Impunidad para el salvaje asesinato de un niño en Vilagarcía de Arousa

Entierro del pequeño José Antonio Paulos Márquez

La tarde-noche de cada día previo a San Juan es motivo de especial celebración en toda Galicia, muy especialmente en sus extensas áreas rurales en las que el ritual de espantar las meigas adquiere un relieve de unas características muy peculiares del que nadie procura no ausentarse. Millares de hogueras iluminan el cielo gallego en tan señalada fecha en el calendario en el que la fiesta y la algarabía se entremezclan con la milenaria tradición del sacro fuego purificador que servirá de bálsamo contra los trasnos, tangaraños y otros malos augurios que antaño eran calificados como nefastos atributos para la presencia de las almas en pena condenadas por espíritus malignos y que recorrían el noroeste peninsular en las frías y gélidas noches de invierno.

A lo largo de toda la jornada, y muy especialmente por la tarde, es muy frecuente ver como jóvenes y veteranos se dedican a realizar los preparativos para la noche más bella del año. Uno de los muchos chavales gallegos a los que entusiasmaba tan entrañable día del solsticio de verano era un crío de diez años, José Antonio Paulos Márquez quien salió de su casa en su bicicleta en la parroquia de Rubiáns, en Vilagarcía de Arousa, en la busca de hierbas y flores con las que adornar su vivienda el día 23 de junio de 1991. Sin embargo, la pobre criatura no regresaría jamás.

Al poco tiempo de salir de su casa, en torno a las seis y media de la tarde, su padre comenzaría una infructuosa búsqueda en la que no obtuvo resultado satisfactorio alguno. Al demorarse en su regreso, se dio aviso a los vecinos y a las autoridades iniciándose una ardua búsqueda por todo el contorno que hubiera podido recorrer el pequeño, quien aparecería alrededor de las once de la noche en estado agonizante en medio de unos zarzales siendo encontrado por un agente de la policía local de Vilagarcía y la madre de la criatura, María del Carmen Márquez.

Agresión sexual

El niño, en el momento de ser encontrado, en la zona conocida como Pinos Mansos -a muy escasos metros de la vía del tren- se encontraba boca abajo con los bajos echados hacía atrás, con la camisa totalmente ensangrentada que le cubría el rostro, y el cuerpo doblado y los pantalones bajados. La autopsia mostraría posteriormente que el pequeño había sido violado por su agresor. Según los investigadores, el chaval debió ser atacado a unos quince metros de dónde fue encontrado en estado de extrema gravedad hasta ser arrastrado hasta la zanja en que fue depositado con la cabeza ya destrozada por los golpes, pues fueron encontradas algunas piedras ensangrentadas en las inmediaciones.

Inmediatamente después de su hallazgo, fue trasladado al Hospital Provincial de Pontevedra, a tan solo cinco kilómetros del lugar de los hechos, dónde el pequeño ingresó ya cadáver. Además, por las heridas que presentaba, entre ellas un brutal golpe en el cráneo, nada podían hacer ya los médicos por salvar su vida.

A partir de ese momento se inició un terrible deambular para la pequeña parroquia de Rubiáns y para la familia del pequeño asesinado. En un principio sería detenido un individuo, cuya identidad no fue facilitada nunca. Este hombre fue visto en la tarde de aquella jornada por el padre del muchacho en las inmediaciones de su vivienda, si bien es cierto que sería puesto en libertad tras comprobarse que no guardaba relación ninguna con los hechos.

Los investigadores pusieron su foco de atención en el padre del muchacho, Antonio Paulos, de 39 años de edad, quien estuvo buscando en solitario al muchacho aquella tarde, además de encontrar algunas lagunas en su declaración que le hacían suponer como sospechoso. Mientras, la madre de la criatura sospechaba que tal vez su muerte hubiese sido obra de algunos traficantes de droga, muy abundantes en la zona en aquella época, y que el crío fue testigo de algún asunto incómodo por lo que fue vilmente asesinado para eliminar cualquier tipo de pruebas.

Detención del padre

Más de año y medio después del asesinato de su hijo, concretamente a finales de enero de 1993, era detenido su progenitor Antonio Paulos, a quien acusaban de darle muerte a su vástago. La madre del pequeño dudaba de su culpabilidad y así lo hizo saber en una breve declaración a los medios de comunicación, ya que según ella, el padre se desvivía por su hijo y hasta que escuchase su declaración no terminaría por creer la acusación que se hacía.

En junio de 1993 Antonio Paulos era juzgado en la Audiencia Provincial de Pontevedra, acusado de haber dado muerte a su hijo dos años antes. Sin embargo, el progenitor negó en todo momento las acusaciones de la fiscalía y resultaría absuelto al aplicar el tribunal el principio de «indubio pro reo», es decir la ausencia de pruebas concluyentes para incriminar al hombre que había sido juzgado.

Posteriormente, tras la acusación del progenitor, la madre del pequeño se mostraría totalmente convencida que el autor de su muerte era su marido, tal y como demostraría en diversas declaraciones a distintos medios de comunicación. El matrimonio terminaría por romper relaciones, abandonando ambos la vivienda que compartían. La misma sería vendida para -posteriormente- ser derribada y levantar una nueva edificación, como queriendo olvidar el trágico suceso que consternó a toda la comarca del Salnés y a toda Galicia en una ya lejana noche de San Juan.

Al parecer, en el cuerpo del muchacho asesinado se encontró un pelo que no pertenecía a la víctima. Sin embargo, esta única prueba que podría haber ayudado a esclarecer un asunto tan turbio, fue extraviada cuando se envió al Instituto Nacional de Toxicología de Majadahonda, en Madrid, para poder ser analizada y detallar a quien podría corresponder su ADN. Todo ello, unido a las casi tres décadas que han transcurrido desde el asesinato del pequeño José Antonio han provocado que el suceso haya pasado a formar parte de los crímenes que se encuentran sin resolver. En este caso con el agravante de que al haber transcurrido más de 20 años desde la última actuación judicial, el crimen ha pasado de forma impune al baúl de los recuerdos.

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Dos gemelas entierran viva a su hija recién nacida en Lugo

Parroquia de San Xurxo de Augas Santas, lugar dónde ocurrió el macabro suceso.

El año 1992 pasaría a la historia, no solo por las Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla, sino también por diversos sucesos truculentos. Muchos de estos desgraciados acontecimientos ocurrieron en Galicia, siendo sus tristes protagonistas hasta un total de cuatro niños, quienes perderían la vida a manos de personas desalmadas y crueles.

En dos de estos hechos de triste recuerdo, los criminales utilizaron el mismo sistema, que no fue otro que enterrar vivos a sus criaturas, como si de un macabro ritual se tratase. Uno de ellos ocurrió en Vigo en el mes de febrero. Apenas cuatro meses más tarde, cuando los gallegos todavía no se habían repuesto del trágico «Crimen de la maleta» -en el que había sido asesinado un niño por una socia de su madre-, dos hermanas gemelas, que se encontraban embarazadas al mismo tiempo, decidían terminar con la vida de uno de los bebés recién nacidos el día 18 de mayo de 1992 y darle sepultura inmediata en el terreno anexo a su vivienda en la parroquia de Augas Santas, en el municipio de Palas de Rei.

El hecho criminal sería descubierto unos días más tarde. La madre de ambas hermanas gemelas, Concepción y Ana María Vázquez, decidió llamar a un médico de la localidad de Palas de Rei en vista que el estado físico de la primera, que presentaba una hemorragia perineal, para que tratase a su hija, quien no estaba dispuesta a recibirlo. Para poder intervenir el galeno debió de acudir acompañado del juez de paz y dos agentes de la Guardia Civil, quienes muy pronto esclarecerían las circunstancias de aquel trágico acontecimiento.

Encerradas en la habitación

Según se dedujo de las investigaciones realizadas, el día en que Concepción rompió aguas se encerró en la habitación con su hermana, quien la asistió en el parto, aunque sin ninguna experiencia ni tampoco conocimiento de la situación que vivía su gemela. Una vez que la criatura nació, ambas hermanas la introdujeron en una bolsa de plástico y le dieron sepultura, cuando se supone que aún estaba viva, en el terreno próximo a la vivienda. Poco después, amenzarían duramente a su madre con matarla si contaba algo de lo que había sucedido.

En vista que la situación de su hija no mejoraba, la madre de la parturienta se dirigió a un teléfono público para dar aviso a un médico y también a los agentes de la Benemérita, quienes encontrarían el cuerpo de la pequeña en el lugar donde les había indicado Concepción, la joven que había dado a luz. Su madre declararía a las cámaras del centro de TVE en Galicia que el bebé había sido asesinado por sus hijas.

Al descubrir el crimen, los agentes procedieron a la detención de la joven, quien sería detenida en el acto, aunque ingresaría en un principio en el Hospital Xeral de Lugo para poderse recuperar de la hemorragia que había sufrido como consecuencia del parto. De igual modo, también sería detenida su hermana, Ana María, quién también se encontraba embarazada, por su complicidad en el crimen. Ambas ingresarían en el penal de Bonxe.

Al parecer la familia de las jóvenes que mataron a la criatura estaba pasando por diversas adversidades de carácter patológico, ya que el padre de las gemelas que dieron muerte a la criatura comenzaba a presentar algunas señales de un cuadro de esquizofrenia.

Las dos autoras del crimen que dejaría estupefacta a Galicia -y muy especialmente a la provincia de Lugo- serían condenadas por la Audiencia Provincial de Lugo a sendas penas de 20 años de prisión cada una de ellas.

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Un niño gallego asesinado por un pederasta en Londres

Diego Piñeiro, el niño asesinado en Londres

No cabe duda alguna que la emigración gallega dejó una fecunda huella allí donde puso sus pies. Quizás fuese una de las diásporas que más ha sabido conservar sus ancestrales costumbres y reivindicar así su presencia tan lejos de su bonsái Atlántico. Sin embargo, también sufrió algunos lamentables episodios, que resonarían con fuerza en Galicia, provocando que quienes residían en la metrópoli alzasen su voz contra esos actos que, en algunas ocasiones, ocasionaron la muerte de algunas personas que se habían ido a ganar dignamente el pan con el sudor de su frente.

Ninguna muerte violenta nos deja indiferente, pero cuando las víctimas son niños -y no son pocas veces lo que esto sucede- parece que se nos encoje el corazón y somos presas de un particular quemazón, al que no encontramos explicación alguna. Así ocurrió un domingo del mes de mayo del año 2000, concretamente el día 7 de la mencionada treintena, cuando un pederasta le daba muerte a un niño de doce años, Diego Piñeiro, con quien se encontraba febrilmente obsesionado. Desde hacía tiempo la criatura estaba siendo perseguida por un hombre de 52 años, Edward Alexander Crowley, que no dejaba literalmente en paz al pequeño.

A última hora de la tarde de aquel trágico y fatídico domingo de primavera, el individuo que lo perseguía blandió un puñal ante el pequeño cuando iba en compañía de su hermano de quince años y, casi sin mediar palabra, comenzó su orgía de sangre, propinando varias puñaladas, mortales de necesidad, al niño. A pesar de la rápida intervención de otros transeúntes, estos no consiguieron detener a tiempo las garras asesinas del consumado pederasta, quien ya había pasado algún tiempo en prisión como consecuencia de su depravada actitud.

Acoso

Antes de producirse el desgarrador suceso, que consternaría tanto a la comunidad gallega de la capital británica como a la propia Galicia metropolitana, los episodios de acoso que sufría Diego Piñeiro por parte de quien acabaría convertirse en su verdugo eran constantes. Así se deduce de las denuncias previas presentadas por el centro educativo en el que se encontraba escolarizado el pequeño. En cierta ocasión, la criatura había entrado en el colegio a toda prisa en compañía de otro alumno del mismo centro, manifestando que estaba siendo perseguido por un hombre de una cierta madurez física. Sin embargo, la policía londinense hizo oídos sordos a las acusaciones realizadas por el centro de enseñanza en el que estudiaba el muchacho gallego.

El acosador y agresor de Diego no se cortaba lo más mínimo a la hora de atemorizar al crío, incluso efectuando algunas pintadas en las instalaciones de su centro escolar en las que se podía leer, entre otras cosas, «mi querido hombre latino» o «mi amor». Estos hechos, junto a la circunstancia de que lo persiguiese incluso en la parada del autobús, provocarían el lógico desasosiego tanto del pequeño como de la comunidad educativa. Por si fuese poco, en cierta ocasión Edward Alexander Crowley se presentó en el colegio del chico para recogerle a la salida de clase como si se tratase de su padre.

El 2 de noviembre de 1999 el pederasta persiguió incluso al niño en el parque en el que jugaba, en el que incluso colgaba notas referidas al crío en las que no dudaba en expresarle sus asquerosos y ruines sentimientos. Ante la constante persecución de la que estaba siendo objeto, la policía metropolitana decidió proveer al pequeño de un teléfono móvil para que pudiese realizar llamadas de auxilio, aunque esta medida, además de insuficiente, resultó ser completamente ineficaz.

La madre, que en el momento del asesinato de Diego Piñeiro se encontraba en Galicia, se desplazó inmediatamente a la capital británica, pero debió ser ingresada en un centro sanitario a consecuencia de una gran crisis de ansiedad. La progenitora acusó a la policía inglesa de subestimar las denuncias que se habían practicado hasta aquel momento por la actitud de un peligroso y nausebundo sujeto que terminaría convirtiéndose en verdugo de un niño de tan solo doce años.

La prensa británica, incluso los tabloides más amarillos y sensacionalistas, no dudaron en calificar de tragedia la muerte del pequeño gallego, al producirse a plena luz del día en pleno centro de la capital londinense y en una zona muy concurrida, además de conocerse por parte de las autoridades los antecedentes que pesaban sobre el agresor y de la actitud canallescamente hostil que había manifestado en reiteradas ocasiones contra el niño.

Una semana más tarde de su muerte, Diego Piñeiro recibiría sepultura en la localidad gallega de Pontedeume, de donde eran originarios sus padres. El progenitor residía en Betanzos, mientras que el niño vivía en Londres en compañía de su madre y su segundo marido.

Cadena perpetua

El asesino del niño gallego, Edward Alexander Crowley, sería condenado a reclusión perpetua en el transcurso de una vista desarrollada ante el Tribunal Supremo de Londres. El juez encargado de dirimir el infanticidio, Neil Denison impuso la máxima pena que contemplaba el código penal británico al declararse el pederasta como autor del brutal crimen.

El mismo juez había ordenado someter al acusado a unas pruebas médicas en las que se diagnosticó que Crowley padecía un cierto grado de esquizofrenia paranoide aguda, si bien el pederasta facultó a su abogado defensor para que este realizara los trámites oportunos para no cumplir su pena en un centro de internamiento psiquiátrico.

El criminal manifestó a su letrado también que nunca llegó a mantener contacto sexual alguno con su víctima, pero que no pudo evitar ser rechazado por Diego, motivo este que le provocó un gran desasosiego al no poder aceptar ser rechazado por la criatura. A consecuencia de este lógico rechazo, emprendió su brutal agresión en la que también resultaría herido de cierta consideración su hermano Roberto.

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Vampirismo criminal en A Golada (Pontevedra)

En la década de los años veinte del pasado siglo todavía seguían gozando de una gran popularidad algunas viejas creencias, divulgadas por curanderos y otros especímenes de igual catadura, en las que se aseguraba que beber sangre humana curaba de enfermedades y epidemias que estaban muy extendidas, entre ellas la tisis. Sin embargo, esas ancestrales y macabras creencias tan solo servirían para provocar más de una tragedia, siendo casi siempre las víctimas pequeños de muy corta edad a quienes asediaban durante bastantes días hasta que por fin conseguían arrinconarlos y hacerse con esa preciada víctima, aunque de nada servirían el supuesto remedio que se pretendía aportar.

Hay muchos casos, algunos de ellos muy conocidos, como el caso del crimen de Gador, uno de los que alcanzaría más celebridad en su tiempo. Otro similar sería el del vampiro de Avilés. Todos ellos con consecuencias fatales. Después de haberse divulgado los nefastos resultados en que terminaban sucumbiendo, muchas gentes dominadas por viejas y ancestrales supersticiones acabarían por convencerse que el consumo de sangre de los más pequeños no acarreaba ningún beneficio. Más bien todo lo contrario. Muchos acabarían con sus huesos en las manos de un verdugo quien ágilmente daba dos vueltas al garrote vil, sumándose así una víctima mas a la que los criminales habían dejado por el camino.

En Galicia, una tierra donde ahuecaron a fondo viejas supersticiones y otras creencias importadas por los emigrantes que se encontraban allende los mares, también ocurrieron algunos de los desagradables y cruentos sucesos en los que los más pequeños fueron la injustas y crueles víctimas de unos desaprensivos que, quizás llevados por una terrible exasperación, llevaron la tragedia a otra casa, además de consumarse también en la propia.

Uno de esos sucesos ocurrió en la localidad de A Golada, un territorio limítrofe y de transición entre las tierras de las Rías Baixas y la comarca de A Ribeira Sacra. A mediados de septiembre de 1925 desaparecía de su casa el niño Álvaro Salvareses, de tan solo dos años de edad. Sus padres lo llamaron en reiteradas ocasiones, requiriéndolo para que se presentase a la hora del almuerzo. Sin embargo, la criatura no daba señales de vida. A raíz de su desaparición, familiares y vecinos se pusieron manos a la obra en una afanosa búsqueda que no dio ningún resultado.

En un estercolero

Entre los familiares y personas más próximas al pequeño se sabía que el muchacho había sufrido el acoso y acechanza de algunos vecinos, aunque jamás supusieron que le esperaba un final trágico y macabro. Tras días de ardua búsqueda, el cuerpo del pequeño aparecería enterrado en una cuadra, en la que se guardaban cerdos y vacas, en medio de un impresionante estercolero. El crío tenía una cuerda atada al cuello y presentaba una gran herida en la cabeza, la que se suponía, como así se demostraría posteriormente, que le había ocasionado de forma poco menos que fulminante.

La Guardia Civil pronto empezó a atar los pocos cabos que había sueltos. Se sabía que en la casa de unos vecinos, conocidos como los Mejuto, había un muchacho joven que todavía no llegaba a los veinte años, enfermo de tuberculosis, entrando la dolencia en sus últimas fases. Eran conocedores también que habían buscado remedios en curanderos y sanadores de la zona, aunque ninguno les había ofrecido una mágica receta que pudiese librar a su vástago de tan devastadora enfermedad que estaba golpeando con saña a una gran parte de la juventud de la época.

La familia que había dado muerte al pequeño era conocedora a través de la prensa de diversos casos, como el de Gador o el Vampiro de Áviles, de los supuestos remedios macabros que se estilaban en aquella época para tratar de salvar inútilmente al enfermo terminal que tenían en casa. Uno de los hermanos de este último, un niño de 14 años, Eulogio Mejuto, fue el encargado de engañar con diversos ardides a su ingenua víctima, atrayéndola hasta el erial que había en la zona aledaña a su casa. El mismo declararía que fue quien dio muerte al pequeño de una pedrada en la cabeza. Asimismo, también manifestaría que se encargó de extraerle sangre a través de la herida por la que manaba a borbotones. En su declaración ante los agentes, además de responsabilizarse de la muerte del pequeño, indicaría, a su vez, que en el hecho criminal estaban involucrados los restantes miembros de su familia, a instancias de los cuales provocó la tragedia que causaría una gran repercusión en el municipio de A Golada y otros limítrofes.

Condena

A raíz del espantoso crimen, fueron también imputados el hermano enfermo del asesino y su padre, Jesús Mejuto. Sin embargo, el primero de ellos no llegaría a ser condenado ya que tan solo tres semanas antes del juicio se produjo su óbito.

El muchacho, al ser menor de edad, sería condenado al ingreso durante el tiempo que la autoridad lo estimase oportuno, al ingreso en un centro de corrección, popularmente conocidos como reformatorios. Para su padre el fiscal llegó a solicitar la pena capital, considerándolo inductor de un hecho criminal. Finalmente, sería condenado a 20 años de cárcel en calidad de cómplice.

 

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Estrangula a un niño de dos años en Cee (A Coruña)

Vista de Cee

A comienzos del año 1986 España estrenaba entrada en las Comunidades Europeas. Se respiraba un ambiente de cierta euforia en el que no se daba tregua alguna a la desconfianza ni al reto que ello suponía. El ingreso en el entonces Mercado Común Europeo parecía una tierra prometida en la que nada sería imposible y dónde todos los sueños se harían realidad, tan solo por el mero hecho de acceder al selecto club europeo que, en aquella época, estaba limitado a tan solo una docena de países. Años más tarde llegarían algunos quebraderos de cabeza, no por culpa de Europa precisamente, aunque estrechamente vinculados a nuestra entrada en aquella organización supranacional en torno a la cual se acabaría vertebrando lo que muchos dieron en llamar la «vieja Europa», aunque fuera de ella no hay vida y es justo reconocerlo en un tiempo que muchos han puesto en duda los beneficios de su existencia, principalmente los más radicales.

Como si de una broma del destino se tratase, existe un pueblo en la Costa da Morte gallega que respondía a las antiguas iniciales de la Unión Europea, llamada por aquel entonces Comunidad Económica Europea (CEE), siendo muchas las gracias que hacían sus habitantes con este más que curioso topónimo. Sin embargo, en la memoria de sus vecinos seguramente se recuerden amargamente aquellos días en los que todo eran felicitaciones y parabienes por una feliz entrada en las Comunidades Europeas. Este precioso municipio costero saltaría a los medios de comunicación, además de por su pintoresco topónimo, por un suceso que teñiría de luto las Navidades de 1985 y los primeros días de 1986. Por esas fechas, el joven de 19 años Angel Rey Pequeño asesinaba al niño de dos años Jorge Gesto Mato, al que -de forma macabra- estrangulaba en ausencia de sus padres.

Obsesionado con su madre

Al parecer Angel Rey Pequeño se encontraba obsesionado con la madre de quien sería su víctima de la que, según declaró a la policía, se encontraba profundamente enamorado. En la madrugada del penúltimo día del año, 30 de diciembre de 1985, aprovechando la ausencia de los padres de la criatura que, al parecer, habían salido de casa para realizar su macabro plan. En un primer momento intentó ahogar al crío, pero, según su versión, no lo consiguió por lo que procedió a estrangularlo fríamente. Una vez que lo hubo asesinado procedió a depositar su cadáver, completamente desnudo, en una fosa.

El criminal, que se encontraba a tratamiento psiquiátrico, le contaría posteriormente a su madre lo sucedido. Esta última, que al parecer no daba crédito a lo que le contaba su hijo, alertaría inmediatamente a la guardia civil. El joven sería detenido horas más tarde en la vecina localidad de Corcubión, distante poco menos de cinco kilómetros del lugar dónde había perpetrado su espantoso infanticidio.

Las causas del crimen parecían estar motivadas por un brutal ataque de celos y locura, tal como lo definía la prensa de la época, en relación con la madre de la criatura con la que el criminal estaba obsesionado de manera compulsiva. Pocas horas después sería ingresado en la prisión provincial de A Coruña, a donde había llegado procedente del depósito de Corcubión en el que había estado detenido.

Para que al asunto no le faltase el pertinente ingrediente añadido de morbo, Angel Rey Pequeño manifestaría que se veía muchas veces con la madre del niño, aprovechando las largas ausencias de su padre, que era marinero, aunque este extremo jamás pudo ser corroborado.

El suceso provocaría una gran consternación, no solo en la localidad de curioso topónimo, Cee, sino también en toda Galicia que daba su bienvenida al Año Nuevo y al ingreso en las Comunidades Europeas vestida de un luto riguroso por la muerte de una criatura provocada por la irracionalidad de un individuo que empañó espantosamente aquellas Navidades que, fueron de todo, menos felices y blancas.

 

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Mata a su hija de cinco años y se suicida en A Coruña

Desgraciadamente, los casos en los que los niños se convierten en las víctimas colaterales de las disputas de las parejas se cuentan por decenas, cuando no son el principal objeto de litigio entre ambos cónyuges. Todos los años son asesinados miles de criaturas en todo el planeta debido a las diatribas existentes entre sus progenitores, incapaces de saldar de forma civilizada sus diferencias. La prensa es testigo de múltiples casos en los que impacta de sobremanera el crimen cometido sobre un inocente menor que sufre así directamente las consecuencias de un suceso que debería afectarles en un grado mínimo.

Un hecho de estas características acontecía en A Coruña el día 30 de mayo de 1993 en el que un padre José Regueiro Ortigueira daba muerte a su hija de cinco años, María Regueiro Parafita, para después suicidarse. El triste y desgraciado acontecimiento sobrecogería a una ciudad que todavía sentía muy de cerca otro crimen en el que poco más de un año antes había tenido como protagonista a otro menor, a quien había dado muerte una vecina suya, pasando a conocerse popularmente como «el crimen de la maleta», ya que había sido en un equipaje de estas características en el que la asesina había introducido el cuerpo de la víctima.

El autor del crimen y suicida regentaba un conocido negocio de hostelería, conocido como «Bar Kesington» en la calle Marqués de Figueroa de la ciudad herculina, muy cerca de su estación de ferrocarril. Prácticamente, desde que la criatura había venido al mundo, se había ocupado siempre de ella, pues se encontraba separado de su esposa. Sin embargo, se dice que como consecuencia de una sentencia judicial desfavorable acabaría provocando una trágica y cruel venganza en la persona de su hija de tan solo cinco años de edad.

«Cerrado por defunción»

Una empleada del local de hostelería que regentaba José Regueiro se vio profundamente sorprendida a primeras horas de la mañana del lunes, 31 de mayo de 1993, al encontrarse con un cartel en la puerta de entrada en el que podía leerse de forma sobreimpresionada «cerrado por defunción», lo que generaría la sorpresa y posterior preocupación de la mujer, que hasta ese momento desconocía lo que había sucedido. Enseguida avisaría a un hermano del propietario del bar, quien también ignoraba a lo que podría aludir el cartel en cuestión.

Ante las sospechas de que pudiese haber ocurrido alguna desgracia, el hermano de Regueiro Ortigueira abrió el local con las llaves que disponía del mismo para encontrarse con la trágica y dantesca escena del crimen. El dueño del local aparecería ahorcado con un cinturón de una bata que había anudado a una barandilla, en tanto que el pequeño cuerpo de su hija, que estaba recostado sobre una silla, presentaba síntomas de haber sido estrangulada con una cuerda.

Inmediatamente después de haber descubierto aquella brutal y desagradable escena se comenzaron a suceder distintas hipótesis y versiones sobre las causas que habrían llevado a José Regueiro a tomar tan dramática y cruel decisión. En un principio se hablaba de que este hombre se encontraría en una más que problemática situación económica que le habría empujado a matar a su hija para después suicidarse.

Pasadas las horas, comenzó a tomar cuerpo la tesis de que recientemente el asesino y suicida se habría visto privado de la patria potestad que ejercía sobre la pequeña, tras una denuncia presentada por su progenitora. Los tribunales habrían tomado la decisión de retirarle la custodia de la niña, de la que él se había encargado desde que era un bebé, con apenas tres meses de vida.

Independientemente de cuáles hubiesen sido los motivos que pesaron en la conciencia de José Regueiro Ortigueira, lo cierto es que nos encontramos una vez más con un ejercicio siniestro de la sinrazón realizado sobre víctimas inocentes que no entienden sobre decisiones judiciales ni tampoco de esas otras que muchas veces se ceban con sus vidas, tomadas por unos progenitores que no son capaces de razonar y comprender que los pequeños son seres de lo más absolutamente inocentes que se puedan imaginar.

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El vampiro de Avilés

 

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Hace más de un siglo, la medicina todavía gozaba de una gran precariedad. Los limitados avances médicos de aquel entonces estaban al alcance de muy pocos. A todo ello se añadía que una gran parte de las gentes de la época se inclinaban antes por terapias tradicionales que las que dictaban los todavía escasos galenos que ejercían su labor a lo largo de toda la geografía en una época en la que no faltaban enfermedades e infecciones ante las que sucumbían una gran parte de los afectados. Una de esas enfermedades era la tisis, que se había convertido prácticamente en una sentencia de muerte para todos aquellos que llegaban a contagiarse.

Además de las dolencias propiamente dichas, se sumaban las ingentes necesidades que sufría una gran parte de la población, lo que provocaba que esta se diezmase a consecuencia de masivas emigraciones a América, principal lugar de destino de miles de gallegos y asturianos que se decidían a cruzar el Océano Atlántico. Esta terrible historia tiene su origen precisamente en tierras cubanas, uno de los lugares por muchos hombres y mujeres que se decidían a abandonar el país en busca de una prosperidad que se les negaba en su tierra de origen.

A Cuba llegaría, como tantos otros, en la segunda década del siglo XX Ramón Cuervo en la búsqueda de fortuna, que era prometida a bombo y platillo por las grandes compañías navieras que cubrían las rutas entre España y el nuevo mundo, aunque quien verdaderamente hacía fortuna eran los propietarios de aquellos impresionantes buques que se fletaban con destino a las Américas. El resultado final nada tenía que ver con las promesas iniciales, que se convertían en la mayor parte de los casos en agua de borrajas.

En América la vida no era jauja y había que tratar de sol a sol. Los gallegos se ganarían el mote de «comemierdas» por parte de los nativos de la isla antillana. Al igual que sucedía en España, también allí se sufrían enfermedades y los remedios tampoco existían. Eso le sucedió a Ramón Cuervo, quien, con apenas 22 años, contempló sangre en una de las flemas que había escupido, a lo que se unía un cierto cansancio en el duro trabajo que desarrollaba, por lo que decidió acudir a los médicos cubanos para que le facilitasen algún antídoto contra la enfermedad que padecía. El diagnóstico no pudo ser más desolador para aquel rudo y combativo emigrante. Sufría tuberculosis o tisis, lo que significaba poco menos que una sentencia de muerte en una época en la que todavía no se había descubierto ningún fármaco eficaz para tan cruel enfermedad que solía llevarse a una gran parte de la población joven. Los galenos le aconsejaron que permaneciese en la isla, pues el clima seco se suponía que le favorecería. Sin embargo, estar en Cuba sin trabajar tenía muchos costes para un emigrante joven que había ido en la búsqueda fortuna.

Un santero negro

En su desesperación, el emigrante asturiano acudió a un santero negro antes de regresar a su Asturias natal con la intención de que este le aconsejase algún remedio con la finalidad de evitar una muerte más que seguro en un espacio breve de tiempo. Este tipo de profesionales, que carecían de cualquier conocimiento científico al igual que la totalidad de curanderos y sanadores que pululan por toda nuestra geografía, le propuso una macabra solución, muy similar a la que facilitaban otros en la España de entonces, y que tendría unos resultados fatales, no solo para los enfermos sino para terceras personas, siendo esto lo verdaderamente grave.

La solución ofrecida por el «profesional» de la santería consistía en beber sangre caliente de un niño en el preciso instante en que esta saliese de su cuerpo. Con el billete en la mano, Ramón regresaba en el año 1917 a su Avilés natal con la clara intención de llevar a efecto la milagrosa receta que le habían ofrecido allende los mares. Al parecer, el conocido como «el vampiro de Avilés» habría intentado previamente engañar a algún que otro niño antes de asesinar a su víctima, pero sin los resultados deseados, pues todos ellos «por miedosos» declinaron la invitación y las propinas que les ofrecía el tísico emigrante.

Sin embargo, el 18 de abril de 1917 un crío de unos ocho años, Manolín Torres Rodríguez, aceptó ir con él a cambio de un real. Se encontraba jugando junto a otros tres niños en la plaza de la iglesia de la Magdalena. El astuto criminal le preguntó por la mantequería que regentaban sus padres. El pobre muchacho asintió con la cabeza y aceptó la exigua y envenenada propina que le había ofrecido aquel hombre. Se dirigió caminando con la cabeza bajada a cumplir con la tarea, aunque nunca llegaría al destino, pues el «vampiro» en un momento dado le dio a oler su pañuelo, mojado con cloroformo, para neutralizar cualquier acción a la pobre criatura. Aprovechando la inconsciencia provocada por la sustancia química, Ramón Cuervo le daría un navajazo en el pescuezo al pequeño, al tiempo que bebía su sangre que, como quedaría demostrado, no sería ninguna pócima milagrosa.

Azarosa búsqueda

A las ocho de la tarde del día de autos, cuando el sol ya había declinado, el padre de Manolín, que ya había regresado de su trabajo, llama insistentemente por su hijo. Lo mismo hace una vecina que se pierde en gritos llamando por la criatura. Todo les resulta muy extraño, pues el crío es un muchacho cumplidor y acataba siempre sin rechistar las órdenes de su padre. Pero, ese día algo grave habría ocurrido para no aparecer la criatura.

La búsqueda es infructuosa y el pobre niño no aparece por ninguna parte. A consecuencia de su desaparición, sus padres deciden poner el hecho en conocimiento de las autoridades para dar con el paradero del pequeño. Sin embargo, será su propio padre quien encuentre el cuerpo sin vida del chaval en un paraje conocido como La Trabuya, horas después del amanecer de la jornada siguiente a su desaparición. El niño ya había perdido el color en sus mejillas. A todo ello se unía el hecho que -según el dictamen de los forenses-, había perdido varios litros de sangre, tal y como declararía al juez el incriminado cuando le hizo la pertinente confesión.

Todas las hipótesis de la autoría del crimen señalan a Ramón Cuervo como autor del mismo, pues han sido varios los vecinos los que le habían visto en la tarde anterior con él. Pese a todo, se mantuvo firme en su posición en el interrogatorio, negando de forma reiterada que tuviese algo que ver con la muerte del crío. Fue necesaria la declaración de cuatro testigos para inculparle, además de los otros dos niños que jugaban con Manolín Torres. Por otra parte, los investigadores autorizaron la realización de la prueba de heces, todavía en estado experimental, pero que arrojaría un resultado abrumadoramente positivo, solamente explicable por la ingestión masiva de sangre.

Finalmente, con todas las pruebas en su contra, Ramón Cuervo se vendría abajo y terminaría declarando su culpabilidad ante el juez. Manifestaría que una vez que había asesinado al muchacho, se fue a pasar la noche en una pensión de Llano Ponte «tranquilo. Lleno de vida» o eso al menos le parecía a él. A partir de su inculpación y posterior traslado a la prisión de Oviedo, el 12 de mayo de 1918, se le pierde definitivamente la pista a un energúmeno que provocó una monstruosa tragedia, aconsejado por quien carecía de cualquier conocimiento sobre la salud humana. La cura definitiva de la tuberculosis todavía tardaría casi tres décadas en llegar. Mientras tanto, se siguieron produciendo algunos hechos similares al acontecido en Avilés por toda la geografía peninsular.

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Entierran viva a su hija de siete meses en Vigo

En el año 1992 se sucedieron una serie de acontecimientos en Galicia que conmocionaron y marcaron de forma extraordinaria a la sociedad gallega de la época. Lo peor de todo es que las tres víctimas de esos macabros sucesos eran niños de muy corta edad, en un caso un bebé de siete meses. En los otros dos, un niño sería estrangulado por una vecina suya en A Coruña, mientras que un depravado violaba y asesinaba de una manera horripilante a una niña de nueve años en la localidad lucense de Vilalba.

Uno de estos macabros acontecimientos sucedió en Vigo el 29 de febrero del año 1992, concretamente en su populoso barrio de Santo Tomé de Freixeiro. En esa fecha, unos jóvenes padres, que habían contraído matrimonio recientemente por aquel entonces, decidieron deshacerse de su hija de siete meses, Cristina, enterrándola viva, tras una ardua y acalorada discusión en torno a la paternidad de la pequeña. Los progenitores de la criatura, Pedro Alexandro Pereira da Silva, un ciudadano portugués de 19 años de edad, y María Magdalena Martínez Rey, de 20 años y que en ese momento se encontraba embarazada de cinco meses, tomaron esta decisión tras negar el padre de forma reiterada que la criatura fuese hija suya.

En un principio, al parecer, Pedro Alexandro había intentado asfixiar con sus propias manos a la niña cuando se encontraba en su cuna. Pero, antes de que falleciese decidieron introducirla en un envoltorio formado básicamente por plásticos para luego introducirla en un agujero de tierra, sin llegar a taparlo del todo, pues cuando los investigadores encontraron el cuerpo de la pequeña todavía le sobresalía una pierna. Además, los forenses pudieron constatar que todavía se encontraba viva en el momento de ser sepultada, pues le encontraron restos de tierra en la tráquea.

Frialdad

Después de haber enterrado a su propia hija, los dos asesinos mostraron una frialdad que sorprendería enormemente a su vecindario, pues les dijeron en reiteradas ocasiones que les había desaparecido Cristina mientras bajaron a depositar basura en los cubos destinados a este efecto. La misma versión narrarían en la Comisaría de Policía de Vigo cuando fueron a presentar la oportuna denuncia de desaparición, aunque muy pronto empezaron a levantar sospechas.

De la misma manera, a mediodía del domingo, primero de marzo, estuvieron tranquilamente tomando el aperitivo. En el transcurso de este clásico ritual, el padre de la niña fue duramente reprendido por su suegra por la frialdad que estaba demostrando. Al parecer, esta última le habría agredido con su bolso y los zapatos por encontrarse tan tranquilos mientras se desconocía el paradero de la pequeña.

A pesar de que el cerco se estrechaba ya demasiado, se seguirían enrocando en su postura de la desaparición en la jornada del domingo en sus declaraciones ante el comisario de policía de Vigo, quien, en un momento dado, detectó ciertas contradicciones en las declaraciones de los padres, por lo que decidió pasar a la ofensiva. El entonces responsable de la policía de la ciudad olívica, Luis Manuel García Mañá, observó que el padre de la criatura se comenzaba a encontrar cansado, nervioso y desconcertado, por lo que decidió interrogarle a el solo. En ese momento fue cuando Pedro Alexandro Pereira da Silva se derrumbó y contó todo lo sucedido, así como el lugar donde se encontraba enterrado el cuerpo de la pequeña.

Persona clave

La persona clave y a quien la madre de María Magdalena Martínez consideraba la responsable intelectual del crimen, era a su consuegra, la ciudadana portuguesa María Amelia da Silva, pues al parecer esta había sembrado la sombra de la duda sobre la posible paternidad de su hijo sobre la recién nacida. Además, la súbdita lusa también habría intentado coaccionar a su nuera para que abortase en el país vecino, aunque a última hora se habría negado. A todo esto se añadía, según el relato de María Magdalena Martínez, su suegra le habría sustraído 20.000 pesetas (120 euros) en el transcurso de su viaje a Portugal.

El suceso consternaría de sobremanera a la ciudad de Vigo, y muy especialmente al barrio de San Tomé de Freixeiro, pues nadie daba crédito a que se hubiese producido en aquel lugar un hecho tan macabro. La indignación vecinal se fue incrementando notoriamente a medida que se iban conociendo más detalles y pormenores en torno al truculento caso. De hecho, el funeral por la pequeña, además de constituir una gran manifestación de duelo, sirvió también para calibrar la indignación de toda la barriada contra los autores de la muerte de la pequeña, que serían ingresados en las prisiones de Vigo y Ourense respectivamente.

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El crimen de la maleta

Pilar Mazaira Álvarez. asesina del niño Pablo Rodríguez Pérez

A los que nos ha tocado vivir de cerca la Galicia de la década de los noventa tuvimos la suerte y hasta, porque no decirlo, el orgullo de vivir en una tierra preciosa que ya nada recordaba a la que vivieron nuestros abuelos y en parte nuestros padres. A los más jóvenes aquellas historias de la emigración en las que nos recordaban que nuestros ancestros salían por millares hacia tierras americanas a bordo de impresionantes navíos que tardaban hasta dos semanas en cruzar el Océano nos sonaban a chino. Tampoco vivimos ya pendientes de las cartas que procedentes allende los mares, aunque todavía recibíamos alguna de un pariente rezagado al que le había pillado la gran tormenta americana recluido en una inhóspita Habana o un desvanecido Montevideo o Buenos Aires. Tampoco nos impresionaban ya los lujosos automóviles, de llamativos y acentuados colores chillones que ya disponían de dirección asistida y de los que presumían por nuestras eternas corredoiras aquellos otros, que con más suerte que sus abuelos, habían hecho fortuna en Centroeuropa o las Islas Británicas, con el factor añadido de que podían disfrutar todos los años de unas magníficas vacaciones veraniegas que aún no tenían reconocidas muchos trabajadores que se habían quedado en su tierra. Ni que decir tiene que esa tierra era otra completamente distinta. Ya no escuchábamos las leyendas de meigas ni viejas y ancestrales supersticiones que se iban transmitiendo de unas generaciones a otras a la luz y el calor de una lareira por el extenso y vasto rural gallego que, una gran parte del mismo, parece si estar condenado a una extinción que no consiguieron ni las emigraciones americanas ni tampoco las europeas.

En esa próspera y feliz Galicia, en la que reinaba casi de forma magnánima el otrora presidente Manuel Fraga Iribarne, sucedían algunas cosas y hechos que podrían rememorar su pasado más remoto. Las meigas habían desaparecido, aunque quedase alguien que las pretendiese suplantar. Incluso, ir mucho más allá y convertir sus legendarios mitos en una truculenta y macabra realidad. Así sucedió en un mes de mayo de 1992, el año que parecía que iba a cambiar el mundo -por lo menos España- con la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona, aunque finalmente nos quedásemos con una truncada desilusión a raíz de los muchos juegos florales que nos habían prometido.

En aquel mes de mayo, siempre florido en teoría, una mujer oriunda de la Galicia irredenta, concretamente del pueblo berciano de Toreno, provocó uno de los crímenes más execrables que se recuerdan en Galicia. El día 19 de ese mismo mes Pilar Mazaira, que así se llamaba, decidió terminar con la vida de un pequeño de doce años, Pablo Rodríguez Pérez, hijo de una vecina suya que era, además, su socia en un gimnasio que regentaba con la madre de su víctima. Desconociéndose los motivos que le llevarían a hacerlo, secuestró al pequeño cuando este salía del colegio de los Salesianos donde cursaba sus estudios primarios, centro que se encontraba muy cerca de su casa. Se piensa que, dada la confianza que se supone que tenía con el crío, no le fue difícil engañarlo y llevarlo hasta su domicilio, sito en la calle Hospital de La Coruña, que era prácticamente contiguo a la casa en la que vivía el niño asesinado junto con su madre y sus hermanos.

Bulto pesado

El niño moriría estrangulado después de que su asesina vecina le propinase un golpe en la cabeza. Declararía, en el transcurso del juicio, que había dado muerte al pequeño con una media de mujer que le enrolló al cuello como si fuese una corbata. Al día siguiente, 20 de mayo de 1992, la mujer introduciría el cuerpo del niño en una maleta para tratar de llevarlo a la estación de RENFE de A Coruña, donde guardaría la macabra y pesada carga en la consigna con la ayuda de un ciudadano. Previamente, sendos taxistas, cuyos servicios requirió, también tuvieron que ayudarle a mover aquella tétrica maleta, que finalmente decidiría facturar en la agencia de transportes de la empresa SEUR con destino a Madrid. Los empleados de ésta declararían en el transcurso del juicio y coincidirían con los taxistas en el excesivo peso de aquel equipaje, unos 50 quilos.

El entonces corresponsal del diario EL PAIS en Galicia, Xosé Hermida, calificaría la posterior actuación de la asesina como de «delirante», ya que, tras matar al niño, varios vecinos de la mujer la vieron en el portal transportar ese pesado bulto, al que antes se aludía. La chapuza criminal no había hecho más que iniciarse.

Sin embargo, y a pesar de lo trágica y cruel que fue la muerte del pequeño, lo rocambolesco del caso llegaría a continuación. Cuando ya lo había asesinado, Pilar Mazaira, que tenía 52 años cuando cometió el crimen, llamó por teléfono a las tres y media de la tarde del día de autos a la madre de Pablo, Purificación Pérez, exigiéndole un rescate de 30 millones de pesetas (180.000 euros actuales). La asesina era conocedora de la extraordinaria situación económica de que gozaba la familia de su víctima, pues el abuelo materno del crío, un antiguo taxista originario de Monforte de Lemos, disponía de varias propiedades en la ciudad herculina, entre ellas el gimnasio en que eran socias Pilar Mazaira y Purificación Rodríguez. La persona que la llamaba trató de disimular su voz, disfrazándola con un ligero acento francés, aunque la receptora de la llamada le pareció reconocer levemente su tono. Indicaba, a su vez, que era miembro de una organización internacional dedicada al secuestro y la extorsión.

Su más que delirante actuación proseguiría poco tiempo después. Repetiría una nueva llamada a la madre de su víctima indicándole como quería que fuesen los billetes. Estos deberían ser de valor comprendido entre 2.000 y 10.000 pesetas (12 y 60 euros respectivamente). Posteriormente, pasaría la tarde haciendo compras por la ciudad, entre ellas la voluminosa maleta en la que facturaría el cuerpo del niño con destino a Madrid.

Nerviosa

La criminal pasaría la noche en la que el niño estaba desaparecido, y solo ella era conocedora de su dramático paradero, en casa de una amiga suya, que también lo era de Purificación Pérez, pues, al parecer, se encontraba muy nerviosa y algo agitada. Pilar Mazaira, según se pudo saber más tarde, hacía tres años que se encontraba a tratamiento psiquiátrico. Mientras, las investigaciones ya habían puesto el punto de mira en la presunta asesina, que sería detenida a mediodía del 21 de mayo, en el momento en que se dirigía a la sucursal de la empresa de transportes SEUR a preguntar si había llegado a su destino el pesado bulto que había facturado en la jornada anterior. Posteriormente, el grupo de homicidios de Madrid, alertados por sus colegas de la ciudad herculina, hallaría el macabro bulto con el cuerpo de Pablo Rodríguez Pérez en su interior, en el que también se encontraba su cartera del colegio.

El juicio contra esta infanticida despertó una gran expectación en Galicia. Corría el mes de octubre de 1993 cuando se conoció la sentencia. La misma condenaba a la asesina a 20 años de cárcel y a indemnizar con 25 millones de pesetas (150.000 euros) a los familiares de la víctima. Diez serían para la madre, que en ese momento se hallaba separada del progenitor del muchacho, cinco para el padre y otros diez para los dos hermanos del chaval.

No se sabe si a consecuencia de los beneficios penitenciarios, que en algunos casos como este resultaban escandalosos, si tal vez por la supuesta enfermedad mental que la aquejaba, Pilar Mazaira recobraría la libertad tan solo seis años después de haber cometido su escalofriante crimen. Su vivienda, embargada para hacer frente a todos los gastos derivados de su irracional y brutal actuación, sería adquirida años más tarde por un hermano de Pablo Rodríguez, quien justificaba su compra por 26 millones de pesetas (156.000 euros) en el año 2000 para evitar que su madre se siguiese encontrando con personas que le habían -poco menos- que destruido la existencia. Además, en esa fecha, siete años después de la sentencia condenatoria, la familia de la víctima todavía no había cobrado la indemnización. De Pilar Mazaira lo único que se sabe es que fallecería poco tiempo después de recobrar la libertad. No se trata nunca de alegrarse de la muerte de nadie. Nada más lejos de nuestra intención. Sin embargo, pensamos que algunos seres no deberían haber existido jamás y esta señora era uno de ellos.

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Asesina a los seis miembros de su familia en Ourense

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No cabe duda que dentro del panorama criminal todo nos produce una enorme repulsión, pero mucho más si entre las víctimas se encuentran niños. Se cuentan por decenas los casos en los que muchos de los muertos son seres inocentes, bien sea como víctimas colaterales o por tratar, con ello, de ajustar cuentas con un tercero. Independientemente de la hipótesis ante la que nos encontremos, lo cierto es que en todos estos casos nos invade una profunda sensación de asco y somos incapaces de entender como puede haber individuos de tan poca catadura moral para cometer hechos tan magnánimemente execrables que jamás podrán ser comprendidos.

El siguiente relato nos lleva al Ourense de principios de los años setenta, una ciudad que se hallaba en trance de un esplendoroso crecimiento urbano y demográfico a consecuencia de una constante llegada de forasteros procedentes de otros rincones de la provincia. En pleno casco histórico ourensán, a la altura del número 87 de la Avenida de la Habana, el 30 de enero de 1971, en torno a las seis y media de la mañana, el abogado ourensán Nicanor Rodríguez Taboadelo ordenó poner a sus cuatro hijos de rodillas, así como a su esposa Gloria Bobillo de la Peña y a la criada que tenían en casa, Filomena Gómez, una ciudadana portuguesa de la vecina localidad de Chaves. Los niños tenían edades comprendidas entre los dos y los ocho años de edad, en tanto que la empleada doméstica era una adolescente de 17 años.

Provisto de una escopeta de caza, Nicanor Rodríguez, un prestigioso letrado de la ciudad de las Burgas, comenzó su siniestro ritual al albor del nuevo día. No le dolieron prendas en ejecutar a todos los miembros de su familia en un macabro amanecer de una gélida y fría mañana del primer mes de 1971. Un vecino suyo, de una vivienda aledaña, escuchó un enorme griterío, oyendo los gemidos que proferían los niños mientras eran asesinados. Este buen hombre declararía posteriormente que nunca pudo imaginar que el prestigioso letrado, que formaba parte de distintas entidades y organizaciones -algunas de ellas dedicadas al mundo de la infancia- pudiese cometer semejante atrocidad. Al mismo tiempo, muy compungido, lamentaba no haber hecho más para evitar aquella tragedia. Además de no imaginarse ni por asomo lo que estaba aconteciendo, no le parecía elegante interferir en vidas ajenas y mucho menos a aquella hora de la mañana.

Una vez ejecutado el macabro plan, Nicanor Rodríguez salió a la calle completamente desnudo en pleno mes de enero. El mismo vecino al que antes se aludía, al percatarse de la situación, avisó inmediatamente a la comisaría de policía de la ciudad, que se encuentra a solamente 200 metros del lugar donde se cometieron los asesinatos. Hubieron de reunirse hasta once agentes para reducir al abogado que se encontraba en un impresionante estado de excitación, definido como de postración por la prensa de la época. Antes de ser detenido, el homicida se cortó en un brazo con la cristalera de un bar, por lo que hubo de ser ingresado en el Hospital Provincial de Ourense.

Entierro

El 1 de febrero, cinco de las víctimas recibían sepultura en el cementerio de Esgos, localidad situada a 20 kilómetros de la capital ourensana. La joven lusa sería trasladada al depósito municipal de cadáveres de Ourense a la espera de ser repatriados sus restos a la vecina localidad de Chaves, que dista tan solo 25 kilómetros de la frontera gallega con el vecino país de Portugal. De la vivienda que Nicanor poseía, bajaron tres féretros. Dos de los niños ocupaban el mismo arcón que su madre, en tanto que otros dos fueron introducidos en una misma caja de color blanco. Tanto durante el transcurso del funeral como en el cementerio de Esgos se produjeron impresionantes escenas de dolor y consternación. Nadie se podía explicar como una persona de una impecable reputación en la capital ourensana podía haber cometido semejante barbaridad, qué se le pasaría por la cabeza para terminar con la vida de seis personas inocentes.

Nicanor Rodríguez Taboadelo había vivido durante algún tiempo en Venezuela y estaba escribiendo un libro sobre filosofía, además de ser un estrecho cooperador del colegio al que acudían sus hijos. De la misma forma, era también colaborador habitual en la prensa diaria de la ciudad de las Burgas. En definitiva, que era toda una distinguida personalidad de la vieja Auria, que tantas veces había reflejado en sus magníficas novelas el célebre escritor gallego Eduardo Blanco Amor. Días antes de producirse el trágico y brutal crimen que conmovió a la Galicia de la época, Filomena Gómez Robles, la joven empleada doméstica, había dirigido una carta a sus padres en la que les manifestaba su deseo de adquirir la nacionalidad española, debido a lo satisfecha que se encontraba en casa de los Rodríguez-Bobillo

Pasaron varios días desde el impresionante crimen y el letrado todavía no había podido declarar, debido al no menos impresionante estado de excitación en que se encontraba. Nicanor Rodríguez Taboadelo cumpliría su condena en un centro de internamiento psiquiátrico.

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