Arroja a sus tres hijos al vacío desde un sexto piso en Vigo y se suicida

El año 1989 fue un ejercicio de grandes sucesos en Galicia que no dejaron indiferentes a nadie o a casi nadie. En la primavera tuvo lugar la gran tragedia de Chantada, a la que seguiría un rocambolesco crimen en Monforte de Lemos y, finalmente, un trágico suceso en Vigo que pondría la guinda a un más que dramático pastel al que tan poco estaba acostumbrado una tierra tan pacífica y tranquila como la gallega. Fue un año negro en este sentido, que difícilmente olvidarían muchos gallegos, a quienes a final de ese mismo año aguardaban unas elecciones autonómicas que servirían para el desembarco de político de Manuel Fraga Iribarne, quien soñaba con retirarse en su plácido rincón del noroeste peninsular.

Recién estrenado aquel dulce otoño del último año de la década de la movida viguesa, la ciudad olívica se vería brutalmente sorprendido por un suceso que la consternaría de forma inexorable hasta extremos difícilmente sospechable. El primer día de octubre, que era domingo, un invidente, Manuel Eulogio Suárez Suárez -presa de fuertes depresiones- decidía terminar con su vida al arrojarse desde un sexto piso, sito en la céntrica calle Bolivia de Vigo. Sin embargo, en su trágico y cruel destino decidiría que le acompañasen sus tres hijos, todos ellos niños de muy corta edad, quienes pasaban con él el último día de la semana, pues en ese momento el suicida e infanticida se encontraba en trámites de separación de su esposa, circunstancia esta que muchos atribuyen a su fatal decisión.

La primera en ser arrojada al vacío fue la hija más pequeña de la pareja, Cecilia, de tan solo dos años de edad. Posteriormente, Manuel se lanzaría a la calle llevándose consigo a sus otros dos vástagos, Ignacio, de seis años; y Jorge, de cinco. Como curiosa circunstancia, cabe señalar que este último pequeño sobreviviría al terrible impacto en un primer instante, aunque horas más tarde fallecería en el Hospital Xeral Illas Cíes, de Vigo, a consecuencia de los traumatismos ocasionados por tan brutal caída.

Un incendio

Al tiempo que se produjo el fatal suceso, desde el piso que se arrojaron las cuatro víctimas, en el mismo se produjo un incendio de pequeñas dimensiones en una de las habitaciones, por lo que en un primer momento se barajó la posibilidad de que el fuego estuviese detrás de la muerte del invidente y sus tres hijos. Sin embargo, los investigadores enseguida desecharon tal probabilidad, pues se daba la circunstancia de que, en caso de que pretendiesen huir del fuego, podrían haberlo hecho por la puerta principal de la casa, ya que las llamas no la alcanzaron en ningún momento.

La hipótesis del suicidio, y consiguiente homicidio, se encontraba -según los investigadores- en la difícil situación personal que se encontraba Manuel, pues en ese momento se encontraba preparando los trámites de separación de su esposa, lo que al parecer le había provocado una gran depresión. Además, el suicida era una persona muy conocida en Vigo, pues era frecuente verlo vender cupones de la ONCE a la puerta de unos grandes almacenes muy próximos al lugar en el que se produjo el suceso.

Este trágico episodio consternaría profundamente a la sociedad gallega de la época, quien todavía no se había recuperado de la gran matanza ocurrida en la localidad lucense de Chantada hacía apenas seis meses en aquel entonces. El año 1989 escribiría una enorme página en negro en la historia reciente de Galicia, que ni siquiera el gran triunfo por mayoría absoluta de Manuel Fraga Iribarne en el mes de diciembre conseguiría relegar a un segundo plano.

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Asesinan a un vigilante para robar 150 kilos de almejas en Vilagarcía

Reconstrucción del crimen que le costó la vida al vigilante de la cetárea

Las almejas, y el marisco en general, siempre han sido un exquisito plato muy valorado -no solo por gastrónomos y aficionados a la buena mesa- sino también por muchos furtivos o rateros que buscaban unos míseros ingresos a costa de hacerse con un escaso botín que luego comercializarían en el mercado negro a un precio muy inferior a su coste real. Desgraciadamente, además de pretender lucrarse con los bienes ajenos también han provocado alguna tragedia, también han dejado su más que oscura huella que se tradujo en hechos violentos, bien sea golpeando a los vigilantes o agrediéndoles cuando se encontraban en superioridad de condiciones a estos últimos.

Uno de los hechos que más conmocionaría a la sociedad gallega -relacionado con el robo de marisco- tendría lugar en la madrugada del 22 de junio de 1998. A primeras horas de ese día era encontrado, en medio de un gran charco de sangre y con visibles señales de violencia, el cuerpo del vigilante de la cetárea de Vilaxoán -en el término municipal de Vilagarcía de Arousa-, Manuel García Cascallar, de 68 años, quien había sido asesinado por tres individuos que se introdujeron en la depuradora para hacerse con un botín de 150 kilos de almejas, cuyo precio en el mercado ascendía a unas 220.000 pesetas (1322,22 euros actuales).

El trágico suceso comienza a fraguarse en la tarde-noche del domingo, 21 de junio, cuando tres individuos, de no muy buena reputación en la comarca arousana, planean dar un golpe en la cetárea de la parroquia de Vilaxoán, conocedores de que allí se almacena una importante cantidad de marisco, que posteriormente intentarán vender en el mercado negro. Al frente de aquel macabro trío se encuentra Ricardo Carro Mato, un joven de 27 años, que ya cuenta con distintos antecedentes policiales, y que es conocido como alias «El Crecho» o por el diminutivo de Richard. En la macabra aventura le acompañan otros dos muchachos, Juan José Dieste y David Galbán, de 20 y 19 años, respectivamente. El segundo de estos dos últimos es un conocido mariscador furtivo, que ya había sido detenido en otras ocasiones por la delictiva actividad que llevaba a cabo.

Ensañamiento brutal

Para perpetrar el golpe Galbán, tal vez experimentado en estas oscuras lides, les facilita una maza de goma y un cuchillo de grandes dimensiones, conocedor de la estricta vigilancia a que son sometidas las cetáreas y depuradoras en las que se crían los moluscos. El plan, previamente concebido, contempla también el hecho de cortar los hilos telefónicos para evitar así que el vigilante pueda solicitar ayuda de las autoridades o terceras personas. De madrugada, aprovechando el poso de silencio que ha dejado tras de sí el fin de semana, se personan en el que se iba a convertir en el lugar de autos dando fuertes golpes en la puerta, gritándole al vigilante que abriese la puerta pues era el jefe quien llamaba. Alertado de la falsedad de los asaltantes, el empleado profiere gritos de socorro que ahuyentan a los rateros, aunque solo de manera parcial pues regresar hasta la empresa marisquera para tratar de hacerse con un pequeño botín que revender en el mercado negro.

Media hora después aproximadamente regresarían hasta la cetárea propinando de nuevo grandes golpes en la puerta de entrada, que provocan el pánico de Manuel García, que intenta huir del lugar al percatarse de que se trata de un serio intento de robo y que tal vez no pueda hacer frente a quienes se iban a convertir en sus verdugos. En su inútil intento de escapada, poco menos que a la desesperada, el vigilante se encuentra de bruces con Juan José Dieste -conocido por ser un energúmeno muy violento-, quien le propina un fuerte golpe en la boca y una cuchillada a la altura del cuello. En su exasperación, García Cascallar se agarra a su agresor y caen ambos en la explanada de acceso a la cetárea. En ese momento reconoce a Ricardo Carro Mato, a quien llama reiteradamente por su apelativo. Sin embargo, este último, a pesar de sentirse reconocido o tal vez por eso mismo, propina varios golpes en la cabeza al vigilante con la maza de goma que han traído de casa de Galbán.

Posteriormente, sus agresores trasladan al empleado, que ya se encontraba malherido, hasta la pared de la nave. Ahora intentan abrir la puerta a golpes, pero sus intentos resultan vanos, por lo que Carro regresa al lugar en el que había abandonado al vigilante para arrebatarle las llaves y así poder entrar en la cetárea. Las crónicas de la época relatan que su asesino se encontraba fuera de si en ese momento y prosiguió su brutal agresión contra un pobre hombre totalmente indefenso. Termina su cruel acción de la forma más macabra posible, clavándole a la víctima el cuchillo sin mango en la cabeza, cuyo cuerpo -con el rostro y el cráneo completamente destrozados- serían encontrados por otro empleado de la misma empresa a la mañana siguiente de haber sido espantosamente asesinado.

El botín lo esconderían en el mar, aunque jamás podría ser revendido. La rápida intervención de las fuerzas policiales, así como por los muchas pistas dejadas por los criminales, impidieron que los tres autores del brutal asesinato se saliesen con la suya.

Un documento judicial

El crimen, que consternaba a toda Galicia tanto por su espanto como por la saña y lo sanguinarios que habían sido sus autores, sería esclarecido en cuestión de horas por parte de las fuerzas dedicadas a la investigación del mismo. La principal clave vino facilitada por un documento judicial firmado por David Galbán, que fue hallado en las inmediaciones del lugar de autos. Además de este último, los investigadores pusieron en el punto de mira a sus dos acompañantes habituales, Juan José Dieste y Ricardo Carro Mato. La autoridad judicial autorizó un registro en casa de este último en el que fueron halladas diversas prendas en las que había restos de sangre y también biológicos que se correspondían con el perfil de la víctima.

Casi dos años después del crimen, en abril del año 2000, que había sobresaltado y compungido a Galicia por su extrema crueldad, se celebraba el juicio contra los tres autores del asesinato de Manuel García Cascallar, un hombre casado y padre de cinco hijos, quien contaba 68 años en el momento en que fue asesinado. El principal inductor y autor material del mismo, Ricardo Carro, sería condenado a la pena de 28 años de cárcel, con el agravante de ensañamiento. Sus colaboradores fueron condenados a 23 años de prisión cada uno de ellos. De la misma forma, deberían indemnizar solidariamente a la viuda de la víctima con diez millones de pesetas (60.000 euros actuales) y con cinco (30.000 euros actuales) a cada uno de sus cinco hijos.

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El asesinato de una anciana en Pontevedra, sin resolver más de 20 años después

Rúa de Xan Guillerme, en Pontevedra, dónde se cometió el crimen

El año 1997 pasaría a la historia negra de Galicia como el del triple crimen de Vilaboa, aunque finalmente serían cuatro las personas asesinadas en relación con aquel trágico y dramático suceso relacionado con el trapicheo de drogas a pequeña escala. Aquel mismo año, en el que Fraga Iribarne cosechaba su tercera mayoría absoluta en el Parlamento galego, se producía otro crimen en Pontevedra que pasaría a la historia de la infamia, ya que no podría resolverse, quedando muy probablemente impune puesto que en poco tiempo prescribirán las acciones judiciales.

El escenario del trágico suceso fue la siempre vistosa zona histórica de Pontevedra, aunque la calle en la que se produjo, la de Xan Guillerme, está inundada de desvencijados y deprimentes edificios antiguos que parecen estar destinados a las personas más desgraciadas y desheredadas de la sociedad. Uno de esos inmuebles, concretamente el que ocupa el primer número, estaba ocupado por una mujer de 74 años, Isabel Ferreira Vieira, popularmente conocido como «La Cubana», quien era madre de un hijo y que había enviudado por tercera vez muy recientemente. En aquel sórdido y dantesco lugar sería encontrado el cuerpo de la mujer en cuestión, con evidentes señales de violencia, por parte de un vecino suyo. Según se dedujo de la autopsia, el cadáver de la asesinada, que fue encontrado sobre un gran charco de sangre, presentaba hasta un total de siete puñaladas, todas ellas mortales de necesidad. Tres de las puñaladas las había recibido en la espalda, otras tres en el pecho y una última de nueve centímetros en el cuello. Su muerte se produjo de forma casi instantánea al haberle provocado un schock hipovolémico a la víctima de aquel cruel crimen.

Los vecinos de la zona, conocedores de las malas relaciones que mantenía con su hijo, así como de otros entresijos, entre ellos el de ir provisto de un palo por la calle que le servía para hacerse temer e incluso amenazar, pensaron que tal vez Luis Ferreira, el único vástago de Isabel, fuese el autor material de su asesinato. Hacía escasamente seis meses que había fallecido su padre al precipitarse por las escaleras del interior de la vivienda en muy extrañas circunstancias, que jamás fueron aclaradas. Sin embargo, los investigadores no hallaron ninguna pista que pudiese incriminarlo y el pobre hombre fallecería algunos años después sin que se lograse esclarecer el suceso que le había costado la vida a su madre.

Detención de una familia

En vista de que el hijo de la fallecida era presumiblemente inocente, la Guardia Civil centró sus pesquisas en una familia próxima a la mujer asesinada, cuyos miembros eran viejos conocidos de la justicia. Incluso, uno de ellos había sido condenado a 20 años de prisión en el año 1982 por el asesinato de un panadero en la localidad pontevedresa de Cotobade. Casi tres años después de haberse perpetrado el asesinato, eran detenidos Miguel Ogando García, como presunto autor del mismo, así como su hermana María Teresa y un hijo de esta última, Julio Ruibal Ogando, un muchacho de 24 años, quien padecía una deficiencia psíquica congénita, en calidad de cómplices.

La reconstrucción hecha por el Instituto Armado y a tenor de los datos aportados por un testigo protegido en el caso, conocido en Pontevedra como «El crimen de la Cubana», los agentes encargados de la investigación recogieron restos biológicos del pubis y el abdomen de la víctima que se correspondían con el perfil biológico del sobrino del principal acusado. Al parecer, según la misma reconstrucción, estos podrían proceder del momento en que este último se interpuso entre su tío, Vicente Ogando, y la mujer asesinada.

Las primeras hipótesis sobre este suceso apuntaban a que en la tarde del día de autos, los tres miembros de la familia acudieron a la casa de Isabel Ferreira con la intención de que se hiciese efectiva una deuda que esta había contraído con sus visitantes. Después de haber tomado algo con lo que los obsequió su anfitriona, Vicente Ogando se habría abalanzado sobre su víctima, propinándole las seis cuchilladas que acabarían con su vida de forma prácticamente instantánea. Al tiempo que le daba muerte, le habría arrebatado las escasas joyas que la mujer poseía así como sus libretas de ahorro. Posteriormente arrojaría el arma homicida, así como los documentos bancarios a la ría del Lérez.

Juicio y absolución

El fiscal solicitaba, en el juicio que se celebraría el 24 de octubre de 2001, un total de 19 años de cárcel para el principal acusado, Vicente Ogando García, así como una importante indemnización económica para la única nieta de la víctima. El ministerio público no acusaba a la hermana ni al sobrino del sospechoso, por entender que habían colaborado con la justicia y que intentaron detener el ataque mortal de su familiar contra la víctima. El testigo protegido llegó a declarar que, al parecer, el supuesto autor del crimen le habría confesado que le levanto las ropas, ya que debido al grosor de las mismas así la habría podido apuñalar mucho mejor.

Sin embargo, cuando las cosas parecían que estaban bien atadas, el jurado popular -compuesto por nueve personas- declararía que Vicente Ogando no había estado en la casa de Isabel Ferreira el día en el que se cometió su asesinato. Ocho de sus nueve miembros creyeron en la inocencia del único acusado después de responder a un total de 16 preguntas que les había efectuado el juez instructor del caso. De nada habían servido las declaraciones realizadas por el sobrino del incriminado ni tampoco la del testigo protegido que había compartido celda con el acusado, quien regresaría a prisión dónde se encontraba ingresado por otras fechorías, aunque el día en que fue asesinada «La Cubana» él se encontraba de permiso penitenciario.

La acusación particular anunció su recurso ante el Tribunal Superior de Xustiza de Galicia al considerar que los miembros del jurado eran totalmente legos en asuntos de investigación policial. Además, no tuvieron en cuenta el testimonio del sobrino del único acusado, al considerarlo incapaz y fácilmente manipulable. Sin embargo, la máxima institución legal gallega confirmó la sentencia emitida por la Audiencia de Pontevedra y el caso pasaría a engrosar la numerosa nómina de crímenes sin resolver que se acumulan en los cuarteles y las comisarías de policía de Galicia.

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Asesinan a un hombre en Pontevedra para «darle un escarmiento»

El crimen se produjo en las inmediaciones del Lago Castiñeiras

Aquel año 1978 prometía ser diferente. Por algunas calles de las principales ciudades de Galicia se manifestaban agricultores y ganaderos que protestaban por la abusiva cuota empresarial que debían satisfacer mensualmente al ministerio de Hacienda. También había concentraciones que reclamaban la inmediata puesta en marcha del Estatuto de Autonomía. Muy pocos, solamente los más viejos, se acordaban aún de la vieja regulación autonómica proclamada en un referéndum celebrado a escasos 20 días del inicio de la Guerra Civil. Por aquel entonces, estaba recién estrenada la primera autovía gallega, comúnmente conocida como «Autopista del Atlántico», que sufriría algunos ataques terroristas promovidos por la autodenominada «Coordinadora contra la Autopista», en la que se agrupaban algunos grupo ecologistas y radicales de izquierda. Estas actitudes resultarían hoy en día poco menos que inauditas, pero acontecieron hace ya más de 40 años.

En medio de ese clima, en el que las nuevas libertades recuperadas después de más de cuatro décadas que convivían con el arado romano, en Galicia proseguían sucediendo algunos hechos que en nada la diferenciaban de otras partes del territorio. Aunque continuaba siendo una tierra francamente muy pacífica y acogedora, algunas veces los gallegos se sobresaltaban con acontecimientos que sucedían muy cerca de su casa. Sin necesidad de salir al extranjero. Uno de esos oscuros episodios ocurriría en la localidad pontevedresa de Marín en la primavera de 1978 cuando una pareja decidía «darle un escarmiento» a un individuo que supuestamente acosaba a la mujer que formaba aquel macabro matrimonio.

Los hechos tuvieron su origen como consecuencia de las constantes proposiciones que José Carballal Acuña hacía a Carmen García Boullosa, ambos de mediana edad y vecinos de la localidad pontevedresa de Marín. Al parecer, esta última se encontraba «harta» de las proposiciones que le hacía el primero, por lo que decidió actuar en consecuencia, en connivencia con su marido, Paulino Soaje Antuña. Para ello, ambos cónyuges trazaron un macabro plan, con una cita incluida, a la que iban convenientemente armados con sendos cuchillos de grandes dimensiones.

En el paraje del Lago Castiñeiras

En una tarde de primavera, Carmen García citó a través de una llamada telefónica a su supuesto acosador, como queriendo hacerle ver que accedía a sus peticiones. Incluso le confirmó el lugar en el que tendría lugar la macabra cita. La mujer acudiría en su automóvil y lo recogería en la carretera. La víctima, después de subir al coche, intentó abrazar a Carmen, quien le conminó a que cesase en su actitud, pues el coqueteo vendría una vez que estuviesen en una pista forestal, ya muy próxima al lugar en el que se encontraba. Lo que desconocía José Carballal era que en el maletero del vehículo viajaba el marido de su presunta amada, Paulino Soaje Acuña.

Carmen y José prosiguieron trayectoria hasta encontrar la pista forestal a la que aludía la mujer, en un paraje próximo al lago Castiñeiras, que en aquellas fechas del año se encontraba escasamente frecuentado y estaba muy aislado de las poblaciones más próximas. Una vez en el lugar de autos, a José Carballal le llegaría su brutal desolación al poder observar que se había convertido en víctima de un engaño que iba a pagar muy caro. Del interior del maletero del coche, salió Paulino Soaje, provisto de un cuchillo de enormes dimensiones, con dientes de sierra. Otro similar portaba su esposa Carmen.

Ambos cónyuges, una vez llegado al lugar de autos, no dudaron en propinar al menos dos cuchilladas a José Carballal, quien cayó tendido en medio de un gran charco de sangre con grandes heridas en el abdomen de las que ya no se recuperaría. Se trataba de un brutal correctivo que nadie podría imaginar. A todo ello se sumaba el hecho de que la pareja que cometió el crimen no tuvo reparo alguno en ir avisar a la esposa de la víctima de lo que había sucedido y dónde se encontraba su marido herido de gravedad. Sería esta última quien lo encontraría en estado casi moribundo unas horas más tarde después de haber sufrido la brutal acometida. Tras dar aviso a las asistencias sanitarias, la víctima ingresaría todavía con vida en una clínica de Pontevedra en la que fallecería a las pocas horas.

20 años de cárcel

En noviembre de 1978 se celebraría el juicio por el suceso que comenzó a conocerse en Galicia como «El crimen del lago Castiñeiras». En el transcurso de la vista oral el fiscal encargado del caso desbarató todas las posibles coartadas de la pareja, quienes se aferraron en todo momento a la circunstancia de que en su ánimo no había intención alguna de propiciar la muerte de José Carballal, sino sencillamente de «darle un escarmiento». Sin embargo, la fiscalía consideró que se trataba de un asesinato premeditado y con alevosía mediante un plan previamente urdido por los atacantes en el que la víctima no tuvo la mínima ocasión de defenderse. A ello se sumaba el agravante de haberlo abandonado desangrándose en medio de un paraje escasamente transitado.

El veredicto de la Audiencia Provincial de Pontevedra no pudo ser más contundente, condenando a 20 años de cárcel a cada uno de los cónyuges del matrimonio formado por Carmen García Boullosa y Paulino Soaje Antuña. Además, la pareja debía indemnizar de forma conjunta y solidaria con un millón de pesetas (6.000 euros actuales) a los herederos de la víctima José Carballal Antuña. A ello se unía la prohibición expresa de acercarse a los familiares de este último por un período de cinco años, contados a partir de que hubiesen cumplido con la pena que les fue impuesta.

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Asesina a una amiga para robarle su hijo en Monfero (A Coruña)

El año 2002 pasaría a la historia como el del «Prestige», el famoso carguero de bandera de conveniencia que zozobraría frente a las costas gallegas provocando una colosal marea negra que hizo saltar a Galicia a las primeras páginas de la prensa, no solo estatal, sino también mundial. Las imágenes de aquellos aguerridos hombres del mar luchando contra el fuel que asolaba las costas gallegas se convertirían en épicas, dando la vuelta al mundo. Sin embargo, no fue solo la terrible marea que tiñó de negro los arenales gallegos el único suceso trágico ocurrido en el año capicúa del nuevo siglo en el verde noroeste peninsular. Hubo otros hechos que marcarían la crónica negra gallega de aquel entonces, algunos de los cuales traumatizarían profundamente -como es natural- los lugares dónde ocurrieron, llegando a convertirse en los típicos acontecimientos mediáticos de los cuales se hablaría durante mucho tiempo.

Uno de esos trágicos episodios ocurriría en una pequeña localidad del interior gallego, pero muy próxima a la costa, Monfero, quien destaca -además de por su abandonado monasterio cisterciense- por la rica fauna y flora en la que se encuentra enclavado, en las siempre frondosas Fragas do Eume, un maravilloso y extraordinario parque natural de varios millares de hectáreas que se distribuyen entre cinco municipios, no menos vistosos y agradables que el pequeño núcleo de Monfero, quien -hoy en día- ya no supera los 2.000 habitantes, dispersos en decenas de micronúcleos de población, como la práctica totalidad del rural gallego.

La historia de este suceso puede parecer muy rocambolesca y en parte lo es. Digna de ser llevada a la pequeña pantalla, ya que una vez más la realidad vuelve a superar a la ficción. Su principal protagonista es una joven que en aquel entonces tenía menos de 25 años de edad y se llama Isabel Marcos Maceiras, quien se encontraba obsesionada con ser madre y no había conseguido su objetivo, pese a que nunca tiró la toalla. Sin embargo, trataría de hacerlo de forma dramática y trágica, ideando para ello un macabro y truculento plan de funestas consecuencias.

Desaparición

El plan ideado por Isa, tal como era conocida por sus allegados y conocidos, consistía en raptar el hijo de una amiga o conocida, Vanessa Lorente Jiménez, una joven de 22 años natural de la región de Murcia que llevaba una penosa y abigarrada vida, no exenta de los malos tratos que le había proporcionado su antiguo compañero sentimental, a quien había denunciado en múltiples ocasiones. De hecho, había recibido el apoyo humano y emocional de los servicios sociales del Ayuntamiento de Fene, localidad próxima a Ferrol en la que residía habitualmente.

En la tarde del 13 de agosto de 2002, que se convertiría en el trágico día de autos, Isabel Marcos contacta telefónicamente con su amiga Vanessa Lorente, invitándola a que la acompañe hasta un supermercado y a realizar algunas compras. Conciertan su primera entrevista en una cafetería de Pontedeume, localidad muy próxima a Fene, antes de ir de compras. La muchacha murciana va acompañada de su hijo, un bebé de apenas cuatro meses de edad, a quien Isabel le regalará un muñeco que le compra en uno de los establecimientos a los que acuden en aquella fatídica tarde, convirtiéndose en un ingrediente más de morbo para que no falte de nada.

A partir de ese instante, o de esos días centrales de agosto, se pierde toda pista de Vanessa. Solamente existen rumores, algunos de los cuales hablan de su azarosa vida e incluso se llega a decir, tal vez de forma interesada, de que hubiese regresado a su tierra natal. Con el transcurso de los días, las personas más próximas a la chica pimentonera comienzan a impacientarse, pues no aparece por ninguna parte. A la par, a todo el mundo sorprende, principalmente a sus vecinos más próximos, que Isabel Marcos salga a pasear con un niño en un carrito. La joven había premeditado un plan en el que había manifestado a sus familiares y amigos de que se encontraba en cinta, simulando un embarazo para lo cual utilizaba ropas flojas. A todo ello se unían sus constantes embustes e idas y venidas que hacían sospechar a más de uno, con no pocas contradicciones en todo el tiempo en el que estuvo a cargo del pequeño Daniel, hijo de Vanessa Jiménez.

Llamada anónima a la Guardia Civil

La cínica función teatral montada por Isabel Marcos llegaría a su fin a mediados del mes de septiembre del año 2002, poco más de 30 días de haber secuestrado el niño. El punto de partida comienza con una llamada anónima a la Guardia Civil en la que se indica que la joven monferina no ha sido madre y que el niño que ella porta en su carrito no es hijo suyo sino de una tercera persona. Puestos en alerta, los agentes se dirigen a la localidad de Miño, dónde habitualmente residía Isabel en compañía de su pareja con quien se había reconciliado recientemente, un joven de edad similar llamado Ángel Cernadas, quien también sería procesado por este hecho y a la postre condenado. Su primera respuesta ante la llegada de los agentes es que el niño al que está cuidando es de una amiga que ha ido a un entierro, siendo esta la primera de mentira del largo cúmulo de patrañas que iría ofreciendo a lo largo de todo el proceso. A pesar de las disculpas presentadas por Isabel, es inmediatamente conducida al cuartel de la Guardia Civil de Fene para que preste la oportuna declaración en relación con la desaparición de la joven murciana.

Hasta un total de 72 horas tardaría la entonces presunta asesina en declararse culpable del crimen que le había costado la vida a su amiga, Vanessa Lorente. En el transcurso de todo este tiempo hizo distintos relatos, todos ellos escasamente coherentes y de difícil credibilidad. Sin embargo, finalmente terminaría derrumbándose y contando la verdad acerca de un suceso que trajo en vilo a los gallegos en los días finales de aquel caluroso verano de 2002.

La versión más creíble sobre los hechos es la que indica que la joven gallega, después de haber ido de compras, invitó a su amiga murciana a acudir a la casa de sus padres, situada en la parroquia de San Xurxo de Queixeiro, en el municipio coruñés de Monfero. Una vez allí, prosiguió con su más que macabro plan para darle muerte. En un principio, Isabel ofreció a Vanessa un zumo en el cual previamente le introdujo algún medicamento somnífero, con la clara intención de anular su voluntad. Posteriormente, le propinaría un contundente golpe en la cabeza, destrozándole el cráneo, con lo que acabaría con su vida de forma prácticamente instantánea. El arma homicida jamás aparecería.

Para concluir la truculenta y terrible faena, decidió dar sepultura a Vanessa en un galpón que tenía el suelo de tierra, propiedad de su familia, que se encontraba situado en la zona aledaña a su vivienda. Allí, aparte del cadáver de Isabel, se sepultarían también los restos de un perro, que fueron encontrados sobre el cuerpo sin vida de la joven asesinada. Posteriormente, solicitaría de los servicios de su padre -albañil de profesión- para echar una capa de cemento sobre el improvisado panteón. Al parecer, el animal fue enterrado en el mismo lugar con la intención de distraer la atención vecinal ante el posible mal olor que pudiese desprender la imprevista morgue. Según relataría ante las autoridades, su progenitor estaba convencido de que lo que allí se enterraba era un viejo ciclomotor, marca Vespino. Además, el hoyo en el que fue sepultada Vanessa Llorente había sido cavado unos días antes por quien se acabaría convirtiendo en su brutal verduga, tal y como contaría en una de sus declaraciones ante los agentes que investigaron el caso.

30 años de prisión

El juicio, que se celebraría en medio de una gran tensión en mayo del año 2006, se volvieron a repetir las escenas de dolor, así como también se sucederían de nuevo las constantes contradicciones por parte de la principal acusada, quien alegó el consumo de estupefacientes para justificar de ese modo sus distintos y contradictorios relatos. Después de ser observada por distintos profesionales de la salud mental, todos ellos descartaron que Isabel Marcos Maceiras padeciese algún tipo de trastorno que le impidiese discernir entre el bien y el mal. El fiscal encargado del caso manifestaría con dureza que se trataba de una persona «manipuladora y fabuladora».

Tras unas largas sesiones y después de casi un mes, se hacía público el veredicto del jurado encargado de juzgar el caso. Isabel Maceiras Marcos sería condenada a la pena de 30 años de prisión, acusada de un delito de asesinato y otro de detención ilegal. Además, debería satisfacer a los herederos de la víctima, en este caso el pequeño Daniel, la cantidad de 240.000 euros en concepto de indemnización. Pero además de la joven monferina, también sería condenada su madre, en calidad de cómplice a la pena de 25 años de cárcel. Tanto su progenitora como su hija verían reducida su pena un año después, tras haber recurrido ambas al Tribunal Supremo. En el caso de Isabel, la condena se reduciría en dos años, al eliminar la alta institución judicial el agravante de abuso de confianza, quedando fijada su condena en 28 años de prisión. Por su parte, María Maceiras vería reducida su condena en quince años, al estimar el alto tribunal que no se había podido demostrar la complicidad plena en el asesinato de Vanessa Lorente, tal y como la había acusado su hija en el transcurso de la vista oral, debiendo cumplir una pena de diez años de cárcel.

Finalmente, tanto su padre José Carlos Marcos, como su cónyuge, Ángel Cernadas también serían condenados a la pena de diez años de cárcel cada uno por su colaboración en la ficción del embarazo de la hija y compañera con la finalidad de engañar a terceras personas. En esta condena también se incluía el agravante de detención ilegal practicado con el bebé, así como el hecho de que custodiasen al bebé, simulando un falso parentesco.

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Un constructor gallego asesina a dos promotores en Canarias

José Mosquera Campos en el momento de ser detenido

A comienzos del nuevo milenio fueron muchos los gallegos, tanto empresarios como trabajadores, que vieron en las islas Afortunadas un nuevo Dorado, aunque la realidad pintase otro panorama verdaderamente muy distinto. Muchos se desplazaban hasta allí en vista de los elevados salarios que se pagaban, así como de la oportunidad de hacer negocio que ofrecía el archipiélago canario. Sin embargo, como casi siempre ocurre, no todo el mundo alcanzó el tan preciado éxito que se busca y quizás por motivos del caprichoso destino la vida les mostró su rostro más amargo.

Un sector que atraía a muchos empresarios y trabajadores fue el de la construcción. Las nuevas urbanizaciones y segundas viviendas destinadas a los días de ocio provocaron una ingente mano de obra en las islas Canarias. Entre los empresarios del sector que hasta allí se desplazaron se encontraba un antiguo miembro de la Policía Armada, José Mosquera Campos, quien disponía de una pequeña constructora que iba tirando en Galicia, pero que la suerte le comenzó a resultar esquiva en el momento en que puso pies en el territorio insular.

Desde hacía algún tiempo este conocido constructor, originario del municipio lucense de Sober, mantenía agrias disputas con los promotores, a la sazón paisanos suyos, José Ernesto Rodríguez, Antonio Pérez Pérez y un hermano de este último. Detrás de esos enfrentamientos había problemas de carácter económico. José Mosquera aducía que los promotores no le satisfacían las cantidades adeudas por parte de los promotores inmobiliarios, además de hacer constantes rebajas en los precios de su trabajo. A todo ello se sumaba el hecho de que supuestamente las víctimas «le hacían la vida imposible», tal y como alegaría el encausado durante la vista que se siguió en su contra en noviembre de 2002 en la Audiencia Provincial de Las Palmas.

Discusión y tiroteo

El crimen que costó la vida a los dos promotores gallegos tuvo lugar en la mañana del 4 de agosto del año 2000 en una de las casetas que se utilizaban para guardar el material y otros elementos en la construcción de las obras de las urbanizaciones. Al parecer, José Mosquera había concertado una cita con los tres promotores, propietarios de la empresa Pevise, que operaba en la isla de Gran Canaria. Según manifestaría en el transcurso del juicio, dos de ellos acudieron a la hora prevista, mientras que el tercero, Casimiro Pérez Pérez, se demoraría diez minutos, suficientes para que pudiese salvar su vida, tal y como relataría el autor de los dos asesinatos ante la policía en el momento de su detención.

No hubo testigo que presenciasen el dramático suceso. Todo lo que se ha sabido acerca del mismo es a través de declaraciones y deducciones que hicieron los cuerpos y fuerzas de seguridad. El encausado alegaría ante el juez que sus dos víctimas le habían agredido, pues según se pudo observar en la comisaría presentaba algunos cortes o arañazos superficiales en el rostro, no se sabe si infringidos por el mismo o por terceros. Mosquera relató ante el Tribunal que sus dos víctimas habían utilizado un cúter para agredirle, aunque este arma jamás apareció en el inventario efectuado por los investigadores del caso.

En el interior de una de las casetas aparecería el cuerpo de José Ernesto Rodríguez, quien presentaba sendos disparos en el tórax y la cabeza realizados con un arma del calibre 22, la empleada por José Mosquera para darles muerte. Además, la circunstancia de hallarse en excedencia del cuerpo de Policía le facultaba para la posesión lícita de armas. A tan solo tres metros de dónde apareció el cadáver de la primera de las víctimas, ya fuera de las casetas y en un sendero de tierra, el cuerpo de Antonio Pérez Pérez, quien fue asesinado de tres balazos, dos en el pecho y uno en la cabeza. Después de cometer el doble crimen, Mosquera se entregaría en la comisaría de Policía de la capital gran canaria.

Condena y muerte

A pesar de que el juicio se celebró muy lejos de Galicia, concretamente en la isla de Gran Canaria, despertaría una gran expectación en la Comunidad gallega, que siguió con asiduidad sus sesiones a a través de los distintos medios de comunicación. La vista oral tendría lugar en noviembre del año 2002. En el transcurso de la misma declararía el hermano de una de las víctimas, Casimiro Pérez Pérez, quien se salvó milagrosamente de convertirse en la tercera víctima de una gran carnicería. Así, pudo saberse que, al parecer, los dos promotores asesinados habían decidido rescindir el contrato que los ligaba con José Mosquera Campos, lo que tal vez pudo ser el detonante de la matanza que consternaría a Galicia y a Canarias muy especialmente.

La Audiencia canaria condenaría a la pena de 30 años de prisión a Mosquera, quien cumpliría parte de su pena, primero en la prisión del Salto del Negro, próxima a Las Palmas de Gran Canarias. Posteriormente, sería trasladado hasta Alcalá-Meco y finalmente a la coruñesa de Teixeiro, en el municipio de Curtis. En el año 2006 obtendría la libertad provisional debido al grave estado de salud en el que se encontraba, ya que recientemente -por aquel entonces- le había sido diagnosticada una grave enfermedad, la cual terminaría con su vida en diciembre de ese mismo año.

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Impunidad para el secuestro y asesinato de una joven de Marín

El cuerpo de la joven asesinada apareció cerca del lago Castiñeiras

Aquel año 1988 registró muchos sobresaltos en Galicia. El verano deparaba el proceso del entonces vicepresidente de la Xunta de Galicia, Xosé Luís Barreiro Rivas a consecuencia de sus problemas derivados de la concesión de las loterías instantáneas. A todo ello se unía una situación política muy inestable, ya que continuaba el «baile» de diputados autonómicos de unos grupos políticos a otros, en una situación muy compleja y difícil de aclarar.

En aquel ejercicio se sucedieron distintos hechos sangrientos que consternaron a la sociedad gallega de la época, poco acostumbrada a que en su tierra se produjesen acontecimientos de carácter violento. Algunos marcarían muy profundamente a un país que solo quería convivir en paz y disfrutar como nunca de una tierra de la que no habían podido gozar sus ancestros a causa de innumerables dificultades que les llevaron allende los mares. Sin embargo, esta Galicia ya era completamente distinta y en los años ochenta había progresado mucho. Poco o nada guardaba con el viejo tópico de que era una tierra incomunicada en la que solo llovía y se escuchaba el repique de alguna gaita. Eso ya era historia.

Uno de los hechos que más conmovería a la Galicia de entonces fue la desaparición de una joven de 17 años, Yasmina Soto-Quiroga Peralba, el día 30 de mayo de 1988 en la localidad pontevedresa de Marín cuando se dirigía a su trabajo a primeras horas de la mañana a su trabajo -como venía haciendo desde hacía algún tiempo- en un supermercado de Pontevedra. La muchacha, originaria de la parroquia marinense de O Seixo, tomaba todos los días el trolebús para hacer el trayecto desde Marín a la capital de Lérez, pero jamás se ha podido saber con exactitud lo que ocurrió en aquella primaveral mañana de hace ya más de tres décadas. Las incógnitas y el misterio perduran hasta nuestros días.

Tras su desaparición, y al ver que no daba señales de vida, sus familiares pusieron el hecho en conocimiento de las autoridades, siendo una tía suya, que trabajaba en el mismo supermercado, quien ofreció todo tipo de detalles acerca de la joven a la policía. Su familia descartó desde un primer instante la ausencia voluntaria de Yasmina, pues estaba considerada como una persona responsable y trabajadora. El último en verla fue con vida fue un antiguo compañero suyo de colegio, quien la recogió cuando hacía auto-stop en la carretera que une Marín con Pontevedra. Este hombre llegaría a ser como supuesto autor del asesinato que le costó la vida, aunque posteriormente sería puesto en libertad, al disponer de una coartada que le eludía de cualquier responsabilidad penal.

Tres meses más tarde

A lo largo de casi tres meses, toda Galicia, y muy especialmente la localidad de Marín, vivió con el alma en vilo al carecerse de cualquier noticia sobre el paradero de la joven desaparecida. Las indagaciones hechas hasta aquel momento habían resultado del todo infructuosas. Entre su familia comenzó a cundir el lógico desánimo. En ese tiempo en que los allegados de la joven desaparecida carecieron de cualquier noticia de su familiar recurrieron incluso a los servicios de un detective privado con el afán de hacer avanzar en la investigación del caso, que consideraban que había quedado paralizado. Solamente les sirvió de ayuda para poner en duda las declaraciones realizadas ante la policía del único sospechoso, pero no encontró ningún rastro sobre el paradero de Yasmina Soto-Quiroga.

El cuerpo de la joven aparecería en pleno verano, concretamente el 26 de agosto de 1988, en las inmediaciones del lago Castiñeiras, un bello y esplendoroso paraje natural situado a escasos cinco kilómetros del domicilio de Yasmina, en el vecino concejo de Vilaboa. Su hallazgo fue casual. En aquel entonces, un individuo, acuciado por una necesidad fisiológica, se introdujo por un espeso terreno inundado de zarzas y pudo observar algo extraño en medio de las mismas. Era el cuerpo de la joven desaparecida en Marín el 30 de mayo de ese mismo año. Sus restos se hallaban ya en claro estado de descomposición. Inmediatamente se puso en sobre aviso a los cuerpos y fuerzas de seguridad, quienes se desplazaron al lugar de los hechos para confirmar posteriormente que el cuerpo hallado en aquel zarzal efectivamente a la muchacha marinense.

La autopsia realizada al cadáver de la joven confirmarían que había sido víctima de un brutal asesinato, pues los forenses pudieron certificar que había sido literalmente cosida a puñaladas por su agresor. Sin embargo, el tiempo transcurrido entre su desaparición y el hallazgo de sus restos actuarían en contra de las investigadores, siendo muy decisivos a la hora de borrar algunas pruebas que, de haberse encontrado antes su cuerpo, hubiesen resultado trascendentales para el esclarecimiento de un crimen, que ha prescrito en la más absoluta impunidad. Su asesino consiguió eludir la acción de la justicia y ha estado en libertad los últimos 32 años, tantos como lleva muerta la joven de Marín que jamás se supo a ciencia cierta que fue lo que realmente le sucedió en la mañana de aquel trágico 30 de mayo de 1988.

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Asesina a su madre «por orden del diablo»

A comienzos del siglo XXI Galicia vivía una nueva era. Atrás quedaba el eterno país rural que había sido a lo largo de muchos siglos. Es más, el mundo rural avanzaba hacia un más que progresivo declive, desapareciendo aldeas y pequeñas villas. Con ellas también desaparecerían viejos mitos y leyendas que se habían perpetuado a lo largo de toda su historia. Ya nadie creía en duendes ni meigas, aunque como se dice habitualmente «haberlas hailas». Sin embargo, aquellas viejas tradiciones fueron substituidas por otras importadas de países anglosajones que se centraban en lo oscuro y lo misterioso, con nuevas creencias que pretendían ser un sucedáneo de las ancestrales.

Aunque bastante alejado de los nuevos influjos que se fueron adueñando de una pequeña parte de la juventud, el suceso ocurrido en la localidad pontevedresa de Nigrán el 18 de febrero de 2001 guarda una pequeña relación con el mundo del misterio y el esoterismo importado en las últimas décadas, a tenor de los textos hallados en el domicilio del homicida. En aquella jornada, entre las cuatro y las seis de la madrugada según dictaminaría posteriormente la autopsia, un joven de 28 años, Íñigo Álvarez Esmerode, decidía acabar con la vida de su madre, Aurora Esmerode, de 51 años, asestándole varias cuchilladas con un cuchillo de grandes dimensiones. La mujer, que intentó en vano huir de las garras asesinas de su vástago no conseguiría salvar su vida, pues, al parecer, el muchacho le había propinado previamente un golpe en la cabeza. Su cadáver, encontrado por la policía local de Nigrán en su dormitorio y con el pijama puesto, presentaba varios cortes a la altura del cuello, así como diversas magulladuras.

Llorando en el Ayuntamiento

Tras cometer el crimen, el muchacho, que ya se encontraba a tratamiento psiquiátrico, se dirigió desde su domicilio, en la zona conocida como Camino a Piñeiro, en el barrio de Areas Praia América, hasta el Ayuntamiento de Nigrán, distante dos kilómetros del lugar de los hechos. Allí sería atendido en torno a las ocho y media de la mañana por el concejal Efrén Juanes, quien le preguntó en que podría ayudarle. El joven le preguntó si disponía de un arma para quitarse la vida y posteriormente le narró lo ocurrido al edil en medio de grandes sollozos.

Efectivos de la policía local de Nigrán se trasladarían hasta el domicilio del muchacho, dónde corroborarían que efectivamente el joven había asesinado a su progenitora, encontrando la casa revuelta, con abundantes manchas de sangre por distintas estancias, así como el cadáver de la mujer tendido sobre su dormitorio.

Íñigo Álvarez pasaría a disposición judicial en los días siguientes al trágico suceso. En el transcurso de su declaración afirmaría ante el juez que había cometido aquel crimen porque «el diablo le había dado órdenes a través de un programa de televisión». Debido al gran shock psicológico que sufría, el magistrado que le tomó declaración ordenaría su ingreso en el Hospital Provincial de Pontevedra. Posteriormente, ingresaría de forma provisional en la prisión provincial de A Lama.

15 años de reclusión

Íñigo Álvarez Esmerode aceptaría en noviembre de 2001, cuando se celebró la vista oral en su contra, el ingreso en un psiquiátrico penitenciario durante un periodo de 15 años. Los tres psiquiatras que se encargaron de examinarlo constataron que el joven había sufrido un brote de esquizofrenia paranoide aguda en el momento de cometer el asesinato que le costaría la vida a su madres. Además, declararon que no estaba libre de sufrir nuevos episodios similares.

Quienes conocían al parricida, habían constatado a lo largo de los últimos meses que su estado psicológico iba empeorando y que sufría también algunos episodios de despersonalización. En los últimos tiempos el muchacho apenas hablaba y cuando lo hacía pronunciaba algunas expresiones ininteligibles. Asimismo, algunas de sus reacciones les resultaban cuando menos paradójicas, tales como reírse mientras veía la televisión -ante la que pasaba muchas horas- sin venir a cuento. Posteriormente, reconocía que se sentía fuera de si.

Sus conversaciones en los tiempos anteriores a cometer el crimen giraban en su mayoría sobre ocultismo, misterio y temas esotéricos, además de hallarse algunos manuscritos en su domicilio con contenido metafísicos. Igualmente, serían encontrados también muchos libros y publicaciones que abordaban esos mismos asuntos a los que se había aficionado en la etapa previa a cometer el asesinato de su madre.

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Once muertos en el hundimiento del pesquero «Cubiche»

Pecio de un pesquero hundido

A lo largo de la historia quizás haya sido el mundo marino donde mayor número de personas han perecido en Galicia de forma trágica. A todo ello se suma el hecho de que en las costas gallegas han sido muchos los hombres de distintas nacionalidades, principalmente británicos, que han perdido la vida en aguas gallegas. De hecho, la costa noroccidental gallega se ha ido ganando en nombre de «Costa da Morte», principalmente a raíz del naufragio del mítico crucero torpedero británico «Serpent», del que perecería prácticamente toda su tripulación. Solamente tres de los 175 hombres que llevaba a bordo consiguieron salvar sus vidas frente a la localidad gallega de Camariñas, siendo enterrados en un campo santo que en la actualidad es conocido como Cementerio de los ingleses.

Los que peor suerte han corrido en este tipo de desgracias siempre han sido los más desfavorecidos, como todo en la vida. La vida de los pescadores en altamar no es para nada envidiable. Además de pasar largas temporadas fuera de sus casas -en algunos casos varios meses-, tampoco tienen descanso cuando hay pesca, sea de día o de noche. El mar no conoce de horarios. A ello se suma el hecho de que muchos marineros sufren enfermedades de tipo piscosomático a consecuencia del constante estrés al que se encuentran sometidos, ya sea por las mala condiciones climáticas o por las propias que presenta la navegación.

Una de las muchas tragedias que se han sufrido en las costas gallegas se produjo en marzo del año 1963, a muy escasas millas de tierra. Por aquellas fechas desaparecía el pesquero «Cubiche, que tenía su base en el puerto de A Coruña. Durante unos días se mantuvo la incertidumbre acerca de la suerte que pudieran correr los once tripulantes que iban a bordo, pues no daba señales de vida, circunstancia esta que hizo ya pensar en lo peor, como finalmente terminaría ocurriendo.

Un gran misterio

El naufragio se produjo a unas tres millas del cabo Prioriño, situado en Ferrol, dando cuenta del mismo otro pesquero gallego, el «Flor de la Marola», que estaba faenando a la misma altura que el «Cubiche». Los tripulantes del barco que dieron la noticia se sorprendieron al observar a su paso grandes manchas de aceite, presumiblemente procedentes del pecio siniestrado, así como algunos objetos personales, entre ellos varios salvavidas que llevaban impreso el nombre del pesquero al que pertenecían.

En cuanto a las causas del siniestro, que costaría la vida a once marineros, han pasado a la historia de la navegación como un gran misterio que jamás ha podido ser descifrado. Solamente quedaron para la posteridad varias conjeturas, todas ellas propias de los hombres del mar. Al parecer, aquellos días el estado de la mar era bueno, por lo que se desechó la posibilidad de un accidente provocado por el oleaje o un temporal. Una de la hipótesis que se barajó en un primer momento fue la posibilidad de que al barco le hubiese estallado la caldera, hundiéndose como consecuencia de una potente deflagración.

Sin embargo, no fue únicamente la teoría de la explosión de la caldera la única aducida por los especialistas en la materia, sino que también se barajó la posibilidad de que el «Cubiche» fuera abordado por algún buque de la marina mercante y su tripulación no advirtiera el abordaje, por lo que el pesquero se iría a pique hundiéndose en las aguas del Océano Atlántico.

Cuerpos en las playas

En días posteriores al naufragio, irían apareciendo los cuerpos de los marineros fallecidos en distintas playas gallegas. El primero en aparecer lo haría en la playa ferrolana de Suevos. En día sucesivos sería recuperado otro cadáver en el arenal de Doniños, mientras que otros cuatro aparecerían en el de Entre Castillos. Los cuerpos de los otros marineros fallecidos serían recuperados en semanas sucesivas, aunque hubo dos que jamás aparecerían.

Una vez más la mar se convertía en la «mala mujer», que tan bien retrató en una de sus obras el escritor madrileño Raúl Guerra Garrido. Aún así, pese a las muchas tragedias que a lo largo del siglo XX costaron la vida a centenares de marineros gallegos, la convivencia entre el bravo Océano y una buena parte de la Galicia litoral sigue siendo muy íntima y muy estrecha, sin que nada ni nadie haya impedido jamás que miles de hombres se hagan a la mar todos los días en busca de una difícil supervivencia.

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Asesinan a su hija y un criado en la tragedia de Lalín (Pontevedra)

Incendio de la vivienda de Lalín en la que se produjo la gran tragedia de 2010

En el año 2010 una gran crisis económica sacudía todos los cimientos de España, derivada del estallido de la burbuja inmobiliaria que se había ido inflando excesivamente a lo largo de más de una década. Los concursos de acreedores y los despidos estaban a la orden del día. Nadie parecía encontrarse a salvo en un barco que parecía navegar a la deriva. Entre los muchos que se verían afectados por el reventón del globo que se había generado en torno al mundo del ladrillo se encontraba una pareja gallega formada por José Mouriño y Carmen Reboredo Lalín, quienes terminarían por erigirse en los tristes protagonistas de un suceso que conmocionaría a Galicia en la mañana del 29 de noviembre de 2010.

Se han barajado todo tipo de hipótesis, así como las causas que les llevaron a perpetrar semejante barbaridad, aunque la que más cuerpo ha tomado siempre ha sido la relacionada con las muchas deudas que se supone que acuciaban al matrimonio. Algunas informaciones llegaron a hablar de que rondaban los tres millones de euros y que su patrimonio se encontraba en trance de ser embargado. Nunca se supo muy bien quien o quienes indujeron a José Mouriño a introducirse en el negocio inmobiliario, hasta el extremo de llegar a presidir una empresa inmobiliaria, siendo una persona totalmente ajena a ese mundillo. Siempre había trabajado en la ganadería y quizás llevado por el afán de un lucro fácil y rápido, algo que no ocurre en el campo, fue víctima de algún desaprensivo que le indujo a una tragedia familiar que ha marcado profundamente a lo largo de la última década a la pequeña parroquia lalinense de Barcia.

Los hechos, realizados con total premeditación, se iniciaron a las cinco y media de la madrugada, cuando todos dormían en aquella vivienda acostumbrada a que hubiese luz antes del albor del día. A esa hora, José y Carmen aprovecharon la oscuridad de la madrugada y el mayor sigilo posible para dar muerte a la hija de ambos, Sonia Mouriño Reboredo, una joven de 22 años, a quien su madre le propinó un brutal hachazo en la cabeza, con el que terminaría con su vida prácticamente de forma instantánea. La tragedia no había hecho más que comenzar.

Incendio

Al parecer, según investigaciones realizadas posteriormente, el matrimonio tenía como objetivo acabar con la vida de todas las personas que residían en la casa, un total de cinco, además de con la suya propia. Para ello urdieron un macabro consistente en incendiar las principales estancias de la casa. En principio colocaron una bombona de butano en la habitación de Amador Vázquez Quinteiro, un hombre de 85 años que era criado del lugar desde tiempos inmemoriales. Para ello utilizaron los restos de espigas de maíz con la finalidad de que el fuego se extendiese al resto del inmueble en el que también se hallaban un hermano de Amador, la madre de Carmen Reboredo, y un hermano de esta última, quien sufría síndrome de Down.

Sin embargo, sus planes no les dieron el resultado que ellos buscaban ya que solamente perdería la vida Amador Vázquez Quinteiro, debido a que sufría graves problemas de movilidad y no pudo escapar de las llamas. A diferencia suya, si conseguirían salir sanos y salvos los restantes miembros de la familia, quienes desconocían lo que había sucedido y de la manera en como se había desarrollado aquella desoladora tragedia con la que se despertaban los gallegos en una otoñal mañana de noviembre.

Fosa séptica

Al tener conocimiento del incendio que había asolado la vivienda del lugar de Outeiro, se desplazarían hasta el lugar unidades de bomberos y de la guardia civil para socorrer a la familia afectada. Nadie sabía lo que había ocurrido hasta que encontraron el cadáver de la joven Sonia brutalmente asesinada. A raíz del fuego, acudirían también los vecinos de las inmediaciones en su auxilio. En un principio, se pensó en un asalto o incluso un ajuste de cuentas, dadas las elevadas deudas que había contraído José Mouriño en su gestión inmobiliaria. Pese a todo, muy pronto se iría recomponiendo aquel enrevesado rompecabezas. Faltaba por aparecer el matrimonio que se encargaba de la explotación ganadera y no aparecía por ningún sitio, siendo ellos la principal clave que ayudaría a esclarecer el trágico acontecimiento.

Alrededor de las dos y media de la tarde eran encontrados en el interior de una fosa séptica, utilizada para almacenar los excrementos y residuos del ganado para emplearlos posteriormente como abono. Allí se encontraban Carmen y José, completamente cubiertos de purín, presentando síntomas de intoxicación al inhalar el fétido aroma que desprenden los excrementos del ganado. El hombre les preguntó si ya habían muerto todos. El se encontraba temblando y disgustado, mientras que ella aparentaba cierta serenidad.

Algunas fuentes indican a que en ese preciso instante, Carmen Reboredo se inculpó de la muerte de su hija, en tanto que otras afirmaban que había sido su marido quien declaró ante los agentes que había sido su esposa la autora material del crimen que le había costado la vida a su pequeña. Posteriormente, serían trasladados al hospital Montecelo de Pontevedra para someterlos a un proceso de lavado de estómago y posterior desintoxicación, así como para proceder al pertinente reconocimiento médico. Al parecer la pareja habría planificado su suicidio con la ingestión masiva de gases tóxicos procedentes de la fosa séptica en la que se habían ocultado, pero sin conseguir su objetivo.

Nadie en la parroquia de Barcia era capaz de explicar tan desgraciado suceso, ya que tampoco se podían ni siquiera imaginar que pudo pasar por la mente de aquel matrimonio para perpetrar semejante atrocidad. Todo el vecindario los consideraba una extraordinarias personas, honradas y trabajadoras. Se decía que a Carmen se la veía muy poco últimamente y cada vez que se encontraba con algún conocido le hablaba de los «muchos millones» que pensaba ganar su marido con el negocio inmobiliario. A ella se la consideraba una mujer introvertida, dedicada en cuerpo y alma a trabajar en la explotación ganadera que había heredado de sus padres.

En el año 2020 sería derruida la vivienda en que se había producido la tragedia, siendo ya el último icono que quedaba en pie de la misma. En la casa ya no vivía nadie y su deterioro se había hecho patente, además de quedar profundamente estigmatizada al igual que sucede con todos aquellos lugares en los que se ha producido un hecho deplorable.

58 años de cárcel

Más de tres años después de la gran tragedia que consternó a Galicia se celebraría en la Audiencia Provincial de Pontevedra el juicio por el suceso. Carmen Reboredo y José Mouriño serían condenados cada uno a una pena de 58 años de prisión, si bien es cierto que el Tribunal Supremo emitiría un auto en el año 2017 dando cuenta de que el máximo período que debían permanecer en la cárcel era de 25 años.

Según el escrito de la acusación presentado por la fiscalía, la intención del matrimonio era acabar con la vida de todos los miembros de la vivienda, descartando la posibilidad incluso de que la mujer sufriese algún tipo de alteración mental o psíquica, derivada en este caso del estrés que le podía ocasionar el hecho de cuidar a una persona como el criado, con graves problemas de movilidad. También incidía en la responsabilidad del marido de Carmen, pese a la autoinculpación de esta última, a quien consideraba una persona muy influenciable.

En el interín que va desde que se produce el crimen, noviembre del año 2010, hasta que se celebra el juicio, finales de 2013, la pareja había disfrutado de un período de libertad condicional por concluir el tiempo máximo de prisión provisional. En el mismo habían estado residiendo en casa de un familiar. Mientras, las otras dos personas que sobrevivieron al incendio ya habían fallecido en una residencia de la tercera edad emplazada en Lugo.

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