El «hombre lobo» gallego era mujer

No cabe duda de que ya se ha escrito mucho acerca de este hombre. Tal vez demasiado. Han sido también muchas las leyendas que en torno a su figura se han generado al calor del fuego de las tradicionales lareiras gallegas en los larguísimos atardeceres de otros inviernos que resultaban mucho más crudos que los actuales en Galicia. Sin embargo, esas mismas leyendas que hablaban de Sacauntos, Sacamantecas o incluso de Chupasangres también han deformado y mucho la genuina realidad de este sujeto, considerado el primer asesino en serie de la historia de España del que se tiene constancia. No en vano, Manuel Blanco Romasanta, sería acusado de 17 desapariciones de personas, probablemente todas asesinadas en sus depredadoras garras, si bien es cierto que tan solo se consiguieron probar nueve crímenes de los que se le acusaba, que no es poco.

Con el paso de los años se han ido conociendo más detalles sobre su azarosa vida, aunque nadie ha declarado ser descendiente suyo, o cuando menos guardar una relación de parentesco con el individuo que daría pie al nacimiento de las leyendas de los hombres lobo. Se sabe que nació en el año 1809 en el lugar de O Regueiro en el municipio ourensán de Esgos. En su partida de nacimiento, según los abogados que han investigado en los pormenores de su existencia, los hermanos Félix y Castor Castro, consta haber nacido como mujer, bautizándolo con el nombre de Manuela. A los ocho años, cuando inició un cierto desarrollo físico, se le cambió el nombre a Manuel, con todo lo que suponía en una época histórica, tal como era el año 1817, en la que estaban presentes viejos prejuicios ancestrales en la sociedad gallega, tales como las maldiciones y otras supercherías tan arraigadas en una tierra de meigas y trasnos.

Respecto de su confusión sexual, el responsable de la Unidad de Antropología Forense del Instituto de Medicina Legal de Galicia, Fernando Serrulla, declaraba que Romasanta presentaba un caso claro de intersexualidad, de pseudohermafrodistmo extremo, que lo convertía en una lobismuller. Según la teoría sostenida por este médico e investigador, el presunto «hombre lobo» sería una mujer. El problema congénito que afectaba a Romasanta lo padecen uno de cada 10 o 15.000 nacidos. Ahí, en esa patología congénita podría estar el origen de su conducta criminal, ya que debido a la cantidad de andrógenos que segregaba le producía fuertes episodios de agresividad, que también habrían incidido en su proceso de virilización, desarrollando barba, cierta complexión masculina y hasta desarrollar un micropene. Su estatura era más bien baja, incluso para la época, ya que no alcanzaba los 140 centímetros.

Acerca de su vida más personal, se sabe que Romasanta se casó y enviudaría al año siguiente de su matrimonio, sin dejar descendencia alguna. A ello se añade la existencia de otros cuatro hermanos que si tuvieron hijos, por lo también se conoce que tendrían descendientes colaterales en distinto grado en distintos lugares de Galicia, principalmente en Allariz y la ciudad de Ourense.

Buhonero

A raíz del fallecimiento de su esposa, la vida de Manuel Blanco Romasanta experimentaría un cambio radical ya que abandonaría su tradicional oficio de sastre para dedicarse a la profesión de buhonero. Iba vendiendo distintos productos por las muchas ferias y mercados que había en la extensa Galicia rural de la época. Entre estos últimos vendía un famoso ungüento, del que se llegaría a aseverar que estaba elaborado con grasa y sebo que extraía de las víctimas a las que asesinaba con sus propias manos. También comerciaba con las ropas de las personas que había matado previamente, lo que serviría como una prueba fehaciente en contra suya en el juicio que se desarrollaría en el año 1852. Se desplazaba en una yegua por los pueblos y ciudades a los que iba, lo que también daba cierta idea de su poder económico, pues un animal de estas características era muy codiciado en la época y no estaba al alcance de todos los bolsillos.

Otro dato importante en la vida de este conocido licántropo es que sabía leer y escribir, aspecto este que no era muy habitual en su tiempo, en el que alrededor del 80 por ciento o incluso más de la población era analfabeta. Al reiniciar una nueva vida, que serviría de base para muchas películas y documentales modernos, comenzaría la actividad sádica y cruel de Romasanta, aunque durante muchos años eludió y esquivó finamente la acción de la justicia

Manuel Blanco Romasanta se ofrecía a muchas personas, principalmente mujeres acompañadas de sus hijos, como guía para atravesar los extensos y espesos bosques de la tierra gallega en aquel entonces con destino a otras localidades españolas en busca de una vida mucho mejor. Muchas de ellas eran madres solteras que intentaban huir de la marginación a la que habían sido relegadas en compañía de sus hijos para trabajar como amas de crías en lugares como Santander, León o Madrid. Sin embargo, casi todos ellos terminarían pereciendo en el trayecto antes de llegar al prometido destino.

Se sabe que dos de sus primeras víctimas fueron una madre y un niño de corta edad, quienes iban destinados a trabajar a casa de una pudiente familia en Santander, sin embargo, acabarían muertos en algún monte gallego. Para tranquilizar a la familia, Romasanta dirigía a la familia cartas que el mismo falsificaba, a nombre de los remitentes, en las que les informaba de que tanto la madre como el hijo se encontraban en perfecto estado. Pero, quizás no fuesen los primeros que eran víctimas de su insaciable apetito criminal.

Detención

Después de pasar bastantes años burlando la acción de la justicia y a pesar de que ya constaban algunas denuncias por desaparición, el «hombre lobo» gallego sería detenido en el año 1852 como consecuencia de una denuncia presentada en el municipio de Escalona del Alberche, en la provincia de Toledo, a raíz de la desaparición de una joven a la que él se encargaba de llevar hasta Madrid. Se tiene también constancia de su capacidad para engatusar a las mujeres, muchas de las cuáles fueron víctimas de sus engaños. Al parecer, según algunas investigaciones recientes, tenía el aspecto de una persona encantadora, con cierto atractivo personal, que le hacía ganarse con frecuencia el aprecio y amistad de quienes llegaron a tratarlo, siendo este uno de los aspectos de su personalidad que más se encargaba de cuidar.

Tras ser detenido, y al constatarse más de una docena de desapariciones en el área rural de Allariz, en Ourense, su pueblo natal, comenzó contra Romasanta un proceso en el que la entonces reina de España Isabel II no le dolerían prendas en escatimar esfuerzos económicos en un importante proceso que centraría, no solo la atención de la prensa española de la época, sino también internacional, siendo un juicio bastante seguido en Francia. El proceso se alargaría casi un año.

En el transcurso de la causa que se seguía en su contra, los abogados encargados de defender al «hombre lobo» gallego, aseguraron docenas de veces que su defendido padecía alguna enfermedad mental, que le ocasionaba esos brotes de agresividad extrema, que serían corroborados por el propio acusado. Este último llegaría a asegurar que en las noches que había luna llena se convertía en un lobo y ahí se iniciaban los episodios violentos en los que sentía como si se reconvirtiese en un fiero animal que acababa dando muerte a la mayoría de sus víctimas, teniendo una especial inclinación por asesinar mujeres. Sin embargo, para su desgracia contaría con el testimonio contrario de los peritos que se encargaron de examinarlo, quienes aseguraban que se encontraba en plenitud de facultades mentales, en un tiempo en el que las enfermedades de carácter psicosomático tenían una extraordinaria mala prensa, además de carecer de muy escasa o nula consideración en el mundo jurídico.

Licantropía

Lo más seguro de todo, según la opinión de diversos especialistas en psiquiatría, es que el famoso «hombre lobo» gallego sufriese episodios de licantropía, los cuáles se caracterizan por trastornos alucinatorios con ideas delirantes, en el que el afectado tiene la perfecta impresión de transformarse en un animal, siendo el lobo el más común de todos ellos. De la misma forma, va asociado a otros cuadros de carácter patológico, tales como esquizofrenia paranoide aguda y también trastornos afectivos diversos que le hacen percibir la realidad de una manera completamente deformada.

En sus estados de ánimo excitados en los que sufría sus ataques de agresividad extrema, se da por seguro que Blanco Romasanta sufriría estados de despersonalización, un cuadro morboso en el que el afectado se vería a si mismo como si estuviese en un sueño, es decir como una tercera persona. Para el psicoanálisis «el delirio del lobo es una suerte de conflicto no resoluto o trauma que lleva a la expresión de extremos instintos id primitivos que les lleva a evitar los sentimientos de culpa». Según el manual History of Psychiatry, desde la Edad Media hasta nuestros días hay pocos casos extremos constatados, los más populares son precisamente los hombres lobo, cuya cifra desde el Medioevo hasta nuestros días eleva a tan solo trece.

En la época en la que fue juzgado y condenado Manuel Blanco Romasanta los estudios sobre salud mental eran muy escasos y la psiquiatría estaba escasamente avanzada por no decir que no existía. El licántropo gallego sería condenado a morir en el garrote vil en el año 1853. Pero, para suerte suya, le sería conmutada la pena capital por la de cadena perpetua, tras la intervención de un famoso hipnólogo francés de la época, quien solicitó su indulto a la reina Isabel II, aduciendo que se trataba de un enfermo y que él, además de estudiarlo, podría ayudarle a superar su enfermedad, pues tenía fama de haber curado otros casos similares.

Muerte

Todo son conjeturas acerca del destino final de Manuel Blanco Romasanta. Son pocas las fuentes que coinciden donde se produjo su óbito. Hasta 2009 se sospechaba que el tristemente conocido licántropo gallego había fallecido en la cárcel de su pueblo, en Allariz, en la provincia de Ourense. En ese mismo año, un documental emitido por la Televisión autonómica gallega situaba su muerte en el Castillo de San Antón, situado en la ciudad de A Coruña.

La teoría más acertada acerca de la suerte que pudo correr Romasanta es la aportada por los estudiosos de su vida, los abogados y hermanos Félix y Castor Castro Vicente, quienes apuntan a que falleció en el penal de Ceuta en el año 1863 donde cumplía la sentencia que le había sido impuesta once años antes. La causa de la muerte, si bien no está del todo acreditada, pudo deberse a un cáncer de estómago. De todos modos, también se desconoce donde puede estar enterrado. En el hipotético caso de que algún día fuesen hallados algunos restos que presuntamente correspondiesen a Romasanta, sería preciso realizar las pertinentes pruebas de ADN con los distintos descendientes colaterales que todavía estén vivos para cotejarlos con los del famoso licántropo y así certificar con evidencias científicas que efectivamente se corresponden con los de su identidad.

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