30 muertos en los sucesos de Cruz de Santos (Lugo)

Una cruz insertada sobre una columna de piedra labrada recuerda el lugar de los trágicos acontecimientos

Los sucesos que aquí se narran tienen -en parte- un carácter aproximado, ya que ocurrieron hace muchos años, cerca de 200, y sobre los mismos no existe documento probatorio alguno que los certifique. Ni siquiera archivos parroquiales, ya que en los años posteriores se procedió a la reconstrucción de varios templos y casas rectorales de las parroquias que aparecen mencionadas en el texto, por lo que muchos de ellos se perdieron o fueron destruidos. Además de la tradición oral, que siempre deforma el relato inicial hasta el extremo de convertirlo en mítico, hemos recurrido a otros archivos que, pese a que han aportado algún dato, no han ayudado mucho a esclarecer este suceso en sí, que fue algo más que un enfrentamiento entre carlistas e isabelinos, aunque se circunscriba dentro de la Primera Guerra Carlista, en el año 1837.

Dice con mucho acierto el historiador gallego Xosé Ramón Barreiro que el carlismo en Galicia adoleció de un importante número de seguidores, a diferencia de lo que sucedía en otras partes del Estado, como era el caso de Cataluña o el País Vasco, aunque no le resta importancia a las expediciones desarrolladas por los partidarios de don Carlos, el pretendido rey legitimista de la época, a tierras gallegas. Sin embargo, el carlismo no encontró el eco necesario para llevar a cabo sus acciones en una lucha que se caracterizaría por su extrema violencia y crueldad, en la que no faltarían las vejaciones a las víctimas y tampoco las profanaciones de cadáveres por ambas partes, a fin de dar ejemplo al enemigo.

Uno de esos trágicos episodios provocados por una expedición carlista que se dirigía a tierras gallegas, cuyo mando sería asumido por un sacerdote gallego, Secundino Arias, para emprender varias acometidas en algunos lugares de la Galicia más rural y remota que en aquel entonces gozaba de una extraordinaria salud demográfica, algo que no acontece hoy en día. El suceso al que nos referimos ocurriría en el año 1837 cuando un grupo de expedicionarios carlistas gallegos tomaron una ruta rural, bastante frecuentada en la época para enlazar con el Camino Real que unía a tres parroquias de la comarca lucense de Terra Chá y que era la principal vía de tránsito para dirigirse a su cabecera, emplazada en Vilalba.

Robos y atentados

El trágico y luctuoso acontecimiento sería provocado por los sublevados carlistas, quienes al encontrarse en las inmediaciones de tres prósperas parroquias, Sancobade, San Xurxo de Rioaveso y San Mamede de Oleiros, decidieron emprender uno de sus muchos saqueos a los habitantes de la zona para proveerse de alimentos y víveres que les permitiesen continuar con su truculenta patraña. En un primer momento se dirigieron al lugar de A Frouseira, un espléndido barrio de Sancobade, forzando a dos de sus vecinos a que utilizasen sus carros del país tirados por yuntas de vacas o bueyes para que trasladasen todo el trigo y patatas que guardaban en sus respectivas despensas para proveerse ellos de los mismos. Este acontecimiento lo perpetrarían en plena madrugada con el fin de evitar que pudiesen defenderse o dar la voz de alarma al resto del vecindario para acudir en su ayuda. A aquellos desalmados «invasores» les valía de todo. Incluso obligaron a marchar con ellos a mujeres y niños con el objetivo de impedir que quedasen testigos sobre lo sucedido.

Los secuestradores llevaron a sus víctimas, una cifra que nunca se ha podido determinar con exactitud, hasta unos bosques y fragas donde acampaba su expedición y que se encontraba alejado de las viviendas y de los barrios más próximos a una distancia de media legua aproximadamente, por lo que era difícil saber que camino habían tomado los vecinos desaparecidos. Sin embargo, su macabra peripecia tendría un error que les costaría caro. Uno de los secuestrados, un niño de unos diez años de edad, originario del lugar de O Porto da Egua -muy inmediato al barrio de A Frouseira- conseguiría huir de las garras de sus captores, aprovechando una cerrada noche de lluvia sin que ellos se diesen cuenta. El joven daría alerta a todo el vecindario, que inmediatamente se puso en marcha hasta el lugar donde acampaba la expedición carlista. Iban armados de forma rudimentaria, contando con todo tipo de herramientas de labranza, aunque también con alguna escopeta de caza.

Los vecinos, en grupo mucho más numeroso que la expedición carlista, pronto darían también cuenta de lo acontecido a las autoridades locales, así como al Ejército isabelino que luchaba contra los actos de bandidaje y saqueo que cometían los carlistas. Además, alguien, sin saberse exactamente como, dio aviso a otros habitantes de las parroquias próximas al lugar que iba a convertirse en un trágico escenario de sangre y terror en pocas horas.

Ejecuciones

La actitud de los carlistas fue muy cruel y despiadada, ya que al verse cercados de manera sorprendente y sin gozar del apoyo de nadie en la zona, no se les ocurrió mejor ni más macabra idea que comenzar con la ejecución de los vecinos que mantenían como rehenes, que eran cinco personas pertenecientes a una misma familia. La expedición carlista apenas superaba el medio centenar de hombres, en tanto que los alzados en armas contra ellos -ajenos a cualquier disputa bélica y mucho menos política- podían superar los 500 efectivos. Exaltados y enfurecidos por la violencia empleada por aquellos energúmenos a quienes non dudaban en calificar de bandidos, salteadores y asesinos, los vecinos emprendieron el temible y atroz ataque contra el campamento carlista, produciéndose un breve pero intenso y encarnizado combate, cuyo resultado final sería la derrota de los expedicionarios, cuyos objetivos jamás fueron comprendidos en las zonas rurales de Galicia.

Como consecuencia del asalto, los más perjudicados serían los carlistas, pese a que en el encarnizado combate, de apenas unas horas, abatieron a cinco vecinos de la zona. Consecuencia de ello, el vecindario que los combatía se emplearía de manera altruista y con excepcional arrojo, vengando la muerte de su convecinos. El jefe de la expedición carlista, el reverendo Secundino Arias, sería ejecutado en el mismo lugar de los hechos y, dada su mala fama, su cabeza sería expuesta sobre un chantón, una enorme piedra labrada que servía como escaparate, para ser sometida a vejaciones y también como ejemplo de posibles salteadores.

La cifra de expedicionarios carlistas muertos se cree que pudo rondar la veintena, aunque no hay datos oficiales que puedan corroborar esta cifra. Lo que si se sabe, es que ante la aguerrida avalancha vecinal, el resto terminaría por rendirse, siendo todos ellos detenidos con la llegada de efectivos del Ejército realista a la contorna. También hay constancia de que los vecinos les darían muerte a varios miembros de la expedición carlista de una forma brutal y macabra, justificada en parte por el terrible ajusticiamiento que habían emprendido con los cinco miembros de una misma familia.

Recuerdo

Como consecuencia de este dramático y sanguinario episodio ocurrido en el año 1837, se instalaría una enorme columna de piedra labrada, de algo más de dos metros de altura -la que se puede observar en la foto que ilustra este texto- en cuyo remate se puede observar una oxidada y desgastada cruz de hierro en recuerdo de los sucesos. O más bien, de los vecinos allí fallecidos. De igual modo, a raíz de este hecho, el lugar cambiaría de nombre, siendo conocido a partir del siglo XIX como Cruz de Santos.

Aunque se supone que los restos mortales de los vecinos ejecutados reposan en el cementerio de Sancobade, parroquia de la que eran oriundos, lo que nunca se supo con exactitud es donde pueden estar sepultados los cuerpos de los expedicionarios carlistas, que fueron siempre vistos como malvados y criminales que solo buscaban saquear a los vecinos. Se supone que sus cuerpos pudieron haber sido sepultados en una fosa común, próxima al lugar de los hechos, aunque jamás se hallase resto alguno.

Este trágico y sangriento suceso constituye, hasta nuestros días, el mayor episodio sangriento de la historia del municipio de Vilalba del que se tiene constancia, superior incluso a la propia Guerra Civil española -si se excluye- claro está, a las decenas de jóvenes vilalbeses caídos en combate, cuya cifra superó los dos centenares.

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El «hombre lobo» gallego era mujer

No cabe duda de que ya se ha escrito mucho acerca de este hombre. Tal vez demasiado. Han sido también muchas las leyendas que en torno a su figura se han generado al calor del fuego de las tradicionales lareiras gallegas en los larguísimos atardeceres de otros inviernos que resultaban mucho más crudos que los actuales en Galicia. Sin embargo, esas mismas leyendas que hablaban de Sacauntos, Sacamantecas o incluso de Chupasangres también han deformado y mucho la genuina realidad de este sujeto, considerado el primer asesino en serie de la historia de España del que se tiene constancia. No en vano, Manuel Blanco Romasanta, sería acusado de 17 desapariciones de personas, probablemente todas asesinadas en sus depredadoras garras, si bien es cierto que tan solo se consiguieron probar nueve crímenes de los que se le acusaba, que no es poco.

Con el paso de los años se han ido conociendo más detalles sobre su azarosa vida, aunque nadie ha declarado ser descendiente suyo, o cuando menos guardar una relación de parentesco con el individuo que daría pie al nacimiento de las leyendas de los hombres lobo. Se sabe que nació en el año 1809 en el lugar de O Regueiro en el municipio ourensán de Esgos. En su partida de nacimiento, según los abogados que han investigado en los pormenores de su existencia, los hermanos Félix y Castor Castro, consta haber nacido como mujer, bautizándolo con el nombre de Manuela. A los ocho años, cuando inició un cierto desarrollo físico, se le cambió el nombre a Manuel, con todo lo que suponía en una época histórica, tal como era el año 1817, en la que estaban presentes viejos prejuicios ancestrales en la sociedad gallega, tales como las maldiciones y otras supercherías tan arraigadas en una tierra de meigas y trasnos.

Respecto de su confusión sexual, el responsable de la Unidad de Antropología Forense del Instituto de Medicina Legal de Galicia, Fernando Serrulla, declaraba que Romasanta presentaba un caso claro de intersexualidad, de pseudohermafrodistmo extremo, que lo convertía en una lobismuller. Según la teoría sostenida por este médico e investigador, el presunto «hombre lobo» sería una mujer. El problema congénito que afectaba a Romasanta lo padecen uno de cada 10 o 15.000 nacidos. Ahí, en esa patología congénita podría estar el origen de su conducta criminal, ya que debido a la cantidad de andrógenos que segregaba le producía fuertes episodios de agresividad, que también habrían incidido en su proceso de virilización, desarrollando barba, cierta complexión masculina y hasta desarrollar un micropene. Su estatura era más bien baja, incluso para la época, ya que no alcanzaba los 140 centímetros.

Acerca de su vida más personal, se sabe que Romasanta se casó y enviudaría al año siguiente de su matrimonio, sin dejar descendencia alguna. A ello se añade la existencia de otros cuatro hermanos que si tuvieron hijos, por lo también se conoce que tendrían descendientes colaterales en distinto grado en distintos lugares de Galicia, principalmente en Allariz y la ciudad de Ourense.

Buhonero

A raíz del fallecimiento de su esposa, la vida de Manuel Blanco Romasanta experimentaría un cambio radical ya que abandonaría su tradicional oficio de sastre para dedicarse a la profesión de buhonero. Iba vendiendo distintos productos por las muchas ferias y mercados que había en la extensa Galicia rural de la época. Entre estos últimos vendía un famoso ungüento, del que se llegaría a aseverar que estaba elaborado con grasa y sebo que extraía de las víctimas a las que asesinaba con sus propias manos. También comerciaba con las ropas de las personas que había matado previamente, lo que serviría como una prueba fehaciente en contra suya en el juicio que se desarrollaría en el año 1852. Se desplazaba en una yegua por los pueblos y ciudades a los que iba, lo que también daba cierta idea de su poder económico, pues un animal de estas características era muy codiciado en la época y no estaba al alcance de todos los bolsillos.

Otro dato importante en la vida de este conocido licántropo es que sabía leer y escribir, aspecto este que no era muy habitual en su tiempo, en el que alrededor del 80 por ciento o incluso más de la población era analfabeta. Al reiniciar una nueva vida, que serviría de base para muchas películas y documentales modernos, comenzaría la actividad sádica y cruel de Romasanta, aunque durante muchos años eludió y esquivó finamente la acción de la justicia

Manuel Blanco Romasanta se ofrecía a muchas personas, principalmente mujeres acompañadas de sus hijos, como guía para atravesar los extensos y espesos bosques de la tierra gallega en aquel entonces con destino a otras localidades españolas en busca de una vida mucho mejor. Muchas de ellas eran madres solteras que intentaban huir de la marginación a la que habían sido relegadas en compañía de sus hijos para trabajar como amas de crías en lugares como Santander, León o Madrid. Sin embargo, casi todos ellos terminarían pereciendo en el trayecto antes de llegar al prometido destino.

Se sabe que dos de sus primeras víctimas fueron una madre y un niño de corta edad, quienes iban destinados a trabajar a casa de una pudiente familia en Santander, sin embargo, acabarían muertos en algún monte gallego. Para tranquilizar a la familia, Romasanta dirigía a la familia cartas que el mismo falsificaba, a nombre de los remitentes, en las que les informaba de que tanto la madre como el hijo se encontraban en perfecto estado. Pero, quizás no fuesen los primeros que eran víctimas de su insaciable apetito criminal.

Detención

Después de pasar bastantes años burlando la acción de la justicia y a pesar de que ya constaban algunas denuncias por desaparición, el «hombre lobo» gallego sería detenido en el año 1852 como consecuencia de una denuncia presentada en el municipio de Escalona del Alberche, en la provincia de Toledo, a raíz de la desaparición de una joven a la que él se encargaba de llevar hasta Madrid. Se tiene también constancia de su capacidad para engatusar a las mujeres, muchas de las cuáles fueron víctimas de sus engaños. Al parecer, según algunas investigaciones recientes, tenía el aspecto de una persona encantadora, con cierto atractivo personal, que le hacía ganarse con frecuencia el aprecio y amistad de quienes llegaron a tratarlo, siendo este uno de los aspectos de su personalidad que más se encargaba de cuidar.

Tras ser detenido, y al constatarse más de una docena de desapariciones en el área rural de Allariz, en Ourense, su pueblo natal, comenzó contra Romasanta un proceso en el que la entonces reina de España Isabel II no le dolerían prendas en escatimar esfuerzos económicos en un importante proceso que centraría, no solo la atención de la prensa española de la época, sino también internacional, siendo un juicio bastante seguido en Francia. El proceso se alargaría casi un año.

En el transcurso de la causa que se seguía en su contra, los abogados encargados de defender al «hombre lobo» gallego, aseguraron docenas de veces que su defendido padecía alguna enfermedad mental, que le ocasionaba esos brotes de agresividad extrema, que serían corroborados por el propio acusado. Este último llegaría a asegurar que en las noches que había luna llena se convertía en un lobo y ahí se iniciaban los episodios violentos en los que sentía como si se reconvirtiese en un fiero animal que acababa dando muerte a la mayoría de sus víctimas, teniendo una especial inclinación por asesinar mujeres. Sin embargo, para su desgracia contaría con el testimonio contrario de los peritos que se encargaron de examinarlo, quienes aseguraban que se encontraba en plenitud de facultades mentales, en un tiempo en el que las enfermedades de carácter psicosomático tenían una extraordinaria mala prensa, además de carecer de muy escasa o nula consideración en el mundo jurídico.

Licantropía

Lo más seguro de todo, según la opinión de diversos especialistas en psiquiatría, es que el famoso «hombre lobo» gallego sufriese episodios de licantropía, los cuáles se caracterizan por trastornos alucinatorios con ideas delirantes, en el que el afectado tiene la perfecta impresión de transformarse en un animal, siendo el lobo el más común de todos ellos. De la misma forma, va asociado a otros cuadros de carácter patológico, tales como esquizofrenia paranoide aguda y también trastornos afectivos diversos que le hacen percibir la realidad de una manera completamente deformada.

En sus estados de ánimo excitados en los que sufría sus ataques de agresividad extrema, se da por seguro que Blanco Romasanta sufriría estados de despersonalización, un cuadro morboso en el que el afectado se vería a si mismo como si estuviese en un sueño, es decir como una tercera persona. Para el psicoanálisis «el delirio del lobo es una suerte de conflicto no resoluto o trauma que lleva a la expresión de extremos instintos id primitivos que les lleva a evitar los sentimientos de culpa». Según el manual History of Psychiatry, desde la Edad Media hasta nuestros días hay pocos casos extremos constatados, los más populares son precisamente los hombres lobo, cuya cifra desde el Medioevo hasta nuestros días eleva a tan solo trece.

En la época en la que fue juzgado y condenado Manuel Blanco Romasanta los estudios sobre salud mental eran muy escasos y la psiquiatría estaba escasamente avanzada por no decir que no existía. El licántropo gallego sería condenado a morir en el garrote vil en el año 1853. Pero, para suerte suya, le sería conmutada la pena capital por la de cadena perpetua, tras la intervención de un famoso hipnólogo francés de la época, quien solicitó su indulto a la reina Isabel II, aduciendo que se trataba de un enfermo y que él, además de estudiarlo, podría ayudarle a superar su enfermedad, pues tenía fama de haber curado otros casos similares.

Muerte

Todo son conjeturas acerca del destino final de Manuel Blanco Romasanta. Son pocas las fuentes que coinciden donde se produjo su óbito. Hasta 2009 se sospechaba que el tristemente conocido licántropo gallego había fallecido en la cárcel de su pueblo, en Allariz, en la provincia de Ourense. En ese mismo año, un documental emitido por la Televisión autonómica gallega situaba su muerte en el Castillo de San Antón, situado en la ciudad de A Coruña.

La teoría más acertada acerca de la suerte que pudo correr Romasanta es la aportada por los estudiosos de su vida, los abogados y hermanos Félix y Castor Castro Vicente, quienes apuntan a que falleció en el penal de Ceuta en el año 1863 donde cumplía la sentencia que le había sido impuesta once años antes. La causa de la muerte, si bien no está del todo acreditada, pudo deberse a un cáncer de estómago. De todos modos, también se desconoce donde puede estar enterrado. En el hipotético caso de que algún día fuesen hallados algunos restos que presuntamente correspondiesen a Romasanta, sería preciso realizar las pertinentes pruebas de ADN con los distintos descendientes colaterales que todavía estén vivos para cotejarlos con los del famoso licántropo y así certificar con evidencias científicas que efectivamente se corresponden con los de su identidad.

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El gallego que intentó matar a Alfonso XII

La historia de Galicia está plagada de centenares de personalidades y personajes sumamente brillantes de sobra conocidos por todos. Sin embargo, el personaje que vamos a presentar a continuación no destaca por su brillantez, ni tampoco es un antihéroe como lo pretendieron presentar las herrumbrosas crónicas que en su día fustigaron a quien no dejaba de ser un pobre hombre, tal vez afectado por alguna patología mental que tan estigmatizadas se encontraban en aquel entonces. La suya es una desgraciada historia que muy probablemente comience en una desdichada infancia, a pesar de que nunca se tuvo un conocimiento exhaustivo del personaje, obligado a abandonar la tierra que lo vio nacer nada más alcanzada la adolescencia.

De Francisco Otero González, el regicida gallego, se sabe que había venido al mundo el 14 de marzo de 1860 en la parroquia de Santiago de Lindín, en el municipio de Mondoñedo. El lugar donde nació este enigmático personaje es hoy en día un auténtico vergel natural en el que una fértil huerta produce, sin lugar a dudas, algunas de las más exquisitas hortalizas que consumimos los gallegos. Como antes se decía, tal vez acuciado por las muchas necesidades de la época, se vio forzado a marcharse a Madrid con apenas 18 años para trabajar de panadero en el horno de un familiar suyo. Cuentan algunas crónicas de su tiempo, no exentas de cierto subjetivismo, que perdió el empleo en la panadería en la que trabajaba y deambulaba por el viejo Madrid de taberna en taberna, careciendo de un domicilio fijo. De las mismas, se puede deducir que tampoco en la emigración madrileña mejoró de forma notable el nivel de vida de Otero, quien en una fría y gélida tarde del mes de diciembre de 1879 empuñó una pistola con la que disparó contra la carroza cuyas riendas llevaba el mismísimo rey Alfonso XII.

Nunca se sabrá con total certeza cual fue el verdadero móvil de aquel intento de regicidio, pese a las muchas especulaciones que en su día despertó el caso. Otero había adquirido el arma que empleó contra el rey en el rastro madrileño días antes de perpetrar un atentado que a él le costaría muy caro. En aquella penúltima tarde del año de 1879 el carruaje del monarca entraba por la Plaza de Oriente cuando repentinamente se topó con un individuo que, según todo parece indicar, no era lo que se dice un experto en el manejo de las armas ni mucho menos un campeón de tiro, ya que el disparo que salió del cañón de su pistola no acertó con su pretendido objetivo, a tan solo metro y medio de distancia de los reyes, Alfonso XII y María Cristina de Augburgo-Lorena. Al parecer, nadie advirtió de su presencia ni de sus intenciones, pese a que el Palacio Real estaba a escasamente 200 metros del lugar donde se produjeron los hechos.

Provocación

Tras ser detenido y llevado ante las autoridades, Francisco González Otero, declararía ante las mismas que el jamás tuvo intención alguna de matar al rey. Con los disparos hechos a tan corta distancia manifestó que su verdadero objetivo era el de provocar a los guardias de palacio y que le disparasen para que lo matasen a él, ya que carecía de valor suficiente para suicidarse. A partir de aquel entonces, el ya lejano 30 de diciembre de 1879 comenzaron a sucederse un cúmulo de especulaciones alrededor de un personaje que sería llevado a la literatura por los escritores de su tiempo, entre ellos Benito Pérez Galdós y José Francos Rodríguez. Sin embargo, poco o muy poco se sabe en torno a su vida y existencia. En su día, los diarios más relevantes de su época, entre ellos «El Liberal» y «El Imparcial» quisieron ver que detrás de las manos de aquel atípico regicida se encontraban grupos de oposición, entre ellos los anarquistas. Desde sus páginas alimentaron la posibilidad de que este aprendiz de panadero frecuentase algunas de sus tertulias, en las inmediaciones de la Puerta del Sol madrileña, si bien esas aseveraciones jamás han podido ser comprobadas.

En torno a la personalidad de González Otero se fueron construyendo mitos y leyendas, más bien generadas entorno a la imaginación de los profesionales del periodismo de la época cuya autenticidad y veracidad ha sido puesta en tela de juicio en muchas ocasiones. Según se ha podio constatar, el regicida de Mondoñedo jamás tuvo contacto o relación alguna con aquellos nacientes grupúsculos anarquistas ni con otra organización dedicada a utilizar el terror como arma de la propaganda política. Se decía también que en esa supuesta amargura en la que se encontraba y que iba prodigando por las tabernas de mala muerte en las que se embriagaba, clamaba por regresar a su tierra natal, pero que carecía de suficiente dinero para tomar un tren de regreso a Lugo.

Todo parece indicar que nos encontramos ante el caso de un regicida atípico. Un pobre hombre muy joven que no sabía lo que hacía ni tampoco lo que pretendía, tal como testificarían algunos médicos contratados por su abogado defensor, quienes pretendieron demostrar, sin éxito, que se encontraban ante una persona que sufría alguna dolencia mental, a quien la suerte le resultó más que esquiva en su efímera vida.

Garrote vil

Francisco Otero González sería condenado a morir en el garrote vil el 14 de abril de 1880 con tan solo veinte años de edad, a pesar de que había obtenido el perdón de los reyes, en un tiempo en el que la vida pública española se hallaba fuertemente convulsionada. Apenas diez años antes había sido asesinado Prim, con la inestimable ayuda de quien sería el primer suegro de Alfonso XII, el conde de Montpensier. Posteriormente se declararía una efímera República, que apenas duraría once meses. Finalmente, de la mano de Cánovas del Castillo, llegaría la Restauración. Sin embargo, lo que no consiguió Otero con su pistola lo haría en su lugar la tuberculosis, que terminaría con la vida del monarca tan solo un lustro después.

Nunca se sabe si por incontrolados azares del destino o por qué otra casualidad histórica, lo cierto es que otro mozo nacido en la misma parroquia que Francisco Otero González, José Méndez, tomaría parte años después en el más execrable crimen acontecido en Galicia en el siglo XIX, concretamente en la matanza de Santa Cruz do Valadouro. Aunque se dice que el azar no tiene la responsabilidad de todo. Pese a que este último era convicto del asesinato de uno de los criados del cura muerto, con el que se empleó con mucha saña, su suerte fue muy distinta a la de Otero. Pese a que fue condenado a muerte en 1889, finalmente la reina regente María Cristina de Augsburgo-Lorena acabaría cediendo a las presiones y concediéndole un indulto que no hubo lugar en el caso del regicida, a pesar de que no había consumado ningún crimen. Se quiso obviar que Francisco González era tan solo eso, un desafortunado y desgraciado mozo de provincias y muy posiblemente un enfermo con patologías y trastornos mentales, de quien la fortuna y la suerte se habían burlado amargamente en su mísera y efímera vida, que se truncó cuando en el mismo instante en el que el verdugo apretó el manubrio del humillante y tortuoso garrote vil.

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