Asesinan a un hombre en Pontevedra para «darle un escarmiento»

El crimen se produjo en las inmediaciones del Lago Castiñeiras

Aquel año 1978 prometía ser diferente. Por algunas calles de las principales ciudades de Galicia se manifestaban agricultores y ganaderos que protestaban por la abusiva cuota empresarial que debían satisfacer mensualmente al ministerio de Hacienda. También había concentraciones que reclamaban la inmediata puesta en marcha del Estatuto de Autonomía. Muy pocos, solamente los más viejos, se acordaban aún de la vieja regulación autonómica proclamada en un referéndum celebrado a escasos 20 días del inicio de la Guerra Civil. Por aquel entonces, estaba recién estrenada la primera autovía gallega, comúnmente conocida como «Autopista del Atlántico», que sufriría algunos ataques terroristas promovidos por la autodenominada «Coordinadora contra la Autopista», en la que se agrupaban algunos grupo ecologistas y radicales de izquierda. Estas actitudes resultarían hoy en día poco menos que inauditas, pero acontecieron hace ya más de 40 años.

En medio de ese clima, en el que las nuevas libertades recuperadas después de más de cuatro décadas que convivían con el arado romano, en Galicia proseguían sucediendo algunos hechos que en nada la diferenciaban de otras partes del territorio. Aunque continuaba siendo una tierra francamente muy pacífica y acogedora, algunas veces los gallegos se sobresaltaban con acontecimientos que sucedían muy cerca de su casa. Sin necesidad de salir al extranjero. Uno de esos oscuros episodios ocurriría en la localidad pontevedresa de Marín en la primavera de 1978 cuando una pareja decidía «darle un escarmiento» a un individuo que supuestamente acosaba a la mujer que formaba aquel macabro matrimonio.

Los hechos tuvieron su origen como consecuencia de las constantes proposiciones que José Carballal Acuña hacía a Carmen García Boullosa, ambos de mediana edad y vecinos de la localidad pontevedresa de Marín. Al parecer, esta última se encontraba «harta» de las proposiciones que le hacía el primero, por lo que decidió actuar en consecuencia, en connivencia con su marido, Paulino Soaje Antuña. Para ello, ambos cónyuges trazaron un macabro plan, con una cita incluida, a la que iban convenientemente armados con sendos cuchillos de grandes dimensiones.

En el paraje del Lago Castiñeiras

En una tarde de primavera, Carmen García citó a través de una llamada telefónica a su supuesto acosador, como queriendo hacerle ver que accedía a sus peticiones. Incluso le confirmó el lugar en el que tendría lugar la macabra cita. La mujer acudiría en su automóvil y lo recogería en la carretera. La víctima, después de subir al coche, intentó abrazar a Carmen, quien le conminó a que cesase en su actitud, pues el coqueteo vendría una vez que estuviesen en una pista forestal, ya muy próxima al lugar en el que se encontraba. Lo que desconocía José Carballal era que en el maletero del vehículo viajaba el marido de su presunta amada, Paulino Soaje Acuña.

Carmen y José prosiguieron trayectoria hasta encontrar la pista forestal a la que aludía la mujer, en un paraje próximo al lago Castiñeiras, que en aquellas fechas del año se encontraba escasamente frecuentado y estaba muy aislado de las poblaciones más próximas. Una vez en el lugar de autos, a José Carballal le llegaría su brutal desolación al poder observar que se había convertido en víctima de un engaño que iba a pagar muy caro. Del interior del maletero del coche, salió Paulino Soaje, provisto de un cuchillo de enormes dimensiones, con dientes de sierra. Otro similar portaba su esposa Carmen.

Ambos cónyuges, una vez llegado al lugar de autos, no dudaron en propinar al menos dos cuchilladas a José Carballal, quien cayó tendido en medio de un gran charco de sangre con grandes heridas en el abdomen de las que ya no se recuperaría. Se trataba de un brutal correctivo que nadie podría imaginar. A todo ello se sumaba el hecho de que la pareja que cometió el crimen no tuvo reparo alguno en ir avisar a la esposa de la víctima de lo que había sucedido y dónde se encontraba su marido herido de gravedad. Sería esta última quien lo encontraría en estado casi moribundo unas horas más tarde después de haber sufrido la brutal acometida. Tras dar aviso a las asistencias sanitarias, la víctima ingresaría todavía con vida en una clínica de Pontevedra en la que fallecería a las pocas horas.

20 años de cárcel

En noviembre de 1978 se celebraría el juicio por el suceso que comenzó a conocerse en Galicia como «El crimen del lago Castiñeiras». En el transcurso de la vista oral el fiscal encargado del caso desbarató todas las posibles coartadas de la pareja, quienes se aferraron en todo momento a la circunstancia de que en su ánimo no había intención alguna de propiciar la muerte de José Carballal, sino sencillamente de «darle un escarmiento». Sin embargo, la fiscalía consideró que se trataba de un asesinato premeditado y con alevosía mediante un plan previamente urdido por los atacantes en el que la víctima no tuvo la mínima ocasión de defenderse. A ello se sumaba el agravante de haberlo abandonado desangrándose en medio de un paraje escasamente transitado.

El veredicto de la Audiencia Provincial de Pontevedra no pudo ser más contundente, condenando a 20 años de cárcel a cada uno de los cónyuges del matrimonio formado por Carmen García Boullosa y Paulino Soaje Antuña. Además, la pareja debía indemnizar de forma conjunta y solidaria con un millón de pesetas (6.000 euros actuales) a los herederos de la víctima José Carballal Antuña. A ello se unía la prohibición expresa de acercarse a los familiares de este último por un período de cinco años, contados a partir de que hubiesen cumplido con la pena que les fue impuesta.

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Impunidad para el secuestro y asesinato de una joven de Marín

El cuerpo de la joven asesinada apareció cerca del lago Castiñeiras

Aquel año 1988 registró muchos sobresaltos en Galicia. El verano deparaba el proceso del entonces vicepresidente de la Xunta de Galicia, Xosé Luís Barreiro Rivas a consecuencia de sus problemas derivados de la concesión de las loterías instantáneas. A todo ello se unía una situación política muy inestable, ya que continuaba el «baile» de diputados autonómicos de unos grupos políticos a otros, en una situación muy compleja y difícil de aclarar.

En aquel ejercicio se sucedieron distintos hechos sangrientos que consternaron a la sociedad gallega de la época, poco acostumbrada a que en su tierra se produjesen acontecimientos de carácter violento. Algunos marcarían muy profundamente a un país que solo quería convivir en paz y disfrutar como nunca de una tierra de la que no habían podido gozar sus ancestros a causa de innumerables dificultades que les llevaron allende los mares. Sin embargo, esta Galicia ya era completamente distinta y en los años ochenta había progresado mucho. Poco o nada guardaba con el viejo tópico de que era una tierra incomunicada en la que solo llovía y se escuchaba el repique de alguna gaita. Eso ya era historia.

Uno de los hechos que más conmovería a la Galicia de entonces fue la desaparición de una joven de 17 años, Yasmina Soto-Quiroga Peralba, el día 30 de mayo de 1988 en la localidad pontevedresa de Marín cuando se dirigía a su trabajo a primeras horas de la mañana a su trabajo -como venía haciendo desde hacía algún tiempo- en un supermercado de Pontevedra. La muchacha, originaria de la parroquia marinense de O Seixo, tomaba todos los días el trolebús para hacer el trayecto desde Marín a la capital de Lérez, pero jamás se ha podido saber con exactitud lo que ocurrió en aquella primaveral mañana de hace ya más de tres décadas. Las incógnitas y el misterio perduran hasta nuestros días.

Tras su desaparición, y al ver que no daba señales de vida, sus familiares pusieron el hecho en conocimiento de las autoridades, siendo una tía suya, que trabajaba en el mismo supermercado, quien ofreció todo tipo de detalles acerca de la joven a la policía. Su familia descartó desde un primer instante la ausencia voluntaria de Yasmina, pues estaba considerada como una persona responsable y trabajadora. El último en verla fue con vida fue un antiguo compañero suyo de colegio, quien la recogió cuando hacía auto-stop en la carretera que une Marín con Pontevedra. Este hombre llegaría a ser como supuesto autor del asesinato que le costó la vida, aunque posteriormente sería puesto en libertad, al disponer de una coartada que le eludía de cualquier responsabilidad penal.

Tres meses más tarde

A lo largo de casi tres meses, toda Galicia, y muy especialmente la localidad de Marín, vivió con el alma en vilo al carecerse de cualquier noticia sobre el paradero de la joven desaparecida. Las indagaciones hechas hasta aquel momento habían resultado del todo infructuosas. Entre su familia comenzó a cundir el lógico desánimo. En ese tiempo en que los allegados de la joven desaparecida carecieron de cualquier noticia de su familiar recurrieron incluso a los servicios de un detective privado con el afán de hacer avanzar en la investigación del caso, que consideraban que había quedado paralizado. Solamente les sirvió de ayuda para poner en duda las declaraciones realizadas ante la policía del único sospechoso, pero no encontró ningún rastro sobre el paradero de Yasmina Soto-Quiroga.

El cuerpo de la joven aparecería en pleno verano, concretamente el 26 de agosto de 1988, en las inmediaciones del lago Castiñeiras, un bello y esplendoroso paraje natural situado a escasos cinco kilómetros del domicilio de Yasmina, en el vecino concejo de Vilaboa. Su hallazgo fue casual. En aquel entonces, un individuo, acuciado por una necesidad fisiológica, se introdujo por un espeso terreno inundado de zarzas y pudo observar algo extraño en medio de las mismas. Era el cuerpo de la joven desaparecida en Marín el 30 de mayo de ese mismo año. Sus restos se hallaban ya en claro estado de descomposición. Inmediatamente se puso en sobre aviso a los cuerpos y fuerzas de seguridad, quienes se desplazaron al lugar de los hechos para confirmar posteriormente que el cuerpo hallado en aquel zarzal efectivamente a la muchacha marinense.

La autopsia realizada al cadáver de la joven confirmarían que había sido víctima de un brutal asesinato, pues los forenses pudieron certificar que había sido literalmente cosida a puñaladas por su agresor. Sin embargo, el tiempo transcurrido entre su desaparición y el hallazgo de sus restos actuarían en contra de las investigadores, siendo muy decisivos a la hora de borrar algunas pruebas que, de haberse encontrado antes su cuerpo, hubiesen resultado trascendentales para el esclarecimiento de un crimen, que ha prescrito en la más absoluta impunidad. Su asesino consiguió eludir la acción de la justicia y ha estado en libertad los últimos 32 años, tantos como lleva muerta la joven de Marín que jamás se supo a ciencia cierta que fue lo que realmente le sucedió en la mañana de aquel trágico 30 de mayo de 1988.

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El crimen de San Xián de Marín

En la década de los años sesenta del siglo pasado comenzaba a haber «dos Galicias», muy cercanas geográficamente, pero muy alejadas tanto social como económicamente. Aunque la comparación no deja de ser banal y hasta, si se quiere, un poco grosera, a la Galicia de la época le sucedía algo similar a Alemania. El occidente, mucho más litoral, era mucho más próspero que el oriente, interior y con escasísimas comunicaciones con el resto del territorio. Además, cuanto más al suroeste de la región, mucho más se notaban esas diferencias. Los jóvenes de las áreas litorales del suroeste ya se podían permitir el lujo de no emigrar, a diferencia de lo que ocurría con toda la parte interior oriental, que se estaba quedando muy rezagada en relación a sus vecinos del área sudoeste gallega.

A pesar de todo, seguían existiendo por todo el territorio los tradicionales clanes familiares que tanto unían sentimentalmente a los gallegos a su tierra. Y en eso no se diferenciaban para nada los del suroeste de los del nordeste. Quedaban todavía ancestrales prejuicios con relación a determinados aspectos, si bien es cierto que las historias de meigas habían comenzado a desaparecer, aunque todavía quedase alguna señora de sayas largas que tratase de atemorizar a los más pequeños relatando hechos funestos en los que aparecían aquellos míticos y malvados seres que todo lo devoraban con sus hechizos.

El siguiente suceso nos lleva a una preciosa localidad del suroeste, próspera como pocas, debido en parte a la Escuela Naval Militar, que tenía su sede desde 1943 en Marín, época en la que el Gobierno del general Franco decidió trasladar sus instalaciones desde San Fernando, en Cádiz, al municipio gallego que forma parte de la Península del Morrazo. Se podría decir que a lo largo de los últimos tres cuartos de siglo, el nombre de esta localidad ha ido siempre unido al centro de estudios superiores militares.

En aquellos años sesenta, Marín vivía uno de los momentos de mayor esplendor y su progresión continuaba siendo imparable desde hacía dos décadas. Se podría decir que era un pueblo de película, y nunca mejor dicho, ya que las instalaciones navales servirían de escenario para el rodaje de muchos filmes de la época, inspirados en el poder que tenían los militares y la adhesión inquebrantable de las nuevas generaciones a un férreo y contumaz ejército que parecía tener la sartén por el mango en la vida cotidiana de los españoles de entonces.

Un «loco»

En ese excepcional ambiente de optimismo generalizado, a casi nadie se le podría pasar por la imaginación que pudiese acontecer un suceso que empañase el clima de optimismo que reinaba en aquella tierra. El 24 de febrero de 1963 un joven de 20 años, Rogelio Piñeiro Novegil, al que la prensa de la época no dudaba en calificar de «loco» daría muerte a su vecina María Veras Fernández, de 34 años, tras propinarle varias puñaladas en la parroquia de San Xián de Marín. Una vez hubo cometido el crimen escaparía del lugar del suceso sin destino conocido. Al parecer, el muchacho tenía perturbadas sus facultades mentales, tanto volitivas como cognitivas.

Durante varios días Rogelio Piñeiro anduvo vagando por montes y aldeas, probablemente sin comer. Cinco días más tarde de perpetrado el crimen fue detenido en la parroquia marinense de Santo Tomé por agentes de la Guardia Civil, ante quienes confesó ser el autor material de la muerte de María Veras. Dado el estado en que se encontraba, calificado por los medios impresos como de «gran excitación», el joven no aportó muchos detalles en relación al hecho sangriento que había protagonizado días antes, que conmocionaría de sobremanera a un municipio que era muy visitado en aquel entonces por las primeras autoridades políticas y militares de la época.

En el tiempo que estuvo ingresado en prisión, previo al juicio, daría pruebas de su discapacidad psíquica, con grandes alteraciones en su estado de ánimo, prácticamente incapaz de comprender nada ni de mostrar arrepentimiento alguno por la barbaridad que había cometido. El juicio en su contra se celebraría en la Audiencia Provincial de Pontevedra el 28 de enero de 1964. Pese a su evidente y degradado estado personal, las autoridades judiciales no tuvieron clemencia para sentenciarle a muerte, tal y como detallan en el auto hecho público dos días más tarde, acusado de un asesinato a lo que se unía la agravante de haber huido y no entregarse a las autoridades. No se tuvo en cuenta su grave discapacidad que le impedía la correcta percepción de la realidad.

Conocido el veredicto de la sala de lo penal de la Audiencia de Pontevedra, su abogado defensor apeló al Tribunal Supremo, quien ratificaría la sentencia de muerte a que le condenaba la Audiencia de Pontevedra en un auto emitido con fecha del 21 de enero de 1965. Solamente le quedaba la medida de gracia del Consejo de Ministros, quien, en su reunión del 16 de julio de 1965 y, publicada en el Boletín Oficial del Estado de 21 de julio del mismo año, indultaría a Rogelio Piñeiro Novegil. Como pena accesoria, era condenado a 30 años de cárcel.

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