El asesinato del periodista Arcadio Vilela Gárate

Sepultura de Arcadio Vilela Gárate

En 1946 una impresionante ola de pacifismo recorría el planeta tras dejar atrás casi seis duros años de guerra en la que habían perdido la vida decenas de millones de seres humanos. España no era ajena a esa ola de simpatía que generaba el fin de un conflicto que dejaba océanos impresionantes de destrucción y calamidades que se traducían en los desplazamientos de poblaciones castigadas por el fin de la contienda y, en el caso alemán, por dejar la escalofriante cifra de 400 millones de metros cúbicos de escombros.

La derrota de los países del Eje era vista como una buena oportunidad por la oposición española para resquebrajar los cimientos de una dictadura que ya se prolongaba más de siete años. Sin embargo, esas esperanzas de cambio iban diluyéndose a medida que transcurría el tiempo y el régimen del general Franco intentaba hacer algunos guiños a las potencias vencedoras, especialmente a Gran Bretaña y Estados Unidos con la finalidad de perpetuarse como así fue.

En Galicia las cosas no distaban mucho del resto de España. Por sus escarpados montes daba sus últimos coletazos una guerrilla que cada vez se sentía más desamparada y desanimada en la que ya habían sido detenidos o muertos algunos de sus cabecillas. Había un cierto sector social y se puede decir que también geográfico que mantenía una cierta simpatía con aquellos hombres que -de una forma un tanto suicida- se enfrentaban a un régimen totalitario que no dudaba en actuar con mano de hierro cada vez que tenía ocasión de hacerlo con quien intentase mínimamente menoscabar sus cimientos.

En ese ambiente rudo tendría lugar una acción armada contra el centro emisor de Radio Nacional de España en A Coruña el 19 de mayo de 1946 dirigida por miembros del Partido Comunista de España, al frente de los cuales se encontraba el joven líder Manuel Bello Parga. En este atentado resultaría muerto un popular periodista coruñés, Arcadio Vilela Gárate, quien contaba ya con 63 años de edad. En el asalto se produciría un intercambio de disparos con la guardia civil a consecuencia de la cual perdería la vida el conocido profesional del periodismo. Asimismo, caería herido Bello Parga, quien sería detenido por la Benemérita y poco más de un mes más tarde ejecutado a garrote vil en la antigua prisión provincial de A Coruña.

Duelo

Cuentan algunas crónicas de la época que el entierro de Vilela Gárate fue uno de los tres más concurridos en la historia contemporánea de la ciudad herculina. Además, la acción armada supuso un fracaso por cuanto había caído una víctima que poco o ningún relieve político tenía ya por entonces. El fallecido dejaba viuda y cuatro hijos, uno de los cuales había participado en la Guerra Civil española mandando un tabor de regulares, alcanzando el grado de alférez provisional. Además del consabido duelo, Arcadio Vilela, que en el momento de su muerte era redactor del diario «El Ideal Gallego» gozaba de un cierto aprecio popular que hizo que desde prácticamente todos los estamentos se condenase la acción armada que le costó la vida.

Arcadio Vilela Gárate había desarrollado una extraordinaria actividad social a lo largo de su vida, llegando a ser secretario de la Sociedad Oceanográfica del Golfo de Gascuña en el año 1911. Algunos de sus detractores le acusaban de falangista, aunque el periodista se afilio a Falange Española a finales de 1938, cuando el partido del régimen controlaba todo el aparato de poder del nuevo sistema político, muy especialmente el relacionado con los medios de comunicación. Otros, sin embargo, apuntan que había pertenecido a una sociedad conocida como Caballeros de La Coruña, próxima a la organización falangista que se había caracterizado por haber llevado a cabo algunos paseos y asesinatos de antiguos miembros de partidos y organizaciones republicanas.

En su juventud, Arcadio Vilela había sido un destacado deportista practicando un gran número de deportes entre los que se encuentran hockey, ajedrez, natación, equitación o remo, además de haber sido presidente de la Federación Gallega de Fútbol.

«Manolito» Bello

Su verdugo sería duramente torturado en la prisión coruñesa al ser detenido. Se trataba de un joven de tan solo 20 años nacido en el año 1926 en el municipio coruñés de Vilasantar, perteneciente a la comarca de Betanzos. Desde muy joven había pertenecido a distintas facciones del Partido Comunista de España, siendo detenido ya en 1945 por distribuir propaganda ilegal. Sería puesto en libertad poco después, que sería cuando se uniría al Exército Guerrilleiro de Galicia como responsable del destacamento Líster IV Agrupación.

Manolito Bello, como era conocido el joven dirigente comunista, había participado previamente en otro atentado que le había costado la vida en Cambre al falangista Manuel Doval Lemat. Su ejecución lo acabaría convirtiendo en una especie de héroe para los nuevos dirigentes comunistas, llevando hoy en día su nombre un colectivo de la Xuventude Comunista de Galicia.

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El gallego que intentó matar a Alfonso XII

La historia de Galicia está plagada de centenares de personalidades y personajes sumamente brillantes de sobra conocidos por todos. Sin embargo, el personaje que vamos a presentar a continuación no destaca por su brillantez, ni tampoco es un antihéroe como lo pretendieron presentar las herrumbrosas crónicas que en su día fustigaron a quien no dejaba de ser un pobre hombre, tal vez afectado por alguna patología mental que tan estigmatizadas se encontraban en aquel entonces. La suya es una desgraciada historia que muy probablemente comience en una desdichada infancia, a pesar de que nunca se tuvo un conocimiento exhaustivo del personaje, obligado a abandonar la tierra que lo vio nacer nada más alcanzada la adolescencia.

De Francisco Otero González, el regicida gallego, se sabe que había venido al mundo el 14 de marzo de 1860 en la parroquia de Santiago de Lindín, en el municipio de Mondoñedo. El lugar donde nació este enigmático personaje es hoy en día un auténtico vergel natural en el que una fértil huerta produce, sin lugar a dudas, algunas de las más exquisitas hortalizas que consumimos los gallegos. Como antes se decía, tal vez acuciado por las muchas necesidades de la época, se vio forzado a marcharse a Madrid con apenas 18 años para trabajar de panadero en el horno de un familiar suyo. Cuentan algunas crónicas de su tiempo, no exentas de cierto subjetivismo, que perdió el empleo en la panadería en la que trabajaba y deambulaba por el viejo Madrid de taberna en taberna, careciendo de un domicilio fijo. De las mismas, se puede deducir que tampoco en la emigración madrileña mejoró de forma notable el nivel de vida de Otero, quien en una fría y gélida tarde del mes de diciembre de 1879 empuñó una pistola con la que disparó contra la carroza cuyas riendas llevaba el mismísimo rey Alfonso XII.

Nunca se sabrá con total certeza cual fue el verdadero móvil de aquel intento de regicidio, pese a las muchas especulaciones que en su día despertó el caso. Otero había adquirido el arma que empleó contra el rey en el rastro madrileño días antes de perpetrar un atentado que a él le costaría muy caro. En aquella penúltima tarde del año de 1879 el carruaje del monarca entraba por la Plaza de Oriente cuando repentinamente se topó con un individuo que, según todo parece indicar, no era lo que se dice un experto en el manejo de las armas ni mucho menos un campeón de tiro, ya que el disparo que salió del cañón de su pistola no acertó con su pretendido objetivo, a tan solo metro y medio de distancia de los reyes, Alfonso XII y María Cristina de Augburgo-Lorena. Al parecer, nadie advirtió de su presencia ni de sus intenciones, pese a que el Palacio Real estaba a escasamente 200 metros del lugar donde se produjeron los hechos.

Provocación

Tras ser detenido y llevado ante las autoridades, Francisco González Otero, declararía ante las mismas que el jamás tuvo intención alguna de matar al rey. Con los disparos hechos a tan corta distancia manifestó que su verdadero objetivo era el de provocar a los guardias de palacio y que le disparasen para que lo matasen a él, ya que carecía de valor suficiente para suicidarse. A partir de aquel entonces, el ya lejano 30 de diciembre de 1879 comenzaron a sucederse un cúmulo de especulaciones alrededor de un personaje que sería llevado a la literatura por los escritores de su tiempo, entre ellos Benito Pérez Galdós y José Francos Rodríguez. Sin embargo, poco o muy poco se sabe en torno a su vida y existencia. En su día, los diarios más relevantes de su época, entre ellos «El Liberal» y «El Imparcial» quisieron ver que detrás de las manos de aquel atípico regicida se encontraban grupos de oposición, entre ellos los anarquistas. Desde sus páginas alimentaron la posibilidad de que este aprendiz de panadero frecuentase algunas de sus tertulias, en las inmediaciones de la Puerta del Sol madrileña, si bien esas aseveraciones jamás han podido ser comprobadas.

En torno a la personalidad de González Otero se fueron construyendo mitos y leyendas, más bien generadas entorno a la imaginación de los profesionales del periodismo de la época cuya autenticidad y veracidad ha sido puesta en tela de juicio en muchas ocasiones. Según se ha podio constatar, el regicida de Mondoñedo jamás tuvo contacto o relación alguna con aquellos nacientes grupúsculos anarquistas ni con otra organización dedicada a utilizar el terror como arma de la propaganda política. Se decía también que en esa supuesta amargura en la que se encontraba y que iba prodigando por las tabernas de mala muerte en las que se embriagaba, clamaba por regresar a su tierra natal, pero que carecía de suficiente dinero para tomar un tren de regreso a Lugo.

Todo parece indicar que nos encontramos ante el caso de un regicida atípico. Un pobre hombre muy joven que no sabía lo que hacía ni tampoco lo que pretendía, tal como testificarían algunos médicos contratados por su abogado defensor, quienes pretendieron demostrar, sin éxito, que se encontraban ante una persona que sufría alguna dolencia mental, a quien la suerte le resultó más que esquiva en su efímera vida.

Garrote vil

Francisco Otero González sería condenado a morir en el garrote vil el 14 de abril de 1880 con tan solo veinte años de edad, a pesar de que había obtenido el perdón de los reyes, en un tiempo en el que la vida pública española se hallaba fuertemente convulsionada. Apenas diez años antes había sido asesinado Prim, con la inestimable ayuda de quien sería el primer suegro de Alfonso XII, el conde de Montpensier. Posteriormente se declararía una efímera República, que apenas duraría once meses. Finalmente, de la mano de Cánovas del Castillo, llegaría la Restauración. Sin embargo, lo que no consiguió Otero con su pistola lo haría en su lugar la tuberculosis, que terminaría con la vida del monarca tan solo un lustro después.

Nunca se sabe si por incontrolados azares del destino o por qué otra casualidad histórica, lo cierto es que otro mozo nacido en la misma parroquia que Francisco Otero González, José Méndez, tomaría parte años después en el más execrable crimen acontecido en Galicia en el siglo XIX, concretamente en la matanza de Santa Cruz do Valadouro. Aunque se dice que el azar no tiene la responsabilidad de todo. Pese a que este último era convicto del asesinato de uno de los criados del cura muerto, con el que se empleó con mucha saña, su suerte fue muy distinta a la de Otero. Pese a que fue condenado a muerte en 1889, finalmente la reina regente María Cristina de Augsburgo-Lorena acabaría cediendo a las presiones y concediéndole un indulto que no hubo lugar en el caso del regicida, a pesar de que no había consumado ningún crimen. Se quiso obviar que Francisco González era tan solo eso, un desafortunado y desgraciado mozo de provincias y muy posiblemente un enfermo con patologías y trastornos mentales, de quien la fortuna y la suerte se habían burlado amargamente en su mísera y efímera vida, que se truncó cuando en el mismo instante en el que el verdugo apretó el manubrio del humillante y tortuoso garrote vil.

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Dos amantes asesinan a un tercero en As Sasdónigas (Lugo)

Parroquia de As Sasdónigas (Mondoñedo)

El lugar al que nos dirigimos es uno de los más bellos y luminosos parajes que se pueden encontrar en la Galicia interior. Allí se inicia la división geográfica de dos de las principales comarcas de la provincia de Lugo, limitando ambas con una extensa y brumosa montaña desde la que pueden divisarse unos inigualables atardeceres, dejándose caer la sombra en medio de impresionantes praderías y pequeños riachuelos, popularmente conocidos como regatos o regachos que discurren mansamente entre la espesa cordillera que separa las comarcas de A Mariña y Terra Chá. La primera ocupa prácticamente toda la franja norte de Lugo, siendo bañada por el Cantábrico y extendiéndose a lo largo de casi 70 kilómetros de costa que separan la Ría de O Barqueiro al oeste, de la del Eo, en el este. La segunda es la gran meseta interior lucense, la más extensa de las comarcas gallegas, con casi dos mil kilómetros cuadrados de superficie, mucho más grande que la provincia de Guipúzcoa.

A esa intersección en la que imaginariamente se dividen dos mundos para muchos lucenses, el teóricamente litoral y el interior, nos dirigimos para recordar como en un ya lejano 21 de febrero de 1893, se produjo un brutal crimen que marcó a la parroquia de As Sasdónigas desde entonces. El asesinato alcanzaría una notoria popularidad en las concurridas ferias y mercados mindonienses al amparo de la multitud de coplas de ciego que se cantaron en aquel tiempo, principal medio de transmisión oral de los graves sucesos de la época, al igual que lo es hoy la red Internet, la prensa escrita, radio o televisión. El hecho en sí se alcanzaría cierta épica, no exenta de una leyenda morbosa que se fue generando en torno al criminal que terminaría siendo ajusticiado en las inmediaciones del Santuario de los Remedios, en Mondoñedo.

Emigrantes

En la última década del siglo XIX la emigración gallega a tierras americanas estaba alcanzando un gran auge y apogeo. Ya era frecuente ver a los primeros indianos, como eran conocidos los que atravesaban el Océano Atlántico, llegando a sus lares y aldeas hablando en un refinado castellano con un marcado acento caribeño que iría aportando un buen número de palabras a la lengua gallega. Entre estas últimas, una de las más famosas que nos encontramos es aiga, empleada todavía en nuestros días por las personas de una cierta edad para referirse a los autobuses de líneas regulares. Los indianos solían decir «me voy a comprar uno de los mejores coches que aiga», y la palabra se empezó a asociar indefectiblemente a vehículos de gama alta, que posteriormente se trasladarían a los de transporte colectivo o de viajeros.

Hemos empezado hablando de emigrantes porque es precisamente un emigrante que había hecho una cierta fortuna el triste protagonista de esta cruel historia. Como era muy común en aquellos tiempos, cuando las cosas comenzaban a funcionar en tierras americanas, uno de los dos miembros de la pareja solía abandonar La Habana, lugar más frecuente del destino de los emigrantes gallegos, para regresar a Galicia. En otras ocasiones viajaba solamente el varón en busca de esa prometida fortuna que solían hacerles los navieros de la época, aunque los que verdaderamente hacían fortuna eran ellos. Entre estos últimos se encontraba el ínclito Pedro Barrié de la Maza. En el caso que nos ocupa, el varón se quedó en tierras caribeñas durante algún tiempo más, en tanto que su esposa regresó a Galicia. En ese período de tiempo, previo al regreso del marido, la esposa, Manuela Vidal, inició una relación con un apuesto mozo de una parroquia próxima a la suya, Galgao, que era unos quince años más joven que ella. Se llamaba Manuel Rivas y rondaría los 25 años.

Cuando regresó de tierras americanas su marido, que se llamaba Juan Paz, la relación estaba plenamente consolidada. Sin embargo, en aquella época las separaciones de las parejas, además de estar muy mal vistas, lo estaba todavía más el adulterio, esas relaciones que se mantienen a escondidas sin que se entere la gente. Quizás era mucho peor la condena social a que estaban sometidos quienes lo practicaban que la que pudiese recaer por parte de quienes se encargaban de dictar justicia, pues en aquel entonces el adulterio estaba tipificado como delito en el Código Penal. En este caso se sumaban también intereses de tipo económico, pues se decía que el cónyuge de Manuela había traído una inmensa fortuna de tierras americanas.

Para tratar de eludir tanto la condena social como la propiamente judicial, los amantes, Manuela y Manuel, urdieron un plan consistente en terminar con la vida del tercer implicado en este enrevesado rompecabezas. Se encargaría de ello el joven mozo, en complicidad con su amante, quien le reveló todos los entresijos de su domicilio, desde las costumbres de su marido hasta la hora en que acostaba a su única hija, que luego resultaría ser clave para la resolución del caso, pasando por otros pormenores que afectaban a su atormentado matrimonio.

En la noche del 21 de febrero de 1893, cuando Juan ya se había quedado dormido, se presentó en su domicilio el clandestino amante de su esposa provisto de un palo grueso con el que se encargaría de dar muerte a su rival cuando este estuviese descansando plácidamente en su lecho. En su funesto proyecto no debería quedar vivo nadie. Ni siquiera la niña del matrimonio si fuese preciso. En aquella tenebrosa noche, Manuel asestó un buen número de golpes a Juan Paz, quien acabaría yaciendo sobre un impresionante lecho empapado de sangre. La niña, que se despierta ante los tumbos que está escuchando, con el temor que le produce aquella macabra escena, decide mantener los ojos cerrados como si estuviera dormida, para así salvarse de una muerte segura. Una vez que ha acabado con la vida de su víctima, huye de la casa como si se tratase de un ladrón o un asaltante. Sin embargo, no se ha percatado de que ha quedado vivo un testigo que va a resultar determinante para el momento de la resolución del caso.

A pesar de que la esposa de Juan presenta las oportunas denuncias ante la Guardia Civil, enseguida comienza a recaer sobre ella la sombra de la sospecha, ya que se rumoreaba que mantenía relaciones con una tercera persona. Además, su hija ha reconocido al asesino de su padre y así lo testifica en el juicio. Añade también que cerró los ojos, como si estuviera durmiendo, por el pánico que le provocó la actitud de Manuel Rivas.

En el juicio, que se celebra en la Audiencia Provincial de Mondoñedo, tanto Manuela Vidal como Manuel Rivas son declarados culpables de asesinato en distinto grado, por lo que son sentenciados a muerte. La condena es apelada ante al Tribunal Supremo, quien se ratifica en la sentencia emitida por el organismo provincial. Se solicita el indulto ante la entonces reina-regente María Cristina de Habsburgo-Lorena, de quien se espera que conceda esa gracia al igual que lo había hecho tres años antes con la mayoría de los autores de la matanza de Santa Cruz de O Valadouro. Sin embargo, en esta ocasión la regente hace caso omiso de las peticiones de clemencia.

Árbol infame

A primeras horas de la mañana del 21 de octubre de 1893 son llevados al patíbulo los dos amantes, sin que lleguen noticias del ansiado indulto, en las inmediaciones del Santuario de os Remedios. Se encargará de las ejecuciones el verdugo Lorenzo Huerta, que es definido por el escritor Antonio Reigosa como un hombre gentil, con don de gentes y perfeccionista. Las ejecuciones todavía son públicas y se congrega un gran número de curiosos para ver el infame y cruel espectáculo. Es un día propio de otoño, en el que además de llover abundantemente, el viento también hace acto de presencia. El ejecutor de las sentencias de muerte hace su trabajo con eficacia y rapidez. Las ejecuciones se realizan en apenas cuatro minutos, pues estaban previstas para las ocho de la mañana y cuatro minutos más tarde, los cadáveres de Manuela Vidal y Manuel Rivas ya estaban tendidos sobre el patíbulo.

El escenario de la ejecución pasaría a la historia de las creencias y prejuicios populares a causa de un famoso árbol que se hallaba en las inmediaciones, al que la superchería popular atribuyó el don de la mala suerte. A él se había subido hacía algo más de tres años Manuel Rivas para contemplar las ejecución de Manuel Logilde Castrillón en 1890, principal acusado del cuádruple crimen de Santa Cruz do Valadouro. Alguien que estaba presenciado las ejecuciones de los amantes reparó en esta circunstancia por lo que cuando fue ejecutado, junto con Manuela Vidal, ninguno de los asistentes a tan degradante y perversa función se osó en subirse al mismo árbol desde el que él había presenciado el ajusticiamiento del autor intelectual de la masacre de Santa Cruz do Valadouro.

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Cuatro personas asesinadas en Santa Cruz do Valadouro (Lugo)

Imagen de los condenados por el cuadrúple crimen de O Valadouro. Todos ellos llevan impresa la sentencia a muerte en un recuadro blanco que se puede apreciar en la solapa. Cinco de los condenados serían indultados.

No hay lugar a dudas que algunos hechos violentos pasan a la historia de los pueblos como una inmensa y lúgubre mancha que marca, incluso, a generaciones venideras. Estas ven en el hecho sangriento una infame causa que continuarán retransmitiendo a sus descendientes, creándose mitos y leyendas, muy frecuentes en Galicia a la luz de un candil de gas, amparados por el calor del fuego procedente de una lareira.

La Galicia de finales del siglo XIX era un territorio pobre, eminentemente rural, con elevadas tasas de analfabetismo que vivía básicamente de una agricultura de subsistencia. Habían comenzado ya las grandes oleadas de emigrantes hacia Sudamérica y el Caribe en busca de una prosperidad que se les negaba en la tierra que los había visto nacer. Si el tiempo no acompañaba, se producían todavía grandes hambrunas, a las que solían añadirse epidemias y enfermedades, entre ellas la tuberculosis y el tifus. Era, sin lugar a dudas, un país pobre y depauperado que parecía estar condenándose a si mismo a lo largo de sus últimos mil años. A las desgracias naturales se les unía también el carácter pesimista y difuso de los gallegos de interior.

A pesar de ser un pueblo eminentemente pacífico y trabajador, también acontecían hechos funestos que marcarían su devenir. Decíamos antes que la Galicia rural era abrumadora en relación a los escasos núcleos urbanos, el mayor de los cuales no superaba los 70.000 habitantes. En esa Galicia eterna, que ahora parece tener los días contados, es a la que nos dirigimos para inmiscuirnos en un brutal y terrible episodio del que aún se habla en nuestros días en lugares que sirvieron como triste escenario para uno de los peores crímenes del siglo XIX gallego.

Al anochecer del 22 de noviembre de 1888 un grupo de hombres, armados con palos y otros utensilios de labranza, se dirigen montados en caballos hacía la casa rectoral del párroco de Santa Cruz do Valadouro. Encabeza la macabra cuadrilla Manuel Loxilde Castrillón, concejal del Ayuntamiento de A Pastoriza, municipio de la Terra Chá lucense. Cometen el error de no reparar en ser avistados por vecinos y conocidos, quienes posteriormente testificarían en el juicio que se siguió en su contra. Incluso, se dice que un hombre, de apellido Braña, les advirtió de las consecuencias que podrían acarrearles su funesto plan. Sin embargo, el proyecto se había iniciado tres meses antes y no era cuestión ahora de detenerlo. El inductor Manuel Loxilde, que era padre de siete hijos muy jóvenes, se encontraba en una muy delicada situación económica y no quería -o no podía- dar marcha atrás. En breve se iniciaría un proceso de embargo de sus bienes a causa de las deudas fiduciarias contraídas con distintos prestamistas. También era conocedor de la buena situación económica de la que gozaba el párroco de Santa Cruz, don Manuel Neira, quien -además de rogar a Dios por sus feligreses- se supone que se dedicaba a negocios de préstamo a quién recurría a sus servicios. Al parecer, Loxilde podía tener alguna deuda contraída con el párroco, que era oriundo del mismo municipio que el autor intelectual de la matanza que tendría lugar en su casa.

En torno a las ocho de la noche llegan al lugar elegido para perpetrar la masacre. Debido a la desconfianza y al temor que causaban las personas desconocidas en aquel entonces, es Manuel Loxilde quien llama a la puerta de la casa rectoral. Al parecer, abre la puerta el religioso, quien la franquea sin ningún problema al conocer personalmente al visitante. Los criminales aprovechan esta circunstancia para abalanzarse sobre el cura y entrar de lleno en la vivienda en la que se encuentran otras personas, dos mujeres y un hombre, todos ellos al servicio del párroco. Suponen una inmensa mayoría en relación a los moradores de la casa, quienes además cuentan con la desventaja de ser bastante mayores que sus atacantes. Ante todo, se preocupan de que sus víctimas no griten. Para ello, les introducen trapos en la boca con el objetivo de que su muerte se produzca por asfixia.

Se sabe, según el sumario, que uno de los participantes de este crimen se encargó de asfixiar con sus manos al sacerdote, pues declararía en el transcurso del juicio que pataleaba mucho. Además del párroco, son asesinados también sus tres criados: Luisa García, de 66 años; su hermano, Jesús García y una sobrina de ambos, Josefa Gasalla García, una joven de tan solo 22 años. Convertida la rectoral en panteón, buscan por todos los rincones la supuesta fortuna que le atribuían al religioso. En cuanto a este último aspecto, hay divergencias entre las distintas fuentes sobre el botín que alcanzaron en el brutal atraco. Hay quienes lo elevan hasta las 70.000 pesetas de la época, en tanto que otros lo reducen hasta tan solo 970 pesetas, que era una cantidad muy considerable en aquel entonces. Al marcharse del macabro escenario, los autores de la matanza cometen muchos errores que luego servirán a los investigadores como prueba de cargo. Así, se apoderaron de algunos candelabros y objetos religiosos que posteriormente abandonarían, así como de una escopeta de caza con la que harían lo mismo.

A la mañana siguiente del crimen, el 23 de noviembre de 1888, un mozalbete que ayudaba al sacerdote a oficiar misa descubre el tétrico escenario en el momento en que se dirige a la casa rectoral. Se encontró con las puertas abiertas, con la casa completamente revuelta. Al tiempo que se van divulgando los hechos, el vecindario de las comarcas de A Mariña y Terra Chá, las más próximas al escenario del horrendo crimen, se alarman, produciéndose una sensación generalizada de temor y consternación.

Mientras el pavor generalizado se apodera de las gentes de bien del inmenso rural lucense, en el atrio de la iglesia el médico forense de Mondoñedo, el prestigioso y célebre escritor gallego Manuel Leiras Pulpeiro -que era masón y anticlerical- se encarga de hacer las autopsias a los cuatro cadáveres de las personas asesinadas. En sus indagaciones, el galeno llega a la conclusión de que la matanza se produjo antes de que las víctimas hubiesen cenado, pues no encuentra rastro alguno de comida en sus bolsas estomacales. Mientras esto ocurre, los criminales hacen una vida completamente normal, abusando incluso de su propia arrogancia que finalmente terminará redundando en contra suya. Loxilde Castrillón paga las deudas antes de que llegue la ejecución de las mismas. Otro tanto hace un sujeto conocido como «O Roxo», que ayudó a Loxilde a efectuar su macabro plan. Incluso se cuenta que el concejal de A Pastoriza esperó en una cuadra de uno de sus acreedores hasta el día siguiente, porque en el momento en el que le iba a pagar no se encontraba en casa.

Detenciones

Las pesquisas de la Guardia Civil avanzan de forma lenta, pero enseguida comienzan a encajar las piezas de aquel enrevesado rompecabezas ante el que se hallaban. Se practican hasta diez detenciones, aunque varios de los detenidos son puestos en libertad al comprobarse su inocencia. En este contexto resulta clave la declaración de un detenido apellidado Braña, a quien en un principio se relacionó con el suceso. Este individuo declara que la noche de autos se encontró con los criminales y que les advirtió acerca de las consecuencias que podría acarrearles sus pretensiones. La actitud de aquellos hombres le resultó muy sospechosa. Finalmente, son detenidos seis individuos, todos cómplices o convictos de asesinato. Se da la circunstancia de que el promotor de la matanza no perpetró materialmente ninguno de los crímenes.

En el transcurso del juicio, que se inició el 1 de abril de 1889 y que se celebró en la Audiencia de Mondoñedo, los acusados incurren en múltiples contradicciones. Como estrategia de defensa no se les ocurre peor cosa que acusarse mutuamente entre ellos, lo que les ocasiona un resultado catastrófico. El fiscal que lleva el caso, en sus conclusiones definitivas, eleva la petición de seis penas de muerte para los acusados. En su alegato hace una rogativa pidiendo que sea esta la primera y última vez que se vea obligado a pedir semejante medida judicial.

El día 25 del mismo mes de abril se conocen las sentencias definitivas. Los procesados son inculpados de delito completo de robo con homicidio por lo que son sentenciados a la máxima pena. Además de Manuel Loxilde Castrillón, resultan condenados también, Ramón Seivane García, a quien se atribuía el asesinato del sacerdote; José García Seco, Ramón García, que era primo de una de las víctimas a la que el asesinó personalmente; Antonio Fernández y José Lindín. Este último, adujo -en su defensa- que había participado en el crimen porque carecía de cualquier sustento que llevarse a la boca la mayor parte de sus días. Ahora solo les quedaba la apelación al Tribunal Supremo, quien se encargaría de ratificar las sentencias impuestas por la Audiencia de Mondoñedo.

Ejecución e indulto

La ejecución de los criminales despertó una gran expectación, dado que las ejecuciones en aquel entonces solían ser públicas. Las mismas se desarrollaban en la parte posterior del Santuario de Os Remedios, enfrente de donde se celebran las concentraciones de ganado con motivo de las fiestas patronales de San Lucas o las Quendas. Se calcula que hasta el lugar se desplazaron en torno a unas 12.000 personas, procedentes de los municipios de Ferreira do Valadouro, Alfoz do Valadouro, A Pastoriza y Abadín.

A lo largo del día 25 de abril de 1890, fecha designada para la ejecución, los operarios que trabajaban en la elaboración de los seis cadalsos, preparados para otras tantas ejecuciones a garrote vil, fueron duramente increpados por parte de los familiares de los condenados, a quienes solamente les quedaba la esperanza del indulto por parte de la reina regente María Cristina de Habsburgo. Interceden por el perdón de los condenados el general José Sánchez Bregua y el entonces obispo de Mondoñedo, Manuel Fernández de Castro y Menéndez Hevia.

Finalmente, la reina concede la gracia del indulto a cinco de los sentenciados a muerte. El único que morirá en el patíbulo será Manuel Loxilde Castrillón, autor de la planificación del asalto y muerte del sacerdote y sus criados. Asimismo, había previsto asaltar también la casa del párroco de Santa María de Riotorto. Los cinco indultados serían condenados a prisión perpetua, siendo destinados al penal de Ceuta. Cuentan algunas crónicas que estos dejaron impresos sus nombres en las paredes de la prisión. Unos treinta años más tarde serían puestos en libertad.

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