Tres muertos y 49 heridos en el atentado de «Clangor»

Estado en el que quedó la famosa discoteca compostelana «Clangor»

A pesar de lo pacífico que es el pueblo gallego, Galicia no pudo librarse de la maraña terrorista, siendo escenario de distintos atentados que le costaron la vida a algunos agentes de las fuerzas de seguridad del estado, algún empresario y también perecieron algunos inocentes ciudadanos que lo único que hacían era disfrutar de sus ratos de ocio y tiempo libre.

Uno de los lugares en los que pretendieron hacerse notar algunos grupos terroristas a finales de la década de los ochenta y primeros años noventa del pasado siglo fue la capital gallega, quizás por la presencia en la ciudad de millares de jóvenes que cursaban sus estudios universitarios en la única minerva que existía en Galicia en aquel entonces. Así, surgiría un grupúsculo que llevaría a cabo algunas actividades de carácter violento contra unos objetivos muy concretos, a quienes ellos consideraban que estaban relacionados con el narcotráfico.

El atentado más significativo, tanto por el número de víctimas como por la destrucción que ocasionaría así como por la repercusión que tuvo, fue el que llevó a cabo el grupo autodenominado Exército Guerrilheiro do Pobo Galego Ceibe(EGPCG), en la noche del 11 de octubre de 1990 en la discoteca compostelana «Clangor» en el que perderían la vida tres personas, dos terroristas y una joven estudiante, además de resultar heridas cerca de medio centenar. El Exército Guerrilheiro, como era conocido, era una banda terrorista que se daría a conocer al hacer saltar por los aires el chalet que poseía en Perbes Manuel Fraga Iribarne, quien apenas unos años más tarde de la destrucción de su residencia estival se acabaría convirtiendo en Presidente de la Xunta de Galicia.

El ataque contra sus objetivos parecían estar muy bien definidos de antemano, pues se enmarcó dentro de una oleada terrorista que, según sus autores, se dirigía específicamente contra bienes de personas que presuntamente estaban relacionados con el narcotráfico, aunque en el caso de la discoteca compostelana jamás se pudiese demostrar relación alguna de sus propietarios con la distribución de droga.

«Noche de marcha»

La noche elegida para atentar contra la discoteca «Clangor» era la típica madrugada de marcha en la que la mayoría de los estudiantes salen de juerga, pues al día siguiente se terminan las clases y hay que disfrutar del último día de la semana. Además, en esta ocasión se había adelantado un día, ya que el viernes era festivo y llegaba un largo puente por lo que, en vez del jueves, la noche de marcha se adelantó a la jornada del miércoles.

No se podían imaginar los miles de estudiantes que se daban cita en el ensanche compostelano que aquella noche festiva, la primera del curso académico, terminaría en tragedia. Ni mucho menos podían ser conscientes las alrededor de 200 personas que en torno a las tres y cuarto de la madrugada se encontraban en las instalaciones de una discoteca de moda de la época, la famosa «Clangor». A esa hora los presentes en la conocida sala santiaguesa fueron testigos de una potente detonación que provocaría el pánico y el desconcierto entre los congregados en el recinto festivo.

El potente sonido del rock and roll fue silenciado por la explosión de un potente artefacto que destruiría el local de ocio nocturno. El son de la música daría paso a los gritos de auxilio y socorro, mientras el pavor y el miedo generalizados se apoderaban de los dos centenares de jóvenes que allí se congregaban, ante un hecho que para nada era habitual en tierras gallegas y que trastocaba cualquier plan ante lo que debía ser una madrugada de diversión, que ahora, de forma repentina, se tornaba en una brutal tragedia.

Tras producirse el potente estruendo que movilizaría a muchos compostelanos, de inmediato se acercaron hasta el lugar del trágico suceso las asistencias, así como los equipos de bomberos que se encontraron a la que había sido una discoteca muy frecuentada por los universitarios reconvertida en un impresionante amasijo de hierros que dejaba paso a la destrucción, la desolación y la desesperanza.

Un total de 46 personas debieron de ser atendidas en el antiguo Hospital Xeral de Galicia a consecuencia de heridas de diversa consideración. Muchas de ellas presentaban perforaciones y lesiones en el pabellón auditivo a consecuencia de la potente deflagración que habían tenido que soportar. Lo peor de todo es que, además de los heridos, otras tres habían perdido la vida. Inmediatamente se reconoció a una joven estudiante viguesa María Mercedes Domínguez, la única víctima mortal que no guardaba relación alguna con el grupo terrorista que, horas más tarde, revindicaría el mortal atentado que consternaría a toda Galicia.

Otra de las víctimas mortales que fue reconocida en las primeras horas fue José Ignacio Villar, quien era un conocido integrante del Exército Guerrilheiro, natural del municipio coruñés de Culleredo, muy próximo a la ciudad herculina. De la misma forma, también había perecido en este brutal atentado su acompañante, María Dolores Castro, otra conocida miembro del grupo terrorista radical gallego. Si bien es cierto que esta última tardaría algunas horas más que su compañero en ser reconocida.

Bafle

Al parecer los terroristas transportaban un artefacto compuesto por gelamonita, un potente explosivo similar a la dinamita que, supuestamente, habían adquirido en tierras portuguesas. Además, a los investigadores les hacía pensar que los autores del atentado no eran expertos en explosivos, pues habían colocado el mismo junto a un bafle de un altavoz, con lo que las fuertes vibraciones emitidas por este habrían contribuido a que estallase antes de lo que estaba previsto.

En torno al atentado se facilitaron muchas versiones y se dieron las más controvertidas hipótesis. Había quien aseguraba que la bomba no estaba pensada para hacerla explosionar en la discoteca «Clangor» y que su objetivo era otro centro de diversión de similares características emplazado en la villa costera de Noia, cuyo dueño había sido relacionado con el mundo del narcotráfico por quien entonces era su alcalde, el nacionalista Pastor Alonso.

Aquella madrugada sería dramática para muchas familias gallegas, muchos de cuyos hijos se encontraban estudiando en la Universidad de Santiago. Se sucedían las llamadas a las residencias, colegios mayores, pensiones, así como a los pisos en los que residían muchos de los universitarios que se habían trasladado a tierras compostelanas a proseguir sus estudios. El nerviosismo se apoderaría de una tierra que siempre se había destacado por ser un lugar eminentemente pacífico, muy reacio a cualquier brote violento. Prueba de ello serían las más de 30.000 personas, estudiantes en su mayoría, que en jornadas posteriores se manifestarían por las calles compostelanas contra la violencia terrorista.

Oleada terrorista

El atentado contra la discoteca «Clangor» se enmarcaba dentro de una serie de actuaciones que estaba llevando a cabo el Exército Guerrilheiro contra objetivos que ellos consideraban que eran bienes de personas o empresas relacionadas con el narcotráfico. En esa misma noche harían explosión otros cuatro artefactos en distintas localidades gallegas, principalmente enclavadas en las Rías Baixas. En Vilagarcía de Arousa un artefacto ocasionaría desperfectos de diversa consideración en una zapatería que era propiedad de Esther Lago, la fallecida esposa del conocido narcotraficante gallego Laureano Oubiña. Tampoco se libraría de la ira terrorista una sucursal bancaria de Vigo.

Con el atentado contra la discoteca «Clangor» se pondría fin al periplo de una de las organizaciones terroristas gallegas de las últimas décadas, ya que muy pronto serían detenidos todos sus miembros, dándose por desarticulado el Exército Guerrilheiro do Pobo Galego Ceibe(EGPGC), cuya corta existencia se saldó con la muerte de cuatro de personas, dos de ellos terroristas, y la mediática voladura del chalet de Manuel Fraga Iribarne.

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