30 muertos en los sucesos de Cruz de Santos (Lugo)

Una cruz insertada sobre una columna de piedra labrada recuerda el lugar de los trágicos acontecimientos

Los sucesos que aquí se narran tienen -en parte- un carácter aproximado, ya que ocurrieron hace muchos años, cerca de 200, y sobre los mismos no existe documento probatorio alguno que los certifique. Ni siquiera archivos parroquiales, ya que en los años posteriores se procedió a la reconstrucción de varios templos y casas rectorales de las parroquias que aparecen mencionadas en el texto, por lo que muchos de ellos se perdieron o fueron destruidos. Además de la tradición oral, que siempre deforma el relato inicial hasta el extremo de convertirlo en mítico, hemos recurrido a otros archivos que, pese a que han aportado algún dato, no han ayudado mucho a esclarecer este suceso en sí, que fue algo más que un enfrentamiento entre carlistas e isabelinos, aunque se circunscriba dentro de la Primera Guerra Carlista, en el año 1837.

Dice con mucho acierto el historiador gallego Xosé Ramón Barreiro que el carlismo en Galicia adoleció de un importante número de seguidores, a diferencia de lo que sucedía en otras partes del Estado, como era el caso de Cataluña o el País Vasco, aunque no le resta importancia a las expediciones desarrolladas por los partidarios de don Carlos, el pretendido rey legitimista de la época, a tierras gallegas. Sin embargo, el carlismo no encontró el eco necesario para llevar a cabo sus acciones en una lucha que se caracterizaría por su extrema violencia y crueldad, en la que no faltarían las vejaciones a las víctimas y tampoco las profanaciones de cadáveres por ambas partes, a fin de dar ejemplo al enemigo.

Uno de esos trágicos episodios provocados por una expedición carlista que se dirigía a tierras gallegas, cuyo mando sería asumido por un sacerdote gallego, Secundino Arias, para emprender varias acometidas en algunos lugares de la Galicia más rural y remota que en aquel entonces gozaba de una extraordinaria salud demográfica, algo que no acontece hoy en día. El suceso al que nos referimos ocurriría en el año 1837 cuando un grupo de expedicionarios carlistas gallegos tomaron una ruta rural, bastante frecuentada en la época para enlazar con el Camino Real que unía a tres parroquias de la comarca lucense de Terra Chá y que era la principal vía de tránsito para dirigirse a su cabecera, emplazada en Vilalba.

Robos y atentados

El trágico y luctuoso acontecimiento sería provocado por los sublevados carlistas, quienes al encontrarse en las inmediaciones de tres prósperas parroquias, Sancobade, San Xurxo de Rioaveso y San Mamede de Oleiros, decidieron emprender uno de sus muchos saqueos a los habitantes de la zona para proveerse de alimentos y víveres que les permitiesen continuar con su truculenta patraña. En un primer momento se dirigieron al lugar de A Frouseira, un espléndido barrio de Sancobade, forzando a dos de sus vecinos a que utilizasen sus carros del país tirados por yuntas de vacas o bueyes para que trasladasen todo el trigo y patatas que guardaban en sus respectivas despensas para proveerse ellos de los mismos. Este acontecimiento lo perpetrarían en plena madrugada con el fin de evitar que pudiesen defenderse o dar la voz de alarma al resto del vecindario para acudir en su ayuda. A aquellos desalmados «invasores» les valía de todo. Incluso obligaron a marchar con ellos a mujeres y niños con el objetivo de impedir que quedasen testigos sobre lo sucedido.

Los secuestradores llevaron a sus víctimas, una cifra que nunca se ha podido determinar con exactitud, hasta unos bosques y fragas donde acampaba su expedición y que se encontraba alejado de las viviendas y de los barrios más próximos a una distancia de media legua aproximadamente, por lo que era difícil saber que camino habían tomado los vecinos desaparecidos. Sin embargo, su macabra peripecia tendría un error que les costaría caro. Uno de los secuestrados, un niño de unos diez años de edad, originario del lugar de O Porto da Egua -muy inmediato al barrio de A Frouseira- conseguiría huir de las garras de sus captores, aprovechando una cerrada noche de lluvia sin que ellos se diesen cuenta. El joven daría alerta a todo el vecindario, que inmediatamente se puso en marcha hasta el lugar donde acampaba la expedición carlista. Iban armados de forma rudimentaria, contando con todo tipo de herramientas de labranza, aunque también con alguna escopeta de caza.

Los vecinos, en grupo mucho más numeroso que la expedición carlista, pronto darían también cuenta de lo acontecido a las autoridades locales, así como al Ejército isabelino que luchaba contra los actos de bandidaje y saqueo que cometían los carlistas. Además, alguien, sin saberse exactamente como, dio aviso a otros habitantes de las parroquias próximas al lugar que iba a convertirse en un trágico escenario de sangre y terror en pocas horas.

Ejecuciones

La actitud de los carlistas fue muy cruel y despiadada, ya que al verse cercados de manera sorprendente y sin gozar del apoyo de nadie en la zona, no se les ocurrió mejor ni más macabra idea que comenzar con la ejecución de los vecinos que mantenían como rehenes, que eran cinco personas pertenecientes a una misma familia. La expedición carlista apenas superaba el medio centenar de hombres, en tanto que los alzados en armas contra ellos -ajenos a cualquier disputa bélica y mucho menos política- podían superar los 500 efectivos. Exaltados y enfurecidos por la violencia empleada por aquellos energúmenos a quienes non dudaban en calificar de bandidos, salteadores y asesinos, los vecinos emprendieron el temible y atroz ataque contra el campamento carlista, produciéndose un breve pero intenso y encarnizado combate, cuyo resultado final sería la derrota de los expedicionarios, cuyos objetivos jamás fueron comprendidos en las zonas rurales de Galicia.

Como consecuencia del asalto, los más perjudicados serían los carlistas, pese a que en el encarnizado combate, de apenas unas horas, abatieron a cinco vecinos de la zona. Consecuencia de ello, el vecindario que los combatía se emplearía de manera altruista y con excepcional arrojo, vengando la muerte de su convecinos. El jefe de la expedición carlista, el reverendo Secundino Arias, sería ejecutado en el mismo lugar de los hechos y, dada su mala fama, su cabeza sería expuesta sobre un chantón, una enorme piedra labrada que servía como escaparate, para ser sometida a vejaciones y también como ejemplo de posibles salteadores.

La cifra de expedicionarios carlistas muertos se cree que pudo rondar la veintena, aunque no hay datos oficiales que puedan corroborar esta cifra. Lo que si se sabe, es que ante la aguerrida avalancha vecinal, el resto terminaría por rendirse, siendo todos ellos detenidos con la llegada de efectivos del Ejército realista a la contorna. También hay constancia de que los vecinos les darían muerte a varios miembros de la expedición carlista de una forma brutal y macabra, justificada en parte por el terrible ajusticiamiento que habían emprendido con los cinco miembros de una misma familia.

Recuerdo

Como consecuencia de este dramático y sanguinario episodio ocurrido en el año 1837, se instalaría una enorme columna de piedra labrada, de algo más de dos metros de altura -la que se puede observar en la foto que ilustra este texto- en cuyo remate se puede observar una oxidada y desgastada cruz de hierro en recuerdo de los sucesos. O más bien, de los vecinos allí fallecidos. De igual modo, a raíz de este hecho, el lugar cambiaría de nombre, siendo conocido a partir del siglo XIX como Cruz de Santos.

Aunque se supone que los restos mortales de los vecinos ejecutados reposan en el cementerio de Sancobade, parroquia de la que eran oriundos, lo que nunca se supo con exactitud es donde pueden estar sepultados los cuerpos de los expedicionarios carlistas, que fueron siempre vistos como malvados y criminales que solo buscaban saquear a los vecinos. Se supone que sus cuerpos pudieron haber sido sepultados en una fosa común, próxima al lugar de los hechos, aunque jamás se hallase resto alguno.

Este trágico y sangriento suceso constituye, hasta nuestros días, el mayor episodio sangriento de la historia del municipio de Vilalba del que se tiene constancia, superior incluso a la propia Guerra Civil española -si se excluye- claro está, a las decenas de jóvenes vilalbeses caídos en combate, cuya cifra superó los dos centenares.

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Asesinan a un hombre por una barra de pan y 175 pesetas en Goiriz (Lugo)

Cementerio de Goiriz

A principios del siglo XX en Galicia la expresión que más se escuchaba por sus lares y aldeas era «iste vaise», «aquel vaise» » o outro xa se foi». Su equivalencia en castellano es este se marcha, aquel se marcha, el otro ya se ha ido. Eran muchos los gallegos que decidían surcar el Océano Atlántico para asentarse largas temporadas en tierras americanas, huyendo de las miserias y calamidades que les deparaba su tierra de origen, considerada un país rico en el que vivía gente pobre. Desgraciadamente, así era. Contaba con una vasta población rural. Más del 90 por ciento de los gallegos de la época, de los dos millones de habitantes de entonces, residían en pequeñas aldeas y villas en las que se vivía mayoritariamente de la pesca y una agricultura de subsistencia que, a muy duras penas, proporcionaba las necesidades básicas.

En La Habana, principalmente, surgieron los primeros grandes centros y entes culturales gallegos. Fue allí precisamente dónde el maestro Pascual Veiga estrenó las partituras de lo que luego sería el Himno gallego. De igual manera, también en la isla caribeña se encontraba Manuel Curros Enríquez, el célebre cantor gallego de finales del siglo XIX y principios del XX, que fallecería precisamente en tierra cubana siendo trasladados posteriormente sus restos a Galicia para recibir sepultura en el cementerio coruñés de San Amaro.

A finales del siglo XIX y principios del pasado todavía quedaban algunas bandas o gavelas que se prodigaban por el entorno rural, acechando a las casas más pudientes de la época. Era una forma de pillaje muy extendida, que rara vez tenía consecuencias sangrientas, pero en alguna ocasión si las tuvo por no ser profesionales quienes la practicaban. A ellos les surgieron algunos imitadores que acabarían dando lugar a sanguinarios episodios de infausto recuerdo entre los moradores del rural gallego de la época.

Un suceso de las características antes aludidas tendría lugar el 9 de julio de 1904 en la parroquia vilalbesa de Goiriz, en pleno corazón de la Terra Chá lucense. En esa fecha un rico agricultor y propietario de una de las aldeas que contaba con un mayor nivel de riqueza en aquel entonces, José Otero, fue asesinado a últimas horas de la noche de aquel día de un ya lejano verano de uno de los primeros años del siglo XX. El propietario, que vivía en el lugar de Vilar de Pumariño, era un hombre que ya superaba los 50 años y estaba considerado como uno de los lugareños más respetados y con mayor hacienda de toda la comarca.

A golpes

José Otero fue asesinado a golpes por sus atacantes cuando ya se encontraba durmiendo por cuatro individuos que pronto serían detenidos. Su asesinos, que pretendían robarle, se habían introducido en su casa a través de un cortello en el que se guardaba el ganado. El cadáver de la víctima presentaba innumerables magulladuras y heridas, siendo una de las más apreciables la que se localizaba en la cabeza, hecha con algún objeto contundente de metal, pues uno de sus agresores era carpintero y se dedicaba a hacer zuecas de madera, principal calzado que se empleaba en el rural gallego en aquellos remotos tiempos. Los asesinos y ladrones llevaban el rostro cubierto a fin de no ser reconocidos por los moradores de aquella casa. Los demás miembros del clan familiar sufrirían algunas lesiones provocadas por la inusitada violencia de sus agresores, aunque se lograrían recuperar en un breve espacio de tiempo.

Se hacen con un botín ciertamente considerable. Lo más destacable es que se apoderan de 175 pesetas, una cantidad bastante alta para la época, máxime cuando se trataba de un tiempo en el que el dinero era un bien muy escaso. De la miseria de aquellos años da cuenta la circunstancia de que se apoderasen de algunos víveres que se guardaban en la vivienda asaltada, entre ellos una docena de chorizos y una libra de pan. Los otros objetos robados son tres pañuelos de seda.

Inmediatamente después del horroroso crimen, que consternaría a toda la localidad de Vilalba, se puso en conocimiento de las autoridades, Guardia Civil y juzgados, el hecho sangriento. Las pesquisas se centran en un sujeto a quien se le conoce por el apodo de «O Calvelo», un hombre que cuenta en el momento de los hechos con 36 años de edad. Está soltero y su profesión es la de zoqueiro, siendo originario de la parroquia de Santalla de Rioaveso. Al mismo tiempo, se constata que no ha actuado en solitario sino que cuenta con otros tres acompañantes, uno de ellos vecino también del término municipal de Vilalba. Se trata de Ramón Rodríguez. Los otros dos sospechosos que también serán detenidos en breve son José Vales, de quien se dice en la documentación archivada que carece de domicilio conocido y Arturo Pereira Díaz, jornalero y residente en la aldea de Moncelos, en el municipio de Abadín.

O Calvelo será detenido a los pocos días en una taberna de Vilalba mientras se encontraba en compañía de otras personas que nada tienen que ver con los hechos delictivos. Es enviado a la prisión local, emplazada en los bajos de la vieja casa consistorial vilalbesa. Tras un «hábil interrogatorio», tal como lo define la prensa de la época, se ve obligado a delatar a sus compañeros de fechorías. Apenas una semana después del crimen son detenidos sus otros compinches, quienes acusan directamente a «O Calvelo» de ser el responsable de la planificación del robo y el crimen de la casa del rico propietario José Otero. Los cuatro serán ingresados en la cárcel vilalbesa a la espera de juicio que, para aquellos tiempos en los que no había una febril actividad judicial como hoy en día, se demora demasiado. Tanto es así que 14 meses más tarde, los cuatro delincuentes permanecían todavía ingresados en la cárcel vilalbesa, un hecho demasiado inusual. No era frecuente en aquel entonces que los juicios se demorasen más de seis meses en casos relativos a homicidios y asesinatos.

Fuga de «O Calvelo»

Parecía que los detenidos sentían el aliento de la pena muerte sobre sus nucas o eso debía pensar «O Calvelo», quien con otro de los compañeros idea un plan para fugarse de la prisión de la capital chairega. Así, en la madrugada del 28 de noviembre de 1905 emprende la huida de la cárcel en compañía de Ramón Rodríguez. Escapan aprovechando un descuido del empleado encargado de la cárcel que deja la puerta principal abierta mientras realiza unos labores en el interior del espacio destinado a los presos. Sin embargo, su compañero de fuga pronto será detenido. Tan solo cinco días más tarde los agentes de la Benemérita dan cuenta de él y es ingresado de nuevo en el lugar de dónde nunca debería haber huido.

Por la contra, Jesús María Rodríguez Paz iniciará una larga odisea, que durará tres años justos, que le llevará a distintos puntos del sur de Galicia, con el propósito de pasar desapercibido. Previamente, en la madrugada de su huida, se había ajustado a conciencia las solapas de la chaqueta a la altura de la cabeza para no ser reconocido. Comienza una larga escapada de varios días de duración en los que practicará la mendicidad, a fin de poder sobrevivir. En distintos lugares le proporcionan pan y castañas, que serán la base de su dieta. Por fin, tras varios días de una prolongadísima caminata de más de 140 kilómetros, llega a la localidad ourensá de Rivadavia. En este primer destino trabajará durante algún tiempo como peón caminero. Se supone que adoptó una identidad ficticia, aunque no hay constancia oficial de ello.

Ante el riesgo que le suponía poder ser descubierto, decide trasladarse al suroeste de Galicia, concretamente a las localidades de Marín, en un primer momento y posteriormente a Cambados. Allí trabaja en las obras de sus instalaciones portuarias a lo largo de más de dos años y medio. Aquí es donde hay constancia de su falsa identidad, pues le dice al patrón de las obras para las que trabaja que se llama Ángel Fernández Rivas y que es oriundo de la parroquia de Quintillán, en el municipio pontevedrés de Forcarei. Su marcha de Marín a Cambados es precipitada y deja tras de si una importante deuda en una de las pensiones en las que se alojó. La cantidad adeudada asciende a 18 pesetas de aquella época.

Captura

Quizás la avaricia o tal vez el ánimo de prosperar llevan a «O Calvelo» a trasladarse de Marín a Cambados. En la primera de las localidades los jornales son de 2,50 pesetas, pero en la segunda ya ascienden a tres. Será en esta última localidad dónde será capturado. Y como si una cuestión del azar se tratase, la fecha de su captura coincide con la del tercer aniversario de su huida de la cárcel. Jesús María Rodríguez es detenido el 28 de noviembre de 1908 para sorpresa de sus compañeros de trabajo. No opuso resistencia, aunque quienes le conocían se asombran de la detención así como que haya conseguido pasar tanto tiempo con una falsa identidad que le permite eludir tanto la acción de la justicia como del resto de las autoridades. A pesar no oponer resistencia, recibirá un culatazo en la cabeza por parte de uno de los agentes que le provocará una herida de consideración que tardará varias semanas en cicatrizar.

Es conducido a la prisión provincial de Pontevedra dónde es entrevistado por un periodista de DIARIO DE PONTEVEDRA. Según la información de este medio, «O Calvelo» podría tener la intención de robar y asesinar al patrono para el que trabajaba, aunque tampoco hay una constancia de este hecho. Se le pregunta también si tenía previsto cruzar el mar rumbo a tierras americanas, algo que niega de forma taxativa. Dice que su propósito era poner tierra de por medio respecto de su lúgubre pasado e iniciar una nueva vida en las Rías Baixas galegas, apartado de todas aquellas personas a las que conocía.

Unos días más tarde es destinado a Lugo, a dónde va debidamente esposado, siendo destinado a la misma celda en la que se encontraba un condenado a muerte, como si aquello fuera un presagio de lo que le podría acontecer. Dado que eran otros tiempos, y con unas circunstancias muy diferentes a las actuales, la prensa se vuelve a hacer eco de la llegada del conocido «maleante», tal y como es definido por los medios de la época. No faltan artículos en el principal periódico lucense de aquel entonces EL PROGRESO, que lo definen como un «individuo huraño con los ojos inyectados en sangre, falto de nobleza que produce una enorme repugnancia con solo mirarlo». A lo largo de tres días se convierte en el chisme preferido para las tertulias y conversaciones de vecinos.

Al igual que había acontecido en Pontevedra, el diario local lucense también programa una entrevista con él, en la que le preguntan por toda su trayectoria a lo largo de estos tres años en los que ha conseguido burlar la acción de la justicia. Le preguntan si conoce la sentencia que ha condenado a muerte a sus tres compañeros a lo que responde afirmativamente. Cuenta también que está al tanto de la muerte de su madre, un hecho que se había producido en 1907. El redactor que lo entrevista lo define como un «hombre de abundante cabello rubio, ojos entornados y vulgarote» al tiempo que lo considera como «receloso, cohibido, poco franco, que siempre va mirando hacia atrás».

Condena

Mientras está en la cárcel de Lugo, a sus otros tres compañeros de andanzas y fechorías el Tribunal Supremo les conmutará la pena de muerte a la que habían sido sentenciados por un castigo accesorio de 30 años de cárcel. A partir de ahora, corría el primer semestre de 1909, la causa que se sigue contra «O Calvelo» será conocida como la de «o zoqueiro» en alusión a la profesión del procesado. El juicio en su contra se celebra en junio de 1909. Jesús María Rodríguez Paz cuenta en su contra con el agravante de la fuga, por lo que el fiscal pide que se le condene a muerte, en un florido discurso en el que alude al carácter violento del procesado, añadiendo que le duele mucho el hecho de tener que solicitar la pena capital, no siendo hombre al que le guste solucionar los problemas mediante sentencias tan drásticas.

«O Calvelo» será defendido por el prestigioso letrado lucense de la época Fernández Vivero, quien en descargo de su defendido niega reiteradamente que el mismo tuviese algo que ver con la muerte de José Otero, aunque todas las pruebas, así como las declaraciones de los otros encausados, así lo testifican. Pide la libre absolución alegando, que de las manifestaciones que ha hecho su defendido a los distintos medios de comunicación, se desprende que ni siquiera conocía a los otros tres condenados, a lo que añade que la declaración ante la guardia civil la ha hecho bajo presiones e intimidación.

Al igual que le había sucedido a sus otros tres compañeros, Jesús María Fernández Paz será condenado a muerte por la Audiencia Provincial de Lugo, en sentencia firme hecha pública el 15 de junio de 1909. Pese a ello, obtendrá la gracia del indulto por parte del Tribunal Supremo, una vez que su abogado ha hecho el pertinente recurso. La pena accesoria a la que es condenado es de 30 años de cárcel, parte de los cuales los pasará en la prisión de Ceuta. A partir de su ingreso en la prisión norteafricana se le pierde definitivamente la pista a un escurridizo criminal de principios del siglo XX que atemorizó y llevó el peor de los horrores a una pacífica y tranquila comarca del norte de Lugo.

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Un autobús cargado de universitarios roza la tragedia

Lugar de Pontecarreira

En la década de los años ochenta España vivió uno de los más importantes auges de la cifra de alumnos matriculados en las distintas universidades. Cada año crecía alrededor de un diez por ciento la cifra de personas que iniciaban los estudios superiores a lo largo y ancho de toda la geografía española. De esa circunstancial explosión se beneficiaron muchos sectores, principalmente el hostelero en ciudades como Santiago de Compostela donde era toda una aventura encontrar alojamiento durante el curso académico para los muchos jóvenes que se desplazaban a la capital gallega a cursar sus estudios superiores.

Pero no fue tan solo el sector hostelero el que se benefició de ese espectacular crecimiento de las matrículas universitarias. Otros importantes grupos sociales supieron sacar tajada del impresionante despegue demográfico de la universidad española en aquel entonces. Entre estos se encontraba el sector de los transportes de viajeros por carretera, quien estuvo mucho más preocupado en obtener buenos réditos de aquella inaudita oportunidad que en aportar los beneficios y mejoras que le reclamaban los muchos usuarios que todavía tenía en Galicia, motivado ello por unas arcaicas concesiones administrativas que les permitían a esas empresas imponer sus propios y arbitrarios criterios en los que tan solo primaba el interés económico y mercantil, muy por encima incluso de la seguridad. Mientras, los aspectos relativos a cuestiones de comodidad e higiene nunca fueron los más satisfactorios ni mucho menos los más cuidados. Se podría concluir que estos últimos brillaban por su total ausencia, sucumbiendo a una desastrosa desidia poco menos que tercermundista.

Vehículos viejos, muy incómodos, malolientes, sucios y destartalados, con una década o más en servicio, eran los que habitualmente se empleaban para el traslado masivo de estudiantes, quienes además pagaban unas elevadas tarifas por cada infausto viaje que realizaban. Por si esto no fuese suficiente, aquellos lúgubres y penosos autocares, en ciertas ocasiones transportaban a muchas más personas de las permitidas, pues algunas se veían en la obligación de viajar de pie, debido a la incorporación masiva de viajeros que se iba realizando a lo largo de cada interminable y tortuosa ruta, que solía alargarse cada vez que los muchos universitarios efectuaban los oportunos desplazamientos. Las fechas más conflictivas coincidían con el inicio del fin de semana o a la conclusión de este, así como cuando se iniciaba algún periodo de vacacional o de descanso.

Como consecuencia de un rosario de adversidades que jamás fueron previstas ni mucho menos estudiadas, además de ser ignoradas de una forma escandalosamente negligente y hasta deliberada, el domingo, 5 de febrero de 1984, se rozaría la tragedia en el lugar de Pontecarreira, en el municipio coruñés de Frades, a algo más de 30 kilómetros al nordeste de Santiago de Compostela. En aquella fecha un autobús de la empresa «El Ideal Gallego», hoy en día absorbida por la multinacional británica Arriva y que cubría el trayecto entre la localidad lucense de Vilalba y la capital gallega, sufría un espectacular y terrible accidente en torno a las nueve de la noche de aquella fatídica y tenebrosa jornada al caer en posición invertida en las inmediaciones del río Tambre, a su paso por el referido término de Pontecarreira.

Una niña muerta

El siniestro se produjo al desviarse el vehículo de la calzada de la vía y caer por un desnivel de aproximadamente unos cuatro metros de altura. Si el ancestral y tortuoso automóvil se hubiese precipitado a las aguas del siempre caudaloso y pacífico Tambre, seguramente estaríamos hablando de una de las peores tragedias que se han vivido en Galicia a lo largo del siglo XX. Se añadía el factor que el río transportaba una importante crecida de aguas motivada por un invierno que estaba siendo extraordinariamente lluvioso. Para suerte de la inmensa mayoría de los viajeros, casi todos ellos estudiantes universitarios, en el lugar en el que cayó el autocar había un hueco que evitó el aplastamiento de su carrocería, impidiendo así que quienes iban a bordo del vehículo pereciesen aplastados, quedando, eso sí, aprisionados en su interior. Aún así, hubo que lamentar el fallecimiento de una niña de tan solo un año de edad que viajaba en compañía de su madre, siendo la única víctima mortal de este desgraciado suceso que a punto estuvo de teñir de luto a más de medio centenar de familias gallegas.

Hasta un total de 47 personas resultaron heridas de diversa consideración al despeñarse el autocar, cinco de ellas de gravedad. La empresa siempre mantuvo un mutismo total en relación a las causas que provocaron el siniestro, si bien es cierto que en el lugar donde se produjo hay un pronunciado estrechamiento de la calzada. El vehículo contaba en aquel entonces con más de quince años de servicio, pues su matrícula se correspondía con la numeración previa a la anterior de las series provinciales, que ya databan, las primeras, del año 1971.

Una vez más, como ha sido muy frecuente en Galicia a lo largo de la historia siempre que ha habido algún siniestro, el auxilio prestado por los vecinos del lugar de Pontecarreira fue fundamental para socorrer a quienes habían quedado atrapados entre los hierros del autocar. Para liberar a las personas aprisionadas, no escatimaron esfuerzos, empleando todo lo que tenían a su disposición, principalmente hachas y otros artilugios que les permitieron romper la aleación metálica de la que estaba compuesto aquel vetusto e infame vehículo. Asimismo, emplearon sus coches particulares para trasladar de la forma más inmediata posible a los heridos y damnificados a centros sanitarios de Santiago de Compostela.

Cuando se empezaban a apagar los ecos del siniestro, la empresa concesionaria del servicio de transporte no tuvo mejor ni más estrafalaria idea, además de antiética y todo lo que se quiera, que requerir de los viajeros heridos los respectivos billetes que habían adquirido en los distintos puestos para así poder satisfacer los gastos médicos ocasionados por el accidente, entrándole un desmedido afán legalista que no mostraba en la dotación de sus servicios. Sin embargo, nunca tuvo piedad con sus usuarios y prosiguió empleando vehículos viejos, nauseabundos y de mala calidad, amén de carecer de las condiciones necesarias en una época en la que todavía no se requería la inspección técnica de vehículos(ITV). Unos años más tarde, un autocar de la misma concesionaria estuvo a punto de protagonizar otro suceso similar en las inmediaciones de la estación de autobuses compostelana debido a que sus frenos no estaban en el mejor estado de los posibles¿?

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El desollador de A Legua Dereita: entre la leyenda y la realidad

Los crímenes constituyen una parte muy importante de la historia de los pueblos. En torno a ellos surgen infinidad de mitos y leyendas que no dejan indiferente a nadie y, mucho menos, a esos lugares que de una manera especial se han visto afectados por una sangrienta tragedia. Pasan décadas e incluso siglos y en la memoria colectiva permanece impregnada la eterna y triste huella que ha marcado de forma muy férrea y escabrosa a los lugareños. Con el paso del tiempo se generan mitos y leyendas, algunas veces un tanto exageradas, que -en otro tiempo- fueron convenientemente adobadas por las distintas fuentes que lo transmitían de unas generaciones a otras, desempeñando en este caso una función trascendental los míticos cantares de ciego. Gracias a ellos, que los iban cantando por ferias y mercados de Galicia, nos han llegado las más inhóspitas historias hasta nuestros días, aunque en muchos de esos relatos, extraordinariamente fabulados, llegue a confundirse lo mítico con lo real.

En sucesos acontecidos en otros tiempos de los que apenas tenemos documentación, jamás llegaremos a saber con exactitud lo que hubo de cierto o falso. Es este el caso que nos ocupa, un crimen que conmovió de una manera muy especial a la comarca de Terra Chá, en un lugar ciertamente inhóspito, al que su escasez de casas y habitantes en todas las épocas lo han ido revistiendo de un cierto halo de misterio y oscurantismo. Es sin duda el hecho sangriento del que más se ha hablado a lo largo de varias generaciones, a pesar de que ya han transcurrido 108 años desde que el famoso Bautista Roca diera muerte muy cerca del lugar de Fonfría, que se encuentra a caballo de los municipios de Vilalba y Begonte, a Ángel Cabarcos. Al misticismo del sitio se le añade también la cercana presencia del no menos legendario castillo de Cal da Loba al lugar donde ocurrió tan tétrico crimen, emplazado en la margen izquierda de la carretera que comunica Lugo con Ferrol, una de las vías más transitadas de la comarca chairega. Es el clásico suceso en el que la ficción ha superado con creces a la realidad y todo el mundo prefiere creerse esa mítica y singular leyenda, que ha sido incluso llevada al cine. Y es que, a pesar de las evidencias que podrían asegurar que demuestran lo contrario, la leyenda ha superado con creces a la cruda realidad.

Como decíamos, el que se haya dibujado como un horrendo y cruel acto sanguinario, tiene su origen en el intento del asesino de despistar a los investigadores. Al parecer, Bautista Roca había asesinado a Ángel Cabarcos de dos disparos de arma corta, cuando este regresaba a su casa un domingo que había acudido a una de las populares ferias de Rábade, antes incluso de que esta pequeña localidad chairega, que parece cabalgar a lomos del eterno Río Miño, fuese reconocida como entidad municipal propia, segregándose así del municipio de Begonte, hecho que ocurriría en 1925. El autor de la muerte de Cabarcos, en un intento de desviar la atención de la justicia, desfiguró el rostro de su víctima, una vez que lo había asesinado, con un aparato de carpintero para hacer zuecas, pues el criminal era zoqueiro de profesión. Estos artesanos se dedicaban a la elaboración del calzado tradicional que a lo largo de muchos años se ha empleado en las extensas áreas rurales de Galicia. Aún, hoy en día, quedan algunos, aunque muy pocos, que todavía elaboran esos ancestrales zapatos que ahora tan solo usa la gente que ya ha alcanzado una determinada edad.

Leyenda del crimen

Decíamos al principio que este es un crimen de leyenda, que ha dejado una profunda huella que se fue adobando a los pocos años de cometerse, tal vez porque las gentes de su época veían en Bautista Roca, oriundo de la parroquia de Ínsua, en el municipio de Vilalba, a una especie de matón, poco dado al trabajo, en tanto que de Ángel Cabarcos, natural de la parroquia de San Cosme de Nete, de la misma demarcación municipal que la anterior, se tuvo siempre la imagen de un hombre bueno, honrado y trabajador, a lo que contribuyó la mitificación que se hizo del suceso sangriento que le costó la vida en un ya muy lejano mes de mayo de 1911. Además, a su verdugo le atribuían otro hecho criminal acontecido unos años antes, aunque nunca se pudo demostrar su participación en el mismo.

A la mañana siguiente del domingo, 14 de mayo de 1911, los viajeros que se desplazaban desde la localidad de Vilalba hacia Lugo pudieron observar el cadáver de un hombre con el rostro espantosamente desfigurado muy cerca del lugar de Fonfría, cuentan las crónicas de la época. Sin embargo, no ofrecen muchos más detalles acerca de la escalofriante contemplación de la que fueron testigos. Con toda seguridad es ahí donde se inicia esa truculenta leyenda que ha llegado hasta nuestros días con mucha más potencia y seguridad que la propia realidad.

Como ya hemos dicho, no queda ninguna duda de la enemistad entre ambos protagonistas de este suceso, pero la imaginación popular la ha llevado hasta límites poco menos que insospechados e inauditos. Se dice que el día de autos venía Ángel Cabarcos de la feria de Rábade con destino a su casa, muy cerca de donde sería asesinado, y que siendo ya medianoche se detuvo en la taberna de un amigo a tomar unos vasos de vinos. Con anterioridad, habían estado en la misma sus presuntos verdugos y que, al calor del alcohol, habían manifestado su intención de matar a Cabarcos. Supuestamente, el propietario de la taberna advirtió a Ángel de los dramáticos y truculentos propósitos de aquellos hombres. Se añade también, según esta leyenda, que el dueño del bar le ofreció un arma de fuego para que pudiese defenderse. Sin embargo, la víctima rechazaría esta posibilidad, aduciendo su corpulencia y envergadura. Cabe informar que este hombre era muy alto para su época, 1,82 metros, prueba de ello era el arcón en el que fue amortajado, que todavía se conservaba en el año 1987.

Los asesinos, a cuyo frente se encontraba Bautista Roca, tenían la intención de arrancarle la piel en vivo, o lo que es lo mismo, desollarlo para luego ser enviada a la madrileña localidad de Humanes, donde serviría para curar el cáncer de piel de una mujer, a quien un curandero de su tiempo le había aconsejado este remedio. La leyenda atribuye la inducción de este crimen a un propietario de unas extensas tierras para quien trabajaba Bautista al mando de un nutrido grupo de hombres cada vez que, entre los meses de mayo y junio, se desplazaban a tierras castellanas a ganar unos suculentos jornales en las épocas de la siega del trigo, que servirían a su vez para paliar las muchas carencias de la época. El inductor, presuntamente, habría recabado datos entre sus criados y jornaleros acerca de las posibles enemistades entre los famosos «gallegos» que cada año viajaban a Castilla. Además, la hipótesis abundaba en que Ángel Cabarcos reunía las características que exigía el curandero. Se trataba de un hombre joven y barbilampiño.

Regresando al relato del legendario crimen, la imaginación popular cuenta que avanzados ya unos hectómetros desde la taberna, Cabarcos se vería sorprendido por cuatro hombres que iban a caballo, pero que debido a su fortaleza habría podido esquivar el primer envite que le habían planteado. La víctima seguiría corriendo campo a través a lo largo de un buen trecho de camino, pero que muy cerca de Fonfría sería alcanzado y derribado por aquellos hombres de funestos propósitos. Ya, con Ángel en el suelo, comenzaría la truculenta operación de arrancarle la piel de la cara antes de que pereciese. Se añade que algunos vecinos de lugares próximos escucharon los horribles gritos del pobre hombre al tiempo que sus verdugos lo desollaban. Dice que se escuchó decir a la víctima algo así como «Bautista mátame, pero no me arranques la piel mientras esté vivo». Además, cuenta también la leyenda de que para cerciorarse de su muerte, los asesinos le pegaron dos tiros con una escopeta de caza, muy habituales en todas las casas del amplio mundo rural gallego de la época.

En la parte magra de un jamón

Sin embargo, la fantástica leyenda no concluye ahí. Cuenta también que la piel extraída del cuerpo de Cabarcos fue enviada a Madrid en el interior de la parte magra de un jamón. A ello se añade que cuando el pellejo llegó a su destino, la enferma ya había fallecido.

En la noche del crimen, se decía que uno de los participantes en aquel macabro sacrificio humano le había dicho a su madre al llegar a casa que habían matado a Ángel Cabarcos. La progenitora se indignó con el joven y este, al sentirse descubierto, huyó con destino a Cuba. Desde tierras americanas enviaría una carta muchos años más tarde autoinculpándose de la barbaridad, librando completamente de culpa a Bautista Roca.

También narra la legendaria historia que otros tres miembros de la cuadrilla fueron a celebrar su brutal hazaña comiendo y bebiendo en una conocida taberna de Vilalba. Allí, otra vez al calor del vino, habrían confesado su participación en el siniestro suceso y que por ahí se iniciaron las indagaciones de la guardia civil.

Bautista Roca sería condenado a 28 años de cárcel, hecho este que si es real y que cumplió casi íntegramente. En la cárcel, añade la leyenda, el asesino aprendería el oficio de tejedor de medias para las mujeres y que se dedicaría el resto de su vida a la confección de las mismas, las cuales vendería por ferias y mercados de la comarca. Para que no decaiga el relato, se comenta que el popular criminal habría manifestado en decenas de ocasiones su arrepentimiento por el hecho de dar muerte a Cabarcos. Llegaría a decir cosas como que «desde que desollé a Ángel, jamás ha vuelto a salir la luz del día para mi». Pero, para que la épica continúe se dice que la suerte de Roca no fue muy distinta de la de su víctima, ya que moriría asesinado en el transcurso de una reyerta acontecida en una de las ferias a las que acudía con regularidad.

La leyenda ahonda en otro hecho exculpatorio a raíz de la confesión que le habría hecho una tercera persona a un sacerdote. Según la misma, ese tercer implicado se habría atribuido también el asesinato de Ángel Cabarcos, exculpando de nuevo a Bautista Roca, del que diría que había ido a la cárcel de forma injusta. El religioso habría informado de este hecho en el transcurso de la misa de funeral del primer aniversario del fallecimiento de este último involucrado y que no lo había denunciado en vida por cumplir con el férreo compromiso de secreto de confesión.

Supersticiones y desgracias

Posteriormente se irían añadiendo nuevos hechos de carácter misterioso y mitológico que provocaban el miedo de los más pequeños y los más sensibles. Se contaba que años mas tarde, en el lugar donde se había producido el crimen, continuaba intacta la sangre de Ángel Cabarcos y que se reproducía tras ser retirada en constantes ocasiones. De esta circunstancia daban cuenta los centenares de peregrinos que cada año, en el último tercio del mes de mayo, se desplazaban hasta el santuario de la Virgen de los Milagros, emplazada en la begontina parroquia de Saavedra. Además, los niños de la zona se negaban a llevar las vacas a pastar a aquel lugar por existir la creencia de que se presentaba un espectro en forma de piel sangrante, al que atribuían que era el espíritu de Cabarcos que clamaba venganza por su horrenda muerte.

Como se puede ver, la leyenda en torno a la misteriosa muerte de un hombre en el bravío lugar de Legua Dereita tampoco está exenta de innumerables contradicciones, tal vez generadas por la transmisión oral del hecho, más propio de un ancestral sacamantecas que de un crimen contemporáneo. Seguramente, esta leyenda tuvo su origen al ver los asistentes al entierro, así como los viajeros del autocar que lo contemplaron, la desfiguración a la que fue sometida el rostro de Ángel Cabarcos. A ello se suma el hecho de que el entorno rural gallego siempre ha sido una tierra muy dada a las supersticiones e historias míticas que se contaban al calor de la lumbre de una antigua lareira o a la luz de un candil de gas o carburo en las prolongadas noches de invierno.

Por si todo este largo rosario de acontecimientos no fuese todavía suficiente, se dice que durante bastantes años la zona donde había acontecido el crimen sufrió un impresionante cúmulo de desgracias. Los nuevos propietarios que ocuparon la casa en la que había vivido el hombre presuntamente desollado, a la muerte de su viuda, vieron como les moría todo el ganado vacuno por causas desconocidas, hecho este por el que también abandonarían aquel hogar. De la misma forma, en la década de los años treinta del siglo pasado, un hombre pereció tras ser alcanzado por un rayo en el transcurso de una tormenta a escasamente medio kilómetro del lugar donde pereció Cabarcos. Como se puede observar, hechos misteriosos no faltan en este truculento crimen. Y es que como vulgarmente se dice cuando los mitos y las leyendas superan a la ficción: «es mentira, pero es bonito».

 

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