poco. Su denominación obedecía al hecho de que era en España el único país en el que se informaba de una grave dolencia que mataría a varios millones de seres humanos.

En aquel entonces, Galicia era un territorio muy pobre y muy atrasado. La única salida que le quedaba a sus hijos era hacer una vieja maleta en la que iban unas muy escasas pertenencias y marcharse allende los mares. El corrosivo y ancestral caciquismo, junto con la sempiterna Iglesia Católica continuaban siendo los tremendos lastres que dominaban a una población que, además de pobre y depauperada, era también sumamente analfabeta, siendo muy bajos, por no decir que brillaban completamente por su ausencia, unos índices mínimos de desarrollo humano.

En esas circunstancias en las que se aunaban la siempre todopoderosa institución eclesiástica con el poder omnínodo de los viejos caciques, la tierra gallega sucumbía a un atraso secular del que difícilmente sería capaz de sobreponerse alguna vez. Hubo casos en los que el pueblo respondió, aunque muy escasos, a ese brutal y peligroso poder y sus arbitrariedades, aunque terminaría llevándose siempre la peor parte.

Un motivo de enfrentamiento entre los distintos estamentos fueron los excesivos privilegios de los que gozaban los poderosos, lo que daría lugar incluso a episodios sangrientos como el sucedido el 16 de febrero de 1919 en la parroquia de Sofán, en el municipio coruñés de Carballo. Entre el vecindario de la localidad y sus gobernantes reinaba un cierto clima de tensión a raíz de la construcción de un nuevo cementerio. Los vecinos seguían utilizando el antiguo camposanto debido a que en el recientemente construido era frecuente ver pulular cerdos y aquel espectáculo, como es natural, no era para nada del agrado de los residentes de la parroquia. A ello se unía que donde se había levantado el nuevo cementerio había algunos manantiales que los vecinos deseaban preservar.

Entierro de un niño

El detonante de la tensión acumulada saltaría en la fecha antes aludida cuando se le iba a dar sepultura a un niño de cuatro años de edad, una de las muchas víctimas de aquella terrible epidemia de gripe. Los vecinos se dirigían a enterrarlo al cementerio viejo, pero se encontraron con agentes de la Guardia Civil y algunos matones al servicio de los caciques del pueblo. Además, habían cortado el camino de acceso al nuevo camposanto. Los miembros de la Benemérita trataron de impedir por todos los medios que el pequeño fuese sepultado en la antigua necrópolis. A consecuencia de lo cual se produjo un grave altercado. Los vecinos responderían a las fuerzas del orden mandándoles piedras y en algunos casos con palos. El resultado del enfrentamiento traería aparejado consigo una terrible tragedia de la que todavía se habla en nuestros días. La desproporcionada respuesta de la Guardia Civil se saldaría con la muerte de cuatro mujeres, además de resultar heridos y contusionados muchos otros vecinos que protestaban contra la arbitraria de la autoridad municipal que, junto con el organismo competente en materia de sanidad de la época, había sido el que había decretado el cierre del viejo cementerio.

La desproporción de fuerzas vino a consecuencia de los disparos indiscriminados de los agentes de la Guardia Civil, en unión con algunos matones al servicio de los caciques, contra la comitiva fúnebre. El horror se apoderaría del vecindario en aquella ya lejana tarde de invierno. Una de las escenas más horrorosas se vivió en el instante en que una de las mujeres María Caamaño Pallas, de 44 años de edad, fue atravesada por una bayoneta que portaba uno de los agentes. La mujer, que se encontraba en avanzado estado de gestación del que sería su octavo hijo, fallecería desangrada a consecuencia de la herida que le infirió el miembro de la Benemérita. Otra de las fallecidas Carmen Veira Souto, de 56 años, recibió un disparo en un costado que le segó la vida prácticamente de forma instantánea.

Las otras dos mujeres muertas en esta tragedia fueron Josefa Boulón Mato, quien moriría al recibir el impacto de una bala en la cabeza y María Serrano Paz, que resultaría herida en una pierna. Esta última fallecería después de ser ingresada en un centro sanitario de Santiago de Compostela. Un cuñado suyo había ido buscar a un médico para que la atendiese, pero fue detenido y no regresó a tiempo. La mujer recibiría sepultura en un cementerio de la capital gallega, aunque jamás se le informó a la familia dónde había recibido sepultura.

Repercusiones

La matanza efectuada por agentes de la Guardia Civil no pasaría desapercibida para la sociedad de la época, principalmente para los nacientes grupos de tendencia nacionalista que veían en esta tragedia un grave atropello al pueblo por parte de quienes los gobernaban. Se intentaron hacer manifestaciones de protesta, que serían impedidas por grupos y organizaciones de caciques que veían como se podrían resquebrajar algunos de los resortes de su ancestral poder. Sin embargo, las Irmandades da Fala serían los primeros en poner el grito en el cielo tras el suceso que había costado la vida a cuatro indefensas e inofensivas mujeres. En un mitín celebrado en A Coruña en el año 1920, Lois Peña Novo, Antón Vilar Ponte o Santiago Casares Quiroga criticarían duramente la actitud de las autoridades de la época, ya que era el tercer incidente en el que se registraba una matanza en los últimos diez años de aquel entonces en Galicia.

A pesar de que el suceso tuvo una gran repercusión en la sociedad de la época, enseguida se haría un sepulcral silencio que sería bruscamente interrumpido con la proclamación de la IIª República española. En aquel entonces, el alcalde de Carballo, elegido en las urnas el 14 de abril de 1931, José Bolón propuso levantar un monumento a las mujeres vilmente asesinadas por suscripción popular. Sin embargo, su iniciativa no llegaría a prosperar, siendo posteriormente relegada al baúl de los recuerdos.

No sería hasta el 16 de febrero de 1919, centenario del sangriento suceso cuando fue erguido un monolito en honor de las víctimas, que eran popularmente conocidas como las «Mártires de Sofán», siendo al fin rescatada su memoria de un ostracismo al que habían sido relegadas a lo largo de un siglo, aunque en la mente de las gentes del pueblo jamás se ha borrado el recuerdo de aquellas mujeres que fueron víctimas de una sanguinaria y cruel injusticia.

 

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Asesinado por celebrar un gol del Atlético de Madrid

En el mundo del fútbol siempre han existido fanáticos que han interpuesto los colores de su equipo a cualquier otra circunstancia, incluso a su propia existencia y a la de sus adversarios. Ignoran que se trata de un precioso y noble deporte en el que las diferencias se deben sustanciar dentro del terreno de juego y los aficionados son simples espectadores que se deben limitar a presenciar un gran espectáculo en el que no se puede ganar siempre. Por culpa de sus nefastas actitudes se ha originado una leyenda negra en torno al deporte del balón que le ha llevado a ser denigrado, aunque la mayoría de los aficionados al fútbol son personas comedidas y sensatas a las que, además de ver ganar a su equipo, les gusta presenciar un buen partido y disfrutar de las mejores jugadas en compañía de amigos, familiares y otros aficionados.

Cada vez que se produce un hecho luctuoso en el mundo del fútbol que, todo hay que decirlo, son más bien escasos, enseguida aparecen reflejadas estadísticas en algunos medios de comunicación cuyo único interés consiste en criminalizar a un deporte que nada tiene que ver con la violencia, sino más bien todo lo contrario. En España son muy pocos los hechos sangrientos relacionados con el fútbol los que hay que lamentar, aunque alguno, por desgracia, siempre se produce. Tal vez es así porque hay muchos aficionados que siguen con pasión este deporte. La mayoría de las veces estos sucesos están relacionados con grupos ultras, quienes cada vez tienen menos seguidores después de que los distintos estamentos deportivos y de orden público hayan hecho todo lo posible por erradicarlos hasta situarlos en la marginalidad más absoluta, que es donde deben estar.

En la década de los años noventa, concretamente en el año 1994, el fútbol gallego vivía uno de los momentos más brillantes de su historia, llegando a contar con tres equipos en la máxima categoría del fútbol estatal. Pero no solo eso, incluso dos de esos clubes, Deportivo y Celta, quienes, además de estar encuadrados en la primera división, alcanzarían sus mejores metas en ese año. El primero de ellos se proclamaría subcampeón de liga en una dura disputa con el Barcelona, que acabaría por llevarse el título en el último segundo, gracias a la parada del portero del Valencia al lanzamiento de penalti realizado por Djukic. Y en eso prácticamente corrió de la mano de su rival del sur, el Celta de Vigo, que perdería el título de Copa, merced también al error en la transformación de un lanzamiento desde el punto de penalti, en la tanda final, contra el Real Zaragoza.

Pese a esa buena racha, que se complementaría con el ascenso del Compostela de José María Caneda a la máxima categoría, el fútbol gallego contaría con un nubarrón negro que empañaría un precioso ejercicio. Este no fue otro que el asesinato de un aficionado en un bar de la coruñesa calle de la Estella el sábado, 12 de marzo de 1994, cuando se encontraba presenciando el encuentro que enfrentaba al Atlético de Madrid y al Barcelona en partido correspondiente a la jornada de liga en cuestión.

Dos puñaladas

El suceso se produjo cuando un joven de 19 años de edad, Emiliano López Prada, celebró el tercer tanto del Atlético de Madrid, que le ponía en ventaja frente al FC Barcelona. En ese momento, otro joven, que estaba presenciando el encuentro en el mismo establecimiento hostelero, sacó una navaja de grandes dimensiones y le proporcionó dos certeras puñaladas que acabarían con su vida prácticamente en el mismo instante. Una de ellas fue directamente al corazón, mientras que otra le perforó el costado. El joven estuvo tendido en el suelo hasta que llegaron los equipos sanitarios de emergencia, que le trasladarían a la Residencia Sanitaria Juan Canalejo, en dónde ingresaría ya cadáver.

Previamente, según informaciones periodísticas de la época, el agresor le había pedido dinero a Emiliano López, quien entonces cursaba segundo de derecho en la Universidad de A Coruña, negándose a darle cantidad alguna. Una vez cometido el acto delictivo, el agresor y el grupo que le acompañaba abandonaron el lugar de autos con destino a otro establecimiento para huir de la acción de la policía. Días más tarde los cuerpos de seguridad del Estado detendrían a ocho jóvenes, quienes estaban presuntamente relacionados con el suceso sangriento. El autor del crimen sería detenido y pasaría a disposición judicial, además de ser condenado a una dura y larga pena de cárcel.

El hecho causó una profunda conmoción en la ciudad herculina y en el mundo del fútbol en general. El joven fallecido era un conocido seguidor del Deportivo, además de ser ya, a su edad, donante de órganos, que le serían extraídos en el momento de su óbito. Con esta eran ya cinco las víctimas mortales de aficionados al deporte del balón que se habían producido en España entre 1982 y 1994. Pueden parecer muchas, pero afortunadamente, no son tantas como había habido en países de nuestro entorno, entre ellos el Reino Unido o incluso Grecia o Alemania, aunque nada puede justificar la muerte de un ser humano por culpa del fútbol y mucho menos de forma violenta.

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Una niña asesinada en Lugo

Avenida de A Coruña, lugar dónde fue secuestrada y asesinada la niña Marie Claire Paredes

A comienzos de la década de los ochenta, la ciudad de Lugo comenzaba a dejar atrás el pasado que siempre la había considerado como un entorno rural ligeramente más grande que los muchos y preciosos parajes rústicos que la rodean. Empezaba a ser una ciudad de verdad, que nada tenía que envidiar a muchas otras ciudades españolas iniciando una progresiva escalada de expansión, tanto social como demográfica, que la llegarían a convertir en una de las principales urbes del noroeste peninsular. En un momento dado estuvo considerada como la ciudad española que más crecía proporcionalmente de forma interanual. Al término de cada año de la década de los ochenta la capital lucense contaba con mil habitantes más que el año anterior, aunque, aún así, a todos sus residentes se les hacían grandes todavía las gradas del Estadio Santiago Bernabeu.

En la vieja urbe romana de Galicia se asentaban muchos de los emigrantes de pueblos y aldeas próximos que regresaban a su tierra después de una fecunda estancia en países europeos, además de muchos otros que comenzaban a abandonar el rural en busca de una prosperidad que no terminaba de llegar a sus lares de origen. Es en ese clima y en esas circunstancias a donde ahora nos dirigimos para narrar un trágico y terrible suceso que conmocionaría de sobremanera a una ciudad que estaba acostumbrada a vivir en la cotidianeidad y rutina más absolutas, únicamente interrumpidas -como siempre ha sido tradicional- en pleno mes de octubre por sus fiestas patronales en honor a San Froilán.

Esa dulce rutina sería bruscamente quebrada en el mes de agosto de 1980 cuando el día 8 del mencionado mes desaparecía una niña de nueve años que vivía con su familia en una calle próxima a la Avenida de A Coruña, donde sus padres regentaban un bar. Durante más de una semana todos los lucenses, tanto de la capital como de la provincia, estuvieron con el corazón en vilo en tanto no se tenían noticias de la pequeña Marie Claire Paredes Rivas, que aparecería brutalmente asesinada una semana más tarde de su desaparición en una casa abandonada muy próxima a la vivienda en la que residía junto con los suyos.

Familias conocidas

El día 15 de aquel caluroso mes de agosto de hace ya casi 40 años aparecería el cuerpo de la pequeña, horriblemente asesinada en una vivienda que pertenecía a la familia de su verdugo, José Fraiz Parga, un joven de 17 años que contaba ya con algunos antecedentes penales y que había estado internado en un centro de menores. Las familias del criminal y la su víctima se conocían de haber coincidido en la emigración en un país europeo en el que se habían afincado antes de regresar a la capital lucense.

La confianza que le inspiraba su agresor hizo que la pequeña atendiese sus requerimientos cuando se encontraba en compañía de otras amigas suyas en una sala de juegos de máquinas recreativas. Además, José Fraiz era cliente habitual del bar que regentaban los padres de la pequeña, situado en una calle paralela a la Avenida de A Coruña, por lo que no le costó ningún esfuerzo en convencerla para que lo acompañase. El motivo que había esgrimido su asesino era que le iba a enseñar unos conejos que eran propiedad de su abuela.

La suerte de Marie Claire Paredes no pudo ser más trágica y esquiva, ya que Fraiz Parga se aprovecharía de la confianza de la pequeña para darle muerte de una manera muy horrenda, dándole repetidos hachazos que terminarían con su vida, siendo hallado su cuerpo el 15 de agosto de 1980 en aquella vieja vivienda abandonada. Previamente, su raptor había intentado abusar de ella, a lo que la pequeña se resistió, gritando de forma reiterada. Posteriormente, intentaría matarla con una piedra y, en vista de que no lograba su macabro objetivo, le propinaría varios hachazos que terminarían con la vida de la niña. El joven asesino sería detenido de inmediato por la policía lucense sin manifestar ninguna emoción en el momento de ser arrestado. Se decía que uno de los agentes que lo había detenido le había preguntado si sabía lo que había hecho, a lo que el respondió muy secamente «si, la he matado».

Un tremendo sentimiento de impotencia y consternación se apoderó de una población que todavía no superaba los 70.000 habitantes, pero que rechazaba de forma muy enérgica cualquier atisbo violento que pudiese perturbar la habitual paz y tranquilidad de la que se gozaba en la siempre bella urbe romana. En la misma jornada en la que se produjo el hallazgo del cuerpo sin vida de la niña, alrededor de un centenar de personas se concentraron ante la vivienda de los padres de la pequeña solicitando la pena de muerte para su asesino, si bien es cierto que esta medida había desaparecido del ordenamiento jurídico español con la entrada en vigor de la Constitución de 1978.

Condena

El juicio por el asesinato que le había costado la vida a Marie Claire Paredes se desarrolló en Lugo a finales del mes de enero del año 1981 despertando una extraordinaria expectación entre los vecinos de la capital lucense, poco dados a que su ciudad copase las primeras páginas de los principales medios de comunicación de la época.

José Fraiz Rivas sería condenado a 25 años de prisión por el crimen que le costó la vida a la pequeña Marie Claire. Fue condenado por distintos delitos en grado de tentativa, entre ellos los de robo y violación, aunque se consideraba a estos como de forma reiterada, ya que había sido condenado por la sustracción de un bolso. La principal pena que habría de cumplir sería de 23 años de prisión por el asesinato de la pequeña. Todas ellas contaban con el atenuante accesorio de ser menor de edad en el momento en que habían ocurrido los hechos, pues el acusado todavía no había cumplido los 18 años.

Por otra parte, Fraiz Rivas debía indemnizar a la familia de su víctima con un millón de pesetas(6.000 euros), además de satisfacer las costas judiciales del proceso en el que había sido condenado.

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Tres jóvenes gallegos torturados y asesinados por ETA

Los tres jóvenes gallegos que asesinó y torturó la banda terrorista ETA

La banda terrorista ETA cometió muchos «errores» en su dilatada existencia, aunque el principal fuese el de haber iniciado una escalada de sangre y terror que no dejó indiferente a nadie en España. Se puede decir que su propia trayectoria fue su gran y principal error que sería muy funestamente pagado por casi un millar de personas inocentes que fallecieron a consecuencia de su indiscriminado terror. Sin embargo, hay un hecho criminal que llama poderosamente la atención en la historia del grupo criminal. Este no fue otro que la tortura y asesinato de tres jóvenes gallegos en la localidad francesa de San Juan de Luz el 24 de marzo de 1973, un tiempo en el que la banda comenzaba a estar en su pleno apogeo, además de contar con la simpatía de algunos grupos de la oposición a la dictadura franquista, que veían a ETA como un falso elemento liberador, aunque no tuviese nada que ver con los verdaderos ideales democráticos.

Los jóvenes gallegos habían acudido al país vecino a ver la película «El último tango en París», ya que este film era imposible visionarlo en España debido a las restricciones que en materias de libertades públicas hacía la siempre terrible dictadura del general Franco. Nunca se pudieron imaginar que serían confundidos con policías españoles que se encontraban en la lucha antiterrorista y que, supuestamente, los habían ido a espiar. Sin embargo, la realidad distaba mucho de lo que pensaba la banda criminal. Los tres mozos gallegos a quienes ETA acabaría asesinando y torturando eran José Humberto Fouz, de 29 años de edad; Fernando Quiroga, de 25 y Jorge Juan García, de 23. El más veterano de ellos era un poco quien llevaba la batuta de un trío de emigrantes que trabajaban honradamente en el País Vasco, ya que había residido en varios países europeos.

Los mozos habían salido en la jornada del día 23 con destino al país vecino a bordo de un vehículo, marca Austin, propiedad de José Humberto Fouz, cuya ausencia en su puesto de trabajo el lunes, día 25 de marzo, sería la señal que haría saltar todas las alarmas en sus familiares, ya que, al parecer, se hospedaban en la casa de una hermana del referido joven. Un cuñado de este, Cesáreo Ramírez, se trasladó en busca de Jose Humberto y sus dos acompañantes, rastreando la zona para comprobar si les había sucedido algo. A pesar de todo, sus indagaciones fueron vanas. Incluso llegó a sospechar que los desaparecidos se pudieran haber despeñado en algún punto de la carretera. Al cabo de tres semanas de haber realizado una infructuosa búsqueda, decidió poner el hecho en conocimiento de la policía, aunque nunca más se volviese a tener noticias suyas.

Incidente

Según un artículo publicado por el periodista Alfonso Rojo en el diario El Mundo, en su edición del 17 de junio de 2001 en el suplemento Crónica, los tres jóvenes desaparecidos habrían tenido la mala suerte de coincidir con un grupo de miembros de la banda terrorista en la discoteca Lycorne. Allí, sus verdugos habrían estado bebiendo demasiado, protagonizando posteriormente un desafortunado incidente con los jóvenes gallegos. En el transcurso del mismo, según el relato que hace el novelista Adolfo García Ortega, los terroristas habrían herido de gravedad a José Humberto Fouz de un botellazo en la cabeza, quien moriría instantes después, aunque nunca se encontró su cadáver ni tampoco los de sus acompañantes.

Posteriormente, los jóvenes, que serían secuestrados y maniatados por sus captores quienes se encontraban armados, serían trasladados a una granja, que supuestamente pertenecía a Telesforo Monzón, dirigente histórico abertzale, en el propio vehículo de las víctimas. Una vez que estaban en poder de los criminales, estos les habrían torturado durante un tiempo. Algunas fuentes, en las que se cita a Mikel Lejarza, el topo que estuvo infiltrado en el grupo terrorista, los asesinos les habrían aplicado una tortura extrema, llegando a sacarles los ojos con destornilladores. Su objetivo era que los tres muchachos, supuestos policías para los etarras, «cantasen» sobre las actividades antiterroristas que estaban desempeñando, así como también la Policía española de la época. Al convencerse de que aquellos hombres no tenían relación ninguna con los cuerpos policiales habrían decidido asesinarlos, al entender que una acción tan vil y canalla podría ofrecer una muy mala imagen de la banda terrorista.

El terrorista que se habría encargado del comando que les dio muerte era Tomás Pérez Revilla, alias «Hueso», quien moriría años más tarde en un atentado perpetrado por los GAL, según la información facilitada por Alfonso Rojo. Además, según un reportaje emitido en la cadena de televisión Antena 3, realizado por El Mundo TV, en abril de 2001, los restos mortales de las tres víctimas podrían estar sepultados en una finca de la localidad francesa de San Juan de Luz, propiedad de la familia del otrora dirigente radical vasco Telesforo Monzón (1904-1981), quien fue dirigente del Partido Nacionalista Vasco (PNV) en tiempos de la IIª República española y posteriormente, con el advenimiento de la democracia, de la coalición abertzale Herri Batasuna, brazo político de la banda terrorista ETA. A raíz de la revelación de la productora audiovisual del rotativo de Unidad Editorial, la Audiencia Nacional habría intentado reabrir el caso, aunque sin muchas esperanzas para las familias de las víctimas, ya que al haber transcurrido más de 20 años estaría ya prescrito.

En contra de lo que ha sido habitual a lo largo de su infausta y terrible historia, ETA nunca asumiría la autoría del asesinato de los jóvenes gallegos. Representaba un duro lastre para ellos el hecho de haber dado muerte a tres inocentes trabajadores que tan solo habían ido a divertirse al otro lado de la frontera.

Interpelación parlamentaria

El caso de la desaparición y muerte de los jóvenes gallegos alcanzaría un gran eco mediático en la segunda mitad de la década de los años noventa, gracias a la interpelación parlamentaria de Coral Rodríguez Fouz, senadora vasca por el PSE-PSOE y sobrina y ahijada de José Humberto Fouz, quien formuló una pregunta en el Senado al entonces ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja. Gracias a la perseverancia de esta política, se conseguiría que los tres jóvenes asesinados por ETA fuesen reconocidos como víctimas del terrorismo.

Coral Rodríguez no cejaría en su empeño para conocer el paradero de los restos de los jóvenes muertos por ETA. Siendo ya miembro del Parlamento Vasco, en el año 2005, pronunció un emotivo discurso en el pleno de la institución antes aludida en el que solicitaba al Gobierno Vasco que proporcionase los medios suficientes para esclarecer el paradero de los restos mortales de los tres jóvenes asesinados en 1973.

Pese a los desvelos de la parlamentaria vasca de origen gallego, su lucha ha resultado hasta ahora infructuosa. Además, a lo largo de los últimos 46 años han sucedido distintos acontecimientos que, de una u otra forma, han contribuido a tapar un hecho terrorífico que nunca se ha conseguido esclarecer. Rumbo a cumplirse medio siglo de unos asesinatos macabros y execrables, las familias de las tres víctimas siguen clamando una justicia que jamás han conseguido, además de los muchos palos a las ruedas que les han puesto a lo largo de estas ya cuatro largas décadas de intensa y cruel espera.

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El gallego que intentó matar a Alfonso XII

La historia de Galicia está plagada de centenares de personalidades y personajes sumamente brillantes de sobra conocidos por todos. Sin embargo, el personaje que vamos a presentar a continuación no destaca por su brillantez, ni tampoco es un antihéroe como lo pretendieron presentar las herrumbrosas crónicas que en su día fustigaron a quien no dejaba de ser un pobre hombre, tal vez afectado por alguna patología mental que tan estigmatizadas se encontraban en aquel entonces. La suya es una desgraciada historia que muy probablemente comience en una desdichada infancia, a pesar de que nunca se tuvo un conocimiento exhaustivo del personaje, obligado a abandonar la tierra que lo vio nacer nada más alcanzada la adolescencia.

De Francisco Otero González, el regicida gallego, se sabe que había venido al mundo el 14 de marzo de 1860 en la parroquia de Santiago de Lindín, en el municipio de Mondoñedo. El lugar donde nació este enigmático personaje es hoy en día un auténtico vergel natural en el que una fértil huerta produce, sin lugar a dudas, algunas de las más exquisitas hortalizas que consumimos los gallegos. Como antes se decía, tal vez acuciado por las muchas necesidades de la época, se vio forzado a marcharse a Madrid con apenas 18 años para trabajar de panadero en el horno de un familiar suyo. Cuentan algunas crónicas de su tiempo, no exentas de cierto subjetivismo, que perdió el empleo en la panadería en la que trabajaba y deambulaba por el viejo Madrid de taberna en taberna, careciendo de un domicilio fijo. De las mismas, se puede deducir que tampoco en la emigración madrileña mejoró de forma notable el nivel de vida de Otero, quien en una fría y gélida tarde del mes de diciembre de 1879 empuñó una pistola con la que disparó contra la carroza cuyas riendas llevaba el mismísimo rey Alfonso XII.

Nunca se sabrá con total certeza cual fue el verdadero móvil de aquel intento de regicidio, pese a las muchas especulaciones que en su día despertó el caso. Otero había adquirido el arma que empleó contra el rey en el rastro madrileño días antes de perpetrar un atentado que a él le costaría muy caro. En aquella penúltima tarde del año de 1879 el carruaje del monarca entraba por la Plaza de Oriente cuando repentinamente se topó con un individuo que, según todo parece indicar, no era lo que se dice un experto en el manejo de las armas ni mucho menos un campeón de tiro, ya que el disparo que salió del cañón de su pistola no acertó con su pretendido objetivo, a tan solo metro y medio de distancia de los reyes, Alfonso XII y María Cristina de Augburgo-Lorena. Al parecer, nadie advirtió de su presencia ni de sus intenciones, pese a que el Palacio Real estaba a escasamente 200 metros del lugar donde se produjeron los hechos.

Provocación

Tras ser detenido y llevado ante las autoridades, Francisco González Otero, declararía ante las mismas que el jamás tuvo intención alguna de matar al rey. Con los disparos hechos a tan corta distancia manifestó que su verdadero objetivo era el de provocar a los guardias de palacio y que le disparasen para que lo matasen a él, ya que carecía de valor suficiente para suicidarse. A partir de aquel entonces, el ya lejano 30 de diciembre de 1879 comenzaron a sucederse un cúmulo de especulaciones alrededor de un personaje que sería llevado a la literatura por los escritores de su tiempo, entre ellos Benito Pérez Galdós y José Francos Rodríguez. Sin embargo, poco o muy poco se sabe en torno a su vida y existencia. En su día, los diarios más relevantes de su época, entre ellos «El Liberal» y «El Imparcial» quisieron ver que detrás de las manos de aquel atípico regicida se encontraban grupos de oposición, entre ellos los anarquistas. Desde sus páginas alimentaron la posibilidad de que este aprendiz de panadero frecuentase algunas de sus tertulias, en las inmediaciones de la Puerta del Sol madrileña, si bien esas aseveraciones jamás han podido ser comprobadas.

En torno a la personalidad de González Otero se fueron construyendo mitos y leyendas, más bien generadas entorno a la imaginación de los profesionales del periodismo de la época cuya autenticidad y veracidad ha sido puesta en tela de juicio en muchas ocasiones. Según se ha podio constatar, el regicida de Mondoñedo jamás tuvo contacto o relación alguna con aquellos nacientes grupúsculos anarquistas ni con otra organización dedicada a utilizar el terror como arma de la propaganda política. Se decía también que en esa supuesta amargura en la que se encontraba y que iba prodigando por las tabernas de mala muerte en las que se embriagaba, clamaba por regresar a su tierra natal, pero que carecía de suficiente dinero para tomar un tren de regreso a Lugo.

Todo parece indicar que nos encontramos ante el caso de un regicida atípico. Un pobre hombre muy joven que no sabía lo que hacía ni tampoco lo que pretendía, tal como testificarían algunos médicos contratados por su abogado defensor, quienes pretendieron demostrar, sin éxito, que se encontraban ante una persona que sufría alguna dolencia mental, a quien la suerte le resultó más que esquiva en su efímera vida.

Garrote vil

Francisco Otero González sería condenado a morir en el garrote vil el 14 de abril de 1880 con tan solo veinte años de edad, a pesar de que había obtenido el perdón de los reyes, en un tiempo en el que la vida pública española se hallaba fuertemente convulsionada. Apenas diez años antes había sido asesinado Prim, con la inestimable ayuda de quien sería el primer suegro de Alfonso XII, el conde de Montpensier. Posteriormente se declararía una efímera República, que apenas duraría once meses. Finalmente, de la mano de Cánovas del Castillo, llegaría la Restauración. Sin embargo, lo que no consiguió Otero con su pistola lo haría en su lugar la tuberculosis, que terminaría con la vida del monarca tan solo un lustro después.

Nunca se sabe si por incontrolados azares del destino o por qué otra casualidad histórica, lo cierto es que otro mozo nacido en la misma parroquia que Francisco Otero González, José Méndez, tomaría parte años después en el más execrable crimen acontecido en Galicia en el siglo XIX, concretamente en la matanza de Santa Cruz do Valadouro. Aunque se dice que el azar no tiene la responsabilidad de todo. Pese a que este último era convicto del asesinato de uno de los criados del cura muerto, con el que se empleó con mucha saña, su suerte fue muy distinta a la de Otero. Pese a que fue condenado a muerte en 1889, finalmente la reina regente María Cristina de Augsburgo-Lorena acabaría cediendo a las presiones y concediéndole un indulto que no hubo lugar en el caso del regicida, a pesar de que no había consumado ningún crimen. Se quiso obviar que Francisco González era tan solo eso, un desafortunado y desgraciado mozo de provincias y muy posiblemente un enfermo con patologías y trastornos mentales, de quien la fortuna y la suerte se habían burlado amargamente en su mísera y efímera vida, que se truncó cuando en el mismo instante en el que el verdugo apretó el manubrio del humillante y tortuoso garrote vil.

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El crimen de As Sasdónigas

Parroquia de As Sasdónigas (Mondoñedo)

El lugar al que nos dirigimos es uno de los más bellos y luminosos parajes que se pueden encontrar en la Galicia interior. Allí se inicia la división geográfica de dos de las principales comarcas de la provincia de Lugo, limitando ambas con una extensa y brumosa montaña desde la que pueden divisarse unos inigualables atardeceres, dejándose caer la sombra en medio de impresionantes praderías y pequeños riachuelos, popularmente conocidos como regatos o regachos que discurren mansamente entre la espesa cordillera que separa las comarcas de A Mariña y Terra Chá. La primera ocupa prácticamente toda la franja norte de Lugo, siendo bañada por el Cantábrico y extendiéndose a lo largo de casi 70 kilómetros de costa que separan la Ría de O Barqueiro al oeste, de la del Eo, en el este. La segunda es la gran meseta interior lucense, la más extensa de las comarcas gallegas, con casi dos mil kilómetros cuadrados de superficie, mucho más grande que la provincia de Guipúzcoa.

A esa intersección en la que imaginariamente se dividen dos mundos para muchos lucenses, el teóricamente litoral y el interior, nos dirigimos para recordar como en un ya lejano 21 de febrero de 1893, se produjo un brutal crimen que marcó a la parroquia de As Sasdónigas desde entonces. El asesinato alcanzaría una notoria popularidad en las concurridas ferias y mercados mindonienses al amparo de la multitud de coplas de ciego que se cantaron en aquel tiempo, principal medio de transmisión oral de los graves sucesos de la época, al igual que lo es hoy la red Internet, la prensa escrita, radio o televisión. El hecho en sí se alcanzaría cierta épica, no exenta de una leyenda morbosa que se fue generando en torno al criminal que terminaría siendo ajusticiado en las inmediaciones del Santuario de los Remedios, en Mondoñedo.

Emigrantes

En la última década del siglo XIX la emigración gallega a tierras americanas estaba alcanzando un gran auge y apogeo. Ya era frecuente ver a los primeros indianos, como eran conocidos los que atravesaban el Océano Atlántico, llegando a sus lares y aldeas hablando en un refinado castellano con un marcado acento caribeño que iría aportando un buen número de palabras a la lengua gallega. Entre estas últimas, una de las más famosas que nos encontramos es aiga, empleada todavía en nuestros días por las personas de una cierta edad para referirse a los autobuses de líneas regulares. Los indianos solían decir «me voy a comprar uno de los mejores coches que aiga», y la palabra se empezó a asociar indefectiblemente a vehículos de gama alta, que posteriormente se trasladarían a los de transporte colectivo o de viajeros.

Hemos empezado hablando de emigrantes porque es precisamente un emigrante que había hecho una cierta fortuna el triste protagonista de esta cruel historia. Como era muy común en aquellos tiempos, cuando las cosas comenzaban a funcionar en tierras americanas, uno de los dos miembros de la pareja solía abandonar La Habana, lugar más frecuente del destino de los emigrantes gallegos, para regresar a Galicia. En otras ocasiones viajaba solamente el varón en busca de esa prometida fortuna que solían hacerles los navieros de la época, aunque los que verdaderamente hacían fortuna eran ellos. Entre estos últimos se encontraba el ínclito Pedro Barrié de la Maza. En el caso que nos ocupa, el varón se quedó en tierras caribeñas durante algún tiempo más, en tanto que su esposa regresó a Galicia. En ese período de tiempo, previo al regreso del marido, la esposa, Manuela Vidal, inició una relación con un apuesto mozo de una parroquia próxima a la suya, Galgao, que era unos quince años más joven que ella. Se llamaba Manuel Rivas y rondaría los 25 años.

Cuando regresó de tierras americanas su marido, que se llamaba Juan Paz, la relación estaba plenamente consolidada. Sin embargo, en aquella época las separaciones de las parejas, además de estar muy mal vistas, lo estaba todavía más el adulterio, esas relaciones que se mantienen a escondidas sin que se entere la gente. Quizás era mucho peor la condena social a que estaban sometidos quienes lo practicaban que la que pudiese recaer por parte de quienes se encargaban de dictar justicia, pues en aquel entonces el adulterio estaba tipificado como delito en el Código Penal. En este caso se sumaban también intereses de tipo económico, pues se decía que el cónyuge de Manuela había traído una inmensa fortuna de tierras americanas.

Para tratar de eludir tanto la condena social como la propiamente judicial, los amantes, Manuela y Manuel, urdieron un plan consistente en terminar con la vida del tercer implicado en este enrevesado rompecabezas. Se encargaría de ello el joven mozo, en complicidad con su amante, quien le reveló todos los entresijos de su domicilio, desde las costumbres de su marido hasta la hora en que acostaba a su única hija, que luego resultaría ser clave para la resolución del caso, pasando por otros pormenores que afectaban a su atormentado matrimonio.

En la noche del 21 de febrero de 1893, cuando Juan ya se había quedado dormido, se presentó en su domicilio el clandestino amante de su esposa provisto de un palo grueso con el que se encargaría de dar muerte a su rival cuando este estuviese descansando plácidamente en su lecho. En su funesto proyecto no debería quedar vivo nadie. Ni siquiera la niña del matrimonio si fuese preciso. En aquella tenebrosa noche, Manuel asestó un buen número de golpes a Juan Paz, quien acabaría yaciendo sobre un impresionante lecho empapado de sangre. La niña, que se despierta ante los tumbos que está escuchando, con el temor que le produce aquella macabra escena, decide mantener los ojos cerrados como si estuviera dormida, para así salvarse de una muerte segura. Una vez que ha acabado con la vida de su víctima, huye de la casa como si se tratase de un ladrón o un asaltante. Sin embargo, no se ha percatado de que ha quedado vivo un testigo que va a resultar determinante para el momento de la resolución del caso.

A pesar de que la esposa de Juan presenta las oportunas denuncias ante la Guardia Civil, enseguida comienza a recaer sobre ella la sombra de la sospecha, ya que se rumoreaba que mantenía relaciones con una tercera persona. Además, su hija ha reconocido al asesino de su padre y así lo testifica en el juicio. Añade también que cerró los ojos, como si estuviera durmiendo, por el pánico que le provocó la actitud de Manuel Rivas.

En el juicio, que se celebra en la Audiencia Provincial de Mondoñedo, tanto Manuela Vidal como Manuel Rivas son declarados culpables de asesinato en distinto grado, por lo que son sentenciados a muerte. La condena es apelada ante al Tribunal Supremo, quien se ratifica en la sentencia emitida por el organismo provincial. Se solicita el indulto ante la entonces reina-regente María Cristina de Habsburgo-Lorena, de quien se espera que conceda esa gracia al igual que lo había hecho tres años antes con la mayoría de los autores de la matanza de Santa Cruz de O Valadouro. Sin embargo, en esta ocasión la regente hace caso omiso de las peticiones de clemencia.

Árbol infame

A primeras horas de la mañana del 21 de octubre de 1893 son llevados al patíbulo los dos amantes, sin que lleguen noticias del ansiado indulto, en las inmediaciones del Santuario de os Remedios. Se encargará de las ejecuciones el verdugo Lorenzo Huerta, que es definido por el escritor Antonio Reigosa como un hombre gentil, con don de gentes y perfeccionista. Las ejecuciones todavía son públicas y se congrega un gran número de curiosos para ver el infame y cruel espectáculo. Es un día propio de otoño, en el que además de llover abundantemente, el viento también hace acto de presencia. El ejecutor de las sentencias de muerte hace su trabajo con eficacia y rapidez. Las ejecuciones se realizan en apenas cuatro minutos, pues estaban previstas para las ocho de la mañana y cuatro minutos más tarde, los cadáveres de Manuela Vidal y Manuel Rivas ya estaban tendidos sobre el patíbulo.

El escenario de la ejecución pasaría a la historia de las creencias y prejuicios populares a causa de un famoso árbol que se hallaba en las inmediaciones, al que la superchería popular atribuyó el don de la mala suerte. A él se había subido hacía algo más de tres años Manuel Rivas para contemplar las ejecución de Manuel Logilde Castrillón en 1890, principal acusado del cuádruple crimen de Santa Cruz do Valadouro. Alguien que estaba presenciado las ejecuciones de los amantes reparó en esta circunstancia por lo que cuando fue ejecutado, junto con Manuela Vidal, ninguno de los asistentes a tan degradante y perversa función se osó en subirse al mismo árbol desde el que él había presenciado el ajusticiamiento del autor intelectual de la masacre de Santa Cruz do Valadouro.

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La matanza de Chantada

Funeral por los asesinados por Paulino Fernández en Chantada. Foto Delmi Álvarez,


Durante mucho tiempo, el nombre del municipio lucense de Chantada se asoció inexorablemente, de una forma totalmente injusta, a la crónica negra y el crimen. En una de sus aldeas tuvo lugar la mayor tragedia criminal que se recuerda en Galicia. Aquel 8 de marzo de 1989 pasaría a la historia de Galicia como su fecha más terrible. Nadie encontró jamás una explicación a la distorsionada y brutal actitud de Paulino Fernández Vázquez, un agricultor de 64 años que en la tarde de aquel miércoles de marzo se dedicó durante una hora a asesinar de forma indiscriminada a todos cuantos se encontró a su paso.

El autor de la mayor masacre de la historia de Galicia, Paulino Fernández, estaba considerado como un hombre normal, quizás un poco reservado y huraño, con fama de ser muy tacaño, pero que nadie podía imaginar que pudiese perpetrar una barbaridad de semejantes características. Nadie conocía en Chantada ni siquiera su familia que el homicida había estado ingresado durante unos días, hacía ya bastantes años, en el sanatorio psiquiátrico de Toén, en Ourense, dónde se le había diagnosticado una esquizofrenia paranoide aguda. Solamente su hermano Marcelino lo consideraba como un individuo ciertamente raro. Años después de la matanza, un sobrino de Paulino, al que le había regalado una escopeta de perdigones, declaró al diario La Voz de Galicia que le había advertido de que no disparase contra las golondrinas, «pues ellas habían sido las que le habían retirado los clavos de la cruz a nuestro señor Jesucristo». Paulino estaba considerado como un hombre muy religioso y de profundas convicciones cristianas, incapaz de hacerle daño a nadie.

Desde hacía algún tiempo Paulino Fernández se encontraba muy mal. Su vida transcurría por un tedio insoportable, a lo que se añadía una excesiva preocupación por la propiedad de su hacienda. Al parecer, hacía poco tiempo había adquirido unas tierras a unos vecinos que se encontraban en la emigración americana. Las mismas seguían figurando, pasado el tiempo, a nombre de sus anteriores propietarios en el catastro. Esa misma mañana había manifestado su inquietud al entonces alcalde de Chantada, Sergio Vázquez Yebra, abogado de profesión. Este último intentó tranquilizarle, sin éxito, aseverándole en reiteradas ocasiones que las parcelas adquiridas eran legalmente suyas y que nadie podía arrebatárselas. A todo ello, se unían las dificultades personales que, en soledad, sufría Paulino. Su mujer, Sofía Ríos, once años mayor que él, se encontraba paralítica y ciega, postrada en una silla de ruedas. Los deseos de su esposa eran los de morirse cuanto antes para terminar con su dramática situación. Según algunas crónicas, a consecuencia de todas estas dificultades que le torturaban, el criminal chantadino se dedicaba a frecuentar prostíbulos de la comarca. En uno de ellos había conocido a una prostituta brasileña de la que, según se dice, se había enamorado profundamente. Sin embargo, la súbdita sudamericana desapareció para siempre de la contorna, tomando un incierto camino.

Tal vez todas estas causas influyeran en el carácter de Paulino Fernández, a lo que se añadía un rosario interminable de desgracias familiares. Cinco de sus hermanos habían fallecido en trágicas circunstancias. La primera tragedia de la familia Fernández Vázquez se remonta al año 1925, en la que un hermano suyo, todavía niño, fallecería a consecuencia de la picadura de una víbora. Años más tarde, Serafín, otro de sus hermanos, perecería combatiendo en el frente de Zaragoza en el transcurso de la Guerra Civil española en el año 1938. La sombra del drama no cesaría de brotar en el ambiente familiar de Paulino. En años de Posguerra en Astorga fallecería otro de sus hermanos mientras cumplía el servicio militar a consecuencia de un accidente con arma de fuego. Finalmente, otros dos miembros de la familia Fernández Vázquez perderían la vida a consecuencia de sendos accidentes de tractores. El primero en 1965, mientras que otro lo haría en 1984, unos años antes de la dramática matanza. Quizás eran demasiados factores para que pasasen desapercibidos en la psique de Paulino Fernández, que, muy probablemente, en opinión de destacados especialistas en la materia, influyesen en su irracional y aviesa conducta, de la que tan solo parecía haberse percatado su hermano Marcelino.

La matanza

A mediodía de aquel trágico 8 de marzo, después de visitar en la villa de Chantada a su abogado, Paulino Fernández almorzó en su domicilio junto a su esposa y su hermano Marcelino, quien, al parecer, aseguraría posteriormente que lo encontró más raro que de costumbre, aunque no se podía imaginar que fuese a perpetrar una tragedia que marcaría para siempre a las aldeas de Ada y Surribas, en el suroeste de la provincia de Lugo.

En torno a las tres y media de la tarde, Paulino Fernández salió de su casa provisto de un cuchillo de grandes dimensiones, de los empleados para degollar cerdos, además de un machete. Sin mediar palabra alguna, agredió con el arma blanca a uno de sus vecinos más inmediatos, Jesús Gamallo, quien sobreviviría a la brutal agresión, después de ser trasladado al centro hospitalario de Monforte de Lemos, que había sido recientemente inaugurado en aquel entonces. Una expresión suya «O Paulino matoume» se haría tristemente célebre. Unos vecinos suyos que estaban esperando un autobús para dirigirse a un entierro tuvieron cuenta de este primer incidente sangriento, aunque no le dieron demasiada importancia, considerándolo tan solo como una reyerta. Sin embargo, tan solo era el principio de una sangrienta orgía que marcaría hasta nuestros días a la espléndida comarca de Chantada.

Tras perpetrar el primer acuchillamiento, Paulino se dirigió de nuevo a su vivienda. Echó al ganado a pastar en el amplio terreno que tenía en las zonas aledañas a su casa, que en Galicia es conocido popularmente con el apelativo de «cortiña». Después el homicida empuñaría de nuevo el cuchillo dirigiéndose a una finca del lugar conocido como A Lamela, donde cometería un cuádruple crimen, sin que nadie pudiese explicarse como ninguna de sus víctimas pudo haber desarmado al asesino, a pesar de que estaban empleando unas hoces en una tarea agrícola. La destreza de Paulino empleando el arma fue impresionante ya que en un breve lapso de tiempo asesinó al matrimonio formado por José Lago García, de 59 años y su esposa Celsa Sanmartín Ledo, de 63. Tampoco se salvó de sus fauces asesinas una hermana de esta última, Aurora, de 67 años, quien ocasionalmente se encontraba en la aldea pasando unos días, pues habitualmente residía en Vilagarcía de Arousa. En ese mismo lugar también le arrebató la vida de la misma forma a Maximino Amador Saá, de 72 años, cuñado de las anteriores víctimas. Al parecer, Celsa caminaría unos metros con intención de avisar de lo sucedido, pero caería al suelo poco tiempo después a consecuencia de las graves heridas que le había inferido el asesino, falleciendo en el mismo lugar donde había caído.

Después de haber asesinado ya a cuatro personas, Paulino prosiguió su sanguinario deambular, dirigiéndose ahora a Surribas, al lugar de Queizán donde acabaría con la vida de otras dos personas, concretamente con las de Avelina Montes Soengas, de 67 años y Emilio Ramos Blanco, de 76. Ambos intentaron alertar al resto del vecindario de las sádicas intenciones de su vecino, pero los intentos resultaron vanos. Aunque los vecinos ya estaban alertados del reguero de sangre que había dejado tras de si Paulino, este -exaltado como se encontraba- no era capaz de detener su furia. Un grupo de cinco vecinos intentó desarmarlo para evitar que prosiguiese ampliándose el grotesco espectáculo que había ensangrentado aquellas tierras. Aún así, el criminal se saldría con la suya y aún provocaría seis heridos más; uno de ellos, una mujer Amadora Vázquez Pereira, de 43 años, quien días más tarde fallecería en el Hospital Xeral de Lugo a consecuencia de las gravísimas heridas que le había provocado su agresor. Otro de los heridos, Raúl López, de 50 años, le provocaría un grave traumatismo craneal, al propinarle un hachazo en la cabeza. También resultaría herido de gravedad un joven de unos 20 años que intentó desarmar al criminal. Nadie se libraba de sus terribles y sangrientas garras.

Paulino sería desarmado en casa de su vecina Milagros Sáa, quien conseguiría arrebatarle el arma homicida. Fue entonces, cuando ya completamente desangelado y en plena embriaguez sanguinaria se dirigió a su domicilio, donde no había nadie, pues su mujer había sido trasladada a la villa de Chantada por su hermano Marcelino. Allí, en un garaje contiguo a la vivienda donde guardaba el tractor y otros aperos de labranza, roció con gasóleo, que empleaba para el vehículo agrícola, toda la casa, además de abrir la espita del gas butano, provocando un incendio que el esperó pacientemente entre las sábanas de su cama que acabaría ocasionándole la muerte, aunque se supone que a consecuencia del fuego su cuerpo terminaría precipitándose en las cuadras posteriores de su casa, donde aparecería horas más tarde completamente abrasado. Al iniciarse el fuego, así como el potente sonido de una explosión, tal vez de la cocina de gas bustano o procedente del tractor que había adquirido recientemente, fue cuando muchos vecinos se enteraron del grave drama que acababa de ocurrir en Chantada y que, al día siguiente, serviría para ilustrar las portadas de los principales diarios de difusión nacional. De la misma forma, también las principales cadenas de radio y televisión abrirían sus respectivos informativos con la desoladora tragedia que en aquella tarde previa a la llegada de la primavera había asolado a las siempre tranquilas, pacíficas, plácidas y verdes tierras gallegas que, momentáneamente, se habían teñido de rojo para luego, en señal de luto, cambiarse a un rancio color negro.

Alarma y desolación

En muy pocas horas, no solo Chantada, sino en el resto de la provincia de Lugo se había generado un terrible clima de alarma y desolación que llegaba a todos los lugares. Ni que decir tiene que en las zonas limítrofes se generó una inusual alerta, haciendo que muchos vecinos se encerrasen en sus casas, cerrando estas a cal y canto. Unas horas más tarde de haberse suicidado Paulino Fernández, todavía se decía que había sido avistado por unos vecinos armado hasta los dientes, como si se hubiese reconvertido en un espectro que amenazaba a los pacíficos vecinos de la siempre hermosa y vistosa Ribeira Sacra, que veía como uno de sus habitantes generaba una sinfonía de terror, tal vez cegado por unos vanos motivos que encenagaban aún más su oscura mente. Pero, por fortuna, sus vidas ya no corrían peligro, ya que su cadáver fue rescatado entre los restos calcinados de su vivienda, siendo reconocido por su hermano Marcelino, quien nunca se repondría anímicamente de la tragedia que había provocado Paulino.

El día 10 de marzo se celebraron las honras fúnebres por cinco de las víctimas provocadas por el irracional furor de Paulino. Presidía los actos religiosos el entonces obispo de Lugo, Fray José Gómez, quien en compañía de otros cinco sacerdotes, ofició el acto religioso en una explanada contigua a la iglesia de Adán, para que así un mayor numeroso de personas pudiese participar en los actos litúrgicos en memoria de los fallecidos. En el transcurso de los mismos se vivieron dramáticas escenas de dolor, consternación y rabia contenida, ya que nadie era capaz de explicarse los motivos porque Paulino Fernández había perpetrado un acontecimiento tan trágico y luctuoso que enmarcaría para siempre a aquellas tierras dentro de la crónica negra del siempre pacífico y acogedor mundo rural gallego. El homicida fue sepultado dos horas antes que sus víctimas. Se hizo así con la intención de evitar ahondar en la grave herida abierta en la parroquia. A su sepelio solo asistieron dos de sus cuñados y un nutrido grupo de periodistas.

Repercusiones

No cabe ninguna duda que la matanza de Paulino Fernández tuvo unas impresionantes repercusiones no solo en Galicia sino en el resto de España. El dramático suceso fue aprovechado por algunos de los medios más sensacionalistas para transmitir una imagen oscura y difusa del interior gallego y de su mundo rural en particular. Aquellos días se vertieron centenares de auténticas barbaridades, calificando a las áreas rurales gallegas como lugares poco menos que prehistóricos y peligrosos, cuando ninguna de las dos cosas es cierta. De hecho, los indicadores de criminalidad del Ministerio del Interior situaban a la provincia de Lugo como la segunda más segura de España, teniendo en cuenta que en aquel entonces las dos terceras partes de sus habitantes residían en núcleos rurales. En este sentido aún recuerdo el duro enfrentamiento que protagonicé en el programa de la tarde de RNE, que por aquel entonces dirigía Javier Sardá, con la periodista de sucesos Margarita Landy. Esta señora aprovechó el espacio para despotricar -literalmente hablando- contra el interior gallego, criticando muchos usos y costumbres, al tiempo que demostraba un perfecto desconocimiento de Galicia, o al menos la que conocíamos los dos no tenía nada que ver la una con la otra.

La célebre periodista de sucesos había visitado la tierra gallega de forma muy esporádica, solamente muy de vez en cuando y siempre que tenía lugar algún desgraciado suceso sangriento. La imagen que ella tenía de Galicia se había quedado anclada unos cincuenta años atrás. Hay que tener en cuenta que ya estábamos a final de la década de los ochenta. A la mítica informadora de crónica negra le dolió en el alma cuando yo intervine por teléfono en el programa para recordarle que sucesos sangrientos se producían en todas partes de España y, mucho más, en Madrid, que era la ciudad en la que residíamos ambos por aquel entonces. Le mencioné varios casos recientes, entre ellos el célebre crimen de la calle Sáinz de Baranda, acontecido en enero de 1988, donde una pareja de toxicómanos asesinó a un matrimonio de nacionalidad estadounidense y a su criada. Asimismo, también le recordé los constantes crímenes que por cuestiones de estupefacientes se producían en la madrileña calle Orense, en la que en poco menos de un mes, concretamente en noviembre de 1987, habían muerto cinco personas de forma violenta.

Sin embargo, no fue la mítica periodista de aspecto un tanto chulesco y macabro al mismo tiempo que se edulcoraba con una pipa en sus labios, la única que quiso sacar tajada de un sanguinario suceso que enlutó a Galicia. En el verano de 1989 la revista Tiempo publicaba un reportaje sobre los sucesos que se producían en la que ellos denominaban España profunda. El despropósito y amarillismo del reportaje fue tal que, personalmente, creo que me produjo náuseas. Se decía tal cantidad de sandeces y chorradas que me llevaron a censurar al mencionado medio de comunicación. Desde entonces y hasta la fecha de su desaparición, jamás volví a adquirir la mencionada publicación. En el reportaje antes aludido se hacía un supuesto estudio antroponímico de la criminalidad, dando cuenta de que «no era casualidad», en opinión del reportero, que los autores de esas barbaridades llevasen nombres de origen germánico, como es el caso de Paulino. Jamás he podido comprender tan burda y ridícula afirmación, ya que nadie aportaba el menor dato de rigor científico en el que pudiese ampararse semejante estupidez.

Posteriormente se siguieron sucediendo los supuestos intelectuales de la crónica negra en distintos programas de radio y televisión, así como en las páginas de la prensa, aportando cada cual su ridícula versión. Solo daban muestras del más absoluto desconocimiento de la realidad gallega. Incluso, hemos llegado a escuchar auténticas desfachateces, tales como que el autor del crimen de Chantada no era un enfermo mental ni actuaba bajo un brote psicótico, cuando los informes que se conocieron a posteriori revelaban que efectivamente Paulino padecía una esquizofrenia paranoide que le había sido diagnosticada en Ourense por el doctor Montes, aunque ni siquiera su familia estaba informaba de su diagnóstico.

Hoy en día, las pacíficas tierras de la Ribeira Sacra son un especial atractivo para muchos turistas que quieren aprovechar para darse un viaje en catamarán por el siempre delicioso y esplendoroso cañón del Sil que parece perderse en el horizonte de una singular y atractiva tierra que es firme candidata a convertirse en patrimonio de la humanidad. Sin duda se lo merece, pese a que en la memoria colectiva de muchos de sus habitantes aún este presente el espectro de aquel criminal que en un ya lejano día del mes de marzo de hace 30 años empañó la noble y pacífica convivencia de una comarca que nada tiene que ver con las grotescas y dantescas tierras gallegas que describía la periodista que fumaba en pipa en sus imaginarios relatos, más propios de alguien que había perdido el norte -a semejanza de Paulino Fernández- que no de un honrado y objetivo informador de sucesos.

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