Tres muertos en un motín en el carnaval de Vigo en 1903

carnaval

A comienzos del siglo XX la ciudad de Vigo estaba comenzando su expansión como gran urbe, aunque todavía estaba muy lejos de convertirse en la primera metrópoli gallega. Apenas tenía un censo de unos 20.000 habitantes, muy similar al que entonces contaban otras dos ciudades gallegas, Ourense y Lugo respectivamente. Sin embargo, gracias a la magnitud de su puerto, principal referente en el tráfico que se dirigía a tierras americanas, se estaban generando las circunstancias propicias para el crecimiento demográfico más vertiginoso, no solo España, sino también de toda Europa. La ciudad prometía y lo que no dejaba de ser un pueblo grande hace 120 años terminaría por convertirse en la primera urbe gallega de la actualidad.

Por aquel entonces se acercaban ya a la ciudad olívica gentes de toda Galicia, bien porque se trasladaban allende los mares u otras causas. Las fechas festivas eran un constante trasiego de personas, principalmente de localidades vecinas que se acercaban a disfrutar de los distintos eventos que tenían lugar en la urbe viguesa. Una época en el que ese constante deambular de almas era mucho más constante eran los días de Entroido, en el que eran ya miles las personas que se citaban en el centro histórico de Vigo. Esta festividad, que siempre ha gozado de una gran concurrencia, sería recordado en el año 1903 por un trágico motín que acabaría costando la vida de tres personas, a raíz de un incidente en el que se vio inmerso el jefe de la policía local viguesa, Prudencio Contreras, que no hacía en modo alguno honor a su nombre, ya que hacía escasos meses había sido cesado de su puesto por el gobernador civil, aunque sería restituido en su cargo por el nuevo alcalde vigués, su tocayo Prudencio Nanín.

Incidente con una persona disfrazada

Los desgraciados acontecimientos tuvieron lugar en la jornada del día central de las celebraciones festivas de carnaval, el 24 de febrero de 1903. Al parecer, los hechos se iniciaron a raíz de un incidente protagonizado por un miembro de la policía local que se enfrentó, desconociéndose el motivo, con una persona que iba disfrazada en la céntrica rúa viguesa del Príncipe. Un grupo de viandantes acechó al agente y se puso del lado del hombre que gozaba del carnaval, provocándose una inusual trifulca. Al tener conocimiento de los mismos, se desplazó al lugar el máximo responsable de la policía local de la época, un hombre que sacaba su sable con una facilidad pasmosa. Con el mismo provocaría graves heridas a varias personas que se habían concentrado en el lugar.

La actitud de Prudencio Contreras generaría que el incidente se multiplicase, viéndose implicados un mayor número de viandantes de los que en un principio se habían dado cita en el alboroto inicial, hasta el extremo que la grave provocación del responsable de los guardias vigueses les obligaría a estos últimos a refugiarse en sus dependencias de la casa consistorial. Al parecer, estos habían sido acechados a consecuencia de la actitud arrogante y prepotente de su jefe, quien les había ordenado de desenvainar sus sables y utilizarlos contra quienes los rodeaban.

Aquel incidente era tan solo el principio de lo que se iba a convertir en el carnaval más trágico de la historia de la ciudad olívica, ya que al tener conocimiento de lo que ocurría con los agentes municipales, recurrieron en su ayuda sus colegas de la Benemérita, quienes provistos de sus respectivos fusiles efectuarían varias descargas contra los amotinados, provocando la muerte de dos personas, entre ellos un niño, de 12 a 14 años, de nombre Cosme Martínez, que se encontraba vendiendo confeti en la zona aledaña a la plaza de la Constitución viguesa. Pero, por desgracia, no sería la única víctima de aquella aciaga tarde de Entroido, ya que también fallecería a consecuencia de los disparos un vecino de Gondomar, Rogelio Rey, quien disfrutaba de aquellas jornadas festivas. La tercera víctima fue José Lorenzo Iglesias, que fallecería a consecuencia de los sablazos recibidos por parte de la policía local. Además, según se desprende de las crónicas de la época, el capitán que estaba al mando de los guardias civiles en ningún momento ordenó disparar contra los allí congregados. A todo ello se añade que, al parecer, no efectuaron los tres disparos reglamentarios de advertencia. Al parecer, quien abrió el fuego fue un agente de la Guardia Civil al que secundarían sus compañeros.

Huelga general

El desgraciado acontecimiento provocaría la lógica rabia, frustración, indignación y consternación en la ciudad que veía como lo que prometía ser un día de fiesta se teñiría de luto. Todos los sectores se pusieron de acuerdo al unísono, incluida la primera institución viguesa, para condenar de forma unánime aquellos sangrientos acontecimientos que se reflejaban en prácticamente todos los periódicos españoles de la época. A raíz de los mismos, se suspenderían las fiestas de carnaval, entre ellos algunos bailes de piñata que estaban programados para el sábado siguiente. De la misma forma, fueron muchas las manifestaciones de solidaridad procedentes de diferentes puntos de la geografía española que recibieron las víctimas. La corporación local, además de condenar el sangriento suceso, abrió una suscripción popular para contribuir a paliar en la medida de lo posible la trágica desgracia. Además, el alcalde destituiría de su cargo a Prudencio Contreras. Si esto no fuera poco, Prudencio Nanín, titular de la alcaldía viguesa, dimitiría de su cargo, consciente de que se había equivocado gravemente al reponer en su puesto a su tocayo.

El 28 de febrero de 1903 Vigo, una ciudad que muchos años más tarde destacaría por su elevada conflictividad social debido al elevado número de trabajadores que se dan cita en su sector industrial, viviría su primera jornada de huelga general. En aquella jornada se pararía toda su actividad, que ya no era poca en aquel entonces. De la misma forma, los primeros grupos de la oposición de aquel tiempo aprovecharon el trágico incidente para hacer resonar sus primeros ecos, siendo este muy aludido en los distintos mítines y foros que se convocaban.

El hecho más significativo en la jornada de protesta por el «Martes sangriento de Carnaval», tal y como sería conocido históricamente, fue la gran manifestación que se desarrolló por las principales vías de la ciudad, con personas llegadas de otros puntos de la geografía gallega y también española. Algunos periódicos de la época reflejarían en sus páginas la «extraordinaria lección de ciudadanía» ofrecida por los vigueses, que condenaban así de forma unánime unos tristes sucesos que tan solo habían obedecido a la arrogancia de un energúmeno que, en medida alguna, estaba capacitado para mantener el orden de una ciudad que, con el devenir de los años, terminaría por convertirse en la principal urbe gallega.

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85 muertos en el accidente aéreo de A Coruña

Accidente aéreo A Coruña. Foto Imagen TVE

Acercarse a la Galicia de hace algo más de 45 años es viajar a un tiempo en el que todavía convivía el viejo arado romano y el tradicional carro del país, que tanto cantaba su eixo por los caminos y corredoiras con nuevos e innovadores inventos, tales como la lavadora o la televisión que le hacían vislumbrar un futuro más prometedor a las nuevas generaciones de gallegos que el que habían tenido sus ancestros. Sin embargo, había unas infraestructuras viarias todavía muy pobres y deficientes que también convivían con tres modernos aeropuertos que proyectaban una imagen vanguardista del país gallego, aunque no dejaba de ser un escaparate que reflejaba un rancio y manido desarrollismo que para nada traslucía la auténtica vida de cientos de miles de paisanos del interior que aspiraban a «ir tirando» tras un par de vacas marelas que no le auguraban ningún porvenir prometedor. Solo le servían para ese sustento diario, además de cotizar para lo que comúnmente se llamaba «a agraria» o «el censo», con la finalidad de alcanzar una mísera pensión el día de mañana que les daría para sobrevivir con bastantes privaciones.

De América llegaban todavía algunas rezagadas cartas de aquellos que no habían podido regresar de La Habana, Buenos Aires o Montevideo. Ahora se prodigaban las procedentes de Munich, Lausana, Londres, Burdeos, Amsterdam o Bruselas, cuyos autores se dejaban ver en los meses estivales a bordo de unos magníficos coches de aspecto deportivo y colores chillones, al tiempo que vestían unos desfondados pantalones de campana y unas coloridas camisas de flores, a los que se añadían unas enormes y llamativas gafas de sol que cubrían prácticamente su rostro, que despertaban la clamorosa y furtiva atención de muchos de sus convecinos, principalmente los que ya tenían una cierta edad, espectacularmente impresionados de observar a aquellos mocetones que representaban la ancestral reencarnación del antiguo emigrante indiano, aunque ahora cambiase radicalmente su apariencia y compostura.

En ese dicotómico ambiente del ser o no ser, del aparentar, de cambiar, en el que todavía se alternaban los grupos de gaiteiros en las fiestas con las modernas orquestas, en las que destacaban ya sus potentes equipos de sonido y la hueca y cáustica voz de su animador se desarrolla la Galicia de la primera mitad de los años setenta, que no solo luchaba por sobrevivir sino también por escapar del finisecular atraso al que había sido relegada desde tiempos inmemoriales. Eran todavía pocos o muy pocos los gallegos que viajaban en avión, aunque ya había tres aeropuertos. El transporte más habitual del habitante medio de la Galicia de la época solía ser el autobús, al que por influencia de la emigración americana se le seguía llamando haiga. Los vehículos utilitarios eran más bien escasos y solo las familias de un cierto poder adquisitivo se lo podían permitir.

A pesar de la escasa popularidad entre los gallegos de entonces de los medios aéreos, Galicia se vería sorprendida a media mañana de aquel ya lejano lunes 13 de agosto de de 1973 por una espectacular tragedia aérea que le costaría la vida nada y nada menos que a 85 personas, siendo el accidente de transporte más trágico en la historia de Galicia. Quienes se llevarían el peor trago serían los vecinos de la parroquia de Montrove, en el municipio de Oleiros, que verían como una aeronave se desplomaba a lado de sus casas dejando tras de sí un rastro de destrucción difícilmente descriptible y que todavía permanece en la memoria de muchos de ellos.

Niebla

El factor atmosférico fue fundamental a la hora de producirse este siniestro. El avión del vuelo 118, perteneciente a la compañía AVIACO, había despegado del aeropuerto Madrid-Barajas a las nueve y cuarto de la mañana. Su piloto, Rafael López Pascual, era un experimentado aviador de tan solo 34 años de edad con 8.600 horas de vuelo. En el momento de hacer su primera aproximación al aeródromo coruñés de Alvedro, alrededor de las diez y cuarto de la mañana, fue informado desde la torre de control que había muy escasa visibilidad a consecuencia de la densa capa de niebla que ese día cubría todo el área litoral gallega.

El piloto persistiría en su actitud en torno a 50 minutos más tarde, siendo informado de nuevo desde el centro de control de las dificultades que conllevaba el aterrizaje en las instalaciones aeroportuarias coruñesas. Se barajaba la posibilidad de conducir la aeronave hasta Santiago de Compostela, cuyo aeropuerto se encuentra a tan solo 45 kilómetros del coruñés, además de contar con una excelente visibilidad por encontrarse el día despejado. Sin embargo, tal opción fue desechada por el comandante de vuelo debido a los trastornos de carácter económico y logístico que representaba para la compañía en la que trabajaba, quien entregaba a sus pilotos una acreditación de su valía si lograban aterrizar en condiciones adversas. Esta práctica sería desechada y prohibida a raíz de este trágico accidente. Además, el piloto contaba con la suficiente cantidad de combustible para reintentarlo de nuevo.

Pese a carecer de las condiciones climáticas favorables, el aviador, a quien posteriormente se responsabilizaría del siniestro, persistió en su actitud de intentar aterrizar. Al intentar tomar tierra, a las 11 horas y 42 minutos de la mañana, la aeronave descendió demasiado y rozó con unos eucaliptos próximos al pazo de Montrove, lo que provocaría su choque frontal contra la vieja edificación y la posterior explosión e incendio del avión.

Al igual que sucedería 40 años más tarde con la tragedia ferroviaria de Angrois, los vecinos, asustados y espantados por las tres explosiones que se escucharon tras el accidente, fueron quienes primero se personaron en el lugar de los hechos con el desinteresado afán de ayudar a las posibles víctimas del siniestro. Sin embargo, su generosa actitud de poco o nada serviría, ya que, entre entre el dantesco espectáculo formado por hierros y la chamusquina provocada por el incendio, solamente sobreviría un hombre, quien todavía estaba sujetado por el cinturón que sería cortado por algún vecino con un hacha, que fallecería pocas horas después en la Residencia Sanitaria Juan Canalejo de la capital herculina.

Olor nauseabundo

Contaba el vecindario muchos años después al rotativo La Voz de Galicia que cuando acudieron a auxiliar a las posibles víctimas percibieron un olor nauseabundo procedente del fuselaje del avión que había sido reducido a una calcinada chatarra. En ella se podían observar decenas de cuerpos inertes que habían quedado completamente calcinados, fruto del accidente que había sufrido la aeronave.

Se movilizaron los escasos servicios de emergencias con los que contaba la Galicia de la época, pero de nada sirvieron, ya que en aquel siniestro habían perecido un total de 85 personas, 79 viajeros y seis tripulantes. Entre las anécdotas que todavía recordaban los vecinos de Montrove se encuentra la tétrica imagen de haber contemplado a una azafata, a cuyo cuerpo se agarraban dos niños pequeños con el fin de encontrar un refugio que los liberase de un trágico destino como tuvo el vuelo 118.

Es cierto que a raíz de este accidente que conmovió a la España de aquel entonces se cambiaron algunas normativas de la navegación aérea, tales como la de ofrecer primas y acreditaciones a pilotos que aterrizasen en condiciones adversas para evitar trastornos a las compañías. Sin embargo, para los que perecieron en Montrove llegaron demasiado tarde. Y es que en España las medidas destinadas a evitar riesgos innecesarios siempre se toman cuando ocurre alguna tragedia. Montrove no fue la primera, pero tal vez Angrois tampoco sea la última. Vaya por delante que quien esto escribe estaría muy orgulloso de equivocarse.

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Un muerto en el incendio del Monasterio de Samos

El Monasterio de Samos fue pasto de las llamas en el año 1951

El monasterio de Samos sería pasto de las llamas el 24 de septiembre de 1951 a consecuencia de un voraz incendio que arrasaría sus instalaciones, principalmente el área destinada a habitaciones de los monjes y novicios que se hospedaban en el centro religioso. La peor parte de todas se la llevaría un adolescente de tan solo 14 años que moriría calcinado por mor de las llamas que instantáneamente prendieron en sus ropas. Se llamaba Daniel Fernández y era natural del municipio ourensán de Xinzo de Limia.

El fuego se originó en la licorería de la abadía en torno a las once y media de la mañana de aquel ya lejano 24 de septiembre de 1951 cuando se encontraban en la misma el religioso Benito González, quien contaba en ese momento con 68 años y tres novicios, entre ellos Bernardo García y Daniel Fernández y un tercero que contaba con tan solo doce años. En aquella bodega se almacenaban 30.000 litros de alcohol y otros componentes inflamables destinados a elaborar el licor Pax, que se hacía en su destilería desde comienzos de la década anterior.

Los novicios y el sacerdote habían bajado hasta el lugar donde se encontraban los productos destinados a la elaboración del licor. Al parecer, intentaron limpiar uno de los grifos por los que discurría el líquido y carecían de iluminación suficiente para desatascarlo por lo que se les ocurrió encender una cerilla que, en contacto con el alcohol, provocaría una potente explosión que destruiría el forjado de las dos plantas superiores y la cubierta, además de originar un incendio que se extendería al resto del edificio, ocasionando su destrucción en menos de dos horas. El fuego se vio favorecido por las corrientes de aire que soplaban ese día.

Héroe de 12 años

Un niño de 12 años se convertiría en el principal héroe de aquella dantesca jornada que supuso una grave pérdida para el patrimonio artístico e histórico gallego que, si bien no alcanzó la iglesia, si ocasionó importantes desperfectos en algunas tallas religiosas de gran valor, así como también algunos importantes libros que se guardaban en su biblioteca. El chaval fue el que salvó de perecer en las llamas al padre Benito González, quien fallecería 24 años más tarde a la edad de 92 años. Intentó salvar a su compañero Daniel, pero no pudo lograrlo y tanto él como su compañero Bernardo García fueron testigos de como lo consumían las llamas ante su quebrada impotencia.

En aquel entonces había muy escasos medios para hacer frente al fuego, a lo que se unía una total carencia de infraestructuras. Los bomberos habían de desplazarse desde la capital lucense hasta el municipio de Samos, que se encuentran a una distancia el uno del otro de 91 kilómetros. Las unidades encargadas de sofocar el fuego llegaron al lugar del siniestro alrededor de la una y media de la tarde, cuando el incendio ya había arrasado con la práctica totalidad del edificio destinado a hospedería. Los vecinos de Samos desempeñaron una función fundamental en las tareas de extinción del fuego, si bien es cierto que con los medios que disponían no podían hacer grandes cosas.

A las ocho de la tarde del día 24 se pudo comprobar que el inmueble había quedado totalmente destruido por las llamas. Entre los escombros que quedaban se podían contemplar vigas de madera carbonizadas, así como también se podía observar una dantesca imagen de lo que había sido la sala capitular de la Real Abadía. El fuego se reavivaría un par de días más tarde, el 26 de septiembre, cuando se inició un nuevo foco en alguna de las vigas que se habían desprendido, pero la presencia de los equipos contraincendios evitó que se propagase de nuevo. En esta jornada quedaría ya totalmente extinguido el fuego, tras 48 horas de tensión vividas como consecuencia de un arrasador siniestro que todavía perdura en la memoria de muchos de los vecinos de Samos, principalmente aquellos que ya tienen una cierta edad.

Traslado

La primera decisión que se tomó en aquel entonces fue el traslado de las noventa personas que habitualmente residían en el monasterio de Samos, entre monjes y novicios que allí se hospedaban, siendo destinados hasta Lugo, Monforte de Lemos, Santiago de Compostela y otras localidades gallegas. En el lugar de los hechos solamente permanecerían trece monjes que se albergarían mientras tanto en viviendas cedidas por los vecinos así como en alguna hospedería privada.

Al día siguiente de producirse el siniestro se trasladó al lugar de los hechos el entonces presidente de la Diputación de Lugo, Alfredo Vila. Mientras, el anterior Jefe del Estado les trasladó a los monjes sus condolencias por lo ocurrido. Por esas fechas, se barajó la posibilidad de que los supervivientes se trasladasen a otro centro religioso en Santiago de Compostela, que contó con la radical oposición del Arzobispado así como del prior del monasterio Mauro Gómez, quien se manifestó favorable a la recuperación de las infraestructuras con las que contaba la Abadía.

En tan solo nueve años, en 1960, se había restaurado lo que quedaba del viejo cenobio y se habían levantado nuevas estancias para los monjes, gracias a las aportaciones de muchas personas particulares y al importante apoyo económico prestado por las autoridades de entonces a la Iglesia, a quien no sabían negarle cualquier favor que le pidiese. Samos ya había recuperado su antiguo monasterio destruido por el fuego en 1960, aunque muchas villas importantes de la Galicia de la época no contasen con centros escolares ni sanitarios que reuniesen unas mínimas condiciones.

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