Una niña asesinada en Lugo

Avenida de A Coruña, lugar dónde fue secuestrada y asesinada la niña Marie Claire Paredes

A comienzos de la década de los ochenta, la ciudad de Lugo comenzaba a dejar atrás el pasado que siempre la había considerado como un entorno rural ligeramente más grande que los muchos y preciosos parajes rústicos que la rodean. Empezaba a ser una ciudad de verdad, que nada tenía que envidiar a muchas otras ciudades españolas iniciando una progresiva escalada de expansión, tanto social como demográfica, que la llegarían a convertir en una de las principales urbes del noroeste peninsular. En un momento dado estuvo considerada como la ciudad española que más crecía proporcionalmente de forma interanual. Al término de cada año de la década de los ochenta la capital lucense contaba con mil habitantes más que el año anterior, aunque, aún así, a todos sus residentes se les hacían grandes todavía las gradas del Estadio Santiago Bernabeu.

En la vieja urbe romana de Galicia se asentaban muchos de los emigrantes de pueblos y aldeas próximos que regresaban a su tierra después de una fecunda estancia en países europeos, además de muchos otros que comenzaban a abandonar el rural en busca de una prosperidad que no terminaba de llegar a sus lares de origen. Es en ese clima y en esas circunstancias a donde ahora nos dirigimos para narrar un trágico y terrible suceso que conmocionaría de sobremanera a una ciudad que estaba acostumbrada a vivir en la cotidianeidad y rutina más absolutas, únicamente interrumpidas -como siempre ha sido tradicional- en pleno mes de octubre por sus fiestas patronales en honor a San Froilán.

Esa dulce rutina sería bruscamente quebrada en el mes de agosto de 1980 cuando el día 8 del mencionado mes desaparecía una niña de nueve años que vivía con su familia en una calle próxima a la Avenida de A Coruña, donde sus padres regentaban un bar. Durante más de una semana todos los lucenses, tanto de la capital como de la provincia, estuvieron con el corazón en vilo en tanto no se tenían noticias de la pequeña Marie Claire Paredes Rivas, que aparecería brutalmente asesinada una semana más tarde de su desaparición en una casa abandonada muy próxima a la vivienda en la que residía junto con los suyos.

Familias conocidas

El día 15 de aquel caluroso mes de agosto de hace ya casi 40 años aparecería el cuerpo de la pequeña, horriblemente asesinada en una vivienda que pertenecía a la familia de su verdugo, José Fraiz Parga, un joven de 17 años que contaba ya con algunos antecedentes penales y que había estado internado en un centro de menores. Las familias del criminal y la su víctima se conocían de haber coincidido en la emigración en un país europeo en el que se habían afincado antes de regresar a la capital lucense.

La confianza que le inspiraba su agresor hizo que la pequeña atendiese sus requerimientos cuando se encontraba en compañía de otras amigas suyas en una sala de juegos de máquinas recreativas. Además, José Fraiz era cliente habitual del bar que regentaban los padres de la pequeña, situado en una calle paralela a la Avenida de A Coruña, por lo que no le costó ningún esfuerzo en convencerla para que lo acompañase. El motivo que había esgrimido su asesino era que le iba a enseñar unos conejos que eran propiedad de su abuela.

La suerte de Marie Claire Paredes no pudo ser más trágica y esquiva, ya que Fraiz Parga se aprovecharía de la confianza de la pequeña para darle muerte de una manera muy horrenda, dándole repetidos hachazos que terminarían con su vida, siendo hallado su cuerpo el 15 de agosto de 1980 en aquella vieja vivienda abandonada. Previamente, su raptor había intentado abusar de ella, a lo que la pequeña se resistió, gritando de forma reiterada. Posteriormente, intentaría matarla con una piedra y, en vista de que no lograba su macabro objetivo, le propinaría varios hachazos que terminarían con la vida de la niña. El joven asesino sería detenido de inmediato por la policía lucense sin manifestar ninguna emoción en el momento de ser arrestado. Se decía que uno de los agentes que lo había detenido le había preguntado si sabía lo que había hecho, a lo que el respondió muy secamente «si, la he matado».

Un tremendo sentimiento de impotencia y consternación se apoderó de una población que todavía no superaba los 70.000 habitantes, pero que rechazaba de forma muy enérgica cualquier atisbo violento que pudiese perturbar la habitual paz y tranquilidad de la que se gozaba en la siempre bella urbe romana. En la misma jornada en la que se produjo el hallazgo del cuerpo sin vida de la niña, alrededor de un centenar de personas se concentraron ante la vivienda de los padres de la pequeña solicitando la pena de muerte para su asesino, si bien es cierto que esta medida había desaparecido del ordenamiento jurídico español con la entrada en vigor de la Constitución de 1978.

Condena

El juicio por el asesinato que le había costado la vida a Marie Claire Paredes se desarrolló en Lugo a finales del mes de enero del año 1981 despertando una extraordinaria expectación entre los vecinos de la capital lucense, poco dados a que su ciudad copase las primeras páginas de los principales medios de comunicación de la época.

José Fraiz Rivas sería condenado a 25 años de prisión por el crimen que le costó la vida a la pequeña Marie Claire. Fue condenado por distintos delitos en grado de tentativa, entre ellos los de robo y violación, aunque se consideraba a estos como de forma reiterada, ya que había sido condenado por la sustracción de un bolso. La principal pena que habría de cumplir sería de 23 años de prisión por el asesinato de la pequeña. Todas ellas contaban con el atenuante accesorio de ser menor de edad en el momento en que habían ocurrido los hechos, pues el acusado todavía no había cumplido los 18 años.

Por otra parte, Fraiz Rivas debía indemnizar a la familia de su víctima con un millón de pesetas(6.000 euros), además de satisfacer las costas judiciales del proceso en el que había sido condenado.

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El crimen de Riotorto

Riotorto es una preciosa localidad lucense que parece esconderse tras un impresionante paraje que se emplaza en el confín de las comarcas de A Mariña y Terra Chá, siendo un lugar ideal para realizar una escapada de fin de semana. Con el colorido del valle de fondo, se respira una celestial paz y tranquilidad que harán las delicias de cualquier viajero que pretenda escapar a los constantes ajetreos generados por estrés de la vida cotidiana. Al igual que muchos otros municipios gallegos de interior, se encuentra en alerta roja demográfica, perdiendo progresivamente población desde la década de los setenta hasta situarse en los niveles demográficos más bajos de su historia reciente. En los últimos 30 años ha perdido el 50 por ciento de sus habitantes. Además, quienes quedan en el inigualable paraje lucense son gente muy mayor. De sus escasos 1.400 censados, menos de 50 no supera ya los quince años, tónica muy habitual, por otra parte en la actual Galicia.

En medio de ese sosegado ambiente rural, únicamente interrumpido por el ruido de fondo de algún tractor o maquinaria agrícola, se produciría el 25 de julio 1999 un suceso que alteraría para siempre la tranquilidad vecinal y el plácido aroma de los pinos y robles, a quienes comienzan a ganar terreno las ínclitas plantaciones de grandes eucaliptales, al producirse un horrendo crimen que socavaría la eterna calma que se respira al fondo de los valles.

Era domingo, para colmo de los colmos la principal jornada del último Año Santo Compostelano del siglo XX, cuando ya se había comenzado a comercializar como Xacobeo en todos los rincones del universo a donde se llevaba la voz de la Xunta presidida por el todopoderoso Manuel Fraga Iribarne. En esa jornada un vecino de Riotorto, José Manuel Vila Freire, conocido como «O Frade» daba muerte a su convecina Herminia González, una mujer de 78 años con la que se había encontrado en uno de los muchos caminos rurales que se cruzaban entre ambos lugares en los que vivían ambos protagonistas.

Malas relaciones

Al parecer, «O Frade» asestó varios golpes con algún objeto contundente a su víctima, algunos de los cuáles le producirían importantes hematomas que le afectarían a órganos vitales, sucumbiendo ante la media docena de golpes que le había propinado su contumaz agresor. Posteriormente, su verdugo trasladaría su cuerpo hasta un pajar, conocidos en Galicia como palleiras, un galpón generalmente adosado a la residencia de muchas viviendas rurales. Allí lo taparía con una alpaca de paja hasta que fue localizado por agentes de la Guardia Civil.

La mortal agresión a su víctima estuvo motivada, al parecer, por las malas relaciones que desde tiempos inmemoriales mantenían tanto la víctima como el criminal que le quitó la vida. A eso se sumaba un fortísimo trastorno delirante que sufría José Manuel Vila, quien, una vez hubo perpetrado el brutal acto, se dirigió en su propia furgoneta hasta la prisión provincial de Bonxe, dónde se entregaría a las autoridades. Estas, al percatarse del estado en que se encontraba, lo remitieron a la Unidad de Psiquiatría del antiguo Hospital Xeral de Lugo.

A consecuencia de la muerte de su madre, una hija de la víctima entraría en una grave depresión psíquica que le impediría acudir al juicio en el que se deliberaba la suerte del asesino de su madre. Mientras, este último daría pruebas evidentes de su deteriorado estado mental al contar un rosario enhebrado de desavenencias con prácticamente todo su vecindario, además de estar sumamente obsesionado con el daño que sus vecinos le pudiesen hacer a causa de un posible envenenamiento de los alimentos y hasta el agua que consumía.

Historia surrealista

En el transcurso del juicio, José María Vila Freire narró una historia surrealista de su vida y también del hecho criminal que había protagonizado, lo que levantaría las carcajadas de los que se encontraban en la sala de vista de la Audiencia Provincial de Lugo. En aquella mañana de abril del año 2001, el encausado justificó su agresión mortal a Herminia González aduciendo que esta última lo había asido por los testículos, debiendo defenderse para que lo soltase lo que provocaría la muerte de su víctima.

Sin embargo, si era surrealista la versión de los hechos, debido al delirio paranoide que sufría, mucho más lo era la historia de su vida. En su melodramático relato acusaba a prácticamente todos los vecinos del lugar en el que residía de pretender envenenarlo, tal cual fuese una teoría conspirativa de las más enrevesadas. Así, contó que había cambiado de manantial para abastecerse de agua, pues temía que los vecinos lo hubiesen envenenado. De la misma forma, relató que hasta había cambiado de panadero, pues notaba el sabor del pan algo raro y que también ahí le habrían introducido veneno. Lo mismo dijo de su ex-esposa, de quien añadió que se había visto obligado a separarse porque terceras personas se habrían introducido en su vida conyugal. A prácticamente nadie se le escapaba -como sostenía el fiscal- que detrás de la actitud de «O Frade» se escondía una gravísima enfermedad de tipo psiquiátrico.

Un jurado popular se encargó de dictaminar la suerte del asesino de Riotorto, quien sería condenado a nueve años de cárcel, que debería cumplir en un centro de salud mental, dado el grave deterioro psíquico que sufría. El mismo fue considerado como una causa eximente para que evitase cumplir la condena en una centro de reclusión convencional.

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Varios muertos en el peor temporal del siglo XX

Al ver el titular más de uno pensará que se refiere al famoso ciclón «Hortensia», que barrió literalmente Galicia en la jornada del 4 de octubre de 1984. Es cierto que aquellos tremendos vientos huracanados sembraron el temor y el pánico entre los gallegos. Ahora bien, en aquel entonces se avisó a la población a fin de evitar que el caos y la tragedia se apoderasen de las cerca de tres millones de almas que poblaban el noroeste peninsular. Sin embargo, hay otra fecha marcada en rojo en los calendarios de los fenómenos naturales que se aproximaron a Galicia a lo largo del último siglo del segundo milenio que ha quedado relegada al olvido, no sabemos si intencionadamente, pero que nunca o prácticamente nunca aparece reflejada en los distintos medios de comunicación.

La fecha a la que nos referimos es la del sábado, 5 de febrero de 1972. En la tarde de aquella fatídica y terrible jornada varias personas perecieron a consecuencia de un temporal mucho más dañino y mortífero que el famoso «Hortensia» pero mucho menos mediático, o al menos ha pasado al baúl de los recuerdos en donde duerme su sueño eterno. Tal vez fuera porque se trataba de otros tiempos en los que no había los avances que ya se registraban en la década de los ochenta, lo cierto es que aquel temporal pilló desprevenidos a la práctica totalidad de la población gallega de la época, que asistieron impasibles a la destrucción de algunas de sus más importantes fuentes de riqueza que quedaron al albur de uno de los fenómenos meteorológicos más terribles que han ocurrido en el siglo XX en Galicia.

El territorio más afectado por los efectos de aquel tremendo temporal fue la provincia de Lugo que tuvo que soportar vientos huracanados que alcanzaron una velocidad de 170 kilómetros por hora en su interior, según el registro efectuado en el centro instalado en la localidad de Castro de Rei, en el interior de la provincia, en plena comarca de Terra Chá.

Veinte heridos muy graves

Por lo que se comentaba con anterioridad, tal vez porque se vivía de otro modo a la sazón de ser otra sociedad muy diferente a la de tan solo una docena de años más tarde, además de vivir todavía en una decadente dictadura, apenas se facilitaron datos reales sobre lo que realmente había acontecido. A todo ello se unían unas deficientes infraestructuras en todos los campos que contribuyeron muy decisivamente a acallar lo sucedido. Se sumaba también la carencia de medios de comunicación que informasen puntualmente de unos devastadores acontecimientos que apenas han dejado su huella 47 años más tarde.

Se sabe, por informaciones periodísticas de diarios editados en Madrid, que solamente en Lugo capital hubo un total de veinte personas heridas de gravedad. Si bien es cierto que no hay constancia de la evolución de las mismas, ya que la noticia no tendría una rigurosa continuidad periodística como tienen hoy en día, a lo que hay que añadir la férrea censura que practicaba la dictadura con hechos que pudiesen ir en contra de sus intereses o deteriorasen su imagen. En la misma capital lucense fallecería un hombre en la misma tarde del temporal cuando se disponía a arreglar algunos desperfectos que le había ocasionado el viento en el tejado de su vivienda.

La cifra de muertos nunca se ha podido precisar con exactitud, pues en aquellos tiempos era muy complicado saber cuantos accidentes se registraron provocados por el temible ciclón. Examinando distintos medios de comunicación impresos de aquel tiempo se puede hacer un cálculo aproximado de que unas diez o más personas podrían haber perdido la vida a consecuencia de un temporal que ha quedado en el olvido.

Aunque todavía no eran muy frecuentes las comunicaciones telefónicas, las provincias de Lugo y Ourense quedarían incomunicadas durante varios días, al ser dañadas las instalaciones en ambas provincias. De la misma forma, el suministro eléctrico también sufriría una de las peores crisis de su historia, ya que durante un largo fin de semana no hubo luz eléctrica en la capital lucense ni tampoco en la gran mayoría de los municipios, siendo especialmente afectados los del norte y el litoral, donde las embarcaciones hubieron de permanecer amarradas varios días por temor a un nuevo temporal similar al de la tarde de aquel sábado del mes de febrero.

«El Progreso» no se publica

Una idea de la magnitud de aquellos hechos fue que el diario lucense «El Progreso» faltaría a la cita diaria con sus lectores, por vez primera en los 64 años de historia con que contaba en aquel entonces, en la jornada del domingo, 6 de febrero de 1972. La falta de energía eléctrica fue la principal responsable de que el único diario que se editaba en Lugo no estuviese en la jornada dominical en los quioscos.

Durante toda la noche y la madrugada que siguieron a la tarde de aquel terrible temporal varias dotaciones de bomberos de la capital lucense recorrieron toda la ciudad derribando algunos elementos que habían sido movidos por el viento a fin de evitar desprendimientos que terminasen en tragedia. Según los medios informativos anteriormente aludidos, prácticamente todos los inmuebles de la ciudad de Lugo sufrieron, de una manera u otra, los efectos de un devastador temporal que convirtió al área nordeste de Galicia en un auténtico y verdadero infierno.

En otro de los lugares donde se palparon las consecuencias de aquel espantoso ciclón fue en el parque lugués de Rosalía de Castro, lugar en el que el viento derribó varios árboles, algunos de los cuales contaban ya con más de medio siglo de historia. De la misma forma, a lo largo y ancho de toda la geografía lucense era frecuente contemplar chimeneas y árboles derruidos por el viento, además de centenares de postes de luz lo que explica la falta de abastecimiento eléctrico en las jornadas posteriores.

El principal sector de la economía del interior de Lugo, el agropecuario, sufriría muy directamente las consecuencias del arrasador ciclón. Las distintas fuentes informativas a las que se ha accedido cuentan que centenares de granjas, principalmente de pollos, fueron pasto de los vientos, pereciendo una gran parte de los animales al quedar aplastados en las instalaciones en las que se guarecían. Igualmente también la ganadería padecería unas duras consecuencias, ya que los agricultores de Terra Chá y Ribeira Sacra se calcula que perdieron más de la mitad de sus existencias de heno y paja, teniendo en cuenta que todavía faltaban casi tres meses para la llegada de la primavera y así poder dejar pastar libremente en campos y prados.

Pero, aunque no en toda la provincia, al viento se sumó la nieve en las zonas de montaña. De hecho, un grupo de universitarios compostelanos se vería atrapado en una descomunal nevada a las dos horas de salir del albergue de Piedrafita. Al parecer, aunque parezca un poco exagerado, en algunos tramos la nieve llegó a alcanzar varios metros de espesor. Mientras, en el noroeste de la provincia de Lugo media docena de vehículos quedaron atrapados en la Serra da Gañidoira, teniendo que abandonarlos sus propietarios hasta que pasase el temporal de nieve, al que se sumaba el viento.

Nunca hubo una estimación oficial de los daños ocasionados por aquel inhóspito huracán que arrasó la provincia de Lugo en la tarde de un ya lejano sábado del año 1972, en plenos estertores del franquismo. Se sabe que las pérdidas en los distintos sectores podrían superar tranquilamente los cien millones de pesetas de la época. Una estimación hecha por la Hermandad de Agricultores y Ganaderos cifraba las pérdidas en este sector en unos diez millones de pesetas de aquel tiempo.

Distintos entes y organismos, ninguno de ellos oficial, solicitaría la declaración de «zona catastrófica». Sin embargo, su petición caería olvidada en el baúl de los recuerdos del régimen franquista, al igual que cayeron otros tantos reclamos de una provincia pobre y deprimida que nunca contó con mucho aprecio de los distintos gobiernos centrales. Eran otros tiempos. Pero en esto tampoco se ha cambiado.

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14 muertos en el primer gran accidente de tráfico en Lugo

El año 1931 marcó un antes y un después en la sociedad española. Fue aquel un año muy movido en toda la geografía hispana al que no fue ajeno a Galicia, aunque -todo hay que decirlo- acabaría siendo todo más una mera ilusión forjada un ya lejano 14 de abril de 1931 que muy pronto se tornaría en múltiples desengaños y desencantos que llevarían a una trágica guerra civil tan solo cinco años más tarde.

La ciudad de Lugo hace casi nueve décadas continuaba siendo una de las más rurales de toda España. La mayor parte de la población de la capital continuaba concentrándose en su casco histórico, superando apenas los 30.000 habitantes. La principal base de su economía era una ancestral agricultura de autoconsumo que apenas daba para satisfacer las necesidades más básicas de una población que luchaba por una subsistencia que cada vez se hacía más complicada, debido a los efectos que se habían generado como consecuencia de la crisis de 1929. La emigración a tierras americanas comenzaba a frenarse, principalmente la que se dirigía al Caribe, pero por cuestiones estructurales del principal país receptor de mano de obra gallega. A los efectos colaterales de la gran crisis económica se sumaban ahora otras dificultades en su economía interna, derivados de los grandes desastres provocados por los ciclones y temporales que en aquellos años habían afectado a esta área del planeta.

Los medios de transporte estaban ínfimamente desarrollados tanto en la provincia de Lugo como en el resto de Galicia. No es descabellado decir que la capital lucense «había perdido el tren», o mejor dicho tal vez no llegó nunca. Pese a todo, por las maltrechas carreteras y calles de la principal urbe del nordeste gallego hacía ya años que circulaban los primeros vehículos, especialmente los dedicados al transporte colectivo de personas, dedicados de forma mayoritaria a trasladar viajeros a distintos eventos tales como ferias, mercados o romerías. En este contexto se producirá un trágico siniestro el 30 de agosto de 1931 que quedará para siempre grabado en la historia colectiva de la ciudad de las murallas.

En aquella fecha un autobús de la mítica marca Hispano Suiza, propiedad de la familia Ferreiro se despeñó en la entonces conocida como Costa do Baño, actualmente Curva da Viña. El conductor que iba al volante del vehículo era Manuel López Arias y a bordo del ómnibus iban unas sesenta personas que se dirigían a la romería que se celebraba en la parroquia lucense de Santa María do Burgo.

Exceso de velocidad

Una de las hipótesis que siempre se han barajado como posible causa del siniestro fue el exceso de velocidad a la que el vehículo, atestado de viajeros, tomó la curva precipitándose posteriormente, desde una altura de doce metros, al patio del balneario. A todo ello se sumaban las nulas condiciones de seguridad en las que eran transportados muchos viajeros, impensables hoy en día. Hay que incidir en este aspecto ya que una gran parte de los mismos viajaban en unos asientos adaptados en la parte superior del automóvil, conocida como pescante. En ella viajaban muchas personas debido a que era mucho más económica. Un total de 14 personas fallecerían como consecuencia del siniestro y otras 40 resultarían heridas de diversa consideración. Tanto los fallecidos como los heridos quedarían esparcidos por un radio de cinco metros.

Una vez más hay que destacar la entrega de los vecinos de la zona en las tareas de auxilio a las víctimas de este fatal percance. Además de los vecinos del barrio de A Ponte, el lugar donde se produjo el accidente, se sumaron a ellos los bañistas que cada año acudían a su puntual cita en el balneario lugués. También se trasladarían al lugar del suceso distintas personalidades de la época, entre ellas el entonces alcalde lucense, José Cobreros de la Barrera, que había sido elegido en la elecciones municipales de mayo, tras una nueva convocatoria que había invalidado a las del 14 de abril. Por su parte, serían movilizados todos los medios sanitarios que se disponían en la época para atender a los heridos. Como curiosidad, cabe destacar que el autocar siniestrado apenas presentaba desperfectos como consecuencia del trágico siniestro.

Luto

La ciudad de Lugo viviría unas intensas jornadas de luto en las fechas posteriores al suceso que tanto la había conmocionado. Los principales edificios de la ciudad presentaban todos ellos crespones negros en señal de duelo. Se suspenderían todo tipo de actividades lúdicas y festivas programadas para aquellos días, entre ellos un concierto de la Banda de Música en la Plaza de la República, hoy denominada Praza Maior.

Pero, el duelo no solo se haría notar en las instituciones oficiales. También se suspenderían verbenas y otros actos previstos para aquellas jornadas estivales, entre ellas la popular «Fiesta de los Chóferes». El día del sepelio de las víctimas cerrarían prácticamente todos los comercios de la vieja urbe romana de Galicia. Hasta cafés, bares y restaurantes cerraron sus puertas en señal de duelo por la mayor tragedia que había vivido la ciudad en muchos años.

El entierro de las víctimas sería uno de los más numerosos y concurridos que se recuerdan en la capital lucense, dándose cita miles de personas que seguirían la comitiva, con los estandartes de las distintas cofradías, hasta el cementerio, que se emplazaban en el mismo lugar donde hoy se levantan unas grandes instalaciones hoteleras. En el transcurso de la ceremonia religiosa una avioneta sobrevolaría la Plaza de Santo Domingo arrojando flores sobre los féretros.

A pesar de la enorme tragedia que sacudió a la ciudad de Lugo, no se tomarían medidas para mejorar las medidas de seguridad en el transporte de viajeros. Los autocares seguirían trasladando personas en el denominado pescante como si nada hubiese sucedido. Si cualquiera de los hechos que se han narrado aquí, desde la mera seguridad de los viajeros hasta la impresionante y fastuosa parafernalia montada con motivo de la ceremonia religiosa oficiada por el alma de los fallecidos, nos resultan poco menos que inauditos, ni que decir tiene que si, por cualquier circunstancia no prevista, se produce hoy en día un accidente similar, ya se estarían tomando las pertinentes medidas y estarían, con razón, los partidos políticos de turno exigiendo las responsabilidades que correspondiese. En aquel entonces todo se saldó con unos oficios religiosos en honor a los que perdieron la vida y hasta la próxima. En algo hemos mejorado.

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El crimen del procurador

Lugo, a principios del siglo XX

A comienzos del siglo XX Lugo era una de tantas capitales de provincia en la que su vida transcurría de forma anodina y rutinaria, sin que nada o nadie alterase el devenir de una ciudad que apenas tenía 30.000 habitantes, la mayor parte de los cuales residían dentro del recinto amurallado. Un conocido y prestigioso periodista lucense la definía como una «aldea grande», en alusión al tradicional nexo que ha mantenido a lo largo de su historia con los grandes núcleos rurales que la circundan. Los lucenses nunca han estado al margen de ese carácter bonachón y campechano que caracteriza a las gentes de las parroquias y aldeas gallegas, teniendo prácticamente todos sus raíces en su extenso y precioso rural.

En los primeros tiempos de la anterior centuria se vivía en un ambiente familiar, que no distaba mucho de la manera de vivir en el mundo rústico, siendo frecuente contemplar por el entorno amurallado carros del país de los que tiraban dos vacas o bueyes. La tradicional tranquilidad solo se veía levemente alterada en el mes de octubre, cuando llegaban sus no menos tradicionales fiestas en honor a San Froilán, a las que ya se acercaban miles de personas procedentes de todos los rincones de la provincia.

Sin embargo, esa celestial paz de la que se gozaba en una ciudad «que nunca pasaba nada» se vio abruptamente interrumpida a mediados del año 1904. El 21 de junio de aquel año era encontrado el cuerpo sin vida de un indiano que había hecho fortuna allende los mares en unos sótanos de la Plaza del Castillo. Su cuerpo estaba visiblemente desfigurado, presentando muy claras señales de violencia en el rostro y la cabeza, lugar donde había recibido dos golpes mortales de necesidad. La víctima se llamaba Antonio Ledo Espiñeira y era oriundo del término municipal de Guitiriz, en aquel entonces denominado Trasparga.

Desparición

Antonio Ledo había regresado a Galicia tras hacer fortuna en tierras americanas. Había invertido sus gananciales en distintos productos financieros de la época que le permitían vivir de forma desahogada, además de hacer préstamos a interés hipotecario a personas que requerían sus servicios económicos. Ahí, en su profesión, radicaría la causa que le acabaría costando la vida.

Nadie sabía que camino había tomado Ledo Espiñeira desde el 6 de junio de 1904. Era ya un hombre maduro, de 54 años, que sufría una ligera cojera a causa de un accidente que había sufrido en su infancia. Residía en hostales y pensiones de la capital lucense, siendo su último domicilio en la casa de la hermanas Acevedo, quienes regentaban un local de estas características. Fueron precisamente ellas quienes alertaron a las fuerzas del orden público de la desaparición del indiano, ya que nada se sabía de él desde hacía ya algunos días.

La gota que colmó el vaso la dio la esposa del procurador Abelardo Taboada, Ramona Acevedo, quien alerta a dos amigos de su marido, entre ellos el abogado José Benito Pardo, del hedor que procede de los sótanos de su casa. Previamente, había mandado a su criada, Casilda, a que bajase a aquel lugar para ver que era lo que podía causar aquel pestilente olor, aunque ella ya sospechaba que su marido pudiese tener algo que ver con la desaparición del prestamista, asunto del que ya se han hecho eco los distintos medios de comunicación.

Abelardo Taboada

Abelardo Taboada es un curioso personaje de la historia de la ciudad de Lugo en los últimos años del siglo XIX y principios del XX. Había nacido en A Coruña en el año 1864. Comenzaría a trabajar como escribiente con un procurador coruñés, prestando sus servicios en distintas instituciones. Llegaría a la vieja urbe romana de la mano de su gobernador civil, Ramón Folla, en 1889, quien lo había llevado con él para que ejerciese su profesión a su servicio, aunque a partir de 1891 empezará a trabajar como escribiente con el procurador Ramón Roca Seoane, quien tiene su despacho en el número 17 de la Plaza del Castillo. Además, ejerce funciones similares en el Ayuntamiento de Lugo.

Al fallecer Ramón Roca, Abelardo Taboada, un hombre alto y de muy buen aspecto, incluso algo chulesco, decide casarse con su viuda, Ramona Acevedo, una mujer que es 17 años mayor que él. Son muchas las personas de la alta sociedad lucense de entonces las que advierten a esta mujer de los muchos «defectos» que tiene el hombre que va a convertirse en su marido. Además de mujeriego, es aficionado al alcohol, al juego y a otros placeres de la vida que demandaban un alto poder adquisitivo. A pesar de ello o tal vez debido a ello, se convertirá en toda una personalidad de la época. Llegará a ser teniente alcalde de la ciudad tras salir elegido concejal en una candidatura presentada por el partido de Segismundo Moret. Además, llegará a ser un destacado dirigente del Círculo de las Artes, entidad en la que cometerá un importante desfalco.

Su elevado tren de vida le lleva a estar constantemente endeudado, viéndose en la obligación de hipotecar algunas de las propiedades de la persona con quien se había casado. Gracias a los contactos de los que disfruta en razón de los distintos cargos que ostenta, acabará conociendo a un emigrante que ha hecho fortuna y será a él a quien recurra para hacer frente a sus muchas y elevadas deudas.

Un buen día decide solicitarle un préstamo a Antonio Ledo. La cantidad que le requiere asciende a 8.000 pesetas de la época, aunque finalmente, por distintas razones, solo le podrá prestar 500 menos de lo acordado. En la fecha del crimen, el 6 de junio, el prestamista se entera de que la casa que Abelardo Taboada le ofrece como garantía está previamente hipotecada por parte del abogado José Benito Pardo, aunque este hecho resultará ser un rumor falso.

En la tarde del día de autos Ledo se dirige al número 17 de la Plaza del Castillo donde le aguarda para firmar el préstamo el procurador Taboada. Lleva con él las 7.500 pesetas. Cuando llega al despacho el emigrante indiano le dice que le ha intentado estafar, pues, según la información de la que él dispone, su vivienda ya está hipotecada. Es entonces cuando se inicia la discusión entre el procurador y el prestamista que sube de tono. En el transcurso de la misma este último le recrimina al anterior la vida disoluta y de dispendio que lleva en la ciudad de las Murallas, yendo un día con una mujer luego con otra, además del juego. El escribiente le contesta de malos modos reprochándole que viva a costa del sudor de los demás, cobrando intereses que rozan la usura.

Con un mazo

En un momento dado la discusión se sale de los cauces normales y el procurador esgrime un martillo, estilo mazo, con el que le sacude en la cabeza a Antonio Ledo, quien cae al suelo redondo sin poder reaccionar, a lo que se suman sus dificultades de movilidad. Le propinará un segundo golpe, lo que provocará que se le inunde el rostro de sangre. Con unas arpilleras le envuelve la cara para evitar que esta se derrame al suelo, aunque no conseguirá que las manchas del líquido elemento se incrusten en el piso de madera.

Aquel mismo día, a las siete de la tarde, Abelardo Taboada tiene sesión en el Ayuntamiento de Lugo. Intervendrá en distintos puntos del orden del día, pues es teniente de alcalde, en tanto que preside la corporación local Antonio Belón y actúa como secretario Carlos Pardo Pallín. Su teatralidad alcanza límites asombrosos. En un momento dado solicita del mandatario local poder abandonar el pleno municipal, pues debe ir hasta su casa. Va a examinar el cadáver de su víctima y no observa novedad alguna.

Al anochecer regresa a su casa como si tal cosa. Trata de disimular su estado de excitación, como si no hubiese ocurrido nada. Le sugiere a su esposa que se vayan ella y la criada al día siguiente a la parroquia de Gomeán a visitar una tía de la primera que no se encuentra muy bien de salud. Sin embargo, hay un detalle que le delata, ya que Ramona Acevedo se siente sorprendida cuando su marido le ofrece dinero para los gastos del viaje, aspecto este que no era nada usual en una persona que apenas le proporcionaba un céntimo para el sustento y gobierno de la casa, siendo muy reparado en este sentido.

Una vez más, Abelardo Taboada regresa al lugar del crimen para registrar los bolsillos de su víctima, apoderándose de la cantidad que se había comprometido a dejarle, 7.500 pesetas, además de algunas monedas de oro que lleva en el chaleco, así como un de un reloj de oro que porta el indiano. Posteriormente, cerrará todas las ventanas de la casa para que no se pueda ver lo que hay en su interior. Arrastrará también el cadáver al sótano de la misma, depositándolo en una de las celdas en las que está dividido, pues, antiguamente, sus dependencias habían albergado las instalaciones de la antigua cárcel lucense.

Huida

Al enterarse de que las hermanas Acevedo han decidido poner en conocimiento de las autoridades la ausencia de su huésped, Abelardo Taboada, emprenderá una precipitada huida que no parece llevarle a ningún sitio. Es visto por distintas personas que testificarán en su contra en el transcurso del juicio cuando toma un tren que le llevará a la ciudad de A Coruña. En el trayecto se encuentra con mucha gente que le conoce, entre ellas un distinguido comerciante lucense afincado en la capital herculina.

Al llegar a su primer destino, Taboada decide hacerse con los servicios de un mozalbete que se encargará de hacerle ciertos recados. Uno de ellos consiste en la adquisición de un billete de tercera clase a bordo del vapor de bandera neerlandesa Saint Thomas, que había arrivado al puerto coruñés en la tarde de aquel caluroso 7 de junio a nombre de Francisco Fariña Vecino, identidad que adopta con ánimo de despistar a las autoridades. Además, hay un detalle que no pasará desapercibido y es el abrigo en el que va envuelto para no ser reconocido, muy ostentoso por encontrarse ya en época estival. Pese a todo, es reconocido por el periodista Bernardo Faginas, un conocido suyo, pero también le reconoce el inspector de Vigilancia y Seguridad Antonio Ferrer, de quien no se percata de su presencia en las instalaciones portuarias.

A las nueve de la noche el barco holandés leva anclas con destino a La Habana, donde pretende escabullirse de su brutal crimen. En el transcurso de la travesía, Francisco Fariña (Abelardo Taboada) apenas mantiene relación con ninguno de los otros pasajeros. Incluso tiene que ser advertido en diversas ocasiones por miembros de la tripulación para que se ponga la obligatoria vacuna de la viruela para viajar a tierras americanas.

Mientras tanto, en la ciudad de Lugo se han encendido ya todas las alarmas. Las propietarias de la pensión en la que reside habitualmente el prestamista Ledo Espiñeira han puesto en conocimiento de las autoridades la desaparición de su huésped. De igual forma, salta también a los medios de comunicación, algunos de los cuales ya especulan que su ausencia es paralela a la del procurador Taboada, quien se estima que mantiene con el una deuda de 2.000 pesetas, una elevadísima cantidad de dinero para la época.

Extradicción

Al aparecer el cadáver del indiano en los sótanos de la vivienda de su propiedad con claros signos de violencia, ya nadie duda que la autoría de su asesinato es obra de Abelardo Taboada, lo que causa una oleada de furor, indignación y consternación en la sociedad lucense de la época, acostumbrada a que su vida discurriese por los cauces de la más normal y corriente monotonía, que ahora se veía bruscamente interrumpida. Ese clima de crispación salta también a las páginas de los principales diarios de entonces en los que se leen furibundas declaraciones de distintas autoridades, entre ellas las que dirigen los órganos rectores del Círculo de las Artes, quienes pretenden borrar cualquier huella que hubiese dejado en la institución tan funesto y cruel personaje.

Como consecuencia del macabro hallazgo en la casa número 17 de la Plaza del Castillo, son detenidas la esposa de Abelardo, Ramona Acevedo y su criada Casilda, así como un matrimonio amigo del procurador que son los maestros de Castro de Rei. Sin embargo, serán puestos en libertad tras prestar declaración y comprobarse que nada tienen que el brutal crimen que ha sacudido a la ciudad de Lugo. Además, el inmueble se convierte en un escenario maldito, pues todos sus moradores lo abandonan con destino a otros puntos. Casilda se despide de Ramona Acevedo, quien también se marcha a vivir a una casa que posee en la rúa do Miño. La gente, dominada por unas profundas creencias religiosas de la época, se santigua cada vez que pasa por delante de aquella «maldita casa» en la que ha aparecido el cadáver de un hombre con la cabeza destrozada y comida, en parte, por las ratas.

Mientras, las autoridades inician los trámites oportunos para que se conceda la extradición del prófugo de la Justicia española, aunque previamente ha de ser detenido, hecho que se produce el 28 de junio de 1904. Un policía se acerca a él y le dice: «¿Don Francisco Fariña o don Abelardo Taboada, supongo?», quien tras atarle las manos a la espalda lo condujo hasta el penal militar de San Cayetano, dónde se le incautan las pertenencias que le había sustraído a Antonio Ledo, entre ellas 7.411 pesetas, el reloj de oro, y las monedas.

Ya, en prisión, conocedor de todas las triquiñuelas que podían evitar su extradición a España, iniciará una huelga de hambre el 2 de julio, fecha en la que se conoce en Lugo que ya ha sido detenido por las autoridades de la isla caribeña. Incluso se pone en contacto con el poderoso Centro Gallego. Su presidente le ofrecerá el mejor abogado de Cuba, y si se evita la extradición, le dará un pasaje para que pueda marchar a algún estado sudamericano. Abelardo Taboada piensa que no existe tratado de extradición entre España y su antigua colonia. Sin embargo, el entonces presidente cubano Carlos Estrada firmará el documento que concede su extradición a España con fecha del 29 de agosto. En el mismo se especifica que al detenido solo se podrá juzgar por los delitos de robo y asesinato.

Regreso

El día de 2 de octubre de 1904 llega el procurador asesino al puerto de la ciudad herculina a bordo del vapor Alfonso XIII, mostrando ser una caricatura de lo que había sido antaño. Nada en su aspecto recordaba ya al apuesto hombre que había sido hacía tan solo unos meses. Además, trae puestas unas aparatosas argollas y calza unas sandalias. En la capital herculina es entregado a agentes de la Benemérita que lo trasladarán a Lugo.

El 5 de octubre el juez Félix Jarabo inicia los interrogatorios contra el acusado, quien da pruebas una vez más de su debilidad personal y humana. Prorrumpe varias veces en llantos y mantiene un mutismo extremo, hasta el punto que ni siquiera responde como se llama. En la cárcel en la que está ingresado ha de ser aislado de los demás presos con la intención de que estos no le hagan ningún daño.

El juicio se iniciará el 17 de enero de 1905 que se prolonga a lo largo de tres días. Son llamadas a declarar distintas personalidades, entre ellas el alcalde de Lugo, Antonio Belón y el secretario municipal Carlos Pardo Pallín. Asimismo, testificarán distintas autoridades del Círculo de las Artes de la capital lucense, así como su esposa, quien declararía que su marido había dejado de facilitarle dinero desde hacía meses para el sostenimiento de la casa. Los testigos periciales, entre ellos el forense que practicó la autopsia al cadáver de Antonio Ledo, confirman que las manchas encontradas en el suelo del piso en el que se cometió el crimen son de sangre humana, así como las que también se encuentran en el martillo con el que se perpetró la atrocidad.

Condena

Algo tiene la justicia que amansa a quien es procesado por fiero que sea el león que se enfrenta a ella. En el transcurso de la vista oral mantiene una actitud pusilánime, en tanto que el fiscal pronuncia un muy duro alegato en contra del acusado. Con un florido y barroco estilo de oratoria, que no guarda relación alguna con el que se utiliza en nuestros días, el magistrado se ratifica en lo manifestado en sus conclusiones provisionales, solicitando para el acusado Abelardo Taboada Roca la pena de muerte. En su durísimo alegato recuerda al hombre que el había conocido cuando llegó a Lugo y a la época en la que gozaba del amplio reconocimiento social de todos los lucenses.

En la tarde del 19 de enero el jurado encargado de dictar sobre su culpabilidad o inocencia se retira a deliberar. En la mañana del día siguiente se hace pública la sentencia en la que se condena a Abelardo Taboada Roca a la pena de prisión perpetua. Al conocer la pena que se le impone el procurador vuelve a llorar tal cual fuese una magdalena. Su abogado defensor Juan Bautista Varela Balboa, que es un joven y prestigioso criminalista, recurrirá ante el Tribunal Supremo, quien se ratificará en la sentencia impuesta por la Audiencia Provincial de Lugo, con fecha de 25 de junio de 1905.

Algo más de un mes más tarde, el 22 de agosto, Abelardo Taboada abandonará la prisión de Lugo para ser trasladado a la de Ceuta, en la que estaría internado unos quince años para ser trasladado posteriormente a la de San Miguel de los Reyes, en Valencia. Durante su estancia en la cárcel, en 1915, fallecerá su esposa Ramona Acevedo en un piso de la calle Obispo Aguirre de la ciudad de las Murallas.

El procurador recobraría la libertad tras haber permanecido en prisión más de veinte años. A partir de ese momento, se irá a vivir a su ciudad natal llevando una vida pobre y carente de cualquier sustento, similar a la de un mendigo, que contrastaba con el ambiente de lujos, dispendio y alta alcurnia en el que se había desenvuelto en sus años mozos en la capital lucense. Aparecerá muerto el 24 de enero de 1930 en la mampostería de una obra de la coruñesa calle de las Herrerías, un lugar al que iba a guarecerse para pasar la noche el famoso procurador, que un buen día de comienzos del siglo XX provocó un gran sobresalto en la siempre pacífica y acogedora ciudad de Lugo.

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Una matanza sin esclarecerse 25 años después

El 30 de abril de 2019 se cumplió un cuarto de siglo de uno de los sucesos más truculentos de la historia reciente de Lugo y su provincia. En la noche de esa jornada del año 1994, sábado para más señas, una mujer Isabel López Rodríguez, en compañía de su marido y otros familiares hallaron el cuerpo sin vida de su hermana Elena, de 32 años, que presentaba sendos balazos en la cabeza y del reponedor Esteban Carballedo, de 25 años, quien también yacía muerto sobre un gran charco de sangre, asesinado también de dos disparos en la misma parte del cuerpo en la nave que la empresa Cash Récord dispone en el Polígono Industrial de O Ceao, en la entrada a la vieja urbe romana por su área norte. El cadáver de la mujer estaba en su despacho, mientras que el del hombre se encontraba en la planta baja, con la televisión encendida. Tal y como se habían producido los hechos todo indicaba a que el móvil del crimen, que conmocionó a toda la provincia de Lugo y el resto de Galicia, había sido el robo.

Los asaltantes, que nunca fueron detenidos, se llevaron un botín de cinco millones de pesetas (30.000 euros actuales). El gerente de la firma en la capital lucense declaraba horas después que no descartaba que los autores del brutal crimen fuesen clientes suyos. Su tesis la corroboraba el hecho de que los empleados asesinados estuviesen en sus puestos de trabajo. Tampoco se conocía el modus operandi de los asaltantes. El suceso ocurrió en torno a las ocho de la tarde de aquel trágico sábado, ya que, unos diez minutos antes, Elena López había llamado a su familia para interesarse por el estado de salud de su suegro.

Vehículo sospechoso

Al coincidir en fin de semana, había una escasísima actividad en el polígono industrial lucense. Prácticamente nadie vio absolutamente nada. Solamente el propietario de unos talleres se percató de la presencia de un automóvil marca Volkswagen Passat que pasaba a una velocidad muy reducida y a bordo del cual iban tres personas. Este testigo declaró también que tuvo la impresión de que aquellos hombres miraban furtivamente hacia todos los lados como intentando asegurarse de que no había presencia de autoridades o terceras personas que los pudiesen avistar. A ello se añade que el coche presentaba unas manchas rojizas, que bien pudiesen ser sangre. Sin embargo, desconociéndose por que causa, la instrucción judicial nunca ordenó la investigación de este vehículo.

El rosario de despropósitos en la investigación se hizo patente desde el primer momento, tal y como declararía un alto responsable policial para quien las pesquisas nacieron viciadas, ya que, en su opinión, falló la investigación ocular. A ello se añade el hecho de que se hubiese perdido documentación. La hermana de Elena, Isabel, empeñada en que se esclareciese el suceso, manifestó que los agentes encargados de recoger todos los datos habían olvidado, en un primer momento, el carrete de la cámara de fotos y, posteriormente, trajeron otro carrete con 24 diapositivas.

Único imputado

En este cuarto de siglo solamente se ha investigado a una persona, un conocido empresario de hostelería lucense, a quien vinculaban con el trapicheo de droga en la zona de vinos de la ciudad de las Murallas. La familia de las víctimas, especialmente Isabel López, está convencida de que ese empresario es el responsable de la muerte de su hermana y del reponedor Esteban Carballedo. Ella misma se quejó muchas veces amargamente de la dejadez judicial que, en su opinión, afectaba a este suceso.

Uno de los testigos, que declaró ante la comisaría de policía, manifestó que ese empresario lugués le había dicho durante su estancia en la prisión de Bonxe que el había sido el autor material del crimen de O Ceao. Además, parece ser que le había propuesto dar un golpe en la nave en la que fueron encontrados muertos los dos empleados y que lo había rechazado. Pero para complicar todavía más las cosas, este testigo falleció a lo largo de estos últimos 25 años. Además, al parecer, el empresario lucense había recibido en reiteradas ocasiones la visita de un inspector de policía durante su estancia en la prisión.

A lo largo del último cuarto de siglo, el suceso que ha mantenido en vilo a la capital lucense no ha hecho más que dar bandazos. En este período de tiempo se cerró tres veces la instrucción judicial y se ha vuelto a abrir. La reapertura del caso se debió a la tenacidad y el coraje de Isabel López, quien se manifestó en huelga de hambre delante de la Audiencia Provincial en el año 2011. Mientras, el abogado de las familias de las víctimas, Gerardo Pardo de Vera no entiende como no se ha tomado declaración a dos guardias civiles, así como al testigo ocular que vio pasar lentamente el coche blanco el día en que ocurrió el suceso.

El último bandazo de este turbio y tenebroso asunto lo ha dado recientemente el juzgado encargado de estudiar el caso. Este último lo ha remitido a la Audiencia Provincial de Lugo para que decida si se prosigue con las investigaciones o se le da carpetazo definitivo. Pese a que ya han transcurrido más de 20 años, Isabel López, a quien se le tomó declaración 18 años después, alberga una tibia esperanza de que el más trágico acontecimiento que se ha vivido en la capital luguesa en el último cuarto de siglo no se cierre en falso.

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Asesinato y tortura de Juana Capdevielle

Muchos de los lectores pensarán que tal vez un asunto de estas características no tenga cabida en un blog dedicado a la crónica negra, aunque se trate de uno de los asesinatos más espeluznantes y repugnantes que se recuerdan en la comarca de Terra Chá. Decimos esto porque Juana Capdevielle fue brutalmente asesinada cuando ya se había iniciado el conflicto armado que desangró España durante casi tres años. Sin embargo, esta mujer no había cometido lo que se dieron en llamar «delitos políticos» durante la dictadura. Se le atribuía una cierta militancia republicana, aunque en los archivos del ministerio del Interior jamás constase como afiliada de ninguna formación política de la época. Solamente concurría una circunstancia, que pareció actuar como un agravante en su caso, que era la de parentesco. La ilustre pedagoga madrileña era la esposa del entonces gobernador civil de A Coruña, Francisco Pérez Carballo, quien sería ejecutado a los pocos días de iniciado el levantamiento militar contra la República.

Con el paso de los años se han ido conociendo muchos detalles acerca de la vida de Juana Capdevielle y de la fecunda labor que desarrolló como bibliotecaria y pedagoga durante los tiempos de la Segunda República española. Había sido una aventajada alumna del profesor y filósofo José Ortega y Gasset, al mismo tiempo que había cultivado la amistad de otras mujeres de su tiempo, entre ellas María Zambrano, siendo una personalidad muy reconocida en los ámbitos culturales de su época. Asimismo se caracterizaría por ser una distinguida conferenciante, destacando su discurso en las Jornadas Eugénicas españolas. En ellas disertó sobre un tema que podía resultar candente en aquel entonces, dada la mentalidad de la época. Presentó una interesante conferencia sobre «El amor en el ámbito universitario español».

La mala suerte parece que se cebó especialmente en el matrimonio Pérez-Carballo-Capdevielle, ya que fueron destinados a Coruña pocos meses antes de iniciado el conflicto bélico. Es más, es de sobra conocido que aunque la guerra en si no afectó a Galicia, pensamos que si cualquier muerte violenta nunca está justificada, en este caso muchísimo menos. Tan solo era la cónyuge de un político republicano. Este motivo fue causa suficiente para que sus asesinos se cebasen con una especial saña en contra suya.

Destierro

A los pocos días de iniciada la Guerra Civil, ardiendo el país en fuego por los cuatro costados, Francisco Pérez Carballo fue inmediatamente detenido a los pocos días de iniciarse la sublevación, que en Galicia contó con una mínima resistencia en la localidad pontevedresa de Tui, que fue inmediatamente sofocada por las fuerzas del entonces denominado Ejército nacional. Su marido le había ordenado a Juana que buscase un refugio o un lugar seguro y lo hizo en la coruñesa calle Real, en el domicilio de unos amigos del matrimonio. Sin embargo, la conocida bibliotecaria cometió un grave error al llamar al Gobierno civil interesándose por la suerte de su marido. Los enemigos de este le prometieron ir a buscarla para llevarla junto a él. Esa misma llamada les sirvió para localizarla, con lo que Capdevielle fue también detenida. En esta primera estancia en prisión comenzó el terrible calvario de la gran pedagoga madrileña, ya que fue informada de la ejecución de su esposo. A raíz de esta noticia, Juana sufrió un ataque de nervios que le provocó un aborto, ya que se encontraba embarazada del que iba a ser su primer hijo.

Por orden de una autoridad de la época, se decretó su puesta en libertad, aunque se le prohibía residir en la ciudad herculina. Decidió entonces marcharse al vecino municipio de Culleredo, a la parroquia de Vilalboa, al domicilio del diputado republicano Vitorino Veiga, que había sido un gran amigo de su marido. En todo momento se le ordenó a la joven intelectual estar localizada para lo que le requiriesen las nuevas autoridades gubernativas.

Jamás pudo imaginar la bibliotecaria que le aguardase un final tan horroroso y funesto. Sin saber nunca quien cursó la orden, Juana Capdevielle sería detenida de nuevo la noche del 17 de agosto de 1936 por miembros de la Guardia Civil, quienes se encargarían de vejarla y humillarla hasta límites extremos. Se sabe que fue brutalmente golpeada por los hematomas que presentaba su cadáver en el rostro y en algunas partes de su cuerpo, si bien nunca le fue practicada la autopsia. Estos detalles han podido ser conocidos gracias al testimonio de vecinos de la localidad lucense de Rábade que encontraron su cuerpo tirado, completamente ensangretado en medio de unos abedules, en unas vegas situadas en las inmediaciones de la carretera Nacional sexta a su paso por el mencionado municipio.

Vejaciones

Además de la violencia física y psicológica que ejercieron contra la pedagoga, se supone también que fue violada reiteradamente antes de darle muerte. Incluso durante muchos años se especuló con la posibilidad de que le cortasen los pechos antes de dispararle, si bien este extremo fue desmentido por familiares de la víctima en el transcurso de un curso de verano en torno a su figura que se desarrolló en Lugo en julio del año 2007.

Sea como fuere, lo cierto es que el cuerpo de Juana Capdevielle, que tenía tan solo 33 años, aterró de sobremanera a unas vecinas de Rábade a primeras horas de la mañana de aquel aciago y triste 18 de agosto de 1936, cuando se dirigían a recoger unas ramas de árboles para hacer fuego en las tradicionales lareiras. Por su testimonio, se ha podido deducir que el cadáver estaba muy desfigurado y en nada recordaba a la atractiva belleza natural de la que había gozado en vida la ilustre bibliotecaria. Las mujeres, paradójicamente y dentro de su normal inocencia, pusieron inmediatamente en conocimiento el hallazgo de un cuerpo en un estado lamentable ante las autoridades, entre ellas la propia guardia civil, quien ya seguramente estaría enterada del hecho. Además, años más tarde, manifestarían que tanto las autoridades civiles como militares de la época les habían prohibido comentar nada acerca del macabro hallazgo, advirtiéndoles de las duras consecuencias que ello les podría acarrear.

A pesar de las prohibiciones y la censura que se ejerció, nada impidió que se generase una amplia leyenda en toda la comarca en torno a la figura de aquella bella mujer que había aparecido macabramente asesinada en medio de aquellos árboles. Se llegó a asegurar que en el lugar dónde yació su cuerpo, jamás volvió a crecer la hierba, quedando como un recordatorio de que allí fue encontrada muerta. Otros aseguran que en un humedal próximo se reflejaba su límpido rostro sobre sus aguas claras en noches de luna llena. Seguramente sean leyendas que pasarán a la historia como muchas otras que se han ido creando con el paso de los años en torno a lugares y personas míticas. Ahora bien, lo que no es una leyenda ni tampoco un mito es la ilustre pedagoga y bibliotecaria Juana Capdevielle, cuya muerte representa poco menos que la inmolación de la propia inocencia.

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El crimen de las minas de A Pontenova

 

Hornos de A Pontenova en la actualidad.

A comienzos del siglo XX parecía que se iniciaba una nueva etapa para la provincia de Lugo al surgir unas explotaciones de limonita, procedente del material de hierro en los históricos municipios de Vilaoudriz y Vilameá, fusionados en 1963 en un mismo término municipal que es conocido desde 1979 como A Pontenova. Hasta esa fecha el nombre oficial era el de A Pontenova-Vilaoudriz. Como decíamos antes, este municipio que mansamente se extiende a lo largo de las riberas más caudalosas de la salmonera ría del Eo fue, en su día, el gran centro industrial de la provincia de Lugo. Conserva, como vestigio histórico que impactan alegremente a la primera impresión del visitante, la estructura de lo que en su día fueron los hornos que se empleaban para fundir metales.

En 1900 comenzó la explotación del mineral de hierro por parte de la Sociedad Minera de Vilaoudriz que, curiosamente, se había constituido ese mismo año en Bilbao y cuyos propietarios eran también vascos, empresarios del elitista barrio vizcaíno de Neguri, más acostumbrados que los gallegos a saber dónde se encontraban los nichos de negocio. A raíz de esta explotación masiva del material de hierro, se inicia un progresivo desarrollo demográfico en la comarca, llegando a superar, según algunas fuentes, los 15.000 habitantes. El imparable avance de la zona era abismal en relación a otros puntos de la provincia de Lugo, en la que se seguía viviendo de una ancestral y penosa agricultura de subsistencia que apenas cubría las necesidades básicas de sus habitantes. Pese al impacto que supuso en la economía provincial de la época, este mínimo proyecto industrial era a todas luces insuficiente para erradicar el eterno éxodo de centenares de vecinos de la contorna allende el Océano Atlántico, donde los Barrié de la Maza y otros ávidos navieros les prometían un futuro que jamás se podrían haber imaginado en su tierra, aunque después llegase el tardío y desesperado arrepentimiento.

El trabajo que proporcionaron aquellas minas en el período previo a la Primera Guerra Mundial atrajo a centenares de obreros, casi ninguno de ellos cualificado, que huían del hambre y miseria de sus respectivas aldeas en las que estaban abocados a trabajar de sol a sol a ras de una yunta de vacas o bueyes que tiraban por un ancestral carro del país. Entre esos trabajadores había proletarios de todas las características. La mayoría de ellos eran muy abnegados por su trabajo, aunque siempre había algún que otro a quien no le gustaba quemarse en la fogosidad de aquella moderna industria. Así, comienzan a surgir desavenencias y desencuentros en las primeras etapas de la explotación minera que darán lugar a un hecho luctuoso y macabro.

Desaparición

El 2 de noviembre de 1905 uno de los encargados del primer turno de la explotación hecha en falta al minero Juan Rodríguez, un hombre honrado, trabajador y cumplidor, vecino de un pueblo próximo a Vilaoudriz. Tras varias horas de incertidumbre, nadie conoce el paradero del empleado, aunque uno de sus compañeros habla de que existen ciertas desavenencias entre el desaparecido y otros tres mineros. Al parecer, estas habrían surgido como consecuencia del denodado esfuerzo que hacía el desaparecido en su tarea diaria, aspecto este que no gozaba de la consideración de algunos de sus colegas con quienes compartía almuerzo y cena en las inmediaciones del lugar donde trabajaban. Sin embargo, son constantes las llamadas a la calma del encargado por parte de otros operarios con la finalidad de silenciar, en la medida de lo posible, la desaparición de Juan Rodríguez.

En los días subsiguientes es informado el encargado de la existencia de esas desavenencias y quienes son los que están duramente enfrentados a su compañero. Entre ellos se encuentran tres individuos que son Eudosio Carreira, Álvaro García y Domingo Pena. Se habla incluso de la presencia de un cuarto energúmeno, aunque no llegaría a ser procesado.

El encargado, muy preocupado por el destino de Juan Rodríguez, amenaza con expulsarles de la empresa, además de presentar la pertinente denuncia judicial en las que está dispuesto a acusarles de la desaparición de su compañero. Tras dos días de intensa angustia en los que intervienen investigadores de la Guardia Civil, uno de los mineros se encuentra dispuesto a hablar. Así, declara que el desaparecido había muerto como consecuencia de las puñaladas que le habían propinado, pero sin aclarar quien de los tres había sido, y que posteriormente habían arrojado su cadáver al interior de uno de los hornos destinados a la cocción del hierro y calentamiento de minerales. Para esclarecer completamente las circunstancias de este crimen, el juez de Ribadeo, que se encarga de su investigación, ordena parar de inmediato la cadena de producción para tratar de recuperar el cuerpo del desaparecido.

Huesos calcinados

En uno de los enormes hornos de A Pontenova el 4 de noviembre de 1905 se encuentran solamente los huesos de Juan Rodríguez que están ya completamente calcinados, debido a las altas temperaturas que han tenido que soportar. El crimen causa una profunda conmoción en la comarca, pero muy especialmente entre los trabajadores que integraban la empresa extractora de minerales, que no dan crédito a que tres compañeros pudiesen cometer una barbaridad de ese calibre. A partir de ese momento, la sociedad vasca que se encarga de la explotación de las minas hará una estricta selección de sus futuros empleados con la finalidad de que hechos similares no vuelvan a producirse. Además, el prestigio de las minas se ve repentinamente denigrado durante una breve temporada, incluso entre los vecinos y habitantes de la comarca, que empiezan a prejuzgar falsamente a la minería como un nido de delincuentes y no el motor de progreso económico y social que les habían prometido.

En marzo de 1906 se celebra el juicio contra los tres acusados de dar muerte a su compañero de trabajo. En un principio habían sido detenidos hasta cuatro mineros, pero posteriormente se demuestra que uno de ellos es completamente inocente, aunque no se deshecha la posibilidad de que hubiese sabido del trágico paradero de su compañero asesinado. El fiscal efectúa un duro alegato contra los detenidos, especialmente dirigido contra Domingo Pena, a quien se le atribuía la autoría material del asesinato, además de ser considerado el cerebro de aquel grupo. En sus conclusiones finales, el ministerio público solicita la pena de muerte para Pena y reclusión perpetua para sus cómplices.

A finales de abril se conoce el veredicto del juez acerca del sanguinario acontecimiento ocurrido en las minas. Domingo Pena se libra de la pena de muerte, pero es condenado a reclusión perpetua, en tanto que los otros dos mineros Eudosio Carreira y Álvaro García son condenados a 30 años de reclusión. El principal acusado sería puesto en libertad al proclamarse la IIª República Española, en tanto que los otros dos restantes habían alcanzado la misma al cumplir las dos terceras partes de su pena.

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Doble crimen y suicidio en Taboada

Taboada en la década de los sesenta.

El suroeste de Lugo, en plena comarca de Chantada, se vio afectado por un tétrico caso sangriento a finales de los años sesenta que llevó a la localidad de Taboada a la primera plana de la crónica negra gallega y española de la época. Nadie en este pequeño y apacible municipio se podía imaginar que su monótona vida rústica se viese sacudida de una forma tan abrupta en aquellos tiempos en los que tan solo rompían ese tedio diario las cartas que todavía llegaban de Ultramar y las cada vez más numerosas que procedían de las principales ciudades europeas. Mientras, el sencillo pueblo de la Ribeira Sacra proseguía con su deambular diario alcanzando las más altas cotas demográficas de su historia, superando la cifra de siete mil habitantes censados en su municipio que se irían reduciendo progresivamente a partir de la década de los setenta, hasta quedar en la mitad de los que tenía entonces en la segunda década del actual milenio. Los vehículos a motor eran todavía muy escasos.

Por las prolongadas avenidas surgidas en el margen de las carreteras a las que se había ido adosando la villa y que todavía no habían sido asfaltadas, solamente discurrían con cierta frecuencia los camiones destinados al transporte de bidones de leche, teniendo todavía preferencia los artesanales y tradicionales carros del país en el que el no menos tradicional y ancestral canto de su eje era la más habitual y melódica de sus sinfonías.

Ese casi celestial ambiente de cotidianeidad y familiaridad en el que se desenvolvía la vida de un municipio gallego de interior eminentemente rural se quebró de forma muy brusca el 2 de junio de 1969. En esa fecha María Fontao Porte y Clementina Rodríguez encontraron en el camino que comunica la villa de Taboada con el lugar de A Puricela los cuerpos de tres personas que, a tenor de lo que podían contemplar, habían muerto de forma violenta. Dos de los cadáveres correspondían a dos mujeres, una joven y otra septuagenaria, mientras que el tercero pertenecía a un mozo veinteañero. Al lado del cuerpo de este último se halló una escopeta de caza por lo que todo hacía suponer, como así fue, que el joven había acabado con la vida de las dos mujeres y posteriormente se había suicidado. Las fallecidas eran Carmen Prado Paredes, de 71 años, y su nieta Pilar Fontao Rodríguez, de 18. Mientras que el joven muerto era Ramon Portomeñe Montenegro, de 23 años.

Hermana e hija

Nadie se imagina el tremendo schock y el subsiguiente impacto emocional que pudieron sufrir las mujeres al encontrarse aquellos tres cuerpos sin vida. María Fontao, que era la mayor mayor de las dos, era hija de la septuagenaria, en tanto que la joven fallecida era, a su vez, una hija suya. Por su parte, Clementina era hermana y nieta de las mujeres asesinadas.

Después de sobreponerse al terrible impacto emocional se fueron atando algunos de los muchos cabos que dejaba suelto este aterrador y dantesco suceso para explicarse las circunstancias y el móvil de tan brutal y horroroso crimen que conmovió a la tranquila comarca de la Ribeira Sacra y por ende a la rural y pacífica Galicia de los sesenta.

El asesino -según todos los indicios hallados a posteriori- pretendía cortejar a Pilar Fontao, con la que supuestamente había mantenido una relación que nunca había llegado a fructificar. Ramón Portomeñe, que en el momento de producirse el trágico suceso era estudiante de quinto de bachillerato en el Instituto Masculino de Lugo, había escrito continuas cartas a la joven en las que le imploraba el establecimiento de una relación formal. Sin embargo, ella había rechazado de forma firme y tajante las proposiciones que le hacía quien, a la postre, se terminaría convirtiendo en su dramático verdugo. Además del incesante y abrumador acoso al que sometía a Pilar Fontao, esta pobre infortunada era objeto también de un constante chantaje emocional. El autor del crimen que acabaría con su vida le amenazaba reiteradamente a través de las frecuentes misivas que le enviaba con suicidarse en caso de que ella continuase obviando sus más que obsesivas peticiones.

Rechazo

La gota que colmó el vaso se produjo el domingo anterior al sangriento suceso. En el transcurso de una verbena celebrada en una parroquia próxima a la villa de Taboada, a la que asistieron ambos jóvenes, la chica se negó a bailar con Ramón Portomeñe, lo cual debió haberle herido y hasta traumatizado de sobremanera en su honor y orgullo personal, o tal vez sentirse rechazado en una magnitud que el consideraba extrema para que se decidiera a dar tan cruel y despiadado paso por lo que el consideraba un despecho poco menos que imperdonable.

Aunque se desconoce a ciencia cierta como sucedieron los hechos, se supone que el mozo se dirigió a casa de la joven y continuó acechándola y amenazándola. Lo peor de todo es que en esta ocasión iba armado con una escopeta de caza. En su enfermiza y perenne obsesión, Ramón no estaba dispuesto por nada del mundo a perder a la joven que constantemente embargaba sus lúgubres pensamientos. Ante el acoso patológico al que era sometida por parte de Portomeñe, su abuela materna Carmen Prado tomó cartas en el asunto, defendiendo a su nieta, circunstancia esta que le acabaría costando la vida de manera trágica. Tal vez sintiéndose acorralado y desangelado tras haber perpetrado un más que horroroso y escabroso crimen, como el que ya no tiene nada que perder o por las funestas consecuencias de su arrogante y sanguinario despecho, el obcecado mozo decidió poner fin a su vida con el mismo arma con la que había ejecutado a su pretendida y a la abuela de esta.

El hecho causaría una profunda conmoción en toda la comarca. Prueba de ello, fue la ingente cantidad de personas que se desplazaron al sepelio de las dos mujeres muertas. El hombre fue enterrado previamente para evitar darle un mayor dramatismo al suceso y de paso ahorrarse también algún doloroso y desagradable incidente. La consternación por este dramático hecho adquirió una dimensión mucho mayor que en otros acontecimientos de tipo sangriento al conocerse que las familias de los fallecidos mantenían unas relaciones muy estrechas y se profesaban mutuamente una más que notable amistad. Además, ambos clanes familiares, que eran muy conocidos en toda la comarca, gozaban de una extraordinaria reputación en toda la Ribeira Sacra.

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La matanza de Chantada

Funeral por los asesinados por Paulino Fernández en Chantada. Foto Delmi Álvarez,


Durante mucho tiempo, el nombre del municipio lucense de Chantada se asoció inexorablemente, de una forma totalmente injusta, a la crónica negra y el crimen. En una de sus aldeas tuvo lugar la mayor tragedia criminal que se recuerda en Galicia. Aquel 8 de marzo de 1989 pasaría a la historia de Galicia como su fecha más terrible. Nadie encontró jamás una explicación a la distorsionada y brutal actitud de Paulino Fernández Vázquez, un agricultor de 64 años que en la tarde de aquel miércoles de marzo se dedicó durante una hora a asesinar de forma indiscriminada a todos cuantos se encontró a su paso.

El autor de la mayor masacre de la historia de Galicia, Paulino Fernández, estaba considerado como un hombre normal, quizás un poco reservado y huraño, con fama de ser muy tacaño, pero que nadie podía imaginar que pudiese perpetrar una barbaridad de semejantes características. Nadie conocía en Chantada ni siquiera su familia que el homicida había estado ingresado durante unos días, hacía ya bastantes años, en el sanatorio psiquiátrico de Toén, en Ourense, dónde se le había diagnosticado una esquizofrenia paranoide aguda. Solamente su hermano Marcelino lo consideraba como un individuo ciertamente raro. Años después de la matanza, un sobrino de Paulino, al que le había regalado una escopeta de perdigones, declaró al diario La Voz de Galicia que le había advertido de que no disparase contra las golondrinas, «pues ellas habían sido las que le habían retirado los clavos de la cruz a nuestro señor Jesucristo». Paulino estaba considerado como un hombre muy religioso y de profundas convicciones cristianas, incapaz de hacerle daño a nadie.

Desde hacía algún tiempo Paulino Fernández se encontraba muy mal. Su vida transcurría por un tedio insoportable, a lo que se añadía una excesiva preocupación por la propiedad de su hacienda. Al parecer, hacía poco tiempo había adquirido unas tierras a unos vecinos que se encontraban en la emigración americana. Las mismas seguían figurando, pasado el tiempo, a nombre de sus anteriores propietarios en el catastro. Esa misma mañana había manifestado su inquietud al entonces alcalde de Chantada, Sergio Vázquez Yebra, abogado de profesión. Este último intentó tranquilizarle, sin éxito, aseverándole en reiteradas ocasiones que las parcelas adquiridas eran legalmente suyas y que nadie podía arrebatárselas. A todo ello, se unían las dificultades personales que, en soledad, sufría Paulino. Su mujer, Sofía Ríos, once años mayor que él, se encontraba paralítica y ciega, postrada en una silla de ruedas. Los deseos de su esposa eran los de morirse cuanto antes para terminar con su dramática situación. Según algunas crónicas, a consecuencia de todas estas dificultades que le torturaban, el criminal chantadino se dedicaba a frecuentar prostíbulos de la comarca. En uno de ellos había conocido a una prostituta brasileña de la que, según se dice, se había enamorado profundamente. Sin embargo, la súbdita sudamericana desapareció para siempre de la contorna, tomando un incierto camino.

Tal vez todas estas causas influyeran en el carácter de Paulino Fernández, a lo que se añadía un rosario interminable de desgracias familiares. Cinco de sus hermanos habían fallecido en trágicas circunstancias. La primera tragedia de la familia Fernández Vázquez se remonta al año 1925, en la que un hermano suyo, todavía niño, fallecería a consecuencia de la picadura de una víbora. Años más tarde, Serafín, otro de sus hermanos, perecería combatiendo en el frente de Zaragoza en el transcurso de la Guerra Civil española en el año 1938. La sombra del drama no cesaría de brotar en el ambiente familiar de Paulino. En años de Posguerra en Astorga fallecería otro de sus hermanos mientras cumplía el servicio militar a consecuencia de un accidente con arma de fuego. Finalmente, otros dos miembros de la familia Fernández Vázquez perderían la vida a consecuencia de sendos accidentes de tractores. El primero en 1965, mientras que otro lo haría en 1984, unos años antes de la dramática matanza. Quizás eran demasiados factores para que pasasen desapercibidos en la psique de Paulino Fernández, que, muy probablemente, en opinión de destacados especialistas en la materia, influyesen en su irracional y aviesa conducta, de la que tan solo parecía haberse percatado su hermano Marcelino.

La matanza

A mediodía de aquel trágico 8 de marzo, después de visitar en la villa de Chantada a su abogado, Paulino Fernández almorzó en su domicilio junto a su esposa y su hermano Marcelino, quien, al parecer, aseguraría posteriormente que lo encontró más raro que de costumbre, aunque no se podía imaginar que fuese a perpetrar una tragedia que marcaría para siempre a las aldeas de Ada y Surribas, en el suroeste de la provincia de Lugo.

En torno a las tres y media de la tarde, Paulino Fernández salió de su casa provisto de un cuchillo de grandes dimensiones, de los empleados para degollar cerdos, además de un machete. Sin mediar palabra alguna, agredió con el arma blanca a uno de sus vecinos más inmediatos, Jesús Gamallo, quien sobreviviría a la brutal agresión, después de ser trasladado al centro hospitalario de Monforte de Lemos, que había sido recientemente inaugurado en aquel entonces. Una expresión suya «O Paulino matoume» se haría tristemente célebre. Unos vecinos suyos que estaban esperando un autobús para dirigirse a un entierro tuvieron cuenta de este primer incidente sangriento, aunque no le dieron demasiada importancia, considerándolo tan solo como una reyerta. Sin embargo, tan solo era el principio de una sangrienta orgía que marcaría hasta nuestros días a la espléndida comarca de Chantada.

Tras perpetrar el primer acuchillamiento, Paulino se dirigió de nuevo a su vivienda. Echó al ganado a pastar en el amplio terreno que tenía en las zonas aledañas a su casa, que en Galicia es conocido popularmente con el apelativo de «cortiña». Después el homicida empuñaría de nuevo el cuchillo dirigiéndose a una finca del lugar conocido como A Lamela, donde cometería un cuádruple crimen, sin que nadie pudiese explicarse como ninguna de sus víctimas pudo haber desarmado al asesino, a pesar de que estaban empleando unas hoces en una tarea agrícola. La destreza de Paulino empleando el arma fue impresionante ya que en un breve lapso de tiempo asesinó al matrimonio formado por José Lago García, de 59 años y su esposa Celsa Sanmartín Ledo, de 63. Tampoco se salvó de sus fauces asesinas una hermana de esta última, Aurora, de 67 años, quien ocasionalmente se encontraba en la aldea pasando unos días, pues habitualmente residía en Vilagarcía de Arousa. En ese mismo lugar también le arrebató la vida de la misma forma a Maximino Amador Saá, de 72 años, cuñado de las anteriores víctimas. Al parecer, Celsa caminaría unos metros con intención de avisar de lo sucedido, pero caería al suelo poco tiempo después a consecuencia de las graves heridas que le había inferido el asesino, falleciendo en el mismo lugar donde había caído.

Después de haber asesinado ya a cuatro personas, Paulino prosiguió su sanguinario deambular, dirigiéndose ahora a Surribas, al lugar de Queizán donde acabaría con la vida de otras dos personas, concretamente con las de Avelina Montes Soengas, de 67 años y Emilio Ramos Blanco, de 76. Ambos intentaron alertar al resto del vecindario de las sádicas intenciones de su vecino, pero los intentos resultaron vanos. Aunque los vecinos ya estaban alertados del reguero de sangre que había dejado tras de si Paulino, este -exaltado como se encontraba- no era capaz de detener su furia. Un grupo de cinco vecinos intentó desarmarlo para evitar que prosiguiese ampliándose el grotesco espectáculo que había ensangrentado aquellas tierras. Aún así, el criminal se saldría con la suya y aún provocaría seis heridos más; uno de ellos, una mujer Amadora Vázquez Pereira, de 43 años, quien días más tarde fallecería en el Hospital Xeral de Lugo a consecuencia de las gravísimas heridas que le había provocado su agresor. Otro de los heridos, Raúl López, de 50 años, le provocaría un grave traumatismo craneal, al propinarle un hachazo en la cabeza. También resultaría herido de gravedad un joven de unos 20 años que intentó desarmar al criminal. Nadie se libraba de sus terribles y sangrientas garras.

Paulino sería desarmado en casa de su vecina Milagros Sáa, quien conseguiría arrebatarle el arma homicida. Fue entonces, cuando ya completamente desangelado y en plena embriaguez sanguinaria se dirigió a su domicilio, donde no había nadie, pues su mujer había sido trasladada a la villa de Chantada por su hermano Marcelino. Allí, en un garaje contiguo a la vivienda donde guardaba el tractor y otros aperos de labranza, roció con gasóleo, que empleaba para el vehículo agrícola, toda la casa, además de abrir la espita del gas butano, provocando un incendio que el esperó pacientemente entre las sábanas de su cama que acabaría ocasionándole la muerte, aunque se supone que a consecuencia del fuego su cuerpo terminaría precipitándose en las cuadras posteriores de su casa, donde aparecería horas más tarde completamente abrasado. Al iniciarse el fuego, así como el potente sonido de una explosión, tal vez de la cocina de gas bustano o procedente del tractor que había adquirido recientemente, fue cuando muchos vecinos se enteraron del grave drama que acababa de ocurrir en Chantada y que, al día siguiente, serviría para ilustrar las portadas de los principales diarios de difusión nacional. De la misma forma, también las principales cadenas de radio y televisión abrirían sus respectivos informativos con la desoladora tragedia que en aquella tarde previa a la llegada de la primavera había asolado a las siempre tranquilas, pacíficas, plácidas y verdes tierras gallegas que, momentáneamente, se habían teñido de rojo para luego, en señal de luto, cambiarse a un rancio color negro.

Alarma y desolación

En muy pocas horas, no solo Chantada, sino en el resto de la provincia de Lugo se había generado un terrible clima de alarma y desolación que llegaba a todos los lugares. Ni que decir tiene que en las zonas limítrofes se generó una inusual alerta, haciendo que muchos vecinos se encerrasen en sus casas, cerrando estas a cal y canto. Unas horas más tarde de haberse suicidado Paulino Fernández, todavía se decía que había sido avistado por unos vecinos armado hasta los dientes, como si se hubiese reconvertido en un espectro que amenazaba a los pacíficos vecinos de la siempre hermosa y vistosa Ribeira Sacra, que veía como uno de sus habitantes generaba una sinfonía de terror, tal vez cegado por unos vanos motivos que encenagaban aún más su oscura mente. Pero, por fortuna, sus vidas ya no corrían peligro, ya que su cadáver fue rescatado entre los restos calcinados de su vivienda, siendo reconocido por su hermano Marcelino, quien nunca se repondría anímicamente de la tragedia que había provocado Paulino.

El día 10 de marzo se celebraron las honras fúnebres por cinco de las víctimas provocadas por el irracional furor de Paulino. Presidía los actos religiosos el entonces obispo de Lugo, Fray José Gómez, quien en compañía de otros cinco sacerdotes, ofició el acto religioso en una explanada contigua a la iglesia de Adán, para que así un mayor numeroso de personas pudiese participar en los actos litúrgicos en memoria de los fallecidos. En el transcurso de los mismos se vivieron dramáticas escenas de dolor, consternación y rabia contenida, ya que nadie era capaz de explicarse los motivos porque Paulino Fernández había perpetrado un acontecimiento tan trágico y luctuoso que enmarcaría para siempre a aquellas tierras dentro de la crónica negra del siempre pacífico y acogedor mundo rural gallego. El homicida fue sepultado dos horas antes que sus víctimas. Se hizo así con la intención de evitar ahondar en la grave herida abierta en la parroquia. A su sepelio solo asistieron dos de sus cuñados y un nutrido grupo de periodistas.

Repercusiones

No cabe ninguna duda que la matanza de Paulino Fernández tuvo unas impresionantes repercusiones no solo en Galicia sino en el resto de España. El dramático suceso fue aprovechado por algunos de los medios más sensacionalistas para transmitir una imagen oscura y difusa del interior gallego y de su mundo rural en particular. Aquellos días se vertieron centenares de auténticas barbaridades, calificando a las áreas rurales gallegas como lugares poco menos que prehistóricos y peligrosos, cuando ninguna de las dos cosas es cierta. De hecho, los indicadores de criminalidad del Ministerio del Interior situaban a la provincia de Lugo como la segunda más segura de España, teniendo en cuenta que en aquel entonces las dos terceras partes de sus habitantes residían en núcleos rurales. En este sentido aún recuerdo el duro enfrentamiento que protagonicé en el programa de la tarde de RNE, que por aquel entonces dirigía Javier Sardá, con la periodista de sucesos Margarita Landy. Esta señora aprovechó el espacio para despotricar -literalmente hablando- contra el interior gallego, criticando muchos usos y costumbres, al tiempo que demostraba un perfecto desconocimiento de Galicia, o al menos la que conocíamos los dos no tenía nada que ver la una con la otra.

La célebre periodista de sucesos había visitado la tierra gallega de forma muy esporádica, solamente muy de vez en cuando y siempre que tenía lugar algún desgraciado suceso sangriento. La imagen que ella tenía de Galicia se había quedado anclada unos cincuenta años atrás. Hay que tener en cuenta que ya estábamos a final de la década de los ochenta. A la mítica informadora de crónica negra le dolió en el alma cuando yo intervine por teléfono en el programa para recordarle que sucesos sangrientos se producían en todas partes de España y, mucho más, en Madrid, que era la ciudad en la que residíamos ambos por aquel entonces. Le mencioné varios casos recientes, entre ellos el célebre crimen de la calle Sáinz de Baranda, acontecido en enero de 1988, donde una pareja de toxicómanos asesinó a un matrimonio de nacionalidad estadounidense y a su criada. Asimismo, también le recordé los constantes crímenes que por cuestiones de estupefacientes se producían en la madrileña calle Orense, en la que en poco menos de un mes, concretamente en noviembre de 1987, habían muerto cinco personas de forma violenta.

Sin embargo, no fue la mítica periodista de aspecto un tanto chulesco y macabro al mismo tiempo que se edulcoraba con una pipa en sus labios, la única que quiso sacar tajada de un sanguinario suceso que enlutó a Galicia. En el verano de 1989 la revista Tiempo publicaba un reportaje sobre los sucesos que se producían en la que ellos denominaban España profunda. El despropósito y amarillismo del reportaje fue tal que, personalmente, creo que me produjo náuseas. Se decía tal cantidad de sandeces y chorradas que me llevaron a censurar al mencionado medio de comunicación. Desde entonces y hasta la fecha de su desaparición, jamás volví a adquirir la mencionada publicación. En el reportaje antes aludido se hacía un supuesto estudio antroponímico de la criminalidad, dando cuenta de que «no era casualidad», en opinión del reportero, que los autores de esas barbaridades llevasen nombres de origen germánico, como es el caso de Paulino. Jamás he podido comprender tan burda y ridícula afirmación, ya que nadie aportaba el menor dato de rigor científico en el que pudiese ampararse semejante estupidez.

Posteriormente se siguieron sucediendo los supuestos intelectuales de la crónica negra en distintos programas de radio y televisión, así como en las páginas de la prensa, aportando cada cual su ridícula versión. Solo daban muestras del más absoluto desconocimiento de la realidad gallega. Incluso, hemos llegado a escuchar auténticas desfachateces, tales como que el autor del crimen de Chantada no era un enfermo mental ni actuaba bajo un brote psicótico, cuando los informes que se conocieron a posteriori revelaban que efectivamente Paulino padecía una esquizofrenia paranoide que le había sido diagnosticada en Ourense por el doctor Montes, aunque ni siquiera su familia estaba informaba de su diagnóstico.

Hoy en día, las pacíficas tierras de la Ribeira Sacra son un especial atractivo para muchos turistas que quieren aprovechar para darse un viaje en catamarán por el siempre delicioso y esplendoroso cañón del Sil que parece perderse en el horizonte de una singular y atractiva tierra que es firme candidata a convertirse en patrimonio de la humanidad. Sin duda se lo merece, pese a que en la memoria colectiva de muchos de sus habitantes aún este presente el espectro de aquel criminal que en un ya lejano día del mes de marzo de hace 30 años empañó la noble y pacífica convivencia de una comarca que nada tiene que ver con las grotescas y dantescas tierras gallegas que describía la periodista que fumaba en pipa en sus imaginarios relatos, más propios de alguien que había perdido el norte -a semejanza de Paulino Fernández- que no de un honrado y objetivo informador de sucesos.

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