43 «guardias de Franco» ahogados en la Ría de Vigo

Isla de San Simón, lugar donde se produjo la tragedia

La Posguerra estaba siendo demasiado cruda para muchos españoles de la época, que se alargaba demasiado. A los gallegos tampoco les iba muy bien, por no decir que se encontraban francamente mal o muy mal. Las restricciones continuaban siendo muy severas para una tierra en la que la única esperanza que les aguardaba a muchos de sus habitantes era emigrar. Más pronto o más tarde. A Galicia solo le quedaba «presumir» de jefe de Estado, pero con eso no se apaciguaba ni el hambre ni las constantes necesidades que se sufrían en una tierra que no terminaba de arrancar. Aún así, salía de forma constante en los noticiarios oficiales de la época, aunque nunca para informar de como se vivía o cuales eran sus problemas más acuciantes. El principal protagonista de las noticias era siempre el mismo, el eterno general que casi siempre salía con su caña pescando el salmón más enorme que había en la ría del Eo, dando la impresión que más que un pez de río, lo que había capturado era un cachalote.

En la Galicia de la época fueron habituales las convivencias y campamentos de diversas entidades forjadas al albur de aquel nuevo estado, que de nuevo no tenía nada. Era tan solo una vieja reminiscencia medieval que únicamente había transformado la denominación de su ancestral fachada. Aunque, a veces, ni siquiera eso. Era frecuente que a la esquina verde peninsular se acercasen grupos de Educación y Descanso, la Sección Femenina de Falange, los Flechas y Pelayos y otras organizaciones paramilitares de la época, quienes siempre aparecían en aire marcial, tratando de dar un aspecto omnímodo a muchas de las situaciones en las que aparecían, retratando un territorio idílico y paridisíaco que distaba mucho de las imágenes que se proyectaban por todos los cinematógrafos de la geografía española.

Uno de los grupos que desempeñaba una fecunda labor en pro de la divulgación de los muchos beneficios que aportaba el vetusto régimen era la conocida como «Guardia de Franco», una organización paramilitar que se distinguiría a lo largo de toda su historia por su carácter inmovilista y reaccionario, basado en una doctrina extremadamente tradicionalista y refractaria. Aunque había nacido como una milicia de partido, nunca había llegado a actuar como tal. Sería una de las organizaciones que con más frecuencia se daría cita en tierras gallegas a lo largo de su historia, si bien es cierto que su actividad decaería muchísimo a partir de la década de los años sesenta del pasado siglo.

Uno de los lugares elegidos para realizar sus convivencias y retiros era la isla de San Simón, lugar emblemático y de gran significación histórica, aunque por razones bien distintas a las que acudían la organización paramilitar franquista. El diminuto territorio insular había servido hasta bien entrados los años cuarenta del pasado siglo como cárcel y campo de concentración en el que se cometieron los mayores abusos y atrocidades jamás imaginados.

Partido de fútbol

Aquellos jóvenes que perecieron en aguas de la ría de Vigo, un total de 43, el 22 de agosto de 1950 habían acudido a la isla, no precisamente a conocer su historia ni el macabro y trágico destino de los muchos que allí perecieron, sino a disfrutar de sus vacaciones. En el día de la tragedia, los muchachos se desplazaban a Redondela a disputar un partido de fútbol. Para trasladarse utilizaron una pequeña embarcación motora que habían alquilado, cuyo nombre era «A Monchiña». A bordo de ella iban un total de 60 personas. Aquella jornada en la que se produjo la tragedia las aguas de la ría estaban completamente tranquilas y el día era muy soleado, no pudiendo prever casi nadie que en aquel mar se iba a producir una catástrofe de las dimensiones que terminaría ocurriendo.

La fatalidad tuvo su origen en la caída al agua de uno de los integrantes de aquel numeroso grupo que se había trasladado a San Simón. Inmediatamente la precipitación se apoderaría del resto de compañeros que, por inercia, se desplazaron todos hacia el mismo lugar a socorrerlo. Esto último provocaría que la embarcación, debido a su pequeño tamaño, se descompensase, volcando y precipitándose al agua una gran parte de quienes iban a bordo. Algunos de los pasajeros se salvaron al agarrarse a la quilla de la lancha. De hecho, muchos de los fallecidos se encontrarían fuertemente asidos a las bordas de la embarcación. Solamente tres fueron hallados en el interior de la cabina.

Una de las causas que contribuyó de forma decisiva a magnificar la tragedia fue el hecho de que muchos de los que viajaban en la lancha no sabían nadar, siendo muy pocos los que alcanzaron a nado la orilla de la playa de Cesantes. Una vez más, fue también muy importante la labor desempeñada por marineros y gentes próximas al lugar del suceso, que contribuirían a salvar bastantes vidas. Entre estos héroes anónimos figuraba un niño.

La fatalidad fue una de las principales aliadas de este desgraciado acontecimiento, ya que al buen tiempo reinante en pleno mes de agosto, se unía el escaso calado de la ría en el lugar dónde se produjo el siniestro, tan solo unos cuatro metros de profundidad. Aún así, en un primer momento solo fueron recuperados diez cadáveres. No sería hasta la llegada de los buzos cuando se pudo rescatar a los 29 cuerpos restantes.

La tragedia conmocionaría especialmente a toda la comarca, pues nadie se podía imaginar que con condiciones climáticas favorables y con el mar calmo se pudiese originar la mayor tragedia ocurrida en la Ría de Vigo a lo largo de todo el siglo XX. Y es que como dicen algunos: San Simón es una isla maldita. Razón no les falta.

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Entierran viva a su hija de siete meses en Vigo

En el año 1992 se sucedieron una serie de acontecimientos en Galicia que conmocionaron y marcaron de forma extraordinaria a la sociedad gallega de la época. Lo peor de todo es que las tres víctimas de esos macabros sucesos eran niños de muy corta edad, en un caso un bebé de siete meses. En los otros dos, un niño sería estrangulado por una vecina suya en A Coruña, mientras que un depravado violaba y asesinaba de una manera horripilante a una niña de nueve años en la localidad lucense de Vilalba.

Uno de estos macabros acontecimientos sucedió en Vigo el 29 de febrero del año 1992, concretamente en su populoso barrio de Santo Tomé de Freixeiro. En esa fecha, unos jóvenes padres, que habían contraído matrimonio recientemente por aquel entonces, decidieron deshacerse de su hija de siete meses, Cristina, enterrándola viva, tras una ardua y acalorada discusión en torno a la paternidad de la pequeña. Los progenitores de la criatura, Pedro Alexandro Pereira da Silva, un ciudadano portugués de 19 años de edad, y María Magdalena Martínez Rey, de 20 años y que en ese momento se encontraba embarazada de cinco meses, tomaron esta decisión tras negar el padre de forma reiterada que la criatura fuese hija suya.

En un principio, al parecer, Pedro Alexandro había intentado asfixiar con sus propias manos a la niña cuando se encontraba en su cuna. Pero, antes de que falleciese decidieron introducirla en un envoltorio formado básicamente por plásticos para luego introducirla en un agujero de tierra, sin llegar a taparlo del todo, pues cuando los investigadores encontraron el cuerpo de la pequeña todavía le sobresalía una pierna. Además, los forenses pudieron constatar que todavía se encontraba viva en el momento de ser sepultada, pues le encontraron restos de tierra en la tráquea.

Frialdad

Después de haber enterrado a su propia hija, los dos asesinos mostraron una frialdad que sorprendería enormemente a su vecindario, pues les dijeron en reiteradas ocasiones que les había desaparecido Cristina mientras bajaron a depositar basura en los cubos destinados a este efecto. La misma versión narrarían en la Comisaría de Policía de Vigo cuando fueron a presentar la oportuna denuncia de desaparición, aunque muy pronto empezaron a levantar sospechas.

De la misma manera, a mediodía del domingo, primero de marzo, estuvieron tranquilamente tomando el aperitivo. En el transcurso de este clásico ritual, el padre de la niña fue duramente reprendido por su suegra por la frialdad que estaba demostrando. Al parecer, esta última le habría agredido con su bolso y los zapatos por encontrarse tan tranquilos mientras se desconocía el paradero de la pequeña.

A pesar de que el cerco se estrechaba ya demasiado, se seguirían enrocando en su postura de la desaparición en la jornada del domingo en sus declaraciones ante el comisario de policía de Vigo, quien, en un momento dado, detectó ciertas contradicciones en las declaraciones de los padres, por lo que decidió pasar a la ofensiva. El entonces responsable de la policía de la ciudad olívica, Luis Manuel García Mañá, observó que el padre de la criatura se comenzaba a encontrar cansado, nervioso y desconcertado, por lo que decidió interrogarle a el solo. En ese momento fue cuando Pedro Alexandro Pereira da Silva se derrumbó y contó todo lo sucedido, así como el lugar donde se encontraba enterrado el cuerpo de la pequeña.

Persona clave

La persona clave y a quien la madre de María Magdalena Martínez consideraba la responsable intelectual del crimen, era a su consuegra, la ciudadana portuguesa María Amelia da Silva, pues al parecer esta había sembrado la sombra de la duda sobre la posible paternidad de su hijo sobre la recién nacida. Además, la súbdita lusa también habría intentado coaccionar a su nuera para que abortase en el país vecino, aunque a última hora se habría negado. A todo esto se añadía, según el relato de María Magdalena Martínez, su suegra le habría sustraído 20.000 pesetas (120 euros) en el transcurso de su viaje a Portugal.

El suceso consternaría de sobremanera a la ciudad de Vigo, y muy especialmente al barrio de San Tomé de Freixeiro, pues nadie daba crédito a que se hubiese producido en aquel lugar un hecho tan macabro. La indignación vecinal se fue incrementando notoriamente a medida que se iban conociendo más detalles y pormenores en torno al truculento caso. De hecho, el funeral por la pequeña, además de constituir una gran manifestación de duelo, sirvió también para calibrar la indignación de toda la barriada contra los autores de la muerte de la pequeña, que serían ingresados en las prisiones de Vigo y Ourense respectivamente.

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Seis muertos en el accidente del ferrobús Vigo-Santiago

El verano de 1975 estaba siendo un tanto atípico en la triste España de la década de los setenta. Se sucedían rumores acerca del estado de salud del dictador, a quién irónica y sarcásticamente se le llamaba ya «el recluta rebelde» porque se negaba a entrar en caja. Para quienes desconozcan a que se refería la famosa caja de la retranca, recordarles que los mozos jóvenes que tenían que incoporarse a cumplir sus obligaciones militares habían de dirigirse, previamente, a las desaparecidas Cajas de Reclutas para conocer el destino que les había tocado en suerte para cumplir el siempre indeseado servicio militar.

Independientemente de todo ello, lo cierto es que aquel año, en el que cambiaría radicalmente el destino de España, el país era un estado anodino que se había acostumbrado a un régimen anquilosado a unas remotas circunstancias de un pasado que a los más jóvenes les quedaban ya muy lejanas, por non decir que les eran totalmente ajenas. Todo el mundo daba ya por hecho que el anterior sistema estaba abocado a un inmediato final puramente biológico que no tardaría en llegar. Aún así, daría temibles zarpazos en sus últimos estertores fusilando a seis jóvenes opositores, entre ellos un muchacho gallego Humberto Baena quien, sencillamente, era un inocente a quien jamás pudieron comprobar que hubiese perpetrado algún delito de terrorismo. Sin embargo, al dictador no le tembló el pulso en firmar el «enterado» en el momento de sancionar su pena capital, a pesar de que padecía una avanzada enfermedad de Parkinson.

En ese ambiente seguía imperando una férrea censura en todo lo concerniente a cualquier aspecto que pudiese dañar la imagen de un sistema decaído y decadente. En Galicia se vivió una inefable prueba de esto último el 13 de agosto de 1975, para colmo 49 cumpleaños del dictador Castro, de ascendencia gallega. En la tarde de ese día, como era habitual, un ferrobús, que cubría el trayecto entre la ciudad de Vigo y Santiago de Compostela, sufriría un fatal accidente en el que morirían trágicamente seis personas, despertando la atención de buena parte de muchos gallegos quienes, en la parte oriental de su territorio, se dedicaban a recoger el trigo y preparar las habituales mallas, un ritual que terminaría desapareciendo poco más de una década más tarde.

Vagones empotrados

El siniestro se produjo a tan solo tres kilómetros de Vilagarcía de Arousa, en el trecho viario que une su estación con la del vecino municipio de Catoira. Al parecer, la causa principal del accidente se debió a que el convoy, formado por cuatro vagones, el que marchaba en tercer lugar acometió por detrás al segundo y este se empotraría contra un muro de hormigón. La peor parte se la llevaron las personas que viajaban en la segunda unidad del transporte articulado, ya que fueron las que más directamente sufrieron las consecuencias del fatal impacto.

En la zona del suceso se vivieron momentos de gran angustia, confusión y un pavor generalizado se apoderó de las muchas personas que viajaban en el convoy, un total de 200 según una nota de prensa que facilitaría RENFE a los medios informativos de la época, muy escueta, por otra parte. A diferencia de lo que sucede hoy en día, los medios de auxilio a viajeros, eran muy deficientes por no decir que prácticamente inexistentes. El primero en acudir en su ayuda fue un hombre que escuchó el estruendo del golpe contra el talud de hormigón. Aprovechando que disponía ya de un vehículo todoterreno, muy escasos en aquel entonces, cruzó unos terrenos agrícolas con el mismo para contemplar la dantesca escena. De igual modo, fue también muy destacable la ayuda prestada por vecinos de casas próximas al lugar del accidente.

Un total de 42 personas tendrían que ser atendidas en los centros sanitarios de Vilagarcía de Arousa, Pontevedra, Santiago de Compostela y Vigo. El pronóstico de algunos de los heridos era de muy grave. Incluso, en un momento dado, los distintos centros sanitarios solicitaron, a través de emisoras de radio principalmente, la presencia de donantes de sangre a fin de poder paliar las carencias de plasma que sufrían.

Los trabajos de excarcelación de las personas fallecidas se prolongarían durante varias horas al quedar atrapadas en un impresionante amasijo de hierros. El primer cadáver rescatado sería el de un empleado de RENFE, natural de Vigo, que se había llevado una de las peores partes. A medianoche sería también rescatado el cuerpo de un niño que no superaba los diez años.

Un total de seis personas fueron víctimas de un fatal accidente que el régimen de la época, además de impedir que los distintos medios publicasen fotografías e información, atribuyó increíblemente a las lluvias caídas aquel verano. Como si en Galicia no lloviese en época estival y máxime en aquellos tiempos en los que todavía no se hablaba de cambio climático.

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El crimen del Hotel Miño en Vigo

En el año 1930 la ciudad de Vigo ya había iniciado su escalada que la llevaría a convertirse en la primera urbe de Galicia tan solo tres décadas más tarde. Desde 1900 había triplicado su población, contando con más de 66.000 habitantes en la tercera década del siglo XX. Su puerto era ya la principal escala europea hacia América. Además del tráfico de pasajeros, la actividad portuaria era incesante debido a la fortísima industrialización que estaba experimentando la ciudad. Una buena prueba de ello era que cada año abrían sus puertas nuevas empresas que se radicaban en la ciudad, cuyas instalaciones portuarias se estaban convirtiendo en un vértice de progreso para las Rías Baixas y el resto de Galicia. En 1929 un emigrante que verdaderamente había hecho las Américas, Manuel Álvarez, se reconvertía en uno de los principales empresarios gallegos del siglo pasando al inaugurar el grupo de empresas que llevaría su nombre. Por estas mismas fechas, Bernardo Alfageme daba vida a su actividad conservera inaugurando una firma dedicada a este entramado empresarial.

La gran actividad industrial que experimentaba la principal ciudad gallega iba paralela al desarrollo de los servicios que, aunque de forma incipiente, comenzaban su auge en Vigo. Para trasladarse a tierras americanas, antes de embarcarse, eran muchos los emigrantes que se veían obligados a hacer parada y fonda en la ciudad olívica. A ello se unía el incesante incremento de su progresivo desarrollo industrial y portuario, que provocaba la constante apertura de nuevos negocios de hostelería. El turismo era todavía escaso, aunque eran muchos los forasteros que se interesaban por conocer aquella «nueva» urbe, que hacía tan sólo 30 años no dejaba de ser un pueblo grande.

En medio de ese impresionante avance en todos los campos económicos y sociales surgen los primeros y grandes hoteles, muchos de los cuáles imitan en sus formas al estilo colonial importado de tierras caribeñas por los millares de emigrantes gallegos que han arrivado hasta esos lares. Es precisamente en un hotel, hoy desaparecido, donde se desarrolla la dramática historia que ahora contamos. Era un prestigioso negocio hostalero de la ciudad olívica en el que sus dueños contaban con el aprecio de la sociedad de la época, además de gozar de una magnífica reputación, que jamás hubiese hecho presagiar un final tan terrible.

Celos

Benigno Palmeira, de 45 años, y Camila Rey, de 50, regentaban el «Hotel Miño» en la ciudad olívica. Por sus habitaciones, además de muchos emigrantes que hacían escala antes de embarcarse o regresar a sus lugares de origen, pasaban también importantes personalidades de la vida gallega de entonces. Ninguno de sus huéspedes hubiese imaginado que entre los dueños de aquel hotel hubiese tan malas relaciones, con constantes disputas y desavenencias que llevaron la ya de por si insoportable convivencia hasta límites extremos y difícilmente sospechables. A primeras horas de la mañana del 10 de noviembre de 1930 las mujeres que trabajaban en el servicio de habitaciones se encontraron una macabra y truculenta escena. Al abrir una de los cuartos se sorprendieron manifiestamente al contemplar los cadáveres de sus dueños en medio de grandes charcos de sangre, con evidentes signos de violencia. De inmediato, pusieron en conocimiento de las autoridades el hecho que conmocionaría grandemente a la ciudad de Vigo. Hasta el lugar del horrible crimen se trasladaron los efectivos del juzgado, además de los médicos forenses, entre los que se encontraba el célebre doctor Manuel Riobóo. A todos ellos les sorprendió aquella dramática y cruel escena, que para nada era agradable.

Inmediatamente se puso en marcha un equipo de investigación de la guardia civil para determinar las causas de la muerte de Benigno y Camila. Muy pronto se descartó la intervención de terceras personas en el suceso, ya que no había ningún indicio que lo demostrase. Es ahí donde se empieza a barajar la hipótesis de lo que entonces se llamaba «crimen pasional». Las primeras piezas de aquel enrevesado rompecabezas les lleva a pensar en lo que cree mucha gente, que los celos de la esposa estaban detrás de aquel dramático y tétrico desenlace. Pero, ¿cómo ocurrieron los hechos?.

Disparos

Benigno Palmeira disponía en su establecimiento de sendas armas de fuego que desempeñaron una función fundamental en aquel desolador panorama. La investigación apuntaba a que el hombre fue sorprendido en su habitación por su esposa con una escopeta Browing en las manos, lo que probablemente le ocasionó un desmesurado temor ante la posible actitud de su marido. Al parecer, Camila se abalanzó sobre él, con el ánimo de arrebatarle el arma, enzarzándose ambos en una pelea, en la que la mujer lograría su propósito. Sin embargo, Benigno guardaba otra pistola, una Star 8 con la que efectuó dos disparos sobre su esposa, pero sin atinar con su objetivo, como se demostraría más tarde, ya que en las paredes de la habitación se encontraron incrustadas dos balas. Posteriormente, su mujer, aprovisionada con la escopeta, efectuaría otros dos disparos que alcanzaron en la cabeza a su cónyuge, cuando trataba de huir, destrozándole materialmente la testa.

Siempre, según la investigación, Camila Rey se asustó de sobremanera al ver el ensagrentado y desfigurado cadáver de quien había sido su marido. A raíz de la macabra escena, decidió también terminar con su vida. Al parecer, lo intentó con un disparo de escopeta, pero no lo logró. Después empleó la misma pistola Star 8 de su marido, con la que se descerrajaría la cabeza de un disparo que le entró a la altura de un párpado, alojándosele en la cavidad craneana.

Carta

A pesar de que el suceso pilló completamente desprevenida a la sociedad de la época, así como a las autoridades, algunos indicios apuntan directamente a que venía gestándose desde hacía algún tiempo. Esta circunstancia viene avalada por el hallazgo de una carta que, días antes, había escrito Benigno Palmeira al juez que se hiciese cargo del macabro caso. En la misiva, el hostelero manifestaba la intención de acabar con la vida de su esposa y, posteriormente, suicidarse, aunque finalmente aconteciese lo contrario.

La transcripción literal de la carta, en la que el difunto marido vuelve a recalcar los celos de su esposa, es la siguiente: «Muero satisfecho porque me llevó por delante a la autora de mi desgracia. Por ella me hice malo y muy mal marido. Dejo mi casa como ejemplo a las mujeres celosas que tiranizan a sus maridos».

Más explícito del mal ambiente que se respiraba en la vida de aquella pareja no se puede ser. Sin embargo, y como mandaban los cánones de la época, guardaban las formas de cara a la galería.

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El asesinato del ex futbolista Quinocho

No hay duda que hay personas que se acaban convirtiendo en una institución en cualquiera de las actividades que desempeñen. Tal era el caso de Joaquín Fernández Santomé, popularmente conocido como Quinocho, un gran jugador del Real Club Celta de Vigo, equipo al que dedicó prácticamente por entero su vida. Hasta la perdió defendiendo los intereses del equipo que lo había visto crecer como deportista y como persona. Además, como los grandes héroes, el antiguo jugador vigués, reconvertido en gerente del club de sus amores, murió con las botas puestas en su despacho en el estadio de Balaídos, el mismo en el que había triunfado dos décadas antes siendo componente de la mítica plantilla del «Celta de Marlboro». El conjunto vigués recibió este apodo en los primeros años sesenta debido a las actividades de contrabando de tabaco que presuntamente llevaba a cabo su entonces presidente, Celso Lorenzo Villa, un antiguo aviador del bando republicano, a quien acompañaba en las labores directivas Vicente Otero «Terito», el patriarca del gran clan de contrabandistas gallegos, encargado de trasladar el fecundo negocio del contrabando desde la frontera portuguesa a las Rías Baixas galegas. En aquel entonces, los aficionados se sabían de carrerilla la alineación del combinado celeste: Pistón, Quinocho, Lasheras, Igoa, Marín, Albino, Pintos….

Quinocho, que todavía hoy goza del gran reconocimiento de toda la parroquia «Celtiña», había comenzado a jugar al fútbol en el equipo de su barrio, el Casablanca, que mira mansa y dulcemente desde lo alto de la colina en la que está enclavado a la siempre inigualable y majestuosa Ría de Vigo, mientras en su horizonte se pierde una embarcación que se dirige a la península del Morrazo. Muy pronto, con tan solo 17 años, el entonces entrenador celeste, Yayo, se fijó en él, haciéndole debutar con el primer equipo a tan temprana edad. Cuando llegó el momento de cumplir sus obligaciones patrias con el Ejército se vio obligado a trasladarse a Ferrol, militando en el club de la ciudad departamental, equipo que siempre gozaba de refuerzos muy jóvenes, aprovechando que allí eran destinados muchos futbolistas para cumplir el servicio militar en la Armada. Regresaría a su celestial Vigo a la siguiente temporada, formando parte del Celta durante diez temporadas. Terminaría su carrera en el CD Castellón, jugando dos campañas en la segunda categoría. Suya es la frase «llegué a Castellón llorando y me marché de allí llorando». No era difícil que fuese así, pues era muy fácil encariñarse con una persona tan entrañable como Quinocho.

Quienes despreciaron la humanidad y el don de gentes que desprendía la presencia de Joaquín Fernández Santomé fueron sus asesinos que le asestaron una cuchillada mortal el 20 de septiembre de 1988. En ese momento, en torno a las seis y media de la tarde, Quinocho se encontraba hablando por teléfono con la entonces gerente del Deportivo de A Coruña, Berta Vales, quien manifestaría que su homólogo del Celta le había dicho que tenía que colgar, pues estaban llamando a la puerta.

Antiguo juvenil del Celta

En el momento en que Quinocho fue asesinado lo acompañaban en las dependencias del club dos de las secretarias que se vieron sorprendidas por dos jóvenes de diferente estatura que llevaban el rostro cubierto con sendos pasamontañas, además de portar una pistola y un cuchillo. Los jóvenes buscaban dinero. Se hicieron con una caja, pero querían más por lo que se dirigieron a la oficina dónde se encontraba el gerente, quien para impedir el atraco les lanzó un cenicero a los delincuentes. Sin embargo, esto no hizo sino empeorar las cosas, ya que los muchachos eran rateros inexpertos, y uno de ellos se abalanzó sobre Quinocho propinándole una puñalada en el espacio intercostal de unos cinco centímetros de profundidad que le interesaría el corazón. El que fuera gran jugador celeste tuvo tiempo a decirle a una de sus secretarias que le ayudase, pues le habían dado una puñalada. Lo que menos pensó es que esta fuese mortal. Los autores del atraco eran Antonio Marcote y José Bernárdez. En el exterior de las oficinas les aguardaba Luis Gallego, un joven vigués que había militado en las categorías inferiores del Celta tan solo tres años antes. Quinocho sería trasladado de urgencia a la clínica POVISA, de la ciudad olívica, pero nada se podría hacer ya para salvarle su vida, falleciendo en el trayecto. Los atracadores y asesinos de Quinocho se hicieron con un botín que ascendía a 200.000 pesetas (1.200 euros actuales).

El terrible suceso no solo conmovió a Vigo y a Galicia, sino que también a la sociedad española de entonces. Muy especialmente al mundo del fútbol. Además, las noticias dramáticas no paraban de sucederse en Balaídos. Tan solo tres meses antes, su jugador José Manuel Alvelo había visto truncada su carrera deportiva al sufrir una paraplejia como consecuencia de un desgraciado accidente de tráfico.

Quinocho, que en el momento de perder su vida contaba con solo 55 años de edad, dejaba mujer y una hija adolescente de 15 años. En el Celta lo había sido todo. Además de jugador, había desempeñado su secretaría técnica en los primeros años setenta. Ya, en 1974, el entonces presidente del club Antonio Vázquez le ofreció la gerencia, cargo que ostentaba en el momento de su muerte.

Luto

La muerte de Quinocho fue un golpe muy duro para el fútbol español en general y para el gallego en particular. Se produjeron manifestaciones de duelo en todos los estadios españoles, guardándose en todos ellos un minuto de silencio en memoria del héroe de Balaídos brutalmente asesinado. Asimismo, se suspendería el partido que en la jornada siguiente debía disputar el Celta de Vigo con la Real Sociedad de San Sebastián. Su féretro fue velado en el mismo campo que había sido testigo de su galantería con el balón. En sus instalaciones se darían cita miles de aficionados que rendían así un más que merecido homenaje a una de las más grandes instituciones del celtismo a lo largo de toda su historia.

El día que recibió sepultura, Joaquín Fernández Santomé, fue distinguido con la medalla al mérito deportivo a título póstumo concedida por la Xunta de Galicia. En su sepelio se congregaron millares de personas y todo tipo de autoridades para rendirle el último tributo a quien lo había dado todo por el club al que se consagró en cuerpo y alma. Hasta su vida.

Una semana después de la muerte de Quinocho eran detenidos cuatro jóvenes en Vigo a los que presuntamente se les relacionaba con su asesinato. Se detuvo al cerebro de la operación Luis Gallego, un joven 23 años, nacido en la antigua República Federal Alemana (RFA) y que había militado en las categorías inferiores del Real Club Celta. Los otros dos detenidos eran José Bernárdez y Antonio Marcote, autores materiales de la muerte del gerente céltico. Se detuvo a una cuarta persona, un joven de 29 años, si bien este último no tenía nada que ver con el crimen. Esta persona fue detenida ya que, al parecer, había curado las heridas que le había provocado el cenicero lanzado por Quinocho, en su defensa, a uno de los atracadores. La policía se incautó en el domicilio de los detenidos de una pistola del calibre 38, así como de un cuchillo de monte con el que presuntamente se había asestado la puñalada mortal que le costó la vida al gerente del Real Club Celta.

En la comisaría de policía de Vigo los detenidos reconocerían los hechos que se les imputaban. El autor material de la cuchillada había sido José Bernárdez, un joven de 29 años. En mayo de 1989 este último, junto a Antonio Marcote, sería condenado a 34 años de cárcel, en tanto que Luis Gallego, el que les esperaba en las inmediaciones de Balaídos, recibiría una condena de 17 años de prisión.

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Los crímenes de Mañufe

 

El año 1927 quedaría siempre grabado con sangre y saña en la memoria de muchos de los vecinos de la parroquia de Mañufe, en el municipio de Gondomar, muy cercano a la ciudad de Vigo. Dos horrorosos y sanguinarios crímenes en un intervalo de siete meses provocaron el temor y el pavor de muchos de los habitantes de esta pequeña localidad que sufrieron con gran ansiedad estos terribles sucesos, generándose un clima extremo de enrarecida desconfianza entre los parroquianos de Mañufe. Además, la forma de actuar de los criminales se distinguía por su extrema brutalidad. Ambos sucesos tuvieron como móvil de sus actos el robo.

El 5 febrero de ese año, 1927, asaltaron la propiedad de un rico propietario, al que asesinaron de un hachazo en la cabeza. En septiembre, cuando todavía no se había repuesto la población del salvaje asesinato de su convecino, dos ladrones de nacionalidad portuguesa volvieron a actuar con una saña que supera cualquier límite contra un médico y su familia, asesinando a hachazos al galeno y a una cuñada suya, además de dejar malherida a la criada de la casa y a la esposa del doctor Gestal.

Nada le podía hacer suponer al médico municipal de Gondomar, Andrés Gestal que acabaría sus días tan tristemente. El prestigioso galeno llevaba una vida acomodada y vivía plácidamente en esta parroquia gondomarina con su esposa y sus dos hijos pequeños, además de una cuñada suya en su vivienda, una magnífica edificación de principios del siglo XX, que disponía de un amplio jardín, así como también de pequeños cobertizos en los que guardaban algunos animales, entre los que había cerdos y otros animales de corral, que les servían para proveerse de sus necesidades más básicas.

Sin embargo, la tradicional paz y tranquilidad de la que gozaba aquella familia se vio bruscamente alterada al anochecer del sábado, 3 de septiembre de 1927. Cuando todavía no habían cerrado las principales puertas de su propiedad, en ella se colaron dos individuos de nacionalidad portuguesa en torno a las diez de la noche para introducirse en la cuadra de los animales. Además, el perro guardián de la finca no arremetió contra los intrusos al conocer a uno de ellos, que solía trabajar haciendo distintas tareas a quien se lo demandase.

Asesinato de Josefa Alonso

Desde la cuadra en la que se escondieron, Antonio Manuel González y Antonio Amadeo divisaron todos y cada uno de los movimientos que hacía la familia del doctor Gestal. Cuando ya se había acostado el matrimonio compuesto por Andrés Gestal y Felisa Alonso quedaron en la cocina su cuñada Josefa y su criada María Ferreiro, de nacionalidad portuguesa. Fue entonces cuando se inició la sanguinaria orgía que terminaría con la trágica muerte de dos personas.

Josefa Alonso, hermana de Felisa, fue a dar de comer a los animales. Ese momento, en el que salió al exterior, fue aprovechado por Antonio Amadeo para propinarle un brutal hachazo en la cabeza, falleciendo prácticamente en el acto. Posteriormente, se enseñaría con la criada, a la que le propinó otro brutal corte con el arma homicida en un hombro, si bien esta última pudo recuperarse.

Posteriormente, siendo conocedor de los pormenores de aquella vivienda, se dirigió a la habitación en la que descansaba el galeno en compañía de su esposa. Allí, siguió con su tétrico ritual, dándole sucesivos hachazos a Andrés Gestal, un hombre de 60 años, al que dejó inconsciente y en grave estado. Del mismo modo, quedó malherida su esposa Felisa Alonso. A partir de ahí se sucede un rosario de acontecimientos que no dejan de ser paradójicos. El asesino Antonio Amadeo ayudó a la esposa del doctor Gestal a colocar a este sobre la cama después de haberle propinado los hachazos mortales. Asimismo, llevó a los hijos pequeños del matrimonio a casa de un familiar. Fuera del domicilio, le esperaba su cómplice, Antonio Manuel González quien amenazó de nuevo a la esposa del médico, cuando esta gritaba, solicitando el auxilio de sus vecinos. Del mismo modo, se escucharon unos disparos, que, al parecer, no guardaban relación con el sangriento suceso de Mañufe.

Ante los gritos de auxilio proferidos por los familiares del médico, se acercaron a ella un gran número de vecinos que encontraron a Felisa, terriblemente excitada, oculta bajo una sábana, en tanto que el doctor Gestal estaba agonizando en un gran charco de sangre. Su cuñada fue hallada muerta de un profundo corte en la cabeza, propinado por el hacha que portaba Antonio Amadeo. La conmoción y consternación se apropió del pueblo en muy poco tiempo, creándose un terrible clima de pánico y terror, que conmovía cada vez más a su vecindario al ser este el segundo crimen que se cometía en tan breve lapso de tiempo. Además, por sus características, todo inducía a pensar que los autores podían ser los mismos que habían matado en febrero a otro de sus habitantes.

Las fuerzas del orden se pusieron a practicar diligencias que no tardarían tiempo en dar sus primeros frutos en pocos días. Se detiene a un total de cuatro personas. Además de los dos autores de la masacre, la guardia civil detiene a Modesto González, un ciudadano español y a su amante Carmen Bas.

En un principio, los autores del hecho se inculpan unos a otros, pero finalmente el portugués Antonio Manuel González «canta» y confiesa la verdad. Así, gracias a su testimonio, se exculpa a la pareja detenida, que sería puesta en libertad. Al parecer, esta había sido acusada por este debido a viejos rencores. También confiesa que su compañero se había apoderado del arma homicida en una finca de Jesús Alonso, propietario para el que trabajaba. En su relato, da cuenta de la supuesta blasfemia que echó su compañero, Antonio Amadeo, en el momento en que vio herido al médico. Asimismo, relata también que este último se dirigió desde el escenario del crimen al domicilio en el que pernoctaba para cambiarse de ropa. Allí, se proveyó de un nuevo calzado, sustituyendo las alpargatas que portaba en el momento de cometer los asesinatos por otras, ya que aquellas estaban completamente inundadas de sangre. Además, los investigadores pudieron comprobar que la sangre hallada en la camisa de Antonio Amadeo reunía las mismas características que las de sus víctimas. También hallaron restos de sangre en sus uñas, lo que fue casi una prueba definitiva para acusarle del brutal crimen.

El juicio se celebra en la Audiencia Provincial de Pontevedra en la segunda quincena del mes de abril de 1928, levantando, como era de prever, una gran expectación. El principal acusado Antonio Amadeo González sería condenado a prisión perpetua, mientras que su cómplice, Antonio Manuel González cumpliría diez años de cárcel.

Labrador asesinado

Justo siete meses antes de la masacre perpetrada en el domicilio del doctor Gestal, a escasos metros de su vivienda se había producido otro crimen que tardó algún tiempo en esclarecerse, aunque sus autores también serían conducidos ante los tribunales de justicia. El 5 de febrero de 1927 fue asesinado, también a hachazos, el labrador Sebastián Vázquez Alonso, un hombre de avanzada edad que vivía en compañía de su hijo Francisco, quien meses después saldría a auxiliar a la familia del médico al sufrir un percance similar al de su padre. La víctima había aparecido tirado en el corralón de su vivienda en medio de un impresionante charco de sangre, con varios hachazos en el cráneo que le produjeron la muerte instantánea.

Al igual que en el caso de los asesinatos de Andrés Gestal y su cuñada, el móvil de su asesinato fue el robo, pues Sebastián Vázquez estaba considerado como un rico propietario de la comarca. Por este brutal hecho, que después se supo que no guardaba relación alguna con el anterior, fueron detenidos los ciudadanos portugueses Juan Díaz Pereira, Juan Arango Pereira y su esposa, Matilde Villamina. De la misma forma, también pasarían a disposición judicial los ciudadanos españoles Eleuterio Romero Bouzas y Benito Quintre Amorín.

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