Seis muertos en un accidente en la curva de Casablanca

Curva de Casablanca A Coruña

En el año 1974 ya había comenzado el declive tanto político como humano del franquismo. Su único valedor era ya solo el viejo general, quien cada vez se encontraba en un estado más achacoso, tan solo aguardándose a su último estertor. Ya ni siquiera venía de vacaciones al Pazo de Meirás debido al delicado estado de salud que había atravesado en aquel verano, quizás el penúltimo en blanco y negro que vivía la España de la época. Aún así, en aquella contumaz y casi sempiterna dictadura no había nadie que se atraviese a levantar la voz.

Galicia era un territorio que seguía con su eterna retranca y paciencia, solamente esperando verlas venir. Pero nada más. Había comenzado un lento proceso, pero progresivo, de abandono de los grandes municipios rurales del interior de la región que tendría una continuidad más acentuada en las décadas subsiguientes, principalmente en la segunda mitad de los ochenta y a lo largo de los dos últimos lustros del siglo XX. Sin embargo, en aquel territorio, un tanto desangelado que no inhóspito, se seguía malviviendo como hacía muchos años. Seguían llegando las últimas cartas procedentes de América, de aquellos que no habían podido salir de la tormenta que había afectado a los países del cono sur y también del Caribe. Eran una añoranza para los mayores y un descubrimiento para los más jóvenes, quienes tampoco eran capaces de escapar al destino de otras generaciones de gallegos. A ellos también les tocaba marchar de su tierra, aunque su destino no fuesen las Américas sino una renacida Europa, de la que cada año se veían miles de coches de llamativos colores que eran pilotados por una nueva generación de mozos gallegos que habían huido de las penurias que les reservaban sus aldeas de origen.

Las ciudades gallegas seguían con un importante avance tanto económico como social y ya nada tenían que envidiar a otras urbes españolas de la época. Por sus calles y avenidas ya circulaba un denso tránsito rodado que era un fiel reflejo de que el país comenzaba a modernizarse. Aún así eran muchas las personas que preferían el transporte colectivo para desplazarse a sus lugares de trabajo, principalmente aquellos que ya superaban la cuarentena y eran reacios a adquirir un utilitario.

Precisamente un autobús que cubría la ruta entre Meira, Sada, Santa Cruz y A Coruña tendría un fatal accidente el día 3 de octubre de 1974 en la fatídica curva de Casablanca al impactar de frente contra un camión. A consecuencia de este trágico suceso fallecerían un total de seis personas, entre ellas los conductores de ambos vehículos, mientras que medio centenar resultarían heridas de diversa consideración, cuatro de ellas de gravedad.

Fallo mecánico

En torno a las causas del accidente se barajaron en un principio muchas hipótesis. En un principio se atribuyó a un previsible fallo mecánico del autobús, aunque en aquel entonces y atendiendo a su fecha de matriculación, solo contaba con algo más de dos años de antigüedad. Según el testimonio de un conductor que viajaba detrás del autocar, este se zarandeaba bastante hacia ambos lados, dando la impresión que en cualquier momento se podía salir de la vía. Sin embargo, a las autoridades de la época se les pasaba por alto que el lugar del siniestro era un auténtico punto negro en el que ya se habían producido varios accidentes con víctimas mortales desde hacía ya algún tiempo. Por desgracia, este siniestro no sería el último que se producía en tan fatídico lugar.

Los primeros en prestar auxilio a los accidentados fueron los trabajadores de un concesionario de automóviles que se hallaba muy cerca del punto exacto donde se había producido el trágico accidente. De la misma forma, también fue muy importante la colaboración que prestaron muchos conductores que se vieron obligados a detenerse a causa del grave percance que se había producido en la carretera nacional sexta N-VI, ya dentro del casco urbano de la capital herculina.

Por aquel entonces no existían unos equipos de socorro tan avanzados como en la actualidad, viéndose obligados a intervenir el cuerpo de bomberos de A Coruña, quienes, según se relata en la prensa de la época, tendrían que hacer frente a una dantesca y dramática situación. Tanto los fallecidos como los heridos habían quedado atrapados en un impresionante amasijo de hierros en los que se habían convertido las carrocerías de los automóviles involucrados en el siniestro. De hecho, para excarcelar al conductor del camión, que había quedado en el interior de la cabina y que sería una trampa mortal, fue necesaria la intervención de una grúa. El hombre sería rescatado aún con vida, pero en grave estado, falleciendo horas después en un centro sanitario de A Coruña. Como consecuencia del siniestro, el tráfico rodado se vería interrumpido durante varias horas, siendo esta una de las arterias principales de entrada a la urbe herculina.

Curva maldita

El punto kilométrico donde se produjo el siniestro ya se había ganado el apelativo de «maldita» a mediados de los años setenta por los muchos usuarios que diariamente transitaban por ella. Su peralte era demasiado pronunciado, a lo que se unía el hecho de la densidad de su tráfico, cada vez mucho más numeroso al ser una de las principales arterias de A Coruña. No había que remontarse a mucho tiempo atrás para recapitular y encontrar otros graves siniestros en los que habían perecido ya muchas personas. En 1972, hacía tan solo dos años por aquel entonces, habían muerto cinco personas y más de 2o habían resultado heridas en distintos siniestros que habían tenido lugar ese mismo año.

Para desgracia de los muchos conductores que a diario atravesaban la «maldita curva» los siniestros tendrían continuación en años venideros, siendo especialmente trágico de nuevo el año 1976, en el que fallecerían varias personas en distintos accidentes. Y es que hasta que la cifra no se elevó hasta números que parecían inasumibles, no se tomaron las pertinentes medidas que terminasen con una sangría humana que traspasaba ya cualquier límite.

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Un alcalde a cuchilladas con sus vecinos

Ayuntamiento de Muras, Lugo,

Quienes no sean gallegos tal vez no sepan, o a lo mejor si, que Muras es un pequeño pero precioso municipio lucense que se encuentra enclavado en la alta montaña de su área noroeste, haciendo de imaginaria frontera o demarcación entre las dos grandes comarcas en las que se subdivide el norte de la provincia de Lugo, A Terra Chá, totalmente interior, con una superficie superior al territorio de Guipúzcoa, y A Mariña, la extensa comarca litoral luguesa, que se extiende desde la ría de O Barqueiro hasta la del Eo, en el límite con el occidente asturgalaico.

Las escasas veces que este pequeño y encantador municipio, que se ha ido vaciando de habitantes desde la década de los setenta hasta la actualidad, ha aparecido en los medios de comunicación es a causa de las grandes nevadas que se producen en el alto de la Serra da Gañidoira, o bien como consecuencia de los muchos accidentes que ha provocado el ganado mostrenco que pace en sus cumbres y que repentinamente se cruza con algún automovilista. De la misma forma, en los últimos años ha saltado a las primeras páginas de la prensa española como consecuencia de ese progresivo despoblamiento que ha provocado incluso la venta de aldeas enteras en las que ya no quedaba ningún habitante.

En los años noventa del siglo pasado, este pequeño municipio lucense, uno de los tres que no supera ya los mil habitantes, fue noticia por la peculiaridad de que su alcalde era un ciudadano sirio que se había afincado en Galicia, Issam Algnagm Azzam, quien en su día, en el año 2003, presentó una iniciativa en la Diputación Provincial para que la corporación provincial lucense condenase la Guerra de Irak. El organismo público, presidido entonces por el Partido Popular, se convirtió en el único en todo España que condenó la invasión americana del estado iraquí.

Quizás sus alcaldes gozaron siempre de una cierta peculiaridad, ya que uno de ellos era sacerdote, en tanto que una mujer regiría sus destinos entre 1983 y 1987, cuando era muy raro que una fémina encabezase una corporación local y era el único caso en toda la provincia de Lugo en aquella época. Se añade también la peculiaridad del ciudadano de Oriente Medio Isaam Algnagm, pero hubo otro regidor que sería recordado por otros aspectos menos llamativos, quizás mucho más repulsivos. Se trataba de Ángel de Castro Blanco, quien regiría los destinos de Muras durante más de un cuarto de siglo, entre 1952 y 1979. Su historia al frente de este municipio lucense estuvo a punto de revestir tintes trágicos en el mes de enero del año 1973.

Discusión

En la jornada del 24 de enero de 1973 se produciría un grave suceso en el establecimiento de bebidas propiedad de Ángel de Castro, quien agrediría con un cuchillo de grandes dimensiones a otras tres personas que se encontraban en el mismo, según la denuncia que estos presentaron en el cuartel de la guardia civil de la localidad. Nunca se ha sabido a ciencia cierta que ocurrió en el interior del almacén propiedad del regidor de Muras, debido a las distintas versiones que ofrecieron unos y otros, si bien es cierto que todo quedaría como una pelea entre amigos, aunque menudos amigos.

La versión que ofrecieron dos de las víctimas fue que el alcalde intervino contra ellos de forma brusca portando el arma e hiriendo de consideración a Antonio Puente García, concejal de Muras; Antonio Carreiras Casro, encargado del almacén cooperativa Campo San Jorge y Manuel Vilaboy Seoane, presidente de este último organismo. Sin embargo, la versión de Ángel de Castro es completamente distinta a la de dos de sus víctimas, ya que según él, los dos denunciantes se habían abalanzado sobre el concejal Antonio Puente y únicamente se limitó a defenderlo para evitar que el hecho generase una situación de violencia mayor, aunque es de suponer que para impedir un acontecimiento violento no era preciso apaciguarlo portando un cuchillo, ya que lo que hacía era empeorar las cosas.

La agresión, según Antonio Carreiras y Manuel Vilaboy, se produjo como consecuencia de la grave crisis nerviosa que le afectaba al alcalde en ese momento, muy similar a encontrarse enajenado, aunque sus consecuencias estuvieron a punto de ser muy parecidas a sucesos sangrientos similares. A pesar de ser un hecho inusual y hasta cierto punto dramático, lo cierto es que Ángel de Castro continuaría al frente de los destinos de ese pequeño y encantador pueblo del interior lucense hasta las elecciones municipales de 1979. Si hubiese sido en nuestros días, con razón, tendría que presentar la dimisión antes de 24 horas. Con hechos como este, lo mejor que le puede ocurrir al vecindario de este plácido y casi anónimo pueblo lucense, que siga pasando desapercibido y que tan solo sea noticia por las nevadas o por el peculiar origen de alguno de sus muchos y entrañables vecinos.

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Una niña asesinada en Lugo

Avenida de A Coruña, lugar dónde fue secuestrada y asesinada la niña Marie Claire Paredes

A comienzos de la década de los ochenta, la ciudad de Lugo comenzaba a dejar atrás el pasado que siempre la había considerado como un entorno rural ligeramente más grande que los muchos y preciosos parajes rústicos que la rodean. Empezaba a ser una ciudad de verdad, que nada tenía que envidiar a muchas otras ciudades españolas iniciando una progresiva escalada de expansión, tanto social como demográfica, que la llegarían a convertir en una de las principales urbes del noroeste peninsular. En un momento dado estuvo considerada como la ciudad española que más crecía proporcionalmente de forma interanual. Al término de cada año de la década de los ochenta la capital lucense contaba con mil habitantes más que el año anterior, aunque, aún así, a todos sus residentes se les hacían grandes todavía las gradas del Estadio Santiago Bernabeu.

En la vieja urbe romana de Galicia se asentaban muchos de los emigrantes de pueblos y aldeas próximos que regresaban a su tierra después de una fecunda estancia en países europeos, además de muchos otros que comenzaban a abandonar el rural en busca de una prosperidad que no terminaba de llegar a sus lares de origen. Es en ese clima y en esas circunstancias a donde ahora nos dirigimos para narrar un trágico y terrible suceso que conmocionaría de sobremanera a una ciudad que estaba acostumbrada a vivir en la cotidianeidad y rutina más absolutas, únicamente interrumpidas -como siempre ha sido tradicional- en pleno mes de octubre por sus fiestas patronales en honor a San Froilán.

Esa dulce rutina sería bruscamente quebrada en el mes de agosto de 1980 cuando el día 8 del mencionado mes desaparecía una niña de nueve años que vivía con su familia en una calle próxima a la Avenida de A Coruña, donde sus padres regentaban un bar. Durante más de una semana todos los lucenses, tanto de la capital como de la provincia, estuvieron con el corazón en vilo en tanto no se tenían noticias de la pequeña Marie Claire Paredes Rivas, que aparecería brutalmente asesinada una semana más tarde de su desaparición en una casa abandonada muy próxima a la vivienda en la que residía junto con los suyos.

Familias conocidas

El día 15 de aquel caluroso mes de agosto de hace ya casi 40 años aparecería el cuerpo de la pequeña, horriblemente asesinada en una vivienda que pertenecía a la familia de su verdugo, José Fraiz Parga, un joven de 17 años que contaba ya con algunos antecedentes penales y que había estado internado en un centro de menores. Las familias del criminal y la su víctima se conocían de haber coincidido en la emigración en un país europeo en el que se habían afincado antes de regresar a la capital lucense.

La confianza que le inspiraba su agresor hizo que la pequeña atendiese sus requerimientos cuando se encontraba en compañía de otras amigas suyas en una sala de juegos de máquinas recreativas. Además, José Fraiz era cliente habitual del bar que regentaban los padres de la pequeña, situado en una calle paralela a la Avenida de A Coruña, por lo que no le costó ningún esfuerzo en convencerla para que lo acompañase. El motivo que había esgrimido su asesino era que le iba a enseñar unos conejos que eran propiedad de su abuela.

La suerte de Marie Claire Paredes no pudo ser más trágica y esquiva, ya que Fraiz Parga se aprovecharía de la confianza de la pequeña para darle muerte de una manera muy horrenda, dándole repetidos hachazos que terminarían con su vida, siendo hallado su cuerpo el 15 de agosto de 1980 en aquella vieja vivienda abandonada. Previamente, su raptor había intentado abusar de ella, a lo que la pequeña se resistió, gritando de forma reiterada. Posteriormente, intentaría matarla con una piedra y, en vista de que no lograba su macabro objetivo, le propinaría varios hachazos que terminarían con la vida de la niña. El joven asesino sería detenido de inmediato por la policía lucense sin manifestar ninguna emoción en el momento de ser arrestado. Se decía que uno de los agentes que lo había detenido le había preguntado si sabía lo que había hecho, a lo que el respondió muy secamente «si, la he matado».

Un tremendo sentimiento de impotencia y consternación se apoderó de una población que todavía no superaba los 70.000 habitantes, pero que rechazaba de forma muy enérgica cualquier atisbo violento que pudiese perturbar la habitual paz y tranquilidad de la que se gozaba en la siempre bella urbe romana. En la misma jornada en la que se produjo el hallazgo del cuerpo sin vida de la niña, alrededor de un centenar de personas se concentraron ante la vivienda de los padres de la pequeña solicitando la pena de muerte para su asesino, si bien es cierto que esta medida había desaparecido del ordenamiento jurídico español con la entrada en vigor de la Constitución de 1978.

Condena

El juicio por el asesinato que le había costado la vida a Marie Claire Paredes se desarrolló en Lugo a finales del mes de enero del año 1981 despertando una extraordinaria expectación entre los vecinos de la capital lucense, poco dados a que su ciudad copase las primeras páginas de los principales medios de comunicación de la época.

José Fraiz Rivas sería condenado a 25 años de prisión por el crimen que le costó la vida a la pequeña Marie Claire. Fue condenado por distintos delitos en grado de tentativa, entre ellos los de robo y violación, aunque se consideraba a estos como de forma reiterada, ya que había sido condenado por la sustracción de un bolso. La principal pena que habría de cumplir sería de 23 años de prisión por el asesinato de la pequeña. Todas ellas contaban con el atenuante accesorio de ser menor de edad en el momento en que habían ocurrido los hechos, pues el acusado todavía no había cumplido los 18 años.

Por otra parte, Fraiz Rivas debía indemnizar a la familia de su víctima con un millón de pesetas(6.000 euros), además de satisfacer las costas judiciales del proceso en el que había sido condenado.

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El crimen de Riotorto

Riotorto es una preciosa localidad lucense que parece esconderse tras un impresionante paraje que se emplaza en el confín de las comarcas de A Mariña y Terra Chá, siendo un lugar ideal para realizar una escapada de fin de semana. Con el colorido del valle de fondo, se respira una celestial paz y tranquilidad que harán las delicias de cualquier viajero que pretenda escapar a los constantes ajetreos generados por estrés de la vida cotidiana. Al igual que muchos otros municipios gallegos de interior, se encuentra en alerta roja demográfica, perdiendo progresivamente población desde la década de los setenta hasta situarse en los niveles demográficos más bajos de su historia reciente. En los últimos 30 años ha perdido el 50 por ciento de sus habitantes. Además, quienes quedan en el inigualable paraje lucense son gente muy mayor. De sus escasos 1.400 censados, menos de 50 no supera ya los quince años, tónica muy habitual, por otra parte en la actual Galicia.

En medio de ese sosegado ambiente rural, únicamente interrumpido por el ruido de fondo de algún tractor o maquinaria agrícola, se produciría el 25 de julio 1999 un suceso que alteraría para siempre la tranquilidad vecinal y el plácido aroma de los pinos y robles, a quienes comienzan a ganar terreno las ínclitas plantaciones de grandes eucaliptales, al producirse un horrendo crimen que socavaría la eterna calma que se respira al fondo de los valles.

Era domingo, para colmo de los colmos la principal jornada del último Año Santo Compostelano del siglo XX, cuando ya se había comenzado a comercializar como Xacobeo en todos los rincones del universo a donde se llevaba la voz de la Xunta presidida por el todopoderoso Manuel Fraga Iribarne. En esa jornada un vecino de Riotorto, José Manuel Vila Freire, conocido como «O Frade» daba muerte a su convecina Herminia González, una mujer de 78 años con la que se había encontrado en uno de los muchos caminos rurales que se cruzaban entre ambos lugares en los que vivían ambos protagonistas.

Malas relaciones

Al parecer, «O Frade» asestó varios golpes con algún objeto contundente a su víctima, algunos de los cuáles le producirían importantes hematomas que le afectarían a órganos vitales, sucumbiendo ante la media docena de golpes que le había propinado su contumaz agresor. Posteriormente, su verdugo trasladaría su cuerpo hasta un pajar, conocidos en Galicia como palleiras, un galpón generalmente adosado a la residencia de muchas viviendas rurales. Allí lo taparía con una alpaca de paja hasta que fue localizado por agentes de la Guardia Civil.

La mortal agresión a su víctima estuvo motivada, al parecer, por las malas relaciones que desde tiempos inmemoriales mantenían tanto la víctima como el criminal que le quitó la vida. A eso se sumaba un fortísimo trastorno delirante que sufría José Manuel Vila, quien, una vez hubo perpetrado el brutal acto, se dirigió en su propia furgoneta hasta la prisión provincial de Bonxe, dónde se entregaría a las autoridades. Estas, al percatarse del estado en que se encontraba, lo remitieron a la Unidad de Psiquiatría del antiguo Hospital Xeral de Lugo.

A consecuencia de la muerte de su madre, una hija de la víctima entraría en una grave depresión psíquica que le impediría acudir al juicio en el que se deliberaba la suerte del asesino de su madre. Mientras, este último daría pruebas evidentes de su deteriorado estado mental al contar un rosario enhebrado de desavenencias con prácticamente todo su vecindario, además de estar sumamente obsesionado con el daño que sus vecinos le pudiesen hacer a causa de un posible envenenamiento de los alimentos y hasta el agua que consumía.

Historia surrealista

En el transcurso del juicio, José María Vila Freire narró una historia surrealista de su vida y también del hecho criminal que había protagonizado, lo que levantaría las carcajadas de los que se encontraban en la sala de vista de la Audiencia Provincial de Lugo. En aquella mañana de abril del año 2001, el encausado justificó su agresión mortal a Herminia González aduciendo que esta última lo había asido por los testículos, debiendo defenderse para que lo soltase lo que provocaría la muerte de su víctima.

Sin embargo, si era surrealista la versión de los hechos, debido al delirio paranoide que sufría, mucho más lo era la historia de su vida. En su melodramático relato acusaba a prácticamente todos los vecinos del lugar en el que residía de pretender envenenarlo, tal cual fuese una teoría conspirativa de las más enrevesadas. Así, contó que había cambiado de manantial para abastecerse de agua, pues temía que los vecinos lo hubiesen envenenado. De la misma forma, relató que hasta había cambiado de panadero, pues notaba el sabor del pan algo raro y que también ahí le habrían introducido veneno. Lo mismo dijo de su ex-esposa, de quien añadió que se había visto obligado a separarse porque terceras personas se habrían introducido en su vida conyugal. A prácticamente nadie se le escapaba -como sostenía el fiscal- que detrás de la actitud de «O Frade» se escondía una gravísima enfermedad de tipo psiquiátrico.

Un jurado popular se encargó de dictaminar la suerte del asesino de Riotorto, quien sería condenado a nueve años de cárcel, que debería cumplir en un centro de salud mental, dado el grave deterioro psíquico que sufría. El mismo fue considerado como una causa eximente para que evitase cumplir la condena en una centro de reclusión convencional.

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«Hai que roelo»: un docurrelato de la Galicia de los sesenta

Presentación en Vilalba de «Hai que roelo»

Para el autor escribir sobre si mismo siempre resulta muy complejo y muy complicado, además de harto difícil. Muchas veces, principalmente quienes padecemos Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad(TDAH) tendemos a subestimarnos, a considerarnos inferiores, a no creer en lo que nos dicen los demás, aunque sea siempre con esa indudable buena intención que siempre muestran hacia personas como nosotros, muchas de las cuales -según dicen- inspiramos una siempre desmedida ternura.

Tampoco se trata de ser soberbios ni de creerse superiores a nadie. Nada más lejos de quien esto escribe. La soberbia es el pasaporte de la mediocridad y es un enemigo de la sinceridad, además de estar fronteriza con el complejo de inferioridad, propio de esos individuos que tras una aureola de grandiosidad pretenden demostrar un falso halo de personas invencibles bajo la que se esconden unos elementos cobardes y bullangueros o cuando menos mezquinos o, incluso, de muy baja catadura moral. Tampoco quiero recordar al célebre Francisco Umbral, por quien siempre sentí un especial cariño y admiración, aunque me resultase bastante repugnante aquella escena suya en televisión, protagonizando un incidente con la presentadora a quien dijo en reiteradas ocasiones «yo he venido a hablar aquí de mi libro».

A eso dedicamos el siguiente capítulo del día de hoy a hablar de su libro, pero hablar de su primera novela o docurrelato, como muy acertadamente lo ha bautizado el extraordinario crítico literario gallego Armando Requeixo, por mezclar escenas del mundo real y de la historia de la Galicia de los años sesenta con otras historias un tanto ficticias en las que tampoco está exento un pequeño ápice de realismo mágico, un género nacido en el siglo XX de la mano del siempre admirable e inolvidable don Álvaro Cunqueiro, el más grande narrador gallego del siglo XX. Solo hacer el pequeño apunte que la Academia Sueca, organismo encargado de conceder los Nobel, nunca lo tuvo en cuenta a la hora de otorgar sus prestigiosos galardones, aunque si le fuese merecidamente concedido a un autor como Gabriel García Márquez, quien, indudablemente bebió de la gran prosa del magnífico maestro gallego.

Un gran equipo de fútbol

A nadie se le niega que detrás del título de esta obra literaria, que traspasa el límite de la novela para convertirse en docurrelato, se encuentra un gran equipo de fútbol, como su mismo título alude, el Pontevedra CF. Aquel gran combinado gallego rompió con los moldes establecidos hasta entonces, con muchos futbolistas que habían quedado relegados a un segundo plano o que nunca habían tenido oportunidad de brillar por no contar con las condiciones deportivas adecuadas. Tal es el caso de una de las figuras centrales de esta obra, Eduardo Dapena Lis, popularmente conocido como «Cholo», aquel inolvidable conductor de trolebús de la ciudad del Lérez que se ganó el cariño de los suyos convirtiéndose en uno de los grandes valladares de la defensa del cuadro granate cuando se encontraba en los últimos años de su carrera deportiva.

En aquel entonces, y en una época todavía muy sombría para Galicia en la que continuaba viviéndose a la sombra de una cruel y tormentosa dictadura, surge un gran equipo que estaba llamado a hacer historia, cuyo grito de guerra «Hai que roelo!» se convertiría en el eterno lema que siempre coreará su afición. Sin embargo, no solamente fue el grito de guerra lo que ha quedado para la posteridad, sino también su espíritu, su lucha, su tesón, su impresionante capacidad para vencer las adversidades más difíciles.

Paralelamente al gran equipo gallego de la época, surge una juventud con un ímpetu rebelde, una gente joven que quiere otras cosas para su tierra tratando de romper con ancestrales estereotipos y prejuicios que marcan a un país gallego que todavía se encuentra muy atrasado y anclado en tiempos remotos merced a una enquistada dictadura personalista, cuyo único argumento es ya tan solo quien fuera durante casi 40 años Jefe del Estado, el siempre todopoderoso general Francisco Franco.

Tres personajes vertebran el eje de la narración. Uno de ellos representa a la Galicia eterna, a esa tierra atávica, que es dominado por el miedo y presa de sus propios complejos de gallego de interior, el periodista Amador Sanfiz, un hombre que ha perdido a su padre en el transcurso de la Guerra Civil. No le gusta el fútbol, pero tiene que cubrir la información deportiva porque le obligan desde la agencia de noticias para que la trabaja. Un segundo personaje es Moncho Botes, un hombre cuarentón, fumador, a quien le encanta el vino blanco de Valdeorras, y si es fresco mucho mejor. Representa al clásico gallego medio burgués de su tiempo. Es periodista al igual que el anterior, siendo un individuo que destila retranca que esconde detrás de su eterno cigarro negro y su taza de vino.

El tercer personaje es el más activo de todos. El hombre que quiere romper con los moldes establecidos, Pedro Fontales, hijo de una ilustre familia de la Pontevedra de su tiempo, pero que detesta la sociedad en la que vive, ofreciendo innumerables discursos a sus compañeros en un tono didascálico y majestuoso, como si detentase la verdad absoluta. Critica ácidamente a la sociedad de su tiempo, a los poderes establecidos, lo que le traerá a malvivir con un miembro de la Brigada Político Social franquista, quien enfundado en un eterno complejo de inferioridad, se esconde bajo los galones del cuerpo al que pertenece, aunque su suerte será muy funesta.

Dos Galicias

La novela puede ser considerada un relato histórico y también de su situación en la que se hace un parangón entre esas dos Galicias, tan próximas geográficamente, pero tan distantes social y económicamente. Es una curiosa contraposición que se refleja en un viaje que hacen los protagonistas a la comarca interior de Terra Chá, a la casa de Amador Sanfiz, a una preciosa aldea gallega que se encuentra a lomos de la gran planicie gallega. Allí, Pedro Fontales descubrirá asombrado ese otro país que le resulta ajeno y hasta, por veces, un tanto extraño y anacrónico. Se siente perplejo al comprobar como aquellos rudos hombres chairegos siguen trabajando con ancestrales técnicas, aunque admira su humanidad y su eterno conformismo, al tiempo que siente una profunda compasión hacia quienes todavía sienten la vida como una constante aventura, pero que no protestan. Solo emigran.

De la misma forma, el lector es sumergido por el autor en el todavía lúgubre mundo de las comisarías, de la lucha clandestina contra un rocoso y tirano sistema, de una sempiterna oscuridad y mediocridad que parece campar a sus anchas, muy especialmente cuando el abogado pontevedrés es brutalmente torturado por dos miembros de la temible policía franquista. Es ahí cuando se descubre la humanidad de Fontales, quien encuentra en su amigo del interior gallego a un hombre de una profunda nobleza, que no lo deja cuando está herido y hundido tras la enorme paliza que ha sufrido, que le ayuda hasta el último instante, escabulléndose así del rol de hombre conformista que se le atribuye a lo largo del relato.

Una obra literaria tiene siempre su conclusión, como todo en esta vida. El Pontevedra CF desciende a segunda división debido a que no se renueva, algo similar a lo que le sucede a la Galicia de su tiempo. Uno de los principales protagonistas de la obra, Amador Sanfiz se ve obligado a dejar la ciudad del Lérez por el descenso del combinado granate, lo que le ocasiona una profunda tristeza que es gratamente comprendida por sus amigos quienes sienten verdaderos ataques de ternura por ese gallego de interior que jamás ha superado sus complejos. Sin embargo, la obra si no tiene un final feliz, al menos lo tiene un tanto revanchista, al fallecer en un trágico accidente de tráfico los miembros de la Brigada Político Social que tanto han amargado la existencia a dos de sus protagonistas, siendo esta la última noticia que Amador Sanfiz transmite desde Pontevedra, dando muestras de ser un extraordinario profesional del periodismo moderno.

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El primer atentado terrorista mortal en Galicia

Homenaje a las víctimas del terrorismo en Santiago de Compostela

1978 estaba siendo un año distinto en España. Se había estrenado muy recientemente la democracia y se habían instaurado unas libertades públicas que habían estado muchos años secuestradas. Galicia no era ajena al clima de ilusión por la libertad que se vivía en el resto del Estado. Sin embargo, todavía continuaban operando algunos grupos radicales que -en nombre de la libertad- no hacían sino atemorizar a un país que no reclamaba para nada su presencia ni mucho menos su falso yugo liberador. Más bien todo lo contrario.

Las personas de una cierta edad, principalmente aquellas que habían vivido la Guerra Civil, se sentían temerosas ante el clima de ilusión al que en algunas ocasiones denominaban libertinaje, ya que no estaban acostumbradas a que se produjesen ciertos hechos o acontecimientos que lo único que hacían era emborronar el siempre pacífico y acogedor estado de derecho. Algunos, con su actitud, querían perturbar a los gallegos y al resto de los españoles de hace ya 40 años, estando en su afán tan solo un ambiente de provocación que justificase un levantamiento armado del Ejército para así poder ellos excusar su irracional y nefasto comportamiento.

Galicia era algo distinto al resto del estado o, al menos, eso les parecía a los gallegos, unas gentes siempre sosegadas, con su eterna retranca que escondía un halo de buen humor y campechanía que se traducía en las sinceras sonrisas de aquellos hombres que todavía cubrían sus calvas con boinas en tanto liaban un cigarro de picadura, al que prendían fuego con un viejo mechero de gasolina. Sin embargo, a pesar de ese carácter bonachón, tranquilo y sincero de los gallegos, un terrible hecho, sin precedentes, alteraría a un pacífico y trabajador pueblo en la mañana del lunes, 28 de agosto de 1978, con el asesinato del guardia civil, Manuel Vázquez Cacharrón en la plaza de Abastos de Santiago de Compostela.

Un solo disparo

Esa mañana, como muchas otras, una hermana de la víctima había acudido a la tradicional plaza compostelana a vender productos de la huerta, siendo una persona muy conocida en Santiago por la totalidad de su vecindario. Se encontró con su hermano, el guardia civil Manuel Vázquez Cacharrón, con quien departía muy tranquilamente sobre mil y una cosas de las que solía hablarse en aquellos populares centros de reunión, charlando de vecinos y amigos, de como se encontraban los parientes de la aldea, de como iba la mañana. Pero esa tranquilidad y bonhomía que siempre se había respirado en aquel tradicional lugar de encuentro para vecinos y comerciantes se vería bruscamente alterada por la presencia de dos jóvenes de alrededor de 20-25 años, uno de los cuales portaba una pistola. Con la misma y de un solo tiro, que le alcanzó directamente en la cabeza, daba muerte al agente Vázquez Cacharrón. Al parecer, uno cubría al otro mientras este último efectuaba el mortal disparo que acabaría con la vida del miembro de la Benemérita.

Con la ayuda de los presentes en el recinto ferial, el herido sería trasladado al Hospital Xeral de Galicia donde ingresaría ya cadáver. El guardia civil contaba con solo 40 años de edad, siendo natural de la localidad de Arzúa, un precioso pueblo que se emplaza en los últimos tramos del Camino Francés que conduce a las tierras del Apóstol. El fallecido estaba casado y era padre de una numerosa prole de cinco hijos. El atentado terrorista, condenado de forma unánime por una sociedad que se resistía a dejarse secuestrar por los criminales, provocaría la pérdida de la inocencia de una tierra que tan solo pretendía hacer su vida y vivir en paz. Su hermana Palmira también requeriría asistencia sanitaria, ya que cayó desmayada en plena plaza por la impresión que le causó la muerte de su hermano. Los terroristas que habían asesinado al guardia civil, Juan José Muíños Formoso y Francisco Javier Rodríguez Veloso, huyeron del lugar a pie en dirección a la calle Doutor Teixeiro donde les aguardaba un SEAT 124 azul, que les facilitaría la huida de la capital gallega.

Al día siguiente de haber sido vilmente asesinado, Manuel Vázquez Cacharrón recibiría sepultura en su tierra natal de Arzúa. El entierro del agente fue una gran manifestación de duelo de toda Galicia, congregándose más de 3.000 personas en la celebración religiosa que tuvo lugar en el cuartel de San Lázaro. Era la contundente respuesta de los gallegos a un vil acto terrorista, que tendría su contrapunto en la actitud de unos pocos jóvenes que entonaron canciones de tiempos pretéritos con el único y exclusivo afán de provocar a quienes tributaban su último adiós al primer agente caído en acto de servicio en tierras gallegas.

Los Grapo y la LAG

Como era muy habitual en los tiempos de la Transición Democrática, distintos grupos protagonizaron una guerra de comunicados en los que se atribuían el atentado que le había costado la vida al guardia civil en Santiago de Compostela. En un principio lo hicieron los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre (GRAPO), pero también se quiso apuntar el tanto un grupo desconocido de tendencia separatista y radical, denominado Liga Armada Galega(LAG). Los investigadores se decantaron porque fuesen los primeros, ya que tenían una cierta infraestructura en Galicia, concretamente en Vigo, en tanto que la LAG era un grupúsculo vinculado al nacionalismo de izquierdas que había perpetrado un atraco a una sucursal del Banco del Noroeste y algunas otras actividades terroristas de escaso calado.

El 13 de septiembre de 1978 sería detenido en Ourense un militante de los GRAPO Francisco Javier Rodríguez Veloso, alías «El Andaluz», a quien se le acusó de haber sido el autor material de la muerte del agente asesinado. Prueba de ello, fue que en su poder se halló el arma reglamentaria que llevaba el día de su asesinato Manuel Vázquez Cacharrón, una pistola Star. En 1980 sería condenado a 25 años de prisión por la Audiencia Nacional, institución encargada de juzgar los delitos de terrorismo.

En el año 2010, siendo alcalde de Santiago en su primera etapa el socialista Xosé Sánchez Bugallo, justo cuando se cumplían 32 años de su asesinato, el Ayuntamiento compostelano tributó un sentido homenaje a la figura del guardia civil asesinado por los GRAPO. El mismo consistió en la dedicatoria de una calle en nombre del agente muerto en acto de servicio en el barrio de Fontepedriña, donde vivía su viuda y el resto de su familia.

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Varios muertos en el peor temporal del siglo XX

Al ver el titular más de uno pensará que se refiere al famoso ciclón «Hortensia», que barrió literalmente Galicia en la jornada del 4 de octubre de 1984. Es cierto que aquellos tremendos vientos huracanados sembraron el temor y el pánico entre los gallegos. Ahora bien, en aquel entonces se avisó a la población a fin de evitar que el caos y la tragedia se apoderasen de las cerca de tres millones de almas que poblaban el noroeste peninsular. Sin embargo, hay otra fecha marcada en rojo en los calendarios de los fenómenos naturales que se aproximaron a Galicia a lo largo del último siglo del segundo milenio que ha quedado relegada al olvido, no sabemos si intencionadamente, pero que nunca o prácticamente nunca aparece reflejada en los distintos medios de comunicación.

La fecha a la que nos referimos es la del sábado, 5 de febrero de 1972. En la tarde de aquella fatídica y terrible jornada varias personas perecieron a consecuencia de un temporal mucho más dañino y mortífero que el famoso «Hortensia» pero mucho menos mediático, o al menos ha pasado al baúl de los recuerdos en donde duerme su sueño eterno. Tal vez fuera porque se trataba de otros tiempos en los que no había los avances que ya se registraban en la década de los ochenta, lo cierto es que aquel temporal pilló desprevenidos a la práctica totalidad de la población gallega de la época, que asistieron impasibles a la destrucción de algunas de sus más importantes fuentes de riqueza que quedaron al albur de uno de los fenómenos meteorológicos más terribles que han ocurrido en el siglo XX en Galicia.

El territorio más afectado por los efectos de aquel tremendo temporal fue la provincia de Lugo que tuvo que soportar vientos huracanados que alcanzaron una velocidad de 170 kilómetros por hora en su interior, según el registro efectuado en el centro instalado en la localidad de Castro de Rei, en el interior de la provincia, en plena comarca de Terra Chá.

Veinte heridos muy graves

Por lo que se comentaba con anterioridad, tal vez porque se vivía de otro modo a la sazón de ser otra sociedad muy diferente a la de tan solo una docena de años más tarde, además de vivir todavía en una decadente dictadura, apenas se facilitaron datos reales sobre lo que realmente había acontecido. A todo ello se unían unas deficientes infraestructuras en todos los campos que contribuyeron muy decisivamente a acallar lo sucedido. Se sumaba también la carencia de medios de comunicación que informasen puntualmente de unos devastadores acontecimientos que apenas han dejado su huella 47 años más tarde.

Se sabe, por informaciones periodísticas de diarios editados en Madrid, que solamente en Lugo capital hubo un total de veinte personas heridas de gravedad. Si bien es cierto que no hay constancia de la evolución de las mismas, ya que la noticia no tendría una rigurosa continuidad periodística como tienen hoy en día, a lo que hay que añadir la férrea censura que practicaba la dictadura con hechos que pudiesen ir en contra de sus intereses o deteriorasen su imagen. En la misma capital lucense fallecería un hombre en la misma tarde del temporal cuando se disponía a arreglar algunos desperfectos que le había ocasionado el viento en el tejado de su vivienda.

La cifra de muertos nunca se ha podido precisar con exactitud, pues en aquellos tiempos era muy complicado saber cuantos accidentes se registraron provocados por el temible ciclón. Examinando distintos medios de comunicación impresos de aquel tiempo se puede hacer un cálculo aproximado de que unas diez o más personas podrían haber perdido la vida a consecuencia de un temporal que ha quedado en el olvido.

Aunque todavía no eran muy frecuentes las comunicaciones telefónicas, las provincias de Lugo y Ourense quedarían incomunicadas durante varios días, al ser dañadas las instalaciones en ambas provincias. De la misma forma, el suministro eléctrico también sufriría una de las peores crisis de su historia, ya que durante un largo fin de semana no hubo luz eléctrica en la capital lucense ni tampoco en la gran mayoría de los municipios, siendo especialmente afectados los del norte y el litoral, donde las embarcaciones hubieron de permanecer amarradas varios días por temor a un nuevo temporal similar al de la tarde de aquel sábado del mes de febrero.

«El Progreso» no se publica

Una idea de la magnitud de aquellos hechos fue que el diario lucense «El Progreso» faltaría a la cita diaria con sus lectores, por vez primera en los 64 años de historia con que contaba en aquel entonces, en la jornada del domingo, 6 de febrero de 1972. La falta de energía eléctrica fue la principal responsable de que el único diario que se editaba en Lugo no estuviese en la jornada dominical en los quioscos.

Durante toda la noche y la madrugada que siguieron a la tarde de aquel terrible temporal varias dotaciones de bomberos de la capital lucense recorrieron toda la ciudad derribando algunos elementos que habían sido movidos por el viento a fin de evitar desprendimientos que terminasen en tragedia. Según los medios informativos anteriormente aludidos, prácticamente todos los inmuebles de la ciudad de Lugo sufrieron, de una manera u otra, los efectos de un devastador temporal que convirtió al área nordeste de Galicia en un auténtico y verdadero infierno.

En otro de los lugares donde se palparon las consecuencias de aquel espantoso ciclón fue en el parque lugués de Rosalía de Castro, lugar en el que el viento derribó varios árboles, algunos de los cuales contaban ya con más de medio siglo de historia. De la misma forma, a lo largo y ancho de toda la geografía lucense era frecuente contemplar chimeneas y árboles derruidos por el viento, además de centenares de postes de luz lo que explica la falta de abastecimiento eléctrico en las jornadas posteriores.

El principal sector de la economía del interior de Lugo, el agropecuario, sufriría muy directamente las consecuencias del arrasador ciclón. Las distintas fuentes informativas a las que se ha accedido cuentan que centenares de granjas, principalmente de pollos, fueron pasto de los vientos, pereciendo una gran parte de los animales al quedar aplastados en las instalaciones en las que se guarecían. Igualmente también la ganadería padecería unas duras consecuencias, ya que los agricultores de Terra Chá y Ribeira Sacra se calcula que perdieron más de la mitad de sus existencias de heno y paja, teniendo en cuenta que todavía faltaban casi tres meses para la llegada de la primavera y así poder dejar pastar libremente en campos y prados.

Pero, aunque no en toda la provincia, al viento se sumó la nieve en las zonas de montaña. De hecho, un grupo de universitarios compostelanos se vería atrapado en una descomunal nevada a las dos horas de salir del albergue de Piedrafita. Al parecer, aunque parezca un poco exagerado, en algunos tramos la nieve llegó a alcanzar varios metros de espesor. Mientras, en el noroeste de la provincia de Lugo media docena de vehículos quedaron atrapados en la Serra da Gañidoira, teniendo que abandonarlos sus propietarios hasta que pasase el temporal de nieve, al que se sumaba el viento.

Nunca hubo una estimación oficial de los daños ocasionados por aquel inhóspito huracán que arrasó la provincia de Lugo en la tarde de un ya lejano sábado del año 1972, en plenos estertores del franquismo. Se sabe que las pérdidas en los distintos sectores podrían superar tranquilamente los cien millones de pesetas de la época. Una estimación hecha por la Hermandad de Agricultores y Ganaderos cifraba las pérdidas en este sector en unos diez millones de pesetas de aquel tiempo.

Distintos entes y organismos, ninguno de ellos oficial, solicitaría la declaración de «zona catastrófica». Sin embargo, su petición caería olvidada en el baúl de los recuerdos del régimen franquista, al igual que cayeron otros tantos reclamos de una provincia pobre y deprimida que nunca contó con mucho aprecio de los distintos gobiernos centrales. Eran otros tiempos. Pero en esto tampoco se ha cambiado.

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El asesinato del periodista Arcadio Vilela Gárate

Sepultura de Arcadio Vilela Gárate

En 1946 una impresionante ola de pacifismo recorría el planeta tras dejar atrás casi seis duros años de guerra en la que habían perdido la vida decenas de millones de seres humanos. España no era ajena a esa ola de simpatía que generaba el fin de un conflicto que dejaba océanos impresionantes de destrucción y calamidades que se traducían en los desplazamientos de poblaciones castigadas por el fin de la contienda y, en el caso alemán, por dejar la escalofriante cifra de 400 millones de metros cúbicos de escombros.

La derrota de los países del Eje era vista como una buena oportunidad por la oposición española para resquebrajar los cimientos de una dictadura que ya se prolongaba más de siete años. Sin embargo, esas esperanzas de cambio iban diluyéndose a medida que transcurría el tiempo y el régimen del general Franco intentaba hacer algunos guiños a las potencias vencedoras, especialmente a Gran Bretaña y Estados Unidos con la finalidad de perpetuarse como así fue.

En Galicia las cosas no distaban mucho del resto de España. Por sus escarpados montes daba sus últimos coletazos una guerrilla que cada vez se sentía más desamparada y desanimada en la que ya habían sido detenidos o muertos algunos de sus cabecillas. Había un cierto sector social y se puede decir que también geográfico que mantenía una cierta simpatía con aquellos hombres que -de una forma un tanto suicida- se enfrentaban a un régimen totalitario que no dudaba en actuar con mano de hierro cada vez que tenía ocasión de hacerlo con quien intentase mínimamente menoscabar sus cimientos.

En ese ambiente rudo tendría lugar una acción armada contra el centro emisor de Radio Nacional de España en A Coruña el 19 de mayo de 1946 dirigida por miembros del Partido Comunista de España, al frente de los cuales se encontraba el joven líder Manuel Bello Parga. En este atentado resultaría muerto un popular periodista coruñés, Arcadio Vilela Gárate, quien contaba ya con 63 años de edad. En el asalto se produciría un intercambio de disparos con la guardia civil a consecuencia de la cual perdería la vida el conocido profesional del periodismo. Asimismo, caería herido Bello Parga, quien sería detenido por la Benemérita y poco más de un mes más tarde ejecutado a garrote vil en la antigua prisión provincial de A Coruña.

Duelo

Cuentan algunas crónicas de la época que el entierro de Vilela Gárate fue uno de los tres más concurridos en la historia contemporánea de la ciudad herculina. Además, la acción armada supuso un fracaso por cuanto había caído una víctima que poco o ningún relieve político tenía ya por entonces. El fallecido dejaba viuda y cuatro hijos, uno de los cuales había participado en la Guerra Civil española mandando un tabor de regulares, alcanzando el grado de alférez provisional. Además del consabido duelo, Arcadio Vilela, que en el momento de su muerte era redactor del diario «El Ideal Gallego» gozaba de un cierto aprecio popular que hizo que desde prácticamente todos los estamentos se condenase la acción armada que le costó la vida.

Arcadio Vilela Gárate había desarrollado una extraordinaria actividad social a lo largo de su vida, llegando a ser secretario de la Sociedad Oceanográfica del Golfo de Gascuña en el año 1911. Algunos de sus detractores le acusaban de falangista, aunque el periodista se afilio a Falange Española a finales de 1938, cuando el partido del régimen controlaba todo el aparato de poder del nuevo sistema político, muy especialmente el relacionado con los medios de comunicación. Otros, sin embargo, apuntan que había pertenecido a una sociedad conocida como Caballeros de La Coruña, próxima a la organización falangista que se había caracterizado por haber llevado a cabo algunos paseos y asesinatos de antiguos miembros de partidos y organizaciones republicanas.

En su juventud, Arcadio Vilela había sido un destacado deportista practicando un gran número de deportes entre los que se encuentran hockey, ajedrez, natación, equitación o remo, además de haber sido presidente de la Federación Gallega de Fútbol.

«Manolito» Bello

Su verdugo sería duramente torturado en la prisión coruñesa al ser detenido. Se trataba de un joven de tan solo 20 años nacido en el año 1926 en el municipio coruñés de Vilasantar, perteneciente a la comarca de Betanzos. Desde muy joven había pertenecido a distintas facciones del Partido Comunista de España, siendo detenido ya en 1945 por distribuir propaganda ilegal. Sería puesto en libertad poco después, que sería cuando se uniría al Exército Guerrilleiro de Galicia como responsable del destacamento Líster IV Agrupación.

Manolito Bello, como era conocido el joven dirigente comunista, había participado previamente en otro atentado que le había costado la vida en Cambre al falangista Manuel Doval Lemat. Su ejecución lo acabaría convirtiendo en una especie de héroe para los nuevos dirigentes comunistas, llevando hoy en día su nombre un colectivo de la Xuventude Comunista de Galicia.

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Suicidio y terror ante el tribunal de oposiciones a notarías

Fue un extraño y desgraciado suceso que ocurrió en Madrid el 15 de enero de 1985. Su triste protagonista era un joven gallego de 29 años, Fernando de Castro Fernández, quien, empuñando una pistola, disparó contra el presidente del Tribunal de Oposiciones a Notarios Antonio Ipiens Llorca, que demostrando su agilidad de reflejos conseguiría esquivar los disparos del opositor que había suspendido el examen, además de lanzarle el primer objeto que encontró a su alcance, en este caso un cenicero. Una de las balas rebotaría en el borde de una mesa sin que alcanzase a ninguno de los presentes.

No tuvieron tanta suerte sus compañeros del tribunal evaluador, Luis Ignacio Arrechereda Aranzadi, Catedrático de Derecho Civil, de 38 años y Julio Burdiel Hernández, de 52 años, que resultarían heridos de gravedad al impactar en su pecho sendos proyectiles procedentes del arma que empuñaba el opositor Fernando de Castro, quien, acto seguido, se suicidaría con la misma pistola, una ASTRA 380 de 9 cms, corto, modelo antiguo.

En el momento en el que el joven efectuó los disparos, el tribunal estaba examinando a otro candidato en el primer ejercicio de las oposiciones a notarías. Fernando de Castro, respondía a la figura del clásico «opositor quemado», quien había gritado, al tiempo que disparaba contra los miembros del tribunal, «ustedes me han arruinado la vida», mientras se subía a la tarima donde se encontraban los encargados de dirimir aquellas oposiciones. Los disparos los efectuó a muy corta distancia, a tan solo dos metros de su teórico objetivo, errando por fortuna en el blanco. Eran las cinco y media de la tarde de un gélido día de enero en la capital de España que daría paso a una inclemente ola de frío polar. Por fortuna, los examinadores heridos conseguirían sobrevivir a las heridas de bala que les provocó Fernando de Castro, hijo del magistrado del Tribunal Supremo, Jaime de Castro Garcia.

Tercer intento

Jaime de Castro Fernández era la tercera vez que intentaba hacerse con una de las muy pocas plazas de notarios que cada año se convocan en España y a las que suelen concurrir varios miles candidatos. Lo había intentado por vez primera, en el año 1982, en Burgos, sin alcanzar el éxito deseado. Tampoco lo conseguiría en 1983. Fracasaría una vez más en noviembre de 1984. En la fecha en que se produjo el fatal suceso el opositor había conocido los resultados del examen al que había concurrido nuevamente sin éxito. En las tres convocatorias a las que se había presentado había suspendido siempre en el primer ejercicio, el examen oral, que está considerado el más duro y en el que el tribunal calificador ejerce una importante criba entre quienes desean alcanzar una plaza de notario.

Al lugar de los hechos se desplazarían investigadores especializados de la Policía Nacional, que encontrarían cuatro casquillos de bala, en tanto que un médico forense se encargaría de certificar la trágica muerte de un joven que fue incapaz de ver que en esta vida se pueden hacer muchas más cosas y no estar pendiente de una ruda y contumaz oposición en la que tal vez, además de su propia vida, había dejado muchos años de lucha y esfuerzo que no le habían dado el fruto requerido. Sin embargo, quien opta a ser notario y no lo alcanza, puede ejercer con éxito, entre otras, la función de abogado civilista, dados los conocimientos que le proporciona la circunstancia de haber estudiado los temas que forman parte del extenso programa de las oposiciones al cuerpo de notarios.

Aquella fue una tarde dramática y cruel en el Colegio de Notarios de Madrid. La gente comenzó a correr de manera denodada por los pasillos, debido a la confusión que reinaba en el recinto. En un principio hubo informaciones y noticias confusas en torno a un hecho que sorprendía a propios y a extraños. Además de especularse con la posibilidad de que hubiese sido un atentado, dado que en aquellos años era muy febril la actividad de la banda terrorista ETA, también llegó a rumorearse que el suicida se había examinado en la misma jornada, pero este hecho no era cierto. Otra de las informaciones falsas que corrió en aquellos primeros instantes fueron las relativas al estado de los heridos. En un primer momento llegó a especularse con el fallecimiento de alguno de ellos, aunque por fortuna no dejaron de ser noticias carentes de fundamento y sin contrastar.

Solitario y brillante

De Fernando de Castro, además de saberse que era hijo de un prestigioso magistrado gallego nacido en la localidad de Ordes en el año 1917, se sabía también que era el más joven de los cinco hermanos que tenía Jaime de Castro, uno de los cuales había superado hacía ya años las oposiciones al cuerpo en el que pretendía ingresar Fernando. Trascendería también que era un hombre solitario, a quien no se le conocían muchos amigos, pero que jamás había protagonizado altercado alguno, ademas de ser una persona afable y tranquila, por lo que su irracional actitud sorprendió de sobremanera a quienes le conocían y trataban.

El suicida había sido un destacado alumno en la Facultad de Derecho de la Universidad de Santiago de Compostela, alcanzando notas muy brillantes en su expediente académico. Fernando de Castro había convertido el objetivo de ser notario en una perenne obsesión que le quitaba, además de muchas horas de diversión para un muchacho de su edad, el sueño y era quizás su única y enfermiza inquietud. Aunque no debería haber atentado contra la vida de terceras personas. Y ni que decir tiene que tampoco debería haberse quitado la suya. Es entonces cuando la vida en si misma carece de cualquier sentido y valor porque da paso a la destrucción y la muerte, que se encarga de fulminarlo todo en apenas un segundo

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Once personas carbonizadas en un accidente ferroviario

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Imagen del accidente ferroviario. EL CORREO GALLEGO

 

La Galicia de los años cincuenta trataba de recuperarse de las muchas heridas que había dejado lLa a Guerra Civil. Sin embargo, nada era como antes, aunque el país seguía siendo muy pobre y atrasado. En aquella década comenzó a descubrirse que se había acabado el sueño americano surgido hace ya algo más de medio siglo, al amparo de aquellos indianos que regresaban a su tierra vistiendo sus mejores trajes y luciendo unas llamativas joyas. Pero nada era igual a como ellos lo habían retratado. Ya no partían barcos fletados por las grandes compañías trasatlánticas rumbo al nuevo mundo. Ahora una gran parte de la juventud gallega intentaba paso en la Europa que resurgía de la Posguerra Mundial.

En Galicia tal vez sus habitantes gozasen de un nivel de vida similar o peor a etapas anteriores a la Guerra Civil española, con indicadores socioeconómicos catastróficos. Proseguía una ancestral economía rural de autoconsumo que apenas paliaba las necesidades básicas de muchos de sus residentes que vivían mayoritariamente en extensas áreas rurales que, a diferencia de lo que acontece hoy en día, gozaban de una excelente salud demográfica que no tardaría en deteriorarse como consecuencia de la falta de expectativas a las que los abocaba un sistema económico y social anquilosado y anclado en etapas pretéritas.

En aquella tierra en la que faltaba de todo o prácticamente de todo, un 21 de mayo de 1952, hace ya algo más de 67 años, se vio dramáticamente sorprendida por un brutal accidente ferroviario en el que perderían la vida once personas, el más trágico de la historia hasta que hace unos años ocurrió el de Angrois. De nuevo la fatalidad volvió a cebarse con una tierra pobre y desamparada cuando pasaban algo más de cinco minutos de las dos y media de la tarde de aquel día de primavera.

Vagones sueltos

Se dieron muchas casualidades, tal vez demasiadas, para que se produjese un trágico siniestro que tendría como escenario el lugar de Pazos, una parroquia perteneciente al municipio de Padrón, en la comarca del Sar. En aquella tarde, cuando muchos gallegos estaban comiendo o durmiendo plácidamente una siesta, la tierra de Rosalía de Castro se sobresaltó repentinamente cuando se produjo una colisión entre 12 vagones que se habían soltado de un tren mercancías que había hecho escala en la estación de A Escravitude y se deslizaron por una pendiente, que actuó como rampa de lanzamiento, para ir a chocar muy violentamente contra el tren expreso que había efectuado previamente una parada en Padrón.

Decíamos antes que se dieron excesivas casualidades para que se produjese una catástrofe humana de estas dimensiones tan terribles. El hecho fue que entre los vagones desprendidos había dos unidades que transportaban combustible, unos 45.000 litros de gasolina que, tras impactar contra el convoy de pasajeros, provocarían sendas explosiones y posteriormente un grave incendio en el que perecerían carbonizadas un total de doce de personas, prácticamente todos los pasajeros que iban en primera clase.

Antes de producirse el fatal siniestro, una vecina de Pazos trató de avisar al fogonero del expreso de lo que acababa de contemplar -dándole señales con los brazos- que eran una docena de vagones sueltos campando a sus anchas. El maquinista se vio obligado a frenar de forma brusca, lo que provocaría que dos de las unidades del expreso, concretamente el correo y el furgón, se encaramasen sobre el primer vagón, quedando atrapados sus viajeros en una mortal ratonera, a la que se añadía el fuego abrasador que terminaría con la vida de quienes se vieron envueltos entre las llamas que enseguida se extendieron sobre aquel monumental amasijo de hierros.

Vecinos

A pesar de ser una tierra pobre y humilde, y quizás muchas cosas más, lo que nunca se podrá decir de los gallegos es que no son un pueblo solidario y hospitalario. Fueron los vecinos de las parroquias donde tuvo lugar la catástrofe quienes primero acudieron de forma desinteresada a socorrer aquellos pobres hombres y mujeres que luchaban por su vida en medio de una impresionante humareda que se podía divisar a varios kilómetros de distancia. La misma imagen de solidaridad y entrega se repetiría algo más de seis décadas más tarde en el no menos trágico accidente de Angrois, acontecido en las mismas tierras y la misma comarca.

En aquel entonces no se disponía de unos servicios de emergencias como los que existen en la actualidad. Es por ello que la actitud de los vecinos y del resto de los viajeros que no habían sufrido las consecuencias directas de aquel grave percance alcanza una mayor dimensión. Para evitar que las llamas se propagasen al resto del convoy, desengacharon los vagones que no habían sufrido daños del resto del tren. Las labores de recuperación de los cuerpos de los fallecidos, que estaban carbonizados y mutilados, se extenderían hasta altas horas de la madrugada. A las nueve de la noche de aquel 21 de mayo de 1952 solamente habían sido recuperado siete cadáveres.

El mejor ejemplo que describe la magnitud de aquel terrible accidente lo constituyó un ciudadano gallego residente en Argentina, Pedro Vázquez, quien manifestaría a la prensa de la época que había sido el peor día de su vida. No era para menos. El hombre recordaba que había participado en la Segunda Guerra Mundial hacía menos de diez años y que había caído prisionero de los japoneses en Filipinas. Ni siquiera entonces sintió tanto pánico. Además, los nipones no eran precisamente hermanitas de la caridad con sus enemigos.

Como de costumbre, al lugar de los hechos se desplazaron las principales autoridades gallegas de la época. Sin embargo, en seguida se decretaría el habitual toque de queda a la prensa de entonces que, aunque informó cumplidamente a lo largo de dos días del trágico siniestro, enseguida vería como le impedían seguir informando sobre un accidente que, al igual que había sucedido tan solo ocho años antes con el de Torre de Bierzo, pronto quedaría relegado al olvido de las hemerotecas.

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