Asesina a su madre «por orden del diablo»

A comienzos del siglo XXI Galicia vivía una nueva era. Atrás quedaba el eterno país rural que había sido a lo largo de muchos siglos. Es más, el mundo rural avanzaba hacia un más que progresivo declive, desapareciendo aldeas y pequeñas villas. Con ellas también desaparecerían viejos mitos y leyendas que se habían perpetuado a lo largo de toda su historia. Ya nadie creía en duendes ni meigas, aunque como se dice habitualmente «haberlas hailas». Sin embargo, aquellas viejas tradiciones fueron substituidas por otras importadas de países anglosajones que se centraban en lo oscuro y lo misterioso, con nuevas creencias que pretendían ser un sucedáneo de las ancestrales.

Aunque bastante alejado de los nuevos influjos que se fueron adueñando de una pequeña parte de la juventud, el suceso ocurrido en la localidad pontevedresa de Nigrán el 18 de febrero de 2001 guarda una pequeña relación con el mundo del misterio y el esoterismo importado en las últimas décadas, a tenor de los textos hallados en el domicilio del homicida. En aquella jornada, entre las cuatro y las seis de la madrugada según dictaminaría posteriormente la autopsia, un joven de 28 años, Íñigo Álvarez Esmerode, decidía acabar con la vida de su madre, Aurora Esmerode, de 51 años, asestándole varias cuchilladas con un cuchillo de grandes dimensiones. La mujer, que intentó en vano huir de las garras asesinas de su vástago no conseguiría salvar su vida, pues, al parecer, el muchacho le había propinado previamente un golpe en la cabeza. Su cadáver, encontrado por la policía local de Nigrán en su dormitorio y con el pijama puesto, presentaba varios cortes a la altura del cuello, así como diversas magulladuras.

Llorando en el Ayuntamiento

Tras cometer el crimen, el muchacho, que ya se encontraba a tratamiento psiquiátrico, se dirigió desde su domicilio, en la zona conocida como Camino a Piñeiro, en el barrio de Areas Praia América, hasta el Ayuntamiento de Nigrán, distante dos kilómetros del lugar de los hechos. Allí sería atendido en torno a las ocho y media de la mañana por el concejal Efrén Juanes, quien le preguntó en que podría ayudarle. El joven le preguntó si disponía de un arma para quitarse la vida y posteriormente le narró lo ocurrido al edil en medio de grandes sollozos.

Efectivos de la policía local de Nigrán se trasladarían hasta el domicilio del muchacho, dónde corroborarían que efectivamente el joven había asesinado a su progenitora, encontrando la casa revuelta, con abundantes manchas de sangre por distintas estancias, así como el cadáver de la mujer tendido sobre su dormitorio.

Íñigo Álvarez pasaría a disposición judicial en los días siguientes al trágico suceso. En el transcurso de su declaración afirmaría ante el juez que había cometido aquel crimen porque «el diablo le había dado órdenes a través de un programa de televisión». Debido al gran shock psicológico que sufría, el magistrado que le tomó declaración ordenaría su ingreso en el Hospital Provincial de Pontevedra. Posteriormente, ingresaría de forma provisional en la prisión provincial de A Lama.

15 años de reclusión

Íñigo Álvarez Esmerode aceptaría en noviembre de 2001, cuando se celebró la vista oral en su contra, el ingreso en un psiquiátrico penitenciario durante un periodo de 15 años. Los tres psiquiatras que se encargaron de examinarlo constataron que el joven había sufrido un brote de esquizofrenia paranoide aguda en el momento de cometer el asesinato que le costaría la vida a su madres. Además, declararon que no estaba libre de sufrir nuevos episodios similares.

Quienes conocían al parricida, habían constatado a lo largo de los últimos meses que su estado psicológico iba empeorando y que sufría también algunos episodios de despersonalización. En los últimos tiempos el muchacho apenas hablaba y cuando lo hacía pronunciaba algunas expresiones ininteligibles. Asimismo, algunas de sus reacciones les resultaban cuando menos paradójicas, tales como reírse mientras veía la televisión -ante la que pasaba muchas horas- sin venir a cuento. Posteriormente, reconocía que se sentía fuera de si.

Sus conversaciones en los tiempos anteriores a cometer el crimen giraban en su mayoría sobre ocultismo, misterio y temas esotéricos, además de hallarse algunos manuscritos en su domicilio con contenido metafísicos. Igualmente, serían encontrados también muchos libros y publicaciones que abordaban esos mismos asuntos a los que se había aficionado en la etapa previa a cometer el asesinato de su madre.

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Mata a su hijo y se suicida en Oia (Pontevedra)

 

En el mes de octubre de 1979 un extraño suceso conmovió a los vecinos de Santa María de Oia, un pequeño municipio del Baixo Miño y las Rías Baixas, muy próximo a Vigo. Una brutal estupefacción se apoderó de su vecindario al hallarse los cadáveres de un padre y su hijo muertos de forma violenta en la casa en la que residían en la parroquia de Mougás. Presentaban disparos de arma de fuego, realizados, aparentemente, a muy corta distancia. Nadie se imaginaba que les había podido haber ocurrido. Ambos fueron encontrados por una hija de Juan Rodríguez Esteiro que se había trasladado desde Madrid a su localidad natal. Al encontrarse con tan tétrico panorama, la joven salió implorando gritos de auxilio, dirigiéndose posteriormente al cuartel de la Guardia Civil de la localidad.

Juan Rodríguez Esteiro era un conocido decorador de la localidad y tenía 52 años en el momento de producirse su óbito. Mientras, su hijo, que llevaba el mismo nombre que su progenitor, era un joven adolescente de 17 años de edad y estudiaba COU en un instituto de la comarca del Baixo Miño. El decorador poseía una acreditada tienda en Vigo, mientras que el hijo, cuando no estudiaba, se dedicaba a hacer las labores de comercial por el resto de Galicia.

En un principio comenzaron a rondar hipótesis de todo tipo. Una de ellas decía que al parecer ambos estaban amenazados de muerte. Parece ser que el mismo alcalde de la localidad había oído algunas de estas amenazas, aunque este extremo nunca pudo verificarse. De la misma forma, se especuló con la posibilidad de que padre e hijo fuesen objeto de un robo con violencia, siendo esta la teoría que alcanzaba mayor fuerza.

Cartas mecanografiadas

Sin embargo, se hallaron unas cartas escritas a máquina que despejaron todas las dudas que planteaba aquel rocambolesco y sanguinario suceso. A pesar de ello, los investigadores non acababan de dar crédito a las misivas, pues al parecer Rodríguez Esteiro no tenía por costumbre escribir a máquina. Se aseguraba que siempre o casi siempre escribía a mano.

En las misivas, después de que los investigadores realizasen las pertinentes comprobaciones, se especificaba que el decorador se encontraba en una difícil situación económica, por lo que había decidido acabar con la vida de su hijo, que presentaba un disparo en el hemitórax derecho. Por su parte, el padre tenía la cara y la cabeza destrozadas como consecuencia del impacto ocasionado por la metralla que le acabaría con la vida. La certidumbre de la autoría de las cartas se verificaría posteriormente al saberse que el parricida y suicida había dirigido también sendas misivas a dos directores de otras tantas sucursales bancarias de la localidad en las que les manifestaba el deseo de acabar con su vida en caso de no solucionarse la difícil situación financiera que atravesaba.

Al parecer, la hija -que era fruto del primer matrimonio del decorador- se había trasladado desde Madrid hasta su localidad natal después de haber mantenido una conversación telefónica con su padre. Nunca se supo de que hablaron, pero todo parece indicar que el progenitor le expuso de algún modo el estado de ánimo tan desesperado en que se encontraba. Sin embargo, la hija nada pudo hacer para evitar tan cruel tragedia que provocó una profunda consternación y dolor en una de las más preciosas localidades de las Rías Baixas galegas.

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