Asesinan a su hija y un criado en la tragedia de Lalín (Pontevedra)

Incendio de la vivienda de Lalín en la que se produjo la gran tragedia de 2010

En el año 2010 una gran crisis económica sacudía todos los cimientos de España, derivada del estallido de la burbuja inmobiliaria que se había ido inflando excesivamente a lo largo de más de una década. Los concursos de acreedores y los despidos estaban a la orden del día. Nadie parecía encontrarse a salvo en un barco que parecía navegar a la deriva. Entre los muchos que se verían afectados por el reventón del globo que se había generado en torno al mundo del ladrillo se encontraba una pareja gallega formada por José Mouriño y Carmen Reboredo Lalín, quienes terminarían por erigirse en los tristes protagonistas de un suceso que conmocionaría a Galicia en la mañana del 29 de noviembre de 2010.

Se han barajado todo tipo de hipótesis, así como las causas que les llevaron a perpetrar semejante barbaridad, aunque la que más cuerpo ha tomado siempre ha sido la relacionada con las muchas deudas que se supone que acuciaban al matrimonio. Algunas informaciones llegaron a hablar de que rondaban los tres millones de euros y que su patrimonio se encontraba en trance de ser embargado. Nunca se supo muy bien quien o quienes indujeron a José Mouriño a introducirse en el negocio inmobiliario, hasta el extremo de llegar a presidir una empresa inmobiliaria, siendo una persona totalmente ajena a ese mundillo. Siempre había trabajado en la ganadería y quizás llevado por el afán de un lucro fácil y rápido, algo que no ocurre en el campo, fue víctima de algún desaprensivo que le indujo a una tragedia familiar que ha marcado profundamente a lo largo de la última década a la pequeña parroquia lalinense de Barcia.

Los hechos, realizados con total premeditación, se iniciaron a las cinco y media de la madrugada, cuando todos dormían en aquella vivienda acostumbrada a que hubiese luz antes del albor del día. A esa hora, José y Carmen aprovecharon la oscuridad de la madrugada y el mayor sigilo posible para dar muerte a la hija de ambos, Sonia Mouriño Reboredo, una joven de 22 años, a quien su madre le propinó un brutal hachazo en la cabeza, con el que terminaría con su vida prácticamente de forma instantánea. La tragedia no había hecho más que comenzar.

Incendio

Al parecer, según investigaciones realizadas posteriormente, el matrimonio tenía como objetivo acabar con la vida de todas las personas que residían en la casa, un total de cinco, además de con la suya propia. Para ello urdieron un macabro consistente en incendiar las principales estancias de la casa. En principio colocaron una bombona de butano en la habitación de Amador Vázquez Quinteiro, un hombre de 85 años que era criado del lugar desde tiempos inmemoriales. Para ello utilizaron los restos de espigas de maíz con la finalidad de que el fuego se extendiese al resto del inmueble en el que también se hallaban un hermano de Amador, la madre de Carmen Reboredo, y un hermano de esta última, quien sufría síndrome de Down.

Sin embargo, sus planes no les dieron el resultado que ellos buscaban ya que solamente perdería la vida Amador Vázquez Quinteiro, debido a que sufría graves problemas de movilidad y no pudo escapar de las llamas. A diferencia suya, si conseguirían salir sanos y salvos los restantes miembros de la familia, quienes desconocían lo que había sucedido y de la manera en como se había desarrollado aquella desoladora tragedia con la que se despertaban los gallegos en una otoñal mañana de noviembre.

Fosa séptica

Al tener conocimiento del incendio que había asolado la vivienda del lugar de Outeiro, se desplazarían hasta el lugar unidades de bomberos y de la guardia civil para socorrer a la familia afectada. Nadie sabía lo que había ocurrido hasta que encontraron el cadáver de la joven Sonia brutalmente asesinada. A raíz del fuego, acudirían también los vecinos de las inmediaciones en su auxilio. En un principio, se pensó en un asalto o incluso un ajuste de cuentas, dadas las elevadas deudas que había contraído José Mouriño en su gestión inmobiliaria. Pese a todo, muy pronto se iría recomponiendo aquel enrevesado rompecabezas. Faltaba por aparecer el matrimonio que se encargaba de la explotación ganadera y no aparecía por ningún sitio, siendo ellos la principal clave que ayudaría a esclarecer el trágico acontecimiento.

Alrededor de las dos y media de la tarde eran encontrados en el interior de una fosa séptica, utilizada para almacenar los excrementos y residuos del ganado para emplearlos posteriormente como abono. Allí se encontraban Carmen y José, completamente cubiertos de purín, presentando síntomas de intoxicación al inhalar el fétido aroma que desprenden los excrementos del ganado. El hombre les preguntó si ya habían muerto todos. El se encontraba temblando y disgustado, mientras que ella aparentaba cierta serenidad.

Algunas fuentes indican a que en ese preciso instante, Carmen Reboredo se inculpó de la muerte de su hija, en tanto que otras afirmaban que había sido su marido quien declaró ante los agentes que había sido su esposa la autora material del crimen que le había costado la vida a su pequeña. Posteriormente, serían trasladados al hospital Montecelo de Pontevedra para someterlos a un proceso de lavado de estómago y posterior desintoxicación, así como para proceder al pertinente reconocimiento médico. Al parecer la pareja habría planificado su suicidio con la ingestión masiva de gases tóxicos procedentes de la fosa séptica en la que se habían ocultado, pero sin conseguir su objetivo.

Nadie en la parroquia de Barcia era capaz de explicar tan desgraciado suceso, ya que tampoco se podían ni siquiera imaginar que pudo pasar por la mente de aquel matrimonio para perpetrar semejante atrocidad. Todo el vecindario los consideraba una extraordinarias personas, honradas y trabajadoras. Se decía que a Carmen se la veía muy poco últimamente y cada vez que se encontraba con algún conocido le hablaba de los «muchos millones» que pensaba ganar su marido con el negocio inmobiliario. A ella se la consideraba una mujer introvertida, dedicada en cuerpo y alma a trabajar en la explotación ganadera que había heredado de sus padres.

En el año 2020 sería derruida la vivienda en que se había producido la tragedia, siendo ya el último icono que quedaba en pie de la misma. En la casa ya no vivía nadie y su deterioro se había hecho patente, además de quedar profundamente estigmatizada al igual que sucede con todos aquellos lugares en los que se ha producido un hecho deplorable.

58 años de cárcel

Más de tres años después de la gran tragedia que consternó a Galicia se celebraría en la Audiencia Provincial de Pontevedra el juicio por el suceso. Carmen Reboredo y José Mouriño serían condenados cada uno a una pena de 58 años de prisión, si bien es cierto que el Tribunal Supremo emitiría un auto en el año 2017 dando cuenta de que el máximo período que debían permanecer en la cárcel era de 25 años.

Según el escrito de la acusación presentado por la fiscalía, la intención del matrimonio era acabar con la vida de todos los miembros de la vivienda, descartando la posibilidad incluso de que la mujer sufriese algún tipo de alteración mental o psíquica, derivada en este caso del estrés que le podía ocasionar el hecho de cuidar a una persona como el criado, con graves problemas de movilidad. También incidía en la responsabilidad del marido de Carmen, pese a la autoinculpación de esta última, a quien consideraba una persona muy influenciable.

En el interín que va desde que se produce el crimen, noviembre del año 2010, hasta que se celebra el juicio, finales de 2013, la pareja había disfrutado de un período de libertad condicional por concluir el tiempo máximo de prisión provisional. En el mismo habían estado residiendo en casa de un familiar. Mientras, las otras dos personas que sobrevivieron al incendio ya habían fallecido en una residencia de la tercera edad emplazada en Lugo.

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Asesina a cuatro personas en un ajuste de cuentas en Pontevedra

Vilaboa, localidad en la que se cometió el cuádruple crimen

En los años noventa la droga causó muchos estragos en Galicia, principalmente en As Rías Baixas, donde eran muy frecuentes los ajustes de cuentas, tanto entre clanes dedicados a la distribución masiva de estupefacientes como entre los propios consumidores que, en más de una ocasión, emplearon la violencia para deshacerse de sus rivales, por el motivo que fuese.

Una de esas ocasiones ocurriría en la jornada del 27 de enero de 1997 cuando toda Galicia se sobresaltaría al conocer un hecho muy sangriento y luctuoso que había tenido en el hostal Las Rías, emplazado en la localidad pontevedresa de Vilaboa. Alrededor de las doce de la noche ese día se presentó en el apartamento 21 del centro hotelero José Manuel Rodríguez Lamas, alias «El Pulpo» armado con una pistola del calibre 7,65. Su objetivo era eliminar las posibles víctimas presenciales de otro suceso sangriento cometido por el mismo autor en el día anterior, aunque nunca lo confesaría hasta ocho años más tarde, cuando estaba ingresado en la cárcel.

Como si de un auténtico profesional se tratase y demostrando una extraordinaria pericia tanto en el manejo como en el uso de las armas, José Manuel Rodríguez se desharía de tres personas de una «forma limpia», como se conoce en el argot policial, disparando a cada una de sus víctimas un único disparo en la cabeza. El horripilante crimen sería descubierto horas más tarde por un amigo de los asesinados, encontrando también estado casi moribundo a una cuarta persona, Alberto Piñeiro Rodríguez, un joven de 27 años adicto a las drogas, vecino de la parroquia de Meira, en el término municipal de Moaña. Sorprendentemente este último sobreviría a la matanza.

Tres toxicómanos

Las víctimas del criminal eran tres jóvenes toxicómanos, entre ellos una pareja que se dedicaba al trapicheo en pequeña escala. Los fallecidos eran Jesus Joaquín Brea Blanco, de 33 años de edad, natural de Cuntis y su novia Mercedes Castaño de la Fuente, de 28, natural de la localidad pontevedresa de Marín. La tercera víctima mortal era Eugenio Rioboo Viruel, de 31 años de edad, nacido en Cádiz, pero con vecindad en la el municipio pontevedrés de Moaña.

El error en el disparo sobre Alberto Piñeiro pudo haberse debido a que «El Pulpo» quizás hubiese escuchado algún ruido que le desconcertó y le puso nervioso, huyendo escaleras abajo en dirección a la calle.A Rodríguez Lamas se le acusaba también de un cuarto asesinato, el de Roberto Iglesias Domínguez, de 34 años de edad, al que negó haberlo matado durante más de ocho años. El historial delictivo del triple autor del crimen de Vilaboa no había parado de crecer en todos aquellos años, además llevando a cabo acciones muy violentas, entre ellas algún asalto a entidades financieras, así como liderar una peligrosa banda de delincuentes en el área de las Rías Baixas gallegas.

Aunque en un principio se detuvo a dos personas, se demostró que estas dos nada tenían que ver con la matanza que consternaría a Galicia. El autor del crimen era un peligroso delincuente, conocido de la policía, por haberse visto involucrado en otros actos delictivos muy violentos, entre ellos algún asalto a un banco, así como el hecho de liderar una peligrosa banda que actuaba por todo el área de Vigo y las Rías Baixas.

Detención

Su detención hizo presenciar a los vecinos del barrio vigués de Cabral una escena más propia del Oeste americano o de los muchos filmes que vienen de los EE.UU. en los que se desata una inusitada violencia. La misma se produjo en la jornada del 4 de febrero de 1997, escasamente una semana más tarde de haber perpetrado la carnicería de Vilaboa. «El Pulpo» se encontraba en un bar cuando alrededor de las once de la noche se personó en el mismo una pareja de miembros de la policía.

Al percatarse de su presencia, salió al exterior empuñando sendas pistolas, una en cada mano, con las que abrió fuego contra los agentes, tras parapetarse sobre su coche. Una de las balas estuvo a punto de alcanzar a un transeúnte, mientras que otro proyectil se colaría en el interior de un domicilio por una ventana. Además, uno de los agentes resultaría herido de consideración en una pierna.

Su rudeza la demostraría al enfrentarse con la policía a mano armada, además de increparles diciéndoles que prefería que lo matasen antes de ir detenido. Sin embargo, en esta ocasión la destreza policial y el hecho de verse acorralado sin escapatoria posible provocarían que «El Pulpo» se entregase a los agentes armados.

Por este triple crimen, José Manuel Rodríguez Lamas sería condenado a 125 años de cárcel. Además, le imputaban un cuarto asesinato que siempre se había negado a reconocerlo, el que le había costado la vida a Iglesias Domínguez, cometido en la jornada anterior al triple crimen de Vilaboa.

El asesinato de Roberto Iglesias

El día anterior a la muerte de tres personas en el hostal de Vilaboa había desaparecido un joven de 34 años de edad, Roberto Iglesias Domínguez, quien también tenía numerosos antecedentes policiales y estaba estrechamente vinculado al mundo del trapicheo en pequeña escala de la droga. Pese a los duros interrogatorios a los que fue sometido, «El Pulpo» jamás reconoció ser el autor de su muerte, negando taxativamente conocer su paradero.

Después de ocho años de su desaparición, cuando se encontraba cumpliendo condena por la masacre de Vilaboa, Rodríguez Lamas decidió contar a la policía la verdad sobre la suerte que había corrido la cuarta víctima de este horrendo suceso. En su relato confesaría a los agentes que el había sido quien había acabado con la vida del joven desaparecido en la tarde anterior al triple crimen. El escenario fue el mismo, el hostal, Las Rías.

Al parecer, a las tres de la tarde del 26 de enero, «El Pulpo» se dirigió al centro hostelero en que se desencadenaría la matanza donde mantuvo una agria discusión con el joven que llevaba ocho años desaparecido. Allí, en el hostal mismo, le efectuó un primer disparo que erraría al interponerse entre ellos Carlos Ramos Prada, un joven que sería condenado por encubrimiento, y que fallecería posteriormente en prisión.

El segundo disparo fue mortal de necesidad acabando con la vida de Roberto Iglesias, cuyo rastro sangriento había sido encontrado por la policía en el hostal en el que se juntaban los jóvenes toxicómanos. De la misma forma, estuvo a punto de matar, también de un disparo a Marcial Magdalena, quien -al parecer- se libró de una muerte segura al ocultarse en un armario que había en el interior de la habitación del hostal.

En un pozo abandonado en Ponteareas

Tras el primer crimen, se desataría una guerra de nervios entre todos los presentes en el apartamento para deshacerse del cadáver de Roberto Iglesias. «El Pulpo» obligaría a darle dos puñaladas al cuerpo del joven asesinado a dos de los jóvenes que en ese momento se hallaban con el en aquel tétrico apartamento.

En su confesión ante los agentes de la policía declararía que, una vez hubo cometido el primer crimen, decidió embalar su cadáver e introducirlo en el maletero de su vehículo. Posteriormente arrojaría su cuerpo a un pozo abandonado en una parroquia perteneciente al término municipal de Ponteareas. Una vez cotejados los datos de ADN con los de la sangre hallada en el apartamento de Vilaboa se pudo certificar que efectivamente los restos óseos hallados pertenecían al joven desaparecido.

Curiosamente este crimen, el que más tiempo tardó en ser esclarecido, fue el primero de la sangrienta matanza ocurrida en Vilaboa. Y no solo eso. Este asesinato sería también el desencadenante de la posterior matanza, perpetrada al día siguiente, ya que su finalidad era eliminar cualquier testigo en relación al crimen cometido anterior.

En el año 2011 José Manuel Rodríguez Lamas se beneficiaria de la denominada «Doctrina Parot», al estimar parcialmente el recurso presentado por su letrado. Así, los algo más de tres años a los que había sido condenado por las heridas que le había ocasionado a un agente de la policía el día de su detención. Los mismos se sumaban a los más de 125 años de cárcel a los que había sido condenado por el cuadrúple crimen de Vilaboa con lo que su estancia entre rejas sería de un máximo de 25 años, aunque todavía tenía una pena de dos años pendiente de cumplir, en relación con otro delito por el que no había ingresado en prisión por carecer de antecedentes penales en aquel momento.

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Asesina a dos personas en Pontevedra y se suicida

Muelle de Domaio, lugar donde se fraguó la tragedia

El año 1993 se convertiría para muchos en el año de la resaca tras los excesos que se habían prodigado a lo largo del ejercicio anterior. En Galicia se celebraba un evento singular, el Ano Xacobeo, que llevaba once años sin realizarse debido a que el calendario lo había retrasado más de una década. El último había sido el de 1982, coincidiendo con el Mundial de fútbol, pero en nada se parecería a la celebración de estas características de los años noventa.

El Gobierno autonómico, presidido por Fraga Iribarne, quiso recuperar y relanzar las ancestrales costumbres de peregrinar a pie hasta la tierra del Apóstol, que habían caído en desuso desde tiempos inmemoriales, siendo tan solo unos pocos -a quienes se tildaba de locos o incluso de retrógrados-, los que hacían la ruta a pie. Sin embargo, ese año serían varios miles, aunque su razón de peregrinaje no fuese estrictamente espiritual y contase en ellos más el afán turístico o de aventura que el de ganar la Compostela y el jubileo en el lugar que se veneran unos restos que pueden pertenecer a cualquiera, excepto al discípulo de Cristo que jamás tuvo el privilegio de poder gozar de la tierra gallega.

Precisamente, coincidiendo con las fechas centrales de aquel y singular evento, concretamente en la tarde del 29 de julio de 1993 se produciría un luctuoso y dramático suceso que consternaría a una Galicia que ardía en fiestas por los cuatro costados. En aquel tranquilo atardecer un hombre de 42 años, Juventino Eidón Carracelas asesinaría a dos personas y posteriormente se suicidaría colgándose de un árbol en la parroquia de Santo Adrao de Cobres, perteneciente al municipio pontevedrés de Vilalboa, en la populosa y hermosa península de O Morrazo que se asienta sobre el manso Océano Atlántico mirando de frente a la ciudad de Vigo, al tiempo que parece cabalgar sobre su ría.

En el Muelle do Domaio

La tragedia, aunque tuvo tres escenarios, comenzó su sangrienta orgía en el muelle de Domaio, en el municipio pontevedrés de Moaña, al que se dirigió Juventino montado en su moto. Allí encontró a su ex-esposa, Carmen Rosendo Ríos, de 37 años, trabajando en la mejillonera de Manuel González Cruz, de 57 años de edad y que además era el patrón mayor de la Cofradía de Pescadores de Moaña, dónde era un personaje muy querido y apreciado.

El criminal, que contaba con 42 años de edad y era apodado El Manco -por carecer de una de las extremidades-, había viajado en su motocicleta hasta hasta el muelle armado con una escopeta de caza. En el lugar del primer crimen pretendió hablar con su mujer, a lo que esta se negó de forma taxativa. Después de provocar el altercado no le dolieron prendas en disparar contra Manuel González, quien moriría como consecuencia de los fatales disparos efectuados por Juventino Eidón. A Carmen Rosendo le dio tiempo a huir del lugar del crimen para refugiarse en su domicilio.

Pese a su precipitada huida, quizás su ex-esposa no contaba con que el autor del crimen que le había costado la vida a su jefe, el asesino se acercaría hasta la vivienda de la que se iba a convertir en su segunda víctima, en Vilaboa, tras realizar el viaje en la misma moto que había utilizado para acercase hasta el muelle de Moaña. Según los testimonios de los vecinos a los agentes de la Guardia Civil que investigaron el caso, en aquel atardecer escucharon disparos en la vivienda de Carmen Rosendo, pero desconociendo que los tiros que habían oído fueron los que acabaron con la vida de la mujer, que sería encontrada en un gran charco de sangre en el garaje de su domicilio.

Colgado de un árbol

Una vez hubo cometido los dos brutales crímenes, ocurridos en apenas media hora, Juventino Eidón huyó del lugar de los hechos a pie por los montes y bosques de la zona. Más tarde se iniciaría una azarosa búsqueda con el objetivo de capturarlo por parte de los agentes del orden. Sus perseguidores encontrarían su cuerpo colgado de un árbol, ya bien entrada la noche, en el lugar de A Sobreira -en las inmediaciones de un camino vecinal-, perteneciente a la parroquia de Santo Adrao de Cobres en el municipio pontevedrés de Vilaboa. Se consumaba así una tragedia que había contado con tres escenarios distintos y que conmocionaría profundamente a toda Galicia y muy especialmente a toda la contorna de As Rías Baixas galegas.

El suicida y autor de ambos crímenes, contaba ya con un amplio historial delictivo, pues recientemente había abandonado la prisión provincial de A Parda, en Pontevedra, donde estaba ingresado por supuestamente haber violado a una hija de su ex-esposa. En el momento de cometer los dos asesinatos, Juventino Eidón se encontraba pendiente de juicio, pero decidió imponer su propia ley llevándose previamente la vida de dos personas y también la suya propia.

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Dos guardias civiles asesinados en Vilanova de Lourenzá

Los años ochenta eran tiempos difíciles para ser guardia civil en España, principalmente en el País Vasco donde se vivía la época conocida como Años de plomo por el gran número de agentes de instituto armado que habían caído como víctimas del terrorismo. En Galicia, afortunadamente, la situación era radicalmente distinta. Es más, los miembros de la Benemérita gozaban del aprecio y afecto de las distintas localidades en las que había el respectivo puesto de las fuerzas de seguridad. Aún así, hubo que lamentar varias muertes por distintos actos terroristas de un buen número de agentes, mayoritariamente ocasionadas por los GRAPO y una por miembros del desarticulado Exército Guerrilleiro do Pobo Ceibe Galego.

De todos es sabido lo siempre que están expuestos los miembros de las fuerzas del orden a exponer su vida, debido a que en ocasiones tienen que enfrentarse a energúmenos con amplios historiales delictivos y que, poco o nada, tienen que perder. Así ocurrió en la tarde del domingo, 10 de febrero de 1980, cuando los miembros de la Guardia Civil del destacamento de Vilanova de Lourenzá recibieron la llamada de alerta de sus compañeros de Ribadeo, dándoles los datos de un individuo que había sustraído un coche en la villa costera. Los agentes de Lourenzá esperarían al ratero alrededor de las cuatro de la tarde vestidos con uniforme de paisano a fin de evitarle sospechas. Sin embargo, el sexto sentido que suelen tener los delincuentes le funcionaría a la perfección, ya que se percataría inmediatamente que se trataba de dos agentes armados.

Abandono del vehículo

El hombre que había sustraído el vehículo en Ribadeo, Cipriano Lampón Gerpe, al sentirse acorralado por los dos agentes, así como un guarda forestal que se prestó a colaborar con miembros del instituto armado, iniciaría una huida por el área boscosa próxima a la villa de Lourenzá. En ella demostraría ser un consumado experto en la lucha armada y la supervivencia, ya que desde unos matorrales dispararía con la escopeta de cañones recortados que portaba contra el sargento Manuel Lamela Montouto, de 50 años de edad, alcanzándole en el externón y abdomen, resultando herido de extrema gravedad. El agente, a quien se le extrajo abundante cantidad de metralla en el antiguo Hospital Xeral de Lugo, fallecería doce días más tarde a consecuencia de las graves heridas que sufría, ocasionadas por los disparos que le había efectuado su asesino.

La lucha por la captura del joven delincuente la proseguiría su compañero, el cabo Angel Broz Novo, con quien realizaría un constante intercambio de disparos, dándose la mala suerte de que el miembro de la Benemérita acabó su munición cuando perseguía a Lampón Gerpe. Este último, consciente de su superioridad, le obligó colocar los brazos en alto y, colocándole la escopeta que portaba en la cabeza, ejecutaría al infortunado agente, un hombre de 34 años y nacido en la parroquia chairega de Valdomar, perteneciente al municipio lucense de Begonte.

Cipriano Lampón, que ya había pasado por la cárcel por distintos hechos delictivos, demostraría ser muy escurridizo, fugándose después de trepar por un muro, logrando sobrevivir al acecho de las fuerzas del orden durante dos días. Sin embargo, le traicionaría su ansia de satisfacer el hambre que le había generado su supervivencia en el monte. Sería detenido en el momento en que se encontraba robando una tarta en una confitería de la localidad de Mondoñedo por agentes que inmediatamente procedieron a su detención e identificación en la mañana del 12 de febrero, siendo trasladado a las dependencias de la comandancia de la vieja urbe medieval del nordeste gallego.

La escopeta de cartuchos con la que había cometido ambos asesinatos sería encontrada aquellos mismo días por un grupo de escolares del colegio de enseñanza primaria de Mondoñedo, abandonada en sus inmediaciones.

Condenado a 47 años de cárcel

Cipriano Lampón Gerpe sería juzgado en la Audiencia Provincial de Lugo en julio del año 1980. En total sería condenado a dos penas de prisión que sumaban un total de 47 años de cárcel, además de tener que indemnizar a los herederos de cada una de las víctimas con más de tres millones de pesetas (18.000 euros actuales). Al ser insolvente, y estar los agentes en acto de servicio, se haría cargo el Estado como responsable civil subsidiario.

Además de los dos asesinatos, que su defensa calificó de homicidio, se le condenaba también por delitos contra la seguridad en el tráfico, puesto que carecía de permiso de conducir, así como también por su reiterada actividad delictiva, ya que formaba de una banda de cinco delincuentes, cuatro de los cuales habían sido detenidos en las mismas fechas. El forense que lo examinó lo había calificado como un «psicópata desalmado». En su veredicto, el juez tuvo en cuenta la eximente de enajenación mental transitoria. De hecho, la sentencia sería apelada ante el Tribunal Supremo, quien ratificaría la emitida por la Audiencia Provincial de Lugo.

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Dos trabajadores asesinados en una cantera de Cervo (Lugo)

Cantera en la que fueron asesinados dos trabajadores

A finales de los años setenta del pasado siglo el norte de Lugo se estaba convirtiendo en el principal motor industrial de la provincia. A la llegada de una importante empresa dedicada a la producción de aluminio, se sumaba además la expansión de sus áreas portuarias emplazadas en Burela y Celeiro respectivamente. A todo ello habría que añadir otras industrias ya existentes, entre ellas las dedicadas al sector naval y a las explotaciones mineras de caolín. Los municipios costeros comenzaban a gozar de una importante pujanza económica que se traduciría, con el paso de los años, en una intensa expansión demográfica de la que carecía el resto de una provincia que parecía haber sucumbido a un atraso finisecular.

Uno de los municipios que más estaba experimentando el notorio auge provocado por la instalación de grandes industrias era el de Cervo, previamente a la segregación de Burela, que en aquel entonces era ya el cuarto en lo que a población censada se refiere de la provincia de Lugo. Sus muchos asentamientos empresariales lo habían convertido en un atractivo especial para una gran parte de los muchos jóvenes, y otros que no lo eran tanto, que tanto abundaban en un territorio incapaz de ofrecerle una salida digna a una mano de obra que empezaba a estar muy cualificada y que ya no quería emigrar como habían hecho sus ancestros.

En todos los lugares dónde se radican importantes empresas, como era el caso de la Costa lucense y más concretamente en el triángulo formado por Burela-San Cibrao-Xove, es muy común que aniden todo tipo de personas, independientemente de su carácter, condición social o personal o cualquier otra. Así sucedía en la villa costera de Burela en la época previa a convertirse en municipio autónomo y que comenzaba a acoger a un gran número de forasteros. En Cervo se localizaba una importante empresa germana dedicada a la explotación de caolín y eran muchos a los hombres que les daba trabajo. Buenos y malos.

Como si de un extraño y macabro arte de magia se tratase, un camionero se vería truculentamente sorprendido en torno a las dos de la tarde del primer lunes del mes de diciembre de 1979, concretamente el día 3. Ante un estado de estupor que le conminó desde el primer instante, en uno de los barracones a los que habitualmente se dirigían los trabajadores para comer, contemplaría atónito como dos de los cuerpos de los hombres que trabajaban en la explotación de caolín yacían tirados sobre sendos charcos de sangre. Se trataba de Emilio García Díaz, de 52 años, que era natural de Alfoz, y José López Balseiro, oriundo del vecino municipio de O Valadouro. Alguien les había dado muerte de una forma horrenda. Inmediatamente, llamó a sus superiores y se puso el caso en conocimiento de las autoridades para investigar lo que allí había ocurrido.

Fallo en la inspección ocular

En un primer instante se pensó que la muerte de ambos trabajadores, en tanto no se les practicó la autopsia y no se detuvo al autor confeso del doble crimen, había sido provocada por arma blanca o con alguna herramienta de trabajo, pues presentaban heridas superficiales muy profundas. Además, así lo relataba la prensa de la época. Poco a poco, los investigadores irían atando cabos hasta que sus sospechas se empezaron a cernir sobre un individuo joven, de unos 25 años, a quienes sus antiguos compañeros le calificaban de «raro» y que hacía escasos días que había abandonado la localidad portuaria de Burela. Se constaba asimismo que el asesino se había apoderado del sueldo mensual que habían cobrado ambos trabajadores y cuyo importe total ascendía a 60.000 pesetas (360 euros actuales).

A primera hora de la tarde de la jornada siguiente, martes, sería detenido en la capital de Lugo el autor de los dos asesinatos, José Pardiño Expósito, cuando se dirigía a la estación de autobuses lucense tras haber descendido de un turismo. Fue identificado por sorpresa por miembros del Servicio de Información de la Guardia Civil, cuyo cuartel se encuentra a poco más de 200 metros del lugar dónde se produjo la detención, siendo inmediatamente trasladado a sus dependencias. El autor del doble crimen no opuso resistencia alguna, además de confesarse autor de la muerte de ambos trabajadores desde el primer momento.

En su primera declaración en las dependencias de la Benemérita de Lugo, responsabilizaría a las dos víctimas de su expulsión de la empresa en la que trabajaba, motivo este que le llevó a cometer el brutal crimen que conmocionaría profundamente a la provincia de Lugo y especialmente a su zona litoral en aquellos últimos días de la década de los años setenta del anterior siglo. Si bien es cierto, que los investigadores no hicieron mucho caso de este primer testimonio. De la misma forma, se le intervinieron 40.000 pesetas, de la cantidad total que había sustraído a sus víctimas. Las otras 20.000 las había gastado en el transcurso de la noche anterior en el barrio chino de la capital lucense.

Tras su detención, y tras la realización de las autopsias a los cadáveres de los trabajadores asesinados, se constató que el doble crimen lo había perpetrado con una escopeta a la que le había recortado los cañones. Al parecer, el arma homicida se la había sustraído a un hermano suyo, quien días antes había denunciado su desaparición ante el Cuartel de la Guardia Civil de Abadín, localidad de la que era natural. Declararía también que había efectuado los disparos a muy corta distancia, sin que las víctimas tuviesen tiempo alguno a reaccionar, de ahí que hubiese fallado la primera inspección ocular.

Condena

En junio de 1980 se desarrollaría en la Audiencia Provincial de Lugo el juicio contra José Pardiño Expósito, en una jornada que estaría cargada de una gran tensión, pues en el mismo se dieron cita las viudas e hijos de las dos víctimas del doble crimen de Cervo, además de numerosos compañeros, algunos de los cuales prestarían declaración en calidad de testigos.

De la pena a la que fue condenado el autor de ambos asesinatos, se desprende que llevaba el rostro cubierto con algún antifaz, ya que fue una de las circunstancias que agravaron su condena, así como la de reincidencia. El juez estimaría, a su vez, la eximente incompleta de enajenación mental transitoria. En total sería condenado a un total de 40 años de cárcel y al pago de una indemnización de 1.800.000 pesetas(10.800 euros) a los familiares de las víctimas.

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Cuatro mujeres asesinadas por la Guardia Civil en Sofán (Carballo)

Inauguración del monumento a las Mártires de Sofán

Hace ya un siglo el mundo disfrutaba del que sería conocido como «Año de la Paz» en la mayor parte de Europa, ya que en el viejo continente habían cesado las hostilidades que a lo largo de cuatro años lo habían aterrorizado con la peor guerra de la historia hasta ese momento. De la misma forma, se luchaba con denuedo contra una terrible y temible epidemia de gripe, conocida mundialmente como «gripe española», aunque de española tuviese poco. Su denominación obedecía al hecho de que era en España el único país en el que se informaba de una grave dolencia que mataría a varios millones de seres humanos.

En aquel entonces, Galicia era un territorio muy pobre y muy atrasado. La única salida que le quedaba a sus hijos era hacer una vieja maleta en la que iban unas muy escasas pertenencias y marcharse allende los mares. El corrosivo y ancestral caciquismo, junto con la sempiterna Iglesia Católica continuaban siendo los tremendos lastres que dominaban a una población que, además de pobre y depauperada, era también sumamente analfabeta, siendo muy bajos, por no decir que brillaban completamente por su ausencia, unos índices mínimos de desarrollo humano.

En esas circunstancias en las que se aunaban la siempre todopoderosa institución eclesiástica con el poder omnínodo de los viejos caciques, la tierra gallega sucumbía a un atraso secular del que difícilmente sería capaz de sobreponerse alguna vez. Hubo casos en los que el pueblo respondió, aunque muy escasos, a ese brutal y peligroso poder y sus arbitrariedades, aunque terminaría llevándose siempre la peor parte.

Un motivo de enfrentamiento entre los distintos estamentos fueron los excesivos privilegios de los que gozaban los poderosos, lo que daría lugar incluso a episodios sangrientos como el sucedido el 16 de febrero de 1919 en la parroquia de Sofán, en el municipio coruñés de Carballo. Entre el vecindario de la localidad y sus gobernantes reinaba un cierto clima de tensión a raíz de la construcción de un nuevo cementerio. Los vecinos seguían utilizando el antiguo camposanto debido a que en el recientemente construido era frecuente ver pulular cerdos y aquel espectáculo, como es natural, no era para nada del agrado de los residentes de la parroquia. A ello se unía que donde se había levantado el nuevo cementerio había algunos manantiales que los vecinos deseaban preservar.

Entierro de un niño

El detonante de la tensión acumulada saltaría en la fecha antes aludida cuando se le iba a dar sepultura a un niño de cuatro años de edad, una de las muchas víctimas de aquella terrible epidemia de gripe. Los vecinos se dirigían a enterrarlo al cementerio viejo, pero se encontraron con agentes de la Guardia Civil y algunos matones al servicio de los caciques del pueblo. Además, habían cortado el camino de acceso al nuevo camposanto. Los miembros de la Benemérita trataron de impedir por todos los medios que el pequeño fuese sepultado en la antigua necrópolis. A consecuencia de lo cual se produjo un grave altercado. Los vecinos responderían a las fuerzas del orden mandándoles piedras y en algunos casos con palos. El resultado del enfrentamiento traería aparejado consigo una terrible tragedia de la que todavía se habla en nuestros días. La desproporcionada respuesta de la Guardia Civil se saldaría con la muerte de cuatro mujeres, además de resultar heridos y contusionados muchos otros vecinos que protestaban contra la arbitraria de la autoridad municipal que, junto con el organismo competente en materia de sanidad de la época, había sido el que había decretado el cierre del viejo cementerio.

La desproporción de fuerzas vino a consecuencia de los disparos indiscriminados de los agentes de la Guardia Civil, en unión con algunos matones al servicio de los caciques, contra la comitiva fúnebre. El horror se apoderaría del vecindario en aquella ya lejana tarde de invierno. Una de las escenas más horrorosas se vivió en el instante en que una de las mujeres María Caamaño Pallas, de 44 años de edad, fue atravesada por una bayoneta que portaba uno de los agentes. La mujer, que se encontraba en avanzado estado de gestación del que sería su octavo hijo, fallecería desangrada a consecuencia de la herida que le infirió el miembro de la Benemérita. Otra de las fallecidas Carmen Veira Souto, de 56 años, recibió un disparo en un costado que le segó la vida prácticamente de forma instantánea.

Las otras dos mujeres muertas en esta tragedia fueron Josefa Boulón Mato, quien moriría al recibir el impacto de una bala en la cabeza y María Serrano Paz, que resultaría herida en una pierna. Esta última fallecería después de ser ingresada en un centro sanitario de Santiago de Compostela. Un cuñado suyo había ido buscar a un médico para que la atendiese, pero fue detenido y no regresó a tiempo. La mujer recibiría sepultura en un cementerio de la capital gallega, aunque jamás se le informó a la familia dónde había recibido sepultura.

Repercusiones

La matanza efectuada por agentes de la Guardia Civil no pasaría desapercibida para la sociedad de la época, principalmente para los nacientes grupos de tendencia nacionalista que veían en esta tragedia un grave atropello al pueblo por parte de quienes los gobernaban. Se intentaron hacer manifestaciones de protesta, que serían impedidas por grupos y organizaciones de caciques que veían como se podrían resquebrajar algunos de los resortes de su ancestral poder. Sin embargo, las Irmandades da Fala serían los primeros en poner el grito en el cielo tras el suceso que había costado la vida a cuatro indefensas e inofensivas mujeres. En un mitín celebrado en A Coruña en el año 1920, Lois Peña Novo, Antón Vilar Ponte o Santiago Casares Quiroga criticarían duramente la actitud de las autoridades de la época, ya que era el tercer incidente en el que se registraba una matanza en los últimos diez años de aquel entonces en Galicia.

A pesar de que el suceso tuvo una gran repercusión en la sociedad de la época, enseguida se haría un sepulcral silencio que sería bruscamente interrumpido con la proclamación de la IIª República española. En aquel entonces, el alcalde de Carballo, elegido en las urnas el 14 de abril de 1931, José Bolón propuso levantar un monumento a las mujeres vilmente asesinadas por suscripción popular. Sin embargo, su iniciativa no llegaría a prosperar, siendo posteriormente relegada al baúl de los recuerdos.

No sería hasta el 16 de febrero de 2019, centenario del sangriento suceso cuando fue erguido un monolito en honor de las víctimas, que eran popularmente conocidas como las «Mártires de Sofán», siendo al fin rescatada su memoria de un ostracismo al que habían sido relegadas a lo largo de un siglo, aunque en la mente de las gentes del pueblo jamás se ha borrado el recuerdo de aquellas mujeres que fueron víctimas de una sanguinaria y cruel injusticia.

 

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Los crímenes de la «Casa Maldita» de Moraña

Hay lugares, familias y gentes que están marcados históricamente por la tragedia. ¿Quién no ha oído hablar alguna vez en su vida de la maldición que supuestamente arrastra el todopoderoso clan de los Kennedy? En distintas épocas de la historia se han visto duramente golpeados por la tragedia hasta el extremo de que algunas enciclopedias, tanto impresas como digitales, les han dedicado un artículo a sus muchas desdichas. De la misma manera también hay sitios que, en diferentes etapas, han visto como los horrores de la desgracia sacudía la puerta de sus casas. Bien sea por catástrofes de carácter natural o por hechos que han acontecido en distintos tiempos. De una forma u otra, esos lugares o esas familias se han ido ganando, a lo largo del tiempo, una mala fama que, incluso, lleva a sospechar a muchas personas que la maldición se ha apoderado de la familia o el lugar en el que ha ocurrido el trágico infortunio, aunque no deje de ser más que una desgraciada e insólita casualidad. También hay gente, pero muy poca, a la que le ha tocado la lotería dos veces.

Al lugar al que ahora nos dirigimos es un sitio de esos que se ha visto afectado por distintas tragedias en más de una ocasión, que se ha ganado la mala fama de estar maldito. Incluso los más escépticos temen acerca de la supuesta maldición que haya podido recaer sobre una vivienda o un barrio, a lo que se suma cierto carácter de superchería y superstición que se va generando por las muchas desdichas que allí se han producido. Este es el caso de una vivienda situada en la aldea de O Apedrado, lugar perteneciente a la parroquia de Amil, en el municipio pontevedrés de Moraña. A la conocida como «Casa do Carballal» le ha recaído esa mala fama por el elevado numero de infortunios que en ella se produjeron. Lo peor de todo es que algunos llevaron la marca de la sangre, que de manera siniestra ha desdibujado la pacífica realidad de un incomparable paraje del tranquilo rural gallego.

El crimen de Bernardino Ruibal

El primer hecho luctuoso que tuvo lugar en esta casa se remontaba a la década de los años cincuenta del pasado siglo cuando fallecía la madre de Agustín Chayán Silva, al caer al pozo que era propiedad de su hijo, quien 60 años más tarde sería víctima de un horrendo crimen por parte de la hija de una prima suya. En el ambiente siempre ha flotado un macabro espectro que parece que ha marcado el devenir de este lugar en el que no han dejado de sucederse los dramas y las tragedias.

El primero y más grande de todos los sucesos que han afectado a la «Casa do Carballal» se remonta al 20 de enero de 1960. En aquel entonces, Bernardino Calvo Ruibal, de 38 años de edad, que con toda probabilidad sufriese alguna enfermedad psiquiátrica muy grave, asesinaba a su esposa Manuela Ferreiro Ruibal, cuatro años más joven que él y a una tía de esta última, Manuela Ruibal Monteagudo, de 67 años. La prensa de la época, mencionando fuentes de la Guardia Civil, atribuía ambos crímenes a los «exacerbados celos» del criminal, quien no dejaba de ser un atroz psicópata.

Al parecer, Bernardino se había empleado con una saña desmedida contra sus víctimas. En primer lugar, provisto de un hacha, le propinó un corte con la misma en el cuello a su esposa, quien fallecería de forma inmediata. Posteriormente, degollaría a la tía de su cónyuge dándole cuatro cuchilladas en el cuello. Al parecer, las desavenencias en el matrimonio Calvo-Ferreiro eran muy frecuentes, además de amenazar en constantes ocasiones el marido a su mujer de muerte. La pareja tenía cinco hijos de muy corta edad. El mayor contaba nueve años, en tanto que el más pequeño tenía en aquel entonces apenas tres semanas de vida.

Tras cometer la brutal matanza, Bernardino huiría del lugar de los hechos campo a través, perdiéndose en los montes próximos a la casa en la que había perpetrado la cruel matanza. La Guardia Civil le pisaba los talones, pero el fugitivo conocía bien la zona, no se sabe si buscando burlar la acción de la Justicia. Conseguiría sobrevivir a lo largo de varios días en el escarpado y abrupto terreno que rodeada la aldea. Al parecer, no quería personarse ante los agentes de Moraña, encargados de investigar el suceso y pretendía entregarse en Pontevedra, aunque finalmente sería detenido por los de la localidad del interior de las Rías Baixas.

Bernardino Ruibal tuvo suerte en aquel entonces, pues estaba vigente vigente la pena de muerte, habiendo bastantes casos que, por mucho menos, rindieron su causa en el garrote vil. Este hombre sería condenado a 40 años de cárcel, ya que se tuvo en cuenta como atenuante la patología psiquiátrica que padecía.

El asesinato de Agustín Chayán Silva

Cuando ya comenzaban a apagarse los ecos de la supuesta maldición que recaía sobre aquella siniestra vivienda, el 19 de mayo de 2017 se produjo un nuevo suceso sangriento que volvería a sacar a flote viejas supersticiones y leyendas. En la mañana del día siguiente, el 20 de mayo, fue encontrado el cuerpo de Agustín Chayán Silva, de 83 años de edad, que presentaba evidentes signos de violencia. Su cadáver estaba en un lateral del inmueble tirado sobre un impresionante charco de sangre.

Las pesquisas de los investigadores se centraron desde el primer momento en la hija de una prima de la víctima con la que convivía. Se trataba de una mujer de 42 años que, al igual que en el caso de Bernardino Calvo, sufría una patología psiquiátrica de carácter grave, pues estaba diagnosticada de esquizofrenia paranoide aguda, además de sufrir un retraso mental leve. Al parecer las discusiones entre la víctima y la mujer que lo asesinó eran constantes. Los vecinos ya se habían acostumbrado a escuchar gritos y voces procedentes de la casa en la que se produciría el trágico crimen. Además, la autora del homicidio había dejado de tomar la medicación que le habían prescrito los especialistas que se encargaban de tratarla.

La mujer que le ocasionó la muerte a Agustín Chayán Silva sería internada en la unidad de psiquiatría del Complejo Hospitalario de Pontevedra para, una vez que recibió el alta hospitalaria, ingresar en un centro psiquiátrico penitenciario, ubicado en la localidad leonesa de Las Mulas, dónde está a la espera que se revise su situación, una vez que se celebre el juicio.

Por su parte, la Audiencia Provincial de Pontevedra ha descartado archivar la causa, pese a la petición de la abogada de la defensa. En los informes periciales se constató que en el momento de cometer el crimen la acusada tenía totalmente anulada la comprensión del alcance de sus actos. El fiscal que lleva el caso considera que es inimputable y debería ser absuelta al aplicársele la eximente completa de trastorno mental, descartando en todo momento solicitar una pena de cárcel.

 

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Tres emigrantes gallegos asesinados en Junín (Argentina)

Villa Talleres, lugar donde fueron asesinados tres hermanos emigrantes gallegos

La emigración gallega, como suele decirse, tuvo un poco de todo. Muchos de los que se marcharon en la primera mitad del siglo XX quedaron atrapados en la tormenta americana, sufriendo las calamidades derivadas de distintos regímenes tiránicos que llevaron a sus respectivos países a la bancarrota en la que quedaron sumidos quienes en otro tiempo habían ido en busca de una fortuna que en su tierra natal les daba la espalda.

Aquellos hombres y mujeres que se desplazaron al nuevo mundo no cabe la menor duda que con ellos llevaron también una parte importante de la tierra que los vio nacer. Gracias a ellos surgirían innumerables centros culturales y educativos que tenían una doble finalidad. Por un lado, no olvidar la profunda raigambre que los unía a su tierra, mientras que por el otro reunir los fondos necesarios para dotar de centros educativos, principalmente, a esa misma tierra que habían abandonado para ver si así, con la educación, se terminaba con la endémica emigración y las nuevas generaciones podrían disfrutar el dorado que ellos buscaban allende los mares. Su misión se cumplió a medias, aunque jamás habrá que achacarles a quienes cruzaron el océano culpa alguna, ya que ellos cumplieron sobradamente con la parte que les correspondía. Quien no cumplió fueron los gobiernos españoles de turno que durante décadas se olvidaron de Galicia, para quienes no dejaba de ser un bucólico territorio en el que se escuchaba de fondo el repicar de un gaita en el resplandor de una alborada en la que caían incesantes gotas de lluvia, conocidas como calabobos. Quizás pretendían acallar a los gallegos, pero que no les tomasen por bobos. ¿Se entiende la ironía, no?

Entre los muchos gallegos que se desplazaron a aquel prometedor continente, muchos de ellos consiguieron hacer una cierta fortuna, a pesar de las adversidades derivadas de las dictaduras que asolaron a Hispanoamérica, logrando algo más que sobrevivir porque si de algo tienen fama quienes se desplazaron a ese territorio es de ser trabajadores de sol a sol. Tal era el caso de tres hermanos originarios de la localidad lucense de Mondoñedo, en la zona interior norte de la provincia de Lugo, que llegaron a la capital argentina, Buenos Aires, en un ya lejano año de 1940, siendo todavía muy jóvenes, cuando en España se estaba sufriendo una más que feroz posguerra. Tras muchos años de esfuerzo lograron levantar su pequeño emporio que les ayudaría a vivir desahogadamente los últimos años de sus vidas, ya que disponían de nada más y nada menos que de 53 viviendas en la provincia de Buenos Aires y otras propiedades en España, dónde también residía un hermano suyo.

Muertos a golpes

Sin embargo, tras haber trabajado como hacían los gallegos regentando una panadería, a quienes algunos cubanos les denominaban en tono despectivo comemierdas, su suerte se vio truncada en su atardecer vital, cuando quizás aún sus oídos recordasen los inigualables acordes de la vieja Alborada compuesta por el también mindoniense Pascual Veiga. Los tres serían brutalmente asesinados el 13 de junio de 2005 por unos individuos que, además, les robaron, siendo conocedores sus asesinos de la buena situación financiera de la que gozaban los tres ancianos fallecidos. El medio argentino Infobae informba que los ancianos habían sido asesinados a «palazos y a fierrazos». El crimen se produjo en la calle Primera Junta, de la ciudad de Junin, en el distrito de Villa Talleres. Esta ciudad se encuentra situada en la provincia bonaerense a 260 kilómetros de la ciudad autónoma de Buenas Aires. Se llamaban Agustín, Josefa y José Villalba, contando en el momento de su óbito con 78, 82 y 84 años respectivamente. Los dos varones estaban solteros, mientras que la mujer estaba viuda y no tenía hijos.

La muerte que sufrieron fue de lo más espantoso, ya que la policía sospechó incluso si les habrían torturado para obligarles a decir donde guardaban el dinero. La cantidad robada era relativamente elevada si se tiene en cuenta el nivel adquisitivo de Argentina, ya que ascendía a 7.000 pesos, al cambio unos 1.800 euros. La policía argentina barajó otras hipótesis que podrían esconderse detrás de aquel brutal crimen, tal como alguna venganza, debido a la saña que emplearon los criminales contra tres pobres desvalidos ancianos. Esta tesis venía avalada por el hecho que los investigadores todavía encontraron 7.000 pesos que no fueron robados en la vivienda y que «estaban a la vista de cualquiera», según declaraciones efectuadas por un alto mando policial argentino.

Al llegar los cuerpos policiales se encontraron al más joven de los tres, Agustín, todavía con vida, siendo trasladado inmediatamente al un centro sanitario en el que fallecería horas más tarde. En las escasas palabras que pudo dar ante los investigadores declararía que los asaltantes se habían apoderado de «mucha plata», además de facilitar el dato que habían sido tres delincuentes los que los habían asaltado y dado muerte.

El crimen fue descubierto por un vecino de la localidad al observar que la vivienda de la familia Villalba se encontraba abierta para saber que ocurría. Nada más entrar escuchó los gemidos de dolor que daba Agustín, el único hermano que había sobrevivido a la matanza. Penetraría posteriormente en el interior de la vivienda encontrándose con el dantesco panorama de que dos de los hermanos ya se encontraban muertos, en tanto que el tercero estaba gravemente herido, además de hallar la casa completamente revuelta.

Detenciones

La policía argentina detendría a varios individuos que podrían estar relacionados con el crimen que les había costado la vida a estas tres personas oriundas de Mondoñedo. En un principio se detuvo a tres personas, de las que dos serían puestas en libertad una vez que les tomaron declaración al demostrarse que no guardaban relación alguna con el trágico suceso. El tercero en discordia sería procesado y condenado junto con otros dos individuos a quienes delató este último. Al detenido se le hallaron en su poder diferentes ropas ensangrentadas así como una gran cantidad de dinero en efectivo que supuestamente procedía del robo.

En relación con este desgraciado suceso también fue detenido un conocido curandero de la zona, ya que a él se le atribuía el hecho, de como así parece ser que fue, de haber facilitado datos e información acerca de la situación económica de los ancianos asesinados. El curandero sería condenado a ocho años de prisión por la complicidad con los asesinos.

En las jornadas en las que tuvo lugar este luctuoso suceso en Argentina, concretamente en la provincia de Buenos Aires, se había puesto en marcha la conocida como policía distrital, que tenía la finalidad de reforzar los servicios de vigilancia en muchos barrios de las grandes ciudades del país andino, dónde la delincuencia, el pillaje y el crimen campa tranquilamente a sus anchas, muchas veces escondido y amparado por los ultras del mundo del fútbol, los mundialmente conocidos Barras Bravas.

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Cuatro muertos en una reyerta en un poblado de Xinzo de Limia

La segunda mitad de la década de los ochenta Galicia contaba ya con unas consolidadas instituciones autonómicas, aunque el Gobierno gallego de la época estuviese sometido a constantes y feroces turbulencias derivadas de una exacerbada ansia de poder de unos y otros. Aquel verano de 1987 sería pródigo en constantes acontecimientos políticos y sociales. El panorama político gallego se encontraba demasiado revuelto, merced a la presentación de una moción de censura que presentaba el grupo socialista, apoyado por los restantes partidos de la cámara, además de un grupo de parlamentarios que abandonaban la disciplina del partido de Fernández Albor para apoyar al candidato socialista a la Xunta de Galicia, Fernando González Laxe.

En medio de aquel enmarañado y encrespado ambiente político, la vida de los gallegos continuaba su tranquilo deambular. A veces con noticias que jamás les hubiese gustado recibir a los gallegos de entonces, tales como una masacre que tenía lugar en un poblado habitado por personas de etnia gitana en la localidad ourensá de Xinzo de Limia. Hasta cuatro personas perderían la vida en una reyerta en la que participarían prácticamente todos los miembros de dos clanes gitanos en la tarde del 20 de agosto de 1987. Una cuestión trivial desató una gran tragedia en la que resultarían heridas de diversa consideración hasta un total de 20 personas, cuatro de ellas de gravedad.

Un caballo

Al parecer el motivo de la disputa que desataría el cruel suceso fue el supuesto robo de un caballo por parte del clan gitano de Verín a los de Xinzo de Limia, quienes en la mañana del día de autos presentaron una denuncia en los juzgados de Ourense. Dado que el honor y la honradez son conceptos sobrevalorados hasta límites extremos entre las personas que componen los distintos clanes de etnia gitana, el suceso alcanzaría dimensiones dramáticas. Los miembros del clan verinés al enterarse de que sus colegas de Xinzo, con quienes estaban unidos por lazos de sangre, habían presentado una denuncia acusándoles de ser los autores del hurto del caballo, se dirigieron hasta el campamento de Cerdeira para defender su honor, que consideraban mancillado por aquella denuncia. Sin embargo, había algunas fuentes que indicaban que el enfrentamiento se podría haber originado a consecuencia de la lucha por el liderazgo en el clan de Xinzo que venía ejerciendo una anciana María Josefa Montoya Barja.

En la reyerta se utilizaron armas de fuego, entre ellas escopetas de caza y también distintas armas blancas, con las que resultarían heridos de gravedad algunas de las personas que intervinieron en la riña multitudinaria. Como consecuencia de la misma, fallecerían tres hermanos Francisco Javier, Manuel y José Suárez Montoya, que contaban en aquel entonces con 32, 34 y 54 años respectivamente. Asimismo, también perecería en el mismo suceso un yerno del mayor de los tres anteriores Adolfo Suárez Jiménez, que contaba con 30 años de edad. Dos de los fallecidos pertenecían al campamento de Verín, en tanto que los otros dos, en los que estaban suegro y yerno, pertenecían al de Xinzo, dónde ocurrieron los hechos.

Además de tener que lamentar la muerte de cuatro personas, hubo que lamentar las gravísimas heridas que presentaban otras cuatro, quienes serían trasladados a centros sanitarios de la capital ourensá. Entre ellos figuraba la madre de dos de las víctimas María Josefa Montoya Barja, además de otros dos hijos suyos, Santiago Suárez Montoya e Inocencio Suárez Montoya. Uno de los lesionados, Emilio Suárez Romero, a quien acusaban de haber provocado el altercado que provocó la tragedia, se encontraba en estado muy grave por lo que la policía no pudo presentar declaración. Al parecer, su presencia en el campamento de Cerdeira fue lo que contribuyó a encrespar los ánimos de los allí residentes, puesto que era a él a quien acusaban de haber robado el caballo. Curiosamente, el animal que desató el sangriento litigio no pertenecía a ninguna de las dos familias implicadas en el mismo, ya que era propiedad de otra asentada en el campamento de Lobeira.

Hermetismo e impunidad

Pese al gran esfuerzo realizado por agentes de la guardia civil, no consiguieron que declarase ninguno de los miembros de los dos clanes involucrados en la riña tumultuaria, además de mostrarse remisos a facilitarles cualquier dato a los miembros de la benemérita sobre la misma. En sus declaraciones a medios de comunicación manifestaban que ellos sabían perfectamente que solución se iba a tomar, apelando a la autoridad que ejercían los líderes de los respectivos clanes sobre las comunidades de etnia gitanas allí asentadas.

Debido a la magnitud del suceso, así como a las repercusiones que pudiera tener en otros grupos de la misma etnia, la guardia civil multiplicaría sus efectivos a fin de evitar que se sucediesen nuevos incidentes. Entre los miembros de uno y otro clan se hacían encendidos llamamientos a la venganza sobre sus respectivos adversarios. «Quien mata tiene que morir» era la máxima que se escuchaba aquellos días a los componentes de los clanes enfrentados entre si. De la misma forma, ninguno de los heridos que se encontraban ingresados en distintos centros hospitalarios de la ciudad de Ourense facilitó dato alguno acerca de los sangrientos incidentes a las fuerzas del orden, aduciendo que se trataba de un asunto interno que deberían solventar los propios miembros la comunidad afectada. Unos y otros recibirían el explícito apoyo de otras personas con las que se encontraban emparentados y que procedían de distintos puntos de Galicia y Asturias, lo que hacía suponer a las fuerzas del orden que se recrudecerían los enfrentamientos en aquellas fechas.

Finalmente, la intervención del jefe de los gitanos gallegos Manuel Barja acabaría por tranquilizar los exaltados ánimos de unos y otros, consiguiendo por lo menos que no se reprodujesen nuevos altercados a la hora de los entierros de las víctimas. Para evitar que la tensión subiese todavía más, se tomó la decisión de dar sepultura a dos de los fallecidos en la localidad ourensá de Verín, en tanto que los restos mortales de los otros dos serían trasladados hasta Oviedo.

Curiosamente, una vez más, debido al hermetismo imperante y a una concepción completamente distinta de la ley y los hechos delictivos, no se tienen datos de detenciones ni tampoco mayores detalles acerca de como sucedieron aquellos trágicos acontecimientos, que quedarían circunscritos únicamente a la propia comunidad de etnia gitana, encargada de resolverlos como si fuese un ente autónomo y separado del resto de la sociedad en la que se integra.

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Un asesino en serie en la Galicia de Posguerra

Primera página de Faro de Vigo, 2 de abril de 1939

El primer año posterior a la Guerra Civil fue conocido en gran parte de España como «el año de la paz», mientras en su conjunto los tiempos posteriores al conflicto serían conocidos como «os anos da fame»(los años del hambre). La gente se las veía y se las deseaba en su día a día para conseguir superar las durísimas y crueles circunstancias de su existencia. Nadie se preguntaba qué iba a comer, sino si iba a comer, algo muy distinto. En Galicia, pese a no desarrollarse ningún episodio del conflicto armado, sufrió muy directamente las consecuencias de aquellos tres años de guerra, que habían asolado a España. Después llegaría una dictadura en la que abundaba todo tipo de privaciones. A las ya mencionadas carencias a la que hacía frente una población pobre y hambrienta, se sumaba una no menos cruda represión que invadía todas las esferas de la vida, muy especialmente en el terreno de las libertades, siendo la de expresión la más perjudicada.

Decía el Régimen que en España no pasaba nada. O al menos nada grave, aunque a veces sucedían cosas y de un calibre extremo. A los pocos meses de concluido el conflicto armado, se sucedieron una serie de crímenes en Galicia entre las comarcas de Betanzos y las más próximas a Santiago de Compostela que las autoridades de entonces atribuyeron a la desesperada guerrilla que actuaba por montes y montañas gallegas en aquella época. Apenas se proporcionaba información sobre los mismos. Únicamente aparecían reflejados en los clandestinos periódicos del maquis, algunos de los cuales no eran más que unos murales. En ellos, los miembros que formaban parte del mismo negaban cualquier implicación en unos hechos criminales que para nada respondían a sus objetivos ni mucho menos a su forma de actuar, pero las autoridades del nuevo régimen insistían en atribuírselos a ellos, además de no informar cumplidamente de todos.

En septiembre de 1940 aparecería una mujer de algo más de 50 años con el cuello roto en el municipio de Aranga, en la provincia de A Coruña, muy próximo a la de Lugo en su demarcación interior nordeste. Según un informe de la guardia civil, la mujer que se llamaba Milagros Aneiros, y que vivía sola, había sido golpeada con bastante saña por su agresor en la finca colindante con su vivienda, popularmente conocida en Galicia como cortiña. Sin embargo, no se da cuenta en ningún momento de que de su domicilio desapareciese objeto de valor alguno, circunstancia esta que echa por tierra cualquier intervención de los guerrilleros. Además, estos solían disparar sobre sus víctimas, nunca ensañarse con ellas. La noticia aparece, de forma muy escueta, publicada en el diario El Ideal Gallego, sin abundar en muchos detalles en torno a como sucedieron los hechos.

Mujer muerta en O Marquiño

Cuando entre el vecindario de la comarca no se habían apagado los ecos del primer crimen, apenas un mes más tarde aparecería muerta, en unas circunstancias prácticamente idénticas, otra mujer de las mismas características en la parroquia de O Marquiño, en el municipio coruñés de O Pino, uno de los más próximos a Compostela. La fallecida, al igual que la anterior, presentaba también el cuello roto, reflejándose la violencia extrema con la que había actuado su agresor. La víctima Edesia Pedreira, según un informe judicial, había presentado una cierta resistencia ante su asesino, pues era una mujer corpulenta acostumbrada a trabajar en el campo. En este caso tampoco existe mucha más información. A diferencia del anterior, no aparece reflejado en ningún medio impreso de la época. La única que existe se reduce a los archivos consultados.

La mujer hallada muerta en O Marquiño no sería la última de la que se tiene constancia en este breve lapso de tiempo. Muy cerca de la capital gallega, en Lavacolla, aparecería apenas un mes más tarde del anterior suceso el cuerpo, con el rostro completamente ensagrentado, de Inés López Morado. Esta última, con una edad similar a las dos anteriores, tenía como diferencia que era una mujer casada y madre de dos hijos. El modus operandi de su asesino había sido totalmente similar a los dos casos anteriores. Este hecho aparecería reflejado en el semanario falangista Azul, que se editó en Santiago entre 1936 y 1941. La publicación abunda en el hecho de que esta mujer era la esposa de un conocido miembro de Falange Española de la zona, aunque no revela de quien se trata. Vuelve a incidir en que los autores son «bandidos que anidan en los montes y montañas gallegas» para los que clama una indisimulada venganza, comentando que «pagarán muy cara su patraña».

En relación con este último crimen, que un prestigioso psiquiatra gallego vincula directamente con los dos anteriores, se detuvo a un individuo que se dedicaba a la mendicidad, Salvador Gerpe, conocido como «O Retortas», que además tenía un familiar entre los forajidos del sector noroeste. Sin embargo, no se encontró ninguna evidencia que este hombre guardase relación alguna con este crimen. A todo ello se sumaba que era conocido e incluso apreciado por los vecinos de la zona, quienes en todo momento restaron credibilidad al hecho de que pudiera relacionarlo con el asesinato de esta última mujer. Además, uno de los vecinos manifestaría que el día de autos, en el que estaba cayendo una gran tromba de agua, se encontraba calentándose al calor del fuego de la lareira en su casa. Este hombre quedaría en libertad, no habiendo constancia de que se detuviese a nadie más.

Por indagaciones que hemos hecho, los tres crímenes quedaron impunes. Todos ellos, según la tesis sostenida por un profesional gallego de la salud mental, fueron obra de un mismo autor, quien supuestamente conocería todos los hábitos de las personas asesinadas. Como se decía anteriormente, estos hechos serían falsamente atribuidos al maquis. Además, la diferencia de los dos primeros asesinatos con el tercero, es que ninguna de las mujeres era familiar de ningún miembro de Falange Española, por lo que carece de fundamento atribuírselo a venganzas de índole política, tal y como querían hacer ver las autoridades de los primeros años de la Posguerra.

Todo indica que los tres, tanto por el modus operandi, como otras características que presentaban sus víctimas (sexo, edad e incluso complexión) pudieron haber sido obra de una misma persona, un asesino en serie, aspecto este que distaba mucho de las autoridades de la época, porque «en España no había personas así». Esas cosas solo pasaban en el extranjero. Y en nuestro país, alguna vez también.

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