Un muerto en los sucesos de Monforte de Lemos en 1979

Fiestas de Monforte de Lemos

En 1979 en España estaba recientemente estrenada la democracia. Se convertía al fin en un estado de derecho después de más de 40 años bajo una cruenta e inhumana dictadura que había dejado tras sí un reguero de odio que seguía manteniendo dividas a muchas familias españolas, en las cuales proseguían manteniéndose viejas rencillas como consecuencia del conflicto que había enfrentado a España a lo largo de tres años hacía ya más de cuatro décadas por aquel entonces.

Pese a que existía un clima de reconciliación y las viejas deudas parecían ya saldadas, todavía existían amplas capas sociales que no querían renunciar ni un ápice a los viejos y caducos privilegios heredados de un injusto y anticuado sistema político. Pero ya no era solo eso. También había quien no solo se resistía a cambiar, sino que incluso se pretendía una vuelta atrás, tal y como sería el caso de la intentona golpista del 23 de febrero de 1981. En Galicia, en concreto, todavía existían grupos a quienes les parecía que gozaban de un eterno derecho de pernada, tratando de imponer al resto sus viejos y anticuados preceptos que no eran, lo que se dice, una vía de progreso.

Dónde más se notaban esos antiguos privilegios era precisamente a nivel local. Allí las clases populares todavía seguían al dictado de antediluvianos caciques, quienes se pretendían perpetuar en sus sillones de terciopelo utilizando el sistema democrático a su antojo. Esas ancestrales fórmulas se manifestaban de muchas maneras y en casi todos los ámbitos de la vida que iban desde el meramente político, pasando por el económico y llegaban hasta el cultural y el lúdico-festivo.

Así ocurrió en las fiestas patronales de Monforte de Lemos que se celebraban en agosto de 1979. La organización de las mismas corría a cargo de una comisión con la que colaboraba el Ayuntamiento de la localidad. En ellas se seguía manteniendo un tradicional baile, considerado y calificado de elitista, en el que era preciso satisfacer el importe de una entrada para poder acceder al mismo. En esa época, los vecinos de la ciudad del Cabe habían recibido la promesa de sus representantes municipales de terminar con esta absurda tradición que no hacía más que dividir a la población entre pobres y ricos.

Carga policial

La promesa hecha en la campaña electoral, ya que el 3 de abril de 1979 se habían celebrado las primeras elecciones municipales democráticas, se convertiría en agua de borrajas al llegar las fiestas patronales. Nada alteró una tradición contra la que se manifestaron los vecinos de Monforte de Lemos aquel mismo año que se concentraron ante la puerta de la pista de la Compañía organizando una fiesta paralela a base pandeiros y gaitas. Al mismo tiempo, muchos jóvenes pretendían saltar la valla que circundaba el recinto fiestero, al igual que se hacía antaño.

Ante estas manifestaciones y al ver que los sucesos le desbordaban, la policía nacional reforzó sus efectivos, con números procedentes de otras comisarías. En la madrugada del 15 de agosto de 1979, los miembros de los cuerpos de orden público invitaron a los manifestantes a disolverse. Sin embargo, sus intimidaciones no dieron el resultado deseado y ello provocaría el pánico entre los congregados. La policía no dudó en emplear cuanto tenía a su alcance para conseguir que los manifestantes abandonasen el lugar. Por un momento, la capital del Val de Lemos se pareció a algunas localidades vascas de la época, ya que se empezaron a ver por el aire botes de humo y pelotas de goma, que estaban empleando los efectivos policiales contra unos indefensos manifestantes.

La tragedia se asomaría por vez primera a las tierras monfortinas en el transcurso de sus celebraciones festivas, ya que las pelotas de goma alcanzarían a algunos de los congregados, provocando heridas de gravedad a varios de ellos, uno de los cuales Emiliano Fernández, que estaba recientemente operado del corazón, fallecería en la Residencia Sanitaria Juan Canalejo de A Coruña días más tarde a raíz del impacto recibido.

Por otra parte, como consecuencia de estos sucesos, un total de nueve policías resultarían contusionados. Además, se efectuarían diversas detenciones de jóvenes involucrados en los altercados que convirtieron por unos días a la ciudad del sur de Lugo en el foco mediático de Galicia en aquel entonces. En días sucesivos se producirían concentraciones de protesta ante la Casa Consistorial y también ante la comisaría de policía de la ciudad del Cabe.

Quién tampoco se libraría de las consecuencias de aquellas protestas fue el primer alcalde elegido democráticamente en la capital de Lemos, Celestino Torres, quien vería como algunas de sus propiedades sufrían las consecuencias de las grescas tumultuarias. Algunos de sus negocios aparecerían con los cristales completamente destrozados.

La protesta obtendría resultados al año siguiente, 1980. En el certamen festivo de ese año el Ayuntamiento decidió suprimir definitivamente los festivales de pago para evitar que se produjesen acontecimientos similares a los ocurridos en la edición anterior. No era para menos.

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Asesinan a un hombre por una barra de pan y 175 pesetas en Goiriz (Lugo)

Cementerio de Goiriz

A principios del siglo XX en Galicia la expresión que más se escuchaba por sus lares y aldeas era «iste vaise», «aquel vaise» » o outro xa se foi». Su equivalencia en castellano es este se marcha, aquel se marcha, el otro ya se ha ido. Eran muchos los gallegos que decidían surcar el Océano Atlántico para asentarse largas temporadas en tierras americanas, huyendo de las miserias y calamidades que les deparaba su tierra de origen, considerada un país rico en el que vivía gente pobre. Desgraciadamente, así era. Contaba con una vasta población rural. Más del 90 por ciento de los gallegos de la época, de los dos millones de habitantes de entonces, residían en pequeñas aldeas y villas en las que se vivía mayoritariamente de la pesca y una agricultura de subsistencia que, a muy duras penas, proporcionaba las necesidades básicas.

En La Habana, principalmente, surgieron los primeros grandes centros y entes culturales gallegos. Fue allí precisamente dónde el maestro Pascual Veiga estrenó las partituras de lo que luego sería el Himno gallego. De igual manera, también en la isla caribeña se encontraba Manuel Curros Enríquez, el célebre cantor gallego de finales del siglo XIX y principios del XX, que fallecería precisamente en tierra cubana siendo trasladados posteriormente sus restos a Galicia para recibir sepultura en el cementerio coruñés de San Amaro.

A finales del siglo XIX y principios del pasado todavía quedaban algunas bandas o gavelas que se prodigaban por el entorno rural, acechando a las casas más pudientes de la época. Era una forma de pillaje muy extendida, que rara vez tenía consecuencias sangrientas, pero en alguna ocasión si las tuvo por no ser profesionales quienes la practicaban. A ellos les surgieron algunos imitadores que acabarían dando lugar a sanguinarios episodios de infausto recuerdo entre los moradores del rural gallego de la época.

Un suceso de las características antes aludidas tendría lugar el 9 de julio de 1904 en la parroquia vilalbesa de Goiriz, en pleno corazón de la Terra Chá lucense. En esa fecha un rico agricultor y propietario de una de las aldeas que contaba con un mayor nivel de riqueza en aquel entonces, José Otero, fue asesinado a últimas horas de la noche de aquel día de un ya lejano verano de uno de los primeros años del siglo XX. El propietario, que vivía en el lugar de Vilar de Pumariño, era un hombre que ya superaba los 50 años y estaba considerado como uno de los lugareños más respetados y con mayor hacienda de toda la comarca.

A golpes

José Otero fue asesinado a golpes por sus atacantes cuando ya se encontraba durmiendo por cuatro individuos que pronto serían detenidos. Su asesinos, que pretendían robarle, se habían introducido en su casa a través de un cortello en el que se guardaba el ganado. El cadáver de la víctima presentaba innumerables magulladuras y heridas, siendo una de las más apreciables la que se localizaba en la cabeza, hecha con algún objeto contundente de metal, pues uno de sus agresores era carpintero y se dedicaba a hacer zuecas de madera, principal calzado que se empleaba en el rural gallego en aquellos remotos tiempos. Los asesinos y ladrones llevaban el rostro cubierto a fin de no ser reconocidos por los moradores de aquella casa. Los demás miembros del clan familiar sufrirían algunas lesiones provocadas por la inusitada violencia de sus agresores, aunque se lograrían recuperar en un breve espacio de tiempo.

Se hacen con un botín ciertamente considerable. Lo más destacable es que se apoderan de 175 pesetas, una cantidad bastante alta para la época, máxime cuando se trataba de un tiempo en el que el dinero era un bien muy escaso. De la miseria de aquellos años da cuenta la circunstancia de que se apoderasen de algunos víveres que se guardaban en la vivienda asaltada, entre ellos una docena de chorizos y una libra de pan. Los otros objetos robados son tres pañuelos de seda.

Inmediatamente después del horroroso crimen, que consternaría a toda la localidad de Vilalba, se puso en conocimiento de las autoridades, Guardia Civil y juzgados, el hecho sangriento. Las pesquisas se centran en un sujeto a quien se le conoce por el apodo de «O Calvelo», un hombre que cuenta en el momento de los hechos con 36 años de edad. Está soltero y su profesión es la de zoqueiro, siendo originario de la parroquia de Santalla de Rioaveso. Al mismo tiempo, se constata que no ha actuado en solitario sino que cuenta con otros tres acompañantes, uno de ellos vecino también del término municipal de Vilalba. Se trata de Ramón Rodríguez. Los otros dos sospechosos que también serán detenidos en breve son José Vales, de quien se dice en la documentación archivada que carece de domicilio conocido y Arturo Pereira Díaz, jornalero y residente en la aldea de Moncelos, en el municipio de Abadín.

O Calvelo será detenido a los pocos días en una taberna de Vilalba mientras se encontraba en compañía de otras personas que nada tienen que ver con los hechos delictivos. Es enviado a la prisión local, emplazada en los bajos de la vieja casa consistorial vilalbesa. Tras un «hábil interrogatorio», tal como lo define la prensa de la época, se ve obligado a delatar a sus compañeros de fechorías. Apenas una semana después del crimen son detenidos sus otros compinches, quienes acusan directamente a «O Calvelo» de ser el responsable de la planificación del robo y el crimen de la casa del rico propietario José Otero. Los cuatro serán ingresados en la cárcel vilalbesa a la espera de juicio que, para aquellos tiempos en los que no había una febril actividad judicial como hoy en día, se demora demasiado. Tanto es así que 14 meses más tarde, los cuatro delincuentes permanecían todavía ingresados en la cárcel vilalbesa, un hecho demasiado inusual. No era frecuente en aquel entonces que los juicios se demorasen más de seis meses en casos relativos a homicidios y asesinatos.

Fuga de «O Calvelo»

Parecía que los detenidos sentían el aliento de la pena muerte sobre sus nucas o eso debía pensar «O Calvelo», quien con otro de los compañeros idea un plan para fugarse de la prisión de la capital chairega. Así, en la madrugada del 28 de noviembre de 1905 emprende la huida de la cárcel en compañía de Ramón Rodríguez. Escapan aprovechando un descuido del empleado encargado de la cárcel que deja la puerta principal abierta mientras realiza unos labores en el interior del espacio destinado a los presos. Sin embargo, su compañero de fuga pronto será detenido. Tan solo cinco días más tarde los agentes de la Benemérita dan cuenta de él y es ingresado de nuevo en el lugar de dónde nunca debería haber huido.

Por la contra, Jesús María Rodríguez Paz iniciará una larga odisea, que durará tres años justos, que le llevará a distintos puntos del sur de Galicia, con el propósito de pasar desapercibido. Previamente, en la madrugada de su huida, se había ajustado a conciencia las solapas de la chaqueta a la altura de la cabeza para no ser reconocido. Comienza una larga escapada de varios días de duración en los que practicará la mendicidad, a fin de poder sobrevivir. En distintos lugares le proporcionan pan y castañas, que serán la base de su dieta. Por fin, tras varios días de una prolongadísima caminata de más de 140 kilómetros, llega a la localidad ourensá de Rivadavia. En este primer destino trabajará durante algún tiempo como peón caminero. Se supone que adoptó una identidad ficticia, aunque no hay constancia oficial de ello.

Ante el riesgo que le suponía poder ser descubierto, decide trasladarse al suroeste de Galicia, concretamente a las localidades de Marín, en un primer momento y posteriormente a Cambados. Allí trabaja en las obras de sus instalaciones portuarias a lo largo de más de dos años y medio. Aquí es donde hay constancia de su falsa identidad, pues le dice al patrón de las obras para las que trabaja que se llama Ángel Fernández Rivas y que es oriundo de la parroquia de Quintillán, en el municipio pontevedrés de Forcarei. Su marcha de Marín a Cambados es precipitada y deja tras de si una importante deuda en una de las pensiones en las que se alojó. La cantidad adeudada asciende a 18 pesetas de aquella época.

Captura

Quizás la avaricia o tal vez el ánimo de prosperar llevan a «O Calvelo» a trasladarse de Marín a Cambados. En la primera de las localidades los jornales son de 2,50 pesetas, pero en la segunda ya ascienden a tres. Será en esta última localidad dónde será capturado. Y como si una cuestión del azar se tratase, la fecha de su captura coincide con la del tercer aniversario de su huida de la cárcel. Jesús María Rodríguez es detenido el 28 de noviembre de 1908 para sorpresa de sus compañeros de trabajo. No opuso resistencia, aunque quienes le conocían se asombran de la detención así como que haya conseguido pasar tanto tiempo con una falsa identidad que le permite eludir tanto la acción de la justicia como del resto de las autoridades. A pesar no oponer resistencia, recibirá un culatazo en la cabeza por parte de uno de los agentes que le provocará una herida de consideración que tardará varias semanas en cicatrizar.

Es conducido a la prisión provincial de Pontevedra dónde es entrevistado por un periodista de DIARIO DE PONTEVEDRA. Según la información de este medio, «O Calvelo» podría tener la intención de robar y asesinar al patrono para el que trabajaba, aunque tampoco hay una constancia de este hecho. Se le pregunta también si tenía previsto cruzar el mar rumbo a tierras americanas, algo que niega de forma taxativa. Dice que su propósito era poner tierra de por medio respecto de su lúgubre pasado e iniciar una nueva vida en las Rías Baixas galegas, apartado de todas aquellas personas a las que conocía.

Unos días más tarde es destinado a Lugo, a dónde va debidamente esposado, siendo destinado a la misma celda en la que se encontraba un condenado a muerte, como si aquello fuera un presagio de lo que le podría acontecer. Dado que eran otros tiempos, y con unas circunstancias muy diferentes a las actuales, la prensa se vuelve a hacer eco de la llegada del conocido «maleante», tal y como es definido por los medios de la época. No faltan artículos en el principal periódico lucense de aquel entonces EL PROGRESO, que lo definen como un «individuo huraño con los ojos inyectados en sangre, falto de nobleza que produce una enorme repugnancia con solo mirarlo». A lo largo de tres días se convierte en el chisme preferido para las tertulias y conversaciones de vecinos.

Al igual que había acontecido en Pontevedra, el diario local lucense también programa una entrevista con él, en la que le preguntan por toda su trayectoria a lo largo de estos tres años en los que ha conseguido burlar la acción de la justicia. Le preguntan si conoce la sentencia que ha condenado a muerte a sus tres compañeros a lo que responde afirmativamente. Cuenta también que está al tanto de la muerte de su madre, un hecho que se había producido en 1907. El redactor que lo entrevista lo define como un «hombre de abundante cabello rubio, ojos entornados y vulgarote» al tiempo que lo considera como «receloso, cohibido, poco franco, que siempre va mirando hacia atrás».

Condena

Mientras está en la cárcel de Lugo, a sus otros tres compañeros de andanzas y fechorías el Tribunal Supremo les conmutará la pena de muerte a la que habían sido sentenciados por un castigo accesorio de 30 años de cárcel. A partir de ahora, corría el primer semestre de 1909, la causa que se sigue contra «O Calvelo» será conocida como la de «o zoqueiro» en alusión a la profesión del procesado. El juicio en su contra se celebra en junio de 1909. Jesús María Rodríguez Paz cuenta en su contra con el agravante de la fuga, por lo que el fiscal pide que se le condene a muerte, en un florido discurso en el que alude al carácter violento del procesado, añadiendo que le duele mucho el hecho de tener que solicitar la pena capital, no siendo hombre al que le guste solucionar los problemas mediante sentencias tan drásticas.

«O Calvelo» será defendido por el prestigioso letrado lucense de la época Fernández Vivero, quien en descargo de su defendido niega reiteradamente que el mismo tuviese algo que ver con la muerte de José Otero, aunque todas las pruebas, así como las declaraciones de los otros encausados, así lo testifican. Pide la libre absolución alegando, que de las manifestaciones que ha hecho su defendido a los distintos medios de comunicación, se desprende que ni siquiera conocía a los otros tres condenados, a lo que añade que la declaración ante la guardia civil la ha hecho bajo presiones e intimidación.

Al igual que le había sucedido a sus otros tres compañeros, Jesús María Fernández Paz será condenado a muerte por la Audiencia Provincial de Lugo, en sentencia firme hecha pública el 15 de junio de 1909. Pese a ello, obtendrá la gracia del indulto por parte del Tribunal Supremo, una vez que su abogado ha hecho el pertinente recurso. La pena accesoria a la que es condenado es de 30 años de cárcel, parte de los cuales los pasará en la prisión de Ceuta. A partir de su ingreso en la prisión norteafricana se le pierde definitivamente la pista a un escurridizo criminal de principios del siglo XX que atemorizó y llevó el peor de los horrores a una pacífica y tranquila comarca del norte de Lugo.

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15 muertos en accidentes en Terra Chá en el año 1990

La última década del siglo XX se presentaba como «lo nunca visto». Parecía que se iniciaba el camino hacia un nuevo siglo y un nuevo milenio en lo que todo iba a cambiar de manera formidable y excepcional, en la que los avances tecnológicos iban a desempeñar una función fundamental en un futuro próximo. Nada sería imposible en los siguientes diez años y sucesivos en los que parecía adivinarse un futuro muy prometedor y cargado de venturas. La realidad sería completamente distinta, ya que tras los fuegos de artificio que adornaron el año 1992 llegaría la subsiguiente resaca con una monumental crisis económica que, una vez más, haría temblar los cimientos que se habían construido alrededor de un castillo de naipes.

En aquel entonces, las autovías eran más bien escasas en Galicia y por sus principales núcleos de población seguían atravesando las míticas carreteras nacionales, que absorbían una gran cantidad de tráfico. A veces demasiado. Era muy frecuente que en verano se produjesen infinidad de atascos en puntos conflictivos cuyo destino solían ser las muchas playas y áreas estivales que hay en Galicia. Una de las zona más perjudicadas siempre era la costa lucense, que veía como para llegar a ella había que atravesar angostas y empinadas carreteras a lo que solía añadirse una elevada cifra de vehículos agrícolas, cada vez más numerosos, pese a que todavía no habían desaparecido los de tracción animal, aunque comenzaba a resultar ya pintoresco contemplar al tradicional carro del país cuyo eje seguía entonando aquella dulce y melódica sintonía que se ha convertido en todo un himno de tiempos pasados, hacia los que se mira con cierta nostalgia no exenta de una cándida sonrisa.

En ese mundo en el que lo moderno iba superando con creces a lo antiguo, en el año 1990 se producirían una serie de siniestros que escribieron una página negra en la comarca chairega, tanto por el número de víctimas como por la continuidad que tuvieron. En tan solo seis meses, un total de 15 personas perecerían tanto en las carreteras como en algún que otro accidente laboral, dejando tras de si una impresionante huella de dolor.

En la antigua Volta de Ramil, en el municipio de Begonte, tuvo lugar un desgraciado suceso el 29 de abril de 1990 al producirse una colisión frontal en la que perecerían seis personas como consecuencia de la misma a primeras horas de la mañana de aquella fatídica jornada. El choque entre vehículos se produjo en el momento en el que un automóvil todoterreno, a bordo del cual viajaban dos personas, enfiló con demasiada velocidad la pronunciada curva con dirección a Ferrol. En sentido contrario venía otro coche, de la marca alemana Mercedes Benz y conducido por un taxista de Viveiro. Este último, en el que viajaban cuatro personas, no pudo evitar la colisión con el todoterreno, quien ya estaba fuera de control de su conductor, impactando ambos en la parte más pronunciada de la curva. A consecuencia de este fatal siniestro perecerían todas las personas que en él se vieron involucrados.

Accidente múltiple en Goiriz

Apenas unos meses más tarde, concretamente el 12 de agosto, la parroquia vilalbesa de Goiriz sería escenario de otro impactante siniestro en el que se verían involucrados tres vehículos, en un clásico domingo estival, en el que los vecinos ni siquiera podían cruzar la calzada de un lado a otro debido a la infernal cantidad de tráfico que circulaba por la vieja carretera Nacional N-634. En aquella jornada un Renault-21, conducido por José Valea Pereira, de 55 años, natural de Lugo y que moriría en el acto, impactaría de forma frontolateral contra otros dos coches, uno de los cuales iba en dirección contraria, mientras que el otro llevaba la misma trayectoria que el causante del accidente.

El mencionado vehículo envistió de manera frontal contra un Fiat-1 en el que viajaba una familia que sería la más perjudicada del siniestro, pues perecerían sus cinco ocupantes, entre ellos dos niños de siete y nueve años, además de dos adolescentes. De la misma forma también perdería la vida la conductora de este utilitario Raquel Fernández Limerez, una gallega de 36 años de edad residente en Barcelona. En el siniestro en el que también se vio involucrado un tercer vehículo, un Opel Kadett, cuyos ocupantes resultarían heridos de gravedad, aunque, por fortuna consiguieron salvar sus vidas.

Sin embargo, la nómina de accidentes mortales de aquel aciago año de 1990 no terminaría con la catástrofe de Goiriz. Tendría su seguimiento en aquel trágico mes de agosto en las carreteras de la comarca de Terra Chá. Unos día más tarde fallecería en otro terrible siniestro un joven que iba en motocicleta en la madrugada de uno de los clásicos días de marcha, muy cerca de la instalaciones hoteleras que se levantan en la Avenida de Terra Chá.

Cuando los vecinos de esta concurrida avenida vilalbesa todavía no se habían recuperado del accidente mortal, apenas un mes más tarde, concretamente el 20 de agosto de 1990, un coche atropellaba a una anciana de 76 años frente mismo al conocido hotel que se encuentra instalado en la misma avenida. Al parecer, la mujer cruzó la carretera, muy concurrida de vehículos y sin ninguna medida de seguridad, sin percatarse de la presencia de un automóvil, cuyo impacto le hizo perecer en el acto.

Accidente laboral

Como quien no quiere la cosa, los accidentes de tránsito tuvieron su continuidad en un siniestro laboral a escasos días de haberse producido el último. Este tuvo lugar en la parroquia vilalbesa de San Mamede de Oleiros. Un joven de unos 25 años fallecería al desplomarse parte de la tierra sobre su cuerpo cuando se encontraba haciendo un pozo para abastecerse de agua. La víctima de este siniestro, que era hijo único, había contraído matrimonio hacía muy poco tiempo y dejaba huérfano un niño de apenas unos meses de vida.

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Un alcalde a cuchilladas con sus vecinos

Ayuntamiento de Muras, Lugo,

Quienes no sean gallegos tal vez no sepan, o a lo mejor si, que Muras es un pequeño pero precioso municipio lucense que se encuentra enclavado en la alta montaña de su área noroeste, haciendo de imaginaria frontera o demarcación entre las dos grandes comarcas en las que se subdivide el norte de la provincia de Lugo, A Terra Chá, totalmente interior, con una superficie superior al territorio de Guipúzcoa, y A Mariña, la extensa comarca litoral luguesa, que se extiende desde la ría de O Barqueiro hasta la del Eo, en el límite con el occidente asturgalaico.

Las escasas veces que este pequeño y encantador municipio, que se ha ido vaciando de habitantes desde la década de los setenta hasta la actualidad, ha aparecido en los medios de comunicación es a causa de las grandes nevadas que se producen en el alto de la Serra da Gañidoira, o bien como consecuencia de los muchos accidentes que ha provocado el ganado mostrenco que pace en sus cumbres y que repentinamente se cruza con algún automovilista. De la misma forma, en los últimos años ha saltado a las primeras páginas de la prensa española como consecuencia de ese progresivo despoblamiento que ha provocado incluso la venta de aldeas enteras en las que ya no quedaba ningún habitante.

En los años noventa del siglo pasado, este pequeño municipio lucense, uno de los tres que no supera ya los mil habitantes, fue noticia por la peculiaridad de que su alcalde era un ciudadano sirio que se había afincado en Galicia, Issam Algnagm Azzam, quien en su día, en el año 2003, presentó una iniciativa en la Diputación Provincial para que la corporación provincial lucense condenase la Guerra de Irak. El organismo público, presidido entonces por el Partido Popular, se convirtió en el único en todo España que condenó la invasión americana del estado iraquí.

Quizás sus alcaldes gozaron siempre de una cierta peculiaridad, ya que uno de ellos era sacerdote, en tanto que una mujer regiría sus destinos entre 1983 y 1987, cuando era muy raro que una fémina encabezase una corporación local y era el único caso en toda la provincia de Lugo en aquella época. Se añade también la peculiaridad del ciudadano de Oriente Medio Isaam Algnagm, pero hubo otro regidor que sería recordado por otros aspectos menos llamativos, quizás mucho más repulsivos. Se trataba de Ángel de Castro Blanco, quien regiría los destinos de Muras durante más de un cuarto de siglo, entre 1952 y 1979. Su historia al frente de este municipio lucense estuvo a punto de revestir tintes trágicos en el mes de enero del año 1973.

Discusión

En la jornada del 24 de enero de 1973 se produciría un grave suceso en el establecimiento de bebidas propiedad de Ángel de Castro, quien agrediría con un cuchillo de grandes dimensiones a otras tres personas que se encontraban en el mismo, según la denuncia que estos presentaron en el cuartel de la guardia civil de la localidad. Nunca se ha sabido a ciencia cierta que ocurrió en el interior del almacén propiedad del regidor de Muras, debido a las distintas versiones que ofrecieron unos y otros, si bien es cierto que todo quedaría como una pelea entre amigos, aunque menudos amigos.

La versión que ofrecieron dos de las víctimas fue que el alcalde intervino contra ellos de forma brusca portando el arma e hiriendo de consideración a Antonio Puente García, concejal de Muras; Antonio Carreiras Casro, encargado del almacén cooperativa Campo San Jorge y Manuel Vilaboy Seoane, presidente de este último organismo. Sin embargo, la versión de Ángel de Castro es completamente distinta a la de dos de sus víctimas, ya que según él, los dos denunciantes se habían abalanzado sobre el concejal Antonio Puente y únicamente se limitó a defenderlo para evitar que el hecho generase una situación de violencia mayor, aunque es de suponer que para impedir un acontecimiento violento no era preciso apaciguarlo portando un cuchillo, ya que lo que hacía era empeorar las cosas.

La agresión, según Antonio Carreiras y Manuel Vilaboy, se produjo como consecuencia de la grave crisis nerviosa que le afectaba al alcalde en ese momento, muy similar a encontrarse enajenado, aunque sus consecuencias estuvieron a punto de ser muy parecidas a sucesos sangrientos similares. A pesar de ser un hecho inusual y hasta cierto punto dramático, lo cierto es que Ángel de Castro continuaría al frente de los destinos de ese pequeño y encantador pueblo del interior lucense hasta las elecciones municipales de 1979. Si hubiese sido en nuestros días, con razón, tendría que presentar la dimisión antes de 24 horas. Con hechos como este, lo mejor que le puede ocurrir al vecindario de este plácido y casi anónimo pueblo lucense, que siga pasando desapercibido y que tan solo sea noticia por las nevadas o por el peculiar origen de alguno de sus muchos y entrañables vecinos.

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Un muerto en el incendio del Monasterio de Samos

El Monasterio de Samos fue pasto de las llamas en el año 1951

El monasterio de Samos sería pasto de las llamas el 24 de septiembre de 1951 a consecuencia de un voraz incendio que arrasaría sus instalaciones, principalmente el área destinada a habitaciones de los monjes y novicios que se hospedaban en el centro religioso. La peor parte de todas se la llevaría un adolescente de tan solo 14 años que moriría calcinado por mor de las llamas que instantáneamente prendieron en sus ropas. Se llamaba Daniel Fernández y era natural del municipio ourensán de Xinzo de Limia.

El fuego se originó en la licorería de la abadía en torno a las once y media de la mañana de aquel ya lejano 24 de septiembre de 1951 cuando se encontraban en la misma el religioso Benito González, quien contaba en ese momento con 68 años y tres novicios, entre ellos Bernardo García y Daniel Fernández y un tercero que contaba con tan solo doce años. En aquella bodega se almacenaban 30.000 litros de alcohol y otros componentes inflamables destinados a elaborar el licor Pax, que se hacía en su destilería desde comienzos de la década anterior.

Los novicios y el sacerdote habían bajado hasta el lugar donde se encontraban los productos destinados a la elaboración del licor. Al parecer, intentaron limpiar uno de los grifos por los que discurría el líquido y carecían de iluminación suficiente para desatascarlo por lo que se les ocurrió encender una cerilla que, en contacto con el alcohol, provocaría una potente explosión que destruiría el forjado de las dos plantas superiores y la cubierta, además de originar un incendio que se extendería al resto del edificio, ocasionando su destrucción en menos de dos horas. El fuego se vio favorecido por las corrientes de aire que soplaban ese día.

Héroe de 12 años

Un niño de 12 años se convertiría en el principal héroe de aquella dantesca jornada que supuso una grave pérdida para el patrimonio artístico e histórico gallego que, si bien no alcanzó la iglesia, si ocasionó importantes desperfectos en algunas tallas religiosas de gran valor, así como también algunos importantes libros que se guardaban en su biblioteca. El chaval fue el que salvó de perecer en las llamas al padre Benito González, quien fallecería 24 años más tarde a la edad de 92 años. Intentó salvar a su compañero Daniel, pero no pudo lograrlo y tanto él como su compañero Bernardo García fueron testigos de como lo consumían las llamas ante su quebrada impotencia.

En aquel entonces había muy escasos medios para hacer frente al fuego, a lo que se unía una total carencia de infraestructuras. Los bomberos habían de desplazarse desde la capital lucense hasta el municipio de Samos, que se encuentran a una distancia el uno del otro de 91 kilómetros. Las unidades encargadas de sofocar el fuego llegaron al lugar del siniestro alrededor de la una y media de la tarde, cuando el incendio ya había arrasado con la práctica totalidad del edificio destinado a hospedería. Los vecinos de Samos desempeñaron una función fundamental en las tareas de extinción del fuego, si bien es cierto que con los medios que disponían no podían hacer grandes cosas.

A las ocho de la tarde del día 24 se pudo comprobar que el inmueble había quedado totalmente destruido por las llamas. Entre los escombros que quedaban se podían contemplar vigas de madera carbonizadas, así como también se podía observar una dantesca imagen de lo que había sido la sala capitular de la Real Abadía. El fuego se reavivaría un par de días más tarde, el 26 de septiembre, cuando se inició un nuevo foco en alguna de las vigas que se habían desprendido, pero la presencia de los equipos contraincendios evitó que se propagase de nuevo. En esta jornada quedaría ya totalmente extinguido el fuego, tras 48 horas de tensión vividas como consecuencia de un arrasador siniestro que todavía perdura en la memoria de muchos de los vecinos de Samos, principalmente aquellos que ya tienen una cierta edad.

Traslado

La primera decisión que se tomó en aquel entonces fue el traslado de las noventa personas que habitualmente residían en el monasterio de Samos, entre monjes y novicios que allí se hospedaban, siendo destinados hasta Lugo, Monforte de Lemos, Santiago de Compostela y otras localidades gallegas. En el lugar de los hechos solamente permanecerían trece monjes que se albergarían mientras tanto en viviendas cedidas por los vecinos así como en alguna hospedería privada.

Al día siguiente de producirse el siniestro se trasladó al lugar de los hechos el entonces presidente de la Diputación de Lugo, Alfredo Vila. Mientras, el anterior Jefe del Estado les trasladó a los monjes sus condolencias por lo ocurrido. Por esas fechas, se barajó la posibilidad de que los supervivientes se trasladasen a otro centro religioso en Santiago de Compostela, que contó con la radical oposición del Arzobispado así como del prior del monasterio Mauro Gómez, quien se manifestó favorable a la recuperación de las infraestructuras con las que contaba la Abadía.

En tan solo nueve años, en 1960, se había restaurado lo que quedaba del viejo cenobio y se habían levantado nuevas estancias para los monjes, gracias a las aportaciones de muchas personas particulares y al importante apoyo económico prestado por las autoridades de entonces a la Iglesia, a quien no sabían negarle cualquier favor que le pidiese. Samos ya había recuperado su antiguo monasterio destruido por el fuego en 1960, aunque muchas villas importantes de la Galicia de la época no contasen con centros escolares ni sanitarios que reuniesen unas mínimas condiciones.

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El crimen de Viladonga

Castro de Viladonga, Castro de Rei.


De todos es conocida la parroquia de Viladonga por su precioso castro, uno de los que mejor se conserva de Galicia, además de llevarse en él distintas excavaciones arqueológicas para poner en valor la impresionante riqueza megalítica que atesora. A ello se une los siempre impresionantes y verdes parajes que lo circundan en la comarca de Terra Chá, haciendo de él uno de los monumentos más singulares de Galicia. El nombre de esta parroquia de Castro de Rei va ineludiblemente asociado a la herencia celta más pura que se conserva en la tierra gallega.

Sin embargo, en cualquier rincón de los muchos que posee Galicia puede ocurrir lo menos esperado y, por supuesto, deseado. Así sucedió hace ya más de 60 años, concretamente a principios del año 1953, en una apacible y agradable parroquia gallega que tenía unas costumbres -como todas- muy rutinarias. Solamente se escuchaba por los caminos y corredoiras el dulce cantar del viejo carro del país bien engrasado, en tanto el hombre que tiraba de las dos vacas a las que iba sujeto, daba de vez en cuando un aguilladazo a los animales para que tomasen la mejor trayectoria posible.

Aquella Galicia era completamente distinta a la que hoy conocemos. Todavía resonaban los amplios ecos de la Guerra Civil que dejaba de tras de si unas impresionantes huellas de lo que había representado aquella tragedia. Apenas circulaban coches por sus maltrechas y empedradas carreteras, en tanto que la aparición del tractor en el mundo rural era poco menos que una utopía irrealizable.

En ese ambiente tradicional, en el que resonaban todavía muy fuerte los ecos de la emigración americana, se produce un fatal desenlace entre dos vecinos de Viladonga, enfrentados por cuestiones patrimoniales y de lindes de tierras, lo que nos lleva a la conclusión de que serían las causas más habituales de los crímenes en la Galicia de entonces, aunque no la única. Todos sabemos que se han derramado ríos de tinta, con ánimo denigratorio, acerca de esa supuesta filosofía de la propiedad que enfrentaba a muchos paisanos del rural gallego, que nunca ha dejado de ser una leyenda negra que ha tenido muchos y muy variados portavoces en todos los tiempos.

En Viladonga, desde hacía algún tiempo, dos de sus vecinos vivían muy enfrentados por las típicas discusiones de marcos, de distribución de agua de riego en los prados y otros aspectos similares. Sin embargo, nadie imaginó jamás que aquellos hombres llegarían a extremos insospechados que teñirían de sangre uno de los más bellos parajes de la provincia de Lugo.

Pelea

A comienzos de 1953 Manuel Serafín Sordo Otero y David Novo Vordeiro sostuvieron una enconada discusión sobre unos lindes de tierras, que la prensa de la época definía como «cuestiones patrimoniales». En un momento dado, David Novo parece ser que propinó dos bofetadas a su vecino, quien se enfureció mucho, pero debido a su menor envergadura no fue capaz de repeler la agresión sin emplear un arma u objeto contundente con el que propinarle un golpe.

Tras la agresión sufrida Manuel Serafín Sordo se encaminó a su vivienda para proveerse de una afilada hoz con la que salvar su honor, mancillado por una agresión. En un descuido o tal vez de forma traicionera, propinó un severo golpe en la cabeza con la parte cortante de la herramienta que le hundió parte de la región parietal a su adversario, quien cayó fulminado en el suelo con sus ropas visiblemente ensangrentadas. Pese a todo, en un primer momento, el herido logró sobrevivir a las lesiones, pero fallecería un par de días más tarde en un centro sanitario de la capital lucense.

El suceso produjo una gran conmoción en todo el municipio de Castro de Rei, especialmente en Viladonga, ya que sus habitantes no daban crédito a que ambos vecinos pudiesen terminar de forma tan dramática. Sus desavenencias por cuestiones puramente patrimoniales habían comenzado a producirse hacía ya algún tiempo, si bien es cierto que se habían intensificado a lo largo de los últimos meses previos a la tragedia.

El suceso fue juzgado en la Audiencia Provincial de Lugo en octubre de 1953. Se tuvieron en cuenta algunas evidencias, tales como el enfrentamiento previo o la agresión de la víctima mortal a Manuel Serafín Sordo que evitaron que el hecho fuese calificado de asesinato, puesto que el juez encargado de dirimir el caso no había apreciado intención por parte del agresor de ocasionarle la muerte de forma premeditada a su víctima.

Manuel Serafín Sordo sería acusado de un delito de homicidio, por lo que sería condenado a 12 años de prisión menor, así como al pago de 35.000 pesetas a los herederos de David Novo Vordeiro.

Este crimen no fue, ni mucho menos, el último de los que ha habido en Galicia por cuestiones denominadas patrimoniales. Se producirían algunos más hasta finales de la década de los años ochenta. A pesar de todo, hay que decir que es un tipo de criminalidad que, por fortuna, se ha ido extinguiendo. En casos como el que nos ocupa estaban, además del supuesto valor de las propiedades, una tópica y falsa concepción del honor, a lo que había que añadir la herencia celta del amor a la tierra, tal como comentó en su día el médico que fuera alcalde de Ferrol, Jaime Quintanilla Ulla. Y es que herencia celta en Viladonga ha quedado mucha, y no es un sarcasmo ni un chiste malintencionado.

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Cuatro personas asesinadas en Santa Cruz do Valadouro (Lugo)

Imagen de los condenados por el cuadrúple crimen de O Valadouro. Todos ellos llevan impresa la sentencia a muerte en un recuadro blanco que se puede apreciar en la solapa. Cinco de los condenados serían indultados.

No hay lugar a dudas que algunos hechos violentos pasan a la historia de los pueblos como una inmensa y lúgubre mancha que marca, incluso, a generaciones venideras. Estas ven en el hecho sangriento una infame causa que continuarán retransmitiendo a sus descendientes, creándose mitos y leyendas, muy frecuentes en Galicia a la luz de un candil de gas, amparados por el calor del fuego procedente de una lareira.

La Galicia de finales del siglo XIX era un territorio pobre, eminentemente rural, con elevadas tasas de analfabetismo que vivía básicamente de una agricultura de subsistencia. Habían comenzado ya las grandes oleadas de emigrantes hacia Sudamérica y el Caribe en busca de una prosperidad que se les negaba en la tierra que los había visto nacer. Si el tiempo no acompañaba, se producían todavía grandes hambrunas, a las que solían añadirse epidemias y enfermedades, entre ellas la tuberculosis y el tifus. Era, sin lugar a dudas, un país pobre y depauperado que parecía estar condenándose a si mismo a lo largo de sus últimos mil años. A las desgracias naturales se les unía también el carácter pesimista y difuso de los gallegos de interior.

A pesar de ser un pueblo eminentemente pacífico y trabajador, también acontecían hechos funestos que marcarían su devenir. Decíamos antes que la Galicia rural era abrumadora en relación a los escasos núcleos urbanos, el mayor de los cuales no superaba los 70.000 habitantes. En esa Galicia eterna, que ahora parece tener los días contados, es a la que nos dirigimos para inmiscuirnos en un brutal y terrible episodio del que aún se habla en nuestros días en lugares que sirvieron como triste escenario para uno de los peores crímenes del siglo XIX gallego.

Al anochecer del 22 de noviembre de 1888 un grupo de hombres, armados con palos y otros utensilios de labranza, se dirigen montados en caballos hacía la casa rectoral del párroco de Santa Cruz do Valadouro. Encabeza la macabra cuadrilla Manuel Loxilde Castrillón, concejal del Ayuntamiento de A Pastoriza, municipio de la Terra Chá lucense. Cometen el error de no reparar en ser avistados por vecinos y conocidos, quienes posteriormente testificarían en el juicio que se siguió en su contra. Incluso, se dice que un hombre, de apellido Braña, les advirtió de las consecuencias que podrían acarrearles su funesto plan. Sin embargo, el proyecto se había iniciado tres meses antes y no era cuestión ahora de detenerlo. El inductor Manuel Loxilde, que era padre de siete hijos muy jóvenes, se encontraba en una muy delicada situación económica y no quería -o no podía- dar marcha atrás. En breve se iniciaría un proceso de embargo de sus bienes a causa de las deudas fiduciarias contraídas con distintos prestamistas. También era conocedor de la buena situación económica de la que gozaba el párroco de Santa Cruz, don Manuel Neira, quien -además de rogar a Dios por sus feligreses- se supone que se dedicaba a negocios de préstamo a quién recurría a sus servicios. Al parecer, Loxilde podía tener alguna deuda contraída con el párroco, que era oriundo del mismo municipio que el autor intelectual de la matanza que tendría lugar en su casa.

En torno a las ocho de la noche llegan al lugar elegido para perpetrar la masacre. Debido a la desconfianza y al temor que causaban las personas desconocidas en aquel entonces, es Manuel Loxilde quien llama a la puerta de la casa rectoral. Al parecer, abre la puerta el religioso, quien la franquea sin ningún problema al conocer personalmente al visitante. Los criminales aprovechan esta circunstancia para abalanzarse sobre el cura y entrar de lleno en la vivienda en la que se encuentran otras personas, dos mujeres y un hombre, todos ellos al servicio del párroco. Suponen una inmensa mayoría en relación a los moradores de la casa, quienes además cuentan con la desventaja de ser bastante mayores que sus atacantes. Ante todo, se preocupan de que sus víctimas no griten. Para ello, les introducen trapos en la boca con el objetivo de que su muerte se produzca por asfixia.

Se sabe, según el sumario, que uno de los participantes de este crimen se encargó de asfixiar con sus manos al sacerdote, pues declararía en el transcurso del juicio que pataleaba mucho. Además del párroco, son asesinados también sus tres criados: Luisa García, de 66 años; su hermano, Jesús García y una sobrina de ambos, Josefa Gasalla García, una joven de tan solo 22 años. Convertida la rectoral en panteón, buscan por todos los rincones la supuesta fortuna que le atribuían al religioso. En cuanto a este último aspecto, hay divergencias entre las distintas fuentes sobre el botín que alcanzaron en el brutal atraco. Hay quienes lo elevan hasta las 70.000 pesetas de la época, en tanto que otros lo reducen hasta tan solo 970 pesetas, que era una cantidad muy considerable en aquel entonces. Al marcharse del macabro escenario, los autores de la matanza cometen muchos errores que luego servirán a los investigadores como prueba de cargo. Así, se apoderaron de algunos candelabros y objetos religiosos que posteriormente abandonarían, así como de una escopeta de caza con la que harían lo mismo.

A la mañana siguiente del crimen, el 23 de noviembre de 1888, un mozalbete que ayudaba al sacerdote a oficiar misa descubre el tétrico escenario en el momento en que se dirige a la casa rectoral. Se encontró con las puertas abiertas, con la casa completamente revuelta. Al tiempo que se van divulgando los hechos, el vecindario de las comarcas de A Mariña y Terra Chá, las más próximas al escenario del horrendo crimen, se alarman, produciéndose una sensación generalizada de temor y consternación.

Mientras el pavor generalizado se apodera de las gentes de bien del inmenso rural lucense, en el atrio de la iglesia el médico forense de Mondoñedo, el prestigioso y célebre escritor gallego Manuel Leiras Pulpeiro -que era masón y anticlerical- se encarga de hacer las autopsias a los cuatro cadáveres de las personas asesinadas. En sus indagaciones, el galeno llega a la conclusión de que la matanza se produjo antes de que las víctimas hubiesen cenado, pues no encuentra rastro alguno de comida en sus bolsas estomacales. Mientras esto ocurre, los criminales hacen una vida completamente normal, abusando incluso de su propia arrogancia que finalmente terminará redundando en contra suya. Loxilde Castrillón paga las deudas antes de que llegue la ejecución de las mismas. Otro tanto hace un sujeto conocido como «O Roxo», que ayudó a Loxilde a efectuar su macabro plan. Incluso se cuenta que el concejal de A Pastoriza esperó en una cuadra de uno de sus acreedores hasta el día siguiente, porque en el momento en el que le iba a pagar no se encontraba en casa.

Detenciones

Las pesquisas de la Guardia Civil avanzan de forma lenta, pero enseguida comienzan a encajar las piezas de aquel enrevesado rompecabezas ante el que se hallaban. Se practican hasta diez detenciones, aunque varios de los detenidos son puestos en libertad al comprobarse su inocencia. En este contexto resulta clave la declaración de un detenido apellidado Braña, a quien en un principio se relacionó con el suceso. Este individuo declara que la noche de autos se encontró con los criminales y que les advirtió acerca de las consecuencias que podría acarrearles sus pretensiones. La actitud de aquellos hombres le resultó muy sospechosa. Finalmente, son detenidos seis individuos, todos cómplices o convictos de asesinato. Se da la circunstancia de que el promotor de la matanza no perpetró materialmente ninguno de los crímenes.

En el transcurso del juicio, que se inició el 1 de abril de 1889 y que se celebró en la Audiencia de Mondoñedo, los acusados incurren en múltiples contradicciones. Como estrategia de defensa no se les ocurre peor cosa que acusarse mutuamente entre ellos, lo que les ocasiona un resultado catastrófico. El fiscal que lleva el caso, en sus conclusiones definitivas, eleva la petición de seis penas de muerte para los acusados. En su alegato hace una rogativa pidiendo que sea esta la primera y última vez que se vea obligado a pedir semejante medida judicial.

El día 25 del mismo mes de abril se conocen las sentencias definitivas. Los procesados son inculpados de delito completo de robo con homicidio por lo que son sentenciados a la máxima pena. Además de Manuel Loxilde Castrillón, resultan condenados también, Ramón Seivane García, a quien se atribuía el asesinato del sacerdote; José García Seco, Ramón García, que era primo de una de las víctimas a la que el asesinó personalmente; Antonio Fernández y José Lindín. Este último, adujo -en su defensa- que había participado en el crimen porque carecía de cualquier sustento que llevarse a la boca la mayor parte de sus días. Ahora solo les quedaba la apelación al Tribunal Supremo, quien se encargaría de ratificar las sentencias impuestas por la Audiencia de Mondoñedo.

Ejecución e indulto

La ejecución de los criminales despertó una gran expectación, dado que las ejecuciones en aquel entonces solían ser públicas. Las mismas se desarrollaban en la parte posterior del Santuario de Os Remedios, enfrente de donde se celebran las concentraciones de ganado con motivo de las fiestas patronales de San Lucas o las Quendas. Se calcula que hasta el lugar se desplazaron en torno a unas 12.000 personas, procedentes de los municipios de Ferreira do Valadouro, Alfoz do Valadouro, A Pastoriza y Abadín.

A lo largo del día 25 de abril de 1890, fecha designada para la ejecución, los operarios que trabajaban en la elaboración de los seis cadalsos, preparados para otras tantas ejecuciones a garrote vil, fueron duramente increpados por parte de los familiares de los condenados, a quienes solamente les quedaba la esperanza del indulto por parte de la reina regente María Cristina de Habsburgo. Interceden por el perdón de los condenados el general José Sánchez Bregua y el entonces obispo de Mondoñedo, Manuel Fernández de Castro y Menéndez Hevia.

Finalmente, la reina concede la gracia del indulto a cinco de los sentenciados a muerte. El único que morirá en el patíbulo será Manuel Loxilde Castrillón, autor de la planificación del asalto y muerte del sacerdote y sus criados. Asimismo, había previsto asaltar también la casa del párroco de Santa María de Riotorto. Los cinco indultados serían condenados a prisión perpetua, siendo destinados al penal de Ceuta. Cuentan algunas crónicas que estos dejaron impresos sus nombres en las paredes de la prisión. Unos treinta años más tarde serían puestos en libertad.

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El cuádruple crimen de «O Garabelo»

A lo largo de la historia los lindes de tierras en Galicia siempre fueron una cuestión problemática que ocasionaron más de un muerto. El minifundismo que provoca la existencia de infinidad de marcos y lindes para delimitar microparcelas de terreno, a lo que se añade cierto carácter desconfiado de algunos moradores del interior gallego, viejos rencores y rencillas que jamás llegaron a ser superados, tuvieron no poca culpa de estos terribles y dramáticos sucesos que desolaron pueblos y aldeas, quedando tópica y falsamente marcadas a lo largo de décadas, con apelaciones y adjetivaciones que jamás se correspondieron con la realidad. El pueblo gallego, y concretamente sus extensas áreas rurales, son lugares extraordinariamente seguros y pacíficos. Sus habitantes gozan de una magnífica calidad de vida, además de un no menos magnífico y colorido paisaje que parece invitar a un franco y sincero optimismo. Sin embargo, estas circunstancias pueden verse alteradas por la enajenación mental de alguno de sus residentes cuando menos se lo espera, tal y como es el caso del que les hablaré a continuación.

La aldea lucense de Gomesende, perteneciente al municipio de Pol, muy cerca de donde ven la luz las primeras aguas del caudal del río Miño, vio alterada su ancestral tranquilidad un ya lejano 19 de noviembre de 1983. Aquel sábado de un lluvioso otoño cinco hombres se encontraban tranquilamente talando cuatro robles que, supuestamente, eran suyos, una vez aprobada la concentración parcelaria de la comarca por parte del Instituto Nacional de Reforma y Desarrollo Agrario (IRYDA). En el momento en que talaban los árboles fueron sorprendidos por otro hombre que aseguraba que era a él a quien le pertenecía la propiedad de los trágicos matorrales de la discordia, tras ser alertado por un criado que trabajaba en la hacienda de su casa. Se trataba de Marcelino Ares Rielo, quien, al parecer -según relataría en el transcurso del juicio que se celebró en su contra- mantuvo una agria y ácida discusión con quien el consideraba usurpadores de aquellos árboles. Según su versión, aquellos robles que estaban talando habían sido permutados por otros árboles en otra finca.

Según Ares Rielo, conocido como O Garabelo, aquellos hombres, además de increparlo, lo agredieron con una azada, en un intento de justificar su injustificable y brutal actitud. Posteriormente, se dirigió a su casa para proveerse de un rifle de repetición, al que le había instalado munición suficiente para deshacerse de los presuntos usurpadores de su propiedad. Comenzaba así una terrible orgía de sangre en una lluviosa, pero aparentemente apacible mañana del mes de noviembre. Sin pensárselo dos veces, Marcelino, un consumado y experto cazador, no dudó en imponer su razón por la fuerza disparando cinco tiros de forma indiscriminada, y a muy corta distancia, contra quienes habían talado los árboles que el consideraba de su propiedad. En apenas unos minutos, caían al suelo Cándido Llanes, de 53 años; industrial maderero, que era quien había adquirido los robles a sus legítimos dueños. Igual suerte corría José Díaz Folgueira, de 67 años, conocido como «O Mexistro», quien aseguraba ser el legítimo propietario de la madera talada. Asimismo, moría también víctima de los disparos un hijo de este, José Luis Díaz Vila, de 28 años, que era padre de dos niños de corta edad. La cuarta víctima de este dramático suceso fue Manuel Vila Feijóo, de 55 años, cuñado de «O Mexistro» y tío de su hijo.

Solamente se salvó de perecer masacrado en aquella matanza Javier Llanes Doval, de 24 años y que era hijo del empresario que supuestamente había adquirido los árboles. La suerte milagrosa que corrió este último obedeció al parecer al encasquillamiento que sufrió el rifle que portaban las manos asesinas de O Garabelo. Algunas fuentes aseguran que el joven, padre de dos niños de corta edad, se refugió en la cabina del camión en el que se transportaría la madera y que, una vez dentro, suplicó por su vida al criminal que había asesinado a su padre y a otras tres personas, miembros de una misma familia. Al parecer, cuando iba a completar la última ejecución, este joven le suplicó por su vida, a lo que el autor de la masacre supuestamente accedió, no sin antes advertirlo -y no con muy buenos modos- que abandonase en lugar.

Poco tiempo después de la brutal matanza, se sucedieron las escenas de pánico. Nadie en toda la comarca encontraba una explicación racional -si es que tiene alguna- a lo acontecido. Todo el mundo se lamentaba y preguntaba como había podido acaecer semejante tragedia, pero nadie encontraba una respuesta mínimamente razonable. La ancestral y sepulcral paz de una remota aldea gallega se veía bruscamente interrumpida en una aciaga mañana de otoño, al tiempo que una menuda lluvia, conocida como calabobos, parecía querer oscurecer el ya de por sí aciago día, que se tornaría como trágicamente inolvidable para las comarcas de Meira y Terra Chá. Del autor material del crimen, comenzaron a rondar posteriormente algunos comentarios en los que se le calificaba de hombre reservado y de pocas palabras, incluso algo huraño y hasta se atrevían a calificarlo de vago, pero que tampoco daban crédito a su actitud. Marcelino Ares Rielo se entregaría posteriormente en la comisaría de la Policía Nacional de Lugo, inculpándose como autor de la masacre.

Luto y consternación

En Meira, su Ayuntamiento decretaría tres días de duelo oficial tras conocer la matanza. El día posterior a la misma, el tercer domingo de noviembre, se celebró el tradicional mercado mensual, popularmente conocido como feira o feria en Galicia. A pesar de lo concurrido que se encontraba como suele ser habitual en este tipo de eventos, entre los asistentes al mismo reinaba un ambiente de consternación e incredulidad, al tiempo que nadie hallaba una explicación racional a una tragedia sin precedentes en la siempre pacífica y verde comarca de Meira que vio como perdía su inocencia por unos aterradores y atroces crímenes que remitían a épocas pretéritas y que todo el mundo daba ya por superadas.

Días más tarde, tuvo lugar la reconstrucción de los hechos, en los que el autor material de la matanza en compañía de su abogado, peritos y autoridades policiales y judiciales regresaron al escenario del crimen. Cuentan quienes acudieron al lugar que sorprendió la frialdad del asesino en el momento en que se reconstruía la patética y dramática escena. Incluso, llegó saludando a los presentes de forma cordial y amistosa. Eso sí, sin expresar emoción alguna, lo que resultó asombroso tanto para las autoridades como los medios de comunicación que allí se congregaban. Marcelino portaba una muleta en su brazo derecho, aduciendo que la empleaba a consecuencia de los golpes que le habían propinado sus víctimas antes de iniciar su indiscriminada matanza.

En el juicio, que se celebró en la Audiencia Provincial de Lugo, Marcelino Ares Rielo sería condenado a 53 años de prisión, así como al pago de unas cuantiosísimas indemnizaciones a los familiares de las víctimas. Sin embargo, y para asombro de todo el mundo, O Garabelo apenas llegaría a cumplir poco más de quince años de cárcel. En 1998 ya gozaba del tercer grado penitenciario. En 2003 su libertad era ya definitiva.

Polémicas memorias

En su estancia por los distintos penales en los que estuvo ingresado, Marcelino Ares descubrió su vena literaria. Fruto de la misma publicaría en el año 2003 un libro de memorias que se convertiría en trending topic de ventas en la provincia de Lugo, a pesar de ser duramente recriminado cuando inició su distribución en Meira, localidad en la que había perpetrado la brutal matanza. En el mencionado libro, que curiosamente firma como Marcelino Arés, con acento en la e de su primer apellido, explica con todo lujo de detalles los motivos que le llevaron a provocar aquella barbarie.

Al contrario de lo que había mantenido en el transcurso del juicio, no expresa en ningún momento arrepentimiento alguno por tamaña masacre. Se limita a decir que «se vio obligado a matar para defenderse». Añade en uno de los párrafos de un capítulo en los que explica el trágico suceso que el «tan solo se limitó a apretar un hierro». No contento con ello, solamente lamenta la pérdida de su encomiable patrimonio que el cifra en 50 millones de pesetas (300.000 euros actuales). Asimismo, responsabiliza también a las víctimas de la desgraciada suerte que corrieron, al tiempo que las acusa de haberle destrozado la vida¿?. No faltan otras graves acusaciones y revelaciones contra terceras personas, entre ellas su ex-esposa, de quien se había separado durante su estancia entre rejas.

También son objeto de su ira alguno de sus hermanos, así como también vecinos y viejos amigos o conocidos, entre ellos un afortunado quinielista de la comarca, de quien destaca las visitas que le hacía a la prisión en un automóvil de lujo, aunque le recrimina el hecho de que se hubiese aprovechado de él. Respondiendo a su carácter de psicópata, O Garabelo, responsabiliza a la sociedad de haberle arruinado la vida, de haberlo vilipendiado, sin reconocer en un solo momento el más nimio error. Como curiosidad, cabe decir que su libro de memorias está dedicado a la reina emérita doña Sofía, a quien también dedica una curiosa poesía.

Ya en libertad, Marcelino Ares reharía su vida con una mujer 30 años más joven que él, instalándose en el municipio madrileño de Buitrago de Lozoya, aunque realizaría visitas periódicas a su localidad natal, principalmente con motivo de la publicación de sus más que controvertidas memorias. En su edición del 14 de septiembre de 2008, el diario La Voz de Galicia, daba cuenta de su óbito. Se suponía que este había acontecido dos años antes. En Meira, el lugar más próximo a dónde cometió sus atrocidades, la mayor parte de su vecindario ya tenía constancia de su deceso, pero nadie sabía cuando había ocurrido ni tampoco cómo. De la misma forma, se desconocía el lugar exacto donde había recibido sepultura. Todo hacía indicar que su óbito se produjo de una forma fulminante y rápida, ya que en 2005 aún se le había visto por el pueblo donde manan las primeras aguas del caudaloso y pacífico río Miño.

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