Cinco niños muertos y 27 heridos en una excursión escolar

Las excursiones escolares han sido siempre un motivo de ilusión y fascinación para los más pequeños. Casi siempre se celebraban en final de curso o en algunos casos en fechas festivas, tales como Semana Santa. No escatimaban, en la mayoría de los casos, esfuerzos ni tampoco ilusión con la venta de distintos productos entre ellos loterías, rifas, pegatinas u otros accesorios con la finalidad de recaudar el tan necesario dinero para poder llevar a efecto las tan esperadas e ilusionantes excursiones escolares, algunas de las cuales terminaron en tragedia, tal y como fue el caso de los alumnos del colegio Vista Alegre, de Vigo, o el de los alumnos de la escuela de Artes Aplicadas Ramón Falcón, de Lugo.

Además de esas dos tragedias hubo otras que tuvieron una especial significación tanto por el numero de víctimas como por la aparatosidad del siniestro, entre las que sobresale la ocurrida en la jornada del 25 de junio de 1992 en la localidad pontevedresa de Silleda, al precipitarse un autocar que transportaba a 40 personas por un desnivel de 30 metros en el lugar de A Rocha, falleciendo cinco niños, con edades comprendidas entre los 13 y 14 años, y resultando heridos de diversa consideración otros 27 compañeros suyos.

El autocar siniestrado había partido de Monforte de Lemos, con alumnos del colegio Divina Pastora, a primeras horas de la mañana de aquellos primeros días de estío con destino ao Grove, dónde los jóvenes iban a disfrutar de unos días de sol y playa. Sin embargo, sus ilusiones se verían bruscamente frustradas cuando apenas pasaban cinco minutos de las diez de la mañana cuando el autocar enfiló el alto de A Rocha de San Sebastián, en el término municipal de Silleda, tomando una curva a la izquierda que, aunque no era demasiado pronunciada, el conductor del ómnibus se aproximó demasiado al borde de la carretera, precipitándose por un barranco. El autobús caminaría a lo largo de 53 metros por la orilla de la calzada antes de producirse el dramático suceso. Además, el autocar llevaba una velocidad prudencial en el momento de producirse el siniestro, pues iba a tan solo 50 kilómetros por hora.

Aplastados

Como consecuencia del desgraciado accidente, cinco de los muchachos que viajaban con destino a las Rías Baixas gallegas fallecerían aplastados por la carrocería del autocar en el momento en que se precipitaba por el barranco abajo. Otros 27 resultarían heridos de diversa consideración, siendo trasladados todos ellos a distintos centros sanitarios gallegos, entre ellos en antiguo Hospital Xeral de Galicia de Santiago de Compostela.

Sobre el asfalto, podían contemplarse algunos de los enseres que habían pertenecido a los muchachos accidentados, entre ellos algunas prendas y calzados deportivos, así como una trágica y dramática pancarta que sería reproducida durante bastantes jornadas en los distintos medios informativos de la época.

En el socorro de los heridos desempeñaría una función transcendental una Brigada Contraincendios de la Xunta de Galicia, que en esos momentos se encontraba levantando una torre de vigilancia en el monte. Un miembro de esta cuadrilla haría un relato desgarrador de los hechos, al comentar que una joven le había fallecido en los brazos después de haberla rescatado malherida del amasijo de hierros a que había quedado reducido el autobús siniestrado.

De igual forma, también se trasladarían al lugar del suceso dos helicópteros del Servizo de Salvamento e Socorrismo de la Xunta de Galicia, que tardarían 45 minutos en personarse en el lugar donde se había producido la tragedia, así como numerosas ambulancias de distintos centros sanitarios de municipios próximos al lugar del accidente.

Incertidumbre y tensión

Durante bastantes horas, debido en parte a la laboriosidad de los trabajos que suponía la excarcelación de algunos de los cuerpos que habían quedado aprisionados en el interior del autocar, entre los progenitores y familiares de las víctimas se generaría una gran incertidumbre y tensión, que no podría ser resuelta hasta las primeras horas de la tarde del día en que se produjo el fatal accidente cuando se facilitó la identidad de las víctimas mortales. El techo y la parte derecha del autocar, las más afectadas, quedarían completamente aplastadas, dificultando enormemente el rescate de los cuerpos de los jóvenes fallecidos.

En los centros sanitarios a los que fueron trasladados los heridos, algunos muchachos narrarían las escenas vividas en el interior del autocar en el momento de producirse el siniestro. Una de las heridas decía que en un principio aquello parecía un bache enorme, ya que pudo contemplar como un gran número de compañeros suyos caían sobre su cuerpo sin que pudiese hacer nada, para finalmente desmayarse y, al despertar, ver el autocar tumbado.

Mención aparte merece la reacción del autocar, un joven de 30 años, que, como consecuencia del accidente, que sería achacado a un fallo humano, sería presa de una profunda crisis nerviosa. Durante su estado de schock, del que tuvo que ser atendido en una clínica, el hombre se autoinculpaba de haber cometido un acto criminal.

Con la muerte de estas cinco criaturas se elevaba a un total de 125 la cifra de niños muertos en los distintos accidentes de autobús que, hasta aquel entonces, se habían registrado en España.

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Un muerto en los sucesos de Monforte de Lemos en 1979

Fiestas de Monforte de Lemos

En 1979 en España estaba recientemente estrenada la democracia. Se convertía al fin en un estado de derecho después de más de 40 años bajo una cruenta e inhumana dictadura que había dejado tras sí un reguero de odio que seguía manteniendo dividas a muchas familias españolas, en las cuales proseguían manteniéndose viejas rencillas como consecuencia del conflicto que había enfrentado a España a lo largo de tres años hacía ya más de cuatro décadas por aquel entonces.

Pese a que existía un clima de reconciliación y las viejas deudas parecían ya saldadas, todavía existían amplas capas sociales que no querían renunciar ni un ápice a los viejos y caducos privilegios heredados de un injusto y anticuado sistema político. Pero ya no era solo eso. También había quien no solo se resistía a cambiar, sino que incluso se pretendía una vuelta atrás, tal y como sería el caso de la intentona golpista del 23 de febrero de 1981. En Galicia, en concreto, todavía existían grupos a quienes les parecía que gozaban de un eterno derecho de pernada, tratando de imponer al resto sus viejos y anticuados preceptos que no eran, lo que se dice, una vía de progreso.

Dónde más se notaban esos antiguos privilegios era precisamente a nivel local. Allí las clases populares todavía seguían al dictado de antediluvianos caciques, quienes se pretendían perpetuar en sus sillones de terciopelo utilizando el sistema democrático a su antojo. Esas ancestrales fórmulas se manifestaban de muchas maneras y en casi todos los ámbitos de la vida que iban desde el meramente político, pasando por el económico y llegaban hasta el cultural y el lúdico-festivo.

Así ocurrió en las fiestas patronales de Monforte de Lemos que se celebraban en agosto de 1979. La organización de las mismas corría a cargo de una comisión con la que colaboraba el Ayuntamiento de la localidad. En ellas se seguía manteniendo un tradicional baile, considerado y calificado de elitista, en el que era preciso satisfacer el importe de una entrada para poder acceder al mismo. En esa época, los vecinos de la ciudad del Cabe habían recibido la promesa de sus representantes municipales de terminar con esta absurda tradición que no hacía más que dividir a la población entre pobres y ricos.

Carga policial

La promesa hecha en la campaña electoral, ya que el 3 de abril de 1979 se habían celebrado las primeras elecciones municipales democráticas, se convertiría en agua de borrajas al llegar las fiestas patronales. Nada alteró una tradición contra la que se manifestaron los vecinos de Monforte de Lemos aquel mismo año que se concentraron ante la puerta de la pista de la Compañía organizando una fiesta paralela a base pandeiros y gaitas. Al mismo tiempo, muchos jóvenes pretendían saltar la valla que circundaba el recinto fiestero, al igual que se hacía antaño.

Ante estas manifestaciones y al ver que los sucesos le desbordaban, la policía nacional reforzó sus efectivos, con números procedentes de otras comisarías. En la madrugada del 15 de agosto de 1979, los miembros de los cuerpos de orden público invitaron a los manifestantes a disolverse. Sin embargo, sus intimidaciones no dieron el resultado deseado y ello provocaría el pánico entre los congregados. La policía no dudó en emplear cuanto tenía a su alcance para conseguir que los manifestantes abandonasen el lugar. Por un momento, la capital del Val de Lemos se pareció a algunas localidades vascas de la época, ya que se empezaron a ver por el aire botes de humo y pelotas de goma, que estaban empleando los efectivos policiales contra unos indefensos manifestantes.

La tragedia se asomaría por vez primera a las tierras monfortinas en el transcurso de sus celebraciones festivas, ya que las pelotas de goma alcanzarían a algunos de los congregados, provocando heridas de gravedad a varios de ellos, uno de los cuales Emiliano Fernández, que estaba recientemente operado del corazón, fallecería en la Residencia Sanitaria Juan Canalejo de A Coruña días más tarde a raíz del impacto recibido.

Por otra parte, como consecuencia de estos sucesos, un total de nueve policías resultarían contusionados. Además, se efectuarían diversas detenciones de jóvenes involucrados en los altercados que convirtieron por unos días a la ciudad del sur de Lugo en el foco mediático de Galicia en aquel entonces. En días sucesivos se producirían concentraciones de protesta ante la Casa Consistorial y también ante la comisaría de policía de la ciudad del Cabe.

Quién tampoco se libraría de las consecuencias de aquellas protestas fue el primer alcalde elegido democráticamente en la capital de Lemos, Celestino Torres, quien vería como algunas de sus propiedades sufrían las consecuencias de las grescas tumultuarias. Algunos de sus negocios aparecerían con los cristales completamente destrozados.

La protesta obtendría resultados al año siguiente, 1980. En el certamen festivo de ese año el Ayuntamiento decidió suprimir definitivamente los festivales de pago para evitar que se produjesen acontecimientos similares a los ocurridos en la edición anterior. No era para menos.

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