Dos guardias civiles asesinados en Vilanova de Lourenzá

Los años ochenta eran tiempos difíciles para ser guardia civil en España, principalmente en el País Vasco donde se vivía la época conocida como Años de plomo por el gran número de agentes de instituto armado que habían caído como víctimas del terrorismo. En Galicia, afortunadamente, la situación era radicalmente distinta. Es más, los miembros de la Benemérita gozaban del aprecio y afecto de las distintas localidades en las que había el respectivo puesto de las fuerzas de seguridad. Aún así, hubo que lamentar varias muertes por distintos actos terroristas de un buen número de agentes, mayoritariamente ocasionadas por los GRAPO y una por miembros del desarticulado Exército Guerrilleiro do Pobo Ceibe Galego.

De todos es sabido lo siempre que están expuestos los miembros de las fuerzas del orden a exponer su vida, debido a que en ocasiones tienen que enfrentarse a energúmenos con amplios historiales delictivos y que, poco o nada, tienen que perder. Así ocurrió en la tarde del domingo, 10 de febrero de 1980, cuando los miembros de la Guardia Civil del destacamento de Vilanova de Lourenzá recibieron la llamada de alerta de sus compañeros de Ribadeo, dándoles los datos de un individuo que había sustraído un coche en la villa costera. Los agentes de Lourenzá esperarían al ratero alrededor de las cuatro de la tarde vestidos con uniforme de paisano a fin de evitarle sospechas. Sin embargo, el sexto sentido que suelen tener los delincuentes le funcionaría a la perfección, ya que se percataría inmediatamente que se trataba de dos agentes armados.

Abandono del vehículo

El hombre que había sustraído el vehículo en Ribadeo, Cipriano Lampón Gerpe, al sentirse acorralado por los dos agentes, así como un guarda forestal que se prestó a colaborar con miembros del instituto armado, iniciaría una huida por el área boscosa próxima a la villa de Lourenzá. En ella demostraría ser un consumado experto en la lucha armada y la supervivencia, ya que desde unos matorrales dispararía con la escopeta de cañones recortados que portaba contra el sargento Manuel Lamela Montouto, de 50 años de edad, alcanzándole en el externón y abdomen, resultando herido de extrema gravedad. El agente, a quien se le extrajo abundante cantidad de metralla en el antiguo Hospital Xeral de Lugo, fallecería doce días más tarde a consecuencia de las graves heridas que sufría, ocasionadas por los disparos que le había efectuado su asesino.

La lucha por la captura del joven delincuente la proseguiría su compañero, el cabo Angel Broz Novo, con quien realizaría un constante intercambio de disparos, dándose la mala suerte de que el miembro de la Benemérita acabó su munición cuando perseguía a Lampón Gerpe. Este último, consciente de su superioridad, le obligó colocar los brazos en alto y, colocándole la escopeta que portaba en la cabeza, ejecutaría al infortunado agente, un hombre de 34 años y nacido en la parroquia chairega de Valdomar, perteneciente al municipio lucense de Begonte.

Cipriano Lampón, que ya había pasado por la cárcel por distintos hechos delictivos, demostraría ser muy escurridizo, fugándose después de trepar por un muro, logrando sobrevivir al acecho de las fuerzas del orden durante dos días. Sin embargo, le traicionaría su ansia de satisfacer el hambre que le había generado su supervivencia en el monte. Sería detenido en el momento en que se encontraba robando una tarta en una confitería de la localidad de Mondoñedo por agentes que inmediatamente procedieron a su detención e identificación en la mañana del 12 de febrero, siendo trasladado a las dependencias de la comandancia de la vieja urbe medieval del nordeste gallego.

La escopeta de cartuchos con la que había cometido ambos asesinatos sería encontrada aquellos mismo días por un grupo de escolares del colegio de enseñanza primaria de Mondoñedo, abandonada en sus inmediaciones.

Condenado a 47 años de cárcel

Cipriano Lampón Gerpe sería juzgado en la Audiencia Provincial de Lugo en julio del año 1980. En total sería condenado a dos penas de prisión que sumaban un total de 47 años de cárcel, además de tener que indemnizar a los herederos de cada una de las víctimas con más de tres millones de pesetas (18.000 euros actuales). Al ser insolvente, y estar los agentes en acto de servicio, se haría cargo el Estado como responsable civil subsidiario.

Además de los dos asesinatos, que su defensa calificó de homicidio, se le condenaba también por delitos contra la seguridad en el tráfico, puesto que carecía de permiso de conducir, así como también por su reiterada actividad delictiva, ya que formaba de una banda de cinco delincuentes, cuatro de los cuales habían sido detenidos en las mismas fechas. El forense que lo examinó lo había calificado como un «psicópata desalmado». En su veredicto, el juez tuvo en cuenta la eximente de enajenación mental transitoria. De hecho, la sentencia sería apelada ante el Tribunal Supremo, quien ratificaría la emitida por la Audiencia Provincial de Lugo.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

 

 

Anuncios

Dos trabajadores asesinados en una cantera de Cervo (Lugo)

Cantera en la que fueron asesinados dos trabajadores

A finales de los años setenta del pasado siglo el norte de Lugo se estaba convirtiendo en el principal motor industrial de la provincia. A la llegada de una importante empresa dedicada a la producción de aluminio, se sumaba además la expansión de sus áreas portuarias emplazadas en Burela y Celeiro respectivamente. A todo ello habría que añadir otras industrias ya existentes, entre ellas las dedicadas al sector naval y a las explotaciones mineras de caolín. Los municipios costeros comenzaban a gozar de una importante pujanza económica que se traduciría, con el paso de los años, en una intensa expansión demográfica de la que carecía el resto de una provincia que parecía haber sucumbido a un atraso finisecular.

Uno de los municipios que más estaba experimentando el notorio auge provocado por la instalación de grandes industrias era el de Cervo, previamente a la segregación de Burela, que en aquel entonces era ya el cuarto en lo que a población censada se refiere de la provincia de Lugo. Sus muchos asentamientos empresariales lo habían convertido en un atractivo especial para una gran parte de los muchos jóvenes, y otros que no lo eran tanto, que tanto abundaban en un territorio incapaz de ofrecerle una salida digna a una mano de obra que empezaba a estar muy cualificada y que ya no quería emigrar como habían hecho sus ancestros.

En todos los lugares dónde se radican importantes empresas, como era el caso de la Costa lucense y más concretamente en el triángulo formado por Burela-San Cibrao-Xove, es muy común que aniden todo tipo de personas, independientemente de su carácter, condición social o personal o cualquier otra. Así sucedía en la villa costera de Burela en la época previa a convertirse en municipio autónomo y que comenzaba a acoger a un gran número de forasteros. En Cervo se localizaba una importante empresa germana dedicada a la explotación de caolín y eran muchos a los hombres que les daba trabajo. Buenos y malos.

Como si de un extraño y macabro arte de magia se tratase, un camionero se vería truculentamente sorprendido en torno a las dos de la tarde del primer lunes del mes de diciembre de 1979, concretamente el día 3. Ante un estado de estupor que le conminó desde el primer instante, en uno de los barracones a los que habitualmente se dirigían los trabajadores para comer, contemplaría atónito como dos de los cuerpos de los hombres que trabajaban en la explotación de caolín yacían tirados sobre sendos charcos de sangre. Se trataba de Emilio García Díaz, de 52 años, que era natural de Alfoz, y José López Balseiro, oriundo del vecino municipio de O Valadouro. Alguien les había dado muerte de una forma horrenda. Inmediatamente, llamó a sus superiores y se puso el caso en conocimiento de las autoridades para investigar lo que allí había ocurrido.

Fallo en la inspección ocular

En un primer instante se pensó que la muerte de ambos trabajadores, en tanto no se les practicó la autopsia y no se detuvo al autor confeso del doble crimen, había sido provocada por arma blanca o con alguna herramienta de trabajo, pues presentaban heridas superficiales muy profundas. Además, así lo relataba la prensa de la época. Poco a poco, los investigadores irían atando cabos hasta que sus sospechas se empezaron a cernir sobre un individuo joven, de unos 25 años, a quienes sus antiguos compañeros le calificaban de «raro» y que hacía escasos días que había abandonado la localidad portuaria de Burela. Se constaba asimismo que el asesino se había apoderado del sueldo mensual que habían cobrado ambos trabajadores y cuyo importe total ascendía a 60.000 pesetas (360 euros actuales).

A primera hora de la tarde de la jornada siguiente, martes, sería detenido en la capital de Lugo el autor de los dos asesinatos, José Pardiño Expósito, cuando se dirigía a la estación de autobuses lucense tras haber descendido de un turismo. Fue identificado por sorpresa por miembros del Servicio de Información de la Guardia Civil, cuyo cuartel se encuentra a poco más de 200 metros del lugar dónde se produjo la detención, siendo inmediatamente trasladado a sus dependencias. El autor del doble crimen no opuso resistencia alguna, además de confesarse autor de la muerte de ambos trabajadores desde el primer momento.

En su primera declaración en las dependencias de la Benemérita de Lugo, responsabilizaría a las dos víctimas de su expulsión de la empresa en la que trabajaba, motivo este que le llevó a cometer el brutal crimen que conmocionaría profundamente a la provincia de Lugo y especialmente a su zona litoral en aquellos últimos días de la década de los años setenta del anterior siglo. Si bien es cierto, que los investigadores no hicieron mucho caso de este primer testimonio. De la misma forma, se le intervinieron 40.000 pesetas, de la cantidad total que había sustraído a sus víctimas. Las otras 20.000 las había gastado en el transcurso de la noche anterior en el barrio chino de la capital lucense.

Tras su detención, y tras la realización de las autopsias a los cadáveres de los trabajadores asesinados, se constató que el doble crimen lo había perpetrado con una escopeta a la que le había recortado los cañones. Al parecer, el arma homicida se la había sustraído a un hermano suyo, quien días antes había denunciado su desaparición ante el Cuartel de la Guardia Civil de Abadín, localidad de la que era natural. Declararía también que había efectuado los disparos a muy corta distancia, sin que las víctimas tuviesen tiempo alguno a reaccionar, de ahí que hubiese fallado la primera inspección ocular.

Condena

En junio de 1980 se desarrollaría en la Audiencia Provincial de Lugo el juicio contra José Pardiño Expósito, en una jornada que estaría cargada de una gran tensión, pues en el mismo se dieron cita las viudas e hijos de las dos víctimas del doble crimen de Cervo, además de numerosos compañeros, algunos de los cuales prestarían declaración en calidad de testigos.

De la pena a la que fue condenado el autor de ambos asesinatos, se desprende que llevaba el rostro cubierto con algún antifaz, ya que fue una de las circunstancias que agravaron su condena, así como la de reincidencia. El juez estimaría, a su vez, la eximente incompleta de enajenación mental transitoria. En total sería condenado a un total de 40 años de cárcel y al pago de una indemnización de 1.800.000 pesetas(10.800 euros) a los familiares de las víctimas.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Cuatro mujeres asesinadas por la Guardia Civil en Sofán (Carballo)

Inauguración del monumento a las Mártires de Sofán

Hace ya un siglo el mundo disfrutaba del que sería conocido como «Año de la Paz» en la mayor parte de Europa, ya que en el viejo continente habían cesado las hostilidades que a lo largo de cuatro años lo habían aterrorizado con la peor guerra de la historia hasta ese momento. De la misma forma, se luchaba con denuedo contra una terrible y temible epidemia de gripe, conocida mundialmente como «gripe española», aunque de española tuviese poco. Su denominación obedecía al hecho de que era en España el único país en el que se informaba de una grave dolencia que mataría a varios millones de seres humanos.

En aquel entonces, Galicia era un territorio muy pobre y muy atrasado. La única salida que le quedaba a sus hijos era hacer una vieja maleta en la que iban unas muy escasas pertenencias y marcharse allende los mares. El corrosivo y ancestral caciquismo, junto con la sempiterna Iglesia Católica continuaban siendo los tremendos lastres que dominaban a una población que, además de pobre y depauperada, era también sumamente analfabeta, siendo muy bajos, por no decir que brillaban completamente por su ausencia, unos índices mínimos de desarrollo humano.

En esas circunstancias en las que se aunaban la siempre todopoderosa institución eclesiástica con el poder omnínodo de los viejos caciques, la tierra gallega sucumbía a un atraso secular del que difícilmente sería capaz de sobreponerse alguna vez. Hubo casos en los que el pueblo respondió, aunque muy escasos, a ese brutal y peligroso poder y sus arbitrariedades, aunque terminaría llevándose siempre la peor parte.

Un motivo de enfrentamiento entre los distintos estamentos fueron los excesivos privilegios de los que gozaban los poderosos, lo que daría lugar incluso a episodios sangrientos como el sucedido el 16 de febrero de 1919 en la parroquia de Sofán, en el municipio coruñés de Carballo. Entre el vecindario de la localidad y sus gobernantes reinaba un cierto clima de tensión a raíz de la construcción de un nuevo cementerio. Los vecinos seguían utilizando el antiguo camposanto debido a que en el recientemente construido era frecuente ver pulular cerdos y aquel espectáculo, como es natural, no era para nada del agrado de los residentes de la parroquia. A ello se unía que donde se había levantado el nuevo cementerio había algunos manantiales que los vecinos deseaban preservar.

Entierro de un niño

El detonante de la tensión acumulada saltaría en la fecha antes aludida cuando se le iba a dar sepultura a un niño de cuatro años de edad, una de las muchas víctimas de aquella terrible epidemia de gripe. Los vecinos se dirigían a enterrarlo al cementerio viejo, pero se encontraron con agentes de la Guardia Civil y algunos matones al servicio de los caciques del pueblo. Además, habían cortado el camino de acceso al nuevo camposanto. Los miembros de la Benemérita trataron de impedir por todos los medios que el pequeño fuese sepultado en la antigua necrópolis. A consecuencia de lo cual se produjo un grave altercado. Los vecinos responderían a las fuerzas del orden mandándoles piedras y en algunos casos con palos. El resultado del enfrentamiento traería aparejado consigo una terrible tragedia de la que todavía se habla en nuestros días. La desproporcionada respuesta de la Guardia Civil se saldaría con la muerte de cuatro mujeres, además de resultar heridos y contusionados muchos otros vecinos que protestaban contra la arbitraria de la autoridad municipal que, junto con el organismo competente en materia de sanidad de la época, había sido el que había decretado el cierre del viejo cementerio.

La desproporción de fuerzas vino a consecuencia de los disparos indiscriminados de los agentes de la Guardia Civil, en unión con algunos matones al servicio de los caciques, contra la comitiva fúnebre. El horror se apoderaría del vecindario en aquella ya lejana tarde de invierno. Una de las escenas más horrorosas se vivió en el instante en que una de las mujeres María Caamaño Pallas, de 44 años de edad, fue atravesada por una bayoneta que portaba uno de los agentes. La mujer, que se encontraba en avanzado estado de gestación del que sería su octavo hijo, fallecería desangrada a consecuencia de la herida que le infirió el miembro de la Benemérita. Otra de las fallecidas Carmen Veira Souto, de 56 años, recibió un disparo en un costado que le segó la vida prácticamente de forma instantánea.

Las otras dos mujeres muertas en esta tragedia fueron Josefa Boulón Mato, quien moriría al recibir el impacto de una bala en la cabeza y María Serrano Paz, que resultaría herida en una pierna. Esta última fallecería después de ser ingresada en un centro sanitario de Santiago de Compostela. Un cuñado suyo había ido buscar a un médico para que la atendiese, pero fue detenido y no regresó a tiempo. La mujer recibiría sepultura en un cementerio de la capital gallega, aunque jamás se le informó a la familia dónde había recibido sepultura.

Repercusiones

La matanza efectuada por agentes de la Guardia Civil no pasaría desapercibida para la sociedad de la época, principalmente para los nacientes grupos de tendencia nacionalista que veían en esta tragedia un grave atropello al pueblo por parte de quienes los gobernaban. Se intentaron hacer manifestaciones de protesta, que serían impedidas por grupos y organizaciones de caciques que veían como se podrían resquebrajar algunos de los resortes de su ancestral poder. Sin embargo, las Irmandades da Fala serían los primeros en poner el grito en el cielo tras el suceso que había costado la vida a cuatro indefensas e inofensivas mujeres. En un mitín celebrado en A Coruña en el año 1920, Lois Peña Novo, Antón Vilar Ponte o Santiago Casares Quiroga criticarían duramente la actitud de las autoridades de la época, ya que era el tercer incidente en el que se registraba una matanza en los últimos diez años de aquel entonces en Galicia.

A pesar de que el suceso tuvo una gran repercusión en la sociedad de la época, enseguida se haría un sepulcral silencio que sería bruscamente interrumpido con la proclamación de la IIª República española. En aquel entonces, el alcalde de Carballo, elegido en las urnas el 14 de abril de 1931, José Bolón propuso levantar un monumento a las mujeres vilmente asesinadas por suscripción popular. Sin embargo, su iniciativa no llegaría a prosperar, siendo posteriormente relegada al baúl de los recuerdos.

No sería hasta el 16 de febrero de 2019, centenario del sangriento suceso cuando fue erguido un monolito en honor de las víctimas, que eran popularmente conocidas como las «Mártires de Sofán», siendo al fin rescatada su memoria de un ostracismo al que habían sido relegadas a lo largo de un siglo, aunque en la mente de las gentes del pueblo jamás se ha borrado el recuerdo de aquellas mujeres que fueron víctimas de una sanguinaria y cruel injusticia.

 

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Los crímenes de la «Casa Maldita» de Moraña

Hay lugares, familias y gentes que están marcados históricamente por la tragedia. ¿Quién no ha oído hablar alguna vez en su vida de la maldición que supuestamente arrastra el todopoderoso clan de los Kennedy? En distintas épocas de la historia se han visto duramente golpeados por la tragedia hasta el extremo de que algunas enciclopedias, tanto impresas como digitales, les han dedicado un artículo a sus muchas desdichas. De la misma manera también hay sitios que, en diferentes etapas, han visto como los horrores de la desgracia sacudía la puerta de sus casas. Bien sea por catástrofes de carácter natural o por hechos que han acontecido en distintos tiempos. De una forma u otra, esos lugares o esas familias se han ido ganando, a lo largo del tiempo, una mala fama que, incluso, lleva a sospechar a muchas personas que la maldición se ha apoderado de la familia o el lugar en el que ha ocurrido el trágico infortunio, aunque no deje de ser más que una desgraciada e insólita casualidad. También hay gente, pero muy poca, a la que le ha tocado la lotería dos veces.

Al lugar al que ahora nos dirigimos es un sitio de esos que se ha visto afectado por distintas tragedias en más de una ocasión, que se ha ganado la mala fama de estar maldito. Incluso los más escépticos temen acerca de la supuesta maldición que haya podido recaer sobre una vivienda o un barrio, a lo que se suma cierto carácter de superchería y superstición que se va generando por las muchas desdichas que allí se han producido. Este es el caso de una vivienda situada en la aldea de O Apedrado, lugar perteneciente a la parroquia de Amil, en el municipio pontevedrés de Moraña. A la conocida como «Casa do Carballal» le ha recaído esa mala fama por el elevado numero de infortunios que en ella se produjeron. Lo peor de todo es que algunos llevaron la marca de la sangre, que de manera siniestra ha desdibujado la pacífica realidad de un incomparable paraje del tranquilo rural gallego.

El crimen de Bernardino Ruibal

El primer hecho luctuoso que tuvo lugar en esta casa se remontaba a la década de los años cincuenta del pasado siglo cuando fallecía la madre de Agustín Chayán Silva, al caer al pozo que era propiedad de su hijo, quien 60 años más tarde sería víctima de un horrendo crimen por parte de la hija de una prima suya. En el ambiente siempre ha flotado un macabro espectro que parece que ha marcado el devenir de este lugar en el que no han dejado de sucederse los dramas y las tragedias.

El primero y más grande de todos los sucesos que han afectado a la «Casa do Carballal» se remonta al 20 de enero de 1960. En aquel entonces, Bernardino Calvo Ruibal, de 38 años de edad, que con toda probabilidad sufriese alguna enfermedad psiquiátrica muy grave, asesinaba a su esposa Manuela Ferreiro Ruibal, cuatro años más joven que él y a una tía de esta última, Manuela Ruibal Monteagudo, de 67 años. La prensa de la época, mencionando fuentes de la Guardia Civil, atribuía ambos crímenes a los «exacerbados celos» del criminal, quien no dejaba de ser un atroz psicópata.

Al parecer, Bernardino se había empleado con una saña desmedida contra sus víctimas. En primer lugar, provisto de un hacha, le propinó un corte con la misma en el cuello a su esposa, quien fallecería de forma inmediata. Posteriormente, degollaría a la tía de su cónyuge dándole cuatro cuchilladas en el cuello. Al parecer, las desavenencias en el matrimonio Calvo-Ferreiro eran muy frecuentes, además de amenazar en constantes ocasiones el marido a su mujer de muerte. La pareja tenía cinco hijos de muy corta edad. El mayor contaba nueve años, en tanto que el más pequeño tenía en aquel entonces apenas tres semanas de vida.

Tras cometer la brutal matanza, Bernardino huiría del lugar de los hechos campo a través, perdiéndose en los montes próximos a la casa en la que había perpetrado la cruel matanza. La Guardia Civil le pisaba los talones, pero el fugitivo conocía bien la zona, no se sabe si buscando burlar la acción de la Justicia. Conseguiría sobrevivir a lo largo de varios días en el escarpado y abrupto terreno que rodeada la aldea. Al parecer, no quería personarse ante los agentes de Moraña, encargados de investigar el suceso y pretendía entregarse en Pontevedra, aunque finalmente sería detenido por los de la localidad del interior de las Rías Baixas.

Bernardino Ruibal tuvo suerte en aquel entonces, pues estaba vigente vigente la pena de muerte, habiendo bastantes casos que, por mucho menos, rindieron su causa en el garrote vil. Este hombre sería condenado a 40 años de cárcel, ya que se tuvo en cuenta como atenuante la patología psiquiátrica que padecía.

El asesinato de Agustín Chayán Silva

Cuando ya comenzaban a apagarse los ecos de la supuesta maldición que recaía sobre aquella siniestra vivienda, el 19 de mayo de 2017 se produjo un nuevo suceso sangriento que volvería a sacar a flote viejas supersticiones y leyendas. En la mañana del día siguiente, el 20 de mayo, fue encontrado el cuerpo de Agustín Chayán Silva, de 83 años de edad, que presentaba evidentes signos de violencia. Su cadáver estaba en un lateral del inmueble tirado sobre un impresionante charco de sangre.

Las pesquisas de los investigadores se centraron desde el primer momento en la hija de una prima de la víctima con la que convivía. Se trataba de una mujer de 42 años que, al igual que en el caso de Bernardino Calvo, sufría una patología psiquiátrica de carácter grave, pues estaba diagnosticada de esquizofrenia paranoide aguda, además de sufrir un retraso mental leve. Al parecer las discusiones entre la víctima y la mujer que lo asesinó eran constantes. Los vecinos ya se habían acostumbrado a escuchar gritos y voces procedentes de la casa en la que se produciría el trágico crimen. Además, la autora del homicidio había dejado de tomar la medicación que le habían prescrito los especialistas que se encargaban de tratarla.

La mujer que le ocasionó la muerte a Agustín Chayán Silva sería internada en la unidad de psiquiatría del Complejo Hospitalario de Pontevedra para, una vez que recibió el alta hospitalaria, ingresar en un centro psiquiátrico penitenciario, ubicado en la localidad leonesa de Las Mulas, dónde está a la espera que se revise su situación, una vez que se celebre el juicio.

Por su parte, la Audiencia Provincial de Pontevedra ha descartado archivar la causa, pese a la petición de la abogada de la defensa. En los informes periciales se constató que en el momento de cometer el crimen la acusada tenía totalmente anulada la comprensión del alcance de sus actos. El fiscal que lleva el caso considera que es inimputable y debería ser absuelta al aplicársele la eximente completa de trastorno mental, descartando en todo momento solicitar una pena de cárcel.

 

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Tres emigrantes gallegos asesinados en Junín (Argentina)

Villa Talleres, lugar donde fueron asesinados tres hermanos emigrantes gallegos

La emigración gallega, como suele decirse, tuvo un poco de todo. Muchos de los que se marcharon en la primera mitad del siglo XX quedaron atrapados en la tormenta americana, sufriendo las calamidades derivadas de distintos regímenes tiránicos que llevaron a sus respectivos países a la bancarrota en la que quedaron sumidos quienes en otro tiempo habían ido en busca de una fortuna que en su tierra natal les daba la espalda.

Aquellos hombres y mujeres que se desplazaron al nuevo mundo no cabe la menor duda que con ellos llevaron también una parte importante de la tierra que los vio nacer. Gracias a ellos surgirían innumerables centros culturales y educativos que tenían una doble finalidad. Por un lado, no olvidar la profunda raigambre que los unía a su tierra, mientras que por el otro reunir los fondos necesarios para dotar de centros educativos, principalmente, a esa misma tierra que habían abandonado para ver si así, con la educación, se terminaba con la endémica emigración y las nuevas generaciones podrían disfrutar el dorado que ellos buscaban allende los mares. Su misión se cumplió a medias, aunque jamás habrá que achacarles a quienes cruzaron el océano culpa alguna, ya que ellos cumplieron sobradamente con la parte que les correspondía. Quien no cumplió fueron los gobiernos españoles de turno que durante décadas se olvidaron de Galicia, para quienes no dejaba de ser un bucólico territorio en el que se escuchaba de fondo el repicar de un gaita en el resplandor de una alborada en la que caían incesantes gotas de lluvia, conocidas como calabobos. Quizás pretendían acallar a los gallegos, pero que no les tomasen por bobos. ¿Se entiende la ironía, no?

Entre los muchos gallegos que se desplazaron a aquel prometedor continente, muchos de ellos consiguieron hacer una cierta fortuna, a pesar de las adversidades derivadas de las dictaduras que asolaron a Hispanoamérica, logrando algo más que sobrevivir porque si de algo tienen fama quienes se desplazaron a ese territorio es de ser trabajadores de sol a sol. Tal era el caso de tres hermanos originarios de la localidad lucense de Mondoñedo, en la zona interior norte de la provincia de Lugo, que llegaron a la capital argentina, Buenos Aires, en un ya lejano año de 1940, siendo todavía muy jóvenes, cuando en España se estaba sufriendo una más que feroz posguerra. Tras muchos años de esfuerzo lograron levantar su pequeño emporio que les ayudaría a vivir desahogadamente los últimos años de sus vidas, ya que disponían de nada más y nada menos que de 53 viviendas en la provincia de Buenos Aires y otras propiedades en España, dónde también residía un hermano suyo.

Muertos a golpes

Sin embargo, tras haber trabajado como hacían los gallegos regentando una panadería, a quienes algunos cubanos les denominaban en tono despectivo comemierdas, su suerte se vio truncada en su atardecer vital, cuando quizás aún sus oídos recordasen los inigualables acordes de la vieja Alborada compuesta por el también mindoniense Pascual Veiga. Los tres serían brutalmente asesinados el 13 de junio de 2005 por unos individuos que, además, les robaron, siendo conocedores sus asesinos de la buena situación financiera de la que gozaban los tres ancianos fallecidos. El medio argentino Infobae informba que los ancianos habían sido asesinados a «palazos y a fierrazos». El crimen se produjo en la calle Primera Junta, de la ciudad de Junin, en el distrito de Villa Talleres. Esta ciudad se encuentra situada en la provincia bonaerense a 260 kilómetros de la ciudad autónoma de Buenas Aires. Se llamaban Agustín, Josefa y José Villalba, contando en el momento de su óbito con 78, 82 y 84 años respectivamente. Los dos varones estaban solteros, mientras que la mujer estaba viuda y no tenía hijos.

La muerte que sufrieron fue de lo más espantoso, ya que la policía sospechó incluso si les habrían torturado para obligarles a decir donde guardaban el dinero. La cantidad robada era relativamente elevada si se tiene en cuenta el nivel adquisitivo de Argentina, ya que ascendía a 7.000 pesos, al cambio unos 1.800 euros. La policía argentina barajó otras hipótesis que podrían esconderse detrás de aquel brutal crimen, tal como alguna venganza, debido a la saña que emplearon los criminales contra tres pobres desvalidos ancianos. Esta tesis venía avalada por el hecho que los investigadores todavía encontraron 7.000 pesos que no fueron robados en la vivienda y que «estaban a la vista de cualquiera», según declaraciones efectuadas por un alto mando policial argentino.

Al llegar los cuerpos policiales se encontraron al más joven de los tres, Agustín, todavía con vida, siendo trasladado inmediatamente al un centro sanitario en el que fallecería horas más tarde. En las escasas palabras que pudo dar ante los investigadores declararía que los asaltantes se habían apoderado de «mucha plata», además de facilitar el dato que habían sido tres delincuentes los que los habían asaltado y dado muerte.

El crimen fue descubierto por un vecino de la localidad al observar que la vivienda de la familia Villalba se encontraba abierta para saber que ocurría. Nada más entrar escuchó los gemidos de dolor que daba Agustín, el único hermano que había sobrevivido a la matanza. Penetraría posteriormente en el interior de la vivienda encontrándose con el dantesco panorama de que dos de los hermanos ya se encontraban muertos, en tanto que el tercero estaba gravemente herido, además de hallar la casa completamente revuelta.

Detenciones

La policía argentina detendría a varios individuos que podrían estar relacionados con el crimen que les había costado la vida a estas tres personas oriundas de Mondoñedo. En un principio se detuvo a tres personas, de las que dos serían puestas en libertad una vez que les tomaron declaración al demostrarse que no guardaban relación alguna con el trágico suceso. El tercero en discordia sería procesado y condenado junto con otros dos individuos a quienes delató este último. Al detenido se le hallaron en su poder diferentes ropas ensangrentadas así como una gran cantidad de dinero en efectivo que supuestamente procedía del robo.

En relación con este desgraciado suceso también fue detenido un conocido curandero de la zona, ya que a él se le atribuía el hecho, de como así parece ser que fue, de haber facilitado datos e información acerca de la situación económica de los ancianos asesinados. El curandero sería condenado a ocho años de prisión por la complicidad con los asesinos.

En las jornadas en las que tuvo lugar este luctuoso suceso en Argentina, concretamente en la provincia de Buenos Aires, se había puesto en marcha la conocida como policía distrital, que tenía la finalidad de reforzar los servicios de vigilancia en muchos barrios de las grandes ciudades del país andino, dónde la delincuencia, el pillaje y el crimen campa tranquilamente a sus anchas, muchas veces escondido y amparado por los ultras del mundo del fútbol, los mundialmente conocidos Barras Bravas.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Cuatro muertos en una reyerta en un poblado de Xinzo de Limia

La segunda mitad de la década de los ochenta Galicia contaba ya con unas consolidadas instituciones autonómicas, aunque el Gobierno gallego de la época estuviese sometido a constantes y feroces turbulencias derivadas de una exacerbada ansia de poder de unos y otros. Aquel verano de 1987 sería pródigo en constantes acontecimientos políticos y sociales. El panorama político gallego se encontraba demasiado revuelto, merced a la presentación de una moción de censura que presentaba el grupo socialista, apoyado por los restantes partidos de la cámara, además de un grupo de parlamentarios que abandonaban la disciplina del partido de Fernández Albor para apoyar al candidato socialista a la Xunta de Galicia, Fernando González Laxe.

En medio de aquel enmarañado y encrespado ambiente político, la vida de los gallegos continuaba su tranquilo deambular. A veces con noticias que jamás les hubiese gustado recibir a los gallegos de entonces, tales como una masacre que tenía lugar en un poblado habitado por personas de etnia gitana en la localidad ourensá de Xinzo de Limia. Hasta cuatro personas perderían la vida en una reyerta en la que participarían prácticamente todos los miembros de dos clanes gitanos en la tarde del 20 de agosto de 1987. Una cuestión trivial desató una gran tragedia en la que resultarían heridas de diversa consideración hasta un total de 20 personas, cuatro de ellas de gravedad.

Un caballo

Al parecer el motivo de la disputa que desataría el cruel suceso fue el supuesto robo de un caballo por parte del clan gitano de Verín a los de Xinzo de Limia, quienes en la mañana del día de autos presentaron una denuncia en los juzgados de Ourense. Dado que el honor y la honradez son conceptos sobrevalorados hasta límites extremos entre las personas que componen los distintos clanes de etnia gitana, el suceso alcanzaría dimensiones dramáticas. Los miembros del clan verinés al enterarse de que sus colegas de Xinzo, con quienes estaban unidos por lazos de sangre, habían presentado una denuncia acusándoles de ser los autores del hurto del caballo, se dirigieron hasta el campamento de Cerdeira para defender su honor, que consideraban mancillado por aquella denuncia. Sin embargo, había algunas fuentes que indicaban que el enfrentamiento se podría haber originado a consecuencia de la lucha por el liderazgo en el clan de Xinzo que venía ejerciendo una anciana María Josefa Montoya Barja.

En la reyerta se utilizaron armas de fuego, entre ellas escopetas de caza y también distintas armas blancas, con las que resultarían heridos de gravedad algunas de las personas que intervinieron en la riña multitudinaria. Como consecuencia de la misma, fallecerían tres hermanos Francisco Javier, Manuel y José Suárez Montoya, que contaban en aquel entonces con 32, 34 y 54 años respectivamente. Asimismo, también perecería en el mismo suceso un yerno del mayor de los tres anteriores Adolfo Suárez Jiménez, que contaba con 30 años de edad. Dos de los fallecidos pertenecían al campamento de Verín, en tanto que los otros dos, en los que estaban suegro y yerno, pertenecían al de Xinzo, dónde ocurrieron los hechos.

Además de tener que lamentar la muerte de cuatro personas, hubo que lamentar las gravísimas heridas que presentaban otras cuatro, quienes serían trasladados a centros sanitarios de la capital ourensá. Entre ellos figuraba la madre de dos de las víctimas María Josefa Montoya Barja, además de otros dos hijos suyos, Santiago Suárez Montoya e Inocencio Suárez Montoya. Uno de los lesionados, Emilio Suárez Romero, a quien acusaban de haber provocado el altercado que provocó la tragedia, se encontraba en estado muy grave por lo que la policía no pudo presentar declaración. Al parecer, su presencia en el campamento de Cerdeira fue lo que contribuyó a encrespar los ánimos de los allí residentes, puesto que era a él a quien acusaban de haber robado el caballo. Curiosamente, el animal que desató el sangriento litigio no pertenecía a ninguna de las dos familias implicadas en el mismo, ya que era propiedad de otra asentada en el campamento de Lobeira.

Hermetismo e impunidad

Pese al gran esfuerzo realizado por agentes de la guardia civil, no consiguieron que declarase ninguno de los miembros de los dos clanes involucrados en la riña tumultuaria, además de mostrarse remisos a facilitarles cualquier dato a los miembros de la benemérita sobre la misma. En sus declaraciones a medios de comunicación manifestaban que ellos sabían perfectamente que solución se iba a tomar, apelando a la autoridad que ejercían los líderes de los respectivos clanes sobre las comunidades de etnia gitanas allí asentadas.

Debido a la magnitud del suceso, así como a las repercusiones que pudiera tener en otros grupos de la misma etnia, la guardia civil multiplicaría sus efectivos a fin de evitar que se sucediesen nuevos incidentes. Entre los miembros de uno y otro clan se hacían encendidos llamamientos a la venganza sobre sus respectivos adversarios. «Quien mata tiene que morir» era la máxima que se escuchaba aquellos días a los componentes de los clanes enfrentados entre si. De la misma forma, ninguno de los heridos que se encontraban ingresados en distintos centros hospitalarios de la ciudad de Ourense facilitó dato alguno acerca de los sangrientos incidentes a las fuerzas del orden, aduciendo que se trataba de un asunto interno que deberían solventar los propios miembros la comunidad afectada. Unos y otros recibirían el explícito apoyo de otras personas con las que se encontraban emparentados y que procedían de distintos puntos de Galicia y Asturias, lo que hacía suponer a las fuerzas del orden que se recrudecerían los enfrentamientos en aquellas fechas.

Finalmente, la intervención del jefe de los gitanos gallegos Manuel Barja acabaría por tranquilizar los exaltados ánimos de unos y otros, consiguiendo por lo menos que no se reprodujesen nuevos altercados a la hora de los entierros de las víctimas. Para evitar que la tensión subiese todavía más, se tomó la decisión de dar sepultura a dos de los fallecidos en la localidad ourensá de Verín, en tanto que los restos mortales de los otros dos serían trasladados hasta Oviedo.

Curiosamente, una vez más, debido al hermetismo imperante y a una concepción completamente distinta de la ley y los hechos delictivos, no se tienen datos de detenciones ni tampoco mayores detalles acerca de como sucedieron aquellos trágicos acontecimientos, que quedarían circunscritos únicamente a la propia comunidad de etnia gitana, encargada de resolverlos como si fuese un ente autónomo y separado del resto de la sociedad en la que se integra.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Un asesino en serie en la Galicia de Posguerra

Primera página de Faro de Vigo, 2 de abril de 1939

El primer año posterior a la Guerra Civil fue conocido en gran parte de España como «el año de la paz», mientras en su conjunto los tiempos posteriores al conflicto serían conocidos como «os anos da fame»(los años del hambre). La gente se las veía y se las deseaba en su día a día para conseguir superar las durísimas y crueles circunstancias de su existencia. Nadie se preguntaba qué iba a comer, sino si iba a comer, algo muy distinto. En Galicia, pese a no desarrollarse ningún episodio del conflicto armado, sufrió muy directamente las consecuencias de aquellos tres años de guerra, que habían asolado a España. Después llegaría una dictadura en la que abundaba todo tipo de privaciones. A las ya mencionadas carencias a la que hacía frente una población pobre y hambrienta, se sumaba una no menos cruda represión que invadía todas las esferas de la vida, muy especialmente en el terreno de las libertades, siendo la de expresión la más perjudicada.

Decía el Régimen que en España no pasaba nada. O al menos nada grave, aunque a veces sucedían cosas y de un calibre extremo. A los pocos meses de concluido el conflicto armado, se sucedieron una serie de crímenes en Galicia entre las comarcas de Betanzos y las más próximas a Santiago de Compostela que las autoridades de entonces atribuyeron a la desesperada guerrilla que actuaba por montes y montañas gallegas en aquella época. Apenas se proporcionaba información sobre los mismos. Únicamente aparecían reflejados en los clandestinos periódicos del maquis, algunos de los cuales no eran más que unos murales. En ellos, los miembros que formaban parte del mismo negaban cualquier implicación en unos hechos criminales que para nada respondían a sus objetivos ni mucho menos a su forma de actuar, pero las autoridades del nuevo régimen insistían en atribuírselos a ellos, además de no informar cumplidamente de todos.

En septiembre de 1940 aparecería una mujer de algo más de 50 años con el cuello roto en el municipio de Aranga, en la provincia de A Coruña, muy próximo a la de Lugo en su demarcación interior nordeste. Según un informe de la guardia civil, la mujer que se llamaba Milagros Aneiros, y que vivía sola, había sido golpeada con bastante saña por su agresor en la finca colindante con su vivienda, popularmente conocida en Galicia como cortiña. Sin embargo, no se da cuenta en ningún momento de que de su domicilio desapareciese objeto de valor alguno, circunstancia esta que echa por tierra cualquier intervención de los guerrilleros. Además, estos solían disparar sobre sus víctimas, nunca ensañarse con ellas. La noticia aparece, de forma muy escueta, publicada en el diario El Ideal Gallego, sin abundar en muchos detalles en torno a como sucedieron los hechos.

Mujer muerta en O Marquiño

Cuando entre el vecindario de la comarca no se habían apagado los ecos del primer crimen, apenas un mes más tarde aparecería muerta, en unas circunstancias prácticamente idénticas, otra mujer de las mismas características en la parroquia de O Marquiño, en el municipio coruñés de O Pino, uno de los más próximos a Compostela. La fallecida, al igual que la anterior, presentaba también el cuello roto, reflejándose la violencia extrema con la que había actuado su agresor. La víctima Edesia Pedreira, según un informe judicial, había presentado una cierta resistencia ante su asesino, pues era una mujer corpulenta acostumbrada a trabajar en el campo. En este caso tampoco existe mucha más información. A diferencia del anterior, no aparece reflejado en ningún medio impreso de la época. La única que existe se reduce a los archivos consultados.

La mujer hallada muerta en O Marquiño no sería la última de la que se tiene constancia en este breve lapso de tiempo. Muy cerca de la capital gallega, en Lavacolla, aparecería apenas un mes más tarde del anterior suceso el cuerpo, con el rostro completamente ensagrentado, de Inés López Morado. Esta última, con una edad similar a las dos anteriores, tenía como diferencia que era una mujer casada y madre de dos hijos. El modus operandi de su asesino había sido totalmente similar a los dos casos anteriores. Este hecho aparecería reflejado en el semanario falangista Azul, que se editó en Santiago entre 1936 y 1941. La publicación abunda en el hecho de que esta mujer era la esposa de un conocido miembro de Falange Española de la zona, aunque no revela de quien se trata. Vuelve a incidir en que los autores son «bandidos que anidan en los montes y montañas gallegas» para los que clama una indisimulada venganza, comentando que «pagarán muy cara su patraña».

En relación con este último crimen, que un prestigioso psiquiatra gallego vincula directamente con los dos anteriores, se detuvo a un individuo que se dedicaba a la mendicidad, Salvador Gerpe, conocido como «O Retortas», que además tenía un familiar entre los forajidos del sector noroeste. Sin embargo, no se encontró ninguna evidencia que este hombre guardase relación alguna con este crimen. A todo ello se sumaba que era conocido e incluso apreciado por los vecinos de la zona, quienes en todo momento restaron credibilidad al hecho de que pudiera relacionarlo con el asesinato de esta última mujer. Además, uno de los vecinos manifestaría que el día de autos, en el que estaba cayendo una gran tromba de agua, se encontraba calentándose al calor del fuego de la lareira en su casa. Este hombre quedaría en libertad, no habiendo constancia de que se detuviese a nadie más.

Por indagaciones que hemos hecho, los tres crímenes quedaron impunes. Todos ellos, según la tesis sostenida por un profesional gallego de la salud mental, fueron obra de un mismo autor, quien supuestamente conocería todos los hábitos de las personas asesinadas. Como se decía anteriormente, estos hechos serían falsamente atribuidos al maquis. Además, la diferencia de los dos primeros asesinatos con el tercero, es que ninguna de las mujeres era familiar de ningún miembro de Falange Española, por lo que carece de fundamento atribuírselo a venganzas de índole política, tal y como querían hacer ver las autoridades de los primeros años de la Posguerra.

Todo indica que los tres, tanto por el modus operandi, como otras características que presentaban sus víctimas (sexo, edad e incluso complexión) pudieron haber sido obra de una misma persona, un asesino en serie, aspecto este que distaba mucho de las autoridades de la época, porque «en España no había personas así». Esas cosas solo pasaban en el extranjero. Y en nuestro país, alguna vez también.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Los crímenes de «El Jalisco»

María Docampo, con Castelao, una de las víctimas de «El Jalisco»

Ni que decir tiene que hay criminales que dejan una profunda huella allí donde cometen sus barbaridades. Pasan los años y todavía se continúan recordando sus funestos hechos y las trágicas consecuencias que ocasionaron. Los escenarios de los crímenes se vuelven lugares malditos, siendo muchas las personas que rechazan una vivienda o piso al tener conocimiento que en ella se ha perpetrado un suceso sangriento. Parece como si un haz de luz oscura se apoderase sobre ese maldito sitio que sirvió de marco para una escena en la que corrió la sangre.

Este es el caso del ciudadano mexicano José García Peña, conocido como «El Jalisco», por ser oriundo de aquel estado charro. A nadie se le escapa que era un verdadero psicópata por no decir que era un auténtico «Apóstol del mal», que jamás consiguió reinsertarse en la sociedad y que mató en reiteradas ocasiones sin que le quedase remordimiento alguno, pese a que en 1950, tres años después de su primer crimen múltiple, declarase que se sentía «arrepentido y avergonzado».

«El Jalisco» llegó a la diezmada Galicia de la década de los años cuarenta del siglo pasado después de haber contraído matrimonio con la ciudadana norteamericana de origen gallego María Docampo Ramos, que a la postre se acabaría convirtiendo en una de las tres primeras víctimas de aquel sádico asesino. La tierra gallega de la época era un territorio muy pobre, que seguía sufriendo las terribles consecuencias de una posguerra que se alargaba en exceso. Los gallegos, como era habitual, seguían emigrando, aunque ahora las cosas se ponían muy difíciles para salir de su tierra. Europa había sido literalmente aniquilada en la Segunda Guerra Mundial. Mientras, los países americanos comenzaban un lento pero progresivo declive que les acabaría sucumbiendo en una pobreza generalizada de la que jamás se recuperarían. Pocas eran las esperanzas que tenían los gallegos de entonces. Solamente podían presumir de tener un Jefe del Estado que había nacido en su tierra, pero que jamás se preocupó lo más mínimo de sus depauperados paisanos.

El crimen de Arillo

No tardaría mucho desde su llegada a tierras gallegas en demostrar su saña criminal José García Peña. El 23 de septiembre de 1948 cometería uno de los más horribles crímenes que se recuerdan en Galicia, más propio de otras latitudes del planeta que en la patria de Castelao. Precisamente, su esposa, María Docampo Ramos, era una joven mujer que había sido secretaria del polifacético intelectual rianxeiro. En la fecha antes citada, ella junto a su madre, María Ramos Díaz, y su hermana Encarnación serían las tres primeras víctimas del mexicano.

Dos de las principales características de su proceder criminal, son la saña y la violencia empleadas contra sus víctimas, propias de alguien que carece del mínimo de empatía y compasión hacia sus semejantes. En la finca conocida como «La Brava», en la parroquia de Arillo, en el municipio metropolitano de Oleiros, perpetraría su primera y desaforada matanza. Su orgía de sangre la inició con el brutal apuñalamiento de su suegra, María Ramos, quien nada pudo hacer para defenderse de su cruel asesino. Prosiguió con su cuñada, Encarnación Docampo, a quien le quitaría la vida de varias puñaladas. Lo mismo hizo con su esposa, que pereció víctima de los impulsos sádicos de una bestia que jamás debía haber existido.

Su macabro ritual proseguiría prendiendo fuego a la estancia en la que habían quedado sus víctimas, el cual sería sofocado por los vecinos. Como consecuencia del incendio, sus cuerpos presentarían algunas quemaduras.El asesino se autolesionaría, siendo atendido en un puesto de socorro de la ciudad herculina. De la misma forma, ardieron también algunos documentos de los que María Docampo era portadora y que habían pertenecido al ilustre dibujante y político gallego, Alfonso Daniel Rodríguez Castelao. Algunas fuentes apuntan también que la CIA le había encargado a la esposa de García Peña el espionaje del antiguo líder galleguista, quien había visitado la URSS en su etapa como exiliado.

Conocedores de la relación de María Docampo con el que fuera dirigente del Partido Galeguista, esas mismas fuentes apuntan a que ello provocaría que la pena a la que fue condenado «El Jalisco» fuese relativamente leve para la época, máxime en un tiempo en el que estaba vigente la pena de muerte. Muchos otros, con posterioridad, serían condenados a la pena capital habiendo cometido delitos mucho menores, tal es el caso del ourensán José Cadaviz Pazos, quien, por las mismas fechas, fue condenado a morir en el garrote vil por haber dado muerte a su hermana. José García Peña sería condenado a tan solo 36 años de cárcel por los tres asesinatos, de los que solamente cumpliría 15, la mayor parte de los cuales estuvo en la antigua prisión provincial coruñesa.

«El Jalisco» vuelve a matar

El célebre psicópata, cuyos crímenes no habían tenido mucha trascendencia en la Galicia de la época a causa de la censura, volvería a matar más de 30 años más tarde cuando se encaminaba a su ancianidad. José García Peña abandonaría las tierras gallegas al obtener la libertad definitiva para rehacer su vida muy lejos, donde no lo conociese nadie. Se afincaría en las Islas Canarias, concretamente en Las Palmas, donde se desconocía por completo su anterior periplo vital. Allí contraería matrimonio con una mujer de la que se desconoce su identidad, aunque fruto de su relación nacería su hija Yolanda Peña Domínguez, que a la postre se convertiría en una de sus víctimas.

El 6 de junio de 1976, cuando ya contaba 58 años, el célebre psicópata mexicano asesinaría a su hija Yolanda, de tan solo diez años de edad, y a la mujer con la que convivía Irene Quevedo. Al igual que había hecho con sus crímenes en Oleiros, se ensañaría de nuevo con sus víctimas a las que les propinaría grandes golpes en la cabeza con algún objeto contundente, dejándolas inconscientes. No contento con eso, García Peña se cercioraría de la muerte de sus víctimas introduciéndoles un estilete en el corazón. La noche posterior al crimen pernoctaría en la misma vivienda en la que había perpetrado su segunda matanza. Al día siguiente tomaría un vuelo con destino a Barcelona, que haría escala técnica en Madrid.

Una vez más, y como había hecho en el área metropolitana coruñesa, «El Jalisco» trataría de provocar un incendio para entorpecer la labor de los investigadores. Sus cálculos le salieron mal, ya que había dispuesto que el fuego comenzase en el momento en que estuviese ya en la Ciudad Condal, pero sus errores de cálculo provocaron que el incendio se iniciase previamente cuando se encontraba volando hacia Madrid. Conocedor de esta circunstancia y sabedor que en la escala técnica, como así fue, la policía le pudiese echar el guante, provocaría un incidente en pleno vuelo, originando un pequeño fuego a bordo del avión en el que viajaba, que a punto estuvo de causar una gran tragedia. Sin embargo, de poco le serviría, ya que a pesar del susto y las molestias ocasionadas al pasaje sería detenido cuando la aeronave tomó tierra en el aeropuerto de la capital de España.

Detención y suicidio

Con su detención en Barajas, se ponía fin a la carrera criminal de José García Peña. Es ahora, casi 30 años después de su primera matanza, cuando los principales medios de comunicación españoles de la época se empiezan a hacer eco de sus anterior crímenes en Galicia. Algunos periodistas de la Transición no salen de su asombro al conocer la exigua pena a la que había sido condenado en un tiempo en el que estaba vigente la pena de muerte y muchos delincuentes habían pagado con sus respectivas vidas por delitos mucho menores.

Los psiquiatras que atendieron a José García Peña detectaron la grave dolencia psíquica que afectaba al célebre psicópata mexicano, incapaz de sentir remordimientos ni tampoco un mínimo de compasión por sus víctimas, tal y como había demostrado en las dos ocasiones en las que había salido su múltiple saña criminal. Sea como fuere, lo cierto es que el mismo, no se sabe si presa de su pasado o su dificultad para adaptarse al centro de internamiento psiquiátrico en el que estaba recluido, pondría fin a su vida en el año 1979.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

La matanza de la calle Sáinz de Baranda, en Madrid

Algunos jóvenes españoles de la década de los ochenta fueron víctimas de la heroína, esa substancia adictiva que con tanta facilidad y a elevadas sumas de dinero les proporcionaban unos traficantes que carecían de cualquier escrúpulo. Una pareja de drogadictos son los grandes protagonistas de la siguiente historia que tiene como escenario un acomodado barrio de la capital de España, en la segunda mitad de la década de los años ochenta del siglo pasado.

Cuando la mañana de aquel martes, 28 de enero, día de Santo Tomás de Aquino para más señas, fueron encontrados los cadáveres de tres personas sexagenarias en el número 50 de la madrileña calle Sáinz de Baranda a muchos madrileños, principalmente los que ya superaban los 50 años en aquel entonces, se le vino a la imaginación la figura de un célebre psicópata que había perpetrado otro crimen múltiple hacía ya 30 años. Para quienes conozcan mínimamente la historia de Madrid sabrán que nos estamos refiriendo a Jose María Jarabo Pérez-Morris. El acontecimiento tiene unos tintes que lo asemejan, aunque sus circunstancias son extraordinariamente diferentes.

La preocupación se había apoderado de los porteros de la finca en la que residían el matrimonio de nacionalidad estadounidense formado por William Galdner y la española nacionalizada norteamericana, Amelia López del Moral, con quienes convive su criada, Benita Carretero Martínez, española natural de la localidad de Socuéllamos, en la provincia de Ciudad Real. Al percatarse María, la portera, de que la luz está casi siempre encendida, desde el pasado domingo, decide poner los hechos en conocimiento de Mateo, un colega suyo que es hermano de la criada del matrimonio Galdner.

Desmayo

Mateo Carretero, el hermano de Benita, posee un juego de llaves que emplea habitualmente para acudir de cuando en vez hasta el piso del matrimonio, cuando este viaja al país de origen del hombre, a realizar alguna ronda de vigilancia, ya que los viajes a EE.UU. son muy habituales por parte de la pareja. Ante las señales de que ha podido ocurrirles algo, tanto María, la portera del número 50, como Mateo, llaman reiteradamente al timbre de la puerta de la familia, pero nadie contesta. Tampoco se oye ruido alguno, por lo que se encienden todas las alarmas.

Deciden abrir la puerta con las llaves que posee Mateo y se encuentran con el macabro y truculento hallazgo del cuerpo ensangrentado de Benita Carretero. La portera no da crédito a lo que ven sus ojos. Se encuentra fuera de si como anonadada. No encuentra explicación a todo cuanto ve. Solamente se divisa sangre por todas partes. Posteriormente, es encontrado el cadáver de la señora de la casa, Amelia del Moral, lo que empieza a provocarle grandes sofocos y está a punto de desmayarse. Por lo que ella, ya no decide examinar más. Finalmente es encontrado el cuerpo, también completamente ensangrentado del ciudadano norteamericano, un conocido ingeniero. En los lavabos se encuentran también dos cuchillos que han sido cuidadosamente lavados, con los que supuestamente se perpetraron las tres muertes.

A la Brigada de Homicidios de la capital de España le espera un más que arduo trabajo para resolver una matanza que atemoriza a los madrileños, después del noviembre sangriento que ha vivido la calle Orense. Solamente cuentan con un dato de cierto interés. La última vez que se ha visto a William Galdner ha sido en la mañana del domingo, 26 de enero, cuando bajó a comprar la prensa a un quiosco que se hallaba muy cerca de su domicilio. En un principio se descarta el móvil del robo, pese a que la casa se encuentra completamente revuelta. Además, se cuenta con el dato de que la posición acomodada del matrimonio les hace ser muy desconfiados y no abren la puerta a desconocidos.

Sobrina de Benita

Tras efectuar las oportunas pesquisas e indagaciones, apenas una semana después de encontrar los tres cadáveres de los sexagenarios asesinados, son detenidos Francisco Sánchez Medina, de 28 años, un individuo que cuenta con numerosos antecedentes policiales y su novia, María de los Ángeles Carretero López-Soro, de 25, una sobrina de la criada, Benita Carretero. Ambos son pareja sentimental, a quienes une también su habitual consumo de estupefacientes.

La detención se llevó a cabo después de hacer varios descartes, entre ellos a otra sobrina de la criada que nada tenía que ver con el asunto. Gracias a la familiaridad y amistad de la que gozaba con Benita, fue ello suficiente para que les franquease la puerta del domicilio del matrimonio Galdner. Al parecer, la pareja acudió junto a su familiar para que les facilitase dinero con el que adquirir heroína.

Al percatarse de sus pretensiones, la criada de la casa reiteró en sucesivas ocasiones su negativa a darles dinero para la adquisición de estupefacientes. Aquí es donde comienza la tragedia. Se pasa a una acalorada y brutal discusión, en la que se suceden los primeros golpes y empujones, además de mostrarles la joven pareja un cuchillo de monte. Al oír los gritos, se personan en el lugar el matrimonio propietario de la vivienda, quienes intentan expulsar de la misma a aquellos intrusos. Es entonces, cuando la pareja de drogodependientes inicia su orgía sanguinaria, una lucha que es visible merced a como encontrarían posteriormente los investigadores los distintos muebles de la casa, entre ellos algunos armarios, que están movidos o desencajados de su sitio.

En el transcurso del grave incidente, William Galdner intenta alcanzar el teléfono para llamar a la policía, pero lo hace en vano, ya que los intrusos le propinan cuchilladas, ya no solo con su propia arma, sino de otras de las que se han apoderado en la cocina. El cadáver de este último presentará una terrible herida de arma blanca en el pecho, que muy probablemente le hubiese ocasionado la muerte. Su asesinato es contemplado por su mujer y la criada, quienes son apuñaladas con un machete y el cuchillo de 15 centímetros que habían encontrado en la cocina. También es asesinada su esposa, que ha intervenido en defensa de la criada, en un horrible espectáculo sanguinario, provocado, tal vez, por el síndrome de abstinencia que les ocasionaba el consumo de drogas. Por si fuera poco, se cercioran de la muerte de sus víctimas rematándolos con varias cuchilladas cuando ya están tendidos en el suelo en estado moribundo.

Una vez que han dado muerte a todos los moradores de la vivienda, inician un recorrido por las estancias de la casa, revolviendo en todos los cajones en busca de objetos de valor. Se estima que el valor de los sustraído alcanzaba los cinco millones de pesetas (30.000 euros al cambio actuales), aunque habían podido dejar otro tanto esparcido por todos los rincones de la vivienda. Salen al exterior, dándole la vuelta a sus ropas con la finalidad de que no se les vean las manchas de sangre que les ha dejado la matanza.

Detención

La detención de los asesinos tiene lugar en la calle Humanes de Madrid, sita en el Puente de Vallecas, una zona muy afectada por los problemas derivados del tráfico de estupefacientes. La policía los detiene en la tarde del martes, 4 de febrero de 1988. En el domicilio en que conviven les hallan también algunas joyas que han substraído de la casa de los Galdner. Otras alhajas han sido ya vendidas a un negocio de compraventa. La venta de las mismas pone en guardia a los Brigada de Homicidios de Madrid, quien muy pronto se pondrá en la pista adecuada.

Hasta la fecha de su detención, la pareja hace una vida completamente normal por la ciudad de Madrid. María de los Ángeles, incluso, acompaña a su padre, hermano de Benita, en el funeral por esta y en el Instituto Anatómico Forense, lugar al que había sido trasladado su cadáver. Además, muestra en todo momento un gran abatimiento y dolor por la muerte de su tía, aunque la policía ya la tenía en su punto de mira.

El juicio contra los autores de un crimen que aterra a la ciudad de Madrid se celebraría en junio de 1989. Francisco Sánchez Medina, conocido como «el Orejas» sería condenado a 44 años de cárcel, mientras que María de los Ángeles Carretero López-Soro sería condenado a 51 años de prisión, por no estimarse en ella la eximente de trastorno mental transitorio.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Cuatro personas asesinadas en Santa Cruz do Valadouro (Lugo)

Imagen de los condenados por el cuadrúple crimen de O Valadouro. Todos ellos llevan impresa la sentencia a muerte en un recuadro blanco que se puede apreciar en la solapa. Cinco de los condenados serían indultados.

No hay lugar a dudas que algunos hechos violentos pasan a la historia de los pueblos como una inmensa y lúgubre mancha que marca, incluso, a generaciones venideras. Estas ven en el hecho sangriento una infame causa que continuarán retransmitiendo a sus descendientes, creándose mitos y leyendas, muy frecuentes en Galicia a la luz de un candil de gas, amparados por el calor del fuego procedente de una lareira.

La Galicia de finales del siglo XIX era un territorio pobre, eminentemente rural, con elevadas tasas de analfabetismo que vivía básicamente de una agricultura de subsistencia. Habían comenzado ya las grandes oleadas de emigrantes hacia Sudamérica y el Caribe en busca de una prosperidad que se les negaba en la tierra que los había visto nacer. Si el tiempo no acompañaba, se producían todavía grandes hambrunas, a las que solían añadirse epidemias y enfermedades, entre ellas la tuberculosis y el tifus. Era, sin lugar a dudas, un país pobre y depauperado que parecía estar condenándose a si mismo a lo largo de sus últimos mil años. A las desgracias naturales se les unía también el carácter pesimista y difuso de los gallegos de interior.

A pesar de ser un pueblo eminentemente pacífico y trabajador, también acontecían hechos funestos que marcarían su devenir. Decíamos antes que la Galicia rural era abrumadora en relación a los escasos núcleos urbanos, el mayor de los cuales no superaba los 70.000 habitantes. En esa Galicia eterna, que ahora parece tener los días contados, es a la que nos dirigimos para inmiscuirnos en un brutal y terrible episodio del que aún se habla en nuestros días en lugares que sirvieron como triste escenario para uno de los peores crímenes del siglo XIX gallego.

Al anochecer del 22 de noviembre de 1888 un grupo de hombres, armados con palos y otros utensilios de labranza, se dirigen montados en caballos hacía la casa rectoral del párroco de Santa Cruz do Valadouro. Encabeza la macabra cuadrilla Manuel Loxilde Castrillón, concejal del Ayuntamiento de A Pastoriza, municipio de la Terra Chá lucense. Cometen el error de no reparar en ser avistados por vecinos y conocidos, quienes posteriormente testificarían en el juicio que se siguió en su contra. Incluso, se dice que un hombre, de apellido Braña, les advirtió de las consecuencias que podrían acarrearles su funesto plan. Sin embargo, el proyecto se había iniciado tres meses antes y no era cuestión ahora de detenerlo. El inductor Manuel Loxilde, que era padre de siete hijos muy jóvenes, se encontraba en una muy delicada situación económica y no quería -o no podía- dar marcha atrás. En breve se iniciaría un proceso de embargo de sus bienes a causa de las deudas fiduciarias contraídas con distintos prestamistas. También era conocedor de la buena situación económica de la que gozaba el párroco de Santa Cruz, don Manuel Neira, quien -además de rogar a Dios por sus feligreses- se supone que se dedicaba a negocios de préstamo a quién recurría a sus servicios. Al parecer, Loxilde podía tener alguna deuda contraída con el párroco, que era oriundo del mismo municipio que el autor intelectual de la matanza que tendría lugar en su casa.

En torno a las ocho de la noche llegan al lugar elegido para perpetrar la masacre. Debido a la desconfianza y al temor que causaban las personas desconocidas en aquel entonces, es Manuel Loxilde quien llama a la puerta de la casa rectoral. Al parecer, abre la puerta el religioso, quien la franquea sin ningún problema al conocer personalmente al visitante. Los criminales aprovechan esta circunstancia para abalanzarse sobre el cura y entrar de lleno en la vivienda en la que se encuentran otras personas, dos mujeres y un hombre, todos ellos al servicio del párroco. Suponen una inmensa mayoría en relación a los moradores de la casa, quienes además cuentan con la desventaja de ser bastante mayores que sus atacantes. Ante todo, se preocupan de que sus víctimas no griten. Para ello, les introducen trapos en la boca con el objetivo de que su muerte se produzca por asfixia.

Se sabe, según el sumario, que uno de los participantes de este crimen se encargó de asfixiar con sus manos al sacerdote, pues declararía en el transcurso del juicio que pataleaba mucho. Además del párroco, son asesinados también sus tres criados: Luisa García, de 66 años; su hermano, Jesús García y una sobrina de ambos, Josefa Gasalla García, una joven de tan solo 22 años. Convertida la rectoral en panteón, buscan por todos los rincones la supuesta fortuna que le atribuían al religioso. En cuanto a este último aspecto, hay divergencias entre las distintas fuentes sobre el botín que alcanzaron en el brutal atraco. Hay quienes lo elevan hasta las 70.000 pesetas de la época, en tanto que otros lo reducen hasta tan solo 970 pesetas, que era una cantidad muy considerable en aquel entonces. Al marcharse del macabro escenario, los autores de la matanza cometen muchos errores que luego servirán a los investigadores como prueba de cargo. Así, se apoderaron de algunos candelabros y objetos religiosos que posteriormente abandonarían, así como de una escopeta de caza con la que harían lo mismo.

A la mañana siguiente del crimen, el 23 de noviembre de 1888, un mozalbete que ayudaba al sacerdote a oficiar misa descubre el tétrico escenario en el momento en que se dirige a la casa rectoral. Se encontró con las puertas abiertas, con la casa completamente revuelta. Al tiempo que se van divulgando los hechos, el vecindario de las comarcas de A Mariña y Terra Chá, las más próximas al escenario del horrendo crimen, se alarman, produciéndose una sensación generalizada de temor y consternación.

Mientras el pavor generalizado se apodera de las gentes de bien del inmenso rural lucense, en el atrio de la iglesia el médico forense de Mondoñedo, el prestigioso y célebre escritor gallego Manuel Leiras Pulpeiro -que era masón y anticlerical- se encarga de hacer las autopsias a los cuatro cadáveres de las personas asesinadas. En sus indagaciones, el galeno llega a la conclusión de que la matanza se produjo antes de que las víctimas hubiesen cenado, pues no encuentra rastro alguno de comida en sus bolsas estomacales. Mientras esto ocurre, los criminales hacen una vida completamente normal, abusando incluso de su propia arrogancia que finalmente terminará redundando en contra suya. Loxilde Castrillón paga las deudas antes de que llegue la ejecución de las mismas. Otro tanto hace un sujeto conocido como «O Roxo», que ayudó a Loxilde a efectuar su macabro plan. Incluso se cuenta que el concejal de A Pastoriza esperó en una cuadra de uno de sus acreedores hasta el día siguiente, porque en el momento en el que le iba a pagar no se encontraba en casa.

Detenciones

Las pesquisas de la Guardia Civil avanzan de forma lenta, pero enseguida comienzan a encajar las piezas de aquel enrevesado rompecabezas ante el que se hallaban. Se practican hasta diez detenciones, aunque varios de los detenidos son puestos en libertad al comprobarse su inocencia. En este contexto resulta clave la declaración de un detenido apellidado Braña, a quien en un principio se relacionó con el suceso. Este individuo declara que la noche de autos se encontró con los criminales y que les advirtió acerca de las consecuencias que podría acarrearles sus pretensiones. La actitud de aquellos hombres le resultó muy sospechosa. Finalmente, son detenidos seis individuos, todos cómplices o convictos de asesinato. Se da la circunstancia de que el promotor de la matanza no perpetró materialmente ninguno de los crímenes.

En el transcurso del juicio, que se inició el 1 de abril de 1889 y que se celebró en la Audiencia de Mondoñedo, los acusados incurren en múltiples contradicciones. Como estrategia de defensa no se les ocurre peor cosa que acusarse mutuamente entre ellos, lo que les ocasiona un resultado catastrófico. El fiscal que lleva el caso, en sus conclusiones definitivas, eleva la petición de seis penas de muerte para los acusados. En su alegato hace una rogativa pidiendo que sea esta la primera y última vez que se vea obligado a pedir semejante medida judicial.

El día 25 del mismo mes de abril se conocen las sentencias definitivas. Los procesados son inculpados de delito completo de robo con homicidio por lo que son sentenciados a la máxima pena. Además de Manuel Loxilde Castrillón, resultan condenados también, Ramón Seivane García, a quien se atribuía el asesinato del sacerdote; José García Seco, Ramón García, que era primo de una de las víctimas a la que el asesinó personalmente; Antonio Fernández y José Lindín. Este último, adujo -en su defensa- que había participado en el crimen porque carecía de cualquier sustento que llevarse a la boca la mayor parte de sus días. Ahora solo les quedaba la apelación al Tribunal Supremo, quien se encargaría de ratificar las sentencias impuestas por la Audiencia de Mondoñedo.

Ejecución e indulto

La ejecución de los criminales despertó una gran expectación, dado que las ejecuciones en aquel entonces solían ser públicas. Las mismas se desarrollaban en la parte posterior del Santuario de Os Remedios, enfrente de donde se celebran las concentraciones de ganado con motivo de las fiestas patronales de San Lucas o las Quendas. Se calcula que hasta el lugar se desplazaron en torno a unas 12.000 personas, procedentes de los municipios de Ferreira do Valadouro, Alfoz do Valadouro, A Pastoriza y Abadín.

A lo largo del día 25 de abril de 1890, fecha designada para la ejecución, los operarios que trabajaban en la elaboración de los seis cadalsos, preparados para otras tantas ejecuciones a garrote vil, fueron duramente increpados por parte de los familiares de los condenados, a quienes solamente les quedaba la esperanza del indulto por parte de la reina regente María Cristina de Habsburgo. Interceden por el perdón de los condenados el general José Sánchez Bregua y el entonces obispo de Mondoñedo, Manuel Fernández de Castro y Menéndez Hevia.

Finalmente, la reina concede la gracia del indulto a cinco de los sentenciados a muerte. El único que morirá en el patíbulo será Manuel Loxilde Castrillón, autor de la planificación del asalto y muerte del sacerdote y sus criados. Asimismo, había previsto asaltar también la casa del párroco de Santa María de Riotorto. Los cinco indultados serían condenados a prisión perpetua, siendo destinados al penal de Ceuta. Cuentan algunas crónicas que estos dejaron impresos sus nombres en las paredes de la prisión. Unos treinta años más tarde serían puestos en libertad.

Si te ha gustado, estaremos muy agradecidos de que lo compartas en tus redes sociales.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias