Asesinan a un vigilante para robar 150 kilos de almejas en Vilagarcía

Reconstrucción del crimen que le costó la vida al vigilante de la cetárea

Las almejas, y el marisco en general, siempre han sido un exquisito plato muy valorado -no solo por gastrónomos y aficionados a la buena mesa- sino también por muchos furtivos o rateros que buscaban unos míseros ingresos a costa de hacerse con un escaso botín que luego comercializarían en el mercado negro a un precio muy inferior a su coste real. Desgraciadamente, además de pretender lucrarse con los bienes ajenos también han provocado alguna tragedia, también han dejado su más que oscura huella que se tradujo en hechos violentos, bien sea golpeando a los vigilantes o agrediéndoles cuando se encontraban en superioridad de condiciones a estos últimos.

Uno de los hechos que más conmocionaría a la sociedad gallega -relacionado con el robo de marisco- tendría lugar en la madrugada del 22 de junio de 1998. A primeras horas de ese día era encontrado, en medio de un gran charco de sangre y con visibles señales de violencia, el cuerpo del vigilante de la cetárea de Vilaxoán -en el término municipal de Vilagarcía de Arousa-, Manuel García Cascallar, de 68 años, quien había sido asesinado por tres individuos que se introdujeron en la depuradora para hacerse con un botín de 150 kilos de almejas, cuyo precio en el mercado ascendía a unas 220.000 pesetas (1322,22 euros actuales).

El trágico suceso comienza a fraguarse en la tarde-noche del domingo, 21 de junio, cuando tres individuos, de no muy buena reputación en la comarca arousana, planean dar un golpe en la cetárea de la parroquia de Vilaxoán, conocedores de que allí se almacena una importante cantidad de marisco, que posteriormente intentarán vender en el mercado negro. Al frente de aquel macabro trío se encuentra Ricardo Carro Mato, un joven de 27 años, que ya cuenta con distintos antecedentes policiales, y que es conocido como alias «El Crecho» o por el diminutivo de Richard. En la macabra aventura le acompañan otros dos muchachos, Juan José Dieste y David Galbán, de 20 y 19 años, respectivamente. El segundo de estos dos últimos es un conocido mariscador furtivo, que ya había sido detenido en otras ocasiones por la delictiva actividad que llevaba a cabo.

Ensañamiento brutal

Para perpetrar el golpe Galbán, tal vez experimentado en estas oscuras lides, les facilita una maza de goma y un cuchillo de grandes dimensiones, conocedor de la estricta vigilancia a que son sometidas las cetáreas y depuradoras en las que se crían los moluscos. El plan, previamente concebido, contempla también el hecho de cortar los hilos telefónicos para evitar así que el vigilante pueda solicitar ayuda de las autoridades o terceras personas. De madrugada, aprovechando el poso de silencio que ha dejado tras de sí el fin de semana, se personan en el que se iba a convertir en el lugar de autos dando fuertes golpes en la puerta, gritándole al vigilante que abriese la puerta pues era el jefe quien llamaba. Alertado de la falsedad de los asaltantes, el empleado profiere gritos de socorro que ahuyentan a los rateros, aunque solo de manera parcial pues regresar hasta la empresa marisquera para tratar de hacerse con un pequeño botín que revender en el mercado negro.

Media hora después aproximadamente regresarían hasta la cetárea propinando de nuevo grandes golpes en la puerta de entrada, que provocan el pánico de Manuel García, que intenta huir del lugar al percatarse de que se trata de un serio intento de robo y que tal vez no pueda hacer frente a quienes se iban a convertir en sus verdugos. En su inútil intento de escapada, poco menos que a la desesperada, el vigilante se encuentra de bruces con Juan José Dieste -conocido por ser un energúmeno muy violento-, quien le propina un fuerte golpe en la boca y una cuchillada a la altura del cuello. En su exasperación, García Cascallar se agarra a su agresor y caen ambos en la explanada de acceso a la cetárea. En ese momento reconoce a Ricardo Carro Mato, a quien llama reiteradamente por su apelativo. Sin embargo, este último, a pesar de sentirse reconocido o tal vez por eso mismo, propina varios golpes en la cabeza al vigilante con la maza de goma que han traído de casa de Galbán.

Posteriormente, sus agresores trasladan al empleado, que ya se encontraba malherido, hasta la pared de la nave. Ahora intentan abrir la puerta a golpes, pero sus intentos resultan vanos, por lo que Carro regresa al lugar en el que había abandonado al vigilante para arrebatarle las llaves y así poder entrar en la cetárea. Las crónicas de la época relatan que su asesino se encontraba fuera de si en ese momento y prosiguió su brutal agresión contra un pobre hombre totalmente indefenso. Termina su cruel acción de la forma más macabra posible, clavándole a la víctima el cuchillo sin mango en la cabeza, cuyo cuerpo -con el rostro y el cráneo completamente destrozados- serían encontrados por otro empleado de la misma empresa a la mañana siguiente de haber sido espantosamente asesinado.

El botín lo esconderían en el mar, aunque jamás podría ser revendido. La rápida intervención de las fuerzas policiales, así como por los muchas pistas dejadas por los criminales, impidieron que los tres autores del brutal asesinato se saliesen con la suya.

Un documento judicial

El crimen, que consternaba a toda Galicia tanto por su espanto como por la saña y lo sanguinarios que habían sido sus autores, sería esclarecido en cuestión de horas por parte de las fuerzas dedicadas a la investigación del mismo. La principal clave vino facilitada por un documento judicial firmado por David Galbán, que fue hallado en las inmediaciones del lugar de autos. Además de este último, los investigadores pusieron en el punto de mira a sus dos acompañantes habituales, Juan José Dieste y Ricardo Carro Mato. La autoridad judicial autorizó un registro en casa de este último en el que fueron halladas diversas prendas en las que había restos de sangre y también biológicos que se correspondían con el perfil de la víctima.

Casi dos años después del crimen, en abril del año 2000, que había sobresaltado y compungido a Galicia por su extrema crueldad, se celebraba el juicio contra los tres autores del asesinato de Manuel García Cascallar, un hombre casado y padre de cinco hijos, quien contaba 68 años en el momento en que fue asesinado. El principal inductor y autor material del mismo, Ricardo Carro, sería condenado a la pena de 28 años de cárcel, con el agravante de ensañamiento. Sus colaboradores fueron condenados a 23 años de prisión cada uno de ellos. De la misma forma, deberían indemnizar solidariamente a la viuda de la víctima con diez millones de pesetas (60.000 euros actuales) y con cinco (30.000 euros actuales) a cada uno de sus cinco hijos.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Anuncios

El asesinato de una anciana en Pontevedra, sin resolver más de 20 años después

Rúa de Xan Guillerme, en Pontevedra, dónde se cometió el crimen

El año 1997 pasaría a la historia negra de Galicia como el del triple crimen de Vilaboa, aunque finalmente serían cuatro las personas asesinadas en relación con aquel trágico y dramático suceso relacionado con el trapicheo de drogas a pequeña escala. Aquel mismo año, en el que Fraga Iribarne cosechaba su tercera mayoría absoluta en el Parlamento galego, se producía otro crimen en Pontevedra que pasaría a la historia de la infamia, ya que no podría resolverse, quedando muy probablemente impune puesto que en poco tiempo prescribirán las acciones judiciales.

El escenario del trágico suceso fue la siempre vistosa zona histórica de Pontevedra, aunque la calle en la que se produjo, la de Xan Guillerme, está inundada de desvencijados y deprimentes edificios antiguos que parecen estar destinados a las personas más desgraciadas y desheredadas de la sociedad. Uno de esos inmuebles, concretamente el que ocupa el primer número, estaba ocupado por una mujer de 74 años, Isabel Ferreira Vieira, popularmente conocido como «La Cubana», quien era madre de un hijo y que había enviudado por tercera vez muy recientemente. En aquel sórdido y dantesco lugar sería encontrado el cuerpo de la mujer en cuestión, con evidentes señales de violencia, por parte de un vecino suyo. Según se dedujo de la autopsia, el cadáver de la asesinada, que fue encontrado sobre un gran charco de sangre, presentaba hasta un total de siete puñaladas, todas ellas mortales de necesidad. Tres de las puñaladas las había recibido en la espalda, otras tres en el pecho y una última de nueve centímetros en el cuello. Su muerte se produjo de forma casi instantánea al haberle provocado un schock hipovolémico a la víctima de aquel cruel crimen.

Los vecinos de la zona, conocedores de las malas relaciones que mantenía con su hijo, así como de otros entresijos, entre ellos el de ir provisto de un palo por la calle que le servía para hacerse temer e incluso amenazar, pensaron que tal vez Luis Ferreira, el único vástago de Isabel, fuese el autor material de su asesinato. Hacía escasamente seis meses que había fallecido su padre al precipitarse por las escaleras del interior de la vivienda en muy extrañas circunstancias, que jamás fueron aclaradas. Sin embargo, los investigadores no hallaron ninguna pista que pudiese incriminarlo y el pobre hombre fallecería algunos años después sin que se lograse esclarecer el suceso que le había costado la vida a su madre.

Detención de una familia

En vista de que el hijo de la fallecida era presumiblemente inocente, la Guardia Civil centró sus pesquisas en una familia próxima a la mujer asesinada, cuyos miembros eran viejos conocidos de la justicia. Incluso, uno de ellos había sido condenado a 20 años de prisión en el año 1982 por el asesinato de un panadero en la localidad pontevedresa de Cotobade. Casi tres años después de haberse perpetrado el asesinato, eran detenidos Miguel Ogando García, como presunto autor del mismo, así como su hermana María Teresa y un hijo de esta última, Julio Ruibal Ogando, un muchacho de 24 años, quien padecía una deficiencia psíquica congénita, en calidad de cómplices.

La reconstrucción hecha por el Instituto Armado y a tenor de los datos aportados por un testigo protegido en el caso, conocido en Pontevedra como «El crimen de la Cubana», los agentes encargados de la investigación recogieron restos biológicos del pubis y el abdomen de la víctima que se correspondían con el perfil biológico del sobrino del principal acusado. Al parecer, según la misma reconstrucción, estos podrían proceder del momento en que este último se interpuso entre su tío, Vicente Ogando, y la mujer asesinada.

Las primeras hipótesis sobre este suceso apuntaban a que en la tarde del día de autos, los tres miembros de la familia acudieron a la casa de Isabel Ferreira con la intención de que se hiciese efectiva una deuda que esta había contraído con sus visitantes. Después de haber tomado algo con lo que los obsequió su anfitriona, Vicente Ogando se habría abalanzado sobre su víctima, propinándole las seis cuchilladas que acabarían con su vida de forma prácticamente instantánea. Al tiempo que le daba muerte, le habría arrebatado las escasas joyas que la mujer poseía así como sus libretas de ahorro. Posteriormente arrojaría el arma homicida, así como los documentos bancarios a la ría del Lérez.

Juicio y absolución

El fiscal solicitaba, en el juicio que se celebraría el 24 de octubre de 2001, un total de 19 años de cárcel para el principal acusado, Vicente Ogando García, así como una importante indemnización económica para la única nieta de la víctima. El ministerio público no acusaba a la hermana ni al sobrino del sospechoso, por entender que habían colaborado con la justicia y que intentaron detener el ataque mortal de su familiar contra la víctima. El testigo protegido llegó a declarar que, al parecer, el supuesto autor del crimen le habría confesado que le levanto las ropas, ya que debido al grosor de las mismas así la habría podido apuñalar mucho mejor.

Sin embargo, cuando las cosas parecían que estaban bien atadas, el jurado popular -compuesto por nueve personas- declararía que Vicente Ogando no había estado en la casa de Isabel Ferreira el día en el que se cometió su asesinato. Ocho de sus nueve miembros creyeron en la inocencia del único acusado después de responder a un total de 16 preguntas que les había efectuado el juez instructor del caso. De nada habían servido las declaraciones realizadas por el sobrino del incriminado ni tampoco la del testigo protegido que había compartido celda con el acusado, quien regresaría a prisión dónde se encontraba ingresado por otras fechorías, aunque el día en que fue asesinada «La Cubana» él se encontraba de permiso penitenciario.

La acusación particular anunció su recurso ante el Tribunal Superior de Xustiza de Galicia al considerar que los miembros del jurado eran totalmente legos en asuntos de investigación policial. Además, no tuvieron en cuenta el testimonio del sobrino del único acusado, al considerarlo incapaz y fácilmente manipulable. Sin embargo, la máxima institución legal gallega confirmó la sentencia emitida por la Audiencia de Pontevedra y el caso pasaría a engrosar la numerosa nómina de crímenes sin resolver que se acumulan en los cuarteles y las comisarías de policía de Galicia.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Asesinan a un hombre en Pontevedra para «darle un escarmiento»

El crimen se produjo en las inmediaciones del Lago Castiñeiras

Aquel año 1978 prometía ser diferente. Por algunas calles de las principales ciudades de Galicia se manifestaban agricultores y ganaderos que protestaban por la abusiva cuota empresarial que debían satisfacer mensualmente al ministerio de Hacienda. También había concentraciones que reclamaban la inmediata puesta en marcha del Estatuto de Autonomía. Muy pocos, solamente los más viejos, se acordaban aún de la vieja regulación autonómica proclamada en un referéndum celebrado a escasos 20 días del inicio de la Guerra Civil. Por aquel entonces, estaba recién estrenada la primera autovía gallega, comúnmente conocida como «Autopista del Atlántico», que sufriría algunos ataques terroristas promovidos por la autodenominada «Coordinadora contra la Autopista», en la que se agrupaban algunos grupo ecologistas y radicales de izquierda. Estas actitudes resultarían hoy en día poco menos que inauditas, pero acontecieron hace ya más de 40 años.

En medio de ese clima, en el que las nuevas libertades recuperadas después de más de cuatro décadas que convivían con el arado romano, en Galicia proseguían sucediendo algunos hechos que en nada la diferenciaban de otras partes del territorio. Aunque continuaba siendo una tierra francamente muy pacífica y acogedora, algunas veces los gallegos se sobresaltaban con acontecimientos que sucedían muy cerca de su casa. Sin necesidad de salir al extranjero. Uno de esos oscuros episodios ocurriría en la localidad pontevedresa de Marín en la primavera de 1978 cuando una pareja decidía «darle un escarmiento» a un individuo que supuestamente acosaba a la mujer que formaba aquel macabro matrimonio.

Los hechos tuvieron su origen como consecuencia de las constantes proposiciones que José Carballal Acuña hacía a Carmen García Boullosa, ambos de mediana edad y vecinos de la localidad pontevedresa de Marín. Al parecer, esta última se encontraba «harta» de las proposiciones que le hacía el primero, por lo que decidió actuar en consecuencia, en connivencia con su marido, Paulino Soaje Antuña. Para ello, ambos cónyuges trazaron un macabro plan, con una cita incluida, a la que iban convenientemente armados con sendos cuchillos de grandes dimensiones.

En el paraje del Lago Castiñeiras

En una tarde de primavera, Carmen García citó a través de una llamada telefónica a su supuesto acosador, como queriendo hacerle ver que accedía a sus peticiones. Incluso le confirmó el lugar en el que tendría lugar la macabra cita. La mujer acudiría en su automóvil y lo recogería en la carretera. La víctima, después de subir al coche, intentó abrazar a Carmen, quien le conminó a que cesase en su actitud, pues el coqueteo vendría una vez que estuviesen en una pista forestal, ya muy próxima al lugar en el que se encontraba. Lo que desconocía José Carballal era que en el maletero del vehículo viajaba el marido de su presunta amada, Paulino Soaje Acuña.

Carmen y José prosiguieron trayectoria hasta encontrar la pista forestal a la que aludía la mujer, en un paraje próximo al lago Castiñeiras, que en aquellas fechas del año se encontraba escasamente frecuentado y estaba muy aislado de las poblaciones más próximas. Una vez en el lugar de autos, a José Carballal le llegaría su brutal desolación al poder observar que se había convertido en víctima de un engaño que iba a pagar muy caro. Del interior del maletero del coche, salió Paulino Soaje, provisto de un cuchillo de enormes dimensiones, con dientes de sierra. Otro similar portaba su esposa Carmen.

Ambos cónyuges, una vez llegado al lugar de autos, no dudaron en propinar al menos dos cuchilladas a José Carballal, quien cayó tendido en medio de un gran charco de sangre con grandes heridas en el abdomen de las que ya no se recuperaría. Se trataba de un brutal correctivo que nadie podría imaginar. A todo ello se sumaba el hecho de que la pareja que cometió el crimen no tuvo reparo alguno en ir avisar a la esposa de la víctima de lo que había sucedido y dónde se encontraba su marido herido de gravedad. Sería esta última quien lo encontraría en estado casi moribundo unas horas más tarde después de haber sufrido la brutal acometida. Tras dar aviso a las asistencias sanitarias, la víctima ingresaría todavía con vida en una clínica de Pontevedra en la que fallecería a las pocas horas.

20 años de cárcel

En noviembre de 1978 se celebraría el juicio por el suceso que comenzó a conocerse en Galicia como «El crimen del lago Castiñeiras». En el transcurso de la vista oral el fiscal encargado del caso desbarató todas las posibles coartadas de la pareja, quienes se aferraron en todo momento a la circunstancia de que en su ánimo no había intención alguna de propiciar la muerte de José Carballal, sino sencillamente de «darle un escarmiento». Sin embargo, la fiscalía consideró que se trataba de un asesinato premeditado y con alevosía mediante un plan previamente urdido por los atacantes en el que la víctima no tuvo la mínima ocasión de defenderse. A ello se sumaba el agravante de haberlo abandonado desangrándose en medio de un paraje escasamente transitado.

El veredicto de la Audiencia Provincial de Pontevedra no pudo ser más contundente, condenando a 20 años de cárcel a cada uno de los cónyuges del matrimonio formado por Carmen García Boullosa y Paulino Soaje Antuña. Además, la pareja debía indemnizar de forma conjunta y solidaria con un millón de pesetas (6.000 euros actuales) a los herederos de la víctima José Carballal Antuña. A ello se unía la prohibición expresa de acercarse a los familiares de este último por un período de cinco años, contados a partir de que hubiesen cumplido con la pena que les fue impuesta.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Asesina a su madre «por orden del diablo»

A comienzos del siglo XXI Galicia vivía una nueva era. Atrás quedaba el eterno país rural que había sido a lo largo de muchos siglos. Es más, el mundo rural avanzaba hacia un más que progresivo declive, desapareciendo aldeas y pequeñas villas. Con ellas también desaparecerían viejos mitos y leyendas que se habían perpetuado a lo largo de toda su historia. Ya nadie creía en duendes ni meigas, aunque como se dice habitualmente «haberlas hailas». Sin embargo, aquellas viejas tradiciones fueron substituidas por otras importadas de países anglosajones que se centraban en lo oscuro y lo misterioso, con nuevas creencias que pretendían ser un sucedáneo de las ancestrales.

Aunque bastante alejado de los nuevos influjos que se fueron adueñando de una pequeña parte de la juventud, el suceso ocurrido en la localidad pontevedresa de Nigrán el 18 de febrero de 2001 guarda una pequeña relación con el mundo del misterio y el esoterismo importado en las últimas décadas, a tenor de los textos hallados en el domicilio del homicida. En aquella jornada, entre las cuatro y las seis de la madrugada según dictaminaría posteriormente la autopsia, un joven de 28 años, Íñigo Álvarez Esmerode, decidía acabar con la vida de su madre, Aurora Esmerode, de 51 años, asestándole varias cuchilladas con un cuchillo de grandes dimensiones. La mujer, que intentó en vano huir de las garras asesinas de su vástago no conseguiría salvar su vida, pues, al parecer, el muchacho le había propinado previamente un golpe en la cabeza. Su cadáver, encontrado por la policía local de Nigrán en su dormitorio y con el pijama puesto, presentaba varios cortes a la altura del cuello, así como diversas magulladuras.

Llorando en el Ayuntamiento

Tras cometer el crimen, el muchacho, que ya se encontraba a tratamiento psiquiátrico, se dirigió desde su domicilio, en la zona conocida como Camino a Piñeiro, en el barrio de Areas Praia América, hasta el Ayuntamiento de Nigrán, distante dos kilómetros del lugar de los hechos. Allí sería atendido en torno a las ocho y media de la mañana por el concejal Efrén Juanes, quien le preguntó en que podría ayudarle. El joven le preguntó si disponía de un arma para quitarse la vida y posteriormente le narró lo ocurrido al edil en medio de grandes sollozos.

Efectivos de la policía local de Nigrán se trasladarían hasta el domicilio del muchacho, dónde corroborarían que efectivamente el joven había asesinado a su progenitora, encontrando la casa revuelta, con abundantes manchas de sangre por distintas estancias, así como el cadáver de la mujer tendido sobre su dormitorio.

Íñigo Álvarez pasaría a disposición judicial en los días siguientes al trágico suceso. En el transcurso de su declaración afirmaría ante el juez que había cometido aquel crimen porque «el diablo le había dado órdenes a través de un programa de televisión». Debido al gran shock psicológico que sufría, el magistrado que le tomó declaración ordenaría su ingreso en el Hospital Provincial de Pontevedra. Posteriormente, ingresaría de forma provisional en la prisión provincial de A Lama.

15 años de reclusión

Íñigo Álvarez Esmerode aceptaría en noviembre de 2001, cuando se celebró la vista oral en su contra, el ingreso en un psiquiátrico penitenciario durante un periodo de 15 años. Los tres psiquiatras que se encargaron de examinarlo constataron que el joven había sufrido un brote de esquizofrenia paranoide aguda en el momento de cometer el asesinato que le costaría la vida a su madres. Además, declararon que no estaba libre de sufrir nuevos episodios similares.

Quienes conocían al parricida, habían constatado a lo largo de los últimos meses que su estado psicológico iba empeorando y que sufría también algunos episodios de despersonalización. En los últimos tiempos el muchacho apenas hablaba y cuando lo hacía pronunciaba algunas expresiones ininteligibles. Asimismo, algunas de sus reacciones les resultaban cuando menos paradójicas, tales como reírse mientras veía la televisión -ante la que pasaba muchas horas- sin venir a cuento. Posteriormente, reconocía que se sentía fuera de si.

Sus conversaciones en los tiempos anteriores a cometer el crimen giraban en su mayoría sobre ocultismo, misterio y temas esotéricos, además de hallarse algunos manuscritos en su domicilio con contenido metafísicos. Igualmente, serían encontrados también muchos libros y publicaciones que abordaban esos mismos asuntos a los que se había aficionado en la etapa previa a cometer el asesinato de su madre.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Dos gemelas entierran viva a su hija recién nacida en Lugo

Parroquia de San Xurxo de Augas Santas, lugar dónde ocurrió el macabro suceso.

El año 1992 pasaría a la historia, no solo por las Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla, sino también por diversos sucesos truculentos. Muchos de estos desgraciados acontecimientos ocurrieron en Galicia, siendo sus tristes protagonistas hasta un total de cuatro niños, quienes perderían la vida a manos de personas desalmadas y crueles.

En dos de estos hechos de triste recuerdo, los criminales utilizaron el mismo sistema, que no fue otro que enterrar vivos a sus criaturas, como si de un macabro ritual se tratase. Uno de ellos ocurrió en Vigo en el mes de febrero. Apenas cuatro meses más tarde, cuando los gallegos todavía no se habían repuesto del trágico «Crimen de la maleta» -en el que había sido asesinado un niño por una socia de su madre-, dos hermanas gemelas, que se encontraban embarazadas al mismo tiempo, decidían terminar con la vida de uno de los bebés recién nacidos el día 18 de mayo de 1992 y darle sepultura inmediata en el terreno anexo a su vivienda en la parroquia de Augas Santas, en el municipio de Palas de Rei.

El hecho criminal sería descubierto unos días más tarde. La madre de ambas hermanas gemelas, Concepción y Ana María Vázquez, decidió llamar a un médico de la localidad de Palas de Rei en vista que el estado físico de la primera, que presentaba una hemorragia perineal, para que tratase a su hija, quien no estaba dispuesta a recibirlo. Para poder intervenir el galeno debió de acudir acompañado del juez de paz y dos agentes de la Guardia Civil, quienes muy pronto esclarecerían las circunstancias de aquel trágico acontecimiento.

Encerradas en la habitación

Según se dedujo de las investigaciones realizadas, el día en que Concepción rompió aguas se encerró en la habitación con su hermana, quien la asistió en el parto, aunque sin ninguna experiencia ni tampoco conocimiento de la situación que vivía su gemela. Una vez que la criatura nació, ambas hermanas la introdujeron en una bolsa de plástico y le dieron sepultura, cuando se supone que aún estaba viva, en el terreno próximo a la vivienda. Poco después, amenzarían duramente a su madre con matarla si contaba algo de lo que había sucedido.

En vista que la situación de su hija no mejoraba, la madre de la parturienta se dirigió a un teléfono público para dar aviso a un médico y también a los agentes de la Benemérita, quienes encontrarían el cuerpo de la pequeña en el lugar donde les había indicado Concepción, la joven que había dado a luz. Su madre declararía a las cámaras del centro de TVE en Galicia que el bebé había sido asesinado por sus hijas.

Al descubrir el crimen, los agentes procedieron a la detención de la joven, quien sería detenida en el acto, aunque ingresaría en un principio en el Hospital Xeral de Lugo para poderse recuperar de la hemorragia que había sufrido como consecuencia del parto. De igual modo, también sería detenida su hermana, Ana María, quién también se encontraba embarazada, por su complicidad en el crimen. Ambas ingresarían en el penal de Bonxe.

Al parecer la familia de las jóvenes que mataron a la criatura estaba pasando por diversas adversidades de carácter patológico, ya que el padre de las gemelas que dieron muerte a la criatura comenzaba a presentar algunas señales de un cuadro de esquizofrenia.

Las dos autoras del crimen que dejaría estupefacta a Galicia -y muy especialmente a la provincia de Lugo- serían condenadas por la Audiencia Provincial de Lugo a sendas penas de 20 años de prisión cada una de ellas.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Un marinero asesina a un taxista en A Coruña arrojándolo al mar

Los profesionales del taxi se juegan la vida cada día. A diario son muchas las noticias que podemos leer en la prensa en las que estos conductores son objetivo de rateros y delincuentes habituales, que tan solo aspiran a hacerse con unas nimias cantidades de de dinero con las que dan el cambio a sus muchos clientes. Lo peor de todo, y no son poca veces, es cuando los taxistas son víctimas de un asesinato. Por desgracia, esto último no es nuevo.

Ya en la década de los sesenta del pasado siglo, en pleno franquismo, eran víctimas de robos e incluso de asesinatos, pese a la supuesta mano dura que ejercía el régimen con los delincuentes. Incluso, este tipo de actos delictivos llegaba a una Galicia escasamente desarrollada y masivamente rural en la que la práctica totalidad de sus muchos vecinos del mundo rural se conocían y se vivía, aparentemente, en un ambiente de común armonía.

Esa buena sintonía entre los gallegos de aquella se época se vio bruscamente alterada una noche de un ya lejano 16 de marzo del año 1963 cuando aparecía un taxista brutalmente asesinado en el muelle del este de la ciudad de La Coruña, una urbe muy tranquila y en constante expansión, que en esos momentos se estaba jugando el liderazgo de primera ciudad gallega con el rival de sur, Vigo.

Alrededor de las diez de la noche, en la parada de taxis del barrio herculino de Cuatro Caminos, un joven marinero de tan solo 19 años, José Ramón Santiago Fernández, natural del municipio coruñés de Muros, le requirió los servicios a un joven taxista de 32 años, Antonio Verdura López, originario de la provincia de León pero que ya llevaba algún tiempo afincado en A Coruña. Le solicitó que lo llevase hasta el muelle del Este. Una vez allí, el infortunado profesional le requirió que le abonase las 32 pesetas (0,22 euros actuales) que costaba su servicio. José Ramón Santiago había abandonado el barco en el que trabajaba, pues debía incorporarse al servicio militar, por lo que había cobrado la suculenta cantidad de 3.200 pesetas (19,23 euros actuales), una buena cifra para la época, teniendo en cuenta que muchos salarios no alcanzaban las mil pesetas mensuales.

Arrojado al mar

Una vez llegaron al punto de destino, el joven marinero sorprendió al taxista lanzándole una pequeña cuerda al cuello, que pillaría desprevenido al conductor, quien mantuvo un forcejeo con el muchacho. Finalmente debido, quizás a la mayor envergadura de este último, el taxista sucumbiría ante Santiago Fernández, quien lo arrastraría desde el interior del vehículo durante varios metros. Antonio Verdura llevaría un golpe en la cabeza al golpearse contra el suelo en el momento en que era arrastrado por su verdugo que le hizo perder el conocimiento, aunque todavía se encontraba con vida, según detallaban los informes forenses que le fueron practicados.

Una vez inmovilizada su víctima, procedió a registrarle sus pertenencias, tanto el vehículo como sus ropas, hallando 810 de pesetas (4,87 euros) de las que se apoderaría de inmediato. Para evitar en lo posible ser descubierto, José Ramón Santiago arrojaría su cuerpo al mar, cuando todavía se encontraba con vida, pero con un traumatismo en la cabeza a consecuencia del golpe recibido al impactar su cabeza en el cemento. Su cuerpo aparecería boyando al día siguiente en las aguas del puerto coruñés.

El joven asesino del taxista también intentaría conducir el vehículo de Antonio Verdura, pero su impericia sería un factor determinante en su delación. El joven fue visto en la avenida Primo de Rivera de A Coruña tratando de hacer arrancar el coche, solicitando para ello la ayuda de un conocido industrial coruñés, quien le reconocería como el hombre que pretendía conducir el coche del taxista asesinado, pero se daba la paradoja de que, además de carecer del pertinente permiso, tampoco sabía manejar vehículos a motor. El taxi se le había calado y no era capaz de arrancarlo por lo que solicitaba ayuda para que se lo empujasen.

Detención

Después de realizar las pertinentes investigaciones, contando ya con un buen número de datos, en la jornada del 29 de marzo, casi dos semanas después del crimen, la Brigada de Investigación Criminal herculina se trasladaba a Muros, el municipio natal del asesino, para proceder a su detención. José Ramón Santiago se encontraba en la casa de sus padres y al día siguiente debía personarse en la Ayudantía de Marina de aquella localidad para incorporarse a filas al servicio militar.

En su declaración ante el juez, el joven alegó en su descargo que el día de autos no llegó a tiempo para tomar el último autobús de línea regular que cubría el trayecto entre la capital de la provincia y la localidad costera de la que era originario, por lo que requirió los servicios de un taxista. Negó que tuviese intención de asesinarlo y que su caída al mar había sido totalmente fortuita, fruto del forcejeo que mantuvieron. Además, señalaría que se había apoderado del vehículo del taxista para desplazarse hasta Muros. Sin embargo, los informes forenses jugaron en su contra, pues se constataba que el golpe en la cabeza recibido por la víctima se había producido con anterioridad a su caída al agua.

Seis meses más tarde se celebraría el juicio contra el autor del asesinato del taxista coruñés, un suceso que conmovió de sobremanera a la ciudad de A Coruña, que siempre se ha caracterizado por su gran tranquilidad. José Ramón Santiago sería condenado a 20 años de cárcel, acusado de un delito de asesinato con robo. Además, debía indemnizar a los familiares de la víctima con la cantidad de 75.000 pesetas(450 euros actuales).

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Asesinado a tiros el propietario de una Gasolinera en O Pino (A Coruña)

Gasolinera

Quizás el hecho de trabajar en una gasolinera, ya sea como empleado o propietario, es una de las profesiones más arriesgadas que existen, principalmente cuando hay que hacerlo en horario nocturno. No han sido pocas las personas que han perdido la vida a causa de sucesos sangrientos, al creer los asaltantes que en ellas había una ingente cantidad de dinero que ha servido la mayoría de las veces para pagar deudas contraídas con el siempre tan traído y llevado tráfico de drogas, que tuvo su especial cénit en Galicia a mediados de la última década del siglo XX.

Uno de esos trágicos acontecimientos, que haría correr ríos de tinta en la prensa, fue el asesinato de un empresario gallego, Luciano Barral Moledo, de 47 años de edad, quien perecería el 17 de octubre de 1995 en la parroquia de Arca, en el municipio de O Pino -muy próximo a Santiago de Compostela-, cuando los asaltantes de la gasolinera de su propiedad lo descerrajarían de dos disparos efectuados a muy corta distancia para llevarse la recaudación de esa fatídica jornada.

Alrededor de las nueve de la noche de ese día, cuatro hombres que actuaron con el rostro cubierto por pasamontañas se acercaron hasta la gasolinera de Lucindo Barral exigiéndole que entregase la recaudación que había en la caja, circunstancia a la que el empresario no opuso resistencia alguna. Sin embargo, los asaltantes no se conformaron con el dinero y uno de ellos, que jamás fue descubierto, le disparo a quemarropa dos disparos con una escopeta de cañones recortados.

En brazos de su hijo

Malherido y prácticamente sin fuerzas, dejando un impresionante reguero de sangre, el hombre intentó alcanzar la oficina para llamar por teléfono, pero desgraciadamente acabaría desplomándose y terminaría falleciendo prácticamente en el acto en los brazos de su hijo de tan solo seis años de edad, que acudió a auxiliar a su padre. A pesar del estado de extrema gravedad que presentaba, Luciano sería trasladado al Hospital Xeral de Galicia, en Santiago de Compostela, en el que no pudieron hacer otra cosa que certificar su muerte. La víctima dejaba viuda y tres hijos muy jóvenes.

A partir de ese momento se sucedieron las incógnitas en torno a quien podría haber cometido tan repugnante y terrible crimen que consternaría a toda la comarca compostelana y al resto de Galicia. Al día siguiente comenzaban las pesquisas y se encontraba el coche, marca Ford, modelo Escort, que los atracadores habían utilizado para perpetrar el robo y el crimen que le había costado la vida al empresario gallego. En su interior se recogió una muestra de sangre, así como otros restos biológicos que se encontraban en una bolsa, lo que representaba un importante avance en las investigaciones. Posteriormente, se produjo otro robo en otra gasolinera del vecino municipio de Dodro, que la Guardia Civil atribuyó a la misma banda.

Durante muchos años los investigadores no cejaron en el empeño de detener a los autores del crimen. Casi nueve años más tarde, en abril de 2004, eran detenidas cuatro personas en relación con el asalto y posterior asesinato del empresario gallego. El principal encausado era un hombre joven, de 34 años de edad, en el momento de ser detenido, quien tenía decenas de antecedentes policiales por hechos similares y otras tres personas que le acompañaban, también viejos conocidos de las fuerzas de seguridad. Todos ellos, vecinos de la localidad de Carballo, ingresarían en la prisión coruñesa de Teixeiro, tras prestar declaración ante el juez titular de Arzúa.

Absuelto

En su declaración, el principal encausado -que respondía a las iniciales de J.C.B.- negó en todo momento, así como el resto de detenidos, haber participado en ningún robo a gasolineras, ni tampoco en el de ningún coche. Contaba en contra con la declaración de un confidente de la investigación que había facilitado importantes datos para proceder a la detención de esta persona. Según se desprende de la documentación examinada, los detenidos no cometieron ninguna torpeza ni tampoco ninguna contradicción.

En junio del año 2005 se celebró el juicio contra el acusado de haber dado muerte a Luciano Barral en la Audiencia Provincial de A Coruña. El fiscal encargado del caso solicitaba una pena de 26 años de cárcel para J.C.B., sin embargo resultaría absuelto al constarse que no respondía a las características físicas descritas por el asalto cometido en la gasolinera de Dodro. Al parecer, según un testigo, el asaltante era un hombre bajo y fuerta, que no correspondía en modo alguno contra el principal acusado.

De la misma manera, los restos biológicos hallados en el interior del vehículo no resultaron ser prueba suficiente contra el encausado, ya que no se pudo constatar que perteneciesen al mismo. Los investigadores también habían recogido en el lugar de los hechos algunos cristales y los cartuchos empleados en el asesinato de Luciano Barral, que tampoco servirían de mucho, ya que el Tribunal encargado de dirimir el caso entendió que no guardaban relación alguna con el detenido.

Este desgraciado crimen, al igual que muchos otros, ha pasado a engrosar la larga nómina de casos sin resolver que se amontonan en las comisarías y cuarteles de la Guardia Civil de Galicia.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Viola y estrangula a una niña de doce años en Vigo

Parroquia de Candeán, en Vigo, donde se produjo el secuestro y asesinato de la menor

En el año 1990 comenzaba una nueva y prolongada etapa para Galicia, que coincidía con la toma de posesión como titular del Gobierno autónomo gallego de Manuel Fraga Iribarne, quien detentaría el poder durante más de tres lustros y la tierra que lo había visto nacer iría indisociablemente aparejada a su nombre en ese prolongado período en el que ejerció el poder. Se presentaba como un salvador más que como una esperanza, aunque su pueblo no precisaba salvadores sino hombres de acción que diesen el definitivo impulso a una tierra que todavía carecía de infraestructuras adecuadas y comenzaba a perder peso demográfico en el resto del Estado. Su legado esta ahí y los gallegos son sabios jueces para emitir su veredicto.

Pese a las esperanzas que se atisbaban en aquel nuevo tiempo que se iniciaba en el noroeste peninsular, a veces sucedían cosas que descorazaban a todos los gallegos, independientemente de su ideología, sexo o credo religioso. Uno de esos trágicos acontecimientos que indignaría de sobremanera a todo el país gallego -desde Ribadeo hasta Tui- ocurría en la parroquia viguesa de Candeán cuando en el recién estrenado año de 1990, concretamente el 10 de enero, una niña de tan solo doce años era violada y asesinada por un depravado que aún tardaría algún tiempo en ser detenido por las fuerzas de seguridad. El suficiente para que cometiera otras atrocidades similares, aunque sin llegar a quitar la vida a más pequeñas.

El relato de los hechos se inicia a las primeras horas de la tarde de aquel ya lejano 10 de enero cuando la pequeña Alicia Rouco Rodríguez va a cumplimentar un recado que le encarga su madre a un bar que se encontraba próximo a la vivienda en la que residía con su hermano mayor y sus progenitores. Sin embargo, la pequeña se demoraría bastante en regresar y no volvería a hacerlo ya jamás con vida. Era muy común que la niña fuese acompañada hasta el lugar al que se había dirigido, pero ese día rehusó la compañía de sus amigas, ya que contaba con encontrarse con su padre al regreso del recado.

Coche blanco

La pequeña había sido secuestrada por un individuo que conducía un vehículo de color blanco que se cruzaría tanto con el hermano de la niña como con su padre, quien pudo contemplar como su hija le hacía señas desde el asiento trasero del coche, aunque no pudo descifrar si solicitaba su ayuda o sencillamente la saludaba. Al llegar a casa y encontrarse con su esposa, en torno a las dos de la tarde, le contó los detalles y a partir de ahí se inició su intensa preocupación que posteriormente trasladarían a su vecindario para que les prestasen ayuda, ya que se habían percatado de que algo muy raro estaba ocurriendo.

La ayuda vecinal fue trascendental para localizar el cuerpo de la pequeña, ya que se movilizaron por toda la zona, peinando las extensas áreas boscosas próximas al domicilio de la pequeña. Finalmente, su cadáver sería encontrado alrededor de las tres de la tarde por un hombre que se encontraba cortando tojos en un monte próximo a A Madroa. Se encontraba desnudo de cintura para abajo, lo que era una señal indiscutible de agresión sexual, además de presentar múltiples hematomas en todo su cuerpo. La autopsia acabaría dictaminando que la pequeña murió estrangulada.

Su muerte llenó de indignación a toda Galicia y muy especialmente a la ciudad de Vigo, nada habituada a que sucediesen cosas similares. En el momento de su muerte Alicia Rouco era estudiante de sexto curso de EGB y era una niña muy querida por el resto de sus compañeros, además de ser muy sociable, ya que era frecuente que participase en muchas actividades, entre ellas formaba parte de un grupo de baile regional. En su entierro se dieron cita más de 3.000 personas procedentes que arroparon a su familia en tan trágico percance de su vida. Además, en los centros escolares de la provincia de Pontevedra se guardaría un minuto de silencio en memoria de la criatura asesinada.

Detención del asesino

A las fuerzas de seguridad se les planteó un gran quebradero de la cabeza a la hora de detener al autor del crimen, pues las pistas facilitadas por los vecinos no eran lo suficientemente concluyentes para poder proceder a su detención. Una fotografía hallada en el lugar de autos era la pista más fiable, aunque -en un principio- presentó una coartada que desconcertó a los investigadores, pues el asesino, José Luis Pazos Rodríguez, presentaría como prueba los vales del comedor de la empresa en la que trabajaba, FRIGALSA, para demostrar falsamente que a la hora de producirse el suceso se encontraba en un lugar distinto. Del mismo modo, se descartó que fuese conocido de la pequeña, pues los vecinos de Candeán aseguraban que jamás había sido el vehículo por aquel lugar con anterioridad.

Tardarían más de quince meses en poder detener al autor del crimen que le costó la vida a Alicia Rouco. La detención tendría lugar en la localidad de Redondela, muy próxima a Vigo, el día 20 mayo del año 1991 cuando el criminal se disponía a raptar a otra pequeña. La colaboración vecinal fue crucial a la hora de resolver este hecho, pues ahora si tenían datos concluyentes y definitivos en torno a la identidad del pederasta y asesino.

Al ser detenido se derrumbaría ante las fuerzas policiales y terminaría confesando la autoría del crimen que le costó la vida a Alicia Rouco. Pero su historial delictivo con criaturas pequeñas no terminaba ahí, ya que desde que había dado muerte a la pequeña de Candeán, había violado a otras cuatro, una de ellas en Pazos de Borbén y otra en Cesantes. La última, con violación y rapto incluido había tenido lugar en la localidad de Ponte Caldelas. Había fracasado en el intento de secuestro de otras tres niñas. Todo ello en el corto plazo de poco más de un año.

José Luis Pazos Rodríguez contaba 27 años en el momento de ser detenido, estaba casado y era padre de una niña de corta edad, además de no contar con ningún antecedente penal previo a su detención. Al año siguiente sería procesado. Los médicos que le examinaron descartaron que sufriese cualquier patología. Sería condenado a la pena de 58 años de cárcel por los distintos secuestros e intentos de raptos, así como por el crimen que le costó la vida a la pequeña viguesa. De la misma forma, debería satisfacer a los padres con una indemnización de 20 millones de pesetas (120.000 euros actuales), aunque resultaría declarado insolvente. Con la derogación de la «Doctrina Parot», en el año 2013, alcanzaría la libertad definitiva.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Viola y asesina a su abuela en A Lama (Pontevedra)

Si el último tercio del año 1987 se había presentado muy movido en Galicia, no lo fue menos el primer semestre del curso siguiente en el que se produjeron algunos hechos lamentables que consternarían a una tierra que se encontraba en plena transición de su ancestral mundo rural hacia el urbano. Pese a todo, proseguía siendo una tierra muy calmada en la que todavía sobreabundaban reminiscencias de su pasado más reciente. Incluso se habían revertido algunos hechos históricos que la habían marcado en gran medida, tales como el mito de su eterna emigración, llegando a convertirse en un receptor de inmigrantes, principalmente sus grandes urbes.

En medio de un clima social muy sosegado tuvieron lugar algunos sucesos que sobresaltaron a una buena parte de sus habitantes, nada habituados a semejantes acontecimientos. Uno de los más espantosos tendría lugar en la jornada del día 21 de marzo de 1988 cuando a las once de la noche era encontrada una anciana, ya octogenaria, literalmente cosida a puñaladas y con el cuerpo semidesnudo en una cuadra de la vivienda en la que residía en la parroquia de San Salvador de A Lama.

El cadáver de la mujer, que se llamaba Celestina del Río Antas y que contaba ya con 83 años de edad, fue encontrado al día siguiente del crimen por sus vecinos, quienes se sintieron profundamente alarmados al no haber visto en toda aquella jornada a la víctima en sus quehaceres más habituales. Al parecer, era muy frecuente ver a Celestina por distintos lugares de la localidad, quien -pese a su avanzada edad- gozaba de muy buen estado de salud. Uno de los puntos a los que acudía con más frecuencia era la iglesia parroquial, a la que acudía con cierta frecuencia para realizar algunas tareas de mantenimiento.

El nieto, principal sospechoso

Desde un primer momento el vecindario sospechó que quien se encontraba detrás del asesinato de Celestina era su nieto, un joven de 30 años que respondía al nombre de José Manuel Durán González quien -según sus testimonios- mantenía una muy mala relación con su abuela, quien ni siquiera le dirigía la palabra. Al poco tiempo de haber cometido el crimen que le costó la vida a su abuela, el asesino abandonaría el lugar de los hechos, huyendo hasta la parroquia de Bora, ubicada en el término municipal de Pontevedra, y que dista más de 30 kilómetros del lugar de autos.

El autor del crimen regresaría al día siguiente hasta su domicilio en San Salvador, haciendo una larga caminata a pie, provisto únicamente de un aparato de radio y de una linterna. En el transcurso de su larga peregrinación, que había iniciado a las siete de la mañana, se había cruzado con alguna patrulla de la Guardia Civil, a la que no dudó en hacer señales con el objeto luminoso que portaba.

Los agentes de la Benemérita, alertados por los vecinos de la presencia del criminal, se desplazaron hasta la mencionada parroquia para proceder a su detención a las seis de la tarde de la jornada siguiente. En el transcurso del interrogatorio al que fue sometido reconocería haber sido el autor material del asesinato de su abuela. Justificaría el mismo señalando que lo había hecho en venganza por el trato que le había dispensado a su bisabuelo y su abuelo. Sin embargo, negaría en todo momento que la hubiese violado, aduciendo que le había levantado las ropas que llevaba puestas para contar el número de puñaladas que le había asestado. Las cuchilladas habían interesado los pulmones, los ojos y el abdomen de la víctima. De la misma forma, algún vecino también declararía que en la tarde del crimen, cuando ya lo había perpetrado, se le había visto manifestar en reiteradas ocasiones en los bares de la zona que cualquier día tendría que matar a su abuela por la nefasta relación que mantenía con ella.

Pasado tormentoso

José Manuel Durán González, conocido como «O Chioleiro» había nacido en la ciudad brasileña de Río de Janeiro en la que todavía residía su progenitor. Hacía escasos días que había regresado de Suiza, a donde se había trasladado para visitar a su madre, después de haberse evadido del centro psiquiátrico de Rebullón, en Vigo, en el que estaba internado desde hacía algún tiempo, aunque no era esta la primera evasión que protagonizaba, pues ya había estado ingresado en otros centros de las mismas características.

Tras su regreso de la emigración, se había asentado a vivir en el domicilio familiar en una vivienda contigua a la de su abuela con quien compartía la cuadra del inmueble. Desde entonces, la anciana había pernoctado en la casa rectoral de la parroquia de San Salvador, quizás por el temor que le profesaba a su nieto, puesto que la había forzado hacía ya dos años, aunque la anciana no presentó denuncia alguna por lo que nunca fue condenado por este desgraciado hecho, además de amenazarla de muerte en reiteradas ocasiones

Además de su paso por distintos centros de salud mental tanto de Galicia como de Madrid, José Manuel había tenido ya problemas con la justicia desde su primera juventud, protagonizando diversos altercados que le llevaron a perder la libertad, a consecuencia de los cuales sería ingresado en varios hospitales psiquiátricos por consejo de diversos especialistas que le atendieron.

José Manuel Durán González sería condenado a 24 años de prisión por la Audiencia Provincial de Pontevedra, acusado de los delitos de violación y homicidio, aunque contaba con la atenuante de su resquebrajado estado de salud mental. Esta circunstancia contribuiría a que el autor de la muerte de Celestina del Río Antas cumpliese la pena que le fue impuesta en un centro psiquiátrico penitenciario.

Desgraciadamente las medidas de reinserción social no surtieron ningún efecto en este individuo, ya que en el año 2004, ya en libertad, asesinaría a una joven de 33 años.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

Viola y mata a una anciana de 90 años en Lugo

En los primeros años noventa la provincia de Lugo asistió a algunos hechos que se salían bastante fuera de lo común a lo que estaban acostumbrados en un territorio muy pacífico y tranquilo en los que nunca o casi nunca pasaba nada. Sin embargo, desde el crimen múltiple de Chantada al doble crimen de O Ceao, jamás resuelto, se sucedieron algunos episodios violentos que sobresaltaron a una tierra muy segura que veía como sus extensas y tradicionales áreas rurales habían comenzado un progresivo declive en beneficio de una capital que se estaba convirtiendo en una gran ciudad, dejando atrás ciertos tópicos del pasado.

Así, además del desgraciado suceso del suroeste lucense, se producirían otros acontecimientos sangrientos que dejaron anonadados a los siempre pacíficos y campechanos habitantes de la ciudad de Lugo y su larga y extensa provincia. En Chantada precisamente se volvería a repetir una tragedia que le costaría la vida a dos personas en el año 1990. Mientras, al año siguiente era asesinado el periodista Gerino Núñez. Y cuando todavía no se habían repuesto los lucenses de todos estos episodios violentos, un depravado pederasta le daba muerte a una cría de nueve años en la parroquia de Goiriz, perteneciente al municipio de Vilalba, en el año 1992.

En medio de estos truculentos sucesos, se produciría también un desgraciado hecho en junio de 1990, cuando un hombre de 47 años, Manuel A. López, le daba muerte a una anciana de 90 años, que se encontraba paralítica y encamada. El trágico crimen conmocionaría de sobremanera a la ciudad de Lugo y su provincia, ya que en esta ocasión el agresor se había aprovechado de la indefensión de su víctima, además de dar pruebas evidentes de una absoluta depravación personal. A algunos salvajes les da por violar niñas, a otros indefensas ancianas que se encuentran en estado semiterminal. Los extremos se tocan.

Borracho

Al parecer el hombre era amigo de uno de los sobrinos de Concepción López, la anciana enferma, a quien fue visitar. En ese momento el resto de los inquilinos de la casa, quienes se dedicaban al cuidado de la nonagenaria, se encontraban ausentes a consecuencia de un viaje. Supuestamente Manuel A. López era muy aficionado al alcohol y era habitual que lo consumiese en grandes cantidades. Esa tarde bebió varios litros de vino en el domicilio de la anciana, que terminaría siendo asesinada, hasta embriagarse completamente, circunstancia esta que contribuyó de forma decisiva a que se desinhibiese en el momento de perpetrar la agresión sexual, a consecuencia de la cual terminaría falleciendo la pobre mujer.

Tras encontrarse bajo los efectos del alcohol, Manuel se dirigió hacia la habitación en la que se encontraba Concepción, completamente imposibilitada desde el punto de vista físico. El homicida era un hombre de gran peso, que rondaba tranquilamente los cien kilos o, incluso, más, además de poseer una enorme envergadura. En el transcurso de la agresión sexual que llevó a cabo, le ocasionaría diversas fracturas y lesiones a la anciana, que se encontraba ya en un estado muy delicado de salud. Entre las heridas que les provocó algunas terminarían por dañar de forma irremisible sus ya de por si muy delicadas vértebras y también sus pulmones, circunstancia esta que fueron suficientes para terminar con su vida y que le provocarían la muerte prácticamente de forma instantánea.

El autor del crimen sería detenido días después de cometer su burda agresión. En un primer momento dijo no recordar nada, ya que se encontraba bajo los efectos del alcohol. Posteriormente, negaría los hechos en reiteradas ocasiones, pero las diligencias forenses llevadas a cabo demostrarían que en las sábanas de la cama, así como en la ropa que portaba la infortunada anciana se encontraron restos de sangre que pertenecían al mismo grupo sanguíneo del agresor, lo que constituía una prueba rotunda y concluyente en su contra.

22 años de cárcel

Dos años después de haberse cometido el abominable crimen, se celebraba en la Audiencia Provincial de Lugo la vista contra su autor material. El tribunal tuvo en cuenta la atenuante de alcoholismo que supuestamente padecía Manuel A. López por lo que rebajó sensiblemente la petición del fiscal, quien solicitaba un total de 24 años de prisión. Doce años de cárcel correspondían a la agresión sexual, mientras que los diez restantes se le imponían en concepto de homicidio, ya que el tribunal rebajó la calificación de asesinato a homicidio, aunque la acusación particular mantuvo la tesis del delito doloso. Además, debería indemnizar con ocho millones de pesetas (48.000 euros actuales) a los herederos de Concepción López, que eran los sobrinos con quien ella convivía y que se encargaban de cuidarla.

En el transcurso de la vista, Manuel A. López ofrecería de nuevo una versión distinta a la que había dado en los interrogatorios previos. Ante los magistrados de la Audiencia lucense declararía que cuando se encontraba en el domicilio en que residía la anciana, escuchó gritos procedentes de la habitación en la que ella se encontraba y acudió auxiliarla ante la eventual casualidad de que le hubiese ocurrido algún imprevisto. Al llegar al cuarto de Concepción López, sin saber explicar muy bien el cómo, el agresor dijo que había tropezado y caído sobre ella, lo que unido al delicado estado de salud de la víctima y al sobrepeso del agresor terminarían provocándole la muerte. Sin embargo, los investigadores tenían todos los cabos atados y muy bien atados.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias