Dos guardias civiles asesinados en Vilanova de Lourenzá

Los años ochenta eran tiempos difíciles para ser guardia civil en España, principalmente en el País Vasco donde se vivía la época conocida como Años de plomo por el gran número de agentes de instituto armado que habían caído como víctimas del terrorismo. En Galicia, afortunadamente, la situación era radicalmente distinta. Es más, los miembros de la Benemérita gozaban del aprecio y afecto de las distintas localidades en las que había el respectivo puesto de las fuerzas de seguridad. Aún así, hubo que lamentar varias muertes por distintos actos terroristas de un buen número de agentes, mayoritariamente ocasionadas por los GRAPO y una por miembros del desarticulado Exército Guerrilleiro do Pobo Ceibe Galego.

De todos es sabido lo siempre que están expuestos los miembros de las fuerzas del orden a exponer su vida, debido a que en ocasiones tienen que enfrentarse a energúmenos con amplios historiales delictivos y que, poco o nada, tienen que perder. Así ocurrió en la tarde del domingo, 10 de febrero de 1980, cuando los miembros de la Guardia Civil del destacamento de Vilanova de Lourenzá recibieron la llamada de alerta de sus compañeros de Ribadeo, dándoles los datos de un individuo que había sustraído un coche en la villa costera. Los agentes de Lourenzá esperarían al ratero alrededor de las cuatro de la tarde vestidos con uniforme de paisano a fin de evitarle sospechas. Sin embargo, el sexto sentido que suelen tener los delincuentes le funcionaría a la perfección, ya que se percataría inmediatamente que se trataba de dos agentes armados.

Abandono del vehículo

El hombre que había sustraído el vehículo en Ribadeo, Cipriano Lampón Gerpe, al sentirse acorralado por los dos agentes, así como un guarda forestal que se prestó a colaborar con miembros del instituto armado, iniciaría una huida por el área boscosa próxima a la villa de Lourenzá. En ella demostraría ser un consumado experto en la lucha armada y la supervivencia, ya que desde unos matorrales dispararía con la escopeta de cañones recortados que portaba contra el sargento Manuel Lamela Montouto, de 50 años de edad, alcanzándole en el externón y abdomen, resultando herido de extrema gravedad. El agente, a quien se le extrajo abundante cantidad de metralla en el antiguo Hospital Xeral de Lugo, fallecería doce días más tarde a consecuencia de las graves heridas que sufría, ocasionadas por los disparos que le había efectuado su asesino.

La lucha por la captura del joven delincuente la proseguiría su compañero, el cabo Angel Broz Novo, con quien realizaría un constante intercambio de disparos, dándose la mala suerte de que el miembro de la Benemérita acabó su munición cuando perseguía a Lampón Gerpe. Este último, consciente de su superioridad, le obligó colocar los brazos en alto y, colocándole la escopeta que portaba en la cabeza, ejecutaría al infortunado agente, un hombre de 34 años y nacido en la parroquia chairega de Valdomar, perteneciente al municipio lucense de Begonte.

Cipriano Lampón, que ya había pasado por la cárcel por distintos hechos delictivos, demostraría ser muy escurridizo, fugándose después de trepar por un muro, logrando sobrevivir al acecho de las fuerzas del orden durante dos días. Sin embargo, le traicionaría su ansia de satisfacer el hambre que le había generado su supervivencia en el monte. Sería detenido en el momento en que se encontraba robando una tarta en una confitería de la localidad de Mondoñedo por agentes que inmediatamente procedieron a su detención e identificación en la mañana del 12 de febrero, siendo trasladado a las dependencias de la comandancia de la vieja urbe medieval del nordeste gallego.

La escopeta de cartuchos con la que había cometido ambos asesinatos sería encontrada aquellos mismo días por un grupo de escolares del colegio de enseñanza primaria de Mondoñedo, abandonada en sus inmediaciones.

Condenado a 47 años de cárcel

Cipriano Lampón Gerpe sería juzgado en la Audiencia Provincial de Lugo en julio del año 1980. En total sería condenado a dos penas de prisión que sumaban un total de 47 años de cárcel, además de tener que indemnizar a los herederos de cada una de las víctimas con más de tres millones de pesetas (18.000 euros actuales). Al ser insolvente, y estar los agentes en acto de servicio, se haría cargo el Estado como responsable civil subsidiario.

Además de los dos asesinatos, que su defensa calificó de homicidio, se le condenaba también por delitos contra la seguridad en el tráfico, puesto que carecía de permiso de conducir, así como también por su reiterada actividad delictiva, ya que formaba de una banda de cinco delincuentes, cuatro de los cuales habían sido detenidos en las mismas fechas. El forense que lo examinó lo había calificado como un «psicópata desalmado». En su veredicto, el juez tuvo en cuenta la eximente de enajenación mental transitoria. De hecho, la sentencia sería apelada ante el Tribunal Supremo, quien ratificaría la emitida por la Audiencia Provincial de Lugo.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

 

 

Anuncios

Mata a su padrastro en Pedrafita do Cebreiro

Durante la Segunda República se vivió una época muy convulsa que se hacía más latente a medida que se acercaba la Guerra Civil. Galicia continuaba siendo un territorio pobre y atrasado con bajísimos índices de desarrollo humano. La única salida que les quedaba a los más jóvenes era la emigración, pese a que las fronteras de la isla caribeña de Cuba habían sido prácticamente cerradas con una nueva legislación que obligaba a contratar a naturales insulares. A todo ello se unían las consecuencias de una durísima crisis económica acaecida en el año 1929 y a los desastres naturales que habían afectado a la antigua colonia española. El destino predilecto se encontraba ahora más al sur, Argentina y el pujante Uruguay, conocido como «La Suiza Americana». Aún así, los gallegos preferían marcharse de su tierra a estar condenados de por vida a vivir andando detrás de una yunta de vacas o bueyes que le proporcionaban, muy a duras penas, lo justo para vivir, aunque aquello no era una existencia digna ni nada que se le pareciese.

En el interior, casi todo rural, era donde más se notaban los efectos de la pobreza crónica que condenaba a miles de gallegos. Sin embargo, estos no eran ajenos a la crispación que desde hacía algún tiempo afectaba al resto de la sociedad española. Por aquí también anidaban importantes grupos de insurrectos que no dejaban de cometer algún que otro atentado, sintiendo especial predilección por religiosos y personas a las que se les suponía un importante patrimonio. Quizás, detrás de estos ataques, se escondiese una gran cúmulo de pobreza que ahora también se aprovechaba de una situación que se encontraba cada vez más caldeada para rapiñar aquello que podían. No había semana que los distintos medios impresos de la época no diesen cuenta de algún acontecimiento violento, muchas veces sangriento, en los que las fuerzas del orden se veían obligadas a intervenir con una cierta energía para tratar de apaciguar a quienes muchas veces alteraban la pacífica convivencia de la ciudadanía.

Es en ese clima y en esas circunstancias es donde se desarrolla el siguiente hecho sanguinario, teniendo como lugar la principal entrada a Galicia de la época, el municipio de Pedrafita do Cebreiro, en plena montaña lucense. Allí, el 2 de diciembre de 1935 aparecerá muerto Pedro Villar en unas circunstancias demasiado extrañas, que pronto apuntarían a su hijastro como principal responsable de su muerte, ya que mantenían unas relaciones que para nada eran buenas.

A la feria en caballo

Aquella mañana, que se encontraba a tan solo siete meses de la declaración de una sangrienta guerra, Pedro Villar partiría, como en muchas otras ocasiones, en su caballo hacia la feria de la vecina parroquia de Veiga de Forcas, regresando casi siempre cuando el evento comercial concluía, que solía ser al atardecer. En muchas ocasiones, cuando el sol ya se había puesto. En el mercado, además de comer el pulpo que por aquella época era la comida de los pobres, también departiría con muchos amigos y vecinos que se encontró en la misma. Algunos de ellos eran conocedores de las malas relaciones que mantenía con su hijastro, Marcelino Iglesias, con quien se había enfrentado la noche anterior, aunque no hubiese habido más que violencia verbal entre ambos. Lo que menos pensó Pedro es que no regresaría jamás a su casa, que en el trayecto de regreso le aguardaba la parca, enarbolada de forma violenta por quien compartía su misma vivienda.

Conocedor del itinerario que realizaba su padrastro, Marcelino Iglesias esperó a que anocheciese, junto con su cómplice, Josefa Ferreiro, para dar muerte a Pedro Villar. Tal vez supuso que nadie sospecharía de su siniestra acción, pese a que muchos vecinos ya estaban enterados de las malas relaciones entre Marcelino y Pedro, pues no era la primera vez que se veían obligados a intervenir en las impresionantes trifulcas y reyertas que ambos mantenían. Iglesias aprovechó el conocimiento que tenía de los caminos por los que solía transitar quien se iba a convertir su víctima. Así, conocía también algunos recovecos de la montaña donde esconderse, así como las áreas en las que el espesor de la oscuridad nocturna era mucho mayor, en los que en las noches de invierno solían atravesar muchos menos viajeros.

No le dolieron prendas en asustar al caballo en el que iba Pedro Villar, quien caería del mismo, aunque solamente le produciría algunas lesiones y magulladuras sin importancia. Consciente de ello, su hijastro propinó varios golpes a su indefenso padrastro con un palo, apreciándosele una gran herida en la cabeza y otras en el rostro, según detallaría la posterior autopsia. Pese a su fortaleza física, el hombre que iba a caballo terminaría por sucumbir a la tremenda paliza que le había proporcionado su asesino, ya que presentaba desgarros cerebrales que fueron la causa de su óbito.

Tapado con piedras

Para evitar que fuese encontrado el cadáver de la víctima, Marcelino lo arrojaría a una charca en compañía de su cómplice, Josefa Iglesias, tapándolo con piedras para así poder despistar a una supuesta investigación. Al día siguiente, un vecino que pasaba por una zona próxima al lugar de autos se sorprendió al ver pastando tranquilamente un caballo que se encontraba ensillado y que inmediatamente reconoció como él que habitualmente empleaba el fallecido para sus desplazamientos. De la misma forma, en O Cebreiro, el vecindario también había mostrado su disgusto por la ausencia y desaparición de Pedro Villar, hecho que les parecía extraordinariamente raro, ya que solía regresar a casa a la conclusión de cualquier feria o mercado que se celebrase en la contorna.

Los agentes de la Guardia Civil fueron de inmediato puestos en sobre aviso por los vecinos de las malas relaciones que mantenían padrastro e hijastro, así como de una trifulca que habían sostenido en la noche anterior al crimen en la que tuvieron que intervenir para calmar los ánimos de uno y otro. Todas las miradas se dirigían hacia Marcelino Iglesias, quien pronto se declararía autor del suceso sangriento que le costó la vida a Pedro Villar. Además, confesó que para ayudarle a enterrar el cuerpo de la víctima se valió de la ayuda de una mujer, Josefa Iglesias, quien también sería detenida como cómplice de este sangriento hecho.

Cuatro meses después del crimen, a comienzos de abril de 1936, en la Audiencia Provincial de Lugo se celebró el juicio por la muerte de Pedro Villar, un hombre que en el momento de ser asesinado ya superaba los 50 años. El autor de su asesinato, Marcelino Iglesias sería condenado a 20 años de cárcel, con la agravante de premeditación, alevosía y nocturnidad, a lo que se sumaba el hecho de haber escondido el cuerpo de la víctima. Su compañera de andanzas, Josefa Iglesias sería condenada a ocho años de cárcel en calidad de cómplice. A ambos se les perderá la pista, como a muchos otros presos, tras la proclamación del Estado de guerra, en el que muchos presidiarios aprovecharían la confusión reinante para salir de los penales donde cumplían sus respectivas sentencias, enrolándose algunos de ellos en los distintos bandos que se enfrentaron en tan cruel conflicto.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

El trágico destino de «Pinturero», el torero paracaidista de Lugo

Luís Ríos Losada, «Pinturero»

De todos es sabido que el hecho de que haya un torero gallego, y más aún de la provincia de Lugo, es algo similar a encontrar petróleo en la ría del Eo. Si me apuran diría que es todavía más raro que una lluvia literal de billetes de 500 euros, sin exagerar ni un ápice. A lo largo de la historia solamente se conocen dos diestros en la historia de la provincia. El más célebre de todos fue Alfonso Cela Vieito, conocido como «Celita», el único matador gallego en tomar la alternativa. También se dedicarían al mundo del toreo tanto su hermano como su sobrino, que sería conocido como «Celita II», pero que no llegarían a tomar la alternativa. Todos ellos eran oriundos de la localidad de Carracedo, en el municipio lucense de Láncara, del mismo de dónde procede toda la estirpe del desaparecido dictador cubano Fidel Castro. «Celita» fallecería en 1932 a la temprana edad de 47 años.

Diez años después del óbito del torero lancarino, nacería en el lucense barrio del Carmen, Luis Ríos Losada, quien vino al mundo un día de San Fermín del año 1942, en plena Posguerra, pareciendo un presagio del destino que le invitaba a vestir el traje de luces. Tal vez el hecho de nacer en un tiempo en el que el precio de las cosas se cobraban con el popular «patacón» hicieron que «Pinturero» pensase que a él el hambre, como a casi todos los de su generación, también les corneaba, y muy duro, en una época en la que nadie se preguntaba qué iba a comer, sino si iba a comer, algo que es completamente distinto.

En ese ambiente de un popular barrio lucense es en el que transcurre la dura infancia y posterior juventud de Luis Ríos, quien en la década de los sesenta tratará de hacerse un hueco en el siempre difícil y controvertido mundo de los toros en el que estaba todo o casi todo inventado. Por aquel entonces triunfaba un diestro andaluz Manuel Benítez, conocido popularmente como «El Cordobés», quien había sacado de quicio a los más ortodoxos del mundo de la tauromaquia, con un nuevo estilo impregnado de unas nuevas maneras que eran vistas como una violación de los principios más tradicionales de los toros, quienes suelen anidar en el graderío número 7 de los principales cosos del país, provistos de su inefable habano en los labios, en tanto que en el fondo luce un impresionante y sobrio cartel publicitario pintado en enormes letras teñidas de un rojo chillón, que parece invitar a sangre, en las que puede leerse un anuncio de «González&Byas». Sin más.

Para triunfar en las plazas de toros, debe hacer algo diferente hasta lo que ahora han visto los entendidos aficionados que en las soleadas tardes de verano las abarrotan, bajo un calor de justicia que tratan de aliviar con un abanico en el que se luce una tradicional estampa española. A Luis Ríos, que será conocido como «Pinturero», no se le ocurre mejor cosa que lidiar aquellos impresionantes morlacos de las distintas ganaderías más conocidas del país descendiendo en paracaídas, lo que, además de muy arriesgado, no deja de ser una revolucionaria innovación en el siempre riguroso, clásico e integrista mundo taurino, mucho más arriesgado si cabe que el famoso «salto de la rana», que tan popular hiciera al diestro Manuel Benítez, siendo calificado por los más ortodoxos como de payaso.

Debut en Monforte de Lemos

El 25 de julio de 1966, día de Galicia aunque por aquel entonces se celebraba el día de Santiago Apóstol Patrón de España, se organiza una becerrada en Monforte de Lemos, dándose cita algunos diestros de la época, aunque son todos espadas de segunda fila. Entre ellos se cita «Celita II», el sobrino del único matador gallego que había tomado la alternativa. Pese a todo, las críticas sobre aquel espectáculo taurino en una improvisada plaza de toros son muy buenas y todos los participantes se hacen acreedores a los máximos galardones que concede el tribunal, a quien se le nota cierta manga ancha con los diestros.

Dónde se efectuará su verdadero bautismo taurino será en la plaza de toros de Getafe, en Madrid. Luis Ríos, que había aprendido a lanzarse en paracaídas en la Escuela de Alcantarilla, en Murcia, dónde había llegado incluso a ser instructor de vuelo, se verá abocado a un pequeño fracaso ante miles de aficionados, que se frustran al ver cómo una impresionante ráfaga de viento se lleva de sus ojos al torero gallego, quien cae sobre un descampado. Aún así, perseguido por una nube de jóvenes muchachos, que caminan haciéndole compañía al tiempo que le vitorean y tratan de consolarle, en su marcha hasta el coso getafense. Pone más voluntad y tesón que arte, pues el toro le derriba diez veces, aunque terminará matándolo.

Empeño no le faltaba al torero lucense, quien conocerá a un empresario colombiano en Salamanca, Roger Alan, quien no duda en augurarle un extraordinario éxito en su país. Tras un penoso viaje, en el que transporta los útiles de su profesión, entre los que se encuentran distintas herramientas de arreglar máquinas de escribir, llegaría por fin a su cita americana en la que se le prometía cobrar una suculenta suma de dinero para aquellos tiempos. Nada más y nada menos que 3.500 pesos colombianos, unos 300 euros actuales o lo que es lo mismo 50.000 pesetas de la época en la que ganar mil pesetas mensuales para cualquier ciudadano era todo un reto.

Muerte en Cartagena de Indias

En la plaza de toros de La Serrezuela, en Cartagena de Indias, todo está previsto para que aquel domingo 18 de diciembre de 1966 Luis Ríos descienda de la avioneta a la que se ha subido para lanzarse al coso provisto de su muleta y así enfrentarse al correspondiente toro. La expectación es máxima y lo que se había previsto como una corrida familiar se convierte en un singular festejo que será relatado por todos los periódicos locales de la época.

Sin embargo, algo sale mal en su descenso ante la afición colombiana, al igual que había acontecido en Getafe. «Pinturero» se lanza sobre el coso cartagenero desde 2.000 metros de altura. A 400 acciona su paracaídas, pero de nuevo se encontrará en su contra con un viento del noroeste que le aleja de su objetivo. Para descender con más rapidez, se ha calzado unas pesadas botas, que van a resultar determinantes en su trágica suerte. Los miles de espectadores que abarrotan la plaza colombiana contemplan estupefactos como el torero desaparece de sus visitas. La fatalidad hace que «Pinturero» vaya a caer al mar Caribe en el que se ahogará, tal vez debido al peso de su equipaje, así como también por rehusar la utilización de salvavidas.

Un marinero, que le ha visto caer en las aguas del mar, tratará de ayudarle, pero Luis Ríos se ha enredado en el paracaídas, a lo que se une su escasa pericia en las aguas, que no son precisamente el cielo que el domina perfectamente. Su cadáver será recuperado inmediatamente, una vez que el mar lo ha escupido a las orillas de aquella playa a la que unos siglos antes habían arribado los conquistadores españoles. En ella se desvanecía el sueño de un peculiar personaje de la historia de Galicia, quien permanecerá sepultado en tierras sudamericanas durante 16 años, hasta que en 1982 son repatriados sus restos mortales al cementerio de San Froilán, en su ciudad natal de Lugo.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Tortura y asesinato del maestro Arximiro Rico Trabada

Foto del maestro Arximiro Rico Trabada

En Galicia no hubo combates bélicos en el transcurso de la Guerra Civil española, lo cual no quiere decir que no se dejasen sentir los efectos de una cruel contienda que estaba arrasando los cimientos de un ya de por si resquebrajado país. Una denuncia, una delación con el ánimo de perpetrar una venganza eran razón más que suficiente para liquidar materialmente a cualquier ser humano, aunque no tuviese ninguna relación con la política o, en el hipotético caso de que la hubiese, esta fuese mínima. La actuación de escuadrones de la muerte pertrechados con rudimentarias armas, enfundados en casacas azules, fueron feroces e indiscriminadas, hasta tal punto que sus mismos correligionarios se vieron en la obligación de tomar cartas en el asunto cuando la situación ya se les había escapado de las manos y eran muchos los inocentes que habían pagado injustamente. Vaya por delante que -pensamos- que no hay ninguna manera justa para pagar con ese bien tan preciado que es la vida de cualquier digno ser humano.

Las únicas zonas donde se notó de forma muy tibia los efectos belicosos de la contienda fueron las áreas de montaña en las que se habían internado algunos fuxidos que huían de las represalias que les podían esperar en sus respectivos municipios por parte de las nuevas autoridades por el mero hecho de haber sido miembros o simples simpatizantes de cualquiera de los partidos que formaban el Frente Popular. En las refriegas mantenidas con ellos murieron algunos falangistas o incluso miembros de la Guardia Civil. Cada vez que esto sucedía, era de esperar una escalada de represión y venganzas sobre personas que nada habían tenido que ver en los enfrentamientos armados, pero que estaban en las listas negras que habían elaborado los pistoleros azules.

Así sucedería en octubre de 1937 en la zona de montaña este de la provincia de Lugo, concretamente en el municipio de Baleira. En esa época morirían dos guardias civiles en un enfrentamiento con grupos de forajidos que pululaban por zonas escarpadas, tratando de sobrevivir a muy duras penas en un tiempo en el que anidaba el hambre por doquier, a lo que se sumaban las infinitas calamidades que había deparado la guerra a lo largo y ancho de un país que se estaba desangrando en un interminable y cruento conflicto bélico.

65 personas

Para tratar de dar un escarmiento a la población, así como a los que en el lenguaje oficial de la época se les denominaba «bandidos», los falangistas elaboraron una lista con 65 nombres de personas que deberían ser represaliadas en el más breve plazo de tiempo posible. En esa macabra lista figuraba el nombre del maestro gallego Arximiro Rico Trabada, un joven docente de tan solo 32 años de edad que no había militado en partido u organización afín a partidos de ideología izquierdista. Se le supone -tan solo- ser simpatizante del grupo político que liderara quien fuera presidente del Gobierno español antes del triunfo de la coalición que formara el Frente Popular, Manuel Portela Valladares, un hombre de tendencias republicano-conservadoras. Además, de todos era conocido que Arximiro Rico era un hombre de profundas convicciones religiosas.

Pese a todo, la suerte del docente, que dejó una profunda huella de humanidad allí donde impartió clases, parecía estar definitivamente echada. Sus bárbaros captores no tuvieron ni un mínimo ápice de piedad de una persona que se había caracterizado por divulgar su extraordinario interés por la cultura y la educación en unas tierras caracterizadas por unas elevadas tasas de analfabetismo y un atraso poco menos que finisecular.

Al anochecer de aquel trágico 16 de octubre de 1937 un grupo de falangistas se dirigían a su casa de San Bernabel, en Baleira, en plena comarca de A Fonsagrada. Comenzaba a anochecer cuando llamaron a la puerta de su vivienda. Su madre le imploró que no abriese la puerta, aunque él, confiado, lo hizo. Esta circunstancia fue aprovechada por sus secuestradores para apresarlo, detenerlo y llevarlo con ellos a un punto indefinido y en nombre de una autoridad que para nada había requerido la captura de aquel bondadoso maestro. A partir de ese instante comenzaría un cruel y tortuoso martirio que todavía hoy, más de ocho décadas después, parece producir escalofríos y poner la piel de gallina por el mero hecho de contarlo.

Tras haber apresado a su indefensa víctima, los falangistas no escatimaron esfuerzos en humillarlo de la forma más espantosa que se podría imaginar cualquier ser humano. Fue trasladado, mientras le daban golpes y empujones hasta la Serra da Ferradura. En un tramo del camino, los pistoleros azules pararon a abrevar en una taberna, mientras Arximiro Rico estaba preso a una argolla. Posteriormente, continuaría el rosario de vejaciones al que fue sometido en el que hasta tuvo que soportar la humillación de que sus verdugos se pusiesen sobre su lomo como si de un caballo se tratase, al tiempo que lo obligaban a transportarlos.

Testículos cortados

Ya en la cima del monte, en el trágico punto de Montecubeiro, donde tuvieron lugar muchas ejecuciones sin ningún tipo de juicio, cuando todavía estaba vivo, comenzaría un macabro y sanguinario ritual que da pruebas de la contumaz bajeza en la que puede caer cualquier ser humano, si es que puede considerarse que esto sea asunto propio de personas y no de bestias inmundas que carecen de una mínima sensibilidad y estima hacia sus semejantes. En ese lugar, al que fue conducido, sería torturado hasta la extenuación, ya que sus secuestradores le cortaron los testículos antes de darle muerte, introduciéndoselos posteriormente en la boca. Asimismo, le arrancarían los ojos, lo cual da una idea del terrible sufrimiento que tuvo que soportar la pobre víctima. Finalmente, le pegarían unos tiros con una escopeta de caza, hecho este corroborado por tener la cabeza completamente destrozada en el momento en que fue encontrado.

La tortura y muerte de Arximiro Rico consternaría de sobremanera a muchos vecinos de los municipios lucenses de Baleira, A Fonsagrada y Castroverde, gran parte de los cuales habían sido alumnos de un maestro que siempre había destacado por su profunda humanidad y anhelo hacia el ser humano en si mismo. En el momento de su apresamiento y posterior ejecución, el maestro estaba cursando estudios de Medicina. Además, como si el destino le quisiese gastar una broma de lo más macabro, la víctima recibiría una notificación, días después de su asesinato, en la que se le informaba que podía reintegrarse a su plaza como maestro nacional de la que había sido suspendido temporalmente como tantos otros, acusados de ser afectos al régimen republicano por acatar las leyes educativas implantadas en la IIª República española.

Algunos estudiosos de la represión franquista abundan en el aspecto que, con motivo del quinto aniversario de la República, Arximiro Rico pronunció un discurso en defensa de la educación y la cultura como principales factores para superar el tradicional atraso al que había quedado relegado una arcaica Galicia, en la que todavía seguirían manteniendo un infranqueable y tenebroso poder, que se perpetúa hasta nuestros, días las sotanas y las casullas. Aunque Rico Taboada era un católico ferviente y practicante, tenía ciertas enemistades con un clérigo de su tiempo que le acusó de haberles enseñado a muchos niños a leer y a escribir hasta el punto de que «cualquier mocoso -en palabras textuales del cura- puede hacer un escrito y denunciar a su padre. Mejor sería que supiese rezar el padrenuestro».

Sin ánimo de inmiscuirse en ninguna cuestión de carácter filosófico-religiosa, estamos en condiciones de asegurar, con el corazón en la mano, que en Galicia se precisaban muchas más personas de la índole de Arximiro Rico Trabada, pero ninguna como el viejo religioso medieval de capa y escapa. Para nuestra desgracia han predominado mucho más estas últimas que las que imitasen el ejemplo del célebre mártir de Baleira, a quien jamás la Iglesia llevará a sus altares, pese a no ser ateo y haber sufrido un calvario similar al de Jesucristo.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Mata a su suegra y a su esposa en O Saviñao (Lugo)

En la segunda mitad de los años ochenta del pasado siglo ya había comenzado el acelerón brusco del descenso de la población en los municipios más rurales y aislados de Galicia, principalmente aquellos que se encontraban en zonas de montaña u otros muchos que veían disminuir drásticamente su demografía porque las condiciones de vida no eran las más idóneas para las nuevas generaciones. Lo que no habían conseguido las masivas emigraciones a tierras americanas en la primera mitad del siglo XX ni las europeas desde principios de los cincuenta hasta los primeros años setenta, lo estaban consiguiendo otros factores secundarios en los que nadie había pensado jamás, uno de ellos la baja tasa de fecundidad de los gallegos de los últimos 30 años. Ahora se unía también el abandono de las nuevas generaciones del rural, pero con destino a otras áreas más pobladas, tales como cabeceras de comarca o ciudades como Lugo u Ourense, que experimentaban un notable auge motivado por la llegada masiva de gentes procedentes de sus respectivas provincias.

Ni siquiera se salvaban aquellos lugares que proporcionaban a los más jóvenes una cierta salida, tal es el caso de las explotaciones vitícolas del sur de la provincia de Lugo. Algunos pequeños municipios de la Ribeira Sacra veían descender su población a mínimos históricos por el abandono de los cultivos por parte de las últimas generaciones, que se desentendían de ese mundo rural que aún ofrecía algunas salidas a quienes estuviesen dispuestos a vivir en el campo.

Uno de los municipios que más directamente sufría esas consecuencias era o Saviñao que, hace ya 30 años, bajaba por primera vez en su historia de la barrera de los cinco mil habitantes hasta quedarse en los poco más de 3.700 que tiene actualmente. Los núcleos pequeños son los que más directamente están sufriendo los efectos de la despoblación, llegando a desaparecer una buena parte de los mismos, en tanto que otros están condenados a idéntica suerte en tiempos próximos.

En uno de esos pequeños núcleos, concretamente en San Vitorio de Ribas do Miño, en el referido municipio de O Saviñao, sus cada vez más escasos residentes se verían sorprendidos por un trágico y macabro suceso al atardecer del 29 de septiembre 1987. En esa fecha uno de sus vecinos, Javier López Andrade, daría muerte a su esposa, Milagros Rodríguez López, de 55 años, y a la madre de esta, Zenaida López, una mujer ya anciana tras dispararles tres veces con la escopeta de caza que tenía en su casa.

Celos

El móvil de este macabro crimen, que sorprendería y consternaría de sobremanera a las siempre pacíficas y entrañables comarcas de Ribeira Sacra y Terras de Lemos que convergen en distintos puntos, pareció deberse a los constantes ataques de celos de los que era presa el criminal, según declaraciones a la prensa de sus allegados así como también de una hija del matrimonio formado por Milagros y Javier. Otra de las personas de la que sentía enormes celos era de un cuñado suyo, con quien su esposa había vivido hacía ya algún tiempo.

El suceso se produjo cuando se encontraban discutiendo Javier López y Milagros en su casa. En ese momento se dirigió a la misma la madre de la mujer para pedirles que les diesen maíz para las gallinas cuando la madre de una de las víctimas quiso mediar en la discusión que mantenían su hija y su yerno. Es entonces cuando este último se aprovisiona del arma de fuego que guardaba en su casa disparando contra su suegra, quien recibiría dos impactos de bala, uno en el costado y otro en la espalda. Su esposa fallecería de forma instantánea de un solo disparo que el agresor disparó certeramente sobre su espalda.

Al consumar el doble crimen, Javier López Andrade se dirigió a casa de un vecino suyo para solicitarle que lo trasladase desde el lugar de los hechos hasta el cuartel de la Guardia Civil de Escairón, distante 20 kilómetros. Sin embargo, su convecino no se hallaba en ese momento en su casa por lo que decidió hacer el trayecto que le separaba del puesto de la Benemérita caminando, que recorrería en algo más de dos horas.

Condena

En los primeros días de noviembre de 1988 se celebró el juicio contra Javier López Andrade en la Audiencia Provincial de Lugo. Su abogado defensor alegó que su cliente había actuado bajo los efectos de los celos lo que le provocó una enajenación mental transitoria, por lo que requería que su defendido fuese ingresado en un hospital psiquiátrico con la finalidad de poder recibir el tratamiento adecuado.

Por su parte el fiscal se mantuvo en sus conclusiones provisionales solicitando dos penas de 20 años de cárcel por cada una de las muertes ocasionadas por el criminal. Finalmente, Javier López sería condenado a 30 años de prisión, con la atenuante de enajenación mental transitoria, así como al pago de una cuantiosa indemnización a los herederos de las víctimas.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Un lucense asesinado en Navarra

A mediados de la década de los años cincuenta del pasado siglo todavía seguían notándose en España las duras consecuencias de una terrible guerra civil que se reflejaba en la alargadísima sombra de una posguerra que no acababa de terminar. Cualquier circunstancia o situación era aprovechada por muchos desheredados del mundo para huir de un país en el que no solo se carecía de futuro sino, lo que es mucho peor, de presente y no había lugar a la esperanza. Contaba el famoso verdugo Antonio López Sierra que había aceptado su trabajo, consistente en ejecutar penas de muerte a garrote vil, porque no tenía ni que comer. A ello se unían otras penurias provocadas por un régimen autocrático e inhumano para el que sus ciudadanos no dejaban de ser más que simples estadísticas.

Al desahucio internacional al que había sido sometido el régimen del general Franco, se sumaba la precariedad en la que vivían muchos españolitos de la época, quienes volvían a tener que soportar viejos prejuicios en función del origen o estrato social en el que se habían criado, generando situaciones más propias de mediados del siglo XIX que del pleno siglo XX. Tal estado de cosas debió marcar muy profundamente a los protagonistas de la siguiente historia, dos individuos a los que la suerte no es que les resultara esquiva sino que, directamente, se burló de forma miserable de ambos relegándolos a los lugares más siniestros y turbulentos de aquel difícil mundo en que les había tocado vivir.

En el año 1955 coincidirían trabajando en el municipio de Iza, Victoriano Fernández Prada, un jornalero lucense de unos 30 años, y Mariano Tabar Aranache, un joven navarro de 29 años, que había nacido en un hospicio pamplonés, en el que pasaría gran parte de la vida que tenía hasta aquel entonces. Como todos los de su condición social, el paso por un centro de esas características no solo marcaría sus primeros años, sino el resto de su vida. Tabar Aranache había aprendido las duras lecciones de la escuela de la vida y carecía de cualquier afecto por nada ni por nadie. Incapaz de empatizar con ningún ser humano, era el clásico individuo carente de cualquier tipo de emotividad o afectividad personal. Solo pensaba en el día a día y en poder rapiñar aquello que se ponía a su disposición, circunstancia esta que le acarrearía no pocos problemas con la áspera y cruenta justicia de la dictadura franquista.

Victoriano Fernández tenía la intención de pasar al país vecino, Francia, con el ánimo de labrarse un futuro mejor que le evitase malvivir como le había venido sucediendo hasta entonces, ganando unos salarios de miseria y trabajando de sol a sol allí donde requerían sus servicios. Al parecer, Mariano Tabar se le ofreció a su amigo gallego para cruzar con destino al país galo por algún punto dónde esquivar la estricta vigilancia de fronteras que había en aquel entonces. Asimismo, también él le manifestó su intención de cruzar la línea fronteriza, aunque su objetivo fuese manifiestamente distinto.

Pedrada

A principios de noviembre de 1956 apareció flotando, en aguas del río Ubi, a su pasó por Huarte, el cadáver a quien muchos de sus vecinos reconocieron como el jornalero gallego que andaba trabajando por aquellos lares. Su cuerpo estaba completamente desnudo y presentaba una gran herida en la cabeza. En un principio se pensó que esta se había producido a consecuencia del impacto en su caída a las aguas del cauce fluvial, aunque algo hizo sospechar a los investigadores que no era así. Parece ser que Victoriano Fernández Prada había estado ingresado en un centro sanitario recientemente en el que, supuestamente, habría sido diagnosticado de una enfermedad incurable por lo que tomaría mucha fuerza la hipótesis del suicidio, a lo que se sumaba el carácter un tanto huraño y depresivo de la víctima.

Los agentes de la guardia civil de la zona empezaron a hacer indagaciones e investigaciones en el entorno del fallecido. Pronto se averiguó que los días en los que se produjo el crimen, a principios de noviembre de 1956, se les había visto juntos a Victoriano y a Mariano, lo que hizo centrar las sospechas sobre este último, dados sus antecedentes. Tardaría algo más de cuatro meses en ser detenido, hecho que no se produciría hasta los primeros días de marzo del año 1957, siendo apresado en la localidad ilerdense de Viella, a la que se había desplazado al sentir en la nuca el aliento de los investigadores.

Tras un «hábil interrogatorio», tal como lo define la prensa de la época, Mariano Tabar Aranache se declararía autor de la muerte de Victoriano Fernández Prada. Para ello, utilizó una piedra con la que le propinó un tremendo golpe en la cabeza que le provocaría una hemorragia craneoencefálica, a causa de la cual le sobrevendría la muerte. Según el testimonio del asesino, la agresión se produjo tras una discusión por motivos aparentemente banales. Posteriormente, desnudó el cadáver, se apropió de sus escasas pertenencias y lo tiró al río Ubi.

Segundo crimen

A raíz de esta detención, el autor de la muerte del jornalero gallego también se declararía autor de otro crimen ocurrido en la cercana localidad de Huarte, siendo la muerte de Victoriano Fernández, el segundo crimen que cometía. El primero había tenido lugar en agosto de año 1947. En esa fecha, desapareció un comerciante de la zona llamado Manuel Azpiroz Churrio, de quien no se volvieron a tener noticias. Su desaparición provocaría todo tipo de especulaciones entre el vecindario de la zona, pues se desconocía su posible paradero. Sin embargo, su ausencia había sido a consecuencia de su muerte, la cual se produjo en similares circunstancias a la del jornalero gallego.

Al parecer, Manuel había discutido con su verdugo por el precio de una partida de habas que había adquirido. Este, enfadado con él, le habría propinado una pedrada en la cabeza. Durante algunos días escondería el cadáver en un pajar para, posteriormente, trasladarlo, a un zona boscosa y enterrarlo en medio de unos matorrales. De hecho, casi diez años después, efectivos de la Guardia Civil encontrarían restos humanos en el lugar que les había indicado el asesino.

Mariano Tabar continuaría trabajando durante más de diez años por la misma zona donde había dado muerte al comerciante navarro, aunque debido a su actitud, siendo muy frecuente que se apropiase de distintas cosas, pronto sería despedido, estando encarcelado en más de una ocasión, aunque no llegase a pasar más de un mes ingresado en ningún centro penitenciario.

Condena

En septiembre de 1957 Mariano Tabar tuvo que hacer frente a un juicio en el que se le procesaba por dos asesinatos cometidos ambos con ocho años de diferencia. El fiscal mantuvo una actitud muy dura con aquel individuo que no dejaba de ser un pobre hombre que, además de carecer de oficio ni beneficio, ni siquiera tenía familia conocida. En sus conclusiones finales mantuvo la petición inicial de pena de muerte para el acusado.

El 8 de octubre de 1957 se conocía la sentencia por la que se condenaba a Mariano Tabar Aranache a la pena de muerte. Su abogado defensor recurriría ante el Tribunal Supremo, aunque esta última instancia judicial mantuvo la condena impuesta por la Audiencia de Navarra. Sin embargo, solicitaría un indulto a la Jefatura del Estado, aduciendo las circunstancias personales del condenado, tales como su desarraigo social y personal. El Consejo de Ministros concedería esta medida de gracia al condenado, siendo sustituida su condena por otra accesoria de 30 años de cárcel.

A partir de ese instante se pierde cualquier pista sobre la vida de Mariano Tabar Aranache, que iniciaría un largo periplo por las cárceles españolas en la que, como es de suponer, contactaría de nuevo con esos bajos fondos de personas desheredadas de cualquier esperanza en este mundo como le había ocurrido a lo largo de su penosa y descentrada existencia.

 

Una niña asesinada en Lugo

Avenida de A Coruña, lugar dónde fue secuestrada y asesinada la niña Marie Claire Paredes

A comienzos de la década de los ochenta, la ciudad de Lugo comenzaba a dejar atrás el pasado que siempre la había considerado como un entorno rural ligeramente más grande que los muchos y preciosos parajes rústicos que la rodean. Empezaba a ser una ciudad de verdad, que nada tenía que envidiar a muchas otras ciudades españolas iniciando una progresiva escalada de expansión, tanto social como demográfica, que la llegarían a convertir en una de las principales urbes del noroeste peninsular. En un momento dado estuvo considerada como la ciudad española que más crecía proporcionalmente de forma interanual. Al término de cada año de la década de los ochenta la capital lucense contaba con mil habitantes más que el año anterior, aunque, aún así, a todos sus residentes se les hacían grandes todavía las gradas del Estadio Santiago Bernabeu.

En la vieja urbe romana de Galicia se asentaban muchos de los emigrantes de pueblos y aldeas próximos que regresaban a su tierra después de una fecunda estancia en países europeos, además de muchos otros que comenzaban a abandonar el rural en busca de una prosperidad que no terminaba de llegar a sus lares de origen. Es en ese clima y en esas circunstancias a donde ahora nos dirigimos para narrar un trágico y terrible suceso que conmocionaría de sobremanera a una ciudad que estaba acostumbrada a vivir en la cotidianeidad y rutina más absolutas, únicamente interrumpidas -como siempre ha sido tradicional- en pleno mes de octubre por sus fiestas patronales en honor a San Froilán.

Esa dulce rutina sería bruscamente quebrada en el mes de agosto de 1980 cuando el día 8 del mencionado mes desaparecía una niña de nueve años que vivía con su familia en una calle próxima a la Avenida de A Coruña, donde sus padres regentaban un bar. Durante más de una semana todos los lucenses, tanto de la capital como de la provincia, estuvieron con el corazón en vilo en tanto no se tenían noticias de la pequeña Marie Claire Paredes Rivas, que aparecería brutalmente asesinada una semana más tarde de su desaparición en una casa abandonada muy próxima a la vivienda en la que residía junto con los suyos.

Familias conocidas

El día 15 de aquel caluroso mes de agosto de hace ya casi 40 años aparecería el cuerpo de la pequeña, horriblemente asesinada en una vivienda que pertenecía a la familia de su verdugo, José Fraiz Parga, un joven de 17 años que contaba ya con algunos antecedentes penales y que había estado internado en un centro de menores. Las familias del criminal y la su víctima se conocían de haber coincidido en la emigración en un país europeo en el que se habían afincado antes de regresar a la capital lucense.

La confianza que le inspiraba su agresor hizo que la pequeña atendiese sus requerimientos cuando se encontraba en compañía de otras amigas suyas en una sala de juegos de máquinas recreativas. Además, José Fraiz era cliente habitual del bar que regentaban los padres de la pequeña, situado en una calle paralela a la Avenida de A Coruña, por lo que no le costó ningún esfuerzo en convencerla para que lo acompañase. El motivo que había esgrimido su asesino era que le iba a enseñar unos conejos que eran propiedad de su abuela.

La suerte de Marie Claire Paredes no pudo ser más trágica y esquiva, ya que Fraiz Parga se aprovecharía de la confianza de la pequeña para darle muerte de una manera muy horrenda, dándole repetidos hachazos que terminarían con su vida, siendo hallado su cuerpo el 15 de agosto de 1980 en aquella vieja vivienda abandonada. Previamente, su raptor había intentado abusar de ella, a lo que la pequeña se resistió, gritando de forma reiterada. Posteriormente, intentaría matarla con una piedra y, en vista de que no lograba su macabro objetivo, le propinaría varios hachazos que terminarían con la vida de la niña. El joven asesino sería detenido de inmediato por la policía lucense sin manifestar ninguna emoción en el momento de ser arrestado. Se decía que uno de los agentes que lo había detenido le había preguntado si sabía lo que había hecho, a lo que el respondió muy secamente «si, la he matado».

Un tremendo sentimiento de impotencia y consternación se apoderó de una población que todavía no superaba los 70.000 habitantes, pero que rechazaba de forma muy enérgica cualquier atisbo violento que pudiese perturbar la habitual paz y tranquilidad de la que se gozaba en la siempre bella urbe romana. En la misma jornada en la que se produjo el hallazgo del cuerpo sin vida de la niña, alrededor de un centenar de personas se concentraron ante la vivienda de los padres de la pequeña solicitando la pena de muerte para su asesino, si bien es cierto que esta medida había desaparecido del ordenamiento jurídico español con la entrada en vigor de la Constitución de 1978.

Condena

El juicio por el asesinato que le había costado la vida a Marie Claire Paredes se desarrolló en Lugo a finales del mes de enero del año 1981 despertando una extraordinaria expectación entre los vecinos de la capital lucense, poco dados a que su ciudad copase las primeras páginas de los principales medios de comunicación de la época.

José Fraiz Rivas sería condenado a 25 años de prisión por el crimen que le costó la vida a la pequeña Marie Claire. Fue condenado por distintos delitos en grado de tentativa, entre ellos los de robo y violación, aunque se consideraba a estos como de forma reiterada, ya que había sido condenado por la sustracción de un bolso. La principal pena que habría de cumplir sería de 23 años de prisión por el asesinato de la pequeña. Todas ellas contaban con el atenuante accesorio de ser menor de edad en el momento en que habían ocurrido los hechos, pues el acusado todavía no había cumplido los 18 años.

Por otra parte, Fraiz Rivas debía indemnizar a la familia de su víctima con un millón de pesetas(6.000 euros), además de satisfacer las costas judiciales del proceso en el que había sido condenado.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

El crimen de Riotorto

Riotorto es una preciosa localidad lucense que parece esconderse tras un impresionante paraje que se emplaza en el confín de las comarcas de A Mariña y Terra Chá, siendo un lugar ideal para realizar una escapada de fin de semana. Con el colorido del valle de fondo, se respira una celestial paz y tranquilidad que harán las delicias de cualquier viajero que pretenda escapar a los constantes ajetreos generados por el estrés de la vida cotidiana. Al igual que muchos otros municipios gallegos de interior, se encuentra en alerta roja demográfica, perdiendo progresivamente población desde la década de los setenta hasta situarse en los niveles demográficos más bajos de su historia reciente. En los últimos 30 años ha perdido el 50 por ciento de sus habitantes. Además, quienes quedan en el inigualable paraje lucense son gente muy mayor. De sus escasos 1.400 censados, menos de 50 no supera ya los quince años, tónica muy habitual, por otra parte en la actual Galicia.

En medio de ese sosegado ambiente rural, únicamente interrumpido por el ruido de fondo de algún tractor o maquinaria agrícola, se produciría el 25 de julio 1999 un suceso que alteraría para siempre la tranquilidad vecinal y el plácido aroma de los pinos y robles, a quienes comienzan a ganar terreno las ínclitas plantaciones de grandes eucaliptales, al producirse un horrendo crimen que socavaría la eterna calma que se respira al fondo de los valles.

Era domingo, para colmo de los colmos la principal jornada del último Año Santo Compostelano del siglo XX, cuando ya se había comenzado a comercializar como Xacobeo en todos los rincones del universo a donde se llevaba la voz de la Xunta presidida por el todopoderoso Manuel Fraga Iribarne. En esa jornada un vecino de Riotorto, José Manuel Vila Freire, conocido como «O Frade» daba muerte a su convecina Herminia González, una mujer de 78 años con la que se había encontrado en uno de los muchos caminos rurales que se cruzaban entre ambos lugares en los que vivían ambos protagonistas.

Malas relaciones

Al parecer, «O Frade» asestó varios golpes con algún objeto contundente a su víctima, algunos de los cuáles le producirían importantes hematomas que le afectarían a órganos vitales, sucumbiendo ante la media docena de golpes que le había propinado su contumaz agresor. Posteriormente, su verdugo trasladaría su cuerpo hasta un pajar, conocidos en Galicia como palleiras, un galpón generalmente adosado a la residencia de muchas viviendas rurales. Allí lo taparía con una alpaca de paja hasta que fue localizado por agentes de la Guardia Civil.

La mortal agresión a su víctima estuvo motivada, al parecer, por las malas relaciones que desde tiempos inmemoriales mantenían tanto la víctima como el criminal que le quitó la vida. A eso se sumaba un fortísimo trastorno delirante que sufría José Manuel Vila, quien, una vez hubo perpetrado el brutal acto, se dirigió en su propia furgoneta hasta la prisión provincial de Bonxe, dónde se entregaría a las autoridades. Estas, al percatarse del estado en que se encontraba, lo remitieron a la Unidad de Psiquiatría del antiguo Hospital Xeral de Lugo.

A consecuencia de la muerte de su madre, una hija de la víctima entraría en una grave depresión psíquica que le impediría acudir al juicio en el que se deliberaba la suerte del asesino de su madre. Mientras, este último daría pruebas evidentes de su deteriorado estado mental al contar un rosario enhebrado de desavenencias con prácticamente todo su vecindario, además de estar sumamente obsesionado con el daño que sus vecinos le pudiesen hacer a causa de un posible envenenamiento de los alimentos y hasta el agua que consumía.

Historia surrealista

En el transcurso del juicio, José María Vila Freire narró una historia surrealista de su vida y también del hecho criminal que había protagonizado, lo que levantaría las carcajadas de los que se encontraban en la sala de vista de la Audiencia Provincial de Lugo. En aquella mañana de abril del año 2001, el encausado justificó su agresión mortal a Herminia González aduciendo que esta última lo había asido por los testículos, debiendo defenderse para que lo soltase lo que provocaría la muerte de su víctima.

Sin embargo, si era surrealista la versión de los hechos, debido al delirio paranoide que sufría, mucho más lo era la historia de su vida. En su melodramático relato acusaba a prácticamente todos los vecinos del lugar en el que residía de pretender envenenarlo, tal cual fuese una teoría conspirativa de las más enrevesadas. Así, contó que había cambiado de manantial para abastecerse de agua, pues temía que los vecinos lo hubiesen envenenado. De la misma forma, relató que hasta había cambiado de panadero, pues notaba el sabor del pan algo raro y que también ahí le habrían introducido veneno. Lo mismo dijo de su ex-esposa, de quien añadió que se había visto obligado a separarse porque terceras personas se habrían introducido en su vida conyugal. A prácticamente nadie se le escapaba -como sostenía el fiscal- que detrás de la actitud de «O Frade» se escondía una gravísima enfermedad de tipo psiquiátrico.

Un jurado popular se encargó de dictaminar la suerte del asesino de Riotorto, quien sería condenado a nueve años de cárcel, que debería cumplir en un centro de salud mental, dado el grave deterioro psíquico que sufría. El mismo fue considerado como una causa eximente para que evitase cumplir la condena en un centro de reclusión convencional.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Varios muertos en el peor temporal del siglo XX

Al ver el titular más de uno pensará que se refiere al famoso ciclón «Hortensia», que barrió literalmente Galicia en la jornada del 4 de octubre de 1984. Es cierto que aquellos tremendos vientos huracanados sembraron el temor y el pánico entre los gallegos. Ahora bien, en aquel entonces se avisó a la población a fin de evitar que el caos y la tragedia se apoderasen de las cerca de tres millones de almas que poblaban el noroeste peninsular. Sin embargo, hay otra fecha marcada en rojo en los calendarios de los fenómenos naturales que se aproximaron a Galicia a lo largo del último siglo del segundo milenio que ha quedado relegada al olvido, no sabemos si intencionadamente, pero que nunca o prácticamente nunca aparece reflejada en los distintos medios de comunicación.

La fecha a la que nos referimos es la del sábado, 5 de febrero de 1972. En la tarde de aquella fatídica y terrible jornada varias personas perecieron a consecuencia de un temporal mucho más dañino y mortífero que el famoso «Hortensia» pero mucho menos mediático, o al menos ha pasado al baúl de los recuerdos en donde duerme su sueño eterno. Tal vez fuera porque se trataba de otros tiempos en los que no había los avances que ya se registraban en la década de los ochenta, lo cierto es que aquel temporal pilló desprevenidos a la práctica totalidad de la población gallega de la época, que asistieron impasibles a la destrucción de algunas de sus más importantes fuentes de riqueza que quedaron al albur de uno de los fenómenos meteorológicos más terribles que han ocurrido en el siglo XX en Galicia.

El territorio más afectado por los efectos de aquel tremendo temporal fue la provincia de Lugo que tuvo que soportar vientos huracanados que alcanzaron una velocidad de 170 kilómetros por hora en su interior, según el registro efectuado en el centro instalado en la localidad de Castro de Rei, en el interior de la provincia, en plena comarca de Terra Chá.

Veinte heridos muy graves

Por lo que se comentaba con anterioridad, tal vez porque se vivía de otro modo a la sazón de ser otra sociedad muy diferente a la de tan solo una docena de años más tarde, además de vivir todavía en una decadente dictadura, apenas se facilitaron datos reales sobre lo que realmente había acontecido. A todo ello se unían unas deficientes infraestructuras en todos los campos que contribuyeron muy decisivamente a acallar lo sucedido. Se sumaba también la carencia de medios de comunicación que informasen puntualmente de unos devastadores acontecimientos que apenas han dejado su huella 47 años más tarde.

Se sabe, por informaciones periodísticas de diarios editados en Madrid, que solamente en Lugo capital hubo un total de veinte personas heridas de gravedad. Si bien es cierto que no hay constancia de la evolución de las mismas, ya que la noticia no tendría una rigurosa continuidad periodística como tienen hoy en día, a lo que hay que añadir la férrea censura que practicaba la dictadura con hechos que pudiesen ir en contra de sus intereses o deteriorasen su imagen. En la misma capital lucense fallecería un hombre en la misma tarde del temporal cuando se disponía a arreglar algunos desperfectos que le había ocasionado el viento en el tejado de su vivienda.

La cifra de muertos nunca se ha podido precisar con exactitud, pues en aquellos tiempos era muy complicado saber cuantos accidentes se registraron provocados por el temible ciclón. Examinando distintos medios de comunicación impresos de aquel tiempo se puede hacer un cálculo aproximado de que unas diez o más personas podrían haber perdido la vida a consecuencia de un temporal que ha quedado en el olvido.

Aunque todavía no eran muy frecuentes las comunicaciones telefónicas, las provincias de Lugo y Ourense quedarían incomunicadas durante varios días, al ser dañadas las instalaciones en ambas provincias. De la misma forma, el suministro eléctrico también sufriría una de las peores crisis de su historia, ya que durante un largo fin de semana no hubo luz eléctrica en la capital lucense ni tampoco en la gran mayoría de los municipios, siendo especialmente afectados los del norte y el litoral, donde las embarcaciones hubieron de permanecer amarradas varios días por temor a un nuevo temporal similar al de la tarde de aquel sábado del mes de febrero.

«El Progreso» no se publica

Una idea de la magnitud de aquellos hechos fue que el diario lucense «El Progreso» faltaría a la cita diaria con sus lectores, por vez primera en los 64 años de historia con que contaba en aquel entonces, en la jornada del domingo, 6 de febrero de 1972. La falta de energía eléctrica fue la principal responsable de que el único diario que se editaba en Lugo no estuviese en la jornada dominical en los quioscos.

Durante toda la noche y la madrugada que siguieron a la tarde de aquel terrible temporal varias dotaciones de bomberos de la capital lucense recorrieron toda la ciudad derribando algunos elementos que habían sido movidos por el viento a fin de evitar desprendimientos que terminasen en tragedia. Según los medios informativos anteriormente aludidos, prácticamente todos los inmuebles de la ciudad de Lugo sufrieron, de una manera u otra, los efectos de un devastador temporal que convirtió al área nordeste de Galicia en un auténtico y verdadero infierno.

En otro de los lugares donde se palparon las consecuencias de aquel espantoso ciclón fue en el parque lugués de Rosalía de Castro, lugar en el que el viento derribó varios árboles, algunos de los cuales contaban ya con más de medio siglo de historia. De la misma forma, a lo largo y ancho de toda la geografía lucense era frecuente contemplar chimeneas y árboles derruidos por el viento, además de centenares de postes de luz lo que explica la falta de abastecimiento eléctrico en las jornadas posteriores.

El principal sector de la economía del interior de Lugo, el agropecuario, sufriría muy directamente las consecuencias del arrasador ciclón. Las distintas fuentes informativas a las que se ha accedido cuentan que centenares de granjas, principalmente de pollos, fueron pasto de los vientos, pereciendo una gran parte de los animales al quedar aplastados en las instalaciones en las que se guarecían. Igualmente también la ganadería padecería unas duras consecuencias, ya que los agricultores de Terra Chá y Ribeira Sacra se calcula que perdieron más de la mitad de sus existencias de heno y paja, teniendo en cuenta que todavía faltaban casi tres meses para la llegada de la primavera y así poder dejar pastar libremente en campos y prados.

Pero, aunque no en toda la provincia, al viento se sumó la nieve en las zonas de montaña. De hecho, un grupo de universitarios compostelanos se vería atrapado en una descomunal nevada a las dos horas de salir del albergue de Piedrafita. Al parecer, aunque parezca un poco exagerado, en algunos tramos la nieve llegó a alcanzar varios metros de espesor. Mientras, en el noroeste de la provincia de Lugo media docena de vehículos quedaron atrapados en la Serra da Gañidoira, teniendo que abandonarlos sus propietarios hasta que pasase el temporal de nieve, al que se sumaba el viento.

Nunca hubo una estimación oficial de los daños ocasionados por aquel inhóspito huracán que arrasó la provincia de Lugo en la tarde de un ya lejano sábado del año 1972, en plenos estertores del franquismo. Se sabe que las pérdidas en los distintos sectores podrían superar tranquilamente los cien millones de pesetas de la época. Una estimación hecha por la Hermandad de Agricultores y Ganaderos cifraba las pérdidas en este sector en unos diez millones de pesetas de aquel tiempo.

Distintos entes y organismos, ninguno de ellos oficial, solicitaría la declaración de «zona catastrófica». Sin embargo, su petición caería olvidada en el baúl de los recuerdos del régimen franquista, al igual que cayeron otros tantos reclamos de una provincia pobre y deprimida que nunca contó con mucho aprecio de los distintos gobiernos centrales. Eran otros tiempos. Pero en esto tampoco se ha cambiado.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

14 muertos en el primer gran accidente de tráfico en Lugo

El año 1931 marcó un antes y un después en la sociedad española. Fue aquel un año muy movido en toda la geografía hispana al que no fue ajeno a Galicia, aunque -todo hay que decirlo- acabaría siendo todo más una mera ilusión forjada un ya lejano 14 de abril de 1931 que muy pronto se tornaría en múltiples desengaños y desencantos que llevarían a una trágica guerra civil tan solo cinco años más tarde.

La ciudad de Lugo hace casi nueve décadas continuaba siendo una de las más rurales de toda España. La mayor parte de la población de la capital continuaba concentrándose en su casco histórico, superando apenas los 30.000 habitantes. La principal base de su economía era una ancestral agricultura de autoconsumo que apenas daba para satisfacer las necesidades más básicas de una población que luchaba por una subsistencia que cada vez se hacía más complicada, debido a los efectos que se habían generado como consecuencia de la crisis de 1929. La emigración a tierras americanas comenzaba a frenarse, principalmente la que se dirigía al Caribe, pero por cuestiones estructurales del principal país receptor de mano de obra gallega. A los efectos colaterales de la gran crisis económica se sumaban ahora otras dificultades en su economía interna, derivados de los grandes desastres provocados por los ciclones y temporales que en aquellos años habían afectado a esta área del planeta.

Los medios de transporte estaban ínfimamente desarrollados tanto en la provincia de Lugo como en el resto de Galicia. No es descabellado decir que la capital lucense «había perdido el tren», o mejor dicho tal vez no llegó nunca. Pese a todo, por las maltrechas carreteras y calles de la principal urbe del nordeste gallego hacía ya años que circulaban los primeros vehículos, especialmente los dedicados al transporte colectivo de personas, dedicados de forma mayoritaria a trasladar viajeros a distintos eventos tales como ferias, mercados o romerías. En este contexto se producirá un trágico siniestro el 30 de agosto de 1931 que quedará para siempre grabado en la historia colectiva de la ciudad de las murallas.

En aquella fecha un autobús de la mítica marca Hispano Suiza, propiedad de la familia Ferreiro se despeñó en la entonces conocida como Costa do Baño, actualmente Curva da Viña. El conductor que iba al volante del vehículo era Manuel López Arias y a bordo del ómnibus iban unas sesenta personas que se dirigían a la romería que se celebraba en la parroquia lucense de Santa María do Burgo.

Exceso de velocidad

Una de las hipótesis que siempre se han barajado como posible causa del siniestro fue el exceso de velocidad a la que el vehículo, atestado de viajeros, tomó la curva precipitándose posteriormente, desde una altura de doce metros, al patio del balneario. A todo ello se sumaban las nulas condiciones de seguridad en las que eran transportados muchos viajeros, impensables hoy en día. Hay que incidir en este aspecto ya que una gran parte de los mismos viajaban en unos asientos adaptados en la parte superior del automóvil, conocida como pescante. En ella viajaban muchas personas debido a que era mucho más económica. Un total de 14 personas fallecerían como consecuencia del siniestro y otras 40 resultarían heridas de diversa consideración. Tanto los fallecidos como los heridos quedarían esparcidos por un radio de cinco metros.

Una vez más hay que destacar la entrega de los vecinos de la zona en las tareas de auxilio a las víctimas de este fatal percance. Además de los vecinos del barrio de A Ponte, el lugar donde se produjo el accidente, se sumaron a ellos los bañistas que cada año acudían a su puntual cita en el balneario lugués. También se trasladarían al lugar del suceso distintas personalidades de la época, entre ellas el entonces alcalde lucense, José Cobreros de la Barrera, que había sido elegido en la elecciones municipales de mayo, tras una nueva convocatoria que había invalidado a las del 14 de abril. Por su parte, serían movilizados todos los medios sanitarios que se disponían en la época para atender a los heridos. Como curiosidad, cabe destacar que el autocar siniestrado apenas presentaba desperfectos como consecuencia del trágico siniestro.

Luto

La ciudad de Lugo viviría unas intensas jornadas de luto en las fechas posteriores al suceso que tanto la había conmocionado. Los principales edificios de la ciudad presentaban todos ellos crespones negros en señal de duelo. Se suspenderían todo tipo de actividades lúdicas y festivas programadas para aquellos días, entre ellos un concierto de la Banda de Música en la Plaza de la República, hoy denominada Praza Maior.

Pero, el duelo no solo se haría notar en las instituciones oficiales. También se suspenderían verbenas y otros actos previstos para aquellas jornadas estivales, entre ellas la popular «Fiesta de los Chóferes». El día del sepelio de las víctimas cerrarían prácticamente todos los comercios de la vieja urbe romana de Galicia. Hasta cafés, bares y restaurantes cerraron sus puertas en señal de duelo por la mayor tragedia que había vivido la ciudad en muchos años.

El entierro de las víctimas sería uno de los más numerosos y concurridos que se recuerdan en la capital lucense, dándose cita miles de personas que seguirían la comitiva, con los estandartes de las distintas cofradías, hasta el cementerio, que se emplazaban en el mismo lugar donde hoy se levantan unas grandes instalaciones hoteleras. En el transcurso de la ceremonia religiosa una avioneta sobrevolaría la Plaza de Santo Domingo arrojando flores sobre los féretros.

A pesar de la enorme tragedia que sacudió a la ciudad de Lugo, no se tomarían medidas para mejorar las medidas de seguridad en el transporte de viajeros. Los autocares seguirían trasladando personas en el denominado pescante como si nada hubiese sucedido. Si cualquiera de los hechos que se han narrado aquí, desde la mera seguridad de los viajeros hasta la impresionante y fastuosa parafernalia montada con motivo de la ceremonia religiosa oficiada por el alma de los fallecidos, nos resultan poco menos que inauditos, ni que decir tiene que si, por cualquier circunstancia no prevista, se produce hoy en día un accidente similar, ya se estarían tomando las pertinentes medidas y estarían, con razón, los partidos políticos de turno exigiendo las responsabilidades que correspondiese. En aquel entonces todo se saldó con unos oficios religiosos en honor a los que perdieron la vida y hasta la próxima. En algo hemos mejorado.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias