Un niño gallego asesinado por un pederasta en Londres

Diego Piñeiro, el niño asesinado en Londres

No cabe duda alguna que la emigración gallega dejó una fecunda huella allí donde puso sus pies. Quizás fuese una de las diásporas que más ha sabido conservar sus ancestrales costumbres y reivindicar así su presencia tan lejos de su bonsái Atlántico. Sin embargo, también sufrió algunos lamentables episodios, que resonarían con fuerza en Galicia, provocando que quienes residían en la metrópoli alzasen su voz contra esos actos que, en algunas ocasiones, ocasionaron la muerte de algunas personas que se habían ido a ganar dignamente el pan con el sudor de su frente.

Ninguna muerte violenta nos deja indiferente, pero cuando las víctimas son niños -y no son pocas veces lo que esto sucede- parece que se nos encoje el corazón y somos presas de un particular quemazón, al que no encontramos explicación alguna. Así ocurrió un domingo del mes de mayo del año 2000, concretamente el día 7 de la mencionada treintena, cuando un pederasta le daba muerte a un niño de doce años, Diego Piñeiro, con quien se encontraba febrilmente obsesionado. Desde hacía tiempo la criatura estaba siendo perseguida por un hombre de 52 años, Edward Alexander Crowley, que no dejaba literalmente en paz al pequeño.

A última hora de la tarde de aquel trágico y fatídico domingo de primavera, el individuo que lo perseguía blandió un puñal ante el pequeño cuando iba en compañía de su hermano de quince años y, casi sin mediar palabra, comenzó su orgía de sangre, propinando varias puñaladas, mortales de necesidad, al niño. A pesar de la rápida intervención de otros transeúntes, estos no consiguieron detener a tiempo las garras asesinas del consumado pederasta, quien ya había pasado algún tiempo en prisión como consecuencia de su depravada actitud.

Acoso

Antes de producirse el desgarrador suceso, que consternaría tanto a la comunidad gallega de la capital británica como a la propia Galicia metropolitana, los episodios de acoso que sufría Diego Piñeiro por parte de quien acabaría convertirse en su verdugo eran constantes. Así se deduce de las denuncias previas presentadas por el centro educativo en el que se encontraba escolarizado el pequeño. En cierta ocasión, la criatura había entrado en el colegio a toda prisa en compañía de otro alumno del mismo centro, manifestando que estaba siendo perseguido por un hombre de una cierta madurez física. Sin embargo, la policía londinense hizo oídos sordos a las acusaciones realizadas por el centro de enseñanza en el que estudiaba el muchacho gallego.

El acosador y agresor de Diego no se cortaba lo más mínimo a la hora de atemorizar al crío, incluso efectuando algunas pintadas en las instalaciones de su centro escolar en las que se podía leer, entre otras cosas, «mi querido hombre latino» o «mi amor». Estos hechos, junto a la circunstancia de que lo persiguiese incluso en la parada del autobús, provocarían el lógico desasosiego tanto del pequeño como de la comunidad educativa. Por si fuese poco, en cierta ocasión Edward Alexander Crowley se presentó en el colegio del chico para recogerle a la salida de clase como si se tratase de su padre.

El 2 de noviembre de 1999 el pederasta persiguió incluso al niño en el parque en el que jugaba, en el que incluso colgaba notas referidas al crío en las que no dudaba en expresarle sus asquerosos y ruines sentimientos. Ante la constante persecución de la que estaba siendo objeto, la policía metropolitana decidió proveer al pequeño de un teléfono móvil para que pudiese realizar llamadas de auxilio, aunque esta medida, además de insuficiente, resultó ser completamente ineficaz.

La madre, que en el momento del asesinato de Diego Piñeiro se encontraba en Galicia, se desplazó inmediatamente a la capital británica, pero debió ser ingresada en un centro sanitario a consecuencia de una gran crisis de ansiedad. La progenitora acusó a la policía inglesa de subestimar las denuncias que se habían practicado hasta aquel momento por la actitud de un peligroso y nausebundo sujeto que terminaría convirtiéndose en verdugo de un niño de tan solo doce años.

La prensa británica, incluso los tabloides más amarillos y sensacionalistas, no dudaron en calificar de tragedia la muerte del pequeño gallego, al producirse a plena luz del día en pleno centro de la capital londinense y en una zona muy concurrida, además de conocerse por parte de las autoridades los antecedentes que pesaban sobre el agresor y de la actitud canallescamente hostil que había manifestado en reiteradas ocasiones contra el niño.

Una semana más tarde de su muerte, Diego Piñeiro recibiría sepultura en la localidad gallega de Pontedeume, de donde eran originarios sus padres. El progenitor residía en Betanzos, mientras que el niño vivía en Londres en compañía de su madre y su segundo marido.

Cadena perpetua

El asesino del niño gallego, Edward Alexander Crowley, sería condenado a reclusión perpetua en el transcurso de una vista desarrollada ante el Tribunal Supremo de Londres. El juez encargado de dirimir el infanticidio, Neil Denison impuso la máxima pena que contemplaba el código penal británico al declararse el pederasta como autor del brutal crimen.

El mismo juez había ordenado someter al acusado a unas pruebas médicas en las que se diagnosticó que Crowley padecía un cierto grado de esquizofrenia paranoide aguda, si bien el pederasta facultó a su abogado defensor para que este realizara los trámites oportunos para no cumplir su pena en un centro de internamiento psiquiátrico.

El criminal manifestó a su letrado también que nunca llegó a mantener contacto sexual alguno con su víctima, pero que no pudo evitar ser rechazado por Diego, motivo este que le provocó un gran desasosiego al no poder aceptar ser rechazado por la criatura. A consecuencia de este lógico rechazo, emprendió su brutal agresión en la que también resultaría herido de cierta consideración su hermano Roberto.

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