Tres muertos en un motín en el carnaval de Vigo en 1903

carnaval

A comienzos del siglo XX la ciudad de Vigo estaba comenzando su expansión como gran urbe, aunque todavía estaba muy lejos de convertirse en la primera metrópoli gallega. Apenas tenía un censo de unos 20.000 habitantes, muy similar al que entonces contaban otras dos ciudades gallegas, Ourense y Lugo respectivamente. Sin embargo, gracias a la magnitud de su puerto, principal referente en el tráfico que se dirigía a tierras americanas, se estaban generando las circunstancias propicias para el crecimiento demográfico más vertiginoso, no solo España, sino también de toda Europa. La ciudad prometía y lo que no dejaba de ser un pueblo grande hace 120 años terminaría por convertirse en la primera urbe gallega de la actualidad.

Por aquel entonces se acercaban ya a la ciudad olívica gentes de toda Galicia, bien porque se trasladaban allende los mares u otras causas. Las fechas festivas eran un constante trasiego de personas, principalmente de localidades vecinas que se acercaban a disfrutar de los distintos eventos que tenían lugar en la urbe viguesa. Una época en el que ese constante deambular de almas era mucho más constante eran los días de Entroido, en el que eran ya miles las personas que se citaban en el centro histórico de Vigo. Esta festividad, que siempre ha gozado de una gran concurrencia, sería recordado en el año 1903 por un trágico motín que acabaría costando la vida de tres personas, a raíz de un incidente en el que se vio inmerso el jefe de la policía local viguesa, Prudencio Contreras, que no hacía en modo alguno honor a su nombre, ya que hacía escasos meses había sido cesado de su puesto por el gobernador civil, aunque sería restituido en su cargo por el nuevo alcalde vigués, su tocayo Prudencio Nanín.

Incidente con una persona disfrazada

Los desgraciados acontecimientos tuvieron lugar en la jornada del día central de las celebraciones festivas de carnaval, el 24 de febrero de 1903. Al parecer, los hechos se iniciaron a raíz de un incidente protagonizado por un miembro de la policía local que se enfrentó, desconociéndose el motivo, con una persona que iba disfrazada en la céntrica rúa viguesa del Príncipe. Un grupo de viandantes acechó al agente y se puso del lado del hombre que gozaba del carnaval, provocándose una inusual trifulca. Al tener conocimiento de los mismos, se desplazó al lugar el máximo responsable de la policía local de la época, un hombre que sacaba su sable con una facilidad pasmosa. Con el mismo provocaría graves heridas a varias personas que se habían concentrado en el lugar.

La actitud de Prudencio Contreras generaría que el incidente se multiplicase, viéndose implicados un mayor número de viandantes de los que en un principio se habían dado cita en el alboroto inicial, hasta el extremo que la grave provocación del responsable de los guardias vigueses les obligaría a estos últimos a refugiarse en sus dependencias de la casa consistorial. Al parecer, estos habían sido acechados a consecuencia de la actitud arrogante y prepotente de su jefe, quien les había ordenado de desenvainar sus sables y utilizarlos contra quienes los rodeaban.

Aquel incidente era tan solo el principio de lo que se iba a convertir en el carnaval más trágico de la historia de la ciudad olívica, ya que al tener conocimiento de lo que ocurría con los agentes municipales, recurrieron en su ayuda sus colegas de la Benemérita, quienes provistos de sus respectivos fusiles efectuarían varias descargas contra los amotinados, provocando la muerte de dos personas, entre ellos un niño, de 12 a 14 años, de nombre Cosme Martínez, que se encontraba vendiendo confeti en la zona aledaña a la plaza de la Constitución viguesa. Pero, por desgracia, no sería la única víctima de aquella aciaga tarde de Entroido, ya que también fallecería a consecuencia de los disparos un vecino de Gondomar, Rogelio Rey, quien disfrutaba de aquellas jornadas festivas. La tercera víctima fue José Lorenzo Iglesias, que fallecería a consecuencia de los sablazos recibidos por parte de la policía local. Además, según se desprende de las crónicas de la época, el capitán que estaba al mando de los guardias civiles en ningún momento ordenó disparar contra los allí congregados. A todo ello se añade que, al parecer, no efectuaron los tres disparos reglamentarios de advertencia. Al parecer, quien abrió el fuego fue un agente de la Guardia Civil al que secundarían sus compañeros.

Huelga general

El desgraciado acontecimiento provocaría la lógica rabia, frustración, indignación y consternación en la ciudad que veía como lo que prometía ser un día de fiesta se teñiría de luto. Todos los sectores se pusieron de acuerdo al unísono, incluida la primera institución viguesa, para condenar de forma unánime aquellos sangrientos acontecimientos que se reflejaban en prácticamente todos los periódicos españoles de la época. A raíz de los mismos, se suspenderían las fiestas de carnaval, entre ellos algunos bailes de piñata que estaban programados para el sábado siguiente. De la misma forma, fueron muchas las manifestaciones de solidaridad procedentes de diferentes puntos de la geografía española que recibieron las víctimas. La corporación local, además de condenar el sangriento suceso, abrió una suscripción popular para contribuir a paliar en la medida de lo posible la trágica desgracia. Además, el alcalde destituiría de su cargo a Prudencio Contreras. Si esto no fuera poco, Prudencio Nanín, titular de la alcaldía viguesa, dimitiría de su cargo, consciente de que se había equivocado gravemente al reponer en su puesto a su tocayo.

El 28 de febrero de 1903 Vigo, una ciudad que muchos años más tarde destacaría por su elevada conflictividad social debido al elevado número de trabajadores que se dan cita en su sector industrial, viviría su primera jornada de huelga general. En aquella jornada se pararía toda su actividad, que ya no era poca en aquel entonces. De la misma forma, los primeros grupos de la oposición de aquel tiempo aprovecharon el trágico incidente para hacer resonar sus primeros ecos, siendo este muy aludido en los distintos mítines y foros que se convocaban.

El hecho más significativo en la jornada de protesta por el «Martes sangriento de Carnaval», tal y como sería conocido históricamente, fue la gran manifestación que se desarrolló por las principales vías de la ciudad, con personas llegadas de otros puntos de la geografía gallega y también española. Algunos periódicos de la época reflejarían en sus páginas la «extraordinaria lección de ciudadanía» ofrecida por los vigueses, que condenaban así de forma unánime unos tristes sucesos que tan solo habían obedecido a la arrogancia de un energúmeno que, en medida alguna, estaba capacitado para mantener el orden de una ciudad que, con el devenir de los años, terminaría por convertirse en la principal urbe gallega.

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Caso Metílico: la mayor matanza de la historia de Galicia

Almacén de Rogelio Aguiar, principal responsable del alcohol adulterado

Si hacía falta alguna prueba más acerca del grado de corrupción que se vivía en la dictadura franquista quizás la más concluyente es sin lugar a dudas el escándalo que por el consumo de alcohol adulterado que se vivió en Galicia en la primera mitad de la década de los años sesenta del pasado siglo. El investigador de este suceso Fernando Méndez, así como el fiscal que investigó la causa, Fernando Seoane siempre han sostenido que a consecuencia del mismo fallecieron miles de personas, aunque en el recuento oficial de la época solamente consten tan solo medio centenar, repartidas, principalmente, entre Galicia y Canarias, los territorios más afectados por el consumo de alcohol que debía ir destinado al uso industrial.

En aquel entonces en Galicia se produjeron muchos decesos extraños, de forma repentina, hasta un total de 14, muchos de los cuales fueron achacados a meningitis y a otro tipo de dolencias y enfermedades. A todo ello se unieron los ancestrales prejuicios de una sociedad eminentemente rural, anquilosada en viejos ritos y creencias, a practicar las autopsias a sus fallecidos, unido al estigma social que causaba el consumo de bebidas alcohólicas. De hecho, la rigurosa y ortodoxa doctrina oficial de la época relacionaba estas muertes con enfermedades que eran más frecuentes en bebedores habituales. «Eso pasa por beber» era poco menos que el lema que se lanzaba desde instituciones y organismos oficiales que se desentendieron en todo momento del grave drama que vivían muchas familias gallegas y canarias de aquel tiempo.

La alarma saltó precisamente en el municipio canario de Haría, situado en el norte de la isla de Lanzarote, cuando repentinamente fallecieron varias personas en febrero de 1963, casi todos ellos pescadores, tras haber consumido algunas bebidas alcohólicas, principalmente licor café, que contenía el mortal tóxico que se le había añadido. Los síntomas más comunes eran un fuerte dolor abdominal, al que proseguían vómitos y ceguera, que, en la mayoría de las ocasiones, terminaba con la muerte de la víctima. La primera en percatarse de que algo extraño estaba pasando fue la farmacéutica titular del municipio Elisa Álvarez Obaya, quien también era la inspectora de sanidad, al poner el grito en el cielo al percatarse de que todos los fallecidos habían ingerido la misma bebida. Además, con unos medios muy rudimentarios, pudo determinar que el líquido que habían tomado contenía alcohol metílico, destinado a usos industriales. Su actitud, muy valiente en aquella época y es justo reconocerlo, le costaría muchas amenazas procedentes del sector destinado a la venta de bebidas alcohólicas, además de distintos empresarios que se sentían perjudicados por las investigaciones que había realizado la farmacéutica.

Primeras muertes en Galicia

Las noticias de los primeros decesos en Galicia los publicó el rotativo Faro de Vigo, en su edición del 30 de marzo de 1963, al dar cuenta de tres fallecimientos de otras tantas personas por ingerir alcohol en malas condiciones en la comarca de O Carballiño, la zona más afectada por esta intoxicación masiva. Indicaba también que otras tres habían perdido la vista por el mismo motivo. Otros casos similares se estaban dando en municipios próximos y de la misma comarca. De hecho, el médico titular de San Cristóbal de Cea, José Novoa Santos, recordaba el caso de un labrador que fallecía de forma muy rápida a finales del año anterior, 1962. La nómina de fallecidos en distintos lugares y localidades de Galicia iba in crescendo de forma muy abrumadora en muy escasas jornadas. En abril de 1963 fallecían tres personas en A Costa da Morte, en el municipio de Laxe, por haber ingerido licor café adulterado con alcohol metílico. De la misma forma, el vespertino catalán La Vanguardia daba cuenta de la muerte de varios vagabundos en New York por consumo de alcohol metílico, aunque se ha sabido posteriormente que no guardaba relación alguna con el comercializado en Galicia.

Nadie ponía en duda que tantas muertes en tan poco tiempo obedecían al consumo de bebidas alcohólicas(ron, licor café, aguardiente o ginebra) que habían sido elaboradas con alcohol destinado al sector industrial, sometido a diversas mezclas con alcohol etílico con la exclusiva finalidad de alcanzar un mayor lucro económico, ya que el elaborado para fines industriales se podía adquirir a un precio mucho menor que el destinado al consumo humano. Además, los comerciantes eran conscientes de que se precisaba una mayor cantidad de agua en las distintas combinaciones que hacían, debido a que el alcohol metílico dispone de una graduación mucho mayor que el etílico, por lo que sus beneficios económicos se dispararían.

Detenciones

Ante el el clamor y el escándalo que se había forjado en todo el país, se procedió a la detención de tres empresarios gallegos que, presuntamente, podrían estar involucrados en la fraudulenta y mortal trama de la comercialización del alcohol tóxico. El 26 de abril de abril será detenido el industrial orensano Rogelio Aguiar Fernández, considerado el principal responsable al adquirir una importante partida de alcohol destinado al uso industrial a Alcoholes Aroca, de Madrid. Otros dos detenidos serán los propietarios de la empresa Lago e Hijos, Román Rafael Lago Cabral y Román Gerardo Lago Álvarez, quienes habrían adquirido importantes partidas del producto tóxico a Bodegas Aragón, de la que era propietario el principal responsable de la trama.

Para dificultar las investigaciones, Rogelio Aguiar se desharía de la mercancía del delito echándola al sumidero, aconsejado por su abogado, José Ramiro Nova Ramírez, quien sería posteriormente procesado y condenado, acusado de encubrimiento. De la misma forma, tanto Aguiar como los miembros de la familia Lago, padre e hijo, se confabularon para efectuar una misma declaración ante la policía, pretendiendo así echar balones fuera acerca de su supuesta responsabilidad. Los tres empresarios declararían que desconocían la toxicidad del producto que estaba en venta, si bien es cierto que el proveedor madrileño había advertido muy severamente al orensano del peligro al que se podía exponer a los consumidores en caso de emplearlo para el consumo humano. El alcohol metílico, altamente tóxico, solamente estaba recomendado para el empleo potencial en barnices, pinturas y otros productos estrictamente industriales.

A raíz de las dimensiones que había tomado el monumental escándalo, que era conocido ya a nivel mundial, en Galicia se produciría un colapso del sector de la viticultura, debido a que durante algún tiempo, debido a la instrucción que estaban efectuando el fiscal Seoane y el juez José Cora, se prohibió la comercialización de bebidas alcohólicas hasta que hubiese una seguridad plena de que no se producían más fallecimientos a consecuencia del alcohol tóxico. A consecuencia de ello, muchas empresas del sector se vieron obligadas a cerrar. Además, tampoco se vendía ni en bares, restaurantes ni tampoco en supermercados. Se daba la circunstancia que en algunos banquetes y recepciones sociales la única bebida alcohólica que se consumía era cerveza de bote, que estaba considerada como la más segura.

Juicio a los acusados

El juicio contra los acusados del mayor fraude y matanza de la historia de Galicia se inició el primero de diciembre de 1967, cuatro años después que hubiesen ocurrido la mayoría de las muertes. El sumario, que contaba de 36.000 folios, era el más extenso de cuantos se habían instruido en España hasta la fecha. Además, de la fiscalía intervinieron también cinco acusaciones particulares y trece abogados defensores, siendo llamados a declarar un total de 113 testigos propuestos por el fiscal y 76 propuestos por las respectivas defensas.

Todos los acusados mantendrían una táctica similar de defensa, acusando directamente a Rogelio Aguiar de ser el único responsable por la venta de un producto altamente tóxico, del cual ellos desconocían sus consecuencias. Por su parte, el empresario orensano aludió que consideraba que el alcohol metílico al mezclarlo con el etílico y posteriormente con agua no producía efectos graves en la salud humana. Sin embargo, es necesario reseñar que ni un solo familiar de los acusados resultó afectado por el consumo de bebidas alcohólicas adulteradas, con lo que su defensa se venía abajo por si sola.

Si el caso había resultado clamoroso, tanto o más lo resultaría la sentencia que, aunque fue considerada ejemplar en su momento, lo cierto es que muchos de los condenados estarían en poco tiempo en libertad, pese a que las penas eran ciertamente elevadas. Rogelio Aguiar sería condenado a 19 años de cárcel, acusado de un delito contra la salud pública, aunque recobraría la libertad en poco más de seis años. La multa a la que fue sometido fue irrisoria, ya solo ascendía a 25.000 pesetas, 150 euros actuales al cambio. Su esposa, María Ferreiro Sánchez, también sería condenada al comprobarse que ayudaba a su marido en las tareas de adulterado del alcohol a la pena de doce años de prisión y a la exigua multa de tan solo 5.000 pesetas, 30 euros actuales al cambio. Además, esta última huiría a París al conocer la sentencia, antes de ser ejecutada. Regresaría a España en 1975, siendo detenida de nuevo, pero sin poder hacer nada la justicia en su contra ya que el caso había prescrito.

De la misma forma también serían condenados los propietarios de Lago e Hijos. El padre Román Lago Cabral sería condenado a 17 años de reclusión y una multa de 25.000 pesetas, en tanto que el hijo era sentenciado a la misma pena que su progenitor. Ambos, al igual que casi los restantes acusados estaban acusados de un delito contra la salud pública. A la misma pena, y acusado de los mismos cargos, sería sentenciado Luis Barral Iglesias; en tanto que Ricardo Deben Gallego debería cumplir una pena de doce años de prisión y pagar una multa de 5.000 pesetas. Por su parte Miguel Ángel Basail Infante era condenado a quince años de cárcel y a satisfacer 10.000 pesetas de multa, 60 euros actuales al cambio, con una acusación exactamente igual que los anteriores.

Por imprudencia temeraria sería condenados Alberto Lombán González y Francisco Emilio López Otero a las penas de seis y tres años de reclusión respectivamente. El último de los acusados era el abogado José Ramiro Nova Ramírez, abogado defensor de Aguiar, al que se le atribuía el cargo de encubrimiento.

El estudioso de este asunto, el periodista gallego Fernando Méndez, señala que las indemnizaciones eran muy cuantiosas y elevadas para la época, estimando las mismas en 300 millones de pesetas (1,8 millones de euros actuales al cambio). Sin embargo, estas nunca llegarían a ser satisfechas por los principales acusados entre ellos Rogelio Aguiar y la familia Lago, al ser declarados insolventes. La empresa Lago e Hijos había sido declarada como responsable civil subsidiaria, pero con todo, su patrimonio no alcanzaba ni mucho menos para satisfacer las elevadas indemnizaciones económicas que deberían satisfacer los acusados.

Consecuencias posteriores

Desde que se descubriera la mortal trama del alcohol intoxicado, desempeñaría una función fundamental el fiscal Fernando Seoane, un personaje que demostró un coraje a prueba de bomba para defender la dignidad de las víctimas. Además, a lo largo de su trayectoria profesional, y muy especialmente en el tiempo en el que se desarrolló el juicio, estuvo seriamente amenazado por distintos sectores del régimen, a los que no dudó en acusar en sus autos de una total falta de control sanitario, como así era cierto, en el aspecto relativo a la comercialización de productos adulterados. En aquel tiempo realizaría varias preguntas, en su calidad de fiscal, a los distintos ministerios, entre ellos de la Presidencia, del que era titular el Almirante Carrero Blanco, en relación al control que se ejercía con relación al tráfico de este tipo de mercancías. Sin embargo, sus preguntas caerían en saco roto, ya que obtuvo la callada por respuesta, mientras que en otras ocasiones se zanjaba el caso indicando que el ministerio carecía de responsabilidad alguna, ya que había actuado con total corrección. ¿?

Apunta reiteradamente Fernando Méndez, tanto en sus publicaciones como en sus muchas intervenciones en los distintos medios, que los acusados contaron con la colaboración de los afectados en una época en la que Galicia continuaba sumida en un ancestral atraso. Las familias de las víctimas, en muchos casos, se negaron a que se hiciesen las autopsias a los fallecidos para determinar las causas por las que se había producido su deceso, tan solo por el pudor que podía suponer el desenterrar un cadáver y descuartizarlo, amparado todo ello por ancestrales prejuicios y creencias que en nada ayudaron a resolver el caso.

Este mismo autor y el desaparecido fiscal Fernando Seoane sostienen que pudo haber millares de muertos, debido a esas circunstancias que contribuyeron de forma decisiva a amparar a los acusados, la carencia de pruebas. A todo ello se sumaba el hecho que la muerte de las víctimas les había sobrevenido a consecuencia del consumo de alcohol y todo lo que esta práctica llevaba aparejada consigo y las fatales acusaciones que se hacían vox populi contra las víctimas, en un tiempo en el que la gente solamente creía en el honor que la propia sociedad le atribuía. Y el honor de los muertos estaba por encima de autopsias y cualquier acusación, a lo que contribuía una menos corrupta dictadura que empezaba a descomponerse, amenazada ya muy de cerca por el «caso Matesa», que sería su penúltimo episodio.

Lo peor de todo en este escabroso acontecimiento es que las víctimas, muchas de las cuales quedaron ciegas, jamás fueron resarcidas. A todo ello, se sumó la total indiferencia del propio régimen, cuando no su desidia, amparando de nuevo la tétrica corrupción a la que estuvo manifiestamente unido a lo largo de su tediosa existencia. Esa misma que se asocia con la España negra. Y es que era precisamente lo que representaba, un estado negro al que le faltaba un mínimo de transparencia y en el que sus principales víctimas eran sus propios ciudadanos.

 

 

Para saber más:

Méndez, Fernando(2013): 50 años envenenados. Santiago de Compostela. Ed. Sotelo Blanco.

Méndez, Fernando(1998): Historia dun crime. O caso do métilico. Vigo. Ed. Galaxia.

Méndez, Fernando(1998): Mil muertos de un trago. Barcelona. Ed. Península.

Caso Metílico. Espacio Cuarto Milenio

Reportaje sobre el metílico. Televisión Canarias

Entrevista a Fernando Méndez V Televisión

 

 

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55 alemanes muertos en un U-Boot al norte de Cabo Ortegal

Un U-Boot alemán en la Ría de Vigo

En el año 1943 el mundo asistía al gran cambio que en aquel entonces estaba suponiendo el viraje de los acontecimientos en la IIª Guerra Mundial. Los alemanes comenzaban a perder el conflicto que ellos mismos habían desatado cuatro años antes con la invasión de Polonia. El régimen franquista había mostrado una exquisita afinidad con los germanos en su descerebrado afán expansionista y belicoso por todo el continente europeo, aunque ahora, conscientes más que nunca de que la derrota alemana se atisbaba como poco menos que inminente, también había realizado un viraje radical en sus relaciones con los aliados. Al sistema español de la época ya no le importaba esa cercanía ideológica con quienes le habían ayudado a ganar la Guerra Civil sino que aspiraba, tan solo, a su supervivencia, pese a que los españoles de la época se las veían y deseaban para sobrevivir un día tras otro.

De todos es sabido la postura española en el conflicto mundial, que pasó de no beligerante a neutral, aunque la población sufriese muy duramente las consecuencias de lo que acontecía en el panorama internacional. Galicia era un lugar que consideraban estratégicos ambos bandos contendientes, tanto por su situación geográfica como por las muchas millas de costa de las que dispone el territorio gallego. Tanto era así que en sus panfletos y proclamas los aliados instaban a los pescadores gallegos a que no saliesen de sus aguas territoriales por las consecuencias que de ello se pudiesen derivar. Esa advertencia no estaba solamente destinada a salvaguardar la integridad física de los barcos y pescadores gallegos sino que en ella, implícitamente, se les estaba sugiriendo que no abasteciesen de pescado a los muchos submarinos alemanes que merodeaban por la Península Ibérica, lo que estaba siendo un secreto a voces.

Los submarinos alemanes se adentraban desde las aguas rodeando Portugal hasta llegar al Estrecho de Gibraltar para impedir el paso de embarcaciones aliadas. En esas operaciones perderían muchos de sus efectivos de guerra, debido a que la Armada británica había localizado la posición de muchos de los sumergibles germanos. Se estima que hasta 12 submarinos germanos fueron hundidos en aguas gallegas, en tanto que las pérdidas humanas se elevarían, según algunas estimaciones, a 1.400 hombres. Uno de los hechos más dramáticos ocurrió el 3 de julio de 1943 cuando un avión Wellington, perteneciente al 172 escuadrón de bombarderos de la RAF británica soltaba lastre aprovechando que un lobo gris alemán, un U-126, uno de los más asesinos, había salido a la superficie para tomar aire de madrugada, al norte del cabo Ortegal. El submarino alemán quedaría sepultado en el mismo lugar que había emergido pereciendo la totalidad de su tripulación, formada por 55 hombres.

Hermetismo total

Los puertos de Vigo y Ferrol eran las bases idóneas para el repostaje de los sumergibles germanos, además de ser el lugar indicado para sus reparaciones y también para el descanso de las respectivas tripulaciones que los conformaban. De este aspecto, estaban completamente al tanto los mandos aliados, quienes non se cansaban de advertir de las consecuencias que podría traer la colaboración española con la Kriegsmarine. Sin embargo, sus llamadas al orden no eran escuchadas por el régimen totalitario español. Igualmente, este tampoco informaba a la población a través de los medios de comunicación de la situación de la guerra, siendo la destrucción del U-126 en aguas gallegas uno de los ejemplos más significativos. No se publicaba ni siquiera una escueta nota informando del suceso. Es más, todavía se alardeaba con la más que previsible victoria germana, dando cuenta de algunos bulos emitidos por los propios alemanes.

Los U-Boots habían demostrado ser muy letales en el tiempo que se llevaba de guerra. Solo en la campaña del año 1940 habían hundido mercantes británicos que transportaban más de siete millones y medio de toneladas, además de costarle la vida a más de 30.000 soldados de la Royal Navy. En 1943 los británicos cambiarán de estrategia al conocer la actividad de los sumergibles alemanes que bloqueaban el Estrecho y patrullaban las costas africanas hundiendo todo barco que estuviese a su alcance.

Respecto a la colaboración que hacían los pescadores gallegos, no está comprobado que esta fuese voluntaria o si se trataba del pillaje que hacían los alemanes. Hay algún caso documentado en que los submarinos salen a la superficie encañonando a los patrones de pesca y sus hombres para que les entreguen la práctica totalidad del pescado que habían capturado.

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21 muertos en la tragedia aérea de «La Mujer Muerta»

Restos del avión siniestrado en el pico de «La Mujer Muerta»

En los años cincuenta del pasado siglo el mero hecho de volar representaba todavía una gran aventura, además de estar al alcance de muy pocos bolsillos. Se sucedían todavía, de cuando en vez, las catástrofes aéreas que dejaban siempre tras de si un reguero innumerable de víctimas mortales, a lo que se sumaban otras circunstancias, tales como la incertidumbre de cómo habrían fallecido los pasajeros. Eran muchos los que todavía consideraban al avión como un medio de transporte muy inseguro, pese a que las estadísticas ya reflejaban que el número de siniestros era, porcentualmente, muy inferior a los accidentes de automóvil. A todo ello, se unía también una cierta espectacularidad de cada tragedia aérea, que solía ilustrar las primeras páginas de los distintos rotativos de la época, siendo muy significativa la ocurrida con el equipo de fútbol del Manchester United, que perdería a una gran parte de sus efectivos en el accidente del Munich del año 1958.

En el mismo año que tuvo lugar la tragedia de Munich, se produjo una de similares características en la sierra segoviana conocida como «La Mujer Muerta», así denominada por imitar la orografía en sus formas un cuerpo humano femenino. El día 4 de diciembre de 1958, cuando pasaban algunos minutos de las cinco y media de la tarde, desde las distintas torres de control, perdieron las señales del avión cuatrimotor «Languedoc» perteneciente a la compañía aérea AVIACO, que cubría el trayecto entre el puerto vigués de Peinador, desde dónde había despegado a las cinco menos cuarto de la tarde, y el madrileño de Barajas. La última comunicación que se había tenido con la aeronave se había producido en el momento en que esta sobrevolaba la provincia de Salamanca.

Incertidumbre y misterio

Desde la pérdida de la comunicación del avión con las distintas bases aéreas, se inició un período de gran incertidumbre a tenor de la suerte que podrían haber corrido los pasajeros que iban a bordo de aquel avión, aunque todos se imaginaban que podría haber sucedido lo peor. La aeronave había presentado ya algunos problemas antes de aterrizar en Galicia, en el viaje de ida, ya que no pudo hacerlo en el aeropuerto del sur, debiendo hacerlo en el de Santiago de Compostela. A todo ello se unían las advertencias que habían hecho los comandantes del avión, quienes habían apercibido a los pasajeros de las dificultades que presentaba, máxime cuando ellos mismos eran conocedores de las dificultades a las que se enfrentaban con la meteorología adversa. Era prácticamente el triste presagio de un accidente anunciado.

Durante dos días, los españoles de la época tuvieron el alma en vilo, al no tener noticia alguna de aquel avión, cuyos restos serían encontrados por un mozo que se dedicaba al pastoreo de rebaños de cabras y ovejas, Luciano Otero, quien se convertiría en testigo de excepción del dramático suceso. A lo largo del tiempo en que estuvo desaparecido, los investigadores no habían podido acceder al lugar del siniestro, debido a las adversas condiciones meteorológicas, a las que se responsabilizaría directamente de aquel trágico siniestro. En aquellos días, además de la densa niebla que cubría todo el área montañosa, se sumaban también las constantes tormentas de nieve que se sucedían y que hacían imposible acceder al lugar en el que se encontraba el aparato siniestrado, además de desconocerse sus coordenadas.

Al parecer, el accidente se produjo debido a que el piloto, José Calvo, un profesional muy experimentado, se vio obligado a descender de forma extrema la aeronave hasta los 1.200 metros, no contando que había alguna altitud en la sierra segoviana que superaba esa altura. Una de ellas era el pico de Pasapán, en el terreno conocido como La Mujer Muerta, contra el que impactaría la aeronave, pereciendo prácticamente en el acto todos sus pasajeros. Un total de 17 morirían como consecuencia de la explosión y posterior incendio del avión, en tanto que tres de ellos salieron despedidos desde la cabina de mandos, entre ellos una joven azafata de 18 años, Maribel Sastre, que iba al cargo de dos niñas pequeñas, de nueve y diez años respectivamente, a quienes sus padres, que eran de Pontevedra, esperaban en el aeropuerto madrileño de Barajas.

Tras días de intensa búsqueda, en los que no se escatimaron todo tipo de esfuerzos movilizando a centenares de personas, personal del ejército incluido, por fin serían hallados los restos del avión, convertido en un impresionante amasijo de hierros, muchos de ellos completamente chamuscados, a consecuencia del incendio posterior al impacto contra el macizo rocoso. Asimismo serían encontrados los cuerpos de la totalidad del pasaje, que eran mayoritariamente gallegos. Entre los fallecidos en este siniestro se encontraban los marqueses de Leis, el ex alcalde de Sanxenxo y el ex futbolista del Celta de Vigo, Ramiro Paredes, conocido deportivamente como «Pareditas».

El misterio de la azafata

Al gran misterio suscitado por la desaparición del avión, se sumó en esta ocasión el de una joven azafata de 18 años, Maribel Sastre, originaria de Barcelona, que era hija única y que se terminaría convirtiendo en una especie de mito de esta tragedia. Al parecer, su cuerpo era uno de los tres que habían salido despedidos del avión, apareciendo recostado sobre un peñasco a cierta distancia de dónde había aparecido el amasijo de hierros a los que había sido reducido el avión.

En un principio, a raíz de las condiciones en las que se produjo el hallazgo de su cuerpo, se especuló con la posibilidad de que esta mujer hubiese sobrevivido al siniestro y que, dadas las dificultades que entrañaban las labores de rescate, hubiese perecido como consecuencia del frío, ya que en aquellos días la climatología era el principal enemigo a batir. A todo ello se añadía también que, según algunos comentarios, a su lado se habría encontrado un paraguas, con el que trataría de protegerse de las fuertes tormentas de agua y nieve que se estaban sufriendo en aquellas jornadas. Sin embargo, nada de esto resultó ser cierto y lo más probable es que la azafata hubiese muerto como consecuencia del impacto al salir despedida de la aeronave. Incluso, con relación a la suerte que pudo haber corrido, se escribieron algunas obras literarias, así como también se hicieron algunos documentales, lo que la convertiría en una heroína anónima, aunque tan solo fuese por cuestión del azar.

Lo que si se encontró en medio de la nieve fue una gran cantidad de marisco, cuyo destino era Madrid, ya que se encontraban a las puertas las fiestas navideñas. Así lo relató Luciano Otero, el testigo de excepción de aquel trágico siniestro. Por haber dado conocimiento del suceso a las autoridades, este hombre sería galardonado con un diploma, un mes de permiso cuando se incorporase al servicio militar y mil pesetas de la época, eso si con la correspondiente retención por parte de Hacienda. Y es que menos da una piedra. Además, el pobre Luciano, tal y como relató muchas veces, vivió a lo largo de su vida con el triste recuerdo del drama acontecido en las montañas castellanas, con lo que llevar a pastar su ganado ovino y caprino hasta aquellos lares dejó de ser lo mismo. No era para menos.

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Doce niños muertos en un accidente de autobús escolar

Funeral por los niños fallecidos en Vilamartín de Valdeorras(Ourense)

En el año 1977 a España había llegado una incipiente democracia que prometía muchas cosas de las que se había visto privado el país a lo largo de más de cuatro décadas. La principal era la libertad que había estado secuestrada por una larga y longeva dictadura, la última que quedaba en Europa occidental, que parecía haberse eternizado. Pero, los vientos de cambio llegaron, con retraso, pero al fin y al cabo las nuevas generaciones de españoles iban a poder vivir en paz y libertad, liberados ya del viejo yugo al que habían permanecido unidos durante 40 años.

Aquellos vientos de libertad se dejaron sentir en Galicia en aspectos tan fundamentales como su lengua vernácula, que había sido vilipendiada, humillada y hasta relegada a un segundo término con menosprecios tales como que se trataba de una forma de expresión desacreditada que solamente empleaban los ignorantes. El idioma gallego era muy mayoritario en la Galicia de la época, especialmente en el mundo rural en el que, en cifras porcentuales, el número de castellanohablantes no llegaba al uno por ciento en los cálculos más optimistas. Incluso los más jóvenes aprendían la lengua de sus padres y abuelos, pese a que todavía no se enseñaba en las escuelas.

Los centros escolares gallegos a lo largo de su historia, principalmente los radicados en sus extensas áreas rurales, siempre han sido motivo de alguna discordia, ya bien sea por el transporte escolar o el comedor de los pequeños, que dificultaba enormemente la conciliación de las vidas de sus respectivos progenitores. Así sucedía en la comarca ourensá de Valdeorras en el año 1977. Los niños del término municipal de Villamartín de Valdeorras se veían obligados a trasladarse todos los días a la vecina localidad de A Rúa para poder ser escolarizados, haciendo cuatro viajes de ida y vuelta desde sus centros académicos hasta sus respectivos domicilios, pese a la oposición que tiempo atrás habían ejercido sus familias con respecto al cierre del colegio en el que recibían la educación primaria.

Desnivel de 50 metros

Lo que nadie podía imaginar en Vilamartín de Valdeorras es que el cierre de sus instalaciones escolares iría aparejado a la peor tragedia que vivió la comarca a lo largo de la historia. Así sucedería a primeras horas de la tarde del 19 de abril de 1977 cuando un autobús, que había recogido a los niños después del almuerzo que habían hecho en sus respectivos domicilios, se precipitó desde un desnivel de 30 metros de altitud, cayendo desde la carretera nacional Logroño-Vigo a la vía del tren. A consecuencia de este trágico siniestro fallecerían doce niños, con edades comprendidas entre los seis y los 14 años, muchos de los cuales perecerían atrapados bajo los hierros de aquel mortal autocar en el que viajaban hasta un total de 40 chavales. También perdió la vida en este suceso el conductor del vehículo, Manuel González Pérez. El siniestro tuvo lugar a tan solo dos kilómetros del casco urbano del término municipal de A Rúa. Como dato anecdótico, cabe reseñar que perdieron la vida dos hermanos gemelos.

Además de los trece fallecidos, hubo que lamentar casi dos decenas de heridos de diversa consideración, siendo trasladados un total de once muchachos serían trasladados hasta un centro sanitario de Ponferrada, en la provincia de León, mientras que otros nueve lo fueron hasta la ciudad de Ourense. Una vez más, como en muchas otras, fue muy decisiva la actitud de los vecinos del lugar dónde se produjo el accidente, que utilizaron todo tipo de herramientas y vehículos que disponían para poder socorrer a los damnificados. Se calcula que se movilizaron un total de 300 coches particulares para ayudar en las tareas de socorro. Quienes llevaron la mejor parte en este desgraciado siniestro fueron aquellos que salieron despedidos del autobús, mientras que la peor fue para los que quedaron atrapados entre los hierros del mismo, que fue donde se localizaron la práctica totalidad de los cuerpos de los niños muertos.

La causa del accidente parece ser que estuvo motivada por la rotura de una mangueta de una rueda del eje delantero, que provocó que el viejo autobús, perteneciente a la empresa Trives, chocase contra un pretil y posteriormente se precipitase por el desnivel. Casi siempre que se producía un siniestro de estas características era achacado al factor humano. Sin embargo, las empresas concesionarias del transporte escolar dedicaban sus autobuses más antiguos y en peor estado, como era este caso, al traslado de los más pequeños. El autocar tenía ya más de 20 años de antigüedad, ya que su matrícula databa de la década de los años cincuenta del pasado siglo. Los restos del vehículo permanecieron allí depositados a lo largo de más de 30 años, hasta que los vecinos decidieron tomar medidas después de que se hartasen de solicitarlo a las distintas instituciones.

Consternación e indignación

El suceso consternaría de sobremanera a la Galicia de la época. Prueba de ello sería los miles de personas que se congregarían en los multitudinarios funerales que se celebraron por los muchachos fallecidos en la principal plaza de la localidad de Vilamartín de Valdeorras. Cuentan los supervivientes de esta tragedia que la misma se notaría de forma notable en el pueblo, que perdía a 12 muchachos en una época en la que comenzaba un imparable descenso demográfico en la Galicia más rural. Esta localidad era un buen ejemplo de ello.

Pero no era solo la consternación la que se había apoderado de los vecinos de la comarca de Valdeorras. También eran presa de una extraordinaria indignación por la carencia de soluciones al problema educativo, al que se consideró como causante directo de este siniestro. Hacía algún tiempo había cerrado sus puertas el único centro escolar que existía en la localidad de Villamartín de Valdeorras, lo que había originado infinidad de protestas, habiendo tenido que intervenir efectivos de la guardia civil cuando se procedía a la retirada del material escolar de su interior. Además, los críos tenían que hacer unas insufribles jornadas escolares haciendo dos interminables rutas diarias de ida y vuelta, al carecer del derecho al comedor escolar.

Posteriormente, en el año 1979 reabriría de nuevo sus puertas el colegio de educación primaria de Vilamartín de Valdeorras para que las nuevas generaciones de escolares no sufriesen los mismos efectos de las jornadas escolares de las antiguas, además de evitar que los muchachos fuesen víctimas de nuevos accidentes. Nunca es tarde, pero para aquellos pobres chavales, fallecidos hace ya 42 años, lo fue demasiado cuando, en teoría, se les aventuraba toda una vida por delante.

Dos muertos y más de 100 heridos en los sucesos de Ferrol

En los primeros años setenta Ferrol, además de Vigo, eran los principales centros industriales de Galicia. Hasta la ciudad departamental se habían trasladado trabajadores de todo el área noroeste gallega que veían en una ciudad que se encontraba prácticamente tomada por los militares una oportunidad de escapar de la miseria que les hubiese representado el hecho de quedarse en sus aldeas de origen. En la principal ciudad del norte de Galicia se habían asentado las dos principales empresas de astilleros de la época, dando empleo a miles de trabajadores que procedían de la comarca de Ferrolterra y también de la provincia de Lugo, principalmente.

Como consecuencia de la ingente cantidad de obreros que trabajaban en Ferrol surgirían también importantes grupos de oposición al régimen franquista, que veía como en el principal bastión de su líder tomaban una gran fuerza distintos grupos políticos y sindicales afines al Partido Comunista de España (PCE), considerado en aquel entonces el principal aglutinador de la oposición al régimen que lideraba todavía con mano de hierro el viejo general.

Uno de los principales sindicatos que se había ido insertando de forma clandestina en las estructuras del aparato sindical del Estado franquista era Comisiones Obreras, quien había conseguido infiltrarse en el caduco Sindicato Vertical. La clandestina organización de la época en aquel entonces ejercía ya un gran control en las redes obreras de Ferrol, lo que equivalía a que se negasen a acatar muchas de las directrices emanadas del organigrama estatal. Así ocurrió en marzo de 1972. En aquella época los dirigentes de la estructura gremial del franquismo firmaron un acuerdo que no reconocía las revindicaciones de los trabajadores de Ferrol, quienes, en asamblea, rechazarían el convenio firmado en Madrid. A partir de ese momento se iniciaron una serie de movilizaciones que arrojarían la trágica consecuencia de dos trabajadores muertos y más de un centenar de heridos el 10 de marzo de 1972, fecha que acabaría convirtiéndose en el Día da Clase Obreira Galega.

Despidos

Al no acatar el acuerdo que se había firmado en Madrid, en el que se negaba que los trabajadores de ASTANO y Bazán tuviesen su propio convenio, los dirigentes de estas empresas despidieron a sus representantes sindicales, uno de los cuales sería agredido por los guardias de seguridad de las factorías. Al tener conocimiento el resto de las plantillas y de la agresión a un representante sindical, se declara una situación de huelga general en ambas empresas que terminará degenerando en graves enfrentamientos entre trabajadores y la policía.

El responsable de Bazán habló con los representantes de los obreros pero no alcanzaron ningún acuerdo, lo que provocó las protestas de los operarios quienes se mantuvieron firmes en sus peticiones, además de protagonizar una concentración delante de la sede de la empresa de la que intentó dispersarlos la policía. La actuación de los cuerpos de seguridad del Estado no haría sino empeorar la situación.

Al día siguiente de estos primeros acontecimientos, el 10 de marzo de 1972, a las siete y media de la maña 4.000 trabajadores de Bazán, que se encuentran las puertas de la empresa cerrada, deciden ir en manifestación hasta el Polígono de Caranza, entonces un barrio nuevo y en construcción para reunirse con los de ASTANO. Al paso de los obreros por la Avenida de Castilla y el puente de As Pías, la policía cargaría contra ellos, quienes respondieron a la carga con piedras.

Posteriormente, los miembros policiales dispararían contra los manifestantes provocando la muerte de dos ellos y más de medio centenar resultarían heridos. Los muertos fueron los trabajadores Daniel Niebla y Amador Rey. La cifra de lesionados nunca se pudo contabilizar con exactitud, pues muchos de los lesionados no acudieron a centros sanitarios, a fin de evitar ser reconocidos y represaliados por parte de las autoridades franquistas. Los agentes de la policía se verían en la obligación de refugiarse en el cuartel, dónde tuvieron que resistir dos intentos de asalto.

Del sangriento suceso se harían eco los principales medios de comunicación extranjeros, entre ellos The Guardian, Le Monde o The New York Times, lo que contribuiría a dañar gravemente la imagen exterior de una decrépita dictadura.

Intervención militar

Debido a que los sucesos se estaban escapando fuera del alcance de las autoridades del régimen imperante, estuvo en su mente la intención de intervenir militarmente en la ciudad, ya que la huelga de los astilleros había tenido un efecto contagio con el resto de las empresas de la ciudad, que quedaría aislada por tierra al cortarse su entrada, así como también por vía telefónica.

Un buque de guerra de la Armada se instalaría frente al puente de As Pías. Además, la policía contaría con la ayuda de efectivos de refuerzo procedentes de otras localidades españolas, entre ellas de León y Lugo. Un grupo de representantes de los trabajadores se entrevistó con el capitán general de la zona Marítima del Cantábrico a fin de evitar que hubiese una intervención militar en la ciudad. Los astilleros permanecerían cerrados durante dos semanas.

Las protestas de los trabajadores se saldarían con un total de más de 100 despidos y 60 encarcelados y otros 54 multados con cantidades que oscilaban entre las 50.000 y las 250.000 pesetas, cifras muy elevadas para la época que, en algunos casos, suponían varios meses de salarios.

Por los trágicos acontecimientos en Ferrol, en los que perdieron la vida dos trabajadores, nunca se detendría a nadie ni tampoco se efectuarían denuncias contra los causantes de las muertes. En el año 1997 el Parlamento de Galicia aprobaría por unanimidad una declaración institucional en la que se reconocía la fecha del 10 de marzo de 1972 como Día da clase traballadora galega y en el que se hacía constar su especial significado como un destacado símbolo de la lucha por las libertades públicas.

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Tortura y asesinato del maestro Arximiro Rico Trabada

Foto del maestro Arximiro Rico Trabada

En Galicia no hubo combates bélicos en el transcurso de la Guerra Civil española, lo cual no quiere decir que no se dejasen sentir los efectos de una cruel contienda que estaba arrasando los cimientos de un ya de por si resquebrajado país. Una denuncia, una delación con el ánimo de perpetrar una venganza eran razón más que suficiente para liquidar materialmente a cualquier ser humano, aunque no tuviese ninguna relación con la política o, en el hipotético caso de que la hubiese, esta fuese mínima. La actuación de escuadrones de la muerte pertrechados con rudimentarias armas, enfundados en casacas azules, fueron feroces e indiscriminadas, hasta tal punto que sus mismos correligionarios se vieron en la obligación de tomar cartas en el asunto cuando la situación ya se les había escapado de las manos y eran muchos los inocentes que habían pagado injustamente. Vaya por delante que -pensamos- que no hay ninguna manera justa para pagar con ese bien tan preciado que es la vida de cualquier digno ser humano.

Las únicas zonas donde se notó de forma muy tibia los efectos belicosos de la contienda fueron las áreas de montaña en las que se habían internado algunos fuxidos que huían de las represalias que les podían esperar en sus respectivos municipios por parte de las nuevas autoridades por el mero hecho de haber sido miembros o simples simpatizantes de cualquiera de los partidos que formaban el Frente Popular. En las refriegas mantenidas con ellos murieron algunos falangistas o incluso miembros de la Guardia Civil. Cada vez que esto sucedía, era de esperar una escalada de represión y venganzas sobre personas que nada habían tenido que ver en los enfrentamientos armados, pero que estaban en las listas negras que habían elaborado los pistoleros azules.

Así sucedería en octubre de 1937 en la zona de montaña este de la provincia de Lugo, concretamente en el municipio de Baleira. En esa época morirían dos guardias civiles en un enfrentamiento con grupos de forajidos que pululaban por zonas escarpadas, tratando de sobrevivir a muy duras penas en un tiempo en el que anidaba el hambre por doquier, a lo que se sumaban las infinitas calamidades que había deparado la guerra a lo largo y ancho de un país que se estaba desangrando en un interminable y cruento conflicto bélico.

65 personas

Para tratar de dar un escarmiento a la población, así como a los que en el lenguaje oficial de la época se les denominaba «bandidos», los falangistas elaboraron una lista con 65 nombres de personas que deberían ser represaliadas en el más breve plazo de tiempo posible. En esa macabra lista figuraba el nombre del maestro gallego Arximiro Rico Trabada, un joven docente de tan solo 32 años de edad que no había militado en partido u organización afín a partidos de ideología izquierdista. Se le supone -tan solo- ser simpatizante del grupo político que liderara quien fuera presidente del Gobierno español antes del triunfo de la coalición que formara el Frente Popular, Manuel Portela Valladares, un hombre de tendencias republicano-conservadoras. Además, de todos era conocido que Arximiro Rico era un hombre de profundas convicciones religiosas.

Pese a todo, la suerte del docente, que dejó una profunda huella de humanidad allí donde impartió clases, parecía estar definitivamente echada. Sus bárbaros captores no tuvieron ni un mínimo ápice de piedad de una persona que se había caracterizado por divulgar su extraordinario interés por la cultura y la educación en unas tierras caracterizadas por unas elevadas tasas de analfabetismo y un atraso poco menos que finisecular.

Al anochecer de aquel trágico 16 de octubre de 1937 un grupo de falangistas se dirigían a su casa de San Bernabel, en Baleira, en plena comarca de A Fonsagrada. Comenzaba a anochecer cuando llamaron a la puerta de su vivienda. Su madre le imploró que no abriese la puerta, aunque él, confiado, lo hizo. Esta circunstancia fue aprovechada por sus secuestradores para apresarlo, detenerlo y llevarlo con ellos a un punto indefinido y en nombre de una autoridad que para nada había requerido la captura de aquel bondadoso maestro. A partir de ese instante comenzaría un cruel y tortuoso martirio que todavía hoy, más de ocho décadas después, parece producir escalofríos y poner la piel de gallina por el mero hecho de contarlo.

Tras haber apresado a su indefensa víctima, los falangistas no escatimaron esfuerzos en humillarlo de la forma más espantosa que se podría imaginar cualquier ser humano. Fue trasladado, mientras le daban golpes y empujones hasta la Serra da Ferradura. En un tramo del camino, los pistoleros azules pararon a abrevar en una taberna, mientras Arximiro Rico estaba preso a una argolla. Posteriormente, continuaría el rosario de vejaciones al que fue sometido en el que hasta tuvo que soportar la humillación de que sus verdugos se pusiesen sobre su lomo como si de un caballo se tratase, al tiempo que lo obligaban a transportarlos.

Testículos cortados

Ya en la cima del monte, en el trágico punto de Montecubeiro, donde tuvieron lugar muchas ejecuciones sin ningún tipo de juicio, cuando todavía estaba vivo, comenzaría un macabro y sanguinario ritual que da pruebas de la contumaz bajeza en la que puede caer cualquier ser humano, si es que puede considerarse que esto sea asunto propio de personas y no de bestias inmundas que carecen de una mínima sensibilidad y estima hacia sus semejantes. En ese lugar, al que fue conducido, sería torturado hasta la extenuación, ya que sus secuestradores le cortaron los testículos antes de darle muerte, introduciéndoselos posteriormente en la boca. Asimismo, le arrancarían los ojos, lo cual da una idea del terrible sufrimiento que tuvo que soportar la pobre víctima. Finalmente, le pegarían unos tiros con una escopeta de caza, hecho este corroborado por tener la cabeza completamente destrozada en el momento en que fue encontrado.

La tortura y muerte de Arximiro Rico consternaría de sobremanera a muchos vecinos de los municipios lucenses de Baleira, A Fonsagrada y Castroverde, gran parte de los cuales habían sido alumnos de un maestro que siempre había destacado por su profunda humanidad y anhelo hacia el ser humano en si mismo. En el momento de su apresamiento y posterior ejecución, el maestro estaba cursando estudios de Medicina. Además, como si el destino le quisiese gastar una broma de lo más macabro, la víctima recibiría una notificación, días después de su asesinato, en la que se le informaba que podía reintegrarse a su plaza como maestro nacional de la que había sido suspendido temporalmente como tantos otros, acusados de ser afectos al régimen republicano por acatar las leyes educativas implantadas en la IIª República española.

Algunos estudiosos de la represión franquista abundan en el aspecto que, con motivo del quinto aniversario de la República, Arximiro Rico pronunció un discurso en defensa de la educación y la cultura como principales factores para superar el tradicional atraso al que había quedado relegado una arcaica Galicia, en la que todavía seguirían manteniendo un infranqueable y tenebroso poder, que se perpetúa hasta nuestros, días las sotanas y las casullas. Aunque Rico Taboada era un católico ferviente y practicante, tenía ciertas enemistades con un clérigo de su tiempo que le acusó de haberles enseñado a muchos niños a leer y a escribir hasta el punto de que «cualquier mocoso -en palabras textuales del cura- puede hacer un escrito y denunciar a su padre. Mejor sería que supiese rezar el padrenuestro».

Sin ánimo de inmiscuirse en ninguna cuestión de carácter filosófico-religiosa, estamos en condiciones de asegurar, con el corazón en la mano, que en Galicia se precisaban muchas más personas de la índole de Arximiro Rico Trabada, pero ninguna como el viejo religioso medieval de capa y escapa. Para nuestra desgracia han predominado mucho más estas últimas que las que imitasen el ejemplo del célebre mártir de Baleira, a quien jamás la Iglesia llevará a sus altares, pese a no ser ateo y haber sufrido un calvario similar al de Jesucristo.

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Fratricidio por una herencia en Lalín

Parroquia de Bendoiro, donde ocurrió el crimen

De todos es sabido que las herencias en Galicia han provocado de siempre más de un disgusto y, en muchos casos, se han resuelto de forma trágica puesto que en ellas se dilucidaba algo más que el simple valor de la propiedad de unas tierras o unos inmuebles. También en ellas estaba en juego un falso honor, así como también el hecho de demostrar a amigos y conocidos quien verdaderamente lideraba el clan familiar. Hasta ha corrido sangre en más de una ocasión por razones de algún patrimonio o por la simple circunstancia del cambio de marcos de algunas fincas con las que se pretendían apoderar de apenas unos metros cuadrados cuyo valor es muchas veces exiguo, por no decir que no valen absolutamente nada, máxime en los tiempos actuales en los que el rural gallego corre el serio riesgo de una absoluta despoblación, tanto por el envejecimiento masivo de sus moradores como por la baja tasa de fecundidad, a lo que se suma la forzada marcha del mismo de las últimas generaciones.

El siguiente suceso ocurrió en la primera mitad de los años sesenta, en un tiempo en el que los gallegos ya habían dejado de emigrar a América. Ahora su destino era la próspera Europa que había emergido como un ciclón tras la Posguerra mundial. Sin embargo, Galicia continuaba siendo una tierra atrasada que, como decía Valentín Paz Andrade, perdía una importante mano de obra por la constante marcha de sus hombres en la plenitud de sus vidas. Todavía quedaban amplias capas del mundo rural sin electrificar. Ni que decir tiene que sus infraestructuras eran propias de otros tiempos.

Los gallegos seguían transitando por los mismos caminos que los habían hecho generaciones de hacía un siglo o incluso más, comúnmente conocidos como corredoiras, que eran viales empedrados, estrechos, sin pavimentar y muy abruptos que en los largos y lluviosos inviernos solían enfangarse a rebosar, quedando algunos de ellos completamente intransitables. A diferencia de lo que sucede en la actualidad, más de la mitad de la población gallega vivía en un basto territorio rústico de una agricultura de subsistencia en la que predominaba el minifundio, uno de los principales responsables de algunos hechos sangrientos que tuvieron lugar en el país gallego a lo largo de su historia. En el siguiente suceso se aúnan en si los problemas de carácter patrimonial propiamente dichos y las eternas dificultades que planteaban unas minúsculas y reducidas parcelas a las que apenas se les podía sacar el rendimiento deseado a lo que se unía una total ausencia de mecanización.

El 10 de agosto de 1962 en la parroquia de Bendoiro, en el municipio pontevedrés de Lalín, Manuel Núñez Villar, de 43 años, daría muerte a su hermano José, de 40 años, a consecuencia de las constantes disputas que mantenían por la herencia familiar. El autor del crimen disparó varios veces contra su familiar, tras haber discutido por la propiedad de unas fincas que, según afirmaba el criminal, le pertenecían a él, aunque, según algunos indicios, sus progenitores no habían realizado el oportuno testamento. De la crueldad del crimen, da cuenta el hecho en si mismo, ya que después de haberle alcanzado con varios disparos en distintas partes del cuerpo, Manuel se ensañó con su víctima propinándole varios cortes con una hoz que terminarían con la vida de José Núñez Villar.

Detención

Tras haberse perpetrado el hecho sangriento, los vecinos informaron a la Guardia Civil de lo sucedido que inmediatamente procedió a la detención del presunto asesino. El suceso provocaría una gran consternación en aquel entorno rural, muy pacífico y hasta un tanto monótono como la práctica totalidad del campo gallego, pero que cuando se desata una tragedia parece que se derrumba ese tranquilo mundo que se ha ido levantando a lo largo de décadas.

Después del suceso, llegaban las múltiples lamentaciones, aunque había vecinos que aseguraban que se podría vislumbrar un trágico final a la difícil y tensa relación que mantenían ambos hermanos. Como resultado del mismo, se produjo una gran brecha familiar, ya que unos apoyaban a uno y otros a otro, aunque es difícilmente imaginable que se pudiese justificar un hecho sangriento como el que había ocurrido. Pero no sería la primera vez que se culpa a la víctima de haber provocado su triste final, tal y como ha ocurrido incluso cuando han tenido lugar algunos crímenes múltiples.

Para el vecindario de Bendoiro, el suceso marcaría a varias generaciones, que todavía hoy en día se muestran remisas a hablar de este hecho, tanto por tratarse de un vecino como del supuesto estigma que -piensan- ha recaído sobre un entorno rústico poco propicio a que sucedan hechos sangrientos, pero en los que, a veces, la convivencia se puede volver harto complicada.

Condena

Manuel Núñez Villar sería juzgado en febrero de 1963 acusado de asesinato con alevosía, aunque su abogado defensor argumentó en favor de su cliente que este había sufrido una enajenación mental transitoria, a lo que se añadía la supuesta provocación de la que habría sido objeto por parte de su víctima. Además, expuso también como atenuante el arrepentimiento espontáneo de su defendido.

El ministerio fiscal mantuvo sus tesis iniciales y solicitó una pena de 30 años de reclusión mayor, así como una indemnización de 300.000 pesetas para los herederos del finado, además de solicitar una orden de destierro de diez años, una vez cumplida la pena carcelaria.

Finalmente, la sentencia condenaría a Manuel Núñez Villar a 20 años de arresto mayor y a indemnizar con 150.000 pesetas a los familiares de su hermano José. Asimismo, se le imponía una pena de destierro que en este caso se reducía a tan solo tres años, una vez cumplido el tiempo que debería permanecer en prisión.

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20 muertos en un accidente de tren a 23 días de la Guerra Civil

 

Foto archivo diario ABC

Quizás fuesen muchos los que pensaban que la suerte en aquellos momentos ya estaba echada en el porvenir de los españoles y que ya se notaba el ruido de de sables en toda España. Tal vez se hacía cada vez más patente el andar silencioso de las pisadas de esparto de los legionarios en el norte de África. De igual modo, en Galicia corría una leyenda alrededor de un fenómeno astronómico, que sucede cada 70 años, en el que se interpretaba que el cruzamiento de estrellas habido en septiembre de 1935 era una señal inequívoca de una gran desgracia. El fenómeno fue contemplado por muchas personas que en aquellos días estaban separando las patatas grandes de las pequeñas a la luz de un candil, pues era un tiempo en el que no había contaminación lumínica de ningún tipo. Ese mismo cruce de astros se produjo en 2005 y, por fortuna, no hubo desgracia alguna, a menos que lo pretendiésemos ver como el negro augurio de la prolongada crisis económica que nos sacudiría a partir del año 2008.

Sin embargo, ahora nos remitimos a unos tiempos en el que viajar en ferrocarril todavía no estaba al alcance de todo el mundo. De hecho, muchos segadores gallegos, que trabajaban en aquellas fechas en tierras castellanas entre los meses de junio y julio, utilizaban medios alternativos al tren para hacer el viaje entre Galicia y lo que ellos comúnmente llamaban Castilla. A veces viajaban, arriesgando sus vidas, a bordo de los camiones que transportaban cebada en los remolques sobre el producto que se transportaba, en tanto escuchaban de fondo la voz del conductor advirtiéndoles que se agarrasen cuanto pudiesen pues iban iniciar una bajada o una sucesión de curvas. Era la mejor forma de hacer rentable el salario obtenido en tierras castellanas, trabajando bajo un sol de justicia y nunca mejor dicho.

Pese a todo, y aunque parecía que en España se olía el aroma de la pólvora, la vida continuaba su devenir cotidiano y aún existían algunas esperanzas en que la situación se normalizase antes de que se generase el baño de sangre en que acabaría convertido un país que tenía tendencias autodestructivas. Casi, como si fuera un preámbulo cierto de lo que se avecinaría, el 24 de junio de 1936 se produciría un gravísimo accidente ferroviario que costaría la vida a 20 personas, la mayor parte de las cuales eran gallegas o trabajaban en Galicia. Además, en este siniestro resultarían heridas más de 40 personas. El tren siniestrado cubría la ruta entre la capital de España y A Coruña, habiendo salido de Madrid a las siete de la tarde del 23 de junio.

En un túnel

El siniestro tuvo lugar en el túnel de Las Fraguas, en la localidad berciana de San Miguel de las Dueñas. El mismo se produjo a consecuencia de una colisión entre el expreso Madrid-Coruña y un tren de mercancías que coincidieron en el mismo punto en la madrugada del 24 de junio, exactamente a las cinco y media de la mañana. Al parecer, pudo haber algún error en la recepción de señales por parte de los empleados de ferrocarril para que ambos convoyes coincidiesen al mismo momento en el punto exacto, ya que no se encuentra otra explicación. Algunos aluden a las prisas con las que supuestamente viajaría el expreso con destino a la ciudad gallega, pues llevaba ya un par de horas de retraso, por lo que eludió hacer la perceptiva parada obligatoria de un minuto en la estación de Las Dueñas.

Fuese de una u otra forma, lo cierto es que cuando ambos trenes colisionaron frontalmente se produjo un espantoso y extraordinario estruendo que despertó de sus sueños a los vecinos de la zona inmediata al siniestro, irrumpiendo en la pacífica y tranquila noche berciana. Como en cualquier suceso de estas características, reinó una enorme confusión, y mucho más en aquellos tiempos en los que se carecía de equipos de socorro adecuados para excarcelar a los heridos en medio del amasijo de hierros en el que se habían reconvertido aquellas dos funestas locomotoras con sus respectivos convoyes que habían quedado atrapadas en la ratonera de la muerte en la que se convirtió aquel trágico túnel.

La entrada del túnel quedaría taponada durante casi dos días, el tiempo en que se tardó en restablecer el tráfico ferroviario, siendo necesaria la ayuda de equipos pesados para mover ambos convoyes. El expreso estaba compuesto de ocho de vagones, dos de ellos transportaban el correo. En el exterior del túnel quedó un coche en el que iban los viajeros de primera clase, así como también los coches cama. En uno de estos vagones fueron hallados hasta siete cadáveres y 30 personas resultaron heridas de diversa consideración. Al menos cinco viajeros de los que perecieron en este percance eran de la localidad lucense de Monforte de Lemos.

Leopoldo Calvo-Sotelo

En este tren viajaban conocidas personalidades de la época, algunas de las cuales fallecerían como era el caso del médico pontevedrés Jesús Quinteiro Casas. De la misma forma también perecerían en este siniestro un muchacho que viajaba de polizón, pues carecía de billete y que trabajaba como limpiabotas en A Coruña. Su suerte no pudo ser más siniestra, ya que perecería en este percance.

Otras personalidades que también iban a bordo del tren siniestrado era el alcalde de Vilagarcía de Arousa, Elpidio Villaverde, quien por suerte resultó ileso. Este hombre, que había formado parte de la coalición de partidos que integraban el Frente Popular, volvería a tener la suerte de su lado el 18 de julio de 1936 al huir a Portugal desde dónde partiría a Argentina rumbo al exilio del que no regresaría jamás, falleciendo en tierras andinas en el año 1962.

Entre quienes pudieron contar el suceso se encontraba un niño de diez años llamado Leopoldo Calvo-Sotelo, que llegaría a ser presidente del Gobierno español entre los años 1981 y 1982. Para él, o para su familia, no cabe duda que el accidente ferroviario fue un claro preludio de lo que iba a acontecer tan solo tres semanas más tarde, en una época en la que nadie se extrañaría de ninguna tragedia, porque el país se acabaría convirtiendo en un terrible y desolador drama, al tiempo que un lúgubre campo de batalla del que un tío del antiguo líder de la UCD, José Calvo Sotelo, se convertiría en el muerto cero de la Guerra Civil española, siendo la perfecta excusa para un alzamiento militar en contra de la República en el que ya no importaba ni la cifra de muertos ni las tragedias familiares. Solamente importaba el poder de unos pocos, a quienes les trajo sin cuidado la suerte que corriesen los algo más de 26 millones de españoles que había en aquel entonces.

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El crimen de San Xián de Marín

En la década de los años sesenta del siglo pasado comenzaba a haber «dos Galicias», muy cercanas geográficamente, pero muy alejadas tanto social como económicamente. Aunque la comparación no deja de ser banal y hasta, si se quiere, un poco grosera, a la Galicia de la época le sucedía algo similar a Alemania. El occidente, mucho más litoral, era mucho más próspero que el oriente, interior y con escasísimas comunicaciones con el resto del territorio. Además, cuanto más al suroeste de la región, mucho más se notaban esas diferencias. Los jóvenes de las áreas litorales del suroeste ya se podían permitir el lujo de no emigrar, a diferencia de lo que ocurría con toda la parte interior oriental, que se estaba quedando muy rezagada en relación a sus vecinos del área sudoeste gallega.

A pesar de todo, seguían existiendo por todo el territorio los tradicionales clanes familiares que tanto unían sentimentalmente a los gallegos a su tierra. Y en eso no se diferenciaban para nada los del suroeste de los del nordeste. Quedaban todavía ancestrales prejuicios con relación a determinados aspectos, si bien es cierto que las historias de meigas habían comenzado a desaparecer, aunque todavía quedase alguna señora de sayas largas que tratase de atemorizar a los más pequeños relatando hechos funestos en los que aparecían aquellos míticos y malvados seres que todo lo devoraban con sus hechizos.

El siguiente suceso nos lleva a una preciosa localidad del suroeste, próspera como pocas, debido en parte a la Escuela Naval Militar, que tenía su sede desde 1943 en Marín, época en la que el Gobierno del general Franco decidió trasladar sus instalaciones desde San Fernando, en Cádiz, al municipio gallego que forma parte de la Península del Morrazo. Se podría decir que a lo largo de los últimos tres cuartos de siglo, el nombre de esta localidad ha ido siempre unido al centro de estudios superiores militares.

En aquellos años sesenta, Marín vivía uno de los momentos de mayor esplendor y su progresión continuaba siendo imparable desde hacía dos décadas. Se podría decir que era un pueblo de película, y nunca mejor dicho, ya que las instalaciones navales servirían de escenario para el rodaje de muchos filmes de la época, inspirados en el poder que tenían los militares y la adhesión inquebrantable de las nuevas generaciones a un férreo y contumaz ejército que parecía tener la sartén por el mango en la vida cotidiana de los españoles de entonces.

Un «loco»

En ese excepcional ambiente de optimismo generalizado, a casi nadie se le podría pasar por la imaginación que pudiese acontecer un suceso que empañase el clima de optimismo que reinaba en aquella tierra. El 24 de febrero de 1963 un joven de 20 años, Rogelio Piñeiro Novegil, al que la prensa de la época no dudaba en calificar de «loco» daría muerte a su vecina María Veras Fernández, de 34 años, tras propinarle varias puñaladas en la parroquia de San Xián de Marín. Una vez hubo cometido el crimen escaparía del lugar del suceso sin destino conocido. Al parecer, el muchacho tenía perturbadas sus facultades mentales, tanto volitivas como cognitivas.

Durante varios días Rogelio Piñeiro anduvo vagando por montes y aldeas, probablemente sin comer. Cinco días más tarde de perpetrado el crimen fue detenido en la parroquia marinense de Santo Tomé por agentes de la Guardia Civil, ante quienes confesó ser el autor material de la muerte de María Veras. Dado el estado en que se encontraba, calificado por los medios impresos como de «gran excitación», el joven no aportó muchos detalles en relación al hecho sangriento que había protagonizado días antes, que conmocionaría de sobremanera a un municipio que era muy visitado en aquel entonces por las primeras autoridades políticas y militares de la época.

En el tiempo que estuvo ingresado en prisión, previo al juicio, daría pruebas de su discapacidad psíquica, con grandes alteraciones en su estado de ánimo, prácticamente incapaz de comprender nada ni de mostrar arrepentimiento alguno por la barbaridad que había cometido. El juicio en su contra se celebraría en la Audiencia Provincial de Pontevedra el 28 de enero de 1964. Pese a su evidente y degradado estado personal, las autoridades judiciales no tuvieron clemencia para sentenciarle a muerte, tal y como detallan en el auto hecho público dos días más tarde, acusado de un asesinato a lo que se unía la agravante de haber huido y no entregarse a las autoridades. No se tuvo en cuenta su grave discapacidad que le impedía la correcta percepción de la realidad.

Conocido el veredicto de la sala de lo penal de la Audiencia de Pontevedra, su abogado defensor apeló al Tribunal Supremo, quien ratificaría la sentencia de muerte a que le condenaba la Audiencia de Pontevedra en un auto emitido con fecha del 21 de enero de 1965. Solamente le quedaba la medida de gracia del Consejo de Ministros, quien, en su reunión del 16 de julio de 1965 y, publicada en el Boletín Oficial del Estado de 21 de julio del mismo año, indultaría a Rogelio Piñeiro Novegil. Como pena accesoria, era condenado a 30 años de cárcel.

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