El asesinato del cura de Trabada

La intersección asturgalaica forma un territorio inigualable que, en sus onduladas formas, se van intercalando ambos territorios, Asturias y Galicia y viceversa, con hermosísimos parajes y frondosidades que hacen del mismo un lugar único y extraordinariamente apreciado por quienes desean gozar de algunos días o incluso algún tiempo de paz y tranquilidad. De hecho, para poder demostrar hasta donde llega ese mestizaje asturiano y gallego se da la circunstancia de que algunas aldeas y parroquias de las muchas que forman este entrañable territorio se subdividen entre dos comunidades distintas, la gallega y la asturiana, lo que da luego no pocos quebraderos de cabeza a sus vecinos con distintos aspectos administrativos que van desde el meramente administrativo hasta el fiscal, tan distinto y distante entre Galicia y Asturias.

Es a este territorio al que nos dirigimos para ocuparnos de un suceso acontecido en el año 1935, la época previa a la Guerra Civil que ensangrentaría España por los cuatro costados. En Asturias quedaba todavía muy reciente el recuerdo del pasado revolucionario que había regado de sangre la región hacía muy poco tiempo. Aquel año, 1935, estaba siendo muy convulso en toda España. A los distintos conflictos de carácter laboral, que cada vez estaban siendo más numerosos, se sumaba ahora uno de tipo político, el popularmente conocido como «escándalo Straperlo» un caso de corrupción que haría saltar por los aires al Gobierno de Madrid, presidido en aquel entonces por el republicano conservador Alejandro Lerroux.

Quizás el período de la Segunda República fue de los más problemáticos en la historia de España para ser cura. A los desmanes que protagonizaban algunos grupos radicales, entre los que se encontraban fundamentalmente los anarquistas, se sumaba una doctrina de profundas raíces anticlericales que cada vez encontraba un mayor número de seguidores en todo el estado, debido, quizás, a que mucha gente veía en ella la liberación de un yugo al que habían estado sujetos demasiados años, desde tiempos inmemoriales en los que la Iglesia Católica había mantenido un férreo dominio sobre una población a la que le había negado el pan y la sal, disponiendo de innumerables privilegios que iban desde el terreno económico al administrativo, pasando por el social. Pero, con la IIª República, dejó de ser así.

Pese a que el clero no gozaba ya de la influencia de antaño, los sacerdotes y religiosos eran considerados personas que tenían una cierta jerarquía social, a la que entonces se añadía también otra de carácter económico. Se suponía que en las casas rectorales que habitaban los clérigos había una cierta capacidad adquisitiva de la que estaban exentos el común de los mortales. De hecho, y como ya hemos visto en algún capítulo anterior, eran una buena presa para quienes pretendían rapiñar algo.

Disparos

Así sucedió a finales del mes de febrero de 1935, o esa es la versión que se ofrece desde algunos medios de la época. Aprovechando la cierta distancia que suele haber entre las casas rectorales y el resto de la población, tres individuos se presentaron en la vivienda que ocupaba el sacerdote José López Blanco, quien convivía junto con un hermano suyo y el resto de la familia de este, un gélido día de invierno ya bien entrada la noche. El cura era el párroco titular de la parroquia de Trabada, en el concejo asturiano de Grandas de Salime, muy próximo al lucense de A Fonsagrada, siendo la mencionada aldea uno de los muchos y clásicos puntos de intersección existentes entre Galicia y Asturias.

Los tres individuos que asaltaron al párroco, originario de Galicia y cuya feligresía dependía de la diócesis de Mondoñedo, hicieron uso de armas de fuego, intercalándose disparos entre asaltantes y moradores de la casa rectoral. Como consecuencia de ese intercambio constante de munición resultaría muerto el sacerdote, en tanto que su hermano sería herido de gravedad. Al parecer, los ladrones hicieron uso de las armas, dos pistolas, al percatarse que el cura disponía también de una escopeta de caza de la que haría uso hiriendo a uno de los energúmenos, Alejandro Redondo Anido, que días más tarde, sería detenido por la Guardia Civil en la parroquia de Támoga, en el municipio lucense de Cospeito. A consecuencia de las heridas por arma de fuego, el hermano del sacerdote sería trasladado al Hospital de Lugo.

En su detención, a Redondo Anido le incautaron una pistola, además de encontrarse herido de consideración como consecuencia del intercambio de disparos con el religioso. La munición le había alcanzado en la ingle de la pierna izquierda así como en la rótula. Este individuo, de 33 años de edad y oriundo del municipio lucense de Outeiro de Rei, ya había estado en la cárcel en reiteradas ocasiones. Al ser detenido delataría a los que le habían acompañado en el asalto a la rectoral de Trabada. Se trataba de David Iche Berja, vecino de la localidad asturiana de Turón, y José Sodeiro.

Divergencias

Como consecuencia del asesinato del sacerdote encargado de la parroquia de Trabada, Alejandro Redondo Anido sería condenado a reclusión perpetua, al igual que sus acompañantes. Sin embargo, existen ciertas discrepancias a la hora de enjuiciar al individuo antes mencionado, ya que hay quien circunscribe sus actuaciones al ámbito meramente político llegándole a considerar como un represaliado. Si bien es cierto, que Redondo Anido, que había trabajado como minero en Asturias, disponía de un amplio historial delictivo en el momento en que fue detenido por la muerte del religioso.

Respecto a sus compañeros, las fuentes son todavía mucho más difusas que en su caso, ya que apenas existen datos sobre ellos. Se sabe que tal vez David Iche había participado en el movimiento minero asturiano de la época, pero que muy probablemente contactara con su colega gallego para dedicarse a asaltar algunas propiedades ajenas. También se supone que fue a través suya como se hicieron con las armas de fuego, muchas de las cuales habían quedado en poder de los obreros tras la Revolución de Asturias.

 

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14 muertos en el primer gran accidente de tráfico en Lugo

El año 1931 marcó un antes y un después en la sociedad española. Fue aquel un año muy movido en toda la geografía hispana al que no fue ajeno a Galicia, aunque -todo hay que decirlo- acabaría siendo todo más una mera ilusión forjada un ya lejano 14 de abril de 1931 que muy pronto se tornaría en múltiples desengaños y desencantos que llevarían a una trágica guerra civil tan solo cinco años más tarde.

La ciudad de Lugo hace casi nueve décadas continuaba siendo una de las más rurales de toda España. La mayor parte de la población de la capital continuaba concentrándose en su casco histórico, superando apenas los 30.000 habitantes. La principal base de su economía era una ancestral agricultura de autoconsumo que apenas daba para satisfacer las necesidades más básicas de una población que luchaba por una subsistencia que cada vez se hacía más complicada, debido a los efectos que se habían generado como consecuencia de la crisis de 1929. La emigración a tierras americanas comenzaba a frenarse, principalmente la que se dirigía al Caribe, pero por cuestiones estructurales del principal país receptor de mano de obra gallega. A los efectos colaterales de la gran crisis económica se sumaban ahora otras dificultades en su economía interna, derivados de los grandes desastres provocados por los ciclones y temporales que en aquellos años habían afectado a esta área del planeta.

Los medios de transporte estaban ínfimamente desarrollados tanto en la provincia de Lugo como en el resto de Galicia. No es descabellado decir que la capital lucense «había perdido el tren», o mejor dicho tal vez no llegó nunca. Pese a todo, por las maltrechas carreteras y calles de la principal urbe del nordeste gallego hacía ya años que circulaban los primeros vehículos, especialmente los dedicados al transporte colectivo de personas, dedicados de forma mayoritaria a trasladar viajeros a distintos eventos tales como ferias, mercados o romerías. En este contexto se producirá un trágico siniestro el 30 de agosto de 1931 que quedará para siempre grabado en la historia colectiva de la ciudad de las murallas.

En aquella fecha un autobús de la mítica marca Hispano Suiza, propiedad de la familia Ferreiro se despeñó en la entonces conocida como Costa do Baño, actualmente Curva da Viña. El conductor que iba al volante del vehículo era Manuel López Arias y a bordo del ómnibus iban unas sesenta personas que se dirigían a la romería que se celebraba en la parroquia lucense de Santa María do Burgo.

Exceso de velocidad

Una de las hipótesis que siempre se han barajado como posible causa del siniestro fue el exceso de velocidad a la que el vehículo, atestado de viajeros, tomó la curva precipitándose posteriormente, desde una altura de doce metros, al patio del balneario. A todo ello se sumaban las nulas condiciones de seguridad en las que eran transportados muchos viajeros, impensables hoy en día. Hay que incidir en este aspecto ya que una gran parte de los mismos viajaban en unos asientos adaptados en la parte superior del automóvil, conocida como pescante. En ella viajaban muchas personas debido a que era mucho más económica. Un total de 14 personas fallecerían como consecuencia del siniestro y otras 40 resultarían heridas de diversa consideración. Tanto los fallecidos como los heridos quedarían esparcidos por un radio de cinco metros.

Una vez más hay que destacar la entrega de los vecinos de la zona en las tareas de auxilio a las víctimas de este fatal percance. Además de los vecinos del barrio de A Ponte, el lugar donde se produjo el accidente, se sumaron a ellos los bañistas que cada año acudían a su puntual cita en el balneario lugués. También se trasladarían al lugar del suceso distintas personalidades de la época, entre ellas el entonces alcalde lucense, José Cobreros de la Barrera, que había sido elegido en la elecciones municipales de mayo, tras una nueva convocatoria que había invalidado a las del 14 de abril. Por su parte, serían movilizados todos los medios sanitarios que se disponían en la época para atender a los heridos. Como curiosidad, cabe destacar que el autocar siniestrado apenas presentaba desperfectos como consecuencia del trágico siniestro.

Luto

La ciudad de Lugo viviría unas intensas jornadas de luto en las fechas posteriores al suceso que tanto la había conmocionado. Los principales edificios de la ciudad presentaban todos ellos crespones negros en señal de duelo. Se suspenderían todo tipo de actividades lúdicas y festivas programadas para aquellos días, entre ellos un concierto de la Banda de Música en la Plaza de la República, hoy denominada Praza Maior.

Pero, el duelo no solo se haría notar en las instituciones oficiales. También se suspenderían verbenas y otros actos previstos para aquellas jornadas estivales, entre ellas la popular «Fiesta de los Chóferes». El día del sepelio de las víctimas cerrarían prácticamente todos los comercios de la vieja urbe romana de Galicia. Hasta cafés, bares y restaurantes cerraron sus puertas en señal de duelo por la mayor tragedia que había vivido la ciudad en muchos años.

El entierro de las víctimas sería uno de los más numerosos y concurridos que se recuerdan en la capital lucense, dándose cita miles de personas que seguirían la comitiva, con los estandartes de las distintas cofradías, hasta el cementerio, que se emplazaban en el mismo lugar donde hoy se levantan unas grandes instalaciones hoteleras. En el transcurso de la ceremonia religiosa una avioneta sobrevolaría la Plaza de Santo Domingo arrojando flores sobre los féretros.

A pesar de la enorme tragedia que sacudió a la ciudad de Lugo, no se tomarían medidas para mejorar las medidas de seguridad en el transporte de viajeros. Los autocares seguirían trasladando personas en el denominado pescante como si nada hubiese sucedido. Si cualquiera de los hechos que se han narrado aquí, desde la mera seguridad de los viajeros hasta la impresionante y fastuosa parafernalia montada con motivo de la ceremonia religiosa oficiada por el alma de los fallecidos, nos resultan poco menos que inauditos, ni que decir tiene que si, por cualquier circunstancia no prevista, se produce hoy en día un accidente similar, ya se estarían tomando las pertinentes medidas y estarían, con razón, los partidos políticos de turno exigiendo las responsabilidades que correspondiese. En aquel entonces todo se saldó con unos oficios religiosos en honor a los que perdieron la vida y hasta la próxima. En algo hemos mejorado.

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