Vampirismo criminal en A Golada (Pontevedra)

En la década de los años veinte del pasado siglo todavía seguían gozando de una gran popularidad algunas viejas creencias, divulgadas por curanderos y otros especímenes de igual catadura, en las que se aseguraba que beber sangre humana curaba de enfermedades y epidemias que estaban muy extendidas, entre ellas la tisis. Sin embargo, esas ancestrales y macabras creencias tan solo servirían para provocar más de una tragedia, siendo casi siempre las víctimas pequeños de muy corta edad a quienes asediaban durante bastantes días hasta que por fin conseguían arrinconarlos y hacerse con esa preciada víctima, aunque de nada servirían el supuesto remedio que se pretendía aportar.

Hay muchos casos, algunos de ellos muy conocidos, como el caso del crimen de Gador, uno de los que alcanzaría más celebridad en su tiempo. Otro similar sería el del vampiro de Avilés. Todos ellos con consecuencias fatales. Después de haberse divulgado los nefastos resultados en que terminaban sucumbiendo, muchas gentes dominadas por viejas y ancestrales supersticiones acabarían por convencerse que el consumo de sangre de los más pequeños no acarreaba ningún beneficio. Más bien todo lo contrario. Muchos acabarían con sus huesos en las manos de un verdugo quien ágilmente daba dos vueltas al garrote vil, sumándose así una víctima mas a la que los criminales habían dejado por el camino.

En Galicia, una tierra donde ahuecaron a fondo viejas supersticiones y otras creencias importadas por los emigrantes que se encontraban allende los mares, también ocurrieron algunos de los desagradables y cruentos sucesos en los que los más pequeños fueron la injustas y crueles víctimas de unos desaprensivos que, quizás llevados por una terrible exasperación, llevaron la tragedia a otra casa, además de consumarse también en la propia.

Uno de esos sucesos ocurrió en la localidad de A Golada, un territorio limítrofe y de transición entre las tierras de las Rías Baixas y la comarca de A Ribeira Sacra. A mediados de septiembre de 1925 desaparecía de su casa el niño Álvaro Salvareses, de tan solo dos años de edad. Sus padres lo llamaron en reiteradas ocasiones, requiriéndolo para que se presentase a la hora del almuerzo. Sin embargo, la criatura no daba señales de vida. A raíz de su desaparición, familiares y vecinos se pusieron manos a la obra en una afanosa búsqueda que no dio ningún resultado.

En un estercolero

Entre los familiares y personas más próximas al pequeño se sabía que el muchacho había sufrido el acoso y acechanza de algunos vecinos, aunque jamás supusieron que le esperaba un final trágico y macabro. Tras días de ardua búsqueda, el cuerpo del pequeño aparecería enterrado en una cuadra, en la que se guardaban cerdos y vacas, en medio de un impresionante estercolero. El crío tenía una cuerda atada al cuello y presentaba una gran herida en la cabeza, la que se suponía, como así se demostraría posteriormente, que le había ocasionado de forma poco menos que fulminante.

La Guardia Civil pronto empezó a atar los pocos cabos que había sueltos. Se sabía que en la casa de unos vecinos, conocidos como los Mejuto, había un muchacho joven que todavía no llegaba a los veinte años, enfermo de tuberculosis, entrando la dolencia en sus últimas fases. Eran conocedores también que habían buscado remedios en curanderos y sanadores de la zona, aunque ninguno les había ofrecido una mágica receta que pudiese librar a su vástago de tan devastadora enfermedad que estaba golpeando con saña a una gran parte de la juventud de la época.

La familia que había dado muerte al pequeño era conocedora a través de la prensa de diversos casos, como el de Gador o el Vampiro de Áviles, de los supuestos remedios macabros que se estilaban en aquella época para tratar de salvar inútilmente al enfermo terminal que tenían en casa. Uno de los hermanos de este último, un niño de 14 años, Eulogio Mejuto, fue el encargado de engañar con diversos ardides a su ingenua víctima, atrayéndola hasta el erial que había en la zona aledaña a su casa. El mismo declararía que fue quien dio muerte al pequeño de una pedrada en la cabeza. Asimismo, también manifestaría que se encargó de extraerle sangre a través de la herida por la que manaba a borbotones. En su declaración ante los agentes, además de responsabilizarse de la muerte del pequeño, indicaría, a su vez, que en el hecho criminal estaban involucrados los restantes miembros de su familia, a instancias de los cuales provocó la tragedia que causaría una gran repercusión en el municipio de A Golada y otros limítrofes.

Condena

A raíz del espantoso crimen, fueron también imputados el hermano enfermo del asesino y su padre, Jesús Mejuto. Sin embargo, el primero de ellos no llegaría a ser condenado ya que tan solo tres semanas antes del juicio se produjo su óbito.

El muchacho, al ser menor de edad, sería condenado al ingreso durante el tiempo que la autoridad lo estimase oportuno, al ingreso en un centro de corrección, popularmente conocidos como reformatorios. Para su padre el fiscal llegó a solicitar la pena capital, considerándolo inductor de un hecho criminal. Finalmente, sería condenado a 20 años de cárcel en calidad de cómplice.

 

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Anuncios

19 muertos en el primer gran accidente de tren en Galicia

Retrotraernos a la Galicia de hace más de un siglo es como viajar en el tiempo a una época oscura y recóndita en un país dónde nada era posible. Para los gallegos de aquel tiempo probablemente tuviesen más cercanía mental y espiritual con las lejanas tierras americanas que con las del resto de la Península Ibérica. De ellas llegaban ingentes cantidades de cartas y también regresaban muchos hombres y mujeres que hasta allí se habían desplazado en busca de esa fortuna que les negaba el terruño que los había visto nacer. Venían hablando un refinado castellano, adobado con giros y formas propias de los lares caribeños o andinos, aunque cuando el rastrillo que habían empleado en otros tiempos en las tareas agrícolas les daba en las narices, inmediatamente recordaban su denominación con una exhortadora exclamación de carallo pra o enciño!

No cabe duda que aquel no era tan solo otro tiempo, sino también otro mundo que guarda un mínimo parangón con el actual en ancestrales vestigios que nos han ido legando nuestros ancestros y que normalmente se reflejan en una contorneada y apacible arquitectura que luce magníficamente ante nuestra vista. Por lo demás, y por fortuna, esta Galicia nada tiene que ver con la de hace cien años, un país que vivía en el más absoluto atraso en el que viajar tan solo estaba al alcance de algunos bolsillos y cuando se hacía no era tan solo por placer sino por distintas obligaciones personales, tales como ferias, mercados o cuando no quedaba más remedio, la consabida emigración.

En 1915 el tren era todavía el medido de transporte más utilizado para todo tipo de desplazamientos, ya que no se habían desarrollado lo suficientemente los automóviles a motor. Las escasas líneas ferroviarias que existían en Galicia estaban más desarrolladas en el sur del territorio que en el norte, el cual todavía parecía un entorno agreste por explorar, dada la carencia y la penosidad de sus pocas infraestructuras. Precisamente en el área sur gallega se va a producir el 10 de marzo de 1915 la primera gran tragedia ferroviaria de la historia de Galicia en el municipio pontevedrés de Crecente cuando se producirá un accidente en la parroquia de Sendelle en el que se verá involucrado el tren correo, procedente de Madrid.

Talud de piedras

El siniestro se produciría a causa del desprendimiento de un gran talud de rocas que flanqueaba la vía se precipitó sobre la misma, alcanzado de forma estrepitosa el paso del convoy por el lugar de As Grobas, en la parroquia de Sendelle, siendo alcanzadas por las mismas una locomotora y tres vagones que quedarían atrapados en un descomunal corrimiento de tierras, tal cual fuese un terremoto. El inesperado suceso atraparía a muchos viajeros que, en esa jornada, habían ido hasta la feria de Ribadavía, así como también a algunos otros que estaban de viaje de negocios desde Madrid hasta Galicia.

Según informaciones aparecidas en diversos medios de la época, entre ellos el diario La Voz de Galicia, en un primer momento se da ya una estimación de 19 muertos y numerosos los heridos, que llega a cifrar en 37. Dadas las dificultades, tanto orográficas como de comunicaciones de la época, los escasísimos servicios asistenciales tardarían algún tiempo en llegar hasta el lugar de los hechos. Hasta tres horas y media se retrasaría el tren, que procedente de Ourense, se había destinado para auxiliar a los heridos. Este último de dio cita en el lugar del siniestro en torno a las seis y media de la tarde, cuando el accidente se había producido a las tres y cuarto. Otro tren, procedente de Vigo, no llegaría hasta las ocho y media de la tarde.

Ayuda vecinal

Una vez más, y como ha ocurrido siempre, la labor desinteresada de los vecinos fue crucial para socorrer a los heridos en un tiempo en los que se carecía del más mínimo servicio asistencial. En este sentido cabe destacar la labor hecha por el doctor Luis de Anguiano, quien, a lomos de un caballo, se dirigió al punto dónde había tenido lugar la tragedia para auxiliar a los heridos. De igual modo, fue muy generosa la actitud de algunas vecinas, entre ellas una conocida como a señora Xoana da Meleira, quien junto con otras mujeres, prepararon caldo de gallina a los heridos, además de practicar algunas curas con pócimas artesanales y tradicionales con los muy escasos medios que disponían.

La asistencia a los heridos fue muy complicada, dadas las carencias de la época. Algunos tardarían hasta doce horas en llegar a centros sanitarios de Vigo. Los lesionados que no se encontraban tan graves fueron trasladados hasta la aldea de Freiría, dónde fueron humanamente atendidos por sus vecinos.

Las carencias de aquel oscuro tiempo se demostrarían también a la hora de darles sepultura a los fallecidos, algunos de los cuales pertenecían a una compañía madrileña de zarzuela que tenía previsto actuar en Vigo. Sus restos mortales, al igual que muchos otros de localidades próximas que habían perecido en el mismo siniestro, descansarían para siempre en el cementerio de Sendelle que se convirtió, de forma totalmente improvisada, en su último y fatídico destino.

 

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Los crímenes de la «Casa Maldita» de Moraña

Hay lugares, familias y gentes que están marcados históricamente por la tragedia. ¿Quién no ha oído hablar alguna vez en su vida de la maldición que supuestamente arrastra el todopoderoso clan de los Kennedy? En distintas épocas de la historia se han visto duramente golpeados por la tragedia hasta el extremo de que algunas enciclopedias, tanto impresas como digitales, les han dedicado un artículo a sus muchas desdichas. De la misma manera también hay sitios que, en diferentes etapas, han visto como los horrores de la desgracia sacudía la puerta de sus casas. Bien sea por catástrofes de carácter natural o por hechos que han acontecido en distintos tiempos. De una forma u otra, esos lugares o esas familias se han ido ganando, a lo largo del tiempo, una mala fama que, incluso, lleva a sospechar a muchas personas que la maldición se ha apoderado de la familia o el lugar en el que ha ocurrido el trágico infortunio, aunque no deje de ser más que una desgraciada e insólita casualidad. También hay gente, pero muy poca, a la que le ha tocado la lotería dos veces.

Al lugar al que ahora nos dirigimos es un sitio de esos que se ha visto afectado por distintas tragedias en más de una ocasión, que se ha ganado la mala fama de estar maldito. Incluso los más escépticos temen acerca de la supuesta maldición que haya podido recaer sobre una vivienda o un barrio, a lo que se suma cierto carácter de superchería y superstición que se va generando por las muchas desdichas que allí se han producido. Este es el caso de una vivienda situada en la aldea de O Apedrado, lugar perteneciente a la parroquia de Amil, en el municipio pontevedrés de Moraña. A la conocida como «Casa do Carballal» le ha recaído esa mala fama por el elevado numero de infortunios que en ella se produjeron. Lo peor de todo es que algunos llevaron la marca de la sangre, que de manera siniestra ha desdibujado la pacífica realidad de un incomparable paraje del tranquilo rural gallego.

El crimen de Bernardino Ruibal

El primer hecho luctuoso que tuvo lugar en esta casa se remontaba a la década de los años cincuenta del pasado siglo cuando fallecía la madre de Agustín Chayán Silva, al caer al pozo que era propiedad de su hijo, quien 60 años más tarde sería víctima de un horrendo crimen por parte de la hija de una prima suya. En el ambiente siempre ha flotado un macabro espectro que parece que ha marcado el devenir de este lugar en el que no han dejado de sucederse los dramas y las tragedias.

El primero y más grande de todos los sucesos que han afectado a la «Casa do Carballal» se remonta al 20 de enero de 1960. En aquel entonces, Bernardino Calvo Ruibal, de 38 años de edad, que con toda probabilidad sufriese alguna enfermedad psiquiátrica muy grave, asesinaba a su esposa Manuela Ferreiro Ruibal, cuatro años más joven que él y a una tía de esta última, Manuela Ruibal Monteagudo, de 67 años. La prensa de la época, mencionando fuentes de la Guardia Civil, atribuía ambos crímenes a los «exacerbados celos» del criminal, quien no dejaba de ser un atroz psicópata.

Al parecer, Bernardino se había empleado con una saña desmedida contra sus víctimas. En primer lugar, provisto de un hacha, le propinó un corte con la misma en el cuello a su esposa, quien fallecería de forma inmediata. Posteriormente, degollaría a la tía de su cónyuge dándole cuatro cuchilladas en el cuello. Al parecer, las desavenencias en el matrimonio Calvo-Ferreiro eran muy frecuentes, además de amenazar en constantes ocasiones el marido a su mujer de muerte. La pareja tenía cinco hijos de muy corta edad. El mayor contaba nueve años, en tanto que el más pequeño tenía en aquel entonces apenas tres semanas de vida.

Tras cometer la brutal matanza, Bernardino huiría del lugar de los hechos campo a través, perdiéndose en los montes próximos a la casa en la que había perpetrado la cruel matanza. La Guardia Civil le pisaba los talones, pero el fugitivo conocía bien la zona, no se sabe si buscando burlar la acción de la Justicia. Conseguiría sobrevivir a lo largo de varios días en el escarpado y abrupto terreno que rodeada la aldea. Al parecer, no quería personarse ante los agentes de Moraña, encargados de investigar el suceso y pretendía entregarse en Pontevedra, aunque finalmente sería detenido por los de la localidad del interior de las Rías Baixas.

Bernardino Ruibal tuvo suerte en aquel entonces, pues estaba vigente vigente la pena de muerte, habiendo bastantes casos que, por mucho menos, rindieron su causa en el garrote vil. Este hombre sería condenado a 40 años de cárcel, ya que se tuvo en cuenta como atenuante la patología psiquiátrica que padecía.

El asesinato de Agustín Chayán Silva

Cuando ya comenzaban a apagarse los ecos de la supuesta maldición que recaía sobre aquella siniestra vivienda, el 19 de mayo de 2017 se produjo un nuevo suceso sangriento que volvería a sacar a flote viejas supersticiones y leyendas. En la mañana del día siguiente, el 20 de mayo, fue encontrado el cuerpo de Agustín Chayán Silva, de 83 años de edad, que presentaba evidentes signos de violencia. Su cadáver estaba en un lateral del inmueble tirado sobre un impresionante charco de sangre.

Las pesquisas de los investigadores se centraron desde el primer momento en la hija de una prima de la víctima con la que convivía. Se trataba de una mujer de 42 años que, al igual que en el caso de Bernardino Calvo, sufría una patología psiquiátrica de carácter grave, pues estaba diagnosticada de esquizofrenia paranoide aguda, además de sufrir un retraso mental leve. Al parecer las discusiones entre la víctima y la mujer que lo asesinó eran constantes. Los vecinos ya se habían acostumbrado a escuchar gritos y voces procedentes de la casa en la que se produciría el trágico crimen. Además, la autora del homicidio había dejado de tomar la medicación que le habían prescrito los especialistas que se encargaban de tratarla.

La mujer que le ocasionó la muerte a Agustín Chayán Silva sería internada en la unidad de psiquiatría del Complejo Hospitalario de Pontevedra para, una vez que recibió el alta hospitalaria, ingresar en un centro psiquiátrico penitenciario, ubicado en la localidad leonesa de Las Mulas, dónde está a la espera que se revise su situación, una vez que se celebre el juicio.

Por su parte, la Audiencia Provincial de Pontevedra ha descartado archivar la causa, pese a la petición de la abogada de la defensa. En los informes periciales se constató que en el momento de cometer el crimen la acusada tenía totalmente anulada la comprensión del alcance de sus actos. El fiscal que lleva el caso considera que es inimputable y debería ser absuelta al aplicársele la eximente completa de trastorno mental, descartando en todo momento solicitar una pena de cárcel.

 

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Mata a un hombre por encargo en Campo Lameiro (Pontevedra)

De todos es sabido que los tiempos de la Posguerra, principalmente aquellos más inmediatos a la conclusión del conflicto fueron los peores años de la historia contemporánea de España. En Galicia serían conocidos como «os anos da fame». Una gran parte de la población española de la época carecía del más elemental sustento, a lo que se sumaba una creciente especulación con los precios de los artículos de primera necesidad provocada por el mercado negro, popularmente conocido como estraperlo. Nadie se escapaba a los terribles y temibles efectos de una economía en retroceso, a la que se añadía un conflicto mundial que se libraba a tan solo unos kilómetros de los Pirineos.

Pese a que se vivía en una férrea y cruel dictadura, en la que supuestamente no se movía nadie, no dejaban de sucederse algunos episodios sangrientos, que, en muchos casos, llevaban a sus autores al patíbulo. Sin embargo, esto último no era óbice para que hubiese personajes que traspasasen esa temida línea roja, que podía significar la condena a muerte, produciéndose algún que otro hecho siniestro.

Ese fue el caso de un crimen ocurrido en la localidad de Campo Lameiro, en el interior de la provincia de Pontevedra, un municipio colindante con el de A Estrada, que es el más significativo de cuantos le rodean. Este suceso, ocurrido el 23 de febrero de 1943, tardaría hasta diez años en ser resuelto por parte de los investigadores, debido a que a lo largo de ese período de tiempo estuvo rodeado de un cierto halo de misterio. Tal vez el hecho de que fuese descubierto con una década de retraso salvó a su autor de morir en el garrote vil, debido a que en ese tiempo se realizaron algunas modificaciones en el código penal, entre ellas la de que todos los casos de homicidio fuesen juzgados bajo jurisdicción militar. Desde 1950, esa competencia quedó exclusivamente reservada a los tribunales ordinarios, en tanto que los castrenses entenderían únicamente de lo que acontecía en el estamento estrictamente militar.

Desavenencias

En Campo Lameiro eran conocidas las desavenencias entre una sobrina, María Adelia Rodríguez Peña y su tío Jesús Rodríguez Castro. Las mismas podrían estar motivadas por cuestiones de carácter patrimonial, ya que, al parecer, este último no habría legado bien alguno a su familiar o, cuando menos, no tenía la intención de testar a su favor. Para evitar que esto se produjese, la mujer contrató los servicios de un tercero, Edelmiro Peña Torres, para que diese muerte a su tío.

Este último recibió la nada despreciable cantidad de 500 pesetas por acabar con la vida del ascendiente de María Adelia Peña. Lo hizo de una forma que se puede considerar tradicional en Galicia, ya que para ello utilizó una azada con la que asesinó al pobre hombre, quien vivía solo. Su cuerpo inerte sería descubierto por los vecinos, pero jamás pudieron imaginar quien podría estar detrás de aquel crimen. Ni mucho menos se les pasaba por su mente que el autor actuase bajo la motivación de una recompensa económica.

En un principio se investigó a varios vecinos de la zona, que resultaron ser todos inocentes. Tardarían casi diez años para encontrar una pista fiable que llevase a los investigadores a dar con el presunto autor. Se dice que alguien sospechaba de Edelmiro Peña, quien mantendría una estrecha amistad con la instigadora del asesinato. A todo ello se sumaban las desavenencias que mantenían María Adelía y Jesús Castro, que estaban en boca de todos los vecinos.

Sea como fuere, lo cierto es que a finales del año 1952 fue detenido el autor del crimen, quien, en un primer momento, se confesó autor del asesinato por el que estaba siendo investigado. Sin embargo, en el transcurso del juicio que se celebró en su contra, en el mes de marzo del año 1953, negaría en todo momento los hechos que se le imputaban. Declararía que si se reconoció el crimen era porque había perdido la razón. De la misma forma, también María Adelia Rodríguez negaría cualquier relación con el crimen que, diez años antes, había conmocionado a la pequeña localidad de Campo Lameiro.

Sin embargo, de nada les sirvieron sus evasivas, ya que ambos individuos serían condenados por la Audiencia Provincial de Pontevedra, en sentencia firme, a la pena de 30 años de reclusión mayor. Además, deberían indemnizar a los familiares de la víctima, de forma conjunta y solidaria, con la cantidad de 25.000 pesetas, además de tener que hacerle frente a las costas procesales.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

La muerte de «Rocambole»

Ponte da Barca, en Pontevedra, lugar donde fue abatido «El Rocambole»

En los primeros años cincuenta la dictadura franquista se había afianzado ya en España prácticamente de forma definitiva. Atrás quedaban los años en los que algunos atisbaban una leve esperanza de que el sistema nacido de la Guerra Civil se viniese a bajo. La consolidación del régimen se notaba a todos los efectos, aunque muy especialmente en el orden público, donde se mantenía una férrea y firme mano dura. Aún así, y a pesar de que siempre se haya dicho y sostenido lo contrario, las tasas de criminalidad eran mucho más elevadas que en nuestros días.

El sistema dictatorial, al igual que muchos otros que coexistían en el planeta en aquel entonces, sabía sacar réditos de su supuesta política de orden público en la que no se movía nadie. Además, aprovechaba cualquier circunstancia para dar buena cuenta de ello y publicitarlo ante la opinión pública, tanto española como mundial. Así, a su amparo, surgirían ciertos mitos y personajes que servían para dar cuenta al imaginario popular de la presunta severidad del régimen. Así, en la década de los cincuenta se ejecutó a garrote vil a tres inocentes en Sevilla. A finales de los cuarenta correrían la misma suerte «O Foucellas» y algunos dirigentes del maquis gallego a los que se acusaba de ser maleantes. Mientras, en el tramo final de la dictadura surgió el mito de Eleuterio Sánchez, «El Lute». Todos ellos fueron empleados por el Régimen para distraer a la opinión pública de su tiempo, alimentando la falsa idea de que en España quien la hacía la pagaba, aunque la supuesta opinión de justicia que intentaba trasmitir la oficialidad de entonces distase mucho de la realidad.

En la Galicia de los años cuarenta y primeros cincuenta surgió un personaje ideal para que el Régimen pudiese ofrecer una vez más esa imagen de extrema seriedad con la que pretendía revestirse. Se trataba de Santiago García Varela, conocido por los motes de «O Rocambole» y «O Fotógrafo». Sin embargo, no era más que un pobre hombre que se dedicaba a hacer algún que otro robo y a sostener enfrentamientos con la policía de los que, dada su habilidad, casi siempre salía victorioso. Pero, como todos los de su tiempo y a quienes se dedicaban a hacer fechorías similares a la suya, terminaría muy mal, teniendo en cuenta que las fuerzas de orden de entonces tenían carta blanca con quien a ellos les viniese en gana. Para ello contaban con un fortísimo respaldo oficial.

Tiroteo

O Rocambole, que era natural de la provincia de Lugo, había perpetrado algunos robos en algunos comercios de la capital lucense por las noches, además de ser un prófugo de la justicia, pues estaba reclamado por diversos juzgados de instrucción en el momento en que fue abatido por la policía. Se sabía que podía estar armado, pues algunos testimonios indicaban que había amenazado con un arma de fuego a sus víctimas. Sus correrías tocarían su fin a principios de abril de 1952 en un tiroteo con la policía armada muy cerca de la pontevedresa Ponte da Barca.

Después de huir de Lugo, las fuerzas del orden le siguieron la pista a Santiago García Varela. Sospechaban, y estaban en lo cierto, que tal vez se hubiese desplazado a Pontevedra a comienzos de 1952. La policía de inmediato se enteró de su paradero. Su objetivo, en un principio, era la detención de este «maleante», tal como le tildaba la prensa de la época.

Un inspector de policía, del que se sabe que se apellidaba Pérez Martínez, intentó detenerlo en las inmediaciones de A Ponte da Barca, pero al sentirse acorralado sintió sobre su cabeza el aliento del miedo, propio de cualquier persona. Fue entonces cuando hizo uso de su vieja pistola, comprada en el mercado negro, disparando dos veces contra el agente de policía, pero sin llegar ni siquiera a herirlo. Este último avisó a sus compañeros de la Comisaría de Pontevedra para que enviasen más refuerzos. Rocambole, haciendo una vez más gala de su capacidad escurridiza, huyó a pie por las calles de Pontevedra, llegando a la Rúa de Xan Guillermo.

Otra vez más, el popular y conocido delincuente había huido de un cerco policial. Pero, desgraciadamente para él, sería la última. Regresó, a donde había venido, desconociendo que le estaban preparando una emboscada y que no tenía escapatoria. Con un gran número de policías armadas preparándole un impresionante cerco, Santiago García estaba perdido. Disparó alguna vez más sobre sus perseguidores, pero tal vez no le quedase munición, ya que se acurrucó cerca del conocido puente que une los municipios de Poio y Pontevedra.

Casi sin opción, O Rocambole sucumbió ante los disparos que efectuaron varios policías que habían ido a darle captura. No opuso resistencia, ya que no tenía medios con los que resistir. Sin embargo, las fuerzas del orden «le dieron su merecido», según consta en las informaciones periodísticas de entonces. Habían cazado a la presa perfecta y en los días siguientes a su caza definitiva había que propagarlo a los cuatro vientos. Ya podían dormir los gallegos de entonces, puesto que había un delincuente menos en su tierra, aunque no fuese el único.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Dos taxistas asesinados en Pontevedra en 1990

No cabe duda, y a las estadísticas nos remitimos, que la profesión de taxista es una de las más estresantes de todas, además de la de ser una que conlleva aparejado un mayor número de riesgos. En Nueva York, junto con la de policía, estaba considerada como una de las profesiones más peligrosas. Los profesionales del taxi tienen que codearse con todo tipo de clientela, independientemente que les guste o no a quien transportan a bordo de su automóvil. A ello se une que los conductores profesionales se ven obligados a trabajar con dinero en efectivo, aunque muchas veces sean cantidades más bien escasas. Por si fuese poco, se encuentran sometidos a una constante indefensión, que se manifiesta en la soledad del volante cuando han de hacerle frente a quienes traten de asaltarlo o simplemente pretendan hacerle algún daño.

El peligro constante al que se ven sometidos los taxistas alcanzó su cénit en Galicia en las Navidades del año 1990. En la última semana de aquel año murieron asesinados dos taxistas pontevedreses en apenas cuatro días. El primer crimen tuvo lugar el 27 de diciembre cuando la ciudad del Lérez, caracterizada por ser una urbe muy tranquila, se vio sobresaltada al enterarse de que un profesional del volante había muerto como consecuencia de sendos disparos en el corazón en la parroquia de Salcedo. Sus asesinos le llevaron a un área descampada para robarle la recaudación y, posteriormente, darle muerte. Se trataba de José Barcia Franco, un taxista de 54 años, que además era padre de una numerosa prole de siete hijos. Su vehículo apareció revuelto en lo que parecía una denodada búsqueda de un escaso botín. Al parecer, el conductor intentó hacer frente a sus atracadores para evitar que le robasen la recaudación.

Este crimen movilizó a todos los profesionales del taxi de Pontevedra, además de a toda la sociedad pontevedresa que no estaba acostumbrada, ni por asomo, a sucesos de este tipo. Los 92 taxistas que entonces ejercían en A Boa Vila llevaron a cabo un paro general en señal de protesta por este acontecimiento de inseguridad ciudadana. Además, todos ellos lucían crespones negros en sus vehículos en señal de luto por el compañero vilmente asesinado. Se entrevistaron con distintas autoridades de la época, entre ellas el alcalde de la ciudad, José Rivas Fontán, así como con el entonces secretario general del Gobierno en Pontevedra, Manuel Exquieta. Un profundo clima de temor e inseguridad se apoderó de la ciudad, pero principalmente de uno de los principales sectores dedicados al transporte de viajeros, acostumbrado a robos y asaltos, pero que hasta ese momento no había sufrido muertes violentas como la que acababa de acontecer.

Segundo taxista asesinado

Cuando todavía se vivían momentos de dolor, rabia y ansiedad por el asesinato de José Barcia y ni siquiera había dado tiempo a superar el crimen, otro taxista de la ciudad del Lérez era brutalmente asesinado en una pista que lleva a la pequeña localidad de Birrete, que se encuentra a escasamente 300 metros de donde tiene su sede la Brigada Ligera Aerotransportable (BRILAT). Allí caía tirado en una acera en un gran charco de sangre el último día del año 1990 Celestino Carballo González, un taxista de 55 años de edad, a consecuencia de las puñaladas que le había propinado su agresor Joaquín Pereira Mou, un joven de 18 años vecino de Marín. Al parecer, la muerte le sobrevino cuando el muchacho le pretendió arrebatar la escasa recaudación que portaba, apenas 600 pesetas (3,60 euros actuales), ya que además era a primeras horas de la mañana. Tras asestarle la mortal puñalada el joven huyó del lugar aunque sería visto por otras personas que en ese momento transitaban por el lugar. Algunas crónicas añaden que en el momento de apuñalar a su víctima parece ser que le dijo «cabrón, encima no tienes cambio, hijo puta». El taxista fallecido dejaba esposa y dos hijas, una de las cuáles se encontraba todavía estudiando. Además, para tratar de desviar la atención de los viandantes, les preguntó por una cabina telefónica. El joven sería detenido por la policía el 8 de enero de 1991, confesándose autor del crimen que le había costado la vida al taxista. Hasta ese momento, no constaba que tuviese antecedentes penales.

Además de la consabida consternación y el dolor que todavía embargaba a la ciudad del Lérez desde el primer crimen, ahora se sumía en una desolación y caos, a los que se unía una especie de zozobra e impotencia por dos hechos acaecidos en tan poco tiempo que resultaban poco menos que inexplicables. Nadie sabía a que atenerse en los primeros días del año que comenzaba. A la sensación de dolor y consternación, parecía que toda Pontevedra se sumergía en una impotencia generalizada a causa de dos execrables crímenes que carecían de cualquier precedente y mucho menos de explicación.

Este segundo asesinato provocó una movilización masiva de todo el gremio de taxistas de toda Galicia, a los que se sumaban de una manera muy especial los de Pontevedra. Los profesionales del sector solicitaban, ante todo, mayores medidas de seguridad a las autoridades, demanda que era completamente compresible a tenor de los hechos acaecidos en los últimos días del año 1990.

Insolvente

Los autores de ambos crímenes serían detenidos y condenados. En el caso del joven de Marín, Joaquín Pereira Mou, sería condenado a 27 años de prisión, si bien es cierto que saldría de la cárcel mucho antes debido a la aplicación de medidas de gracia, derivadas de su buen comportamiento. Además, también fue condenado al pago de diez millones de pesetas(60.000 euros actuales) a la esposa e hijos de la víctima. Sin embargo, estos tan solo percibirían la mísera cantidad de medio millón de pesetas(3.000 euros actuales) por parte del Estado, ya que el joven fue declarado insolvente.

Con motivo de cumplirse el vigésimoquinto aniversario de aquellos espantosos asesinatos que sacudieron a la siempre pacífica Boa Vila, una de las hijas de Celestino Carballo, Julia, declaraba a DIARIO DE PONTEVEDRA que sufría algunas secuelas psicológicas derivadas del asesinato de su padre y su compañero. Recordaba el momento de tensión en el transcurso del juicio en el que el joven trataba de excusarse alegando que había caído sobre el cuchillo, lo que provocó la muerte del taxista. Se quejaba también del escaso castigo que había recibido Joaquín Pereira quien, además, según su testimonio, había estado trabajando sin estar dado de alta en la Seguridad Social por lo que la familia no pudo actuar en su contra.

Julia Carballo manifestaba también el horror que le producía la contemplación de un taxi. Desde la muerte de su padre no volvió a subirse a otro vehículo. La familia vendió la parada de su progenitor para tratar de pasar página de tan horrible suceso que les ha marcado constantemente la vida desde aquellas sangrientas Navidades de 1990. Además, volvía a incidir en la carencia de medidas de seguridad en las que seguían instalados estos vehículos de transporte de viajeros, ya que muchos de ellos ni siquiera tienen instaladas mamparas que separen al conductor de los clientes que transporte en su parte posterior.

Si te ha gustado, estaremos muy agradecidos de que lo compartas en tus redes sociales.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Asesina a su marido por obseso sexual en Vilagarcía de Arousa

De todos es sabido que las páginas de sucesos no están exentas de un cierto morbo y también de una cierta gracia que aproximan más el acontecimiento dramático en si al humor negro que a su propia y trágica realidad. Los que hemos cubierto información de este tipo sabemos que en las salas de las audiencias donde son juzgados quienes cometen algún hecho delictivo se viven situaciones, que van desde la más pura tensión que se palpa con solo mirar furtivamente al rostro de las víctimas, hasta otras en las que no es posible sobreponerse ni siquiera controlar la carcajada, bien sea por la declaración de algún testigo o por cualquier otra contingencia que ocurra. Recuerdo, hace años, cuando un fiscal le preguntó a una señora, ya de una cierta edad, si había visto campar varios cerdos por el prado de un vecino. Todo el mundo se quedo atónito cuando la buena de la mujer respondió negativamente. Sin embargo, el ministerio público se percató de las limitaciones de la pobre mujer y reformuló su pregunta. Solo un cambio de término sirvió para aclarar algunas circunstancias del caso. A continuación le volvió a preguntar de nuevo y en vez de por los cerdos, le preguntó por los cochos, sustantivo en lengua gallega que sirve para designar al animal que en su día calificara tan acertadamente don Álvaro Cunqueiro como «marisco de cortello». Entonces, la mujer respondió que si, que efectivamente ella había visto a los cochos en la huerta de su vecino, despertando, como es natural, las monumentales carcajadas de quienes nos encontrábamos en la sala de vistas de la Audiencia Provincial de Lugo.

Al igual que la circunstancia de la que tuve ocasión de ser testigo, en la primera mitad de la década de los ochenta se vivió una situación muy parecida en la Audiencia Provincial de Pontevedra. En ella, a comienzos de diciembre de 1983 se juzgaba a la súbdita belga Suzanne Renné, quien en mayo de ese mismo año había asesinado a su marido Albert Fantuoi, un hombre de 68 años de edad, en su residencia de Vilagarcía de Arousa. El fiscal que instruía el caso solicitaba, en un principio, una pena de 21 años de cárcel por asesinato. Sin embargo, la defensa de la acusada esgrimió varios atenuantes con la finalidad de rebajar tan dura condena.

La mujer contó con todo lujo de detalles la forma en que acabó con la vida de su marido que, en un momento dado, resultó bastante espeluznante. Según su testimonio, en primer lugar le sacudió un impresionante golpe en la cabeza con una barra de hierro. Posteriormente, tomó un hacha en la mano que estaba en el comedor y volvió a darle en la testa a su marido. No escatimó medios para matarlo, ya que utilizaría también un cuchillo de caza para darle el definitivo golpe de gracia. La acusada contó que al escuchar los estertores procedentes de la respiración entrecortada que profería el moribundo, no tuvo más remedio que darle un tajo en el cuello para ahorrarle sufrimientos al pobre hombre. Todo un detalle.

Películas pornográficas

El relato de la acusada estaba dejando estupefactos a quienes escuchaban su desgarrador y cruel testimonio en el que no había lugar para las risas o las gracias. Sin embargo, estas llegaron en el momento en que la mujer declaró que se había visto obligada a terminar con la vida de su marido porque, al parecer, era un auténtico obseso sexual, incapaz de saciar su lascivo apetito. En ese momento, se armó un impresionante revuelo en la sala de vistas de la Audiencia pontevedresa. Desde los periodistas hasta los ujieres pasando por los mismos magistrados no fueron capaces de contener sus carcajadas, ya que la acusada esgrimía este aspecto de su vida marital como atenuante.

Suzanne Renné relataría con todo lujo de detalles, al igual que lo había hecho explicando el atroz crimen, los pormenores de la constante y vigorosa actividad sexual que llevaba a cabo su marido, lo que le acarreaba un no menos constante estrés psíquico y emocional. Albert Fantuoi, la víctima, tenía como costumbre visionar dos o tres películas pornográficas diariamente, además de disponer de cinco aparatos de excitación sexual en su domicilio. Por si esto no fuera poco, la acusada relató a los presentes que el fallecido la obligaba a mantener las mil y una posturas eróticas que había visto en los filmes que a diario veía en una sala de su domicilio conyugal, lo que a ella le provocaba un incesante cansancio, además de mareos y otras consecuencias que dañaban su salud.

El alegato en su defensa no deja de ser de lo más llamativo y pintoresco, aunque la muerte de Fantuoi no tuviese nada de pintoresca sino más bien todo lo contrario. Finalmente, la acusada sería condenada a 18 años de prisión. Nunca sabremos si los magistrados tuvieron en cuenta las alegaciones realizadas por la asesina belga, aunque finalmente su pena se viese rebajada en tres años. Y es que el oscuro y tenebroso mundo de la criminalidad, con muchas excepciones, no deja de tener su parte cómica como todo en esta vida.

Si te ha gustado, estaremos muy agradecidos de que lo compartas en tus redes sociales.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

El crimen de la calle Marqués de Riestra

Pontevedra, a principios del siglo XX


A principios del siglo XX Pontevedra era una próspera capital de provincia dominada por una histórica aristocracia de rancio abolengo, que veía peligrar su ancestral poder a manos de una incipiente burguesía que con el transcurrir de los años acabaría convirtiendo a la capital de las Rías Baixas en la más selecta urbe de Galicia. En ese tiempo ya había iniciado su meteórico desarrollo la vecina ciudad del sur, Vigo, aunque estaba lejos de superar todavía a la capital de la provincia, pese a que su puerto se había convertido en el principal referente con destino a las Américas. La capital del Lérez contaba con unos 25.000 habitantes entorno a 1910, residentes mayoritariamente en su amplio y vistoso casco histórico, que es hoy en día un centro de atracción para los muchos visitantes y turistas que se desplazan a la Boa Vila, denominación histórica que ha recibido Pontevedra en referencia al carácter hospitalario de sus gentes.

En ese plácido ambiente de ciudad tranquila y sosegada, en la que nunca o casi nunca ocurría nada, la villa teucrina amaneció repentinamente sobresaltada el 5 de febrero de 1908. En esa fecha, en torno al mediodía, en una planta baja de la calle Marqués de Riestra, una de las principales de su recinto histórico hoy en día, un grupo de jornaleros halló muerto en su domicilio al conocido maestro cantero pontevedrés José Barcia. Su cadáver apareció derribado sobre un gran charco de sangre y con la cabeza introducida en un cesto de mimbre. Los agresores del conocido artesano se emplearon con una extrema violencia para dar muerte a su víctima, pues esta presentaba grandes heridas en la cabeza y en el rostro provocadas, al parecer, por una herramienta de las que se empleaban para moldear y tallar la piedra. Asimismo, mostraba un aspecto que superaba cualquier límite de lo macabro, ya que apareció con la lengua apretada entre los dientes. El cantero había intentado defenderse de sus agresores pues todavía tenía asida por una mano una azada que había empleado en la lucha contra sus asesinos.

Cartas

En un primer momento, y durante algún tiempo, se sostuvo la hipótesis de que el móvil del asesinato de José Barcia había sido el robo pues era al parecer un hombre con un cierto nivel económico. A el se le encargaba la realización de muchas obras en la villa del Lérez, gozando también de un extraordinario reconocimiento social. Sin embargo, esa hipótesis iría decayendo con el paso de las horas de aquel aciago y funesto día de invierno. Junto a su cadáver aparecieron algunas cartas y documentos por lo que, posteriormente, se supuso que los asesinos buscaban algo más que dinero. Además, los criminales que acabaron con su vida, habían forzado la puerta de su escritorio, la que habían dejado franqueada, haciéndolo constar tanto los investigadores de la Guardia Civil como el juzgado que se encargaba del caso. Al proseguir con las pesquisas para tratar de resolver el caso, descubrieron que faltaban algunos objetos personales de estimable valor, así como también una importante cantidad de dinero en efectivo que el maestro tenía en su casa para pagar a los jornaleros que contrataba a diario.

El crimen conmovió profundamente a la ciudad de Pontevedra, ya que José Barcia era un hombre que gozaba de una gran estima entre sus convecinos. La hipótesis del robo, aún cuando no estaba totalmente clarificada, hizo que estallase en la villa del Lérez una constante sensación de temor incontenido. A ello se sumaba las dilaciones en la resolución de aquel truculento caso, lo que incrementaba el nerviosismo entre la ciudadanía, además de sumir a muchas personas, conocidas o allegadas a la víctima, en un constante clima de desconfianza.

A las dos semanas de cometido el atroz crimen se practicaron las primeras detenciones, algunas de las cuales estaban destinadas tan solo a limpiar la imagen de las autoridades de la época y a calmar a la ciudadanía, pues los detenidos eran conocidos rateros, pero a los que se consideraba incapaces de cometer semejante barbaridad. Algunas fuentes apuntan a que alguno de ellos había llegado a declarar su culpabilidad en este suceso, si bien las pruebas que existían contra ellos eran, a todas luces, insuficientes. De la misma forma, también pasó por los calabozos de la guardia civil algún familiar de Barcia, aunque tampoco se pudo demostrar que tuviese nada que ver con la muerte de su pariente.

Meses más tarde se sospechó de otro individuo que podría mantener alguna deuda con el artesano y a quien se vería en las inmediaciones de Vigo haciendo una inusual ostentación. De este último se asegura que había marchado para tierras americanas sin que pudiese ser detenido. Sea como fuere, lo peor de este dramático caso es que nunca se llegó a saber con certeza quien había asesinado al popular maestro artesano pontevedrés, aunque los criminales dejasen algunas evidencias que en su día no sirvieron de mucho, ya que el crimen quedó impune.

Si te ha gustado, estaremos muy agradecidos de que lo compartas en tus redes sociales.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Una joven le rebana el pescuezo a su novio en A Estrada (Pontevedra)

Torre de Guimarei. A Estrada

En 1935, cuando estaba en plenitud la II República Española y ya se vislumbraban nuevos tambores de guerra en el viejo continente, el interior de Galicia era un territorio pobre y deprimido. En él residía una ingente masa de agricultores y campesinos que malvivían de una maltrecha economía de subsistencia. La mejor salida a corto plazo para los más jóvenes era abandonar la esquina verde de la Península Ibérica y buscar un prometedor futuro allende los mares.

El mundo rural gallego, con sobreabundancia demográfica, apenas había progresado nada en los últimos 200 años. Ni siquiera las reformas puestas en marcha por los distintos gobiernos republicanos contribuyeron a paliar la enorme pobreza que afectaba a la Galicia de la época. A todo ello se añadían otras carencias como la educativa. Más de la mitad de la población gallega de la época era completamente analfabeta y el 49 por ciento restante eran analfabetos funcionales, limitándose a saber firmar o leer con cierta dificultad y poco más. Los grandes centros culturales gallegos de aquel tiempo se encontraban a miles de millas de la metrópoli. Habían surgido en lugares tan lejanos como La Habana, Buenos Aires o Montevideo, dónde la ingente cantidad de gallegos desplazados habían dejado impresa una huella que llega hasta nuestros días.

A Estrada, municipio al que ahora nos dirigimos, reunía las clásicas peculiaridades de las zonas de interior. Elevada tasa demográfica rural, altos índices de emigración a tierras americanas y bajísimos indicadores de desarrollo humano. En ese contexto se promueve un cierto clasismo rural que viene avalado por la superficie de terreno de la que cada familia sea propietaria, unido también a ancestrales prejuicios y estereotipos que todavía estaban muy aferrados a los habitantes de la Galicia de la época.

De una de esas pudientes familias rurales, las que precisamente podían huir de ese ambiente cruzando el Océano Atlántico, es la principal protagonista de la siguiente historia, Elena Ramos Barros, una joven de 23 años. La prensa de la época la resalta como una fémina que destacaba por su espectacular belleza y su inigualable porte personal. A ello, añade también que la moza pertenecía a una acaudalada familia de Guimarei, una parroquia perteneciente al municipio estradense, en el que destacan distintas edificaciones históricas pertenecientes a las distintas familias de hidalgos que otrora habían sido dueños y señores de tan bella parroquia.

Sin embargo, a pesar de su belleza o tal vez abrumada por el peso de la misma, Elena Ramos sufría alguna patología mental, muy mal consideradas y estigmatizadas en aquel entonces, que le impedía percibir la realidad tal como se le mostraba. Fruto de ello, provocaría un horroroso crimen que conmovió a toda la zona el 23 de julio de 1935. Como todos los criminales noveles, nadie se podía esperar que la joven belleza estradense fuese a perpetrar un acto tan vil y execrable.

Ojos vendados

No se sabe si fruto de algún delirio o con algún afán morboso, Elena, cierto día que se hallaba con su novio, le rogó a este que hiciesen algún jueguecito que parecía ciertamente infantil. El mismo consistía en que el rapaz Jesús Filloy Godoy se dejase atar a un árbol y, a su vez, vendarle los ojos. La joven quería que así su prometido rompiese las ligaduras, a la vez que tenía los ojos vendados, pero no era este el auténtico motivo del macabro plan ideado por Elena Barros. Tras acceder a las macabras e inhóspitas pretensiones de su novia, esta le rebanó el cuello con un cuchillo de grandes dimensiones que, al parecer, había ocultado en una manga de su blusa. Tras cometer la barbaridad, la joven se escapó hacia su casa, dejando al pobre muchacho desengrándose atado al árbol.

El muchacho, después de sufrir la mortal herida que le acabaría con su vida, aún pudo desasirse de las cuerdas que lo mantenían atado al árbol, además de retirarse también la venda de los ojos. A pesar de hallarse malherido, consiguió llegar hasta su domicilio familiar en el que fallecería nada más atravesar la puerta de la casa.

Quienes conocían a Elena decían que había jurado en alguna ocasión su intención de matar a su novio, al parecer motivado por algún ataque de celos o por ciertos despechos personales. Una persona que la conocía manifestó que la joven criminal había hecho este juramento por considerase «una mujer honrada y como tal quería vivir y morir», aunque nadie conocía el verdadero significado de esta expresión.

Epilepsia

En noviembre de 1935 se celebró el juicio en la Audiencia Provincial de Pontevedra, cuando Elena Ramos llevaba ya unos meses detenida. En el período de tiempo que llevaba entre rejas, la degolladora había sufrido algunos ataques epilépticos, aunque estos podrían ser brotes psicóticos. Alguno de los médicos y peritos que testificaron en la causa indicaron que la joven no percibía la realidad tal cual era. Además, en la época las enfermedades de carácter mental gozaban de un enorme estigma social, achacándose las mismas a estereotipos basados en falsos y ancestrales prejuicios que para nada respondían al mínimo rigor científico.

Sin embargo, el fiscal que instruyó la causa contra Elena Ramos despreció las apreciaciones de los especialistas que la examinaron, solicitando para ella la pena de 21 años de reclusión. Consideraba que la mujer había actuado en plenitud de facultades, cometiendo un delito de carácter alevoso. Por contra, su defensa solicitó el ingreso de la joven en un manicomio.

Finalmente, Elena Ramos sería condenada a trece años de cárcel, enterándose en la misma del estallido de la Guerra Civil española. Previamente, su defensa había recurrido la pena que le había sido impuesta ante el Tribunal Supremo, quien terminaría por confirmar la sentencia dictada por la Audiencia Provincial de Pontevedra.

Si te ha gustado, estaremos muy agradecidos de que lo compartas en tus redes sociales.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias