Impunidad para el salvaje asesinato de un niño en Vilagarcía de Arousa

Entierro del pequeño José Antonio Paulos Márquez

La tarde-noche de cada día previo a San Juan es motivo de especial celebración en toda Galicia, muy especialmente en sus extensas áreas rurales en las que el ritual de espantar las meigas adquiere un relieve de unas características muy peculiares del que nadie procura no ausentarse. Millares de hogueras iluminan el cielo gallego en tan señalada fecha en el calendario en el que la fiesta y la algarabía se entremezclan con la milenaria tradición del sacro fuego purificador que servirá de bálsamo contra los trasnos, tangaraños y otros malos augurios que antaño eran calificados como nefastos atributos para la presencia de las almas en pena condenadas por espíritus malignos y que recorrían el noroeste peninsular en las frías y gélidas noches de invierno.

A lo largo de toda la jornada, y muy especialmente por la tarde, es muy frecuente ver como jóvenes y veteranos se dedican a realizar los preparativos para la noche más bella del año. Uno de los muchos chavales gallegos a los que entusiasmaba tan entrañable día del solsticio de verano era un crío de diez años, José Antonio Paulos Márquez quien salió de su casa en su bicicleta en la parroquia de Rubiáns, en Vilagarcía de Arousa, en la busca de hierbas y flores con las que adornar su vivienda el día 23 de junio de 1991. Sin embargo, la pobre criatura no regresaría jamás.

Al poco tiempo de salir de su casa, en torno a las seis y media de la tarde, su padre comenzaría una infructuosa búsqueda en la que no obtuvo resultado satisfactorio alguno. Al demorarse en su regreso, se dio aviso a los vecinos y a las autoridades iniciándose una ardua búsqueda por todo el contorno que hubiera podido recorrer el pequeño, quien aparecería alrededor de las once de la noche en estado agonizante en medio de unos zarzales siendo encontrado por un agente de la policía local de Vilagarcía y la madre de la criatura, María del Carmen Márquez.

Agresión sexual

El niño, en el momento de ser encontrado, en la zona conocida como Pinos Mansos -a muy escasos metros de la vía del tren- se encontraba boca abajo con los bajos echados hacía atrás, con la camisa totalmente ensangrentada que le cubría el rostro, y el cuerpo doblado y los pantalones bajados. La autopsia mostraría posteriormente que el pequeño había sido violado por su agresor. Según los investigadores, el chaval debió ser atacado a unos quince metros de dónde fue encontrado en estado de extrema gravedad hasta ser arrastrado hasta la zanja en que fue depositado con la cabeza ya destrozada por los golpes, pues fueron encontradas algunas piedras ensangrentadas en las inmediaciones.

Inmediatamente después de su hallazgo, fue trasladado al Hospital Provincial de Pontevedra, a tan solo cinco kilómetros del lugar de los hechos, dónde el pequeño ingresó ya cadáver. Además, por las heridas que presentaba, entre ellas un brutal golpe en el cráneo, nada podían hacer ya los médicos por salvar su vida.

A partir de ese momento se inició un terrible deambular para la pequeña parroquia de Rubiáns y para la familia del pequeño asesinado. En un principio sería detenido un individuo, cuya identidad no fue facilitada nunca. Este hombre fue visto en la tarde de aquella jornada por el padre del muchacho en las inmediaciones de su vivienda, si bien es cierto que sería puesto en libertad tras comprobarse que no guardaba relación ninguna con los hechos.

Los investigadores pusieron su foco de atención en el padre del muchacho, Antonio Paulos, de 39 años de edad, quien estuvo buscando en solitario al muchacho aquella tarde, además de encontrar algunas lagunas en su declaración que le hacían suponer como sospechoso. Mientras, la madre de la criatura sospechaba que tal vez su muerte hubiese sido obra de algunos traficantes de droga, muy abundantes en la zona en aquella época, y que el crío fue testigo de algún asunto incómodo por lo que fue vilmente asesinado para eliminar cualquier tipo de pruebas.

Detención del padre

Más de año y medio después del asesinato de su hijo, concretamente a finales de enero de 1993, era detenido su progenitor Antonio Paulos, a quien acusaban de darle muerte a su vástago. La madre del pequeño dudaba de su culpabilidad y así lo hizo saber en una breve declaración a los medios de comunicación, ya que según ella, el padre se desvivía por su hijo y hasta que escuchase su declaración no terminaría por creer la acusación que se hacía.

En junio de 1993 Antonio Paulos era juzgado en la Audiencia Provincial de Pontevedra, acusado de haber dado muerte a su hijo dos años antes. Sin embargo, el progenitor negó en todo momento las acusaciones de la fiscalía y resultaría absuelto al aplicar el tribunal el principio de «indubio pro reo», es decir la ausencia de pruebas concluyentes para incriminar al hombre que había sido juzgado.

Posteriormente, tras la acusación del progenitor, la madre del pequeño se mostraría totalmente convencida que el autor de su muerte era su marido, tal y como demostraría en diversas declaraciones a distintos medios de comunicación. El matrimonio terminaría por romper relaciones, abandonando ambos la vivienda que compartían. La misma sería vendida para -posteriormente- ser derribada y levantar una nueva edificación, como queriendo olvidar el trágico suceso que consternó a toda la comarca del Salnés y a toda Galicia en una ya lejana noche de San Juan.

Al parecer, en el cuerpo del muchacho asesinado se encontró un pelo que no pertenecía a la víctima. Sin embargo, esta única prueba que podría haber ayudado a esclarecer un asunto tan turbio, fue extraviada cuando se envió al Instituto Nacional de Toxicología de Majadahonda, en Madrid, para poder ser analizada y detallar a quien podría corresponder su ADN. Todo ello, unido a las casi tres décadas que han transcurrido desde el asesinato del pequeño José Antonio han provocado que el suceso haya pasado a formar parte de los crímenes que se encuentran sin resolver. En este caso con el agravante de que al haber transcurrido más de 20 años desde la última actuación judicial, el crimen ha pasado de forma impune al baúl de los recuerdos.

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Estrangula a una anciana en Vilagarcía de Arousa

En plena década de los años veinte del pasado siglo Galicia era el caldo de cultivo ideal para la emigración masiva a tierras americanas. Eran muchos los jóvenes que, sin más provisión que una vieja maleta, se trasladaban al otro lado del Océano Atlántico en busca de una prosperidad que se les resistía en el noroeste peninsular. Las tasas de analfabetismo y pobreza eran exageradas, a lo que se sumaban el ancestral atraso en el que se encontraban sumidos sus muchos núcleos rurales que aglutinaban a una extensa población muy dispersa en micronúcleos poblacionales, algunos de los cuales solo eran habitados por una sola familia, aunque muy numerosa.

Para subsistir, en aquel entonces, muchas gentes se las veían y se las deseaban. Las fuentes de ingresos eran muy contadas. Además de la emigración, cada vez más masiva, se unían los trabajos en tiempo estival en Castilla, tierra a la que se dirigían muchos jóvenes en busca de un jornal que no encontraban en Galicia. Además de ser un territorio pobre y deprimido, estaba también muy atrasado. Quizás demasiado. Todavía eran contadas las viviendas, principalmente de su extensísimo rural, que disponían de luz eléctrica. La única iluminación artificial de la que se disponía era la de un viejo y artesanal candil de carburo, a la luz del que, en los fríos y largos atardeceres del invierno se reunían la familia y también algún amigo a calentarse al calor de una vieja lareira para escuchar los relatos de algún anciano o el pater familias de turno contando alguna historia real o legendaria o, como no, de la ya tan manida emigración. De la misma forma, quien sabía leer, que no eran muchos, se encargaba de recitar en voz alta alguna de las muchas misivas que procedían allende los mares enviada por alguno de los millares de emigrantes que se habían trasladado al nuevo mundo. Escuchaban atónitos como el progreso y el bienestar se habían apoderado de aquellos países a los que ellos habían emigrado y en los que se suponía que estaban haciendo impresionantes fortunas, aunque no dejase de ser más que un relato fantástico, que no hacía más que poner los dientes largos a quienes se habían quedado pegados a su tierra. La dura realidad tal vez fuese completamente distinta y el paso de los años no haría más que corroborarlo.

En ese clima, en el que tampoco faltaban las viejas alcahuetas gallegas, a las que popularmente se les llamaba meigas, se producirá un luctuoso suceso que, dadas las circunstancias y en el lugar en el que se llevó a cabo, no faltarán tampoco los ancestrales prejuicios muy presentes en una sociedad demasiado ancorada a sus valores más vetustos y tradicionales que servirían de subterfugio a un más que execrable crimen.

Al atardecer del 10 de agosto de 1925 un guardia civil, llamado Manuel Campos Ares, se introdujo en lo que comúnmente se llamaba «casa de mala vida» preguntando por una señorita con la que supuestamente había mantenido alguna relación en fechas pasadas. La dueña de la vivienda, una mujer ya anciana según relata la prensa de la época, le manifestó en reiteradas ocasiones que la joven por la que se interesaba no se encontraba en aquel momento en la casa, rogándole de forma reiterada que se marchase. Sin embargo, el agente ignoró los comentarios de la mujer, de nombre Esperanza Pérez, conminándola una y otra vez con malos modos a que le informase donde se hallaba la joven por la que él preguntaba.

Gritos de auxilio

La propietaria de la casa inició una acalorada discusión con el miembro de la Benemérita que se tradujo en un monumental escándalo, lo cual no lo disuadió para nada de su actitud. Ante su negativa, amparándose bruscamente en su condición de autoridad, registró todos los recovecos de aquella vivienda pese a la manifiesta negativa de Esperanza Pérez. Nuevamente y presa de la tensión que se había generado entre ambos, la mujer invitó a Manuel Campos a abandonar la casa, haciendo caso omiso de lo que la dueña de la vivienda le requería. A raíz de ello se recrudecería la discusión que estaban manteniendo hasta extremos poco menos que insospechados.

En un momento dado, la mujer, ante las agresiones que al parecer le había propinado el agente, profirió gritos de auxilio por si la escuchaba algún vecino o transeúnte con la finalidad de que la socorriera. Sin embargo, nadie acudiría en su ayuda. Por su parte, el agente, presa de la excitación en que se encontraba según se recoge en el auto judicial, agarró a la mujer con las dos manos por el cuello, después de haberla derribado al suelo en una de las habitaciones de la casa, hasta estrangularla.

El suceso causaría una gran consternación en la preciosa localidad gallega de las Rías Baixas. Sin embargo, todavía muchos medios de comunicación de la época reprochaban que el trágico hecho se hubiese producido en una «casa de lenocinio», tal y como se la denominaba en aquel entonces, a lo que se sumaba el extracto social de la mujer asesinada, así como su vituperada profesión, muy duramente fustigada por la rígida y estricta moral de un tiempo en el que primaban en demasía las apariencias externas y, como no, el rancio rango social al que se pertenecía.

Manuel Campos Ares sería condenado a una pena que se puede considerar benévola para la época, ya que se estimó que en su actitud no había habido ánimo de matar a Esperanza Pérez, por lo que fue considerado homicidio y no asesinato. Además de ser expulsado del cuerpo en el que prestaba sus servicios, sería condenado a la pena de diez años de cárcel. Finalmente, solo cumpliría la mitad de su condena al verse beneficiado por un indulto en el año 1930.

 

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