Carnavales sangrientos en Vigo

El año 1994 quizás haya pasado a la historia por ser el más sangriento de la historia reciente de la ciudad de Vigo, convertida ya por aquel entonces en la urbe más grande de Galicia y en la que residían alrededor de 300.000 almas. A todo ello se unía la explosión demográfica de la Península del Morrazo, muy próxima a la ciudad olívica, que ya superaba los 100.000 habitantes y otros que se encontraban en zonas aledañas, tal como es el caso de Ponteareas, Mos, O Porriño y Redondela que estaban experimentando un más que notable crecimiento en plena década de los noventa.

Todo ello fue el caldo de cultivo perfecto para que en sus largas noches de marcha, en la que se reunían millares de jóvenes de todo la contorna de las Rías Bajas, se diesen cita todo tipo de personas, muy especialmente en fechas que están señaladas en el calendario como muy festivas, tal es el caso de las Navidades y los Carnavales. Fue precisamente en el transcurso de esta celebración cuando se produjeron dos horribles crímenes que consternarían de sobremanera a toda Galicia, quien todavía no se había recuperado de la fatal matanza de Nigrán, acontecida apenas quince días antes.

En la madrugada del martes de Entroido, 15 de febrero de 1994, morirían dos jóvenes en circunstancias muy confusas y que le llevaría su tiempo aclarar a los investigadores. En un callejón próximo al número 21 de la calle San Francisco fue hallado el cadáver del mozo Ramón Villar Gabín, de 33 años de edad, que presentaba varias heridas de bala en la cabeza. El fallecido era un viejo conocido de la policía pues había sido detenido en diversas ocasiones por atraco y se le relacionaba con el tráfico de drogas.

Discusión

Al parecer, según el relato del último testigo que lo vio con vida, Ramón Villar y este último habían mantenido una acalorada discusión alrededor de las diez de la noche del lunes, circunstancia esta que molestaría de sobremanera a los inquilinos de uno de los edificios próximos al lugar donde estaban manteniendo en enfrentamiento. Uno de los vecinos de un inmueble probablemente habría bajado con un arma en la mano y, sin mediar palabra, habría disparado contra su víctima, huyendo posteriormente del lugar de autos. De la misma forma, este testigo también abandonaría el sitio en el que estaba la víctima tendida para buscar a un amigo de ambos que se encontraba en un bar de copas de la zona. Sorprendentemente, cuando se dirigían al lugar en el que supuestamente se encontraba el cadáver de Villar Gabín, su cuerpo ya no estaba allí, por lo que decidieron poner el hecho en conocimiento de la Policía.

Más tarde, los agentes en compañía de los dos jóvenes encontrarían el cuerpo de Ramón Villar en las inmediaciones del callejón de San Francisco. Sin embargo, según la versión de los miembros del cuerpo policial y también de algunos vecinos de la zona, los disparos se habrían producido en torno a las cuatro y media de la madrugada del martes, tras haber tenido lugar un altercado proseguido de una reyerta. La policía practicaría diversas detenciones en jornadas sucesivas de personas que se encontraban relacionadas a los bajos fondos y al trapicheo de drogas de la ciudad olívica.

Seis puñaladas

Pero no sería Ramón Villar la única víctima mortal en aquella madrugada de martes de carnaval en Vigo. Otro joven de 21 años, Victor Manuel Visval Bugarín perecería tras recibir seis puñaladas en un barrio de la zona vieja. Al parecer, este último había salido disfrazado a disfrutar de la noche viguesa, cuando cayó mortalmente herido en las inmediaciones de la Cruz Roja. Allí, una enfermera salió del dispensario con la intención de atender al herido, pero ante la gravedad que presentaban las múltiples heridas fue trasladado inmediatamente al Hospital Xeral Illas Cíes de la ciudad olívica en el que fallecería.

La sangre no cejaría de correr en aquella trágica madrugada viguesa, ya que en la calle Eduardo Chao, un joven conocido como «O fillo do cego» agrediría con un arma blanca a otro hombre de 37 años, propinándole un total de siete puñaladas e ingresando en estado muy grave en la residencia sanitaria de la ciudad.

El capítulo de sucesos de aquella desgraciada noche lo cerraría otro muchacho que también fue acuchillado en la misma madrugada, recibiendo un total de cuatro puñaladas de las que fue atendido en el mismo centro sanitario que los anteriores, si bien es cierto que este último sería dado de alta pocas horas después de su ingreso hospitalario.

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El crimen de Goiriz

Cementerio de Goiriz

A principios del siglo XX en Galicia la expresión que más se escuchaba por sus lares y aldeas era «iste vaise», «aquel vaise» » o outro xa se foi». Su equivalencia en castellano es este se marcha, aquel se marcha, el otro ya se ha ido. Eran muchos los gallegos que decidían surcar el Océano Atlántico para asentarse largas temporadas en tierras americanas, huyendo de las miserias y calamidades que les deparaba su tierra de origen, considerada un país rico en el que vivía gente pobre. Desgraciadamente, así era. Contaba con una vasta población rural. Más del 90 por ciento de los gallegos de la época, de los dos millones de habitantes de entonces, residían en pequeñas aldeas y villas en las que se vivía mayoritariamente de la pesca y una agricultura de subsistencia que, a muy duras penas, proporcionaba las necesidades básicas.

En La Habana, principalmente, surgieron los primeros grandes centros y entes culturales gallegos. Fue allí precisamente dónde el maestro Pascual Veiga estrenó las partituras de lo que luego sería el Himno gallego. De igual manera, también en la isla caribeña se encontraba Manuel Curros Enríquez, el célebre cantor gallego de finales del siglo XIX y principios del XX, que fallecería precisamente en tierra cubana siendo trasladados posteriormente sus restos a Galicia para recibir sepultura en el cementerio coruñés de San Amaro.

A finales del siglo XIX y principios del pasado todavía quedaban algunas bandas o gavelas que se prodigaban por el entorno rural, acechando a las casas más pudientes de la época. Era una forma de pillaje muy extendida, que rara vez tenía consecuencias sangrientas, pero en alguna ocasión si las tuvo por no ser profesionales quienes la practicaban. A ellos les surgieron algunos imitadores que acabarían dando lugar a sanguinarios episodios de infausto recuerdo entre los moradores del rural gallego de la época.

Un suceso de las características antes aludidas tendría lugar el 9 de julio de 1904 en la parroquia vilalbesa de Goiriz, en pleno corazón de la Terra Chá lucense. En esa fecha un rico agricultor y propietario de una de las aldeas que contaba con un mayor nivel de riqueza en aquel entonces, José Otero, fue asesinado a últimas horas de la noche de aquel día de un ya lejano verano de uno de los primeros años del siglo XX. El propietario, que vivía en el lugar de Vilar de Pumariño, era un hombre que ya superaba los 50 años y estaba considerado como uno de los lugareños más respetados y con mayor hacienda de toda la comarca.

A golpes

José Otero fue asesinado a golpes por sus atacantes cuando ya se encontraba durmiendo por cuatro individuos que pronto serían detenidos. Su asesinos, que pretendían robarle, se habían introducido en su casa a través de un cortello en el que se guardaba el ganado. El cadáver de la víctima presentaba innumerables magulladuras y heridas, siendo una de las más apreciables la que se localizaba en la cabeza, hecha con algún objeto contundente de metal, pues uno de sus agresores era carpintero y se dedicaba a hacer zuecas de madera, principal calzado que se empleaba en el rural gallego en aquellos remotos tiempos. Los asesinos y ladrones llevaban el rostro cubierto a fin de no ser reconocidos por los moradores de aquella casa. Los demás miembros del clan familiar sufrirían algunas lesiones provocadas por la inusitada violencia de sus agresores, aunque se lograrían recuperar en un breve espacio de tiempo.

Se hacen con un botín ciertamente considerable. Lo más destacable es que se apoderan de 175 pesetas, una cantidad bastante alta para la época, máxime cuando se trataba de un tiempo en el que el dinero era un bien muy escaso. De la miseria de aquellos años da cuenta la circunstancia de que se apoderasen de algunos víveres que se guardaban en la vivienda asaltada, entre ellos una docena de chorizos y una libra de pan. Los otros objetos robados son tres pañuelos de seda.

Inmediatamente después del horroroso crimen, que consternaría a toda la localidad de Vilalba, se puso en conocimiento de las autoridades, Guardia Civil y juzgados, el hecho sangriento. Las pesquisas se centran en un sujeto a quien se le conoce por el apodo de «O Calvelo», un hombre que cuenta en el momento de los hechos con 36 años de edad. Está soltero y su profesión es la de zoqueiro, siendo originario de la parroquia de Santalla de Rioaveso. Al mismo tiempo, se constata que no ha actuado en solitario sino que cuenta con otros tres acompañantes, uno de ellos vecino también del término municipal de Vilalba. Se trata de Ramón Rodríguez. Los otros dos sospechosos que también serán detenidos en breve son José Vales, de quien se dice en la documentación archivada que carece de domicilio conocido y Arturo Pereira Díaz, jornalero y residente en la aldea de Moncelos, en el municipio de Abadín.

O Calvelo será detenido a los pocos días en una taberna de Vilalba mientras se encontraba en compañía de otras personas que nada tienen que ver con los hechos delictivos. Es enviado a la prisión local, emplazada en los bajos de la vieja casa consistorial vilalbesa. Tras un «hábil interrogatorio», tal como lo define la prensa de la época, se ve obligado a delatar a sus compañeros de fechorías. Apenas una semana después del crimen son detenidos sus otros compinches, quienes acusan directamente a «O Calvelo» de ser el responsable de la planificación del robo y el crimen de la casa del rico propietario José Otero. Los cuatro serán ingresados en la cárcel vilalbesa a la espera de juicio que, para aquellos tiempos en los que no había una febril actividad judicial como hoy en día, se demora demasiado. Tanto es así que 14 meses más tarde, los cuatro delincuentes permanecían todavía ingresados en la cárcel vilalbesa, un hecho demasiado inusual. No era frecuente en aquel entonces que los juicios se demorasen más de seis meses en casos relativos a homicidios y asesinatos.

Fuga de «O Calvelo»

Parecía que los detenidos sentían el aliento de la pena muerte sobre sus nucas o eso debía pensar «O Calvelo», quien con otro de los compañeros idea un plan para fugarse de la prisión de la capital chairega. Así, en la madrugada del 28 de noviembre de 1905 emprende la huida de la cárcel en compañía de Ramón Rodríguez. Escapan aprovechando un descuido del empleado encargado de la cárcel que deja la puerta principal abierta mientras realiza unos labores en el interior del espacio destinado a los presos. Sin embargo, su compañero de fuga pronto será detenido. Tan solo cinco días más tarde los agentes de la Benemérita dan cuenta de él y es ingresado de nuevo en el lugar de dónde nunca debería haber huido.

Por la contra, Jesús María Rodríguez Paz iniciará una larga odisea, que durará tres años justos, que le llevará a distintos puntos del sur de Galicia, con el propósito de pasar desapercibido. Previamente, en la madrugada de su huida, se había ajustado a conciencia las solapas de la chaqueta a la altura de la cabeza para no ser reconocido. Comienza una larga escapada de varios días de duración en los que practicará la mendicidad, a fin de poder sobrevivir. En distintos lugares le proporcionan pan y castañas, que serán la base de su dieta. Por fin, tras varios días de una prolongadísima caminata de más de 140 kilómetros, llega a la localidad ourensá de Rivadavia. En este primer destino trabajará durante algún tiempo como peón caminero. Se supone que adoptó una identidad ficticia, aunque no hay constancia oficial de ello.

Ante el riesgo que le suponía poder ser descubierto, decide trasladarse al suroeste de Galicia, concretamente a las localidades de Marín, en un primer momento y posteriormente a Cambados. Allí trabaja en las obras de sus instalaciones portuarias a lo largo de más de dos años y medio. Aquí es donde hay constancia de su falsa identidad, pues le dice al patrón de las obras para las que trabaja que se llama Ángel Fernández Rivas y que es oriundo de la parroquia de Quintillán, en el municipio pontevedrés de Forcarei. Su marcha de Marín a Cambados es precipitada y deja tras de si una importante deuda en una de las pensiones en las que se alojó. La cantidad adeudada asciende a 18 pesetas de aquella época.

Captura

Quizás la avaricia o tal vez el ánimo de prosperar llevan a «O Calvelo» a trasladarse de Marín a Cambados. En la primera de las localidades los jornales son de 2,50 pesetas, pero en la segunda ya ascienden a tres. Será en esta última localidad dónde será capturado. Y como si una cuestión del azar se tratase, la fecha de su captura coincide con la del tercer aniversario de su huida de la cárcel. Jesús María Rodríguez es detenido el 28 de noviembre de 1908 para sorpresa de sus compañeros de trabajo. No opuso resistencia, aunque quienes le conocían se asombran de la detención así como que haya conseguido pasar tanto tiempo con una falsa identidad que le permite eludir tanto la acción de la justicia como del resto de las autoridades. A pesar no oponer resistencia, recibirá un culatazo en la cabeza por parte de uno de los agentes que le provocará una herida de consideración que tardará varias semanas en cicatrizar.

Es conducido a la prisión provincial de Pontevedra dónde es entrevistado por un periodista de DIARIO DE PONTEVEDRA. Según la información de este medio, «O Calvelo» podría tener la intención de robar y asesinar al patrono para el que trabajaba, aunque tampoco hay una constancia de este hecho. Se le pregunta también si tenía previsto cruzar el mar rumbo a tierras americanas, algo que niega de forma taxativa. Dice que su propósito era poner tierra de por medio respecto de su lúgubre pasado e iniciar una nueva vida en las Rías Baixas galegas, apartado de todas aquellas personas a las que conocía.

Unos días más tarde es destinado a Lugo, a dónde va debidamente esposado, siendo destinado a la misma celda en la que se encontraba un condenado a muerte, como si aquello fuera un presagio de lo que le podría acontecer. Dado que eran otros tiempos, y con unas circunstancias muy diferentes a las actuales, la prensa se vuelve a hacer eco de la llegada del conocido «maleante», tal y como es definido por los medios de la época. No faltan artículos en el principal periódico lucense de aquel entonces EL PROGRESO, que lo definen como un «individuo huraño con los ojos inyectados en sangre, falto de nobleza que produce una enorme repugnancia con solo mirarlo». A lo largo de tres días se convierte en el chisme preferido para las tertulias y conversaciones de vecinos.

Al igual que había acontecido en Pontevedra, el diario local lucense también programa una entrevista con él, en la que le preguntan por toda su trayectoria a lo largo de estos tres años en los que ha conseguido burlar la acción de la justicia. Le preguntan si conoce la sentencia que ha condenado a muerte a sus tres compañeros a lo que responde afirmativamente. Cuenta también que está al tanto de la muerte de su madre, un hecho que se había producido en 1907. El redactor que lo entrevista lo define como un «hombre de abundante cabello rubio, ojos entornados y vulgarote» al tiempo que lo considera como «receloso, cohibido, poco franco, que siempre va mirando hacia atrás».

Condena

Mientras está en la cárcel de Lugo, a sus otros tres compañeros de andanzas y fechorías el Tribunal Supremo les conmutará la pena de muerte a la que habían sido sentenciados por un castigo accesorio de 30 años de cárcel. A partir de ahora, corría el primer semestre de 1909, la causa que se sigue contra «O Calvelo» será conocida como la de «o zoqueiro» en alusión a la profesión del procesado. El juicio en su contra se celebra en junio de 1909. Jesús María Rodríguez Paz cuenta en su contra con el agravante de la fuga, por lo que el fiscal pide que se le condene a muerte, en un florido discurso en el que alude al carácter violento del procesado, añadiendo que le duele mucho el hecho de tener que solicitar la pena capital, no siendo hombre al que le guste solucionar los problemas mediante sentencias tan drásticas.

«O Calvelo» será defendido por el prestigioso letrado lucense de la época Fernández Vivero, quien en descargo de su defendido niega reiteradamente que el mismo tuviese algo que ver con la muerte de José Otero, aunque todas las pruebas, así como las declaraciones de los otros encausados, así lo testifican. Pide la libre absolución alegando, que de las manifestaciones que ha hecho su defendido a los distintos medios de comunicación, se desprende que ni siquiera conocía a los otros tres condenados, a lo que añade que la declaración ante la guardia civil la ha hecho bajo presiones e intimidación.

Al igual que le había sucedido a sus otros tres compañeros, Jesús María Fernández Paz será condenado a muerte por la Audiencia Provincial de Lugo, en sentencia firme hecha pública el 15 de junio de 1909. Pese a ello, obtendrá la gracia del indulto por parte del Tribunal Supremo, una vez que su abogado ha hecho el pertinente recurso. La pena accesoria a la que es condenado es de 30 años de cárcel, parte de los cuales los pasará en la prisión de Ceuta. A partir de su ingreso en la prisión norteafricana se le pierde definitivamente la pista a un escurridizo criminal de principios del siglo XX que atemorizó y llevó el peor de los horrores a una pacífica y tranquila comarca del norte de Lugo.

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El crimen de San Xián de Marín

En la década de los años sesenta del siglo pasado comenzaba a haber «dos Galicias», muy cercanas geográficamente, pero muy alejadas tanto social como económicamente. Aunque la comparación no deja de ser banal y hasta, si se quiere, un poco grosera, a la Galicia de la época le sucedía algo similar a Alemania. El occidente, mucho más litoral, era mucho más próspero que el oriente, interior y con escasísimas comunicaciones con el resto del territorio. Además, cuanto más al suroeste de la región, mucho más se notaban esas diferencias. Los jóvenes de las áreas litorales del suroeste ya se podían permitir el lujo de no emigrar, a diferencia de lo que ocurría con toda la parte interior oriental, que se estaba quedando muy rezagada en relación a sus vecinos del área sudoeste gallega.

A pesar de todo, seguían existiendo por todo el territorio los tradicionales clanes familiares que tanto unían sentimentalmente a los gallegos a su tierra. Y en eso no se diferenciaban para nada los del suroeste de los del nordeste. Quedaban todavía ancestrales prejuicios con relación a determinados aspectos, si bien es cierto que las historias de meigas habían comenzado a desaparecer, aunque todavía quedase alguna señora de sayas largas que tratase de atemorizar a los más pequeños relatando hechos funestos en los que aparecían aquellos míticos y malvados seres que todo lo devoraban con sus hechizos.

El siguiente suceso nos lleva a una preciosa localidad del suroeste, próspera como pocas, debido en parte a la Escuela Naval Militar, que tenía su sede desde 1943 en Marín, época en la que el Gobierno del general Franco decidió trasladar sus instalaciones desde San Fernando, en Cádiz, al municipio gallego que forma parte de la Península del Morrazo. Se podría decir que a lo largo de los últimos tres cuartos de siglo, el nombre de esta localidad ha ido siempre unido al centro de estudios superiores militares.

En aquellos años sesenta, Marín vivía uno de los momentos de mayor esplendor y su progresión continuaba siendo imparable desde hacía dos décadas. Se podría decir que era un pueblo de película, y nunca mejor dicho, ya que las instalaciones navales servirían de escenario para el rodaje de muchos filmes de la época, inspirados en el poder que tenían los militares y la adhesión inquebrantable de las nuevas generaciones a un férreo y contumaz ejército que parecía tener la sartén por el mango en la vida cotidiana de los españoles de entonces.

Un «loco»

En ese excepcional ambiente de optimismo generalizado, a casi nadie se le podría pasar por la imaginación que pudiese acontecer un suceso que empañase el clima de optimismo que reinaba en aquella tierra. El 24 de febrero de 1963 un joven de 20 años, Rogelio Piñeiro Novegil, al que la prensa de la época no dudaba en calificar de «loco» daría muerte a su vecina María Veras Fernández, de 34 años, tras propinarle varias puñaladas en la parroquia de San Xián de Marín. Una vez hubo cometido el crimen escaparía del lugar del suceso sin destino conocido. Al parecer, el muchacho tenía perturbadas sus facultades mentales, tanto volitivas como cognitivas.

Durante varios días Rogelio Piñeiro anduvo vagando por montes y aldeas, probablemente sin comer. Cinco días más tarde de perpetrado el crimen fue detenido en la parroquia marinense de Santo Tomé por agentes de la Guardia Civil, ante quienes confesó ser el autor material de la muerte de María Veras. Dado el estado en que se encontraba, calificado por los medios impresos como de «gran excitación», el joven no aportó muchos detalles en relación al hecho sangriento que había protagonizado días antes, que conmocionaría de sobremanera a un municipio que era muy visitado en aquel entonces por las primeras autoridades políticas y militares de la época.

En el tiempo que estuvo ingresado en prisión, previo al juicio, daría pruebas de su discapacidad psíquica, con grandes alteraciones en su estado de ánimo, prácticamente incapaz de comprender nada ni de mostrar arrepentimiento alguno por la barbaridad que había cometido. El juicio en su contra se celebraría en la Audiencia Provincial de Pontevedra el 28 de enero de 1964. Pese a su evidente y degradado estado personal, las autoridades judiciales no tuvieron clemencia para sentenciarle a muerte, tal y como detallan en el auto hecho público dos días más tarde, acusado de un asesinato a lo que se unía la agravante de haber huido y no entregarse a las autoridades. No se tuvo en cuenta su grave discapacidad que le impedía la correcta percepción de la realidad.

Conocido el veredicto de la sala de lo penal de la Audiencia de Pontevedra, su abogado defensor apeló al Tribunal Supremo, quien ratificaría la sentencia de muerte a que le condenaba la Audiencia de Pontevedra en un auto emitido con fecha del 21 de enero de 1965. Solamente le quedaba la medida de gracia del Consejo de Ministros, quien, en su reunión del 16 de julio de 1965 y, publicada en el Boletín Oficial del Estado de 21 de julio del mismo año, indultaría a Rogelio Piñeiro Novegil. Como pena accesoria, era condenado a 30 años de cárcel.

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Tres jóvenes gallegos torturados y asesinados por ETA

Los tres jóvenes gallegos que asesinó y torturó la banda terrorista ETA

La banda terrorista ETA cometió muchos «errores» en su dilatada existencia, aunque el principal fuese el de haber iniciado una escalada de sangre y terror que no dejó indiferente a nadie en España. Se puede decir que su propia trayectoria fue su gran y principal error que sería muy funestamente pagado por casi un millar de personas inocentes que fallecieron a consecuencia de su indiscriminado terror. Sin embargo, hay un hecho criminal que llama poderosamente la atención en la historia del grupo criminal. Este no fue otro que la tortura y asesinato de tres jóvenes gallegos en la localidad francesa de San Juan de Luz el 24 de marzo de 1973, un tiempo en el que la banda comenzaba a estar en su pleno apogeo, además de contar con la simpatía de algunos grupos de la oposición a la dictadura franquista, que veían a ETA como un falso elemento liberador, aunque no tuviese nada que ver con los verdaderos ideales democráticos.

Los jóvenes gallegos habían acudido al país vecino a ver la película «El último tango en París», ya que este film era imposible visionarlo en España debido a las restricciones que en materias de libertades públicas hacía la siempre terrible dictadura del general Franco. Nunca se pudieron imaginar que serían confundidos con policías españoles que se encontraban en la lucha antiterrorista y que, supuestamente, los habían ido a espiar. Sin embargo, la realidad distaba mucho de lo que pensaba la banda criminal. Los tres mozos gallegos a quienes ETA acabaría asesinando y torturando eran José Humberto Fouz, de 29 años de edad; Fernando Quiroga, de 25 y Jorge Juan García, de 23. El más veterano de ellos era un poco quien llevaba la batuta de un trío de emigrantes que trabajaban honradamente en el País Vasco, ya que había residido en varios países europeos.

Los mozos habían salido en la jornada del día 23 con destino al país vecino a bordo de un vehículo, marca Austin, propiedad de José Humberto Fouz, cuya ausencia en su puesto de trabajo el lunes, día 25 de marzo, sería la señal que haría saltar todas las alarmas en sus familiares, ya que, al parecer, se hospedaban en la casa de una hermana del referido joven. Un cuñado de este, Cesáreo Ramírez, se trasladó en busca de Jose Humberto y sus dos acompañantes, rastreando la zona para comprobar si les había sucedido algo. A pesar de todo, sus indagaciones fueron vanas. Incluso llegó a sospechar que los desaparecidos se pudieran haber despeñado en algún punto de la carretera. Al cabo de tres semanas de haber realizado una infructuosa búsqueda, decidió poner el hecho en conocimiento de la policía, aunque nunca más se volviese a tener noticias suyas.

Incidente

Según un artículo publicado por el periodista Alfonso Rojo en el diario El Mundo, en su edición del 17 de junio de 2001 en el suplemento Crónica, los tres jóvenes desaparecidos habrían tenido la mala suerte de coincidir con un grupo de miembros de la banda terrorista en la discoteca Lycorne. Allí, sus verdugos habrían estado bebiendo demasiado, protagonizando posteriormente un desafortunado incidente con los jóvenes gallegos. En el transcurso del mismo, según el relato que hace el novelista Adolfo García Ortega, los terroristas habrían herido de gravedad a José Humberto Fouz de un botellazo en la cabeza, quien moriría instantes después, aunque nunca se encontró su cadáver ni tampoco los de sus acompañantes.

Posteriormente, los jóvenes, que serían secuestrados y maniatados por sus captores quienes se encontraban armados, serían trasladados a una granja, que supuestamente pertenecía a Telesforo Monzón, dirigente histórico abertzale, en el propio vehículo de las víctimas. Una vez que estaban en poder de los criminales, estos les habrían torturado durante un tiempo. Algunas fuentes, en las que se cita a Mikel Lejarza, el topo que estuvo infiltrado en el grupo terrorista, los asesinos les habrían aplicado una tortura extrema, llegando a sacarles los ojos con destornilladores. Su objetivo era que los tres muchachos, supuestos policías para los etarras, «cantasen» sobre las actividades antiterroristas que estaban desempeñando, así como también la Policía española de la época. Al convencerse de que aquellos hombres no tenían relación ninguna con los cuerpos policiales habrían decidido asesinarlos, al entender que una acción tan vil y canalla podría ofrecer una muy mala imagen de la banda terrorista.

El terrorista que se habría encargado del comando que les dio muerte era Tomás Pérez Revilla, alias «Hueso», quien moriría años más tarde en un atentado perpetrado por los GAL, según la información facilitada por Alfonso Rojo. Además, según un reportaje emitido en la cadena de televisión Antena 3, realizado por El Mundo TV, en abril de 2001, los restos mortales de las tres víctimas podrían estar sepultados en una finca de la localidad francesa de San Juan de Luz, propiedad de la familia del otrora dirigente radical vasco Telesforo Monzón (1904-1981), quien fue dirigente del Partido Nacionalista Vasco (PNV) en tiempos de la IIª República española y posteriormente, con el advenimiento de la democracia, de la coalición abertzale Herri Batasuna, brazo político de la banda terrorista ETA. A raíz de la revelación de la productora audiovisual del rotativo de Unidad Editorial, la Audiencia Nacional habría intentado reabrir el caso, aunque sin muchas esperanzas para las familias de las víctimas, ya que al haber transcurrido más de 20 años estaría ya prescrito.

En contra de lo que ha sido habitual a lo largo de su infausta y terrible historia, ETA nunca asumiría la autoría del asesinato de los jóvenes gallegos. Representaba un duro lastre para ellos el hecho de haber dado muerte a tres inocentes trabajadores que tan solo habían ido a divertirse al otro lado de la frontera.

Interpelación parlamentaria

El caso de la desaparición y muerte de los jóvenes gallegos alcanzaría un gran eco mediático en la segunda mitad de la década de los años noventa, gracias a la interpelación parlamentaria de Coral Rodríguez Fouz, senadora vasca por el PSE-PSOE y sobrina y ahijada de José Humberto Fouz, quien formuló una pregunta en el Senado al entonces ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja. Gracias a la perseverancia de esta política, se conseguiría que los tres jóvenes asesinados por ETA fuesen reconocidos como víctimas del terrorismo.

Coral Rodríguez no cejaría en su empeño para conocer el paradero de los restos de los jóvenes muertos por ETA. Siendo ya miembro del Parlamento Vasco, en el año 2005, pronunció un emotivo discurso en el pleno de la institución antes aludida en el que solicitaba al Gobierno Vasco que proporcionase los medios suficientes para esclarecer el paradero de los restos mortales de los tres jóvenes asesinados en 1973.

Pese a los desvelos de la parlamentaria vasca de origen gallego, su lucha ha resultado hasta ahora infructuosa. Además, a lo largo de los últimos 46 años han sucedido distintos acontecimientos que, de una u otra forma, han contribuido a tapar un hecho terrorífico que nunca se ha conseguido esclarecer. Rumbo a cumplirse medio siglo de unos asesinatos macabros y execrables, las familias de las tres víctimas siguen clamando una justicia que jamás han conseguido, además de los muchos palos a las ruedas que les han puesto a lo largo de estas ya cuatro largas décadas de intensa y cruel espera.

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Dos taxistas asesinados en Pontevedra en 1990

No cabe duda, y a las estadísticas nos remitimos, que la profesión de taxista es una de las más estresantes de todas, además de la de ser una que conlleva aparejado un mayor número de riesgos. En Nueva York, junto con la de policía, estaba considerada como una de las profesiones más peligrosas. Los profesionales del taxi tienen que codearse con todo tipo de clientela, independientemente que les guste o no a quien transportan a bordo de su automóvil. A ello se une que los conductores profesionales se ven obligados a trabajar con dinero en efectivo, aunque muchas veces sean cantidades más bien escasas. Por si fuese poco, se encuentran sometidos a una constante indefensión, que se manifiesta en la soledad del volante cuando han de hacerle frente a quienes traten de asaltarlo o simplemente pretendan hacerle algún daño.

El peligro constante al que se ven sometidos los taxistas alcanzó su cénit en Galicia en las Navidades del año 1990. En la última semana de aquel año murieron asesinados dos taxistas pontevedreses en apenas cuatro días. El primer crimen tuvo lugar el 27 de diciembre cuando la ciudad del Lérez, caracterizada por ser una urbe muy tranquila, se vio sobresaltada al enterarse de que un profesional del volante había muerto como consecuencia de sendos disparos en el corazón en la parroquia de Salcedo. Sus asesinos le llevaron a un área descampada para robarle la recaudación y, posteriormente, darle muerte. Se trataba de José Barcia Franco, un taxista de 54 años, que además era padre de una numerosa prole de siete hijos. Su vehículo apareció revuelto en lo que parecía una denodada búsqueda de un escaso botín. Al parecer, el conductor intentó hacer frente a sus atracadores para evitar que le robasen la recaudación.

Este crimen movilizó a todos los profesionales del taxi de Pontevedra, además de a toda la sociedad pontevedresa que no estaba acostumbrada, ni por asomo, a sucesos de este tipo. Los 92 taxistas que entonces ejercían en A Boa Vila llevaron a cabo un paro general en señal de protesta por este acontecimiento de inseguridad ciudadana. Además, todos ellos lucían crespones negros en sus vehículos en señal de luto por el compañero vilmente asesinado. Se entrevistaron con distintas autoridades de la época, entre ellas el alcalde de la ciudad, José Rivas Fontán, así como con el entonces secretario general del Gobierno en Pontevedra, Manuel Exquieta. Un profundo clima de temor e inseguridad se apoderó de la ciudad, pero principalmente de uno de los principales sectores dedicados al transporte de viajeros, acostumbrado a robos y asaltos, pero que hasta ese momento no había sufrido muertes violentas como la que acababa de acontecer.

Segundo taxista asesinado

Cuando todavía se vivían momentos de dolor, rabia y ansiedad por el asesinato de José Barcia y ni siquiera había dado tiempo a superar el crimen, otro taxista de la ciudad del Lérez era brutalmente asesinado en una pista que lleva a la pequeña localidad de Birrete, que se encuentra a escasamente 300 metros de donde tiene su sede la Brigada Ligera Aerotransportable (BRILAT). Allí caía tirado en una acera en un gran charco de sangre el último día del año 1990 Celestino Carballo González, un taxista de 55 años de edad, a consecuencia de las puñaladas que le había propinado su agresor Joaquín Pereira Mou, un joven de 18 años vecino de Marín. Al parecer, la muerte le sobrevino cuando el muchacho le pretendió arrebatar la escasa recaudación que portaba, apenas 600 pesetas (3,60 euros actuales), ya que además era a primeras horas de la mañana. Tras asestarle la mortal puñalada el joven huyó del lugar aunque sería visto por otras personas que en ese momento transitaban por el lugar. Algunas crónicas añaden que en el momento de apuñalar a su víctima parece ser que le dijo «cabrón, encima no tienes cambio, hijo puta». El taxista fallecido dejaba esposa y dos hijas, una de las cuáles se encontraba todavía estudiando. Además, para tratar de desviar la atención de los viandantes, les preguntó por una cabina telefónica. El joven sería detenido por la policía el 8 de enero de 1991, confesándose autor del crimen que le había costado la vida al taxista. Hasta ese momento, no constaba que tuviese antecedentes penales.

Además de la consabida consternación y el dolor que todavía embargaba a la ciudad del Lérez desde el primer crimen, ahora se sumía en una desolación y caos, a los que se unía una especie de zozobra e impotencia por dos hechos acaecidos en tan poco tiempo que resultaban poco menos que inexplicables. Nadie sabía a que atenerse en los primeros días del año que comenzaba. A la sensación de dolor y consternación, parecía que toda Pontevedra se sumergía en una impotencia generalizada a causa de dos execrables crímenes que carecían de cualquier precedente y mucho menos de explicación.

Este segundo asesinato provocó una movilización masiva de todo el gremio de taxistas de toda Galicia, a los que se sumaban de una manera muy especial los de Pontevedra. Los profesionales del sector solicitaban, ante todo, mayores medidas de seguridad a las autoridades, demanda que era completamente compresible a tenor de los hechos acaecidos en los últimos días del año 1990.

Insolvente

Los autores de ambos crímenes serían detenidos y condenados. En el caso del joven de Marín, Joaquín Pereira Mou, sería condenado a 27 años de prisión, si bien es cierto que saldría de la cárcel mucho antes debido a la aplicación de medidas de gracia, derivadas de su buen comportamiento. Además, también fue condenado al pago de diez millones de pesetas(60.000 euros actuales) a la esposa e hijos de la víctima. Sin embargo, estos tan solo percibirían la mísera cantidad de medio millón de pesetas(3.000 euros actuales) por parte del Estado, ya que el joven fue declarado insolvente.

Con motivo de cumplirse el vigésimoquinto aniversario de aquellos espantosos asesinatos que sacudieron a la siempre pacífica Boa Vila, una de las hijas de Celestino Carballo, Julia, declaraba a DIARIO DE PONTEVEDRA que sufría algunas secuelas psicológicas derivadas del asesinato de su padre y su compañero. Recordaba el momento de tensión en el transcurso del juicio en el que el joven trataba de excusarse alegando que había caído sobre el cuchillo, lo que provocó la muerte del taxista. Se quejaba también del escaso castigo que había recibido Joaquín Pereira quien, además, según su testimonio, había estado trabajando sin estar dado de alta en la Seguridad Social por lo que la familia no pudo actuar en su contra.

Julia Carballo manifestaba también el horror que le producía la contemplación de un taxi. Desde la muerte de su padre no volvió a subirse a otro vehículo. La familia vendió la parada de su progenitor para tratar de pasar página de tan horrible suceso que les ha marcado constantemente la vida desde aquellas sangrientas Navidades de 1990. Además, volvía a incidir en la carencia de medidas de seguridad en las que seguían instalados estos vehículos de transporte de viajeros, ya que muchos de ellos ni siquiera tienen instaladas mamparas que separen al conductor de los clientes que transporte en su parte posterior.

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Asesinato y tortura de Juana Capdevielle

Muchos de los lectores pensarán que tal vez un asunto de estas características no tenga cabida en un blog dedicado a la crónica negra, aunque se trate de uno de los asesinatos más espeluznantes y repugnantes que se recuerdan en la comarca de Terra Chá. Decimos esto porque Juana Capdevielle fue brutalmente asesinada cuando ya se había iniciado el conflicto armado que desangró España durante casi tres años. Sin embargo, esta mujer no había cometido lo que se dieron en llamar «delitos políticos» durante la dictadura. Se le atribuía una cierta militancia republicana, aunque en los archivos del ministerio del Interior jamás constase como afiliada de ninguna formación política de la época. Solamente concurría una circunstancia, que pareció actuar como un agravante en su caso, que era la de parentesco. La ilustre pedagoga madrileña era la esposa del entonces gobernador civil de A Coruña, Francisco Pérez Carballo, quien sería ejecutado a los pocos días de iniciado el levantamiento militar contra la República.

Con el paso de los años se han ido conociendo muchos detalles acerca de la vida de Juana Capdevielle y de la fecunda labor que desarrolló como bibliotecaria y pedagoga durante los tiempos de la Segunda República española. Había sido una aventajada alumna del profesor y filósofo José Ortega y Gasset, al mismo tiempo que había cultivado la amistad de otras mujeres de su tiempo, entre ellas María Zambrano, siendo una personalidad muy reconocida en los ámbitos culturales de su época. Asimismo se caracterizaría por ser una distinguida conferenciante, destacando su discurso en las Jornadas Eugénicas españolas. En ellas disertó sobre un tema que podía resultar candente en aquel entonces, dada la mentalidad de la época. Presentó una interesante conferencia sobre «El amor en el ámbito universitario español».

La mala suerte parece que se cebó especialmente en el matrimonio Pérez-Carballo-Capdevielle, ya que fueron destinados a Coruña pocos meses antes de iniciado el conflicto bélico. Es más, es de sobra conocido que aunque la guerra en si no afectó a Galicia, pensamos que si cualquier muerte violenta nunca está justificada, en este caso muchísimo menos. Tan solo era la cónyuge de un político republicano. Este motivo fue causa suficiente para que sus asesinos se cebasen con una especial saña en contra suya.

Destierro

A los pocos días de iniciada la Guerra Civil, ardiendo el país en fuego por los cuatro costados, Francisco Pérez Carballo fue inmediatamente detenido a los pocos días de iniciarse la sublevación, que en Galicia contó con una mínima resistencia en la localidad pontevedresa de Tui, que fue inmediatamente sofocada por las fuerzas del entonces denominado Ejército nacional. Su marido le había ordenado a Juana que buscase un refugio o un lugar seguro y lo hizo en la coruñesa calle Real, en el domicilio de unos amigos del matrimonio. Sin embargo, la conocida bibliotecaria cometió un grave error al llamar al Gobierno civil interesándose por la suerte de su marido. Los enemigos de este le prometieron ir a buscarla para llevarla junto a él. Esa misma llamada les sirvió para localizarla, con lo que Capdevielle fue también detenida. En esta primera estancia en prisión comenzó el terrible calvario de la gran pedagoga madrileña, ya que fue informada de la ejecución de su esposo. A raíz de esta noticia, Juana sufrió un ataque de nervios que le provocó un aborto, ya que se encontraba embarazada del que iba a ser su primer hijo.

Por orden de una autoridad de la época, se decretó su puesta en libertad, aunque se le prohibía residir en la ciudad herculina. Decidió entonces marcharse al vecino municipio de Culleredo, a la parroquia de Vilalboa, al domicilio del diputado republicano Vitorino Veiga, que había sido un gran amigo de su marido. En todo momento se le ordenó a la joven intelectual estar localizada para lo que le requiriesen las nuevas autoridades gubernativas.

Jamás pudo imaginar la bibliotecaria que le aguardase un final tan horroroso y funesto. Sin saber nunca quien cursó la orden, Juana Capdevielle sería detenida de nuevo la noche del 17 de agosto de 1936 por miembros de la Guardia Civil, quienes se encargarían de vejarla y humillarla hasta límites extremos. Se sabe que fue brutalmente golpeada por los hematomas que presentaba su cadáver en el rostro y en algunas partes de su cuerpo, si bien nunca le fue practicada la autopsia. Estos detalles han podido ser conocidos gracias al testimonio de vecinos de la localidad lucense de Rábade que encontraron su cuerpo tirado, completamente ensangretado en medio de unos abedules, en unas vegas situadas en las inmediaciones de la carretera Nacional sexta a su paso por el mencionado municipio.

Vejaciones

Además de la violencia física y psicológica que ejercieron contra la pedagoga, se supone también que fue violada reiteradamente antes de darle muerte. Incluso durante muchos años se especuló con la posibilidad de que le cortasen los pechos antes de dispararle, si bien este extremo fue desmentido por familiares de la víctima en el transcurso de un curso de verano en torno a su figura que se desarrolló en Lugo en julio del año 2007.

Sea como fuere, lo cierto es que el cuerpo de Juana Capdevielle, que tenía tan solo 33 años, aterró de sobremanera a unas vecinas de Rábade a primeras horas de la mañana de aquel aciago y triste 18 de agosto de 1936, cuando se dirigían a recoger unas ramas de árboles para hacer fuego en las tradicionales lareiras. Por su testimonio, se ha podido deducir que el cadáver estaba muy desfigurado y en nada recordaba a la atractiva belleza natural de la que había gozado en vida la ilustre bibliotecaria. Las mujeres, paradójicamente y dentro de su normal inocencia, pusieron inmediatamente en conocimiento el hallazgo de un cuerpo en un estado lamentable ante las autoridades, entre ellas la propia guardia civil, quien ya seguramente estaría enterada del hecho. Además, años más tarde, manifestarían que tanto las autoridades civiles como militares de la época les habían prohibido comentar nada acerca del macabro hallazgo, advirtiéndoles de las duras consecuencias que ello les podría acarrear.

A pesar de las prohibiciones y la censura que se ejerció, nada impidió que se generase una amplia leyenda en toda la comarca en torno a la figura de aquella bella mujer que había aparecido macabramente asesinada en medio de aquellos árboles. Se llegó a asegurar que en el lugar dónde yació su cuerpo, jamás volvió a crecer la hierba, quedando como un recordatorio de que allí fue encontrada muerta. Otros aseguran que en un humedal próximo se reflejaba su límpido rostro sobre sus aguas claras en noches de luna llena. Seguramente sean leyendas que pasarán a la historia como muchas otras que se han ido creando con el paso de los años en torno a lugares y personas míticas. Ahora bien, lo que no es una leyenda ni tampoco un mito es la ilustre pedagoga y bibliotecaria Juana Capdevielle, cuya muerte representa poco menos que la inmolación de la propia inocencia.

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El crimen de As Sasdónigas

Parroquia de As Sasdónigas (Mondoñedo)

El lugar al que nos dirigimos es uno de los más bellos y luminosos parajes que se pueden encontrar en la Galicia interior. Allí se inicia la división geográfica de dos de las principales comarcas de la provincia de Lugo, limitando ambas con una extensa y brumosa montaña desde la que pueden divisarse unos inigualables atardeceres, dejándose caer la sombra en medio de impresionantes praderías y pequeños riachuelos, popularmente conocidos como regatos o regachos que discurren mansamente entre la espesa cordillera que separa las comarcas de A Mariña y Terra Chá. La primera ocupa prácticamente toda la franja norte de Lugo, siendo bañada por el Cantábrico y extendiéndose a lo largo de casi 70 kilómetros de costa que separan la Ría de O Barqueiro al oeste, de la del Eo, en el este. La segunda es la gran meseta interior lucense, la más extensa de las comarcas gallegas, con casi dos mil kilómetros cuadrados de superficie, mucho más grande que la provincia de Guipúzcoa.

A esa intersección en la que imaginariamente se dividen dos mundos para muchos lucenses, el teóricamente litoral y el interior, nos dirigimos para recordar como en un ya lejano 21 de febrero de 1893, se produjo un brutal crimen que marcó a la parroquia de As Sasdónigas desde entonces. El asesinato alcanzaría una notoria popularidad en las concurridas ferias y mercados mindonienses al amparo de la multitud de coplas de ciego que se cantaron en aquel tiempo, principal medio de transmisión oral de los graves sucesos de la época, al igual que lo es hoy la red Internet, la prensa escrita, radio o televisión. El hecho en sí se alcanzaría cierta épica, no exenta de una leyenda morbosa que se fue generando en torno al criminal que terminaría siendo ajusticiado en las inmediaciones del Santuario de los Remedios, en Mondoñedo.

Emigrantes

En la última década del siglo XIX la emigración gallega a tierras americanas estaba alcanzando un gran auge y apogeo. Ya era frecuente ver a los primeros indianos, como eran conocidos los que atravesaban el Océano Atlántico, llegando a sus lares y aldeas hablando en un refinado castellano con un marcado acento caribeño que iría aportando un buen número de palabras a la lengua gallega. Entre estas últimas, una de las más famosas que nos encontramos es aiga, empleada todavía en nuestros días por las personas de una cierta edad para referirse a los autobuses de líneas regulares. Los indianos solían decir «me voy a comprar uno de los mejores coches que aiga», y la palabra se empezó a asociar indefectiblemente a vehículos de gama alta, que posteriormente se trasladarían a los de transporte colectivo o de viajeros.

Hemos empezado hablando de emigrantes porque es precisamente un emigrante que había hecho una cierta fortuna el triste protagonista de esta cruel historia. Como era muy común en aquellos tiempos, cuando las cosas comenzaban a funcionar en tierras americanas, uno de los dos miembros de la pareja solía abandonar La Habana, lugar más frecuente del destino de los emigrantes gallegos, para regresar a Galicia. En otras ocasiones viajaba solamente el varón en busca de esa prometida fortuna que solían hacerles los navieros de la época, aunque los que verdaderamente hacían fortuna eran ellos. Entre estos últimos se encontraba el ínclito Pedro Barrié de la Maza. En el caso que nos ocupa, el varón se quedó en tierras caribeñas durante algún tiempo más, en tanto que su esposa regresó a Galicia. En ese período de tiempo, previo al regreso del marido, la esposa, Manuela Vidal, inició una relación con un apuesto mozo de una parroquia próxima a la suya, Galgao, que era unos quince años más joven que ella. Se llamaba Manuel Rivas y rondaría los 25 años.

Cuando regresó de tierras americanas su marido, que se llamaba Juan Paz, la relación estaba plenamente consolidada. Sin embargo, en aquella época las separaciones de las parejas, además de estar muy mal vistas, lo estaba todavía más el adulterio, esas relaciones que se mantienen a escondidas sin que se entere la gente. Quizás era mucho peor la condena social a que estaban sometidos quienes lo practicaban que la que pudiese recaer por parte de quienes se encargaban de dictar justicia, pues en aquel entonces el adulterio estaba tipificado como delito en el Código Penal. En este caso se sumaban también intereses de tipo económico, pues se decía que el cónyuge de Manuela había traído una inmensa fortuna de tierras americanas.

Para tratar de eludir tanto la condena social como la propiamente judicial, los amantes, Manuela y Manuel, urdieron un plan consistente en terminar con la vida del tercer implicado en este enrevesado rompecabezas. Se encargaría de ello el joven mozo, en complicidad con su amante, quien le reveló todos los entresijos de su domicilio, desde las costumbres de su marido hasta la hora en que acostaba a su única hija, que luego resultaría ser clave para la resolución del caso, pasando por otros pormenores que afectaban a su atormentado matrimonio.

En la noche del 21 de febrero de 1893, cuando Juan ya se había quedado dormido, se presentó en su domicilio el clandestino amante de su esposa provisto de un palo grueso con el que se encargaría de dar muerte a su rival cuando este estuviese descansando plácidamente en su lecho. En su funesto proyecto no debería quedar vivo nadie. Ni siquiera la niña del matrimonio si fuese preciso. En aquella tenebrosa noche, Manuel asestó un buen número de golpes a Juan Paz, quien acabaría yaciendo sobre un impresionante lecho empapado de sangre. La niña, que se despierta ante los tumbos que está escuchando, con el temor que le produce aquella macabra escena, decide mantener los ojos cerrados como si estuviera dormida, para así salvarse de una muerte segura. Una vez que ha acabado con la vida de su víctima, huye de la casa como si se tratase de un ladrón o un asaltante. Sin embargo, no se ha percatado de que ha quedado vivo un testigo que va a resultar determinante para el momento de la resolución del caso.

A pesar de que la esposa de Juan presenta las oportunas denuncias ante la Guardia Civil, enseguida comienza a recaer sobre ella la sombra de la sospecha, ya que se rumoreaba que mantenía relaciones con una tercera persona. Además, su hija ha reconocido al asesino de su padre y así lo testifica en el juicio. Añade también que cerró los ojos, como si estuviera durmiendo, por el pánico que le provocó la actitud de Manuel Rivas.

En el juicio, que se celebra en la Audiencia Provincial de Mondoñedo, tanto Manuela Vidal como Manuel Rivas son declarados culpables de asesinato en distinto grado, por lo que son sentenciados a muerte. La condena es apelada ante al Tribunal Supremo, quien se ratifica en la sentencia emitida por el organismo provincial. Se solicita el indulto ante la entonces reina-regente María Cristina de Habsburgo-Lorena, de quien se espera que conceda esa gracia al igual que lo había hecho tres años antes con la mayoría de los autores de la matanza de Santa Cruz de O Valadouro. Sin embargo, en esta ocasión la regente hace caso omiso de las peticiones de clemencia.

Árbol infame

A primeras horas de la mañana del 21 de octubre de 1893 son llevados al patíbulo los dos amantes, sin que lleguen noticias del ansiado indulto, en las inmediaciones del Santuario de os Remedios. Se encargará de las ejecuciones el verdugo Lorenzo Huerta, que es definido por el escritor Antonio Reigosa como un hombre gentil, con don de gentes y perfeccionista. Las ejecuciones todavía son públicas y se congrega un gran número de curiosos para ver el infame y cruel espectáculo. Es un día propio de otoño, en el que además de llover abundantemente, el viento también hace acto de presencia. El ejecutor de las sentencias de muerte hace su trabajo con eficacia y rapidez. Las ejecuciones se realizan en apenas cuatro minutos, pues estaban previstas para las ocho de la mañana y cuatro minutos más tarde, los cadáveres de Manuela Vidal y Manuel Rivas ya estaban tendidos sobre el patíbulo.

El escenario de la ejecución pasaría a la historia de las creencias y prejuicios populares a causa de un famoso árbol que se hallaba en las inmediaciones, al que la superchería popular atribuyó el don de la mala suerte. A él se había subido hacía algo más de tres años Manuel Rivas para contemplar las ejecución de Manuel Logilde Castrillón en 1890, principal acusado del cuádruple crimen de Santa Cruz do Valadouro. Alguien que estaba presenciado las ejecuciones de los amantes reparó en esta circunstancia por lo que cuando fue ejecutado, junto con Manuela Vidal, ninguno de los asistentes a tan degradante y perversa función se osó en subirse al mismo árbol desde el que él había presenciado el ajusticiamiento del autor intelectual de la masacre de Santa Cruz do Valadouro.

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Doble crimen y suicidio en Taboada

Taboada en la década de los sesenta.

El suroeste de Lugo, en plena comarca de Chantada, se vio afectado por un tétrico caso sangriento a finales de los años sesenta que llevó a la localidad de Taboada a la primera plana de la crónica negra gallega y española de la época. Nadie en este pequeño y apacible municipio se podía imaginar que su monótona vida rústica se viese sacudida de una forma tan abrupta en aquellos tiempos en los que tan solo rompían ese tedio diario las cartas que todavía llegaban de Ultramar y las cada vez más numerosas que procedían de las principales ciudades europeas. Mientras, el sencillo pueblo de la Ribeira Sacra proseguía con su deambular diario alcanzando las más altas cotas demográficas de su historia, superando la cifra de siete mil habitantes censados en su municipio que se irían reduciendo progresivamente a partir de la década de los setenta, hasta quedar en la mitad de los que tenía entonces en la segunda década del actual milenio. Los vehículos a motor eran todavía muy escasos.

Por las prolongadas avenidas surgidas en el margen de las carreteras a las que se había ido adosando la villa y que todavía no habían sido asfaltadas, solamente discurrían con cierta frecuencia los camiones destinados al transporte de bidones de leche, teniendo todavía preferencia los artesanales y tradicionales carros del país en el que el no menos tradicional y ancestral canto de su eje era la más habitual y melódica de sus sinfonías.

Ese casi celestial ambiente de cotidianeidad y familiaridad en el que se desenvolvía la vida de un municipio gallego de interior eminentemente rural se quebró de forma muy brusca el 2 de junio de 1969. En esa fecha María Fontao Porte y Clementina Rodríguez encontraron en el camino que comunica la villa de Taboada con el lugar de A Puricela los cuerpos de tres personas que, a tenor de lo que podían contemplar, habían muerto de forma violenta. Dos de los cadáveres correspondían a dos mujeres, una joven y otra septuagenaria, mientras que el tercero pertenecía a un mozo veinteañero. Al lado del cuerpo de este último se halló una escopeta de caza por lo que todo hacía suponer, como así fue, que el joven había acabado con la vida de las dos mujeres y posteriormente se había suicidado. Las fallecidas eran Carmen Prado Paredes, de 71 años, y su nieta Pilar Fontao Rodríguez, de 18. Mientras que el joven muerto era Ramon Portomeñe Montenegro, de 23 años.

Hermana e hija

Nadie se imagina el tremendo schock y el subsiguiente impacto emocional que pudieron sufrir las mujeres al encontrarse aquellos tres cuerpos sin vida. María Fontao, que era la mayor mayor de las dos, era hija de la septuagenaria, en tanto que la joven fallecida era, a su vez, una hija suya. Por su parte, Clementina era hermana y nieta de las mujeres asesinadas.

Después de sobreponerse al terrible impacto emocional se fueron atando algunos de los muchos cabos que dejaba suelto este aterrador y dantesco suceso para explicarse las circunstancias y el móvil de tan brutal y horroroso crimen que conmovió a la tranquila comarca de la Ribeira Sacra y por ende a la rural y pacífica Galicia de los sesenta.

El asesino -según todos los indicios hallados a posteriori- pretendía cortejar a Pilar Fontao, con la que supuestamente había mantenido una relación que nunca había llegado a fructificar. Ramón Portomeñe, que en el momento de producirse el trágico suceso era estudiante de quinto de bachillerato en el Instituto Masculino de Lugo, había escrito continuas cartas a la joven en las que le imploraba el establecimiento de una relación formal. Sin embargo, ella había rechazado de forma firme y tajante las proposiciones que le hacía quien, a la postre, se terminaría convirtiendo en su dramático verdugo. Además del incesante y abrumador acoso al que sometía a Pilar Fontao, esta pobre infortunada era objeto también de un constante chantaje emocional. El autor del crimen que acabaría con su vida le amenazaba reiteradamente a través de las frecuentes misivas que le enviaba con suicidarse en caso de que ella continuase obviando sus más que obsesivas peticiones.

Rechazo

La gota que colmó el vaso se produjo el domingo anterior al sangriento suceso. En el transcurso de una verbena celebrada en una parroquia próxima a la villa de Taboada, a la que asistieron ambos jóvenes, la chica se negó a bailar con Ramón Portomeñe, lo cual debió haberle herido y hasta traumatizado de sobremanera en su honor y orgullo personal, o tal vez sentirse rechazado en una magnitud que el consideraba extrema para que se decidiera a dar tan cruel y despiadado paso por lo que el consideraba un despecho poco menos que imperdonable.

Aunque se desconoce a ciencia cierta como sucedieron los hechos, se supone que el mozo se dirigió a casa de la joven y continuó acechándola y amenazándola. Lo peor de todo es que en esta ocasión iba armado con una escopeta de caza. En su enfermiza y perenne obsesión, Ramón no estaba dispuesto por nada del mundo a perder a la joven que constantemente embargaba sus lúgubres pensamientos. Ante el acoso patológico al que era sometida por parte de Portomeñe, su abuela materna Carmen Prado tomó cartas en el asunto, defendiendo a su nieta, circunstancia esta que le acabaría costando la vida de manera trágica. Tal vez sintiéndose acorralado y desangelado tras haber perpetrado un más que horroroso y escabroso crimen, como el que ya no tiene nada que perder o por las funestas consecuencias de su arrogante y sanguinario despecho, el obcecado mozo decidió poner fin a su vida con el mismo arma con la que había ejecutado a su pretendida y a la abuela de esta.

El hecho causaría una profunda conmoción en toda la comarca. Prueba de ello, fue la ingente cantidad de personas que se desplazaron al sepelio de las dos mujeres muertas. El hombre fue enterrado previamente para evitar darle un mayor dramatismo al suceso y de paso ahorrarse también algún doloroso y desagradable incidente. La consternación por este dramático hecho adquirió una dimensión mucho mayor que en otros acontecimientos de tipo sangriento al conocerse que las familias de los fallecidos mantenían unas relaciones muy estrechas y se profesaban mutuamente una más que notable amistad. Además, ambos clanes familiares, que eran muy conocidos en toda la comarca, gozaban de una extraordinaria reputación en toda la Ribeira Sacra.

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Los crímenes de Mañufe

 

El año 1927 quedaría siempre grabado con sangre y saña en la memoria de muchos de los vecinos de la parroquia de Mañufe, en el municipio de Gondomar, muy cercano a la ciudad de Vigo. Dos horrorosos y sanguinarios crímenes en un intervalo de siete meses provocaron el temor y el pavor de muchos de los habitantes de esta pequeña localidad que sufrieron con gran ansiedad estos terribles sucesos, generándose un clima extremo de enrarecida desconfianza entre los parroquianos de Mañufe. Además, la forma de actuar de los criminales se distinguía por su extrema brutalidad. Ambos sucesos tuvieron como móvil de sus actos el robo.

El 5 febrero de ese año, 1927, asaltaron la propiedad de un rico propietario, al que asesinaron de un hachazo en la cabeza. En septiembre, cuando todavía no se había repuesto la población del salvaje asesinato de su convecino, dos ladrones de nacionalidad portuguesa volvieron a actuar con una saña que supera cualquier límite contra un médico y su familia, asesinando a hachazos al galeno y a una cuñada suya, además de dejar malherida a la criada de la casa y a la esposa del doctor Gestal.

Nada le podía hacer suponer al médico municipal de Gondomar, Andrés Gestal que acabaría sus días tan tristemente. El prestigioso galeno llevaba una vida acomodada y vivía plácidamente en esta parroquia gondomarina con su esposa y sus dos hijos pequeños, además de una cuñada suya en su vivienda, una magnífica edificación de principios del siglo XX, que disponía de un amplio jardín, así como también de pequeños cobertizos en los que guardaban algunos animales, entre los que había cerdos y otros animales de corral, que les servían para proveerse de sus necesidades más básicas.

Sin embargo, la tradicional paz y tranquilidad de la que gozaba aquella familia se vio bruscamente alterada al anochecer del sábado, 3 de septiembre de 1927. Cuando todavía no habían cerrado las principales puertas de su propiedad, en ella se colaron dos individuos de nacionalidad portuguesa en torno a las diez de la noche para introducirse en la cuadra de los animales. Además, el perro guardián de la finca no arremetió contra los intrusos al conocer a uno de ellos, que solía trabajar haciendo distintas tareas a quien se lo demandase.

Asesinato de Josefa Alonso

Desde la cuadra en la que se escondieron, Antonio Manuel González y Antonio Amadeo divisaron todos y cada uno de los movimientos que hacía la familia del doctor Gestal. Cuando ya se había acostado el matrimonio compuesto por Andrés Gestal y Felisa Alonso quedaron en la cocina su cuñada Josefa y su criada María Ferreiro, de nacionalidad portuguesa. Fue entonces cuando se inició la sanguinaria orgía que terminaría con la trágica muerte de dos personas.

Josefa Alonso, hermana de Felisa, fue a dar de comer a los animales. Ese momento, en el que salió al exterior, fue aprovechado por Antonio Amadeo para propinarle un brutal hachazo en la cabeza, falleciendo prácticamente en el acto. Posteriormente, se enseñaría con la criada, a la que le propinó otro brutal corte con el arma homicida en un hombro, si bien esta última pudo recuperarse.

Posteriormente, siendo conocedor de los pormenores de aquella vivienda, se dirigió a la habitación en la que descansaba el galeno en compañía de su esposa. Allí, siguió con su tétrico ritual, dándole sucesivos hachazos a Andrés Gestal, un hombre de 60 años, al que dejó inconsciente y en grave estado. Del mismo modo, quedó malherida su esposa Felisa Alonso. A partir de ahí se sucede un rosario de acontecimientos que no dejan de ser paradójicos. El asesino Antonio Amadeo ayudó a la esposa del doctor Gestal a colocar a este sobre la cama después de haberle propinado los hachazos mortales. Asimismo, llevó a los hijos pequeños del matrimonio a casa de un familiar. Fuera del domicilio, le esperaba su cómplice, Antonio Manuel González quien amenazó de nuevo a la esposa del médico, cuando esta gritaba, solicitando el auxilio de sus vecinos. Del mismo modo, se escucharon unos disparos, que, al parecer, no guardaban relación con el sangriento suceso de Mañufe.

Ante los gritos de auxilio proferidos por los familiares del médico, se acercaron a ella un gran número de vecinos que encontraron a Felisa, terriblemente excitada, oculta bajo una sábana, en tanto que el doctor Gestal estaba agonizando en un gran charco de sangre. Su cuñada fue hallada muerta de un profundo corte en la cabeza, propinado por el hacha que portaba Antonio Amadeo. La conmoción y consternación se apropió del pueblo en muy poco tiempo, creándose un terrible clima de pánico y terror, que conmovía cada vez más a su vecindario al ser este el segundo crimen que se cometía en tan breve lapso de tiempo. Además, por sus características, todo inducía a pensar que los autores podían ser los mismos que habían matado en febrero a otro de sus habitantes.

Las fuerzas del orden se pusieron a practicar diligencias que no tardarían tiempo en dar sus primeros frutos en pocos días. Se detiene a un total de cuatro personas. Además de los dos autores de la masacre, la guardia civil detiene a Modesto González, un ciudadano español y a su amante Carmen Bas.

En un principio, los autores del hecho se inculpan unos a otros, pero finalmente el portugués Antonio Manuel González «canta» y confiesa la verdad. Así, gracias a su testimonio, se exculpa a la pareja detenida, que sería puesta en libertad. Al parecer, esta había sido acusada por este debido a viejos rencores. También confiesa que su compañero se había apoderado del arma homicida en una finca de Jesús Alonso, propietario para el que trabajaba. En su relato, da cuenta de la supuesta blasfemia que echó su compañero, Antonio Amadeo, en el momento en que vio herido al médico. Asimismo, relata también que este último se dirigió desde el escenario del crimen al domicilio en el que pernoctaba para cambiarse de ropa. Allí, se proveyó de un nuevo calzado, sustituyendo las alpargatas que portaba en el momento de cometer los asesinatos por otras, ya que aquellas estaban completamente inundadas de sangre. Además, los investigadores pudieron comprobar que la sangre hallada en la camisa de Antonio Amadeo reunía las mismas características que las de sus víctimas. También hallaron restos de sangre en sus uñas, lo que fue casi una prueba definitiva para acusarle del brutal crimen.

El juicio se celebra en la Audiencia Provincial de Pontevedra en la segunda quincena del mes de abril de 1928, levantando, como era de prever, una gran expectación. El principal acusado Antonio Amadeo González sería condenado a prisión perpetua, mientras que su cómplice, Antonio Manuel González cumpliría diez años de cárcel.

Labrador asesinado

Justo siete meses antes de la masacre perpetrada en el domicilio del doctor Gestal, a escasos metros de su vivienda se había producido otro crimen que tardó algún tiempo en esclarecerse, aunque sus autores también serían conducidos ante los tribunales de justicia. El 5 de febrero de 1927 fue asesinado, también a hachazos, el labrador Sebastián Vázquez Alonso, un hombre de avanzada edad que vivía en compañía de su hijo Francisco, quien meses después saldría a auxiliar a la familia del médico al sufrir un percance similar al de su padre. La víctima había aparecido tirado en el corralón de su vivienda en medio de un impresionante charco de sangre, con varios hachazos en el cráneo que le produjeron la muerte instantánea.

Al igual que en el caso de los asesinatos de Andrés Gestal y su cuñada, el móvil de su asesinato fue el robo, pues Sebastián Vázquez estaba considerado como un rico propietario de la comarca. Por este brutal hecho, que después se supo que no guardaba relación alguna con el anterior, fueron detenidos los ciudadanos portugueses Juan Díaz Pereira, Juan Arango Pereira y su esposa, Matilde Villamina. De la misma forma, también pasarían a disposición judicial los ciudadanos españoles Eleuterio Romero Bouzas y Benito Quintre Amorín.

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La matanza de Chantada

Funeral por los asesinados por Paulino Fernández en Chantada. Foto Delmi Álvarez,


Durante mucho tiempo, el nombre del municipio lucense de Chantada se asoció inexorablemente, de una forma totalmente injusta, a la crónica negra y el crimen. En una de sus aldeas tuvo lugar la mayor tragedia criminal que se recuerda en Galicia. Aquel 8 de marzo de 1989 pasaría a la historia de Galicia como su fecha más terrible. Nadie encontró jamás una explicación a la distorsionada y brutal actitud de Paulino Fernández Vázquez, un agricultor de 64 años que en la tarde de aquel miércoles de marzo se dedicó durante una hora a asesinar de forma indiscriminada a todos cuantos se encontró a su paso.

El autor de la mayor masacre de la historia de Galicia, Paulino Fernández, estaba considerado como un hombre normal, quizás un poco reservado y huraño, con fama de ser muy tacaño, pero que nadie podía imaginar que pudiese perpetrar una barbaridad de semejantes características. Nadie conocía en Chantada ni siquiera su familia que el homicida había estado ingresado durante unos días, hacía ya bastantes años, en el sanatorio psiquiátrico de Toén, en Ourense, dónde se le había diagnosticado una esquizofrenia paranoide aguda. Solamente su hermano Marcelino lo consideraba como un individuo ciertamente raro. Años después de la matanza, un sobrino de Paulino, al que le había regalado una escopeta de perdigones, declaró al diario La Voz de Galicia que le había advertido de que no disparase contra las golondrinas, «pues ellas habían sido las que le habían retirado los clavos de la cruz a nuestro señor Jesucristo». Paulino estaba considerado como un hombre muy religioso y de profundas convicciones cristianas, incapaz de hacerle daño a nadie.

Desde hacía algún tiempo Paulino Fernández se encontraba muy mal. Su vida transcurría por un tedio insoportable, a lo que se añadía una excesiva preocupación por la propiedad de su hacienda. Al parecer, hacía poco tiempo había adquirido unas tierras a unos vecinos que se encontraban en la emigración americana. Las mismas seguían figurando, pasado el tiempo, a nombre de sus anteriores propietarios en el catastro. Esa misma mañana había manifestado su inquietud al entonces alcalde de Chantada, Sergio Vázquez Yebra, abogado de profesión. Este último intentó tranquilizarle, sin éxito, aseverándole en reiteradas ocasiones que las parcelas adquiridas eran legalmente suyas y que nadie podía arrebatárselas. A todo ello, se unían las dificultades personales que, en soledad, sufría Paulino. Su mujer, Sofía Ríos, once años mayor que él, se encontraba paralítica y ciega, postrada en una silla de ruedas. Los deseos de su esposa eran los de morirse cuanto antes para terminar con su dramática situación. Según algunas crónicas, a consecuencia de todas estas dificultades que le torturaban, el criminal chantadino se dedicaba a frecuentar prostíbulos de la comarca. En uno de ellos había conocido a una prostituta brasileña de la que, según se dice, se había enamorado profundamente. Sin embargo, la súbdita sudamericana desapareció para siempre de la contorna, tomando un incierto camino.

Tal vez todas estas causas influyeran en el carácter de Paulino Fernández, a lo que se añadía un rosario interminable de desgracias familiares. Cinco de sus hermanos habían fallecido en trágicas circunstancias. La primera tragedia de la familia Fernández Vázquez se remonta al año 1925, en la que un hermano suyo, todavía niño, fallecería a consecuencia de la picadura de una víbora. Años más tarde, Serafín, otro de sus hermanos, perecería combatiendo en el frente de Zaragoza en el transcurso de la Guerra Civil española en el año 1938. La sombra del drama no cesaría de brotar en el ambiente familiar de Paulino. En años de Posguerra en Astorga fallecería otro de sus hermanos mientras cumplía el servicio militar a consecuencia de un accidente con arma de fuego. Finalmente, otros dos miembros de la familia Fernández Vázquez perderían la vida a consecuencia de sendos accidentes de tractores. El primero en 1965, mientras que otro lo haría en 1984, unos años antes de la dramática matanza. Quizás eran demasiados factores para que pasasen desapercibidos en la psique de Paulino Fernández, que, muy probablemente, en opinión de destacados especialistas en la materia, influyesen en su irracional y aviesa conducta, de la que tan solo parecía haberse percatado su hermano Marcelino.

La matanza

A mediodía de aquel trágico 8 de marzo, después de visitar en la villa de Chantada a su abogado, Paulino Fernández almorzó en su domicilio junto a su esposa y su hermano Marcelino, quien, al parecer, aseguraría posteriormente que lo encontró más raro que de costumbre, aunque no se podía imaginar que fuese a perpetrar una tragedia que marcaría para siempre a las aldeas de Ada y Surribas, en el suroeste de la provincia de Lugo.

En torno a las tres y media de la tarde, Paulino Fernández salió de su casa provisto de un cuchillo de grandes dimensiones, de los empleados para degollar cerdos, además de un machete. Sin mediar palabra alguna, agredió con el arma blanca a uno de sus vecinos más inmediatos, Jesús Gamallo, quien sobreviviría a la brutal agresión, después de ser trasladado al centro hospitalario de Monforte de Lemos, que había sido recientemente inaugurado en aquel entonces. Una expresión suya «O Paulino matoume» se haría tristemente célebre. Unos vecinos suyos que estaban esperando un autobús para dirigirse a un entierro tuvieron cuenta de este primer incidente sangriento, aunque no le dieron demasiada importancia, considerándolo tan solo como una reyerta. Sin embargo, tan solo era el principio de una sangrienta orgía que marcaría hasta nuestros días a la espléndida comarca de Chantada.

Tras perpetrar el primer acuchillamiento, Paulino se dirigió de nuevo a su vivienda. Echó al ganado a pastar en el amplio terreno que tenía en las zonas aledañas a su casa, que en Galicia es conocido popularmente con el apelativo de «cortiña». Después el homicida empuñaría de nuevo el cuchillo dirigiéndose a una finca del lugar conocido como A Lamela, donde cometería un cuádruple crimen, sin que nadie pudiese explicarse como ninguna de sus víctimas pudo haber desarmado al asesino, a pesar de que estaban empleando unas hoces en una tarea agrícola. La destreza de Paulino empleando el arma fue impresionante ya que en un breve lapso de tiempo asesinó al matrimonio formado por José Lago García, de 59 años y su esposa Celsa Sanmartín Ledo, de 63. Tampoco se salvó de sus fauces asesinas una hermana de esta última, Aurora, de 67 años, quien ocasionalmente se encontraba en la aldea pasando unos días, pues habitualmente residía en Vilagarcía de Arousa. En ese mismo lugar también le arrebató la vida de la misma forma a Maximino Amador Saá, de 72 años, cuñado de las anteriores víctimas. Al parecer, Celsa caminaría unos metros con intención de avisar de lo sucedido, pero caería al suelo poco tiempo después a consecuencia de las graves heridas que le había inferido el asesino, falleciendo en el mismo lugar donde había caído.

Después de haber asesinado ya a cuatro personas, Paulino prosiguió su sanguinario deambular, dirigiéndose ahora a Surribas, al lugar de Queizán donde acabaría con la vida de otras dos personas, concretamente con las de Avelina Montes Soengas, de 67 años y Emilio Ramos Blanco, de 76. Ambos intentaron alertar al resto del vecindario de las sádicas intenciones de su vecino, pero los intentos resultaron vanos. Aunque los vecinos ya estaban alertados del reguero de sangre que había dejado tras de si Paulino, este -exaltado como se encontraba- no era capaz de detener su furia. Un grupo de cinco vecinos intentó desarmarlo para evitar que prosiguiese ampliándose el grotesco espectáculo que había ensangrentado aquellas tierras. Aún así, el criminal se saldría con la suya y aún provocaría seis heridos más; uno de ellos, una mujer Amadora Vázquez Pereira, de 43 años, quien días más tarde fallecería en el Hospital Xeral de Lugo a consecuencia de las gravísimas heridas que le había provocado su agresor. Otro de los heridos, Raúl López, de 50 años, le provocaría un grave traumatismo craneal, al propinarle un hachazo en la cabeza. También resultaría herido de gravedad un joven de unos 20 años que intentó desarmar al criminal. Nadie se libraba de sus terribles y sangrientas garras.

Paulino sería desarmado en casa de su vecina Milagros Sáa, quien conseguiría arrebatarle el arma homicida. Fue entonces, cuando ya completamente desangelado y en plena embriaguez sanguinaria se dirigió a su domicilio, donde no había nadie, pues su mujer había sido trasladada a la villa de Chantada por su hermano Marcelino. Allí, en un garaje contiguo a la vivienda donde guardaba el tractor y otros aperos de labranza, roció con gasóleo, que empleaba para el vehículo agrícola, toda la casa, además de abrir la espita del gas butano, provocando un incendio que el esperó pacientemente entre las sábanas de su cama que acabaría ocasionándole la muerte, aunque se supone que a consecuencia del fuego su cuerpo terminaría precipitándose en las cuadras posteriores de su casa, donde aparecería horas más tarde completamente abrasado. Al iniciarse el fuego, así como el potente sonido de una explosión, tal vez de la cocina de gas bustano o procedente del tractor que había adquirido recientemente, fue cuando muchos vecinos se enteraron del grave drama que acababa de ocurrir en Chantada y que, al día siguiente, serviría para ilustrar las portadas de los principales diarios de difusión nacional. De la misma forma, también las principales cadenas de radio y televisión abrirían sus respectivos informativos con la desoladora tragedia que en aquella tarde previa a la llegada de la primavera había asolado a las siempre tranquilas, pacíficas, plácidas y verdes tierras gallegas que, momentáneamente, se habían teñido de rojo para luego, en señal de luto, cambiarse a un rancio color negro.

Alarma y desolación

En muy pocas horas, no solo Chantada, sino en el resto de la provincia de Lugo se había generado un terrible clima de alarma y desolación que llegaba a todos los lugares. Ni que decir tiene que en las zonas limítrofes se generó una inusual alerta, haciendo que muchos vecinos se encerrasen en sus casas, cerrando estas a cal y canto. Unas horas más tarde de haberse suicidado Paulino Fernández, todavía se decía que había sido avistado por unos vecinos armado hasta los dientes, como si se hubiese reconvertido en un espectro que amenazaba a los pacíficos vecinos de la siempre hermosa y vistosa Ribeira Sacra, que veía como uno de sus habitantes generaba una sinfonía de terror, tal vez cegado por unos vanos motivos que encenagaban aún más su oscura mente. Pero, por fortuna, sus vidas ya no corrían peligro, ya que su cadáver fue rescatado entre los restos calcinados de su vivienda, siendo reconocido por su hermano Marcelino, quien nunca se repondría anímicamente de la tragedia que había provocado Paulino.

El día 10 de marzo se celebraron las honras fúnebres por cinco de las víctimas provocadas por el irracional furor de Paulino. Presidía los actos religiosos el entonces obispo de Lugo, Fray José Gómez, quien en compañía de otros cinco sacerdotes, ofició el acto religioso en una explanada contigua a la iglesia de Adán, para que así un mayor numeroso de personas pudiese participar en los actos litúrgicos en memoria de los fallecidos. En el transcurso de los mismos se vivieron dramáticas escenas de dolor, consternación y rabia contenida, ya que nadie era capaz de explicarse los motivos porque Paulino Fernández había perpetrado un acontecimiento tan trágico y luctuoso que enmarcaría para siempre a aquellas tierras dentro de la crónica negra del siempre pacífico y acogedor mundo rural gallego. El homicida fue sepultado dos horas antes que sus víctimas. Se hizo así con la intención de evitar ahondar en la grave herida abierta en la parroquia. A su sepelio solo asistieron dos de sus cuñados y un nutrido grupo de periodistas.

Repercusiones

No cabe ninguna duda que la matanza de Paulino Fernández tuvo unas impresionantes repercusiones no solo en Galicia sino en el resto de España. El dramático suceso fue aprovechado por algunos de los medios más sensacionalistas para transmitir una imagen oscura y difusa del interior gallego y de su mundo rural en particular. Aquellos días se vertieron centenares de auténticas barbaridades, calificando a las áreas rurales gallegas como lugares poco menos que prehistóricos y peligrosos, cuando ninguna de las dos cosas es cierta. De hecho, los indicadores de criminalidad del Ministerio del Interior situaban a la provincia de Lugo como la segunda más segura de España, teniendo en cuenta que en aquel entonces las dos terceras partes de sus habitantes residían en núcleos rurales. En este sentido aún recuerdo el duro enfrentamiento que protagonicé en el programa de la tarde de RNE, que por aquel entonces dirigía Javier Sardá, con la periodista de sucesos Margarita Landy. Esta señora aprovechó el espacio para despotricar -literalmente hablando- contra el interior gallego, criticando muchos usos y costumbres, al tiempo que demostraba un perfecto desconocimiento de Galicia, o al menos la que conocíamos los dos no tenía nada que ver la una con la otra.

La célebre periodista de sucesos había visitado la tierra gallega de forma muy esporádica, solamente muy de vez en cuando y siempre que tenía lugar algún desgraciado suceso sangriento. La imagen que ella tenía de Galicia se había quedado anclada unos cincuenta años atrás. Hay que tener en cuenta que ya estábamos a final de la década de los ochenta. A la mítica informadora de crónica negra le dolió en el alma cuando yo intervine por teléfono en el programa para recordarle que sucesos sangrientos se producían en todas partes de España y, mucho más, en Madrid, que era la ciudad en la que residíamos ambos por aquel entonces. Le mencioné varios casos recientes, entre ellos el célebre crimen de la calle Sáinz de Baranda, acontecido en enero de 1988, donde una pareja de toxicómanos asesinó a un matrimonio de nacionalidad estadounidense y a su criada. Asimismo, también le recordé los constantes crímenes que por cuestiones de estupefacientes se producían en la madrileña calle Orense, en la que en poco menos de un mes, concretamente en noviembre de 1987, habían muerto cinco personas de forma violenta.

Sin embargo, no fue la mítica periodista de aspecto un tanto chulesco y macabro al mismo tiempo que se edulcoraba con una pipa en sus labios, la única que quiso sacar tajada de un sanguinario suceso que enlutó a Galicia. En el verano de 1989 la revista Tiempo publicaba un reportaje sobre los sucesos que se producían en la que ellos denominaban España profunda. El despropósito y amarillismo del reportaje fue tal que, personalmente, creo que me produjo náuseas. Se decía tal cantidad de sandeces y chorradas que me llevaron a censurar al mencionado medio de comunicación. Desde entonces y hasta la fecha de su desaparición, jamás volví a adquirir la mencionada publicación. En el reportaje antes aludido se hacía un supuesto estudio antroponímico de la criminalidad, dando cuenta de que «no era casualidad», en opinión del reportero, que los autores de esas barbaridades llevasen nombres de origen germánico, como es el caso de Paulino. Jamás he podido comprender tan burda y ridícula afirmación, ya que nadie aportaba el menor dato de rigor científico en el que pudiese ampararse semejante estupidez.

Posteriormente se siguieron sucediendo los supuestos intelectuales de la crónica negra en distintos programas de radio y televisión, así como en las páginas de la prensa, aportando cada cual su ridícula versión. Solo daban muestras del más absoluto desconocimiento de la realidad gallega. Incluso, hemos llegado a escuchar auténticas desfachateces, tales como que el autor del crimen de Chantada no era un enfermo mental ni actuaba bajo un brote psicótico, cuando los informes que se conocieron a posteriori revelaban que efectivamente Paulino padecía una esquizofrenia paranoide que le había sido diagnosticada en Ourense por el doctor Montes, aunque ni siquiera su familia estaba informaba de su diagnóstico.

Hoy en día, las pacíficas tierras de la Ribeira Sacra son un especial atractivo para muchos turistas que quieren aprovechar para darse un viaje en catamarán por el siempre delicioso y esplendoroso cañón del Sil que parece perderse en el horizonte de una singular y atractiva tierra que es firme candidata a convertirse en patrimonio de la humanidad. Sin duda se lo merece, pese a que en la memoria colectiva de muchos de sus habitantes aún este presente el espectro de aquel criminal que en un ya lejano día del mes de marzo de hace 30 años empañó la noble y pacífica convivencia de una comarca que nada tiene que ver con las grotescas y dantescas tierras gallegas que describía la periodista que fumaba en pipa en sus imaginarios relatos, más propios de alguien que había perdido el norte -a semejanza de Paulino Fernández- que no de un honrado y objetivo informador de sucesos.

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