Descuartiza a su esposa y la entierra en el jardín en Vigo

Parroquia de Beade, en Vigo, lugar donde ocurrió la tragedia

A mediados de la década de los noventa en Galicia se vivía un progresivo proceso de urbanización constante que estaba dejando atrás el viejo concepto de los micronúcleos rurales que habían sido a lo largo de varios siglos el común denominador de su población. A la cabeza de aquella Galicia se encontraba un ya veterano político, Manuel Fraga Iribarne, quien ya celebraba sus bodas de oro a bordo de un coche oficial, quien muy recientemente había traído al dictador cubano Fidel Castro a conocer la tierra de sus ancestros, aunque jamás consiguiese convencerle de las ventajas que supone una democracia plural.

La crónica negra gallega había dejado en aquellos años algunos trágicos episodios de los que les llevaría algún tiempo reponerse a los gallegos de la época. En 1994 se habían producido diversos acontecimientos sangrientos, algunos de gran calibre como fue el caso de la matanza de Nigrán, perpetrada por dos policías o el doble crimen de un polígono industrial lucense que sigue todavía sin resolverse. Desgraciadamente, algunos hechos trágicos se repetirían al año siguiente en diferentes puntos de Galicia, siendo el sur uno de los lugares afectados por un truculento acontecimiento que conmocionaría profundamente a todo el entorno de las Rías Baixas galegas.

El día 11 de marzo de 1995 un amigo se dirigió a la casa de Antonio Rodríguez Martínez, un joven de 26 años, que vivía con su esposa Ana Isabel Rivas, de 25 en la parroquia viguesa de Beade. Mantuvieron una breve conversación en el transcurso de la cual el primero le preguntó a su anfitrión dónde se encontraba su mujer, a lo que este último contestó que le había dado muerte. Extrañado por esta respuesta y la frialdad con la que la pronunciaba, optó por no creer su contestación, aunque pasado algún tiempo y al no ver a la joven en la vivienda comenzó a dar credibilidad a sus palabras, que -en un principio- las había tomado a broma, de muy mal gusto por cierto.

Denuncia

El amigo de Antonio Rodríguez al sentirse extrañado por la ausencia de Ana Isabel Rivas decidió acudir a la Comisaría de Policía de la ciudad olívica para denunciar el presunto asesinato. En un principio, al igual que le había sucedido a él, los agentes tampoco dieron mucho crédito a su relato. A pesar de todo, decidieron investigarlo trasladándose a la parroquia de Beade, donde supuestamente se había cometido un crimen.

Encontraron al joven en su casa y le preguntaron de forma reiterada por su esposa, dónde se encontraba. En un principio, como suele suceder en estos casos, Antonio respondió con muchas evasivas y con un relato incoherente y hasta un poco irracional, pero los agentes enseguida se dieron cuenta de que allí había sucedido algo raro. Sin embargo, ante la insistencia de los policías el joven terminaría derrumbándose y confesando la verdad de los hechos. Finalmente llevaría a los policías hasta el lugar donde había sepultado a su esposa en una maleta.

Los miembros del cuerpo nacional de Policía se verían horrorizados al contemplar con estupefacción el deplorable estado en que se hallaban los restos de Ana Isabel Rivas, quien había sido asesinada el día anterior, 10 de marzo de 1995. Además de confesar el crimen que le había costado su vida a su mujer, había profanado su cadáver, el cual presentaba una desfiguración prácticamente total de su rostro al ser rociado con algún ácido muy abrasivo. Posteriormente, su cuerpo sería trasladado a un tanatorio donde se le practicó la correspondiente autopsia, mientras que Antonio Rodríguez ingresaría en prisión provisional sin fianza.

La idea de descuartizar su cuerpo le sobrevino en el momento de darle muerte para así poder enterrar mejor el cadáver. En cuanto al hecho de que la hubiese rociado de ácido podría estar motivado por la circunstancia de intentar dificultar la labor de los investigadores en el hipotético caso de ser descubierto, aunque también podría estar motivado por el odio que sentía hacia su compañera y que incapaz de disimular.

Malos tratos

Al parecer, según comentarios de los vecinos de la parroquia de Beade, el joven criminal era muy habitual que le dispensase malos tratos a su esposa, pues se escuchaban constantemente disputas entre la pareja, aunque nadie podía imaginar un final tan trágico ni mucho menos tan macabro.

Ana Isabel Rivas era conocida en los medios policiales por las numerosas denuncias que había presentado contra su marido en la comisaría viguesa. Además, la pareja había pasado algún tiempo separada, pero después habían reiniciado una relación que terminaría volviéndose trágica.

Antonio Rodríguez Martínez sería condenado por la Audiencia Provincial de Pontevedra a 25 años de prisión por el asesinato de su esposa, además de satisfacer con diez millones de pesetas(60.000 euros actuales) a los herederos de la víctima.

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Viola y estrangula a una niña de doce años en Vigo

Parroquia de Candeán, en Vigo, donde se produjo el secuestro y asesinato de la menor

En el año 1990 comenzaba una nueva y prolongada etapa para Galicia, que coincidía con la toma de posesión como titular del Gobierno autónomo gallego de Manuel Fraga Iribarne, quien detentaría el poder durante más de tres lustros y la tierra que lo había visto nacer iría indisociablemente aparejada a su nombre en ese prolongado período en el que ejerció el poder. Se presentaba como un salvador más que como una esperanza, aunque su pueblo no precisaba salvadores sino hombres de acción que diesen el definitivo impulso a una tierra que todavía carecía de infraestructuras adecuadas y comenzaba a perder peso demográfico en el resto del Estado. Su legado esta ahí y los gallegos son sabios jueces para emitir su veredicto.

Pese a las esperanzas que se atisbaban en aquel nuevo tiempo que se iniciaba en el noroeste peninsular, a veces sucedían cosas que descorazaban a todos los gallegos, independientemente de su ideología, sexo o credo religioso. Uno de esos trágicos acontecimientos que indignaría de sobremanera a todo el país gallego -desde Ribadeo hasta Tui- ocurría en la parroquia viguesa de Candeán cuando en el recién estrenado año de 1990, concretamente el 10 de enero, una niña de tan solo doce años era violada y asesinada por un depravado que aún tardaría algún tiempo en ser detenido por las fuerzas de seguridad. El suficiente para que cometiera otras atrocidades similares, aunque sin llegar a quitar la vida a más pequeñas.

El relato de los hechos se inicia a las primeras horas de la tarde de aquel ya lejano 10 de enero cuando la pequeña Alicia Rouco Rodríguez va a cumplimentar un recado que le encarga su madre a un bar que se encontraba próximo a la vivienda en la que residía con su hermano mayor y sus progenitores. Sin embargo, la pequeña se demoraría bastante en regresar y no volvería a hacerlo ya jamás con vida. Era muy común que la niña fuese acompañada hasta el lugar al que se había dirigido, pero ese día rehusó la compañía de sus amigas, ya que contaba con encontrarse con su padre al regreso del recado.

Coche blanco

La pequeña había sido secuestrada por un individuo que conducía un vehículo de color blanco que se cruzaría tanto con el hermano de la niña como con su padre, quien pudo contemplar como su hija le hacía señas desde el asiento trasero del coche, aunque no pudo descifrar si solicitaba su ayuda o sencillamente la saludaba. Al llegar a casa y encontrarse con su esposa, en torno a las dos de la tarde, le contó los detalles y a partir de ahí se inició su intensa preocupación que posteriormente trasladarían a su vecindario para que les prestasen ayuda, ya que se habían percatado de que algo muy raro estaba ocurriendo.

La ayuda vecinal fue trascendental para localizar el cuerpo de la pequeña, ya que se movilizaron por toda la zona, peinando las extensas áreas boscosas próximas al domicilio de la pequeña. Finalmente, su cadáver sería encontrado alrededor de las tres de la tarde por un hombre que se encontraba cortando tojos en un monte próximo a A Madroa. Se encontraba desnudo de cintura para abajo, lo que era una señal indiscutible de agresión sexual, además de presentar múltiples hematomas en todo su cuerpo. La autopsia acabaría dictaminando que la pequeña murió estrangulada.

Su muerte llenó de indignación a toda Galicia y muy especialmente a la ciudad de Vigo, nada habituada a que sucediesen cosas similares. En el momento de su muerte Alicia Rouco era estudiante de sexto curso de EGB y era una niña muy querida por el resto de sus compañeros, además de ser muy sociable, ya que era frecuente que participase en muchas actividades, entre ellas formaba parte de un grupo de baile regional. En su entierro se dieron cita más de 3.000 personas procedentes que arroparon a su familia en tan trágico percance de su vida. Además, en los centros escolares de la provincia de Pontevedra se guardaría un minuto de silencio en memoria de la criatura asesinada.

Detención del asesino

A las fuerzas de seguridad se les planteó un gran quebradero de la cabeza a la hora de detener al autor del crimen, pues las pistas facilitadas por los vecinos no eran lo suficientemente concluyentes para poder proceder a su detención. Una fotografía hallada en el lugar de autos era la pista más fiable, aunque -en un principio- presentó una coartada que desconcertó a los investigadores, pues el asesino, José Luis Pazos Rodríguez, presentaría como prueba los vales del comedor de la empresa en la que trabajaba, FRIGALSA, para demostrar falsamente que a la hora de producirse el suceso se encontraba en un lugar distinto. Del mismo modo, se descartó que fuese conocido de la pequeña, pues los vecinos de Candeán aseguraban que jamás había sido el vehículo por aquel lugar con anterioridad.

Tardarían más de quince meses en poder detener al autor del crimen que le costó la vida a Alicia Rouco. La detención tendría lugar en la localidad de Redondela, muy próxima a Vigo, el día 20 mayo del año 1991 cuando el criminal se disponía a raptar a otra pequeña. La colaboración vecinal fue crucial a la hora de resolver este hecho, pues ahora si tenían datos concluyentes y definitivos en torno a la identidad del pederasta y asesino.

Al ser detenido se derrumbaría ante las fuerzas policiales y terminaría confesando la autoría del crimen que le costó la vida a Alicia Rouco. Pero su historial delictivo con criaturas pequeñas no terminaba ahí, ya que desde que había dado muerte a la pequeña de Candeán, había violado a otras cuatro, una de ellas en Pazos de Borbén y otra en Cesantes. La última, con violación y rapto incluido había tenido lugar en la localidad de Ponte Caldelas. Había fracasado en el intento de secuestro de otras tres niñas. Todo ello en el corto plazo de poco más de un año.

José Luis Pazos Rodríguez contaba 27 años en el momento de ser detenido, estaba casado y era padre de una niña de corta edad, además de no contar con ningún antecedente penal previo a su detención. Al año siguiente sería procesado. Los médicos que le examinaron descartaron que sufriese cualquier patología. Sería condenado a la pena de 58 años de cárcel por los distintos secuestros e intentos de raptos, así como por el crimen que le costó la vida a la pequeña viguesa. De la misma forma, debería satisfacer a los padres con una indemnización de 20 millones de pesetas (120.000 euros actuales), aunque resultaría declarado insolvente. Con la derogación de la «Doctrina Parot», en el año 2013, alcanzaría la libertad definitiva.

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Los GRAPO asesinan a un trabajador de Vulcano en Vigo

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Olegario Collazo fue asesinado en la Travesía de Vigo

La Transición democrática transcurría en Galicia con la más absoluta normalidad, incluso con una cierta alegría por los tranquilos aires de cambio que se estaban viviendo, que llegaban con la promesa de un futuro que, aunque incierto, todo hacía presagiar que era evidente una mejora en las condiciones de vida de los algo más de 2,7 millones de habitantes con los que contaba la tierra de Rosalía en aquel entonces. Solamente se sobresaltaban en época electoral, cuando algunos coches recorrían ciudades y villas gallegas con unos potentes y molestos altavoces solicitando el apoyo popular para una candidatura u otra. Era una de las grandes novedades del nuevo tiempo que se avecinaba, pese a que había muchas otras.

Galicia siempre ha tenido la sana fama de ser un lugar pacífico -cuando no idílico- en el que apenas suceden cosas graves, aunque, por desgracia, tampoco se libra de estar presente en las páginas de sucesos, como casi todos los lugares. El terrorismo tuvo una contada escalada en esta tierra, con algunos brotes, pero que por fortuna nunca llegaron a enraizar lo suficiente como para que se alterase la normal placidez y convivencia de los gallegos. En los años ochenta surgió un minúsculo grupo, el denominado Exército Guerrilheiro, cuya efímera existencia se saldaría con cuatro víctimas mortales y un indeterminado número de heridos. El lugar de Galicia donde más engarzaría el terrorismo fue la ciudad de Vigo, en la que -debido en parte a su actividad industrial- surgieron los autodenominados Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre(GRAPO), que llevarían a cabo algunas actividades violentas en el sur gallego y en Santiago de Compostela, principalmente, llegando a disponer en la urbe olívica de una sólida y constante infraestructura.

La primera víctima de los GRAPO en Galicia sería un humilde trabajador, Olegario Collazo Melón, empleado de la factoría Vulcano, quien moriría acribillado a balazos cuando se disponía a entrar en su utilitario a primera hora de la tarde del 9 de abril de 1979, lunes santo para más señas, jornada previa a la gran tragedia que viviría la ciudad tan solo 24 horas más tarde con el trágico y dramático accidente de Santa Cristina de la Polvorosa cuando un autocar en el que viajaban 45 niños, acompañados de sus profesores, se precipitaría a las aguas del río Órbigo a su paso por la provincia de Zamora. Y es que las desgracias nunca llegan solas.

Confusión

Si cualquier muerte violenta carece de cualquier explicación racional, en este caso adquiere dimensiones mayúsculas. Al parecer, según diversos comunicados emitidos por los terroristas posteriormente remitidos a distintos medios de información, el asesinato del trabajador de Vulcano obedeció a una dramática y macabra confusión. El objetivo de sus asesinos no era el empleado de los conocidos astilleros vigueses sino un inspector de la policía, a quien habían estado haciendo un seguimiento en fechas previas, tal y como quedaría acreditado en el juicio que se celebraría dos años más tarde en la Audiencia Nacional en Madrid.

Olegario Collazo había adquirido un coche de segunda mano que con anterioridad había sido propiedad de un funcionario del Cuerpo Superior de Policía. Los terroristas, confundidos por este impreciso dato, habían estado siguiendo al trabajador, quien se vio sorprendido a las cuatro de la tarde de aquel lunes santo cuando se dirigía desde su domicilio, sito en la Travesía de Vigo, hasta la factoría en la que prestaba sus servicios como administrativo por dos jóvenes, uno de los cuales vestía un anorak  y una gabardina clara disparándole, hasta en siete ocasiones, con una pistola del calibre nueve corto, una vez que había bajado la ventanilla de su vehículo. La víctima había sido alcanzada por la metralla en los pulmones y el corazón. Inmediatamente fue trasladado por los servicios sanitarios hasta el Hospital Xeral de la ciudad olívica en el que ingresaría cadáver, no pudiendo hacer otra cosa los médicos que confirmar su muerte.

El atentado provocaría una lógica ola de estupor e indignación en una localidad que para nada estaba habituada a este tipo de sucesos. Los trabajadores de Vulcano pararían en la jornada en la que tuvo lugar su sepelio, que constituyó una gran manifestación de duelo, en solidaridad con su compañero asesinado. La condena sería unánime desde todos los sectores de la sociedad gallega de la época, que se preparaba para vivir pacíficamente en democracia y libertad, aunque muchos pretendiesen con sus provocaciones alterar el tranquilo devenir al que siempre han aspirado y contribuido la totalidad de los gallegos.

55 años de prisión

Apenas medio año después de este asesinato, el cerebro de los GRAPO y principal inductor de este crimen, José María Sánchez Casas, sería detenido en Valencia, junto a otros miembros de la misma banda terrorista, entre los que se encontraba Isabel Aparicio, quien también había estado presente en la organización del atentado que le había costado la vida al trabajador gallego. El juicio contra estos dos terroristas, así como contra el autor material de la acción, Alfonso Rodríguez García y la también miembro del grupo violento, Carmen López Anguita se celebraría en abril de 1981 en la Audiencia Nacional en Madrid.

Los magistrados, en sus conclusiones definitivas, consideraron probado que Sánchez Casas había recibido información de otros miembros de su misma formación terrorista acerca del supuesto inspector de policía, que posteriormente no resultaría ser tal. De la misma manera también era condenado, en calidad de máximo responsable de los GRAPO, y de ordenar la muerte de Olegario Collazo a Rodríguez García, quien en aquel momento era el responsable de los comandos del grupo terrorista.

Por este crimen, José María Sánchez Casas sería condenado a 22 años de prisión, mientras que el ejecutor material del atentado, Alfonso Rodríguez debía cumplir una pena de 25 años de cárcel. Las dos mujeres detenidas serían condenas a cuatro años de prisión cada una de ellas por este mismo atentado. En total, las penas de cárcel por este suceso se elevaban a un total de 55 años de prisión, aunque Sánchez Casas acumulaba un total de 270 años de prisión por distintos hechos delictivos. Este terrorista fallecería en 1999, tras haber quedado en libertad dos años antes debido a la grave dolencia cardíaca que padecía. De la misma forma, también fallecería en la cárcel zaragozana de Zuera Isabel López Aparicio en los primeros días del mes de marzo del año 2014.

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Tres muertos en un motín en el carnaval de Vigo en 1903

carnaval

A comienzos del siglo XX la ciudad de Vigo estaba comenzando su expansión como gran urbe, aunque todavía estaba muy lejos de convertirse en la primera metrópoli gallega. Apenas tenía un censo de unos 20.000 habitantes, muy similar al que entonces contaban otras dos ciudades gallegas, Ourense y Lugo respectivamente. Sin embargo, gracias a la magnitud de su puerto, principal referente en el tráfico que se dirigía a tierras americanas, se estaban generando las circunstancias propicias para el crecimiento demográfico más vertiginoso, no solo España, sino también de toda Europa. La ciudad prometía y lo que no dejaba de ser un pueblo grande hace 120 años terminaría por convertirse en la primera urbe gallega de la actualidad.

Por aquel entonces se acercaban ya a la ciudad olívica gentes de toda Galicia, bien porque se trasladaban allende los mares u otras causas. Las fechas festivas eran un constante trasiego de personas, principalmente de localidades vecinas que se acercaban a disfrutar de los distintos eventos que tenían lugar en la urbe viguesa. Una época en el que ese constante deambular de almas era mucho más constante eran los días de Entroido, en el que eran ya miles las personas que se citaban en el centro histórico de Vigo. Esta festividad, que siempre ha gozado de una gran concurrencia, sería recordado en el año 1903 por un trágico motín que acabaría costando la vida de tres personas, a raíz de un incidente en el que se vio inmerso el jefe de la policía local viguesa, Prudencio Contreras, que no hacía en modo alguno honor a su nombre, ya que hacía escasos meses había sido cesado de su puesto por el gobernador civil, aunque sería restituido en su cargo por el nuevo alcalde vigués, su tocayo Prudencio Nanín.

Incidente con una persona disfrazada

Los desgraciados acontecimientos tuvieron lugar en la jornada del día central de las celebraciones festivas de carnaval, el 24 de febrero de 1903. Al parecer, los hechos se iniciaron a raíz de un incidente protagonizado por un miembro de la policía local que se enfrentó, desconociéndose el motivo, con una persona que iba disfrazada en la céntrica rúa viguesa del Príncipe. Un grupo de viandantes acechó al agente y se puso del lado del hombre que gozaba del carnaval, provocándose una inusual trifulca. Al tener conocimiento de los mismos, se desplazó al lugar el máximo responsable de la policía local de la época, un hombre que sacaba su sable con una facilidad pasmosa. Con el mismo provocaría graves heridas a varias personas que se habían concentrado en el lugar.

La actitud de Prudencio Contreras generaría que el incidente se multiplicase, viéndose implicados un mayor número de viandantes de los que en un principio se habían dado cita en el alboroto inicial, hasta el extremo que la grave provocación del responsable de los guardias vigueses les obligaría a estos últimos a refugiarse en sus dependencias de la casa consistorial. Al parecer, estos habían sido acechados a consecuencia de la actitud arrogante y prepotente de su jefe, quien les había ordenado de desenvainar sus sables y utilizarlos contra quienes los rodeaban.

Aquel incidente era tan solo el principio de lo que se iba a convertir en el carnaval más trágico de la historia de la ciudad olívica, ya que al tener conocimiento de lo que ocurría con los agentes municipales, recurrieron en su ayuda sus colegas de la Benemérita, quienes provistos de sus respectivos fusiles efectuarían varias descargas contra los amotinados, provocando la muerte de dos personas, entre ellos un niño, de 12 a 14 años, de nombre Cosme Martínez, que se encontraba vendiendo confeti en la zona aledaña a la plaza de la Constitución viguesa. Pero, por desgracia, no sería la única víctima de aquella aciaga tarde de Entroido, ya que también fallecería a consecuencia de los disparos un vecino de Gondomar, Rogelio Rey, quien disfrutaba de aquellas jornadas festivas. La tercera víctima fue José Lorenzo Iglesias, que fallecería a consecuencia de los sablazos recibidos por parte de la policía local. Además, según se desprende de las crónicas de la época, el capitán que estaba al mando de los guardias civiles en ningún momento ordenó disparar contra los allí congregados. A todo ello se añade que, al parecer, no efectuaron los tres disparos reglamentarios de advertencia. Al parecer, quien abrió el fuego fue un agente de la Guardia Civil al que secundarían sus compañeros.

Huelga general

El desgraciado acontecimiento provocaría la lógica rabia, frustración, indignación y consternación en la ciudad que veía como lo que prometía ser un día de fiesta se teñiría de luto. Todos los sectores se pusieron de acuerdo al unísono, incluida la primera institución viguesa, para condenar de forma unánime aquellos sangrientos acontecimientos que se reflejaban en prácticamente todos los periódicos españoles de la época. A raíz de los mismos, se suspenderían las fiestas de carnaval, entre ellos algunos bailes de piñata que estaban programados para el sábado siguiente. De la misma forma, fueron muchas las manifestaciones de solidaridad procedentes de diferentes puntos de la geografía española que recibieron las víctimas. La corporación local, además de condenar el sangriento suceso, abrió una suscripción popular para contribuir a paliar en la medida de lo posible la trágica desgracia. Además, el alcalde destituiría de su cargo a Prudencio Contreras. Si esto no fuera poco, Prudencio Nanín, titular de la alcaldía viguesa, dimitiría de su cargo, consciente de que se había equivocado gravemente al reponer en su puesto a su tocayo.

El 28 de febrero de 1903 Vigo, una ciudad que muchos años más tarde destacaría por su elevada conflictividad social debido al elevado número de trabajadores que se dan cita en su sector industrial, viviría su primera jornada de huelga general. En aquella jornada se pararía toda su actividad, que ya no era poca en aquel entonces. De la misma forma, los primeros grupos de la oposición de aquel tiempo aprovecharon el trágico incidente para hacer resonar sus primeros ecos, siendo este muy aludido en los distintos mítines y foros que se convocaban.

El hecho más significativo en la jornada de protesta por el «Martes sangriento de Carnaval», tal y como sería conocido históricamente, fue la gran manifestación que se desarrolló por las principales vías de la ciudad, con personas llegadas de otros puntos de la geografía gallega y también española. Algunos periódicos de la época reflejarían en sus páginas la «extraordinaria lección de ciudadanía» ofrecida por los vigueses, que condenaban así de forma unánime unos tristes sucesos que tan solo habían obedecido a la arrogancia de un energúmeno que, en medida alguna, estaba capacitado para mantener el orden de una ciudad que, con el devenir de los años, terminaría por convertirse en la principal urbe gallega.

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Carnavales sangrientos en Vigo

El año 1994 quizás haya pasado a la historia por ser el más sangriento de la historia reciente de la ciudad de Vigo, convertida ya por aquel entonces en la urbe más grande de Galicia y en la que residían alrededor de 300.000 almas. A todo ello se unía la explosión demográfica de la Península del Morrazo, muy próxima a la ciudad olívica, que ya superaba los 100.000 habitantes y otros que se encontraban en zonas aledañas, tal como es el caso de Ponteareas, Mos, O Porriño y Redondela que estaban experimentando un más que notable crecimiento en plena década de los noventa.

Todo ello fue el caldo de cultivo perfecto para que en sus largas noches de marcha, en la que se reunían millares de jóvenes de todo la contorna de las Rías Bajas, se diesen cita todo tipo de personas, muy especialmente en fechas que están señaladas en el calendario como muy festivas, tal es el caso de las Navidades y los Carnavales. Fue precisamente en el transcurso de esta celebración cuando se produjeron dos horribles crímenes que consternarían de sobremanera a toda Galicia, quien todavía no se había recuperado de la fatal matanza de Nigrán, acontecida apenas quince días antes.

En la madrugada del martes de Entroido, 15 de febrero de 1994, morirían dos jóvenes en circunstancias muy confusas y que le llevaría su tiempo aclarar a los investigadores. En un callejón próximo al número 21 de la calle San Francisco fue hallado el cadáver del mozo Ramón Villar Gabín, de 33 años de edad, que presentaba varias heridas de bala en la cabeza. El fallecido era un viejo conocido de la policía pues había sido detenido en diversas ocasiones por atraco y se le relacionaba con el tráfico de drogas.

Discusión

Al parecer, según el relato del último testigo que lo vio con vida, Ramón Villar y este último habían mantenido una acalorada discusión alrededor de las diez de la noche del lunes, circunstancia esta que molestaría de sobremanera a los inquilinos de uno de los edificios próximos al lugar donde estaban manteniendo en enfrentamiento. Uno de los vecinos de un inmueble probablemente habría bajado con un arma en la mano y, sin mediar palabra, habría disparado contra su víctima, huyendo posteriormente del lugar de autos. De la misma forma, este testigo también abandonaría el sitio en el que estaba la víctima tendida para buscar a un amigo de ambos que se encontraba en un bar de copas de la zona. Sorprendentemente, cuando se dirigían al lugar en el que supuestamente se encontraba el cadáver de Villar Gabín, su cuerpo ya no estaba allí, por lo que decidieron poner el hecho en conocimiento de la Policía.

Más tarde, los agentes en compañía de los dos jóvenes encontrarían el cuerpo de Ramón Villar en las inmediaciones del callejón de San Francisco. Sin embargo, según la versión de los miembros del cuerpo policial y también de algunos vecinos de la zona, los disparos se habrían producido en torno a las cuatro y media de la madrugada del martes, tras haber tenido lugar un altercado proseguido de una reyerta. La policía practicaría diversas detenciones en jornadas sucesivas de personas que se encontraban relacionadas a los bajos fondos y al trapicheo de drogas de la ciudad olívica.

Seis puñaladas

Pero no sería Ramón Villar la única víctima mortal en aquella madrugada de martes de carnaval en Vigo. Otro joven de 21 años, Victor Manuel Visval Bugarín perecería tras recibir seis puñaladas en un barrio de la zona vieja. Al parecer, este último había salido disfrazado a disfrutar de la noche viguesa, cuando cayó mortalmente herido en las inmediaciones de la Cruz Roja. Allí, una enfermera salió del dispensario con la intención de atender al herido, pero ante la gravedad que presentaban las múltiples heridas fue trasladado inmediatamente al Hospital Xeral Illas Cíes de la ciudad olívica en el que fallecería.

La sangre no cejaría de correr en aquella trágica madrugada viguesa, ya que en la calle Eduardo Chao, un joven conocido como «O fillo do cego» agrediría con un arma blanca a otro hombre de 37 años, propinándole un total de siete puñaladas e ingresando en estado muy grave en la residencia sanitaria de la ciudad.

El capítulo de sucesos de aquella desgraciada noche lo cerraría otro muchacho que también fue acuchillado en la misma madrugada, recibiendo un total de cuatro puñaladas de las que fue atendido en el mismo centro sanitario que los anteriores, si bien es cierto que este último sería dado de alta pocas horas después de su ingreso hospitalario.

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Un atracador muerto por un guarda jurado en Vigo

El año 1994 fue un ejercicio verdaderamente sangriento en Vigo y sus alrededores. En los primeros meses del año dos sucesos, uno ocurrido en Nigrán, se llevaron la vida de seis personas de forma violenta. Primero fueron sus carnavales que se saldaron con dos asesinatos, para luego seguir con la ya mítica matanza del pueblo costero en la que dos agentes de la policía le daban muerte a un empresario de la comarca y a su familia con la finalidad de hacerse con dinero para saldar sus múltiples deudas.

Sin embargo, la cosa no terminaría ahí. Por desgracia la sangre seguiría corriendo algunos meses más tarde por la ciudad olívica. Así sucedería en la mañana del 19 de septiembre de 1994. En aquella jornada dos delincuentes, que ya estaban siendo buscados por otro asalto, se dirigieron a la sucursal que el Banco Central Hispanoaméricano disponía en el barrio de A Doblada, concretamente en la calle Gregorio Espino con la finalidad de hacerse con algún botín considerable.

En la puerta de entrada se encontraron con el guardia jurado encargado de custodiar la sucursal, un joven de 33 años que respondía al nombre de Juan Manuel. Intentaron salvar este primer escollo asestándole varias cuchilladas, algunas de ellas en el abdomen, lo que provocaría la caída, prácticamente seminconsciente, al suelo del responsable de seguridad de la oficina bancaria en medio de un gran charco de sangre.

50.000 pesetas

El botín alcanzado por los ladrones era de apenas 50.000 pesetas (300 euros actuales), cantidad con la que se hicieron después de dirigirse al búnker en que se encontraba la caja de seguridad. Previamente habían amenazado al cajero y al resto de los empleados de la oficina con un cuchillo de grandes dimensiones, el mismo que les había servido para herir de cierta gravedad al guardia jurado que se encontraba en la puerta.

Con lo que no contaban los asaltantes fue con la reacción espontánea del responsable de seguridad de la oficina bancaria, quien, pese a encontrarse malherido, logró reaccionar antes de que sus agresores abandonasen el lugar del suceso. A la desesperada, logró sacar su arma reglamentaria con la que heriría de extrema gravedad a uno de los delincuentes, José Antonio Rodrigo, un hombre natural de Ourense de 30 años y que en ese momento carecía de cualquier antecedente policial, aunque ya estaba siendo buscado por un asalto cometido en los últimos días de aquel entonces.

De la misma forma, los proyectiles de su pistola alcanzarían también al delincuente que le acompañaba, un joven de 25 años y natural de Vigo, quien si contaba con numerosos antecedentes policiales y recientemente había abandonado la prisión tras haber cumplido una sentencia de cárcel. A consecuencia de las heridas de bala tendría que ingresar en el Hospital Islas Cíes de la ciudad olívica, al que llegaría ya cadáver su compañero de andanzas. Después de producirse el grave altercado, también tendría que ser ingresado en un centro sanitario el guardia jurado a causa de las heridas en el abdomen que le habían provocado sus agresores.

Cuando concluyó la patética escena, el estado que presentaba la oficina bancaria era dantesco, al contemplarse como sus paredes e instalaciones habían quedado teñidas de sangre, al igual que en su interior se podían observar también impresionantes charcos de sangre procedentes de los asaltantes a la sucursal bancaria, que permanecieron tendidos en el suelo hasta que llegaron al lugar las asistencias sanitarias.

La oficina acabó, finalmente, asemejándose más a cualquier escenario más propio de las películas policíacas norteamericanas que al de una entidad bancaria. Sin embargo, por desgracia, la realidad puede llegar a superar a la ficción. Y esta fue una de ellas.

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15 muertos en el accidente ferroviario de Rande

El año 1976 estaba siendo muy distinto a lo que habían sido los ejercicios anteriores en la España de la época. El fallecimiento del dictador había traído consigo unos aires de cambio que no dejaban indiferente a nadie. Se avecinaba la inmediata llegada de un Estado democrático que dejaría atrás aquella sempiterna e inmovilista dictadura que habían tenido a maltraer a los españoles a lo largo de 40 años. Nada iba a ser como antaño. En las Cortes Generales se estaba debatiendo el proyecto de ley para la Reforma política, en tanto que el terrorismo, principalmente de ETA, intentaba socavar los cimientos del futuro en democracia y libertad.

Pese a los prometedores avances que se anunciaban, la sociedad gallega de la época, al menos la más oriental, seguía anclada en su más pura tradición y sus tiempos más pretéritos, al menos en las formas. El campo, aunque ya había tractores, apenas se había experimentado innovación alguna de relieve y todavía continuaba escuchándose la ancestral sinfonía del carro del país en el que su eixo ponía aún una clásica nota histórica por sus caminos y corredoiras.

En materia de transporte, Galicia nunca había estado en la vanguardia del Estado español. En los primeros tiempos de la Transición democrática ni que decir tiene que todavía diversos grupos ecologistas y de la izquierda radical trataban de boicotear la Autovía del Atlántico, la única autopista que había en todo el noroeste peninsular y de la que tan solo disfrutaba el área más avanzada de la tierra gallega en aquel entonces, que, como ahora, siguen siendo las Rías Baixas.

Es precisamente en el suroeste gallego donde el ferrocarril estaba relativamente bien en relación al resto del territorio, por el que todavía traqueteaban ancestrales convoyes que parecían no conducir a ningún destino. Mientras, las comunicaciones entre Vigo, A Coruña y Santiago eran relativamente eficientes, con un gran número de viajeros que, diariamente, se desplazaban de unos lugares a otros gracias a una red de trenes regionales que comunicaban el área occidental gallega. Será uno de esos trenes que hacía el recorrido diario entre Vigo y la futura capital de Galicia el que vaya a sufrir un tremendo accidente en la tarde del 9 de septiembre de 1976, falleciendo 15 personas y resultando heridas de consideración hasta un total de 30.

Colisión violenta

El siniestro se produjo al colisionar el convoy de viajeros procedente de Santiago con una locomotora, sin que ninguno de los dos fuese advertido por los semáforos de la vía de la presencia uno del otro. El tren, en el que viajaban 120 personas, había salido instantes antes de la estación de Chapela empotrándose frontalmente contra la locomotora procedente de la factoría de Guixar, en Vigo. Como consecuencia del brutal impacto, un impresionante estruendo que se sintió en toda la Ría de Vigo, el vagón correo y otro de viajeros saltaron literalmente de la vía, precipitándose por un desnivel de 50 metros. Uno de ellos caería sobre un relleno de una factoría pesquera que la empresa Vieirasa estaba construyendo.

Las personas que perdieron la vida fueron los maquinistas de ambas locomotoras, así como los que se precipitaron por el mencionado despeñadero. En su caída este vagón también provocaría la muerte de dos obreros que estaban trabajando en las obras de Vieirasa. Entre los fallecidos se encontraba un bebé de tan solo siete meses. Un tercer vagón se montaría encima de la locomotora del convoy.

Inmediatamente después de haber acontecido el siniestro, se congregó en el lugar un gran número de personas que solicitaban información sobre sus familiares y amigos. A las consabidas escenas de dolor que se producen en estos casos, se sumaba el impactante y dantesco horror que se vivió instantes después al contemplar algunos cuerpos mutilados que habían quedado esparcidos por un amplio radio próximo al lugar del accidente.

Las causas del accidente siguen sin estar claras más de 40 años después. Al parecer el siniestro se produjo debido a la falta de coordinación en el cambio de agujas por parte del guardia encargado, quien, al parecer, no había comunicado telefónicamente que la vía principal entre Chapela y Redondela quedaba ocupaba por una locomotora que había salido de Guixar, la estación ferroviaria de Vigo, y que abandonaría en Rande la vía de los trenes para seguir luego en dirección a Ourense. Nunca estuvo claro que este fuese el auténtico motivo de este trágico episodio ferroviario, el más grande de los que han ocurrido en Galicia hasta que en 2013 se produjo el de Angrois. Esa fue la explicación oficial, que atribuyó el siniestro a un error humano, algo muy típico en la Administración española que, cuando sucede un hecho desgraciado de estas características, suele lavarse las manos como Pilatos.

 

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Doce muertos en un accidente de un autobús Madrid-Vigo

Las fiestas navideñas son una época del año que, a decir de los expertos, son muy propensas para la depresión. Es un tiempo en el que todo el mundo se recuerda especialmente de aquellos que otrora compartían esa celebración en familia y que ya no se encuentran entre nosotros. De todos es sabido que se multiplican esos ya clásicos mensajes de paz y amor por doquier, a los que se suman muchos otros expresando sus mejores deseos algunas conocidas empresas y marcas comerciales que, en los tiempos actuales, divulgan de una forma mucho más lúdica a través de los dispositivos electrónicos que ya son tan comunes en nuestros días.

También en los días finales del año y en los primeros del nuevo que se avecina, los distintos medios de comunicación, en sus diferentes soportes, nos recuerdan una y otra vez los acontecimientos que han sucedido a lo largo del período que concluye. Ante todo, recuerdan los instantes más dramáticos y crueles que han ocurrido a lo largo de esos 365 últimos días. Cuanto más sangrientos, mucho mejor. Si a todo ello se les añaden los no menos clásicos niños del África Subsahariana que fallecen a causa de las enfermedades y la desnutrición, entonces el reportaje en cuestión alcanza un mayor nivel de morbo, tal vez invitando al lector, oyente o telespectador a que valore su actual situación y no caiga en eses megaconsumismo al que invita la Navidad. Pero, esas cosas, los niños desnutridos, además de ser tan tradicionales como el mismo turrón y el champán, pasan muy lejos. Por si fuera poco, quien consume esas imágenes poco o nada puede hacer, aparte de no ser esa su cultura.

El verdadero trauma en época navideña surge cuando la tragedia se produce en nuestro entorno y nuestras narices. Entonces nos damos cuenta de que cerca está de nosotros el drama. Repentinamente nos viene la consciencia de que no somos ajenos a ello y cualquier persona podría ser el protagonista principal de cualquier dramático suceso que ocurra tanto en fechas navideñas como en cualquier otra del año. Aunque, parece que nos duele mucho más en ese tiempo en el que todo el mundo se deshace en expresiones de felicidad, paz, amor y buenos deseos para con sus semejantes, aguardando que el año nuevo nos depare la ventura que nos negó el que está a punto de despedirse.

Precisamente en la Navidad del año 1990 la tragedia se cebó con un autobús que cubría la línea Madrid-Vigo, falleciendo 12 personas y resultando heridas de gravedad un total de 26. El siniestro, como si de una broma macabra del destino se tratase, se produjo el 28 de diciembre de aquel año, festividad de los inocentes. Pero, por desgracia, no se trataba de una broma de mal gusto ni tampoco de una inocentada, tan frecuentes en una jornada como esa. Era una triste realidad para doce personas que habían perdido la vida cuando se disponían a desplazarse desde Madrid hasta Vigo para disfrutar del fin de año, que, por la fatalidad del destino, no podrían gozar jamás al perder su vida en el asfalto.

Exceso de velocidad

El autocar, en el que viajaban 37 personas, había salido de la vieja Estación Sur de autobuses de la capital de España a las nueve de la mañana de aquella aciaga jornada de invierno. Al parecer, el autobús, que tan solo tenía seis meses de antigüedad y que todavía lucía la matrícula de prueba, llevaba escaso tiempo transitando por las zonas de salida de la capital de España y se disponía a incorporarse a la M-30 cuando tomó una curva de incorporación a 80 kilómetros por hora a la altura de Puerta de Hierro, a lo que se sumaba que la sinuosidad carecía de peralte y estaba mal señalizada. El conductor del vehículo, que era un conocedor del trayecto, quiso evitar el accidente y frenó dejando impresa la huella de las ruedas en un tramo de unos cien metros, pero sin conseguirlo. Finalmente, el autobús impactaría contra un enorme poste de hormigón situado sobre un talud de tierra que sostenía unos carteles indicativos de otras localidades de Madrid. A consecuencia del tremendo impacto, el autocar terminaría volcando. Los viajeros que más directamente sufrieron las consecuencias del choque fueron los que iban situados en las primeras filas del autocar, reservada antaño a no fumadores. Algunas personas que iban a bordo saldrían despedidos a raíz del fortísimo golpe recibido por el vehículo, además de arrancar alguna filas de asientos.

Inmediatamente tras el terrible siniestro se desplazaron dotaciones de distintos equipos de auxilio al lugar donde se había producido tan trágico accidente, entre ellos los bomberos, grupos de la Policía Nacional y también sanitarios. Para excarcelar a quienes habían quedado atrapados en aquel amasijo mortal de hierros, los bomberos de Madrid se vieron obligados a cortar la techumbre del autocar, rescatando, en un primer momento, a ocho cadáveres que serían posteriormente depositados sobre el asfalto de la calzada a la espera que la autoridad judicial diese la oportuna orden de trasladarlos al Instituto Anatómico Forense de la capital de España.

Ocho viajeros, cuyos cuerpos fueron los primeros en ser rescatados, fallecieron prácticamente en el acto, en tanto que otros cuatro morirían cuando eran trasladados a los centros sanitarios o bien al poco tiempo de ingresar en los mismos. Los hospitales madrileños de Puerta de Hierra y Clínico Universitario San Carlos fueron los dos principales sanatorios que recibieron a la mayoría de las víctimas. En este último fallecería una mujer que también había perdido a otra hermana en el mismo siniestro.

Autocar de refuerzo

El autocar siniestrado, que había sido adquirido recientemente, pertenecía a la empresa Monforte y estaba haciendo su servicio de refuerzo que le había subarrendado la concesionaria del habitual servicio Madrid-Vigo, ETNACAR, debido a la gran cantidad de viajeros que demandaban sus prestaciones. A todo ello se sumaba que el conductor era un experto conocedor del tramo en el que se produjo el siniestro, pues ya había efectuado en otras ocasiones el mismo recorrido.

El suceso, como no podía ser de otra forma, provocó una gran consternación y abatimiento en la ciudad de Vigo, así como en el resto de Galicia, desde donde se enviarían muchas muestras de cariño y afecto a familiares y amigos de todas aquellas personas que habían perdido la vida en tan dramático suceso que, definitivamente, empañaría aquellas primeras fiestas del último decenio del segundo milenio a todos los gallegos. No era para menos.

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Dos muertos por bombas en chalets de Pontevedra

Imagen de los fallecidos en su chalet de Pontevedra

A comienzos del nuevo milenio Galicia había dejado de ser el territorio atávico que falsamente habían dibujado algunas crónicas de medios foráneos. Nada recordaba al viejo territorio del que antaño huían sus hijos encaminados hacia supuestos paraísos en los que supuestamente les aguardaba una vida feliz y próspera, aunque finalmente una gran parte de ellos solamente lograban sobrevivir. Y muchas veces, ni eso. Tal y como les había ocurrido a una buena parte de los que se dejaron su piel y también su vida en los derrotados países del nuevo mundo.

En el país gallego de comienzos del siglo XXI se vivía francamente bien. O al menos eso pensaban muchos de sus habitantes, con Manuel Fraga Iribarne al frente, convertido en un casi eterno patrón paternal para muchos gallegos de la época. Sin embargo, en aquella tierra pasaban cosas. Algunas buenas y otras malas. Uno de esos años en el que se sucedieron distintos acontecimientos de triste rememoranza para muchos gallegos fue el año 2002, el del famoso y desgraciado «Prestige», aquel petrolero de bandera de conveniencia que soltó su carga al embarracar frente a las costas gallegas ocasionando una terrible catástrofe de dimensiones desconocidas, siendo los principales damnificados los muchos hombres y mujeres que vivían exclusivamente del mar.

Precisamente, en la misma época en la que el famoso buque provocó la triste marea negra que traería una consecuencias fatales para los gallegos se producirían dos atentados o explosiones que jamás se supo quien había sido su autor real, pese a que se detuvo a tres personas una semana después de las explosiones que dieron como resultado la muerte de un matrimonio y heridas a otras dos personas en el extrarradio de la ciudad de Vigo. Las explosiones tuvieron lugar a primeras horas de la mañana del día 5 de noviembre de 2002.

Matrimonio asesinado

En el barrio vigués de Cabral el matrimonio formado por Vicente Lemos Haya, de 51 años y su esposa, Rosa Gil se vio sorprendido al encontrar una bolsa negra en la verja de entrada de su chalet en torno a las nueve y cuarto de la mañana. El envoltorio también sorprendió a una vecina que pasaba por el lugar, aunque sin darle mayor importancia. La pareja, que se dirigía a la casa de los padres de la mujer, decidió examinar lo que había en la colgadura que, al descolgarla, provocaría una potente deflagración que terminaría con la vida de ambos. El era uno de los jefes de producción de la factoría de Pescanova en la ciudad de Vigo, en tanto que ella era ama de casa.

Al escuchar la potente detonación, los vecinos de viviendas contiguas salieron a la calle alarmados, pensando que se trataría de una explosión de gas. Desgraciadamente, era mucho más que el simple estallido de una bombona, ya que se encontraron de súbito con los dos cadáveres de la pareja formada por Vicente y Rosa en el suelo. Su automóvil, un SEAT 600, todavía se encontraba encendido.

Los vecinos de las víctimas se sintieron muy desconcertados por esta gran tragedia que nadie sabía a que podía deberse, pues se trataba de una pareja prácticamente anónima, que tenía un único hijo de 21 años, que estaba cursando sus estudios universitarios en la ciudad de Santiago de Compostela.

Padre e hijo heridos

En el mismo barrio donde se registró la anterior explosión, algo más de una hora antes, a las ocho de la mañana se produjo otra detonación que provocaría heridas de cierta consideración a Luis Ferreira Pérez, de 43 años de edad, apoderado de una sucursal bancaria en la ciudad de Vigo y a su hijo Óscar, de doce. La detonación le provocaría un traumatismo en el abdomen con estallido intestinal y una herida en la córnea del ojo izquierdo. A su padre las heridas le afectarían a las piernas, fracturándole la tibia izquierda. Ambos serían ingresados en el hospital Meixoeiro de la ciudad olivíca.

Como consecuencia del resultado de la explosión, la esposa y madre de los heridos sufrió un ataque de nervios, del que tendría que se atendida en el mismo centro sanitario en que fueron ingresados su marido e hijo.

Las familias que sufrieron ambos atentados residían en la periferia de la ciudad olívica, sin tener ninguna relación aparente entre ellos, pese a que las bombas explotaron en la misma jornada y estaban compuestas de un material similar. Las mismas estaban compuestas de pólvora prensada, hechas de una forma muy rudimentarias, pero preparadas para hacer el mayor daño posible. En el interior de cada una de las dos bolsas, envuelto en papeles de periódico, había un tubo de unos 30 centímetros de longitud relleno con trozos de hormigón y piezas de hierro para que actuasen como metralla con la finalidad de hacer el mayor daño posible. Los tubos se accionaban con un sistema de detonación, listo para el primer movimiento. Se supone que ambos explosivos fueron colocados en la noche anterior a hacer su detonación.

Impunidad

Apenas dos semanas más tardes fueron detenidos tres jóvenes como presuntos autores de las explosiones que habían provocado la muerte de un matrimonio y heridas graves a otras dos personas, entre ellas un niño. Sin embargo, dos de ellos serían puestos en libertad tras prestar declaración ante la jueza titular del juzgado de instrucción número dos de Redondela Carmen Novoa Santos.

Solamente uno de los detenidos F.R,G., permanecería en prisión durante algún tiempo, concretamente entre el 13 de noviembre de 2002 y el 21 de noviembre de 2003. Sería puesto en libertad tras abonar una fianza de 3.000 euros. Esta misma persona solicitaría de la Justicia una indemnización de 58.100 euros por el tiempo en que estuvo en prisión en concepto de daños morales y perjuicios ocasionados por el tiempo que permaneció privado de libertad. Sin embargo, su reclamación no fue atendida por los tribunales, al estimar que no se trataba de un sobreseimiento libre.

Pese a que han transcurrido casi 17 años desde que se cometieron estos horrendos atentados, jamás se ha vuelto a detener a ninguna persona que se sospechase alguna relación con este suceso que costó la vida a dos personas. La policía siempre sostuvo que ambas explosiones habían sido obra de la misma persona, pese a que ambas familias no guardaban ninguna relación aparente entre si. De la misma forma, siempre se ha descartado la hipótesis de que se tratase de un atentado terrorista por la escasa relevancia social que gozaban las víctimas.

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El asesinato de Antonio Alfageme

En el año 1974 todavía eran muchos los gallegos que probaban fortuna lejos de su tierra, ya que esta seguía siendo un territorio esquivo a la suerte y al emprendimiento de algunas iniciativas que les permitiesen prosperar. Se esperaba con espasmódica y tensa calma el fin de un régimen que parecía inminente, aunque se demoraría casi dos años, los mismos que le quedaban del vida al viejo dictador. El sistema político estaba ya muy corrompido y su descomposición parecía ser inminente, principalmente desde que fuera liquidado en un atentado terrorista que se atribuyó a ETA el almirante Luis Carrero Blanco, que había sido asesinado cuando estaba a punto de concluir el año 1973.

Galicia continuaba siendo esa tierra atávica y ancestral que todavía seguía siendo retratada como un territorio peculiar y desconocido, en el que aún se escuchaban, aunque cada vez menos, los eternos cuentos de meigas, trasnos y tangaraños. De la misma forma, muchos gallegos de la época, principalmente en la provincia de Lugo, seguían trabajando de una manera tradicional en la que no daban por desaparecido a los viejos arado romano y el carro del país que, a lo largo de caminos y corredoiras, seguían entonando su no menos ancestral sintonía en la que su eje, escasamente engrasado, seguía siendo el gran protagonista.

Pero pese a que seguía siendo un territorio inmóvil y a veces podría decirse que aletargado, por su negativa a renovarse, era una tierra en la que sucedían cosas. Algunas eran buenas, y otras no tanto. Tampoco era el inquilino de El Pardo el único protagonista de aquella eterna Galicia, que tan solo un lustro antes había gozado de la gesta del Pontevedra CF en la máxima categoría del fútbol estatal al ya clásico grito de Hai que roelo!

Aquella primavera del año 1974 estaba siendo convulsa. Los motivos de esa convulsión los podemos encontrar en la ejecución de Salvador Puig Antich, quien había padecido una verdadera degolladura a consecuencia de la impericia del verdugo que le tocó en desgracia. Pero en Galicia se produciría un hecho singular que alteraría la tranquila convivencia de sus habitantes. En Vigo aparecía asesinado en la tarde-noche del 20 de abril de 1974 en el despacho de su oficina el empresario conservero, Antonio Alfageme del Busto, de 57 años de edad, y que, además de dirigir su puntera sociedad, era presidente de la Unión de Fabricantes de Conservas de Galicia, siendo toda una autoridad en su tierra en aquella época.

Un familiar de la víctima, Fernando García del Valle, ingeniero naval de profesión y yerno de Antonio Alfageme, daría la voz de alarma en torno a su desaparición, ya que su suegro se estaba demorando en regresar a su domicilio para cenar. Esta misma persona de su círculo más íntimo lo encontraría tendido en el suelo de la oficina en medio de un gran charco de sangre. Su asesino se había ensañado con su víctima, pues presentaba un gran número de cortes y puñadas hechas con algún objeto punzante que bien pudiera ser una navaja o un arma semejante.

Confusión

La muerte de Antonio Alfageme del Busto provocó la lógica consternación en su ciudad, Vigo, donde, además de ser un personaje muy popular y conocido, gozaba del aprecio de gran parte de sus paisanos. Cuando los investigadores hicieron sus primeras pesquisas se centraron en diversas pistas, algunas de las cuales podían apuntar a algunos empresarios de su mismo sector o por algún ajuste de cuentas. Sin embargo, había un hecho que parecía dar algo de luz en el asunto, el ensañamiento que había provocado en su víctima revelaba que se escondía alguna otra cuestión de tipo personal en la que estuviese involucrado el conocido empresario gallego.

Durante varias jornadas se sucedieron los interrogatorios a distintas personas de la ciudad, entre ellos al también empresario Francisco Rodríguez Rodríguez, propietario de la empresa de la distribución del butano de la ciudad de Vigo. Aunque resultó detenido en un primer momento, posteriormente sería puesto en libertad, al no encajar algunas de las piezas del impresionante rompecabezas ante el que se hallaban los investigadores policiales.

La principal clave del crimen que conmocionó a la sociedad gallega de entonces, la daría un cuaderno privado de notas de la víctima en el que se anotaban muchos teléfonos, entre ellos hasta los de siete señoritas, aunque para desvelar a quien correspondían debieron hacer encajes de bolillos, pues sus nombres estaban escritos en clave. Finalmente, la nómina de las investigadas se redujo a cuatro.

Entre esas investigadas se encontraba la esposa del propietario de la empresa dedicada a la distribución del butano en la ciudad olívica, María Cristina Pérez de Diego, una bella y distinguida dama de la alta sociedad de la ciudad del sur de Galicia de 42 años de edad, quien había sido condenada por adulterio. Esta fue la pista principal que siguió la policía, que le llevaría hasta su viejo conocido Francisco Rodríguez, quien sería detenido casi tres semanas después de haberse cometido el crimen. Para ser más exactos, su detención se produjo el 10 de mayo de 1974. La contemplación de una silueta con una chaqueta de color rojo en las inmediaciones de la oficina de Alfageme el día de autos fue clave también en su detención, pues esa prenda era la que habitualmente empleaba el industrial conservero en su despacho. El empresario del butano de la ciudad olívica confesaría ante los agentes de la comisaría viguesa el asesinato. Se comentaba entre personas de su círculo más próximo el hecho de que, pese a haber cometido un crimen y a estar en la lista de los sospechosos, hacía una vida completamente normal como si nada hubiese ocurrido y el asunto no fuese con él.

Estilete abrecartas

Tras confesarse autor del crimen, Francisco Rodríguez relataría ante las autoridades que detrás del sangriento suceso se hallaba una cuestión de carácter sentimental, pues su esposa se había convertido en la amante de Alfageme. Además, confesaría también que recibía cartas anónimas, escritas a máquina, en las que se le indicaba que su mujer se traía un lío de faldas con el conocido conservero. Estas mismas misivas resultaron también una clave para resolver el asunto, pues la letra de las mismas se correspondía con las de una máquina de escribir que Antonio Alfageme poseía en su propio despacho.

Previamente, Francisco Rodríguez había encargado a un detective privado el seguimiento de su esposa. Así era conocedor de prácticamente todos los detalles sobre su vida. Entre estos figuraba una cita en una pensión de Vigo, situada en la calle Alfonso XIII el 20 de abril de 1974. De la misma vio salir al presidente de los conserveros gallegos, mientras que tan solo unos momentos después saldría su esposa. Posteriormente, Francisco se dirigiría al garaje de su casa de donde tomó un desmontable, que guardó en el bolsillo del pantalón. Este era un aparato para sacar y poner las arandelas de los vehículos.

Provisto de lo que supuestamente precisaba, se dirigió a la calle Felipe Sánchez, donde se emplazaba el despacho de su víctima, a quien la abordó en el momento en que esta la abandonaba. En un principio le propinó un empujón así como una patada en el bajo vientre, lo que provocaría que Alfageme cayese de rodillas al suelo, donde continuaría golpeándole de forma insistente con el desmontable, provocándole una primera conmoción.

Tras la primera agresión, Francisco Rodríguez se dirigió a los lavabos con la intención de asearse, pero vio como la víctima trataba de alcanzar la puerta arrastrándose por el suelo, por lo que proseguiría agrendiéndole con mucha mas saña. Ahora utilizaría un estilete de abrir cartas o posiblemente una navaja, con la que le propinaría hasta un total de 13 puñaladas en el cuello que acabarían con la vida de Antonio Alfageme. Tras cometer el crimen, el propietario de la empresa de combustibles se dirigió al muelle de Vigo, donde arrojaría al mar el arma utilizada en la comisión del asesinato. Esa misma noche, cuando regresó a su domicilio, después de cenar se iría al cine con su esposa.

Condena

El 10 de junio de 1975 se celebraría el juicio por el crimen que costó la vida a Antonio Alfageme en la Audiencia Provincial de Pontevedra, presidiendo el tribunal el magistrado Mariano Rajoy Sobredo. En un principio se pedían 15 años de cárcel para Francisco Rodríguez, así como una indemnización de un millón de pesetas para los herederos de la víctima. Los encargados de juzgar este controvertido y rocambolesco caso tuvieron en cuenta distintas atenuantes que se derivaban de los informes elaborados por los peritos y psiquiatras que se encargaron de juzgar ese suceso. Así, según los forenses, el acusado presentaba una «personalidad inmadura», a lo que se añadía un «bajísimo nivel de angustia», además de calificarlo como un «psiconeurótico de carácter patológico» lo que significaba un «defecto en la formación de la personalidad», siendo inconsciente de sus actos en el momento de cometer la agresión mortal sobre Alfageme. A ello se añadía la negativa de la víctima a hablar con el agresor en el momento previo a cometer el crimen, lo que desencadenó su furibunda reacción, sufriendo en ese momento un trastorno mental de carácter transitorio.

Francisco Rodríguez Rodríguez sería condenado en sentencia firme a la pena de ocho años de prisión mayor, así como al pago de una indemnización cifrada en 900.000 pesetas a los herederos del empresario conservero vigués. Se tuvieron en cuenta las atenuantes presentadas por su abogado defensor, indicando que el agresor había actuado de «forma obcecada» en el momento de asesinar a Antonio Alfageme. A todo ello se añadía los antecedentes que presentaba su esposa, quien, como ya se ha indicado, había sido condenada por adulterio.

En aquel tiempo, hace ya 45 años, se pretendió relacionar este crimen con el famoso «caso Reace», un escándalo motivado por la desaparición de más de cuatro millones de kilos de aceite en el año 1972 de su factoría, ubicada en el municipio de Redondela, muy próximo a Vigo. El aceite desaparecido pertenecía a la Comisaría General de Abastecimientos y estaba valorado en casi 170 millones de pesetas (más de un millón de euros actuales). En torno a este escándalo se producirían distintas muertes en muy poco tiempo, relacionándose el deceso de Alfageme con otros similares acontecidos en aquella época. De la empresa Reace, propietaria de la factoría de la que había desaparecido el aceite, formaba parte de su consejo de administración Nicolás Franco Bahamonde, hermano del entonces Jefe del Estado, Francisco Franco, aspecto este que aumentaba el interés público por tan dramático asunto.

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