Asesina al amante de su esposa en Santiago de Compostela

La Transición democrática, con sus idas y venidas, fue sin lugar a dudas muy pacífica y ejemplar, principalmente en Galicia. En aquel año 1977, el primero de la democracia, se sucedían las manifestaciones a lo largo y ancho del país gallegos reclamando un estatuto de autonomía, que había sido abruptamente interrumpido a consecuencia de la Guerra Civil. Pese a que todavía era un territorio eminentemente rural, había una juventud que tomaba a tomar conciencia de país y que ya no quería tener un pasado tan turbio como el que habían sufrido sus ancestros, emigrando en un primer momento a América y, muy recientemente en aquel entonces, a los países de la pujante Europa.

Pese a existir un cierto grado de desarrollo humano del que se había carecido en el pasado, Galicia sigue siendo una tierra infelizmente atrasada. Se transitaba por los mismos caminos y corredoiras que había un siglo. Solamente existía un tramo de autovía, que era la conocido como «Autopista del Atlántico», que se localizaba en las Rías Baixas. El resto del territorio seguía transitando por aquellos interminables y pedregosos caminos que parecían condenar eternamente sobre su peregrinar al tradicional carro del país tirado por una yunta de vacas que, junto a aquellas entrañables mujeres que ataban un pano a su cabeza, continuaba siendo el icono de un país que se resistía a progresar.

Aunque era un territorio eminentemente conservador tanto en el fondo como en las formas, a veces sucedían algunos episodios que en nada se correspondían con esa forma de ser. O, mejor dicho, si se correspondían eran duramente censuradas cuando no reprimidas. Así le sucedería a un taxista compostelano, Manuel Galán Durán, de 50 años, que sería víctima de lo que entonces se denominaba «crimen pasional» al ser asesinado por Justo López Méndez, un antiguo miembro de la Legión, en la tarde del 24 de octubre de 1977, cuando se encontraba haciendo labores de carpintería en los bajos de una vivienda de su propiedad en el área rural compostelano, momento en el que fue sorprendido por su agresor.

Con una garlopa

Entre el vecindario y amigos de Justo López era casi un clamor que su esposa, Rosa Prado, mantenía relaciones con un conocido taxista compostelano. La mujer, de 36 años, era 30 años más joven que su marido, quien ya contaba con 66 en el momento de producirse el trágico suceso. Se habían casado hacía unos 20 años por aquel entonces, cuando la mujer era todavía una adolescente, en tanto que su marido era ya un hombre de una cierta edad. El matrimonio tenía dos hijos. La paternidad de uno de sus vástagos era atribuida a Manuel Galán, el taxista con quien supuestamente mantenía unas indiscretas relaciones Rosa Prado.

El agresor, que era de suponer que fuese un hombre fornido por su pasado en el temeroso cuerpo de la Legión, conocía de forma pormenorizada todos los detalles de la vida de su víctima. Un buen día, por la tarde, se dirigió al lugar en el que se encontraba trabajando el taxista, sorprendiéndolo de forma traicionera sin que su víctima pudiese defenderse del inesperado ataque utilizando para ello una garlopa que el taxista tenía en su bajo, con la cual golpearía a Manuel en la cabeza, dejándole momentáneamente sin sentido. Además, Justo López se había provisto a su vez de un cuchillo de monte de grandes dimensiones, con el que le asestaría tres certeras puñaladas que serían suficientes para terminar con la vida del presunto amante de su esposa.

Ante el barullo que se había montado y que alertó al vecindario, los residentes en las viviendas próximas se presentaron en el local que disponía el taxista para hacer algunos trabajos manuales. Al percatarse del trágico suceso que había acontecido, llamaron a las asistencias sanitarias para que socorriesen a ambos hombres, pues el antiguo legionario también presentaba algunas heridas. Sin embargo, nada pudieron hacer los sanitarios por salvar la vida de Manuel Galán, quien ingresaría ya cadáver en el antiguo Hospital Xeral de Galicia, mientras que su agresor, que presentaba algunas heridas, fue atendido en el aludido centro hospitalario.

Condena

Unos meses más tarde se celebró el juicio por un crimen que había conmovido circunstancialmente a todo el área de Compostela. Al autor confeso del crimen, Justo López se le tuvieron en cuenta las atenuantes de enajenación mental transitoria incompleta, motivada por los celos que experimentaba hacia su víctima. Justo López sería condenado por homicidio a diez años de cárcel, así como a satisfacer una cuantiosa indemnización de algo más de un millón de pesetas a la esposa e hijos de Manuel Galán, quien, en el momento de producirse el trágico suceso que le costó la vida, se encontraba casado y mantenía una relación paralela a la que mantenía con la mujer del antiguo legionario.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Anuncios

Tres muertos y 49 heridos en el atentado de «Clangor»

Estado en el que quedó la famosa discoteca compostelana «Clangor»

A pesar de lo pacífico que es el pueblo gallego, Galicia no pudo librarse de la maraña terrorista, siendo escenario de distintos atentados que le costaron la vida a algunos agentes de las fuerzas de seguridad del estado, algún empresario y también perecieron algunos inocentes ciudadanos que lo único que hacían era disfrutar de sus ratos de ocio y tiempo libre.

Uno de los lugares en los que pretendieron hacerse notar algunos grupos terroristas a finales de la década de los ochenta y primeros años noventa del pasado siglo fue la capital gallega, quizás por la presencia en la ciudad de millares de jóvenes que cursaban sus estudios universitarios en la única minerva que existía en Galicia en aquel entonces. Así, surgiría un grupúsculo que llevaría a cabo algunas actividades de carácter violento contra unos objetivos muy concretos, a quienes ellos consideraban que estaban relacionados con el narcotráfico.

El atentado más significativo, tanto por el número de víctimas como por la destrucción que ocasionaría así como por la repercusión que tuvo, fue el que llevó a cabo el grupo autodenominado Exército Guerrilheiro do Pobo Galego Ceibe(EGPCG), en la noche del 11 de octubre de 1990 en la discoteca compostelana «Clangor» en el que perderían la vida tres personas, dos terroristas y una joven estudiante, además de resultar heridas cerca de medio centenar. El Exército Guerrilheiro, como era conocido, era una banda terrorista que se daría a conocer al hacer saltar por los aires el chalet que poseía en Perbes Manuel Fraga Iribarne, quien apenas unos años más tarde de la destrucción de su residencia estival se acabaría convirtiendo en Presidente de la Xunta de Galicia.

El ataque contra sus objetivos parecían estar muy bien definidos de antemano, pues se enmarcó dentro de una oleada terrorista que, según sus autores, se dirigía específicamente contra bienes de personas que presuntamente estaban relacionados con el narcotráfico, aunque en el caso de la discoteca compostelana jamás se pudiese demostrar relación alguna de sus propietarios con la distribución de droga.

«Noche de marcha»

La noche elegida para atentar contra la discoteca «Clangor» era la típica madrugada de marcha en la que la mayoría de los estudiantes salen de juerga, pues al día siguiente se terminan las clases y hay que disfrutar del último día de la semana. Además, en esta ocasión se había adelantado un día, ya que el viernes era festivo y llegaba un largo puente por lo que, en vez del jueves, la noche de marcha se adelantó a la jornada del miércoles.

No se podían imaginar los miles de estudiantes que se daban cita en el ensanche compostelano que aquella noche festiva, la primera del curso académico, terminaría en tragedia. Ni mucho menos podían ser conscientes las alrededor de 200 personas que en torno a las tres y cuarto de la madrugada se encontraban en las instalaciones de una discoteca de moda de la época, la famosa «Clangor». A esa hora los presentes en la conocida sala santiaguesa fueron testigos de una potente detonación que provocaría el pánico y el desconcierto entre los congregados en el recinto festivo.

El potente sonido del rock and roll fue silenciado por la explosión de un potente artefacto que destruiría el local de ocio nocturno. El son de la música daría paso a los gritos de auxilio y socorro, mientras el pavor y el miedo generalizados se apoderaban de los dos centenares de jóvenes que allí se congregaban, ante un hecho que para nada era habitual en tierras gallegas y que trastocaba cualquier plan ante lo que debía ser una madrugada de diversión, que ahora, de forma repentina, se tornaba en una brutal tragedia.

Tras producirse el potente estruendo que movilizaría a muchos compostelanos, de inmediato se acercaron hasta el lugar del trágico suceso las asistencias, así como los equipos de bomberos que se encontraron a la que había sido una discoteca muy frecuentada por los universitarios reconvertida en un impresionante amasijo de hierros que dejaba paso a la destrucción, la desolación y la desesperanza.

Un total de 46 personas debieron de ser atendidas en el antiguo Hospital Xeral de Galicia a consecuencia de heridas de diversa consideración. Muchas de ellas presentaban perforaciones y lesiones en el pabellón auditivo a consecuencia de la potente deflagración que habían tenido que soportar. Lo peor de todo es que, además de los heridos, otras tres habían perdido la vida. Inmediatamente se reconoció a una joven estudiante viguesa María Mercedes Domínguez, la única víctima mortal que no guardaba relación alguna con el grupo terrorista que, horas más tarde, revindicaría el mortal atentado que consternaría a toda Galicia.

Otra de las víctimas mortales que fue reconocida en las primeras horas fue José Ignacio Villar, quien era un conocido integrante del Exército Guerrilheiro, natural del municipio coruñés de Culleredo, muy próximo a la ciudad herculina. De la misma forma, también había perecido en este brutal atentado su acompañante, María Dolores Castro, otra conocida miembro del grupo terrorista radical gallego. Si bien es cierto que esta última tardaría algunas horas más que su compañero en ser reconocida.

Bafle

Al parecer los terroristas transportaban un artefacto compuesto por gelamonita, un potente explosivo similar a la dinamita que, supuestamente, habían adquirido en tierras portuguesas. Además, a los investigadores les hacía pensar que los autores del atentado no eran expertos en explosivos, pues habían colocado el mismo junto a un bafle de un altavoz, con lo que las fuertes vibraciones emitidas por este habrían contribuido a que estallase antes de lo que estaba previsto.

En torno al atentado se facilitaron muchas versiones y se dieron las más controvertidas hipótesis. Había quien aseguraba que la bomba no estaba pensada para hacerla explosionar en la discoteca «Clangor» y que su objetivo era otro centro de diversión de similares características emplazado en la villa costera de Noia, cuyo dueño había sido relacionado con el mundo del narcotráfico por quien entonces era su alcalde, el nacionalista Pastor Alonso.

Aquella madrugada sería dramática para muchas familias gallegas, muchos de cuyos hijos se encontraban estudiando en la Universidad de Santiago. Se sucedían las llamadas a las residencias, colegios mayores, pensiones, así como a los pisos en los que residían muchos de los universitarios que se habían trasladado a tierras compostelanas a proseguir sus estudios. El nerviosismo se apoderaría de una tierra que siempre se había destacado por ser un lugar eminentemente pacífico, muy reacio a cualquier brote violento. Prueba de ello serían las más de 30.000 personas, estudiantes en su mayoría, que en jornadas posteriores se manifestarían por las calles compostelanas contra la violencia terrorista.

Oleada terrorista

El atentado contra la discoteca «Clangor» se enmarcaba dentro de una serie de actuaciones que estaba llevando a cabo el Exército Guerrilheiro contra objetivos que ellos consideraban que eran bienes de personas o empresas relacionadas con el narcotráfico. En esa misma noche harían explosión otros cuatro artefactos en distintas localidades gallegas, principalmente enclavadas en las Rías Baixas. En Vilagarcía de Arousa un artefacto ocasionaría desperfectos de diversa consideración en una zapatería que era propiedad de Esther Lago, la fallecida esposa del conocido narcotraficante gallego Laureano Oubiña. Tampoco se libraría de la ira terrorista una sucursal bancaria de Vigo.

Con el atentado contra la discoteca «Clangor» se pondría fin al periplo de una de las organizaciones terroristas gallegas de las últimas décadas, ya que muy pronto serían detenidos todos sus miembros, dándose por desarticulado el Exército Guerrilheiro do Pobo Galego Ceibe(EGPGC), cuya corta existencia se saldó con la muerte de cuatro de personas, dos de ellos terroristas, y la mediática voladura del chalet de Manuel Fraga Iribarne.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Muerto por un cazador en Compostela

Retrotraerse a la Galicia de la década de los años cincuenta del pasado siglo es inmiscuirse en otro país radicalmente distinto al actual, que, en apariencia, apenas guarda relación con el actual. Además de ser una tierra muy atrasada y pobre, todavía pervivían viejas prejuicios a lo largo de su más que basto rural en el que era muy común la posesión de armas de fuego, principalmente las viejas escopetas de caza, que muchas veces las cargaba el diablo.

Así ocurrió en el atardecer del 27 de noviembre de 1955 en el que un grupo de hombres, mayoritariamente jóvenes, se encontraban en el interior de una vieja y desvencijada taberna situada en Os Vilares, el área rural compostelana. En un principio los mozos allí congregados charlaban animadamente sobre distintas cosas, entre ellas se supone que la dura y prolonga Posguerra que parecía no querer terminar nunca. Los rapaces allí congregados eran Ramón Rosende Mata, de 23 años de edad, y Luis Fernández Botana, de 21, además del padre del primero. A ellos se uniría Jaime Rosende Miguez, un hombre ya maduro de 40 años.

Quizás con el calor que siempre representa la ingesta de bebidas alcohólicas, unido a las viejas rencilla que solían ser muy comunes en los ancestrales entornos rurales gallegos, Jaime Rosende reclamó una deuda de 450 pesetas al padre de Ramón Rosende en concepto de los salarios que se suponía le adeudaba. Tal reclamación no sentó nada bien a su hijo, quien en ese instante increpó al reclamante, iniciándose una ácida discusión entre ambos que proseguiría en el exterior del establecimiento.

A pedradas

Fuera del local, los protagonistas de la trifulca iniciaron la retirada a sus respectivas viviendas, no sin dejar de insultarse e increparse mutuamente hasta el extremo que Ramón Rosende y Luis Fernández Botana llegaron a hacer uso de piedras que encontraron en el camino con las que atacaron a Jaime Rosende. Este último era cazador y en esa jornada dominical de caza regresaba con su escopeta al hombro, la cual utilizaría para defenderse de sus agresores.

La mala fortuna hizo que los disparos del arma que portaba el cazador alcanzasen de lleno a uno de los jóvenes, concretamente, a Luis Fernández Botana, quien moriría instantes después a consecuencia de los mismos. Tras haber dado muerte a este y herido de consideración a su acompañante, Jaime Rosende se encaminó a casa de un vecino con sus ropas visiblemente manchadas de sangre para que le acompañase a un centro sanitario. Mientras se dirigía al mismo sería sorprendido por la policía que le detuvo en el mismo instante.

Aún así ingresaría en el hospital presentando heridas en la cabeza de carácter grave, ya que las piedras arrojadas por sus agresores le provocaron la fractura de la región frontal. En el mismo centro ingresaría Ramón Rosende Mata, uno de los jóvenes que le había lanzado las piedras, pues presentaba heridas graves en el vientre producidas a raíz de los disparos efectuados por el cazador.

La causa que se siguió contra Jaime Rosende fue por homicidio y no por asesinato, al entender el juez que no había tenido intención de dar muerte a su víctima. Sería condenado a la pena de ocho años de cárcel, así como pagar una indemnización de 50.000 pesetas a los familiares de la víctima.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

El descuartizador de Os Tilos

Barrio de Los Tilos en Santiago de Compostela

La capital de Galicia en la segunda mitad de los ochenta asistía a un incesante crecimiento demográfico provocado por la expansión de las instituciones autonómicas gallegas que apenas tenían una década de existencia. Era una ciudad básicamente funcional que, a diferencia de lo que ocurre hoy en día, se vaciaba durante los fines de semana, ya que tanto estudiantes como funcionarios abandonaban Santiago con destino a sus muchos lugares de origen en la amplia y diversificada geografía gallega.

El fin de semana era para ir a la aldea, como solía decirse y aún se sigue diciendo. Mientras, en la prensa de la época se sucedían informaciones en torno al escándalo de la concesión ilegal de la empresa de las loterías instantáneas de Galicia, lo que daría al traste con la carrera política del entonces vicepresidente de la Xunta y, en su día, delfín de Xerardo Fernández Albor, Xosé Luís Barreiro Rivas. En esa época se conocen también algunos indicadores acerca de los movimientos migratorios en el país gallego. Los mismos señalan que la tierra de Rosalía ha dejado de ser carne de cañón para la emigración y que ahora es receptor de una cierta masa de emigrantes, que todavía eran mayoritariamente ciudadanos de otras tierras españolas que se asientan en el suroeste de la comunidad, principalmente en Vigo y su área metropolitana, el gran núcleo industrial en torno al cual se vertebra Galicia.

Como ya hemos visto en numerosas ocasiones, hay sucesos que marcan el devenir de una localidad por el impacto que han tenido entre sus habitantes o por la forma en como se han producido, así como también en el estrato social en el que ha tenido lugar. Así sucedía el 4 de abril de 1988 en una conocida urbanización compostelana en la que sus vecinos asistieron aterrorizados al descuartizamiento del cadáver de una mujer por parte de su marido, quien le dio muerte de una forma horrenda.

Esquizofrenia

En esa fecha, Miguel Martínez Martínez, un profesor de enseñanza primaria de 36 años, le daba muerte a su esposa Genoveva Ferreiro Antelo, de 38 años, en el conocido y próspero barrio compostelano de Os Tilos, una urbanización que había crecido en paralelo a la capital gallega y en la que vivían algunas de las más destacadas personalidades de la sociedad de aquel entonces. Este suceso alcanzaría gran notoriedad y difusión en los medios de comunicación españoles por la escabrosa forma en que se produjo, así como por el ritual que llevó a cabo el criminal una vez que hubo acabado con la vida de su esposa.

Según diferentes versiones aparecidas en distintos medios de comunicación, Miguel Martínez podría sufrir una esquizofrenia paranoide que le impedía percibir la realidad de manera normal, a lo que se sumaba que podría haberse encontrado bajo un brote psicótico o en estado de enajenación, si bien es cierto que los psiquiatras que testificaron en el juicio consideraron que hasta entonces el asesino no había dado muestras de tener alterada su conciencia.

Se cuenta también que su esposa Genoveva era una mujer de carácter fuerte, vinculada a la izquierda nacionalista, enfermera de profesión y que ejercía un cierto dominio sobre la situación familiar, tal vez consciente del estado psíquico de su cónyuge, quien había tenido que solicitar numerosas bajas médicas en su labor como docente a consecuencia de episodios depresivos. El último se había producido el año anterior al crimen y había abandonado el tratamiento en las navidades de 1987.

En torno a las dos de la tarde de aquel 4 de abril los vecinos escucharon ruidos en la vivienda de la pareja formada por Genoveva y Miguel, aunque se suponían que era algo normal y natural, pues eran padres de dos niñas de muy corta edad. Una de ellas tenía tan solo cinco años en tanto que la otra era una recién nacida de apenas un par de meses, pues su madre estaba gozando en ese momento de una baja por maternidad.

La alarma estalló entre el vecindario al informarles Genoveva por una ventana que su marido le había clavado un cuchillo y que precisaba ayuda. Al parecer, Miguel ya le había asestado algunas puñaladas que estaban a punto de segarle la vida. Los vecinos pusieron los hechos en conocimiento de las autoridades, quienes retrasaron su llegada al escenario del crimen hasta las tres y cuarto de la tarde de aquel día de primavera.

Panorama espeluznante y macabro

Alrededor de las tres y cuarto de la tarde llamaron a la puerta del piso del matrimonio dos agentes de la policía que se dirigían al lugar de autos alertados por el vecindario para saber lo que ocurría. Sin embargo, el propietario de la vivienda les comunicó que debían esperar un rato, pues «todavía no había concluido con su trabajo». Lo que menos esperaron los agentes fue encontrarse con un cadáver completamente ensangrentado y descuartizado. Previamente ya se habían horrorizado al contemplar a Miguel Martínez al abrirles la puerta con su camisa y su pantalón completamente empapados en sangre, tal cual fuese un carnicero.

Les dijo también que lo podían detener pues ya había terminado con su labor. Esta, después de haber dado muerte a su esposa, habría consistido en extraerle algunos órganos de su cuerpo, entre ellos algunas vísceras tales como un pulmón y el corazón. Declararía posteriormente que nunca había imaginado que su esposa, a quien el consideraba que estaba poseída por alguna deidad satánica, tuviese sangre. Se imaginaba, siempre según el relato de los hechos que hizo en el juicio que se siguió en su contra, que de su cuerpo saldría algún líquido viscoso de color verde. Además, la operación de descuartizamiento de Genoveva Ferreiro la había practicado en presencia de su hija mayor que tan solo contaba con cinco años.

El juicio, que se celebraría justo un año después de haber perpetrado el horrendo crimen, prometía ciertas emociones, incluso más fuertes de lo que algunos podrían imaginar. Miguel Martínez había estado ingresado todo ese tiempo en el hospital psiquiátrico de Conxo, en Santiago de Compostela. Los distintos médicos que habían examinado al descuartizador coincidieron en señalar que no había padecido ningún episodio de esquizofrenia ni antes ni después de haber perpetrado aquel execrable crimen, si bien es cierto que apuntaron que este -con carácter agudo- podría haberse producido en el momento en el que cometió su horripilante carnicería. El criminal declaró ante el juez que había hecho aquello por el bien de sus hijas, pues consideraba que «su ex mujer», así se refería él a Genoveva Ferreiro, estaba poseída por el demonio.

Las peticiones iniciales de condena del fiscal variaría considerablemente al conocer los informes de los distintos especialistas forenses que examinaron a Miguel Martínez. El fiscal, que en un principio solicitaba 20 años de prisión y 20 millones de pesetas(120.000 euros) para las hijas de la víctima, solicitaba ahora el internamiento del criminal en un centro psiquiátrico durante el tiempo que se estimase conveniente, al aceptar la enajenación mental completa del acusado. No era de la misma opinión la acusación particular, quien se reafirmaba en su petición de 30 años de cárcel y la indemnización de 20 millones de pesetas para cada una de la hijas de la víctima al considerar que el reo había cometido un asesinato con las agravantes de premeditación, alevosía y parentesco.

El 7 de abril de 1989 se hace pública la sentencia en la que se absuelve a Miguel Martínez Martínez del delito de parricidio al aceptarse la eximente completa de enajenación mental transitoria. Se considera que el condenado se encontraba con sus facultades volitivas e intelectivas completamente anuladas. Se le condenaba al cumplimiento de su pena en un centro psiquiátrico a fin de poder tratar su enfermedad. Aún así debía indemnizar a sus dos hijas con cinco millones de pesetas (30.000 euros) a cada una.

Piso maldito

La vivienda en la que se produjo el tétrico crimen se convertiría en una casa maldita y serían varias las empresas inmobiliarias que trataron de venderla, pero sin éxito. Había salido a subasta pública por algo más de cinco millones de pesetas a finales de la década de los noventa, pero eran muchos los pujadores que se volvían atrás una vez que eran informados de lo que había ocurrido en el siniestro piso. Además, tampoco era aceptado para alquiler una vez que se conocían sus detalles.

Respecto de Miguel Martínez, ahora, si es que vive, tendría en torno a unos 67 años. No hay ninguna pista suya al respecto. Todas ellas se pierden en la noche de los tiempos desde el instante en que fue condenado a la reclusión en un centro psiquiátrico, ya que es el lugar más apropiado para un hombre de sus características. El célebre abogado y político gallego Manuel Iglesias Corral decía que estos individuos, en referencia a uno que acusó en un juicio, reincidirían de nuevo en su conducta si salían a la calle, tal y como ocurrió con el que él acusaba. Que se sepa, este no ha reincidido. Pero es mejor que esté a buen recaudo.

Sus hijas, una de las cuales era una recién nacida, se criaron al margen de su progenitor, quien estaba recluido en un centro psiquiátrico. Si bien es cierto que cabría preguntarse si la niña que contempló la carnicería de su padre tiene alguna secuela del suceso. Lo mejor sería que no tuviese ningún macabro recuerdo de un triste acontecimiento que marcó profundamente a una tierra, como la gallega, que en aquel momento trataba de asimilar la terrible matanza que tan solo tres semanas antes había tenido lugar en la localidad lucense de Chantada, donde un vecino suyo, Paulino Fernández, había dado muerte a siete personas y posteriormente se había suicidado incendiando la casa en la que vivía.

 

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Un autobús cargado de universitarios roza la tragedia

Lugar de Pontecarreira

En la década de los años ochenta España vivió uno de los más importantes auges de la cifra de alumnos matriculados en las distintas universidades. Cada año crecía alrededor de un diez por ciento la cifra de personas que iniciaban los estudios superiores a lo largo y ancho de toda la geografía española. De esa circunstancial explosión se beneficiaron muchos sectores, principalmente el hostelero en ciudades como Santiago de Compostela donde era toda una aventura encontrar alojamiento durante el curso académico para los muchos jóvenes que se desplazaban a la capital gallega a cursar sus estudios superiores.

Pero no fue tan solo el sector hostelero el que se benefició de ese espectacular crecimiento de las matrículas universitarias. Otros importantes grupos sociales supieron sacar tajada del impresionante despegue demográfico de la universidad española en aquel entonces. Entre estos se encontraba el sector de los transportes de viajeros por carretera, quien estuvo mucho más preocupado en obtener buenos réditos de aquella inaudita oportunidad que en aportar los beneficios y mejoras que le reclamaban los muchos usuarios que todavía tenía en Galicia, motivado ello por unas arcaicas concesiones administrativas que les permitían a esas empresas imponer sus propios y arbitrarios criterios en los que tan solo primaba el interés económico y mercantil, muy por encima incluso de la seguridad. Mientras, los aspectos relativos a cuestiones de comodidad e higiene nunca fueron los más satisfactorios ni mucho menos los más cuidados. Se podría concluir que estos últimos brillaban por su total ausencia, sucumbiendo a una desastrosa desidia poco menos que tercermundista.

Vehículos viejos, muy incómodos, malolientes, sucios y destartalados, con una década o más en servicio, eran los que habitualmente se empleaban para el traslado masivo de estudiantes, quienes además pagaban unas elevadas tarifas por cada infausto viaje que realizaban. Por si esto no fuese suficiente, aquellos lúgubres y penosos autocares, en ciertas ocasiones transportaban a muchas más personas de las permitidas, pues algunas se veían en la obligación de viajar de pie, debido a la incorporación masiva de viajeros que se iba realizando a lo largo de cada interminable y tortuosa ruta, que solía alargarse cada vez que los muchos universitarios efectuaban los oportunos desplazamientos. Las fechas más conflictivas coincidían con el inicio del fin de semana o a la conclusión de este, así como cuando se iniciaba algún periodo de vacacional o de descanso.

Como consecuencia de un rosario de adversidades que jamás fueron previstas ni mucho menos estudiadas, además de ser ignoradas de una forma escandalosamente negligente y hasta deliberada, el domingo, 5 de febrero de 1984, se rozaría la tragedia en el lugar de Pontecarreira, en el municipio coruñés de Frades, a algo más de 30 kilómetros al nordeste de Santiago de Compostela. En aquella fecha un autobús de la empresa «El Ideal Gallego», hoy en día absorbida por la multinacional británica Arriva y que cubría el trayecto entre la localidad lucense de Vilalba y la capital gallega, sufría un espectacular y terrible accidente en torno a las nueve de la noche de aquella fatídica y tenebrosa jornada al caer en posición invertida en las inmediaciones del río Tambre, a su paso por el referido término de Pontecarreira.

Una niña muerta

El siniestro se produjo al desviarse el vehículo de la calzada de la vía y caer por un desnivel de aproximadamente unos cuatro metros de altura. Si el ancestral y tortuoso automóvil se hubiese precipitado a las aguas del siempre caudaloso y pacífico Tambre, seguramente estaríamos hablando de una de las peores tragedias que se han vivido en Galicia a lo largo del siglo XX. Se añadía el factor que el río transportaba una importante crecida de aguas motivada por un invierno que estaba siendo extraordinariamente lluvioso. Para suerte de la inmensa mayoría de los viajeros, casi todos ellos estudiantes universitarios, en el lugar en el que cayó el autocar había un hueco que evitó el aplastamiento de su carrocería, impidiendo así que quienes iban a bordo del vehículo pereciesen aplastados, quedando, eso sí, aprisionados en su interior. Aún así, hubo que lamentar el fallecimiento de una niña de tan solo un año de edad que viajaba en compañía de su madre, siendo la única víctima mortal de este desgraciado suceso que a punto estuvo de teñir de luto a más de medio centenar de familias gallegas.

Hasta un total de 47 personas resultaron heridas de diversa consideración al despeñarse el autocar, cinco de ellas de gravedad. La empresa siempre mantuvo un mutismo total en relación a las causas que provocaron el siniestro, si bien es cierto que en el lugar donde se produjo hay un pronunciado estrechamiento de la calzada. El vehículo contaba en aquel entonces con más de quince años de servicio, pues su matrícula se correspondía con la numeración previa a la anterior de las series provinciales, que ya databan, las primeras, del año 1971.

Una vez más, como ha sido muy frecuente en Galicia a lo largo de la historia siempre que ha habido algún siniestro, el auxilio prestado por los vecinos del lugar de Pontecarreira fue fundamental para socorrer a quienes habían quedado atrapados entre los hierros del autocar. Para liberar a las personas aprisionadas, no escatimaron esfuerzos, empleando todo lo que tenían a su disposición, principalmente hachas y otros artilugios que les permitieron romper la aleación metálica de la que estaba compuesto aquel vetusto e infame vehículo. Asimismo, emplearon sus coches particulares para trasladar de la forma más inmediata posible a los heridos y damnificados a centros sanitarios de Santiago de Compostela.

Cuando se empezaban a apagar los ecos del siniestro, la empresa concesionaria del servicio de transporte no tuvo mejor ni más estrafalaria idea, además de antiética y todo lo que se quiera, que requerir de los viajeros heridos los respectivos billetes que habían adquirido en los distintos puestos para así poder satisfacer los gastos médicos ocasionados por el accidente, entrándole un desmedido afán legalista que no mostraba en la dotación de sus servicios. Sin embargo, nunca tuvo piedad con sus usuarios y prosiguió empleando vehículos viejos, nauseabundos y de mala calidad, amén de carecer de las condiciones necesarias en una época en la que todavía no se requería la inspección técnica de vehículos(ITV). Unos años más tarde, un autocar de la misma concesionaria estuvo a punto de protagonizar otro suceso similar en las inmediaciones de la estación de autobuses compostelana debido a que sus frenos no estaban en el mejor estado de los posibles¿?

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Seis muertos en el accidente del ferrobús Vigo-Santiago

El verano de 1975 estaba siendo un tanto atípico en la triste España de la década de los setenta. Se sucedían rumores acerca del estado de salud del dictador, a quién irónica y sarcásticamente se le llamaba ya «el recluta rebelde» porque se negaba a entrar en caja. Para quienes desconozcan a que se refería la famosa caja de la retranca, recordarles que los mozos jóvenes que tenían que incoporarse a cumplir sus obligaciones militares habían de dirigirse, previamente, a las desaparecidas Cajas de Reclutas para conocer el destino que les había tocado en suerte para cumplir el siempre indeseado servicio militar.

Independientemente de todo ello, lo cierto es que aquel año, en el que cambiaría radicalmente el destino de España, el país era un estado anodino que se había acostumbrado a un régimen anquilosado a unas remotas circunstancias de un pasado que a los más jóvenes les quedaban ya muy lejanas, por non decir que les eran totalmente ajenas. Todo el mundo daba ya por hecho que el anterior sistema estaba abocado a un inmediato final puramente biológico que no tardaría en llegar. Aún así, daría temibles zarpazos en sus últimos estertores fusilando a seis jóvenes opositores, entre ellos un muchacho gallego Humberto Baena quien, sencillamente, era un inocente a quien jamás pudieron comprobar que hubiese perpetrado algún delito de terrorismo. Sin embargo, al dictador no le tembló el pulso en firmar el «enterado» en el momento de sancionar su pena capital, a pesar de que padecía una avanzada enfermedad de Parkinson.

En ese ambiente seguía imperando una férrea censura en todo lo concerniente a cualquier aspecto que pudiese dañar la imagen de un sistema decaído y decadente. En Galicia se vivió una inefable prueba de esto último el 13 de agosto de 1975, para colmo 49 cumpleaños del dictador Castro, de ascendencia gallega. En la tarde de ese día, como era habitual, un ferrobús, que cubría el trayecto entre la ciudad de Vigo y Santiago de Compostela, sufriría un fatal accidente en el que morirían trágicamente seis personas, despertando la atención de buena parte de muchos gallegos quienes, en la parte oriental de su territorio, se dedicaban a recoger el trigo y preparar las habituales mallas, un ritual que terminaría desapareciendo poco más de una década más tarde.

Vagones empotrados

El siniestro se produjo a tan solo tres kilómetros de Vilagarcía de Arousa, en el trecho viario que une su estación con la del vecino municipio de Catoira. Al parecer, la causa principal del accidente se debió a que el convoy, formado por cuatro vagones, el que marchaba en tercer lugar acometió por detrás al segundo y este se empotraría contra un muro de hormigón. La peor parte se la llevaron las personas que viajaban en la segunda unidad del transporte articulado, ya que fueron las que más directamente sufrieron las consecuencias del fatal impacto.

En la zona del suceso se vivieron momentos de gran angustia, confusión y un pavor generalizado se apoderó de las muchas personas que viajaban en el convoy, un total de 200 según una nota de prensa que facilitaría RENFE a los medios informativos de la época, muy escueta, por otra parte. A diferencia de lo que sucede hoy en día, los medios de auxilio a viajeros, eran muy deficientes por no decir que prácticamente inexistentes. El primero en acudir en su ayuda fue un hombre que escuchó el estruendo del golpe contra el talud de hormigón. Aprovechando que disponía ya de un vehículo todoterreno, muy escasos en aquel entonces, cruzó unos terrenos agrícolas con el mismo para contemplar la dantesca escena. De igual modo, fue también muy destacable la ayuda prestada por vecinos de casas próximas al lugar del accidente.

Un total de 42 personas tendrían que ser atendidas en los centros sanitarios de Vilagarcía de Arousa, Pontevedra, Santiago de Compostela y Vigo. El pronóstico de algunos de los heridos era de muy grave. Incluso, en un momento dado, los distintos centros sanitarios solicitaron, a través de emisoras de radio principalmente, la presencia de donantes de sangre a fin de poder paliar las carencias de plasma que sufrían.

Los trabajos de excarcelación de las personas fallecidas se prolongarían durante varias horas al quedar atrapadas en un impresionante amasijo de hierros. El primer cadáver rescatado sería el de un empleado de RENFE, natural de Vigo, que se había llevado una de las peores partes. A medianoche sería también rescatado el cuerpo de un niño que no superaba los diez años.

Un total de seis personas fueron víctimas de un fatal accidente que el régimen de la época, además de impedir que los distintos medios publicasen fotografías e información, atribuyó increíblemente a las lluvias caídas aquel verano. Como si en Galicia no lloviese en época estival y máxime en aquellos tiempos en los que todavía no se hablaba de cambio climático.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Siete muertos y cinco desaparecidos en el incendio del psiquiátrico compostelano

Hospital psiquiátrico de Conxo

Hablar de un centro psiquiátrico supone sumergirse en una especie de inframundo en el que están condenados a vivir todos los desheredados de la sociedad, muchos de los cuales han sufrido hasta el desprecio de sus familias, que han renegado de ellos recluyéndolos entre cuatro paredes en las que habitan seres a quienes se les ha negado prácticamente todo en esta vida. Incluso la esperanza. A la estigmatización que sufren muchos enfermos mentales se les sumaba hace algo más de 40 años un eterno rosario de carencias que hacía que muchos de ellos fuesen definitivamente olvidados en los conocidos como manicomios. Ni siquiera quienes habían sido un día sus seres queridos se acordaban de algunos de ellos en el momento en que dejaban de existir, siendo abandonados y relegados a la proscripción más absoluta en un tétrico y patético cementerio que solía estar en los aledaños de los hospitales psiquiátricos sin siquiera una pequeña lápida identificativa recordando quien yacía en un descuidado nicho que jamás ha recibido el cariño ni el adorno de flor alguna. Tal vez como si a esos pobres enfermos les persiguiese la estigmatización a la que se habían visto sometidos en vida incluso después de muertos, negándoles así un digno y merecido reposo en una paz que jamás alcanzaron mientras convivieron con el común de los mortales.

«Canto máis pobre menos roupa», reza un viejo dicho gallego (cuanto mas pobre menos ropa). Así les debió de acontecer a un buen grupo de internos en el hospital psiquiátrico de Conxo, en Santiago de Compostela, aquella mañana del 7 de julio de 1976, que para colmo era Año Santo Compostelano lejos todavía del comercial Xacobeo, cuando repentinamente, muy de madrugada todavía, se vieron sorprendidos por una descomunal marea de fuego que acabaría con la vida de una cifra indeterminada de personas. Aunque se ha hablado siempre de siete muertos, nunca se ha podido determinar con exactitud que les había ocurrido a los otros cinco internos que nunca aparecieron. No se sabe si perecieron con las llamas, si aprovecharon la ocasión para huir de aquellas penosas instalaciones que les condenaban de por vida. Sea de una manera u otra, lo cierto es que fue una tragedia en toda regla que se cebó, no con un grupo de personas desfavorecidas, sino directamente con seres humanos a los que la sociedad se encargó de excluirles y negarles todo derecho a la esperanza.

A las seis menos cuarto de la mañana de aquel ya lejano día de San Fermín en el primer año de la Transición democrática, con Adolfo Suárez recientemente incorporado a la presidencia del Gobierno, en una de las habitaciones del psiquiátrico de Conxo se inició un devastador fuego que, además de llevarse por delante muchas vidas humanas, dañaría de forma significativa sus instalaciones. Los empleados enseguida escucharon impresionantes gritos de auxilio de personas que clamaban por un socorro que parecía darles la espalda, como si de una auténtica tragicomedia se tratase.

Rejas en las ventanas

Las deficientes instalaciones de Conxo, con las rejas que recubrían las ventanas de las habitaciones, fueron propicias para que muchos de aquellos pobres hombres y mujeres pereciesen abrasados en una ratonera de fuego sin poder escapar a una muerte segura. A todo ello se añadía la antigüedad de las dependencias en las que estaban ingresados, ya que pertenecían a un viejo monasterio en el que se había habilitado una de sus alas en 1885 como centro de salud mental. El fuego se propagó de forma inmediata por todo el edificio debido a la combustibilidad de los materiales que se encontró a su paso, fundamentalmente madera y también barnices que propiciaron que el inmueble se convirtiese en una presa fácil para las llamas.

A las deficientes instalaciones y a sus múltiples obstáculos se sumaron en esta ocasión un cierto desorden en la gestión de la tragedia. Los bomberos compostelanos no contaban con los equipos adecuados para sofocar incendios, siendo requerida una unidad procedente de A Coruña, ciudad distante 75 kilómetros de la capital gallega. Sin embargo, no era este el único obstáculo al que habían de hacer frente los bomberos, ya que también se advertía -en aquel entonces- que la red de suministros de agua carecía de suficiente fuerza de bombeo, con lo que la extinción se hizo mucho más complicada para unos profesionales acostumbrados a enfrentarse con todo tipo de contingencias imprevistas en su labor cotidiana.

La responsabilidad del incendio se le atribuyó a un interno que -según se dice- había manifestado en reiteradas ocasiones su intención de quitarse la vida, incendiando el centro en el que se hallaba recluido, aunque este último aspecto nunca se ha podido contrastar de forma concluyente. Sin embargo, todo indica que el fuego se inició en un colchón al contactar la brasa de un cigarrillo con su espuma, propagándose inmediatamente el fuego por todo el edificio. El enfermo que había proferido las amenazas pereció en aquel desgraciado incendio.

Confusión

Durante muchas horas reinó la más absoluta confusión en torno a lo que había pasado en Conxo, sacándose incluso a relucir ciertas diferencias personales entre las distintas administraciones de entonces. Hay que señalar que todavía no existía la autonómica. El principal motivo de alarma fue el paradero de algunos internos, desconociéndose todavía hoy en día si perecieron en aquella dramática jornada o si aprovecharon el desorden provocado por las llamas para huir, aunque jamás se supiese que camino habían tomado. De hecho, algunos de ellos aprovecharían para escaparse a casas de sus familias, regresando de nuevo al centro psiquiátrico, tras ser encontrados por la Guardia Civil. Otros se quedaron vagando por las viejas rúas compostelanas sin rumbo fijo hasta que fueron encontrados por los agentes del orden.

En un primer momento los enfermos fueron hospedados en la Iglesia de Conxo, que sirvió en primera instancia como un improvisado centro de acogida. Tras la tragedia, la dirección del centro psiquiátrico concedió un total de diez altas definitivas y otras 45 temporales a distintos internos. Además, el incendio supuso una descongestión del hospital, ya que su cifra de residentes pasaría de 984 a 140. A las altas había que sumar que algunos fueron trasladados a centros de similares características ubicados en la localidad ourensana de Toén y también en Vigo. De la misma forma, las autoridades se percataron de que el hospital de Conxo estaba masificado, al igual que la práctica totalidad de las residencias psiquiátricas gallegas de su tiempo.

De los seis fallecidos, cuyos cadáveres fueron recuperados de forma inmediata, tan solo dos de ellos fueron reclamados por sus respectivas familias, siendo trasladados a sus lugares de origen. Sin embargo, cuatro de ellos descansan el sueño eterno en la necrópolis anexa al hospital de Conxo, sin que nadie se hubiese dignado en reclamar sus restos, siendo así condenados a una sempiterna marginación y estigmatización que ni siquiera la muerte pudo borrar de su dramática y cruel existencia.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

Tragedia en la extinción de incendios forestales en 1988

No es ninguna novedad que los incendios forestales son una auténtica lacra en Galicia cuando se acerca el período estival. El fuego devasta grandes superficies arboladas, así como montes, terrenos escarpados y de cultivo. También muchas personas han perdido sus viviendas como consecuencia de la atrocidad del fuego. Pero la cosa no se queda ahí. Lo peor de todo es que ya son decenas de personas las que han perecido a consecuencia de las llamas. Algunas han muertos abrasadas de una forma terrible y dramática, ya bien sea porque los alcanzó el fuego o como consecuencia de su lucha desinteresada en las labores de extinción.

La gente que trabaja en los servicios contra incendios arriesga su vida por culpa de unos desalmados que ponen fuego a los montes atendiendo a difusos intereses. Son muy raras las veces que la gran floresta gallega arde de forma accidental. Es más, si ocurre un incendio de estas características es inmediatamente sofocado por los vecinos, ya que es muy raro, por no decir que imposible, que tenga más de un foco. La mayoría de los incendios que destruyen el bosque gallego son deliberadamente intencionados con el único propósito de hacer daño o atender a esos difusos e incomprensibles intereses que van en contra de todo y de todos.

Como consecuencia de ir a sofocar un arrasador incendio, fallecerían cuatro militares en un pinar próximo al aeropuerto compostelano de Labacolla el 9 de septiembre de 1988 al estrellarse el avión en que viajaban para tratar de extinguir un incendio en el municipio ourensán de Laza. Los fallecidos eran el capitán Pedro Álvarez de Sotomayor Seoane, de 36 años, casado y padre de dos hijos, que tenía más de dos mil horas de vuelo; Jesús Cembranos Díaz, de 30 años, con idéntico rango en el escalafón militar que su compañero; el teniente Carlos Remírez-Esparza Figuerola-Ferretti y el sargento Juan Carlos Muyo Romero.

Motor averiado

El avión del servicio contra incendios había despegado en torno a las tres y diez de la tarde de aquella aciaga jornada de hace ya algo más de treinta años. Instantes después su piloto, un profesional muy experimentado, solicitó a la torre de control del aeródromo santiagués una pista para poder efectuar una aterrizaje de emergencia, ya que se había parado el motor derecho de la aeronave. Sin embargo, enseguida se perdería el contacto con la torre de control compostelana. El avión caería en vertical, muy cerca de donde había despegado, sobre un bosque de pinos para incendiarse a continuación, quedando envuelto en llamas y pereciendo carbonizados y abrasados sus ocupantes.

Al precipitarse el avión sobre un área que apenas distaba algo más de 500 metros de los servicios aéreos antincendios de Galicia, ardería también el combustible que se almacenaba en unos depósitos lo que provocaría una catástrofe de mayores dimensiones, teniendo que intervenir los bomberos de la capital gallega, así como también los servicios de extinción de incendios de Santiago de Compostela.

El avión que tripulaban era un Canadair CL 215, de contrastada solvencia en todo tipo de catástrofes y especialmente preparado para ello, de fabricación canadiense. Además, mantenía extraordinariamente la verticalidad en vuelo aún cuando se desprendía de las importantes cantidades de agua que almacenaba en sus tanques para extinguir el fuego, además de poder recargar sus depósitos sin necesidad de posarse.

Los fallecidos eran todos acreditados profesionales de los servicios de extinción de incendios, estando todos ellos muy preparados para realizar las misiones más complicadas, entre ellas el vuelo sobre zonas montañosas con frecuentes y fuertes turbulencias provocadas por el calor que ocasionan las nubes de humo. La formación de estos profesionales es muy difícil y son muy pocos los que superan la pruebas.

Una vez más, como en muchas otras ocasiones, las terribles consecuencias de los incendios forestales las pagan quienes luchan contra ellos. Todo ello es fruto de la nauseabunda actitud de unos malnacidos que, además de provocar la pérdida de vidas humanas, buscan la destrucción, ya no solo del medioambiente, sino también de los pulmones del planeta y con ello no persiguen otra cosa que la propia extinción del ser humano. Pero les importa poco.

guenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

 

El caso del estudiante muerto por un policía

No cabe duda que Santiago de Compostela es la ciudad más universal de Galicia, además de ser también el gran foco de atracción cultural e histórica del país gallego. En la década de los setenta, al amparo de su cinco veces centenaria universidad, surgieron algunos de los principales focos de oposición a la dictadura franquista. El régimen no ignoraba el gran movimiento de ideas que albergaba la futura capital gallega. Por ello, era frecuente que por los distintos centros académicos que componían la única universidad gallega de la época se infiltrasen con cierta frecuencia los llamados «secretas», la policía política del franquismo, cuya denominación oficial era la de Brigada Político-Social(BPS). Sin embargo, no eran estas las únicas fuerzas que ejercían la represión en Santiago. A ellos se añadía una buena dotación de cuerpos de la Policía Armada, posteriormente denominada Policía Nacional, conocidos en la jerga opositora como los grises, en alusión al color del uniforme que vestían. Una mínima queja vecinal, una delación, el mínimo incidente podía ser empleado por las fuerzas policiales para actuar con denodado esfuerzo. Se empleaban con mucho más celo que en resguardar la seguridad, propiamente dicha, de los compostelanos, acostumbrados a vivir desde tiempos inmemoriales con las eternas e ininterrumpidas juergas y algarabías que hacían en sus calles los universitarios que se desplazaban a la siempre eterna ciudad de Compostela.

En ese clima estudiantil, en plena década de los setenta, cuando el régimen daba sus últimos estertores se producirá un grave acontecimiento que conmocionará a toda la comunidad universitaria, además de marcar un punto de inflexión en la actitud de la Judicatura quien, con una excepcionalidad rayana con lo insólito, se atreverá a condenar la actitud de las fuerzas de seguridad del Régimen franquista.

En la madrugada del sábado, 4 de diciembre de 1972, un grupo de jóvenes universitarios disfrutaba del inicio del fin de semana en el ensanche compostelano, divirtiéndose por doquier, olvidando así el trago de una de las semanas del curso académico. En esa diversión sin límite no podía faltar, como sigue siendo habitual, las tradicionales visitas y rondas a las residencias universitarias. Es así como un nutrido grupo de estudiantes se dirige a un centro de estas características emplazado en la calle general Pardiñas. Muy cerca de la misma se encuentran charlando uno de los últimos serenos que ejerce en Santiago con un subinspector de la Policía Armada quién, al parecer, se encuentra vigilando la zona con la finalidad de evitar robos.

El grupo de universitarios prosigue su pacífica juerga y parranda en la noche compostelana sin molestar en ningún momento al vecindario, tal y como se desprende de la noticia publicada en el rotativo madrileño ABC el 21 de julio de 1973, en el que daba cuenta de la sentencia que acabaría condenado al policía. Sin saber porqué ni porqué no, alguno de los mozos inicia la carrera. Entre ellos va José María Fuentes, un estudiante de Medicina, que se ha distanciado de sus compañeros, entre los que se encuentra su amigo Camilo Bouzo, cuyo testimonio resultará trascendental para el completo esclarecimiento de tan luctuoso acontecimiento. Su destino, tras haber superado la calle Montero Ríos, es la compostelana rúa del doctor Teixeiro en la que se encontraba otra conocida residencia universitaria femenina santiaguesa.

Disparos

Alertada la Policía del presunto disturbio, que luego no resultó ser tal, se traslada un coche patrulla para investigar lo que sucede. El vehículo acelera al ver a los muchachos correr y se detiene cuando ya los ha superado, a la altura del antiguo cine Metropol. Cuando van a proceder a la identificación de los estudiantes, se presenta en el lugar el subinspector de la Policía Armada Luís Miguel Quiroga Mouzo quién, sin saber porqué motivo, hace uso de su arma reglamentaria en el acto efectuando dos disparos a muy corta distancia de dónde se encuentran los jóvenes universitarios. Una de las balas alcanza a José María Fuentes, atravesándole un brazo y alcanzándole de lleno en el pecho. A consecuencia del mismo, el joven universitario cae al suelo, sumergiéndose en un impresionante charco de sangre. A pesar de que es evacuado inmediatamente a una clínica próxima, los médicos que le atienden nada pueden hacer por salvarle la vida. El joven universitario ingresa ya cadáver.

Tras esta muerte, la amplia comunidad universitaria compostelana reacciona con energía ante lo que muchos consideraban un abuso de autoridad por parte de la Policía Armada. Se suceden las manifestaciones y algaradas callejeras, a lo que se suma el profundo sentimiento de dolor, rabia e impotencia que impregna al mundo universitario que clama justicia por lo que se considera un brutal crimen que no hace más que empañar todavía más las ya de por si deterioradas relaciones existentes entre cuerpos policiales y grupos universitarios.

Sentencia

En julio de 1973 se celebra el juicio por la muerte del joven universitario José María Fuentes Fernández, quien contaba con solo 18 años cuando aconteció el fatal suceso que le ocasionó la muerte. En el ámbito universitario los ánimos están muy encrespados. Además, las principales cadenas de televisión extranjeras, entre ellas la BBC británica, se hacen eco de los abusos policiales en España. El fiscal que lleva el caso pide una condena de 20 años de prisión mayor para el subinspector de policía Luis Miguel Quiroga Mouzo y una indemnización de un millón de pesetas para la familia del joven muerto. Considera el suceso como un homicidio con alevosía.

Por su parte, la acusación particular eleva la petición a 30 años de reclusión mayor, exigiendo una indemnización de dos millones de pesetas para la familia de la víctima. Con el juicio en marcha, desde el Ministerio de Información y Turismo se ordena a los distintos delegados provinciales que vigilen estrechamente las publicaciones que aparezcan en la prensa, a fin de evitar una mayor degradación de la depauperada imagen de la que ya goza una de las dos últimas dictaduras de Europa occidental.

El 20 de julio de 1973 se dicta una ejemplar sentencia, que marca un antes y un después en la judicatura española quien no se caracterizaba hasta el momento por perseguir los abusos policiales. El subinspector de policía es condenado a 17 años de reclusión menor y al pago de una indemnización de 700.000 pesetas a los familiares de la víctima. Además, se hace al Estado responsable civil subsidiario por medio de la Dirección General de Seguridad de hacerse cargo del pago de esta cantidad.

En el auto se califican los hechos como «delito de homicidio», aunque no se considera alevoso. Sin embargo, y he aquí una de las grandes novedades, se añade la agravante de «superioridad» al disponer el subinspector de un arma de fuego. Considera también la actitud del policía como de un «exceso de celo» en el ejercicio de sus funciones, aún cuando la circunstancia no requería el empleo de la fuerza.

La sentencia de la Audiencia Provincial de A Coruña marcó un punto de inflexión, por cuanto por primera vez se condenaba en el ejercicio de sus funciones a un miembro de las fuerzas de seguridad del Estado. Sin embargo, al inicio del curso 1973-74 se recrudecería la persecución policial contra los universitarios compostelanos, siendo frecuente a lo largo del mismo la entrada indiscriminada de agentes en los muchos pisos del Ensanche santiangués en el que residía un elevado número de los miles de estudiantes que por aquel entonces estaban matriculados en la minerva gallega.

Si te ha gustado, estaremos muy agradecidos de que lo compartas en tus redes sociales.

 

Siguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias