Asesina a sus dos hijas pequeñas gaseándolas con el tubo de escape de un coche

Tubo de escape de un coche

Son muchas ya las veces que la realidad supera a la ficción. Igualmente, se desconoce el grado de maldad al que son capaces de llegar algunos seres humanos, creyendo que hay algunas cosas que forman parte del pasado más cruel de la humanidad y que son episodios negros de la historia de la humanidad que a nadie le gusta recordar ni mucho menos nos hubiera gustado que sucediesen. Es lógico. Sin embargo, recientemente se han producido algunos hechos que nos hacen rememorar las páginas más oscuras y terribles de la historia contemporánea. De algún modo, nos indican que hay energúmenos capaces de reproducir -aunque sea a pequeña escala- lo ocurrido en campos de concentración en el transcurso de la IIª Guerra Mundial y que todavía nos ponen los pelos de punta cuando los presenciamos a través de los muchos medios que tenemos a nuestro alcance.

Uno de esos trágicos y truculentos sucesos ocurrió entre los días 22 y 24 de noviembre del año 2001, iniciándose en la localidad pontevedresa de Gondomar. Por esas fechas, Víctor Mouzós Álvarez, un joven padre de 29 años, raptaba a sus dos hijas, Eva y Ana, de dos y tres años de edad respectivamente, con el exclusivo afán de vengarse de la madre de las pequeñas, su antigua pareja, por haber iniciado los trámites de divorcio. Sin embargo, su terrible represalia superaría cualquier forma de menoscabo de la dignidad humana, recordando por unos días los terribles métodos utilizados por los nazis en sus campos de concentración, tal y como relataría el fiscal encargado del suceso en el transcurso de la vista oral que se seguiría contra el brutal asesino.

El día 22 de noviembre Víctor Bouzós Álvarez huiría con sus pequeñas de muy corta edad desde el municipio pontevedrés de Gondomar -muy próximo a Vigo- hasta la localidad lusa de Vila Nova da Cerveira, en el norte del país vecino. Previamente, en una carta que había dirigido a su ex-esposa, el criminal le advertía que emprendería acciones contra las niñas, llegando a matarlas si se diera el caso, en represalia por la separación matrimonial que pretendía quien hasta aquel entonces había sido su pareja.

Tubo de aspiradora

Al llegar a un monte de la localidad en la que cometería tan aterradores y aberrantes crímenes, Víctor uniría el tubo de escape del coche al interior de su vehículo en el que se encontraban las pequeñas con otro conducto flexible, como los que habitualmente poseen las aspiradoras, para gasear a las pobres niñas. Una de ellas fallecería en cuestión de poco tiempo, según se desprende del examen forense al que fue sometido su cuerpo. Su padre deambularía por montes portugueses a lo largo de 36 horas con su cadáver, en tanto que la otra ya se encontraba en grave estado a consecuencia de la ingestión de monóxido de carbono, consiguiendo sobrevivir durante tres días a la terrible prueba a la que la había sometido su infame progenitor. La cría fallecería en la UCI de un centro sanitario de Vigo tras pasar 72 horas en coma.

Durante aquellos días de otoño la opinión pública gallega se conmovió de sobremanera al conocer el secuestro de las niñas. Los padres de Víctor Bouzós se desplazaron hasta el norte de Portugal posteriormente para convencer a su hijo de que regresase y devolviese las pequeñas, ya que en aquel momento se ignoraba la suerte que podrían haber corrido. El hizo caso de sus progenitores tras una conversación telefónica que mantuvo con ellos, aunque ya les advirtió que sus nietas se encontraban en grave estado de salud.

De regreso, las niñas ingresaron en un hospital de Vigo, aunque una de ellas, Eva, era ya cadáver, mientras que la otra, Ana, sobreviría tres días, pero sin poder llegar a recuperarse de la masiva ingesta de gases tóxicos que había sufrido del vehículo de su padre. Este último sobrevivió a la intoxicación al salir del habitáculo para pedir agua a unos vecinos de la zona, además de apuntar que la muerte de una de las niñas y el grave estado de salud en que se encontraba la otra en el momento de ser detenido, obedecía a un fallo en el sistema de ventilación de su coche, según la versión que facilitó a la policía, aunque nunca pudo ser comprobada la veracidad de la misma. Tal vez se tratase de una treta con ánimo de eludir un castigo mayor por parte de la justicia.

Inmediatamente, la policía procedería a la detención del doble parricida, quien también sufría algunos efectos de la intoxicación habían padecido sus hijas, pero en menor medida, por lo que fue ingresado en el módulo de reclusos del Hospital Provincial de Pontevedra, con pronóstico reservado. Según las informaciones periodísticas de la época, Víctor Bouzós representaba la imagen de un hombre «atormentado». Apenas mes y medio más tarde se conocía el primer informe psiquiátrico acerca de su personalidad, que no dudaba en calificarlo de psicópata, que era un hombre plenamente consciente de sus actos y que había actuado en represalia de su esposa, asesinando a sus dos pequeñas por la petición de divorcio que ella había formalizado, asestándole un durísimo golpe donde más daño podía hacerle.

40 años de cárcel

En el transcurso de la vista oral que se celebró en su contra en la sala sexta de la Audiencia Provincial de Pontevedra -con sede en Vigo- Víctor Bouzós alegaría ante el jurado encargado de dirimir su causa que la muerte de las pequeñas se había producido de forma fortuita, por el mal funcionamiento del ventilador del vehículo. Sin embargo, su versión muy pronto sería desmontada tanto por los informes forenses como por los investigadores del caso, quienes encontraron en el interior del habitáculo los restos de un tubo flexible, similar al de las aspiradoras, en una bolsa de plástico, así como una importante cantidad de restos químicos del gas tóxico procedente del conducto que expulsa los gases. El material encontrado en el interior del coche manifestó que era para desatascar cañerías, pues era fontanero, aunque este hecho sería rotundamente negado por otros compañeros de profesión que testificaron en el juicio.

El testimonio de los forenses desmontó la versión de que el autor del doble parricidio hubiese pasado la noche a bordo del vehículo en el que se encontraban las pequeñas y que una de ellas hubiese salido a dar un paseo después de haber sufrido la intoxicación. Si hubiese sido así, la niña se hubiese recuperado y probablemente no hubiese fallecido. Su defensa alegaba que su cliente solamente había incurrido en el delito de denegación de auxilio, además de considerarlo un «padre amantísimo». Ver para creer.

Una de las intervenciones más destacadas fue la del fiscal encargado del caso, quien comparó la actitud del asesino con las de los nazis en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial cuando empleaban técnicas similares para matar a los internados en los campos de concentración y a prisioneros. Víctor Bouzós sería condenado a la pena de 40 años de cárcel -20 por cada uno de los asesinatos- además de indemnizar con 250.000 euros a la madre de las pequeñas, en concepto de responsabilidad civil. La magistrada ponente de la causa destacaría en la redacción de la sentencia la «peligrosidad» del parricida, así como «la carencia de los valores más elementales y escrúpulos».

Sobre el asesino se escribirían muchas páginas, tanto en la prensa gallega como en la del resto del Estado. De él, se dijo que era un hombre frío, solitario y calculador. De la misma forma, los péritos forenses que lo entrevistaron corroborían su carácter psicopático, capaz de discernir entre el bien y el mal, pero que apenas mostraba emociones. Hasta el momento de matar a su hijas, Víctor Bouzós no había pisado nunca la cárcel, si bien es cierto que ya había protagonizado algunos altercados que le acarrearon numerosos antecedentes policiales. De la misma forma, se señalaba que padecía algunos episodios relacionados con alguna patología de carácter psiquiátrico, aunque son precisamente las personas con enfermedades psicosomáticas las que menos actos delictivos protagonizan, según informaciones facilitadas por profesionales de la salud mental.

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Tres personas asesinadas a hachazos en Mañufe (Pontevedra)

 

El año 1927 quedaría siempre grabado con sangre y saña en la memoria de muchos de los vecinos de la parroquia de Mañufe, en el municipio de Gondomar, muy cercano a la ciudad de Vigo. Dos horrorosos y sanguinarios crímenes en un intervalo de siete meses provocaron el temor y el pavor de muchos de los habitantes de esta pequeña localidad que sufrieron con gran ansiedad estos terribles sucesos, generándose un clima extremo de enrarecida desconfianza entre los parroquianos de Mañufe. Además, la forma de actuar de los criminales se distinguía por su extrema brutalidad. Ambos sucesos tuvieron como móvil de sus actos el robo.

El 5 febrero de ese año, 1927, asaltaron la propiedad de un rico propietario, al que asesinaron de un hachazo en la cabeza. En septiembre, cuando todavía no se había repuesto la población del salvaje asesinato de su convecino, dos ladrones de nacionalidad portuguesa volvieron a actuar con una saña que supera cualquier límite contra un médico y su familia, asesinando a hachazos al galeno y a una cuñada suya, además de dejar malherida a la criada de la casa y a la esposa del doctor Gestal.

Nada le podía hacer suponer al médico municipal de Gondomar, Andrés Gestal que acabaría sus días tan tristemente. El prestigioso galeno llevaba una vida acomodada y vivía plácidamente en esta parroquia gondomarina con su esposa y sus dos hijos pequeños, además de una cuñada suya en su vivienda, una magnífica edificación de principios del siglo XX, que disponía de un amplio jardín, así como también de pequeños cobertizos en los que guardaban algunos animales, entre los que había cerdos y otros animales de corral, que les servían para proveerse de sus necesidades más básicas.

Sin embargo, la tradicional paz y tranquilidad de la que gozaba aquella familia se vio bruscamente alterada al anochecer del sábado, 3 de septiembre de 1927. Cuando todavía no habían cerrado las principales puertas de su propiedad, en ella se colaron dos individuos de nacionalidad portuguesa en torno a las diez de la noche para introducirse en la cuadra de los animales. Además, el perro guardián de la finca no arremetió contra los intrusos al conocer a uno de ellos, que solía trabajar haciendo distintas tareas a quien se lo demandase.

Asesinato de Josefa Alonso

Desde la cuadra en la que se escondieron, Antonio Manuel González y Antonio Amadeo divisaron todos y cada uno de los movimientos que hacía la familia del doctor Gestal. Cuando ya se había acostado el matrimonio compuesto por Andrés Gestal y Felisa Alonso quedaron en la cocina su cuñada Josefa y su criada María Ferreiro, de nacionalidad portuguesa. Fue entonces cuando se inició la sanguinaria orgía que terminaría con la trágica muerte de dos personas.

Josefa Alonso, hermana de Felisa, fue a dar de comer a los animales. Ese momento, en el que salió al exterior, fue aprovechado por Antonio Amadeo para propinarle un brutal hachazo en la cabeza, falleciendo prácticamente en el acto. Posteriormente, se enseñaría con la criada, a la que le propinó otro brutal corte con el arma homicida en un hombro, si bien esta última pudo recuperarse.

Posteriormente, siendo conocedor de los pormenores de aquella vivienda, se dirigió a la habitación en la que descansaba el galeno en compañía de su esposa. Allí, siguió con su tétrico ritual, dándole sucesivos hachazos a Andrés Gestal, un hombre de 60 años, al que dejó inconsciente y en grave estado. Del mismo modo, quedó malherida su esposa Felisa Alonso. A partir de ahí se sucede un rosario de acontecimientos que no dejan de ser paradójicos. El asesino Antonio Amadeo ayudó a la esposa del doctor Gestal a colocar a este sobre la cama después de haberle propinado los hachazos mortales. Asimismo, llevó a los hijos pequeños del matrimonio a casa de un familiar. Fuera del domicilio, le esperaba su cómplice, Antonio Manuel González quien amenazó de nuevo a la esposa del médico, cuando esta gritaba, solicitando el auxilio de sus vecinos. Del mismo modo, se escucharon unos disparos, que, al parecer, no guardaban relación con el sangriento suceso de Mañufe.

Ante los gritos de auxilio proferidos por los familiares del médico, se acercaron a ella un gran número de vecinos que encontraron a Felisa, terriblemente excitada, oculta bajo una sábana, en tanto que el doctor Gestal estaba agonizando en un gran charco de sangre. Su cuñada fue hallada muerta de un profundo corte en la cabeza, propinado por el hacha que portaba Antonio Amadeo. La conmoción y consternación se apropió del pueblo en muy poco tiempo, creándose un terrible clima de pánico y terror, que conmovía cada vez más a su vecindario al ser este el segundo crimen que se cometía en tan breve lapso de tiempo. Además, por sus características, todo inducía a pensar que los autores podían ser los mismos que habían matado en febrero a otro de sus habitantes.

Las fuerzas del orden se pusieron a practicar diligencias que no tardarían tiempo en dar sus primeros frutos en pocos días. Se detiene a un total de cuatro personas. Además de los dos autores de la masacre, la guardia civil detiene a Modesto González, un ciudadano español y a su amante Carmen Bas.

En un principio, los autores del hecho se inculpan unos a otros, pero finalmente el portugués Antonio Manuel González «canta» y confiesa la verdad. Así, gracias a su testimonio, se exculpa a la pareja detenida, que sería puesta en libertad. Al parecer, esta había sido acusada por este debido a viejos rencores. También confiesa que su compañero se había apoderado del arma homicida en una finca de Jesús Alonso, propietario para el que trabajaba. En su relato, da cuenta de la supuesta blasfemia que echó su compañero, Antonio Amadeo, en el momento en que vio herido al médico. Asimismo, relata también que este último se dirigió desde el escenario del crimen al domicilio en el que pernoctaba para cambiarse de ropa. Allí, se proveyó de un nuevo calzado, sustituyendo las alpargatas que portaba en el momento de cometer los asesinatos por otras, ya que aquellas estaban completamente inundadas de sangre. Además, los investigadores pudieron comprobar que la sangre hallada en la camisa de Antonio Amadeo reunía las mismas características que las de sus víctimas. También hallaron restos de sangre en sus uñas, lo que fue casi una prueba definitiva para acusarle del brutal crimen.

El juicio se celebra en la Audiencia Provincial de Pontevedra en la segunda quincena del mes de abril de 1928, levantando, como era de prever, una gran expectación. El principal acusado Antonio Amadeo González sería condenado a prisión perpetua, mientras que su cómplice, Antonio Manuel González cumpliría diez años de cárcel.

Labrador asesinado

Justo siete meses antes de la masacre perpetrada en el domicilio del doctor Gestal, a escasos metros de su vivienda se había producido otro crimen que tardó algún tiempo en esclarecerse, aunque sus autores también serían conducidos ante los tribunales de justicia. El 5 de febrero de 1927 fue asesinado, también a hachazos, el labrador Sebastián Vázquez Alonso, un hombre de avanzada edad que vivía en compañía de su hijo Francisco, quien meses después saldría a auxiliar a la familia del médico al sufrir un percance similar al de su padre. La víctima había aparecido tirado en el corralón de su vivienda en medio de un impresionante charco de sangre, con varios hachazos en el cráneo que le produjeron la muerte instantánea.

Al igual que en el caso de los asesinatos de Andrés Gestal y su cuñada, el móvil de su asesinato fue el robo, pues Sebastián Vázquez estaba considerado como un rico propietario de la comarca. Por este brutal hecho, que después se supo que no guardaba relación alguna con el anterior, fueron detenidos los ciudadanos portugueses Juan Díaz Pereira, Juan Arango Pereira y su esposa, Matilde Villamina. De la misma forma, también pasarían a disposición judicial los ciudadanos españoles Eleuterio Romero Bouzas y Benito Quintre Amorín.

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