El asesinato de una anciana en Pontevedra, sin resolver más de 20 años después

Rúa de Xan Guillerme, en Pontevedra, dónde se cometió el crimen

El año 1997 pasaría a la historia negra de Galicia como el del triple crimen de Vilaboa, aunque finalmente serían cuatro las personas asesinadas en relación con aquel trágico y dramático suceso relacionado con el trapicheo de drogas a pequeña escala. Aquel mismo año, en el que Fraga Iribarne cosechaba su tercera mayoría absoluta en el Parlamento galego, se producía otro crimen en Pontevedra que pasaría a la historia de la infamia, ya que no podría resolverse, quedando muy probablemente impune puesto que en poco tiempo prescribirán las acciones judiciales.

El escenario del trágico suceso fue la siempre vistosa zona histórica de Pontevedra, aunque la calle en la que se produjo, la de Xan Guillerme, está inundada de desvencijados y deprimentes edificios antiguos que parecen estar destinados a las personas más desgraciadas y desheredadas de la sociedad. Uno de esos inmuebles, concretamente el que ocupa el primer número, estaba ocupado por una mujer de 74 años, Isabel Ferreira Vieira, popularmente conocido como «La Cubana», quien era madre de un hijo y que había enviudado por tercera vez muy recientemente. En aquel sórdido y dantesco lugar sería encontrado el cuerpo de la mujer en cuestión, con evidentes señales de violencia, por parte de un vecino suyo. Según se dedujo de la autopsia, el cadáver de la asesinada, que fue encontrado sobre un gran charco de sangre, presentaba hasta un total de siete puñaladas, todas ellas mortales de necesidad. Tres de las puñaladas las había recibido en la espalda, otras tres en el pecho y una última de nueve centímetros en el cuello. Su muerte se produjo de forma casi instantánea al haberle provocado un schock hipovolémico a la víctima de aquel cruel crimen.

Los vecinos de la zona, conocedores de las malas relaciones que mantenía con su hijo, así como de otros entresijos, entre ellos el de ir provisto de un palo por la calle que le servía para hacerse temer e incluso amenazar, pensaron que tal vez Luis Ferreira, el único vástago de Isabel, fuese el autor material de su asesinato. Hacía escasamente seis meses que había fallecido su padre al precipitarse por las escaleras del interior de la vivienda en muy extrañas circunstancias, que jamás fueron aclaradas. Sin embargo, los investigadores no hallaron ninguna pista que pudiese incriminarlo y el pobre hombre fallecería algunos años después sin que se lograse esclarecer el suceso que le había costado la vida a su madre.

Detención de una familia

En vista de que el hijo de la fallecida era presumiblemente inocente, la Guardia Civil centró sus pesquisas en una familia próxima a la mujer asesinada, cuyos miembros eran viejos conocidos de la justicia. Incluso, uno de ellos había sido condenado a 20 años de prisión en el año 1982 por el asesinato de un panadero en la localidad pontevedresa de Cotobade. Casi tres años después de haberse perpetrado el asesinato, eran detenidos Miguel Ogando García, como presunto autor del mismo, así como su hermana María Teresa y un hijo de esta última, Julio Ruibal Ogando, un muchacho de 24 años, quien padecía una deficiencia psíquica congénita, en calidad de cómplices.

La reconstrucción hecha por el Instituto Armado y a tenor de los datos aportados por un testigo protegido en el caso, conocido en Pontevedra como «El crimen de la Cubana», los agentes encargados de la investigación recogieron restos biológicos del pubis y el abdomen de la víctima que se correspondían con el perfil biológico del sobrino del principal acusado. Al parecer, según la misma reconstrucción, estos podrían proceder del momento en que este último se interpuso entre su tío, Vicente Ogando, y la mujer asesinada.

Las primeras hipótesis sobre este suceso apuntaban a que en la tarde del día de autos, los tres miembros de la familia acudieron a la casa de Isabel Ferreira con la intención de que se hiciese efectiva una deuda que esta había contraído con sus visitantes. Después de haber tomado algo con lo que los obsequió su anfitriona, Vicente Ogando se habría abalanzado sobre su víctima, propinándole las seis cuchilladas que acabarían con su vida de forma prácticamente instantánea. Al tiempo que le daba muerte, le habría arrebatado las escasas joyas que la mujer poseía así como sus libretas de ahorro. Posteriormente arrojaría el arma homicida, así como los documentos bancarios a la ría del Lérez.

Juicio y absolución

El fiscal solicitaba, en el juicio que se celebraría el 24 de octubre de 2001, un total de 19 años de cárcel para el principal acusado, Vicente Ogando García, así como una importante indemnización económica para la única nieta de la víctima. El ministerio público no acusaba a la hermana ni al sobrino del sospechoso, por entender que habían colaborado con la justicia y que intentaron detener el ataque mortal de su familiar contra la víctima. El testigo protegido llegó a declarar que, al parecer, el supuesto autor del crimen le habría confesado que le levanto las ropas, ya que debido al grosor de las mismas así la habría podido apuñalar mucho mejor.

Sin embargo, cuando las cosas parecían que estaban bien atadas, el jurado popular -compuesto por nueve personas- declararía que Vicente Ogando no había estado en la casa de Isabel Ferreira el día en el que se cometió su asesinato. Ocho de sus nueve miembros creyeron en la inocencia del único acusado después de responder a un total de 16 preguntas que les había efectuado el juez instructor del caso. De nada habían servido las declaraciones realizadas por el sobrino del incriminado ni tampoco la del testigo protegido que había compartido celda con el acusado, quien regresaría a prisión dónde se encontraba ingresado por otras fechorías, aunque el día en que fue asesinada «La Cubana» él se encontraba de permiso penitenciario.

La acusación particular anunció su recurso ante el Tribunal Superior de Xustiza de Galicia al considerar que los miembros del jurado eran totalmente legos en asuntos de investigación policial. Además, no tuvieron en cuenta el testimonio del sobrino del único acusado, al considerarlo incapaz y fácilmente manipulable. Sin embargo, la máxima institución legal gallega confirmó la sentencia emitida por la Audiencia de Pontevedra y el caso pasaría a engrosar la numerosa nómina de crímenes sin resolver que se acumulan en los cuarteles y las comisarías de policía de Galicia.

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Asesinan a un hombre en Pontevedra para «darle un escarmiento»

El crimen se produjo en las inmediaciones del Lago Castiñeiras

Aquel año 1978 prometía ser diferente. Por algunas calles de las principales ciudades de Galicia se manifestaban agricultores y ganaderos que protestaban por la abusiva cuota empresarial que debían satisfacer mensualmente al ministerio de Hacienda. También había concentraciones que reclamaban la inmediata puesta en marcha del Estatuto de Autonomía. Muy pocos, solamente los más viejos, se acordaban aún de la vieja regulación autonómica proclamada en un referéndum celebrado a escasos 20 días del inicio de la Guerra Civil. Por aquel entonces, estaba recién estrenada la primera autovía gallega, comúnmente conocida como «Autopista del Atlántico», que sufriría algunos ataques terroristas promovidos por la autodenominada «Coordinadora contra la Autopista», en la que se agrupaban algunos grupo ecologistas y radicales de izquierda. Estas actitudes resultarían hoy en día poco menos que inauditas, pero acontecieron hace ya más de 40 años.

En medio de ese clima, en el que las nuevas libertades recuperadas después de más de cuatro décadas que convivían con el arado romano, en Galicia proseguían sucediendo algunos hechos que en nada la diferenciaban de otras partes del territorio. Aunque continuaba siendo una tierra francamente muy pacífica y acogedora, algunas veces los gallegos se sobresaltaban con acontecimientos que sucedían muy cerca de su casa. Sin necesidad de salir al extranjero. Uno de esos oscuros episodios ocurriría en la localidad pontevedresa de Marín en la primavera de 1978 cuando una pareja decidía «darle un escarmiento» a un individuo que supuestamente acosaba a la mujer que formaba aquel macabro matrimonio.

Los hechos tuvieron su origen como consecuencia de las constantes proposiciones que José Carballal Acuña hacía a Carmen García Boullosa, ambos de mediana edad y vecinos de la localidad pontevedresa de Marín. Al parecer, esta última se encontraba «harta» de las proposiciones que le hacía el primero, por lo que decidió actuar en consecuencia, en connivencia con su marido, Paulino Soaje Antuña. Para ello, ambos cónyuges trazaron un macabro plan, con una cita incluida, a la que iban convenientemente armados con sendos cuchillos de grandes dimensiones.

En el paraje del Lago Castiñeiras

En una tarde de primavera, Carmen García citó a través de una llamada telefónica a su supuesto acosador, como queriendo hacerle ver que accedía a sus peticiones. Incluso le confirmó el lugar en el que tendría lugar la macabra cita. La mujer acudiría en su automóvil y lo recogería en la carretera. La víctima, después de subir al coche, intentó abrazar a Carmen, quien le conminó a que cesase en su actitud, pues el coqueteo vendría una vez que estuviesen en una pista forestal, ya muy próxima al lugar en el que se encontraba. Lo que desconocía José Carballal era que en el maletero del vehículo viajaba el marido de su presunta amada, Paulino Soaje Acuña.

Carmen y José prosiguieron trayectoria hasta encontrar la pista forestal a la que aludía la mujer, en un paraje próximo al lago Castiñeiras, que en aquellas fechas del año se encontraba escasamente frecuentado y estaba muy aislado de las poblaciones más próximas. Una vez en el lugar de autos, a José Carballal le llegaría su brutal desolación al poder observar que se había convertido en víctima de un engaño que iba a pagar muy caro. Del interior del maletero del coche, salió Paulino Soaje, provisto de un cuchillo de enormes dimensiones, con dientes de sierra. Otro similar portaba su esposa Carmen.

Ambos cónyuges, una vez llegado al lugar de autos, no dudaron en propinar al menos dos cuchilladas a José Carballal, quien cayó tendido en medio de un gran charco de sangre con grandes heridas en el abdomen de las que ya no se recuperaría. Se trataba de un brutal correctivo que nadie podría imaginar. A todo ello se sumaba el hecho de que la pareja que cometió el crimen no tuvo reparo alguno en ir avisar a la esposa de la víctima de lo que había sucedido y dónde se encontraba su marido herido de gravedad. Sería esta última quien lo encontraría en estado casi moribundo unas horas más tarde después de haber sufrido la brutal acometida. Tras dar aviso a las asistencias sanitarias, la víctima ingresaría todavía con vida en una clínica de Pontevedra en la que fallecería a las pocas horas.

20 años de cárcel

En noviembre de 1978 se celebraría el juicio por el suceso que comenzó a conocerse en Galicia como «El crimen del lago Castiñeiras». En el transcurso de la vista oral el fiscal encargado del caso desbarató todas las posibles coartadas de la pareja, quienes se aferraron en todo momento a la circunstancia de que en su ánimo no había intención alguna de propiciar la muerte de José Carballal, sino sencillamente de «darle un escarmiento». Sin embargo, la fiscalía consideró que se trataba de un asesinato premeditado y con alevosía mediante un plan previamente urdido por los atacantes en el que la víctima no tuvo la mínima ocasión de defenderse. A ello se sumaba el agravante de haberlo abandonado desangrándose en medio de un paraje escasamente transitado.

El veredicto de la Audiencia Provincial de Pontevedra no pudo ser más contundente, condenando a 20 años de cárcel a cada uno de los cónyuges del matrimonio formado por Carmen García Boullosa y Paulino Soaje Antuña. Además, la pareja debía indemnizar de forma conjunta y solidaria con un millón de pesetas (6.000 euros actuales) a los herederos de la víctima José Carballal Antuña. A ello se unía la prohibición expresa de acercarse a los familiares de este último por un período de cinco años, contados a partir de que hubiesen cumplido con la pena que les fue impuesta.

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Impunidad para el secuestro y asesinato de una joven de Marín

El cuerpo de la joven asesinada apareció cerca del lago Castiñeiras

Aquel año 1988 registró muchos sobresaltos en Galicia. El verano deparaba el proceso del entonces vicepresidente de la Xunta de Galicia, Xosé Luís Barreiro Rivas a consecuencia de sus problemas derivados de la concesión de las loterías instantáneas. A todo ello se unía una situación política muy inestable, ya que continuaba el «baile» de diputados autonómicos de unos grupos políticos a otros, en una situación muy compleja y difícil de aclarar.

En aquel ejercicio se sucedieron distintos hechos sangrientos que consternaron a la sociedad gallega de la época, poco acostumbrada a que en su tierra se produjesen acontecimientos de carácter violento. Algunos marcarían muy profundamente a un país que solo quería convivir en paz y disfrutar como nunca de una tierra de la que no habían podido gozar sus ancestros a causa de innumerables dificultades que les llevaron allende los mares. Sin embargo, esta Galicia ya era completamente distinta y en los años ochenta había progresado mucho. Poco o nada guardaba con el viejo tópico de que era una tierra incomunicada en la que solo llovía y se escuchaba el repique de alguna gaita. Eso ya era historia.

Uno de los hechos que más conmovería a la Galicia de entonces fue la desaparición de una joven de 17 años, Yasmina Soto-Quiroga Peralba, el día 30 de mayo de 1988 en la localidad pontevedresa de Marín cuando se dirigía a su trabajo a primeras horas de la mañana a su trabajo -como venía haciendo desde hacía algún tiempo- en un supermercado de Pontevedra. La muchacha, originaria de la parroquia marinense de O Seixo, tomaba todos los días el trolebús para hacer el trayecto desde Marín a la capital de Lérez, pero jamás se ha podido saber con exactitud lo que ocurrió en aquella primaveral mañana de hace ya más de tres décadas. Las incógnitas y el misterio perduran hasta nuestros días.

Tras su desaparición, y al ver que no daba señales de vida, sus familiares pusieron el hecho en conocimiento de las autoridades, siendo una tía suya, que trabajaba en el mismo supermercado, quien ofreció todo tipo de detalles acerca de la joven a la policía. Su familia descartó desde un primer instante la ausencia voluntaria de Yasmina, pues estaba considerada como una persona responsable y trabajadora. El último en verla fue con vida fue un antiguo compañero suyo de colegio, quien la recogió cuando hacía auto-stop en la carretera que une Marín con Pontevedra. Este hombre llegaría a ser como supuesto autor del asesinato que le costó la vida, aunque posteriormente sería puesto en libertad, al disponer de una coartada que le eludía de cualquier responsabilidad penal.

Tres meses más tarde

A lo largo de casi tres meses, toda Galicia, y muy especialmente la localidad de Marín, vivió con el alma en vilo al carecerse de cualquier noticia sobre el paradero de la joven desaparecida. Las indagaciones hechas hasta aquel momento habían resultado del todo infructuosas. Entre su familia comenzó a cundir el lógico desánimo. En ese tiempo en que los allegados de la joven desaparecida carecieron de cualquier noticia de su familiar recurrieron incluso a los servicios de un detective privado con el afán de hacer avanzar en la investigación del caso, que consideraban que había quedado paralizado. Solamente les sirvió de ayuda para poner en duda las declaraciones realizadas ante la policía del único sospechoso, pero no encontró ningún rastro sobre el paradero de Yasmina Soto-Quiroga.

El cuerpo de la joven aparecería en pleno verano, concretamente el 26 de agosto de 1988, en las inmediaciones del lago Castiñeiras, un bello y esplendoroso paraje natural situado a escasos cinco kilómetros del domicilio de Yasmina, en el vecino concejo de Vilaboa. Su hallazgo fue casual. En aquel entonces, un individuo, acuciado por una necesidad fisiológica, se introdujo por un espeso terreno inundado de zarzas y pudo observar algo extraño en medio de las mismas. Era el cuerpo de la joven desaparecida en Marín el 30 de mayo de ese mismo año. Sus restos se hallaban ya en claro estado de descomposición. Inmediatamente se puso en sobre aviso a los cuerpos y fuerzas de seguridad, quienes se desplazaron al lugar de los hechos para confirmar posteriormente que el cuerpo hallado en aquel zarzal efectivamente a la muchacha marinense.

La autopsia realizada al cadáver de la joven confirmarían que había sido víctima de un brutal asesinato, pues los forenses pudieron certificar que había sido literalmente cosida a puñaladas por su agresor. Sin embargo, el tiempo transcurrido entre su desaparición y el hallazgo de sus restos actuarían en contra de las investigadores, siendo muy decisivos a la hora de borrar algunas pruebas que, de haberse encontrado antes su cuerpo, hubiesen resultado trascendentales para el esclarecimiento de un crimen, que ha prescrito en la más absoluta impunidad. Su asesino consiguió eludir la acción de la justicia y ha estado en libertad los últimos 32 años, tantos como lleva muerta la joven de Marín que jamás se supo a ciencia cierta que fue lo que realmente le sucedió en la mañana de aquel trágico 30 de mayo de 1988.

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Asesinan a su hija y un criado en la tragedia de Lalín (Pontevedra)

Incendio de la vivienda de Lalín en la que se produjo la gran tragedia de 2010

En el año 2010 una gran crisis económica sacudía todos los cimientos de España, derivada del estallido de la burbuja inmobiliaria que se había ido inflando excesivamente a lo largo de más de una década. Los concursos de acreedores y los despidos estaban a la orden del día. Nadie parecía encontrarse a salvo en un barco que parecía navegar a la deriva. Entre los muchos que se verían afectados por el reventón del globo que se había generado en torno al mundo del ladrillo se encontraba una pareja gallega formada por José Mouriño y Carmen Reboredo Lalín, quienes terminarían por erigirse en los tristes protagonistas de un suceso que conmocionaría a Galicia en la mañana del 29 de noviembre de 2010.

Se han barajado todo tipo de hipótesis, así como las causas que les llevaron a perpetrar semejante barbaridad, aunque la que más cuerpo ha tomado siempre ha sido la relacionada con las muchas deudas que se supone que acuciaban al matrimonio. Algunas informaciones llegaron a hablar de que rondaban los tres millones de euros y que su patrimonio se encontraba en trance de ser embargado. Nunca se supo muy bien quien o quienes indujeron a José Mouriño a introducirse en el negocio inmobiliario, hasta el extremo de llegar a presidir una empresa inmobiliaria, siendo una persona totalmente ajena a ese mundillo. Siempre había trabajado en la ganadería y quizás llevado por el afán de un lucro fácil y rápido, algo que no ocurre en el campo, fue víctima de algún desaprensivo que le indujo a una tragedia familiar que ha marcado profundamente a lo largo de la última década a la pequeña parroquia lalinense de Barcia.

Los hechos, realizados con total premeditación, se iniciaron a las cinco y media de la madrugada, cuando todos dormían en aquella vivienda acostumbrada a que hubiese luz antes del albor del día. A esa hora, José y Carmen aprovecharon la oscuridad de la madrugada y el mayor sigilo posible para dar muerte a la hija de ambos, Sonia Mouriño Reboredo, una joven de 22 años, a quien su madre le propinó un brutal hachazo en la cabeza, con el que terminaría con su vida prácticamente de forma instantánea. La tragedia no había hecho más que comenzar.

Incendio

Al parecer, según investigaciones realizadas posteriormente, el matrimonio tenía como objetivo acabar con la vida de todas las personas que residían en la casa, un total de cinco, además de con la suya propia. Para ello urdieron un macabro consistente en incendiar las principales estancias de la casa. En principio colocaron una bombona de butano en la habitación de Amador Vázquez Quinteiro, un hombre de 85 años que era criado del lugar desde tiempos inmemoriales. Para ello utilizaron los restos de espigas de maíz con la finalidad de que el fuego se extendiese al resto del inmueble en el que también se hallaban un hermano de Amador, la madre de Carmen Reboredo, y un hermano de esta última, quien sufría síndrome de Down.

Sin embargo, sus planes no les dieron el resultado que ellos buscaban ya que solamente perdería la vida Amador Vázquez Quinteiro, debido a que sufría graves problemas de movilidad y no pudo escapar de las llamas. A diferencia suya, si conseguirían salir sanos y salvos los restantes miembros de la familia, quienes desconocían lo que había sucedido y de la manera en como se había desarrollado aquella desoladora tragedia con la que se despertaban los gallegos en una otoñal mañana de noviembre.

Fosa séptica

Al tener conocimiento del incendio que había asolado la vivienda del lugar de Outeiro, se desplazarían hasta el lugar unidades de bomberos y de la guardia civil para socorrer a la familia afectada. Nadie sabía lo que había ocurrido hasta que encontraron el cadáver de la joven Sonia brutalmente asesinada. A raíz del fuego, acudirían también los vecinos de las inmediaciones en su auxilio. En un principio, se pensó en un asalto o incluso un ajuste de cuentas, dadas las elevadas deudas que había contraído José Mouriño en su gestión inmobiliaria. Pese a todo, muy pronto se iría recomponiendo aquel enrevesado rompecabezas. Faltaba por aparecer el matrimonio que se encargaba de la explotación ganadera y no aparecía por ningún sitio, siendo ellos la principal clave que ayudaría a esclarecer el trágico acontecimiento.

Alrededor de las dos y media de la tarde eran encontrados en el interior de una fosa séptica, utilizada para almacenar los excrementos y residuos del ganado para emplearlos posteriormente como abono. Allí se encontraban Carmen y José, completamente cubiertos de purín, presentando síntomas de intoxicación al inhalar el fétido aroma que desprenden los excrementos del ganado. El hombre les preguntó si ya habían muerto todos. El se encontraba temblando y disgustado, mientras que ella aparentaba cierta serenidad.

Algunas fuentes indican a que en ese preciso instante, Carmen Reboredo se inculpó de la muerte de su hija, en tanto que otras afirmaban que había sido su marido quien declaró ante los agentes que había sido su esposa la autora material del crimen que le había costado la vida a su pequeña. Posteriormente, serían trasladados al hospital Montecelo de Pontevedra para someterlos a un proceso de lavado de estómago y posterior desintoxicación, así como para proceder al pertinente reconocimiento médico. Al parecer la pareja habría planificado su suicidio con la ingestión masiva de gases tóxicos procedentes de la fosa séptica en la que se habían ocultado, pero sin conseguir su objetivo.

Nadie en la parroquia de Barcia era capaz de explicar tan desgraciado suceso, ya que tampoco se podían ni siquiera imaginar que pudo pasar por la mente de aquel matrimonio para perpetrar semejante atrocidad. Todo el vecindario los consideraba una extraordinarias personas, honradas y trabajadoras. Se decía que a Carmen se la veía muy poco últimamente y cada vez que se encontraba con algún conocido le hablaba de los «muchos millones» que pensaba ganar su marido con el negocio inmobiliario. A ella se la consideraba una mujer introvertida, dedicada en cuerpo y alma a trabajar en la explotación ganadera que había heredado de sus padres.

En el año 2020 sería derruida la vivienda en que se había producido la tragedia, siendo ya el último icono que quedaba en pie de la misma. En la casa ya no vivía nadie y su deterioro se había hecho patente, además de quedar profundamente estigmatizada al igual que sucede con todos aquellos lugares en los que se ha producido un hecho deplorable.

58 años de cárcel

Más de tres años después de la gran tragedia que consternó a Galicia se celebraría en la Audiencia Provincial de Pontevedra el juicio por el suceso. Carmen Reboredo y José Mouriño serían condenados cada uno a una pena de 58 años de prisión, si bien es cierto que el Tribunal Supremo emitiría un auto en el año 2017 dando cuenta de que el máximo período que debían permanecer en la cárcel era de 25 años.

Según el escrito de la acusación presentado por la fiscalía, la intención del matrimonio era acabar con la vida de todos los miembros de la vivienda, descartando la posibilidad incluso de que la mujer sufriese algún tipo de alteración mental o psíquica, derivada en este caso del estrés que le podía ocasionar el hecho de cuidar a una persona como el criado, con graves problemas de movilidad. También incidía en la responsabilidad del marido de Carmen, pese a la autoinculpación de esta última, a quien consideraba una persona muy influenciable.

En el interín que va desde que se produce el crimen, noviembre del año 2010, hasta que se celebra el juicio, finales de 2013, la pareja había disfrutado de un período de libertad condicional por concluir el tiempo máximo de prisión provisional. En el mismo habían estado residiendo en casa de un familiar. Mientras, las otras dos personas que sobrevivieron al incendio ya habían fallecido en una residencia de la tercera edad emplazada en Lugo.

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Impunidad para el salvaje asesinato de un niño en Vilagarcía de Arousa

Entierro del pequeño José Antonio Paulos Márquez

La tarde-noche de cada día previo a San Juan es motivo de especial celebración en toda Galicia, muy especialmente en sus extensas áreas rurales en las que el ritual de espantar las meigas adquiere un relieve de unas características muy peculiares del que nadie procura no ausentarse. Millares de hogueras iluminan el cielo gallego en tan señalada fecha en el calendario en el que la fiesta y la algarabía se entremezclan con la milenaria tradición del sacro fuego purificador que servirá de bálsamo contra los trasnos, tangaraños y otros malos augurios que antaño eran calificados como nefastos atributos para la presencia de las almas en pena condenadas por espíritus malignos y que recorrían el noroeste peninsular en las frías y gélidas noches de invierno.

A lo largo de toda la jornada, y muy especialmente por la tarde, es muy frecuente ver como jóvenes y veteranos se dedican a realizar los preparativos para la noche más bella del año. Uno de los muchos chavales gallegos a los que entusiasmaba tan entrañable día del solsticio de verano era un crío de diez años, José Antonio Paulos Márquez quien salió de su casa en su bicicleta en la parroquia de Rubiáns, en Vilagarcía de Arousa, en la busca de hierbas y flores con las que adornar su vivienda el día 23 de junio de 1991. Sin embargo, la pobre criatura no regresaría jamás.

Al poco tiempo de salir de su casa, en torno a las seis y media de la tarde, su padre comenzaría una infructuosa búsqueda en la que no obtuvo resultado satisfactorio alguno. Al demorarse en su regreso, se dio aviso a los vecinos y a las autoridades iniciándose una ardua búsqueda por todo el contorno que hubiera podido recorrer el pequeño, quien aparecería alrededor de las once de la noche en estado agonizante en medio de unos zarzales siendo encontrado por un agente de la policía local de Vilagarcía y la madre de la criatura, María del Carmen Márquez.

Agresión sexual

El niño, en el momento de ser encontrado, en la zona conocida como Pinos Mansos -a muy escasos metros de la vía del tren- se encontraba boca abajo con los bajos echados hacía atrás, con la camisa totalmente ensangrentada que le cubría el rostro, y el cuerpo doblado y los pantalones bajados. La autopsia mostraría posteriormente que el pequeño había sido violado por su agresor. Según los investigadores, el chaval debió ser atacado a unos quince metros de dónde fue encontrado en estado de extrema gravedad hasta ser arrastrado hasta la zanja en que fue depositado con la cabeza ya destrozada por los golpes, pues fueron encontradas algunas piedras ensangrentadas en las inmediaciones.

Inmediatamente después de su hallazgo, fue trasladado al Hospital Provincial de Pontevedra, a tan solo cinco kilómetros del lugar de los hechos, dónde el pequeño ingresó ya cadáver. Además, por las heridas que presentaba, entre ellas un brutal golpe en el cráneo, nada podían hacer ya los médicos por salvar su vida.

A partir de ese momento se inició un terrible deambular para la pequeña parroquia de Rubiáns y para la familia del pequeño asesinado. En un principio sería detenido un individuo, cuya identidad no fue facilitada nunca. Este hombre fue visto en la tarde de aquella jornada por el padre del muchacho en las inmediaciones de su vivienda, si bien es cierto que sería puesto en libertad tras comprobarse que no guardaba relación ninguna con los hechos.

Los investigadores pusieron su foco de atención en el padre del muchacho, Antonio Paulos, de 39 años de edad, quien estuvo buscando en solitario al muchacho aquella tarde, además de encontrar algunas lagunas en su declaración que le hacían suponer como sospechoso. Mientras, la madre de la criatura sospechaba que tal vez su muerte hubiese sido obra de algunos traficantes de droga, muy abundantes en la zona en aquella época, y que el crío fue testigo de algún asunto incómodo por lo que fue vilmente asesinado para eliminar cualquier tipo de pruebas.

Detención del padre

Más de año y medio después del asesinato de su hijo, concretamente a finales de enero de 1993, era detenido su progenitor Antonio Paulos, a quien acusaban de darle muerte a su vástago. La madre del pequeño dudaba de su culpabilidad y así lo hizo saber en una breve declaración a los medios de comunicación, ya que según ella, el padre se desvivía por su hijo y hasta que escuchase su declaración no terminaría por creer la acusación que se hacía.

En junio de 1993 Antonio Paulos era juzgado en la Audiencia Provincial de Pontevedra, acusado de haber dado muerte a su hijo dos años antes. Sin embargo, el progenitor negó en todo momento las acusaciones de la fiscalía y resultaría absuelto al aplicar el tribunal el principio de «indubio pro reo», es decir la ausencia de pruebas concluyentes para incriminar al hombre que había sido juzgado.

Posteriormente, tras la acusación del progenitor, la madre del pequeño se mostraría totalmente convencida que el autor de su muerte era su marido, tal y como demostraría en diversas declaraciones a distintos medios de comunicación. El matrimonio terminaría por romper relaciones, abandonando ambos la vivienda que compartían. La misma sería vendida para -posteriormente- ser derribada y levantar una nueva edificación, como queriendo olvidar el trágico suceso que consternó a toda la comarca del Salnés y a toda Galicia en una ya lejana noche de San Juan.

Al parecer, en el cuerpo del muchacho asesinado se encontró un pelo que no pertenecía a la víctima. Sin embargo, esta única prueba que podría haber ayudado a esclarecer un asunto tan turbio, fue extraviada cuando se envió al Instituto Nacional de Toxicología de Majadahonda, en Madrid, para poder ser analizada y detallar a quien podría corresponder su ADN. Todo ello, unido a las casi tres décadas que han transcurrido desde el asesinato del pequeño José Antonio han provocado que el suceso haya pasado a formar parte de los crímenes que se encuentran sin resolver. En este caso con el agravante de que al haber transcurrido más de 20 años desde la última actuación judicial, el crimen ha pasado de forma impune al baúl de los recuerdos.

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Asesina a cuatro personas en un ajuste de cuentas en Pontevedra

Vilaboa, localidad en la que se cometió el cuádruple crimen

En los años noventa la droga causó muchos estragos en Galicia, principalmente en As Rías Baixas, donde eran muy frecuentes los ajustes de cuentas, tanto entre clanes dedicados a la distribución masiva de estupefacientes como entre los propios consumidores que, en más de una ocasión, emplearon la violencia para deshacerse de sus rivales, por el motivo que fuese.

Una de esas ocasiones ocurriría en la jornada del 27 de enero de 1997 cuando toda Galicia se sobresaltaría al conocer un hecho muy sangriento y luctuoso que había tenido en el hostal Las Rías, emplazado en la localidad pontevedresa de Vilaboa. Alrededor de las doce de la noche ese día se presentó en el apartamento 21 del centro hotelero José Manuel Rodríguez Lamas, alias «El Pulpo» armado con una pistola del calibre 7,65. Su objetivo era eliminar las posibles víctimas presenciales de otro suceso sangriento cometido por el mismo autor en el día anterior, aunque nunca lo confesaría hasta ocho años más tarde, cuando estaba ingresado en la cárcel.

Como si de un auténtico profesional se tratase y demostrando una extraordinaria pericia tanto en el manejo como en el uso de las armas, José Manuel Rodríguez se desharía de tres personas de una «forma limpia», como se conoce en el argot policial, disparando a cada una de sus víctimas un único disparo en la cabeza. El horripilante crimen sería descubierto horas más tarde por un amigo de los asesinados, encontrando también estado casi moribundo a una cuarta persona, Alberto Piñeiro Rodríguez, un joven de 27 años adicto a las drogas, vecino de la parroquia de Meira, en el término municipal de Moaña. Sorprendentemente este último sobreviría a la matanza.

Tres toxicómanos

Las víctimas del criminal eran tres jóvenes toxicómanos, entre ellos una pareja que se dedicaba al trapicheo en pequeña escala. Los fallecidos eran Jesus Joaquín Brea Blanco, de 33 años de edad, natural de Cuntis y su novia Mercedes Castaño de la Fuente, de 28, natural de la localidad pontevedresa de Marín. La tercera víctima mortal era Eugenio Rioboo Viruel, de 31 años de edad, nacido en Cádiz, pero con vecindad en la el municipio pontevedrés de Moaña.

El error en el disparo sobre Alberto Piñeiro pudo haberse debido a que «El Pulpo» quizás hubiese escuchado algún ruido que le desconcertó y le puso nervioso, huyendo escaleras abajo en dirección a la calle.A Rodríguez Lamas se le acusaba también de un cuarto asesinato, el de Roberto Iglesias Domínguez, de 34 años de edad, al que negó haberlo matado durante más de ocho años. El historial delictivo del triple autor del crimen de Vilaboa no había parado de crecer en todos aquellos años, además llevando a cabo acciones muy violentas, entre ellas algún asalto a entidades financieras, así como liderar una peligrosa banda de delincuentes en el área de las Rías Baixas gallegas.

Aunque en un principio se detuvo a dos personas, se demostró que estas dos nada tenían que ver con la matanza que consternaría a Galicia. El autor del crimen era un peligroso delincuente, conocido de la policía, por haberse visto involucrado en otros actos delictivos muy violentos, entre ellos algún asalto a un banco, así como el hecho de liderar una peligrosa banda que actuaba por todo el área de Vigo y las Rías Baixas.

Detención

Su detención hizo presenciar a los vecinos del barrio vigués de Cabral una escena más propia del Oeste americano o de los muchos filmes que vienen de los EE.UU. en los que se desata una inusitada violencia. La misma se produjo en la jornada del 4 de febrero de 1997, escasamente una semana más tarde de haber perpetrado la carnicería de Vilaboa. «El Pulpo» se encontraba en un bar cuando alrededor de las once de la noche se personó en el mismo una pareja de miembros de la policía.

Al percatarse de su presencia, salió al exterior empuñando sendas pistolas, una en cada mano, con las que abrió fuego contra los agentes, tras parapetarse sobre su coche. Una de las balas estuvo a punto de alcanzar a un transeúnte, mientras que otro proyectil se colaría en el interior de un domicilio por una ventana. Además, uno de los agentes resultaría herido de consideración en una pierna.

Su rudeza la demostraría al enfrentarse con la policía a mano armada, además de increparles diciéndoles que prefería que lo matasen antes de ir detenido. Sin embargo, en esta ocasión la destreza policial y el hecho de verse acorralado sin escapatoria posible provocarían que «El Pulpo» se entregase a los agentes armados.

Por este triple crimen, José Manuel Rodríguez Lamas sería condenado a 125 años de cárcel. Además, le imputaban un cuarto asesinato que siempre se había negado a reconocerlo, el que le había costado la vida a Iglesias Domínguez, cometido en la jornada anterior al triple crimen de Vilaboa.

El asesinato de Roberto Iglesias

El día anterior a la muerte de tres personas en el hostal de Vilaboa había desaparecido un joven de 34 años de edad, Roberto Iglesias Domínguez, quien también tenía numerosos antecedentes policiales y estaba estrechamente vinculado al mundo del trapicheo en pequeña escala de la droga. Pese a los duros interrogatorios a los que fue sometido, «El Pulpo» jamás reconoció ser el autor de su muerte, negando taxativamente conocer su paradero.

Después de ocho años de su desaparición, cuando se encontraba cumpliendo condena por la masacre de Vilaboa, Rodríguez Lamas decidió contar a la policía la verdad sobre la suerte que había corrido la cuarta víctima de este horrendo suceso. En su relato confesaría a los agentes que el había sido quien había acabado con la vida del joven desaparecido en la tarde anterior al triple crimen. El escenario fue el mismo, el hostal, Las Rías.

Al parecer, a las tres de la tarde del 26 de enero, «El Pulpo» se dirigió al centro hostelero en que se desencadenaría la matanza donde mantuvo una agria discusión con el joven que llevaba ocho años desaparecido. Allí, en el hostal mismo, le efectuó un primer disparo que erraría al interponerse entre ellos Carlos Ramos Prada, un joven que sería condenado por encubrimiento, y que fallecería posteriormente en prisión.

El segundo disparo fue mortal de necesidad acabando con la vida de Roberto Iglesias, cuyo rastro sangriento había sido encontrado por la policía en el hostal en el que se juntaban los jóvenes toxicómanos. De la misma forma, estuvo a punto de matar, también de un disparo a Marcial Magdalena, quien -al parecer- se libró de una muerte segura al ocultarse en un armario que había en el interior de la habitación del hostal.

En un pozo abandonado en Ponteareas

Tras el primer crimen, se desataría una guerra de nervios entre todos los presentes en el apartamento para deshacerse del cadáver de Roberto Iglesias. «El Pulpo» obligaría a darle dos puñaladas al cuerpo del joven asesinado a dos de los jóvenes que en ese momento se hallaban con el en aquel tétrico apartamento.

En su confesión ante los agentes de la policía declararía que, una vez hubo cometido el primer crimen, decidió embalar su cadáver e introducirlo en el maletero de su vehículo. Posteriormente arrojaría su cuerpo a un pozo abandonado en una parroquia perteneciente al término municipal de Ponteareas. Una vez cotejados los datos de ADN con los de la sangre hallada en el apartamento de Vilaboa se pudo certificar que efectivamente los restos óseos hallados pertenecían al joven desaparecido.

Curiosamente este crimen, el que más tiempo tardó en ser esclarecido, fue el primero de la sangrienta matanza ocurrida en Vilaboa. Y no solo eso. Este asesinato sería también el desencadenante de la posterior matanza, perpetrada al día siguiente, ya que su finalidad era eliminar cualquier testigo en relación al crimen cometido anterior.

En el año 2011 José Manuel Rodríguez Lamas se beneficiaria de la denominada «Doctrina Parot», al estimar parcialmente el recurso presentado por su letrado. Así, los algo más de tres años a los que había sido condenado por las heridas que le había ocasionado a un agente de la policía el día de su detención. Los mismos se sumaban a los más de 125 años de cárcel a los que había sido condenado por el cuadrúple crimen de Vilaboa con lo que su estancia entre rejas sería de un máximo de 25 años, aunque todavía tenía una pena de dos años pendiente de cumplir, en relación con otro delito por el que no había ingresado en prisión por carecer de antecedentes penales en aquel momento.

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Asesina a dos personas en Pontevedra y se suicida

Muelle de Domaio, lugar donde se fraguó la tragedia

El año 1993 se convertiría para muchos en el año de la resaca tras los excesos que se habían prodigado a lo largo del ejercicio anterior. En Galicia se celebraba un evento singular, el Ano Xacobeo, que llevaba once años sin realizarse debido a que el calendario lo había retrasado más de una década. El último había sido el de 1982, coincidiendo con el Mundial de fútbol, pero en nada se parecería a la celebración de estas características de los años noventa.

El Gobierno autonómico, presidido por Fraga Iribarne, quiso recuperar y relanzar las ancestrales costumbres de peregrinar a pie hasta la tierra del Apóstol, que habían caído en desuso desde tiempos inmemoriales, siendo tan solo unos pocos -a quienes se tildaba de locos o incluso de retrógrados-, los que hacían la ruta a pie. Sin embargo, ese año serían varios miles, aunque su razón de peregrinaje no fuese estrictamente espiritual y contase en ellos más el afán turístico o de aventura que el de ganar la Compostela y el jubileo en el lugar que se veneran unos restos que pueden pertenecer a cualquiera, excepto al discípulo de Cristo que jamás tuvo el privilegio de poder gozar de la tierra gallega.

Precisamente, coincidiendo con las fechas centrales de aquel y singular evento, concretamente en la tarde del 29 de julio de 1993 se produciría un luctuoso y dramático suceso que consternaría a una Galicia que ardía en fiestas por los cuatro costados. En aquel tranquilo atardecer un hombre de 42 años, Juventino Eidón Carracelas asesinaría a dos personas y posteriormente se suicidaría colgándose de un árbol en la parroquia de Santo Adrao de Cobres, perteneciente al municipio pontevedrés de Vilalboa, en la populosa y hermosa península de O Morrazo que se asienta sobre el manso Océano Atlántico mirando de frente a la ciudad de Vigo, al tiempo que parece cabalgar sobre su ría.

En el Muelle do Domaio

La tragedia, aunque tuvo tres escenarios, comenzó su sangrienta orgía en el muelle de Domaio, en el municipio pontevedrés de Moaña, al que se dirigió Juventino montado en su moto. Allí encontró a su ex-esposa, Carmen Rosendo Ríos, de 37 años, trabajando en la mejillonera de Manuel González Cruz, de 57 años de edad y que además era el patrón mayor de la Cofradía de Pescadores de Moaña, dónde era un personaje muy querido y apreciado.

El criminal, que contaba con 42 años de edad y era apodado El Manco -por carecer de una de las extremidades-, había viajado en su motocicleta hasta hasta el muelle armado con una escopeta de caza. En el lugar del primer crimen pretendió hablar con su mujer, a lo que esta se negó de forma taxativa. Después de provocar el altercado no le dolieron prendas en disparar contra Manuel González, quien moriría como consecuencia de los fatales disparos efectuados por Juventino Eidón. A Carmen Rosendo le dio tiempo a huir del lugar del crimen para refugiarse en su domicilio.

Pese a su precipitada huida, quizás su ex-esposa no contaba con que el autor del crimen que le había costado la vida a su jefe, el asesino se acercaría hasta la vivienda de la que se iba a convertir en su segunda víctima, en Vilaboa, tras realizar el viaje en la misma moto que había utilizado para acercase hasta el muelle de Moaña. Según los testimonios de los vecinos a los agentes de la Guardia Civil que investigaron el caso, en aquel atardecer escucharon disparos en la vivienda de Carmen Rosendo, pero desconociendo que los tiros que habían oído fueron los que acabaron con la vida de la mujer, que sería encontrada en un gran charco de sangre en el garaje de su domicilio.

Colgado de un árbol

Una vez hubo cometido los dos brutales crímenes, ocurridos en apenas media hora, Juventino Eidón huyó del lugar de los hechos a pie por los montes y bosques de la zona. Más tarde se iniciaría una azarosa búsqueda con el objetivo de capturarlo por parte de los agentes del orden. Sus perseguidores encontrarían su cuerpo colgado de un árbol, ya bien entrada la noche, en el lugar de A Sobreira -en las inmediaciones de un camino vecinal-, perteneciente a la parroquia de Santo Adrao de Cobres en el municipio pontevedrés de Vilaboa. Se consumaba así una tragedia que había contado con tres escenarios distintos y que conmocionaría profundamente a toda Galicia y muy especialmente a toda la contorna de As Rías Baixas galegas.

El suicida y autor de ambos crímenes, contaba ya con un amplio historial delictivo, pues recientemente había abandonado la prisión provincial de A Parda, en Pontevedra, donde estaba ingresado por supuestamente haber violado a una hija de su ex-esposa. En el momento de cometer los dos asesinatos, Juventino Eidón se encontraba pendiente de juicio, pero decidió imponer su propia ley llevándose previamente la vida de dos personas y también la suya propia.

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Dos cadáveres descuartizados en dos maletas en Tomiño (Pontevedra)

En los primeros meses del año 1991 en Galicia se estaban viviendo los resultados del «Efecto Fraga» en el noroeste peninsular, además de asistir todavía a la lógica conmoción por algunos sucesos sangrientos ocurridos en el territorio gallego a lo largo de las últimas fechas del año anterior. Pese a todo, la comunidad gallega seguía siendo un territorio en el que, además de una gran calidad de vida, se gozaba de una extraordinaria seguridad que se reflejaba en las estadísticas que ofrecía el ministerio del Interior.

Al igual que en todas las sociedades del planeta ocurrían hechos y cosas desgraciados y desafortunados. Alguno de ellos, macabro y truculento. Uno de esos acontecimientos, bastante espeluznante por cierto, ocurría el 27 de marzo de 1991 en el embarcadero de la parroquia de Goián, en el municipio pontevedrés de Tomiño, desde donde parte un transbordador que une esta localidad con la portuguesa de Vila Nova de Cerveira. Ese día un vecino encontraba dos maletas cerradas, pero se percató de que de una de ellas sobresalía un brazo humano, en tanto que de la otra una cabeza.

Después de realizar el macabro hallazgo, este hombre puso el hecho en conocimiento de la Guardia Civil de la zona, quien -al abrir ambos portaequipajes- se encontró con la desagradable sorpresa que contenían sendos cuerpos humanos. Estos, que presentaban claras señales de violencia, estaban envueltos en plásticos recubiertos de cinta adhesiva de la empleada en los embalajes.

Un ex-jefe de policía portugués y su esposa

Una vez que el juez dio orden de levantar los cuerpos, y tras realizar las primeras inspecciones oculares, se supo que los cadáveres de las víctimas pertenecían a un policía luso, Antonio Amável de Sousa Carvalho, de 68 años, quien había sido el primer subjefe del cuerpo de la Policía y Seguridad Pública, de Portugal, y su esposa Gloria Vieira Peixoto, de 67. Su identificación no resultó complicada, ya que en una de las maletas en las que se encontraban sus cuerpos se encontró una tarjeta con las señales del responsable policial luso. A todo ello, también contribuirían las ropas que llevaban puestas, lo que unido a la colaboración de la Benemérita con las fuerzas de seguridad lusas, confirmaron la identidad a quienes correspondían los cadáveres.

Las primeras hipótesis apuntaban a que el crimen se había cometido en la localidad portuguesa de Braga, dónde habitualmente residía el matrimonio asesinado. Mientras, en torno al suceso, la prensa del país vecino apuntaba a que este podría haber tenido su origen en un supuesto ajuste de cuentas que habría podido llevar a cabo algún delincuente portugués.

La autopsia practicada a ambos cadáveres revelaría que el varón murió estrangulado, mientras que su esposa fallecería a consecuencia de algún golpe en la cabeza propinado con algún artilugio contundente. De la misma forma, se suponía que el crimen que les había costado la vida se habría cometido unos tres o cuatro días antes de encontrarse sus cuerpos.

Las primeras investigaciones practicadas por la policía de Portugal confirmaron que en la casa del matrimonio asesinado se encontraron restos de sangre en una escalera que conducía a la bodega de su casa, así como en un adoquín de granito emplazado en el mismo lugar. La hipótesis de que el crimen se había cometido en la calle Camoens de Braga, venía reforzada por el hecho de que las cuerdas que amarraban los cadáveres eran idénticas a las que utilizaba el matrimonio asesinado para atar manojos de cebollas que guardaban en su bodega.

Identificación del asesino

Días después del hallazgo de los cuerpos y de su posterior sepelio en la localidad de Braga de la que eran originarios, la policía lusa informaba que seguían la pista de un peligroso delincuente portugués, quien se había evadido recientemente de una prisión próxima a Lisboa.

Uno de los flecos que quedaría por atar en este dramático suceso, que conmocionó a la opinión pública gallega y todo el norte de Portugal, fue como se llevó a cabo el transporte de los cuerpos desde Braga hasta el embarcadero de Goián.

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Asesina a sus dos hijas pequeñas gaseándolas con el tubo de escape de un coche

Tubo de escape de un coche

Son muchas ya las veces que la realidad supera a la ficción. Igualmente, se desconoce el grado de maldad al que son capaces de llegar algunos seres humanos, creyendo que hay algunas cosas que forman parte del pasado más cruel de la humanidad y que son episodios negros de la historia de la humanidad que a nadie le gusta recordar ni mucho menos nos hubiera gustado que sucediesen. Es lógico. Sin embargo, recientemente se han producido algunos hechos que nos hacen rememorar las páginas más oscuras y terribles de la historia contemporánea. De algún modo, nos indican que hay energúmenos capaces de reproducir -aunque sea a pequeña escala- lo ocurrido en campos de concentración en el transcurso de la IIª Guerra Mundial y que todavía nos ponen los pelos de punta cuando los presenciamos a través de los muchos medios que tenemos a nuestro alcance.

Uno de esos trágicos y truculentos sucesos ocurrió entre los días 22 y 24 de noviembre del año 2001, iniciándose en la localidad pontevedresa de Gondomar. Por esas fechas, Víctor Mouzós Álvarez, un joven padre de 29 años, raptaba a sus dos hijas, Eva y Ana, de dos y tres años de edad respectivamente, con el exclusivo afán de vengarse de la madre de las pequeñas, su antigua pareja, por haber iniciado los trámites de divorcio. Sin embargo, su terrible represalia superaría cualquier forma de menoscabo de la dignidad humana, recordando por unos días los terribles métodos utilizados por los nazis en sus campos de concentración, tal y como relataría el fiscal encargado del suceso en el transcurso de la vista oral que se seguiría contra el brutal asesino.

El día 22 de noviembre Víctor Bouzós Álvarez huiría con sus pequeñas de muy corta edad desde el municipio pontevedrés de Gondomar -muy próximo a Vigo- hasta la localidad lusa de Vila Nova da Cerveira, en el norte del país vecino. Previamente, en una carta que había dirigido a su ex-esposa, el criminal le advertía que emprendería acciones contra las niñas, llegando a matarlas si se diera el caso, en represalia por la separación matrimonial que pretendía quien hasta aquel entonces había sido su pareja.

Tubo de aspiradora

Al llegar a un monte de la localidad en la que cometería tan aterradores y aberrantes crímenes, Víctor uniría el tubo de escape del coche al interior de su vehículo en el que se encontraban las pequeñas con otro conducto flexible, como los que habitualmente poseen las aspiradoras, para gasear a las pobres niñas. Una de ellas fallecería en cuestión de poco tiempo, según se desprende del examen forense al que fue sometido su cuerpo. Su padre deambularía por montes portugueses a lo largo de 36 horas con su cadáver, en tanto que la otra ya se encontraba en grave estado a consecuencia de la ingestión de monóxido de carbono, consiguiendo sobrevivir durante tres días a la terrible prueba a la que la había sometido su infame progenitor. La cría fallecería en la UCI de un centro sanitario de Vigo tras pasar 72 horas en coma.

Durante aquellos días de otoño la opinión pública gallega se conmovió de sobremanera al conocer el secuestro de las niñas. Los padres de Víctor Bouzós se desplazaron hasta el norte de Portugal posteriormente para convencer a su hijo de que regresase y devolviese las pequeñas, ya que en aquel momento se ignoraba la suerte que podrían haber corrido. El hizo caso de sus progenitores tras una conversación telefónica que mantuvo con ellos, aunque ya les advirtió que sus nietas se encontraban en grave estado de salud.

De regreso, las niñas ingresaron en un hospital de Vigo, aunque una de ellas, Eva, era ya cadáver, mientras que la otra, Ana, sobreviría tres días, pero sin poder llegar a recuperarse de la masiva ingesta de gases tóxicos que había sufrido del vehículo de su padre. Este último sobrevivió a la intoxicación al salir del habitáculo para pedir agua a unos vecinos de la zona, además de apuntar que la muerte de una de las niñas y el grave estado de salud en que se encontraba la otra en el momento de ser detenido, obedecía a un fallo en el sistema de ventilación de su coche, según la versión que facilitó a la policía, aunque nunca pudo ser comprobada la veracidad de la misma. Tal vez se tratase de una treta con ánimo de eludir un castigo mayor por parte de la justicia.

Inmediatamente, la policía procedería a la detención del doble parricida, quien también sufría algunos efectos de la intoxicación habían padecido sus hijas, pero en menor medida, por lo que fue ingresado en el módulo de reclusos del Hospital Provincial de Pontevedra, con pronóstico reservado. Según las informaciones periodísticas de la época, Víctor Bouzós representaba la imagen de un hombre «atormentado». Apenas mes y medio más tarde se conocía el primer informe psiquiátrico acerca de su personalidad, que no dudaba en calificarlo de psicópata, que era un hombre plenamente consciente de sus actos y que había actuado en represalia de su esposa, asesinando a sus dos pequeñas por la petición de divorcio que ella había formalizado, asestándole un durísimo golpe donde más daño podía hacerle.

40 años de cárcel

En el transcurso de la vista oral que se celebró en su contra en la sala sexta de la Audiencia Provincial de Pontevedra -con sede en Vigo- Víctor Bouzós alegaría ante el jurado encargado de dirimir su causa que la muerte de las pequeñas se había producido de forma fortuita, por el mal funcionamiento del ventilador del vehículo. Sin embargo, su versión muy pronto sería desmontada tanto por los informes forenses como por los investigadores del caso, quienes encontraron en el interior del habitáculo los restos de un tubo flexible, similar al de las aspiradoras, en una bolsa de plástico, así como una importante cantidad de restos químicos del gas tóxico procedente del conducto que expulsa los gases. El material encontrado en el interior del coche manifestó que era para desatascar cañerías, pues era fontanero, aunque este hecho sería rotundamente negado por otros compañeros de profesión que testificaron en el juicio.

El testimonio de los forenses desmontó la versión de que el autor del doble parricidio hubiese pasado la noche a bordo del vehículo en el que se encontraban las pequeñas y que una de ellas hubiese salido a dar un paseo después de haber sufrido la intoxicación. Si hubiese sido así, la niña se hubiese recuperado y probablemente no hubiese fallecido. Su defensa alegaba que su cliente solamente había incurrido en el delito de denegación de auxilio, además de considerarlo un «padre amantísimo». Ver para creer.

Una de las intervenciones más destacadas fue la del fiscal encargado del caso, quien comparó la actitud del asesino con las de los nazis en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial cuando empleaban técnicas similares para matar a los internados en los campos de concentración y a prisioneros. Víctor Bouzós sería condenado a la pena de 40 años de cárcel -20 por cada uno de los asesinatos- además de indemnizar con 250.000 euros a la madre de las pequeñas, en concepto de responsabilidad civil. La magistrada ponente de la causa destacaría en la redacción de la sentencia la «peligrosidad» del parricida, así como «la carencia de los valores más elementales y escrúpulos».

Sobre el asesino se escribirían muchas páginas, tanto en la prensa gallega como en la del resto del Estado. De él, se dijo que era un hombre frío, solitario y calculador. De la misma forma, los péritos forenses que lo entrevistaron corroborían su carácter psicopático, capaz de discernir entre el bien y el mal, pero que apenas mostraba emociones. Hasta el momento de matar a su hijas, Víctor Bouzós no había pisado nunca la cárcel, si bien es cierto que ya había protagonizado algunos altercados que le acarrearon numerosos antecedentes policiales. De la misma forma, se señalaba que padecía algunos episodios relacionados con alguna patología de carácter psiquiátrico, aunque son precisamente las personas con enfermedades psicosomáticas las que menos actos delictivos protagonizan, según informaciones facilitadas por profesionales de la salud mental.

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Viola y asesina a su abuela en A Lama (Pontevedra)

Si el último tercio del año 1987 se había presentado muy movido en Galicia, no lo fue menos el primer semestre del curso siguiente en el que se produjeron algunos hechos lamentables que consternarían a una tierra que se encontraba en plena transición de su ancestral mundo rural hacia el urbano. Pese a todo, proseguía siendo una tierra muy calmada en la que todavía sobreabundaban reminiscencias de su pasado más reciente. Incluso se habían revertido algunos hechos históricos que la habían marcado en gran medida, tales como el mito de su eterna emigración, llegando a convertirse en un receptor de inmigrantes, principalmente sus grandes urbes.

En medio de un clima social muy sosegado tuvieron lugar algunos sucesos que sobresaltaron a una buena parte de sus habitantes, nada habituados a semejantes acontecimientos. Uno de los más espantosos tendría lugar en la jornada del día 21 de marzo de 1988 cuando a las once de la noche era encontrada una anciana, ya octogenaria, literalmente cosida a puñaladas y con el cuerpo semidesnudo en una cuadra de la vivienda en la que residía en la parroquia de San Salvador de A Lama.

El cadáver de la mujer, que se llamaba Celestina del Río Antas y que contaba ya con 83 años de edad, fue encontrado al día siguiente del crimen por sus vecinos, quienes se sintieron profundamente alarmados al no haber visto en toda aquella jornada a la víctima en sus quehaceres más habituales. Al parecer, era muy frecuente ver a Celestina por distintos lugares de la localidad, quien -pese a su avanzada edad- gozaba de muy buen estado de salud. Uno de los puntos a los que acudía con más frecuencia era la iglesia parroquial, a la que acudía con cierta frecuencia para realizar algunas tareas de mantenimiento.

El nieto, principal sospechoso

Desde un primer momento el vecindario sospechó que quien se encontraba detrás del asesinato de Celestina era su nieto, un joven de 30 años que respondía al nombre de José Manuel Durán González quien -según sus testimonios- mantenía una muy mala relación con su abuela, quien ni siquiera le dirigía la palabra. Al poco tiempo de haber cometido el crimen que le costó la vida a su abuela, el asesino abandonaría el lugar de los hechos, huyendo hasta la parroquia de Bora, ubicada en el término municipal de Pontevedra, y que dista más de 30 kilómetros del lugar de autos.

El autor del crimen regresaría al día siguiente hasta su domicilio en San Salvador, haciendo una larga caminata a pie, provisto únicamente de un aparato de radio y de una linterna. En el transcurso de su larga peregrinación, que había iniciado a las siete de la mañana, se había cruzado con alguna patrulla de la Guardia Civil, a la que no dudó en hacer señales con el objeto luminoso que portaba.

Los agentes de la Benemérita, alertados por los vecinos de la presencia del criminal, se desplazaron hasta la mencionada parroquia para proceder a su detención a las seis de la tarde de la jornada siguiente. En el transcurso del interrogatorio al que fue sometido reconocería haber sido el autor material del asesinato de su abuela. Justificaría el mismo señalando que lo había hecho en venganza por el trato que le había dispensado a su bisabuelo y su abuelo. Sin embargo, negaría en todo momento que la hubiese violado, aduciendo que le había levantado las ropas que llevaba puestas para contar el número de puñaladas que le había asestado. Las cuchilladas habían interesado los pulmones, los ojos y el abdomen de la víctima. De la misma forma, algún vecino también declararía que en la tarde del crimen, cuando ya lo había perpetrado, se le había visto manifestar en reiteradas ocasiones en los bares de la zona que cualquier día tendría que matar a su abuela por la nefasta relación que mantenía con ella.

Pasado tormentoso

José Manuel Durán González, conocido como «O Chioleiro» había nacido en la ciudad brasileña de Río de Janeiro en la que todavía residía su progenitor. Hacía escasos días que había regresado de Suiza, a donde se había trasladado para visitar a su madre, después de haberse evadido del centro psiquiátrico de Rebullón, en Vigo, en el que estaba internado desde hacía algún tiempo, aunque no era esta la primera evasión que protagonizaba, pues ya había estado ingresado en otros centros de las mismas características.

Tras su regreso de la emigración, se había asentado a vivir en el domicilio familiar en una vivienda contigua a la de su abuela con quien compartía la cuadra del inmueble. Desde entonces, la anciana había pernoctado en la casa rectoral de la parroquia de San Salvador, quizás por el temor que le profesaba a su nieto, puesto que la había forzado hacía ya dos años, aunque la anciana no presentó denuncia alguna por lo que nunca fue condenado por este desgraciado hecho, además de amenazarla de muerte en reiteradas ocasiones

Además de su paso por distintos centros de salud mental tanto de Galicia como de Madrid, José Manuel había tenido ya problemas con la justicia desde su primera juventud, protagonizando diversos altercados que le llevaron a perder la libertad, a consecuencia de los cuales sería ingresado en varios hospitales psiquiátricos por consejo de diversos especialistas que le atendieron.

José Manuel Durán González sería condenado a 24 años de prisión por la Audiencia Provincial de Pontevedra, acusado de los delitos de violación y homicidio, aunque contaba con la atenuante de su resquebrajado estado de salud mental. Esta circunstancia contribuiría a que el autor de la muerte de Celestina del Río Antas cumpliese la pena que le fue impuesta en un centro psiquiátrico penitenciario.

Desgraciadamente las medidas de reinserción social no surtieron ningún efecto en este individuo, ya que en el año 2004, ya en libertad, asesinaría a una joven de 33 años.

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