213 muertos en el naufragio del Santa Isabel (El Titanic gallego)

Imagen del Santa María

Hay tragedias que quedan grabadas en el imaginario colectivo de las gentes de los lugares en que ocurrieron a lo largo de su historia como si hubiesen sucedido ayer mismo. Pasan años, décadas e incluso siglos y los lugareños siguen recordando ese suceso que no han vivido, pero que les ha sido narrado por sus ancestros con todo lujo de detalles, porque ese hecho trágico les ha marcado de sobremanera, principalmente cuando la cifra de víctimas es muy elevada. La costa occidental gallega ha sido el escenario de varias catástrofes marinas a lo largo de su historia, siendo muchos los náufragos que perecieron en sus aguas a lo largo de varios siglos. Ahí, dónde sus lugareños miran con escrupuloso respeto al mar, las tragedias suelen convertirse en mitos, generalmente siniestros, pero al fin y al cabo mitos que marcarán a varias generaciones más de cien años después, tal como fue el caso del «Serpent», que encalló en la mítica Costa da Morte y el «Santa Isabel», que vararía tan solo 33 años después que lo hiciera el barco británico, provocando la mayor tragedia marina que se recuerda en Galicia a lo largo de su historia.

Debido al trágico destino que sufriría el trasatlántico «Santa Isabel» se ganaría el apodo de «El Titanic gallego» al naufragar frente a la isla de Sálvora el 2 de enero de 1921, recién estrenado el nuevo año. En el siniestro perecerían 213 personas de las 259 personas que iban a bordo, siendo, una vez más, muy encomiable las tareas humanitarias y de rescate que llevaron a cabo los colonos que vivían en el pequeño territorio insular gallego. El «Santa Isabel» había sido concebido para cubrir la ruta de viajeros entre Bilbao y Cádiz y la isla de Fernando Poo, en la antigua Guinea española. Sin embargo el auge migratorio de los españoles de la época, y muy especialmente de los gallegos, unos 2,5 millones de personas se trasladaron a tierras americanas entre 1857 y 1935, hizo que la embarcación cambiase radicalmente de objetivo de la Compañía Trasatlántica española, empresa armadora a la que pertenecía el barco, que cubriría a partir de ese momento la ruta de los principales puertos del Cantábrico, Vilagarcía de Arousa y finalmente Cádiz, dónde los pasajeros harían transbordo a otros dos trasatlánticos que los conducirían a Argentina.

La estructura y equipamiento del «Santa Isabel» se había construido pensando en la tragedia que había sufrido el «Titanic» por la misma época, a fin de evitar consecuencias similares a la suya. Podía transportar hasta 390 pasajeros, que contaban todos con sus respectivos chalecos salvavidas en caso de ser necesario hacer uso del mismo, además de ocho botes salvavidas para cubrir cualquier emergencia que se presentase, aunque el temporal que afectaba a las costas gallegas en aquel aciago invierno de 1921 demostraría que ni siquiera con esas condiciones se podía hacer frente al mal estado de la mar.

El barco había partido del puerto de Cádiz el 20 de diciembre de 1920 con destino a Pasajes. Once días más tarde llegaría al puerto de A Coruña, coincidiendo con la festividad del nuevo año. Allí embarcarían más pasajeros y carga, siendo su destino ahora el puerto de la localidad pontevedresa de Vilagarcía de Arousa. Durante el trayecto por aguas gallegas, se dejaban sentir ya los efectos del temporal, pues su capitán, Esteban García Muñiz, decidió reducir la velocidad del trasatlántico ante la imposibilidad de poder orientarse por los faros de Corrubedo y la Isla de Ons, que delimitan la entrada a la ría de Arousa.

Choque contra acantilados

El «Santa Isabel» estaba ya dotado de radioteléfono, aunque solo emitiría un único mensaje que llegaría algo entrecortado a los receptores de su petición de auxilio. «Estamos encima de las rocas de Sál…» fue el recado desesperado que se recibió tanto desde la estación radiográfica de Fisterra como en el buque francés Flandre, que no pudieron socorrer al trasatlántico accidentado, pues no fueron capaces de localizar su posición. Era ya la una y media de la tarde cuando el enorme barco investía contra los bajos de Meixides, a escasos 200 metros al suroeste de la isla de Sálvora. Los acantilados abrirían varias brechas en el casco del buque, introduciéndose una abundante cantidad de agua en su interior. Los pasajeros que lograron introducirse en los botes se encontraron con la enorme mala suerte de que las diminutas embarcaciones serían sacudidas por el temporal contra las rocas, pereciendo muchos de ellos en el intento de salvarse.

La primera persona que acudió en ayuda de los náufragos fue el farero, quien se sintió alertado por los ladridos de su perro, un animal que se asustó ante los gritos que proferían las personas que iban a bordo del «Santa Isabel». De inmediato, bajó a la aldea a dar aviso a los 54 colonos que explotaban sus tierras para que fuesen ayudar a socorrer a los náufragos. De Sálvora partirían tres dornas, embarcaciones de pesca muy pequeñas, una hacia Ribeira y otras dos para auxiliar a las personas que se debatían entre la vida y la muerte en aquel siniestro lugar.

En todas las historias hay siempre algunos héroes, mayoritariamente anónimos. En este caso la proeza correspondió a tres jóvenes mujeres, con edades comprendidas entre los 14 y los 24 años. Se trataba de María Fernández Oujo, Josefa Parada, quienes en varios viajes realizados en su embarcación lograron salvar la vida a una cifra de personas que se sitúa entre las 15 y las 20 personas. Recibirían por ello el correspondiente galardón por parte del Consejo de Ministros, pero lo más importante es que serían recordadas para siempre como «las heroínas de Sálvora».

Segundo oficial a nado

Ante la mala suerte que habían corrido algunos de los pasajeros que se habían subido a los botes salvavidas, el segundo oficial del buque, Luis Cebreiro retuvo a varias microembarcaciones con el fin de evitar las rocas a la luz del día, negándose a subir a ninguno de los botes. Por ello, prefirió nadar agarrado a uno de ellos hasta alcanzar la costa.

A las ocho y media de la mañana del día 3 de enero de 1921 el «Santa Isabel» se partiría en dos, arrojando al mar a muchos de los que todavía se encontraban a bordo. El «Cabo Menor» fue el primer buque que llegó a la zona del naufragio, pero lo hizo ya demasiado tarde, varias horas después del suceso. Lo único que encontraron fueron cadáveres, maletas y bultos, alrededor del palo y la proa del trasatlántico siniestrado, que era lo único que quedaba a la vista del buque.

En total 213 personas perecieron en este naufragio, el peor de cuantos ocurrieron a lo largo de la historia frente a las costas gallegas. Solamente se salvarían 56 personas, entre las que se encontraban el capitán Esteban García Muñiz y el maquinista Juan Antonio Pérez Cano. La cifra de víctimas mortales fue tan alta, que el Ayuntamiento de Ribeira se vio en la obligación de reabrir un viejo cementerio, que ya no estaba en uso, para poder dar sepultura a tan elevado número de cadáveres.

Para saber más:

Sálvora. A memoria dun naufraxio. A traxedia do Santa Isabel. Fernández Pazos, Xosé María. Santiago de Compostela. 2012. Grupo Código Cero Comunicación.

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