25 muertos por un rayo en una iglesia de Allariz

Acercarse a la Galicia de comienzos del siglo XX es como viajar a un mundo completamente distinto al actual. No se trata de la Edad Media ni mucho menos, pero si era una época bastante turbia en la que imperaban de plano las sotanas y los viejos caciques de medio pelo que imponían su ancestral e inexorable autoridad por donde quiera que asomasen. No había nada que se les resistiera. Y si lo hacía enseguida se derrumbaba. Ni que decir tiene que Galicia era un territorio mucho más que pobre. Quizás, con lo de paupérrimo nos quedásemos cortos, pese a que era una tierra fértil y que atesoraba ciertas riquezas pero que, con el sempiterno dominio del viejo y anquilosado clero unido al no menos eterno de los caciques, obligaban a muchos gallegos a huir de la tierra que los había visto nacer con destino a América, que era el lugar al que emigraban centenares de miles de gallegos a la vista que aquella tierra, a la que le negaban el progreso que ya dejaba sus primeras huellas en Cataluña y el País Vasco, no les prometía un futuro halagüeño ni nada que se le pareciese.

Una prueba del poder eclesial en aquel entonces lo pone de relieve el overbooking de sacerdotes existentes, cada uno de los cuales administraba con mano de hierro su parroquia a la que los feligreses debían de sostener obligatoriamente con grandes aportaciones, principalmente de productos agrícolas, sin protestar ni un ápice ante el temor que el correspondiente reverendo emitiese una pena de excomunión. Que la gente de pueblos y aldeas no tuviese que comer no importaba. Lo verdaderamente importante era mantener al clero y al cacicato de turno.

Los funerales, popularmente conocidos como cabodanos, eran una ocasión muy especial por la solemnidad que revestían, para demostrar el poder eclesiástico. En ellos, además de numerosos fieles, se daban cita también un importante número de sacerdotes de distintas parroquias que concelebraban las muchas funciones religiosas que en aquella época tenían lugar. Fue precisamente en una celebración de estas características en las que se produjo una de las mayores tragedias de la historia de Galicia, quizás la más grande en cuanto a la cifra de muertos se refiere en la etapa anterior a la Guerra Civil.

En la mañana del 24 de junio de 1902, en el transcurso de un entierro por un joven vecino de Allariz, una descarga eléctrica procedente de un rayo a consecuencia de una tormenta acabaría súbitamente con la vida de 25 personas y dejaría malheridas a otras tantas en la iglesia de San Salvador de Piñeiro, en el municipio orensano de Allariz, un hecho que coparía las primeras páginas de los escasos medios de comunicación de la época, todos ellos impresos, haciéndose eco del suceso incluso algunos medios extranjeros dada la gran magnitud y expectación que terminaría provocando.

Por el tejado

Al parecer, y aunque hay algunos investigadores que aún discrepan en torno a como se produjo la descarga, todo hace indicar que el rayo penetró en el interior del templo por el tejado, introduciéndose por la sacristía, afectando indistintamente a varios sectores de los fieles que en esos momentos se encontraban dentro, aunque fue precisamente la parte de atrás la más perjudicada. El sacristán encargado del recinto religioso había cerrado la puerta de acceso al mismo con la finalidad de evitar posibles remolinos de aire.

La prensa de la época comenta que cuando se encontraban ya en el segundo salmo los seis sacerdotes concelebrantes y los feligreses congregados escucharon una potente y atronadora deflagración que los dejaría estupefactos por el estruendo del impacto del rayo contra la techumbre del sacro lugar en que se hallaban congregados. En un primer instante parece ser que nadie se movió. Se quedaron prácticamente inertes, aunque en ese estado habían quedado muchos de los fieles que se congregaban para rendir el último adiós a un joven de 34 años.

Una vez sufrido el terrible golpe, o en este caso el calambre, la angustia y la desolación, unidas a la lógica confusión, se apoderarían de quienes habían sobrevivido a tan fatal desgracia. Comenta también la prensa que los gritos de los presentes se oyeron a mucha distancia. Sin saber que hacer, al encontrarse en unas instalaciones religiosas, los sacerdotes administrarían los últimos auxilios espirituales a quienes se encontraban en grave estado físico. Se dice también que uno de los presentes perdió la cordura al contemplar el dantesco espectáculo de presenciar tantos cadáveres arremolinados en distintos puntos de la iglesia. Es de suponer que la persona en cuestión fuese presa de un ataque de ansiedad o de nervios.

Cuerpos inexpresivos

La muerte les sobrevino a la mayoría de las víctimas como consecuencia de la descarga, aunque muchos de ellos presentaban gravísimas quemaduras tanto en el vientre como en el estómago, donde, al parecer, se les podían apreciar la destrucción de algunos tejidos humanos por carbonización. De la misma forma también llama poderosamente la atención la descripción que de los cadáveres hace la prensa de la época, de los que dice que muchos de ellos presentaban rostros inexpresivos, que había quedado yacentes como petrificados sobre la iglesia. Entre ellos menciona al peón caminero Fortunato de la Iglesia, quien se quedó a medio camino hasta alcanzar la puerta del templo sin conseguirlo. Lo mismo dice de una joven que se hallaba en el altar mayor, de la que resalta su melena rubia, que parecía que se encontrase durmiendo.

Momentos después de la tragedia los fallecidos fueron trasladados al exterior del santuario, concretamente al atrio parroquial en el que fueron tendidos en lo que provisionalmente se había convertido en una impresionante morgue. Esta foto, en la que se ve a los fallecidos con sus ropas quemadas a consecuencia de la descarga eléctrica, se haría muy célebre en aquel entonces, dando la vuelta al mundo.

La consternación y el dolor se apoderarían de Allariz y de toda la provincia orensana en aquel año 1902. Una información de la época apuntaba a que el barrio de Outeiro se había quedado sin habitantes, pues los trece vecinos residentes en el mismo habían perecido en aquel aterrador suceso. No faltarían, además, las pruebas de solidaridad, siendo muchos los emigrantes gallegos que harían aportaciones a las muchas familias damnificadas, algunas de las cuales había perdido a su progenitor dejando huérfanos a proles que en muchos casos se acercaban a las diez personas y que tan comunes eran en aquellos primeros años del siglo XX.

Una personalidad que se desplazaría hasta el lugar del luctuoso acontecimiento fue el entonces obispo de Ourense Pascual Carrascosa y Gabaldón, quien había abandonado su residencia veraniega para intentar dar un mínimo de consuelo y ánimo a las muchas familias que se habían visto privadas de muchos de sus seres más entrañables. En este sentido cabe destacar que la Iglesia Católica aportaría nada más y nada menos que 3.000 pesetas de la época, lo que viene a dar una idea no solo de su poder terrenal sino también de su inmenso poderío económico, máxime en una época en la que el dinero era un bien muy escaso. Algunos salarios mensuales, los que mejor retribuían a los trabajadores, se situaban entre las 25 y las 40 pesetas mensuales. Las mujeres no superaban las 15 pesetas al mes.

Debido a la magnitud del suceso y al mal recuerdo que dejaría entre el vecindario del municipio, la iglesia de San Salvador se iría desmontando piedra a piedra, hasta integrarla en el nuevo tempo. De hecho, del anterior edificio religioso solamente se conserva una de las antiguas puertas que se fue integrando en el nuevo templo de San Pedro. Una cruz, erigida en memoria de los fallecidos, se levanta desde hace más de un siglo en el lugar donde se encontraba la antigua edificación religiosa.

El grave y trágico suceso de Allariz, uno de los más espeluznantes y terribles del siglo XX en Galicia, pronto caería en el baúl de los recuerdos, como suele suceder con casi todas las tragedias. Solamente les quedaba el consuelo de haber fallecido en territorio sagrado, que en aquel entonces era una ventura para los más desfavorecidos, pero que no daba de comer. Y era solo eso, un desconocido y tétrico consuelo en una situación mucho más que desoladora.

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Violación y asesinato de una menor en Ourense

Río Barbaña, dónde apareció asesinada Sonia Abellas

En los últimos años de la década de los ochenta del pasado siglo Ourense era una capital de provincia que se había consolidado como la tercera ciudad gallega de la época, merced a que muchos habitantes de la provincia elegían a la vieja Auria para residir en vez de desplazarse a miles de kilómetros como lo habían hecho sus ancestros que formarían grandes colonias en distintos países americanos desde comienzos del siglo XX hasta mediada esa centuria. Más recientemente, sus destinos predilectos habían sido Venezuela, en América, y los siempre pujantes y florecientes países europeos en los que se gozaba de un extraordinario bienestar.

La ciudad, siempre muy acogedora y muy cuidada, se vería repentinamente sorprendida por un fatal suceso en la tarde noche del domingo, 7 de febrero de 1988, al aparecer brutalmente asesinada Sonia Abellas, una adolescente de 16 años en la desembocadura del río Barbaña, un afluente del Miño. La joven presentaba evidentes signos de haber sufrido una agresión sexual, que posteriormente serían corroborados por los exámenes realizados por los forenses. Su muerte había sido también muy cruel, ya que la muchacha fue estrangulada por una cadena que llevaba al cuello.

El hallazgo del cuerpo sin vida de Sonia Abellas consternaría a la vieja urbe que tan bien retrató en sus novelas el gran escritor gallego Eduardo Blanco Amor. Una ola de dolor, consternación y rabia se apoderó de una ciudad que repentinamente veía alterada su tradicional tranquilidad por un hecho violento que para nada respondía al siempre pacífico y dócil carácter de su vecindario.

Detención

Cuatro días más tarde del crimen era detenido un joven de 23 años, Luciano Expósito Borrajo, como presunto autor del asesinato de la joven estudiante. El asesino, que estaba separado de su mujer y era padre de un niño, ya había sido condenado tres años antes como autor de una agresión sexual. En un primer momento, negará cualquier relación con el crimen, pero hay varios testigos que habían visto al supuesto criminal merodeando por el lugar dónde se produjo el crimen. Mientras, los vecinos de su municipio natal, Coles, no acaban de creerse que Luciano Expósito haya dado muerte a Sonia Abellas. Los comentarios que más se oyen esos días es que tal vez sea drogadicto e incluso ladrón, pero jamás asesino. A todo ello se suma el hecho que en la misma tarde de autos, se había visto involucrado en un accidente de tráfico en A Lobeira. A partir de ahí, los investigadores comenzarían a atar todos los cabos que condujeron a su definitiva detención.

El sepelio de la joven orensana congregaría a una gran multitud de personas en la parroquia de O Couto, que querían tributar una digna despedida a una joven que había sufrido una muerte terrible. Días más tarde, la ciudad sería escenario de una magnánima manifestación contra la violencia y en apoyo de la familia de la víctima en la que se exigía la máxima condena posible para el autor de su muerte.

Condena

Luciano Expósito Borrajo sería condenado a un total de 41 años de cárcel, 27 de los cuales habían sido impuestos por el crimen que había cometido, mientras que la restante condena obedecía al haber consumado un delito de violación. De la misma forma, se le obligaba a indemnizar con ocho millones de pesetas (48.000 euros actuales) a la familia de Sonia Abellas.

En su auto el juez consideraba probado que el autor de la muerte de la joven, a quien no conocía previamente Luciano Expósito pese a que le acompañó voluntariamente hasta las inmediaciones del Barbaña, que al negarse ella a mantener relaciones sexuales este procedió violentamente contra Sonia Abellas para estrangularla con una cuerda o similar.

En 2003 Luciano Expósito quedaría en libertad tras cumplir poco más de 15 años por el crimen que consternaría a Ourense. En su estancia en la prisión de Pereiro de Aguiar, de la que se convirtió en su recluso más veterano, se negó siempre a someterse a cualquier programa de rehabilitación o recuperación. Es más, jamás mostraría arrepentimiento alguno por el crimen que le costó la vida a Sonia Abellas.

El asesino de la joven orensana volvería a las instalaciones carcelarias en el año 2009 tras ser detenido conduciendo un vehículo bajo los efectos del alcohol. Años antes había quedado cojo a consecuencia de un accidente de tráfico. Un año mas tarde intentaría rehacer su vida en la localidad de Muntián, en el municipio orensano de Cartelle, trabajando en un aserradero. Sin embargo, sería encontrado muerto en la casa en la que residía en la jornada del 24 de marzo de 2010, tan solo seis después de haber recobrado la libertad.

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Cuatro muertos en una reyerta en un poblado de Xinzo de Limia

La segunda mitad de la década de los ochenta Galicia contaba ya con unas consolidadas instituciones autonómicas, aunque el Gobierno gallego de la época estuviese sometido a constantes y feroces turbulencias derivadas de una exacerbada ansia de poder de unos y otros. Aquel verano de 1987 sería pródigo en constantes acontecimientos políticos y sociales. El panorama político gallego se encontraba demasiado revuelto, merced a la presentación de una moción de censura que presentaba el grupo socialista, apoyado por los restantes partidos de la cámara, además de un grupo de parlamentarios que abandonaban la disciplina del partido de Fernández Albor para apoyar al candidato socialista a la Xunta de Galicia, Fernando González Laxe.

En medio de aquel enmarañado y encrespado ambiente político, la vida de los gallegos continuaba su tranquilo deambular. A veces con noticias que jamás les hubiese gustado recibir a los gallegos de entonces, tales como una masacre que tenía lugar en un poblado habitado por personas de etnia gitana en la localidad ourensá de Xinzo de Limia. Hasta cuatro personas perderían la vida en una reyerta en la que participarían prácticamente todos los miembros de dos clanes gitanos en la tarde del 20 de agosto de 1987. Una cuestión trivial desató una gran tragedia en la que resultarían heridas de diversa consideración hasta un total de 20 personas, cuatro de ellas de gravedad.

Un caballo

Al parecer el motivo de la disputa que desataría el cruel suceso fue el supuesto robo de un caballo por parte del clan gitano de Verín a los de Xinzo de Limia, quienes en la mañana del día de autos presentaron una denuncia en los juzgados de Ourense. Dado que el honor y la honradez son conceptos sobrevalorados hasta límites extremos entre las personas que componen los distintos clanes de etnia gitana, el suceso alcanzaría dimensiones dramáticas. Los miembros del clan verinés al enterarse de que sus colegas de Xinzo, con quienes estaban unidos por lazos de sangre, habían presentado una denuncia acusándoles de ser los autores del hurto del caballo, se dirigieron hasta el campamento de Cerdeira para defender su honor, que consideraban mancillado por aquella denuncia. Sin embargo, había algunas fuentes que indicaban que el enfrentamiento se podría haber originado a consecuencia de la lucha por el liderazgo en el clan de Xinzo que venía ejerciendo una anciana María Josefa Montoya Barja.

En la reyerta se utilizaron armas de fuego, entre ellas escopetas de caza y también distintas armas blancas, con las que resultarían heridos de gravedad algunas de las personas que intervinieron en la riña multitudinaria. Como consecuencia de la misma, fallecerían tres hermanos Francisco Javier, Manuel y José Suárez Montoya, que contaban en aquel entonces con 32, 34 y 54 años respectivamente. Asimismo, también perecería en el mismo suceso un yerno del mayor de los tres anteriores Adolfo Suárez Jiménez, que contaba con 30 años de edad. Dos de los fallecidos pertenecían al campamento de Verín, en tanto que los otros dos, en los que estaban suegro y yerno, pertenecían al de Xinzo, dónde ocurrieron los hechos.

Además de tener que lamentar la muerte de cuatro personas, hubo que lamentar las gravísimas heridas que presentaban otras cuatro, quienes serían trasladados a centros sanitarios de la capital ourensá. Entre ellos figuraba la madre de dos de las víctimas María Josefa Montoya Barja, además de otros dos hijos suyos, Santiago Suárez Montoya e Inocencio Suárez Montoya. Uno de los lesionados, Emilio Suárez Romero, a quien acusaban de haber provocado el altercado que provocó la tragedia, se encontraba en estado muy grave por lo que la policía no pudo presentar declaración. Al parecer, su presencia en el campamento de Cerdeira fue lo que contribuyó a encrespar los ánimos de los allí residentes, puesto que era a él a quien acusaban de haber robado el caballo. Curiosamente, el animal que desató el sangriento litigio no pertenecía a ninguna de las dos familias implicadas en el mismo, ya que era propiedad de otra asentada en el campamento de Lobeira.

Hermetismo e impunidad

Pese al gran esfuerzo realizado por agentes de la guardia civil, no consiguieron que declarase ninguno de los miembros de los dos clanes involucrados en la riña tumultuaria, además de mostrarse remisos a facilitarles cualquier dato a los miembros de la benemérita sobre la misma. En sus declaraciones a medios de comunicación manifestaban que ellos sabían perfectamente que solución se iba a tomar, apelando a la autoridad que ejercían los líderes de los respectivos clanes sobre las comunidades de etnia gitanas allí asentadas.

Debido a la magnitud del suceso, así como a las repercusiones que pudiera tener en otros grupos de la misma etnia, la guardia civil multiplicaría sus efectivos a fin de evitar que se sucediesen nuevos incidentes. Entre los miembros de uno y otro clan se hacían encendidos llamamientos a la venganza sobre sus respectivos adversarios. «Quien mata tiene que morir» era la máxima que se escuchaba aquellos días a los componentes de los clanes enfrentados entre si. De la misma forma, ninguno de los heridos que se encontraban ingresados en distintos centros hospitalarios de la ciudad de Ourense facilitó dato alguno acerca de los sangrientos incidentes a las fuerzas del orden, aduciendo que se trataba de un asunto interno que deberían solventar los propios miembros la comunidad afectada. Unos y otros recibirían el explícito apoyo de otras personas con las que se encontraban emparentados y que procedían de distintos puntos de Galicia y Asturias, lo que hacía suponer a las fuerzas del orden que se recrudecerían los enfrentamientos en aquellas fechas.

Finalmente, la intervención del jefe de los gitanos gallegos Manuel Barja acabaría por tranquilizar los exaltados ánimos de unos y otros, consiguiendo por lo menos que no se reprodujesen nuevos altercados a la hora de los entierros de las víctimas. Para evitar que la tensión subiese todavía más, se tomó la decisión de dar sepultura a dos de los fallecidos en la localidad ourensá de Verín, en tanto que los restos mortales de los otros dos serían trasladados hasta Oviedo.

Curiosamente, una vez más, debido al hermetismo imperante y a una concepción completamente distinta de la ley y los hechos delictivos, no se tienen datos de detenciones ni tampoco mayores detalles acerca de como sucedieron aquellos trágicos acontecimientos, que quedarían circunscritos únicamente a la propia comunidad de etnia gitana, encargada de resolverlos como si fuese un ente autónomo y separado del resto de la sociedad en la que se integra.

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Doce niños muertos en un accidente de autobús escolar

Funeral por los niños fallecidos en Vilamartín de Valdeorras(Ourense)

En el año 1977 a España había llegado una incipiente democracia que prometía muchas cosas de las que se había visto privado el país a lo largo de más de cuatro décadas. La principal era la libertad que había estado secuestrada por una larga y longeva dictadura, la última que quedaba en Europa occidental, que parecía haberse eternizado. Pero, los vientos de cambio llegaron, con retraso, pero al fin y al cabo las nuevas generaciones de españoles iban a poder vivir en paz y libertad, liberados ya del viejo yugo al que habían permanecido unidos durante 40 años.

Aquellos vientos de libertad se dejaron sentir en Galicia en aspectos tan fundamentales como su lengua vernácula, que había sido vilipendiada, humillada y hasta relegada a un segundo término con menosprecios tales como que se trataba de una forma de expresión desacreditada que solamente empleaban los ignorantes. El idioma gallego era muy mayoritario en la Galicia de la época, especialmente en el mundo rural en el que, en cifras porcentuales, el número de castellanohablantes no llegaba al uno por ciento en los cálculos más optimistas. Incluso los más jóvenes aprendían la lengua de sus padres y abuelos, pese a que todavía no se enseñaba en las escuelas.

Los centros escolares gallegos a lo largo de su historia, principalmente los radicados en sus extensas áreas rurales, siempre han sido motivo de alguna discordia, ya bien sea por el transporte escolar o el comedor de los pequeños, que dificultaba enormemente la conciliación de las vidas de sus respectivos progenitores. Así sucedía en la comarca ourensá de Valdeorras en el año 1977. Los niños del término municipal de Villamartín de Valdeorras se veían obligados a trasladarse todos los días a la vecina localidad de A Rúa para poder ser escolarizados, haciendo cuatro viajes de ida y vuelta desde sus centros académicos hasta sus respectivos domicilios, pese a la oposición que tiempo atrás habían ejercido sus familias con respecto al cierre del colegio en el que recibían la educación primaria.

Desnivel de 50 metros

Lo que nadie podía imaginar en Vilamartín de Valdeorras es que el cierre de sus instalaciones escolares iría aparejado a la peor tragedia que vivió la comarca a lo largo de la historia. Así sucedería a primeras horas de la tarde del 19 de abril de 1977 cuando un autobús, que había recogido a los niños después del almuerzo que habían hecho en sus respectivos domicilios, se precipitó desde un desnivel de 30 metros de altitud, cayendo desde la carretera nacional Logroño-Vigo a la vía del tren. A consecuencia de este trágico siniestro fallecerían doce niños, con edades comprendidas entre los seis y los 14 años, muchos de los cuales perecerían atrapados bajo los hierros de aquel mortal autocar en el que viajaban hasta un total de 40 chavales. También perdió la vida en este suceso el conductor del vehículo, Manuel González Pérez. El siniestro tuvo lugar a tan solo dos kilómetros del casco urbano del término municipal de A Rúa. Como dato anecdótico, cabe reseñar que perdieron la vida dos hermanos gemelos.

Además de los trece fallecidos, hubo que lamentar casi dos decenas de heridos de diversa consideración, siendo trasladados un total de once muchachos serían trasladados hasta un centro sanitario de Ponferrada, en la provincia de León, mientras que otros nueve lo fueron hasta la ciudad de Ourense. Una vez más, como en muchas otras, fue muy decisiva la actitud de los vecinos del lugar dónde se produjo el accidente, que utilizaron todo tipo de herramientas y vehículos que disponían para poder socorrer a los damnificados. Se calcula que se movilizaron un total de 300 coches particulares para ayudar en las tareas de socorro. Quienes llevaron la mejor parte en este desgraciado siniestro fueron aquellos que salieron despedidos del autobús, mientras que la peor fue para los que quedaron atrapados entre los hierros del mismo, que fue donde se localizaron la práctica totalidad de los cuerpos de los niños muertos.

La causa del accidente parece ser que estuvo motivada por la rotura de una mangueta de una rueda del eje delantero, que provocó que el viejo autobús, perteneciente a la empresa Trives, chocase contra un pretil y posteriormente se precipitase por el desnivel. Casi siempre que se producía un siniestro de estas características era achacado al factor humano. Sin embargo, las empresas concesionarias del transporte escolar dedicaban sus autobuses más antiguos y en peor estado, como era este caso, al traslado de los más pequeños. El autocar tenía ya más de 20 años de antigüedad, ya que su matrícula databa de la década de los años cincuenta del pasado siglo. Los restos del vehículo permanecieron allí depositados a lo largo de más de 30 años, hasta que los vecinos decidieron tomar medidas después de que se hartasen de solicitarlo a las distintas instituciones.

Consternación e indignación

El suceso consternaría de sobremanera a la Galicia de la época. Prueba de ello sería los miles de personas que se congregarían en los multitudinarios funerales que se celebraron por los muchachos fallecidos en la principal plaza de la localidad de Vilamartín de Valdeorras. Cuentan los supervivientes de esta tragedia que la misma se notaría de forma notable en el pueblo, que perdía a 12 muchachos en una época en la que comenzaba un imparable descenso demográfico en la Galicia más rural. Esta localidad era un buen ejemplo de ello.

Pero no era solo la consternación la que se había apoderado de los vecinos de la comarca de Valdeorras. También eran presa de una extraordinaria indignación por la carencia de soluciones al problema educativo, al que se consideró como causante directo de este siniestro. Hacía algún tiempo había cerrado sus puertas el único centro escolar que existía en la localidad de Villamartín de Valdeorras, lo que había originado infinidad de protestas, habiendo tenido que intervenir efectivos de la guardia civil cuando se procedía a la retirada del material escolar de su interior. Además, los críos tenían que hacer unas insufribles jornadas escolares haciendo dos interminables rutas diarias de ida y vuelta, al carecer del derecho al comedor escolar.

Posteriormente, en el año 1979 reabriría de nuevo sus puertas el colegio de educación primaria de Vilamartín de Valdeorras para que las nuevas generaciones de escolares no sufriesen los mismos efectos de las jornadas escolares de las antiguas, además de evitar que los muchachos fuesen víctimas de nuevos accidentes. Nunca es tarde, pero para aquellos pobres chavales, fallecidos hace ya 42 años, lo fue demasiado cuando, en teoría, se les aventuraba toda una vida por delante.

Fratricidio en Ourense a principios del siglo XX

Ourense, a comienzos del siglo XX, era una ciudad muy similar a las restantes capitales de provincia gallegas de su tiempo. Sus poco más de 15.000 habitantes se concentraban en prácticamente el actual casco histórico en el que destacaban sus aguas termales, además de su magnánima catedral, en torno a la que hizo un magnífico retrato de la sociedad y la capital del sureste gallego el célebre escritor gallego Eduardo Blanco Amor en una de sus obras más conocidas «La Catedral y el niño. Por aquel entonces, una buena parte de los orensanos estaba más pendiente de las ya numerosas cartas que llegaban allende los mares que de lo que acontecía en su entorno más próximo. Esta tónica se extendía también al resto de Galicia, dónde se sentía una mayor cercanía y familiaridad con Buenos Aires, La Habana o Montevideo que con Madrid o Barcelona.

Las capitales de provincia gallegas de los primeros decenios del siglo pasado no dejaban de ser unas aldeas o parroquias algo más grandes que los muchos y esparcidos núcleos de población que se encontraban en el más inesperado rincón de la geografía gallega. En ese ambiente de familiaridad y amistad se desenvuelve la vida de la vieja Auria, tan extraordinariamente retratada por Blanco Amor. Y en ese amistoso clima de presunta cordialidad y entendimiento también surgían problemas. Había enfrentamientos en familias que estaban socialmente muy bien consideradas, en un tiempo en el que ese aprecio vecinal representaba un alto grado de valor humano y, consiguientemente, de dignidad.

En el número 14 de la calle de As Burgas se emplazaba una conocídisima tahona propiedad de Vicente Fernández y Carmen Méndez, quienes convivían con el resto de su familia en una finca que ocupaba un amplio solar en el centro histórico orensano. Sin embargo, esa paz y aparente convivencia armónica se había ido deteriorando entre los hijos del matrimonio de panaderos, quienes no eran precisamente un modelo de convivencia fraternal. Desde hacía años existían duros enfrentamientos entre sus hijos José y Antonio, quienes estaban llevando sus disputas a limites que exasperaban a la propia familia. Entre ellos dos se estaban dando una serie de altercados y trifulcas que se salían de lo normal dentro de cualquier clan familiar que se preciase.

A raíz de ese envenenado ambiente que se había cociendo a lo largo de bastantes años, uno de los hermanos José decidió tomarse los asuntos a la tremenda y el primero de mayo de 1904 asestó varias puñaladas a Antonio, algunas de las cuáles eran mortales de necesidad, pues afectaban a varios órganos vitales. La mujer del segundo salió en defensa de su marido, pero no pudo salvarle la vida, ya que ella también resultaría herida como consecuencia de la exacerbada furia de su cuñado. El asesino, que mató a su víctima cuando se hallaba en medio de A Ponte da Burga, escapó posteriormente y se escondió en un galpón próximo al puente Pelamios, propiedad de la familia hasta que fue detenido por miembros de la guardia civil.

Antecendentes

Según obraba en el sumario de este caso que conmocionó a la ciudad auriense, tanto José como Antonio mantenían muchas y constantes desavenencias desde hacía ya bastantes años. Se unía a ello un enhebrado rosario de celos entre ambos por cuestiones sentimentales. Así, hacía algún tiempo que, años atrás, José andaba cortejando a una mujer que no era del gusto del asesinado, por lo que este último intentó por todos los medios que se casara con ella. En 1903 Antonio contrae matrimonio con otra joven a la que pretendía José y, a partir de ese momento, los enfrentamientos entre ambos irán incrementándose progresivamente hasta límites poco menos que insospechados.

En el horno que comparten, propiedad de la familia, los hermanos procuran no verse y viven en distintas estancias de la amplia finca que poseen. La indignación de José con Antonio llega al paroxismo, ya que pide a los proveedores de la tahona que no le suministren harina a su hermano. Esta circunstancia provocará nuevos enfrentamientos, entre los que no faltan peleas, discusiones salidas de tono y alguna que otra algarada que llama la atención del vecindario.

El día anterior al trágico suceso que acabaría con la vida de Antonio, al parecer este había agredido a su madre, llegando a amenazarla con una navaja. El constante incremento de las desavenencias estaba deteriorando la convivencia familiar de forma extraordinaria hasta el extremo de que José tomó la drástica situación de la que se ha dado cuenta con anterioridad en un soleado día de mayo de hace ya 115 años.

Condena

Meses después de aquel trágico suceso que enervó los ánimos de una tranquila y pacífica sociedad se celebró el juicio contra José Fernández. En el transcurso del proceso responsabiliza a su hermano del mal ambiente que se respiraba dentro de aquella familia que gozaba de la máxima consideración social de la vieja Auria. Además, le acusa de haber iniciado el la pelea, aduciendo que en días anteriores al crimen había sido agredido por su hermano. Sin embargo, el testimonio de la esposa de Antonio va a resultar decisivo a la hora de condenar a José, ya que ella declara que fue este quien se dirigió hacia la estancia familiar en la que vivían empuñando un cuchillo de grandes dimensiones. Además hay otro aspecto que jugará en contra del criminal y es que en su estancia en la cárcel, en el período previo al juicio, había agredido y herido a otro preso, alcanzando una notoria fama de personaje conflictivo.

En principio, en sus conclusiones provisionales, el fiscal solicita la pena de muerte para el acusado, condena que mantiene hasta el final del juicio, que ha levantado una gran expectación en la ciudad de las Burgas, a lo que se añade el incontenido morbo que despierta por tratarse de una familia que se ha ganado el respeto de los aurienses a lo largo de varias generaciones. Finalmente, la justicia opta por condenar a José Fernández a cadena perpetua. Su destino será el penal de Melilla, dónde se le pierde la pista, aunque es probable que estuviese recluido allí hasta el final de sus días.

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El infanticida de Ourense

No cabe duda que dentro del panorama criminal todo nos produce una enorme repulsión, pero mucho más si entre las víctimas se encuentran niños. Se cuentan por decenas los casos en los que muchos de los muertos son seres inocentes, bien sea como víctimas colaterales o por tratar, con ello, de ajustar cuentas con un tercero. Independientemente de la hipótesis ante la que nos encontremos, lo cierto es que en todos estos casos nos invade una profunda sensación de asco y somos incapaces de entender como puede haber individuos de tan poca catadura moral para cometer hechos tan magnánimemente execrables que jamás podrán ser comprendidos.

El siguiente relato nos lleva al Ourense de principios de los años setenta, una ciudad que se hallaba en trance de un esplendoroso crecimiento urbano y demográfico a consecuencia de una constante llegada de forasteros procedentes de otros rincones de la provincia. En pleno casco histórico ourensán, a la altura del número 87 de la Avenida de la Habana, el 30 de enero de 1971, en torno a las seis y media de la mañana, el abogado ourensán Nicanor Rodríguez Taboadelo ordenó poner a sus cuatro hijos de rodillas, así como a su esposa Gloria Bobillo de la Peña y a la criada que tenían en casa, Filomena Gómez, una ciudadana portuguesa de la vecina localidad de Chaves. Los niños tenían edades comprendidas entre los dos y los ocho años de edad, en tanto que la empleada doméstica era una adolescente de 17 años.

Provisto de una escopeta de caza, Nicanor Rodríguez, un prestigioso letrado de la ciudad de las Burgas, comenzó su siniestro ritual al albor del nuevo día. No le dolieron prendas en ejecutar a todos los miembros de su familia en un macabro amanecer de una gélida y fría mañana del primer mes de 1971. Un vecino suyo, de una vivienda aledaña, escuchó un enorme griterío, oyendo los gemidos que proferían los niños mientras eran asesinados. Este buen hombre declararía posteriormente que nunca pudo imaginar que el prestigioso letrado, que formaba parte de distintas entidades y organizaciones -algunas de ellas dedicadas al mundo de la infancia- pudiese cometer semejante atrocidad. Al mismo tiempo, muy compungido, lamentaba no haber hecho más para evitar aquella tragedia. Además de no imaginarse ni por asomo lo que estaba aconteciendo, no le parecía elegante interferir en vidas ajenas y mucho menos a aquella hora de la mañana.

Una vez ejecutado el macabro plan, Nicanor Rodríguez salió a la calle completamente desnudo en pleno mes de enero. El mismo vecino al que antes se aludía, al percatarse de la situación, avisó inmediatamente a la comisaría de policía de la ciudad, que se encuentra a solamente 200 metros del lugar donde se cometieron los asesinatos. Hubieron de reunirse hasta once agentes para reducir al abogado que se encontraba en un impresionante estado de excitación, definido como de postración por la prensa de la época. Antes de ser detenido, el homicida se cortó en un brazo con la cristalera de un bar, por lo que hubo de ser ingresado en el Hospital Provincial de Ourense.

Entierro

El 1 de febrero, cinco de las víctimas recibían sepultura en el cementerio de Esgos, localidad situada a 20 kilómetros de la capital ourensana. La joven lusa sería trasladada al depósito municipal de cadáveres de Ourense a la espera de ser repatriados sus restos a la vecina localidad de Chaves, que dista tan solo 25 kilómetros de la frontera gallega con el vecino país de Portugal. De la vivienda que Nicanor poseía, bajaron tres féretros. Dos de los niños ocupaban el mismo arcón que su madre, en tanto que otros dos fueron introducidos en una misma caja de color blanco. Tanto durante el transcurso del funeral como en el cementerio de Esgos se produjeron impresionantes escenas de dolor y consternación. Nadie se podía explicar como una persona de una impecable reputación en la capital ourensana podía haber cometido semejante barbaridad, qué se le pasaría por la cabeza para terminar con la vida de seis personas inocentes.

Nicanor Rodríguez Taboadelo había vivido durante algún tiempo en Venezuela y estaba escribiendo un libro sobre filosofía, además de ser un estrecho cooperador del colegio al que acudían sus hijos. De la misma forma, era también colaborador habitual en la prensa diaria de la ciudad de las Burgas. En definitiva, que era toda una distinguida personalidad de la vieja Auria, que tantas veces había reflejado en sus magníficas novelas el célebre escritor gallego Eduardo Blanco Amor. Días antes de producirse el trágico y brutal crimen que conmovió a la Galicia de la época, Filomena Gómez Robles, la joven empleada doméstica, había dirigido una carta a sus padres en la que les manifestaba su deseo de adquirir la nacionalidad española, debido a lo satisfecha que se encontraba en casa de los Rodríguez-Bobillo

Pasaron varios días desde el impresionante crimen y el letrado todavía no había podido declarar, debido al no menos impresionante estado de excitación en que se encontraba. Nicanor Rodríguez Taboadelo cumpliría su condena en un centro de internamiento psiquiátrico.

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