Viola y mata a una anciana de 90 años en Lugo

En los primeros años noventa la provincia de Lugo asistió a algunos hechos que se salían bastante fuera de lo común a lo que estaban acostumbrados en un territorio muy pacífico y tranquilo en los que nunca o casi nunca pasaba nada. Sin embargo, desde el crimen múltiple de Chantada al doble crimen de O Ceao, jamás resuelto, se sucedieron algunos episodios violentos que sobresaltaron a una tierra muy segura que veía como sus extensas y tradicionales áreas rurales habían comenzado un progresivo declive en beneficio de una capital que se estaba convirtiendo en una gran ciudad, dejando atrás ciertos tópicos del pasado.

Así, además del desgraciado suceso del suroeste lucense, se producirían otros acontecimientos sangrientos que dejaron anonadados a los siempre pacíficos y campechanos habitantes de la ciudad de Lugo y su larga y extensa provincia. En Chantada precisamente se volvería a repetir una tragedia que le costaría la vida a dos personas en el año 1990. Mientras, al año siguiente era asesinado el periodista Gerino Núñez. Y cuando todavía no se habían repuesto los lucenses de todos estos episodios violentos, un depravado pederasta le daba muerte a una cría de nueve años en la parroquia de Goiriz, perteneciente al municipio de Vilalba, en el año 1992.

En medio de estos truculentos sucesos, se produciría también un desgraciado hecho en junio de 1990, cuando un hombre de 47 años, Manuel A. López, le daba muerte a una anciana de 90 años, que se encontraba paralítica y encamada. El trágico crimen conmocionaría de sobremanera a la ciudad de Lugo y su provincia, ya que en esta ocasión el agresor se había aprovechado de la indefensión de su víctima, además de dar pruebas evidentes de una absoluta depravación personal. A algunos salvajes les da por violar niñas, a otros indefensas ancianas que se encuentran en estado semiterminal. Los extremos se tocan.

Borracho

Al parecer el hombre era amigo de uno de los sobrinos de Concepción López, la anciana enferma, a quien fue visitar. En ese momento el resto de los inquilinos de la casa, quienes se dedicaban al cuidado de la nonagenaria, se encontraban ausentes a consecuencia de un viaje. Supuestamente Manuel A. López era muy aficionado al alcohol y era habitual que lo consumiese en grandes cantidades. Esa tarde bebió varios litros de vino en el domicilio de la anciana, que terminaría siendo asesinada, hasta embriagarse completamente, circunstancia esta que contribuyó de forma decisiva a que se desinhibiese en el momento de perpetrar la agresión sexual, a consecuencia de la cual terminaría falleciendo la pobre mujer.

Tras encontrarse bajo los efectos del alcohol, Manuel se dirigió hacia la habitación en la que se encontraba Concepción, completamente imposibilitada desde el punto de vista físico. El homicida era un hombre de gran peso, que rondaba tranquilamente los cien kilos o, incluso, más, además de poseer una enorme envergadura. En el transcurso de la agresión sexual que llevó a cabo, le ocasionaría diversas fracturas y lesiones a la anciana, que se encontraba ya en un estado muy delicado de salud. Entre las heridas que les provocó algunas terminarían por dañar de forma irremisible sus ya de por si muy delicadas vértebras y también sus pulmones, circunstancia esta que fueron suficientes para terminar con su vida y que le provocarían la muerte prácticamente de forma instantánea.

El autor del crimen sería detenido días después de cometer su burda agresión. En un primer momento dijo no recordar nada, ya que se encontraba bajo los efectos del alcohol. Posteriormente, negaría los hechos en reiteradas ocasiones, pero las diligencias forenses llevadas a cabo demostrarían que en las sábanas de la cama, así como en la ropa que portaba la infortunada anciana se encontraron restos de sangre que pertenecían al mismo grupo sanguíneo del agresor, lo que constituía una prueba rotunda y concluyente en su contra.

22 años de cárcel

Dos años después de haberse cometido el abominable crimen, se celebraba en la Audiencia Provincial de Lugo la vista contra su autor material. El tribunal tuvo en cuenta la atenuante de alcoholismo que supuestamente padecía Manuel A. López por lo que rebajó sensiblemente la petición del fiscal, quien solicitaba un total de 24 años de prisión. Doce años de cárcel correspondían a la agresión sexual, mientras que los diez restantes se le imponían en concepto de homicidio, ya que el tribunal rebajó la calificación de asesinato a homicidio, aunque la acusación particular mantuvo la tesis del delito doloso. Además, debería indemnizar con ocho millones de pesetas (48.000 euros actuales) a los herederos de Concepción López, que eran los sobrinos con quien ella convivía y que se encargaban de cuidarla.

En el transcurso de la vista, Manuel A. López ofrecería de nuevo una versión distinta a la que había dado en los interrogatorios previos. Ante los magistrados de la Audiencia lucense declararía que cuando se encontraba en el domicilio en que residía la anciana, escuchó gritos procedentes de la habitación en la que ella se encontraba y acudió auxiliarla ante la eventual casualidad de que le hubiese ocurrido algún imprevisto. Al llegar al cuarto de Concepción López, sin saber explicar muy bien el cómo, el agresor dijo que había tropezado y caído sobre ella, lo que unido al delicado estado de salud de la víctima y al sobrepeso del agresor terminarían provocándole la muerte. Sin embargo, los investigadores tenían todos los cabos atados y muy bien atados.

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Mata a un vecino por impedirle pasar por su finca

Parroquia de Torbeo, Lugo, donde ocurrió el crimen

En la década de los sesenta del pasado siglo todavía no había comenzado la espectacular regresión demográfica del mundo rural gallego. Estaba en ciernes. Seguía siendo un territorio atávico y costumbrista, pero muy poco conocido tal como lo demuestran las pocas crónicas que en torno al el mismo se hacían. Era dibujado por la prensa estatal poco menos que una zona inhóspita, aunque distase bastante de esto último. Rara vez era reflejada con realismo y rigor. Las más de las veces se hacía con desprecio y no exenta de un falso aire de superioridad y paternalismo por quien hacía esas infantiles y vulgares crónicas.

Sus lugareños, todos ellos muy campechanos y con aire bonachón, permanecían ajenos a lo que se escribía en periódicos de Madrid y Barcelona. Era algo que no les preocupaba lo más mínimo. Su vida transcurría en medio de una pasmosa rutina, que tan solo se veía alterada en los meses estivales cuando celebraban sus fiestas patronales o bien cuando venían los miles de emigrantes que se habían trasladado hasta distintos países de Europa. En América solo quedaba Venezuela.

A pesar de ese ambiente rutinario y tranquilo a veces sucedían algunos acontecimientos que les hacían saltar de una forma espontánea y abrupta a las primeras páginas de los distintos rotativos, tanto de tirada regional como nacional. Entonces, muchas pequeñas localidades perdían, aunque solo fuera en el transcurso de unas horas, ese feliz anonimato en el que discurría una placentera y apacible vida, pese a las burlas que se pudiesen hacer en algún que otro medio de comunicación escasamente informado de lo que sucedía en Galicia.

Uno de esos hechos ocurriría en un pequeño lugar de la parroquia de Torbeo, perteneciente al municipio lucense de Ribas de Sil el día 25 de junio de 1968. Nunca se supo muy bien como habían ocurrido los hechos en la pequeña localidad de Cortes, que hoy en día cuenta con tan solo tres habitantes, mientras que el término municipal ya baja del millar, aunque en aquel entonces tenía censadas algo más de 2.500 personas.

Discusión

Al parecer, el suceso, que le costaría la vida a Juan González Freijo, de 75 años de edad, comenzó al atardecer de aquel día estival de 1968, en un tiempo en el que todavía estaba muy presente el mayo francés de aquel mítico año, cuando este reprochó a un vecino suyo el hecho de pasar con el caballo que montaba por una finca de su propiedad, pues entendía, que además de no tener derecho de posesión -figura controvertida en el derecho consuetudinario gallego- le destrozaba los cultivos que había cosechado.

Molesto por la actitud de Juan González, su vecino Eduardo Vázquez Losada, de 77 años de edad, descendió de su equino para «aclarar» las cosas con el dueño de la propiedad. Al parecer, según testificó en el juicio que se celebró en su contra en la Audiencia Provincial de Lugo, este último manifestó que la víctima le había insultado, además de ofenderle con distintos improperios. Llegado el momento, ambos se enzarzarían en una pelea cuerpo a cuerpo en el transcurso de la cual Eduardo sacó de su bolsillo una navaja de grandes dimensiones, muy propias en los hombres del rural gallego de la época, con la que asestó distintas puñaladas a Juan González Freijo.

Consciente de la gravedad que habían adquirido los acontecimientos, el agresor puso en conocimiento del vecindario el suceso del que acababa de ser protagonista e informó de las lesiones que le había inferido a su vecino, con quien al parecer no mantenía muy buenas relaciones. Inmediatamente sería trasladado al Hospital de Monforte de Lemos, con heridas muy graves, donde los médicos nada pudieron hacer por salvarle la vida, falleciendo a las dos horas de haber ingresado en el centro sanitario.

Ocho años de cárcel

En octubre de 1968 se celebró el juicio contra Eduardo Vázquez Losada en la Audiencia Provincial de la capital lucense. La autoridad judicial tuvo en cuenta el arrepentimiento espontáneo del agresor, así como el hecho de que hubiese avisado al vecindario de lo sucedido. Finalmente, sería condenado a la pena de ocho años de reclusión mayor y a indemnizar a los herederos de la víctima con la cantidad de 100.000 pesetas (600 euros actuales). El autor del crimen saldría de prisión al cumplir algo menos de la mitad de la condena, ya que se tuvo en cuenta la elevada edad con la que contaba, 77 años, hace ya más de medio siglo, unos dígitos que no alcanzaba todo el mundo en aquel entonces.

Con este suceso, saldría una vez más el viejo, difuso y falso mito de la mal llamada Galicia profunda, así como una de las causas por las que era más común que en la época ocurriesen desgraciados sucesos como este. Una gran parte de estos acontecimientos sangrientos obedecían a un orgullo personal mal entendido o a viejos rencores que saltaban en el momento menos esperado por otros hechos que habían ocurrido en el pasado.

Los diarios de Madrid y Barcelona se encargaban de hacer carnaza con los muy pocos sucesos de estas características que ocurrían en el mundo rural gallego, presentándolo poco menos que si fuese un territorio comanche. Sin embargo, Galicia jamás fue el este americano y si el punto más occidental del Finisterrae conocido, que nada tenía que ver con aquellas estrambóticas crónicas que se reflejaban sobre un amarillento y crudo papel que tiznaba las manos con su espesa y tóxica tinta negra.

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Diez niños muertos por meningitis en Lugo

El año 1979 era o tenía que ser especial para muchos niños. La ONU lo había declarado oficialmente como el «Año Internacional del niño y el joven». En casi todas las actividades que se desarrollaban, incluso las que les podían resultar más ajenas, los críos eran los protagonistas, con constantes alusiones a quienes eran el futuro de un mundo en el que, como se encargaba de recordar UNICEF, cada tres segundos moría de hambre un pequeño. Y la mayoría, en África. Hasta un jovencísimo grupo de muchachos, conocidos como «Caramelos» se encargaron de hacerle los coros a Betty Misiego en el festival de la canción de Eurovisión, que se celebró en la oficiosa capital de Israel, Tel-Aviv.

Pese a todo, la realidad era muy tozuda. No todos los niños de la época, ni desgraciadamente tampoco ahora, tenían satisfechas sus necesidades más básicas en todo el planeta, si bien es cierto que en España ya gozaban todos de escolaridad plena. Aún así, en la Galicia de hace cuatro décadas eran muchos los pequeños que contribuían con su esfuerzo al trabajo doméstico de las familias, principalmente en los entornos rurales, donde era muy frecuente que llevasen a pastar las vacas o hacer cualquier otra actividad que hoy en día no dejaría de resultarnos extraña, tal como cargar con haces de hierba, nabos o cubos de agua en aquellos lugares que todavía carecían de acometida, cuando no inaudita para unas criaturas que todavía no habían alcanzado su primer decenio de existencia. La vida era así y era muy comúnmente aceptado.

En aquel entonces todavía se producían algunos brotes de enfermedades, algunas de ellas infecto-contagiosas, siendo la mayoría de sus víctimas críos de edades muy tempranas. En mayo de 1979, un año que no fue muy agraciado para los jóvenes gallegos por los trágicos y desgraciados sucesos del Órbigo y el río Ulla, se desataba el pánico en la provincia de Lugo a consecuencia del incesante goteo de casos de niños fallecidos a consecuencia de infecciones por meningitis hasta el extremo de que en uno de sus municipios, Baralla, las mujeres embarazadas e incluso familias con hijos en edad escolar abandonaban la localidad a causa del abundante número de casos que allí se registraban. En tan solo una semana habían fallecido dos niños de esta villa en el Hospital Xeral de Lugo, María Jesús Rodríguez, y un primo suyo, Miguel Ángel. También contraería la misma dolencia María del Mar, hermana de la niña fallecida, pero afortunadamente y por suerte pudo superar con éxito la enfermedad.

«Mal de Nápoles»

Unos rumores, totalmente infundados y carentes de todo tipo de rigor, se divulgaron de forma viral por la villa de Baralla señalando que las dos muertes y la infección de un tercero eran a consecuencia del conocido como «Mal de Nápoles», una enfermedad de tipo venéreo, pese a que las autoridades se encargarían de desmentirlo en reiteradas ocasiones, ya que esa patología no guardaba relación alguna con la inflamación de las membranas que rodean el cerebro. No dejaba de ser más que un mito, cuando no un ancestral prejuicio de antaño que todavía estaban muy presentes en la sociedad gallega de entonces, que hoy denominaríamos como fake news. El otro caso mortal de meningitis ocurrido en la provincia en mayo de aquel año se registró en la localidad de Outeiro de Rei, situada a diez kilómetros al norte de la capital lucense.

Las autoridades de la época, entre ellos el delegado provincial del Ministerio de Sanidad, Cándido Sánchez Castiñeiras, pretendían quitar hierro al asunto y negaban la existencia de una plaga, pese a que en los tres primeros meses de 1979 habían muerto cinco niños como consecuencia del virus B de la meningitis cerebro-espinal. En sus distintas comparecencias ante los medios de comunicación, apuntaba a que los casos registrados en Lugo no guardaban relación entre sí y por ello debía reinar la calma en la población.

En tan solo medio año, en esta provincia gallega se habían registrado ya 140 casos falleciendo un total de ocho niños. La mayoría de los mismos se habían producido en el área de la costa lucense, la más desarrollada de toda la demarcación. Además de Baralla y Outeiro de Rei, también se habían registrado casos mortales en Lugo capital, Ribadeo, Vilalba, Viveiro y Foz.

Las lluvias y la meningitis

En los últimos meses de aquel trágico 1979 se comenzó a realizar un balance de la evolución de la enfermedad en la provincia, que resultaba mucho más positivo en la segunda mitad del año que en el primer semestre, disminuyendo notoriamente la cifra de víctimas mortales. Aún así, hubo que lamentar la muerte de dos nuevas criaturas que volverían a hacer saltar las alarmas entre una población que no acababa de creerse las llamadas a la calma que le hacía su clase dirigente.

El mismo director provincial de Sanidad, Sánchez Castiñeiras, apelaba a la benevolencia del clima para evitar que se siguiesen produciendo nuevas muertes a causa de la meningitis. En una rueda de prensa señalaba, sin rubor, que la llegada de la época pluviométrica contribuiría a reducir notablemente la cifra de casos, que al final del año se situaría en 158, señalando que en otoño se habían registrado muchos menos casos que en primavera, pese a que indicaba a su vez que habría que estar alerta en previsión de que hubiese un rebrote de la patología.

En aquel 1979 la provincia de Lugo solamente fue superada por la de Barcelona a nivel estatal en cuanto a la cifra de casos detectados y también de defunciones. Se situaba en tercera posición una demarcación provincial andaluza. Por desgracia, en los dos años siguientes seguirían registrándose nuevos casos de meningitis en Lugo, sin que descendiese la cifra anual de decesos hasta 1983.

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Tragedia de un autocar lucense en el este de Francia

En el año 1991 todavía vivía cierto sector de la sociedad gallega con la resaca de la llegada a la presidencia de la Xunta de Galicia de Manuel Fraga Iribarne, quien, con el paso de los años se terminaría convirtiendo en el gran icono del país gallego de final del milenio. Aquel territorio, que el presidente gallego había abandonado cuando era apenas un chaval, ya no guardaba similitud alguna con el que él mismo había conocido en su más tierna juventud, pese a que todavía quedaban algunas reminiscencias históricas.

Los gallegos habían jubilado, prácticamente de forma definitiva, al tradicional carro del país, que ahora servía como elemento decorativo a la puerta de viviendas, chalés y algunos parques públicos como una añorada pieza de museo de un tiempo que, sino fue mejor, cuando menos parecía más humano y mucho más divertido. En aquellos primeros noventa Fraga Iribarne hubo de hacer frente a algunas contrariedades derivadas de la situación en la que se vivía en el territorio que presidía, haciendo, a veces, casi la función de un virrey.

El primer año de su mandato se encontró con la fiereza de los incendios forestales, cuya lucha casi había convertido en el estandarte principal de su credo político, pese a lo cual aquel año ardieron varios millares de hectáreas devoradas por un fuego destructor y arrasador que parecía no tener fin. Hubo de enfrentarse también a la amenaza terrorista, que tomaba forma en un grupo que se autodenominaba Exército Guerrilheiro do Pobo Galego Ceibe, quien, en 1988, había volado la residencia estival del mismísimo Fraga Iribarne.

No hubo tiempo de tregua. A la contrariedad que suponía el fuego forestal, se sumaba en el verano de 1991, concretamente en la madrugada del 4 de julio de ese mismo año, un terrible accidente de tráfico, ocurrido lejos de tierras gallegas, pero en el que se había visto involucrado un autocar que había partido de Galicia con una excursión de un grupo de alumnos pertenecientes a la Escuela de Artes Aplicadas Ramón Falcón de la ciudad de Lugo. Y es que cuando los siniestros se producen fuera parece que pillan a la gente un tanto desangelada y se genera una preocupación, no exenta de esa tensión y culpabilidad que, en otras circunstancias, suele atenuarse con la ayuda de quienes están más próximos.

Autocar arrollado

En aquella fatídica madrugada un numeroso grupo de estudiantes del centro de artesanía lucense regresaba de una excursión que habían organizado a tierras alemanas con motivo del fin de curso. Muchos de los que viajaban, al encontrarse ya en plena madrugada, iban durmiendo, lo que unido a la oscuridad de la noche impidió la inmediata reacción.

Las causas del siniestro, que se produjo en la localidad francesa de Beçanson, en el este del país galo, nunca estuvieron del todo claras, aunque se supone que el vehículo sufrió un reventón en una de sus ruedas lo que le provocaría que se quedase atravesado en la carretera. Un camión que venía en la misma dirección no tuvo tiempo a esquivarlo y arrollaría al autobús, perteneciente a la empresa Monforte, provocando la muerte de tres de sus ocupantes, entre ellos su conductor Alberto Balboa Díaz.

Inmediatamente las asistencias del país vecino se desplazaron al lugar del suceso con la finalidad de socorrer a todas las víctimas, siendo inmediatamente trasladadas a distintos centros sanitarios de las proximidades. Además del conductor, perecerían en el autocar siniestrado dos alumnas del centro que se encargaba de organizar la excursión. Se trataba de Luisa Fernández y María Dolores Martínez Fuster.

15 heridos

Como consecuencia del trágico accidente, resultarían heridas otras quince personas, todos ellos jóvenes con edades comprendidas entre los 18 y los 28 años. Para poder conocer la evolución de los heridos se organizarían vuelos entre Santiago de Compostela y la localidad suiza de Zürich, que era la más próxima al lugar del siniestro que poseía aeropuerto. Hasta Beçanson se desplazarían, además de los familiares de las víctimas, algunas autoridades del Gobierno gallego y representantes del Gobierno Civil de la provincia de Lugo.

Algunos de los heridos, debido a que presentaban una evolución favorable, fueron trasladados a centros sanitarios gallegos para proseguir con su recuperación. Además, como en otras ocasiones, el accidente trastocaría muchos planes familiares y crearía la lógica preocupación, alarma y confusión de los familiares y amigos de los afectados, y más en estas circunstancias en las que el siniestro se había producido muy lejos de la tierra gallega.

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Cuatro trabajadores sepultados en un pozo en O Incio (Lugo)

En la década de los años ochenta del pasado siglo todavía resistía -con una cierta fuerza que cada vez se iba debilitando más- la Galicia eterna, o lo que es lo mismo el ancestral y apacible mundo rural. Todavía eran muchos los gallegos que poblaban aquellos lares que parecían estar condenados a una desaparición que ni siquiera habían podido lograr las emigraciones americana y europea. Sin embargo, la baja tasa de fecundidad y el masivo envejecimiento de la población se están convirtiendo en los letales enemigos de esa apacible Galicia para cuyos moradores el tiempo todavía sigue marcado por la puesta de sol y las estaciones del año.

En ese territorio, otrora denostado por muchos que querían demostrar un cierto rango de superioridad y una indisimulada hostilidad, se hacían innumerables trabajos que, en algunas ocasiones, estaban al margen de la ley o, cuando menos, no se requería una capacitación especial como se precisa en la actualidad. Eran muy frecuentes las ayudas vecinales y familiares para la realización de obras o trabajos de adaptación de los más variados servicios a los domicilios particulares. Muchas veces se elegía el fin de semana. Otras se hacía después de la puesta de sol.

En uno de esos labores, a media tarde del 19 de septiembre de 1986, cuatro hombres perderían la vida mientras hacían un pozo en el lugar de Barbaín, perteneciente a la parroquia de Noceda, en el municipio lucense de O Incio. Los cuatro quedarían sepultados en un impresionante alud de tierra que se derrumbó sobre ellos como consecuencia de un inesperado corrimiento del terreno en el que estaban perforando un pozo.

Mejora del abastecimiento

La finalidad de los trabajadores que se encontraban realizando el pozo que les costó la vida era mejorar el suministro y abastecimiento de aguas de uno los lugares de la parroquia de Noceda, una entidad poblacional que ya entonces tenía poco más de un centenar de habitantes y que se ha visto reducida en los últimos tiempos a poco más de 75 debido al creciente despoblamiento que está afectando seriamente al rural gallego.

Al parecer, el corrimiento y derrumbamiento de las paredes laterales del pozo se pudo deber al propio estado del terreno, por tratarse de una zona húmeda y montañosa, unido a que a la hora de efectuar este tipo de obras no solían tomarse muchas precauciones, no siendo esta la primera vez que acontecía un desgraciado suceso de las mismas características.

Alrededor de las cuatro de la tarde, cuando aquellos trabajadores se habían introducido en el interior de la superficie perforada, se produjo el inesperado derrumbamiento atrapándolos a todos ellos a la vez, sin que ninguno de ellos pudiese hacer nada por salvar la vida. Además, resultaba un poco extraño que el corrimiento de las tierras atrapase a los cuatro a la vez en una superficie de poco más de cuatro metros de profundidad, pues era habitual que, cuando se hace este tipo de obras, alguno de ellos se encontrase en el exterior para recibir la tierra que se extraía desde la hondura en que se realizaban las obras.

Excavadoras

Al percatarse los vecinos de la contorna del suceso acaecido, inmediatamente se pusieron manos a la obra para intentar rescatar a los trabajadores atrapados en el pozo. Sin embargo, sus resultados fueron vanos. Para extraerlos del lugar en el que habían quedado sepultados fue precisa la intervención con palas excavadoras. Debido a la orografía del terreno, muy abrupta, tardarían más de cinco horas en rescatar los dos primeros cuerpos, siendo encontrados en torno a las nueve y cuarto de la noche. Los otros dos cadáveres fueron hallados una hora más tarde.

Los fallecidos en este trágico siniestro fueron Manuel Luizán Díaz, de 29 años; Arturo Gay Casas, de 18; Emilio Rodríguez González, de 63 y Manuel Casas González, de 49. Todos ellos eran vecinos de la localidad en la que tuvo lugar el siniestro lo que provocaría la lógica consternación en toda la comarca de Sarria, a la que pertenece el municipio de O Incio.

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El asesinato del periodista Gerino Núñez

Gerino Núñez, periodista de El Progreso asesinado en el año 1991

Reconozco, y no me importa decirlo, que hay artículos en los que se me pone la piel de gallina al escribirlos. Este es uno de ellos. No es común que utilice la primera persona en la redacción de mis textos. Hoy será una excepción. El motivo no es otro que el conocimiento personal de la víctima, quien, por encima de todo, además de ser un profesional como la copa de un pino, tal y como estamos acostumbrados a decir en el argot periodístico, era todo un caballero. Una persona noble y cabal de las que nunca ha habido muchas.

Conocí a Gerino Núñez en el verano del año 1987. En aquel entonces contaba yo con apenas 19 años y cursaba estudios de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. El verano era época obligada para hacer prácticas con la finalidad de ir entrando en contacto con los diferentes medios de comunicación. Y que mejor que en el periódico de tu tierra, El Progreso. El periodista viveirense era de esas personas que no pasan desapercibidas, pese a su discreción. Hacía gala de una filosofía y una sana retranca llena de buen humor que ayudaban a sobrellevar cada jornada de la mejor manera posible. Años más tarde también seríamos compañeros en la redacción del mismo diario. Me refería antes a su retranca y transcribo aquí una anécdota, ocurrida en septiembre del año 1990. Un sábado a la noche le comunicaba, por teléfono, el fallecimiento en un accidente laboral de un joven vilalbés mientras hacía un pozo en su casa. Le dije que el infortunado era hijo único y que no tenía más hermanos. Antonio -contestó un siempre risueño Gerino- los hijos únicos acostumbran a no tener hermanos.

En la mañana de aquel 16 de julio de 1991, mientras gozaba de mis vacaciones estivales ya que desde hacía unos meses desarrollaba mi labor profesional en la Agencia EFE en su redacción central de Madrid, me sorprendió una noticia a través de Radio 4, emisora desaparecida perteneciente a Radio Nacional de España, en la que se informaba de que en la tarde noche del día anterior había sido localizado el cuerpo sin vida de Gerino Núñez, en su vivienda de la luguesa rúa Ourense. Se afirmaba ya, con total rotundidad, que el periodista había sido asesinado y que las fuerzas de seguridad estrechaban el cerco al presunto criminal. Esto último, por desgracia, distaba mucho de ser cierto.

Quienes tuvimos la suerte de tratarlo personalmente, sabíamos que Gerino Núñez era un hombre noble y cumplidor. Además era madrugador, siendo siempre el primer profesional que llegaba todas las mañanas a la redacción del rotativo lucense. Sin embargo, la mañana del 15 de julio de 1991, fecha en que fue asesinado, el periodista viveirense se demoraba demasiado. De hecho, el resto de compañeros se alarmó al percatarse de su inusual ausencia, sospechando que quizás algún contratiempo de última hora le impidiese acercarse a la redacción del diario en el que trabajaba.

En una bañera

El cuerpo de Gerino Núñez, de 59 años de edad, fue hallado por sus familiares, en torno a las ocho de la tarde de aquel trágico 15 de julio, en una bañera del piso de su propiedad con evidentes signos de violencia. Se suponía que el agresor debía ser una persona con una envergadura muy superior a la del infortunado periodista, quien no era un hombre de gran corpulencia. Al parecer, su muerte había sido por estrangulamiento. Su agresor le había taponado la boca, nariz y oídos, además de dejar el cuerpo semidesnudo y con las manos atadas a la espalda. Se encontraron algunas gotas de sangre en el suelo del piso, probablemente debidas al forcejeo que ambos mantuvieron en el instante en el que se produjo la mortal agresión.

Tras encontrar el cadáver del periodista, el horror y la estupefacción se apoderó tanto de sus compañeros de su trabajo como de una ciudad, Lugo, que siempre ha tenido fama de ser un lugar tranquilo y apacible, de los que nunca pasa nada, y en el que sus ciudadanos gozan de una más que razonable calidad de vida. Al día siguiente, una imagen de Gerino Núñez, ilustraría la primera página del rotativo en que prestaba sus servicios, bajo el sencillo titular de «Gerino Núñez, asesinado». No se necesitaba mucho más.

Antes de que llegase la policía al lugar de autos, hubo un hecho que llamó especialmente la atención de los investigadores. Este no fue otro que su familia, convivía con una sobrina y sus dos hijos, había adecentado la casa y retirado el cuerpo de Gerino Núñez de la bañera. Se le realizarían dos autopsias. La primera no arrojó datos concretos, en tanto que de la segunda se había extraído la firme conclusión de que había fallecido por estrangulamiento.

En cuanto a su presunto asesino se señalaba en aquel entonces que era alguien que lo conocía, además de haber efectuado un ritual en torno al crimen, pues los cajones de las diferentes estancias aparecieron revueltos y algunos objetos colocados sobre la cama con de forma geométrica con la que el autor de la muerte del periodista pretendía indicar algo a los investigadores. A ello se sumaba el hecho que había aparecido una de sus fotos tachada con una cruz en la otra casa que el periodista asesinado tenía en Lugo. Además, en esta última se percibió olor a gas y se encontró un pequeño artefacto explosivo que el mismo autor del asesinato había fabricado, aunque no llegaría a estallar.

Hipótesis sobre el asesinato

En un principio se barajaron varias hipótesis en torno al móvil del crimen que le había costado la vida al redactor de sucesos de El Progreso. En un principio, y como no podía ser de otra manera, se sospechó que su muerte podría estar directamente relacionada con el ejercicio de su tarea profesional. Sin embargo, muy pronto se desecharía esta posibilidad, ya que el periodista en ese momento no se encontraba realizando ninguna tarea en torno a la cual pudiese sentirse amenazado. O, al menos, eso se creía.

Se llevaron a cabo diversas detenciones de algunos individuos que pudiesen guardar alguna relación con el crimen que le había costado la vida al redactor de sucesos del diario lucense. Sin embargo, ninguna de ellas ofrecía resultados. Comenzó a especularse mucho acerca de quien o quienes podrían estar relacionados con la muerte de Gerino Núñez, llegando a elaborarse casi una teoría de la conspiración sobre su asesinato, aunque no dejaban de ser infundadas suposiciones fruto de muchas elucubraciones que poco o nada tenían que ver con los hechos.

Había un aspecto que llamaba profundamente la atención de los investigadores en torno al caso. Este no era otro que el comentario que había realizado el periodista los días anteriores a su óbito a una monja del convento de Valdeflores, en su Viveiro natal, en la que le decía a una monja que rezase por él, pues estaba metido en problemas muy gordos. Nunca se supo a que obedecía este comentario del desaparecido informador.

A lo largo de aquellos primeros tiempos, concretamente ocho meses después de su muerte, hubo otro hecho que no pasaría desapercibido y es que su familia cambiaría el cuerpo de Gerino Núñez de nicho, que había sido enterrado en el cementerio viveirense. Al tener conocimiento del hecho, las autoridades judiciales abrieron una investigación. Sin embargo, creyeron en la buena fe de su familia quien declararía que era voluntad del periodista desaparecido descansar en la misma sepultura que sus padres.

Pasaron bastantes años y nada se sabía quien podría haber sido el autor de la muerte del periodista mariñano. Hasta el punto que unos años mas tarde, en mayo del año 1994, el juez encargado del caso José Antonio Varela Agrelo decretaba el archivo provisional de la causa. Ello no implicaba obligatoriamente dar carpetazo al asunto, aunque si que entraba en punto puerto. El magistrado tendría que salir al paso de los rumores populares que llegaban a indicar que si se sabía quien estaba detrás del asesinato de Gerino Núñez, probablemente se montaría un gran escándalo en una ciudad tan tradicional como Lugo. De hecho, incluso se llegó a mencionar el nombre de una destacada personalidad de la época ya fallecida.

Detención de Vilarchao

Cuando casi todo el mundo había perdido las esperanzas de que se esclareciese el asesinato del periodista de Viveiro, en noviembre de 1995 era detenido en Gijón Emilio Pérez Vilarchao, un conocido delincuente al que la policía calificaba como un peligroso psicópata y depredador. Su detención se produjo a raíz del triple crimen que había perpetrado en la ciudad asturiana en el que había asesinado a otras tres personas en un ajuste de cuentas por tráfico de estupefacientes. En su poder fueron hallados dos relojes que habían pertenecido al informador muerto, que luego el declararía que se los había adquirido a un perista. A sus tres últimas víctimas las había torturado antes de darles muerte. Las mismas serían encontradas por terceras personas a raíz del hedor que desprendían en septiembre del año en que fue detenido, pues se encontraban ya en un avanzado estado de descomposición.

En su declaración ante la policía, Vilarchao, que era un viejo conocido de la policía, testificaría que había dado muerte a Gerino Núñez por encargo de un preso a quien conoció en el penal lucense de Bonxe. Sin embargo, el asesino desmentiría en distintas ocasiones su versión, llegando incluso a negarla una vez que hubo abandonado definitivamente la cárcel. Al igual que hasta llegó al extremo de negar que había dado muerte al periodista viveirense.

Emilio Pérez Vilarchao, que pasó más de la mitad de su vida entre rejas, sería condenado por la Audiencia Provincial de Lugo a 20 años de prisión por el asesinato de Gerino Núñez. A ello se sumaba los 85 que le había impuesto la Audiencia asturiana por el triple crimen de Gijón. Sin embargo, conseguiría que se le refundiesen ambas condenas, obteniendo la libertad provisional en el año 2012, al beneficiarse de la anulación de la «Doctrina Parot».

El asesino confeso de Gerino Núñez volvería a caer de nuevo en las redes de la delincuencia en los años 2014 y 2016, acusado en ambas ocasiones de robo. En la primera se había apropiado del perro de un conocido, en tanto que en la segunda regresaría a la cárcel tras robar herramientas en una empresa de construcción. Su historial delictivo no ha cesado nunca de crecer.

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Cinco niños muertos por un brote de sarampión en Lugo

En los últimos años del franquismo algunas zonas de la provincia de Lugo, principalmente sus extensas áreas rurales que se encontraban en los lugares más remotos, continuaban siendo lugares pintorescos y hasta bucólicos que eran retratados muchas veces por la prensa más costumbrista y tradicional de la época como sitios poco menos que carentes de cualquier atisbo de civilización. Sin embargo, tal visión distaba mucho de ser genuinamente real y no dejaba de ser una falsa imagen trazada a través de viejos e infaustos prejuicios que nada tenían que ver con la realidad.

Era cierto que en aquellos últimos años del anterior régimen el territorio del nordeste gallego todavía disponía de unos elevados índices de subdesarrollo que se traducían en una agricultura de autoconsumo que se había anquilosado en una sociedad que, en parte, todavía respondía a planteamientos pretéritos. En aquel entonces, el sector primario era el grupo económico que ocupaba al ochenta por ciento de la población lucense, encontrándose ya en franca regresión debido a la elevada edad media de sus trabajadores.

En ese contexto y en esa situación histórica, la provincia de Lugo saltará a las primeras páginas de los principales diarios estatales al detectarse en los primeros días de junio de 1974 una epidemia de sarampión que afectaba, principalmente, a la zona oriental de la montaña luguesa por un brote que no dejaba de ser circunstancial, aunque la prensa de Madrid se empeñaba en calificarlo como «localizado y propio de zonas subdesarrolladas», basando sus lúgubres argumentos en que el territorio afectado era una zona aislada y con abundancia de micronúcleos poblacionales muy diseminados en pequeñas aldeas. Como si en el resto de Galicia no se diesen las mismas condiciones.

En una misma familia

El brote se localizaba principalmente en A Fonsagrada dónde morirían hasta cuatro niños a consecuencia de la enfermedad, dándose la trágica circunstancia que tres de los fallecidos eran hermanos. Otros seis niños del mismo municipio lucense serían ingresados en la antigua Residencia Sanitaria Hermanos Pedrosa Posada de Lugo, algunos de ellos en estado muy grave, aunque, finalmente y por suerte, no hubiese que lamentar más fallecimientos.

Un quinto caso de sarampión mortal se dio en la localidad de Ferreira do Valadouro, en el noroeste lucense, dónde moriría un niño de nueve años en su escuela hogar que, curiosamente, era de Cervantes, en Os Ancares, un área geográfica próxima a la que habían producido los otros cuatro óbitos. Por aquel entonces informaba la prensa que el denominado «sarampión de la muerte», tal y como había sido bautizado, estaba afectando a más de 300 escolares fonsagradinos y a otro centenar en el resto de la provincia, siendo un total de 200 aldeas de montaña en las que se registraba una mayor incidencia, según una nota de prensa emitida por la Dirección General de Sanidad.

La noticia no dejaría indiferentes a las apáticas autoridades del régimen franquista que trataban por todos los medios de silenciar en la medida de lo posible la repercusión de la información en el resto de Galicia y consiguientemente en el resto del Estado. Por aquellos días, en torno al 9 de junio de 1974, el entonces ministro de Educación y Ciencia, Cruz Martínez Esteruelas, uno de los «Siete Magníficos» de Manuel Fraga Iribarne, se desplazaría hasta la población de la montaña lucense para tratar de apaciguar los ánimos de un territorio que no solo estaba olvidado, sino que se tenía la impresión de que ni siquiera existía para los gobernantes de aquel entonces, aunque en ese aspecto no han cambiado prácticamente nada las cosas.

De la misma forma, el Centro Nacional de Microbiología y Virología, con el doctor Florencio Sánchez Gallardo al frente, desplazaría un equipo de profesionales hasta A Fonsagrada para la realización de un estudio de la enfermedad que había matado a cinco escolares. Las primeras medidas tomadas fueron de profilaxis y vacunación masiva de niños, a quienes se les inoculaba la vacuna gamma globulina si no habían padecido la variedad de sarampión que había costado ya cinco vidas.

Calmar a la población

La Dirección General de Salud emitiría un comunicado, que hoy en día nos parece grotesco e irrisorio cuando no hasta de mal gusto y cercano al más bochornoso y patético humor negro, en el que, además de negar la incidencia que estaba cobrando la epidemia de sarampión, se instaba a la población a que se mantuviese en calma, añadiendo que no había motivos para alarmarse. Claro que no había motivos para la preocupación. ¿Y no era alarmante de por si el hecho de que hubiesen fallecido cinco criaturas? Suena a tomadura de pelo.

Por si los dislates no fuesen suficientes, en su comunicado hecho público en la jornada del 6 de junio de 1974, achacaba la morbilidad del brote de sarampión a un grupo social determinado que disponía de defensas bajas. Esta circunstancia era debida, según el mismo comunicado, a la gran diseminación de la población que estaba sufriendo la epidemia, como era el caso de la montaña lucense. Añadía que una infección generalizada de esas características era mucho más improbable en cualquier núcleo urbano. Ahora bien, no aporta ningún dato riguroso en el que se base semejante aberración, que parece más propia de las leyes raciales nazis que de un estudio avalado por el principal organismo que se encargaba de velar por la salud de todos los ciudadanos. Como para huir de Galicia. La explicación dada, extraordinariamente grotesca y carente de cualquier rigor científico, no tiene pérdida.

Una vez más, como muchas otras y estaba muy reciente la masiva intoxicación por consumo de alcohol metílico en los años sesenta, las autoridades de la vetusta dictadura se dedicaron a escurrir el bulto y eludir cualquier responsabilidad, además de recurrir a los ancestrales prejuicios y tópicos contra una sociedad a la que, no solo ignoraban, sino que actuaban de la misma forma que si no existiese, cuando no se le achacaba la responsabilidad de sus propios males. Inaudito.

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Dos guardias civiles asesinados en Vilanova de Lourenzá

Los años ochenta eran tiempos difíciles para ser guardia civil en España, principalmente en el País Vasco donde se vivía la época conocida como Años de plomo por el gran número de agentes de instituto armado que habían caído como víctimas del terrorismo. En Galicia, afortunadamente, la situación era radicalmente distinta. Es más, los miembros de la Benemérita gozaban del aprecio y afecto de las distintas localidades en las que había el respectivo puesto de las fuerzas de seguridad. Aún así, hubo que lamentar varias muertes por distintos actos terroristas de un buen número de agentes, mayoritariamente ocasionadas por los GRAPO y una por miembros del desarticulado Exército Guerrilleiro do Pobo Ceibe Galego.

De todos es sabido lo siempre que están expuestos los miembros de las fuerzas del orden a exponer su vida, debido a que en ocasiones tienen que enfrentarse a energúmenos con amplios historiales delictivos y que, poco o nada, tienen que perder. Así ocurrió en la tarde del domingo, 10 de febrero de 1980, cuando los miembros de la Guardia Civil del destacamento de Vilanova de Lourenzá recibieron la llamada de alerta de sus compañeros de Ribadeo, dándoles los datos de un individuo que había sustraído un coche en la villa costera. Los agentes de Lourenzá esperarían al ratero alrededor de las cuatro de la tarde vestidos con uniforme de paisano a fin de evitarle sospechas. Sin embargo, el sexto sentido que suelen tener los delincuentes le funcionaría a la perfección, ya que se percataría inmediatamente que se trataba de dos agentes armados.

Abandono del vehículo

El hombre que había sustraído el vehículo en Ribadeo, Cipriano Lampón Gerpe, al sentirse acorralado por los dos agentes, así como un guarda forestal que se prestó a colaborar con miembros del instituto armado, iniciaría una huida por el área boscosa próxima a la villa de Lourenzá. En ella demostraría ser un consumado experto en la lucha armada y la supervivencia, ya que desde unos matorrales dispararía con la escopeta de cañones recortados que portaba contra el sargento Manuel Lamela Montouto, de 50 años de edad, alcanzándole en el externón y abdomen, resultando herido de extrema gravedad. El agente, a quien se le extrajo abundante cantidad de metralla en el antiguo Hospital Xeral de Lugo, fallecería doce días más tarde a consecuencia de las graves heridas que sufría, ocasionadas por los disparos que le había efectuado su asesino.

La lucha por la captura del joven delincuente la proseguiría su compañero, el cabo Angel Broz Novo, con quien realizaría un constante intercambio de disparos, dándose la mala suerte de que el miembro de la Benemérita acabó su munición cuando perseguía a Lampón Gerpe. Este último, consciente de su superioridad, le obligó colocar los brazos en alto y, colocándole la escopeta que portaba en la cabeza, ejecutaría al infortunado agente, un hombre de 34 años y nacido en la parroquia chairega de Valdomar, perteneciente al municipio lucense de Begonte.

Cipriano Lampón, que ya había pasado por la cárcel por distintos hechos delictivos, demostraría ser muy escurridizo, fugándose después de trepar por un muro, logrando sobrevivir al acecho de las fuerzas del orden durante dos días. Sin embargo, le traicionaría su ansia de satisfacer el hambre que le había generado su supervivencia en el monte. Sería detenido en el momento en que se encontraba robando una tarta en una confitería de la localidad de Mondoñedo por agentes que inmediatamente procedieron a su detención e identificación en la mañana del 12 de febrero, siendo trasladado a las dependencias de la comandancia de la vieja urbe medieval del nordeste gallego.

La escopeta de cartuchos con la que había cometido ambos asesinatos sería encontrada aquellos mismo días por un grupo de escolares del colegio de enseñanza primaria de Mondoñedo, abandonada en sus inmediaciones.

Condenado a 47 años de cárcel

Cipriano Lampón Gerpe sería juzgado en la Audiencia Provincial de Lugo en julio del año 1980. En total sería condenado a dos penas de prisión que sumaban un total de 47 años de cárcel, además de tener que indemnizar a los herederos de cada una de las víctimas con más de tres millones de pesetas (18.000 euros actuales). Al ser insolvente, y estar los agentes en acto de servicio, se haría cargo el Estado como responsable civil subsidiario.

Además de los dos asesinatos, que su defensa calificó de homicidio, se le condenaba también por delitos contra la seguridad en el tráfico, puesto que carecía de permiso de conducir, así como también por su reiterada actividad delictiva, ya que formaba de una banda de cinco delincuentes, cuatro de los cuales habían sido detenidos en las mismas fechas. El forense que lo examinó lo había calificado como un «psicópata desalmado». En su veredicto, el juez tuvo en cuenta la eximente de enajenación mental transitoria. De hecho, la sentencia sería apelada ante el Tribunal Supremo, quien ratificaría la emitida por la Audiencia Provincial de Lugo.

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Mata a su padrastro en Pedrafita do Cebreiro

Durante la Segunda República se vivió una época muy convulsa que se hacía más latente a medida que se acercaba la Guerra Civil. Galicia continuaba siendo un territorio pobre y atrasado con bajísimos índices de desarrollo humano. La única salida que les quedaba a los más jóvenes era la emigración, pese a que las fronteras de la isla caribeña de Cuba habían sido prácticamente cerradas con una nueva legislación que obligaba a contratar a naturales insulares. A todo ello se unían las consecuencias de una durísima crisis económica acaecida en el año 1929 y a los desastres naturales que habían afectado a la antigua colonia española. El destino predilecto se encontraba ahora más al sur, Argentina y el pujante Uruguay, conocido como «La Suiza Americana». Aún así, los gallegos preferían marcharse de su tierra a estar condenados de por vida a vivir andando detrás de una yunta de vacas o bueyes que le proporcionaban, muy a duras penas, lo justo para vivir, aunque aquello no era una existencia digna ni nada que se le pareciese.

En el interior, casi todo rural, era donde más se notaban los efectos de la pobreza crónica que condenaba a miles de gallegos. Sin embargo, estos no eran ajenos a la crispación que desde hacía algún tiempo afectaba al resto de la sociedad española. Por aquí también anidaban importantes grupos de insurrectos que no dejaban de cometer algún que otro atentado, sintiendo especial predilección por religiosos y personas a las que se les suponía un importante patrimonio. Quizás, detrás de estos ataques, se escondiese una gran cúmulo de pobreza que ahora también se aprovechaba de una situación que se encontraba cada vez más caldeada para rapiñar aquello que podían. No había semana que los distintos medios impresos de la época no diesen cuenta de algún acontecimiento violento, muchas veces sangriento, en los que las fuerzas del orden se veían obligadas a intervenir con una cierta energía para tratar de apaciguar a quienes muchas veces alteraban la pacífica convivencia de la ciudadanía.

Es en ese clima y en esas circunstancias es donde se desarrolla el siguiente hecho sanguinario, teniendo como lugar la principal entrada a Galicia de la época, el municipio de Pedrafita do Cebreiro, en plena montaña lucense. Allí, el 2 de diciembre de 1935 aparecerá muerto Pedro Villar en unas circunstancias demasiado extrañas, que pronto apuntarían a su hijastro como principal responsable de su muerte, ya que mantenían unas relaciones que para nada eran buenas.

A la feria en caballo

Aquella mañana, que se encontraba a tan solo siete meses de la declaración de una sangrienta guerra, Pedro Villar partiría, como en muchas otras ocasiones, en su caballo hacia la feria de la vecina parroquia de Veiga de Forcas, regresando casi siempre cuando el evento comercial concluía, que solía ser al atardecer. En muchas ocasiones, cuando el sol ya se había puesto. En el mercado, además de comer el pulpo que por aquella época era la comida de los pobres, también departiría con muchos amigos y vecinos que se encontró en la misma. Algunos de ellos eran conocedores de las malas relaciones que mantenía con su hijastro, Marcelino Iglesias, con quien se había enfrentado la noche anterior, aunque no hubiese habido más que violencia verbal entre ambos. Lo que menos pensó Pedro es que no regresaría jamás a su casa, que en el trayecto de regreso le aguardaba la parca, enarbolada de forma violenta por quien compartía su misma vivienda.

Conocedor del itinerario que realizaba su padrastro, Marcelino Iglesias esperó a que anocheciese, junto con su cómplice, Josefa Ferreiro, para dar muerte a Pedro Villar. Tal vez supuso que nadie sospecharía de su siniestra acción, pese a que muchos vecinos ya estaban enterados de las malas relaciones entre Marcelino y Pedro, pues no era la primera vez que se veían obligados a intervenir en las impresionantes trifulcas y reyertas que ambos mantenían. Iglesias aprovechó el conocimiento que tenía de los caminos por los que solía transitar quien se iba a convertir su víctima. Así, conocía también algunos recovecos de la montaña donde esconderse, así como las áreas en las que el espesor de la oscuridad nocturna era mucho mayor, en los que en las noches de invierno solían atravesar muchos menos viajeros.

No le dolieron prendas en asustar al caballo en el que iba Pedro Villar, quien caería del mismo, aunque solamente le produciría algunas lesiones y magulladuras sin importancia. Consciente de ello, su hijastro propinó varios golpes a su indefenso padrastro con un palo, apreciándosele una gran herida en la cabeza y otras en el rostro, según detallaría la posterior autopsia. Pese a su fortaleza física, el hombre que iba a caballo terminaría por sucumbir a la tremenda paliza que le había proporcionado su asesino, ya que presentaba desgarros cerebrales que fueron la causa de su óbito.

Tapado con piedras

Para evitar que fuese encontrado el cadáver de la víctima, Marcelino lo arrojaría a una charca en compañía de su cómplice, Josefa Iglesias, tapándolo con piedras para así poder despistar a una supuesta investigación. Al día siguiente, un vecino que pasaba por una zona próxima al lugar de autos se sorprendió al ver pastando tranquilamente un caballo que se encontraba ensillado y que inmediatamente reconoció como él que habitualmente empleaba el fallecido para sus desplazamientos. De la misma forma, en O Cebreiro, el vecindario también había mostrado su disgusto por la ausencia y desaparición de Pedro Villar, hecho que les parecía extraordinariamente raro, ya que solía regresar a casa a la conclusión de cualquier feria o mercado que se celebrase en la contorna.

Los agentes de la Guardia Civil fueron de inmediato puestos en sobre aviso por los vecinos de las malas relaciones que mantenían padrastro e hijastro, así como de una trifulca que habían sostenido en la noche anterior al crimen en la que tuvieron que intervenir para calmar los ánimos de uno y otro. Todas las miradas se dirigían hacia Marcelino Iglesias, quien pronto se declararía autor del suceso sangriento que le costó la vida a Pedro Villar. Además, confesó que para ayudarle a enterrar el cuerpo de la víctima se valió de la ayuda de una mujer, Josefa Iglesias, quien también sería detenida como cómplice de este sangriento hecho.

Cuatro meses después del crimen, a comienzos de abril de 1936, en la Audiencia Provincial de Lugo se celebró el juicio por la muerte de Pedro Villar, un hombre que en el momento de ser asesinado ya superaba los 50 años. El autor de su asesinato, Marcelino Iglesias sería condenado a 20 años de cárcel, con la agravante de premeditación, alevosía y nocturnidad, a lo que se sumaba el hecho de haber escondido el cuerpo de la víctima. Su compañera de andanzas, Josefa Iglesias sería condenada a ocho años de cárcel en calidad de cómplice. A ambos se les perderá la pista, como a muchos otros presos, tras la proclamación del Estado de guerra, en el que muchos presidiarios aprovecharían la confusión reinante para salir de los penales donde cumplían sus respectivas sentencias, enrolándose algunos de ellos en los distintos bandos que se enfrentaron en tan cruel conflicto.

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El trágico destino de «Pinturero», el torero paracaidista de Lugo

Luís Ríos Losada, «Pinturero»

De todos es sabido que el hecho de que haya un torero gallego, y más aún de la provincia de Lugo, es algo similar a encontrar petróleo en la ría del Eo. Si me apuran diría que es todavía más raro que una lluvia literal de billetes de 500 euros, sin exagerar ni un ápice. A lo largo de la historia solamente se conocen dos diestros en la historia de la provincia. El más célebre de todos fue Alfonso Cela Vieito, conocido como «Celita», el único matador gallego en tomar la alternativa. También se dedicarían al mundo del toreo tanto su hermano como su sobrino, que sería conocido como «Celita II», pero que no llegarían a tomar la alternativa. Todos ellos eran oriundos de la localidad de Carracedo, en el municipio lucense de Láncara, del mismo de dónde procede toda la estirpe del desaparecido dictador cubano Fidel Castro. «Celita» fallecería en 1932 a la temprana edad de 47 años.

Diez años después del óbito del torero lancarino, nacería en el lucense barrio del Carmen, Luis Ríos Losada, quien vino al mundo un día de San Fermín del año 1942, en plena Posguerra, pareciendo un presagio del destino que le invitaba a vestir el traje de luces. Tal vez el hecho de nacer en un tiempo en el que el precio de las cosas se cobraban con el popular «patacón» hicieron que «Pinturero» pensase que a él el hambre, como a casi todos los de su generación, también les corneaba, y muy duro, en una época en la que nadie se preguntaba qué iba a comer, sino si iba a comer, algo que es completamente distinto.

En ese ambiente de un popular barrio lucense es en el que transcurre la dura infancia y posterior juventud de Luis Ríos, quien en la década de los sesenta tratará de hacerse un hueco en el siempre difícil y controvertido mundo de los toros en el que estaba todo o casi todo inventado. Por aquel entonces triunfaba un diestro andaluz Manuel Benítez, conocido popularmente como «El Cordobés», quien había sacado de quicio a los más ortodoxos del mundo de la tauromaquia, con un nuevo estilo impregnado de unas nuevas maneras que eran vistas como una violación de los principios más tradicionales de los toros, quienes suelen anidar en el graderío número 7 de los principales cosos del país, provistos de su inefable habano en los labios, en tanto que en el fondo luce un impresionante y sobrio cartel publicitario pintado en enormes letras teñidas de un rojo chillón, que parece invitar a sangre, en las que puede leerse un anuncio de «González&Byas». Sin más.

Para triunfar en las plazas de toros, debe hacer algo diferente hasta lo que ahora han visto los entendidos aficionados que en las soleadas tardes de verano las abarrotan, bajo un calor de justicia que tratan de aliviar con un abanico en el que se luce una tradicional estampa española. A Luis Ríos, que será conocido como «Pinturero», no se le ocurre mejor cosa que lidiar aquellos impresionantes morlacos de las distintas ganaderías más conocidas del país descendiendo en paracaídas, lo que, además de muy arriesgado, no deja de ser una revolucionaria innovación en el siempre riguroso, clásico e integrista mundo taurino, mucho más arriesgado si cabe que el famoso «salto de la rana», que tan popular hiciera al diestro Manuel Benítez, siendo calificado por los más ortodoxos como de payaso.

Debut en Monforte de Lemos

El 25 de julio de 1966, día de Galicia aunque por aquel entonces se celebraba el día de Santiago Apóstol Patrón de España, se organiza una becerrada en Monforte de Lemos, dándose cita algunos diestros de la época, aunque son todos espadas de segunda fila. Entre ellos se cita «Celita II», el sobrino del único matador gallego que había tomado la alternativa. Pese a todo, las críticas sobre aquel espectáculo taurino en una improvisada plaza de toros son muy buenas y todos los participantes se hacen acreedores a los máximos galardones que concede el tribunal, a quien se le nota cierta manga ancha con los diestros.

Dónde se efectuará su verdadero bautismo taurino será en la plaza de toros de Getafe, en Madrid. Luis Ríos, que había aprendido a lanzarse en paracaídas en la Escuela de Alcantarilla, en Murcia, dónde había llegado incluso a ser instructor de vuelo, se verá abocado a un pequeño fracaso ante miles de aficionados, que se frustran al ver cómo una impresionante ráfaga de viento se lleva de sus ojos al torero gallego, quien cae sobre un descampado. Aún así, perseguido por una nube de jóvenes muchachos, que caminan haciéndole compañía al tiempo que le vitorean y tratan de consolarle, en su marcha hasta el coso getafense. Pone más voluntad y tesón que arte, pues el toro le derriba diez veces, aunque terminará matándolo.

Empeño no le faltaba al torero lucense, quien conocerá a un empresario colombiano en Salamanca, Roger Alan, quien no duda en augurarle un extraordinario éxito en su país. Tras un penoso viaje, en el que transporta los útiles de su profesión, entre los que se encuentran distintas herramientas de arreglar máquinas de escribir, llegaría por fin a su cita americana en la que se le prometía cobrar una suculenta suma de dinero para aquellos tiempos. Nada más y nada menos que 3.500 pesos colombianos, unos 300 euros actuales o lo que es lo mismo 50.000 pesetas de la época en la que ganar mil pesetas mensuales para cualquier ciudadano era todo un reto.

Muerte en Cartagena de Indias

En la plaza de toros de La Serrezuela, en Cartagena de Indias, todo está previsto para que aquel domingo 18 de diciembre de 1966 Luis Ríos descienda de la avioneta a la que se ha subido para lanzarse al coso provisto de su muleta y así enfrentarse al correspondiente toro. La expectación es máxima y lo que se había previsto como una corrida familiar se convierte en un singular festejo que será relatado por todos los periódicos locales de la época.

Sin embargo, algo sale mal en su descenso ante la afición colombiana, al igual que había acontecido en Getafe. «Pinturero» se lanza sobre el coso cartagenero desde 2.000 metros de altura. A 400 acciona su paracaídas, pero de nuevo se encontrará en su contra con un viento del noroeste que le aleja de su objetivo. Para descender con más rapidez, se ha calzado unas pesadas botas, que van a resultar determinantes en su trágica suerte. Los miles de espectadores que abarrotan la plaza colombiana contemplan estupefactos como el torero desaparece de sus visitas. La fatalidad hace que «Pinturero» vaya a caer al mar Caribe en el que se ahogará, tal vez debido al peso de su equipaje, así como también por rehusar la utilización de salvavidas.

Un marinero, que le ha visto caer en las aguas del mar, tratará de ayudarle, pero Luis Ríos se ha enredado en el paracaídas, a lo que se une su escasa pericia en las aguas, que no son precisamente el cielo que el domina perfectamente. Su cadáver será recuperado inmediatamente, una vez que el mar lo ha escupido a las orillas de aquella playa a la que unos siglos antes habían arribado los conquistadores españoles. En ella se desvanecía el sueño de un peculiar personaje de la historia de Galicia, quien permanecerá sepultado en tierras sudamericanas durante 16 años, hasta que en 1982 son repatriados sus restos mortales al cementerio de San Froilán, en su ciudad natal de Lugo.

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