El crimen del procurador

Lugo, a principios del siglo XX

A comienzos del siglo XX Lugo era una de tantas capitales de provincia en la que su vida transcurría de forma anodina y rutinaria, sin que nada o nadie alterase el devenir de una ciudad que apenas tenía 30.000 habitantes, la mayor parte de los cuales residían dentro del recinto amurallado. Un conocido y prestigioso periodista lucense la definía como una «aldea grande», en alusión al tradicional nexo que ha mantenido a lo largo de su historia con los grandes núcleos rurales que la circundan. Los lucenses nunca han estado al margen de ese carácter bonachón y campechano que caracteriza a las gentes de las parroquias y aldeas gallegas, teniendo prácticamente todos sus raíces en su extenso y precioso rural.

En los primeros tiempos de la anterior centuria se vivía en un ambiente familiar, que no distaba mucho de la manera de vivir en el mundo rústico, siendo frecuente contemplar por el entorno amurallado carros del país de los que tiraban dos vacas o bueyes. La tradicional tranquilidad solo se veía levemente alterada en el mes de octubre, cuando llegaban sus no menos tradicionales fiestas en honor a San Froilán, a las que ya se acercaban miles de personas procedentes de todos los rincones de la provincia.

Sin embargo, esa celestial paz de la que se gozaba en una ciudad «que nunca pasaba nada» se vio abruptamente interrumpida a mediados del año 1904. El 21 de junio de aquel año era encontrado el cuerpo sin vida de un indiano que había hecho fortuna allende los mares en unos sótanos de la Plaza del Castillo. Su cuerpo estaba visiblemente desfigurado, presentando muy claras señales de violencia en el rostro y la cabeza, lugar donde había recibido dos golpes mortales de necesidad. La víctima se llamaba Antonio Ledo Espiñeira y era oriundo del término municipal de Guitiriz, en aquel entonces denominado Trasparga.

Desparición

Antonio Ledo había regresado a Galicia tras hacer fortuna en tierras americanas. Había invertido sus gananciales en distintos productos financieros de la época que le permitían vivir de forma desahogada, además de hacer préstamos a interés hipotecario a personas que requerían sus servicios económicos. Ahí, en su profesión, radicaría la causa que le acabaría costando la vida.

Nadie sabía que camino había tomado Ledo Espiñeira desde el 6 de junio de 1904. Era ya un hombre maduro, de 54 años, que sufría una ligera cojera a causa de un accidente que había sufrido en su infancia. Residía en hostales y pensiones de la capital lucense, siendo su último domicilio en la casa de la hermanas Acevedo, quienes regentaban un local de estas características. Fueron precisamente ellas quienes alertaron a las fuerzas del orden público de la desaparición del indiano, ya que nada se sabía de él desde hacía ya algunos días.

La gota que colmó el vaso la dio la esposa del procurador Abelardo Taboada, Ramona Acevedo, quien alerta a dos amigos de su marido, entre ellos el abogado José Benito Pardo, del hedor que procede de los sótanos de su casa. Previamente, había mandado a su criada, Casilda, a que bajase a aquel lugar para ver que era lo que podía causar aquel pestilente olor, aunque ella ya sospechaba que su marido pudiese tener algo que ver con la desaparición del prestamista, asunto del que ya se han hecho eco los distintos medios de comunicación.

Abelardo Taboada

Abelardo Taboada es un curioso personaje de la historia de la ciudad de Lugo en los últimos años del siglo XIX y principios del XX. Había nacido en A Coruña en el año 1864. Comenzaría a trabajar como escribiente con un procurador coruñés, prestando sus servicios en distintas instituciones. Llegaría a la vieja urbe romana de la mano de su gobernador civil, Ramón Folla, en 1889, quien lo había llevado con él para que ejerciese su profesión a su servicio, aunque a partir de 1891 empezará a trabajar como escribiente con el procurador Ramón Roca Seoane, quien tiene su despacho en el número 17 de la Plaza del Castillo. Además, ejerce funciones similares en el Ayuntamiento de Lugo.

Al fallecer Ramón Roca, Abelardo Taboada, un hombre alto y de muy buen aspecto, incluso algo chulesco, decide casarse con su viuda, Ramona Acevedo, una mujer que es 17 años mayor que él. Son muchas las personas de la alta sociedad lucense de entonces las que advierten a esta mujer de los muchos «defectos» que tiene el hombre que va a convertirse en su marido. Además de mujeriego, es aficionado al alcohol, al juego y a otros placeres de la vida que demandaban un alto poder adquisitivo. A pesar de ello o tal vez debido a ello, se convertirá en toda una personalidad de la época. Llegará a ser teniente alcalde de la ciudad tras salir elegido concejal en una candidatura presentada por el partido de Segismundo Moret. Además, llegará a ser un destacado dirigente del Círculo de las Artes, entidad en la que cometerá un importante desfalco.

Su elevado tren de vida le lleva a estar constantemente endeudado, viéndose en la obligación de hipotecar algunas de las propiedades de la persona con quien se había casado. Gracias a los contactos de los que disfruta en razón de los distintos cargos que ostenta, acabará conociendo a un emigrante que ha hecho fortuna y será a él a quien recurra para hacer frente a sus muchas y elevadas deudas.

Un buen día decide solicitarle un préstamo a Antonio Ledo. La cantidad que le requiere asciende a 8.000 pesetas de la época, aunque finalmente, por distintas razones, solo le podrá prestar 500 menos de lo acordado. En la fecha del crimen, el 6 de junio, el prestamista se entera de que la casa que Abelardo Taboada le ofrece como garantía está previamente hipotecada por parte del abogado José Benito Pardo, aunque este hecho resultará ser un rumor falso.

En la tarde del día de autos Ledo se dirige al número 17 de la Plaza del Castillo donde le aguarda para firmar el préstamo el procurador Taboada. Lleva con él las 7.500 pesetas. Cuando llega al despacho el emigrante indiano le dice que le ha intentado estafar, pues, según la información de la que él dispone, su vivienda ya está hipotecada. Es entonces cuando se inicia la discusión entre el procurador y el prestamista que sube de tono. En el transcurso de la misma este último le recrimina al anterior la vida disoluta y de dispendio que lleva en la ciudad de las Murallas, yendo un día con una mujer luego con otra, además del juego. El escribiente le contesta de malos modos reprochándole que viva a costa del sudor de los demás, cobrando intereses que rozan la usura.

Con un mazo

En un momento dado la discusión se sale de los cauces normales y el procurador esgrime un martillo, estilo mazo, con el que le sacude en la cabeza a Antonio Ledo, quien cae al suelo redondo sin poder reaccionar, a lo que se suman sus dificultades de movilidad. Le propinará un segundo golpe, lo que provocará que se le inunde el rostro de sangre. Con unas arpilleras le envuelve la cara para evitar que esta se derrame al suelo, aunque no conseguirá que las manchas del líquido elemento se incrusten en el piso de madera.

Aquel mismo día, a las siete de la tarde, Abelardo Taboada tiene sesión en el Ayuntamiento de Lugo. Intervendrá en distintos puntos del orden del día, pues es teniente de alcalde, en tanto que preside la corporación local Antonio Belón y actúa como secretario Carlos Pardo Pallín. Su teatralidad alcanza límites asombrosos. En un momento dado solicita del mandatario local poder abandonar el pleno municipal, pues debe ir hasta su casa. Va a examinar el cadáver de su víctima y no observa novedad alguna.

Al anochecer regresa a su casa como si tal cosa. Trata de disimular su estado de excitación, como si no hubiese ocurrido nada. Le sugiere a su esposa que se vayan ella y la criada al día siguiente a la parroquia de Gomeán a visitar una tía de la primera que no se encuentra muy bien de salud. Sin embargo, hay un detalle que le delata, ya que Ramona Acevedo se siente sorprendida cuando su marido le ofrece dinero para los gastos del viaje, aspecto este que no era nada usual en una persona que apenas le proporcionaba un céntimo para el sustento y gobierno de la casa, siendo muy reparado en este sentido.

Una vez más, Abelardo Taboada regresa al lugar del crimen para registrar los bolsillos de su víctima, apoderándose de la cantidad que se había comprometido a dejarle, 7.500 pesetas, además de algunas monedas de oro que lleva en el chaleco, así como un de un reloj de oro que porta el indiano. Posteriormente, cerrará todas las ventanas de la casa para que no se pueda ver lo que hay en su interior. Arrastrará también el cadáver al sótano de la misma, depositándolo en una de las celdas en las que está dividido, pues, antiguamente, sus dependencias habían albergado las instalaciones de la antigua cárcel lucense.

Huida

Al enterarse de que las hermanas Acevedo han decidido poner en conocimiento de las autoridades la ausencia de su huésped, Abelardo Taboada, emprenderá una precipitada huida que no parece llevarle a ningún sitio. Es visto por distintas personas que testificarán en su contra en el transcurso del juicio cuando toma un tren que le llevará a la ciudad de A Coruña. En el trayecto se encuentra con mucha gente que le conoce, entre ellas un distinguido comerciante lucense afincado en la capital herculina.

Al llegar a su primer destino, Taboada decide hacerse con los servicios de un mozalbete que se encargará de hacerle ciertos recados. Uno de ellos consiste en la adquisición de un billete de tercera clase a bordo del vapor de bandera neerlandesa Saint Thomas, que había arrivado al puerto coruñés en la tarde de aquel caluroso 7 de junio a nombre de Francisco Fariña Vecino, identidad que adopta con ánimo de despistar a las autoridades. Además, hay un detalle que no pasará desapercibido y es el abrigo en el que va envuelto para no ser reconocido, muy ostentoso por encontrarse ya en época estival. Pese a todo, es reconocido por el periodista Bernardo Faginas, un conocido suyo, pero también le reconoce el inspector de Vigilancia y Seguridad Antonio Ferrer, de quien no se percata de su presencia en las instalaciones portuarias.

A las nueve de la noche el barco holandés leva anclas con destino a La Habana, donde pretende escabullirse de su brutal crimen. En el transcurso de la travesía, Francisco Fariña (Abelardo Taboada) apenas mantiene relación con ninguno de los otros pasajeros. Incluso tiene que ser advertido en diversas ocasiones por miembros de la tripulación para que se ponga la obligatoria vacuna de la viruela para viajar a tierras americanas.

Mientras tanto, en la ciudad de Lugo se han encendido ya todas las alarmas. Las propietarias de la pensión en la que reside habitualmente el prestamista Ledo Espiñeira han puesto en conocimiento de las autoridades la desaparición de su huésped. De igual forma, salta también a los medios de comunicación, algunos de los cuales ya especulan que su ausencia es paralela a la del procurador Taboada, quien se estima que mantiene con el una deuda de 2.000 pesetas, una elevadísima cantidad de dinero para la época.

Extradicción

Al aparecer el cadáver del indiano en los sótanos de la vivienda de su propiedad con claros signos de violencia, ya nadie duda que la autoría de su asesinato es obra de Abelardo Taboada, lo que causa una oleada de furor, indignación y consternación en la sociedad lucense de la época, acostumbrada a que su vida discurriese por los cauces de la más normal y corriente monotonía, que ahora se veía bruscamente interrumpida. Ese clima de crispación salta también a las páginas de los principales diarios de entonces en los que se leen furibundas declaraciones de distintas autoridades, entre ellas las que dirigen los órganos rectores del Círculo de las Artes, quienes pretenden borrar cualquier huella que hubiese dejado en la institución tan funesto y cruel personaje.

Como consecuencia del macabro hallazgo en la casa número 17 de la Plaza del Castillo, son detenidas la esposa de Abelardo, Ramona Acevedo y su criada Casilda, así como un matrimonio amigo del procurador que son los maestros de Castro de Rei. Sin embargo, serán puestos en libertad tras prestar declaración y comprobarse que nada tienen que el brutal crimen que ha sacudido a la ciudad de Lugo. Además, el inmueble se convierte en un escenario maldito, pues todos sus moradores lo abandonan con destino a otros puntos. Casilda se despide de Ramona Acevedo, quien también se marcha a vivir a una casa que posee en la rúa do Miño. La gente, dominada por unas profundas creencias religiosas de la época, se santigua cada vez que pasa por delante de aquella «maldita casa» en la que ha aparecido el cadáver de un hombre con la cabeza destrozada y comida, en parte, por las ratas.

Mientras, las autoridades inician los trámites oportunos para que se conceda la extradición del prófugo de la Justicia española, aunque previamente ha de ser detenido, hecho que se produce el 28 de junio de 1904. Un policía se acerca a él y le dice: «¿Don Francisco Fariña o don Abelardo Taboada, supongo?», quien tras atarle las manos a la espalda lo condujo hasta el penal militar de San Cayetano, dónde se le incautan las pertenencias que le había sustraído a Antonio Ledo, entre ellas 7.411 pesetas, el reloj de oro, y las monedas.

Ya, en prisión, conocedor de todas las triquiñuelas que podían evitar su extradición a España, iniciará una huelga de hambre el 2 de julio, fecha en la que se conoce en Lugo que ya ha sido detenido por las autoridades de la isla caribeña. Incluso se pone en contacto con el poderoso Centro Gallego. Su presidente le ofrecerá el mejor abogado de Cuba, y si se evita la extradición, le dará un pasaje para que pueda marchar a algún estado sudamericano. Abelardo Taboada piensa que no existe tratado de extradición entre España y su antigua colonia. Sin embargo, el entonces presidente cubano Carlos Estrada firmará el documento que concede su extradición a España con fecha del 29 de agosto. En el mismo se especifica que al detenido solo se podrá juzgar por los delitos de robo y asesinato.

Regreso

El día de 2 de octubre de 1904 llega el procurador asesino al puerto de la ciudad herculina a bordo del vapor Alfonso XIII, mostrando ser una caricatura de lo que había sido antaño. Nada en su aspecto recordaba ya al apuesto hombre que había sido hacía tan solo unos meses. Además, trae puestas unas aparatosas argollas y calza unas sandalias. En la capital herculina es entregado a agentes de la Benemérita que lo trasladarán a Lugo.

El 5 de octubre el juez Félix Jarabo inicia los interrogatorios contra el acusado, quien da pruebas una vez más de su debilidad personal y humana. Prorrumpe varias veces en llantos y mantiene un mutismo extremo, hasta el punto que ni siquiera responde como se llama. En la cárcel en la que está ingresado ha de ser aislado de los demás presos con la intención de que estos no le hagan ningún daño.

El juicio se iniciará el 17 de enero de 1905 que se prolonga a lo largo de tres días. Son llamadas a declarar distintas personalidades, entre ellas el alcalde de Lugo, Antonio Belón y el secretario municipal Carlos Pardo Pallín. Asimismo, testificarán distintas autoridades del Círculo de las Artes de la capital lucense, así como su esposa, quien declararía que su marido había dejado de facilitarle dinero desde hacía meses para el sostenimiento de la casa. Los testigos periciales, entre ellos el forense que practicó la autopsia al cadáver de Antonio Ledo, confirman que las manchas encontradas en el suelo del piso en el que se cometió el crimen son de sangre humana, así como las que también se encuentran en el martillo con el que se perpetró la atrocidad.

Condena

Algo tiene la justicia que amansa a quien es procesado por fiero que sea el león que se enfrenta a ella. En el transcurso de la vista oral mantiene una actitud pusilánime, en tanto que el fiscal pronuncia un muy duro alegato en contra del acusado. Con un florido y barroco estilo de oratoria, que no guarda relación alguna con el que se utiliza en nuestros días, el magistrado se ratifica en lo manifestado en sus conclusiones provisionales, solicitando para el acusado Abelardo Taboada Roca la pena de muerte. En su durísimo alegato recuerda al hombre que el había conocido cuando llegó a Lugo y a la época en la que gozaba del amplio reconocimiento social de todos los lucenses.

En la tarde del 19 de enero el jurado encargado de dictar sobre su culpabilidad o inocencia se retira a deliberar. En la mañana del día siguiente se hace pública la sentencia en la que se condena a Abelardo Taboada Roca a la pena de prisión perpetua. Al conocer la pena que se le impone el procurador vuelve a llorar tal cual fuese una magdalena. Su abogado defensor Juan Bautista Varela Balboa, que es un joven y prestigioso criminalista, recurrirá ante el Tribunal Supremo, quien se ratificará en la sentencia impuesta por la Audiencia Provincial de Lugo, con fecha de 25 de junio de 1905.

Algo más de un mes más tarde, el 22 de agosto, Abelardo Taboada abandonará la prisión de Lugo para ser trasladado a la de Ceuta, en la que estaría internado unos quince años para ser trasladado posteriormente a la de San Miguel de los Reyes, en Valencia. Durante su estancia en la cárcel, en 1915, fallecerá su esposa Ramona Acevedo en un piso de la calle Obispo Aguirre de la ciudad de las Murallas.

El procurador recobraría la libertad tras haber permanecido en prisión más de veinte años. A partir de ese momento, se irá a vivir a su ciudad natal llevando una vida pobre y carente de cualquier sustento, similar a la de un mendigo, que contrastaba con el ambiente de lujos, dispendio y alta alcurnia en el que se había desenvuelto en sus años mozos en la capital lucense. Aparecerá muerto el 24 de enero de 1930 en la mampostería de una obra de la coruñesa calle de las Herrerías, un lugar al que iba a guarecerse para pasar la noche el famoso procurador, que un buen día de comienzos del siglo XX provocó un gran sobresalto en la siempre pacífica y acogedora ciudad de Lugo.

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