El asesinato de Antonio Alfageme

En el año 1974 todavía eran muchos los gallegos que probaban fortuna lejos de su tierra, ya que esta seguía siendo un territorio esquivo a la suerte y al emprendimiento de algunas iniciativas que les permitiesen prosperar. Se esperaba con espasmódica y tensa calma el fin de un régimen que parecía inminente, aunque se demoraría casi dos años, los mismos que le quedaban del vida al viejo dictador. El sistema político estaba ya muy corrompido y su descomposición parecía ser inminente, principalmente desde que fuera liquidado en un atentado terrorista que se atribuyó a ETA el almirante Luis Carrero Blanco, que había sido asesinado cuando estaba a punto de concluir el año 1973.

Galicia continuaba siendo esa tierra atávica y ancestral que todavía seguía siendo retratada como un territorio peculiar y desconocido, en el que aún se escuchaban, aunque cada vez menos, los eternos cuentos de meigas, trasnos y tangaraños. De la misma forma, muchos gallegos de la época, principalmente en la provincia de Lugo, seguían trabajando de una manera tradicional en la que no daban por desaparecido a los viejos arado romano y el carro del país que, a lo largo de caminos y corredoiras, seguían entonando su no menos ancestral sintonía en la que su eje, escasamente engrasado, seguía siendo el gran protagonista.

Pero pese a que seguía siendo un territorio inmóvil y a veces podría decirse que aletargado, por su negativa a renovarse, era una tierra en la que sucedían cosas. Algunas eran buenas, y otras no tanto. Tampoco era el inquilino de El Pardo el único protagonista de aquella eterna Galicia, que tan solo un lustro antes había gozado de la gesta del Pontevedra CF en la máxima categoría del fútbol estatal al ya clásico grito de Hai que roelo!

Aquella primavera del año 1974 estaba siendo convulsa. Los motivos de esa convulsión los podemos encontrar en la ejecución de Salvador Puig Antich, quien había padecido una verdadera degolladura a consecuencia de la impericia del verdugo que le tocó en desgracia. Pero en Galicia se produciría un hecho singular que alteraría la tranquila convivencia de sus habitantes. En Vigo aparecía asesinado en la tarde-noche del 20 de abril de 1974 en el despacho de su oficina el empresario conservero, Antonio Alfageme del Busto, de 57 años de edad, y que, además de dirigir su puntera sociedad, era presidente de la Unión de Fabricantes de Conservas de Galicia, siendo toda una autoridad en su tierra en aquella época.

Un familiar de la víctima, Fernando García del Valle, ingeniero naval de profesión y yerno de Antonio Alfageme, daría la voz de alarma en torno a su desaparición, ya que su suegro se estaba demorando en regresar a su domicilio para cenar. Esta misma persona de su círculo más íntimo lo encontraría tendido en el suelo de la oficina en medio de un gran charco de sangre. Su asesino se había ensañado con su víctima, pues presentaba un gran número de cortes y puñadas hechas con algún objeto punzante que bien pudiera ser una navaja o un arma semejante.

Confusión

La muerte de Antonio Alfageme del Busto provocó la lógica consternación en su ciudad, Vigo, donde, además de ser un personaje muy popular y conocido, gozaba del aprecio de gran parte de sus paisanos. Cuando los investigadores hicieron sus primeras pesquisas se centraron en diversas pistas, algunas de las cuales podían apuntar a algunos empresarios de su mismo sector o por algún ajuste de cuentas. Sin embargo, había un hecho que parecía dar algo de luz en el asunto, el ensañamiento que había provocado en su víctima revelaba que se escondía alguna otra cuestión de tipo personal en la que estuviese involucrado el conocido empresario gallego.

Durante varias jornadas se sucedieron los interrogatorios a distintas personas de la ciudad, entre ellos al también empresario Francisco Rodríguez Rodríguez, propietario de la empresa de la distribución del butano de la ciudad de Vigo. Aunque resultó detenido en un primer momento, posteriormente sería puesto en libertad, al no encajar algunas de las piezas del impresionante rompecabezas ante el que se hallaban los investigadores policiales.

La principal clave del crimen que conmocionó a la sociedad gallega de entonces, la daría un cuaderno privado de notas de la víctima en el que se anotaban muchos teléfonos, entre ellos hasta los de siete señoritas, aunque para desvelar a quien correspondían debieron hacer encajes de bolillos, pues sus nombres estaban escritos en clave. Finalmente, la nómina de las investigadas se redujo a cuatro.

Entre esas investigadas se encontraba la esposa del propietario de la empresa dedicada a la distribución del butano en la ciudad olívica, María Cristina Pérez de Diego, una bella y distinguida dama de la alta sociedad de la ciudad del sur de Galicia de 42 años de edad, quien había sido condenada por adulterio. Esta fue la pista principal que siguió la policía, que le llevaría hasta su viejo conocido Francisco Rodríguez, quien sería detenido casi tres semanas después de haberse cometido el crimen. Para ser más exactos, su detención se produjo el 10 de mayo de 1974. La contemplación de una silueta con una chaqueta de color rojo en las inmediaciones de la oficina de Alfageme el día de autos fue clave también en su detención, pues esa prenda era la que habitualmente empleaba el industrial conservero en su despacho. El empresario del butano de la ciudad olívica confesaría ante los agentes de la comisaría viguesa el asesinato. Se comentaba entre personas de su círculo más próximo el hecho de que, pese a haber cometido un crimen y a estar en la lista de los sospechosos, hacía una vida completamente normal como si nada hubiese ocurrido y el asunto no fuese con él.

Estilete abrecartas

Tras confesarse autor del crimen, Francisco Rodríguez relataría ante las autoridades que detrás del sangriento suceso se hallaba una cuestión de carácter sentimental, pues su esposa se había convertido en la amante de Alfageme. Además, confesaría también que recibía cartas anónimas, escritas a máquina, en las que se le indicaba que su mujer se traía un lío de faldas con el conocido conservero. Estas mismas misivas resultaron también una clave para resolver el asunto, pues la letra de las mismas se correspondía con las de una máquina de escribir que Antonio Alfageme poseía en su propio despacho.

Previamente, Francisco Rodríguez había encargado a un detective privado el seguimiento de su esposa. Así era conocedor de prácticamente todos los detalles sobre su vida. Entre estos figuraba una cita en una pensión de Vigo, situada en la calle Alfonso XIII el 20 de abril de 1974. De la misma vio salir al presidente de los conserveros gallegos, mientras que tan solo unos momentos después saldría su esposa. Posteriormente, Francisco se dirigiría al garaje de su casa de donde tomó un desmontable, que guardó en el bolsillo del pantalón. Este era un aparato para sacar y poner las arandelas de los vehículos.

Provisto de lo que supuestamente precisaba, se dirigió a la calle Felipe Sánchez, donde se emplazaba el despacho de su víctima, a quien la abordó en el momento en que esta la abandonaba. En un principio le propinó un empujón así como una patada en el bajo vientre, lo que provocaría que Alfageme cayese de rodillas al suelo, donde continuaría golpeándole de forma insistente con el desmontable, provocándole una primera conmoción.

Tras la primera agresión, Francisco Rodríguez se dirigió a los lavabos con la intención de asearse, pero vio como la víctima trataba de alcanzar la puerta arrastrándose por el suelo, por lo que proseguiría agrendiéndole con mucha mas saña. Ahora utilizaría un estilete de abrir cartas o posiblemente una navaja, con la que le propinaría hasta un total de 13 puñaladas en el cuello que acabarían con la vida de Antonio Alfageme. Tras cometer el crimen, el propietario de la empresa de combustibles se dirigió al muelle de Vigo, donde arrojaría al mar el arma utilizada en la comisión del asesinato. Esa misma noche, cuando regresó a su domicilio, después de cenar se iría al cine con su esposa.

Condena

El 10 de junio de 1975 se celebraría el juicio por el crimen que costó la vida a Antonio Alfageme en la Audiencia Provincial de Pontevedra, presidiendo el tribunal el magistrado Mariano Rajoy Sobredo. En un principio se pedían 15 años de cárcel para Francisco Rodríguez, así como una indemnización de un millón de pesetas para los herederos de la víctima. Los encargados de juzgar este controvertido y rocambolesco caso tuvieron en cuenta distintas atenuantes que se derivaban de los informes elaborados por los peritos y psiquiatras que se encargaron de juzgar ese suceso. Así, según los forenses, el acusado presentaba una «personalidad inmadura», a lo que se añadía un «bajísimo nivel de angustia», además de calificarlo como un «psiconeurótico de carácter patológico» lo que significaba un «defecto en la formación de la personalidad», siendo inconsciente de sus actos en el momento de cometer la agresión mortal sobre Alfageme. A ello se añadía la negativa de la víctima a hablar con el agresor en el momento previo a cometer el crimen, lo que desencadenó su furibunda reacción, sufriendo en ese momento un trastorno mental de carácter transitorio.

Francisco Rodríguez Rodríguez sería condenado en sentencia firme a la pena de ocho años de prisión mayor, así como al pago de una indemnización cifrada en 900.000 pesetas a los herederos del empresario conservero vigués. Se tuvieron en cuenta las atenuantes presentadas por su abogado defensor, indicando que el agresor había actuado de «forma obcecada» en el momento de asesinar a Antonio Alfageme. A todo ello se añadía los antecedentes que presentaba su esposa, quien, como ya se ha indicado, había sido condenada por adulterio.

En aquel tiempo, hace ya 45 años, se pretendió relacionar este crimen con el famoso «caso Reace», un escándalo motivado por la desaparición de más de cuatro millones de kilos de aceite en el año 1972 de su factoría, ubicada en el municipio de Redondela, muy próximo a Vigo. El aceite desaparecido pertenecía a la Comisaría General de Abastecimientos y estaba valorado en casi 170 millones de pesetas (más de un millón de euros actuales). En torno a este escándalo se producirían distintas muertes en muy poco tiempo, relacionándose el deceso de Alfageme con otros similares acontecidos en aquella época. De la empresa Reace, propietaria de la factoría de la que había desaparecido el aceite, formaba parte de su consejo de administración Nicolás Franco Bahamonde, hermano del entonces Jefe del Estado, Francisco Franco, aspecto este que aumentaba el interés público por tan dramático asunto.

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45 niños y cuatro adultos muertos en el río Órbigo

Rescate del autobús siniestrado en el río Órbigo

La España de hace 40 años estrenaba consistorios democráticos, tras pasar más de 40 años sin procederse a la renovación de unas viejas instituciones descuidadas y caducas a las que por fin llegaba un más que necesario soplo de aire fresco. También en Galicia había nuevos alcaldes y concejales elegidos a través de las urnas, aunque seguía planeando todavía la sombra de aquellos viejos caciques que ahora se disfrazaban de demócratas de última hora para poder seguir detentando un poder que pretendían patrimonializar. Sin embargo, la irrupción de los vientos de libertad estaba siendo más que imparable y parecía aventurarse un prometedor tiempo de ilusión y esperanza en el que los gallegos iban a finiquitar la sempiterna imagen de andar detrás de un arado romano o tras una yunta de bueyes o vacas. Aún así, quien podía seguía buscando fortuna allende los límites que marcaban las cordilleras gallegas, ya que en el noroeste peninsular seguía siendo muy complicado prosperar.

Cuando se había cumplido justo una semana de la elección de las corporaciones democráticas, el 10 de abril de 1979, martes de Semana Santa para más señas en una época en la que las sotanas iniciaban su vertiginosa decadencia, los gallegos y también el resto de los españoles se sobresaltaron a media tarde con una desgraciada y trágica noticia. Unos muchachos y sus maestros, todos ellos pertenecientes al colegio Vista Alegre de Vigo, perecían en las aguas del río Órbigo a consecuencia de un trágico accidente de tráfico que sufría el autobús en el que viajaban de regreso a la ciudad olívica. Habían aprovechado el paréntesis vacacional para efectuar una excursión a Madrid. Sin embargo, y por desgracia, jamás regresarían junto a los suyos debido a una de las muchas fatalidades que ocurren en las carreteras.

Demasiadas adversidades

Cuando en cualquier siniestro se producen muchas víctimas, ya sea de carretera, ferrocarril o aéreo, suelen juntarse un cúmulo de circunstancias que contribuyen de forma decisiva a magnificar la tragedia. Este desgraciado suceso no fue ajeno a esa suma de infortunios. Cuarenta años dan para hablar largo y tendido sobre que pasó o dejó de pasar, dando lugar a un sinfín de teorías y conspiraciones que jamás podrán poner de acuerdo al común de los mortales. Lógico, por otra parte. Este caso no iba a ser menos.

En un principio se apuntó al exceso de velocidad como el causante del siniestro. Se habló de que el conductor había enfilado con demasiada rapidez la curva en la que se alza el puente que se sostiene sobre el río Órbigo, en el término municipal de Santa Cristina de la Polvorosa, en la provincia de Zamora. El autocar solo había recorrido cuatro kilómetros sobre una carretera ancha y en buen estado, la Comarcal-650, que une las localidades de Ourense y Benavente, cuando derrapó sobre la sinuosidad que tomaba. Su parte trasera tocaría con el pretil del puente a consecuencia de lo cual el vehículo patinaría hasta el otro lado de la carretera precipitándose al río Órbigo.

Además de producirse el siniestro en el sitio menos indicado, hay que añadir que el caudal del efluvio era muy superior, hasta seis veces más, al que acostumbraba a llevar normalmente, debido a las lluvias caídas en aquella pluviosa primavera. El lugar al que fue a caer el autobús era uno de los puntos más profundos del cauce fluvial, con una hondura que podía llegar a los ocho metros, lo que contribuiría de forma decisiva a agrandar la de por si ya enorme magnitud de una tragedia que teñiría de luto la Semana Santa de los españoles.

Otra de las causas a las que se atribuyó el accidente fue al hecho de que el conductor del autocar llevase los ojos llorosos e irritados como consecuencia de que alguno de los jóvenes viajeros le hubiese echado polvos de pica-pica, circunstancia esta que le habría dificultado la visión o la atención al volante, provocando una aterradora catástrofe en la que perderían la vida hasta un total de 45 niños y 4 adultos, tres maestros y el conductor del autocar.

Solamente once personas se salvarían de perecer en aguas del río Órbigo, entre ellos un soldado que cumplía en ese momento el servicio militar, quien había sido recogido en una localidad en la que el autobús hizo una parada técnica. Al parecer, el mozo era amigo de uno de los profesores que viajaban al frente de la expedición y le conminó a que viajase con ellos.

Los vecinos y la desorganización

Una vez más, como ha sido muy habitual en todas las catástrofes y tragedias que han tenido lugar a lo largo de toda la geografía española, es de reseñar la función que desempeñaron los vecinos de la localidad para socorrer a las víctimas de este siniestro. Incluso algunos jóvenes de Santa Cristina de la Polvorosa se arrojaron a las frías y turbulentas aguas del Órbigo, que en ese momento llevaba un enorme crecida, contribuyendo a salvar algunas vidas, además de rescatar a algunos cuerpos inertes que flotaban sobre el cauce del efluvio zamorano. En este sentido es muy de destacar el arrojo demostrado por José Castro Fernández, un padre de siete hijos, que mostraría un extraordinario valor auxiliando a los damnificados. Además, sería gracias a dos piragüistas voluntarios como se rescataron los cuerpos de dos de las víctimas, los primeros en ser recuperados del agua, que fueron encontrados a casi tres kilómetros del lugar de donde se había producido el suceso.

Pese a que desde el primer instante se movilizaron a cuerpos y fuerzas de seguridad del Ejército, así como buzos y equipos de hombres-rana, al día siguiente al suceso se vivirían dramáticas escenas de tensión entre los padres de las víctimas y las autoridades allí congregadas. Los familiares de quienes habían perecido en las aguas del Órbigo se quejaban amargamente de que en lugar del siniestro se estaban congregando muchos uniformes y coches oficiales, pero no se hacía absolutamente nada para rescatar a sus vástagos que todavía permanecían hundidos en aquel lúgubre charco de tragedia y desolación. Incluso, elevarían sus protestas ante la Reina de España, Doña Sofía, hoy en día Reina emérita, quejándose de la actitud de las autoridades a la hora de rescatar a sus hijos. De la misma forma, un coronel del Ejército sería el blanco de las críticas y la ira de alguno de aquellos progenitores en un tiempo en el que la institución militar seguía manteniendo un carácter poco menos que sagrado.

Los primeros féretros con los cuerpos de los fallecidos en tan fatal accidente llegarían a Vigo en un tren especial, siendo recibidos en la estación de la ciudad olívica por más de 3.000 personas que de esta forma pretendían mostrar su apoyo a las familias de las víctimas. Transcurrida una semana del desgraciado suceso, todavía quedaban por recuperar cinco cadáveres. Esa inusual tardanza, unida a la resquebrajada organización, era aducida en base a que muchos de los equipos de rescate se encontraban disfrutando de las vacaciones de Semana Santa. Increíble, pero cierto.

En la localidad en la que se produjo el accidente, Santa Cristina de la Polvorosa, se erigiría un monolito en honor de las personas allí fallecidas. Aunque este monumento fue prometido por el alcalde a las escasas semanas de haberse producido el siniestro, no sería hasta el vigésimoquinto aniversario del mismo cuando se inauguró oficialmente. El recuerdo a las víctimas se perpetuaría con la dedicatoria de una plaza a la ciudad de Vigo en el mismo municipio.

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21 muertos en la tragedia aérea de «La Mujer Muerta»

Restos del avión siniestrado en el pico de «La Mujer Muerta»

En los años cincuenta del pasado siglo el mero hecho de volar representaba todavía una gran aventura, además de estar al alcance de muy pocos bolsillos. Se sucedían todavía, de cuando en vez, las catástrofes aéreas que dejaban siempre tras de si un reguero innumerable de víctimas mortales, a lo que se sumaban otras circunstancias, tales como la incertidumbre de cómo habrían fallecido los pasajeros. Eran muchos los que todavía consideraban al avión como un medio de transporte muy inseguro, pese a que las estadísticas ya reflejaban que el número de siniestros era, porcentualmente, muy inferior a los accidentes de automóvil. A todo ello, se unía también una cierta espectacularidad de cada tragedia aérea, que solía ilustrar las primeras páginas de los distintos rotativos de la época, siendo muy significativa la ocurrida con el equipo de fútbol del Manchester United, que perdería a una gran parte de sus efectivos en el accidente del Munich del año 1958.

En el mismo año que tuvo lugar la tragedia de Munich, se produjo una de similares características en la sierra segoviana conocida como «La Mujer Muerta», así denominada por imitar la orografía en sus formas un cuerpo humano femenino. El día 4 de diciembre de 1958, cuando pasaban algunos minutos de las cinco y media de la tarde, desde las distintas torres de control, perdieron las señales del avión cuatrimotor «Languedoc» perteneciente a la compañía aérea AVIACO, que cubría el trayecto entre el puerto vigués de Peinador, desde dónde había despegado a las cinco menos cuarto de la tarde, y el madrileño de Barajas. La última comunicación que se había tenido con la aeronave se había producido en el momento en que esta sobrevolaba la provincia de Salamanca.

Incertidumbre y misterio

Desde la pérdida de la comunicación del avión con las distintas bases aéreas, se inició un período de gran incertidumbre a tenor de la suerte que podrían haber corrido los pasajeros que iban a bordo de aquel avión, aunque todos se imaginaban que podría haber sucedido lo peor. La aeronave había presentado ya algunos problemas antes de aterrizar en Galicia, en el viaje de ida, ya que no pudo hacerlo en el aeropuerto del sur, debiendo hacerlo en el de Santiago de Compostela. A todo ello se unían las advertencias que habían hecho los comandantes del avión, quienes habían apercibido a los pasajeros de las dificultades que presentaba, máxime cuando ellos mismos eran conocedores de las dificultades a las que se enfrentaban con la meteorología adversa. Era prácticamente el triste presagio de un accidente anunciado.

Durante dos días, los españoles de la época tuvieron el alma en vilo, al no tener noticia alguna de aquel avión, cuyos restos serían encontrados por un mozo que se dedicaba al pastoreo de rebaños de cabras y ovejas, Luciano Otero, quien se convertiría en testigo de excepción del dramático suceso. A lo largo del tiempo en que estuvo desaparecido, los investigadores no habían podido acceder al lugar del siniestro, debido a las adversas condiciones meteorológicas, a las que se responsabilizaría directamente de aquel trágico siniestro. En aquellos días, además de la densa niebla que cubría todo el área montañosa, se sumaban también las constantes tormentas de nieve que se sucedían y que hacían imposible acceder al lugar en el que se encontraba el aparato siniestrado, además de desconocerse sus coordenadas.

Al parecer, el accidente se produjo debido a que el piloto, José Calvo, un profesional muy experimentado, se vio obligado a descender de forma extrema la aeronave hasta los 1.200 metros, no contando que había alguna altitud en la sierra segoviana que superaba esa altura. Una de ellas era el pico de Pasapán, en el terreno conocido como La Mujer Muerta, contra el que impactaría la aeronave, pereciendo prácticamente en el acto todos sus pasajeros. Un total de 17 morirían como consecuencia de la explosión y posterior incendio del avión, en tanto que tres de ellos salieron despedidos desde la cabina de mandos, entre ellos una joven azafata de 18 años, Maribel Sastre, que iba al cargo de dos niñas pequeñas, de nueve y diez años respectivamente, a quienes sus padres, que eran de Pontevedra, esperaban en el aeropuerto madrileño de Barajas.

Tras días de intensa búsqueda, en los que no se escatimaron todo tipo de esfuerzos movilizando a centenares de personas, personal del ejército incluido, por fin serían hallados los restos del avión, convertido en un impresionante amasijo de hierros, muchos de ellos completamente chamuscados, a consecuencia del incendio posterior al impacto contra el macizo rocoso. Asimismo serían encontrados los cuerpos de la totalidad del pasaje, que eran mayoritariamente gallegos. Entre los fallecidos en este siniestro se encontraban los marqueses de Leis, el ex alcalde de Sanxenxo y el ex futbolista del Celta de Vigo, Ramiro Paredes, conocido deportivamente como «Pareditas».

El misterio de la azafata

Al gran misterio suscitado por la desaparición del avión, se sumó en esta ocasión el de una joven azafata de 18 años, Maribel Sastre, originaria de Barcelona, que era hija única y que se terminaría convirtiendo en una especie de mito de esta tragedia. Al parecer, su cuerpo era uno de los tres que habían salido despedidos del avión, apareciendo recostado sobre un peñasco a cierta distancia de dónde había aparecido el amasijo de hierros a los que había sido reducido el avión.

En un principio, a raíz de las condiciones en las que se produjo el hallazgo de su cuerpo, se especuló con la posibilidad de que esta mujer hubiese sobrevivido al siniestro y que, dadas las dificultades que entrañaban las labores de rescate, hubiese perecido como consecuencia del frío, ya que en aquellos días la climatología era el principal enemigo a batir. A todo ello se añadía también que, según algunos comentarios, a su lado se habría encontrado un paraguas, con el que trataría de protegerse de las fuertes tormentas de agua y nieve que se estaban sufriendo en aquellas jornadas. Sin embargo, nada de esto resultó ser cierto y lo más probable es que la azafata hubiese muerto como consecuencia del impacto al salir despedida de la aeronave. Incluso, con relación a la suerte que pudo haber corrido, se escribieron algunas obras literarias, así como también se hicieron algunos documentales, lo que la convertiría en una heroína anónima, aunque tan solo fuese por cuestión del azar.

Lo que si se encontró en medio de la nieve fue una gran cantidad de marisco, cuyo destino era Madrid, ya que se encontraban a las puertas las fiestas navideñas. Así lo relató Luciano Otero, el testigo de excepción de aquel trágico siniestro. Por haber dado conocimiento del suceso a las autoridades, este hombre sería galardonado con un diploma, un mes de permiso cuando se incorporase al servicio militar y mil pesetas de la época, eso si con la correspondiente retención por parte de Hacienda. Y es que menos da una piedra. Además, el pobre Luciano, tal y como relató muchas veces, vivió a lo largo de su vida con el triste recuerdo del drama acontecido en las montañas castellanas, con lo que llevar a pastar su ganado ovino y caprino hasta aquellos lares dejó de ser lo mismo. No era para menos.

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43 ahogados en la Ría de Vigo al zozobrar la embarcación en la que viajaban

Isla de San Simón, lugar donde se produjo la tragedia

La Posguerra estaba siendo demasiado cruda para muchos españoles de la época, que se alargaba demasiado. A los gallegos tampoco les iba muy bien, por no decir que se encontraban francamente mal o muy mal. Las restricciones continuaban siendo muy severas para una tierra en la que la única esperanza que les aguardaba a muchos de sus habitantes era emigrar. Más pronto o más tarde. A Galicia solo le quedaba «presumir» de jefe de Estado, pero con eso no se apaciguaba ni el hambre ni las constantes necesidades que se sufrían en una tierra que no terminaba de arrancar. Aún así, salía de forma constante en los noticiarios oficiales de la época, aunque nunca para informar de como se vivía o cuales eran sus problemas más acuciantes. El principal protagonista de las noticias era siempre el mismo, el eterno general que casi siempre salía con su caña pescando el salmón más enorme que había en la ría del Eo, dando la impresión que más que un pez de río, lo que había capturado era un cachalote.

En la Galicia de la época fueron habituales las convivencias y campamentos de diversas entidades forjadas al albur de aquel nuevo estado, que de nuevo no tenía nada. Era tan solo una vieja reminiscencia medieval que únicamente había transformado la denominación de su ancestral fachada. Aunque, a veces, ni siquiera eso. Era frecuente que a la esquina verde peninsular se acercasen grupos de Educación y Descanso, la Sección Femenina de Falange, los Flechas y Pelayos y otras organizaciones paramilitares de la época, quienes siempre aparecían en aire marcial, tratando de dar un aspecto omnímodo a muchas de las situaciones en las que aparecían, retratando un territorio idílico y paridisíaco que distaba mucho de las imágenes que se proyectaban por todos los cinematógrafos de la geografía española.

Uno de los grupos que desempeñaba una fecunda labor en pro de la divulgación de los muchos beneficios que aportaba el vetusto régimen era la conocida como «Guardia de Franco», una organización paramilitar que se distinguiría a lo largo de toda su historia por su carácter inmovilista y reaccionario, basado en una doctrina extremadamente tradicionalista y refractaria. Aunque había nacido como una milicia de partido, nunca había llegado a actuar como tal. Sería una de las organizaciones que con más frecuencia se daría cita en tierras gallegas a lo largo de su historia, si bien es cierto que su actividad decaería muchísimo a partir de la década de los años sesenta del pasado siglo.

Uno de los lugares elegidos para realizar sus convivencias y retiros era la isla de San Simón, lugar emblemático y de gran significación histórica, aunque por razones bien distintas a las que acudían la organización paramilitar franquista. El diminuto territorio insular había servido hasta bien entrados los años cuarenta del pasado siglo como cárcel y campo de concentración en el que se cometieron los mayores abusos y atrocidades jamás imaginados.

Partido de fútbol

Aquellos jóvenes que perecieron en aguas de la ría de Vigo, un total de 43, el 22 de agosto de 1950 habían acudido a la isla, no precisamente a conocer su historia ni el macabro y trágico destino de los muchos que allí perecieron, sino a disfrutar de sus vacaciones. En el día de la tragedia, los muchachos se desplazaban a Redondela a disputar un partido de fútbol. Para trasladarse utilizaron una pequeña embarcación motora que habían alquilado, cuyo nombre era «A Monchiña». A bordo de ella iban un total de 60 personas. Aquella jornada en la que se produjo la tragedia las aguas de la ría estaban completamente tranquilas y el día era muy soleado, no pudiendo prever casi nadie que en aquel mar se iba a producir una catástrofe de las dimensiones que terminaría ocurriendo.

La fatalidad tuvo su origen en la caída al agua de uno de los integrantes de aquel numeroso grupo que se había trasladado a San Simón. Inmediatamente la precipitación se apoderaría del resto de compañeros que, por inercia, se desplazaron todos hacia el mismo lugar a socorrerlo. Esto último provocaría que la embarcación, debido a su pequeño tamaño, se descompensase, volcando y precipitándose al agua una gran parte de quienes iban a bordo. Algunos de los pasajeros se salvaron al agarrarse a la quilla de la lancha. De hecho, muchos de los fallecidos se encontrarían fuertemente asidos a las bordas de la embarcación. Solamente tres fueron hallados en el interior de la cabina.

Una de las causas que contribuyó de forma decisiva a magnificar la tragedia fue el hecho de que muchos de los que viajaban en la lancha no sabían nadar, siendo muy pocos los que alcanzaron a nado la orilla de la playa de Cesantes. Una vez más, fue también muy importante la labor desempeñada por marineros y gentes próximas al lugar del suceso, que contribuirían a salvar bastantes vidas. Entre estos héroes anónimos figuraba un niño.

La fatalidad fue una de las principales aliadas de este desgraciado acontecimiento, ya que al buen tiempo reinante en pleno mes de agosto, se unía el escaso calado de la ría en el lugar dónde se produjo el siniestro, tan solo unos cuatro metros de profundidad. Aún así, en un primer momento solo fueron recuperados diez cadáveres. No sería hasta la llegada de los buzos cuando se pudo rescatar a los 29 cuerpos restantes.

La tragedia conmocionaría especialmente a toda la comarca, pues nadie se podía imaginar que con condiciones climáticas favorables y con el mar calmo se pudiese originar la mayor tragedia ocurrida en la Ría de Vigo a lo largo de todo el siglo XX. Y es que como dicen algunos: San Simón es una isla maldita. Razón no les falta.

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Entierran viva a su hija de siete meses en Vigo

En el año 1992 se sucedieron una serie de acontecimientos en Galicia que conmocionaron y marcaron de forma extraordinaria a la sociedad gallega de la época. Lo peor de todo es que las tres víctimas de esos macabros sucesos eran niños de muy corta edad, en un caso un bebé de siete meses. En los otros dos, un niño sería estrangulado por una vecina suya en A Coruña, mientras que un depravado violaba y asesinaba de una manera horripilante a una niña de nueve años en la localidad lucense de Vilalba.

Uno de estos macabros acontecimientos sucedió en Vigo el 29 de febrero del año 1992, concretamente en su populoso barrio de Santo Tomé de Freixeiro. En esa fecha, unos jóvenes padres, que habían contraído matrimonio recientemente por aquel entonces, decidieron deshacerse de su hija de siete meses, Cristina, enterrándola viva, tras una ardua y acalorada discusión en torno a la paternidad de la pequeña. Los progenitores de la criatura, Pedro Alexandro Pereira da Silva, un ciudadano portugués de 19 años de edad, y María Magdalena Martínez Rey, de 20 años y que en ese momento se encontraba embarazada de cinco meses, tomaron esta decisión tras negar el padre de forma reiterada que la criatura fuese hija suya.

En un principio, al parecer, Pedro Alexandro había intentado asfixiar con sus propias manos a la niña cuando se encontraba en su cuna. Pero, antes de que falleciese decidieron introducirla en un envoltorio formado básicamente por plásticos para luego introducirla en un agujero de tierra, sin llegar a taparlo del todo, pues cuando los investigadores encontraron el cuerpo de la pequeña todavía le sobresalía una pierna. Además, los forenses pudieron constatar que todavía se encontraba viva en el momento de ser sepultada, pues le encontraron restos de tierra en la tráquea.

Frialdad

Después de haber enterrado a su propia hija, los dos asesinos mostraron una frialdad que sorprendería enormemente a su vecindario, pues les dijeron en reiteradas ocasiones que les había desaparecido Cristina mientras bajaron a depositar basura en los cubos destinados a este efecto. La misma versión narrarían en la Comisaría de Policía de Vigo cuando fueron a presentar la oportuna denuncia de desaparición, aunque muy pronto empezaron a levantar sospechas.

De la misma manera, a mediodía del domingo, primero de marzo, estuvieron tranquilamente tomando el aperitivo. En el transcurso de este clásico ritual, el padre de la niña fue duramente reprendido por su suegra por la frialdad que estaba demostrando. Al parecer, esta última le habría agredido con su bolso y los zapatos por encontrarse tan tranquilos mientras se desconocía el paradero de la pequeña.

A pesar de que el cerco se estrechaba ya demasiado, se seguirían enrocando en su postura de la desaparición en la jornada del domingo en sus declaraciones ante el comisario de policía de Vigo, quien, en un momento dado, detectó ciertas contradicciones en las declaraciones de los padres, por lo que decidió pasar a la ofensiva. El entonces responsable de la policía de la ciudad olívica, Luis Manuel García Mañá, observó que el padre de la criatura se comenzaba a encontrar cansado, nervioso y desconcertado, por lo que decidió interrogarle a el solo. En ese momento fue cuando Pedro Alexandro Pereira da Silva se derrumbó y contó todo lo sucedido, así como el lugar donde se encontraba enterrado el cuerpo de la pequeña.

Persona clave

La persona clave y a quien la madre de María Magdalena Martínez consideraba la responsable intelectual del crimen, era a su consuegra, la ciudadana portuguesa María Amelia da Silva, pues al parecer esta había sembrado la sombra de la duda sobre la posible paternidad de su hijo sobre la recién nacida. Además, la súbdita lusa también habría intentado coaccionar a su nuera para que abortase en el país vecino, aunque a última hora se habría negado. A todo esto se añadía, según el relato de María Magdalena Martínez, su suegra le habría sustraído 20.000 pesetas (120 euros) en el transcurso de su viaje a Portugal.

El suceso consternaría de sobremanera a la ciudad de Vigo, y muy especialmente al barrio de San Tomé de Freixeiro, pues nadie daba crédito a que se hubiese producido en aquel lugar un hecho tan macabro. La indignación vecinal se fue incrementando notoriamente a medida que se iban conociendo más detalles y pormenores en torno al truculento caso. De hecho, el funeral por la pequeña, además de constituir una gran manifestación de duelo, sirvió también para calibrar la indignación de toda la barriada contra los autores de la muerte de la pequeña, que serían ingresados en las prisiones de Vigo y Ourense respectivamente.

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Seis muertos en el accidente del ferrobús Vigo-Santiago

El verano de 1975 estaba siendo un tanto atípico en la triste España de la década de los setenta. Se sucedían rumores acerca del estado de salud del dictador, a quién irónica y sarcásticamente se le llamaba ya «el recluta rebelde» porque se negaba a entrar en caja. Para quienes desconozcan a que se refería la famosa caja de la retranca, recordarles que los mozos jóvenes que tenían que incoporarse a cumplir sus obligaciones militares habían de dirigirse, previamente, a las desaparecidas Cajas de Reclutas para conocer el destino que les había tocado en suerte para cumplir el siempre indeseado servicio militar.

Independientemente de todo ello, lo cierto es que aquel año, en el que cambiaría radicalmente el destino de España, el país era un estado anodino que se había acostumbrado a un régimen anquilosado a unas remotas circunstancias de un pasado que a los más jóvenes les quedaban ya muy lejanas, por non decir que les eran totalmente ajenas. Todo el mundo daba ya por hecho que el anterior sistema estaba abocado a un inmediato final puramente biológico que no tardaría en llegar. Aún así, daría temibles zarpazos en sus últimos estertores fusilando a seis jóvenes opositores, entre ellos un muchacho gallego Humberto Baena quien, sencillamente, era un inocente a quien jamás pudieron comprobar que hubiese perpetrado algún delito de terrorismo. Sin embargo, al dictador no le tembló el pulso en firmar el «enterado» en el momento de sancionar su pena capital, a pesar de que padecía una avanzada enfermedad de Parkinson.

En ese ambiente seguía imperando una férrea censura en todo lo concerniente a cualquier aspecto que pudiese dañar la imagen de un sistema decaído y decadente. En Galicia se vivió una inefable prueba de esto último el 13 de agosto de 1975, para colmo 49 cumpleaños del dictador Castro, de ascendencia gallega. En la tarde de ese día, como era habitual, un ferrobús, que cubría el trayecto entre la ciudad de Vigo y Santiago de Compostela, sufriría un fatal accidente en el que morirían trágicamente seis personas, despertando la atención de buena parte de muchos gallegos quienes, en la parte oriental de su territorio, se dedicaban a recoger el trigo y preparar las habituales mallas, un ritual que terminaría desapareciendo poco más de una década más tarde.

Vagones empotrados

El siniestro se produjo a tan solo tres kilómetros de Vilagarcía de Arousa, en el trecho viario que une su estación con la del vecino municipio de Catoira. Al parecer, la causa principal del accidente se debió a que el convoy, formado por cuatro vagones, el que marchaba en tercer lugar acometió por detrás al segundo y este se empotraría contra un muro de hormigón. La peor parte se la llevaron las personas que viajaban en la segunda unidad del transporte articulado, ya que fueron las que más directamente sufrieron las consecuencias del fatal impacto.

En la zona del suceso se vivieron momentos de gran angustia, confusión y un pavor generalizado se apoderó de las muchas personas que viajaban en el convoy, un total de 200 según una nota de prensa que facilitaría RENFE a los medios informativos de la época, muy escueta, por otra parte. A diferencia de lo que sucede hoy en día, los medios de auxilio a viajeros, eran muy deficientes por no decir que prácticamente inexistentes. El primero en acudir en su ayuda fue un hombre que escuchó el estruendo del golpe contra el talud de hormigón. Aprovechando que disponía ya de un vehículo todoterreno, muy escasos en aquel entonces, cruzó unos terrenos agrícolas con el mismo para contemplar la dantesca escena. De igual modo, fue también muy destacable la ayuda prestada por vecinos de casas próximas al lugar del accidente.

Un total de 42 personas tendrían que ser atendidas en los centros sanitarios de Vilagarcía de Arousa, Pontevedra, Santiago de Compostela y Vigo. El pronóstico de algunos de los heridos era de muy grave. Incluso, en un momento dado, los distintos centros sanitarios solicitaron, a través de emisoras de radio principalmente, la presencia de donantes de sangre a fin de poder paliar las carencias de plasma que sufrían.

Los trabajos de excarcelación de las personas fallecidas se prolongarían durante varias horas al quedar atrapadas en un impresionante amasijo de hierros. El primer cadáver rescatado sería el de un empleado de RENFE, natural de Vigo, que se había llevado una de las peores partes. A medianoche sería también rescatado el cuerpo de un niño que no superaba los diez años.

Un total de seis personas fueron víctimas de un fatal accidente que el régimen de la época, además de impedir que los distintos medios publicasen fotografías e información, atribuyó increíblemente a las lluvias caídas aquel verano. Como si en Galicia no lloviese en época estival y máxime en aquellos tiempos en los que todavía no se hablaba de cambio climático.

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El crimen del Hotel Miño en Vigo

En el año 1930 la ciudad de Vigo ya había iniciado su escalada que la llevaría a convertirse en la primera urbe de Galicia tan solo tres décadas más tarde. Desde 1900 había triplicado su población, contando con más de 66.000 habitantes en la tercera década del siglo XX. Su puerto era ya la principal escala europea hacia América. Además del tráfico de pasajeros, la actividad portuaria era incesante debido a la fortísima industrialización que estaba experimentando la ciudad. Una buena prueba de ello era que cada año abrían sus puertas nuevas empresas que se radicaban en la ciudad, cuyas instalaciones portuarias se estaban convirtiendo en un vértice de progreso para las Rías Baixas y el resto de Galicia. En 1929 un emigrante que verdaderamente había hecho las Américas, Manuel Álvarez, se reconvertía en uno de los principales empresarios gallegos del siglo pasando al inaugurar el grupo de empresas que llevaría su nombre. Por estas mismas fechas, Bernardo Alfageme daba vida a su actividad conservera inaugurando una firma dedicada a este entramado empresarial.

La gran actividad industrial que experimentaba la principal ciudad gallega iba paralela al desarrollo de los servicios que, aunque de forma incipiente, comenzaban su auge en Vigo. Para trasladarse a tierras americanas, antes de embarcarse, eran muchos los emigrantes que se veían obligados a hacer parada y fonda en la ciudad olívica. A ello se unía el incesante incremento de su progresivo desarrollo industrial y portuario, que provocaba la constante apertura de nuevos negocios de hostelería. El turismo era todavía escaso, aunque eran muchos los forasteros que se interesaban por conocer aquella «nueva» urbe, que hacía tan sólo 30 años no dejaba de ser un pueblo grande.

En medio de ese impresionante avance en todos los campos económicos y sociales surgen los primeros y grandes hoteles, muchos de los cuáles imitan en sus formas al estilo colonial importado de tierras caribeñas por los millares de emigrantes gallegos que han arrivado hasta esos lares. Es precisamente en un hotel, hoy desaparecido, donde se desarrolla la dramática historia que ahora contamos. Era un prestigioso negocio hostalero de la ciudad olívica en el que sus dueños contaban con el aprecio de la sociedad de la época, además de gozar de una magnífica reputación, que jamás hubiese hecho presagiar un final tan terrible.

Celos

Benigno Palmeira, de 45 años, y Camila Rey, de 50, regentaban el «Hotel Miño» en la ciudad olívica. Por sus habitaciones, además de muchos emigrantes que hacían escala antes de embarcarse o regresar a sus lugares de origen, pasaban también importantes personalidades de la vida gallega de entonces. Ninguno de sus huéspedes hubiese imaginado que entre los dueños de aquel hotel hubiese tan malas relaciones, con constantes disputas y desavenencias que llevaron la ya de por si insoportable convivencia hasta límites extremos y difícilmente sospechables. A primeras horas de la mañana del 10 de noviembre de 1930 las mujeres que trabajaban en el servicio de habitaciones se encontraron una macabra y truculenta escena. Al abrir una de los cuartos se sorprendieron manifiestamente al contemplar los cadáveres de sus dueños en medio de grandes charcos de sangre, con evidentes signos de violencia. De inmediato, pusieron en conocimiento de las autoridades el hecho que conmocionaría grandemente a la ciudad de Vigo. Hasta el lugar del horrible crimen se trasladaron los efectivos del juzgado, además de los médicos forenses, entre los que se encontraba el célebre doctor Manuel Riobóo. A todos ellos les sorprendió aquella dramática y cruel escena, que para nada era agradable.

Inmediatamente se puso en marcha un equipo de investigación de la guardia civil para determinar las causas de la muerte de Benigno y Camila. Muy pronto se descartó la intervención de terceras personas en el suceso, ya que no había ningún indicio que lo demostrase. Es ahí donde se empieza a barajar la hipótesis de lo que entonces se llamaba «crimen pasional». Las primeras piezas de aquel enrevesado rompecabezas les lleva a pensar en lo que cree mucha gente, que los celos de la esposa estaban detrás de aquel dramático y tétrico desenlace. Pero, ¿cómo ocurrieron los hechos?.

Disparos

Benigno Palmeira disponía en su establecimiento de sendas armas de fuego que desempeñaron una función fundamental en aquel desolador panorama. La investigación apuntaba a que el hombre fue sorprendido en su habitación por su esposa con una escopeta Browing en las manos, lo que probablemente le ocasionó un desmesurado temor ante la posible actitud de su marido. Al parecer, Camila se abalanzó sobre él, con el ánimo de arrebatarle el arma, enzarzándose ambos en una pelea, en la que la mujer lograría su propósito. Sin embargo, Benigno guardaba otra pistola, una Star 8 con la que efectuó dos disparos sobre su esposa, pero sin atinar con su objetivo, como se demostraría más tarde, ya que en las paredes de la habitación se encontraron incrustadas dos balas. Posteriormente, su mujer, aprovisionada con la escopeta, efectuaría otros dos disparos que alcanzaron en la cabeza a su cónyuge, cuando trataba de huir, destrozándole materialmente la testa.

Siempre, según la investigación, Camila Rey se asustó de sobremanera al ver el ensagrentado y desfigurado cadáver de quien había sido su marido. A raíz de la macabra escena, decidió también terminar con su vida. Al parecer, lo intentó con un disparo de escopeta, pero no lo logró. Después empleó la misma pistola Star 8 de su marido, con la que se descerrajaría la cabeza de un disparo que le entró a la altura de un párpado, alojándosele en la cavidad craneana.

Carta

A pesar de que el suceso pilló completamente desprevenida a la sociedad de la época, así como a las autoridades, algunos indicios apuntan directamente a que venía gestándose desde hacía algún tiempo. Esta circunstancia viene avalada por el hallazgo de una carta que, días antes, había escrito Benigno Palmeira al juez que se hiciese cargo del macabro caso. En la misiva, el hostelero manifestaba la intención de acabar con la vida de su esposa y, posteriormente, suicidarse, aunque finalmente aconteciese lo contrario.

La transcripción literal de la carta, en la que el difunto marido vuelve a recalcar los celos de su esposa, es la siguiente: «Muero satisfecho porque me llevó por delante a la autora de mi desgracia. Por ella me hice malo y muy mal marido. Dejo mi casa como ejemplo a las mujeres celosas que tiranizan a sus maridos».

Más explícito del mal ambiente que se respiraba en la vida de aquella pareja no se puede ser. Sin embargo, y como mandaban los cánones de la época, guardaban las formas de cara a la galería.

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El asesinato del ex futbolista Quinocho

No hay duda que hay personas que se acaban convirtiendo en una institución en cualquiera de las actividades que desempeñen. Tal era el caso de Joaquín Fernández Santomé, popularmente conocido como Quinocho, un gran jugador del Real Club Celta de Vigo, equipo al que dedicó prácticamente por entero su vida. Hasta la perdió defendiendo los intereses del equipo que lo había visto crecer como deportista y como persona. Además, como los grandes héroes, el antiguo jugador vigués, reconvertido en gerente del club de sus amores, murió con las botas puestas en su despacho en el estadio de Balaídos, el mismo en el que había triunfado dos décadas antes siendo componente de la mítica plantilla del «Celta de Marlboro». El conjunto vigués recibió este apodo en los primeros años sesenta debido a las actividades de contrabando de tabaco que presuntamente llevaba a cabo su entonces presidente, Celso Lorenzo Villa, un antiguo aviador del bando republicano, a quien acompañaba en las labores directivas Vicente Otero «Terito», el patriarca del gran clan de contrabandistas gallegos, encargado de trasladar el fecundo negocio del contrabando desde la frontera portuguesa a las Rías Baixas galegas. En aquel entonces, los aficionados se sabían de carrerilla la alineación del combinado celeste: Pistón, Quinocho, Lasheras, Igoa, Marín, Albino, Pintos….

Quinocho, que todavía hoy goza del gran reconocimiento de toda la parroquia «Celtiña», había comenzado a jugar al fútbol en el equipo de su barrio, el Casablanca, que mira mansa y dulcemente desde lo alto de la colina en la que está enclavado a la siempre inigualable y majestuosa Ría de Vigo, mientras en su horizonte se pierde una embarcación que se dirige a la península del Morrazo. Muy pronto, con tan solo 17 años, el entonces entrenador celeste, Yayo, se fijó en él, haciéndole debutar con el primer equipo a tan temprana edad. Cuando llegó el momento de cumplir sus obligaciones patrias con el Ejército se vio obligado a trasladarse a Ferrol, militando en el club de la ciudad departamental, equipo que siempre gozaba de refuerzos muy jóvenes, aprovechando que allí eran destinados muchos futbolistas para cumplir el servicio militar en la Armada. Regresaría a su celestial Vigo a la siguiente temporada, formando parte del Celta durante diez temporadas. Terminaría su carrera en el CD Castellón, jugando dos campañas en la segunda categoría. Suya es la frase «llegué a Castellón llorando y me marché de allí llorando». No era difícil que fuese así, pues era muy fácil encariñarse con una persona tan entrañable como Quinocho.

Quienes despreciaron la humanidad y el don de gentes que desprendía la presencia de Joaquín Fernández Santomé fueron sus asesinos que le asestaron una cuchillada mortal el 20 de septiembre de 1988. En ese momento, en torno a las seis y media de la tarde, Quinocho se encontraba hablando por teléfono con la entonces gerente del Deportivo de A Coruña, Berta Vales, quien manifestaría que su homólogo del Celta le había dicho que tenía que colgar, pues estaban llamando a la puerta.

Antiguo juvenil del Celta

En el momento en que Quinocho fue asesinado lo acompañaban en las dependencias del club dos de las secretarias que se vieron sorprendidas por dos jóvenes de diferente estatura que llevaban el rostro cubierto con sendos pasamontañas, además de portar una pistola y un cuchillo. Los jóvenes buscaban dinero. Se hicieron con una caja, pero querían más por lo que se dirigieron a la oficina dónde se encontraba el gerente, quien para impedir el atraco les lanzó un cenicero a los delincuentes. Sin embargo, esto no hizo sino empeorar las cosas, ya que los muchachos eran rateros inexpertos, y uno de ellos se abalanzó sobre Quinocho propinándole una puñalada en el espacio intercostal de unos cinco centímetros de profundidad que le interesaría el corazón. El que fuera gran jugador celeste tuvo tiempo a decirle a una de sus secretarias que le ayudase, pues le habían dado una puñalada. Lo que menos pensó es que esta fuese mortal. Los autores del atraco eran Antonio Marcote y José Bernárdez. En el exterior de las oficinas les aguardaba Luis Gallego, un joven vigués que había militado en las categorías inferiores del Celta tan solo tres años antes. Quinocho sería trasladado de urgencia a la clínica POVISA, de la ciudad olívica, pero nada se podría hacer ya para salvarle su vida, falleciendo en el trayecto. Los atracadores y asesinos de Quinocho se hicieron con un botín que ascendía a 200.000 pesetas (1.200 euros actuales).

El terrible suceso no solo conmovió a Vigo y a Galicia, sino que también a la sociedad española de entonces. Muy especialmente al mundo del fútbol. Además, las noticias dramáticas no paraban de sucederse en Balaídos. Tan solo tres meses antes, su jugador José Manuel Alvelo había visto truncada su carrera deportiva al sufrir una paraplejia como consecuencia de un desgraciado accidente de tráfico.

Quinocho, que en el momento de perder su vida contaba con solo 55 años de edad, dejaba mujer y una hija adolescente de 15 años. En el Celta lo había sido todo. Además de jugador, había desempeñado su secretaría técnica en los primeros años setenta. Ya, en 1974, el entonces presidente del club Antonio Vázquez le ofreció la gerencia, cargo que ostentaba en el momento de su muerte.

Luto

La muerte de Quinocho fue un golpe muy duro para el fútbol español en general y para el gallego en particular. Se produjeron manifestaciones de duelo en todos los estadios españoles, guardándose en todos ellos un minuto de silencio en memoria del héroe de Balaídos brutalmente asesinado. Asimismo, se suspendería el partido que en la jornada siguiente debía disputar el Celta de Vigo con la Real Sociedad de San Sebastián. Su féretro fue velado en el mismo campo que había sido testigo de su galantería con el balón. En sus instalaciones se darían cita miles de aficionados que rendían así un más que merecido homenaje a una de las más grandes instituciones del celtismo a lo largo de toda su historia.

El día que recibió sepultura, Joaquín Fernández Santomé, fue distinguido con la medalla al mérito deportivo a título póstumo concedida por la Xunta de Galicia. En su sepelio se congregaron millares de personas y todo tipo de autoridades para rendirle el último tributo a quien lo había dado todo por el club al que se consagró en cuerpo y alma. Hasta su vida.

Una semana después de la muerte de Quinocho eran detenidos cuatro jóvenes en Vigo a los que presuntamente se les relacionaba con su asesinato. Se detuvo al cerebro de la operación Luis Gallego, un joven 23 años, nacido en la antigua República Federal Alemana (RFA) y que había militado en las categorías inferiores del Real Club Celta. Los otros dos detenidos eran José Bernárdez y Antonio Marcote, autores materiales de la muerte del gerente céltico. Se detuvo a una cuarta persona, un joven de 29 años, si bien este último no tenía nada que ver con el crimen. Esta persona fue detenida ya que, al parecer, había curado las heridas que le había provocado el cenicero lanzado por Quinocho, en su defensa, a uno de los atracadores. La policía se incautó en el domicilio de los detenidos de una pistola del calibre 38, así como de un cuchillo de monte con el que presuntamente se había asestado la puñalada mortal que le costó la vida al gerente del Real Club Celta.

En la comisaría de policía de Vigo los detenidos reconocerían los hechos que se les imputaban. El autor material de la cuchillada había sido José Bernárdez, un joven de 29 años. En mayo de 1989 este último, junto a Antonio Marcote, sería condenado a 34 años de cárcel, en tanto que Luis Gallego, el que les esperaba en las inmediaciones de Balaídos, recibiría una condena de 17 años de prisión.

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Tres personas asesinadas a hachazos en Mañufe (Pontevedra)

 

El año 1927 quedaría siempre grabado con sangre y saña en la memoria de muchos de los vecinos de la parroquia de Mañufe, en el municipio de Gondomar, muy cercano a la ciudad de Vigo. Dos horrorosos y sanguinarios crímenes en un intervalo de siete meses provocaron el temor y el pavor de muchos de los habitantes de esta pequeña localidad que sufrieron con gran ansiedad estos terribles sucesos, generándose un clima extremo de enrarecida desconfianza entre los parroquianos de Mañufe. Además, la forma de actuar de los criminales se distinguía por su extrema brutalidad. Ambos sucesos tuvieron como móvil de sus actos el robo.

El 5 febrero de ese año, 1927, asaltaron la propiedad de un rico propietario, al que asesinaron de un hachazo en la cabeza. En septiembre, cuando todavía no se había repuesto la población del salvaje asesinato de su convecino, dos ladrones de nacionalidad portuguesa volvieron a actuar con una saña que supera cualquier límite contra un médico y su familia, asesinando a hachazos al galeno y a una cuñada suya, además de dejar malherida a la criada de la casa y a la esposa del doctor Gestal.

Nada le podía hacer suponer al médico municipal de Gondomar, Andrés Gestal que acabaría sus días tan tristemente. El prestigioso galeno llevaba una vida acomodada y vivía plácidamente en esta parroquia gondomarina con su esposa y sus dos hijos pequeños, además de una cuñada suya en su vivienda, una magnífica edificación de principios del siglo XX, que disponía de un amplio jardín, así como también de pequeños cobertizos en los que guardaban algunos animales, entre los que había cerdos y otros animales de corral, que les servían para proveerse de sus necesidades más básicas.

Sin embargo, la tradicional paz y tranquilidad de la que gozaba aquella familia se vio bruscamente alterada al anochecer del sábado, 3 de septiembre de 1927. Cuando todavía no habían cerrado las principales puertas de su propiedad, en ella se colaron dos individuos de nacionalidad portuguesa en torno a las diez de la noche para introducirse en la cuadra de los animales. Además, el perro guardián de la finca no arremetió contra los intrusos al conocer a uno de ellos, que solía trabajar haciendo distintas tareas a quien se lo demandase.

Asesinato de Josefa Alonso

Desde la cuadra en la que se escondieron, Antonio Manuel González y Antonio Amadeo divisaron todos y cada uno de los movimientos que hacía la familia del doctor Gestal. Cuando ya se había acostado el matrimonio compuesto por Andrés Gestal y Felisa Alonso quedaron en la cocina su cuñada Josefa y su criada María Ferreiro, de nacionalidad portuguesa. Fue entonces cuando se inició la sanguinaria orgía que terminaría con la trágica muerte de dos personas.

Josefa Alonso, hermana de Felisa, fue a dar de comer a los animales. Ese momento, en el que salió al exterior, fue aprovechado por Antonio Amadeo para propinarle un brutal hachazo en la cabeza, falleciendo prácticamente en el acto. Posteriormente, se enseñaría con la criada, a la que le propinó otro brutal corte con el arma homicida en un hombro, si bien esta última pudo recuperarse.

Posteriormente, siendo conocedor de los pormenores de aquella vivienda, se dirigió a la habitación en la que descansaba el galeno en compañía de su esposa. Allí, siguió con su tétrico ritual, dándole sucesivos hachazos a Andrés Gestal, un hombre de 60 años, al que dejó inconsciente y en grave estado. Del mismo modo, quedó malherida su esposa Felisa Alonso. A partir de ahí se sucede un rosario de acontecimientos que no dejan de ser paradójicos. El asesino Antonio Amadeo ayudó a la esposa del doctor Gestal a colocar a este sobre la cama después de haberle propinado los hachazos mortales. Asimismo, llevó a los hijos pequeños del matrimonio a casa de un familiar. Fuera del domicilio, le esperaba su cómplice, Antonio Manuel González quien amenazó de nuevo a la esposa del médico, cuando esta gritaba, solicitando el auxilio de sus vecinos. Del mismo modo, se escucharon unos disparos, que, al parecer, no guardaban relación con el sangriento suceso de Mañufe.

Ante los gritos de auxilio proferidos por los familiares del médico, se acercaron a ella un gran número de vecinos que encontraron a Felisa, terriblemente excitada, oculta bajo una sábana, en tanto que el doctor Gestal estaba agonizando en un gran charco de sangre. Su cuñada fue hallada muerta de un profundo corte en la cabeza, propinado por el hacha que portaba Antonio Amadeo. La conmoción y consternación se apropió del pueblo en muy poco tiempo, creándose un terrible clima de pánico y terror, que conmovía cada vez más a su vecindario al ser este el segundo crimen que se cometía en tan breve lapso de tiempo. Además, por sus características, todo inducía a pensar que los autores podían ser los mismos que habían matado en febrero a otro de sus habitantes.

Las fuerzas del orden se pusieron a practicar diligencias que no tardarían tiempo en dar sus primeros frutos en pocos días. Se detiene a un total de cuatro personas. Además de los dos autores de la masacre, la guardia civil detiene a Modesto González, un ciudadano español y a su amante Carmen Bas.

En un principio, los autores del hecho se inculpan unos a otros, pero finalmente el portugués Antonio Manuel González «canta» y confiesa la verdad. Así, gracias a su testimonio, se exculpa a la pareja detenida, que sería puesta en libertad. Al parecer, esta había sido acusada por este debido a viejos rencores. También confiesa que su compañero se había apoderado del arma homicida en una finca de Jesús Alonso, propietario para el que trabajaba. En su relato, da cuenta de la supuesta blasfemia que echó su compañero, Antonio Amadeo, en el momento en que vio herido al médico. Asimismo, relata también que este último se dirigió desde el escenario del crimen al domicilio en el que pernoctaba para cambiarse de ropa. Allí, se proveyó de un nuevo calzado, sustituyendo las alpargatas que portaba en el momento de cometer los asesinatos por otras, ya que aquellas estaban completamente inundadas de sangre. Además, los investigadores pudieron comprobar que la sangre hallada en la camisa de Antonio Amadeo reunía las mismas características que las de sus víctimas. También hallaron restos de sangre en sus uñas, lo que fue casi una prueba definitiva para acusarle del brutal crimen.

El juicio se celebra en la Audiencia Provincial de Pontevedra en la segunda quincena del mes de abril de 1928, levantando, como era de prever, una gran expectación. El principal acusado Antonio Amadeo González sería condenado a prisión perpetua, mientras que su cómplice, Antonio Manuel González cumpliría diez años de cárcel.

Labrador asesinado

Justo siete meses antes de la masacre perpetrada en el domicilio del doctor Gestal, a escasos metros de su vivienda se había producido otro crimen que tardó algún tiempo en esclarecerse, aunque sus autores también serían conducidos ante los tribunales de justicia. El 5 de febrero de 1927 fue asesinado, también a hachazos, el labrador Sebastián Vázquez Alonso, un hombre de avanzada edad que vivía en compañía de su hijo Francisco, quien meses después saldría a auxiliar a la familia del médico al sufrir un percance similar al de su padre. La víctima había aparecido tirado en el corralón de su vivienda en medio de un impresionante charco de sangre, con varios hachazos en el cráneo que le produjeron la muerte instantánea.

Al igual que en el caso de los asesinatos de Andrés Gestal y su cuñada, el móvil de su asesinato fue el robo, pues Sebastián Vázquez estaba considerado como un rico propietario de la comarca. Por este brutal hecho, que después se supo que no guardaba relación alguna con el anterior, fueron detenidos los ciudadanos portugueses Juan Díaz Pereira, Juan Arango Pereira y su esposa, Matilde Villamina. De la misma forma, también pasarían a disposición judicial los ciudadanos españoles Eleuterio Romero Bouzas y Benito Quintre Amorín.

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