Encapuchados asesinan a un sargento en Xinzo de Limia

Corría la primavera de 1988 y los asaltos por parte de encapuchados a viviendas y propiedades del área rural gallega estaba siendo muy frecuente, cobrándose incluso algunas víctimas mortales. Los asaltantes buscaban casas aisladas y, preferiblemente, habitadas por personas mayores, a fin de no hallar resistencia. En aquel entonces se hizo tristemente célebre una banda conocida como la de los encapuchados, que operaba principalmente por el sur de Lugo y las extensas áreas rurales de Ourense. Era muy frecuente que cada semana los distintos medios de comunicación de la época se hiciesen eco de distintos asaltos a domicilios, llegando incluso a generarse una ola de temor entre los residentes del amplio mundo rural gallego, que había comenzado ya su lento, pero imparable declive.

Uno de los sucesos que más profundamente consternaría a la sociedad gallega de entonces fue el atraco a un bar en la localidad de Xinzo de Limia, que se saldaría con el asesinato del sargento de la Guardia Civil, José Rodríguez Álvarez, cuando intentaba detener a los ladrones, después de que un vecino de la zona, la calle Francisco Macías, diese aviso a la Benemérita de la presencia en un local de hostelería de tres hombres encapuchados que habían llegado a bordo de un vehículo matrícula de Ourense, modelo Talbot Solara.

El trágico acontecimiento ocurrió a medianoche del 10 de marzo de 1988. Un vecino de la referida vía avisó a los agentes del puesto de la Guardia Civil que había visto descender de un vehículo a tres hombres que se colocaban unas capuchas para asaltar el bar «Seyma». Inmediatamente se presentó en el lugar de los hechos el sargento José Rodríguez, armado pero con ropa de paisano. Quizás no reparase en que los asaltantes del local también iban armados con sendas pistolas y solamente se percató de la presencia de dos de los tres delincuentes. Además, no dudaron en ningún momento en enfrentarse al agente realizando un intercambio de disparos, mientras registraban las diversas dependencias del establecimiento en busca de dinero y objetos de valor.

A sangre fría

Un tercer asaltante, que estaba fuera del campo de visión del sargento, fue escabulléndose hasta la puerta trasera del local, hasta poder salir a la calle. Una vez fuera del establecimiento, no dudó en acercarse por la espalda del agente de la guardia civil y descerrajarle de un tiro en la nuca, cayendo mortalmente herido. De inmediato, se acercaron hasta el lugar de los hechos una patrulla de la Benemérita con la intención de apresar al asesino del sargento. Sin embargo, los ladrones huyeron con un botín de 45.000 pesetas(270 euros actuales) y un equipo de música y sonido valorado en 40.000 pesetas(240 euros actuales). Se dieron a la fuga en el vehículo que habían empleado para perpetrar el asalto, que previamente lo habían sustraído en la capital de la provincia.

El sargento, que estaba casado y era padre de dos hijos de 21 y once años respectivamente, sería inmediatamente evacuado a un centro hospitalario donde ya ingresaría cadáver, debido a la gravedad de las heridas que presentaba. A la banda que había asaltado este local de hostelería se le relacionaba con otro suceso similar ocurrido en la localidad lucense de Chantada, donde habían sustraído la cantidad de 68.000 pesetas(408 euros actuales).

Días después eran detenidos los tres autores del trágico asalto al bar de A Limia. El cabecilla de la banda y presunto autor del disparo que acabó con la vida del sargento, José Antonio G.N. era ya un viejo conocido de las fuerzas de seguridad del estado pues, con tan solo 23 años que contaba en aquel entonces, acumulaba un amplio historial delictivo que se remontaba al año 1986. Desde esa época hasta su detención había participado en numerosos asaltos a diversos establecimientos de toda la provincia de Ourense. Sería condenado a la pena de 20 años de cárcel por un delito de asesinato, robo con muerte dolosa, según recoge la sentencia de la Audiencia Provincial de Ourense, de diciembre de 1988.

Obtendría el tercer grado penitenciario en el año 2000 y a finales del 2001 saldaría definitivamente sus cuentas con la justicia, todo ello gracias a una controvertida decisión judicial que contradecía así los consejos de la junta de tratamiento de la prisión provincial ourensana, quienes consideraban al asesino del sargento de Xinzo como una «persona conflictiva».

A diferencia de lo que aconteció con sus dos compañeros de correrías, su nombre seguiría siendo muy familiar en los juzgados, viéndose involucrado en distintos sucesos, tales como nuevos delitos contra la propiedad, tráfico de estupefacientes y nuevas amenazas a los agentes de la Guardia Civil, con quienes protagonizaría un altercado en el año 2002, advirtiéndoles que «ya maté a uno. Si hace falta mato a otro». Esta expresión, atribuida al asesino del mando de la Benemérita en Xinzo de Limia, define a la perfección ante que personaje se encontraban.

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Dos guardias civiles asesinados en Vilanova de Lourenzá

Los años ochenta eran tiempos difíciles para ser guardia civil en España, principalmente en el País Vasco donde se vivía la época conocida como Años de plomo por el gran número de agentes de instituto armado que habían caído como víctimas del terrorismo. En Galicia, afortunadamente, la situación era radicalmente distinta. Es más, los miembros de la Benemérita gozaban del aprecio y afecto de las distintas localidades en las que había el respectivo puesto de las fuerzas de seguridad. Aún así, hubo que lamentar varias muertes por distintos actos terroristas de un buen número de agentes, mayoritariamente ocasionadas por los GRAPO y una por miembros del desarticulado Exército Guerrilleiro do Pobo Ceibe Galego.

De todos es sabido lo siempre que están expuestos los miembros de las fuerzas del orden a exponer su vida, debido a que en ocasiones tienen que enfrentarse a energúmenos con amplios historiales delictivos y que, poco o nada, tienen que perder. Así ocurrió en la tarde del domingo, 10 de febrero de 1980, cuando los miembros de la Guardia Civil del destacamento de Vilanova de Lourenzá recibieron la llamada de alerta de sus compañeros de Ribadeo, dándoles los datos de un individuo que había sustraído un coche en la villa costera. Los agentes de Lourenzá esperarían al ratero alrededor de las cuatro de la tarde vestidos con uniforme de paisano a fin de evitarle sospechas. Sin embargo, el sexto sentido que suelen tener los delincuentes le funcionaría a la perfección, ya que se percataría inmediatamente que se trataba de dos agentes armados.

Abandono del vehículo

El hombre que había sustraído el vehículo en Ribadeo, Cipriano Lampón Gerpe, al sentirse acorralado por los dos agentes, así como un guarda forestal que se prestó a colaborar con miembros del instituto armado, iniciaría una huida por el área boscosa próxima a la villa de Lourenzá. En ella demostraría ser un consumado experto en la lucha armada y la supervivencia, ya que desde unos matorrales dispararía con la escopeta de cañones recortados que portaba contra el sargento Manuel Lamela Montouto, de 50 años de edad, alcanzándole en el externón y abdomen, resultando herido de extrema gravedad. El agente, a quien se le extrajo abundante cantidad de metralla en el antiguo Hospital Xeral de Lugo, fallecería doce días más tarde a consecuencia de las graves heridas que sufría, ocasionadas por los disparos que le había efectuado su asesino.

La lucha por la captura del joven delincuente la proseguiría su compañero, el cabo Angel Broz Novo, con quien realizaría un constante intercambio de disparos, dándose la mala suerte de que el miembro de la Benemérita acabó su munición cuando perseguía a Lampón Gerpe. Este último, consciente de su superioridad, le obligó colocar los brazos en alto y, colocándole la escopeta que portaba en la cabeza, ejecutaría al infortunado agente, un hombre de 34 años y nacido en la parroquia chairega de Valdomar, perteneciente al municipio lucense de Begonte.

Cipriano Lampón, que ya había pasado por la cárcel por distintos hechos delictivos, demostraría ser muy escurridizo, fugándose después de trepar por un muro, logrando sobrevivir al acecho de las fuerzas del orden durante dos días. Sin embargo, le traicionaría su ansia de satisfacer el hambre que le había generado su supervivencia en el monte. Sería detenido en el momento en que se encontraba robando una tarta en una confitería de la localidad de Mondoñedo por agentes que inmediatamente procedieron a su detención e identificación en la mañana del 12 de febrero, siendo trasladado a las dependencias de la comandancia de la vieja urbe medieval del nordeste gallego.

La escopeta de cartuchos con la que había cometido ambos asesinatos sería encontrada aquellos mismo días por un grupo de escolares del colegio de enseñanza primaria de Mondoñedo, abandonada en sus inmediaciones.

Condenado a 47 años de cárcel

Cipriano Lampón Gerpe sería juzgado en la Audiencia Provincial de Lugo en julio del año 1980. En total sería condenado a dos penas de prisión que sumaban un total de 47 años de cárcel, además de tener que indemnizar a los herederos de cada una de las víctimas con más de tres millones de pesetas (18.000 euros actuales). Al ser insolvente, y estar los agentes en acto de servicio, se haría cargo el Estado como responsable civil subsidiario.

Además de los dos asesinatos, que su defensa calificó de homicidio, se le condenaba también por delitos contra la seguridad en el tráfico, puesto que carecía de permiso de conducir, así como también por su reiterada actividad delictiva, ya que formaba de una banda de cinco delincuentes, cuatro de los cuales habían sido detenidos en las mismas fechas. El forense que lo examinó lo había calificado como un «psicópata desalmado». En su veredicto, el juez tuvo en cuenta la eximente de enajenación mental transitoria. De hecho, la sentencia sería apelada ante el Tribunal Supremo, quien ratificaría la emitida por la Audiencia Provincial de Lugo.

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El primer atentado terrorista mortal en Galicia

Homenaje a las víctimas del terrorismo en Santiago de Compostela

1978 estaba siendo un año distinto en España. Se había estrenado muy recientemente la democracia y se habían instaurado unas libertades públicas que habían estado muchos años secuestradas. Galicia no era ajena al clima de ilusión por la libertad que se vivía en el resto del Estado. Sin embargo, todavía continuaban operando algunos grupos radicales que -en nombre de la libertad- no hacían sino atemorizar a un país que no reclamaba para nada su presencia ni mucho menos su falso yugo liberador. Más bien todo lo contrario.

Las personas de una cierta edad, principalmente aquellas que habían vivido la Guerra Civil, se sentían temerosas ante el clima de ilusión al que en algunas ocasiones denominaban libertinaje, ya que no estaban acostumbradas a que se produjesen ciertos hechos o acontecimientos que lo único que hacían era emborronar el siempre pacífico y acogedor estado de derecho. Algunos, con su actitud, querían perturbar a los gallegos y al resto de los españoles de hace ya 40 años, estando en su afán tan solo un ambiente de provocación que justificase un levantamiento armado del Ejército para así poder ellos excusar su irracional y nefasto comportamiento.

Galicia era algo distinto al resto del estado o, al menos, eso les parecía a los gallegos, unas gentes siempre sosegadas, con su eterna retranca que escondía un halo de buen humor y campechanía que se traducía en las sinceras sonrisas de aquellos hombres que todavía cubrían sus calvas con boinas en tanto liaban un cigarro de picadura, al que prendían fuego con un viejo mechero de gasolina. Sin embargo, a pesar de ese carácter bonachón, tranquilo y sincero de los gallegos, un terrible hecho, sin precedentes, alteraría a un pacífico y trabajador pueblo en la mañana del lunes, 28 de agosto de 1978, con el asesinato del guardia civil, Manuel Vázquez Cacharrón en la plaza de Abastos de Santiago de Compostela.

Un solo disparo

Esa mañana, como muchas otras, una hermana de la víctima había acudido a la tradicional plaza compostelana a vender productos de la huerta, siendo una persona muy conocida en Santiago por la totalidad de su vecindario. Se encontró con su hermano, el guardia civil Manuel Vázquez Cacharrón, con quien departía muy tranquilamente sobre mil y una cosas de las que solía hablarse en aquellos populares centros de reunión, charlando de vecinos y amigos, de como se encontraban los parientes de la aldea, de como iba la mañana. Pero esa tranquilidad y bonhomía que siempre se había respirado en aquel tradicional lugar de encuentro para vecinos y comerciantes se vería bruscamente alterada por la presencia de dos jóvenes de alrededor de 20-25 años, uno de los cuales portaba una pistola. Con la misma y de un solo tiro, que le alcanzó directamente en la cabeza, daba muerte al agente Vázquez Cacharrón. Al parecer, uno cubría al otro mientras este último efectuaba el mortal disparo que acabaría con la vida del miembro de la Benemérita.

Con la ayuda de los presentes en el recinto ferial, el herido sería trasladado al Hospital Xeral de Galicia donde ingresaría ya cadáver. El guardia civil contaba con solo 40 años de edad, siendo natural de la localidad de Arzúa, un precioso pueblo que se emplaza en los últimos tramos del Camino Francés que conduce a las tierras del Apóstol. El fallecido estaba casado y era padre de una numerosa prole de cinco hijos. El atentado terrorista, condenado de forma unánime por una sociedad que se resistía a dejarse secuestrar por los criminales, provocaría la pérdida de la inocencia de una tierra que tan solo pretendía hacer su vida y vivir en paz. Su hermana Palmira también requeriría asistencia sanitaria, ya que cayó desmayada en plena plaza por la impresión que le causó la muerte de su hermano. Los terroristas que habían asesinado al guardia civil, Juan José Muíños Formoso y Francisco Javier Rodríguez Veloso, huyeron del lugar a pie en dirección a la calle Doutor Teixeiro donde les aguardaba un SEAT 124 azul, que les facilitaría la huida de la capital gallega.

Al día siguiente de haber sido vilmente asesinado, Manuel Vázquez Cacharrón recibiría sepultura en su tierra natal de Arzúa. El entierro del agente fue una gran manifestación de duelo de toda Galicia, congregándose más de 3.000 personas en la celebración religiosa que tuvo lugar en el cuartel de San Lázaro. Era la contundente respuesta de los gallegos a un vil acto terrorista, que tendría su contrapunto en la actitud de unos pocos jóvenes que entonaron canciones de tiempos pretéritos con el único y exclusivo afán de provocar a quienes tributaban su último adiós al primer agente caído en acto de servicio en tierras gallegas.

Los Grapo y la LAG

Como era muy habitual en los tiempos de la Transición Democrática, distintos grupos protagonizaron una guerra de comunicados en los que se atribuían el atentado que le había costado la vida al guardia civil en Santiago de Compostela. En un principio lo hicieron los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre (GRAPO), pero también se quiso apuntar el tanto un grupo desconocido de tendencia separatista y radical, denominado Liga Armada Galega(LAG). Los investigadores se decantaron porque fuesen los primeros, ya que tenían una cierta infraestructura en Galicia, concretamente en Vigo, en tanto que la LAG era un grupúsculo vinculado al nacionalismo de izquierdas que había perpetrado un atraco a una sucursal del Banco del Noroeste y algunas otras actividades terroristas de escaso calado.

El 13 de septiembre de 1978 sería detenido en Ourense un militante de los GRAPO Francisco Javier Rodríguez Veloso, alías «El Andaluz», a quien se le acusó de haber sido el autor material de la muerte del agente asesinado. Prueba de ello, fue que en su poder se halló el arma reglamentaria que llevaba el día de su asesinato Manuel Vázquez Cacharrón, una pistola Star. En 1980 sería condenado a 25 años de prisión por la Audiencia Nacional, institución encargada de juzgar los delitos de terrorismo.

En el año 2010, siendo alcalde de Santiago en su primera etapa el socialista Xosé Sánchez Bugallo, justo cuando se cumplían 32 años de su asesinato, el Ayuntamiento compostelano tributó un sentido homenaje a la figura del guardia civil asesinado por los GRAPO. El mismo consistió en la dedicatoria de una calle en nombre del agente muerto en acto de servicio en el barrio de Fontepedriña, donde vivía su viuda y el resto de su familia.

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Dos muertos en un tiroteo entre la Guardia Civil y el maquis

La guerrilla o el maquis, como a ellos les gustaba denominarse, pervivió durante algún tiempo, refugiándose sus miembros en las áreas de montaña o zonas escarpadas donde se hiciese más complicado localizarlos a las autoridades. Su existencia era difícil, por no decir que se podría calificar de calamitosa. Todos ellos habían sido perdedores de la Guerra Civil y tenían, poco menos que imposible, regresar a un mundo y una sociedad que -no solo les había dado la espalda- sino que directamente renegaba de ellos. Aún así, de cuando en vez, protagonizaban alguna acción armada o refriega con los agentes del orden. Pero, desgraciadamente, para ellos, casi siempre se llevaban la peor tarde.

La misión de los guerrilleros, entre los que se encontraban el mítico Foucellas, «O Piloto», Gayoso y muchos otros, era prácticamente un objetivo suicida, ya que poco o nada podían hacer contra un duro estado dictatorial que había dado carta blanca a las fuerzas armadas en su constante persecución. La lucha contra los guerrilleros, a los que desde los organismos oficiales no dudaban en calificar de bandoleros, fue un objetivo prioritario para lo cual se habían engrasado todos los engranajes del estado, siendo la censura de prensa uno de los principales pilares en los que se sustentó esa denodada lucha. Rara vez aparecían en la prensa los resultados de las acciones armadas. Cuando salían siempre se daba cumplida cuenta de las bajas que se había causado a ese enemigo, retratado como un bandido enemigo de la sociedad.

El terreno gallego era propicio para la lucha de guerrillas. Era un mundo básicamente rural, a lo que se unían sus no menos ventajosas condiciones orográficas, en las que se dibujaban abundantes terrenos escarpados y montañosos, muchos de los cuales en aquel entonces contaban con pequeños núcleos de población que contribuían a darles refugio a unos hombres que ya no tenían nada que perder y prácticamente nada que ganar.

En ese contexto en el que se encuentra una sociedad pobre y muy tamizada al terruño en el que vive, tendrá lugar uno de los muchos enfrentamientos entre las fuerzas del orden y un maquis que cada vez se encuentra más desesperado ante la tibia e inesperada respuesta internacional al régimen del General Franco. El escenario de una pequeña batalla será el término municipal de Vimianzo, una localidad próxima a la costa noroccidental gallega, popularmente conocida como Costa da Morte, aunque se halla geográficamente situado en la Terra de Soneira. El suceso aconteció al atardecer del 8 de noviembre de 1946, conocido mundialmente como el Año de la Paz, como anteriormente lo había sido 1919, por ser el primero en el que el planeta estaba libre de un gran conflicto armado que lo había asolado y desolado.

En un bar

Una partida muy exigua de guerrilleros, compuesta por solamente tres hombres, se dirigieron al cuartel de la guardia civil con intención de asaltar el puesto para así hacerse con las armas y municiones que cada vez escaseaban más. Sin embargo, hubieron de desistir de su propósito al encontrar la puerta de las instalaciones de la Benemérita cerradas a cal y canto. Pese a ello, idearon un nuevo plan al percatarse que un agente se encontraba jugando una partida con unos paisanos en un bar situado en los aledaños de la guarnición. Uno de los que se encontraba echando la partida con el miembro de la guardia civil era un guarda forestal, a quien planearon secuestrarlo para así, efectuar un intercambio de este hombre por armas. El encargado del rehén fue el conocido guerrillero Manuel Pazos Mesías, quien pretendió sacarlo del establecimiento a punta de pistola e indicando a quienes se encontraban en su interior que no hiciesen ningún movimiento. En la puerta le aguardaba su compañero Emilio Pérez Vilariño, evitando ser visto por el resto de las personas que se encontraban en el local.

La operación resultó fatal, ya que ninguno de los presentes esperaba una reacción tan iracunda del agente de la guardia civil que se hallaba en el interior. Este último, que se llamaba Manuel Rodríguez Paz, de forma súbita desenfundó su arma reglamentaria y disparó contra el secuestrador que caería tendido en el suelo en medio de un gran charco de sangre, yaciendo en el suelo mortalmente herido. De resultas de este disparo, los compañeros del guerrillero respondieron a los efectuados por el agente del instituto armado, quien resultaría herido de gravedad, falleciendo posteriormente en el Hospital Militar de Santiago de Compostela.

Los dos guerrilleros que consiguieron huir de esta embarazosa y terrible situación lanzarían explosivos contra las instalaciones de la guardia civil de Vimianzo ocasionado desperfectos de diversa consideración en las dependencias del cuartel, pero sin causar daños personales a quienes se encontraban en su interior. Ambos componentes del maquis lograrían huir al monte de nuevo, donde aún se refugiarían durante algún tiempo hasta que fueron detenidos o muertos. Su compañero fallecido sería trasladado al depósito municipal, donde el médico titular le practicó la autopsia. En la chaqueta que portaba en el momento de su muerte se halló la inscripción Agrupación de Guerrilleros de Galicia. Además se le incautó alguna documentación que ayudaría a detener a algunos compañeros suyos, además de algunos vecinos que presuntamente mantenían cierto contacto con los grupos antifranquistas.

Detenciones

Esta acción de los miembros de la guerrilla gallega no les resultó baldía a muchos de los paisanos que, supuestamente, mantenían algún contacto con el maquis. A raíz de la misma se efectuarían diversas detenciones en todo el área de la Costa da Morte de muchos vecinos que colaboraban con el maquis. Algunos de ellos serían sometidos a un consejo de guerra, siendo condenados a varios años de prisión, a lo que se añadía el estigma que recaía para la familia de cualquier preso, y mucho más si en su expediente figuraban cuestiones o asuntos políticos, los cuales eran directamente relacionados con el orden público.

La represión sobre los grupos guerrilleros llegó al extremo que vecinos que estaban señalados por las fuerzas del orden como colaboradores de las agrupaciones de guerrilleros se vieron en la obligación de marcharse de Galicia con destino a tierras americanas. Entre la documentación que se requisó del cadáver de Pazos Mesías, natural del municipio de A Baña, se encontraba un cuaderno en el que había diversas anotaciones que hacían referencia a algunos habitantes de la comarca en la que fue abatido, lo cual serviría para su delación.

En años posteriores, la implacable justicia franquista incoaría hasta un total de 67 causas contra diversos vecinos de la comarca, a resultas de la colaboración que mantenían con las organizaciones guerrilleras. A esto se añade, que en el periodo 1946-1950, se intensificó de forma masiva la persecución contra unos pobres hombres que estaban casi desahuciados del mundo. De hecho, Emilio Pérez Vilariño, el guerrillero que saldría vivo del envite en que falleció Pazos Mesías, moriría en un enfrentamiento armado con agentes de la Guardia Civil en 1951 en el municipio de Curtis.

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